miércoles, 27 de marzo de 2013

KUHN Y KANT

KUHN Y KANT
En torno al concepto de finalidad y paradigma
Gustavo Flores Quelopana
Miembro de la Sociedad Peruana de Filosofía
 


El eximio kuhniano Carlos Solís considera que se puede tener a Thomas Kuhn como a un Kant secularizado porque considera que los elementos a  priori que conforman el conocimiento científico no son trascendentales ni esquemas innatos, sino propuestas sociohistóricas implícitas en los paradigmas, los cuales entrañan taxonomías que incorporan conocimientos tácitos (Una Revolución del Siglo XX, en: La estructura de las revoluciones científicas, FCE, 2006, p. 20).

Sin embargo, en vez de Kant este historicismo kuhniano de usar la historia de la ciencia para dilucidar problemas de la filosofía de la ciencia se remonta más bien a K. Prantl, Hegel, Marx, Comte, al neokantismo y al historicismo norteamericano con Hanson, Toulmin, Feyerabend y el propio Kuhn.

Por más que el bienintencionado filósofo Eugenio Imaz afirme que Kant si no hubiese muerto habría sido el Newton en el terreno de la historia (Prólogo a la Filosofía de la historia de Kant, FCE, 1987, p. 10), la realidad es que sus aportes sin ser escasos son poco abundantes. Su idea de cosmopolitismo (ciudadanía mundial) y de progreso (revolución política y tecnológica) son quizá las más fecundas pero también las que dejan demasiados vacíos y poco desarrollo. Por ejemplo, los móviles ideológicos de la historia son cosa ignota para él. No así usar la historia de la ciencia (revolución copernicana) para dilucidar problemas de la filosofía (filosofía trascendental).

No obstante el paralelo que señala Carlos Solís es fecundo también porque nos lleva hacia la comparación de un tema clave en el pensamiento de ambos, a saber, el problema del fin o la teleología. Y en el cual se puede apreciar su diferencia profunda.

La gran finalidad del mundo obliga a pensar en la causa suprema para ella, escribe Kant en su célebre Crítica del Juicio (Nota General a la Teleología). Kuhn, en cambio, cuando comenta en su afamado libro La estructura la dirección o fin del progreso en las ciencias, afirma sin empacho que hay que abandonar la idea de que los cambios de paradigma llevan a los científicos cada vez más cerca de la verdad. E incluso pregunta: ¿Pero acaso hace falta que exista tal meta? (capítulo XIII: El progreso a través de las revoluciones, FCE, 2007, p. 296).

Párrafos más adelante explica de dónde extrajo esta idea: “Cuando Darwin publicó inicialmente su teoría de la evolución por la selección natural en 1859, lo que más molestaba a muchos profesionales no era ni la idea del cambio de las especies ni la posible descendencia humana del mono…Todas las teorías evolucionistas predarwinistas conocidas, las de Lamarck, Chambers, Spencer y los Naturphilosophen alemanes, habían entendido que la evolución era un proceso dirigido a un fin…Para muchas personas, la abolición de este tipo de evolución teleológica fue la más importante y menos aceptable de la sugerencias de Darwin” (ibíd., p.297, 298).

En otras palabras mientras Kant es partidario de la teleología en sentido pragmático, más no teórico, Kuhn lo es de una evolución no teleológica en el desarrollo de las ciencias, e incluso de la naturaleza. Para Kuhn la teleología es parte de la visión positivista, ingenua, lineal y optimista de la ciencia y su rompimiento con ella fue lo que añadió a las revoluciones científicas.

En una apretadísima incursión por la historia del concepto de teleología o finalismo se puede mencionar que Anaxágoras es el primero en enunciar la causalidad del fin a través del Nous, y lo sigue Platón, pero es Aristóteles el que, contra la tesis del azar o la necesidad ciega, hace prevalecer la concepción finalista en la metafísica antigua y moderna a través de dos tesis: la causalidad del fin mismo en la naturaleza (el fin es la sustancia o el ser de la cosa, Metafísica, VIII, 4, 1011 a 31) y en considerar esta causalidad finalista como principio de explicación (el universo se subordina a un único fin que es Dios, ibíd., XII, 7, 1072 b).

En otras palabras lo que sucede siempre no se puede explicar por el azar sino por la necesidad de acción del fin. El estoicismo introduce la innovación de que las cosas del mundo han sido hechas por la naturaleza para beneficio del hombre. Pero tampoco esta determinación estoica innova mucho el concepto clásico del Finalismo, porque no niega que el hombre sea parte de la naturaleza. La escolástica siguió la superioridad causal del fin y Santo Tomás de Aquino formula el pensamiento fundamental que domina las teorías finalistas hasta hoy: Dios imprime una finalidad inmanente a las cosas en su necesidad natural. Hegel no entendió esta doctrina, la interpretó como una finalidad extrínseca impuesta por un entendimiento extramundano y le opuso la suya, que repetía la finalidad como finalidad inmanente a la naturaleza misma. En realidad su polémica contra el “entendimiento extramundano” no concierne a la teleología sino a su discusión teológica contra el teísmo.

Schopenhauer introduce la distinción entre finalidad interna y externa pero el concepto tradicional de finalidad se mantiene sin cambios a pesar del carácter irracional de la voluntad que rige el mundo. Bergson pretende oponer al “mecanicismo radical” y al “finalismo radical” el reconocimiento del carácter imprevisible y creador de la evolución vital. Pero en realidad la realización del fin no niega el carácter imprevisible en la naturaleza, por eso su concepción, tal como lo hace Leibniz y otros espiritualistas contemporáneos, subordina el mecanismo natural al fin general y deja invariado la concepción clásica del finalismo: admitir la causalidad del fin mismo y considera esta causalidad como principio de explicación.

Es Kant el que introduce una innovación significativa en la comprensión del Finalismo. Para Kant la explicación de los fenómenos solamente puede ser causal y el juicio teleológico escoge no un elemento de las cosas sino un modo subjetivo inevitable para el hombre de representárselas. El Fin no es más que un concepto regulador que ofrece una consideración complementaria a la explicación mecánica del mundo.

El punto de vista kantiano es innovador porque equivale a negar el poder explicativo de carácter objetivo y científico del Fin mismo. Pero esto no significa que para Kant el concepto de Fin pierda todo poder de explicación. Por el contrario, desde el punto de vista estético y moral, es decir subjetivo y desde la libertad humana, el concepto de Fin es de validez necesaria y universal. Incluso la teleología moral conduce hacia la teleología física. Tanto es así, que para Kant el argumento moral de la existencia de Dios completa la prueba físico-teleológica. Y a su vez, el argumento físico-teleológico lleva hacia un creador inteligente y el argumento moral conduce a pensar la existencia de un fin final en su sabiduría. Además afirma que la gran finalidad del mundo obliga a pensar en la causa suprema para ella. Todo lo cual se condice con su convicción de que la idea de libertad es el único concepto suprasensible que demuestra su realidad objetiva en la naturaleza. Kant sostuvo que la inmortalidad del alma y la existencia de Dios son los únicos res fidei (cosas de fe), pero en ello también está implícito el fin final que corresponde a la sabiduría divina, y por tanto, todo esto debe ser admitido como cosas de fe por la prescripción de la razón pura práctica.

En otras palabras, para Kant así como no existe fundamento teórico que por convicción apruebe la existencia de Dios, sino tan sólo fundamento práctico, de modo similar ocurre con el caso del fin final en la naturaleza. La teleología moral conduce a la teleología física pero también el argumento físico-teleológico lleva hacia un fin final en la sabiduría divina.

Es decir, la investigación del juicio teleológico por Kant lo lleva a afirmar la idea de una inteligencia arquetípica (tan fecunda en el idealismo postkantiano y en el idealismo alemán) como creador moral del mundo que completa la prueba físico-teleológica del creador inteligente. Dicho de otra forma, el carácter ilustrado del concepto kantiano de Naturaleza no fue óbice para que se excluyesen consideraciones teológicas. Al contrario, la teología en Kant brinda el sustento para la reflexión teleológica en la naturaleza.

En la crítica del juicio teleológico la finalidad objetiva de la naturaleza es estudiada no por la causalidad mecánica, sino por la causalidad contingente, es decir, la teleología. El fundamento descriptivo es la analogía. Por eso la teleología, como principio regulativo y no constitutivo, es juicio reflexionante y no juicio determinante. La Analítica del juicio teleológico explica que el concepto de finalidad rompe con toda teología y Providencia y la naturaleza es vista como una estructura material autosostenida. Pero la dialéctica del juicio teleológico declara que por el fundamento subjetivo del juicio reflexionante se puede suponer en la base de los fines un Dios contingente, arquitecto y providente. La naturaleza es vista como dirigida por un entendimiento superior. El famoso Apéndice no hace más que ratificar que la prueba físico-teleológica de un Creador inteligente tiene su fundamento que lo completa en la prueba ética del creador moral del mundo. Dios sólo es pensable por analogía.

Es por esto mismo que resultan tan limitantes las consideraciones exegéticas de Sueo Takeda (Kant und das Problem der Analogie, 1969), quien destaca la analogía como mecanismo teórico para explicar la naturaleza como si fuese un inmenso organismo vivo; y las interpretaciones que surgen con Adickes (Kants als Naturforscher, 1925) y que suponen que el concepto de finalidad rompe con toda teología y desemboca en una concepción de la naturaleza como estructura material autosostenida (véase: Paul Menzer, Kants Lehre von der Entwitcklung in Natur und Geschichte, 1911; Vittorio Mathieu, La filosofía trascendentale e l´Opus Postumum, 1959; Silvestro Marcucci, Aspetti epistemologici della finalitá in Kant, 1972; Gianni Dotto, “Il regno dei fini come trascendentale interpersonale”, en Ricerche sul Trascendentale Kantiano, 1973; Gottfried Martin, I. Kant: Ontologie und Wissenschaftstheorie, 1969).

Ahora bien, la teleología se comenzó a poner en cuestión en el siglo XIV con Occam, para quien no tiene sentido inquirir por la causa final en la naturaleza porque fin sólo hay en el ser deseado o amado y esto precisamente demuestra su carácter metafórico. En Telesio, Bacon, Galileo, Descartes y Spinoza, o sea en los orígenes de la ciencia moderna, el fin dejó de ser una vía válida de explicación científica. En las ciencias biológicas el finalismo fue expulsado por la explicación evolucionista no teleológica de Darwin, como lo señala el mismo Kuhn. Y en realidad el darwinismo se constituyó en la hipótesis global modelo de no necesitar de la presunción finalista.

Como resultado de estos cambios se terminó expulsando la causalidad del fin del dominio de la causalidad física, la evolución orgánica e incluso del ámbito antropológico, en el cual ha sido reducida a la motivación o comportamiento. En suma, la explicación científica la ha rechazado y perdura en las direcciones metafísicas.

No obstante, que el finalismo haya perdido el carácter científico que tuvo en sus orígenes en Grecia y que sea vista como esperanza, motivación, ilusión o promesa, no significa que haya dejado de ser una hipótesis valiosa de explicación del mundo.

En primer lugar, es posible afirmar que la consideración del Finalismo como inútil va de la mano con el olvido metafísico del ser. En segundo lugar, dicho olvido es parte de la visión nominalista, empirista y formalista en que se encuentra atrapado el pensamiento moderno. En tercer lugar, la trampa antifinalista funciona en la medida en que se profundiza la metafísica inmanente y la hermenéutica de la finitud. En cuarto lugar, la profundización en lo inmanente no consiste –como se cree- en negar lo azaroso, imprevisible y contingente en el curso de la realización del fin. En quinto lugar, dicha negación tiene su punto culminante y fuente no tanto en el rechazo de la metafísica de las esencias, sino de toda teología, es decir, en el malentendido (pues se exagera la providencia y omnipotencia de Dios) de que la libertad divina es incompatible y antinómica con la libertad humana y, en consecuencia, el hombre debe ocupar el lugar de Dios. En sexto lugar, el paradigma antiteleológico moderno se configura en un voluntarismo antropológico que absolutiza la libertad humana y relativiza la verdad del ser.

Por estas consideraciones, es posible afirmar que Kuhn es prisionero del sesgo antifinalista, voluntarista, nominalista y formalista del paradigma moderno. Es más, el mismo paradigma kuhniano se constituye en otra forma de finalismo antropológico, que decide el curso de la investigación científica y dictamina su dominio privilegiado en una época determinada. En Kuhn el paradigma es la causalidad del fin de la investigación en las ciencias. El finalismo sociohistórico de los marcos de investigación científica no invalida el concepto mismo de Finalidad y, por el contrario, ratifica su condición de problema ineliminable.

En síntesis, el reconocimiento de la originalidad de los fenómenos físicos, orgánicos, antropológicos y sociales, lejos de negar el poder explicatorio del Finalismo ha fortalecido el criterio de fin como inmanente a la totalidad (natural o artificial) de lo que constituye la organización e instaura, en consecuencia, esta causalidad como principio de explicación a un nivel más holístico. Vivimos actualmente bajo un paradigma mental antifinalístico, pero ello no significa que el finalismo no recupere un sentido más enriquecido tras dicho periodo de obscurecimiento.

Ahora vemos cuánta razón tenía Kant al comprender que es más fácil negar la gran finalidad del mundo cuando se niega la causa suprema para ella.

Lima, Salamanca 27 de marzo 2013

martes, 26 de marzo de 2013

KUHN Y LA VERDAD

KUHN Y LA VERDAD
Gustavo Flores Quelopana
Miembro de la Sociedad Peruana de Filosofía
 


Kuhn en su célebre libro La estructura de las revoluciones científicas (1971 1era ed. en español) sostiene que la ciencia no tiene que ver con la verdad sino con marcos pragmáticos que rompen con la tradición dominante y son llamados paradigmas, los cuales cambian la ontología básica y el mundo fenoménico y no el inefable mundo nouménico. Las diversas ontologías (aristotélica, epicureísmo, estoicismo, ptolemaica, copernicana, newtoniana, einsteniana, cuántica) reflejan un vaivén teórico de rompecabezas resueltos que siguieron siéndolo casi siempre. Pero no reflejan para Kuhn la verdad, sino tan sólo resultados pragmáticos obtenidos de pasos revolucionarios dados cuando se pierde la capacidad de resolver problemas.
Este punto de vista fue calificado por Popper de relativismo historicista; cosa que Kuhn rechazó (en su famoso Epílogo: 1969) por considerar que no es relativismo afirmar que una mejor representación sustituye a la anterior en una superior descripción de la realidad. Y esto lo afirma ratificando su convicción de que es ilusoria la teoría de la verdad como correspondencia.
Pues bien, Kuhn niega ser un relativista y a la vez rechaza la teoría de la correspondencia de la verdad. ¿Pero es coherente Kuhn? Sí, porque, como veremos, la verdad epistemológica es distinta a la verdad ontológica.
La verdad epistemológica es un tema científico mientras la verdad ontológica es un tema metafísico. La verdad epistemológica trata de la adecuación del entendimiento y la realidad. La verdad ontológica versa sobre la realidad como algo distinto de la apariencia. En la antigüedad y medioevo la verdad ontológica conservó su preeminencia, pero desde la Edad moderna la prerrogativa recayó sobre la verdad epistemológica.
Para Kuhn la ciencia no tiene que ver con la verdad (ontológica) sino con marcos pragmáticos a nivel fenoménico (verdad epistemológica). El paradigma es un tema epistémico antes que metafísico. La verdad metafísica requiere para ser entendida de una previa teoría del ser, no así la verdad epistemológica, que funciona sobre la base de las posibilidades del conocer.

Esto es, la noción de verdad en Kuhn es epistemológica antes que ontológica y metafísica. Es por eso que se niega a reconocer la existencia de un proceso dirigido a un fin, alaba la evolución no teleológica de Darwin y rechaza toda alusión a lo nouménico.
Sin embargo, aunque a Kuhn no le guste hablar en su teoría de la “verdad”, su postura es común a las doctrinas modernas que ponen énfasis en las posibilidades cognoscitivas del sujeto o, en este caso, de la comunidad científica.
Por tanto, Kuhn antes que relativista es partidario no de la verdad lógica, semántica, existencial, filosófica, correspondencia, coherencia, sino de la verdad epistemológica (adecuación del entendimiento y la realidad).
En este sentido, efectivamente, Popper lo malinterpretó. Kuhn nunca pretende hablar de la realidad sino de la “descripción científica” de la realidad. Y para él la ciencia discurre en este sentido. Toda correspondencia metafísica entre la interpretación científica y la realidad es ilusoria, pues la generalización simbólica lógico-matemática de la ciencia es metafórica (pues no vemos electrones,  corrientes eléctricas, protones, ni la partícula de Higgs, tan sólo hacemos mediciones), no obstante nos damos cuenta de que el mundo existe y cambia, aunque el científico nunca opera con lo “dado” sino tan sólo con lo “recogido. Pero esto basta para que Kuhn rechace las acusaciones de subjetivismo e irracionalidad.
El paradigma señala un condicionamiento histórico del conocimiento científico, pero esto para Kuhn no conduce necesariamente hacia un relativismo. Kuhn se atiene al marco de la fenoménica verdad epistemológica y trata de no trasgredir los límites nouménicos que el relativismo supone. La negación kuhniana de la existencia de la verdad es afirmada sólo para el plano científico y no entra a discutirlo en otro terreno.
El relativismo gnoseológico niega la verdad absoluta y afirma que la verdad depende de las circunstancias, el relativismo ético hace lo mismo con el bien y el mal, mientras el relativismo ontológico sostiene que nada es permanente y todo cambia. La postura de Kuhn coquetea con el relativismo gnoseológico cuando declara que la verdad fija y permanente “de carácter científico” es ilusorio (ibíd., p. 348). Pero no se refiere al ser sino al conocer, a los marcos paradigmáticos de interpretación.

Lo que sin duda es Kuhn es un idealista. Con el idealismo la cultura occidental pasó de la esterilidad científica de la escolástica medieval a la esterilidad metafísica del pensamiento moderno. El idealismo kuhniano al hacer valer el paradigma como marco epocal de interpretación científica fortalece el antiguo error que viene desde Descartes y que consiste en hacer valer la esencia sobre la existencia.
Aunque su prudencia agnóstica de raíz kantiana trata de limitar el paradigma científico al ámbito de lo fenoménico, no logra esclarecer entonces cómo la convención histórica lógico-matemática de la ciencia en vez de ir “hacia nada” va hacia algo previo e indemostrable.
El paradigma kuhniano para mostrar toda su potencialidad debería pisar terreno realista, donde lo ontológico se antepone a lo epistemológico, y eso significaría cambiar el paradigma metafísico en la matriz disciplinar.
En una palabra, el paradigma realista en la matriz disciplinar científica permitiría al pensamiento moderno superar la esterilidad metafísica, postular desde la existencia de las cosas un ser supremo, que está más allá de lo temporal y material, dejar atrás el cientismo, el escepticismo, el nihilismo, la increencia y eludir la metafísica de la inmanencia.
Finalmente, el trabajo de Kuhn nos permite advertir que la historia de occidente está culminando en un paradigma idealista donde el pensar rebasa al ser, y darnos cuenta de ello nos introduce en una fase pre-paradigmática donde renacerá enriquecido el paradigma realista.
Lima, Salamanca 26 de marzo 2013

sábado, 16 de marzo de 2013

LA CIVILIZACIÓN CONTRA LO HUMANO

“LA CIVILIZACIÓN CONTRA LO HUMANO”
Gustavo Flores Quelopana
Miembro de la Sociedad Peruana de Filosofía

 
Proemio

La Civilización contra lo Humano no es cualquier tipo de civilización, sino, que es de origen occidental, de carácter fáustico y tecno-científico, operó el achicamiento del mundo y agudiza la crisis total de la “hoguera histórica”, en el que son reducidas a cenizas la tradición cristiana, la antigüedad pagana y aun el humanismo.
La Filosofía de la voluntad de poder toma el protagonismo en la Civilización contra lo Humano, en una hemorragia de subjetividad donde no hay verdad extrahumana, sólo hay voluntad de verdad. Es el triunfo del relativista para-mí y la renuncia nihilista del ser.
Afectada por este subjetivismo solipsista la Civilización contra lo Humano que por mil años vivió henchida de capacidad de autocorregibilidad, corre el riesgo de superar a las civilizaciones fósiles y sobrevivientes pero autoaniquilándose. Se va volviendo en un tronco reseco que, incapaz de producir nuevas creaciones espirituales, va ardiendo por combustión espontánea y sin esperanza de una nueva Humanidad que renazca.
La Civilización contra lo Humano es Imperialismo, pero el nuestro no sólo produce la petrificación y, por tanto, decadencia, sino que en política impone un hiperimperialismo paralizante de las energías sociales, en economía aplica una profunda desigualdad en beneficio de un puñado de megamillonarios, en tecnociencia desarrolla sus tendencias perversas y en lo espiritual destruye la cultura y la religión sobre bases materialistas.
El quebranto medioambiental es sólo la punta del iceberg de algo más profundo relacionado con el fracaso moral de una civilización que antepone el tener sobre el ser, el precio sobre el valor, el interés sobre el amor, la utilidad sobre la verdad, el pasatiempo sobre la cultura, el oropel sobre la belleza, la técnica sobre la libertad, el hominismo sobre el humanismo, la visión prometeica sin uso ético sobre la visión integral del hombre plantado frente a lo Absoluto. Sin impulsar desde una filosofía integral una profunda revolución política y financiera mundial se apresurará el apocalipsis civilizatorio que nos envuelve.
La civilización contra lo humano dispara directamente en el corazón de la humanidad, a saber, la pretensión de universalidad. Sin ésta el hombre queda reducido a un animal de apetitos. Entonces enarbola el blasón del “adiós a la verdad” y como no existe más la verdad se necesita de la caridad, afirma el filósofo italiano posmoderno Vattimo. Sólo que esta afirmación cínica soslaya la contradicción inherente de que al estar ausente la verdad entonces la caridad puede tomar el cariz interpretativo de la justificación de lo más nefando y abyecto.

Debilitado hasta el exterminio el principio de realidad todos los contenidos son meras imágenes. La historicidad se disuelve en historias locales (Vattimo), los archivos son acontecimientos (Foucault), lo virtual produce lo real anulándolo (Baudrillard), el pragmatismo irónico niega la autoconciencia (Rorty). A los filósofos de la sospecha, como llamó P. Ricoeur a Marx, Freud y Nietzsche, les siguió los filósofos de la nada (Foucault, Barthes, Deleuze, Baudrillard, Lyotard, Vattimo, Rorty). Los primeros eliminaron el sujeto, los segundos eliminan la realidad. Y así como se renunció del sujeto culpándolo del discurso del poder, de forma similar se renuncia a la realidad culpándola del totalitarismo del ser.

Esta filosofía de barata o liquidación total del ser, de disolución del principio de realidad, se corresponde con el capitalismo cibernético del hiperimperialismo especulativo, que irrealiza lo real en espectro, con un mundo moralmente neutro, el carácter relativo de la verdad, el ascenso de lo insignificante, la proliferación de la subjetividad bufonesca, la negación de los fundamentos. La hermenéutica toma el lugar de la epistemología pero no como disciplina sino como esperanza contra lo constructivo y confrontacional.

La civilización contra lo humano es relativista porque deja que cada ser humano se construya su propio mundo o paradigma, su propia práctica o juego lingüístico, disolviendo la imagen tradicional del hombre como conocedor de esencias para dejarlo como conocedor de valores determinados por la voluntad subjetiva.  Aquí  no  hay verdadera teoría del valor, sino tan sólo opción personal sin pretensión de universalidad y humanidad.

Vivimos la época nietzscheana del anticristo, la era luciferina de la transvalorización de todos los valores Bajo el paraguas de la voluntad de poder se degradan los valores supremos. El cariz instrumental de la técnica fortifica el olvido del ser. Todo se torna historicista, relativo, técnica, código. Incluso en el arte se consolida la negación de la identidad en esas manchas con color pero sin forma. La ética es absorbida injustamente por lo intersubjetivo olvidando la dimensión más profunda de lo intrasubjetivo. La política se vuelve en parodia e imagen publicitaria postergándose el debate de las ideas. La filosofía se vuelve en celebración del evento. Sólo interesa el disfrute del individuo, no su formación ni la verdad.

La civilización contra lo humano ha destruido la voluntad de verdad y ha impuesto la voluntad de poder del sujeto individualista, monádico y sin solidaridad. La nueva razón de ser es la autonomía humana sin barrera alguna. Pero dicho afán de emancipación terminó destruyendo tanto el sujeto como el objeto. El nihilismo abrió las puertas del infierno y la terrible conexión entre crisis ecológica y crisis socioeconómica.

Lima, Salamanca 16 de marzo 2013

sábado, 16 de febrero de 2013

LA FILOSOFÍA SIMBÓLICA

LA FILOSOFÍA SIMBÓLICA
Gustavo Flores Quelopana
Miembro de la Sociedad Peruana de Filosofía
 
Una buena filosofía comienza con la duda
 y nunca termina con la obstinación
Abate Galiani

¿Es posible una filosofía simbólica? ¿Solamente mediante el concepto se ejerce el filosofar? ¿Acaso en toda representación no está presente el símbolo? ¿Se puede filosofar mediante el simbolismo poético y el metaforismo radical? ¿Si lo que asedia a la existencia humana es más grande que lo conocido, no le está más cercano a lo desconocido el símbolo? ¿Nace la filosofía simbólica de la incertidumbre de la existencia humana? ¿Está el símbolo vinculado al comienzo mismo de la filosofía que nace, antes del asombro, de la conciencia desgarrada de la realidad? ¿Nace la filosofía de la necesidad de simbolizar un estado de ánimo de separación respecto a la naturaleza y a lo divino? ¿No es acaso el filosofar mismo un símbolo primordial de una criatura que siente su propia nada ante esencias finitas e infinitas? ¿Acaso no entra en su eclipse más hondo el simbolismo primordial o filosófico cuando la conceptolatría de la razón culmina en un inmanentismo relativista y nihilista? ¿Sin embargo, no es acaso el símbolo y la metáfora el mejor modo de filosofar por cuanto hay que nombrar lo innombrable, y porque la filosofía no puede partir de lo obvio sino que tiene que justificarse? ¿Cómo excluir el símbolo del filosofar cuando la filosofía no es un asunto exclusivo de los conceptos, sino que tiene mucho de empresa personal, dramatismo, novela y angustia existencial?

Estamos acostumbrados a pensar que la filosofía es un ejercicio eminentemente conceptual, haciendo casi una identificación entre la filosofía y el concepto. En la concepción occidental de Filosofía ésta es aquella que nace en Grecia, es racional, metódica y separada de la religión. A esta forma de definición se la ha llamado definición monocultural de filosofía, a saber, la filosofía es la filosofía occidental. En esta concepción queda excluida la filosofía china, hindú y de otros orbes culturales antiguos. En la concepción posmoderna la filosofía es un metarrelato occidental, que perpetua el paradigma del Viejo Mundo al declarar inconmensurables a las culturas. La definición intercultural de la filosofía denuncia como ideológico la universalización de la filosofía occidental, pero la reduce a una experiencia viva, inculturada, propia de la experiencia vital. Es decir, la confunde con la cosmovisión o el impacto psicológico-emotivo del mundo.

Por mi parte a esta forma eurocéntrica de entender la filosofía la he llamado filosofar logocrático, por primar el concepto. Efectivamente, en mi estudio Filosofía mitocrática y mitocratología (FMM) he sostenido que el hombre de todos los tiempos es un ser lógico, sólo varía el orden de los principios lógicos, así la filosofía logocrática –surgida en Grecia- está presidida por el principio lógico de identidad, pero anterior a ésta se dio otra forma de filosofar, propia de las culturas míticas ancestrales, o también mal llamadas pre-filosóficas. Se trató del filosofar mitocrático, que se manifiesta a través del símbolo, la metáfora y la analogía, presidida por una lógica inconsistente o de armonía de contrarios. Y aun cuando el ejercicio del pensar filosófico en el mundo ancestral no se haya conocido por el nombre griego de “filosofía”, sin embargo, se trató del mismo fenómeno de comprender las causas, alcanzar una concepción del mundo y lograr un saber de la vida. En otras palabras, no se trata de descubrir los equivalentes homeomórficos en cada cultura –como cree Panikkar-, ni de darle un valor transcultural al término griego “filosofía”, sino de lo que se trata es de reconocer si la filosofía tiene un carácter multívoco y no unívoco, y en este sentido no siempre es un saber teórico y crítico frente a la religión, y sí, más bien, un saber de salvación y de carácter teológico.

En otros términos, la palabra “filosofía” es de origen griego, esto es, no es un término transcultural, pero existe un sentido intercultural del fenómeno antropológico de la filosofía que atiende al quehacer filosófico mismo y que va más allá del descubrimiento de los equivalentes homeomórficos en cada cultura. A mi modo de ver tal sentido intercultural está relacionado con una situación antropocósmica singular, a saber, el quehacer filosófico está relacionado antes que con el asombro, con la conciencia desgarrada de la realidad, con la conciencia de nuestra situación finita y de separación respecto a la naturaleza y a lo divino. El filosofar sería así un símbolo primordial de una criatura que siente su propia nada ante esencias finitas e infinitas.

Con cuánta razón, entonces, interpreta su santidad Benedicto XVI, en su libro La Infancia de Jesús, a los reyes magos como: “sabios; representaban el dinamismo inherente a las religiones de ir más allá de sí mismas, un dinamismo que es búsqueda de la verdad, la búsqueda del verdadero Dios, y por tanto filosofía en el sentido originario de la palabra” (p.101). Los magos representan el anhelo interior del espíritu humano, la marcha de las religiones y de la razón humana al encuentro con Cristo.

Cuándo comenzó todo esto, yo me atrevo a pensar, según los testimonios de la arqueología y antropología, que el oscuro origen se remonta cuando el homo sapiens honró a sus muertos, es decir vamos hacia a la prehistoria de la humanidad. En otras palabras, el hombre es una criatura filosófica no por un accidente cultural, sino por la constitución misma de su ser, que siente la oquedad desconcertante de su existencia en medio de la oquedad del mundo que lo asedia y no cesa de interrogarlo. De modo que en la noche de los tiempos el origen humano de las preocupaciones religiosas, por ejemplo, estaría la especulación filosófica nacida de la incertidumbre de la existencia misma. En FMM a esta experiencia radical del vivir humano su desgarramiento existencial lo llamó la condición ontológica del filosofare.

Pero cómo puede servir lo simbólico al reflexionar de la filosofía. Cómo operan sus mecanismos gnoseológicos y qué influencia tiene en una teoría epistémica general. En este punto la filosofía crítica de Kant nos brinda reflexiones muy valiosas.

Kant en el parágrafo 59 de la Crítica del Juicio escribe que los conceptos de Razón (Ideas) no tienen realidad objetiva ni intuición que le sea adecuada. Sólo es simbólica, esto es, conforme no a la intuición sino a la reflexión. Lo intuitivo es opuesto a lo discursivo no a lo simbólico. Lo simbólico y lo esquemático son modos de lo intuitivo, no son meras características sino exposiciones. Todas las intuiciones que se ponen bajo conceptos a priori son esquemas (exposiciones directas de conceptos) o símbolos (exposiciones indirectas). El símbolo es una exposición indirecta del concepto por medio de una analogía, también utiliza intuiciones empíricas. Todo el conocimiento de Dios es simbólico y no esquemático. Lo bello es símbolo del bien moral, es lo inteligible hacia donde mira el gusto, no es naturaleza ni libertad pero está enlazado con lo suprasensible. El símbolo sería, pues, una idea como representación del objeto según la analogía.

Las consideraciones kantianas nos permiten afirmar que una filosofía simbólica sería eminentemente intuitiva antes que discursiva, estaría llena de expresiones sin esquema para el concepto, sino sólo opera con símbolos para la reflexión. Es decir, que una ancestral filosofía simbólica sería una exposición indirecta de conceptos por medio de la analogía y de intuiciones empíricas. Todo el conocimiento de la filosofía simbólica en el mundo mítico sería analógico y no esquemático, es decir, intuitivo. Dios, el alma, lo bueno, lo bello, es lo inteligible hacia donde mira la filosofía simbólica, no tiene realidad objetiva conforme a leyes pero está enlazado con la finalidad y el fin final suprasensible. La filosofía simbólica sería, entonces, ideas que representan el objeto según la analogía. Esto es, el mito no precede ni está en el origen del filosofar sino al revés, es la filosofía simbólica la que está en el origen del mito. La mirada simbólica es el originario vistazo filosófico del hombre que da cuenta de lo inefable e incognoscible mediante las reglas de la analogía.

De manera que el símbolo no sólo da que pensar –como afirma Paul Ricoeur- sino que se trata de un pensar legítimamente filosófico tanto por su forma y fondo. Por su forma, porque mediante lo analógico es capaz de comunicar realidades suprasensibles, que son indesarraigables a la condición humana. Y por su fondo, porque es capaz de pensar las cuestiones últimas de la realidad y de su propia existencia. Para comprender la filosofía simbólica es necesario superar la hermenéutica desmitologizante, que empieza con Jenófanes y llega a una de sus cúspides en la Ilustración, y abrazar una hermenéutica remitizante, que no sólo rehaga el mito-símbolo y deshaga el mito-explicación, sino que ilumine el pensar simbólico como el acto originario del pensar filosófico ancestral, que incluso hace posible el mito mismo.

Sin embargo, esta reasunción de la hermenéutica remitizante no un retroceso hacia los dioses astrales del mundo pagano porque reconoce el Plan Pedagógico de Dios en la progresión de la Revelación. Pues el Dios único desmitifica a los dioses del paganismo y revela que venerar lo divino no equivale necesariamente venerar a Dios. En este sentido se comprende de suyo que la hermenéutica remitizante no busca alentar un nuevo sincretismo y pluralismo religioso, lo cual es un peligro serio para la fe, sino que busca subrayar la presencia del misterio en el mundo y que el pensamiento analógico-simbólico responde a ese impulso del hombre hacia lo eterno. El filosofar simbólico tan sólo vislumbra lo divino en el logos participativo o analógico pero ese vislumbre es la recuperación de lo más hondo de la condición humana, ser seres finitos plantados en lo Absoluto. Si el concepto es unívoco y el mito es multívoco, pero el símbolo es la forma más primigenia que tiene la razón de responder al profundo e indefinible entramado entre lo divino y lo profano, lo humano y lo divino, el ser y el devenir. Por tanto la profunda comunidad entre concepto y mito se halla en la naturaleza simbólica de la razón misma. El concepto es verdad por identidad y el mito es verdad por participación, pues la razón incluye a la vez doxa y episteme, se basa en la fe pero necesita de la episteme. La situación de la razón humana es enormemente paradójica: sin la fe es ciega y sin el concepto es cojo. En este sentido lo simbólico es el heraldo indicador de una criatura racional que está requerido de la revelación para su progresión en la verdad. Por el símbolo y a través de él se trasluce que en el hombre hay algo más que el hombre. El hombre es la única criatura natural que percibe lo inconmensurable, y sobre todo lo inconmensurable de Dios que rebasa toda comprensión humana. Por eso el hombre no puede desprenderse de Dios, del símbolo y de la fe. El hominismo naturalista, objetivista, inmanentista y relativista que recorta la dimensión metafísica del hombre siempre termina en dañino cinismo ético y relativismo ontológico.

Esto es, la cuádruple función del mito (universaliza la experiencia, establece una tensión entre el comienzo y el fin, investiga y explora la relación y ruptura entre lo arquetípico ontológico y lo histórico, y prepara la especulación conceptual) no sería posible sin el simbolismo filosófico ancestral. Que no se le haya llamado “filosofía” a este modo de pensar, se le haya confundido con el “mito” y que hoy se pueda ampliar el horizonte del origen mismo del filosofar hacia la penumbra de lo ancestral, no es más que la superación del episodio conceptolátrico dentro la historia de la razón humana.

Esto implica que no es que la función simbólica sea condición de posibilidad del yo, sino todo lo contrario. Es porque el yo está consciente de la condición ontológica de su nihilización permanente en el mundo, por lo que se siente impulsado a simbolizar lo amenazante de su existencia. La pregunta filosófica en tiempos arcaicos no nace de la calmada contemplación, sino de su originaria constitución de su ser en el mundo, como un yo enfrentado y amenazado por lo objetual y subjetual. El lenguaje simbólico cotidiano no es el lenguaje simbólico del filosofar ancestral, porque la función de éste último es promover sentido a una vida desprovista de sentido. El sentido del filosofar ancestral no es un dato ni punto de partida, es más bien un resultado y punto de llegada. Es por eso que el punto de partida del filosofar es tan antiguo como el hombre, y cambia su abordamiento conforme cambia el hombre.

Mientras tanto el núcleo permanente del filosofar está encerrado en la propia condición humana, y por eso mismo no se trata de una cuestión subjetiva, sino que tiene validez universal. Y porque pertenece a la estructura permanente de la existencia humana el filosofar simbólico no es un fenómeno muerto, que pueda ser fácilmente sustituida por el filosofar conceptual, sino, por el contrario, es un portento imborrable y continuo en la historia misma de la humanidad. Su enfoque ya no tiene la hegemonía mental que tuvo en tiempos inmemoriales, y subsiste como un saber subordinado o perteneciente más a la tradición nativa, teúrgica, teosófica o esotérica, pero tomarla en cuenta es importante y crucial para comprender la relación de la filosofía con la ontología de lo finito, donde el símbolo es la clave de la consideración del hombre como criatura filosófica. Lo vivo del símbolo no es tanto la lógica analógica que emplea, sino la aparente o real falta de lógica que presentan las cuestiones cruciales de lo real y del existir.

Por lo demás, el predominio actual de la forma conceptual de la filosofía sobre su forma simbólica no significa necesariamente un progreso (sobretodo por el caos ecológico, las posibilidades perversas de la tecnociencia y lo destructivo de la racionalidad capitalista), porque puede más bien ser el camino dialéctico para alcanzar una nueva síntesis entre el concepto y el símbolo. Pues así como la filosofía no tiene fronteras en sus géneros literarios (poema, discurso, prosa, diálogo, disertación, tratado, comentario, meditación, questa, Summa, autobiografía, ensayo, sistema, aforismo, novela), tampoco conoce límites para expresar su verdad (desde la inferencia cuasimatemática del análisis lógico, dato inmediato de la reflexión fenomenológica hasta el modo cuasisentimental del pensar simbólico y la exhortación moral) y método (análisis conceptual, lógico, lingüístico, trascendental, fenomenológico, histórico-existencial, hermenéutico, intuitivo, inductivo, directriz, etc.). Igualmente la relación entre filosofía y religión no siempre es antagónica, por el contrario, Platón y Aristóteles son considerados sin problemas como los fundadores de la teología natural, en la filosofía helenístico-romana estuvieron presentes las filosofías religiosas (Filón de Alejandría, neoplatonismo, apologética y patrística), la escolástica medieval, la filosofía del romanticismo, el existencialismo creyente, el personalismo.
Pero Kant desde el parágrafo 76 de la CJ nos insiste en que las ideas de Razón son regulativas y no constitutivas, son ideas trascendentes sin valor objetivo, y sin embargo son válidas universalmente para el sujeto. El principio subjetivo y regulativo de la razón vale para el juicio humano como si fuera un principio objetivo. De esta forma el fundamento subjetivo del juicio reflexionante permite suponer un Dios inteligente en la base de los fines de la naturaleza. El parágrafo 77 vuelve a subrayar la importancia de Dios o de la inteligencia arquetípica como causal final del mundo. La razón humana necesita pensar en un fin de la naturaleza cuyo fundamento esté en un entendimiento originario como causa del mundo. Pero Kant añade algo crucial: el entendimiento humano es discursivo, necesita de imágenes, pero la idea de un entendimiento arquetípico no tiene nada de contradictorio. Es decir, el filosofar simbólico extrae ideas que por sí mismas no son contradictorias según las reglas de la analogía. Así puede afirmar: tras lo fenoménico es posible poner una intuición intelectual como fundamento suprasensible de la naturaleza y del hombre.

El famoso Apéndice de la CJ ilumina aun más sobre las posibilidades del filosofar simbólico. La CJ en su parte teleológica culmina con este Apéndice en que con el mayor énfasis sostiene que se tiene que admitir la existencia de un ser creador moral del mundo, de los fines físicos y los fines morales, todo lo cual expone que la realidad objetiva de la idea de Dios y la inmortalidad del alma tienen realidad objetiva en sentido práctico, no teórico (por eso rechaza la prueba ontológica de Dios, que se remonta a San Anselmo, y la prueba cosmológica de santo Tomás de Aquino). Es decir, Dios tiene realidad objetiva por fe, porque la fe es el modo moral de pensar de la razón. En consecuencia, sólo hay prueba moral de la existencia de Dios y así se completa la prueba físico-teleológica de un creador inteligente del mundo. La teología moral conduce a la teleología. Y todo esto significa que sólo por analogía Dios es pensable.

La filosofía simbólica discurre sobre el substrato suprasensible de la humanidad por exposición indirecta de un concepto a través de la analogía. Sus ideas son símbolos para la reflexión con valor objetivo en sentido práctico-moral. No es que la realidad objetiva de la idea de Dios y de la inmortalidad carezca de dimensión ontológica, sino que según Kant, para nuestras capacidades cognoscitivas dicho acceso teórico nos está vedado, y por lo cual nada podemos decir sino tan sólo en sentido moral-práctico. La intuición simbólica para Kant accede al substrato suprasensible de lo real sólo en sentido práctico, por la fe, y la fe resulta tan ser indispensable que es fundamento moral de la prueba físico-teleológica de un creador inteligente del mundo. En otras palabras, para Kant la metafísica tiene una justificación moral, más no teórica, que se explaya por el pensar intuitivo simbólico del pensar analógico.

Esto explica cómo en el parágrafo 80 vuelve a insistir en la necesidad de suponer una sustancia inteligente propia del Creador divino. Sólo suponiendo la sustancia inteligente del creador divino se puede dar cuenta cabalmente de la relación causal. Pero tiene cuidado y aclara que no se trata de la sustancia simple del panteísmo ni del espinosismo. En el parágrafo 81 Kant critica la teoría de la epigénesis de su época porque no explica cómo de lo inanimado puede surgir lo animado. En el 83 ve al hombre como el último fin de la naturaleza, y la cultura es el último fin del hombre, capaz de elevarlo sobre los sentidos, hacia la razón y poner un  fin a la naturaleza. Esto es que la razón tiene fines suprasensibles. Así en parágrafo 84 afirmará que el hombre es el fin final de la creación como ser moral. Sólo la teología moral corrige la teología física. Ella conduce al concepto de seres del mundo bajo leyes morales. El fin final de Dios es el hombre bajo leyes morales (parágrafo 86).

Esta profunda verdad ha estado presente en las milenarias tradiciones religiosas y es resultado de la intuición analógica del filosofar simbólico. Pero Kant es más agudo y señala que la teología física por sí sola sólo conduce a la demonología o al chamanismo. Y cuando enfrenta la necesidad de la idea de Dios afirma: No es por temor sino por la razón que se piensa la causa suprema como divinidad. Por la exigencia moral de la razón pura práctica es posible representar un legislador moral fuera del mundo. El hombre necesita de una inteligencia moral que le proporcione ser para el fin de su existencia. Pues la ley moral se desploma sin suponer la existencia de un creador moral del mundo. Esto es la prueba moral de la existencia de Dios (parágrafo 87).

Con su probidad característica Kant culminará las ultimas páginas de la CJ sosteniendo: 1. La limitación al uso práctico de nuestras ideas suprasensibles nos evitan caer en la teosofía, demonología, teúrgia e idolatría; 2. La idea de libertad es el único concepto suprasensible que demuestra su realidad objetiva en la naturaleza, amplía la razón más allá de los límites teóricos de la naturaleza y da esperanza en lo suprasensible; 3. Dios es impredicable, por eso no se le puede conocer lo que sea en absoluto teóricamente, sólo por analogía es pensable; y 4. Por el fin final que presenta le ética-teológica se demuestra que la ética no puede existir sin teología.

Las disquisiciones kantianas nos permitan sostener que el hombre a través del pensar analógico del filosofar simbólico ha pensado en Dios no por temor sino por la exigencia misma de la razón, y lo ha pensado porque la gran finalidad del mundo obliga a cavilar la causa suprema para ella. Entonces es posible un filosofar simbólico que se plantea el conocimiento de Dios y de lo suprasensible mediante las cualidades de su causalidad, pensadas sólo por analogía.

El filosofar simbólico es posible, ¿pero representa una prueba de la existencia de un filosofar mitocrático ancestral? Todos los hombres sin ser filósofos pueden llegar a pensar la idea de un ser suprasensible cavilando por la causa suprema del mundo, pero no todos los hombres se plantean un conocimiento de Dios y de su existencia (teología), pero el hecho es que no se puede hacer teología sin hacer filosofía simbólica. Es decir, el conocimiento de la causa suprema del mundo obliga a pensar que no puede existir sin filosofía simbólica. En consecuencia, la posibilidad del filosofar simbólico demuestra la posibilidad de un filosofar mitocrático ancestral. Así como es necesario tener una teología para la religión, es decir, para el uso moral o práctico, del mismo modo es necesario tener un filosofar simbólico para la teología, es decir, para el uso especulativo y práctico sobre el ser suprasensible.

Efectivamente, el caso es que en el mundo ancestral mística, magia y religión se mezclan, por tanto el conocimiento teológico de aquellos tiempos se presenta como éxtasis chamánico que se repite por miles y miles de años, pero que tiene de elemento transhistórico el filosofar simbólico. Esto es, que en el filosofar mitocrático la filosofía simbólica no es mera especulación teórica, sino ascensión al mundo de lo místico por técnicas alucinógenas, ejercicios somáticos o facultades paranormales. En realidad, y como lo ilustra Mircea Eliade, el filosofar simbólico en el mundo ancestral se ejerce por reclutamiento, transmisión hereditaria, vocación mística y adquisición de poderes chamánicos. Y esto se da así entre los Tunguses, Manchúes, Ostiacos, Buriatos, araucanos, siberianos, esquimales, amazónicos, budismo, tantrismo, lamaísmo, etc. De ahí el carácter iniciático y secreto del ancestral filosofar simbólico, caracterizado por la radical separación entre lo profano y lo sagrado que pertenecen a los pueblos llamados “sin historia”.

En este sentido la historia de las religiones presta un gran servicio a la indagación del filosofar simbólico, pero no puede reemplazarlo porque, en última instancia, la filosofía mitocrática busca revelarnos la morfología y la historia de este complejo fenómeno filosófico que está detrás de todos los fenómenos religiosos, y que nos revela quizá la verdadera situación del hombre en el cosmos. En realidad, el estudio del fenómeno del filosofar simbólico nos remite a un núcleo de difícil explicación porque está referido a una situación-límite del hombre.

Por eso cuando los hechos religiosos muestran un eterno retorno a un instante intemporal lo que está detrás es la visión simbólica de la “forma divina”. La admiración por la forma divina y la emoción que la acompaña no es por completo asimilable al hecho religioso, pues exige reflexión simbólica e intuición analógica para elaborar su idea. Y en esto consiste precisamente el modus operandi del filosofar mitocrático.

Esta aproximación entre la figura del chamán con la del filósofo simbólico nos recuerda a Pitágoras y a Empédocles, personajes cuasi-místicos y taumatúrgicos entre los presocráticos dentro de la filosofía griega. Pero el filosofar simbólico no pertenece solamente al ámbito de la filosofía mitocrática, sino que también está presente en la filosofía logocrática porque es posible en cualquier grado de civilización y situación religiosa. Paracelso, Weigel, Telesio, Agripa, Boheme y Giordano Bruno son especialmente un buen ejemplo de ello.

En cambio el idealismo alemán, con Fichte, Schelling y Hegel, llevó al idealismo moderno a conciliar ciencia y religión, a armonizar el substancialismo cristiano con el mecanicismo materialista y metafísico de las ciencias naturales, pero dentro de un esquema especulativo y predominantemente logocrático. Así es comprensible encontrar en Hegel, el pináculo de la filosofía idealista, un historicismo donde el logicismo se amalgama con el misticismo. Esto permite decir que el filosofar simbólico es inherente a la situación límite de la condición humana. Es más, es posible admitir sin problemas lo afirmado por Heimsoeth (La metafísica moderna), respecto a que la conciencia científica no va unida a la disolución del pensamiento metafísico. Por el contrario, el espíritu antimetafísico positivista de los siglos XVIII-XIX son simples periodos intermedios en medio de la perduración constante de la metafísica en la modernidad. La metafísica sigue siendo la raíz de novedades y descubrimientos más importantes de la vida cultural y es el punto nodal donde confluye lo simbólico con lo conceptual, la milenaria tradición mitocrática y la ática tradición logocrática.

Por tanto es falso que la metafísica esté en disolución y, por eso, la hermenéutica posmoderna del hombre sin absolutos, es en realidad el predominio de la exacerbación de la metafísica subjetiva, donde el ego único ha derivado hacia una nihilista multiplicación de mónadas relativistas con su propia voluntad de verdad. La hermenéutica de la facticidad desde la ontología fundamental de la finitud, es decir que sólo toma en cuenta lo inmanente y descarta la dimensión trascendente del hombre, o sea caracterizada por la renuncia al ser y el triunfo del para-mí, por parte de Heidegger, Gadamer, Rorty, Vattimo y compañía, es tan sólo un episodio antimetafísico intermedio dentro de la historia misma de la metafísica de la modernidad.

Por tanto aquellas palabras tan descaminadas, estrechamente positivistas y carentes de perspectiva histórica de Sigmund Freud no tienen futuro: “Probablemente no se imagina Usted cuán lejos me siento de todos estos rodeos de los filósofos. La satisfacción que me procuran es el hecho de no participar en este lamentable despilfarro de la capacidad intelectual. No hay duda de que los filósofos creen contribuir al desarrollo del pensamiento humano, pero detrás de todo esto hay siempre un problema psicológico o incluso psicopatológico”. Al contrario, el propio psicoanálisis sería objeto de duros ataques de conductistas y empiristas, que lo acusaban de hacer presuposiciones metafísicas y con lo cual sería desahuciado de su estatuto científico.

Al parecer el propio genio de Freud no llegó a comprender todo el alcance epistemológico de su teoría psicoanalítica, tan necesitada de presupuestos metafísicos. En cambio en el psicoanálisis jungiano los símbolos y los arquetipos cobran un rol protagónico, y en general todo el psicoanálisis será un esfuerzo de desciframiento de símbolos del inconsciente. Así el psicoanálisis lacaniano (artículo de J. Lacan “Ciencia y Verdad”, incluido en Escritos I) se reconoce abiertamente subjetivo, parte de las lógicas inconsistentes que suprimen la contradicción, no impone, sino escucha y capta la subjetividad, no ocupa el lugar de Dios, no es ciencia ni lo no es. Con lo cual la metafísica se vuelve a mostrar fecunda para el propio desarrollo de la ciencia.

Consideraciones epistemológicas y filosófico-religiosas están relacionadas con el auge logrado en los últimos tiempos por el símbolo, hasta el punto de ser vista como la nueva clave de la filosofía.

Del símbolo se han hecho dos tipos de usos: el epistemológico y el filosófico religioso. En el epistemológico el símbolo es el modo como se expresa una realidad a través de notaciones conceptuales, lingüísticas o significativas, que no corresponden a un universo inteligible y substante. Así, el símbolo es una notación útil (criticismo regulativo, operacionalismo, pragmatismo, fenomenismo). En el filosófico-religioso el símbolo es considerado como algo que expresa una realidad inaccesible teóricamente (Schleiermacher, Sabatier, Le Roy, Klages).

La autora S. K. Langer consideró en su libro Philosophy in a New Key, que la concepción de los datos de los sentidos como símbolos y la manipulación simbólica lógico-matemática de lo real, ha permitido que el conocimiento humano se presente como una estructura de hechos que son símbolos y de leyes que son sus significaciones. Así, lo propio del hombre sería su notable poder de simbolización, que empezaría con la palabra y concluiría con una simbolización general en todos los órdenes para tratar con lo real.

Ya Cassirer en su teoría del hombre como animal symbolicum había sentado las bases de esta interpretación, pues el concepto de símbolo permite abarcar la totalidad de los fenómenos en los cuales se presenta un cumplimiento significativo de lo sensible, donde lo sensible se manifiesta como encarnación de lo sentido (Filosofía de las formas simbólicas).

Sin embargo, para Cassirer el símbolo tiene valor metodológico-cognoscitivo más no ontológico, esto es, que no describe las cosas como son sino que es un instrumento del conocimiento, una convención apriórica. En buena cuenta esto lleva hacia un solipsismo cultural, pues el hombre no trata con la realidad sino con sus símbolos. Al reconocerle sólo la función de objetivar pero no de intuir ideas y esencias, lo que hace es encerrar al animal simbólico en sus propias abstracciones. Su mérito estriba en reivindicar junto a la definición clásica del hombre como “animal racional”, la nueva definición de “animal simbólico”. El hombre es superior a las demás especies por su espacio simbólico, pero el símbolo humano no sólo es ideal y relacional-abstracto, sino que son ideas intuitivas que exponen indirectamente un concepto por medio de la analogía.

Es decir, dentro de todas las abstracciones humanas el símbolo es lo más cercano al ser que al conocer, a la existencia que a la esencia. El símbolo es el testimonio más cercano que el conocer no es la causa del ser y que se trata más bien de lo contrario, a saber, que el Ser se antepone al conocer, lo ontológico a lo epistemológico y asume como evidencia primera que las cosas son, se basa en el objeto y la certeza sensible. El símbolo, junto a las emociones, es lo más próximo al realismo, porque intuye que el ser es lo previo e indemostrable a la razón y que el ser no se encuentra en el pensamiento. En el símbolo se reconoce que el ser sobrepasa al pensar, que éste es falible y auto corregible y permite postular desde la existencia de las cosas a un ser supremo, que está más allá de lo temporal, es creador y eterno. En una palabra. El símbolo ayuda al hombre de todas las edades a escapar del cientismo, escepticismo, la increencia y el nihilismo, a superar la metafísica inmanente del hombre posmoderno y dar fundamento concreto a la metafísica trascendente. Pero obviamente el símbolo no lo es todo y el concepto, su contrapartida, es también indispensable.

El pensamiento simbólico es lo que está detrás de la explicación mítica, metafísica y pragmática.Pues, la generalización simbólica de la ciencia con su manipulación lógica y matemática posee funciones metafóricas, porque no vemos en absoluto electrones, corrientes eléctricas, los campos, los bosones y la partícula de Higgs, sino más bien mediciones de entidades inobservables que para su comprensión exige la metáfora de hacer corresponder a la teoría física la existencia ontológica de dicha entidad. En otras palabras la generalización simbólica de la ciencia nos lleva de manera ineliminable hacia la metáfora. Por tanto, la ciencia exige en su análisis e interpretación un modelo heurístico que hace uso de la metáfora para poder dar cuenta del modelo ontológico. Es más, sin el uso metafórico que implica la generalización simbólica no hay posibilidad de manipulación instrumental y aplicativa de la ciencia. En otras palabras, la interpretación comienza donde acaba la percepción. Ser no es percipi.

Pero el pensamiento simbólico contiene en su parte medular una filosofía simbólica, como aquella que lleva al pensar concreto no a cualquier pensar abstracto, sino al pensar abstracto por excelencia, como es el pensar lo divino por analogía. En el pensar concreto las reglas de la analogía sirven para su potenciación máxima, pero en el pensar lo divino las reglas de la analogía demuestran su limitación. Es casi como decir que el hombre es por excelencia un animal analógico antes que simbólico, porque mediante la analogía lleva lo abstracto hacia una visión más amplia del mundo. Pero lo analógico como carácter esencial del símbolo primario muestra una dinámica creadora de índole estética, lo cual es casi como afirmar que el hombre es una criatura estética porque estructura el universo mediante formas. Esto hace del acto estético el acto primario del universo cultural humano, explayación de lo puramente intuitivo, y la primera expresión de lo universal y espiritual o de la subjetividad universal.

La analogía es correlación entre órdenes diversos. La relación entre lógica y realidad no es una relación entre cosas sino entre órdenes distintos de la realidad, relación que puede ser reproductivo, analógico o simbólico. Pero en el carácter esencial del símbolo primario no sólo reluce la unidad oscilante entre lo intuitivo y lo formal, como señala Ogden y Richards en El significado del significado y Wilbur M. Urban en Lenguaje y realidad, sino la pulsión estética del libre juego de las facultades representativas humanas. Por lo tanto, el símbolo no sólo es la coincidencia entre el objeto intuíble y la representación simbólica, o la analogía entis tan bien desarrollada durante la escolástica, sino que contiene a la vez el principio estético de un ente racional cuya dinámica creadora encuentra su principal resorte en la analogía y la simbolización metafórica.

Habría entonces una prehistoria de la analogía del ente antes que Aristóteles la sistematizara en el campo ontológico y que culminara con la analogía de la proporcionalidad en el tomismo. Pero la noción analógica del ser, que como problema capital entre el Creador y los entes creados aspira ser resuelta por la teología escolástica, es en realidad herencia remota de la dialéctica del filosofar simbólico. No obstante, tal herencia es interrumpida durante la filosofía moderna para referirse a la analogía en términos metafóricos, nada metafísicos y sustancialistas, sobretodo en las tendencias fenomenalistas y funcionalistas. Pero como hemos visto la metafísica no sólo perdura durante la modernidad, sino que los ataques contra ella son fases intermedias de su propio avance.

Entonces, y para concluir -en un asunto tan inconcluso-, volvemos a la pregunta del inicio: ¿es posible la filosofía simbólica como filosofar arcaico y precursor del filosofar logocrático? Como acto primario del libre juego de las facultades creadoras de la representación humana todo indica que es posible.

Lima, Salamanca 16 de febrero del 2013