miércoles, 12 de agosto de 2020

FILOSOFIA DE LA NADA (II)


 FILOSOFIA DE LA NADA (II)

Por Gustavo Flores Quelopana
La imagen puede contener: ‎texto que dice "‎FILOSOFIA DE LA NADA Mr 0 ק ma GUSTAVO FLORES QUELOPANA‎"‎


3
LA NADA ANONADADA

§ 43.- La Nada anonadada es el devenir del ser categorial en los diversos modos de ser. Pero mientras las categorías son invariables (cualidad, cantidad, medida), las cualidades cambian según las cosas que se estructuran en los diversos niveles del ser.
§ 44.- El paso del ser puro indeterminado al ente es también el paso de la Nada potencial a la Nada anonadada por el devenir. El ser primero infinito crea de la nada, y el ser creado finito es una contradicción permanente de ser y no-ser, amenazado por la destrucción y la muerte. Por eso, en los entes creados la existencia es añadida a la esencia. El único ser sin cambio, sin tiempo y sin la amenaza de la nada es el Ser primero.
§ 45.- El devenir es el paso del ser a la nada y de la nada al ser. Pero no es la nada pura ni la nada potencial, sino la nada anonadada. ¿Pero cómo deviene el ser puro indeterminado al ser categorial, la nada potencial a la nada anonadada? El ser puro indeterminado es ser real, como tal contiene los grados del acto y de la potencia en su más mínimo nivel. La esencia posibilita el ser real en su grado potencial y actual. El Acto tiene un doble sentido: en el Ser perfecto no tiene grados, en el ser real se presenta con grados. Lo mismo acontece con la Potencia: en el Ser perfecto es el poder total sobre el ser, en el ser real es un poder gradual. Pero el ser de la esencialidad y de la quiddidad es el reposo en sí mismo. Nada temporal es posible sin una razón fuera del tiempo. La ratio essendi es intemporal. Esto es, hay una oposición entre el ser esencial y el ser temporal real. La esencia es en Dios, la quiddidad en los seres finitos. Por eso, el Ser eterno da el ser al ser finito. Así, el fundamento del ser real es su esencia. Por ende, es en la esencia del ser real donde reside el paso del ser indeterminado al ente categorial.
§ 46.- En el devenir del ser categorial esencia y existencia tienen existencia separadas. Sólo en el Ser primero la existencia es esencia. Pero hay seres reales que por su esencia están llamados a existir, a pasar de la potencia al acto, del no- ser al ser, a devenir. O sea, si el ser real es temporal y si no hay cosas sin esencia, por tanto, hay esencias intemporales que configuran la necesidad de tiempo del ser real. Lo finito es lo que tiene necesidad de tiempo para llegar a ser. Lo Infinito es el ser mismo, el ser eterno. De manera que, si la esencia del ser real finito es darse separado de la existencia, en esa y por esa escisión entre esencia y existencia se da el devenir. Por ello, el ser real finito siempre es una existencia que trata de alcanzar su esencia. Y en esa trayectoria se da su destrucción, muerte o salvación.
§ 47.- La nada anonadada es el paso del no-ser al ser y viceversa. Ese desarrollo de un cambio gradual y continuo de un germen oculto y latente no tiene que ser necesariamente antiabsolutista. Pues el ser real como acto depende del acto puro del Ser absoluto primero.
§ 48.- En el anonadamiento de la nada se producen los diferentes niveles del ser: energía, materia, vida y conciencia. Pero el suceder histórico no sigue un proceso natural. Por ende, el evolucionismo del devenir del ser categorial no se restringe a las leyes naturales, sino que extiende la explicación de totalidades y estructuras a un proceso espiritual. O sea, la vida del espíritu o de la conciencia no puede explicarse por leyes naturales y causales porque rige el principio de la libertad.
§ 49.- El primer nivel de la nada anonadada o ser categorial corresponde al surgimiento, en la primera fracción de segundo, del espacio-tiempo por la cualidad del movimiento de la energía. Si la energía proporciona capacidad de cambio, la materia proporciona capacidad de estructura. Aquí la ciencia física presenta la siguiente división: 1. Universo muy primigenio dividido en tres partes: a. una única fuerza fundamental, con partículas tan calientes que tenían una energía muy alta (época de Planck: antes de a 10–43 segundos), b. surgimiento de las cuatro fuerzas fundamentales (época de la Gran Unificación), y c. universo deja de ser frio y vacío y se presentan primeros estados del Big Bang (época de la inflación cósmica), 2. Universo inicial (época electrodébil, época del hadrón, nucleosíntesis, dominación de la materia); 3. Universo actual: con formación de estructuras (cuásares, galaxias, estrellas, planetas); 4. Universo en muerte térmica (estado de energía menor donde todas las estructuras se destruyen). Las cuatro fuerzas fundamentales (gravedad, electromagnetismo, fuerza nuclear débil y fuerza nuclear fuerte) son fuerzas ordenadoras de la materia pura. La cosa que llena el espacio es materia informada. Los siguientes niveles corresponden a la materia, la vida y la conciencia. Cabe mencionar aquí que el concepto aristotélico de materia es ambivalente, porque oscila entre lo ya informado y lo totalmente informe. Por eso, su unidad mediante el concepto de hylé o naturaleza fracasa.
§ 51.- Las partículas son para el hilemorfismo materia y forma, para el sustancialismo sustancia y modo, y para el procesualismo entidad y proceso. Entonces, ¿cómo caracterizar la realidad física? No hay inconveniente de adoptar el modelo conceptual de “elementos-estructura”, porque las estructuras cambian y los elementos permanecen. La cesación inorgánica sería un cambio relativo a la estructura. En lo inorgánico no hay muerte, hay destrucción. El cual se define como permanente cambio estructural. Pero los elementos últimos no cesan. Lo cual no significa que sean eternos, ni intemporales. Simplemente duran y se transforman.
§ 52.- Para el monismo la realidad no se divide en ella y su principio, sino que la realidad es fenómeno. Los idealistas y realistas identifican el esse con la ratio. Mientras que los nominalistas rechazan dicha identificación porque niegan la existencia de la ratio essendi. Aquí admitimos la distinción entre ratio essendi y ratio cognoscendi, porque la razón esencial es ideal y hace posible el ser real. La esencia posibilita la realidad de lo real. Ser es ser en la realidad y también en un principio ideal, trascendente e infinito. De modo que toda ratio no es ratio cognoscendi, sino también ratio essendi. Lo real del ser categorial se determina por sus principios, y ello no significa confundir lo real con sus postulados racionales, porque lo ontológico es antes que lo gnoseológico en el orden del ser. La realidad categorial es un proceso de doble dirección -material y espiritual- porque junto al ser finito está el ser eterno. O sea, hay tiempo porque hay eternidad.
§ 53.- Los entes inanimados, animados y espirituales son realidades en sí que contienen y desarrollan su propia esencia. Esa realidad se llama la ousía o sustancia, mientras que la esencia es la determinación quídica inseparable del ente y que le sirve de fundamento. Esto significa que la cosa es lo que era, puesto que su esencia se sustrae al devenir temporal. En cambio, para Heidegger la verdadera ontología descansa en la temporalidad del ser y a la perspectiva de lo eterno le pone un candado. Su desdeño por la escolástica y su ánimo anticristiano lo predispone a distorsionar la ontología y desdeñar la analogía entis para despejar el sentido del ser. Heidegger reconoce que el espíritu humano está “en la verdad y en la no verdad” y sólo admite la verdad de juicio. Mientras que Santo Tomás distingue cuatro sentidos de verdad, y la más eminente es la ontológica, como el ser que se revela y se explica (De veritate, q. 1, a 1) El pensador tudesco se niega a admitir que sólo Dios está en la verdad de un modo ilimitado.
§ 54.- Esencia no es lo mismo que objeto, porque esencia es posibilidad y objeto es acto, existencia. En la materia espacial la sustancia tiene su origen en la forma esencial, donde materia y forma son inseparables. En los seres vivos la forma es el alma. Por ello, la sustancia también abarca los seres espirituales. La forma esencial aquí expuesta, está más cerca del eidos de Platón, que del morfé de Aristóteles. Porque mientras que el eidos es una esencia general, el morfé aristotélico es de carácter individual. Cada cosa tiene su morfé.  La contraposición es clara, la esencia en Platón es general mientras que en Aristóteles es individual. Para Platón las ideas son perfectas, para Aristóteles las cosas individuales son perfectas. Además, para él la materia es potencia y no hay materia prima. De ahí que el peripatético conciba la sustancia como forma más materia, en vez de atribuirle esencia. Y es que para Platón el eidos se deriva de la perfección del ser o las Ideas, mientras que en Aristóteles las ideas son un tercer género destinado a probar su absurdidad. En una palabra, Aristóteles no conoce la forma esencial, sino sólo la forma individual.
§ 55.- En la nada anonadada del devenir del ser categorial se plasman las formas puras o arquetipos del Logos divino. Esa acción creadora del Ser absoluto es causalidad de los arquetipos eternos, donde el ser potencial arquetípico es superior al ser actual de las cosas.
§ 56.- Ahora bien, ¿todo este proceso de desarrollo de la Nada anonadada o devenir del ser categorial es determinista o finalístico, mecanicista o teleológico? ¿Quizá sea fruto del azar, como quiere Monod? O ¿probabilista indeterminista, como pretende Heisenberg? Kant en la segunda parte de la Crítica del Juicio presenta, en la dialéctica del juicio teleológico, la antinomia de que todas las cosas materiales han sido producidas por leyes meramente mecánicas y la afirmación contraria de que no es posible la producción de cosas materiales por leyes meramente mecánicas. En la filosofía trascendental kantiana la solución no es parte de la ciencia ni de la teología, ni del idealismo objetivo ni del realismo teísta, sino que es un tema de la crítica de razón pura en el marco del juicio reflexivo. Lo teleológico se inserta así en el mundo fenoménico sirviendo de enlace con el mundo de la libertad. Pero nuestro punto de partida ha establecido que, no pudiendo haber una Nada absoluta se hace necesario admitir un Ser absoluto, que además es Persona omnisciente, que crea el mundo con un propósito salvífico definido, y, por ende, el universo no puede ser fruto del azar, del indeterminismo probabilístico, ni del mero determinismo causal, sino de un finalismo teleológico providencialista.
§ 58.- O sea, superar la nada anonadada exige una perspectiva que no es gnoseológica sino ontológica. No confundir el ser del pensar con el ser de la cosa, la ratio essendi con la ratio cognoscendi. La ratio cognoscendi necesita del esse para ser. De ahí que, la duda metódica cartesiana sea invertida de dirección: No pienso y luego existo, sino existo y luego pienso. Y lo mismo acontece con el “ser es poner” del kantismo: El pensar pone el ser cognoscendi porque se mueve dentro ser essendi. Sin esta inflexión no es posible la superación del homo deus de la modernidad, que está llevando al pensamiento y a la civilización a su colapso.
§ 59.- El finalismo teleológico providencialista no es un desarrollo unilineal, necesario y constante de la materia ni del espíritu. O sea, no es necesariamente un progreso. No obedece a esquemas preestablecidos, ni excluye extinciones. Y ello es así tanto en el orden de la naturaleza y en la historia, más no en el orden de la Revelación. Así, por ejemplo, establecido el Plan preternatural -Creación, Caída, Redención y Consumación- no sólo la lucha contra el pecado es permanente, sino que la nueva creación está en manos de Dios. 
§ 60.- La materia, la vida y la conciencia revelan que el desarrollo tiene un sentido, a saber, de lo simple a lo complejo. Los seres espirituales son creados directamente por Dios. Cada nivel tiene sus leyes irreductibles, pero también está presente una reducibilidad. En todo lo cual lo teleológico está insertado en el mundo material, de la vida y el de la libertad. Ciencia, filosofía y fe tienen su validez cada uno en su propio ámbito: el empírico, el metafísico y el preternatural. Pero ello no es óbice para excluir una visión total de las cosas.
§ 61.- La ciencia sólo demuestra la creciente complejización de la materia en la evolución, pero nada puede decir sobre Dios, el Ser absoluto y el alma. Cuando lo hace se desliza hacia el materialismo metafísico (Dawkins, Hitchens, Dennett y cía.). El ámbito de la filosofía y de la fe revela que el desarrollo evolutivo es parte del acto creador de Dios. Y esto no es certidumbre empírica, sino certidumbre metafísica, búsqueda de los primeros principios.
§ 62.- Cosa similar fue emprendida por Teilhard de Chardin. Su gran legado, como lo resalta Claude Cuénot (P. T. de Chardin. Las etapas de su evolución, Taurus, 1958), fue pensar la síntesis entre la fe en lo trascendente y la fe en lo inmanente. La diferencia con él es que no se suscribe aquí una convergencia cósmica donde la inmanencia de la naturaleza va por sí misma a lo divino. La cosmogénesis no se concreta en la Cristogénesis en una ascensión autónoma al Ser absoluto, sino que el universo escatológico retorna a Cristo por propia voluntad de Dios.
§ 63.- Los seres espirituales están destinados a la visión beatífica de Dios tras una previa prueba, después de lo cual la materia pura sin vida será reestructurada de la Caída. Así, el hombre es un capax dei, capaz de ser llenado por Dios, y la naturaleza también, pero en dependencia con la libertad humana.  
§ 64.- El panorama completo de la realidad natural, vital y espiritual, o sea, del ser categorial, sólo es posible cuando se recibe la virtud sobrenatural de la fe y el don del entendimiento. Tras lo cual se simplifica lo complejo y lo más importante se vuelve la relación del alma con Dios. Ese es el punto de inflexión de la Nada anonadada o el ser categorial. Desobedecer las leyes de esta realidad nos quebranta a nosotros mismos y nos esclaviza al desarrollo categorial de la nada anonadada.
§ 65.- No es la evolución ni la libertad la que le devuelve al hombre su casa cósmica y le posibilita superar la nada anonadada, sino Dios. En cambio, el hombre moderno es un ser enfermo porque no tiene casa cósmica. O más bien, su propia casa cósmica está degradada por su propia acción libre. Y en la modernidad no tiene casa cósmica porque vive su libertad sin Dios, en vez de hacerlo con Él. Sin casa cósmica Buber ha planteado como alternativa la relación interpersonal Yo-Tú. Pero esta solución secularista está condenada al fracaso, porque el acceso al ser no es el prójimo sino los dones sobrenaturales de la Gracia. Si el acceso al ser fuese el prójimo, ello llevaría a la divinización de la humanidad y colocaría lo divino en el tiempo.
§ 66.- El Ser absoluto, que es Dios, creó el universo de la nada por amor, siendo la Trinidad Una y distinta a su creación. Pero el Amor no es una emoción, aunque puede producir una emoción. El Amor, junto a la voluntad y la sabiduría, es un trascendental de Dios que conforma su constitutivum metafísico.
§ 67.- En el ser finito el amor crea emociones corporales y tiene sus efectos sobre el estado del alma material de los animales y del alma espiritual de los seres racionales. Pero ello no es el Amor mismo. Por eso, más valor tiene escoger a Dios no por la emoción del amor, sino por el don sobrenatural de elegir el bien supremo como nuestro. Si no fuese así, no sería posible amar al enemigo y no solamente al prójimo.
§ 68.- Comprender la nada anonadada o el ser categorial oponiendo el espíritu al impulso como dos fuerzas metafísicas fundamentales y derivadas de un fundamento divino impersonal, como lo hizo el último Scheler panteísta, es una falsa solución. Y esta concepción lo único que refleja es el trastorno y desequilibrio del hombre moderno, que se debate entre los impulsos que atormentan su alma sin Dios.
§ 69.- Pero hay una forma que erróneamente entroniza a la nada anonadada y el ser categorial. Consiste en eliminar al Dios trascendente de la mirada inmanente, reducir el mundo a lo útil, ver al prójimo como lo anónimo fútil y reconocer al hombre que llega a “ser uno mismo”, eliminando de esa forma el amor y la solidaridad. Esta concepción patológica del mundo moderno, que la aplaude, es la representada por Heidegger. Reducido el ser a la temporalidad, el ser anonadado reina sobre los espíritus oscurecidos.
§ 70.- Por último, la nada anonadada encuentra su consagración en el pensamiento débil, la aceptación del nihilismo, el rechazo de la trascendencia de Dios y la proclamación de la muerte de la metafísica. En esta concepción llega a su clímax el cuestionamiento del hombre como ser racional y la idea de su esencia como ente hermenéutico. Representada por Gianni Vattimo, se llega al extremo de ver la kénosis de Dios en la Encarnación, el vaciamiento de su voluntad en lo inmanente, como la única forma de hablar de Dios. Si Kierkegaard ve una relación personal con el Absoluto trascendente, sin mundo, ni prójimo, un siglo después, Vattimo lo ve en uno inmanente, andrógino y subjetivante. Este planteamiento lejos de constituir la madurez de la antropología filosófica representa su disolución en medio de la decadencia cultural. Cosa que acontece por motivos sociológicos (disolución de la familia, de la identidad sexual, gremial, política) y prácticos (hegemonía completa del pensar técnico-científico, retroceso de las humanidades a su mínima expresión, arrollador avance de las máquinas y de la inteligencia artificial, y el acontecer de la economía y política que desbordan la voluntad humana).
§ 71.- Si la nada anonadada o el ser categorial culmina con la conciencia, entonces se justifica la constatación de lo que ha acontecido con el Hombre. Desde que el cosmos se volvió infinito, la respuesta cosmológica de Aristóteles y la teológica del Aquinate perdieron vigencia. La pregunta: Qué es el hombre, surgió en la modernidad con Kant. Hegel no arranca del hombre sino de la Idea. Marx parte de la historia. Nietzsche lo hace desde la voluntad de poder. Más, si Husserl en su momento afirmó que la humanidad era el principal fenómeno histórico, ahora tenemos que ese lugar lo ocupan gradualmente las máquinas. Si la inseguridad social, política y técnica hizo que en su momento la antropología filosófica madurara, en cambio, actualmente se vive su declive más proverbial, que refleja la crisis terminal del hombre moderno.
§ 72.- Pero lo ilimitado del cosmos hace que resuene con fuerza lo eterno e infinito, que no puede ser contenido indefinidamente en la inmanencia del Yo moderno. Porque el hombre es el ser finito que participa de lo absoluto, no puede permanecer para siempre en las garras de la nada anonadada.

Sinopsis. -
La Nada anonadada es el devenir del ser categorial en los diversos modos de ser. El paso del ser puro indeterminado al ente es también el paso de la Nada potencial a la Nada anonadada por el devenir. El devenir es el paso del ser a la nada y de la nada al ser. Pero no es la nada pura ni la nada potencial, sino la nada anonadada. En el devenir del ser categorial esencia y existencia tienen existencia separadas. Y por esa escisión entre esencia y existencia se da el devenir. En el anonadamiento de la nada se producen los diferentes niveles del ser: energía, materia, vida y conciencia. Pero el suceder histórico no sigue un proceso natural. En el mundo inorgánico la nada anonadada se presenta como cesación externa. Esa incapacidad de existir por sí mismo la comparte con la materia prima. Ser es ser en la realidad y también en un principio ideal, trascendente e infinito. De modo que toda ratio no es ratio cognoscendi, sino también ratio essendi. Lo real del ser categorial se determina por sus principios, y ello no significa confundir lo real con sus postulados racionales, porque lo ontológico es antes que lo gnoseológico en el orden del ser. La realidad categorial es un proceso de doble dirección -material y espiritual- porque junto al ser finito está el ser eterno. O sea, hay tiempo porque hay eternidad. Los entes inanimados, animados y espirituales son realidades en sí que contienen y desarrollan su propia esencia. Esa realidad se llama la ousía o sustancia, mientras que la esencia es la determinación quídica inseparable del ente y que le sirve de fundamento. Esto significa que la cosa es lo que era, puesto que su esencia se sustrae al devenir temporal. Esencia no es lo mismo que objeto, porque esencia es posibilidad y objeto es acto, existencia. En la materia espacial la sustancia tiene su origen en la forma esencial, donde materia y forma son inseparables. En los seres vivos la forma es el alma. Por ello, la sustancia también abarca los seres espirituales. En la nada anonadada del devenir del ser categorial se plasman las formas puras o arquetipos del Logos divino. Esa acción creadora del Ser absoluto es causalidad de los arquetipos eternos, donde el ser potencial arquetípico es superior al ser actual de las cosas. El universo no es fruto del azar, del indeterminismo probabilístico, ni del mero determinismo causal, sino de un finalismo teleológico providencialista. O sea, superar la nada anonadada exige una perspectiva que no es gnoseológica sino ontológica. No confundir el ser del pensar con el ser de la cosa, la ratio essendi con la ratio cognoscendi. La ratio cognoscendi necesita del esse para ser. De ahí que, la duda metódica cartesiana sea invertida de dirección: No pienso y luego existo, sino existo y luego pienso. Y lo mismo acontece con el “ser es poner” del kantismo: El pensar pone el ser cognoscendi porque se mueve dentro ser essendi. Sin esta inflexión no es posible la superación del homo deus de la modernidad, que está llevando al pensamiento y a la civilización a su colapso. El finalismo teleológico providencialista no es un desarrollo unilineal, necesario y constante de la materia ni del espíritu. O sea, no es necesariamente un progreso. No obedece a esquemas preestablecidos, ni excluye extinciones. Y ello es así tanto en el orden de la naturaleza y en la historia, más no en el orden de la Revelación. La materia, la vida y la conciencia revelan que el desarrollo tiene un sentido, a saber, de lo simple a lo complejo. Los seres espirituales son creados directamente por Dios. Cada nivel tiene sus leyes irreductibles, pero también está presente una reducibilidad. En todo lo cual lo teleológico está insertado en el mundo material, de la vida y el de la libertad. Los seres espirituales están destinados a la visión beatífica de Dios tras una previa prueba, después de lo cual la materia pura sin vida será reestructurada de la Caída. Así, el hombre es un capax dei, capaz de ser llenado por Dios, y la naturaleza también, pero en dependencia con la libertad humana. El panorama completo de la realidad natural, vital y espiritual, o sea, del ser categorial, sólo es posible cuando se recibe la virtud sobrenatural de la fe y el don del entendimiento. No es la evolución ni la libertad la que le devuelve al hombre su casa cósmica y le posibilita superar la nada anonadada, sino Dios. El Ser absoluto, que es Dios, creó el universo de la nada por amor, siendo la Trinidad Una y distinta a su creación. Pero el Amor no es una emoción, aunque puede producir una emoción. El Amor, junto a la voluntad y la sabiduría, es un trascendental de Dios que conforma su constitutivum metafísico. Lo ilimitado del cosmos hace que resuene con fuerza en nosotros lo eterno e infinito, que no puede ser contenido indefinidamente en la inmanencia del Yo moderno. Porque el hombre es el ser finito que participa de lo absoluto, no puede permanecer para siempre en las garras de la nada anonadada.

Comentario. -
Se ha tratado el Amor en el término de nuestra reflexión sobre la Nada anonadada y el ser categorial. Y existe la tendencia a ver el amor en el éxtasis místico. Pero ello no siempre es así. Para el caso examinemos los éxtasis místicos de Plotino.
Si hemos de creerle a Porfirio, durante los seis años que vivió en compañía de Plotino éste experimentó cuatro éxtasis. De dónde procedieron los éxtasis de Plotino. ¿Vinieron de Dios o de otras potencias preternaturales? Enseña la historia de las religiones y la teología que lo Sobrenatural es la actuación que va más allá de cualquier naturaleza creada y es la forma de obrar sólo de Dios. Mientras que lo Preternatural es la forma de actuación que va más allá del obrar de la naturaleza material y que puede ser fruto de la actuación de una naturaleza angélica o demoníaca. Lo natural es la forma de actuar que se conforma al obrar de la naturaleza. Si el éxtasis es el experimentar la unión mística con Dios mediante la contemplación y la disminución de las potencias orgánicas, ¿fue esta dicha la que conoció Plotino? ¿Ese ardiente anhelo de unión con la sublime unidad con que culmina la metafísica de la luz del yo ideal de la filosofía griega no es en el fondo la misma aspiración unitiva del ancestral panteísmo de los brahmanes? ¿No hay acaso éxtasis natural –acto de conocer, amar, ingesta de alucinógenos, por ejemplo-, éxtasis preternatural –inducido por ángeles o demonios- y éxtasis sobrenatural –venido de Dios-? En cuál de ellas es clasificable los éxtasis de Plotino. El estudio del éxtasis está comprendido dentro de la historia de la mística. Y mística junto al éxtasis hay desde el paleolítico inferior hasta nuestros días. Desde los pueblos prehistóricos hasta las culturas primitivas, culturas superiores y la presente era secularizada, hay mística junto a fenómenos de éxtasis. Así, el famoso estudio de Mircea Eliade, El Chamanismo y las técnicas arcaicas del éxtasis, ilustran una de las muchas formas de éxtasis dentro de la historia de las religiones. ¿Pero todas sus formas vienen de Dios? Por eso, yo quisiera comprender la historia de la mística en cinco edades: 1. La edad arcaica o prehistórica de la incompresible unión con lo numinoso, 2. La edad ancestral de la unión con el absoluto impersonal, 3. La edad antigua clásico-mítica del yo ideal, 4. La edad de la fe, y 5. La edad de la apostasía o secularización extendida. Así, por ejemplo, en la edad arcaica o numinosa el chamán trata con seres celestes, espíritus de los muertos, demonios, semidioses y logra una visión del mundo paradisíaco; en la edad ancestral se diseña una disciplina mental para reintegrarse en lo sagrado y transhistórico; en la edad clásico-mítica lo mítico es desplazado por una metafísica para elevarse hacia la unidad; en la edad de la fe los místicos presentaban éxtasis espectaculares; en la edad de la apostasía los místicos dentro y fuera de los conventos exhiben vocaciones accesibles en la vida ordinaria.
No está demás dejar apuntado que lo singular de la mística arcaica es que es comunicable, mientras que en la mística superior de las grandes religiones –especialmente cristiana- hay contenidos no comunicables. Ejemplo de esto último lo hallamos en el rapto místico de Santo Tomás de Aquino, acto tras lo cual dice: “Después de lo visto por gracia divina, admito que todo que he escrito es paja”. Si quisiéramos presentar un esquema de la presencia universal del fenómeno místico en las diversas religiones se tendría que admitir su fenomenología en: 1. Las religiones de integración (prehistoria, pueblos primitivos, siberianos, amerindios, oceánicos, indochinos, australianos, africanos); 2. Las religiones de servicio (Egipto, Mesopotamia, Indoeuropeos, Celtas, Eslavos, Germanos, Griegos y Romanos, Semitas, Cananeos, China, Japón, Azteca, Maya, Incas); 3. Las religiones de liberación (Maniqueísmo, Gnosticismo, Hinduismo, Budismo, Jainismo, Taoísmo, Confucionismo); 4. Las religiones de salvación (Mazdeísmo, Judaísmo, Cristianismo, Islamismo); 5. Las religiones seculares (industrialismo, fascismo, marxismo, liberalismo, cientificismo, materialismo práctico).  Ahora bien, Maritain dijo una vez que el éxtasis de Plotino no es el ejercicio supremo de la mística sino el punto de desvanecimiento de la metafísica. Pues la metafísica por sí sola no puede procurar el éxtasis místico. Según Porfirio, este rapto extático que aparece cuatro veces en la vida de Plotino es la luz intelectual inspirado por un demonio superior que habitaba en él y que se apareció en forma sensible cuando muere. Cuando Plotino entrega su espíritu, bajo su lecho una serpiente se desliza para desaparecer en un agujero de la pared. Para Maritain lo que acude en el éxtasis de Plotino es el eros metafísico de las naturalezas intelectuales sobrehumanas rectoras de este mundo. En otras palabras, allí donde todavía no reina Cristo la razón natural que tiene una tendencia propia hacia la búsqueda de la verdad es orientada o confundida, preparada o engañada por las naturalezas intelectuales angelicales o demoníacas. Si esto es así, entonces significa que ni el demiurgo platónico del Timeo, ni las tres potencias plotínicas (el Uno, la Inteligencia y el Alma) eran capaces de provocar un éxtasis sobrenatural. Pero no había inconveniente que sin el auxilio de la Revelación sí produjeran un éxtasis natural y preternatural. Con esto quedó confirmado no sólo que Platón y Aristóteles son los padres de la teología natural –conocimiento de ciertas características de Dios (espíritu, principio, ordenador, bueno, puro, primer motor) por medio de la sola razón humana-, sino que la razón sin el auxilio de la fe es incapaz de alcanzar las verdades sobrenaturales del misterio divino (Creación, Trinidad, Encarnación, Resurrección, Salvación). No se trata de dudar de los éxtasis de Plotino y de la versión de Porfirio, de lo que se trata es de esclarecer la fuente de donde provinieron los éxtasis plotínicos. Y por el relato de la serpiente, se puede columbrar que dicha fuente fue demoníaca. La pregunta aquí es: ¿puede el demonio estar interesado en un ardiente anhelo de sublime unidad metafísica con lo divino? Y la respuesta es positiva, sobre todo a la luz de la inminente llegada del mensaje de Cristo. Dejar sentada la oposición entre la unidad metafísica a la unidad de la fe sería el principal objetivo. Allí donde Cristo no reina todavía se le permite al agón griego dar los últimos coletazos insistiendo en la vía metafísica de ascenso personal hacia lo divino. Pero lo que caracteriza al amor cristiano es que Dios viene al hombre para salvarlo. Por ello, como subraya Max Scheler, el principio metafísico griego es frio, no ama, ni se le puede amar, es la ley del destino lo que gobierna el universo y dentro de él lo único que le queda al hombre superior es ser sabio. Más el cristianismo viene para los legos, los que no pueden llegar a Dios, pero reciben su auxilio amoroso. La metafísica cristiana tiene una dirección soteriológica inversa a la griega. Tampoco hay duda de que el éxtasis de Plotino responde a una forma por excelencia del conocimiento de lo real, como una manera de estar ante la presencia viva de la realidad y que responde a una ontología de lo concreto. El otro extremo lo representa Aristóteles con el conocimiento conceptual deductivo, abstracto y nocional, que logra un esquema de lo real y responde a una ontología abstracta. Pero ninguno de los dos llega a comprender el origen de la realidad misma, que es Dios. Para ello sería necesaria la revelación.
Cuando Pablo de Tarso habla en Atenas a los idealistas de la Estoa y a los platónicos -y no hay duda de que también lo escucharían los partidarios de las sustancias hipostasiadas de los plotinianos- ya se había cerrado la brecha entre el pensamiento y la sabiduría increada. La filosofía griega que identificó el Logos como la eterna sabiduría de Dios, sin la revelación estaba ciega para comprender a ese mismo Dios. Pero esa brecha de la metafísica griega de las esencias sería cerrada por la metafísica cristiana de la existencia. Efectivamente, sin la concepción de Dios como persona suprema, omnisciente, omnisapiente y omnipotente no era posible superar el horizonte mental griego con su principio metafísico supremo del Nihil ex nihilo o Nada viene de la nada. Es precisamente San Agustín quien con gran acierto señala que el que busca a Dios con ciencia y sin fe es engañado por "potestades aéreas" con sus "poderes mágicos", que no es sino el "diablo transfigurado en ángel de luz". En una palabra, en cierta forma los éxtasis místicos de Plotino eran la forma máxima preternatural a que se podía llegar en la vida mística occidental antes del reinado de Cristo. De alguna manera los éxtasis plotínicos son parte de la pedagogía divina antes de la revelación. Tuvieron lugar no para que el espíritu humano se perdiera en las tinieblas, sino para conocimiento y sabiduría del hombre en su camino hacia Dios.

4
LA NADA ANONADANTE

§ 73.- La Nada anonadada es el devenir del ser categorial en los diversos modos de ser inanimados y alma irracional. En cambio, la nada anonadante se da en los seres racionales de índole espiritual. La Nada anonadada se manifiesta en todo ente cuya evolución encuentra su base en la separación entre esencia y existencia. La Nada anonadante es privativa del ser racional y espiritual que toma conciencia de la escisión de su ser en esencia y existencia. Las cosas existen, pero no saben que existen, por lo cual discurren sin saber que son. Por el contrario, existir es poder darse a sí mismo una esencia. Por ello, la existencia es libertad, Junto al cogito cartesiano está el cogito existencial de la angustia ante el existir. En dicha angustia anida la nada anonadante del existente racional.
§ 74.- La nada anonadante tiene su impulso superior en el esfuerzo racional del ser espiritual por alcanzar su esencia en su existencia como ser real finito. Movimiento del espíritu que va más allá de la destrucción y de la muerte, dirigiéndose hacia la salvación personal. La nada anonadante es un movimiento del espíritu por el cual se vive la existencia como una posibilidad. La nada anonadante es la fatalidad de lo posible frente a la fatalidad de lo cumplido.
§ 75.- La Nada anonadante o de la existencia racional acontece en el hombre particularmente, porque es un ser insuficiente, pues su voluntad, inteligencia y acción son vanas separadas de Dios. Su ser sólo es pleno conociendo y cooperando con Dios. Sin Dios muere la esperanza y la vitalidad superior, y se sigue el menor esfuerzo. Entonces, surge una generación que se hunde en la desesperación y en la presunción. Se dispersa en todo tipo de futilidad.
§ 76.- Los hombres que se aferran a las sombras de la nada anonadante no llegan a ver claro los dones del espíritu. Llevando el olvido de Dios a una vida sin sentido, sin esperanza ni futuro superior. Y lo primero que se pierde es la esperanza de la vida más allá de la muerte. Con ello conciben la conciencia como mera materia evolucionada. Con ello se degrada su sentir y pensar porque separarse del ser es oponerse a la realidad. El materialista, positivista y naturalista no se opone al ser, se integra al ser.
§ 77.- La presencia del Ser absoluto o Dios en el Universo es ontológica, pero su habitar en el hombre es ética, porque espera la invitación nuestra para tal propósito. Sin dicha actitud ética lo que habita en el hombre es la nada anonadante. El yo es el ser de un poder ser, pero cuando se concibe como una inmanencia sin trascendencia el daño a su ser es profundo, porque su existir es alcanzar un ser más allá de lo inmanente.
§ 78.- Sin la gracia divina el alma humana es presa de las más severas divagaciones existenciales en su acción, voluntad e intelecto. Pero con ella los poderes del entendimiento, esperanza y caridad ingresan en ellos. Pero la gracia no sustituye la naturaleza humana, sino que la perfecciona y eleva. Los hábitos se modifican y las virtudes morales se perfeccionan con las virtudes teológicas. No obstante, la lucha contra el mal y el pecado es permanente, siendo que la voluntad y el intelecto pueden desviarse del Ser absoluto o Dios.
§ 79.- Por eso que la existencia surge en el todo del ser y la nada, en un movimiento del pensar que decide el destino de su existir. Toda realidad y existencia participa del ser, más la participación del existente es una posibilidad de su libertad para elegir lo bueno.
§ 80.- La nada anonadante no es la esencia del hombre, sino la manifestación de una existencia por darse una esencia. Ese darse una esencia no es un primado de la existencia sobre la esencia, porque la esencia es la inteligibilidad de la existencia. Es más bien, el cumplimiento de las posibilidades de la esencia en la existencia.
§ 81.- De modo que el hombre tiene una “naturaleza”, su consistencia no es de índole exclusivamente ni esencial ni existencial. Porque su esencia no es nada sin su existencia, ni su existencia sin su esencia. Por ende, su consistencia es la realización de su esencia en su existencia. Con ello se va más allá del existencialismo, esencialismo, la teología dialéctica, el pragmatismo, el sensacionismo, el empiriocriticismo, el instrumentalismo, etc. El hombre es substancia, pero con ello no se establece una analogía con la cosa o la naturaleza, porque su substancia es vivir su esencia como posibilidad abierta en su existencia. No es correcto afirmar que la esencia no corresponde más que a la cosa, porque toda existencia participa de una esencia. Pero, el cumplimiento de la esencia en la cosa es distinta a su cumplimiento en la existencia. En la existencia la esencia involucra conciencia de la finitud y falibilidad, posibilidad, libertad e indeterminación.
§ 82.- Si el Romanticismo dio al hombre conciencia de su naturaleza infinita, el existencialismo hizo sólida la conciencia de su naturaleza finita. Por eso el existencialismo es la crisis final y decisiva del romanticismo. Ese clima filosófico se fue formando con Kierkegaard -existencia como posibilidad que puede no ser-, el pragmatismo -carácter incierto de la existencia humana en el mundo-, neopositivismo lógico -falibilidad esencial del conocimiento-, espiritualismo, neocriticismo y realismo -realidad como totalidad imperfecta-. Lo que ahora debe advenir es la superación de ambos, romanticismo y existencialismo, para hacer sólida la conciencia humana de su naturaleza infinita y finita a la vez. Lo cual no logra la teoría de la acción comunicativa de Habermas por la ausencia del horizonte de la trascendencia. Su pelagianismo kantiano se condice con la identificación de la validez con la facticidad.
§ 83.- El hombre es un ser finito plantado ante lo absoluto no por casualidad, porque es un ser que tiene, no una simple sed de absoluto, sino participación intuitiva de la visión de Dios. Por ello, filosofía y teología no se oponen, sino que se complementan. Sólo se opone cuando la filosofía adopta una postura estrictamente analítica, estrechando el horizonte de la teoría de la razón. Es el caso de la deconstrucción derridiana, donde la propia crítica de la traducción filosófica no puede evitar ser nuevamente filosofía. En su patológica aversión contra lo definido nunca comprendió que la certeza, así como puede destruir, también puede liberar. Nada de ello disminuye su mérito contra el logocentrismo eurocéntrico.
§ 84.- El hombre, siendo un ser finito e infinito, es un ser que lleva lo inmanente en una existencia que sólo se realiza en la Trascendencia. La libre búsqueda de lo trascendente es la realidad del existente en la inmanencia.
§ 85.- La realidad de la Existencia -en cuanto manifiesto, apariencia, fenómeno- es siempre salir de la nada anonadante de una inmanencia dirigida hacia la trascendencia. La interioridad de la realidad del existir es no ser reducido a lo inmanente porque tiene espesor trascendente e infinito.
§ 86.- La Existencia, ni siquiera en la participación intuitiva de la visión de Dios abarca toda su profundidad existencial. Siempre es un movimiento inconcluso. Al final la verdad propia de la existencia es una verdad de fe. En aquel límite no queda más que el silencio.
§ 87.- Ser, Existencia y Realidad son objetos de la metafísica. No es dable afirmar que la Existencia compete al Yo, a la psicología y es temporal. Porque la Existencia tiene su fuente secreta en el Ser y su forma manifiesta en la Realidad. La existencia expresa en lo relativo lo absoluto y eterno, estando y siendo temporal.
§ 88.- En este sentido, la Existencia es la nada anonadada que se suprime sin cesar oponiendo el ideal, el bien y el valor a lo real. Por ende, lo práctico-existencial es más profundo que lo teórico-universal, porque es una interioridad creadora donde ser y acción se fusionan en un acto de producción de sí mismo.
§ 89.- En el hombre la existencia no está condenada a ser libre, ni es esclava de sus condicionantes. Él elige y es responsable de su ser, pero siempre tiene ante sí el juicio de la conciencia que le señala lo que es bueno o malo. No hay moral externa que le indique el camino, pero el primer indicio de la moral lo tiene en su propia conciencia humana. Ello se llama sindéresis, entendida como capacidad natural de la razón práctica para juzgar lo que es correcto. En teología de las religiones se relaciona con las semillas del Verbo. Por ello, la existencia en el hombre no es oposición radical entre naturaleza y libertad.
§ 90.- La existencia humana no es pura contingencia, pues nadie como él siente y realiza en el conocimiento y en la acción el llamado de lo necesario y lo universal. Así, la libertad en la existencia humana no es imposibilidad total de ser, sino imposibilidad de ser total. Para Sartre el hombre parte de la nada y no del ser. En Heidegger el hombre lo es en la medida en que va hacia el ser. En Rorty la metafísica es ilusión, la filosofía es meramente literaria, y en medio de la pura contingencia a los hombres sólo les queda la ironía y la solidaridad. Estas comprensiones unilaterales de la existencia humana se superan cuando se comprende que el hombre parte a la vez del ser y de la nada, de lo necesario y lo posible, y al mismo tiempo reconoce que no puede ir al ser sin que el ser también venga a él. En el neoplatonismo bastaba el impulso anagógico del hombre hacia el ser para llegar a lo Uno. Pero la razón natural tiene su límite y de ahí proviene la justificación de la necesidad de la Revelación.
§ 91.- Por ello, la existencia humana tiene sentido: realizar libremente nuestra esencia humana en la existencia. Al contrario de Heidegger, para quien la vida tiene solamente un sentido: pensar el ser; de Sartre: el sentido humano no existe, es un invento de la libertad; y de Rorty: el sentido es contingente como el hombre mismo. Estas expresiones disolventes de una civilización fatigada llevan al misticismo ocultista del brutal totalitarismo antihumano; al individualismo soberano de todo valor del nihilismo hedonista; y al solipsismo narcisista del liberalismo imperialista. Los cuales conducen a la destrucción de la misma libertad. 

Comentario. –
Pero la nada anonadante afectó a la existencia humana incluso antes de la Caída. Si antes de la Caída el primer hombre era inmortal e incorruptible, esto es, en el Paraíso no había enfermedad, injusticia, dolor y muerte, entonces cómo pudo el pecado lesionar el cosmos y la naturaleza entera. ¿Si la creación era buena, cómo pudo infestarse de mal por un acto moral? ¿Qué significa que lo ontológico participado sea alterado por lo axiológico?
En el espíritu de la época laxa que nos ha tocado vivir, donde los hombres disfrutan siendo malvados y emplean sus horas en perjudicarse y depravarse, esta crucial cuestión teológico-filosófica sobre el mal metafísico ha dejado de ser importante dentro del actual contexto hedonista, relativista y nihilista del hombre y cultura posmoderna, donde, más bien, se ha operado el entronizamiento luciferino de la sociedad amoral mediante la malignización del bien y la desmalignización del mal. No obstante, no se puede reflexionar seriamente sobre la posibilidad de erigir una sociedad del amor sin reflexionar sobre el misterio de la irrupción del mal en la creación.
Dios, Trinidad personal y distinta a su creación, creó el universo de la nada por amor.  Creó los espíritus a su imagen y semejanza y otros, como la materia, no semejantes. En el orden creado se tiene: ángeles o espíritus puros; hombres, tiene materia y alma espiritual; seres vivientes, materia y alma material; y materia no viviente. Dos clases de leyes gobiernan el universo: la natural y la moral. Los seres espirituales están destinados a la visión beatífica, pero tras una previa prueba. Adán, el primer hombre, que era inmortal e incorruptible falló y la raza humana se separó de Dios. Así irrumpe el pecado original y la muerte como estado de imperfección de la raza humana. Entre la Caída y la Redención Dios no abandonó al hombre, preparó a los gentiles con la razón natural y a los judíos mediante la Revelación. Y la misión de Cristo fue rescatar al hombre para la vida eterna reconciliándolo con Dios. Pero cómo lesiona el pecado o el mal la naturaleza no sólo del hombre sino del cosmos entero. En qué consiste dicho daño. Cuál es su significado ontológico-moral. En qué orden temporal acontece dicha transformación.
Para el pensamiento cristiano el mal es una imperfección consustancial a las criaturas. Así, la Patrística griega resalta el aspecto metafísico del mal considerado como una carencia en la creación, mientras que la Patrística latina considera el mal desde el punto de vista moral, como pecado. En San Agustín estos dos puntos de vista se aproximan al sostener que el mal es lo contrario a la naturaleza, pues no hay ninguna cosa que sea completamente mala porque entonces dejaría de ser pura y simplemente. El Pseudo-Dionisio enfatiza ontológicamente que el mal es accidental, y Santo Tomás de Aquino considera que el bien y el ser son paralelos y en consecuencia moralmente el mal no es una realidad en sí, tiene lugar en el sujeto que se priva de un bien por una voluntad o libre albedrío que incurre en pecado.
Esta concepción cristiana rompe con la concepción del mal de la tradición clásica griega que identifica el mal con la materia y el no ser. Así para Plotino el mal ontológico o primario es la materia. Para el gnosticismo la dualidad ontológica fundamental (alma terrena y alma psíquica) determina la oposición entre un Dios malo y un Dios bueno. Cuando Leibniz trata de encontrar una justificación al mal afirma: El mal metafísico no es algo substancial, de lo contrario se destruiría a sí mismo, es más bien algo accidental, una privación, consiste en la limitación e imperfección de todas las cosas; el mal moral es el pecado y los crímenes en que incurre la voluntad humana; y el mal físico es el castigo o la corrección en forma de enfermedad, dolor, injusticia y muerte. Estas tres formas del mal las aborda Leibniz en su Teodicea, para quien en el conjunto del mundo predomina el bien sobre el mal. Dios es bueno y es causa material del mal que consiste en lo positivo, pero no causa formal de éste, pues al crear el universo se produce una lucha entre los posibles para obtener un máximo de realidad, perfección e inteligibilidad.
Otra importante reflexión sobre el mal la brinda Paul Ricoeur (Finitud y culpabilidad), el cual subraya el mal antropológicamente como debilidad constituyente del hombre, expresado simbólicamente en los mitos de creación, del primer hombre y del alma exiliada. De lo expuesto se deduce que la verdad radica en el justo medio de la Patrística latina (enfoque moral) y la Patrística griega (enfoque ontológico), esto es, que el mal no puede ser visto ajeno al acontecimiento de la Caída. De modo que así tenemos: (1) que el mal como privación sólo tiene sentido después de la Caída y no antes, pues enfermedad, dolor, injusticia y muerte acontecen a partir del pecado y no antes. (2) Esto es, el mal metafísico no es algo substancial a la creación, y surge como algo accidental a lo creado a partir del mal moral después de la Caída. La Caída es la piedra de toque para comprender el mal metafísico. Antes de la Caída no hay mal metafísico sino después del mal moral. (3) Si el mal metafísico es consecuencia del mal moral ello significa que el mal moral es un acto de injusticia que quiebra el orden universal, y es así porque más grave que el mal físico es el mal social, dado que no debe soportarse puesto que priva de su ser y su destino. (4) Si el mal metafísico existe es porque se ha quebrado la justicia, como principal valor dignidad que da humanidad a los hombres. Y (5) todo lo cual representa que el orden de la creación no tiene un fin utilitarista o eudemonista, el objetivo principal no es la felicidad o lo útil sino la dignidad del hombre. 
En una palabra, el mal metafísico insurge porque el acontecimiento de la Caída no incumbe a la pregunta qué es el hombre sino a ¿qué debe ser el hombre? No estamos afirmando la doctrina del mal radical inserto en la naturaleza humana -dogma de muchos movimientos religiosos- sino que -como Rousseau- afirmamos la bondad originaria de la naturaleza humana, pero -contra Rousseau- ello no significa rechazar la culpabilidad originaria del hombre.  Hubo pecado original, pero lo hubo no porque los primeros impulsos de la naturaleza humana fueran malos sino por obra del gran Engañador. El hombre fue engañado y seducido, escuchó al gran Mentiroso, su responsabilidad es real y existe, pero eso no niega que los primeros impulsos de la naturaleza humana sean buenos e inocentes. El mal metafísico no viene ni de Dios ni de la naturaleza humana sino de un acto erróneo del hombre al desobedecer y dejarse embaucar por el Demonio. El hombre no es inimputable por la Caída, pero la responsabilidad es compartida con el Perverso. Después de la Caída el hombre se abandona a su instinto natural y a su razón natural, dones dados a todas las culturas por el Creador como semillas del Verbo en su corazón y en su mente, y que demuestran que no lo abandona, pero el instinto natural de autoconservación o amor de sí es distinto al amor propio, el cual surge de la dialéctica del amo y del esclavo como voluntad que se satisface en el dominio o en la sumisión, como fundamento de la depravación de la sed de poder y la vanidad que permite a los hombres convertirse en tiranos.
La dimensión política del problema de la teodicea no representa sustraerlo del centro de la ética ni de la metafísica porque si del mal social, que ha infligido a la humanidad heridas muy profundas, es al hombre a quien corresponde en convertirse en su propio salvador, ello lo efectúa dentro del espíritu del amor al prójimo en su lucha revolucionaria por cambiar el mundo en la perspectiva del Reino. Frente a la sociedad coactiva del poder o del lucro se yergue el desafío de erigir una sociedad ético-política, basado en la justicia y en el imperio de la ley, porque la ley que no es profundamente moral no es ley es ilegalidad. La libertad queda preservada así dentro de un Estado ético, donde la ley la preserva y la libertad se realiza adhiriéndose autónomamente a la ley.
Pero estas conclusiones plantean una seria interrogante de orden temporal. Si antes de la Caída el cosmos era bueno, en el sentido de inmortal e incorruptible, y, por ende, no tiene sentido afirmar que el mal es una imperfección consustancial a las criaturas, entonces a qué orden del tiempo pertenece el estado del Paraíso. Es evidente que no puede pertenecer a todo lo ocurrido después del Big Bang –hace 15 mil millones de años-, debido a que nada escapa a la muerte desde entonces. En consecuencia, a qué orden del tiempo pertenece lo acontecido antes de la Caída.
El estado de inmortalidad e incorruptibilidad de la creación antes de la Caída no puede radicar en la eternidad, pues lo único eterno es Dios. Tampoco en la eviternidad de los espíritus puros, donde se da la simultaneidad sin un antes y después. Nos resta el tiempo, compuesto de un pasado, presente y futuro. Pero es obvio que el tiempo antes de la Caída debe ser diferente al tiempo después de la Caída, dado que a partir de la segunda irrumpe lo mortal y corruptible. Todo lo cual supone que el tiempo mismo también se vio afectado por el acto axiológico del pecado original o desobediencia al mandato de Dios. Esto nos lleva a afirmar que a la movilidad esencial del tiempo antes de la Caída se le vino añadir lo mortal y corruptible después de la Caída. Esto significa que pre-Caída el tiempo era el horizonte de la inmortalidad y la incorruptibilidad, post-Caída el tiempo se degradó en horizonte de enfermedad y muerte. En otras palabras, la relación del Ser y Tiempo antes de la caída está signada por la felicidad de la incorruptibilidad, y después de la caída por la angustia ante la muerte. Lo que significa que la temporalidad primordial de los entes creados no siempre ha sido la misma y por tanto la temporalidad sólo es condición formal del ser real más no su condición material.
Esto nos conduce a la relevancia de lo axiológico ante lo ontológico en el orden de la creación, pues en el orden supratemporal ser y bien son equivalentes, y al profundo significado metafísico del pecado original como desobediencia al mandamiento de Dios. Que lo ontológico participado sea afectado por lo axiológico del hombre significa tres cosas: (1) que el paralelismo entre ser y bien exige ser respetado, (2) que dicho respeto se traduce en un acto libre y voluntario de obediencia a la voluntad del Creador, y (3) la importancia especialísima que tiene para Dios la existencia humana. El mal metafísico es falta contra la razón, pecado y muerte porque rompe lo más importante, a saber, la unión voluntaria de la comunión con Dios. La unión con Dios es ontológica, pero más importante es la unión axiológica, por ende, voluntaria. O sea, en el mal metafísico se quiebra la idea de justicia que está inscrita tanto en el corazón del hombre como del ser. Esta idea es eterna e inmutable porque está conectada con el ser de Dios, y por eso no puede verse condicionada por la multiplicidad y el arbitrio de los estatutos positivos. Esto significa que en el fondo del ser late la constante del deber ser. Es por ello por lo que la depravación humana consiste en no escuchar la voz del alma para elevarse sobre la ley del cuerpo y evitar así borrar el sentimiento de libertad. Por eso el mal metafísico afecta la ley ontológica porque viola la ley moral. La conciencia nos habla de bondad, rectitud y virtud, de todo aquello que hace bien al ser, mientras que el mal metafísico trata de todo lo contrario.
El ser es acto y el acto libre de la voluntad también, por tanto, la importancia del acto del ser finito libre y racional es de capital importancia en el orden del cosmos porque significa que lo ontológico se cumple como acto libre, como acto moral. Por eso la razón práctica está por encima de la razón teórica, porque mientras la primera es creadora la segunda aprehende lo universal. Ahora se entiende por qué la humanidad no es espectadora de su redención, pues en su sufrimiento en unión con Cristo también es corredentora. La pasión es de Cristo, y la humanidad la comparte. Sin Dios la vida y el ser carece de significado, no hay esperanza en el triunfo de la Nada. Si los hombres no llegan a ver claro esto es porque se aferran a las sombras. En otras palabras, el significado metafísico del mal no reside en la limitación de la creación como privación ontológica de plenitud, sino en su condición axiológica como pecado original. De ahí que la esencia del hombre no se pueda revelar sin conocimiento teológico, pues dejarlo en la mera razón natural equivale a dejar nuestro espíritu inmortal que se pierda en las tinieblas y lo cual puede conducirnos al desastre.
La esencia humana es temporal, pero su auténtica temporalidad –inmortal e incorruptible- sólo la alcanza mediante Cristo, quien destruye el pecado de Adán, remedia la rotura entre Dios y el hombre, restaura la vida sobrenatural –en el sentido que abre el cielo para el hombre- aunque sólo al final de los tiempos se decida si se restaura su naturaleza perfecta, pero el alma que se escoge a sí misma no puede ir a Dios.
El mal metafísico equivale a la caída que dañó a todo el cosmos, es decir, en el orden de la creación lo axiológico preforma lo ontológico. Es más, como no hay ningún hombre que no esté en lucha permanente contra el pecado, porque recibir la gracia de Dios no elimina el misterio del pecado, entonces la virtud sobrenatural de la fe convierte la presencia de Dios de ontológica en axiológica –por invitación nuestra- y de ser un ser insuficiente puede cooperar con Dios en la misión de la iglesia y los sacramentos para reparar la extraordinaria condición del hombre, el cual no es mero individuo (protestantismo) ni mero ser social (secularismo).
Otro cariz del mal metafísico es aferrarse a conocer y a amar a Dios con exclusividad, lo cual es pecado, porque se ama y se conoce a Dios por su creación. Sólo así se entiende las palabras del Evangelio: "Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno que ha sido preparado para el diablo y sus ángeles. Porque tuve hambre, y no me disteis de comer, tuve sed, y no me disteis de beber; fui forastero, y no me recibisteis; estaba desnudo, y no me vestisteis; enfermo, y en la cárcel, y no me visitasteis." (Mateo 25:41-43).
En conclusión, el mal metafísico es real, pero ingresa al cosmos no por el acto ontológico de creación sino por el acto axiológico del pecado o desobediencia al mandato de Dios. La falta de confianza en la bondad de Dios es una posibilidad radical de la libertad humana, lo cual entraña una pérdida de amor, caridad y gracia santificante que daña a todo el cosmos. La Redención de Cristo, los sacramentos de la iglesia, la gracia divina y la virtud sobrenatural de la fe, son el camino para reparar la extraordinaria condición del hombre. Pero el hombre –incluso el creyente- es un ser insuficiente y aterradoramente mediocre, pecamos porque nuestra voluntad está enferma y se complace en el yo. Por ello el diablo, que es una entidad personal, es regocijo del yo en el yo. El peligro de pecar es permanente pero el hombre es capax dei o sea un ser capaz de ser llenado por Dios y en consecuencia lo sensato es el camino de la santidad, la cual no es ausencia de pecados sino la orientación contra el pecado. 
Por último, una palabra sobre religión. La religión no sólo es cuestión de voluntad, amor y oración, sino también de pensamiento, conocimiento y sabiduría. Sin conocer el universo no se puede amar más a Dios, aunque sin sabiduría y sólo con santidad se puede ser salvo. Por ello es importante que el entendimiento se redima de las imágenes de la imaginación, enfrente el misterio contradictorio y comprenda que el esplendor del misterio es hacer ver nuestra finitud en la infinitud de Dios. En una palabra, religión no sólo es cuestión de oración y amor, sino también de conocimiento y sabiduría. De ahí proviene la profunda unión entre filosofía y teología.

FILOSOFIA DE LA NADA (I)


Por Gustavo Flores Quelopana
 La imagen puede contener: ‎texto que dice "‎FILOSOFIA DE LA NADA Mr 0 ק ma GUSTAVO FLORES QUELOPANA‎"‎
P r ó l o g o

Generalmente los filósofos de la Nada intentan una simbiosis entre la filosofía oriental y la filosofía occidental. Aquí nada de eso se busca. En estas páginas no me propongo mantener primacía alguna de la nada absoluta ni de la nada relativa, y menos rechazar su problemática filosófica ante la trascendencia divina, la creación y la existencia humana.
Lo que si quisiera contar al lector es que la idea surgió al constar que un punto crucial de enorme importancia es que hay tradiciones orientales que colocan la Nada antes que el Ser, mientras que Occidente hace lo contrario. No obstante, hay que reparar que para la tradición occidental ni la razón natural, ni la razón sobrenatural llegan a saber lo que realmente es Dios o el Ser absoluto. Dios no es el ser finito, es causa de todas las cosas. Por ende, no es la Nada. La Nada de Oriente piensa aquella nada antes de la creación. Pero el Dios de Occidente llega a concebir aquella voluntad amorosa e infinita antes de la creación misma. Lo que lleva a pensar que solamente columbrando la nada oriental como metáfora de lo que es anterior al ser finito se halla un punto de encuentro entre la metafísica de Oriente y Occidente.
Sin embargo, esta no ha sido la motivación más profunda para escribir la presente obra, sino que pensar el problema de la nada misma nos lleva hacia el problema del Ser. Los problemas que plantea pensar la Nada absoluta lleva al tema del origen del ser, y, en buena cuenta, al problema de Dios. Y de la solución que encontremos en este primer punto dependerá todo lo demás. Como un poliedro he visto sorprendido cómo se han ido desenvolviendo los problemas gravitantes de la nada pura, la nada potencial del ser categorial, la nada anonadada de las cosas finitas, la nada anonadante de la existencia humana, la nada de la entropía, la nada de la muerte, la nada escatológica y la nada inocua.
Soy consciente que he dejado sin abordar otras formas suyas –por ejemplo la nada del silencio, la nada del sufrimiento, la nada de la locura, la nada del sueño, la nada de la soledad, etc.-. Pero lo he preferido asi por el momento.
El resultado es que me ha permitido desplegar sistemáticamente todo un abanico de problemas que tienen que ver con los problemas cruciales de la filosofía. No he ocultado en ningún momento que mi raciocinio es metafísico teísta. Pero no lo ha sido a priori, sino como consecuencia de los análisis discursivos efectuados. Y, también, de mi convencimiento de que la razón más que lógica es profundamente existencial y abierta a las verdades y realidades suprarracionales. Pero, además, los problemas y las respuestas han sido hallados pensando en la crisis de nuestro tiempo, descreído, nihilista, anético y sin valores. Por ello, no es una obra académica sino de esclarecimiento personal. Si en algo ayuda a los demás, será porque la búsqueda humana de respuestas sobre los problemas límite de la existencia nunca cesará.
Finalmente, si se me pidiera mostrar en un puño lo esencial de este libro, diría: La nada absoluta nada es, pero el Ser absoluto si es. Su creación es buena, pero caída, con ello la nada relativa asedia sin cesar en las cosas finitas y en la existencia humana. No obstante, el hombre siempre insuficiente cuenta con la ayuda del Creador para su salvación. Estas páginas comienzan con el tema del ser y la nada y culminan con el tema de la salvación. Nuestro tiempo antropológico no es ajeno al tema de la salvación, pero solamente lo aborda desde la perspectiva secularizada de la ciencia. Por tanto, no son los temas sino las soluciones halladas en el libro las que colisionan frontalmente con el espíritu práctico, antimetafísico, exitista, materialista, hedonista y nihilista de nuestra época finisecular.
Confieso que al concluir la obra soy más consciente de la desafiante tarea de mi existencia, pero, sin lugar a dudas, vale la pena perseverar en el intento.

 1
LA NADA ABSOLUTA

Parágrafo uno. - Si la Nada es Absoluta entonces nada es, ni Dios existe. Como hay existencias la Nada no puede ser absoluta y Dios existe.
§2.- Si la Nada absoluta es necesaria, entonces no existe lo contingente. Como hay seres contingentes, la Nada no puede ser necesaria. El único ser necesario sería Dios.
§ 3.- Por lo mismo, la Nada absoluta si es no puede ser contingente sino necesaria. Pero como la Nada absoluta no puede ser necesaria debido a que hay seres contingentes, entonces puede ser contingente. O sea, puede estar presente en los seres finitos como Nada relativa en la angustia, el mal, la muerte y en la entropía.
§ 4.- Si la Nada absoluta es necesaria, tiene primacía sobre el ser. Como no es necesaria no tiene primacía sobre el ser finito ni infinito.
§ 5.- Si la Nada absoluta es, no es posible el tránsito hacia al ser. Como hay seres finitos dicho tránsito ontológico no puede ser fruto de la Nada absoluta sino de un Ser Infinito necesario.
§ 6.- De la Nada absoluta por sí misma nada adviene. Como hay cosas que advienen no lo hacen desde la Nada absoluta por sí misma sino desde un Ser necesario, infinito y permanente.
§ 7.- Si algo infinito es o existe, entonces la Nada absoluta no es. Al Ser absoluto no se le puede oponer una Nada absoluta, pues es contradictoria la presencia de dos absolutos. De modo que queda excluido el dualismo metafísico.
§ 8.- El ser finito sólo puede advenir a la existencia desde la Nada si existe un Principio Absoluto necesario y permanente que es Dios. De la Nada nada viene, si no es por la acción de un Ser absolutamente necesario. Por tanto, Dios existe y el ateísmo yace en un error.
§ 9.- Sólo un Ser absoluto y necesario, más no la Nada absoluta, puede dar origen al Universo desde la nada absoluta. Si nada viene de la Nada, entonces la presencia del ser tiene su origen desde un Ser absoluto e infinito. El ser infinito no puede pensarse desde la nada, sino al revés. Y el ser finito puede ser pensado desde la nada potencial o relativa. De manera que la materia siendo contingente no puede ser causa de sí misma. Materialismo y panteísmo son imposibles.
§ 10.- Si el origen del Universo es un acto del Ser absoluto ésta no puede ser una acción ciega ni azarosa -que implicaría cierta presencia de la Nada en su seno- sino una creación providencial, racional, voluntaria y libre. En consecuencia, el ser absoluto no es un mero arjé o principio metafísico sino un Dios personal, creador y providente. Y por Revelación se sabe que es uno y trino.
§ 11.- Por ende, antes de la Creación, del tiempo y del espacio, de lo contingente y finito, la Nada absoluta tiene un sentido formal, más no material. O sea, la Nada absoluta tiene un sentido negativo más no positivo. La nada absoluta no es privación, es ausencia preternatural del acto de Creación por la voluntad de un Dios personal y providente. 
§ 12.- Por ende, el Ser y Nada no son lo mismo fuera del tiempo y del espacio, o sea en la eternidad. En la eternidad el Ser increado es plenitud ontológica absoluta y la nada ausencia completa.
§ 13.- Si hay Ser absoluto e infinito éste es Dios, entonces es el único ser necesario y la Nada solo es parcial o potencialmente posible en la creación. Por eso. resulta pertinente pensar en el acierto de Cantor al devolverle a la matemática su vínculo con lo religioso (la mente humana piensa lo transfinito, lo infinito absoluto es propio de Dios). Al demostrarse que el infinito en acto existe en lo temporal, finito y contingente, se superó la opinión de Aristóteles de que en el mundo sólo existe el infinito en potencia, porque en acto sólo es en el Primer Motor inmóvil. La escuela eleática había negado el cambio y con ello el infinito potencial. Pero el peripatético al admitir el cambio no refuta el infinito en potencia, pero no admite el infinito en acto.
§ 14.- Hay nada material en la degradación y/o potenciación del ser creado en el tiempo, pero también en su ausencia o vacío. De modo que no hay nada absoluta respecto al ser finito, sino al Ser Infinito.
§ 15.- Si Dios Creador existe no hay nada absoluta. Por tanto, la nada absoluta no existe sino solamente respecto a la Creación. Dios crea de la nada (Creatum ex nihilo), pues nada viene de la nada, y lo creado se debate en la nada relativa.
§ 16.- La Nada absoluta nada es, la Nada relativa se da en lo finito anonadado en el orden del tiempo. Es decir, no hay primacía material de la Nada absoluta sobre el ser, solo hay primacía formal. Sólo hay primacía de la nada relativa sobre el ser finito después de la Caída.
§ 17.- Pero hay la primacía material de la nada potencial o relativa que se da en el ser finito anonadado en el orden del temporal. Y el ser finito se anonada desde la Caída en la muerte, el mal, la angustia y la entropía.
§ 18.- Se puede pensar la Nada absoluta antes de la Creación para mantener la primacía sobre el ser, haciendo que el origen del ser sea el no-ser y negando la trascendencia divina. Pero lo que en realidad se hace aquí es pensar la nada antes del ser categorial, más no del Ser absoluto. O sea, no se puede pensar la Nada absoluta antes del Ser absoluto, porque el sólo hecho de pensarlo es algo y no es nada. En consecuencia, en tal intento lo que se termina pensando es el ser indeterminado que se identifica con la nada.
§ 19.- En suma, tenemos la Nada pura o Absoluta que es formal, la Nada potencial concierne al ser puro indeterminado, la Nada anonadante que es el devenir del ser categorial, el cual desde la Caída se manifiesta como mal, angustia, muerte y entropía.
§ 20.- Por último, pensar lo impensable se da en la Nada como privación y como negación. Pero su sentido ontológico no es absoluto sino relativo. La nada absoluta es un concepto vacío sin objeto, pero ello es así sólo en el orden finito más no en el orden infinito. En el orden infinito la nada absoluta se da en la acción libre de creación de un Universo por un Dios omnipotente. Decir que Dios crea el mundo a partir de la nada, no es un concepto vacío sin objeto, sino una posibilidad ontológica nada contradictoria de un ser absoluto. Por tanto, no sólo es un ente de razón. Lo cual no niega, como dice Kant, que haya datos vacíos para los conceptos: las intuiciones vacías sin objeto, y los objetos vacíos sin concepto. Pero la lógica es impotente para afrontar el problema de la Nada porque, en definitiva, en un problema ontológico-existencial.
§ 21.- La Nada absoluta no es lo impensable ni lo inconcebible, porque equivale a pensar la no participación del Ser en la Existencia ni en la Realidad. En otras palabras, la Nada absoluta no sólo es la ausencia de universo, sino la ausencia de ser finito. Pero nunca ausencia del ser infinito o absoluto, porque de la nada nada viene y menos puede haber dos absolutos.

Resumen. -
Si hay Nada absoluta ésta es necesaria y no contingente. Más aún, haría imposible la existencia del ser finito e infinito. Como hay Universo y cosas finitas entonces la Nada no es absoluta. Es más, como lo contingente y finito no puede provenir de sí mismo, se hace necesario afirmar la existencia del Ser absoluto. La imposibilidad ontológica de la Nada absoluta hace indispensable sostener que es el Ser absoluto el principio de las cosas del universo. Pero para que dicho Ser absoluto no contenga en su entraña a la Nada no debe ser un principio o arjé ciego, azaroso o meramente causal, sino Persona providente, libre y racional, Una y Trina por Revelación. Si hay Dios-Persona, entonces es el único ser necesario y la Nada solo es parcial o potencialmente posible. Pero hay Nada en la degradación y/o potenciación del ser creado en el tiempo, también en su ausencia temporal. O sea, la Nada está presente en la materia en estado de equilibrio y en la materia en estado de fluctuación. El tiempo no es la nada, pero la nada se introduce en la creación con el tiempo. Además, somos nada sin Dios. O sea, de todas las criaturas creadas sólo el hombre es capaz de actualizar conscientemente la presencia de Dios en su ser. El hombre es el único ser finito con vocación por el ser infinito. De modo que solo hay nada absoluta respecto al ser infinito que crea de la nada el ser finito, y nada relativa respecto al ser finito, en cuyo vacío fluctuante hay tiempo potencial. Pero una cosa es la nada antes de la Caída y otra lo que es después. Si Dios Creador existe, no hay Nada absoluta material sino sólo en sentido negativo, como ausencia. Pero la Nada material como manifestación temporal es inocua antes de la Caída, y se vuelve mortal y corruptible después de la Caída. Por tanto, la nada absoluta no existe sino solamente respecto a la Creación. La Nada absoluta nada es, la Nada relativa se da en lo finito anonadado en el orden del tiempo. No hay primacía material de la Nada absoluta sobre el ser, solo hay primacía formal. Pero hay la primacía material de la nada potencial que se da en el ser finito anonadado en el orden temporal, con distinto efecto antes y después de la Caída.
En suma, tenemos la Nada pura o Absoluta que es formal, la Nada potencial concierne al ser puro indeterminado, la Nada anonadante que es el devenir del ser categorial, el cual se manifiesta como muerte y entropía.

Comentario. -
Una de las grandes preguntas de la filosofía es el problema del Ser y la Nada. La tradición cristiana arriba a la siguiente conclusión: Dios no es el ser creado, es la causa del ser de todas las cosas y no puede ser subsumido bajo el ser categorial. Por eso, Dios no es, es más bien el principio de todos los modos de ser. Lo que Dios es no podemos saberlo. Cuando estamos predicando de Dios términos como “simple”, “inmutable”, “incorpóreo” e “infinito” sólo connotamos algo que pueda aplicarse a Dios, sin afirmar positivamente algo de la sustancia divina. Es por ello que Santo Tomás de Aquino precisaba que de Dios sólo podemos connotar sus características fundamentales de modo analógico, pero no de modo inequívoco. Por su parte, Heidegger en su conferencia La cosa, procura pensar la fuente del ser, o sea, una especie de Supraser plotiniano. Fuente de la cual -según él- proviene todo, incluso los dioses. Leibniz también lo intentó con su armonía preestablecida, que termina en un Dios plotiniano que lo hace depender de su esencia divina. Con ello Heidegger se aproxima a la idea tradicional de la Nada de Oriente. Aunque bien visto, Oriente piensa la Nada antes de la Creación o del Ser, pero no piensa a Dios mismo antes de la Nada de la Creación o del Ser. Es el cristianismo el que piensa a Dios antes de la Nada de la creación. Los griegos nunca pudieron superar el esquema dualista de la dicotomía entre el ser positivo –la forma- y el ser negativo –la materia-. Por ello su agón cósmico era de ascensión hacia lo Uno. Lo Uno nunca desciende al hombre. En cambio, en la tradición andina se piensa al Ordenador como insuflando vida, forma o espíritu al universo. En la ancestral filosofía prehispánica andina no hay creación, sino ordenación vivificante. Esa es la idea encerrada en la palabra Pachacamac. Lo cual supone una metafísica dualista con una especie de materia ignota increada. Camac no es creador, se encuentra con una materia prima con la cual ordena las cosas y origina el mundo. Es decir, si los griegos pensaron el nihil ex nihilo –nada viene de la nada-, el Occidente cristiano piensa el Creatum ex nihilo –creación desde la nada- y la América indígena piensa ex quo vita –orden desde la vida o Pachacamac-, el Oriente piensa el nihil ex Creatum –nada es creación-. De ahí que el fin último del sabio oriental sea la salvación mediante la reintegración a la Realidad verdadera, del sabio andino el cuidado de la armonía del mundo o de la vida, del sabio cristiano la santidad o unión sin identidad con Dios, y del sabio griego el conocimiento teórico, universal y verdadero. El griego piensa el Ser, el cristiano a Dios, el andino a la Vida y el oriental a la Nada. Son cuatro orbes filosóficos con sus propias diferencias culturales y espirituales. Pero todas tienen un punto de partida común, a saber, el asombro. La gran diferencia se da en la pregunta fundamental de cada una. En el griego es: por qué hay Ser en vez de Nada. En el cristiano, por qué Dios creó el mundo. En el andino, por qué la Pacha es Camac o el Ser es Vida. Y en el oriental, por qué el Ser es Nada.
La Nada oriental supone pensar el Ser desde la Nada, el Ser griego exige pensar el cosmos desde la forma impuesta a lo informe, el Dios cristiano plantea un ser omnipotente que desde la Nada crea el Ser, y la Vida andina propone un Ser ordenador que actúa sobre lo informe. Un punto crucial de enorme importancia es que la tradición oriental coloca la Nada antes que el Ser, mientras que Occidente hace lo contrario. No obstante, se debe reparar que para el Occidente cristiano ni la razón natural ni la razón sobrenatural llegan a saber lo que realmente es Dios. Más bien permanece como el principio de todos los modos de ser. Para el cristiano Dios no es el ser, es la causa de ser de todas las cosas. Pero tampoco es la Nada. Para el oriental reintegrarse en la Nada es hallar el verdadero ser del no-ser. Para el griego ascendiendo al principio supremo se alcanza el conocimiento verdadero. Para el andino cuidando la vida se logra un tránsito menos traumático a un nuevo orden o Pachacuti. Los griegos son los filósofos del Ser. Los cristianos los filósofos de Dios. Los orientales los filósofos de la Nada. Los andinos precolombinos son los filósofos de la Vida. Solamente pensando la Nada oriental como metáfora de lo que es anterior al Ser se puede hallar un punto de encuentro entre la metafísica de Oriente con Occidente. La Nada de Oriente logra pensar aquella Nada antes de la Creación, pero no antes del Ser absoluto. El Dios de Occidente llega a concebir aquella voluntad amorosa antes del Creatum ex nihilo. La Vida andina logra pensar el principio activo del Ser, pero no concibe al Dios omnipotente, ni a la creación. El Ser griego agoniza entre la multiplicidad de las cosas y la permanencia de la verdad. Pero dentro de la filosofía cristiana, Dios está más allá de toda comprensión racional y existencial, por eso tenemos en Jesucristo una revelación de la Verdad Eterna en el Tiempo, por el seno de María. Paradoja que el pensamiento racional no puede comprender y resulta escándalo para la razón natural. Por eso, la consideración de los orbes filosóficos nos hace comprender que los conceptos claves en las diferentes manifestaciones culturales y espirituales son: Dios, Nada, Ser y Vida. Los mismos que se pueden resumir en el Ser y la Nada. Dios es la eternidad, su creación es el ser finito en el tiempo. La Nada nada es, por ello es antes que el Ser creado en la concepción cristiana. En cambio, la Vida, como el Ser, puede entenderse como increado en Dios y creado por Dios. Es muy probable que la filosofía precolombina entendiera ambos sentidos de la Vida. Pero lo vio como ordenado y lo sin orden o caos en un ciclo de eterno retorno. Es decir, careció del concepto metafísico de creación. De las tres ideas que se pueden tener sobre Dios: Alguien poderoso, el Supremo ordenador y el Creador todopoderoso, todo indica que los precolombinos asumieron la segunda. Por lo demás, en todos los hontanares espirituales atribuirse una familiaridad con Dios es una desvergüenza deplorable. Así, como Dios revela su existencia no sólo a quien cree, del mismo modo el misterio de Cristo y de María sólo se hace evidente a través de la fe.
Es comprensible que todas estas reflexiones resulten fuera de lugar para los filósofos de la modernidad, tan acostumbrados a dejar de lado la metafísica para atenerse solamente a lo dado experimentalmente según el método científico o restringir las esencias a productos de la subjetividad. Así, los ateos del capitalismo avanzado como los liberales antirreligiosos Dawkins (El espejismo de Dios) y Hitchens (Dios no es bueno) creen que la razón científica-natural es todo y desdeñan todo lo que venga de la fe o la razón sobrenatural. Pero Kant es un mejor ejemplo paradigmático de la negación del pensar metafísico. Toda su juventud se la pasó buscando una conciliación entre ciencia y metafísica, para culminar en la primacía de lo gnoseológico sobre lo ontológico. Proyecto que lo plasmó en su madurez en sus Críticas. Pero deslumbrado como estaba por la coherencia metodológica de Newton terminó descalificando la metafísica porque no cumplía con los requisitos de objetivad de la ciencia. Con ello sacrificó no sólo la unidad del saber, sino las aspiraciones cognitivas más radicales del hombre. La filosofía en la modernidad se ha separado de la teología, pero en realidad la filosofía y la teología no están separadas, sino íntimamente unidas porque conciernen al ser verdadero. Pero en esta obra por el momento se deja indicado que la metafísica no debe tener la misma objetivad de la ciencia, porque su objetividad es de tipo existencial y no empírica, ni subjetiva. Terry Eagleton ha subrayado (Razón, Fe y Revolución) que si Occidente no retorna a sus fundamentos metafísicos no podrá salvarse ni reconstruir a la humanidad. Pero en realidad no hay camino de retorno, los signos de la decadencia se acentúan para dibujar en el horizonte un ocaso indetenible. La metafísica no salvará a la presente civilización moderna, lo cual no significa que hace falta una nueva revolución metafísica. Pero ésta deberá rescatar el aporte de la modernidad. La filosofía moderna tuvo el mérito de devolverle al hombre su dignidad, dándole conciencia de su libertad, pero al mismo tiempo el demérito de hacerle perder la trascendencia y llevarlo al relativismo, escepticismo y al nihilismo a través de una hermenéutica desmitizante. Lo que indica, que, para la recuperación del ser, la verdad y la trascendencia es necesario una hermenéutica remitizante, que sintetice la libertad con la necesidad humana de trascendenc

2
LA NADA POTENCIAL

§ 22.- La Nada potencial es el ser puro indeterminado. Es el arjé o principio pre-cósmico que no tiene la nada fuera de sí, sino en sí. La nada corre a través del ser. Esto no es pensar la Nada pura o absoluta, sino en su identidad con el ser puro. La Nada pura o absoluta no es la Nada de la indeterminación del ser. La Nada potencial es el ser indeterminado como ser en potencia. Esta identificación fue hecha por Hegel, pero a diferencia nuestra no pensó la Nada pura o absoluta. Al contrario, Hegel colocó al ser indeterminado, al ser que se identifica con la Nada, en el inicio del proceso dialéctico del ser. Para él la Nada es punto de partida y Ser es dirección. En otras palabras, Hegel entrega por completo al Ser al movimiento. En cambio, en Aristóteles el motor inmóvil es reposo del ser. El absoluto hegeliano no tiene la nada fuera de sí, sino en sí. La nada corre por las venas del ser. Pero esto no es pensar la nada pura sino en su identidad con el ser puro indeterminado. Lo cual significa que la nada pura no es la nada de la indeterminación del ser.
§ 23.- La Nada potencial equivale a pensar la participación del Ser absoluto en la Existencia y en la Realidad finita. Esto es, la Nada potencial es la ausencia de universo que dará comienzo al universo mismo. Pero nunca es el vacío cósmico de carácter cuántico, donde se despliegan los entes de la indeterminación probabilística.
§ 24.- La Nada de la indeterminación del ser es la sustancia universal en su más alta abstracción. O sea, categorías vaciadas de contenido. Por eso no es legítimo la identificación del Ser absoluto con la indeterminación del ser puro indeterminado o Nada potencial.
§ 25.- Las categorías vaciadas de contenido determinado no conforman una dualidad entre el Ser y la Nada, sino que Ser y Nada son una unidad en fluctuante equilibrio que dará lugar al automovimiento concreto de la sustancia. O sea, dará inicio al desarrollo. 
§ 26.- De modo que la Nada potencial del ser puro indeterminado es equivalente en lenguaje de la física al vacío inestable que se corresponde con una explosión de entropía. O sea, la nada potencial del ser indeterminado es la primera nadificación del ser absoluto.
§ 27.- Esa nadificación del Ser absoluto en el ser indeterminado o Nada potencial contiene el paso del ser a la esencia. O sea, esconde la quiddidad de los seres finitos. Las esencias intemporales son en el Ser absoluto, mientras que la quiddidad en los seres finitos. Quiddidades que están bajo los aspectos cambiantes de las existencias empíricas.
§ 28.- La Nada potencial del ser puro indeterminado no es el tiempo y menos el espacio, sino el principio existente antes de éstos. Equivale al Tao chino como sustancia que es ser y no-ser a la vez, el Yin Yang de la unidad primordial que el taoísmo atribuye a todo lo existente o la singularidad cosmológica de la física moderna.
§ 29.- Será, en consecuencia, un tiempo que precede al tiempo del Universo. Como unidad primordial de contrarios precede al tiempo de los entes del universo. No se trata de la dialéctica interna de la eternidad, como la que busca iluminar Schelling (Las edades del mundo), ni de la condición de intemporalidad de los objetos ideales, sino de la atemporalidad pura. Muy lejos de la eternidad y antes del despliegue del tiempo la atemporalidad es la mismidad de la temporalización del tiempo. La atemporalidad del ser indeterminado y de la Nada potencial es la indicación de la eternidad de donde procede y del tiempo que discurrirá. Lo que significa que la finitud de los entes no puede ser comprendida plenamente sólo desde la temporalidad.
§ 30.- El Universo es resultado de una inestabilidad irreversible de un vacío fluctuante de antimateria. Esto es, las categorías vaciadas de contenido del ser indeterminado y de la nada potencial son transitorias al estar destinadas a dejar su construcción formal para desplegar su contenido concreto. Este despliegue corresponde a la quiddidad misma en las cosas. O sea, la razón funcional al que responden las leyes de las cosas empíricas está enlazada a la razón sustancial contenida en el desarrollo cambiante de los entes empíricos.
§ 31.- La Nada potencial del ser indeterminado al entrar en un estado de inestabilidad irreversible da lugar a la flecha del tiempo. Pensar un tiempo antes del tiempo no es pensar en el tiempo de la eternidad, sino en una eviternidad potencial atemporal de las fuerzas pre-cósmicas, que darán lugar al mundo de la materia. Con ello el fenómeno de la realidad efectiva es la manifestación total de la quiddidad en su despliegue funcional. De modo que si hay seres temporales es porque hay eternidad.
§ 32.- El universo pequeño y caliente se transformó en materia al perder el equilibrio o simetría interna original. Es decir, el ser indeterminado y la nada potencial son creados por las ideas trascendentales del Ser absoluto con el fin expreso de que pierda su simetría interna para dar origen el universo de los entes. La dialéctica del ser indeterminado o la Nada potencial lleva hacia una metafísica trascendentalista antes que, a una metafísica de las esencias, donde el ser finito y el ser esencial, encuentran su fundamento en el Ser absoluto.
§ 33.- La pérdida de la simetría interna del universo primitivo equivale a que las categorías del ser indeterminado se llenen de contenido concreto. O sea, el mundo de los entes materiales es la acción siempre dinámica de las potencias fijas en las quiddidades. La materia es actuada y dirigida interiormente por la quiddidad. La materia no es eterna, inmortal ni inmutable. Tampoco existe separada de las fuerzas internas que la dirigen. Siempre necesita de un punto de apoyo para ser. Aristóteles sólo habla de la naturaleza material y en ella distingue lo inanimado y lo vivo, pero no distingue las dos realidades fundamentales de la realidad material: materia pura y materia prima. Para Aristóteles no hay materia pura, sólo hay materia potencial, ser posible, materia real sólo hay con la forma. No conoce la idea de Creación o salir de la nada, de manera que materia y forma son eternos. La materia prima aristotélica y la materia pura no pueden existir por sí mismos y necesitan ser sostenidas por las formas que la sustentan. Pero el ser indeterminado o la Nada potencial no son la materia pura ni la naturaleza material, sino la condición esencial de lo que informa la materia pura y la materia prima. Al contener la quiddidad del cambio de las cosas empíricas, da lugar al fenómeno tanto en su forma y materia. Parecida a la materia prima o fundamento original (Urgrund) de los presocráticos. El ser indeterminado o la Nada potencial no es imagen original, ni idea, ni forma esencial de la cosa particular, sino la quiddidad de la forma esencial y de la forma individual. Es la substancia de lo que será la realidad efectiva.
§ 34.- Por eso la metafísica dialéctica del ser indeterminado no es la del Ser absoluto. Confundir al Ser absoluto con el mundo lleva panteísmo, lo cual no llega al conocimiento de Dios, sino al conocimiento de su creación. Su derrotero expone el paso del ser al ente, pero no del ser en cuanto ser. El peligro de esta dialéctica es tomar el ser indeterminado por lo divino, divinizando con ello a la Naturaleza.
§ 35.- El ser indeterminado de la nada potencial replica de modo efímero y de manera formal el estado de permanencia del Ser absoluto. Su tiempo no es aún el tiempo del Universo, pero tampoco es la eternidad de lo divino. Por ende, aquí no se puede hacer la afirmación engelsiana de que “todo lo que existe merece perecer”, porque todavía no hay entes existentes que perezcan.
§ 36.- No es el eidos de Platón del que deriva la perfección de las ideas, sino la quiddidad de las cosas reales o forma que determina la materia. En ese sentido es una ousía o sustancia, como una realidad en sí que contiene y desarrolla su propia esencia. Siendo al mismo tiempo Nada potencial por dos motivos: porque al provenir del Ser absoluto carece de sus propiedades eternas e inmutables y porque contiene las esencias que sirven de fundamento a los seres inanimados, animados y espirituales en una temporalidad o devenir continua e incompleta. No hay ente -ni siquiera los racionales finitos y espirituales- en el que no esté presente la nada, hay graduación de la nada en los modos del ser. Salvo en el Ser absoluto, porque en Dios la existencia es esencia. En cambio, en las cosas y demás seres esencia y existencia existen separadas. En ese hiato se infiltra la Nada, que desde la Caída se manifiesta en la angustia, el mal, la muerte y la entropía. Pero los seres reales como acto dependen del acto puro del Ser absoluto.
§ 37.- El ser indeterminado es la presencia formal de la presencia presente del Ser Absoluto. Es fundamento primario en el sentido de un ente primordial. En cambio, el Ser absoluto es Dios, fundamento no primario sino primero, y en ese sentido, no puede ser confundido con ningún ente. Es el ser más allá de todo ente y a la vez lo más cercano al hombre. Por ello, el ser indeterminado o la Nada potencial no es el reflejo opaco de las Ideas de Platón, ni el mundo perfecto, eterno e indestructible de Aristóteles, sino el contenido de la quiddidad de los seres finitos.
§ 38.- El ser indeterminado o Nada potencial es atemporal, el ser esencial es intemporal, mientras que el ser real es temporal. El ser esencial es intemporal y es en Dios o el ser absoluto, mientras que el ser real es temporal. Pero la intemporalidad del ser esencial no es la eternidad del ser primero. No hay cosa real sin esencia -las esencias son seres ideales-, pero hay cosas sin existencia real -los entes ideales-. En todo objeto real en devenir hay diferencia entre la esencia y quiddidad. Desde Platón la esencia precede a la existencia, pero Sartre invierte la frase. En cambio, Heidegger ve en la diferenciación entre esencia y existencia el originario olvido del ser. Pero para Heidegger la única epopeya es la del ser. En contrapartida, también existe la epopeya de la acción. Y la filosofía práctica de Kant nos muestra que el hombre no sólo es finitud, porque es esperanza y su razón necesita a Dios y la idea de inmortalidad del alma para lograr la armonía entre virtud y felicidad. Por su parte, la filosofía de Bloch puso hincapié en que la praxis es otra forma de manifestación del ser. Ello lleva a pensar que el Ser se mide a partir del sentido y no a la inversa como quiere Heidegger.
§ 39.- En la distinción entre esencia y existencia no hay tal “olvido del ser”, como afirma Heidegger, porque el Ser primero no es un ente, ni mero fundamento, sino lo que posibilita todo fundamento posible. De lo contrario, Dios, la libertad y el amor, no serían más fuertes que la muerte y la nada. Por ello, la interpretación onto-teológica del ser por la filosofía occidental, lejos de ser un olvido del ser se convierte en una precisión mayúscula del misterio Ser mismo. También la nueva época dominada por la técnica y la ciencia lejos de ser el fin de la ontoteología, como cree Heidegger, es el verdadero olvido del ser porque al eliminar a Dios o ser absoluto se identifica al ser con los entes. Ese triunfo pírrico de la metafísica de lo inmanente sobre la metafísica de lo trascendente está llevando al pensamiento y civilización occidental a su verdadero colapso inesquivable. Levinas (Dios, la muerte y el tiempo) sugiere enmendar la plana a Heidegger interpretando a Dios no ontoteológicamente, sino éticamente. O sea, Dios no nos remite al ser sino a algo previo, el Bien, lo ético original. Pero resuelve mal el asunto, porque lo ontológico y lo axiológico no están separados en el Ser primero o Dios. En Dios el Bien es ontológico y no está más allá del Ser. Pero para Platón y Plotino, Dios está más allá del Ser. Afirman un más allá del ser, una trascendencia a la que Levinas se adhiere. Un ámbito donde la ética no se subordina a la ontología. Lo cual lleva hacia una teología negativa, donde el Ser es manifestación y la Trascendencia no. Levinas se suma a esa otra fuente de sentido concebida como Trascendencia más allá del ser. Lo cual es un profundo error, porque significa separar el ser de la propia esencia divina. Lo cual distorsiona la esencia intratrinitaria de la divinidad. Levinas cae víctima de la teología natural de carácter neoplatónica. Heidegger, que quiere poner al Ser más allá de Dios, y los filósofos que ponen a Dios más allá del Ser, reflejan realmente el verdadero olvido del Ser. 
§ 40.- Ni Dios es un sueño filosófico -como pretenden los enciclopedistas y Hume-, ni es sabelianamente un mero postulado moral de la razón práctica -como lo ve Kant-, ni el Absoluto es la dialéctica del ser indeterminado que se identifica con la nada, en su despliegue inmanente en la naturaleza y en la historia -como pretendió Hegel-. Por lo demás, suponer un dios bueno más allá del ser es tan incongruente como postular un ser más allá de Dios. En Dios ni la ontología ni la ética van por cuerdas separadas. Además, no es posible una inteligibilidad sin referencia al ser. Ni la negación del ser en la contradicción -descubrimiento de Hegel- abona en ese sentido, porque lo negativo sigue siendo algo positivo en la nueva síntesis. Husserl (Lógica formal y lógica trascendental) tampoco lo suscribe, porque admite que si se quiere dar fundamento a la lógica formal es preciso mostrar su origen en una ontología material. Por lo demás, la obra racional de la conciencia siendo reminiscencia no deja de ser reconstrucción de una identidad inteligible que tiene que ver con el ser. Por ello, el intento de Heidegger de destruir la identificación entre presencia y ser naufraga no en el pensar lo impensable, sino en pensar lo ininteligible. Por lo que, en Heidegger el ser es un obscuro abismo sin fondo, su ser representa el fracaso de la racionalidad. En contraste con los griegos, Platón y Aristóteles, donde el ser es el ser de la quietud. Mientras que en la Edad Media hay el ideal de la ciencia divina, donde lo ético recubre lo ontológico. En cambio, la Modernidad inaugura la racionalidad en su inquietud, el ser se extravía y la trascendencia se niega.
§ 41.- En las virtualidades ontológicas del ser indeterminado o la Nada potencial se distingue el dar origen al ser finito, en el cual se puede distinguir el ser y el ente. El ente es múltiple y sus géneros son distintos modos de ser -esencial, existencia, real, e inteligible-. Todo ente es plenitud de una forma. El ente es un algo realizado y por ello mismo anonadado. Ello lo abordaremos en el capítulo siguiente sobre la Nada anonadada o el devenir de ser categorial.
§ 42.- Pero hay algo que no está contenido en las virtualidades ontológicas del ser indeterminado o de la Nada potencial, a saber, las realidades espirituales. Las realidades espirituales (Dios, ángeles, alma humana) no emergen de la materia evolutiva, porque son directamente creadas por Dios o el Ser absoluto. Los ángeles son pura forma sin materia, el hombre no. Por lo demás, sea dicho que, a diferencia del idealismo absoluto, aquí no se afirma que las cosas sean apariencias porque no es correcto afirmar que el ser no corresponde más que a Dios, dado que toda existencia y realidad participa del ser. Ahora bien, el alma humana no existe antes de su unión con el cuerpo. Entre la fecundación y el nacimiento crea Dios el alma individual de cada ser humano, siendo su destino volver a la unidad psicofísica con el cuerpo. O sea, existir como persona. Esto significa que, si Dios crea directamente el alma humana en plena desenvoltura del Universo, entonces se da una Creatio ex nihilo del alma humana en la historia. Lo cual destaca la importancia suprema del hombre dentro de toda la creación, ente como realidad vinculante de lo inmanente y lo trascendente. Esto es, mientras que el mundo material ha sido arrojado en la creación, en cambio el alma espiritual humana ha sido especialmente creada. Por tanto, la pregunta metafísica fundamental no es sólo por qué hay Ser en vez de Nada, sino, también, por qué hay seres espirituales en vez de meras cosas inanimadas y seres animados sin alma espiritual.

Sinopsis. -
La Nada potencial es el ser puro indeterminado. Es el arjé o principio pre-cósmico que no tiene la nada fuera de sí, sino en sí. Pero esto no es pensar la Nada pura o absoluta, sino en su identidad con el ser puro. Lo cual significa que la nada pura o absoluta no es la nada de la indeterminación del ser. La Nada de la indeterminación del ser es la sustancia universal en su más alta abstracción. O sea, categorías vaciadas de contenido, las cuales no conforman una dualidad entre el Ser y la Nada, sino que Ser y Nada son una unidad en fluctuante equilibrio que dará lugar al automovimiento concreto de la sustancia. O sea, dará inicio al desarrollo. La nada potencial del ser indeterminado es la primera nadificación del ser absoluto. Las categorías vaciadas de contenido del ser indeterminado y de la nada potencial son transitorias al estar destinadas a dejar su construcción formal para desplegar su contenido concreto. La Nada potencial del ser indeterminado al entrar en un estado de inestabilidad irreversible da lugar a la flecha del tiempo. Pensar un tiempo antes del tiempo no es pensar en el tiempo de la eternidad, sino en una eviternidad potencial de las fuerzas pre-cósmicas, que darán lugar al mundo de la materia. El ser indeterminado y la nada potencial son creados por el Ser absoluto con el fin expreso de que pierda su simetría interna para dar origen el universo de los entes. La metafísica dialéctica del ser indeterminado no llega al conocimiento de Dios, sino al conocimiento de su creación. Su derrotero expone el paso del ser al ente, pero no del ser en cuanto ser. El peligro de esta dialéctica es tomar el ser indeterminado por lo divino, divinizando con ello a la Naturaleza. El ser indeterminado es la presencia formal de la presencia presente del Ser Absoluto.

Comentario. -
La secularización de la ciencia llevó hacia una visión ametafísica y ateológica del universo, pero no suprimió el anhelo de comprensión total del mundo ni el afán de salvación. Pero ciencia, metafísica y fe, ni se sustituyen ni se excluyen. El metafísico como el teólogo no debe abstenerse de la ciencia y viceversa. La ciencia habla del mundo creado por Dios, la metafísica de sus principios y la teología debe dialogar con la ciencia con espíritu crítico-ideológico. La metafísica ni la fe se realizan en el ámbito experimental del mundo, pero tampoco se divorcian del mundo. La metafísica como la teología sí proporcionan una idea del mundo más general que la ciencia.
Copérnico con su heliocentrismo no explicó el orden inferior, ese fue el mérito del Cusano con su idea de infinitud espacial. Kepler, divinizó la geometría y terminó en una teología horizontal de salvación. Galileo enfatiza la observación en las ciencias demostrativas. Su énfasis en la ratio física confundió lo exacto con lo verdadero e hizo imposible la libertad humana. Bacon pone su esperanza en la ciencia y en la técnica. Descartes hace casi desaparecer a Dios. Newton con su hypothesis non fingo niega a Dios.  El antropocentrismo kantiano hace imposible que el mundo haya salido de las manos de Dios. Esa visión ametafísica y ateológica se prolonga hasta el monismo fundamentalista de Einstein y el pluralismo complementario de la física cuántica. Todos renuncian a la visión total del universo. Pero la ciencia en un problema hermenéutico, que como teología natural exige dar un paso más hacia la desmitificación. La ciencia cuanto más nominalistamente se relaciona con lo contingente y mundano, más aviva el anhelo intramundano de salvación. El problema es que en un mundo sin Dios, la salvación trate de resolverse solamente en el ámbito de lo inmanente. Así, la tendencia panteísta en el concepto matemático de las ciencias reside en que otorga al cosmos su propia identidad autónoma. Y es que el orden ahistórico de la ciencia encubre la realidad total y el misterio de lo existente. Es conocido que, en la perspectiva bíblica agustiniana, ciencia y fe se oponen, la sophia humana no tiene eficacia salvífica. Pero el agustinismo ideologizó las matemáticas al modo neoplatónico. En cambio, para Pablo de Tarso la sabiduría humana sí tiene poder salvífico. La aporía socrática -al conocimiento no le compete el descubrimiento de la realidad total- y el destino de la metafísica-el ser es un trascendens, es la verdad y Dios- nos lleva a darnos cuenta del error agustiniano que se enfrenta con la dialéctica paulina -sabiduría conceptual y kerigma salvífico-. La teoría de los dos libros -Revelación y revelación natural- demuestra que el libro de la Naturaleza puede ser leído como revelación natural de Dios. La utilidad del positivismo metódico -la verdad reside en el concepto- lleva a reconocer que también la ciencia necesita de una nueva metafísica. En la teología de una experiencia analógica, donde se diferencia información, interpretación y realidad, lleva a reconocer que nuestra existencia es escatológica, que el ser se muestra analógicamente en todo lenguaje, que el evangelio es palabra profana con sentido divino, que el universo es historia de Dios con el hombre y que Dios es el fondo abisal de la ciencia. El mundo no es Dios, pero Dios está en el mundo. Pero si bien la secularización no suprimió el anhelo de comprensión total del mundo ni el afán de salvación, tiene un lado oscuro bastante acentuado en la celebración de la muerte de Dios y el ateísmo práctico extensivo en las masas. Sus pensadores así lo demuestran. Heidegger quiere ir más allá de Dios, hacia el inefable ser; para Paul Tillich Dios es suprapersonal; para el obispo John Robinson la teología debe ser secularista; y Bertrand Russel ya octogenario escribe su novela Satán en los suburbios, donde la secularización puede ser vista como un descenso a los infiernos.
Ahora bien, los astrónomos han confirmado que vivimos en un inmenso vacío cósmico. Y con ello vuelven a resonar las antiguas preguntas filosóficas: ¿si la materia surgió de la nada? ¿Qué había antes del Universo? ¿Todo se formó a partir de un fenómeno microscópico llamado fluctuaciones cuánticas? ¿Lo explica todo, las leyes de la física, es Dios el Creador de estas leyes? La física y la cosmología se ocupan sólo de cosas que se pueden verificar. La filosofía de lo que se puede explicar racionalmente sin verificación empírica, la religión de lo que se debe tener fe por revelación. En nuestro caso nos interesa la antigua v perenne pregunta filosófica formulada varias veces por grandes pensadores como Heráclito, Parménides, Platón, Aristóteles, san Agustín, santo Tomás de Aquino, Leibniz, hasta Heidegger. Y la pregunta es: ¿Por qué hay Ser en vez de nada? Veamos primero lo que confirman los astrónomos. Según un nuevo descubrimiento, el Universo sería algo así como una descomunal pompa de jabón, con toda la materia concentrada en la superficie y casi totalmente vacía por dentro. Esta conclusión fue expuesta en la reunión anual de la Sociedad Astronómica Americana, que se celebró en Austin, Texas. La Vía Láctea, nuestra galaxia, junto a todas sus compañeras, se encuentra en el borde mismo de un enorme vacío de más de mil millones de años luz de extensión y en cuyo interior no hay "nada".
El "agujero" que contiene la Vía Láctea es conocido como el "vacío KBC" (por Keenan, Barger y Lennox Cowie, de la Universidad de Hawaii), y es el mayor vacío conocido por la Ciencia. La idea fue lanzada en 2013 por la astrónoma Amy Barger y su estudiante Ryan Keenan, de la Universidad de Winsconsin-Madison, mostraba que la galaxia en que vivimos reside justo en los límites de un gigantesco vacío, una oscura y enorme región de espacio que contiene muchas menos galaxias, estrellas y planetas de lo que podemos ver en nuestro vecindario cósmico más inmediato. El Universo parece un queso de Gruyere o de una enorme tela de araña en 3D en el que la materia "normal" se distribuye en agujeros y filamentos. Los filamentos están hechos de cúmulos y super cúmulos de galaxias, que a su vez están formadas por miles de millones de estrellas, gas, polvo y planetas. Y toda esa materia "normal" apenas supone el 5% de la masa total del Universo. El 95% restante, que no puede ser observado directamente, está hecho de materia y energía oscuras. El nuevo estudio del astrónomo Hoscheit, también estudiante de Barger, confirma la idea de que vivimos en el mayor de los vacíos conocidos hasta ahora en el Universo. Un vacío que, además, ha permitido resolver las discrepancias que existían al usar diferentes técnicas para medir la velocidad a la que el Universo se expande. Hoscheit no ha podido encontrar objeción alguna, ni obstáculo observacional que vaya en contra de la conclusión de que la Vía Láctea reside en el borde mismo de un gigantesco vacío. Hasta aquí llega la noticia de los cosmólogos.  Y lo primero que se puede advertir es que el vacío cósmico actual no es el vacío cuántico del que surgió todo el Universo. No sólo se trata de dos tipos de vacío distintos, por lo dimensional, macrocósmico el actual y microcósmico el original, sino que, por lo estructural, se relaciona con aquella fuente energética que dio origen a la energía oscura y a la materia oscura. Lo segundo a conjeturar es que la duración finita de la expansión de dicha pompa de jabón llamada Universo no tiene por qué ser relevante respecto al destino de una de sus criaturas que la habita, a saber, el hombre. Todo indica que el principio antrópico existe para subrayar la relevancia cósmica del hombre al haber sido hecho a imagen y semejanza de Dios. Tercero, si el Universo reposa sobre un vacío cósmico, este mismo vacío tuvo que haber tenido un origen y al tenerlo no es la Nada, sino que es “algo” llamado vacío cósmico. Lo cual permite deducir que el vacío cósmico no es la Nada. De modo que el vacío cósmico sería algo así como el repositorio de la energía oscura y la de la materia oscura, las cuales son también resultado de las fuerzas físicas fundamentales, las mismas que tampoco son ni el vacío cósmico ni la nada, y sí más bien algo así como el Neutrovacío (término acuñado por el matemático y cosmólogo peruano Enrique Álvarez Vita). Cuarto, si el vacío cósmico tuvo un origen ese origen no pudo ser las fluctuaciones cuánticas del Neutrovacío, porque la idea misma de lo cuántico puede suponer un vacío macroscópico, pero no un vacío microscópico. De manera que el origen del vacío cósmico –tanto macro y microcósmico- no es ni sí mismo ni la nada, sino algo exterior al Universo in nuce o en potencia. Justamente sería el ser indeterminado o la Nada potencial. Ese algo exterior no puede ser ni el azar, ni la causalidad, ni la indeterminación, sino la libre voluntad de un Ser superior inteligente y con voluntad sobre el ser indeterminado. De modo que no es un contrasentido pensar que el Universo fue creado de la Nada por un ser omnipotente y omnisciente.
Quinto. Las fluctuaciones cuánticas pueden haber dado origen al Big Bang dando comienzo a todo el Universo incluido el vacío cósmico. Pero dichas fluctuaciones no ocurren en la Nada sino en el vacío cuántico que ya es algo. Entonces, qué dio origen a ese vacío cuántico. Si suponemos que ella misma se originó, resulta siendo causa de sí misma o causa sui. Algo así como una divinidad inconsciente, una fuerza cósmica ciega, como piensa el panteísmo. La materia y la naturaleza quedarían divinizadas. Esa es la solución del panteísmo o sea Dios es todo y se confunde con el mundo. El alma quedaría convertida en epifenómeno neurológico, la inmortalidad es un mito y el espíritu quedaría pulverizado. Esto es justamente lo que se supone en la propuesta panteísta que en el fondo es un materialismo solapado.  Sexto. Pero también es un materialismo sutil el llamado panenteísmo (Dios está en todo lo trascendente e inmanente) de Schelling y Krause. En el fondo el panenteísmo al afirmar que Dios está en la naturaleza afirma que Dios cambia y se identifica con la creación. O sea, la creación es igual con la propia esencia de Dios. Así, niega la naturaleza trascendente e inmutable de Dios, y, por ende, la necesidad del milagro, la encarnación y la redención de Cristo. Si Dios está también en la mudable naturaleza inmanente, entonces qué sentido tiene la encarnación y redención de Cristo: ninguna. Si Cristo es innecesario y sólo importa el Dios que está en todo, entonces la salvación es automática, la libertad sobra, todo está inscrito en las leyes naturales por la voluntad infinita del Creador. Pero hay algo más grave aún. Si Dios está en todo, entonces la creación tiene que ser infinita o sea eterna. La materia deriva en eterna, el tiempo en un eterno retorno. Como para el panenteísmo Dios es trascendente e inmanente, entonces hay dos eternidades. Pero como no puede haber dos eternidades, porque es un contrasentido lógico y ontológico, entonces aquí reluce una inconsistencia más del panenteísmo. Séptimo. Pero, además, cómo explicar que de dichas azarosas fluctuaciones cuánticas se engendrara el principio antrópico y la libertad. Y, además, cómo de algo ciego y azaroso se puede explicar un sentido, un propósito, un orden, un telos que parece seguir claramente el Universo. Al espíritu euclidiano se le escapa la explicación de la libertad del individuo y la historia humana. Es un fenómeno que rompe sus reglas cuantitativas y empíricas. La explicación más plausible del fenómeno humano y del universo mismo lo ofrece la elucidación teísta. Al espíritu euclidiano de carácter cientificista le caracteriza la rebelión contra Dios. La libertad tiene una naturaleza propia y no puede ser reducida a explicaciones azarosas, cuánticas ni causales.
Así, el vacío cósmico ligado a las fluctuaciones cuánticas encuentra el punto más controversial en la concepción de lo divino como energía autocreadora, donde resulta siendo álgido el problema de la libertad. Spinoza trató de resolverlo viendo la libertad como la conciencia de la necesidad. Lo que resulta un verdadero contrasentido. Pues no es posible construir un sistema ético ni explicar la libertad basándose en un naturalismo y determinismo panteísta. Pero si bien en un universo regido por la necesidad no puede haber ni bien ni mal, en un universo regido por la indeterminación materialmente sí puede haber bien y mal, aunque formalmente dependa de factores extramateriales, como la conciencia moral. En esta oscilación y ambigüedad subyace un materialismo ateo que no puede comprender a Dios como sujeto y no sólo como sustancia. No hay nada de sublime en el panteísmo. En un universo regido por la necesidad y la indeterminación sólo puede surgir un dios filosófico que es finalmente materia, pura energía ciega. Y como es material no es creador, sino ordenador. Él es naturaleza no lo trasciende. Es un eterno flujo de energía inagotable. Pero no hay ningún fin, el azar y la necesidad lo rigen todo. No hay duda de que junto a la moralidad estoica y al panteísmo metafísico espinosista se impulsó la secularización actual. En el mundo actual el panteísmo renace sobre los escombros del mecanicismo naturalista, el materialismo, el positivismo y el cientificismo. Incluso junto al indeterminismo todos tienen en común el predominio del inmanentismo. Es lo que vemos en los multiversos de Hawking y en el azar omnipresente de Dawkins. Los mismos coqueteos con el panteísmo lo podemos hallar en aquella divinidad más profunda que Dios, en la Gottheit de la vía mística de Eckhart, el Urgrund de Jacobo Boehme, en el Uno de Plotino, el Supraser en Heidegger, el Tao chino y en el misticismo hindú.
Pero el gran inconveniente de la afirmación panteísta es que su indiferenciación impersonal culmina en el pasivismo, el quietismo, la negación del hombre y de Dios. Sencillamente en el panteísmo no tiene cabida ninguna vocación creadora del hombre. Todo se absorbe en una oscura energía divina que no sabe nada de la energía creadora del hombre, no es antropológica, es pasiva y hostil a la creación. Todo queda absorbido en el indiferenciado divinismo original, donde no se distinguen ni Dios ni el hombre. Las grandes distorsiones conceptuales que nacen de la perspectiva panteísta son debidas a la concepción unívoca del ser, donde lo trascendente es eliminado ante el imperio ubicuo de la inmanente. Es el costo de renunciar a la concepción analógica del Ser. Y así vemos a un Stephen Hawking confundido y sin entender que nada puede la ciencia física decir sobre la creación, simplemente porque la creación no es un suceso físico sino metafísico. Del mismo lastre y grave defecto adolecen las especulaciones sobre los memes culturales de Dawkins. La existencia de una organización maravillosa en la naturaleza y de un orden superior a la materia no puede ser obra del azar, la causalidad ni la indeterminación. Por el contrario, la misma ciencia sugiere la existencia de un orden sobrenatural. Las únicas respuestas posibles son de orden religioso y filosófico. La misma ciencia impone la necesidad de Dios tanto en lo material como en lo espiritual. La ciencia para completar sus explicaciones exige la existencia de un espíritu consciente e inteligente que dio origen al Universo. Se trata de un espíritu superior al cual el hombre debe prosternarse humilde. Einstein decía que el primer trago de ciencia te vuelve ateo, pero en el fondo de la copa se encuentra a Dios. No aceptarlo resulta siendo un defecto epistémico serio, pero aún más grave secuela es el daño que se propina a la propia vida personal y espiritual.
Finalmente, si el Universo es como una pompa de jabón en cuyo interior está el vacío cósmico se puede decir que tanto el Universo como el vacío son el Ser en cuanto lo manifiesto. A esto se llama Realidad. Pero la Realidad no es la única manifestación del Ser. Esta también la Existencia, como el Yo de un poder ser dentro de un proyecto libre. Lo cual significa que el Ser es la fuente común de la Existencia y de la Realidad. El Ser es la fuente del Universo y no a la inversa. De modo que el Ser es eterno y es objeto de la metafísica; la Realidad es instantánea y es estudiada por la física; y la Existencia es temporal y es estudiada por la pneumatología. Ahora bien, dentro de este marco la Nada equivale a la no participación del Ser en la Existencia ni en la Realidad. En otras palabras, la Nada es la ausencia de universo, pero nunca es el vacío cósmico. ¿Pero acaso cabe distinguir dos tipos de creaciones ex nihilo: ¿una sin el tiempo (Universo) y otra desde el tiempo (alma humana), una sin el vacío cósmico y otra con ella? Veamos, si el vacío cósmico del universo nos remite a la nada antes de la creación y, por ende, antes del tiempo, por su parte el problema del alma también nos señala una creación desde la nada, pero en el tiempo. Me explico. Dios crea de la nada ambas realidades, a saber, el Universo y el alma humana. Pero una cosa es la Creación a partir de la Nada (Creatio ex Nihilo) del Universo y del vacío cósmico, y otra cosa es la Creación del alma humana directamente por Dios en la historia y en el tiempo. Para la Iglesia las realidades espirituales (Dios, ángeles, alma humana) no han emergido de la materia evolutiva. Pero, al contrario de lo que sostiene el orfismo y el gnosticismo, el alma humana no existe antes de su unión con el cuerpo. Entre la fecundación y el nacimiento crea Dios el alma individual de cada ser humano. Cada ser humano posee su propia alma puramente espiritual y constituye la intimidad de la persona. Y su destino es volver a la unidad psicofísica con el cuerpo. O sea, volver a ser persona. Entonces, si Dios crea directamente el alma humana en plena desenvoltura del Universo ello significa que se da una Creatio ex nihilo del alma humana en la historia. Todo lo cual relieva la importancia que tiene el hombre en el universo mismo. Es más, subraya la importancia suprema del hombre dentro de toda la creación como realidad vinculante de lo inmanente y lo trascendente. En otras palabras, el mundo material ha sido arrojado en la creación, en cambio el alma espiritual humana ha sido especialmente creada. Hacer filosofía de la naturaleza sobre la base de los fundamentos científicos nos lleva hacia la confirmación del principio antrópico de Brandon Carter y el Diseño inteligente de Michael J. Behe. Los cuales ponen énfasis en que el ajuste fino existente en las constantes cosmológicas no pueden ser fruto del azar sino de un plan inteligente. Queda pendiente una inquietud no menos crucial. Cuál es la relación entre el vacío cósmico y el daño ontológico que infringió a todo el universo el pecado del hombre. Este punto tampoco es un tema de la ciencia, aunque sí de la filosofía y de la teología. El crecimiento exponencial del vacío cósmico que equivale al triunfo final de la entropía o del caos, sería la consecuencia de la herida abierta por el pecado del hombre. El vacío cósmico no es la Nada. Qué hubo antes de la Creación, a saber, Nada. Esa fue la respuesta de San Agustín. Pero eso no significa que no haya habido el Ser. El Ser Absoluto, como eterno, está fuera de lo temporal e instantáneo, tal como es la naturaleza del Universo. En el Universo está el ser categorial. Por eso un Dios providente, omnisciente y omnipotente crea el cosmos de la Nada. Pero entre el ser categorial y el Ser absoluto está el ser indeterminado o la nada potencial, como reflejo formal de la presencia presente del ser absoluto y fuerza potencial de todos los entes que caminan al perecimiento.