martes, 9 de junio de 2020

KANT Y EL OCASO DE LA MODERNIDAD INMANENTISTA


KANT Y EL OCASO DE LA MODERNIDAD INMANENTISTA
Gustavo Flores Quelopana
Sociedad Peruana de Filosofía
 Kant y el ocaso de la modernidad
EXORDIO

No veamos en este libro al responsable del descalabro de la Edad Moderna, sino, a quien mejor expresó sus ideales del modo más sistemático, original y contundente. Por lo mismo, es preciso volver a iluminar su pensamiento para percibir con más nitidez los peligros que se ciernen sobre la presente hora antropológica. Es decir, el propósito de la obra es entender la tragedia en que se encuentra envuelto el Regnum hominis de nuestra modernidad desde el corazón mismo de las dicotomías de la filosofía trascendental kantiana.

Efectivamente, Kant clausura la primera fase de la filosofía moderna y al mismo tiempo abre su segunda etapa. Él representa el triunfo del hombre epistémico sobre el hombre ontológico de la Antigüedad y Medioevo, de lo cismundano sobre lo trasmundano, lo inmanente sobre lo trascendente, de lo práctico sobre la tradición, de la razón funcional sobre la razón sustancial. Pero a su vez, en ese triunfo se encuentra signado el destino de la modernidad con su nítida voluntad de poderío. La cual se ha vuelto arbitraria, extraviando la verdadera relación con las cosas y el mundo. No sólo se ha descarriado entre los entes, sino que ha perdido su conexión con la verdad del ente. Ortega, precisamente, había advertido en la filosofía de Kant un acentuado activismo y voluntarismo.

La filosofía kantiana elevó a lo teórico la convicción que la estructura del mundo es creada por el hombre. En lo trascendental puro a priori estaba contenido la interna energía absoluta de la razón. La misma que ha convertido al hombre moderno, por obra de la ciencia y de la técnica, en la criatura más poderosa y dominante sobre la Tierra. Eso ha sido en esencia la Modernidad. La nueva imagen del mundo está configurada sobre la voluntad de poder. Vivimos un Antropoceno que es el triunfo del hombre convertido en deus in Terris u homo deus.

Pero este poder que ha crecido desproporcionadamente ya se muestra amenazante, es un peligro y su dominio aparece urgente. El hombre está sucumbiendo ante su propio poder. Los peligros se manifiestan como destrucción nuclear de la humanidad, despersonalización completa del hombre, imperio de la violencia, injusticia y de lo anético, y destrucción interna de la dignidad humana. Para evitar la catástrofe global ha llegado la hora de operar una segunda revolución copernicana sobre el meollo mismo de la kantiana. El hombre pone el ser a las cosas, pero debe hacerlo obedeciendo a la esencia misma de las cosas. Ello implica un nuevo realismo, que vea la Naturaleza como algo apoderable, pero con justicia y caridad. Y respete la dignidad de la persona humana. O sea, el dominio del mundo no puede continuar hasta como ahora, sin respetar la verdad. Pero el respeto a la verdad implica humildad, lo cual no es debilidad sino fuerza interna para aceptar la revelación que contiene todo ente y sobre todo la Revelación bíblica. No se trata de volver a Kant, se trata de volver al Dios de la Revelación.

Sí, en esta segunda revolución copernicana se trata de una nueva utopía donde el enorme poder adquirido por el hombre se muestre primero mediante el dominio de sí mismo, una ascesis del instinto y de la voluntad, que tiene como punto de partida el reconocimiento de la trascendencia de Dios. Sin el reconocimiento del Creador, de la verdad incondicional, de los valores absolutos, no habrá forma de edificar una nueva cultura y civilización. Pues, la verdadera libertad no reside en imponer un determinado ser al ente, sino en hacer lo que exige la esencia del ente.

Y esa es una tarea que implica compromiso del individuo, la familia, el Estado, la escuela, la ciencia y la Universidad. Pero hacer lo que la esencia del ente exige implica recuperar la perdida actitud contemplativa. Y lograr ello, a su vez representa acabar con las estructuras del mundo que han puesto en primer lugar lo útil, lo práctico y el bienestar material. Hay que plasmar una nueva actitud anímico-espiritual en el hombre para poder realizar un cambio de estructuras. Sin esta metanoia se retornaría al Holocausto del fascismo, a la violencia del comunismo, y a la manipulación descarada de la conciencia del capitalismo.

Sin respeto a la esencia del ente no hay senda moralizante posible, ni contacto con la verdad y el sentido de la vida. Por consiguiente, es necesario ir más hondo, volver a despertar la profundidad del hombre, para que recobre el diálogo interior, la concentración y abra su corazón. La modernidad ha promocionado la hegemonía del temperamento somatotónico sobre el cerebrotónico. Pero no hay manera de redimir el espíritu sin librarse de la prisa. Sólo con actitud contemplativa es posible responder ante los acuciantes poderes del mundo circundante. Recién, entonces, la contemplación se da cuenta de la esencia de las cosas y de cómo se ha violentado a éstas provocando catástrofes. La realidad hay que manejarla ciertamente, pero con responsabilidad, justicia y caridad. O sea, según exige su propia esencia. Sólo así son recuperables los valores absolutos y la misma verdad. En el silencio, el ocio, y el culto, subyace la recuperación del sentido del mundo, más no en el frenesí de la voluntad descarriada.

La hora de la historia ha puesto al hombre en una encrucijada tal que ya no es posible volver a la renuncia del dominio sobre el mundo. No se trata de incentivar la tecnofobia, ni soñar con regresar a la mítica Edad de Oro de la unión impoluta con la naturaleza. La historia no admite retrocesos. De lo que se trata es que el cambio profundo del hombre implica el dominio sobre nosotros mismos y sobre nuestro inmenso poder. Es decir, la Modernidad no arribó a la historia para ser borrada, sino para quedarse, dejando su legado a la nueva edad que pueda ser capaz de dominar el inmenso poder que tiene el hombre. Por ello, no resulta válido el llamado a retornar a una nueva Edad Media.

La modernidad es la antropologización total del cosmos, porque ve a la Naturaleza poseída y tecnificada ascender hacia lo humano. Pero este antropologismo total señala la crisis y el fracaso de la religión natural. El señorío humano del mundo sólo tiene porvenir colaborando con el Dios creador. La modernidad es el innegable “crecimiento” de la Humanidad, pero ahora su problema constituye cómo manejar dicha madurez interior. La modernidad es crecimiento del espíritu de la Humanidad, pero lo que lo enferma es que en dicho crecimiento esté ausente Dios.

Pero en Kant no está ausente Dios, está presente pero como ideal de la razón. Esto es, que Dios, alma y mundo, no cumplen con los modos de ser de la objetividad teórica. En la ética es tan solo un postulado moral. Y en la teleología es lo que permite postular un Dios como creador inteligente, nexus finalis o autor del mundo. Este paso constante en el pensamiento kantiano desde la categoría de substancia a la categoría de relación es la causa de las mayores dificultades en su doctrina. Para Cassirer no hay duda que Kant reemplaza el pensar substancial por el pensar funcional. Pero si la cosa fuese asi de tajante y sencillo no se habrían producido tantas dificultades en los epígonos postkantianos, ni los respectivos desarrollos del idealismo alemán. Ciertamente que, la forma de los objetos empíricos es puesta por el sujeto e ideal, más no su materialidad. Para que las categorías y demás formas de la subjetividad tengan realidad empírica han  de responder positivamente a los objetos.  O sea, la categoría de substancia es subsumida a la categoría de relación pero no puede ser eliminada y permanece como una realitas propia. Y es que todas las dificultades del planteamiento crítico surgen porque en Kant se da una fuerte tendencia idealista subjetiva, a su pesar, a reducir el ser de la realidad por el ser del conocimiento.

Kant se defiende de las acusaciones de idealismo subjetivo de sus detractores, afirmando que el tema de la filosofía trascendental no es la verdad sino la objetividad. Pero las implicancias ontológicas de su planeamiento gnoseológico llevan constantemente a la filosofía crítica a verse como una variante del idealismo subjetivo. La objetividad del conocimiento no es la realidad pero la determina en su forma, más no en su materia. Qué es lo que sea la realidad como materia, permanece como una incógnita irreducible. La reflexión teórica trascendental no quiere verse como tratando con meras idealidades, sino con realidades empíricas. A su parecer es la metafísica dogmática la que trata con meras idealidades. Pero el reconocimiento de la materialidad del objeto por la actividad de la subjetividad es ya una actividad real.

No obstante, Kant cumple con un buen desarrollo de la forma del fenómeno pero no de la materialidad del mismo. Es por ello que en las “Anticipaciones de la percepción” se enreda con el paradigma precrítico, sosteniendo que el objeto “afecta” al sujeto y le produce una sensación. En efecto, el primer fundamento del idealismo trascendental es la subjetividad trascendental como autoconciencia y autoposición de lo real. Pero se encuentra limitado por lo en sí del mundo, por la cosa en sí, con organización teleológica propia, que siempre es dado y nunca puesto por el sujeto. Es decir, el ser del conocimiento es un conjunto de relaciones determinadas por el sujeto, mas no sucede lo mismo con el ser de la realidad. Pero en el criticismo realidad del mundo sucumbe por el interés pragmático de la subjetividad.

No es extraño, entonces, que lo más permanente y duradero del kantismo sea el imperio de un voluntarismo y activismo de la subjetividad finita humana, que se condice con el triunfo de la edad antropológica moderna y su mayoría de edad como ser libre. O sea, que la consecuencia más importante de la filosofía trascendental, según García Morente, es el humanismo de la cultura. Es decir, la cultura humana es fruto de una actividad libre, necesaria, universal y objetiva.

No obstante, la consecuencia más terrible de este humanismo sin Dios que se configura en la filosofía Kantiana es que termina por convencerse que el Hombre tampoco vale la pena. Dios ha muerto y el hombre también. Sartre y Foucault lo testimonian. Ahora bien, no hay rehabilitación del hombre sin dominio de sí mismo. Pero el dominio de sí mismo equivale a cambio interno. Es decir, el que fracasa respecto a sí mismo no está en capacidad de tomar correctas decisiones políticas o de otra índole. Sin cambio interno no es posible un coherente cambio externo. Y no hay dominio de sí mismo sin ascesis. Ascesis es autoeducación y sacrificio. Ese será el meollo de la nueva cultura y civilización.

Sin ascesis no es posible doblegar los poderes diarios de la barbarie. Sin ascesis ninguna cultura edificó algo grande y admirable. Y ello es tan cierto porque el principal traidor del hombre se encuentra en sí mismo, crece desde dentro con cada capitulación espiritual, con la vida muelle y sibarita. El hedonismo, como estilo horizontal de vida, como moda señala la curva decadente de toda civilización. Y la capitulación más grave efectuada en la modernidad ha sido en desconocer que la esencia humana consiste en su relación con Dios. La existencia del hombre moderno luce gravemente enferma porque ha desconocido al fundamento de toda realidad, a saber, Dios. Pero reconocer a Dios implica amar su creación, ayudar al prójimo y proteger a sus criaturas. La conciencia no se engaña, y cuando nos dice que hay que aceptar una responsabilidad hay que hacerlo. Otro no es el camino.

Estamos a escasos años de que se cumpla el Tricentenario del Natalicio de Immanuel Kant (1724-2024). Y considero que el mejor homenaje a su pensamiento es superarlo en la médula misma de su contribución teórica. Tarea que resulta urgente dado que asistimos a la acelerada destrucción de la Modernidad, a su ocaso, vivimos su periclitación. Pero tras sus escombros se atisba el surgimiento decidido de valiosos elementos que dan esperanza. Y, quizá, el más importante sea el de la necesidad de limitar el poderío humano.

Por eso, aquí no se trata de historiar o hacer hermenéutica de la filosofía kantiana, sino de alumbrar el camino para hallar una solución al dramático presente moderno que nos agobia y, a la vez, nos desafía por una respuesta nueva. Sin superar el opresor inmanentismo de la modernidad y ligar la trascendencia con la inmanencia no habrá manera de recuperar el respeto a la dignidad humana, la verdad y lo Absoluto. La nueva época tendrá que resolver la amenaza del poder humano.

El hombre irreligioso de nuestra era antropológica ha perdido a Dios. Recordemos que Cristo lanza un grito abismal en la Cruz: “¿Por qué me has abandonado?” Ahora el hombre del poderío técnico-científico también experimenta lo que significa perder a Dios. Pero Cristo desciende a los infiernos en la muerte, mientras que el hombre moderno vive el infierno en la vida. Son dos realidades distintas. Una es espiritual, la otra es material. Una acontece al atravesar el umbral de la muerte, la otra sucede en la propia vida. El descenso de Jesús a la realidad de la muerte pertenece a su rebajamiento y es anterior a la Redención.

En cambio, el hombre moderno antropológico al rechazar la luz eterna de la trascendencia trae la soledad de la muerte a la vida, sumiendo el espíritu a una tenebrosa noche del alma. La frase de Nietzsche “Dios ha muerto” es exacta, aunque incompleta. Porque Cristo no solo murió en Cruz, sino que venció a la muerte y Redimió a la humanidad. Pero el hombre moderno se aloja solamente en la muerte de Dios, y con ello nada sabe de la esperanza sobrenatural. Ensoberbecido en la conciencia de su libertad y en su enorme poderío técnico-científico, el hombre antropológico de hoy ha renunciado a la conversión del mundo desde la noche a la luz.

El ocaso de la modernidad expresado en el reino de la inmanencia es como la puerta del infierno a la que llama Cristo, mientras dentro los demonios deliberan. Charles Péguy dijo que Dante había atravesado el infierno como un turista. Pero el hombre espiritualmente perdido de hoy edificó un mundo luciferino, plenamente terrenal, donde el amor y la solidaridad resultan inalcanzables por falta de amor. Sólo la espiritualización de su propio poder podrá salvarlo. Espiritualización que sólo puede ser siendo parte de la voluntad redentora de Dios. Hay que perderse en los abismos de Dios para responder a la perdición del hermano.

En suma, por qué Kant se asocia al ocaso de la Modernidad. Su Revolución Copernicana, según la cual el conocimiento no gira en torno al objeto sino al sujeto, convierte el conocimiento humano en una praxis. Conocer es construir el ámbito de la objetividad. De aquí hay un pequeño paso a afirmar que conocer es crear el objeto del conocimiento, más aun, la realidad. Kant expresa así el espíritu maduro de la era antropológica en su fase ascendente, donde la acción, la praxis, la liberad y la voluntad cobran un protagonismo principal en la historia. Pero esa conciencia en la nueva autonomía cobrada por el hombre lo ha henchido de poder sobre la base del progreso científico-técnico. Finitud, falsabilidad y totalidad imperfecta son las nuevas categorías de la realidad. Con ello el hombre de hoy es más vigilante y encarnado.

Pero las mismas categorías que lo pueden hacer más consciente de la infinitud y absolutez de Dios, lo han llevado por el camino contrario. Se ha ensimismado en la inmanencia y ha negado la trascendencia. El hedonismo, el relativismo, el materialismo, el inmoralismo y el nihilismo imperan por doquier. Lo malo no es el poder enorme que ha adquirido el hombre antropológico, sino su descontrol. Ello ha conducido a la destrucción de la Naturaleza y del hombre mismo. Esto caracteriza el ocaso de la modernidad. Pero a la modernidad no hay que suprimirla sino superarla. Y ello exige rectificar su más acabada expresión, a saber, la revolución copernicana del kantismo.

Hace falta un nuevo realismo, que parta de Dios y de la esencia de las cosas. Pues cada cosa exige su verdad. Pero también es urgente lograr el dominio de sí mismo y realizar la actitud contemplativa. Ello sería necesario para romper con la ilegitima antropomorfización de las cosas. Y para ello es necesario superar la presente civilización materialista que gira en torno al beneficio económico, la prisa, el bullicio y los valores inferiores.  El hombre fáustico occidental es el que sucumbe. Y, si sobrevive la humanidad, quien lo pueda seguir no será un nuevo hombre apolíneo, sino un hombre libre pero espiritual, que sepa anudar lo inmanente con lo trascendente.

Pues bien, si en la Crítica de la Razón Pura (CRP) el sujeto busca afirmar su intento de objetivarlo y dominarlo todo, en la Crítica de la Razón Práctica (CRPr) la libertad moral descubre en el respeto a la otra persona como algo no cosificable, pero el mundo sigue sometido a los fines dominables de la libertad, más en la Crítica del Juicio (CJ) aparece la naturaleza como la protagonista de sus propios fines, o sea, la configuración del mundo según la finalidad de lo libre. Son los seres vivos, decía Kant, los que proporcionan al concepto de fin una realidad objetiva en la naturaleza.

Pero si el punto de vista trascendental culmina en la primacía de lo práctico sobre lo teórico, de la acción real de la libertad en la naturaleza, ello no significa la abolición de la preeminencia de la idealidad sobre la realidad sino, al contrario, el predominio de la conciencia pura sobre todas las esferas de la objetividad, la raíz de todo serán las leyes del espíritu. Lo cual marcará a fuego el centro de toda esta metafísica moderna, el cual ya no será la substancia sino el hombre como ente de razón. Todo esto no es malo, lo malo es circunscribirlo sólo al espíritu finito y dejar de lado el espíritu infinito, o sea, Dios.

Cuando en el hombre dejan de unirse lo inmanente y lo trascendente, se trastoca el propio orden humano, tornando su libertad en la principal amenaza a su propia existencia, tal como vemos en el hombre fáustico de hoy. En realidad, la revolución copernicana del criticismo culmina en el concepto de fin.  Pero el concepto de finalidad lleva a pensar en un mundo donde la subjetividad no crea ni en su materialidad ni en su forma. Lo cual viene a tensar al máximo las contradicciones contenidas en la filosofía trascendental y que estallan en el idealismo alemán.

Lo que tenemos en el fondo es el asalto a la razón contra el fundamento trascendente del orden natural y humano, haciendo la filosofía trascendental que la finalidad de la praxis humana sea un concepto de la libertad y no de la naturaleza. El cual es el meollo del descontrol en que se halla el enorme poder alcanzado por el hombre antropológico de la modernidad. Pero no se trata de negar el segundo eje de la crítica de la razón, la doctrina de la realidad del concepto de libertad, la libertad-acción como nuestro ser originario, sino de ubicarlo en su unión con el Ser infinito y, a partir de ahí, definir la necesidad de autocontrol de su propia libertad y poder. Lo que indudablemente vuelve insuficiente el contexto en que se ubica el segundo eje de la filosofía trascendental, la idealidad del espacio y del tiempo, el cual cierra el acceso del ser finito a las realidades suprasensibles.

Pero asi como no hay retorno a la Edad Media ni a la Edad Antigua, tampoco hay regreso a la metafísica dogmática, sino que el desafío es avanzar hacia una metafísica que sin desconocer el papel activo  libre del sujeto cognoscente, respete la propia esencia de las cosas y el mundo. Lo cual es disolver el Regnum hominis sin Dios, y reconocerlo con Dios. Si la modernidad creyó acabar con el pensar poético y mitológico que antropomorfiza el mundo con lo trascendente, con la rectificación planteada se liquida el antropologismo secularista del Yo pienso con su imperio de lo inmanente. El primer acto de la subjetividad no puede ser analítica, ni reflexiva, sino sintética y existencial, y, por tanto, testimonia la existencia de lo real como evidencia primaria que las cosas son, lo ontológico condiciona lo epistemológico, el Ser rebasa el Pensar.

En otras palabras, es imposible recuperar la metafísica destruyendo lo trascendente para limitarse a lo finito y temporal, como pretende Heidegger, sino que su franca recuperación transita por un nuevo  realismo que funde el esencialismo en una metafísica trascendentalista. Confundir el concepto de objeto con la existencia real del objeto condujo al desorbitado subjetivismo que hace estragos en la Edad Moderna.

06 de julio 2020   



lunes, 25 de mayo de 2020

GUSTAVO FLORES QUELOPANA, Y su Filosofia Educativa Humanista


GUSTAVO FLORES QUELOPANA,
Y su Filosofia Educativa Humanista
Por JOSÉ E. CHOCCE PEÑA
P R Ó L O G O
GUSTAVO FLORES QUELOPANA

 Gustavo Flores Quelopana y su filosofía educativa humanista
¡Que José Chocce ha escrito una tesis universitaria sobre mi pensamiento educativo! Y encima, ¡lo publica como libro! Jamás lo hubiera adivinado. Supe de la pretensión de su tesis en su debido momento, pero, pienso que por la concentración de la tarea, dejó de visitarme por cerca de año y medio. Luego me notició del éxito de su graduación y del enorme esfuerzo que le había costado.

No oculto que mi alegría fue doble: por él y por mí. Tuvo la gentileza de regalarme una copia de su triunfante tesis. Pasa el tiempo y ahora en plena cuarentena por el coronavirus me pide el favor de publicarla con el sello editorial Iipcial. Esa es una nueva alegría. Sobre todo porque viene precedida por otro libro suyo dedicado al estudio de mi pensamiento filosófico.

Ante ello, es fácil de llenarse de vanidad y  egolatría pero no es menos difícil recordar lo que dice el Eclesiastés: “El mundo es vanidad de vanidades”. Ya Honoré de Balzac decía que “Hay que dejar la vanidad a los que no tienen otra cosa que exhibir”. Pero más me gusta la frase de Napoleón: “Haríamos un gran negocio comprando al hombre por lo que vale y vendiéndolo por lo que él cree que vale”. Ante ello la más segura cura para la vanidad es el aislamiento. Pues en la soledad sólo impera la conciencia.

Yo, un ilustre desconocido cuyas obras sólo conocen cortas ediciones, me imagino el titánico esfuerzo que le debe haber costado al tenaz tesista convencer, en una universidad positivista, al empingorotado puñado de académicos que componían el jurado para que acepten su tema: “La educación humanista de Flores Quelopana”.  Cómo deben haber fruncido el entrecejo los acartonados catedráticos por semejante osadía. Pero salió bien librado de su empresa y vale una sincera felicitación por ello. No sin cierta cortedad acepté escribirle un Prólogo como agradecimiento.

¿Pero realmente tiene razón en sus planeamientos? Después de una larga meditación creo que sí. Y la razón es sencilla.  José Chocce ha comprendido bien mi planteamiento metafísico de la trascendencia como clave para la tarea educativa. Nuestro tiempo secularista, relativista y descreído sólo se atiene al principio de inmanencia y con ello castra algo muy esencial en el hombre: la necesidad de trascendencia, lo cual degrada el humanismo en hominismo.

Reconozco que esa idea básica ha sido el eje de mis reflexiones educativas en mis obras Educación, humanismo y trascendencia y La educación ante la sociedad anética posmoderna. El hombre, que no es ángel ni demonio, necesita de un ideal para elevarse de la simple natura y realizar su ser mediante la síntesis de lo inmanente y lo trascendente. Sin reconocer ese punto cardinal se asegura la perdición humana y la perversión de su persona.

Si esto es asi entonces se justifica aclarar un punto. ¿Tiene que ver mi planteo humanista con el humanismo del Renacimiento? ¿O está más vinculada con el concepto religioso de la educación?

Sin intentar explayarme en ello debo decir que me vinculo al Renacimiento cristiano del siglo XIII y no con el renacimiento pagano del siglo XIV. Hay distinguir entre el renacimiento del Trecento, de Santo Domingo, San Francisco, Joaquín de Fiore, santo Tomás de Aquino, Dante, Giotto, Petrarca, Ariosto, con el desdoblamiento de los del Quattrocento. Un Boccaccio, Leonardo, Miguel Ángel, Perugino, Rafael, que son almas torturadas por la rebelión y la protesta. El acalambrado humanismo sin Dios resulta siendo calamitoso y arriba a nuestro tiempo con la destrucción nihilista de los ideales. Y sobre lo segundo, arribo a un concepto religioso de la educación por mi preocupación metafísica y no a la inversa.

La trascendencia como eje de la educación humanista no nace de la teología, ni de la metafísica de las esencias, sino que surge de un trascendentalismo metafísico donde lo finito y el ser esencial tienen su fundamento en lo infinito. Pero ello no significa que la civilización tecnológica actual encuentre su salvación en una educación humanista, sino, todo lo contrario, dicho modelo educativo se vuelve imposible en el contexto de dicha civilización que debe expirar, como todas las anteriores civilizaciones.

Con ello cae por su propio peso que mi interpretación no es naturalista, psicológica, científica, sociológica o ecléctica -ésta última pone más énfasis en el currículo y en el método, olvidando lo esencial, a saber: los ideales-. Es por ello que sobre los hombros de la escuela de Frankfurt veo más allá de la racionalidad tecnológica y la manipulación técnica, porque las finalidades humanistas que persigue la educación no pueden estar vinculadas sólo con lo intelectual sino, como enfatizó Kant, también con lo moral. Pero ese énfasis debe superar el agnosticismo para reconocer las verdades suprarracionales de la propia razón.

Para Julien Benda en su libro La traición de los intelectuales, éstos han traicionado su misión en beneficio de un renombre o bienestar ilusorio. Y ésta es una pesada carga de responsabilidad que implica anteponer la verdad por una vida espiritual pura que no puede triunfar en una civilización que prioriza la manipulación técnica. Es por ello que sin pesimismo alguno digo que la educación humanista no puede cambiar el rumbo de deshumanización del presente, pero sí puede formar reductos morales e intelectuales para la cultura que advendrá.

No niego que mi perspectiva es escatológica y providencialista, como la de Berdiaev y Chestov. Pero también pienso, como Lessing, que las diferentes religiones son fases sucesivas de la educación divina del hombre. Por ello, la salvación y la redención del hombre siempre será un fracaso permanente en las solas manos del hombre.

Dentro del tiempo histórico el hombre da valiosos pero breves triunfos. Más dentro del tiempo cósmico y existencial la resolución se da en la eternidad. El destino paradójico del hombre es realizar en su finitud la tendencia hacia la eternidad y el fin del mundo. Asi se entiende mejor la frase: “Si quieres cambiar el mundo, empieza cambiando tu mismo”. Y quizá esa sea la mejor lección que nos deja el presente libro.

Mi convicción irrenunciable de que el contacto con la naturaleza es factor insustituible en la formación educativa del hombre –como pensaron Rousseau y Dewey- se relaciona con la realización verdadera del humanismo con Dios. Sucede que los niños de la era de las máquinas han perdido la unión con la naturaleza y  la escuela no se encarga de restablecer el vínculo con ella. Asi, la alienación del hombre se sobredimensiona y profundiza la falta de armonía y solidaridad humana. La crisis educativa es profunda y grave en nuestra era industrial y cibernética. Sin modificar ese problema la descomposición de la civilización tecnológica arribará al imperio indiscutible de la barbarie humana. El advenimiento de la barbarie civilizada no es inevitable pero con el neobrutalismo su curso crece aceleradamente.

Canadá, 25 de mayo 2020

jueves, 21 de mayo de 2020

PANDEMIA Y MODERNIDAD


PANDEMIA Y MODERNIDAD
Gustavo Flores Quelopana
Ex-Presidente de la Sociedad Peruana de Filosofía
Coronavirus | "La libertad ha sido a menudo una de las víctimas de ... 
PRÓLOGO
(Libro colectivo)

La pandemia del coronavirus ha evidenciado que la crisis global no solo es económica y ecológica sino también sanitaria. El aislamiento social que se ha impuesto por su letalidad reveló que la educación, el trabajo, la miseria, y la salud no pueden seguir siendo una prerrogativa privada, sino una responsabilidad social de los Estados. O sea el Estado-Poder del hiperimperialismo mundial ha mostrado sus falencias profundas y el Estado-Justicia muestra su urgencia.

El origen desconocido del virus ha llevado a pensar en muchas posibilidades, desde las conspirativas hasta las naturales, pero lo que ha puesto en el tapete de modo indudable es que el estilo de vida urbana y el incontenible aumento de la población humana, no tiene salida por insostenible.

Es decir, que el problema no sólo es el capitalismo sino la modernidad misma. La cual ha llevado a un callejón sin salida que delinea una crisis de proporciones civilizatorias. Y es aquí que el problema de político, tecnológico y económico se torna filosófico.

El enfoque pequeñoburgués lleva a denunciar al capitalismo global y proponer reformas tributarias  y antimonopólicas sin cambiar el sistema mismo. Pero esa ingenuidad romántica de volver a tiempos felices no solo es antihistórica y antirrevolucionaria, sino que además pierde de vista que el problema de fondo es la racionalidad moderna.

Lo que revela la pandemia es la crisis de la conciencia moderna. El antropocenio tornado en antropocidio parte del error básico de hacer a la razón humana el fundamento de sí misma. Así se instauró el regnum hominis y un mesianismo laico del humanismo sin Dios que extravió lo trascendente y mutiló la esencia humana de su afán de inmortalidad.

La modernidad es el asalto a la razón que destruyó los valores espirituales, desembocando en el reino de la materia. La consecuencia ha sido dejar sin posibilidad de construir una nueva civilización. La pandemia del coronavirus acontece en medio de la curva decadente de la civilización tecnológica moderna. De manera que estamos en medio del sorbo de la última gota letal de una civilización que debe sucumbir sin remedio.

El desafío ha dejado de ser la restauración del fundamento trascendente del orden humano y natural para pasar a formar cenáculos que preserven la cultura en medio de la barbarie que se adviene.

Por tanto, no nos ha tocado gozar del aire perfumado de la achicoria y manzanilla, sino del maloliente y pútrido olor fangoso de un cuerpo que se deteriora trepidante en el horno de la historia.

El presente libro debe su aparición a la iniciativa, perseverancia y coordinación del profesor José E. Chocce. Por su intermedio se extiende un agradecimiento a todos los humanistas y pensadores que participan con sus reflexiones en la obra que tiene en sus manos el amable lector.

Lima, 19 de Mayo del 2020


viernes, 3 de abril de 2020

PANDEMIA, CIVILIZACIÓN Y METAFÍSICA


PANDEMIA, CIVILIZACIÓN Y METAFÍSICA
Gustavo Flores Quelopana
Ex-Presidente de la Sociedad Peruana de Filosofia
 La tasa de mortalidad del coronavirus ronda el 0,66%, según un ...
En la presente pandemia muchos piensan que el debate debe girar en torno al capitalismo y la pandemia. Pero con ello no advierten que la crisis es civilizatoria y siembran falsas esperanzas en que eliminando el capitalismo se salva la civilización. Más, la enfermedad es civilizatoria y el capitalismo es apenas una de sus gangrenas.

A cada época y civilización le corresponden sus propias epidemias y  pandemias. Bajo la actual pandemia del coronavirus la humanidad luce desconcertada tanto por su origen como por sus consecuencias. Pululan hipótesis que tratan de explicar lo que nos sucede planetariamente. Se han esgrimido desde oscuras causas ecológicas hasta infames actos bioterroristas. En esas especulaciones incluso es posible pensar en un ataque de falsa bandera de origen saudí para remecer las economías de Occidente y provocar la peor recesión económica desde la Segunda Guerra Mundial. Aquí no trataremos de enumerarlas ni de polemizar con ellas, sino simplemente de reflexionar sobre algunos puntos controvertibles.

¿Si el virus covid-19 salió de un laboratorio biológico de China o de EEUU entonces por qué se ensaña tanto con su población? Incluso lideres mundiales, como el primer ministro británico Boris Johnson, han sido afectados. Sin embargo, el covid-19 ha demostrado ser letal para ancianos y personas con enfermedades pre-existentes. O sea, que perfeccionada por una mente maligna es el arma perfecta para implementar una eugenesia virológica. Justo lo que se le imputa al siniestro Club Bilderberg, al Darpa y al Pentágono. Existen indicios muy razonables para pensar que el coronavirus seria un arma biológica usada por los EEUU contra su competidor comercial China. Nada demencial si recordamos el ataque hacia Cuba con el dengue. En otras palabras, nuestra civilización tecnológica representada por el imperio satanocratico de los EEUU no tiene la altura moral para controlarse. Vivimos un claro signo se los tiempos de decadencia generalizada. Ello se demuestra a través de la existencia de laboratorios militares para la guerra biológica. Esta civilización ha extraviado por completo el sentido de la vida.

Por lo pronto no era un secreto para nadie que los países del Primer Mundo se enfrentan a una inminente crisis para el pago de jubilaciones y demás cargas sociales. Así, los intentos de elevar la edad de jubilación por el presidente francés Macron son un triste ejemplo de ello. Todo haría pensar que para el capitalismo neoliberal imperante es el medio adecuado para propinar el tiro de gracia al desvencijado capitalismo de bienestar. Pero lo hace fuera de contexto político, dado que Trump representa un giro hacia un capitalismo nacional y proteccionista –de dudosa duración-, que desmonta el capitalismo especulativo del casino global. No obstante, esto es pisar las arenas movedizas de las morbosas teorias conspiranoicas.

Por su parte, los países emergentes con sus precarios sistemas de salud y para evitar las calamitosas cifras de muertos de los 13 mil en Italia y 11 mil de España, optaron por draconianas medidas de cuarentena para contener la propagación de la enfermedad. La consecuencia mas notoria ha sido mantener a raya la propagación letal de la enfermedad pero también salió a la luz el alto índice de anomia. La dificultad para acatar y obedecer las normas es fruto de la imperante injusticia social y de la desigual distribución de la riqueza social. La pobreza genera perturbaciones psicológicas de origen social, Y la salud mental es pobremente atendida en los países emergentes. Justamente ello ha salido a la luz con la cuarentena en los países emergentes. Obviamente que también ha habido desobediencia civil en los países del Primer Mundo. La sospecha de su incremento hizo que la venta de armas a civiles se disparara en los EEUU a dos millones de unidades en tan solo una semana.

La Universidad de Hamburgo indica que el coronavirus en dos meses causó 14 mil victimas -en tres meses del 2020 ya van 70 mil muertos- mientras que el resfriado común ocasionó 80 mil, la malaria 180 mil, el suicidio 160 mil, los accidentes de tráfico 193 mil, el VIH 240 mil, el alcohol 358 mil, el fumar 716 mil, el cáncer 1 millón 177 mil muertes. O sea la letalidad del coronavirus es muy inferior y sin embargo, la histeria colectiva cunde y paraliza el planeta entero. Aunque ya van mas de 1 millón de infectados en todo el planeta. 

¿Cómo se corresponde la presente pandemia con la nihilista y hedonista civilización instrumental actual? Nuestro tiempo está profundamente enfermo de increencia, escepticismo e irracionalismo. El antihumanismo y neobrutalismo impera por doquier. Nuestra verdadera enfermedad es mas honda, es espiritual, pero tampoco se encuentra exenta de su expresión material y corporal. Cada civilización con sus avances y retrocesos provoca mutaciones virales desconocidas hasta que se manifiestan.

Hemos ido muy lejos en la trasformación material del planeta hasta el límite de convertir el antropocenio en un antropocidio y ecocidio. Es más que probable que el covid-19 sea resultado de una civilización tecnológica que ha llevado al paroxismo la voluntad de poder. No respetar a la Naturaleza ni al Hombre mismo es un poderoso factor en el debilitamiento del sentido moral, la desintegración del sentido de la vida y la potenciación de nuevos virus. La pandemia del coronavirus sería el fracaso de la modernidad subjetivista, egocéntrica y solipsista. No hay verdad extrahumana, sólo hay voluntad de verdad en la descalabrada posmodernidad. El oscuro triunfo del para-mi y la renuncia-olvido del ser es el fundamento metafísico sobre el cual giran los males de nuestro tiempo.

En ese sentido no se trata solamente que el modelo económico neoliberal está llegando a su fin. No decimos que es el fin del capitalismo. Pero el mundo ya no puede seguir siendo visto como un escaparate, ni la economía como un casino global. Tampoco se trata solamente de un símbolo de la degradación de la naturaleza por la acción humana. Es acuoso y de poco sirve señalar que ha llegado el momento de cambiar nuestros patrones mentales si no somos conscientes de la jaula inmanentista que nos agobia. Pues hay algo más grave que no se quiere ver aunque todos lo presienten. Y es que la civilización tecnológica muestra signos inequívocos de colapso.

Es decir, se quiere salvar a una civilización en estado terminal. Lo cual es comprensible aunque cuestionable. La eutanasia histórica tampoco es inevitable. Pero las civilizaciones no son inmortales, deben morir, para dar paso a otros momentos de la historia. Y la nuestra no es la excepción. China es el reverso de la moneda de EEUU. Por ello no representa ninguna salvación. Mantiene incólume la misma lógica instrumental, secularizada e inmanentista. Es por ello que la presente civilización finisecular no es capaz de emprender ningún giro copernicano de sus bases metafisicas para salvarse. Está encenegada en su charco sepulcral y se debe dejar espacio para sus exequias.

Pensar que la presente civilización no tiene salvación no equivale a asumir una postura pesimista. Y no lo es porque tras el chubasco vendrá la aurora. Aurora que supone transitar primero por la barbarie, tras lo cual emergerá una nueva cultura. La espiritualidad de Occidente ha sido una aventura del ser. Su superación será la aventura por el Bien Absoluto. Y es asi porque en la Trascendencia no hay separación entre lo ontológico y lo ético. Y todo ello se dará –sin exclusión de la verdad revelada- siempre y cuando la enconada lucha geopolitica entre las potencias no concluya en un exterminio nuclear. 

La pandemia no doblegará el estilo de vida de las grandes metrópolis que despersonalizan al individuo y al mismo tiempo engendra un gran deseo de distinguirse. Por el contrario, ahondará la indiferencia, hará la relación humana más superficial. El estilo de vida de las grandes megalópolis, donde la libertad es muy grande y el conformismo muy profundo, reducirá aún más el alma estrechandola en su existencia material. La presente pandemia del covid sobreviene precisamente en la curva decadente de la vida moderna.La pandemia no resucitará una vuelta a los valores. Al contrario, al extender la miseria fortalece la esencia del dinero como negación de todo valor.

La civilización actual que destruye la naturaleza ha sido logocrática, al estar atenta a lo objetivo ha descuidado lo subjetivo y lo cualitativo, lo no medible y calculable, y aunque la razón científica en la presente fase neotécnica de nuestra civilización ya comenzó a girar hacia lo no mecánico y a estar más atenta a lo cualitativo, orgánico y vital, sin embargo, la hora histórica le queda demasiado corta, sobretodo porque las decisiones van más allá del ámbito científico-técnico e involucra lo político. En este sentido, la civilización logocrática deberá emprender velozmente su aproximación a criterios mitocráticos para sobrevivir. De cualquier manera, si ahora no lo hace será esa la lección que le legue a la civilización venidera, que sin duda será más religiosa y piadosa que la descreída y pragmática y anética civilización actual.

La principal lección que nos deja esta pandemia es que lo decisivo no es el aumento del poder técnico del hombre sobre la naturaleza sino en saber dominarlo. Las diversas etapas del progreso técnico representan el aumento del poder del hombre sobre la naturaleza. Ese poder humano ha crecido de modo incontenible como poder técnico basado en la ciencia. Ha llegado a su pináculo en la Edad Moderna. Pero al mismo se ha quebrantado la confianza en ella. Dicho poder se revela problemático, falso, amenazante, destructivo y peligroso. Sentimiento que señala el final de una época y el comienzo de otra. En la nueva época lo decisivo será no el aumento del poder sobre la naturaleza sino en saber controlarlo y dominarlo.

03 Abril 2020

domingo, 22 de marzo de 2020

HIPERIMPERIALISMO GLOBAL EN LLAMAS


HIPERIMPERIALISMO GLOBAL EN LLAMAS
Gustavo Flores Quelopana
Ex-Presidente de la Sociedad Peruana de Filosofia
 Hiperimperialismo global en llamas
PREFACIO

El neoliberalismo global está en llamas. Se ha vuelto antipopular. Su derrota es inoculable. Su crédito en las masas se agotó. Su gestión nefasta se puede resumir en sangrar a la clase media y recompensar a la cleptocracia. No hay forma de contrarrestarlo ni ley alguna que les impida hacerlo. La gente común vive en la austeridad mientras que los bancos benefician al 1% de la población emitiendo moneda y subiendo los precios de los activos a sus propiedades y valores.

El neoliberalismo pervirtió la economía convirtiendo al mundo en un casino global improductivo y meramente especulativo. Varias décadas de neoliberalismo global han culminado en el rotundo fracaso que sólo benefició al 1% de la población mundial. La humanidad no encuentra salida a la crisis económica que amenaza con convertirse en una crisis sistémica global.

El capitalismo global no es un revival del capitalismo salvaje ni la continuación del capitalismo en su etapa imperialista. Por el contrario, aquí se trata de ver que el capitalismo global representa una etapa superior del capitalismo monopólico, al que he denominado como fase hiperimperialista.

Hiperimperialismo es el proceso superior del capitalismo monopólico por el cual las megacorporaciones privadas conquistan, someten y luego dominan permanentemente a los propios Estados-nación desarrollados y periféricos, dentro de un sistema de relaciones descentradas y desterritorializadas, que reemplaza el capital productivo por el capital especulativo y desarrolla un nuevo tipo de soberanía, cual es, el de las megacorporaciones privadas.

Todos hablamos de imperios asirio, romano, español, inglés, japonés o norteamericano; pero nuestra definición histórica específica se justifica a sí misma por anticipado cuando se distingue del proceso normal de la formación de los imperios. Las palabras imperio e imperialismo llevan siempre consigo el significado no sólo de conquista, sino también de intentar un pueblo o nación dominar continuamente  a  un pueblo por otro. Pero lo nuevo y desconocido hasta el momento era el hecho que los propios Estado-nación se vieran reducidos por unas todopoderosas megacorporaciones que constituyen en rectoras de un nuevo proceso de dominación global.

Este nuevo enfoque conduce hacia el planteamiento de que para salir de la trampa de la globalización hiperimperialista es necesario organizar el mundo sobre un fundamento no capitalista, pero también hay que mantenerse alejado del socialismo totalitario.

Por supuesto que se puede considerar este libro dentro de los esfuerzos por un socialismo democrático y libertario. De hecho, las enormes crueldades deliberadas de los socialismos tiránicos sólo pueden inspirar la misma enorme repulsa como la que infunde la manipulación, cosificación y enajenación del hombre bajo la sociedad capitalista.

El capitalismo hiperimperialista del siglo XXI no sólo ha abolido la satisfacción de las demandas sociales, el bienestar y la normatividad de los reformadores del siglo XIX y XX, sino que llevado por un telos cibernético está aboliendo el trabajo mismo, y con ello se cristaliza su más demencial sueño de prescindir del trabajador y proclamar la abolición del hombre. Si la burguesía del siglo XIX gritó: “Dios ha muerto”, la de ahora puede anunciar su nuevo evangelio: “El hombre ha muerto”.
G.F.Q

SANTACRUZ PACHACUTI: EL ESTADO JUSTICIA CONTRA EL ESTADO PODER


SANTACRUZ PACHACUTI: EL ESTADO JUSTICIA CONTRA EL ESTADO PODER
Gustavo Flores Quelopana
Ex-Presidente de la Sociedad Peruana de Filosofia
 Santa Cruz Pachacuti. El Estado-Justicia contra el Estado-Poder
P R Ó L O G O

Juan Santacruz Pachacuti fue un hombre que merece ser mucho más célebre de lo que es en realidad. Era cacique collagua, o sea de sangre noble, venido a menos por la Conquista y perdido en los vericuetos obscuros de la historia, pero por meterse a autor de su famosa “Relación de antigüedades de ese reino del Perú” vence los siglos para renacer como el fénix que se alimenta de los grandes ideales. Leer en primera instancia su obra vuelve a uno más melancólico y pensativo. ¡Cuántas ilusiones, cuántos desengaños, cuánto dolor por el pasado perdido, cuánto papel desperdiciado! Los doctos comentaristas lo subestimaron. Este hombre universal del Renacimiento andino vagaba atónito en el Seiscientos de hecatombe y de extirpación de idolatrías. Pero no deberían ser olvidados los que han sido héroes del pensamiento en el sentido viquiano, todos los que desean y sueñan con las cosas sublimes: la perfección moral, el descubrimiento de lo verdadero, la unión con Dios y el imperio de la justicia.

El tema del Estado-Justicia contra el Estado-Poder sigue siendo tan candente en la actualidad como lo fue hace 400 años en tiempos de Juan Santacruz Pachacuti, cuando colisionaban dos orbes civilizatorios, a saber, el andino y el hispano. Los motivos han cambiado pero el problema de fondo permanece: la injusticia social. En el ayer se trataba de la desestructuración apocalíptica del mundo prehispánico por efecto de la Conquista y la instauración del Virreinato del Perú, que dejó sin certezas a las mentes pensantes nativas más preclaras.

Hoy se trata de una inimaginable desigualdad social, provocada por el repudiado neoliberalismo globalizado encabezado por un puñado de hipermillonarios con soberanía propia, aunado al fracaso de la mitigación y adaptación al cambio climático, fenómenos meteorológicos extremos, grandes pérdidas de biodiversidad, crecimiento de la amenaza de un conflicto nuclear, tensiones geopolíticas, abuso de nuevas tecnologías, colapso de ecosistemas, crisis alimentarias y crisis del agua. O sea estamos al borde de una crisis sistémica global ad-portas del Bicentenario de la Independencia del Perú, que no ha resuelto la segmentación honda entre el Perú profundo y el país oficial. No es extraño, entonces, que volver a pensar en la búsqueda de certezas como lo hizo Santacruz Pachacuti vuelva a ponerse en la sobremesa.

Aquí se examina la estrategia intelectual del cronista indígena, sus ideales y resultados. Y la hibridación sincrética que se constata en la civilización andina refleja la savia palingenésica de una cultura que no ha muerto ni se ha extinguido, sino que ha mezclado su savia espiritual con la cultura fáustica de Occidente, dejando la esperanza de que después de la universal catástrofe de la decadencia civilizatoria del mundo presente pueda servir de semilla para el renacimiento de una nueva Humanidad. El ideal de Justicia en el Imperio Incaico no era idílico, fue recogido por los cronistas y sirvió de motivación para el ideario utopista de los pensadores del Renacimiento europeo. Francis Bacon, Tomás Moro y Tommaso de Campanella vibraron de emoción ante ella. La civilización precolombina sucumbió pero de ella sobrevive dicho ideal que se hace perentorio en nuestros días. El carácter ético del mismo se concilia con la perspectiva de la contemplación y de la gratitud para comprender el problema de la justicia de Dios. No es casualidad que Garcilaso, Guamán Poma y Santacruz hayan abordado el problema desde su convicción cristiana.

Cuando Santacruz escribe su obra había pasado casi un siglo que Vitoria denunciaba en 1534 el carácter injustificado de la guerra contra los peruanos por el grupo de aventureros y salteadores encabezados por Pizarro. La condena de Vitoria impactó sobre las cortes europeas que  escandalizadas se hicieron eco de las atrocidades reveladas también por el padre dominico Bartolomé de las Casas. En 1540 Las Casas se presenta ante el emperador Carlos V para dar su informe. En su controversia con Sepúlveda en Valladolid en 1550 puso énfasis en que no era una guerra cristiana ni justa. El debate abría las puertas al tema de los Derechos humanos. Nuestro cronista es un adelantado en dicho tema y debate. Pero también es un buceador de soluciones profundas. Ya las guerras de liberación inca habían fracasado. La primera, de 1531-1534, y la segunda de 1536 a 1572 colapsan con la ejecución de Túpac Amaru II. De ahí que nuestro cacique collagua busque una solución negociadora ético religiosa en la forma, pero política en su contenido. Detener el abuso, la tiranía y la crueldad del invasor ibérico y lograr la cohesión de las huestes peruleras mediante la nueva religión. No sabía que poderosos curacas regionales habían firmado pactos con el agresor ibérico. Pero el ideal del estado justicia contra el estado poder permanecería incólume a través de los siglos.

viernes, 7 de febrero de 2020

BALTODANO Y EL DESARROLLO HUMANO INTEGRAL


BALTODANO Y EL DESARROLLO HUMANO INTEGRAL
Gustavo Flores Quelopana
Ex-Presidente de la Sociedad Peruana de Filosofia
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P R Ó L O G O

Víctor Baltodano es el creador de la Filosofia Conformacional, es Miembro Honorario de la Sociedad Peruana de Filosofía y fue Director de la Filial La Libertad de la misma Sociedad en el 2019. Acaba de publicar su libro Educación y desarrollo humano (2020). Su obra principal es Filosofia de las ciencias (2010), donde expone la teoria epistémica conformacional. En el nuevo libro aplica su propia Filosofia Conformacional para pensar una educación de desarrollo integral. Con espiritu docente tiene confianza en la educación, es un optimista. Asi, preconiza el elevado ideal de superar la presente y honda crisis del capitalismo global mediante una educación integral del ser humano.

El desafío del contexto en que se escribe la presente obra no podía ser menos alarmante, en las actuales circunstancias en que el planeta afronta una extinción masiva de especies, un preocupante cambio climático, crece la barbarie cultural, cunde la crisis de valores y donde se acentúa la ley de la lucha interimperialista, poniendo a la humanidad al borde del exterminio nuclear.

Varias son las convicciones básicas del Programa que expone Baltodano en el presente ensayo. Entre ellas tenemos: (1) la educacion es un factor de cambio social y personal, (2) mediante la educación se puede impulsar la conformación de personas integrales, (3) la educación manipulada por la plutocracia mundial y local solo forma seres humanos tecnófilos y consumistas, (4) es necesario emprender una Reforma Educativa total, que impulse el desarrollo tecnológico, cientifico y humanista, (5) el nuevo proceso educativo debe acabar con la imitacion colonial de conceptos caducos, que no se aplican a nuestra realidad, y emprender la creación de conceptos propios, conectados con los procesos concretos de nuestra vida social.

La pregunta que surge de inmediato en nuestras seseras es la siguiente: ¿Acaso los países desarrollados y con tecnologia propia no son los principales causantes de la presente crisis planetaria y del peligro de guerra termonuclear? China, el gigante asiático que asombra desde hace décadas, es la principal fuente de contaminación del planeta. Corea del Norte no cesa de blandear sus armas nucleares. Estados Unidos de Norteamérica, es la principal potencia hegemónica -no dominante- más belicista y guerrerista del mundo. Alemania y la burocracia de Bruselas, sin imaginación estrangulan las economías de Europa con recorte del gasto fiscal. Los llamados países Tigres del Asia ostentan la juventud con mayor índice de frustración en el mundo, porque sus vidas personales son absorbidas al máximo por las grandes corporaciones nacionales. Las megacorporaciones hiperimperialistas del orbe prosiguen con el destructivo casino global y las industrias contaminantes –nuclear, química, minera, etc.-.

O sea, ¿acaso las principales naciones desarrolladas, con sistemas conceptuales propios, no son los directos responsables de haber ocasionado no solo una educación consumista, sino de haber implementado un sistema de conocimientos para obtener principalmente riqueza y poder?

Aun cuando dice que su filosofía conformacional no es un humanismo (pág. 143), Baltodano no es un ingenuo y sabe de la importancia que cobran en las actuales circunstancias las humanidades sobre los conocimientos científico-tecnológicos, para poder reconducir a la civilización y salvarla de su naufragio. No habla de decadencia de Occidente, pero en varias partes señala que nos amenaza desde los grandes centros capitalistas –libres o de Estado- el peligro de guerra nuclear.

Lo que vemos es que la cultura instrumental del mercado al destruir las humanidades, aniquila la educación, la cultura y la democracia. Se instaura una nueva barbarie de la máquina y de la Inteligencia Artificial. Pero lo que no se advierte es que cuando una cultura entra en su fase civilizatoria, se vuelve decadente y tiende a disolver lo humanistico. Lo que tenemos ante nuestros ojos es una civilización global nihilista que erradica a las humanidades de las universidades y al hundirse definitivamente hunde a la filosofía y a las humanidades.

La civilización contemporánea se consagró febrilmente a la investigación cientifica, el desarrollo tecnologico, el desarrollo económico, a mejorar las estructuras sociales y el Estado. Pero olvidó lo más importante: cómo transformar y revitalizar al ser humano. Por ello, en vez de conseguir la paz y la felicidad sólo logró guerras infernales y un aumento sin límite del sufrimiento humano. El hombre posmoderno es la expresión del desencanto hacia el pensamiento cientifico-tecnológico. Es urgente una revolucion humana, y Baltodano cree en la educación para ello. Pero muchas veces la educación no es una transformación del interior del ser humano, ni equivale a un nuevo humanismo. La educación moderna, por el contrario, ha empobrecido la espiritualidad humana.

La civilización material es una amenaza y aniquila los auténticos valores humanos. Se trata de un impetu demoniaco que orilla a la humanidad en la demencia. Contra la concepción naturalista, materialista, nominalista y mecanicista de la antropología filosófica del siglo XXI, hace falta resaltar la autonomia de la libertad del espiritu, rescatar la personalidad, pero reconociendo un orden objetivo de realidades y valores. La barbarie de hoy sostiene que el fin del hombre no es pensar y conocer sino vivir y actuar. Humanismo y moral están en crisis. La filosofia debe hacer ver que la vida no vale la pena de ser vivida sin la dirección del espiritu.

Por su parte, Baltodano en su diagnosis de los procesos operativos de la educación espontánea y oficial (Capítulo VI) confía en la necesidad de superar la educación tradicional a favor del desarrollo humano integral. Y el medio para ello es realizar las cuatro formas de conceptuar: observacionales, realizativos, sistematizadores y creativos. Lo cual también significa que la superación de la educación tradicional equivale a superar la mentalidad religiosa. Dice: “Los sectores dominantes…desviaron en el enfoque unidireccional de existencias en si mismas…”. Para luego añadir: “la producción técnica y científica fue separada de los valores humanos” (pág. 148). Pero en su filosofia conformacional los valores no se descubren, no son esencias, sino que se crean por la voluntad humana. 

Baltodano está más cerca del empirismo de Aristóteles que del idealismo objetivo de Platón. El peripatético negó rotundamene el ser autónomo de las ideas, tomó el eidos como la forma, pero no llega a separar el ser divino y el de los seres inmutables o espíritus puros. O sea, al final admite un ser sin cambio y sin tiempo. Obviamente que hay una gran diferencia entre el primer ser y el ser de las esencias, pero dejamos señalado que Aristoteles no niega la esencia inmutable del ser infinito y eterno. Pero en el peripatético la esencia es individual e inmenente. Baltodano coincide con aquellos que niegan el gran descubrimiento de Platón -no hay objeto sin esencia general y trascendente-. Y por ello está más cerca del empirismo de Hume y Locke, para quienes las esencias son conceptos creados por la mente humana. Pero con esto queda abolida la posibilidad del no-ser y anulado el constraste entre ser finito y el ser real, porque precisamente -como indica santo Tomas de Aquino- esencia es posibilidad y objeto es acto, existencia.  

Este idealismo subjetivo caracteriza a la modernidad y a Baltodano. Como conceptualista, a pesar de reconocer una universalidad de conceptos, no ve en el concepto más que una estructura del espíritu al cual nada corresponde en la realidad. Sin embargo, en ello se olvida la diferencia crucial que existe enre el concepto y la esencia. Los conceptos los crea la mente humana, en cambio las esencias las descubrimos y no dependen de nuestra voluntad. Esto es, mientras que los nominalistas rompen la relación entre el ser real y el ser conocido, los realistas reconocen su vínculo y conexión. En efecto, lo que capta el espíritu es lo mismo que se encuentra en la esencia real como su quid. O sea, el pensamiento mira el objeto a través del concepto por el que trata de captar su quid. 

Pero Baltodano coincide con Pfänder al pensar que el concepto no coincide con la cosa. Si esto fuese cierto el mundo conceptual de cada persona no coincidiria con el mundo real ni con los mundos conceptuales de otras personas. Pero como esto es falso, es posible afirmar que existe el significado de universalidad. Pero esto no supone el realismo extremo de Plan y sí, mas bien, el realismo moderado de Duns Scoto, porque el ser del quid esencial no es real -individuos o sustancias-, sino que en el concepto universal hay que distinguir entre la materia que se relaciona con la cosa de un ser en la cosa particular, y la forma que se relaciona con un ser en el espiritu. O sea no se pierde la distinción entre forma lógica y forma ontológica, como sucede en el idealismo subjetivo de la modernidad.

El no cuestionamiento de la racionalidad pragmático instrumental de la modernidad impide ver que la crisis humana y ético-moral tiene su raíz en la voluntad de poder del hombre fáustico moderno. No olvidemos que la tesis central de la filosofia conformacional es que “no hay hechos sin conceptos”. Lo cual en su nominalismo epistémico equivale a decir que “no hay realidad sino concepto de lo real”.

Es muy difícil no estar de acuerdo con Baltodano en una educación integral del desarrollo humano. Es más, es una necesidad coincidir con él. En lo que es embarazoso no discrepar es en lo que se entiende por desarrollo integral. Los cuerpos conceptuales son importantes y decisivos en cada civilización, pero mientras en el realismo de la antiguedad y medioevo tenian relación con las cosas, en cambio el idealismo subjetivo de la modernidad emprendió el giro copernicano a través del cual los cuerpos conceptuales son independientes del mundo. Se impuso la arbitrariedad egolátrica de la subjetividad humana.

Asi, para la modernidad el desarrollo integral será equivalente a crear e inventar nuevas formas de vida, sin conexión con la naturaleza. La ley natural se da por abolida. Incluso se desarrolla una aberrante ideología de género, que afirma que no se nace con un sexo determinado sino que éste es construido por la educación y la sociedad. A todo ello a ayudado la secularización. La secularización es una vida sin Dios, la anulación de la trascendencia, la resolución de la vida en la pura inmanencia y el narcisismo egolátrico. La voluntad de poder se impone sobre la voluntad de verdad.

Por eso, los cuerpos conceptuales sin raíz metafísica están desembocando en la arbitrariedad más completa de la libertad humana. Haber reemplazado la fe en Dios por la fe en la mentalidad cientifico-técnica solo ha fortalecido la cultura de la increencia del hombre pragmático y nihilista. De modo que abandonado a su pura inmanencia, sin el reconocimiento de la necesidad de trascendencia, no hay posibilidad de desarrollo integral del ser humano.

En otras palabras, el cuestionamiento de la educación actual llega a sus últimas raíces cuando la filosofia conformacional adopta una base metafisica realista y efectua una crítica a la voluntad de poder de la racionalidad instrumental de la modernidad. Sin voluntad de verdad no hay educación y por ello debe ser desbaratada primero la voluntad de poder con una labor intelectual crítica, porque está en la base de la racionalidad instrumental de la modernidad.

Finalmente, ¿hay tiempo para salvar de su hundimiento a la presente civilización anética e hipertecnológica mediante una reforma educativa? Una reforma educativa lleva su tiempo, por lo menos una generación, o sea alrededor de veinte años. Sin embargo, los organismos mundiales alertan sobre el poco tiempo que le queda a la presente humanidad para enmendar su rumbo. Incluso el llamado Reloj del Apocalipsis nuclear acorta sus minutos. No obstante, el espíritu pedagógico es optimista pero también es realista. Quizá queda poco tiempo, pero la tarea vale la pena de ser emprendida.

Además, el esfuerzo de reforma servirá para la nueva cultura que habrá de formarse después del hundimiento de la presente civilización y el advenimiento de la inevitable barbarie. ¿Acaso no es más factible pensar en una reforma educativa como tabla de salvación, mientras que otros piensan que ésta se encuentra en la protesta de los jóvenes, mujeres y movimientos minoritarios?

Por los problemas y alternativas planteadas Educacion y desarrollo humano del filósofo trujillano Victor Baltodano Azabache es un libro valioso en las actuales circunstancias de desintegración de los procesos educativos en el mundo. Y porque hace meditar sobre la raíz del problema educativo en el desastrado mundo actual.

Lima, 07 de Febrero del 2020

martes, 4 de febrero de 2020

HEGEL Y EL DELIRIO PROMETEICO DE LA MODERNIDAD


HEGEL Y EL DELIRIO PROMETEICO
DE LA MODERNIDAD
Gustavo Flores Quelopana
Ex-Presidente de la Sociedad Peruana de Filosofia
 Hegel y el delirio prometeico de la modernidad
P R Ó L O G O


¿Qué queda de su pensamiento a 250 años de su nacimiento y 189 años de su muerte? ¿Su fantasma recorre nuestro tiempo?

Todavía recordamos cómo la conmoción de la Primera Guerra Mundial revivió al neotomismo y junto a este al hegelianismo. Se reivindicó al joven Hegel y su orientación existencial.

La Fenomenología fue subestimada, pero volvió por sus fueros tras el cambio de época que representó la caída del socialismo soviético y el triunfo de la globalización neoliberal. Con Francis Fukuyama el capitalismo se proclamaba la culminación de la historia y del Estado universal.

Más, con la crisis de hegemonía, la decadencia de Occidente, la crisis ecológica y la aparición de nuevos centros de poder mundial, la Fenomenología vuelve a ser reenfocada como el estudio del espíritu humano en su desarrollo.

Pero ahora es la Lógica la que mortalmente resucita de su olvido, porque se ve con más claridad que el talón de Aquiles de todo su sistema es lo nos amenaza en el mundo actual.

Lo Absoluto como inmanencia y ésta como dialéctica no se sostiene más. El endiosamiento del hombre y la negación de la trascendencia divina llevaron directamente hacia la decadencia de una civilización descreída, sin valores superiores y en peligro mortal de fenecer.

El Dios hegeliano es un Absoluto que se despliega en lo inmanente temporal. Por ello, es un naturalismo panteísta. La negación de la religión trascendente como racionalidad no-instrumental resultó ser más nefasto para la presente civilización al sobrevivir tan solo lo temporal, el devenir universal, un dios inconsciente que deviene.

Al final un maremágnum de ciencia y tecnología nos asfixia en un gravísimo déficit de sentido moral. La filosofía hegeliana es la expresión más genuina del delirio prometeico de la modernidad.

Una humanidad que conquista el mundo pero que se pierde a sí misma, no es una humanidad con porvenir.

El hombre de nuestro tiempo se ha temporalizado a tal extremo, corre tan deprisa, que no tiene tiempo de estructurar su propia persona y con ello cae en la anomia más brutal, espantosa y disolvente.

El neobrutalismo impera. No hay duda que “la muerte del hombre es una realidad” y dejó de ser un mero lema filosófico. Hegel pertenece a la mascarada romántica de una modernidad enferma y finisecular.

Lima, 04 de Febrero 2020