lunes, 1 de mayo de 2017

Chamanismo y Filosofía

Chamanismo y filosofía
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Gustavo Flores Quelopana-Sociedad Peruana de Filosofía, entrevistado por Alexander Fish-Universidad de Princenton-EEUU
Abril 30 2017
Nota.- La presente es una reconstrucción memorística y literaria de la entrevista citada. Por tanto, bastante distinta de la entrevista original. Las palabras exactas serán publicadas próximamente en vídeo por el propio Fish. En todo caso mis reflexiones tómense como un desarrollo válido, y la reconstrucción de las preguntas hechas por Fish como aproximadas, cuando no ficticias. Pero que en todo caso ayudan a una mayor reflexión del tema.

A.F.: Acabamos de estar en Pucallpa con su amigo el médico vegetalista Pedro Favaron, sobre el cual ha escrito Ud. un extenso ensayo sobre chamanismo. En mi universidad de Princenton estoy realizando la investigación de la cultura de la ayawaska y por eso llamó la atención la obra de Favaron y los escritos suyos sobre chamanismo. De retorno en Lima –porque mañana volvemos a Estados Unidos- queremos una opinión filosófica sobre el tema. ¿Considera la medicina vegetalista una verdadera medicina científica?

Gustavo Flores: No. El chamanismo no es medicina científica, es medicina espiritual. Y como tal también cura. Lo que demuestra que por medios pneumáticos o espirituales también se cura. Pero hay una diferencia profunda entre la curación milagrosa y la curación chamánica. Mientras que en la primera se cura directamente por medio del poder de la divinidad, en la segunda se lo hace por medio de plantas (toé, ayawaska, san Pedro, tabaco) en los cuales con los íkaros abre el chamán la dimensión demoníaca y de los seres de luz. Pero además mientras el chamán-médico admite que no es él el que cura sino los espíritus que invoca, por el contrario el chamán-brujo se atribuye a sí mismo el poder curativo.

A.F.: A propósito de la dimensión demoníaca. Favaron admite tal cosa pero él hace énfasis especialmente en la religión cristiana. ¿Cómo evalúa esta aparente ambivalencia?

Gustavo Flores: Pienso que no hay tal ambivalencia en su caso. Además, no podría haberla porque en el chamanismo hay contacto con seres de luz y no solamente con demonios. Según explica el propio Favaron en su libro, ser brujo es fácil y bastan tan sólo un par de años. Además, al brujo le basta tener el sentimiento más mendaz de todos en el corazón, esto es, el odio. Pero ser médico vegetalista es más difícil porque tiene que ser adoptado por un buen maestro, insertarse en una familia aborigen terrenal, efectuar matrimonio con una mujer espiritual, dietar rigurosamente, mantener una conducta ejemplar, practicar periodos de abstinencia sexual, tener el temple para enfrentrar y expulsar a los espíritus demoníacos, pero sobre todo debe tener amor en el corazón. Y ello lleva no menos de diez años y unión indesligable con Dios.  

A.F.: ¿Pero con qué Dios?

Gustavo Flores: En su caso, es el dios cristiano, es Jesucristo. De ahí su manejo del evangelio. Es cierto, esto plantea un problema metodológico. Cómo se condice lo cristiano con lo pagano. Pero soy de la opinión que en esta época de apostasía e increencia generalizada Dios ha permitido que en el corazón del chamanismo amazónico se dé una figura como Favaron que devuelve al enfermo a la reconciliación con Dios. Su chamanismo, en este sentido, es muy peculiar, quizá sea la excepción pero es muy significativa para la vida espiritual del hombre. La pedagogía divina no conoce límites. Y así como Dios no abandonó al hombre de las cavernas tampoco deja de asistir con su gracia al hombre secularizado y menguado religiosamente de nuestro tiempo.

A.F.: Claro, entiendo. Favaron trabaja con la ayawaska y con Cristo, ¿Pero es magia pagana el chamanismo? ¿Cómo explica esta situación?

Gustavo Flores: Favaron no es un mago pagano. Él no considera a la ayawaska como sagrada, sino como un medio de diagnóstico. Si fuera pagano vería a dicha planta como sagrada, pero no es así. También es cierto que su cristianismo no es ortodoxo, no abraza la teología católica pero implica una teología. Cuando cura considera que es Cristo el que lo hace. Obviamente, los chamanes pre-cristianos tenían otra perspectiva. Ellos sí eran paganos. Pero el chamanismo de Favaron no es pre-cristiano, sino cristiano, sincrético. Por eso ni siquiera sus medios serán paganos -uso de la substancia material como la ayawaska como medio de diagnóstico-, porque su espíritu es cristiano. Recuerdo un caso suyo. Una persona adicta, alejada de Dios, por décadas. Pero ahora luce recuperado y reconciliado con Dios, con Cristo, gracias a su tratamiento. Esto ya no es magia, es cura espiritual. Por eso está en lo correcto Favaron cuando considera que no hace magia, porque cura rezando. Y yo estoy de acuerdo. Esto revela que el pensamiento mitocrático tiene una dimensión ancestral pagana y otra dimensión sincrética cristiana.

A.F.: Claro, ¿Pero qué significa toda esta jerga de lo mitocrático?

Gustavo Flores: Significa que toda esta época que nos parece tan maravillosa por su ciencia y tecnología, filosofía racionalista y filosofía empírica, capitalización e industrialización, ateísmo y humanismo, liberalismo y democracia, la moral laica y el formalismo jurídico, individualismo e imperialismo, el relativismo de la verdad y la sofística parlamentaria, constitucionalismo y parlamentarismo, nihilismo y voluntad de poder, es en realidad una noche histórica, una fase decadente del espíritu, una barbarización de fuerzas caóticas, propia del pináculo de la racionalista filosofía logocrática que desembocó en el antropocentrismo moderno. El hombre de hoy está ebrio de contemporaneidead, y todo lo actual le parece grandioso. 


A.F.: ¿Pero acaso no vivimos una época maravillosa?

Gustavo Flores: En eso nuestro tiempo está profundamente equivocado. Hoy vivimos una fase de descomposición de dicho esquema logocrático y de las profundidades de la noche en la historia emerge un substrato mitocrático. Eso significa que la ilusión humanista, democrática y socialista se va paulatinamente desmoronando por una futura visión aristocrática, porque lo mitocrático es raigalmente cósmico y lo cósmico es jerárquico y no democrático. Esto equivale a que todas las estructuras del mundo actual están en proceso de desintegración. Estamos en la hora del crepúsculo, en el momento del poniente, donde se enfrentan el humanismo sin Dios y el humanismo con Dios. En este sentido el comunismo fue un demonismo. Pero el otro demonismo laico está todavía en pié. Esto es, el capitalismo, más mortífero y sañudo que el comunismo. La nueva Iglesia es la bolsa. Este abrió las puertas del infierno mediante los deseos insaciables y desgajó la vida humana del ritmo de la naturaleza. 


A.F.: ¿Entonces, qué es lo que tenemos ahora?

Gustavo Flores: Por eso, lo que tenemos ahora es civilización pero ya no cultura. Ferdinand Tönnies ya había hablado de la diferencia sustancial entre el hombre comunal ancestral y el hombre social-contractual moderno. La dirección de la historia moderna ha avanzado hacia el socavamiento de los Estados y ha destruido la cultura. Por eso, capitalismo y socialismo comparten la misma extinción de las creaciones espirituales. Y su materialismo y ateísmo encarna lo más parecido a la caída del Imperio romano y comienzo de la Edad Media. 


A.F.: ¿Qué más le falta vivir a nuestro tiempo?

Gustavo Flores: Nuestro tiempo luciferino aun no termina de libar la última gota de su copa envenenada. Aun falta un demonismo más terrible, el del Anticristo. Las guerras que se vienen no serán tanto nacionales y políticas sino religiosas y espirituales. Ya estamos viéndolo en ISIS y el Estado Islámico. De modo que el tránsito a una nueva época será difícil, traumático y hasta mortal, que puede significa la autodestrucción de la humanidad. La gran lección de nuestro tiempo se compendia en tres puntos: uno, donde Dios muere también muere el hombre; dos, no hay neutralidad religiosa; y tres, hay que restablecer la jerarquía de lo espiritual sobre lo material. Por ende, a la religión de Cristo se le opone la religión del Anticristo. Para que la mitocracia triunfe deberá enfrentarse previamente en una dura lucha religiosa contra la satanocracia del mundo actual. Por eso, la mitocracia es Cristocracia contra la satanocracia.

A.F.: ¿Pero vuelvo a mi pregunta, es magia pagana el chamanismo?

Gustavo Flores: Si la magia es entendida como el arte de manipular fuerzas ocultas, substancias materiales, ritos, invocaciones y solicitar ayuda a seres sobrenaturales para obtener resultados sobrenaturales, debemos preguntarnos si el chamanismo es una forma de magia. Originalmente "Magia" significaba "sabiduría". James Frazer, por su parte, en La rama dorada, considera que la magia es más antigua que la religión, y que la fe universal verdadera es la creencia en la eficacia de la magia.  Mientras un mago "obliga", el sacerdote "persuade".  ¿Y qué sucede cuando un mago ora, está obligando o persuadiendo? ¿Ya no está actuando como mago? Estaría actuando como sacerdote si no emplease substancias materiales. 

A.F.: ¿Pero la magia acaso no es condenada por el cristianismo?

Gustavo Flores: Cierto. La magia fue, en su momento, condenada por el cristianismo. Pero la magia ha existido en todos los tiempos. Incluso cuando la madre le pasa el huevo a su hijo para curarlo del susto está haciendo un acto de magia. No sabe cómo actúa el huevo, no conoce cómo extrae el mal de ojo, pero sabe que eso cura al crío y eso le basta. Esto significa que la magia y el chamanismo no son religiones sino son prácticas naturales.

A.F.: ¿Pero si la magia chamánica es indesarraigable por qué insistir en extirparla?

Gustavo Flores: Por el peligro que representa el contacto con los demonios. Entre los seres suprasensibles también hay seres de luz, los cuales incentivan la magia blanca, pero no poner freno entre los neófitos promueve la magia negra. Pero hay un nivel inofensivo, como el caso del huevo o la cinta roja contra el mal de ojo. El cariz curativo y la sanación espiritual son sus aspectos más positivos.

A.F.: ¿Pero por qué el hombre occidental tiene sed de magia?

Gustavo Flores: Cuando el hombre occidental luce descreído, ateo y nihilista se produce un revival de las religiones paganas. Las cuales son materialistas, idólatras, mágicas y demoníacas. Lo cual está en sintonía con la pobreza espiritual de nuestro tiempo. 

A.F.: ¿Pero el hombre occidental busca curación espiritual?

Gustavo Flores: No lo creo, lo que busca es alivio corporal. Junto a la magia espúrea y oscura -como la magia vudú- existe otra magia, la llamada magia blanca, la que efectúa el curandero unido a Dios y a seres de luz. Estas dos formas de magia nada tienen que ver la magia espectáculo, como el de un David Copperfield. Esto no es magia sino tramoya, truco o ilusión. Pero además existe una tercera, la que corresponde de modo natural al hombre salvado después del Juicio Final. 

A.F.: ¿Está Usted expresando una opinión herética?

Gustavo Flores: Deseo que no lo sea. Pero pienso que el hombre con cuerpo glorioso de la Nueva Tierra será un mago natural, podrá caminar sobre las aguas, y calmar las tempestades como lo hizo Jesucristo. Jesús fue considerado un mago milagrero por sus enemigos, porque no comprendían que su poder venía de Dios dado que era el Hijo de Dios. 

A.F.: ¿Entonces la magia no se restringe al paganismo?

Gustavo Flores: Pienso que no. En otras palabras, el paganismo no agota el significado de la magia.

A.F.: Muy sugerente su explicación de la magia. ¿Pero cómo explica la afluencia masiva de personas del Primer Mundo a la experiencia psicodélica de la ayawaska?

Gustavo Flores: Considero que dicha afluencia de personas son un síntoma de la decadencia moral y espiritual de nuestro tiempo. En el fondo están enfermas de soledad espiritual y llenan tal vacío con la droga destructiva que las enferma y luego buscan en otra droga –la ayawaska- su curación. Pero su solución sigue siendo materialista, hedonista. Y así son incapaces de romper con el círculo vicioso que da primacía al hombre natural sobre el hombre espiritual. Esta regresión de la civilización data desde la decadencia del Renacimiento. Lutero, Galileo, Descartes, Hume, Kant, Comte, Nietzsche, Marx, Freud, Husserl, Heidegger, Sartre, Foucault, Derrida, Lyotard y Vattimo son sus hitos más importantes. 



A.F.: Hay profesores en la Universidad que piensan que mejor le iría al hombre si se convierte en ciborg y erradica todas las fantasías espirituales sobre el alma. ¿Cree que está en lo correcto?

Gustavo Flores: Esa es la fantasía del hombre natural de nuestro tiempo tecnológico. Primero fue la muerte del Dios, luego la muerte del hombre y ahora la muerte de la naturaleza. Se impone el código virtual, la máquina como nuevo ídolo, el hombre desprecia al hombre, quiere ser un ciborg. Y no se da cuenta que si se completa el Programa Avatar con el chip de inteligencia artificial autónoma será la muerte material del mismo hombre. El hombre de nuestro tiempo ha tocado fondo en su declive espiritual. El nihilismo es sólo la punta del iceberg de una era luciferina. Pero el hombre no es cosa, es primordialmente espíritu. Incluso cuando se pueda trasladar toda su conciencia a un chip e implantarlo a un soporte cibernético, no podrá erradicar el alma. Y es que en el hombre hay algo más que el hombre, está lo divino.



A.F.: Entonces, si lo decisivo está dentro de cada uno de nosotros ¿para qué hacer viajes en busca de un gurú?

Gustavo Flores: El hombre para hallarse a sí mismo no tiene que hacer viajes intercontinentales en búsqueda de un gurú, un brujo o un curandero. No, ese no es camino. El camino no es exterior, sino interior. El camino es un viaje hacia sí mismo. Y allí, en el fondo de su corazón hallará a Dios. El hombre de hoy no ve a Dios porque no ve dentro de sí mismo. Y encandilado por el superficial discurso cientificista cree solamente en lo externo, visible y empírico. Y cuando ve dentro de sí mismo se suele detener en sus temores y fantasías. O sea se queda en dintel de su morada interior.      

A.F.: ¿Pero no cree que este cambio de mirada requiere de un nuevo tipo de humanidad?

Gustavo Flores: Es cierto. Pero este nuevo tipo de humanidad no aflorará por arte de birlibirloque y espontáneamente. Así como el Renacimiento fue resultado de la acumulación de las energías espirituales de la alta Edad Media, de la misma forma nosotros no conoceremos un nuevo Renacimiento sin antes engendrar un nuevo ascetismo religioso que le dé lugar.

A.F.: ¿Pero aspirar a dicho ascetismo espiritual cuando el hombre actual es consumista y sibarita?

Gustavo Flores: Por medio de un cambio integral de nuestra civilización. Ciencia, política, economía, arte, filosofía y cultura tendrán que sufrir modificaciones en su base.

A.F.: ¿Y lo religioso no se modifica?

Gustavo Flores: Sí, el cristianismo deberá dejar su moral burguesa y acomodaticia para retornar a su creativa moral evangélica. La semejanza del hombre con Dios está en su creatividad, razón y libertad, y no en la sumisión, obediencia y humildad. No es que el hombre del mañana deberá soterrar la humildad y volverse soberbio, ese fue el camino de Lucifer y de modernidad con el hombre anético, sino que será creativo en Dios con un espíritu de justicia y caridad.

A.F.: ¿Pero qué hacer con la Razón autónoma humana?

Gustavo Flores: Hay que recuperar el diálogo y la síntesis constructiva entre Fe y Razón. Y considero que la propuesta de la filosofía mitocrática contribuye en este sentido. La Revelación es superior al Mito, pero comparte con ella la estructura metafórica, analógica y poética. Esa dimensión de la razón hay que recuperarla. Es la forma legítima de recuperar nuestro nexo con el Creador.

A.F.: ¿Pero aquella recuperación no representa también un cambio de la vida práctica?

Gustavo Flores: Ciertamente que significa un cambio profundo de la vida práctica. Hay que volver al hombre natural, hay que retornar al campo, a lo rural, a la naturaleza, a lo artesanal. Este tipo de hombre natural es profundamente espiritual, no es ateo, es creyente, no es enemigo de Cristo, ni de Dios. Hay que desmontar las deshumanizantes megalópolis, detener el alto consumo de energías fósiles contaminantes, romper nuestra dependencia con la tecnología. En una palabra, hay que rehumanizar el mundo como único camino para volver al Ser, a Dios.

A.F.: Sus palabras me dejan un fuerte sabor tecnofóbico. ¿Es así?

Gustavo Flores: La tecnología tiene mucho de magia negra. Muchos inventos modernos funcionan aunque no se sabe bien por qué funcionan. Especialmente los que están basados en la física cuántica. El avasallamiento de la razón funcional sobre la razón substancial tiene un elevado costo. Sobretodo porque es incierto su efecto sobra la salud física y mental. Pero lo más seguro es la enajenación de la libertad que produce en el ser humano. El hombre entrega su libertad a las máquinas, y paulatinamente éstas se van carcomiendo su propia libertad. No creo que la humanidad tenga que renunciar a las máquinas pero sí reorientar su desarrollo y evaluar constantemente su influjo en la vida moral. Aquella relación neutra de la ciencia y la técnica con la ética tendrá que acabar dentro de una jerarquía de los saberes y de los valores.

A.F.: ¿Y qué pasa con la mujer?

Gustavo Flores: La mujer anda extraviada con el movimiento de emancipación femenina que busca hacerla semejante al hombre. El único resultado a la vista es que la ha sumido en la nueva esclavitud del aparato económico alienante y ha robustecido a la mujer objeto. Es irónico que Occidente critique la burka islámica y no haga nada con la vestimenta indecente e inmoral de sus mujeres. Pero el papel de la mujer en la superación de esta decadente modernidad es inmenso por varios motivos. Primero, porque sobre ella descansa la solución de la crisis de natalidad. Ya las naciones llamadas en desarrollo por el culto enajenante al trabajo están sumidas en un descenso espantoso de la natalidad. Segundo, porque una mujer bien educada es el eje de una familia bien formada. Una de las causas más serias del malestar mundial es la desintegración de la familia. Y tercero, la energía generadora femenina fortalece la energía creadora masculina. La mujer es mágica y mística como el amor. Y en ella con su ternura, encuentra el hombre su balance ante su proclividad racionalista. En una palabra, el principio masculino ni tiene que dominar el principio femenino ni ser su esclavo. Al contrario, el debilitamiento de esta sana dialéctica ha robustecido el crecimiento exponencial de la infame ideología de género y la homosexualidad.

A.F.: Finalmente, ¿considera que la obra escrita y medicinal de Favaron está contribuyendo a la edificación de una nueva civilización?

Gustavo Flores: Considero que sí en la medida que reintegra los lazos del hombre con la divinidad cristiana. Nótese bien que no se trata de un reavivamiento del paganismo, ni de ningún credo ajeno a la tradición occidental. En nuestros tiempos de gran apostasía lo que se necesitan son líderes espirituales. Pero el problema es que tenemos abundancia de falsos profetas. Favaron es un buen lector de San Pablo, de ahí su énfasis en la caridad y el amor junto con la fe para distinguir la paja del trigo. Favaron es un médico tradicional cristiano, aunque su cristianismo es de sesgo más evangélico que católico.

A.F.: Para concluir. ¿El chamanismo es demonismo o en qué casos no lo es?

Gustavo Flores: El chamanismo es demonismo cuando es practicado en sentido pagano y anticristiano. Y no lo es cuando sincréticamente tiene como figura central a Cristo para efectuar el bien. El chamanismo amazónico cristiano es un fenómeno nuevo y poco estudiado. Y una vez transcurrida la violencia de la Conquista, la extirpación de idolatrías de la Colonia, el fin de la oligarquía latifundista en los años setenta de la República, es plausible considerar la consolidación del chamanismo amazónico cristiano desde la segunda mitad del siglo veinte.
                     
A.F.: ¿Cuál cree que es el futuro del chamanismo amazónico cristiano?

Gustavo Flores: Es incierto. Las religiones tienen una duración que responde a la condición humana y no tanto a condiciones histórico-sociales. Eso no significa que no se extingan. Pero mientras prosiga el actual modelo desespiritualizado de existencia el chamanismo mercantilista, turístico y comercial crecerá de manera exponencial. Mientras que el chamanismo cristiano seguirá siendo subalterno en una sociedad deshumanizada. Las comunidades indígenas del Amazonas son aceleradamente asimiladas a la modernidad, la cual desintegra su acervo cultural. Ahora bien, el nuevo Adán no será ni chamán, ni amazónico, ni cristiano, porque vivirá en y con Cristo.


A.F.: ¿Algo que añadir?

Gustavo Flores: Sí. El pathos del secularismo nominalista moderno se ha agotado, ha terminado en el vacío y en la nada. Y eso ha ocurrido por tratar de sustituir el reino de Dios por el reino del diablo. Arte, política, economía, filosofía, todo se vuelve libremente desde el interior a lo religioso nuevamente, o sencillamente la humanidad dejará de existir. El mundo moderno termina donde comienza el movimiento hacia Dios. La modernidad se ha quedado sin centro espiritual, dicho centro no es la universidad, ni los académicos, ni la jerarquía eclesiástica, ni el clero. Pero sí lo es la Iglesia. Porque la vida de la Iglesia es invisible y misteriosa, es cósmica y ontológica. Que la Iglesia marcha hacia un cosmos cristianizado se advierte cuando la intelectualidad vuelve a la fe.

sábado, 29 de abril de 2017

DILEMAS FILOSÓFICOS (Entrevista)

Dilemas y problemas filosóficos
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Gustavo Flores Quelopana entrevistado por G.A.F.
Abril 29 2017

G.A.F.: Tú te defines como el filósofo de lo mitocrático, lo anético y el hiperimperialismo. Lo primero concierne a la filosofía ancestral, lo segundo a la crítica antropológica de la posmodernidad y el tercero al examen de la globalización neoliberal. Vayamos a lo último. ¿Es el Hiperimperialismo una visión acertada de lo que acontece a nivel global?

Gustavo Flores: Pienso que sí. Porque no es precisamente el imperialismo exportador de capitales descrito por Lenin el que domina el mundo, sino un imperialismo de las megacorporaciones privadas, con soberanía propia, descentrado, improductivo, especulativo, cibernético, unipolar, guerrerista y profundamente desigual en el reparto de la riqueza social.

G.A.F.: ¿Pero este hiperimperialismo que en su obra se corresponde con el mundo occidental no deja en la sombra los otros imperialismos partidarios del multipolarismo?

Gustavo Flores: Es cierto, los deja fuera. Pero ello no significa negar el carácter imperialista de China y Rusia. El primero busca un imperialismo económico, mientras que el segundo un imperialismo político. Pero ambos son imperialismos que tarde o temprano se verán ante las mutaciones hiperimperialistas de sus megacorporaciones privadas, siempre y cuando no se destruyan antes en un holocausto nuclear.

G.A.F.: A propósito del holocausto nuclear que nos amenaza hoy con la crisis Siria y la crisis norcoreana. ¿Por qué cree que la humanidad está cada vez más cercana de su autodestrucción?

Gustavo Flores: Porque la civilización occidental está atravesando un período histórico de decadencia espiritual tan profunda que lamentablemente es inversamente proporcional a su poderío tecnológico armamentístico y nuclear. Mire, durante la guerra fría entre las dos superpotencias sumaban más de 80 mil armas nucleares. Hoy apenas superan las 14 mil. Pero aun son suficientes para destruir el planeta entero. Sin embargo, el problema de fondo no es lo cuantitativo sino lo cualitativo. Me refiero que el temple moral de la humanidad actual es muy feble, menguado e inseguro. Cada vez más las élites mundiales pierden el miedo al uso de las armas nucleares. Trump es un ejemplo de ello.

G.A.F.: Pero Trump representa a un imperio decadente y el tigre es más peligroso cuando está herido.

Gustavo Flores: Es cierto. China y Rusia, incluso la India y Pakistán, se muestran más contenidas en el uso de armas nucleares. Pero no hay duda que su respuesta será también nuclear en caso de recibir un ataque y entonces la apocalipsis se desatará. La civilización occidental habrá consumado su autodestrucción, la misma que comienza al final del Renacimiento, por haber roto los lazos con lo divino y entregarse a la vorágine de lo temporal. Será una pérdida irreparable ver a la culta Europa nuclearmente arrasada por la insanía guerrerista de su aliado EEUU.

G.A.F.: ¿Qué principio del Renacimiento rompió Occidente para merecer tal destino?

Gustavo Flores: El gran aporte del Renacimiento fue un humanismo que enalteció la dignidad y libertad humana. Pero ni el Renacimiento del Trecento ni del Cuattrocento rompió el lazo con lo eterno y divino, por más que éste último mantuviera una gran tensión entre lo cristiano y lo pagano. Y además fue fruto del ascetismo religioso de la Alta Edad Media. Pero todo lo que viene después es un proceso de descomposición de la cima renacentista. Así vemos que el cubismo y el positivismo coinciden en ver al hombre mecánicamente. Todo el movimiento cultural se ve absorbido por un proceso de secularización que no sólo anula a Dios, sino al hombre y a la naturaleza misma.

G.A.F.: Pero países como el Perú que no han tenido un Renacimiento, ni una Reforma, ni una Ilustración, ¿por qué se tenían que ver afectados por este proceso de descomposición?

Gustavo Flores: Por la dominación que sufrimos como países periféricos. Occidente penetró con España y nos involucró en el proceso de decadencia espiritual. No digo que la civilización precolombina fue inmune a procesos de decadencia histórica. Lo que afirmo es que nos llegó la ola cultural occidental cuando su principio cristiano ya estaba afrontando el desmigajamiento religioso –la Reforma protestante-, filosófico –racionalismo, empirismo, criticismo, positivismo, cientificismo- y político –la Revolución Francesa-. En otras palabras, el asalto a la armonía entre Razón y Fe cobraba impulso y auge. Efectivamente, en el Perú no hubo Renacimiento, ni Humanismo, ni Ilustración, ni Romanticismo, pero como lo hizo notar Martín Adán, llevamos en el alma un estro barroco que nos viene de lo andino. Lo cual se vive más bien como un malestar del alma. No obstante, lo barroco está en retroceso ante un mendaz espíritu pragmático y burgués que se va imponiendo raudamente. Lo cual nos inserta más en la corriente decadente de la civilización occidental.

G.A.F.: Su respuesta me permite ingresar al tema de la filosofía mitocrática andina. ¿Cree que su propuesta puede ser útil a movimientos andinistas a ultranza?

Gustavo Flores: Sí, pero tergiversando la propuesta. Yo no estoy a favor de ciertas visiones andinistas que buscan combinar lo mitocrático con lo ateo, secular y descreído. Al contrario, la fecundidad de la categoría es vincularla con la dimensión religiosa. Ni el mundo precolombino fue ateo ni panteísta, ni el mundo de mañana necesita un mundo de la increencia. Todo lo contrario, el exceso de razón y la perversión de la fe condujeron a ambas a su declinación actual. Les sucede lo mismo que al Renacimiento, comenzó enarbolando la libertad del hombre y terminó conculcándola con los totalitarismos de Estado o de Mercado. En este sentido, creo que lo mitocrático debe ser visto como la posibilidad de recuperar el diálogo fecundo entre la Razón y la Fe.

G.A.F.: Últimamente Ud. sostuvo una polémica con Pablo Quintanilla en el Colegio Médico del Perú sobre la filosofía andina. ¿A qué atribuye la resistencia académica para admitir la existencia de la ancestral filosofía precolombina?

Gustavo Flores: Hay varios factores y los voy a enumerar. Primero, el predominio del pensamiento anatópico. Tal como enfatizó Víctor Andrés Belaunde es muy arraigada la costumbre colonial de pensar nuestra realidad con una óptica extranjerizante. Segundo, no se pone en cuestión el magisterio eurocéntrico. Y así se piensa que Grecia fue la cuna de toda filosofía posible. Tercero, el predominante espíritu secularista de la modernidad. El cual impide ver otras formas de filosofar que están unidas a lo religioso. La filosofía es multiforme. Incluye incluso al Mito, como la forma analógico-metafórica que tiene la razón de dar cuenta del misterio del mundo. Pero de mal grado se admite la filosofía medieval, se la estudia mal, o como la filosofía colonial, no hay un curso sistemático de la misma. Menos aun se está dispuesto a reconocer la categoría de lo filosófico a explicaciones ancestrales unidas a lo religioso. Y cuarto, la pereza mental que acompaña al espíritu burocrático en las cátedras y que retroalimenta la universidad comercial o empresarial. La universidad peruana generalmente está dominada por un espíritu mercantilista. Por tanto, su fin no es investigar sino recaudar matrículas por doquier. Este envilecimiento economicista denigra la libre investigación y afecta la creatividad de su profesorado, generalmente inerte, burocrático, rutinario y en busca de prebendas económicas en maestrías y doctorandos. En pocas palabras, no hay incentivo al genio, sino al talento repetidor.

G.A.F.: A aquella importancia del factor religioso responde su interés al haber escrito sobre El espíritu de la filosofía peruana virreynal, en dos tomos. ¿Cuál fue su propósito?

Gustavo Flores: Mi finalidad principal fue investigar una intuición profunda. Veía que los filósofos de la Colonia no se limitaban a repetir un cristianismo eurocéntrico, sino que la realidad del indio modeló un cristianismo de la liberación. Y allí encuentro lo peculiar de su espíritu. Primero veo un reinado de la teología antropológica, luego una escolástica utópica liberadora y finalmente un peripatetismo reformista ilustrado. Con ello lograba una visión integral de dicho período filosófico tan descuidado en las facultades de filosofía. Obviamente me fueron muy valiosos los estudios de José Ballón, Augusto Castro, Huamaní Córdova y el clásico Barreda Laos.

G.A.F.: ¿A propósito del predominante espíritu de increencia en nuestro tiempo, diría Ud. que es un rasgo esencial del posmoderno hombre anético?

Gustavo Flores: No, es más bien una consecuencia del predominio de un tipo de racionalidad específica. Lo que gobierna al hombre anético de la posmodernidad es la soberanía de la razón funcional sobre la razón substancial. La razón funcional es externa, mecánica, superficial, atiende lo cósico, manipulable, útil, persigue un propósito aplicativo, empírico y mendaz. La razón substancial es interna, libérrima, profunda, atiende el ser, inasible, persigue el ideal y es espiritual. El hombre anético se maneja a sí mismo y a los demás como cosa entre las demás cosas, no es teleológico sino pragmático y económico. No le interesa mentir, robar y pecar. Le da lo mismo. El fin justifica los medios. Y así este tipo de racionalidad funcional gobierna la civilización occidental y destruye a Dios, la naturaleza y al hombre. Una muestra más del predominio de la razón funcional es la muerte del espíritu en la civilización occidental, la cual lo compensa con desarrollo tecnológico. Pero dicha compensación es siempre insuficiente y acelera la destrucción del hombre.

G.A.F.: En este sombrío panorama, díganos si hay alguna esperanza.


Gustavo Flores: Sólo hay esperanza en la lucha creativa y no en la pasiva espera. Pero tampoco hay que ser ingenuo pensando que un nuevo renacimiento espiritual nos vendrá por asalto. Ningún nuevo renacimiento es posible sin ascetismo religioso. Por eso, el ascetismo religioso es lo que debe venir primero. El mundo consumista y sibarita actual necesita de nuevos ascetas de religiosidad profunda. Sin esto no habrá acumulación de energía espiritual histórica.

sábado, 22 de abril de 2017

ALTERNATIVA AL PERÚ INVERTEBRADO

ALTERNATIVA AL PERÚ INVERTEBRADO
Gustavo Flores Quelopana
Sociedad Peruana de Filosofía
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Esta obra es una nueva interpretación de la realidad peruana. No es un trabajo académico pero tiene la virtud de ser un auténtico ensayo. Grandes ensayistas forjaron la cultura nacional, y en cambio hoy una legión de académicos administra la mediocridad de lo que se escribe masivamente.

Por la rotundidad justificada en el juicio, la pulcritud del razonamiento y la elevada inspiración de su ideal tenemos ante nosotros un libro de antología.

Esta obra viene a incorporarse al selecto número de libros que componen la pléyade de la interpretación de la realidad peruana, a saber, El carácter de la literatura independiente en el Perú de José de la Riva Agüero, El Perú contemporáneo de Francisco García Calderón, La realidad nacional de Víctor Andrés Belaunde, Siete ensayos de la realidad peruana de J. C. Mariátegui, El antimperialismo y el Apra de Haya de la Torre, Perú, problema y posibilidad de Jorge Basadre, Retrato de un país adolescente de Luis Alberto Sánchez, Pueblo Continente y Hacia un humanismo americano de Antenor Orrego y El Otro Sendero de Hernando de Soto. Sin olvidar a Ricardo Nugent y su El laberinto de la choledad, junto a Antonio Belaunde Moreyra y su libro desde la psicología profunda jungiana Perú, persona, sombra  alma. A esta relación hay que añadir al catedrádico Francisco Reluz Barturén y su libro Prolegómenos para una nueva peruanidad.

Pero además es el fruto más maduro de la perspectiva andina de sus antecesores: Tempestad en los Andes de Luis E. Valcárcel, El Nuevo Indio de Uriel García, Del Ayllu al cooperativismo socialista de Hildebrando Castro Pozo, Presencia y definición del indigenismo literario de Tauro del Pino, Andinia de Luis Enrique Alvizuri y Sociedad mediocre de José Mendívil.

Como vemos el debate sobre los que es el Perú es arduo y permanente. No es un mero problema sociológico sino ontológico y metafísico. Se trata del destino de una entelequia milenaria sacudida por la invasión y la alienación. Esta disyuntiva fue advertida tanto por hispanistas, mesticistas e indigenistas. Chacón está lejos del indigenismo anarquista de González Prada, el indigenismo marxista-mesiánico de Valcárcel, el indigenismo cholista de Uriel García y José Vallaranos, el andinismo antioccidental de Alvizuri y al andinismo multicultural de Mendívil. El suyo es un andinismo culturalista, pues la cultura andina es el Ser de lo nacional, cuya savia palingenésica se resiste a morir. Al contrario, se recrea constantemente porque sus raíces metafísicas se actualizan tenazmente en una conciencia cósmica que hace emerger sus gérmenes históricos.
  
Leer el libro Nación Andina (2017) del ensayista, novelista y poeta Hugo Chacón Málaga representa para el peruano y cualquier persona que aprecie la perspectiva culturalista, un profundo cuestionamiento de la postergación de la cultura indígena y la validez de la inclusión del Perú a Occidente.

Para Chacón el modelo de nación criolla ha fracasado porque está basada en la iniquidad cultural, social y étnica. Basta remitirse a las estadísticas en salud, educación, inversión, ingreso, etc., para confirmarlo. La interpretación marxista también demostró su desvinculación con el Perú real y señalar solamente que el indio es el problema pero no la solución.

Entonces, el imperativo para nuestro ensayista será construir una nueva síntesis que consista en la nación andina. El mestizaje es una ficción porque carecemos de una opción binaria en religión, idioma y cultura. Coincidiendo con Fidel Tubino y Gonzalo Portocarrero, sostiene que somos un país sin identidad, porque la estructura íntima del ser andino ha sido destruida, y porque la sociedad criolla ha sido una mal imitación de Occidente.

Para demostrarlo recorre tres visiones del Perú revisando el pensamiento de Mariátegui, Vargas Llosa y Arguedas. Constata que en los tres se constata una visión occidental particular. Y no atisban que el pensamiento andino es una forma distinta de vertebrar el espíritu. Es notable e irrebatible su aguda crítica al Amauta. Señala que para Mariátegui Occidente es un axioma inamovible, y por ello comparte el enfoque criollo, según el cual, al indígena no le queda más que asimilarse. Subordina la herencia andina a la orientación criolla y ve con simpatía que un país milenario adopte la cultura occidental. Por lo demás, al indio le reconoce virtudes artísticas pero no teoréticas. Mariátegui era racista. En una palabra, el pasado andino tiene que eliminarse en aras de la dinámica civilización occidental. Chacón realiza una crítica demoledora al pensamiento del Amauta desde la perspectiva andina.

Su peliagudo análisis prosigue con Mario Vargas Llosa. Para el escritor lo único válido será la sacrosanta civilización occidental y cristiana. Pues el novelista abjuró de su tesitura serrana y adhirió su provenir a los valores criollos dominantes. Desconoce  e ignora lo andino, repudia el Perú antiguo y arcaico porque siente vergüenza  de su infancia andina en Cochabamba. Se distancia del mundo andino, de todo lo quechua y aymara y entra en cursilerías aristocráticas porque rechaza el mundo andino cholo que su odiado padre representa. Se queda con la patria criolla y remite al ostracismo la patria andina. También siente apocamiento de los parientes andinos y opta conscientemente por la identidad criolla dominante. Abdica de su herencia serrana hasta en el lenguaje y se integra con el mundo occidental. En otras palabras, igual que Mariátegui, Vargas Llosa también ostenta una visión occidental particular.

Con gran ductibilidad y sutileza aborda el pensamiento de Arguedas. Afirma que junto con el Inca Garcilaso y Guamán Poma constituye la base de nuestra nacionalidad. Considera que con Garcilaso se recupera la historia andina y con Guamán Poma el espíritu de resistencia cultural. En cambio, Arguedas es una figura más compleja, atravesado por el sino de la intensa búsqueda de sí mismo. De una primera etapa mestiza avanza lentamente hacia una etapa andina. Nunca se avergonzó como Vargas Llosa de llevar en su ser una parte india. Nunca admitió ser indigenista pero hasta 1967 recomendaba la creación de Institutos Indigenistas. Su socialismo era personal, impregnado de mito y magia. Se concebía a sí mismo como peruano, o sea español e indio. Al contrario de Mariátegui, de su pensamiento se extrae la conclusión que el Perú no será occidental sino andino sin calco ni copia. No obstante, persiste cierta ambivalencia en Chacón al tratar a Arguedas como otro exponente de la visión occidental.

Ahora se comprende la importancia que cobra para Chacón la Cultura como categoría hermenéutica central. Declara que nuestra propia cultura ha sido soslayada, avasallada y marginada por discursos que privilegian la perspectiva occidental. Pero todos los intentos de poner al país sobre los pies de una civilización extraña han fracasado. No han formado nación y sólo ha favorecido a las élites dominantes. Esta es la causa de que el Perú criollo luzca desestructurado, desintegrado, sin proyecto nacional. La cultura es piedra de toque de todo resurgimiento nacional y mientras no se reconozca que no somos occidentales y que no se puede seguir imitando a Occidente no se logrará una nueva síntesis de nuestra identidad andina y amazónica.

Dentro de su examen culturológico procede a analizar lo que Occidente expropió a la cultura andina. Y empieza con la sustancial relación con la naturaleza, donde se refleja el orden del macrocosmos en el microcosmos social, donde la naturaleza es sujeto antes que objeto. Se excluyó a los andes como eje vertebrador de lo nacional. Se quebró la complementariedad productiva. Se extinguió el universo tecnológico. Se olvidó las maravillosas obras de ingeniería y el gran manejo del agua. Se trastornó la explotación agrícola y pecuaria. Los andenes fueron abandonados y la estructura urbana trastocada. Arte, leyes y cultura padecieron una profunda modificación. En una palabra, se acometió contra el pilar fundamental de la cultura, a saber, la filosofía, religión, ciencia, tecnología y lengua. No obstante, Chacón afirma que la cultura andina fue recomponiendo su propia personalidad.

Por mi parte, quiero interrogar por lo que Occidente nos aportó. Y lo considero necesario hacerlo porque el propio genio andino no ha quedado inafecto tras cinco siglos de dominación. La cultura occidental es ante todo una cultura católica y latina. En sus mejores manifestaciones mantuvo el vínculo con la Antigüedad, fuente eterna de la cultura humana. La raza latina tiene la cultura en la sangre. Así, son propios la sutileza y la elegancia al espíritu francés, y la sensualidad y el humanismo al espíritu italiano. En ambos brilla el sol, en cambio la raza germánica es abstracta, criticista, bárbara, en ella predomina la penumbra, la revuelta bárbara (el protestantismo). Por su parte, la raza indígena adoptó el cristianismo no a lo alemán, o sea como pura espiritualidad, sino con toda su plástica y tradición. De ahí surgió lo que el Padre Manuel Marzal denomina un cristianismo sincrético, indígena. No es casual que entre los cronistas indios sólo Guamán Poma se escandaliza contra la corrupción del catolicismo. En cambio, Garcilaso y Santacruz Pachacuti buscan un renacimiento cristiano indiano. En otras palabras, el genio indio no es refractario al injerto religioso del semitismo. Cristo en los Andes se abrió paso no sólo sobre los cadáveres que iba dejando la extirpación de idolatrías, sino que el alma india hallaba algo común con su religión ancestral. Y ese elemento común era que entre el Dios Ordenador andino y el Dios Creador cristiano primaba el cosmos, o sea el orden, la cuenta y razón, la armonía. El espíritu indio es semejante al espíritu eslavo, es místico, intuitivo y autoritario. Y por eso recibió el cristianismo como lo recibieron los eslavos, con espíritu apocalíptico y escatológico. Era el cumplimiento de un Pachacuti. Se ha dicho que el indio es sombrío, obediente, taciturno y triste. El indio es silencioso y prudente por desconfianza con el criollo pero no lo es por vocación. De lo contrario veámoslo bailar entre los suyos con un rabioso zapateo. Pero se ha pasado de largo la distinción entre lo que es efecto del trauma cultural con lo que es peculiar de su genio. La cultura india es alegre como la latina, mística como la rusa, sutil como la francesa, no pertenece a las tinieblas del genio germánico sino que nace de una unión con el sol. Y por eso mismo la encarnación y redención católica, como presencia divina en la Tierra, le vino como anillo al dedo. La cultura en el genio andino no es idea abstracta sino sangre vital. Y por ello la raza india está más cerca a los latinos que a los germanos. De ahí, también, que nuestro pensamiento filosófico esté unido a la vida, sea más asistemático, espontáneo y social. En una palabra, la mística andina recibió de la cultura occidental una orientación más precisa. Y por ello, es del genio andino del que podría esperarse un renacimiento católico. No obstante, el mundo andino del presente no actúa en el aire sino que hace frente a un contexto histórico preciso. Y el presente atañe a la postmodernidad, la época del agotamiento de las certezas y las verdades fundantes. Época de debilidad, descentrada, sin fe, vacío, decadencia y superficialidad. De modo que el genio andino está frente a un tiempo de decadencia espiritual, donde luce terminado el libre juego creador de las fuerzas humanas. El naturalismo, positivismo, cientificismo y relativismo ha sumido en una inmensa fatiga, ha desquiciado y destruido el alma del hombre de la civilización occidental. El triunfo del hombre natural sobre el hombre espiritual lo llevó hacia la esterilidad creadora. Y si la cultura andina está también sumida en la civilización occidental cómo pretende evitar el fatal desenlace. Desde la Colonia la cultura andina ha abrevado de dos fuentes: lo Precolombino y lo Cristiano. Primero al desgajarse de su fondo espiritual comenzó a degenerar. Luego asimilándose al cristiano empezó a recomponerse. Pero en lo occidental se escondía una semilla de colapso: el hombre sin Dios y el hombre contra Dios. Y ese humanismo occidental que rompe con el cristianismo rompe al mismo tiempo con lo precolombino. La tradición sagrada de la cultura andina busca salvarse del ateísmo occidental y evitar la caída de su cultura reafirmándose en un sincretismo religioso. Pero dicho sincretismo no es invulnerable. Y esto ya lo vemos en el nuevo hombre andino que se nutre de los decadentes valores burgueses y le aseguran el debilitamiento de su energía creadora. En una palabra, vemos cómo el genio andino se va diluyendo en la negación occidental de la semejanza del hombre con Dios y de Dios con el hombre. Así se va encaminando a la misma negación y destrucción del hombre. Efectivamente, la cultura andina no se puede excluir a la secularizada ola no sólo del hombre sin Dios y contra Dios, sino del hombre sin el hombre y contra el hombre. El genio andino no sólo afronta la negación de Dios sino también del Cristo-hombre. Este espíritu le traerá la muerte y no el florecimiento.

En el despliegue de sus circunvoluciones teóricas Chacón aborda el tema capital de la Filosofía Andina. Es conocido que los conquistadores pusieron en duda la capacidad racional del indio perulero y fueron muy pocos cronistas y pensadores coloniales que noticiaron y defendieron su capacidad racional y filosófica (Betanzos, Cieza, Polo de Ondegardo, Garcilaso, Murúa, Guamán Poma, Acosta, Anello Oliva, Bernabé Cobo). Ante esto Chacón estima que una civilización que alcanzó tal nivel desarrollo material y espiritual no pudo carecer de filosofía. Pero puntualiza que la filosofía andina no fue mera cosmovisión. Y en este aserto se enfrenta a una compacta tradición académica eurocéntrica viva hasta hoy (Salazar Bondy, Rivara de Tuesta, Sobrevilla, Zenón Depaz).

Para su refutación se adhiere a la información de la riqueza idiomática andina que proporciona Alfredo Torero, donde sostiene que en vocablos quechuas y aymaras  existen vocablos de clara connotación filosófica. También comparte el principio de relacionalidad destacado por Estermann como rasgo fundamental de la racionalidad andina. Igualmente suscribe la interpretación de Carlos Milla donde la racionalidad andina se desarrolla en diálogo con el cosmos. Y se adscribe a mi teoría del Mito como Logos filosófico, valorando la categoría nueva de la filosofía mitocrática.


En este sentido expresa: “Flores elabora un conjunto de proposiciones que echa por tierra las limitaciones de la cosmovisión para interpretar el alto pensamiento andino y se adentra en el territorio de la filosofía como sustento de su civilización. Flores instala de pie lo que estaba de cabeza al determinar que el pensamiento mítico sustenta la filosofía andina y explicar su naturaleza divergente de la racional y analítica filosofía occidental.”  

Premunido de todos estos recursos teóricos Chacón rechaza tajantemente que el mundo andino no haya tenido filosofía y que se haya limitado a la presencia de cosmovisión, pensamiento, filosofía heterogénea. A continuación señala que los temas de la filosofía andina son: el ser humano y la naturaleza presididos por el concepto de comunidad; ser, naturaleza y divinidad como triada eterna y energética de infinitas formas; una concepción del universo que no es panteísta, politeísta ni heliólatra, sino que distribuye el espacio en mundos complementarios; una concepción de divinidad que se caracteriza por la ausencia de una deidad creadora y superior expresión material de una naturaleza autocreadora –en esto sigue los planteamientos ateos, naturalistas y panteístas de Federico García-; una ética y moral basada en el trabajo festivo, basado en el principio de reciprocidad, contradicción, complementariedad y cosmovisión dual.

En este nivel encuentro un problema en el pensamiento de Chacón. Por un lado afirma rechazar el panteísmo y por otro suscribe la concepción de lo divino como energía autocreadora. Lo cual lo devuelve al panteísmo que dice oponerse. En esta oscilación suya subyace un materialismo ateo que no puede comprender a Dios como sujeto. En el mundo actual el panteísmo renace sobre los escombros del mecanicismo naturalista, el materialismo, el positivismo y el cientificismo. Todos tienen en común el predominio del inmanentismo. Los mismos coqueteos con el panteísmo lo podemos hallar en aquella divinidad más profunda que Dios de la Gottheit de la vía mística de Eckhart, el Ungrund de Jacobo Boehme, en el Uno de Plotino, el Supraser en Heidegger y en el misticismo hindú. Pero el gran inconveniente de la afirmación panteísta es que su indiferenciación impersonal culmina en el pasivismo, el quietismo, la negación del hombre y de Dios. Sencillamente en el panteísmo no tiene cabida ninguna vocación creadora del hombre. Todo se absorbe en una oscura energía divina que no sabe nada de la energía creadora del hombre, no es antropológica, es pasiva y hostil a la creación. Todo queda absorbido en el indiferenciado divinismo original, donde no se distinguen ni Dios ni el hombre. De ahí que no llame la atención que Vivekananda hable de salir de la condición humana, del mundo y de Dios para reintegrarse a la energía impersonal. A mi juicio este es un problema muy serio, no sólo porque considero que no refleja la auténtica religiosidad precolombina, sino porque no ayuda al hombre contemporáneo a una real renovación de su vocación religiosa e impide un verdadero papel creador en lo social. En otras palabras, va contra lo que el mismo Chacón predica: erigir una sociedad andina creadora, sin calco ni copia. Sobre la base de una religiosidad panteísta no es posible la edificación creadora de una nueva sociedad. El panteísmo favorece las sociedades congeladas, petrificadas y momificadas. Al contrario, considero que el real evangelio de Cristo es profundamente creador y sirve potentemente a los propósitos creativos de una sociedad andina. Para la creación de una sociedad nueva no conviene adoptar una mística cualquiera. El estrato espiritual es el más serio y de más vastas consecuencias. Por ello, hay que rescatar e incentivar la mística cristiana occidental porque está henchida de corriente antropológica. El alma católica es gótica, arrastrada hacia la altura, romántica, apasionada, activa, dinámica, voluptuosa, llena de hambre espiritual, lanzada hacia Dios. Y por eso crea en lo externo, es prolífica en arte, arquitectura, filosofía y ciencia. Con ella sí es posible construir una nueva sociedad, mientras que con el panteísmo no.

Con estas bases teóricas Chacón procede a exponer la parte medular de su obra: la propuesta política. Y con su programa de gobierno convierte a su libro en un megatexto, cuya mirada poliédrica complementa lo teórico con lo práctico. Si quisiéramos apretar en un puño lo esencial de esta parte se diría que es categórico al subrayar que todas las contradicciones que ahítan la vida nacional y la posibilidad de un proyecto patrio andino depende no de una simple sustitución de la casta criolla, ni de la mera industrialización, ni de un mendaz cambio de capital en los andes, forjar un Estado Trinacional con Ecuador y Bolivia, etc. Todas estas medidas serán importantes pero insuficientes ante lo primordial: elaborar una filosofía nacional. La importancia que otorga al factor subjetivo e ideológico, como Gramsci, es decisiva para que todo el esfuerzo político no sea estéril. Es necesario imaginar otro destino, y para ello son necesarias las Ideas Fuerza, y eso sólo se logra con una filosofía propia.

En una clara alusión al aspecto más débil de la filosofía del salazarianismo conjetura que no se puede seguir hablando de luchar contra la dominación cuando subestimamos la propia energía creadora de la cultura andina. La Nación Andina para seguir adelante necesita de un nuevo espíritu, el mismo que será fruto de una filosofía andina.

Chacón señala que la filosofía mitocrática, con su nítida distinción entre el logos del mito y el logos de la ratio, es el vehículo para estructurar un nuevo espíritu andino. Sólo así se puede afrontar las tareas pendientes y librarnos de la órbita de Occidente. El objetivo es afrontar el reto de construir una nueva hegemonía ideológica, con la cual Indoamérica pueda renacer. El modelo de desarrollo será transitoriamente capitalista, nacionalista y regulado, fortaleciendo un esquema internacional multipolar.

Pero Chacón insiste en la construcción de una hegemonía política e ideológica, como única alternativa eficaz que haga posible transformar los fundamentos religiosos nacionales. Considera que sin una filosofía distinta es irrealizable imponer una nueva hegemonía cultural. Y en el nuevo horizonte filosófico destaca la revalorización del Mito, como sustento integrador e inquebrantable de la vida comunitaria. Siendo yo el creador de la filosofía mitocrática me encuentro en la situación embarazosa de tener que mencionarla. Pero Chacón no se amedrenta para afirmar que la sociedad andina moderna puede afirmarse en una filosofía del mito, de lo simbólico, analógico y metafórico. En una forma de razón no instrumental que haga renacer la sociedad multicultural andina.

No obstante, reconoce que hay problemas pendientes al interior de la filosofía mitocrática. Cuál será el sentido que tendrá que tener la modernidad dentro de ella, cómo se organizará la sociedad, la cultura, el arte, las fuerzas armadas, la ciencia, la industria y la tecnología. Por mi parte no tengo las respuestas, pero Chacón con optimismo recuerda que el camino de la razón de Occidente culminó en la destrucción de la naturaleza y el camino del mito de los antiguos peruanos culminó en la armonía con su medio.

Pero son las mismas convicciones optimistas de Chacón sobre la Nación Andina para superar el Perú invertebrado, lo que nos conduce a reflexiones que tienen que ver con el Genio Andino. Cuando el general Velasco Alvarado -un criollo- dio punto final a la marginación del indio, el paciente genio andino demostró con especial agudeza la tragedia de la creación y la crisis de la cultura. Comenzó su adaptación de modo vertiginoso, sobretodo en el ámbito urbano. Transcurrido medio siglo el alma andina no demostró una oposición a la creación de los valores de la cultura burguesa. El emporio comercial de Gamarra es un ejemplo en la urbe, y la diversificada red exportadora tejida en los andes es el ejemplo en el campo. Esto fue lo que llenó de entusiasmo a Hernando de Soto y lo llevó a proclamar que el andino era partidario del capitalismo popular. ¿Esto significa que en el genio andino no hay sed de otra creación que fundamente una nueva vida y un mundo nuevo? Sabemos que el alma andina no es exactamente igual al alma criolla latina y no acepta con facilidad la separación del objeto y del sujeto. Pero también sabemos que en el terreno de la cultura diferenciada el Perú aparece en segundo plano. Sus impulsiones creadoras se someten a lo vital, esencial, ya sea de índole religiosa, moral o social. El culto de la belleza por la belleza, la verdad por la verdad, o sea el culto de los valores puros de ninguna manera parece pertenecer al genio andino actual. Es más que probable que sí lo haya sido entre las élites del Perú precolombino, pero eso es un pasado perdido. Esto me lleva a establecer una diferencia sustancial entre el genio andino precolombino y el genio andino actual, o sea después de cinco siglos de vejaciones y degradación. Si el genio andino precolombino pretendía la salvación del mundo -de ahí sus monumentales y ciclópeas obras públicas-, en cambio el genio andino actual pretende la adaptación y sobrevivencia en el mundo -de ahí el primer lugar de emprendorismo en el planeta-. Pero aquí hay algo más profundo que tiene que ver con el rasgo de la raza. Lo que hay de grande y verdaderamente original en la cultura peruana está ligada a la capacidad para crear constantemente valores culturales, como lo crearon el alma latina o germánica. Por ello, Mariátegui, Arguedas y Vargas Llosa expresan la tragedia y la crisis de la cultura andina en grado extremo. La raza andina es una vieja raza, pero que a diferencia de la germánica y latina no pierde su mesianismo palingenésico. El genio andino está en proceso de restauración y mientras más se fortalezca irá creando valores contrarios a la cultura burguesa. El genio andino es cualquier cosa menos la raza de las posiciones extremas. Gusta del justo medio, está acostumbrado a avanzar lento pero sin pausa y progresivamente hacia su objetivo. Del sitial de alta cultura que ocupaba fue sumida en los bajos fondos de la barbarie. Pero la vemos lentamente resurgir de entre los escombros porque guarda en su entraña el impulso que la lleva hacia el pináculo del porvenir. El genio andino no volverá la vista hacia sus riquezas pretéritas, porque incluso su resurrección será recuperar lo más esencial de su impulso creador, a saber, la salvación y creación del nuevo mundo.

También existe un tema insoslayable y atañe a la relación de lo andino con el nacionalismo o el universalismo. El Perú andino se mantiene en una posición intermedia entre Oriente y Occidente. Sería lamentable verlo labrar su futuro dentro de los cauces de un nacionalismo estrecho. El nacionalismo es el producto mórbido de la Reforma y el humanismo, que convirtió la vida religiosa y nacional en unidades estancas y la naciones en mónadas con el nuevo ídolo del estado nacional. El nacionalismo no es fruto del cristianismo, de su entraña se destiló la idea de universalidad. El nacionalismo es resultado del triunfo del nominalismo moderno sobre el realismo medieval. Las guerras mundiales encarnan su expresión más legítima y exponen la ruina de la humanidad. La nación no se propone reemplazar a Dios pero el nacionalismo sí. Y así convierte la nación en nuevo ídolo de un particularismo pagano. El sistema económico mundial capitalista engendró el internacionalismo abyecto que carece de espíritu y hunde la civilización en el materialismo más mendaz. Su contrapartida socialista generó el internacionalismo proletario no menos desgarrado de una cultura espiritual universal. Conviene entonces advertir que la nación andina debe evitar las horcas caudinas de los particularismo paganos, tanto del nacionalismo como del internacionalismo. Y contribuir al universalismo que fortalezca la voluntad de unificación religiosa y una cultura espiritual más universal. 

Por último, si la democracia es escéptica ante la verdad, nace de un siglo sin fe y es nivelador anulando toda superioridad espiritual. Y si el socialismo es una atea fe terrenal, tiene pretensiones religiosas inmanentes, es mesiánico, es el nuevo Israel, transfiere en desmedro del individuo los atributos divinos al Estado, opone la soberanía del proletariado a la soberanía del pueblo, aristocráticamente conculca dictatorialmente el poder hacia una minoría dirigente, termina al final como Gran Inquisidor renegando del pueblo y de la expresión de su voluntad. Por ello, la democracia es todavía humanitarista, en cambio el socialismo está más allá del humanismo, es terrorífico. El socialismo es una teocracia secular, un retorno a la Edad Media, pero donde el poder está en manos de una satanocracia despótica absoluta. Entonces, a la nación andina le queda reconocer que su camino es ir más allá del capitalismo y del colectivismo, de la democracia y del socialismo, de la indiferencia religiosa y del inmanentismo religioso. Deberá romper con el ateísmo que el socialismo heredó de la sociedad burguesa. Deberá apartarse del economicismo de la civilización industrial, de la adoración de Mamón. Deberá denunciar la apostasía del testamento de Cristo tanto por parte del capitalismo como del comunismo. Deberá restablecer la armonía jerárquica, cósmica y normal de la vida. La Nación Andina será profundamente de un nuevo cuño teocrático, nacerá de un siglo con fe, cree en la verdad, en la superioridad del espíritu y amor a la libertad no es formalista sino creadora. Y a esto conduce la propia historia moderna, donde la autonomía ha desembocado en la anomia, donde es devorada la propia libertad. Se vislumbra una nueva teocracia basada en una nueva teonomía. Nueva porque perseguirá en Reino de Dios no sólo de manera mística sino de modo concreta t empírica. Así, mientras democracia y socialismo son ideología, en cambio la nueva teocracia será algo orgánico a la sustancia jerárquica de la nación andina, la cual es profundamente religiosa. No existe nada más antidemocrático que la democracia de la aritmética. Eso ya no es orgánico a la voluntad del pueblo. La democracia es en el fondo la dictadura de los partidos políticos. La democracia vive del pueblo pero no para el pueblo. La voluntad del pueblo peruano es la voluntad de un pueblo milenario y no la voluntad de una democracia que desprecia los valores atávicos. En la utopía del Perú teocrático entra la leyenda, la tradición, la eternidad. La democracia es presentista e ignora todo esto. Y por ello no ama verdaderamente la libertad. Alberto Flores Galindo pretendía democratizar el socialismo, pensaba para el Perú un socialismo como el de Cuba combinado con un indigenismo como vía propia y distinta a la modernización y a la democracia occidental. No sólo ni siquiera se plantea expurgar al socialismo y a la democracia de sus taras, sino que no atisba una solución fuera del socialismo y de la democracia. Ante la crisis de todas las ideologías lo de Flores Galindo se asemeja a un intento desesperado de restauración. Pero en el fondo no entiende el fondo religioso de la utopía andina. La utopía teocrática andina no es la búsqueda de un nuevo Inca, pero sí es la prosecución de la verdad de Dios en el mundo. Justamente por ello la utopía teocrática andina no es restauración, porque lo que fracasó del cristianismo no es el cristianismo evangélico sino el cristianismo estatal. La nación andina es el mejor cáliz para el retorno del cristianismo. El hombre andino con su humildad, creatividad y fe, tiene las virtudes idóneas para ello y para vencer a la civilización atea e hipócrita que ya sufre una crisis mortal de falta de sentido de la vida. La nación andina tiene las energías espirituales indispensables para superar la depravación de la esencia satanocrática del socialismo y de la democracia. En una palabra, en la humanidad actual se ha extinguido la fe en salvaciones políticas y sociales y resurge la fe en la salvación espiritual. El verdadero cambio en el mundo vendrá no desde lo exterior sino desde lo interior y espiritual, personal y suprapersonal.

Chacón de manera similar a Maquiavelo -quien reclamaba a Italia sólo un país, como España y Francia- se plantea la tarea histórica de formar un Estado Andino que se corresponda con la Nación Andina actualmente dispersa en tres países. Este desafío considero que sólo tendría cabida dentro de una Confederación Andina entre Ecuador, Perú y Bolivia. Pero subsiste un punto aun más desafiante. Y es que en el texto de Chacón no queda muy claro la distinción entre Nación andina y Civilización andina. Desde mi punto de vista la civilización andina ya periclitó con la Conquista española. El Perú forma parte de una nueva civilización que tiene como elementos esenciales lo precolombino, lo latino y el Cristianismo. Ni siquiera el quechua y otras lenguas vernáculas son lo que fueron antes de la Conquista. Esto nos lleva a cuestionar un punto crucial. Y es que lo esencial del Perú no es lo andino ni lo precolombino sino simplemente que es peruanidad. O sea responde a una nueva síntesis civilizatoria que debe integrar lo criollo, lo andino-amazónico, lo latino y lo cristiano. Desintegrar el desarrollo de esta síntesis resultaría más peligroso para la maduración de la peruanidad. Dios nos guarde.

Finalmente, este es el lugar para expresar mis coincidencias más no para desarrollar mis diferencias con el autor (que por lo demás se refieren a mi cuestionamiento de toda forma de panteísmo, la importancia metafísica del esencialismo, la divinidad ordenadora andina y el papel de la religión cristiana del amor dentro de un nuevo imaginario andino). Pero entre todas las ideas sumamente valiosas vertidas en su libro, Chacón tiene además el mérito de rescatar lo más esencial que tiene la condición humana, a saber, su Libertad Creadora. Efectivamente, todo su discurso se erige sobre la convicción de que lo andino tiene como alternativa de futuro no Copiar sino Crear.


Lima, 22 de Abril del 2017