jueves, 15 de febrero de 2024

NEOBRUTALISMO DEL SENTIDO DEL SER

 

NEOBRUTALISMO DEL SENTIDO DEL SER

El neobrutalismo es proceso espiritual que se vuelve hegemónico sólo cuando una civilización entra en su curva desintegradora. En ese sentido es parte de la crisis de la razón humana. La razón humana vive en crisis permanente porque el hombre es un ser en crisis existencial consubstancial a su ser, situación que espolea su avance y desarrollo. Pero la crisis de la razón conoce fases de afloramiento, cenit y decadencia. Sólo en ésta última se vuelven hegemónicos los rasgos irracionalistas de la crisis de la razón. En este sentido no toda crisis de la razón es negativa y muchas veces corresponde a su propio avance. Es más, el desarrollo de la razón es un proceso complejo que presenta la apariencia de una trenza en el que se presentan entrecruzadas líneas regresivas con líneas progresivas. Es un proceso dialéctico donde lo negativo y lo positivo se requieren mutuamente para el propio desenvolvimiento de la razón finita.

   En este sentido el sentido del ser se presenta afectado por la hegemonía espiritual del neobrutalismo civilizatorio. El sentido del ser es la idea que se forma el hombre sobre la realidad. Aquí no voy a entrar en la discusión de que sólo hay sentido para nosotros y el sentido en sí no existe. Al menos esa era la objeción que Nicolai Hartmann le dirigía a los argumentos de Heidegger. Es cierto que la comprensión del ser no se restringe a la significación de su sentido, y puede verse que el tema es la significación del ser. Pero aquí me atengo a la definición clásica de que el hombre percibe que hay una realidad externa que nos trasciende y contiene sentido. El hombre de la Antigüedad y de la Edad Media era en este sentido un hombre ontológico, porque no dudaba de la realidad del mundo. En cambio, el hombre de la modernidad es un hombre gnoseológico o epistémico porque duda de la realidad de las cosas. De este modo, realismo versus idealismo presidirá el debate filosófico desde la modernidad con una clara hegemonía del discurso idealista.

   Paul Hazard[1] tuvo el acierto de señalar que la destrucción de las bases metafísico-teológicas se llevó a cabo mediante el regnum hominis de la razón autónoma, el mismo que instauró un mesianismo laico que perdió a Dios. Este asalto a la razón que relegó los valores espirituales desembocó en el reino de la materia, el ateísmo y el antropocentrismo. Todo ello lo considero cierto, salvo por un detalle, a saber, que la defensa de autonomía de la razón no lleva necesariamente a su divorcio con el fundamento trascendente. Bien visto el asunto resulta que el divorcio entre la razón y la metafísica trascendente no fue la autonomía de la razón, sino que fue insertar a la razón en la nueva imagen del mundo terrenalista e inmanentista promovida por la Revolución científica, y otros cambios decisivos, de los siglos dieciséis y diecisiete. Como bien apunta A. Koyré[2], se trató de una “mutación” intelectual que implicó la disolución del mundo medieval. Pero la influencia de la razón científica no tiene que verse de forma unilateral, sino en la confluencia de un conjunto de factores que lo provocan. Convertirse en ancilla de la ciencia fue en parte lo que provocó que la razón filosófica se divorciara de la teología por completo. De esta forma, no tiene sentido afirmar que la autonomía de la razón tiene su fuente en la determinación filosófica (Hazard), económica (Marx) cultural (Simmel), científica (Koyré) o política (Ilustración). Es decir, es todo un proceso histórico donde confluyen un conjunto de factores el que se dirige hacia la descomposición de la imagen del mundo basado en lo trascendente. En lenguaje hegeliano se puede decir que fue la “astucia de la razón” la que dirige el cambio. Los excesos de trascendentalismos en desmedro del mundo real habían tocado a su fin. Lo inmanente reclamaba su lugar, y también ello se excedería. La modernidad fue un movimiento de un mundo sin Dios, gobernando por la practicidad, y en el cortoplacismo la fe agoniza. La fe enseña que no se puede creer sin la gracia, pero creer en Dios no significa tener fe. El demonio cree en Dios, pero no tiene fe. Tener fe es aceptar a Dios y tender hacia Él. El drama del hombre moderno es que no sólo avanza el ateísmo, sino que su fe es muy tibia.

   El giro antropológico moderno tiene su cúspide, después del cogito ergo sum cartesiano -donde la evidencia de Dios depende de la conciencia-, en el criticismo kantiano. Hasta el siglo diecisiete la modernidad era compatible con la fe cristiana en Dios y sólo desde el siglo dieciocho los conceptos teológicos y la subjetividad se tiñen de secularización. La naturaleza humana pasó a primer plano, la idea de progreso secularizó la escatología cristiana. Kant no suprime a Dios. Al contrario, su tesis antropocéntrica supone preservar la distancia entre creador y criatura, pero independizando a la razón respecto a Dios. Así, Dios queda reducido a una hipótesis moral necesaria. Fua acusado, no sin razón, de pelagianismo. Su resultado fue contrario a su intención y suscitó la metafísica de lo inmanente. Terminó con Fichte reduciendo la idea Dios a la conciencia moral, llevando a Hegel a concebir lo Absoluto no sólo como sustancia sino también como sujeto, y a Schleiermacher a afirmar que la religión tiene por objeto no lo trasmundano sino la totalidad de lo finito. El influjo kantiano en la teología protestante resultaba de la autonomía de la fe frente a la razón.

   Pero la acentuación del giro antropológico secular que acontece en la filosofía después de Hegel es puesta como fundamento del mundo y del hombre. Dios es asumido como simple idea humana. De ahí proviene la fascinación que sienten los filósofos posmodernos -Foucault, Lyotard, Baudrillard, Derrida, Deleuze, Rorty, Vattimo- por la filosofía de la contrafigura de Cristo, o sea, por Nietzsche, por la filosofía del hombre como ser supremo. Dios es omitido. Bergson se convierte en el gran precursor del panteísmo filosófico. hablando de la mística y de la religión dinámica. Ni Husserl ni Heidegger se plantean el ser de Dios, Sartre es ateo. Scheler abre la perspectiva del hombre como “ser abierto”, pero como las filosofías procesualistas de Whitehead y Samuel Alexander naufraga en el panteísmo. Este coqueteo con el panteísmo está presente en el propio Hegel al concebir que la libertad de las criaturas no es una manifestación fuera de la voluntad escatológica de Dios. Así los individuos carecen por completo de significación. El individuo queda disuelto en el movimiento de la Idea Absoluta.

   Pero la demostración de la mutua correspondencia entre razón y fe lo hallamos en la síntesis tomista. Por lado, los contenidos racionales de la fe no son idénticos a los de la racionalidad humana, pero ello no niega la relación armónica que existe entre fe y razón, en tanto que ambos colaboran en la búsqueda de la verdad, aunque por caminos distintos. Además, la fe es razón sobrenatural que ayuda el perfeccionamiento de la razón natural. Por ejemplo, las tesis filosóficas de la noción de Dios como existente, creador, personal y libre, la idea del hombre como ser espiritual e inmortal, la doctrina de la dignidad e igualdad humana, la concepción de la libertad, el problema del mal y el enfoque lineal de la historia no sólo son aportación directa del cristianismo, sino que son tesis estrictamente filosóficas. Pero son verdades racionales de contenido sobrenatural. Ahora se entiende porque Santo Tomás llama a estos contenidos filosóficos “preámbulos de la fe”. Y vale lo afirmado sin negar que existen contenidos racionales que trascienden el ámbito de la razón filosófica y natural y compete a la razón sobrenatural o teológica, nos referimos a las verdades de Dios uno y trino, la doble naturaleza de Cristo, la filiación divina, Encarnación, Redención, la gracia, las virtudes, dones y sacramentos. Son verdades que pertenecen a la Revelación pero que no están separadas de la vida de la razón humana. Si la tarea de la filosofía consiste en esclarecer los fundamentos de todas las ciencias -por lo menos ese era el ideal de Husserl-, la tarea de la teología es hacer llegar a la razón natural de la filosofía los contenidos sobrenaturales de la revelación y de la fe.

   Lo que la revelación comunica a la razón natural y a la filosofía no es algo incomprensible e irracional, sino comprensible y racional, pero que no puede ser percibido ni probado por medios naturales. Siempre en la fe habrá un   trasfondo incomprensible, llamado por San Juan de la Cruz como “la luz oscura de la fe”. Cosa que no podría ser de otro modo, dado que se está en contacto con una realidad misteriosa, tremenda, fascinante y numinosa. Cuando Rudolf Otto[3] afirma que “una religión cuanto más numinosa es, es más irracional” está señalando este aspecto, aunque no sea cierto que sea totalmente irracional. Además, no puede ser captado totalmente, es inconmensurable, y, en ese sentido, guarda siempre un contenido incomprensible e inagotable, que nos revela lo que quiere, siendo comprensible en sí y para nosotros.

   Ahora se comprende mejor cuando el connotado medievalista E. Gilson[4] sostiene que la filosofía de la Edad Media fue una obsesión por la teología, pero esta obsesión fue un movimiento racionalista que logró para la razón y la filosofía un ámbito independiente. Añade que no hubo sacrificio de la filosofía a la religión, sino de la religión a la filosofía. Y esto fue lo que denunciaron los reformadores del siglo diecisiete. La Edad Moderna se funda en el siglo trece con Alberto Magno que reivindica la autonomía de la razón filosófica. Pero ante los misterios -Trinidad, Encarnación, Resurrección- la razón lo admite por revelación. Así pues, la teología informa de lo que no depende de la naturaleza sino de Dios. Para Gilson los derechos de la razón fueron conquistados en la filosofía de la Edad Media antes que por la filosofía moderna. De modo que mientras Gilson poniendo el acento en lo gnoseológico destaca que la filosofía de la Edad Media fue la conquista para la razón y la filosofía de un ámbito independiente, E. Bréhier[5] sostiene desde el punto de vista metafísico que mientras las filosofías griegas son una filosofía de la necesidad, las filosofías cristianas son filosofía de la libertad. Gilson subraya la razón, mientras Bréhier la libertad. Y ambos están en lo cierto.

   Es decir, fe y razón son autónomas, pero existe una relación de circularidad entre ambas que no puede negarse con sensatez. La filosofía se consuma por la teología, pero no como teología. El propio Platón y Aristóteles son ejemplos de la teología natural, al hablar de la divinidad desde la sola razón. Y, al contrario, la negación de esta relación de circularidad resulta dañando la justa autonomía de cada una de ellas. La modernidad ni siquiera se contentó con defender la independencia de cada una de ellas -como erróneamente lo hizo Averroes-, sino que negó la misma relación de circularidad y con ello terminó desfigurando a ambas. Desde entonces la razón natural y la sobrenatural, la filosofía y la teología no sólo andan divorciadas, sino conflictuadas. Esto ayuda a entender que la filosofía puede hacer filosofía teológica sin sustituir a la llamada teología revelada, ni convertirse en sustituta de la religión. Una teología filosófica puramente racional ya es cosa superada y su relación no puede ser puramente crítica. La superación del neobrutalismo en el que ha caído la filosofía moderna nominalista y empirista, entendiendo lo real como lo puramente fáctico y comprobable, lo físico, lo mental, la comprensión interpretativa, la racionalidad normativa o la estructura significativa transita por la superación del idealismo, en todas sus variantes -subjetiva, objetiva, absoluta-, que reduce el ser al pensar y que implica que el conocer es la causa de la existencia de la realidad.

   Salir del neobrutalismo metafísico de la modernidad significa desde una postura realista anteponer el Ser al pensar, lo ontológico a lo epistemológico, asumir como evidencia primera que las cosas son y no lo es el pensar. Es basarse en el objeto y en la certeza sensible porque el Ser es lo previo e indemostrable para la razón. Pues el Ser no se encuentra en el pensamiento, sino que lo trasciende. Una cosa es el ser pensado y otra el ser desde el cual se piensa. Esto lleva a reconocer que Ser y Ente no son sinónimos. El ser (esse) no es lo mismo que el ente (ens). El concepto filosófico de ente no coincide con la noción de ser. El ente es el primer conocido, todo lo individual en el mundo es ente, incluso lo es todo aquello que puede objeto de pensamiento o formar parte de una oración gramatical. En un sentido el ente es todo aquello que es sujeto de predicación y a su diversificación se le llamó categorías o predicamentos -sustancia, cualidad, cantidad, relación, dónde, posición, posesión, tiempo, acción, pasión-, y en otro sentido el ente puede ser una enunciación afirmativa que no corresponde con algo de la realidad. Por ejemplo, las negaciones y privaciones, que no tienen esencia y existen únicamente como carencia. Esto llevó a pensar que el ente no puede predicarse ni como género ni como especie, porque todas las diferencias, específicas e individuales, son también entes.

   En una palabra, el ente no es un concepto unívoco sino análogo y proporcional. O sea, el ente es la esencia que tiene ser, pero que lo tiene en una esencia concreta, en un sujeto. De esto se dio cuenta Tomás de Aquino y representó una innovación metafísica gravitante. Lo hizo a partir del planteamiento de Avicena del problema de la existencia. El ente es el primer inteligible, pero al entender las esencias de los entes no se comprende nada de la existencia de estos últimos. En otros términos, la existencia no es un atributo de la esencia, sino algo que le sobreviene. La existencia no pertenece a la esencia, es algo accidental. Santo Tomás lejos de apartar la existencia en la descripción del ente, lo utiliza para explicar su constitución y hasta su esencia.

   El ser no sería lo que existe sino el acto primero de la esencia. Es decir, el ser no sólo constituye la esencia como tal, sino hasta la misma existencia deriva de la esencia del ente como uno de sus efectos. Por ello, el ente en sentido real es aquel que existe en la realidad, y el ente en sentido gramatical es aquella cosa sin esencia. Sólo a la esencia constituida de materia y forma le adviene la existencia. La existencia es un efecto del ser, no su causa. Todo ente tiene esencia y ser, y éste último es lo que hace subsistir, el cual es un modo especial de existir por sí y en sí. El subsistir es propio de las sustancias, en cambio el inherir, o existir por otro y en otro es privativo de los accidentes. Lo que hace existir es siempre el ser sustancial. Esto es, el ente está constituido por dos principios: el ser y la esencia. Sólo unidos el ser y la esencia producen entes. La esencia y el ser pertenecen a un orden distinto del ente. La esencia no es un ente, sino una capacidad de ser, y toda su realidad es una relación total al ser. La realidad de la esencia está en la capacidad finita del ser. El ser es la primera actualidad, la forma de las formas, constitutivo formal y material del ente. El ser es la máxima perfección y de todas las constitutivas del ente. Las perfecciones del ente tienen su origen en el ser y no en la esencia. El ser nunca es potencia, es acto y perfección, por ello siempre es recibido y nunca producido.

   El ser y la esencia no son entes, y sólo son objeto del entendimiento en la entidad. Por ello, el entendimiento conoce el ser, pero como ser propio de una esencia. El conocimiento de la esencia no es el conocimiento del ser mismo que lo trasciende. Lo que se entiende del ente es su esencia, no su ser. Por eso el ser es misterio. No obstante, el ser es el acto de la esencia, como en Aristóteles, pero es un acto no constitutivo de la esencia sino del ente. El ser es un acto entitativo. Esta distinción entre ser y ente, y el misterio que guarda con el hombre en el Aquinate sólo se vuelve a repetir en Heidegger, con la diferencia que éste último restringe la capacidad del entendimiento humano.

   La distinción que hace el filósofo alemán entre lo ontológico y lo óntico se basa en el aporte fundamental del Aquinate, pero con la grave limitación de limitar lo ontológico a una dimensión temporal y finita. Hasta el final persistió en su visión apóstata de sustituir a Dios por el Ser. Y recogiendo el legado de los presocráticos abrazó la lectura nietzscheana del conceptualismo socrático-platónico para rechazar la metafísica esencialista, a la que culpa del olvido del ser, y proponer la metafísica del ser como la pura posibilidad, la nada, lo contingente y temporal. Por lo demás, en el límite de lo psicopatológico cree que por él habla el ser. Se siente profeta y busca un Dios que se derive de la divinización del ser-ahí. Heidegger convirtió su pérdida de fe religiosa en destino de la época, y su fracaso del rectorado en derrota del frenesí de la época moderna. Este nazi fanático, que se apartó del nazismo al no ver cumplida su revolución metafísica, nunca tuvo una palabra de arrepentimiento sobre el genocidio nazi, siempre defendió en principio del caudillaje y en su pensar está ausente la reflexión moral. El hombre resulta siendo un medio para que el ser se haga visible a sí mismo. De ahí que rechazara el humanismo al considerar que no sitúa a suficiente altura la humanidad del hombre.

   Siempre tuvo un doble juego con el humanismo, recuérdese que cuando Scheler publica El puesto del hombre en el cosmos (1928), Heidegger replica que la naturaleza no tiene mundo, el cual adviene sólo con el hombre. O sea, otorga un papel central al hombre en la constitución del ser. Para Heidegger el mundo sin el hombre es mudo. A todas luces su obra contiene un fuerte e innegable ingrediente antropológico. Obviamente que resulta siendo una contradicción su negación antropológica cuando uno de sus pilares básicos de su filosofía es considerar el ser del hombre o ser-ahí como un ser abierto e inconcluso. ¿Abierto a qué? ¿Inconcluso respecto a qué? Si es a su propio proyecto se cae en una especie de solipsismo, si quiere evitar el solipsismo entonces debe admitir que sin el hombre hay mundo. Esta es sólo una de sus no pocas contradicciones que explican que este pensador no haya podido dejar un sistema. Al final de su trayecto considera que el ser es lo envolvente, por tanto, el lenguaje ya no puede ser la casa del ser. Adorno denunció su jerga obscurantista como un ocultamiento de su fascismo latente y adhesión al horroroso totalitarismo hitleriano.[6] Se comportaba como un poseso del pensamiento, se creía marcado por el destino del ser. Finalmente, al centrarse en lo ontológico extravió lo óntico. Todo lo cual ilustra a las claras que la distinción entre lo ontológico y lo óntico resulta siendo un empobrecimiento y distorsión del aporte metafísico del Aquinate.

   En realidad, se mantiene en la línea esencial del giro antiesencialista y antimetafísico de la modernidad rechazando el examen del ser ligado a lo trascendente, lo infinito y la eternidad. El sentido del ser es el tiempo, el tiempo es el puro devenir, excluida la eternidad la opción es asumir el ser como libertad y posibilidad, en su nihilismo no hay verdad absoluta ni permanente, a su historicismo le añade el relativismo, la verdad es libertad de darse un proyecto del ser. Para Heidegger la verdad se hace, no se descubre. Esta última conclusión se mantiene intacta en la propagandizada ideología de género del neoliberalismo amoral y nihilista. Sin duda, todos beben de un mismo arroyo envenenado. Heidegger fue el filósofo del ateísmo, el inmanentismo y la secularización. Negó el más allá, acentuando, como la teología protestante de la crisis o dialéctica de Karl Barth, el abismo entre el hombre y Dios. En su afán de colocarse antes de cualquier objetivación del mundo, como los dadaístas, recula en una actitud mística en lo premundano que nos deja con las manos vacías. Es lo que Bloch llamó “la pregunta inconstruible”. Su nueva jerga misteriosa impactó sobre una época presa de la desesperación y desorientación. Su obra completa consagra el nihilismo al convertir el sentido del ser en tiempo, puro devenir y posibilidad, una nada que se escapa de los dedos.

   Lo que vemos es que el marco antimetafísico y antiesencialista de la filosofía moderna impide ver que la filosofía puede hacer filosofía teológica desde la meditación del ser. Porque bien visto el tema del ser desde la revolución metafísica del Aquinate exige un abordamiento completo y no sesgado, sin marginar el tema de la eternidad y la trascendencia, sin recortes de la realidad misma. El ser viene a instituirse como acto primero y perfección máxima, siempre en acto. La realidad de su esencia está en su capacidad finita de ser, ni el ser ni la esencia son el ente. El ser es un acto entitativo y la esencia es una capacidad de ser. El ser es el fundamento de todos los actos del ente. El ser siempre es recibido y perfecciona al recipiente. Por la esencia el ente tiene ser. La esencia posibilita la multiplicidad entitativa. Por ello, las cosas no se distinguen por su ser, sino por su esencia, o el ser se diversifica según las esencias. La esencia limita al ser en un determinado grado de perfección del ser. Es decir, el acto de ser se encuentra limitado por la esencia de los entes creados. La esencia sólo es principio de entidad, el cual es potencia de otro principio, el ser en acto. Pero bien es sabido que la doctrina del ser del Aquinate no sólo emplea las categorías de acto y potencia del aristotelismo, sino también la concepción platónica de la participación. Y esta relación entre platonismo y aristotelismo en la doctrina del ser del Aquinate es imprescindible reconocerla. Desde ella deduce que el ser es participable por todos, pero él no participa de nada. Los entes creados, contingentes y finitos participan del acto de ser. En buena cuenta, el ente es una participación del ser según el grado expresado por su esencia. Esta participación del ser explica la diferenciación y limitación de las perfecciones de los entes. La finitud del ente responde a su participación parcial en el ser. El ser participado es acto del ente.

   A partir de aquí se obtiene un inventario de todos los entes y una visión de la estructura de toda la realidad. Como la presente obra no es una exposición del tomismo, sólo mencionaremos que los atributos o propiedades del ente son los llamados trascendentales, porque se refieren a categorías o sectores de la realidad y son siete: ente, realidad, unidad, incomunicabilidad, verdad, bondad, belleza. Los trascendentales no añaden nada real, sino una distinción conceptual. A lo que vamos es que en la estructura ontológica de la realidad la filosofía teológica del Aquinate concibe el ser que es fundamento de todos los actos del ente y que es participado es el Ser supremo, causa de todo y origen de todo, o sea Dios. Dios es pura existencia y acto puro, por consiguiente, increado, lo que permite afirmar que el mundo procede de Dios por creación. Dios al crear no necesita nada, más que su propia potencia productiva. El punto de partida de la creación no es la nada, que no es nada, sino el Dios increado. Incluso un mundo con duración eterna tendría su causa en Dios. Valga aquí la acotación que el Aquinate recoge el ejemplarismo platónico-agustiniano, según el cual las ideas eternas son modelos o ejemplares del pálido reflejo que son todos los entes. Su modificación consiste en que hace de las ideas eternas ideas divinas en la esencia misma de Dios. Dios es el primer ejemplar y modelo. De modo que su esencia ejemplar es causa remota y externa de todo lo que existe. Dios es el primer principio y el último fin de todos los entes participados y creados. 

   Siendo el Creador el sumo bien, es también el sumo fin. Pero sólo los seres racionales tienen como fin propio unirse a Dios por vía del entendimiento. Crear algo de la nada sólo es propio del poder infinito, por eso ninguna criatura puede crear. Su creación se divide en substancias simples, que tienen forma y existencia, más no materia -como los ángeles, inteligencia, alma-, y las substancias compuestas, que tienen materia y forma -como hombre, animales, vegetales, seres no vivientes, primeros elementos, accidentes-. En las substancias simples la forma es la inteligencia y la existencia es espiritual. En las substancias compuestas la forma es el alma y la materia prima es el cuerpo. Tanto es así que la doctrina de la inmortalidad del alma en el Aquinate no culmina en un angelismo, sino en la resurrección de la persona humana como nueva unión del alma y el cuerpo. El mal no tiene sustancia, no hay naturaleza mala, carece de esencia. El mal es un defecto de la naturaleza buena. Defecto que proviene de que los actos no son conformes con el fin o cuando el agente es deficiente en su potencia. La naturaleza nunca busca el mal y el mal moral sólo es querido indirectamente. El espíritu humano tiene una capacidad natural para conocer y querer al Creador, pero todo ello está limitado por su capacidad finita de la razón. La cual sólo puede concluir que Dios es Primer motor inmóvil, Causa incausada, Ser necesario primero, lo Máximamente perfecto causa de todo ente, e Inteligencia ordenadora. Y por vía analógica atribuye a Dios los trascendentales, igualmente el ser, la vida, el espíritu, la inteligencia y la voluntad.

   Ahora bien, toda esta reflexión fundamental sobre el ser se ha olvidado y dejado de lado en el imperante inmanentismo nihilista de la modernidad. Racionalismo y empirismo son las dos vertientes con las que la filosofía moderna inicia la gran ruptura con la metafísica de las esencias platónico-aristotélicas y la gran síntesis tomista. Sobre todo, el empirismo que es hija del nominalismo del medioevo tardío, convirtió lo fáctico en lo único válido, negando las verdades eternas, eternas y trascendentes. La radicalización del giro subjetivizante está dado en la filosofía contemporánea al dejar de lado lo fáctico para declarar que no hay hechos sino interpretaciones. Es la tiranía del hombre sin verdad, fe y razón. Es el imperio de lo efímero, del capricho individual y de la sensación. Sólo hay interpretaciones, todo el resto es ficción. Ya no es lo epistemológico lo que determina lo ontológico, sino la mera hermenéutica relativista y desfundamentadora. Ya no es el pensar lo que rebasa el ser, ahora es el desear nihilista. Nietzsche, Heidegger y Gadamer son los hitos del pensar hermenéutico. Nietzsche con su conocida frase “no hay hechos sino interpretaciones”, Heidegger al concebir el ser ahí como ser interpretante y Gadamer -que al parece de Habermas sólo urbanizó una provincia heideggeriana- al sostener que la tradición media la captación de la verdad. Se puede decir a su favor que se oponen al historicismo y que la historicidad de la comprensión se halla radicada ontológicamente, pero al final cada quien tiene su propia interpretación.

   El neobrutalismo de la posmodernidad contemporánea es precisamente la profundización del naufragio de la metafísica del ser por la metafísica de la pura inmanencia. Es el culmen de la negación del sentido del ser con el mito culturalista de que cada ser construye su ser a la carta. Y lo es porque la realidad del ser se ha visto no sólo recortada, sino, además, negada. Siendo la modernidad visceralmente antieternalista y antiesencialista no se pone en las mejores condiciones para comprender la realidad del ser, y, al contrario, la puso en vía de su negación. El sentido del ser resultó siendo negado porque el empobrecimiento positivista de toda laya en la comprensión de la realidad la colocó en la situación perniciosa y destructiva de la negación del ser mismo. Se entroniza la negación de la visión totalizadora del mundo.

   Como parte del deterioro y extravío paulatino del sentido del ser en la modernidad encontramos la reducción pragmatista de la verdad a lo útil, de la filosofía lingüística al significado, y la reducción posmoderna a mera creencia y deseo. Lo cual tiene su punto de partida en la distorsión idealista de la comprensión de la verdad como adecuación. La verdad como adecuación de la cosa y el entendimiento significa que la conformidad del entendimiento tiene a la cosa como entendida y no como poseída. El entendimiento es un cierto efecto de la verdad ontológica. Lo cual significa que hay que distinguir entre la verdad trascendental y la verdad del entendimiento. Una cosa es la verdad ontológica, que es causa del conocimiento, y otra es la verdad gnoseológica, que es efecto de la verdad ontológica. Pero el idealismo moderno redujo la verdad a lo gnoseológico, negó la verdad ontológica, y terminó reduciendo la verdad del conocimiento a mera creencia y convención social. Para la filosofía del lenguaje (Putnam, Dummett) las categorías semánticas determinan las categorías ontológicas, de modo que el problema ontológico es un problema de semántica. No niegan la existencia del mundo, lo que niegan es que el lenguaje es incapaz de representarlo, el único mundo es el mundo hablado, en última instancia la interpretación de la verdad es la comprensión de nuestras creencias (Davidson).[7] De manera que toda la triste odisea del logos de la logística sucumbe en el escepticismo de la verdad.

   Este es otro rasgo de la irracionalidad del neobrutalismo contemporáneo. Lo cual nos recuerda la tesis de Lukács[8] cuando sostuvo que el fenómeno del irracionalismo filosófico, negador de la verdad, la razón y la objetividad, es un fenómeno cultural del imperialismo, llevando implícito la posibilidad de una ideología fascista. Esto se parece como a dos gemelos a las afirmaciones en boga que tratan de convencer que la realidad es una simulación, todo es ilusión, y, por tanto, nada de preocuparnos por las guerras que asolan el mundo, el genocidio israelí de niños, mujeres y ancianos en Gaza, la presión que Washington ejerce sobre Ucrania para que su población sirva de carne de cañón en vez de firmar la paz con Rusia, nada de los problemas reales deben preocuparnos y debemos dejar con las manos libres a las élites megacorporativas del hiperimperialismo planetario para que hagan lo que quieran con la exacción neocolonial del mundo. A la correcta idea de Lukács sólo añadiríamos que dicho fenómeno cultural del irracionalismo del imperialismo responde al giro subjetivista y nominalista operado desde el inicio por la modernidad misma.

   En realidad, el neobrutalismo metafísico actual representa el pináculo de la erosión nihilista de la sociedad posmetafísica. El extravío del ser concibe que éste no es recibido sino construido por la voluntad de poder y la voluntad de verdad en una hemorragia de la subjetividad monádica. En el triunfo del para mí no hay verdad extrahumana, sólo hay voluntad de verdad. De este modo el ser deja de ser en acto y es asumido como potencia, algo elegible y reemplazable. La ideología antiesencialista y antimetafísica de la modernidad tenía que extraviar el sentido del ser como paso previo del extravío de otros sentidos existenciales. De este modo el nihilismo es el malestar neobrutalista global de nuestra época, que se ha encarnado especialmente en el occidente neoliberal. El pensamiento científico-técnico, la política neocolonial del imperialismo occidental hegemónico, el capitalismo digital y la filosofía posmoderna son sus factores acelerantes. El relativismo, escepticismo y hedonismo son sus consecuencias. El neobrutalismo nihilista se manifiesta en la invalidación de las creencias tradicionales y los fundamentos metafísicos trascendentes. En realidad, lo que vemos es la consumación de la racionalidad burguesa. O, en otras palabras, vivimos una forma especial de neobrutalismo, a saber, el de la razón capitalista. La racionalidad capitalista al entronizar el dinero esfumó la consistencia de todo valor y en su lugar hizo primar el cálculo, el beneficio, lo cuantitativo y la eficacia. Todo lo cual colisiona con el verdadero sentido del ser. El neobrutalismo nihilista es un pensar el ser desde la nada, somete todo a la transitoriedad del devenir, yendo siempre de la nada a la nada. El pathos del neobrutalismo nihilista es refractario a una nueva ontología fuerte y se dirige hacia su final. En la negación de la realidad y del sentido del ser, de las esencias y de los fundamentos metafísicos, es donde con mayor claridad se percibe la decadencia civilizatoria de la modernidad tardía. Con su imperio de la temporalidad y su sesgo antieternalista avanza disolviendo los valores y el ser. La secularización extrema se mostró como el poder de la nada en la utopía inmanentista y el estancamiento espiritual.



[1] Paul Hazard, La crisis de la conciencia europea, Alianza, 1988.

[2] A. Koyré, Estudios de historia del pensamiento científico, Siglo XXI, 1977.

[3] Rudolf Otto, Lo santo, Alianza, 2016.

[4] E. Gilson, La filosofía en la Edad Media, Gredos, 2019.

[5] E. Bréhier, Historia de la filosofía, I, desde la antigüedad hasta el siglo XVII, Tecnos, 1985.

[6] Rüdiger Safranski en su obra Un maestro de Alemania. Heidegger y su tiempo (Austral, 1994) consigna que el partido nazi veía a Heidegger como un filósofo que “nadie entiende y no enseña nada”, un “nihilista metafísico”, un filósofo del cuidado y de la angustia, un rector fantasioso, salvaje e intrigante, un esquizofrénico peligroso. Por ello, no se le cedió la cátedra de Berlín. Heidegger dijo que renunció al rectorado porque los nazis no radicalizaron la revolución. Pero en realidad su antisemitismo era de compromiso, pero efectivo, pues se apartó de sus viejas amistades judías, traicionó a su maestro Husserl, nunca dijo nada sobre los campos de concentración en Friburgo. Además, se comportó como una mala persona conspirando contra sus colegas de universidad.

[7] Donald Davidson, De la verdad y de la interpretación, Gedisa, 1995.

[8] Georg Lukács, El asalto a la razón, Grijalbo, 1968.

martes, 13 de febrero de 2024

NEOBRUTALISMO DEL SENTIDO COMÚN

 

NEOBRUTALISMO DEL SENTIDO COMÚN

 

El sentido común es patrimonio de la naturaleza humana y es fundamento de la matemática, la ciencia y la filosofía. El sentido común es una forma del raciocinio humano que obtiene conocimientos directamente de la experiencia. Su verdad no se manifiesta en razonamientos apoyados en la ciencia, en la filosofía o en contenidos culturales, sino con evidencia inmediata y se presenta como indudable, aunque puede ser puesto en duda por un pensamiento posterior.

 

El sentido común es pasivo, como los sentimientos o estados afectivos, porque su sujeto no tiene conciencia de actividad alguna. Por su inmediatez y pasividad proporciona conocimientos intuitivos generales y universales porque son patrimonio de la totalidad de los hombres de toda cultura y todo tiempo, permanecen a pesar de los cambios históricos y de la diferente capacidad intelectual individual, como tampoco cambian en las diferentes etapas de la vida. Es por ello que el sentido común es patrimonio de la condición humana. De ahí que Kant [1]pueda decir que el sentido común es el principio del gusto o la facultad del sentimiento para juzgar acerca de los objetos en general.

 

El contenido del sentido común surge de la experiencia del hombre con la realidad, por ello se refiere tanto a la realidad como al hombre. Sus conocimientos se rigen por primeros principios especulativos y primeros principios éticos. Con ello proporcionan un sentido de la realidad, muy general, a la vida individual y colectiva. Se trata de un contenido que permite la comunicación humana por encima de los condicionamientos culturales. De modo que sirve de fundamento para todo tipo de conocimiento. Incluso proporciona las premisas necesarias para toda investigación racional de la realidad, sea filosófica o científica. De manera que la razón filosófica y la razón científica presuponen la razón natural. El saber del sentido común es inteligencia espontánea y natural que se encuentra unido al recto conocimiento sencillo y a los afanes de la vida diaria. El sentido común es un modo especial de sentir los principios. A pesar de las innegables distancias entre el saber filosófico y el científico con el sentido común, no hay ruptura definitiva respecto de este último.

 

El sentido común es un poderoso consejero para juzgar razonablemente las situaciones de la vida cotidiana y decidir con acierto. Por ello se cae en el disparate o la insensatez cuando se toman decisiones alejadas del conocimiento práctico de la razón. Por ejemplo, si no se sabe nadar es alocado arrojarse al mar. De ahí que es fácil advertir que el conocimiento humano tiene grados y el del sentido común es el más básico, por lo que no debe ser sobrevalorado. La filosofía y la ciencia son grados más profundos del saber humano, que exigen una mayor esfuerzo y más intenso cultivo. Así, Aristóteles[2] puede definir el sentido común como la capacidad general de sentir con la doble función de constituir conciencia de la sensación y la de percibir las determinaciones sensibles.

 

Sin embargo, como el sentido común es el entendimiento humano en su funcionamiento natural no puede ser nunca abandonado ni sustituido por la filosofía y la ciencia por exigencia del conocimiento práctico de la razón. Que un físico de partículas sepa que los neutrinos atraviesan todo y a velocidad de la luz, no significa que él intente estrellarse una y otra vez contra puertas y paredes imitándolos. Eso es intentar aplicar un conocimiento científico específico para cosas de la vida diaria. A partir de esto se comprende que para los autores latinos como Cicerón y Séneca el sentido común tiene el significado de hábito, gusto, modo común de vivir y hablar. Vico[3] es más tajante al calificarlo como un juicio sin reflexión aceptado por toda una comunidad y que tiene como tarea el dominar el albedrío humano. El mismo significado le otorga la escuela escocesa con Reid a la cabeza, el cual consideró que es lo que nos hace ley y gobierno propio. El sentido común sería una facultad regulativa que hace posible que emerja la racionalidad de toda proposición. Como apuntó Jacobi el sentido común es como una creencia cuya naturaleza es racional.

 

Es baladí reconocer que el sentido común falla estrepitosamente cuando se le intenta utilizar más allá de los hechos cotidianos. Dewey[4] destaca el carácter práctico sentido común. Existen, sin duda, las fronteras entre los diversos grados del conocimiento humano y resulta ser locura desconocerlos. La razón natural y la razón científica no culmina en la razón filosófica, porque por encima de todas ellas está la razón teológica. La fe no es irracionalidad, la fe tiene una racionalidad y su certeza es que la voluntad es movida por la gracia de Dios. La duda en la racionalidad teológica proviene de nosotros, al no entender plenamente contenidos racionales que no son idénticos a la racionalidad humana.

 

En suma, el sentido común da sentido al mundo, pero ello no significa que lo conozca en su especificidad. Lo cual no debe significar que se deba abrazar el lema de “más ciencia y menos sentido común”. Eso es confundir los grados del conocimiento. Lo que sí es aconsejable es cultivar los diferentes grados del conocimiento humano. Resulta ser tan bárbaro como insensato conformarse en la vida sólo con la retención de un grado de conocimiento sin intentar asimilar otros grados más. De ahí que la tendencia a la especialización en nuestro tiempo de idolatría de la ciencia, en desmedro de la generalización humanística, genera bárbaros especialistas.

 

El saber es una tarea naturalmente humana. Y ningún otro grado de conocimiento debe ser totalmente incompatible con el modo de ser del hombre, con su naturaleza. El saber no debe conducir nunca al dilema entre la razón cultivada y la razón natural, entre filosofía, ciencia y sentido común, sencillamente porque la filosofía y la ciencia son también conforme con la naturaleza humana. En ese sentido se puede afirmar que la filosofía, primero, y la ciencia, después, son la plenitud humana del saber natural o sentido común.

 

Ahora bien, una cosa es que el sentido común sea patrimonio de la naturaleza humana, proporcione sentido de la realidad, sea facultad regulativa presente en todo tiempo y época, y otra cosa es que se pueda ver afectada por condicionamientos histórico-culturales de todo tipo.

 

Y esto es precisamente lo que se observa sobre el sentido común no sólo desde el predominio de la sociedad sobre la comunidad, el contrato sobre el compromiso de honor, el industrialismo sobre el artesanado, la irrupción de la sociedad de masas, el predominio de los medios de comunicación sobre la opinión pública, la negación de la verdad, la ciencia y Dios con la cultura posmoderna, la posverdad, la ideología de género y demás manifestaciones adjuntas, sino que el verdadero giro viene dado desde que en la modernidad se opera la hegemonía de la razón funcional sobre la razón substancial, lo cuantitativo sobre lo cualitativo, el dinero sobre el valor, la sociedad de medios sobre la sociedad de fines, el universo causal sobre el teleológico. En una palabra, el impacto de la nueva imagen del mundo moderno, terrenalista, inmanentista y secular, sobre el sentido común es profundo y decisivo. El neobrutalismo, como proceso espiritual en el mundo moderno, no se instala de golpe, sino que es un proceso largo y progresivo, toma siglos, que al comienzo tiene todos los visos de tener un aspecto progresista, liberador y poco anuncia sus rasgos decadentes y nauseabundos hasta estar bien desarrollado. Por lo demás, el venidero neobrutalismo de la modernidad nace del neobrutalismo de la civilización medieval que se opera desde mediados del siglo XIV y a lo largo del siglo XV, o sea en plena decadencia de su imagen del mundo. Es un proceso que tiene sus manifestaciones filosóficas en el medioevo tardío en el terminismo de Duns Scoto y en el nominalismo de Occam, los cuales tienen en común el individualismo y el voluntarismo, justamente las premisas sobre las que expandirá la moderna racionalidad burguesa. No en vano el nominalismo influirá sobre el empirismo inglés. Ambos representan el fin del equilibrio entre lo intelectual y lo volitivo establecido por el tomismo. Y en economía encuentra su expresión más notoria en la aparición de la banca, el préstamo a interés y el desarrollo de la mentalidad calculadora, organizacional y funcionalista del mercader cristiano[5], lo que aceleró el derrumbe de la sociedad medieval. En pocas palabras, el mercader cristiano desarrolló un papel central en la formación de la cultura laica -escuelas laicas, escritura, cálculo, historia, geografía, lenguas vulgares, manuales, racionalizó la existencia-, ejerció el mecenazgo artístico y cultural -arquitectura, pintura, artículos de lujo, literatura, humanismo-. Es decir, contribuyó a cambiar la sociedad civil al resolver la tensión entre la cultura monástica y la cultura racionalista a favor de ésta última. Proceso que culminará en el siglo dieciocho, con la Revolución Francesa, con la pérdida de la hegemonía del monje sobre el intelectual. El amor a la humanidad desplazó el amor a Dios y la verdad se secularizó. Es por ello que el nominalismo puede ser considerado como un notorio progreso de la conciencia burguesa al constituirse en el reconocimiento de la individualidad, lo cual era un retorno desde el mundo trascendente al mundo inmanente, de la religión a la política, de Dios al hombre. La nueva imagen del mundo se coaguló como una ruptura metafísica entre la dimensión inmanente con la trascendente.

 

A la nueva racionalidad secularizada se le llamó pensamiento crítico, teniendo su expresión característica en el criticismo kantiano. “Aude sapere” decía Kant, reflejando el nuevo espíritu de la época. Pero la nueva connotación de la razón está dada con Descartes, con el cual la modernidad consagra al hombre como el arquitecto de la realidad. Con Cartesio la filosofía moderna da el giro idealista y la primacía del pensar sobre el ser. Con ello se da comienzo al obscurecimiento del sentido ontológico del ser y de la realidad, y que encontrará sus más hondas consecuencias en la negación del sentido de la realidad del sentido común actual. El avance del racionalismo moderno no acontece sin resistencias. Así, Descartes, que tan sólo publicó cuatro obras en vida, no dio a la imprenta el Tratado del hombre y el Tratado de la luz por miedo a recibir una condena eclesiástica. No en vano en 1600 Giordano Bruno fue quemado vivo, en 1633 la Inquisición condena los libros de Galileo y la primera mitad del siglo XVII está convulsionado por las cruentas guerras religiosas que acaban en 1648 con la Paz de Wesfalia. La racionalidad secular tenía como fundamento el nuevo pensamiento científico que entendía a la naturaleza como un mecanismo y, por tanto, lleva a un mundo sin dioses. Para Descartes a Dios no se llega por el mundo, sino por el cogito, por lo cual se le acusó de heterodoxo, impiedad, pelagiano y ateo. El mismo Pascal le replicó oponiéndole el Dios de Abraham. Desengañado de la recepción de su filosofía y en quiebra económica aceptó ser preceptor de la reina de Suecia. Allí muere de neumonía en un rápido deceso que genera la leyenda de que fue envenenado. Y es aquí donde es notorio cómo los avances científicos modifican la imagen filosófica del mundo.

 

No es fácil establecer las etapas en la consolidación de la nueva imagen del mundo que terminará impactando sobre el sentido común, especialmente sobre su sentido de la realidad y el sentido de la vida. No obstante, es posible delinear un proceso que va de la mano con la urbanización, la tecnología, el cambio social y político, la educación y la alfabetización, el consumismo y la economía de mercado, hasta culminar en la globalización de la interconexión digital. En este sentido intentaré esquematizar las etapas, más o menos definibles, en este proceso de la formación de la consolidación de la nueva imagen del mundo de la modernidad. En lo cual no consideraré que la técnica[6] sea una fuerza automática que determina a las demás instituciones (Marx), sino que está en constante juego con otras fuerzas culturales. Una época y su imagen del mundo es un equilibrio dinámico, y no estático, en el curso de la historia. Así tenemos:

 

1. Sociedad agraria y artesanal moderna, donde el aparato productivo es premoderno en medio del predominio de la imagen mecanicista de la naturaleza. Aún se mantiene la fase eotécnica de la civilización basada en la madera, el agua, carbón, hierro, el molino, y el viento. Con el vidrio el ojo se vuelve importante, la casa se vuelve higiénica, macro y micromundo cambió. También cambió el mundo del ego. Sus inventos gigantes son la imprenta, el reloj y el alto horno, sin obviar el método experimental, la fábrica, la universidad, el laboratorio, la academia y la feria industrial.

 

2. Sociedad industrial, donde la acumulación de capital espolea los inventos técnicos. Es la fase paleotécnica de la Revolución industrial en el siglo dieciocho, el capitalismo carbonífero hizo estragos en la vida humana y el medio ambiente a escala industrial. La máquina de vapor acentuó la cuantificación de la vida. Adviene la degradación del trabajador y nace el hombre económico justificado por la utilidad y la democracia. Se abre paso la inanición de la vida con la degradación de la mente y los sentidos. En nombre el Progreso se somete a la vida hasta los límites de la barbarie. La lucha por la existencia fue la racionalización de las condiciones económicas dominantes. Surge la psicología y el freudismo en momentos en que el hombre se hunde en la patología de la depresión, la desesperación y la crueldad despiadada del colonialismo imperialista europeo. Después de 1850 el proletariado resuelve el complejo de inferioridad identificándose con el nacionalismo, el anarquismo y el socialismo. Era de las revoluciones sociales. Aumenta la energía y el tiempo se acelera. Las sinfonías, el impresionismo, las novelas realistas, las filosofías voluntaristas, historicistas, relativistas e irracionalistas fueron la compensación estética y filosófica en un mundo enfurecido. Los triunfos mecánicos (barco a vapor y puente de hierro) son inversamente proporcionales a la derrota humanística. La civilización paleotécnica de la civilización industrial fue humana y socialmente desastrosa, ñero técnicamente un avance extraordinario que acentuó el sentido cuantitativo de la vida.

 

3. Sociedad postindustrial, donde los refinamientos técnicos hacen posible que lo cuantitativo y lo mecánico sea más sensible a lo vital. La civilización neotécnica conoce mejor lo químico y lo biológico. Ahora los inventos se derivan de la ciencia antes que de la economía. El papel del ingeniero se hace preponderante. La energía eléctrica libera a la industria de la mina de carbón. El automatismo de la máquina hizo al obrero menos importante. El proletariado se desplazó de la fábrica al sector servicios y educación. Los materiales neotécnicos son sintéticos, de ahí su gran deuda con la química. El avión, la gasolina y el automóvil son sus símbolos. Se abre paso el capitalismo de bienestar. La comunicación se vuelve instantánea, pero el pensamiento se desvitalizó. La fotografía, la película y el fonógrafo cambia la psicología introspectiva a conductista. Los nuevos medios de archivo exigen una sensibilidad más fina y una mayor inteligencia. La máquina neotécnica se vuelve aliada de la vida, pero el dualismo alma-cuerpo se sustituye por la energía. Se abre camino la energía nuclear. Vuelve el respeto por el color, la forma, lo estético, las cantidades diminutas y lo invisible. Impera lo ergonómico. La fijación del nitrógeno fue el logro más importante que libró a la agricultura del tiempo de plagas. Se impone la planificación del crecimiento y distribución de la población. Cambio de valores con el control de la natalidad y el uso de preservativos. Faltan las instituciones políticas, sociales y económicas que en vez de perseguir la rentabilidad privada del capital busquen el cumplimiento social completo de la fase neotécnica de la máquina. Su irresolución es lo que provocó la crisis ambiental y ecológica, la degradación de la política en corrupción generalizada, la disolución moral de la sociedad, la crisis de seguridad, la migración por guerra, violencia, desempleo y explotación neocolonial, el racismo, la espantosa y generalizada adicción a las drogas especialmente en los países del occidente neoliberal, junto a su libre consumo.

 

4. Sociedad digital[7], donde se globaliza la sociedad de mercado y las redes sociales mediante el internet. Se desarrolla la nanotecnología, la tecnociencia, la biotecnología, las ciencias genómicas. De lo cual se aprovecha el naturalismo biologista, como sucedáneo del materialismo, para vender la utopía del “homo deus”, mitad biológico y mitad máquina. Esta postura inmanentista y temporalista lo único que hace es reducir el problema de la Vida a lo biológico. Nace la bioética y el bioderecho para impedir que la tecnociencia se convierta en una amenaza manipulando genes con fines subalternos. Lo positivo de este desarrollo es que las ciencias de la vida han puesto en evidencia la primacía del criterio ético sobre el científico y la necesidad de recuperar la dimensión teleológica, metafísica, religiosa y trascendente de la vida. La biotecnología tiene sus riesgos (armas biológicas, nuevas pandemias), pero también sus beneficios (medicina, alimentos, ambiente mejorado). Por otro lado, a libre competencia económica es frenada por acuerdos comerciales de las propias corporaciones. Se sale del marco del imperialismo clásico para pasar a la fase del hiperimperialismo, donde las megacorporaciones tienen soberanía propia, están desterritorializadas y convierten el planeta en un casino global. Las guerras del Complejo Industrial Militar norteamericano se implementan mediante groseros montajes mediáticos que sirvan de pretexto para el caso. Es aquí cuando el orden político y financiero se resiste y entra en mayor colisión con la fase digital de la máquina. Crece a nivel desproporcionado la concentración de la riqueza y la desigualdad global se impone a niveles nunca alcanzados bajo el colonialismo del siglo diecinueve. La era de la cibernética es puesta al servicio de la ganancia y beneficio privado por medio de los grandes monopolios de la inteligencia artificial. Las GAFAM -acrónimo que alude a Google, Amazon, Facebook, Apple y Microsoft- controlan la explotación del internet consiguiendo una mayor depravación y barbarie adormeciendo la empatía y anestesiando la compasión. No menos grave es la trivialización del pensar humano, donde en vez de avanzar hacia la era del saber se profundiza el hoyo de la era de la estupidez humana. Otro efecto nefasto es la instauración de la vigilancia privada con fines políticos y comerciales. Se instaura la dictadura y la nueva edad obscura de la tecnología cibernética mediante las redes sociales. La tecnología computacional es opaca y permite que los algoritmos simulen la realidad y lo vuelvan indistinguible. El sentido de la realidad se vuelve difuso. Lo real y lol virtual se confunden. El irracionalismo y el idealismo subjetivo se acentúan en la filosofía. Se pone de moda la antifilosofía falsa -porque hay también la antifilosofía verdadera (Sócrates, Marx, Heidegger, Wittgenstein, entre otros)-, que busca destruir la filosofía, pero ello es necesario para el ocultamiento de la verdad, indispensable para la disolución del pensar crítico y que proclama como inútil y pernicioso al pensar filosófico. Brota la ideología de género y junto a ésta la del transhumanismo, donde mediante la negación de la esencia humana se juega con la libre elección del ser que se quiera vivir. Se impone el mito del culturalismo, donde todo se concibe como un producto de la construcción social. El pensamiento computacional asfixia el pensar creativo, se acentúa hasta el límite el inmanentismo metafísico de la modernidad. La posverdad, todo tipo de noticia falsa o fake news se pregona. Lo real se vuelve falsificable. La abominable ideología de género pulula y es promovida desde las más instancias mundiales dominadas por el occidente neoliberal. La corrompida y avara élite megacorporativa del occidente neoliberal incentiva y presiona en la implementación de su agenda que atenta contra la familia, la tradición, la nación, la soberanía de los pueblos y los valores. En una palabra, al apropiarse el capitalismo de la tecnología digital lo que logra es un mayor individualismo disolvente del humanismo, una mayor barbarie y una más honda y sofisticada degradación humana. Todo esto no significa que la barbarie y el neobrutalismo se produce únicamente al no haberse resuelto la contradicción dialéctica entre progreso científico y progreso social, porque hay otras fuerzas progresistas que también pugnan por un nuevo orden humano.

 

5. Sociedad posdigital, donde la gobernanza global pasa del Orden mundial unipolar hacia el Orden mundial multipolar, lo económico se subsume a la política social y la ganancia privada es puesta al servicio del beneficio social. China anda a la cabeza de este proceso, le sigue Rusia y van a la zaga el grupo de los BRICS. El mundo unipolar encabezado por el imperio norteamericano implementó la guerra en Ucrania, desbaratando con una nueva guerra fría la integración euroasiática de China y Rusia con el Occidente europeo, y aprovechando el conflicto ucraniano destruyó los gasoductos que resolvían las necesidades energéticas de occidente en desmedro de las compañías estadounidenses. Y la ocupación descarada de más de siete décadas de Palestina por el sionismo israelí con el apoyo descarado político militar del imperio norteamericano para asegurarse el dominio del golfo petrolero del Medio Oriente. Lo cual se ha puesto en evidencia en el genocidio de más de 25 mil civiles en Gaza en tan sólo dos meses de asedio. Una indescriptible masacre que ha sido condenada por la Corte Internacional de Justicia de la Haya. Las bases del viejo orden neocolonial se están estremeciendo y con ello comienzan a derrumbarse su imagen del mundo basado en el libertinaje. El significado de este cambio histórico en marcha -a pesar de los sabotajes y resistencias del finisecular mundo unipolar- tiene un sentido filosófico profundo y definido que ser traduce en una nueva imagen del mundo, donde en vez de rechazar lo inmanente y postergar lo trascendente, y al compás de la defensa de la familia, la religión y la tradición, se encamina hacia una nueva síntesis metafísica entre lo inmanente y lo trascendente. Es una vuelta al mundo de las esencias y reconciliación del hombre con Dios. No es una vuelta a la Edad Media, a lo Berdiaev, sino una reconciliación de lo finito con lo infinito. La sociedad posdigital hace que la tecnociencia no anda separada de la teología, en tanto ésta es ciencia de la vida sobrenatural y sempiterna.

 

En suma, la sociedad agraria y artesanal moderna vive una modernidad mecanicista, donde el tiempo comienza a acelerarse y con él el hombre se vuelve más mecánico. La sociedad industrial experimenta una modernidad biopolítica y de la vigilancia, como la descrita por Foucault, donde el poder de castigar y vigilar recae no sólo en el Estado, sino que se muestra difuso en todo el organismo social. Lo que no advierte Foucault es que la sociedad de la vigilancia, que es el industrialismo, está asociado a la visión terrenalista del mundo y al inmanentismo imperante donde se declara expeditivamente “la muerte del individuo”. La sociedad posindustrial es la encarnación de la modernidad neoliberal cuyas nuevas técnicas de poder no están basadas en la psicopolítica como cree Byung-Chul Han, sino en la tecnopolítica. No es el poder opresor de la sociedad agraria ni el poder seductor del industrialismo lo que preside la explotación, sino el poder técnico lo que anima al individuo a entregar su libertad a la autoexplotación del llamado emprendorismo. La sociedad digital experimenta una modernidad hipercomunicada, saturada de información, de falsificaciones de la realidad, donde se vuelven indistinguibles la verdad de la mentira, es el reino de lo que el filósofo coreano Han llama “no cosas” y en el que nos volvemos ciegos a las cosas mismas, la realidad es puesta entre paréntesis de modo automático, la epojé del mundo es equivalente al olvido del ser y a la supresión de la realidad, fenómeno que se hace soportable mediante el avatar de la hiperrealidad del metaverso. Lo digital se convierte en el escapismo por excelencia a la desintegración social, la anomia digital se impone. La modernidad digital es la que llama Bauman “tiempos líquidos”, donde no hay valores permanentes ni absolutos. Pero bien visto el asunto a la modernidad digital no le corresponde lo “líquido” sino lo “gaseoso”. Efectivamente, la modernidad líquida es propia de la modernidad capitalista posindustrial, en cambio la modernidad digital le pertenece a la modernidad capitalista digital. Y es así porque la misma realidad puede esfumarse de las manos con la tecnología del metaverso y la hiperrealidad de la Web. Finalmente, la sociedad posdigital vive una modernidad en tránsito que pretende poner el reino digital y la inteligencia artificial bajo control humano. Asociado a una nueva imagen del mundo que reivindica la unión metafísica de lo inmanente con lo trascendente busca poner el algoritmo al servicio del humanismo, rescatar el fundamento ontológico de la historia para superar el relativismo y restituir el valor de la realidad finita e infinita sobre la hiperrealidad de las “no cosas”.

 

El sentido común durante la modernidad se vio naturalmente afectada por todos estos cambios. Quizá el más dramático sea la pérdida de cinco sentidos existenciales: el sentido de lo sagrado, sentido del ser, sentido de la vida, sentido de la realidad, y sentido de la caridad. Que el sentido común sea patrimonio de la naturaleza humana no significa que permanezca inmutable e incontaminado, porque diversos factores influyen sobre su sentido de la realidad. Que sea una facultad regulativa presente en todo tiempo y época, no significa que permanezca invariable en todo tiempo y época. Cada tiempo tiene su propio a priori incuestionado, que posteriormente entra en crisis. Podemos llamarlo “paradigma” como lo hace Kuhn, “formaciones discursivas” como Foucault o “verdades epocales” como Feyerabend. Pero lo cierto es que ello no tiene que abonar necesariamente en favor del relativismo de la verdad. La verdad y la objetividad puede tener una expresión epocal, pero un contenido universal. Sin duda, el sentido común a lo largo de la modernidad se vio afectada por condicionamientos histórico-culturales de todo tipo. Su futuro depende del curso contingente de los acontecimientos históricos. Pero el pináculo de su afección espiritual llamada “neobrutalismo” alcanzó las más altas cuotas bajo la modernidad digital, donde el sentido de la realidad es postergado por lo que ofrece el algoritmo deshumanizador de la hiperrealidad del avatar del metaverso.



[1] Kant, Crítica del Juicio, parágrafo 20.

[2] Aristóteles, De Anima, III, I, 425a 14.

[3] Vico, Ciencia Nueva, 1941.

[4] Dewey, Lógica, 1950, pág. 135.

[5] Sobre el surgimiento de la racionalidad capitalista en la Edad Media destacan los estudios siguientes: Jaques Le Goff, Mercaderes y banqueros de la Edad Media (Eudeba, 1975); Alexander Murray, Razón y sociedad en la Edad Media (Taurus, 1982); Henri Pirene, Historia social y económica de la Edad Media (FCE, 1975).

 

[6] A propósito, el destacado filósofo norteamericano de la tecnociencia Lewis Mumford subraya en su obra Técnica y civilización (Alianza, 1977), que la máquina no es reciente, tiene tres mil años. La magia con su idea de manipular el mundo externo anticipó la ciencia. Pues la tecnología artesanal no sólo empleó herramientas, sino también máquinas. La máquina es generalista, la herramienta es especialista. El control social desde la invención del Estado descubrió cómo convertir los hombres en máquinas antes de la era de la técnica. Por ello, la edad de la máquina no comienza con las máquinas, sino con el comportamiento mecánico del hombre. Además, desde el siglo X al XV la máquina avanzó sin el capitalismo, luego sufre su poderoso influjo hasta hoy. El punto de partida de la técnica moderna fue la filosofía mecanicista del siglo XVII.

[7] Sobre la sociedad digital, la estupidez y la posverdad puede consultarse: James Bride, La nueva Edad Oscura. La tecnología y el fin del futuro (Debate, 2020); Nicholas Carr, Superficiales ¿Qué está haciendo internet con nuestras mentes? (Taurus, 2016); Shoshana Zuboff, La era del capitalismo de la vigilancia (Paidós, 2020); Maurizio Ferraris, Posverdad y otros enigmas (Alianza, 2019), M. Ferraris, La imbecilidad es cosa seria (Alianza, 2018); Antonio Marina, Las culturas fracasadas. El talento y la estupidez de las sociedades (Anagrama, 2010); Peter Sloterdijk, Crítica de la razón cínica (Siruela, 2003); Gabriel Sala, Panfleto contra la estupidez contemporánea (Laetoli, 2009); José Luis Trueba, La tiranía de la estupidez (Taurus, 2012); Carlo M. Cipolla, Las leyes fundamentales de la estupidez humana (Critica, 1976); y Gustavo Flores Quelopana, Crítica de la razón estúpida (IIPCIAL, 2017); G. Flores Q. Contra el género (IIPCIAL, 2023).

domingo, 11 de febrero de 2024

RACISMO Y ETNOCENTRISMO DE DARWIN

 

Darwin creía en la existencia de razas humanas superiores e inferiores. Pensaba que las razas superiores reemplazarían y eliminarían a las razas inferiores, al igual que las distintas razas de animales competían por la supervivencia.

En carta de Darwin a Charles Kingsley, 6 de febrero de 1862 expresó su creencia en la superioridad de la raza blanca: "En 500 años la raza anglosajona se habrá extendido y exterminado naciones enteras; y en consecuencia, la raza humana, vista como una unidad, habrá subido de rango."

Este Darwin racista, supremacista y etnocéntrico fue hijo de su tiempo se contradice con su visión monogenista -todas las razas humanas son parte de una misma especie- y su oposición a la esclavitud. Después de todo era hijo de su tiempo. Discrepó con su primo Galton por su teoría eugenésica y con Haeckel por su convicción de la raza germánica. Frente a ellos Darwin representa un racismo moderado, pero racismo al fin y al cabo.

Pero esta contradicción sirvió a la expansión de la brutal política colonialista europea, el racismo de la ideología fascista del nazismo, y al exterminio de aborígenes en América del Norte y Sudamérica -especialmente en Chile con el exterminio de los Onas y en Argentina con el pueblo Selk´man-. El admirado José Faustino Sarmiento pregonaba que los pueblos indígenas y afroamericanos debían ser exterminados. En Chile se atribuye el triunfo en la Guerra del Pacífico a la homogeneidad racial, y el racismo es defendido por la ultraderecha chilena hasta la actualidad.

Actualmente se sabe que el concepto de raza no tiene sustento científico. El darwinismo social -una mezcla de la "supervivencia del más apto" Darwin, la aplicación del evolucionismo a la sociedad de Spencer, y del "superhombre" de Nietzsche- sería ferozmente empleado por la ideología neoliberal desde 1990, siendo el resultado una desigualdad social brutal en el planeta.

miércoles, 7 de febrero de 2024

EL NEOBRUTALISMO ACTUAL

 EL NEOBRUTALISMO ACTUAL



Existen cuatro tipos generales de orden que son negados en la ideología neobrutalista del occidente neoliberal imperante en la actualidad: natural, mental, activo y técnico. El orden natural es el que se da en la naturaleza, pero se pone en boga la idea de que la realidad es el sueño de una matrix. El orden mental es el resultado de la razón humana sobre lo que se descubre en la Naturaleza, pero hoy la tendencia predominante es suponer que dicho orden no está en las cosas, sino que depende enteramente del hombre que las interpreta. O sea, se configura una erosión nihilista de la sociedad posmetafísica donde la lógica está puesta sobre el ser. 

El orden moral es causado por la razón del hombre en su obrar libre para dirigirse hacia su fin último, más en la actualidad se niega que el hombre tenga algún fin último y que su obrar libre deba estar dirigido por su razón antes que por sus apetitos subordinados. El resultado es el imperio posmoderno del hombre anético que se siente más allá del bien y del mal, niega toda esencia humana y éste se construye culturalmente como quiere. Finalmente, el orden técnico lo implanta el hombre con su razón en las cosas, tanto útiles como bellas, no obstante, en la artificialidad dominante de la civilización técnica se busca afanosamente una inteligencia artificial fuerte que determine peligrosamente por sí misma tanto lo útil como lo bello y lo bueno, al margen de los fines humanos.  

Ahora bien, si es propio de la sabiduría buscar la verdad, saber ordenar, juzgar e impugnar el error, lo que vemos ahora es que en lugar de la sabiduría se impone el neobrutalismo, que concisamente expresado es rebatir la verdad y defender el error. El todo vale de la posmodernidad, la posverdad, la ideología de género, el libre consumo de drogas, la eutanasia, la eugenesia, el transhumanismo, la abolición imperialista del derecho internacional, el secuestro de la democracia por burocracias regidas por la élite mundial, el auge del neofascismo ultraderechista, forman todo un mismo paquete ideológico del neobrutalismo que preside el hundimiento del decadente mundo occidental. 

En este sentido, el neobrutalismo puede ser definido no sólo como la perversión luciferina e ideológica de la razón humana, sino del espíritu de toda una época que se inicia y desarrolla con la modernidad escéptica, historicista, relativista, atea, hedonista y nihilista. Lo cual no significa que en la modernidad no haya nada valioso. Más bien, demostró que lo más valioso que ella trajo -la autonomía de lo inmanente, lo secular y la libertad- tenía que degenerarse al divorciarse radicalmente del fundamento metafísico trascendente. Se muestra la real monstruosidad del neobrutalismo no sólo en las dos guerras mundiales, los campos de exterminio, las dictaduras genocidas, el neocolonialismo, sino que llega a su pináculo con el repudio mismo de la razón, la ciencia, la verdad y la divinidad. Está encaramado en el corazón maloliente del occidente neoliberal y ya conoce su final con el advenimiento de un Nuevo Orden Mundial.   


lunes, 5 de febrero de 2024

CARTAS A UN REY (Reseña)

"Cartas a un Rey" fue publicado en 1978 constituye un excelente resumen de la obra "Nueva crónica y buen gobierno" de Guamán Poma de Ayala escrita a fines del siglo XVI -quizá 1597-.
Guamán Poma (1534-1615/81 años) es testigo de los abusos del conquistador, el desbarajuste del mundo de los cuatro costados (Tahuantinsuyo), las reformas del gobierno del quinto virrey Toledo (1569-1581) y su vida alcanzó hasta el décimo segundo virrey Francisco de Borja y Aragón.
Las Cartas al Rey cuentan la cadena de abusos sin fin de la dominación española a través de la odiosa institución de la Encomienda. Pero para esa fecha ya había quedado atrás la fase compulsiva de la encomienda con la derrota de la rebelión de Gonzalo Pizarro. Incluso era superada la fase de la "tasación tributaria" de 1550-1560. Más bien estaba llegando a su fin la etapa su etapa "monetizada", que hizo colapsar la encomienda por la inflación causada por la plata de Potosí.
La reforma de la Encomienda vino con el Virrey Toledo buscando neutralizar su poder político y crear una amplia base social. Pero no lo logró. El curaca era antes castigado al no lagar el tributo, con la reforma se suprimió el castigo, pero tenía que pagar o iba preso. La obligación fue peor que el castigo físico. Por lo demás, fue Toledo el que invirtió la base productiva del país, convirtiéndolo de agro productor en minero exportador. Se plantó la estructura de una economía dependiente.
La idea de Toledo era crear un Perú y dos repúblicas: de indios y de españoles. Pero tal proyecto estaba destinado al fracaso. La república de indios había perdido la fuerza espiritual de antaño y las nuevas condiciones incrementaban su abuso. El libro de Guamán Poma lo demuestra. El discurso de la doctrina evangélica era negado por el poder político dominante que aumentaba la explotación del trabajo y la injusticia sin remedio de la dominación colonial.
El fracaso de las reformas españolas para mejorar la condición del indio era evidente en su disminución poblacional de 15 millones de aborígenes a 2 millones en tan sólo el siglo XVI. El exterminio indígena fue resultado no sólo de la implantación de nuevas relaciones económicas, que ocasionaron pestes, hambrunas, guerras civiles, tributos, encomiendas, etc., sino de la depresión espiritual tras la pérdida de su mundo cultural andino.
El Perú necesitó cuatro siglos para que la población indígena recuperase su densidad poblacional. El mundo andino demostró su capacidad de resistencia adaptándose a las nuevas condiciones y creando nuevas formas reciprocidad y redistribución.
Es menester recodar lo señalado por el padre Manuel Marzal sobre que dominicos, jesuitas, otros religiosos, clero secular y laicos enviaron al rey de España entre 1601 y 1718 frecuentes memoriales sobre los abusos cometidos contra los indios.
Pero al final el proyecto de modernización capitalista del poder político siempre se impuso sobre el proyecto de modernidad cristiana -que fue vista como sospechosa de buscar la independencia perulera- basada en la caridad y buen trato al indio. Como consecuencia de ello fue expulsada la orden jesuita en 1767 bajo el rey borbón Carlos III. Los Habsburgo todavía trataron sus dominios peruleros como reinos, con la Casa Borbón será visto como simple colonia a explotar máximamente.
En una palabra, Cartas al Rey muestran a un Guamán Poma de Ayala como el primer adelantado de la denuncia sin remedio de la injusticia por la dominación colonial llevada por el demonio de la voracidad por los metales preciosos de la corona española. En contraste el Inca Garcilaso demostraba en sus Comentarios Reales que los incas merecían un mejor trato puesto que los ideales políticos del humanismo ya habían sido realizados por el Imperio incaico.

Quedan en el aire dos preguntas finales. La primera, ¿creyó Guamán Poma en la eficacia de su Carta? y, segundo, ¿hubo arrepentimiento en la corona española? Sobre la primera cabe pensar que no perdió la esperanza en un cambio futuro, pero la ilusión se desvanecía a cada momento. De lo que sí estuvo convencido es en la contundente denuncia de su parte. Y sobre lo segundo, el testamento de Carlos V a su hijo Felipe II no da señas de arrepentimiento y, en vez de ello, de preocupación por sus guerras en Europa. Y Felipe II siendo muy religioso y apoyando la evangelización no fue menos celoso en anteponer las razones de Estado. O sea, para los indios su suerte estaba echada. Si sobrevivieron fue porque el genocidio no fue la prioridad del conquistador, sino la explotación. Y si la explotación no los exterminó fue lo extenso del territorio y su gran capacidad de adaptación ante sucesivos imperios.

domingo, 4 de febrero de 2024

LE DEDICO MI SILENCIO (Reseña)

 

Esta novela del nobel de literatura deja la impresión que MVLL busca recobrar la conexión con su patria a través de la música criolla. Su personaje refleja lo que él mismo es: distante con el indigenismo y el hispanismo, y militante del mesticismo. Pero no se trata del mesticismo arguediano de sabor andino, sino de uno occidental y latinoamericano. La novela es un esfuerzo por reencontrarse con sus raíces nacionales. Es una novela de excelente desarrollo, vertiginosa, aunque de un final anodino y opaco como su mesticismo occidental neoliberal.

EL ESPÍA DEL INCA (Reseña)

 

Contra todo lo que podría pensarse el presente novelón de 900 páginas no es el rescate de la grandeza del incario y del pasado prehispánico, sino todo lo contrario, es el clavo literario sobre la tumba del mundo precolombino.
Efectivamente, y para disgusto de pachamamistas y tahuantinsuyanos, el Mundo de las Cuatro Direcciones se destruyó, se hundió y jamás volverá. El mestizaje entre lo andino y lo occidental es otra historia.
Sin duda, esta es la novela peruana más importante escrita a los 60 años por Rafael Dumett en la segunda década del siglo veintiuno. El protagonista literal es el chanca Salango, dotado de poderes sobrenaturales para contar, quipucamayoc y espía del Inca.
Pero el verdadero protagonista detrás del telón es que el tiempo no sólo de los incas, sino del Mundo precolombino o de los Cuatro Costados, se acabó, llegó a su término. Y su fin sobreviene no sólo por los errores y dilaciones del arrogante y vanidoso Atahualpa, sino como cumplimiento de los oráculos de las huacas, las cuales son desplazadas por la huaca de los barbudos. Otra era ha llegado.
En realidad, lo que el autor nos presenta es que en este encuentro entre dos Mundos no hay espacio para la convivencia armónica, ni la síntesis pacífica, sino para la colisión, conquista y sumisión de uno a otro. No otra cosa simboliza los quipus, sistema informativo a base de nudos y colores, que hasta hoy se resisten a entregar sus secretos porque supone compartir las categorías de códigos culturales diferentes de un mundo perdido.

El libro se cierra con la convicción de que el Mundo de las cuatro direcciones llegó a su final para siempre, no hay eterno retorno. Un Mundo nuevo triunfó sobre él. Por tanto, el llamado mestizaje entre lo occidental y lo andino es algo nuevo, que tiene poco que ver con él.

martes, 30 de enero de 2024

OTRA MIRADA DE LA FILOSOFÍA Por: Jesús Curasma de la Cruz (Comentario)

 

OTRA MIRADA DE LA FILOSOFÍA
Jesús Curasma de la Cruz

"En torno al universalismo filosófico”, es un libro escrito en forma de entrevista por el reconocido filósofo Gustavo Flores Quelopana. En sus páginas, busca romper con la vieja perspectiva que sitúa el origen del pensar filosófico, única y exclusivamente, en Grecia, y usada a menudo para categorizar como filosofía solo a la filosofía Occidental. Pero su pretensión de ser universal, nos dice, no es sino una particularidad europea, que ha logrado instalarse ahí donde sus tentáculos de dominación le han permitido llegar. Descontando a unos pocos, a su juicio, no se salvaron de sus largas ventosas ni siquiera las mentes más brillantes de nuestro país; sin importar su grandeza, una a una fue cayendo seducida por el canto de la sirena eurocentrista.
En vista de ello, el amigo Gustavo, ve la urgente necesidad de trizar las cadenas que nos hacen dependientes de la tradición etnocéntrica de Occidente, para buscar la anhelada autonomía del pensamiento filosófico, pero cuidándonos, a su vez, de no caer en el otro extremo, igual de peligroso, que él identifica como “chauvinismo cultural y andinismo ultraortodoxo”. El cambio que se requiere -nos propone-, pasa por reestructurar nuestro esquema mental a través de un verdadero giro copernicano, comprendiendo que la filosofía no es propiedad de una sola cultura que luego exporta su sabiduría al mundo, sino que, al ser consustancial a la condición humana, no hay sociedad que carezca de ella.
Esté de acuerdo o no el lector con el punto de vista esgrimido por el filósofo mencionado, su labor intelectual no deja de impactarnos y hacernos repensar en la veracidad de nuestras convicciones.

Desde el centro del país, saludo su esfuerzo y genialidad. Hasta pronto.