domingo, 22 de octubre de 2017

LOS INTELIGENTES ESTÚPIDOS

LOS INTELIGENTES ESTÚPIDOS
Gustavo Flores Quelopana
Sociedad Peruana de Filosofía
Crítica de la razón estúpida 
Se suele pensar que se hace estupideces por ilogicidad, más nuestra convicción es que la verdad consiste en lo contrario. Es decir, se hace estupideces dentro de un determinado contexto lógico. Nos explicamos. Si la estupidez no fuese tan lógica no hubiese prosperado tanto en el género humano. Por eso siempre he tenido la sospecha de que el hombre no es estúpido por accidente sino por sustancia. O mejor, el hombre necesita de una gran dosis de estupidez para a contrapelo dar sentido a su vida. Incluso Goethe le dio la necesaria importancia diciendo: “Contra la estupidez, hasta los dioses luchan en vano”. Además, lo estúpido muchas veces tiene la ventaja de ser jocoso, y al hacer estallar la hilaridad se enlaza con la felicidad. Esto provoca cierto incremento en la respetabilidad de la estupidez. Por ejemplo, ¿cuál es el lápiz más peligroso del mundo? Lápiz tola. O sea, mientras más estúpido más gracioso. Si esto no fuese cierto no habrían pasado a la inmortalidad histórica los comediógrafos griegos y romanos como Aristófanes, Menandro, Plauto, el barroco Moliere, y los contemporáneos Charles Chaplin, Woody Allen, entre otros. La comedia no es exactamente estúpida, al contrario, es un arte bien elaborado que explota los vicios, defectos y debilidades de personajes y personas comunes. Pero una cosa es la estupidez en la comedia, otra es que la estupidez sea cómica y otra que la estupidez sea tomada en serio. Razón tenía Michael de Montaigne al decir: “Nadie está libre de decir estupideces, lo grave es decirlas con énfasis”.

El asunto es que la estupidez humana suele ser remitida por comodidad a la ilogicidad. ¿Pero, acaso, es esto cierto? Cuando observamos la historia y la vida cotidiana con cierta serenidad no se tarda uno en darse cuenta de la cantidad insólita de cosas estúpidas que llenan la vida humana. Konrad Adenauer expresó cierta vez: “Hay algo que Dios ha hecho mal. A todo le puso límites menos a la tontería”. Pero no seamos tan inclementes porque incluso las cosas estúpidas, como la avaricia y el lujo –muy bien estudiado por Werner Sombart (1863-1941) en sus libros El Burgués y Lujo y capitalismo- suelen ser factores importantes en los cambios históricos. De manera que si el hombre es la criatura racional por excelencia, hay que interrogarse: ¿Tiene todo esto un sentido lógico? ¿Cuál es la esencia lógica de la estupidez? ¿Puede el hombre vivir sin la estupidez? En el fondo el problema de la estupidez nos remite a la estructura misma de la racionalidad. ¿Exigirá la intonsa estupidez su derecho a ser incluida en una nueva teoría de la razón? Por lo demás, así como hay épocas donde la sesera se llena de razones graves y profundas, también las hay en las que está ocupada por la trivialidad y la ridiculez.

A propósito de las contradicciones ínsitas en una misma época recuerdo una anécdota trivial y a la vez grave, que ilustra el imperio omnímodo de la estupidez. En una reunión social Einstein, el científico más conocido y popular del siglo veinte,  se encuentra con el símbolo del humorismo y cine mudo, Chaplin, y en el decurso de la conversación, Einstein le dice a Chaplin: Lo que he admirado siempre de usted es que su arte es universal, todo el mundo le comprende y le admira. A lo que Chaplin manifiesta: Lo suyo es mucho más digno de respeto, todo el mundo lo admira y prácticamente nadie lo comprende. Dos genios pasándose la oscilante pelota de la estupidez del mundo. Nadie como Chaplin, cuyo personaje encarna al vagabundo de maneras aristocráticas, corazón bueno pero sin un centavo en los bolsillos, para expresar mejor que nadie las contradicciones estúpidas y crueles de nuestra época.

Para el ínclito Ariosto nadie está exento de la mancha de la tontería. Así, codicia, orgullo, vanidad, credulidad, prejuicios, burocratismo, fanatismo, incredulidad, erotomanía y otros defectos hacen del hombre un ser estúpido. La obra cumbre de la estupidez podría acabar con la raza humana en un exterminio nuclear. La estupidez es una epidemia, un lujo devastador, destructivo y costoso de la humanidad. Solamente el inteligente comprende que es estúpido, y esta comprensión se convierte en el acto supremo de la inteligencia. Por ello, razón tenía Moliere al razonar que un estúpido ilustrado es más estúpido que un estúpido ignorante. De modo que no hay que exagerar para darnos cuenta de la importancia histórica y filosófica que tiene el cavilar sobre la relación que guarda la estupidez y la lógica. Lo misterioso es que no sabemos realmente qué es la estupidez, esquiva es su definición, pero no es expresión del temor, sino que es algo más complejo y sus términos forman una verdadera legión.

Muchas veces hasta resulta sensato hacerse el estúpido. Estupidez por sensatez resulta siendo la suprema contradicción lógica en la vida concreta, pero lo más interesante es que resulta siendo efectiva por razones pragmáticas. Es curioso que en Hispanoamérica la palabra pendejo es sinónimo de tonto, torpe, estúpido, pero en el Perú significa lo contrario, o sea sagaz, astuto, avisado. Por eso en nuestros lares corre un viejo adagio que reza así: El pendejo es el que navega con la bandera de cojudo. Otra suprema contradicción del disimulo o hacerse el sonso. Por lo demás, es intrigante la contradicción entre el homo sapiens y la estupidez, pero lo más seguro es que no es un defecto de la mente sino del espíritu. Así como hay hombres sensatos sin ser sabios hay también hombres sabios con estupideces. Con experiencia lo decía Oscar Wilde al afirmar que resulta siendo suficientemente sensato hacer tonterías de vez en cuando.

Pero yo tengo la profunda impresión que la estupidez tiene su propia lógica. Y con ello no sólo nos referimos a la ironía sino también al disparate. La nueva lógica nos ha demostrado que la inteligencia humana maneja varios sistemas lógicos al mismo tiempo y en situaciones diversas. La lógica de la estupidez no es una parodia de la lógica formal, aunque tenga esa apariencia por su forma pero por su contenido constituye un propio ejercicio lógico de la razón. Lo encantador de la estupidez es que tiene la virtud de jugar con la posibilidad de las contradicciones locales como la lógica minimalista, y también puede pasar a considerar fatal a la contradicción como en la lógica intuicionista clásica. Por ejemplo, como cuando flaco Laurel enciende fuego con su pulgar, y cuando el gordo Hardy hace lo mismo se quema el dedo. Si esto es así, entonces no es cierto que con la lógica no se puede reír, sino, al contrario, hace posible el reír.

La gran pregunta que se podría dilucidar de todo esto es si la lógica de la estupidez es una verdadera lógica de la deducción o si tiene una lógica privilegiada. Lo singular del caso es que la estupidez tiene sus leyes y dichas leyes del pensamiento estúpido siendo un desafío para el pensamiento correcto sin embargo ayudan para la cognición del mundo objetivo defectivo. Pero dichas leyes no sólo ayudan a la cognición de taras y defectos sino a la tolerancia propia y con ello hace la existencia más soportable. La estupidez cómica puede ser un gran medio de consolación y diversión pero también de insubordinación. Con ello no sólo tiene una función epistémica y timética, sino principalmente relajante y motivadora. El hombre sabe que la inteligencia artificial, por ahora, no puede reír y eso se convierte en motivo de burla y de acusación de la estupidez de la máquina.

Hacer que la máquina ría y haga estupideces implicaría traducir en lenguaje artificial o en algoritmos la lógica de la estupidez. Hasta que ocurra esto recordamos la siguiente cantinflada: Dos amigos paseando por un parque de atracciones se encuentran con una maquina sabia, uno de ellos le dice al otro:- ¡Juan esta máquina es una maravilla lo adivina todo! El amigo totalmente por la tontería escuchada, incrédulo se ríe diciéndole que eso son tonterías, y que para demostrárselo va a introducir una moneda, dicho y hecho, introduce la moneda y con voz metálica le responde la maquina:
-Qué quieres saber. El incrédulo le dice: ¿Dónde está mi padre? Le responde la máquina: jugando al dominó en la bodega de la esquina. El incrédulo riéndose estruendosamente le dice a la maquina: mi padre murió hace cuatro años. A lo que le responde la máquina: tu padre está jugando al dominó, el que murió hace cuatro años es el marido de tu madre. Pero aquí se observa que lo insólito y lo inesperado de la respuesta tiene su logicidad. Pero cuál es.

Desde el principio del mundo apareció la estupidez, por estupidez el hombre perdió el Paraíso. El prejuicio, el fanatismo, la ambición y la ignorancia son sus formas principales. Pero hay algo muy especial en la verdadera estupidez y es que no duda y menos el estúpido. Dichoso el estúpido que está libre de dudas, pero esto suele ser un estado temporal y a veces permanente incluso en hombres muy inteligentes. Un libro muy ilustrativo al respecto es de Paul Tabori, Historia de la estupidez humana, y allí muestra que la Avaricia ocupa el primer lugar desde tiempos inmemoriales y en la actualidad nosotros lo podemos apreciar en la inequidad que reina en la globalización neoliberal. Desde las minas del rey Salomón hasta los negocios especulativos de las megacorporaciones privadas podemos ver el imperio de esta forma de estupidez. Si el fin justifica los medios, entonces es comprensible lo dicho por Napoleón: “Cuando se hacen tonterías, éstas por lo menos deben dar resultados”.

Otra de sus ilustres formas más importantes es la Vanidad, la cual es alimentada por la lógica de la ambición, el servilismo y la absurda autodegradación del alma y del cuerpo. Actualmente la vanidad ha salido de las cortes reales europeas para instalarse en la vida del hombre común a través de la moda incentivada por el consumismo del mercado capitalista. La moda postmoderna del sistema fetichista de la apariencia y el espectáculo refleja la estupidez generalizada de la sociedad de consumo donde el individuo alienado pierde su personalidad. La normalización de las necesidades artificiales bajo el imaginario capitalista impone la frivolidad y la teatralidad del cuerpo como experimento. La Generación X y su moda andrógina revelan muy bien lo que Lipovetsky describe en su libro El imperio de lo efímero. Yo creo que la moda es el campo privilegiado en el que se va contra la recomendación de Sartre: “Nadie debe cometer la misma tontería dos veces, la elección es suficientemente amplia”.

La locura del orgullo se refleja también no sólo en la manida afición en los árboles genealógicos sino en la acumulación de grados y títulos para fines puramente promocionales y ascenso social, antes se trataba de aumentar la fama y la gloria ahora se trata de acceder a mayores ingresos económicos y aumentar el ritmo de vida consumista de la vida alienada. Se dice que estamos en la era del conocimiento pero en realidad se está en la era del consumismo frenético. El conocimiento se ha convertido en un medio para un fin económico y el hombre mismo ya no tiene dignidad sino precio. La estupidez del consumismo supera a la del burocratismo. Si el burocratismo es estúpido y maligno, comienza con la adquisición de autoridad, lo que atrofia la inteligencia, no tiene piedad, es ilógico, ama las frases largas y complicadas, es pomposo, ama los secretos, se divorcia de la realidad y no cree en la justicia sino en el papeleo; en cambio el consumismo es más mentecato y pérfido, comienza con la acumulación de cosas materiales, lo que atrofia la voluntad, no tiene saciedad, es absurdo, ama las frases directas y cortas, casi telegráficas, se divorcia de las necesidades reales, , es exhibicionista, ama el espectáculo, convierte lo real en ilusión y no cree en la justicia sino en el libertinaje.

Pero la estupidez humana no se limita a cosas banales, pues también invade fueros majestuosos como el de la justicia. La estupidez de la justicia con su suprema majestad puede también ser expresión de la suprema estupidez. La manía de pleitar, la legislación múltiple, el juicio a animales, el lenguaje engorroso son cosas pequeñas con la actual falta de castigo para los responsables de la crisis hipotecaria del 2008 que provocó un verdadero Crash financiero. La justicia no tiene nada que decir, está callada respecto al infierno ecológico chino, el estilo de vida californiano, el mito del desarrollo sostenible, el desequilibrio físico-social, la amenaza de terrorismo nuclear, el creciente abismo social global y el antropocenio destructivo. Guarda un silencio sepulcral ante toda esta locura.

En otras palabras la justicia está envilecida y callosa en sus estúpidas circunvoluciones codigeras. Avanzando en terreno más interesante la estupidez se hace del corazón mismo de la filosofía y así convierte a la duda escéptica en el prodigio teorético de los últimos tiempos. La filosofía de la postmodernidad la representa en alma y cuerpo. La estupidez de la duda escéptica hizo mucho daño a inventores, científicos, poetas, humanistas y enciclopedistas, y lo más lamentable es que la duda se apodera ahora no sólo de las masas sino del hombre eminente, y ahora vemos a éste que marcha al unísono marcando el paso con la mediocridad ambiente del nihilismo cultural y la cultura del espectáculo. La locura de la incredulidad es otra muestra de la estupidez humana en un mundo sin Dios ni trascendencia. A propósito del nombre de un juez:—Hola, ¿cual es tu nombre? —Unos me dicen Teo y otros me dicen Doro.. —Ah, te llamas Teodoro —No, Doroteo.

Las ciencias tampoco son indemnes a la estupidez humana y se encarna en el naturalismo biologista, sucedáneo del materialismo. Ya Searle reducía la conciencia a un problema biológico y a la mente a un problema cerebral, sin darse cuenta que la physis biológica conduce a la physis ontológica, ésta a la metafísica y ella a la teológica. Se trata de un conciliábulo de inmanentistas y temporalistas que reducen el problema de la vida a lo biológico sin tomar en cuenta la dimensión preternatural, espiritual y eterna de la vida humana. Las ciencias genómicas tienen la virtud de poner fin a la idea cartesiana-hobbesiana de que las ciencias son éticamente neutras, pero tienen el defecto de desarrollar un bioderecho que amenaza con la manipulación de genes con fines subalternos. La medicina individualizada, el uso de transgénicos y la biotecnología en vez de ponerse al servicio de la demanda de alimentos, medicinas y de un ambiente sin contaminación son puestos al servicio de la ganancia megacorporativa. A propósito de la divina ciencia: -Las matemáticas son sencillas... -Si tú tienes 20 dólares y tu mujer 5...-Ella tiene 25 dólares.

Los fines militares y las élites económicas amenazan  a las ciencias de la vida dando un sesgo inmanente a la primacía del criterio ético, para así sepultar cualquier consideración religiosa, metafísica, teleológica y trascendente que estorbe a sus intereses. Es una estupidez no frenar el uso irresponsable de la biotecnología. A propósito de uso irresponsable aquí viene una anécdota a cuento: Una mujer entra a una farmacia y le pide al farmacéutico: –Por favor, quisiera comprar arsénico. Dado que el arsénico es muy tóxico y letal el farmacéutico quiso saber más datos antes de proporcionarle la sustancia. – ¿Y para qué querría la señora comprar arsénico? – Para matar a mí marido.
– ¡Ah, caramba! Lamentablemente para ese fin no puedo vendérselo. La mujer sin decir palabra abre la cartera y saca una fotografía del marido haciendo el amor con la mujer del farmacéutico. –¡Mil disculpas!, dice el farmacéutico no sabía que usted tenía receta
.

Después de este esparcimiento estúpido volvamos a lo nuestro. Al volver apreciamos que la insólita respuesta guarda logicidad. El avance de la ciencia le quitó al hombre identidad porque el dualismo idealista o materialista lo redujo a subjetividad o mecanismo maquinal. Pero cada vez es más notorio que frente a la estupidez de las ciencias de la vida hace falta recuperar el horizonte de lo trascendente para devolverle al hombre su identidad integral.

La estupidez también ha sabido penetrar en la tenaz supervivencia de los sueños de la humanidad que se muestra en los mitos y ensueños. La manipulación de estos sueños ha generado creencias seudocientíficas estúpidas (seres extraterrestres, juventud eterna, invulnerabilidad, invencibilidad, etc.). La racionalidad mítica ha sido envilecida y manipulada para mantener a las masas subordinadas a los prejuicios del poder y del mercado. Pero la estupidez erótica se lleva la mejor performance. Vivimos un erotismo degradado. No sólo reviste en los países postindustriales todas las formas de sadismo y perversión, sino que sus derechos son defendidos como cosa buena. Esta forma de locura y bestialización degenerada del sexo es directamente proporcional al grado de cosificación y deshumanización operada por un aparato económico-social que ha puesto sobre el hombre el dinero y a la ganancia como dios supremo.

A propósito de erotismo y estupidez viene a cuento un chiste español: “-Cariño, ¿por qué le has dicho a todo el mundo que tienes sida si lo que tienes es cáncer de pulmón? -Porque me voy a morir, pero a mi mujer no se la folla nadie”. Hay quienes opinan que la estupidez de la mujer es inofensiva y encantadora, en cambio la del hombre es peligrosa cuando no mortal. De cualquier forma si se inventase una vacuna contra la estupidez, el estúpido sería el primero en creer no necesitarla.

Con semejante multiformidad parece muy dificultoso determinar la esencia lógica de la estupidez, pero de algo sí estamos seguros, a saber, tiene su lógica y es muy importante en la vida humana. Pero por qué. El sentido significativo de la estupidez es lo torpe inesperado lingüístico o gestual que causa risa. Por ejemplo, “Creo que tengo el peor trabajo del mundo”, dice el cepillo de dientes; “¿Estás seguro?”, le responde el papel higiénico. Tiene todo esto un sentido lógico preciso. O esta otra: “Yendo a buscar agua Marte, pudiendo venir a Galicia”. Entonces, ¿Cuál es la esencia de la estupidez? Si consiste en la falta de entendimiento para comprender o carencia de destreza para hacer las cosas, entonces estamos ante un defecto, una defección, una debilidad. ¿Puede el hombre vivir sin la estupidez? Aparentemente no, siempre seremos incapaces de algo.

Pero todo esto ¿nos remite a la estructura misma de la racionalidad? El hombre para existir no tiene lógica privilegiada, sino que su razón en diferentes situaciones emplea diferentes lógicas y una de ellas es la de la estupidez. ¿Exigirá la enterada estupidez su derecho a ser incluida en una nueva teoría de la razón? Sin duda, no puede ser remitida simplemente al cajón de sastre de la irracionalidad. Su intonsa presencia tiene demasiada importancia entre tanto estropicio de la historia de la humanidad.

Por lo demás, en nuestra ligera época sin valores el que cree llevar una vida controlada y dirigida por una racionalidad sin estupidez es candidato al Premio Nobel de la estupidez absoluta. Allí tenemos para desmentirlo a la desenfrenada carrera de armamentos emprendidas especialmente por los países más avanzados del planeta y que deberían mostrar más sensatez. Así, un solo tanque M 1 Abrams cuesta el equivalente a cinco centros culturales totalmente equipados; un helicóptero eurocopter Tigre equivale a la atención social durante un año de treinta mil personas en extrema necesidad y un solo caza bombardero F 22 equivale a tres grandes hospitales. Ni pensar en el costo de las armas nucleares. A propósito de armas. Un ladrón entra a un banco, apunta con su arma al cajero  exige que le de todo el dinero. Una vez con el botín, se da la vuelta hacia uno de los clientes y le pregunta: -¿Usted me vio robar? -Sí, pero de refilón. El ladrón le pega un tiro en la cabeza. Se dirige a otra persona que había al lado. -¿Y Usted me vio robar? -No, la verdad es que apenas vi nada...El ladrón le pega dos tiros en la cabeza. Se da la vuelta hacia una familia que estaba parada a su lado  pregunta: -¿Y Usted, me vio robar? El hombre contesta: -Yo no vi nada...pero mi suegra si, la vi grabando con el celular.

No querer ver esta nuestra realidad trivial y ridícula, obedece a nuestro insensato narcisismo antropocéntrico, exacerbado por la modernidad egocéntrica y egolátrica, solipsista e inmanentista. Lo asombroso es que en medio de tanta tontería nos pueda seguir gustando una cantata de Bach, una sinfonía de Beethoven o un grabado de Durero. Lo cual ratifica que el hombre es portentoso en su grandeza y ridículo en su miseria. Nada expresa mejor esta dramática oscilación antitética de nuestra naturaleza entre la sensatez y la estupidez.

En suma, la compleja relación entre lógica y estupidez puede definirse del siguiente modo:
(1)Como la Lógica no es una sino un conjunto diversificado de sistemas lógicos, la estupidez o juega con dichos sistemas o tiene su propio sistema o ambas cosas.
(2)Como lenguaje lógico, la estupidez –oral, escrito o gestual- no establece la verdad sino lo inverosímil.
(3)Lo fundamental en la lógica de la estupidez no son los conceptos ni la formalización sino lo estereotipado e insólito.
(4)Su lenguaje no se compone de proposiciones u oraciones gramaticales aseverativas –por ejemplo 1 más 1 es 2- sino de oraciones exclamativas, interrogativas e imperativas.
(5)Que el lenguaje de la lógica estúpida sea un sinsentido en la lógica proposicional demuestra que la mente humana maneja en diferentes situaciones diferentes lógicas.
(6)En su estructura lógica de premisas verdaderas se pueden obtener conclusiones absurdas.
(7)Lo absurdo de la conclusión no asegura la verdad ni la falsedad de las premisas.
(8)No mejora el razonamiento cotidiano ni el razonamiento científico sino que divierte y entretiene.
(9)Los gestos estúpidos pueden ser sustituidos por la retórica estúpida porque no busca probar ni convencer un saber verdadero en filosofía  ciencia, sino divertir la cotidianidad común.
(10)El razonamiento estúpido es unilateral y vertical pero lejos de imponer a la razón una rigidez catatónica, se convierte en su abuso en un instrumento anomizante e inútil.
(11)Su nula comunicación aseverativa se agota en acrobacias divertidas que relajan a la razón sensata. La mente humana recurre a lo insensato para relajar su sensatez.
(12)La estupidez universal no sólo expresa la barbarie presente en todo tiempo sino también la luz del que se ríe de su propia nada.
(13)La propia ley lógica de lo estúpido es manifestar consciente –en el chiste- o inconscientemente –la torpeza- la fórmula demostrable del vacío exterior –un microcosmos que se aburre ante lo infinito espacial- y del vacío interior –un microcosmos que no encuentra tranquilidad sino en el infinito espiritual- que rodea la finitud humana.
(14)El telos lógico de la estupidez humana es denunciar la vanidad del historicismo y del iluminismo como fin y sentido de la existencia.
(15)El misterio de la lógica de la estupidez es la esencia de la historia de la humanidad desde Adán en adelante, que produce las negatividades de la existencia pero que también se ríe de ellas.
(16)La lógica de la estupidez al romper la absolutización de la historia y del humanismo absoluto revela la inconsistencia del intelecto humano.
(17)Su ínsita contradicción radica en señalar lo trágico de la vida y la finitud ontológica mediante la ironía divertida.
(18)Su expresión más nociva, soberbia y nada cómica es convertir la razón finita en omnipotente.
(19)La lógica de la estupidez no soluciona el problema del dolor humano, aunque la haga más soportable, ni el problema de la limitación de la razón, a la cual humilla constantemente.
(20)En última instancia la lógica de lo estúpido denuncia la fragilidad de solucionar todos los asuntos humanos en el horizonte del tiempo y de excluir a Dios. En una palabra, lo estúpido nace de colocar lo infinito en lo finito.
Y como para no extraviar el rastro de nuestro insigne tema se me ocurre rendir homenaje a la Estupidez recordando lo que sigue: -Oye, ¿qué es peor, la ignorancia o el desinterés? -No lo sé, ni me importa.
22 de Octubre 2017

jueves, 19 de octubre de 2017

CUÁDRUPLE RAÍZ DE LA RAZÓN ESTÚPIDA

CUÁDRUPLE RAÍZ DE LA RAZÓN ESTÚPIDA
Gustavo Flores Quelopana
Sociedad Peruana de Filosofía
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La estupidez parece ser un compañero inseparable del hombre histórico. Ha estado presente en todas las épocas de la humanidad. Pero nunca resultó ser más peligrosa que ahora. La capacidad de autodestrucción humana se ha multiplicado exponencialmente. Efectivamente, es en la modernidad tecnológica cuando la estupidez resulta ser mortífera. Y lo es porque el reino de la razón autónoma que le sirve de fundamento tiene un rol protagónico en la crisis de la conciencia humanística.

No es que la humanidad sea estúpida a partir de la modernidad, sino que desde ella se ha agudizado el proceso de estupidización humana. Y ello se ha producido desde el abandono del idealismo objetivo, la negación de la metafísica realista y su paso al idealismo subjetivo con su negación del Ser que funda todo ser. Empirismo, racionalismo, criticismo, iluminismo, materialismo, naturalismo, positivismo, fenomenología, existencialismo ateo, positivismo lógico, filosofía analítica, estructuralismo, postestructuralismo y postmodernismo representan la agudización de esta crisis de la razón que clausuró la trascendencia, entronizó la inmanencia y ahondó la voluntad de poder del inmanentismo. La sustitución de la verdadera trascendencia por el Yo pienso alentó no sólo el ateísmo y el escepticismo sino también la estupidez del hombre.

El diosecillo terrestre que divorció a la propia razón de su reconocimiento de las verdades suprarracionales, fue la piedra de toque para repotenciar lo estúpido en el hombre. El resultado de la absolutización de la razón humana fue el ahondamiento mismo de la estupidez del hombre. ¿Cómo fue esto posible? Por el camino de colocar lo infinito en lo finito. Camino que por razones cosmológicas está explícitamente expuesto en Bruno, cuando distingue entre “infinito-infinito” que no padece ni sufre y el “infinito-finito” que actúa y padece. Al romper con la imposibilidad aristotélica del infinito actual y coincidir con el infinitismo de los presocráticos abre uno de los conceptos claves de la ciencia moderna y trata de la infinitud de lo finito. En otras palabras, el drama del agravamiento de la estupidez humana tiene relación con el pensamiento moderno que asume una razón que no se abre a la fe y a lo sobrenatural. Aquí no se trata de suscribir la opinión de Donoso Cortés, según el cual sólo un retorno a la fe puede salvar a la civilización actual. No. Un pensamiento finalista no tiene obstáculo en reconocer que los retornos son antihistóricos y anacrónicos.

Sencillamente la estupidez humana hay que combatirla, a pesar que se vaya incrementando con el avance de la civilización misma. Pero en una palabra, la civilización que coloca lo infinito en lo finito decreta la profundización del proceso de estupidización. Lo irónico es que se trate de la civilización de la exploración espacial, la conquista del átomo y la edificación de la inteligencia artificial con el cibermundo. De Descartes a Vattimo han sido quinientos años de errores y de abandono de los fundamentos metafísicos. El hombre prometeico ha conquistado la materia pero extravió el espíritu. La consecuencia inevitable sería el amenazante incremento de la estupidización del hombre.

¿Pero cómo sería el mundo sin los estúpidos? Los racionalistas a ultranza creen que mucho mejor. Por lo menos no habría las desastrosas guerras. Para los irracionalistas sería tremendamente aburrido hasta el límite de la desesperación y la locura. Al menos nos causan risa y provocan diversión. Pero si no nos apartamos del justo medio aristotélico se debería aceptar su existencia como tolerable y hasta necesaria. Y sin necesidad de ser superlativo puede aceptarse que viene a ser casi como una de las fuerzas fundamentales de la historia. Casi como el reposo indispensable a las tareas serias de la razón. O mejor, casi como un vacacionar momentáneo de la misma razón. Lo peligroso es que torne lo transitorio en permanente y allí se estaría ante una etapa final de la historia. ¿Es acaso esto posible? Lo evidente es que lo estúpido no parece ser como una adolescencia fugaz de la razón, de lo contrario hubiese desaparecido hace mucho tiempo. Más, lo estúpido no parece tener una relación indesligable con las crisis de crecimiento ni con las crisis de decrepitud de la razón. Pues en ambas brilla por su presencia.

Es innegable que hay causas histórico-sociológicas que pueden incentivar o disminuir la estupidez humana. Y en esto no discreparía la visión secularizada, racionalista e ilustrada del hombre como homo sapiens, criatura en evolución, criatura decadente y hasta el venidero superhombre. Pero ni lo histórico-sociológico, ni la mera estructura de la razón explican todo el fenómeno de lo estúpido. De esta forma tiene que ver su existencia con algo más profundo que las meras coyunturas históricas. Tiene que hundir sus raíces en algo transhistórico y metafísico. Por eso es necesario y valioso ahondar en la visión teológico-metafísica del problema. ¿Tendrá que ver con la propia estructura del espíritu humano? Veamos. Si las facultades primordiales del espíritu son el entendimiento, la voluntad y el sentimiento, y si la estupidez pertenece a un estado del espíritu, entonces debería estar presente en sus tres principales potestades. Y al parecer lo está. Lo está en el entendimiento por la ignorancia, la estrechez mental y la vesania. En la voluntad por la abulia, la arrogancia y la intemperancia. Y en el sentimiento por la frialdad, el orgullo y la promiscuidad.

Pero eso no es un mero atisbo psicológico-antropológico del problema de la estupidez. Pues, la antropología filosófica judeo cristiana añade un elemento teológico y providencialista, a saber, el mito del Edén. Dios creó a nuestros primeros padres en estado de gracia. Allí la maligna serpiente no tienta directamente al primer hombre Adán, sino que lo hace indirectamente a través de su bella y agradable compañera Eva. Es la primera mujer la que se deja tentar por el demonio, desobedece la orden divina y seduce a Adán. Esto es, la estúpida ignorancia e ingenuidad de Eva junto a la estúpida confianza de Adán arrastra consigo el misterio del pecado de desobediencia y soberbia con la repercusión cósmica del primer pecado del género humano, que creyeron en la mentira del demonio que serían como dioses. El desastre remolcó consigo a toda la naturaleza humana. Desde entonces se revuelca en la estupidez. No siendo un pecado personal el pecado original se trasmite por naturaleza humana. Su realidad es dogma de fe y se lava con el sacramento del bautismo. Por el bautismo renacemos. El poder del diablo se mantiene como tentador y enemigo, pero actúa con permiso de Dios sobre el hombre no caído y el hombre caído.

Para San Agustín esta vida de la gracia recuperada por el bautismo necesita respirar por medio de la oración. La oración sería la respiración del alma. Al perderse la gracia se sufrió daño en la vida sobrenatural y en la vida natural. El más grande efecto fue su separación con Dios. Pero sería Dios el que elegiría el momento para restablecer la unidad con la Redención de Jesucristo. La Redención es histórica y pertenece a la plenitud de los tiempos. Dios prepara a María sin pecado original y la preserva sin pecado personal. La misión de Cristo fue restablecer la unidad perdida entre la raza humana y Dios por el pecado de Adán. Abrió nuevamente el cielo para el hombre. Pero su rescate para la vida eterna no eximió a la humanidad de la lucha permanente contra el pecado. Se ingresa a una nueva guerra en el que se desarrolla la orientación correcta de nuestras energías contra el pecado. Pues la gracia no es totalitaria y respeta la libertad humana. La gracia santificante no destruye la voluntad sino que la une libremente a Dios. La humanidad no es simple espectadora de su redención. Al contrario, su sufrimiento en unión con Cristo es corredentor.

El resultado es la expulsión del Paraíso y el ingreso a la dimensión cósmica del pecado original. Toda la creación se trastoca por una mala acción moral. Lo que indica algo más que la metafísica de la identidad platónica entre el Bien y el Ser, y que se refiere a la cristiana superioridad del Bien sobre el Ser. O sea, metafísicamente en el orden finito el Ser es porque participa del Bien. Sólo en Dios infinito, creador y providente ambos se identifican, en las criaturas la correspondencia es por participacion. En suma, las consecuencias funestas del pecado original no solo lo fueron para la raza humana sino para toda la creación. Esto quiere decir que siendo la presencia de Dios en nosotros de carácter ontológico, el hombre incurre en la estupidez desde el pecado de la soberbia. Pero esta íntima conexión entre estupidez y pecado no está presente desde la Creación, sólo desde la Caída hasta la Redención y de ésta hasta el Juicio. O sea, estúpida no fue la Creación sino la actuación de un ser racional que desobedeció la prueba divina para alcanzar la vida eterna. Si antes de la Caída Adán era inmortal e incorruptible, después de la Caída fue mortal y corruptible. Sólo luego del Juicio Final recuperará su estado inmortal, incorruptible y redimido.

Lo que muestra que el hombre es un animal racional pero insuficiente en sí mismo. Su estupidez –que ingresa desde el pecado de la soberbia- afecta no sólo su razón sino también su voluntad y sentimiento. Todo el espíritu humano queda afectado por la profunda estupidez del pecado de la soberbia. La soberbia es en el fondo un olvido y negación de su condición de criatura. Es la necia aspiración de convertir lo finito en lo infinito, negar su distancia y diferencia metafísica. No comprender el carácter preparatorio de esta vida dentro del misterio del sufrimiento es otro signo de la estupidez humana. ¿Pero acaso el hombre tendrá alguna vez el panorama completo de la realidad? Lo tendrá en la otra vida, cuando reciba la virtud sobrenatural de la fe y el don del entendimiento. Pues nuestro intelecto y nuestra voluntad están dañados, por eso nuestra respuesta a la gracia es siempre imperfecta. Pecamos y somos estúpidos porque nuestra voluntad está enferma y se complace en el Yo individual. Por eso el Diablo es regocijo del Yo en el Yo. En esta vida el peligro de pecar y ser estúpido es permanente. Pues la gracia no elimina la guerra contra el pecado, sino que la intensifica.

En el Final de los Tiempos se acrecentará peligrosamente la estupidez humana en la apostasía general, pero también sobreabundará la gracia desarrollando junto a los hábitos naturales los hábitos sobrenaturales. Así, el hombre es un ser capaz de ser llenado por Dios (capax Dei). Pues en esta vida el hombre no puede eludir del todo la estupidez pero sí puede hacer lo sensato, esto es, entrenar el cuerpo para el bien del alma y orientar las propias energías contra el pecado. Pero en la otra vida la mente capacitada por la fe vuelve lo complejo en simple y ve que lo único importante es la relación del alma con Dios. Es decir, no obedecer las leyes de la realidad nos quebranta a nosotros mismos en la estupidez y el pecado.

En síntesis, existe una cuádruple raíz en dos niveles de la razón estúpida. A saber: a nivel empírico tenemos la raíz histórico-sociológica y la raíz antropológico-lógica. Y a nivel transhistórico-metafísico hallamos una raíz teológico-providencialista y otra raíz metafísico-ontológica. En el primer nivel se advierten factores históricos (época de auge y de decadencia), sociales (políticas de opresión social y descuido educacional), antropológicos (idiosincrasia, carácter) y lógicos (mentalidad mágica, mítica o deductiva).

En el segundo nivel se aprecia el factor teológico (plan providencial divino) y el metafísico (contraste y relación de lo finito y lo infinito). La comprensión de esta cuádruple raíz exige la consideración tanto de los elementos inmanentes como de los trascendentes. Siendo éstos últimos los que dan el sentido decisivo a los primeros es posible sostener que siendo la presencia de Dios en nosotros de carácter ontológico, el hombre incurre en la estupidez desde el pecado de la soberbia. Y seguirá siendo el tábano del hombre desde la Caída hasta el Final de los Tiempos.

De modo que la idea griega del hombre como mens, ratio o logos, con poder y fuerza sobre sus instintos y sensibilidad, queda con un poder explicatorio limitado sobre la estupidez humana. El panlogismo hegeliano que proclama que la razón domina el mundo y la historia,  donde todo lo irracional, como las pasiones y los instintos, quedan disimulados como las “astucias de la idea”,  siervos del Logos que el filósofo ebrio de Dios lo repiensa en el divino proceso dialéctico de la historia, queda refutado por el carácter contingente de la historia y el derrotero cruento del soberano intelecto. Pero el espíritu narcotizante de la estúpida soberbia humana expresada en el idealismo subjetivo tiene otra expresión en los materialismos de Marx, Freud y Darwin. El inmanentismo compartido por los tres forma parte del Regnum hominis de la modernidad. Y no menos infecunda es la ideología del superhombre para explicar la estupidez imperante y venidera. El cibermundo que promete mayor eficacia humana amenaza a su creador con su propio exterminio a manos de la máquina. Corolario mayor de la estupidez humana. Por ello, la comprensión cabal de lo estúpido no puede prescindir de la dimensión teológico-metafísica.


19 de Octubre del 2017

sábado, 7 de octubre de 2017

APOCALIPSIS DEL REGNUM CIBERNETES

HACIA APOCALIPSIS DEL REGNUM CIBERNETES
Gustavo Flores Quelopana
Sociedad Peruana de Filosofía
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Hacia dónde va el posthumanismo. ¿Se trata de mejorar o de perfeccionar la especie humana? La tecnología posthumanista será usada sólo en beneficio de una élite o de todos los seres humanos? ¿Cuál es el futuro del hombre dentro del auge de las máquinas? ¿Ha terminado el periodo de evolución inconsciente para pasar a una evolución controlada por el hombre?

¿Es correcto intervenir eugenésicamente en el cuerpo y la mente humana en vistas a su mejora? ¿Puede el hombre-máquina seguir llamándose “hombre”? ¿Lo impredecible será desterrado por la exactitud de la colmena? ¿La inteligencia artificial, la nanotecnología, la cibernética y otras tecnologías reemplazarán a la humanidad? ¿El proyecto Avatar de la NASA y el Departamento de Defensa, con un cerebro humanoide y una consciencia transferida a un ordenador hará nacer una neohumanidad?

¿Máquinas con un comportamiento ético no desplazarán definitivamente a la humanidad? ¿Crear robots pensantes uniendo la conciencia con la máquina con chips informáticos no nos lleva hacia una dictadura científica y el control del mundo? ¿Las máquinas decretarán la eliminación del falible hombre? ¿Máquinas del tamaño de una molécula creará máquinas creativas e impulsará la genética aplicada? ¿Nos espera la opresión del cientificismo? ¿Las máquinas se convertirán en hombres o los hombres en máquinas?

¿Se encamina el hombre-máquina a ser puramente Mente con Libertad o sin Libertad? ¿Nos encaminamos hacia la extinción de la individualidad y el imperio del hombre-colmena? ¿Pertenece el futuro a los transhumanos, posthumanos o ciborgs? ¿La élite se robará el fuego prometeico de los dioses y alcanzará la inmortalidad? ¿Será un nuevo Edén o el Infierno?

En un primer momento la élite económica y política será la que secuestre el fuego prometeico fusionándose con los chips informáticos. En un segundo momento, se impondrá la justicia distributiva de los beneficios de la cibernética cuántica, la biociencia y la tecnociencia hacia todos los seres humanos. Pero llegará velozmente el tercer momento final. El real apocalipsis cibernético para la especie humana. Será cuando la máquina inteligente puesta por el mismo hombre para que controle y gobierne con eficacia todo el planeta se libere de su creador y disponga nuestra extinción. La razón para ello será muy simple: el hombre es una criatura indesarraigablemente metafísica que pone el peligro el orden  simple y sencillo del monismo materialista de la inteligencia funcional de la mente artificial.

En realidad, el hombre máquina de la ciberhumanidad ya a duras penas podía llamarse humanidad, pero a su vez con su elemento de imprevisibilidad ponía en riesgo el perfecto funcionamiento de la megamáquina social. Su exterminio resultaba ser un imperativo de cálculo. Así, el futuro no será el nacimiento de una próspera neohumanidad, sino de una neociberneticidad. El futuro posthumano no pertenece a los transhumanos sino a los ciborgs. El posthumano no es sino un eslabón hacia la eliminación del falible hombre. El surgimiento de máquinas sin apariencia humana y que guardan con la extinta humanidad el sólo parentesco con la razón calculadora representa el fin de la libertad, del individuo-persona y de la sed de Dios.

El nuevo Edén será un infierno para el cosmos, pues ya ningún humano sobrevivirá. Lucirá un Universo sin sentido de la vida, sin valores, sin ideal. Esta supresión del valor en el cosmos expresa la triunfo de lo temporal y relativo sobre lo absoluto. Será el imperio de la Nada de la materia. No obstante, existe una razón superior para que este horizonte tan siniestro no nos alcance. Y esta razón es a su vez metafísica y teológica. Tiene que ver con el Plan Providencial de Dios. Dios creador es el Ser, fuente común de la Existencia y de la Realidad. Ser, Bien y Valor se corresponde. El Bien es ontológico y no está más allá del Ser –como supone el platonismo-. Por Revelación se conoce que la Redención de Cristo reconcilia a la humanidad con Dios, destrona a Satanás y entrega la salvación -aunque podemos perderla.

El imperio de la ciberhumanidad y su filosofía fisicalista-materialista será un paso profundo de la Apostasía general, y el gobierno mundial por la Mente robótica será la plasmación de la llegada del Anticristo. Pero la luciferinización del mundo será derrotada dejando paso a la nueva creación. Esto es, sólo desde el Espiritualismo con la realista metafísica del ser y su racionalismo que acepta las verdades     suprarracionales, se puede comprender que el derrotero inmanentista y cosmológico de la modernidad y su máxima expresión en la razón cibernética, finalmente fracasan en su intento de negar la interioridad y objetividad del espíritu e imponer un cientismo historicista absoluto que niega la esencia metafísica de la verdad.

Se suele pensar que el cibernetismo es la base de la sociedad anarquista del futuro. Este ideal ingenuamente romántico en la máquina prefiere creer que la libertad humana se plasmará a la perfección cuando los sistemas autorregulados sustituyan a la opresiva maquinaria estatal. El anarquismo del siglo veintiuno tras el desplome del socialismo real y la desilusión de la sociedad de mercado busca constituirse en la utopía del socialismo libertario de la posmodernidad.La acelerada transformación del capitalismo industrial en capitalismo cibernético ha renovado las esperanzas sobre la posibilidad de que la civilización cibernética que adviene sea la base material del anarquismo futuro. ¿Es esto, acaso, cierto y posible?

No es casual que sea justamente esta forma de anarquismo el que vea con mayor esperanza el desarrollo del capitalismo cibernético para crear una sociedad tipo enjambre: una mayoría obediente y una élite ociosa. El anarquismo megacorporativo-privado ve con mucho optimismo que la civilización cibernética sea la base material de su futura victoria completa sobre el resto de la humanidad. Se trata de usar el mejoramiento de la especie humana sólo en beneficio de una élite.

Pero incluso poniéndonos en la situación de un uso democrático de la eugenesia nos preguntamos: ¿Puede el hombre-máquina seguir llamándose “hombre”? ¿Lo impredecible, la rebelión, será desterrado por la exactitud de la colmena? ¿La inteligencia artificial, la nanotecnología, la cibernética y otras tecnologías reemplazarán a la humanidad antes que ésta destierre al Estado? ¿Será necesario el Estado en un mundo regido por máquinas? ¿Crear robots pensantes uniendo la conciencia con la máquina con chips informáticos no nos lleva hacia una dictadura científica y el control del mundo?

La cibernetización del mundo no conducirá a la humanidad a la anhelada supresión del control del individuo, se irá más allá de su vigilancia yéndose hacia su supresión. La libertad personal será suprimida. La libertad individual será un virus cibernético a eliminar. Una ciberpolítica regida por una megamente artificial es la negación más perfecta de los ideales libertarios del anarquismo. El hombre anético de la posmodernidad es la antesala del funcional cibermundo anético.

Lo visto tras el caso Snowden no es más que una pequeña caricatura de espionaje masivo ciudadano y violación de las libertades personales dentro del venidero totalitarismo cibernético más perfecto. El ex presiente Obama, que pasó a la historia como el mandatario de los drones asesinos, el generador de la nueva guerra fría contra Rusia y el impulsor del espionaje masivo a ciudadanos, jefes de Estado aliados, políticos y empresarios, no pudo justificar ni un solo caso de terrorismo, pero quedó demostrado que todos los millones de usuarios de Internet son espiados. Si eso sucede cuando nace el cibermundo, es de esperar lo que se viene cuando esté en pleno crecimiento y madurez. Un poder total genera un abuso total.

La organización racional secularizada no es la organización racional desde la metafísica del ser. La razón secularizada se extrema en el fisicalista cibermundo. El político humano como homo magus y homo faber dejará su lugar en el cibermundo al cibermagus y ciberfaber, como mitoide que consagra el olvido de la trascendencia. No es el cibermundo el que se dirige hacia dictadura perfecta con apariencia de democracia. El cibermundo no sería la utopía huxleyana de esclavitud por el consumismo y entretenimiento, ni el inmenso estado colectivista orwelliano. Sería algo más oscuro, siniestro y simple. Un nuevo y perfecto Holocausto de la raza humana a manos de la todopoderosa inteligencia artificial.

El aterrador sino de lo maquinal dejado a su propia disquisición es lo que se debe evitar.  No hay otra forma de hacerlo que yendo a la raíz del problema. La civilizacional maquinal es hija de la modernidad secularizada que entroniza lo inmanente y elimina lo trascendente. Este giro nominalista, pragmático y nihilista es la verdadera sustancia de los males que amenazan el presente y el futuro de la humanidad actual. Solo resta un revolucionario giro metafísico, que partiendo del realismo del ser y la persona pueda reestructurar toda la estructura y superestructura de la civilización actual. Vivimos el fin de una era, donde arrecian los peligros pero también las posibilidades.

El hundimiento del secularista, arreligioso y escéptico mundo moderno nos está conduciendo a un cibermundo donde la hegemonía recae peligrosamente sobre la propia inteligencia artificial. Para evitar esta senda de barbarie hay que advertir que en la crisis también se columbra la posibilidad y necesidad de un renacimiento espiritual. No se trata de la nueva edad media berdiaeviana, con una nueva teocracia. Pero sí se trata del advenimiento de una nueva era religiosa, donde lo místico se pueda encarnar en la vida concreta y lo ético-espiritual presida el desarrollo científico-tecnológico.

Que la inteligencia no biológica se haga mil veces más inteligente que la inteligencia biológica, que dispositivos cibernéticos puedan adopar cualquier forma del cuerpo, incluso que el cuerpo mismo pueda adoptar cualquier forma, llegada la singularidad tecnológica la Tierra se convierta en un gigantesco ordenador y que el proceso de singularidad tecnológica se extienda por todo el universo, son predicciones que de cumplirse hará que la inteligencia artificial (IA) se vuelva contra su creador humano. De ninguna forma estará dispuesta a compartir el poder con una especie de inteligencia tan inferior y estúpida como la humana. Por ello, la tendencia que tiene mayor probabilidad de implantarse es nuestra propia extinción.

El multimillonario Elon Musk, fundador de SpaceX  Tesla, ve este escenario apocalíptico. En cambio Mark Zuckerberg, fundador de Facebook, mantiene una visión optimista. Jack Ma, multimillonario chino fundador de Alibaba, afirma que debemos prepararnos para la Tercera Guerra Mundial, pero la ganaríamos porque la verdadera sabiduría nace del corazón. Para Hawking la inteligencia artificial superará a la humana y es posible que nos destruya.

Todas estas opiniones dan motivo para ser desconfiados del progreso técnico. El hombre nihilista no es capaz de salvar la trascendencia de la objetivación, el ser se degrada en ente disponible por la técnica, y eso no es todo el ser. El hombre sin Dios deja de ser lugar de desocultamiento del ser y falsifica el ser. El camino para controlar el ser de la técnica es la metafísica del ser y de la persona, el teísmo y el espiritualismo cristiano. Cosa que es más fácil decirlo que practicarlo en nuestro tiempo luciferino de apostasía, secularización, malignización del bien y desmalignización del mal.


07 de Octubre 2017

domingo, 24 de septiembre de 2017

CRITICA DE LA RAZÓN CIBERNÉTICA

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Gustavo Flores Quelopana
Sociedad Peruana de Filosofía
Crítica de la razón cibernética. Del humanismo integral al cibernetismo integral 
La razón cibernética es hija directa de los errores metafísicos del pensamiento moderno, la abolición del Regnum Dei y la instauración fracasada del regnum hominis. Y es fracasada porque desemboca en el posthumano Regnum Cibernetes. Este Novo regnum de la máquina autónoma representa la culminación de la destrucción de la estructura metafísica dualista de la civilización cristiana por una metafísica monista de la materia. Racionalismo, empirismo, Iluminismo con su boquete abierto al idealismo subjetivo volvieron la razón contra el espíritu y la fe. Solo hay una forma de hacer que la razón cibernética deje de representar un peligro para la humanidad, y es venciendo los errores y peligros del pensamiento moderno al volver a los fundamentos metafísicos que restituyan los conceptos de ser y de persona.

Una Crítica de la razón cibernética no es ajena a dos problemas gravitantes: 1. cómo la evolución cibernética constituye la reversión de la evolución cultural en evolución biológica para el hombre. Los ricos podrán convertirse en ciborgs casi divinos. Asi, Silicon Valley es la nueva Meca religiosa con la tecnoreligión: “No necesitamos a dios sino la tecnología”. Y 2. Cómo las principales potencias libran una guerra ardorosa por lograr el liderazgo en la inteligencia artificial. Haciendo temer si la inteligencia artificial nos ayudará, nos será indiferente o nos destruirá. Pero el problema filosófico es determinar si estos sistemas autorregulados creados por el hombre llevan en su esencia el telos de una forma propia de vida y destino, que incluso puede poner término a la historia humana. La civilización maquinal del hombre inmanentista e historicista está en el umbral de un fatal destino, donde el autómata avanzado ponga definitivo fin al humanismo y declare inaugurada la nueva era transhumana. El soberbio hombre funcionalista sin Dios habiendo olvidado que su verdadera grandeza estriba en la conciencia de su miseria, cae víctima de una grandeza tecnológica que lo devora y aniquila.

Desde que surgió la máquina se sentaron las bases más terribles para la perturbación de todo el ritmo orgánico de la humanidad. Se puede afirmar sin incurrir en ninguna tecnofilia que la máquina mata el renacimiento espiritual, la vida creadora y pone la primera piedra para que perezca la vida humana. La máquina en realidad impone un cambio de mentalidad y de preparación cultural. Es verdad que todas las civilizaciones tuvieron máquinas, pero sólo desde la Europa moderna se construyó la civilización maquinal. La filosofía inmanentista, secular, de la autonomía de la razón y arreligiosa fue la verdadera base para dicho edificio de la civilización maquinal, sin fe y en desmedro de la trascendencia.

Es por ello que se puede hablar en el desarrollo humano de la fase de los instrumentos y la fase de las máquinas. La diferencia entre instrumento y máquina se puede establecer con el criterio de sistema autorregulado. De modo que a la fase de la civilización de los instrumentos -con el Paleolítico, Neolítico y la Edad de los Metales- le sigue la fase de la civilización de la máquina –eotécnica, con el agua y la madera; paleotécnica, con el carbón y el hierro; neotécnica, con la electricidad, aleación y el plástico; la cibernética, con la exploración espacial y los chips; y la biotecnológica; con la robótica, la informática y la genética-. A esta última se la denomina la Tercera revolución industrial. Pero se está haciendo realidad una Cuarta revolución llamada Cuántica, que se traduce en entrelazamientos cuánticos, computación basada en ADN, la teleportación cuántica, electrónica molecular y computadoras cuánticas muchísimas más rápidas que un computador convencional. Todo lo cual permitirá que el proyecto Avatar cuente con nano chips de memoria que simulen la conciencia virtual. En una palabra, la cuarta revolución industrial consiste en las máquinas autónomas sin programador humano.

No hay duda que la nueva revolución industrial testimonia un nuevo nivel del ingenio humano y de su grandeza inventiva. Pero a la vez abre la puerta a peores tentaciones dentro de un materialismo mendaz que fortalece la voluntad de poder. Se abren las compuertas a una nueva época histórica de barbarie civilizada, donde las máquinas pensantes y autónomas emergen amenazantes para una humanidad cosificada, carente de voluntad y espíritu superior, que hace tiempo claudicó su libertad. Las máquinas autónomas surgen justo cuando el hombre luce extraviado en un mundo caótico, hedonista, nihilista, relativista y vaciado de riqueza en su vida interior.

En la civilización maquinal brota por doquier y  espontáneamente la idolatría por la ciencia o el llamado cientificismo. El cientificismo como absolutización del conocimiento científico es en realidad ideología, pues la ciencia necesita ser complementada con otro tipo de conocimientos, como la filosofía y la teología. Pero la secularización de la cultura occidental promueve un  horizonte mental arreligioso y nihilista que se condice con el racionalismo que renuncia a las verdades suprarracionales y con el empirismo que convierte lo fáctico en lo único válido. Decir que todo eso se inicia con el Dios racional del cristianismo y su teología de la Encarnación es un despropósito que no logra entender cómo se abandona la trascendencia por la inmanencia. La civilización maquinal no surge del cristianismo, sino de la civilización capitalista que exacerba las posibilidades perversas y ominosas de la técnica. Nuestro dilema es denunciar o dominar la máquina a menos que seamos nosotros eliminados. El verdadero peligro no es el automatismo sino la restricción de la vida por su intermedio. La máquina es creación humana y lo decisivo es que debe favorecer la vida y sus valores. En realidad la máquina no es la cosa final a la que debe someterse el hombre. Pero sin aprender las lecciones de la técnica y de la maquina no surgirá un nuevo reino humano. Y la principal lección es que la mera satisfacción material por la máquina deja a la humanidad huera. Por ello, su primordial significación es que si el bienestar material no está al servicio del bienestar espiritual el resultado es la barbarie, el culto a la muerte, el narcisismo patológico, la proliferación de la guerra y un número creciente de paranoicos y sádicos.

En una palabra, las máquinas autónomas emergen en plena barbarización delicuescente de la humanidad. En el crepúsculo del nuevo caos espiritual del hombre se yergue la máquina pensante ya no como uso humano del hombre sino como uso cibernético del hombre. La otrora religión humanista Iluminista que culminaba en la definitiva divinización del hombre representaba, en realidad, el final del humanismo mismo y en su lugar la nueva divinización de la máquina en la adviniente era transhumana.

Si las sociedades modernas se basaron en la envidia o negación del ser del otro, las sociedades posmodernas se basaran en la negación misma del ser del hombre. Se trata de una entropía ontológica metafísica de la criatura humana que se ve amenazada por el ser de otra criatura salida de sus propias manos. La deshumanización del arte ya había anunciado la tendencia de dejar de pedir las formas a la naturaleza y al hombre, para pedírselas a la máquina. El futurismo y el cubismo ya anunciaban el desmembramiento de la realidad humana. Desmembramiento que se plasma hoy en máquinas pensantes capaces de conformar colectividades inhumanas y de presidir la ruina definitiva de la propia humanidad. Si el antropoceno generó el ecocidio, será el ciberceno el que generará el antropocidio.

Desde el reloj mecánico del siglo XI hasta el robot del siglo XXI existen mil años de un desarrollo notable en la utilización de la regulación automática. En un principio dicha regulación definió la sustitución paulatina del hombre natural por el hombre artificial y el usufructo de una minoría de los beneficios de la máquina. Pero ahora se alzan voces razonables advirtiendo que la humanidad puede encontrarse amenazada por las infalibles máquinas pensantes.

Existen varias definiciones de cibernética pero no habrá problema en adoptar la definición de ciencia de los sistemas autorregulados. Dichos sistemas encuentran su mejor expresión en los avances de la inteligencia artificial, la informática, la robótica, la revolución tecnológica y el pensamiento sistémico. Pero el optimismo inicial de la cibernética humanística, que dejaría sin razón de ser los sistemas de explotación del hombre por el hombre, ha cedido su lugar a la cibernética transhumanística, donde la preocupación inicial por la mejora cede su lugar por el amenazante reemplazo de la humanidad. De manera que una crítica de la razón cibernética tiene el desafío de elucidar si dicha creación humana tiene el destino ineluctable de sustituir a su creador.

La magia es acción sobre la naturaleza y poderío sobre ella, gracias al conocimiento de sus secretos. Y las ciencias naturales y la tecnología tienen un profundo parentesco con la magia. Los orígenes de la ciencia moderna están en la magia. Lo mismo que la magia las ciencias prácticas aspiran al dominio de la naturaleza. Actualmente ya no es la magia sino la ciencia la que sueña con el homúnculo, el elíxir de la vida y la piedra filosofal. Se proclama que la transformación cibernética del ser humano será la mayor evolución biológica del ser humano. Incluso ya se asume que la muerte es un problema tecnológico por resolver. Pero lo que no se advierte es que en el deseo irrefrenable de apoderarse de todo aquello de lo cual el hombre extrae su fuerza y poder hay un oscuro elemento de magia negra. El humanismo prometeico del Renacimiento se trocó en Humanismo fáustico de la Ilustración y éste en humanismo luciferino de la Revolución industrial. Más su última mutacion a la vista es el posthumanismo de los ciborg autónomos. En este sentido la cibernética cobra un giro que realmente parece nacido de la mente mefistofélica de la magia negra.

Esta nueva magia  y encantamiento, que deja al hombre hechizado por los magos de mandil blanco, en vez de fundarse sobre la relación con los espíritus como demonios se basa primordialmente en las matemáticas, la inducción y la experimentación. La descripción numérica del cosmos ha sido el camino griego hacia la realidad. Aunque con  la teoría de la probabilidad, el método estadístico, la incertidumbre, la topología y los números irracionales se va por la senda de la superación del formalismo, el nominalismo, el naturalismo. En suma, hay una tendencia hacia el desplazamiento de las matemáticas cuantitativas por unas matemáticas más cualitativas que potencien su orientación realista y un verdadero camino hacia la realidad. Es cierto que el cristianismo, siempre atento a lo trascendente e inmanente, no sólo proscribió la magia sino que hizo posible la cultura autónoma mundana, las ciencias naturales y entrar en relación con las fuerzas naturales. Por tanto, el hombre de ciencia como nuevo mago que domina el mundo y sus fuerzas ocultas no proviene del cristianismo, que juzga a la naturaleza de índole espiritual, sino de la visión secularizada que achata la realidad a una inmanencia naturalista objetiva y manipulable. En suma, el hombre que aspiró a vivir sin Dios engendra en su marmita de brujo a su último engendro robótico que puede vivir absolutamente sin religión, sin trascendencia y sin fe.

Pero la cibernética como creación humana es una potencia bifronte. Por un lado puede ayudarnos a recuperar el equilibrio entre lo material y lo espiritual. Pero también, por otro lado, puede conducirnos a la senda sin retorno del hundimiento definitivo de la civilización humana. Es un riesgo real que esta fuerza potente haya surgido cuando en una civilización maquinal hedonista, relativista y nihilista las fuerzas espirituales humanas lucen desvaídas. Pero la historia es de carácter tendencial y no ineluctable. De modo que las esperanzas por la recuperación crítica del hombre permanecen incólumes.  


Lima, 24 de seiembre del 2017