sábado, 28 de noviembre de 2020

¿IR MÁS ALLÁ O MÁS ADENTRO DE LA DEMOCRACIA?

 

¿IR MÁS ALLÁ O MÁS ADENTRO DE LA DEMOCRACIA?

Entrevista al filósofo Gustavo Flores Quelopana/28-11-20

A horas de su intervención en el Club Mundial de Filosofía



 

¿EXISTE LA “COSA” LLAMADA DEMOCRACIA?

Sí existe. Pero la "cosa" llamada democracia ha perdido su propia esencia y está en crisis. Y esta pérdida es irrecuperable porque el "control del pueblo" se reveló como un mito.

 

¿ES POSIBLE IR MÁS ALLÁ DE LA DEMOCRACIA?

Sí lo es. Y la primera en demostrarlo ha sido el propio capitalismo en su etapa de neoliberalismo global. Contra los intereses populares y ahondando el antagonismo entre representatividad y participación democrática, desmontó el capitalismo de bienestar, desmanteló a las clases medias, concentró la riqueza en la élite mundial e instauró un totalitarismo intrademocrático de las megacorporaciones transnacionales privadas.

 

¿LA DEMOCRACIA NO PIENSA?

La democracia no piensa. Es el mejor invento de los grupos dominantes para pensar en lugar del demos o del pueblo. La democracia es un ideal valioso que fracasa constantemente porque se subsume a lo útil, lo instrumental y periférico del hombre.

 

¿CUÁL ES LA ESENCIA DEL PODER?

La esencia del poder en la lógica de la modernidad no es servir sino dominar, por ello tiende a destruir el ideal democrático y a hacerlo imposible en la práctica.

 

¿EN QUÉ CONSISTE LA CONSUMACIÓN ANTIDEMOCRÁTICA DE LA DEMOCRACIA? La sustancia de la democracia aun está en plena consumación. La cual implica la conculcación de las libertades individuales en pleno marco democrático por el Estado y el totalitarismo de las megacorporaciones privadas del hiperimperialismo.

 

¿DEMOCRACIA COMO MITOIDE?

 La democracia es un mitoide de la modernidad secularizada. Utiliza lo cuantitativo para sofocar lo cualitativo. Al final no se desemboca hacia una oclocracia sino hacia un totalitarismo intrademocrático de la élite dominante.

 

¿QUÉ ES IR MÁS ADENTRO DE LA DEMOCRACIA?

No se trata de ir "más allá" de la democracia sino de ir "más adentro" de la democracia. Profundizar la democracia significa ir al trasfondo del hombre para iluminar su inmanencia unida con la trascendencia. Sólo así la democracia dejará de ser el abuso de lo cuantitativo sobre lo cualitativo.

miércoles, 28 de octubre de 2020

LA CRISIS NIHILISTA DE LA MODERNIDAD POSTMETAFÍSICA

 LA CRISIS NIHILISTA DE LA MODERNIDAD POSTMETAFÍSICA

Gustavo Flores Quelopana

VIII CONGRESO REGIONAL DE FILOSOFÍA DEL NORTE DE PERÚ

“Filosofía de la Vida Cotidiana en Tiempos del COVID-19”

 del 17, 18, y 19 de noviembre del 2020

 


Sinopsis

La Modernidad contemporánea ha consumado su esencia postmetafisica al configurar una crisis nihilista estructural. La crisis nihilista estructural tiene cuatro características sustanciales: el extravío del sentido del ser, la pérdida del sentido de lo sagrado, la sustitución de los fines por los medios y la disolución de los valores. El resultado de todo ello es la consolidación de la racionalidad funcional sobre la racionalidad substancial, la misma que se manifiesta en el abandono de lo cualitativo y su reemplazo por lo cuantitativo. Es en ese marco en que el hombre y el valor se reducen a mero objeto y se profundiza la tragedia de la cultura, se consolida un horizonte anético, post-metafísico y de post-verdad, se extiende la dictadura del fetichismo de la mercancía, el totalitarismo del relativismo y la agonía del humanismo. En suma, la crisis nihilista de modernidad post-metafísica es la tragedia de una civilización que se sumerge aceleradamente en su decadencia absoluta.


LA ESENCIA POSTMETAFÍSICA

La Modernidad contemporánea ha consumado su esencia postmetafisica al configurarse, en el último tercio del siglo XX y las primeras décadas del siglo XXI, como una crisis nihilista estructural. El horizonte post-metafísico en realidad se abrió en la Alta Edad Media del siglo XV, cuando el nominalismo de Occam niega las esencias y las declara meras abstracciones mentales. Pero cobra impulso cuando la metafísica de las esencias es abandonada en el siglo XVI y XVII con el desarrollo del racionalismo y del empirismo. Paul Hazard en su obra “La crisis de la conciencia europea” llama a ese periodo el de la consolidación del diosecillo terrestre mediante el Reino del Hombre -Regnum hominis-. Empirismo, racionalismo e Ilustración destruyeron el orden espiritual de las verdades trascendentes y ello, en realidad, deja sin posibilidad de reconstruir una nueva civilización.

Así, se instaura un mesianismo laico que perdió a Dios mediante una razón que asalta la verdad para relegar los valores espirituales y desembocando en el reino de la materia, el naturalismo, el positivismo y el cientificismo. Pero todo ese vuelco en filosofía coincide con la revolución científico-técnica y la maduración de la economía monetaria, en tanto que son expresión de la sustitución de la racionalidad substancial por la racionalidad funcional. La hegemonía de la racionalidad funcional es la dilución de lo cualitativo por lo cuantitativo. Desde entonces, será la ley natural y la metodología de las ciencias naturales las que avasallan a las ciencias humanas. El resultado será la nefasta incomprensión de la realidad humana y su reducción a pura inmanencia. La naturaleza humana sin la dimensión de la trascendencia perderá su lado sustancial y se abrirá la puerta a la luciferina negación del hombre. Esto se plasmará en la práctica en las demenciales matanzas con gases venenosos de la Primera Guerra Mundial, en los infernales campos de concentración del Holocausto de la Segunda Guerra Mundial y en la ideología del llamado Transhumanismo actual. Nunca como antes, y en ninguna etapa anterior de la historia, el hombre se mostró a escala industrial tan destructivo, bestial e infraterno con el hombre. Que el nihilismo es el olvido del ser es muy plausible, pero remitir dicho olvido a la metafísica de Platón y Aristóteles es como remontar el crimen a la invención del cuchillo. No hay tal poder destructivo de la racionalidad nacida en los griegos, como cree Heidegger. Pues, la metafísica griega no nace de la teología, sino de la búsqueda de la verdad ante el relativismo de los sofistas. Y dicha verdad reside en el mundo suprasensible. Nihilismo es: todo es nada, pero el ente en su totalidad no es la nada sino participación en el ser. El propio ente es el ente en la verdad del ser.

La esencia postmetafísica no tiene que ver con la autonomía de la razón -como piensa Gilson-, sino con el divorcio con las verdades suprarracionales que se da con el nominalismo de Occam. O sea, la razón filosófica puede seguir siendo autónoma sin dejar de reconocer los misterios -Trinidad, Encarnación y Resurrección-. Autonomía no es sinónimo de secularización. Pero ello lo será a partir de Occam y no con Alberto Magno, como sostiene Gilson.

LAS MANIFESTACIONES SUSTANCIALES QUE PULVERIZAN EL VALOR ESPIRITUAL

De modo que la crisis nihilista estructural de la modernidad contemporánea tiene seis características sustanciales:

  1. El extravío del sentido del ser
  2. La pérdida del sentido de lo sagrado
  3. La sustitución de los fines por los medios  
  4. La disolución de los valores
  5. El resultado de todo ello es la consolidación de la racionalidad funcional sobre la racionalidad substancial
  6. Y la misma que se manifiesta en el abandono de lo cualitativo y su reemplazo por lo cualitativo.

En ese marco en que el hombre y el valor se reduce a objeto y se profundiza la tragedia de la cultura, se extiende la dictadura del fetichismo de la mercancía, el totalitarismo del relativismo y la agonía del humanismo. Ello ha derivado en una crisis de caridad y misericordia de dimensiones colosales. Un pequeño botón de muestra es la ostentación que hacen de su fortuna los multimillonarios del planeta. La forma obscena en que son exaltados por la prensa venal y las ignaras redes sociales no son sino la manifestación de una época de franca decadencia, donde la supremacía del tener sobre el ser es lo normativo y cierra los ojos a la cruda realidad en que cada minuto mueren niños por hambruna, enfermedades y falta de protección social totalmente evitables.

EXTRAVÍO DE LA VERDADERA ALEGRÍA

En contraste y en medio de la pandemia, en las redes sociales todo el mundo quiere mostrarse feliz y risueño. Se trata de una sonrisa falsa y cruel en el mundo cínico, hedonista, descreído, materialista y nihilista de la burguesía decadente. ¿Qué es lo que ha sucedido para que esto ocurra? Al extraviarse a Dios y lo sagrado, se ha perdido la verdadera alegría y han tomado su lugar el mundo de las cosas, de las criaturas. Y en éstas, el hombre sin Dios busca en vano su gozo. Mientras el necio encuentra su alegría en el mundo, el sabio lo halla en la tristeza. Porque la tristeza abre los ojos y hace ver el daño de gozarse en las cosas. En el mundo engañoso de la dictadura de la vanidad y la crueldad todos se engañan y se exhiben felices. Al contrario, hay que tener lástima por esta necia humanidad embotada de materialismo, que pone su corazón en las riquezas y olvida que no les aprovechará para nada en la otra vida.

Si realmente queremos acabar con esta pandemia cuyos efectos han sido devastadores en la gente, en la salud, en la economía, o con futuras pandemias, tenemos que abordar los factores estructurales que hacen que a los pobres les resulte más difícil acceder a la salud o a una dieta adecuada. El riesgo de no hacerlo es enfrentarnos con otra pandemia en el tiempo que tome que una enfermedad existente se escape del mundo animal y pase a los humanos. Lo que continuará ocurriendo a medida que sigamos invadiendo el espacio de las especies salvajes, o a raíz del cambio climático y la deforestación. Por ello, una solución para el covid-19 puramente biomédica fracasará rotundamente.

LAS CRIATURAS SON PUESTAS POR DELANTE DE DIOS

No hay misericordia sin amor a Dios. Cuando el alma se ciega por la ignorancia, la soberbia o la vanidad, la falsedad no le parece falsedad y lo malo no le parece malo. Al contrario, las tinieblas le parecen luz y la luz le semejan tinieblas. Y de ahí viene a dar en mil disparates acerca de lo natural y de la moral. Y es que a puesto sus ojos más en el deleite de las cosas que en el amor. Y esto nos acontece hoy con mayor violencia por haber puesto a las criaturas por delante de Dios. Al primar las criaturas sobre el Creador, entonces toda el alma es cautiva de las pasiones, y no puede lograr la paz ni la tranquilidad. Prima el egoísmo y agoniza la misericordia.


IMPORTANCIA DEL SILENCIO

Podemos intentar hablar de Dios desde nuestra propia experiencia del silencio. Porque Dios se envuelve en el silencio y se destapa en el silencio interior de nuestro corazón. El silencio es uno de los principales medios para entrar en el espíritu de la oración. En el silencio el alma se dispone a establecer relación vital y continua con Dios. El silencio es fuente fecunda de recogimiento. A Dios no se le encuentra ni en el ruido ni en la agitación, sino en el silencio. Las palabras son abundantes y presuntuosas, en cambio el silencio es único y humilde. El misterio del silencio nos abre al misterio de Dios. En el silencio no está la nada, sino la fuerza de Dios.

EL MERCADO COMO ENEMIGO DE LA MORAL

Pero en este panorama fatídico no se obviar al Mercado como enemigo de la ética. ¡Todo tiene un precio, incluso tu conciencia! Se jacta prepotente el mercado. Con la caída del comunismo se creyó que era el fin del colectivismo. Pero eso es un error. Hay un colectivismo más profundo y nocivo aún, a saber, el del Mercado. El Mercado es el enemigo ético por excelencia porque absorbe hasta el tuétano al individuo hasta el límite de disolver la personalidad. Al mercado le corresponde un tipo humano: el hombre anónimo. El hombre anónimo es un ser desvalido, que sólo tiene confianza en las recetas comerciales del mercado. La consecuencia es que su orden valorativo se debilita hasta el límite de eximirse de su libertad y responsabilidad. Ejemplo: yo visto, hablo, leo, elijo, consumo, veo de una determinada forma, porque todo el mundo lo hace. El mercado es enemigo de la educación porque actúa por coacción y sugestión. Al destruirse la autoafirmación de la personalidad el resultado es una sociedad violenta, anárquica, corrupta, cínica, sin valores. El mercado es una fuerza deshumanizante y de mediocridad indiscutible. Habla a los instintos y adormece la razón. Uniformiza el pensamiento y el estilo de vida. Y su principal víctima es la juventud y la mujer. El mercado es enemigo de las ideas propias, de la madurez de la personalidad y de la pureza de la actitud interior. El mercado pone en juego una tendencia totalitaria más asfixiante que los totalitarismos políticos.


EFECTOS NIHILISTAS DE ECONOMÍA DINERARIA MADURA

El dinero es un medio que en la Modernidad ha madurado en economía monetaria. Con ello, el dinero de medio se ha convertido en un fin. El dinero comparte la característica esencial de la racionalidad funcional de la Modernidad, a saber, todo lo cualitativo queda transformado en cantidad, cifra, cálculo. "Billetera mata galán" dice el refrán popular. Este imperio de lo cuantitativo tiene efectos nefastos sobre las relaciones sociales y humanas. En primer lugar, el dinero prostituye todo lo que toca. El dinero como acto puro que simboliza el carácter dinámico del mundo termina cosificando el hombre, el cual pierde sustantividad y se convierte en mero adjetivo. El dinero preside la moderna funcionalización completa de la humanidad.

El dinero es indiferente a los fines y por ello mismo tiene la extraña cualidad de convertirse en fin en sí mismo. Con el dinero surge el hombre indiferente al valor y a lo cualitativo. En el fondo el dinero es la negación de todo valor. La única determinación del dinero es la cantidad. El dinero preside la tragedia de la cultura, el amor, la verdad, la economía, la política y las relaciones humanas. El dinero crea seres superficiales, gélidos y egoístas. El dinero pulveriza la dignidad, el honor, la integridad, el respeto, el esfuerzo, el desinterés y el amor gratuito. El dinero trastoca el sentido de la vida y la imagen del mundo. La esencia metafísica del dinero es convertirse en energía pura que reduce la calidad a la cantidad. El dinero deja expedito el camino para la muerte de la dignidad humana, al reducirlo a mera materia intercambiable.

Con el dinero el hombre deja de ser único e irremplazable. La persona no interesa y se diluye por completo. La personalidad desaparece por completo detrás de su función. El dinero relaciona a los seres humanos, pero deja a la personalidad fuera de ella. La modernidad es la civilización del dinero y su evolución en dinero digital no cambia su esencia, sino que la perfecciona. Si de alguna alternativa se puede hablar, es de la todavía utópica cultura del futuro capaz de abolir el totalitarismo del dinero mismo.

RETORNO DEL PAGANISMO

Igualmente, en la tardía modernidad anticristiana ha resurgido el curanderismo pagano. Hay quienes lo defienden resaltando su valor antropológico olvidando lo más importante, a saber, su significado espiritual. Efectivamente, el yerro fundamental de dedicarse y encontrar gozo en la curación sobrenatural es que ese no es el fin de la vida sobrenatural, sino solamente unirse a Dios. En el ejercicio de ese don sobrenatural se introduce el demonio, porque ve la afición, el gozo y la vanidad que encuentra en él el espiritual. Al final, éste es engañado en la fe, por la vanagloria y la jactancia.

Por eso, el mago, el brujo, el curandero, el encantador tienen embotada el alma, porque el demonio ha visto su gran afición a estas cosas. En realidad, son discípulos del demonio. Es verdad que Dios da esos dones y gracias, incluso pone virtudes curativas en las plantas u otros objetos, pero se equivoca mucho cuando se sustituye la fe por estos dones. Se trata de la misma hechicería del bíblico Simón el Mago. Quien tenga esos dones sobrenaturales deberá apartarse de estos por la codicia y gozo que nacen en su quehacer. Tentar a Dios es gran pecado y el hechicero lo hace. Dios mismo no obra maravillas, sino cuando son necesarios para creer. Lo primero no son los milagros, sino la fe. Dios no quiere milagros, sino fe. Dios reprende a los que piden señales. Así, Cristo reprende a sus discípulos por jactarse de expulsar demonios. La modernidad incrédula, materialista y hedonista pide milagros y no fe. Por eso resurge el curanderismo pagano.

VIEJOS: COMO PRIMERAS VÍCTIMAS DE LA PANDEMIA

No obstante, tenemos que volver la mirada a la pandemia y sus nefastos efectos sobre la vejez. La primera ola europea y estadounidense del covid 19 mostró el descuido al que estuvieron expuestos los ancianos en asilos y casas de reposo, en los cuales murieron en masa. La modernidad simplemente convirtió la vejez en un negocio lucrativo en su supuesto cuidado, salud y bienestar. Si la solución a la vejez del totalitarismo nazi fue la eugenesia, en cambio las democracias del llamado Primer Mundo optan por métodos más refinados, pero igualmente inhumanos para su explotación económica. Allá es el envejecimiento de la población, mientras que, en el mundo, llamado en "desarrollo", la vejez yace en el olvido.

En realidad, la Modernidad idolatra la juventud y desprecia la vejez. La biotecnología la cataloga como enfermedad que debe ser curada por la genética. ¿Pero es acaso esto cierto? Sabemos que las etapas de la vida son únicas e irremplazables y cuando se daña una se corrompe el todo. La modernidad al despreciar a la vejez está corrompiendo todas las etapas de la vida. ¿Qué es la vejez? Vejez es sinónimo de sabiduría y sólo en su fase de senilidad se vuelve irritable, artero, desaseado, desconfiado y furtivo. Allí la tarea ético-educativa va hacia el entorno, del cual exige más auxilio, paciencia y humor. ¿Pero por qué la Modernidad es tan hostil a la vejez? Porque mientras la Modernidad es fugacidad, prisa, energía, enaltece la actividad por la actividad, en cambio la vejez es tranquilidad, contemplación, oración, sentido de lo eterno y sentido de la muerte.

La Modernidad con su descreimiento y efebolatría ha empobrecido la vida y ha olvidado la esencia de la vejez: la cual es sabiduría y sensatez. Efectivamente, la Modernidad es necedad e insensatez porque ha postergado lo absoluto por lo finito, es temporalidad, lo joven y ha arrastrado la historia por la voluntad de poder. Ahora se explica por qué se reniega de la vejez queriendo revertir su proceso. La Modernidad ha extraviado el sentido de la muerte o de la buena muerte, identificándola simplemente como la cesación de la vida. Así busca la vida eterna por medios materialistas. La humanidad bajo la modernidad se volvió inmadura.


LA NEGACIÓN DEL SER QUE FUNDA TODO SER

En una palabra, la crisis nihilista de la modernidad post-metafísica es la negación del Ser que funda todo ser. Pero en esta civilización no es posible restaurar el fundamento trascendente que enfermó el cuerpo de la cultura, porque esto implica la titánica tarea de revertirla como un guante. La Modernidad subjetivista hedonista y nihilista no será salvada y deberá morir. Deberá cumplir su ciclo cultural, como todas las demás civilizaciones y en su curva decadente fenecerá. Sólo alcemos nuestros ruegos al cielo para que ese derrumbe no sea el último de la historia humana en un autoexterminio final y de3finitivo. Mientras tanto, no serán las universidades -que están podridas y contaminadas hasta el tuétano por el espíritu mercantilista y antihumanístico de la racionalidad instrumental- sino que serán los cenáculos privados, equivalentes a los monasterios de la Edad Media, los encargados de sembrar las semillas de un humanismo con Dios para la nueva cultura que habrá de surgir en el futuro. Pero la nueva cultura no renacerá de inmediato de las cenizas pútridas de la modernidad que sucumbe, porque lo que vendrá a su naufragio será una era de barbarie y neobrutalismo generalizado.

 

DEMOCRACIA COMO MITO FRACASADO

Ahora se entiende que la democracia sea un mito que ha fracasado. La democracia es la imposición de la mayoría sobre la minoría para la elección de sus representantes. Pero el desencanto hacia la democracia no ha tardado en implantarse en el pueblo, ello debido a que el voto cuantitativo no se ve reflejado en las decisiones estructurales de carácter económico del gobierno de turno. Por qué no funcionó la democracia. No funcionó por el mismo principio que la entronizó, a saber, el predominio de la cuantitativo sobre lo cualitativo. El voto mayoritario llevó al poder gobiernos que también se vendieron por un precio a las élites mundiales. Entonces, el problema de fondo es el carácter cuantitativo, calculador, egoísta y funcional de los tiempos modernos. La Modernidad es la dictadura de la racionalidad funcional sobre la racionalidad substancial. La cantidad, el cálculo, lo racional, la ley científica, el dinero, es lo que tiene la voz cantante y marca el paso de los acontecimientos. Sobre esa base tenía que prosperar el egoísmo y el individualismo y tenía que producirse el triunfo total de lo cuantitativo sobre lo cualitativo, la moral y los valores.

De este modo, el ideal democrático tenía que fracasar en sus objetivos prácticos porque no estaba en función del hombre sino del cálculo de la racionalidad social. La democracia tenía que compartir el principal rasgo psicológico de la época moderna: la reducción de los valores cualitativos a los cuantitativos. Y por ello, lejos de contrarrestar la esencia de la racionalidad económica del dinero se subsumió a ella. En realidad, fue su sublimación política. Esto quiere decir que, la democracia es parte de la manifestación de la inteligencia calculadora que domina la vida moderna. La democracia fue en realidad la justificación economicista de las cosas humanas en lenguaje político. El fracaso rotundo de la democracia refleja el primado de la cultura de las cosas sobre la cultura de las personas. Fue el propio primado de lo objetivo sobre lo subjetivo lo que sentenció a muerte el propio ideal democrático. Vivimos la tragedia de la democracia porque es parte de la tragedia y patología de la modernidad calculadora y cuantitativa.


IMBECILIDAD CRECIENTE EN MODERNIDAD

Ahora se comprende la relación entre cretinismo y modernidad. Constantemente surgen denuncias desde la neurociencia que la televisión y los videojuegos están disminuyendo el coeficiente y el desarrollo intelectual en la última generación. La desintegración familiar y la falta de contacto con la naturaleza en las grandes urbes influyen en el predominio de este entretenimiento disolvente. Y por este camino la humanidad va hacia un franco retroceso intelectual, mental y emocional.

En realidad, lo señalado por el neurocientífico habría que ampliarlo, porque los videojuegos y la televisión no son sino una expresión más del aumento de cultura material y el retraso de cultura individual en la modernidad. Con la revolución científico-técnica, la industria y la economía de consumo se ha experimentado un avance arrollador de la cultura de las cosas, pero a costa de un retroceso pasmoso de la cultura de las personas. Es la máquina la que ha enriquecido su espíritu, más no el hombre. Los tiempos modernos se caracterizan por la preponderancia de la cultura objetiva sobre la cultura subjetiva. La cultura objetiva aumenta sin descanso, pero la cultura subjetiva disminuye en la ética, el lenguaje, religión, literatura, vida cotidiana y familiar, etc. La relación discrepante entre lo objetivo y lo subjetivo es el gran tema de la objetivación de la mente en la modernidad. El comportamiento epistemológico del espíritu humano en la modernidad fortalece el espíritu objetivo y debilita el espíritu subjetivo.

El crecimiento del espíritu objetivo refleja la hegemonía en la modernidad de lo cuantitativo sobre lo cualitativo, porque acumula dentro de sí una gran cantidad conocimiento especializado. Los artilugios técnicos de la modernidad reflejan una enorme división del trabajo que causa la divergencia entre la cultura objetiva y la cultura subjetiva. Al final lo que se tiene un cambio en el estilo de vida, donde el materialismo vital en desmedro del crecimiento espiritual es fiel reflejo del predominio de la cultura de las cosas sobre la cultura del individuo. Con ello el hombre es menos persona y más cosa. La enajenación cabalga aceleradamente sobre los hombros de la racionalidad funcional moderna.

REVERSIÓN A LA BARBARIE EN LA MODA

La señal más clara que vivimos una franca barbarie civilizada es la moda posmoderna. La posmodernidad es el individuo en el que prima el deseo sobre la razón. Su moda es de lo más estereotipada y bárbara. La otrora burguesía en ascenso tenía como norma pecuniaria del gusto elegir lo caro como si fuera bello. El alto precio es equivalente a costo honorable hasta en la actualidad. Entonces, lo bello que dicta la moda es lo caro y costoso. Pero la burguesía especialmente femenina de ayer elegía el vestir y el peinado elegante. En cambio hoy lucir un revoltijo de greñas y ropas desvaída es sinónimo de estatus social. En la burguesía decadente lo estético en la moda sigue estando sujeto a un código de reputación. De ahí que esa ropa desastrosa sea cara. En realidad, casi todos los objetos de consumo han sido influenciados por los códigos de prestigio pecuniario. Por ello, la belleza estética ha sido reemplazada por la belleza pecuniaria. El detalle es que para la burguesía decadente lo bello no sólo es caro sino feo, horrible, desastrado. Así pulula la ropa rotosa, los piercing, los tatuajes. En los varones es más ridículo aun, con sacos que les llega apenas a la cintura, combinados no con camisas sino con polos y zapatillas. Todo ello acompañado del infaltable uniforme de masas: el jean. Las masas visten a la moda porque el gasto que se impone sobre el gusto es la compensación psicológica a su marginación social.

LA REBELIÓN DE LAS MÁQUINAS

Y una de las manifestaciones más ostensibles de la revolución científico-técnica es la rebelión de las máquinas. No vivimos la rebelión de las masas sino la rebelión de las máquinas. El hombre moderno idealizó el saber científico-técnico y soñó con el Paraíso que encarnaba la idea del dominio del hombre sobre la naturaleza mediante las máquinas. A esta tecnofilia le vino a suceder la tecnofobia durante el maquinismo y la primera industrialización de la era moderna en los siglos XVIII y XIX. Pero el desencanto por el sueño de liberar al hombre del trabajo de esclavo en la naturaleza hizo ver lo que se ocultaba tras esa idea el dominio de la cultura de las cosas sobre la cultura del individuo. El predominio actual de lo objetivo sobre lo subjetivo no es la rebelión de las masas sino la rebelión de las máquinas sobre sus creadores. El hombre devino en esclavo de sus creaciones.

El hombre se ha rebajado en esclavo de la misma máquina. Esclavos del proceso de producción y esclavos de sus productos. El fin de la autarquía del ser humano estaba encerrada en el corazón mismo de la esencia de modernidad, que sustituyó la lógica de fines por la lógica de medios mediante la hegemonía de la racionalidad funcional sobre la racionalidad substancial. Y así el hombre acaba enfermo y patológico al alejarse de sí mismo y ahondándose en la enajenación social imperante. El hombre moderno de la pura inmanencia ha perdido su centro de gravedad, su eje vital y la ausencia del sentido de la vida lo empuja hacia excitaciones momentáneas, fugaces y disolventes de su propia personalidad. Como en ninguna otra etapa de la historia -ni siquiera en el esclavismo- hemos llegado a una civilización donde el supuesto hombre libre sufre las inclemencias de la disolución más sistemática y estructural de su propia persona.

DEIFOBIA

El significado profundo de la quema de iglesias, mezquitas y templos sagrados -que va más allá de lo político, dado que se ha presentado en todos los rincones del globo en la historia moderna- expresa no sólo el odio indesarraigable e indescriptible que siente el demonio contra Dios, sino también el ciego y afanoso deseo humano de autodeificación. Borrar, exterminar, desaparecer a Dios de la faz de la tierra es el delirio prometeico de la modernidad secularizada y decadente, ensoberbecida por la racionalidad científico-técnica. El hombre divinizado en la inmanencia y sin vinculo alguno con la trascendencia, es el profundo sentimiento del diosecillo terrestre de la religión secularizada en la modernidad. El hombre erigido en la propia norma de su ser, con una autonomía ilimitada, se siente frenético para desmalignizar el mal y malignizar el bien. Y en esa demencia furiosa no sólo se va contra Dios sino igualmente contra el hombre. La DEIFOBIA -odio a Dios- expresa un nihilismo luciferino integral en el hombre, donde se une el extravío del sentido de lo divino, con el extravío del sentido de lo sagrado, la crisis nihilista de la razón y el oscurecimiento del sentido del valor. En una palabra, la deifobia se convierte en moneda corriente cuando la civilización ha tomado la curva de su propia extinción.

TOTALITARISMO DE LA RAZON FUNCIONAL SOBRE LA RAZÓN SUBSTANCIAL

La celebración de los 75 años de el juicio de Núremberg nos hace reparar que fue el símbolo de una época que consagró la idolatría del Estado, la política y el líder. El sentimiento religioso secularizado se mostró más mortífero, despiadado, inhumano y sanguinario que en cualquier otra etapa histórica de la humanidad. El líder político erigido en Dios es tan nefasto como el mercado convertido en ídolo. Pero todo ello era consecuencia del triunfo de la razón funcional sobre la razón substancial, que reemplazó lo cualitativo por lo cuantitativo, lo humano por el resultado, los fines por los medios. La sociedad misma quedó concebida como maquinaria e instrumento, y el hombre reducido a mera especie biológica sin espíritu. Núremberg es el símbolo de la curva decadente de una modernidad consagrada a la fagocitación de sí misma. Las brutalidades que mostró el hombre en las dos guerras mundiales acabaron con las ilusiones de la razón ilustrada, el ideal de progreso y de la autonomía humana. Hoy vivimos las consecuencias más nefastas de este trágico acontecimiento de la modernidad.

¿POR QUÉ EL PROGRESO SOCIAL ES TAN LENTO EN EL PERÚ?

Porque las clase extremadamente rica y extremadamente pobre son conservadoras. Los muy ricos (menos del 1% de la población) tienen una aversión instintiva al cambio, y los extremadamente pobres (más del 65% de la población) no tienen tiempo para ponerse a pensar ni reclamar cambios. Es la clase media (30% de la población) la que se podría pensar que está llamada a exigir los cambios, y en alguna medida lo hace. Pero es débil e incipiente. Más preocupada en el ascenso social que en los cambios sociales. De modo que al cabo todas las clases sociales en el Perú devienen en conservadoras. Por ello el progreso social va muy retrasado respecto al progreso económico. Los intelectuales han perdido su filo crítico, son igualmente conservadores porque viven dependientes de un sistema universitario engolfado al sistema económico imperante. Los intelectuales críticos son marginados y sin eco en los medios de comunicación social. Si a ello le sumamos la era des-ideologizada que vivimos, el trauma de la lucha antisubversiva, el intervencionismo político imperial por razones geoestratégicas, lo que al final tenemos es una sociedad conservadora, reacia a los cambios sociales y proclive a las reformas políticas sin cambios estructurales.

¿POR QUÉ LOS MEDIOS DE COMUNICACIÓN NO AZUZAN A LA JUVENTUD PARA DERRIBAR EL MURO DE LA VERGUENZA DE LAS CASUARINAS?

Ahora se explica por qué en el Perú no se cuestiona un muro de 10 kilómetros de largo en plena capital que separa a los ricos de los pobres. Sencillamente porque no es una prioridad para la plutocracia que manipula a las masas con los medios de comunicación venales. Por eso la salida de Merino no fue un triunfo de la democracia, ni del pueblo, ni de la juventud, sino una mera ilusión de la hábil manipulación social. ¿Es acaso democracia y cristiano que millones de peruanos vivan en casas de esteras y techos de calamina? ¿Hay marchas acaso para que el Estado invierta dinero en vivienda social? NO. Entones, la democracia es una ilusión. Sencillamente los ricos no acceden a la demanda de cambios con prontitud, porque su estilo de vida no le obliga a hacerlo así.

CODA FINAL

Mientras más grande es la tarea y el desafío que le aguarda la humanidad más crecerán sus fuerzas espirituales en momentos de angustia y resolución existencial De modo, que es posible avizorar tres actitudes básicas para enarbolar la esperanza en la humanidad, a saber: reconciliarnos con Dios, reco0nocer la esencia de las cosas y asumir una nueva ascesis que renueva las energías espirituales. Sólo así será posible a la Razón -porque lo que padecemos es una crisis de la razón- reconocer las verdades suprarracionales y curarnos de sus heridas infligidas durante la modernidad patológica.

 

Muchas gracias



miércoles, 12 de agosto de 2020

FILOSOFIA DE LA NADA (IV)


FILOSOFIA DE LA NADA (IV)
Por Gustavo Flores Quelopana

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LA NADA ESCATOLÓGICA

        

§ 128.- La nada escatológica del infierno tiene dos caras: es una forma de relacionarse la persona con el prójimo y con Dios en este mundo y, también, en el otro mundo. La segunda, o sea la condenación, es de carácter eterno. Y no es que así sea como acicate para la vida virtuosa, sino porque el verdadero malvado es incorregible y no conoce arrepentimiento. Por eso no existe contradicción entre la existencia de Dios y la existencia del mal. Egipcios, hindúes, platónicos, budistas, zoroastrianos y musulmanes admitían un purgatorio con tormentos, pero no un infierno.
§ 129.- La nada escatológica en este mundo todavía admite remisión por el arrepentimiento, mientras que en el otro no hay posibilidad de retroceso, es irremisible e irremediable. O sea, el malvado que se arrepiente todavía es escuchado por la misericordia de Dios. Pero el no arrepentido es el que persiste en el mal. Por lo que la doctrina del apocatástasis -el infierno luce vacío- es errónea por inmoral y luciferina.
§ 130.-La nada escatológica resalta la importancia que tiene la vida en este mundo para llevar una conducta libre y correcta dirigida al bien supremo. Lo cual lleva al problema del mal. El mal no es un problema especulativo, sino primordialmente práctico, del libre albedrío. La ontología del mal se resuelve en una praxiología. El propio Santo Tomás de Aquino afirmaba que el demonio es malo no ontológicamente -de lo contrario no existiría-, sino éticamente. El demonio es también criatura de Dios, pero redomado en el mal. Por ello, el Enemigo rechaza cualquier transformación espiritual. En cambio, el hombre aun cuando pueda dominar el mal social, el mal moral, el mal natural -lo cual ya es demasiado-, siempre se tratará de un dominus, pero nunca de un extintus. Por eso, el mito del poder humano para eliminar el mal y evitarlo es propio de la soberbia narcisista de la modernidad. Pues tratase de algo que existe y escapa a su voluntad. Así, en este mundo el mal es ineliminable, aunque entre la Caída y la Redención Dios nunca abandonó al hombre, preparó a los gentiles con la razón natural y a los judíos mediante la revelación. El diablo siguió atormentando, pero la misión de Cristo fue rescatar al hombre para la vida eterna reconciliándonos con Dios. Al morir en su naturaleza humana, no divina, destronó a Satanás y recibimos la salvación. La misma que podemos perderla, porque la gracia perfecciona la naturaleza humana pero no la sustituye.
§ 131.- De modo que el mal no es substancia ontológica (San Agustín). Por consiguiente, no hay origen cósmico del mal (discurso mítico), tampoco el bien y el mal son necesarios para la armonía del mundo (Leibniz), ni el mal pertenece al ámbito del deber ser (Kant), ni se encuentra necesariamente y por siempre en todos los niveles del ser (Hegel), menos aun es fruto de la cólera de Dios (Karl Barth), ni es el lado demoníaco de Dios (Paul Tillich). Pero el mal sí exige una acción contra él (Ricoeur). De ahí que Jesús diga a María: “Vete y no peques más” (Juan 8:11). No en vano es la soberbia el pecado que más le agrada al demonio.
§ 132.- El problema del mal compete al ámbito de la libertad, señala una dureza del corazón y una clausura del ser total. Por eso, la lucha contra el mal exige una transformación espiritual de los sentimientos. Se pueden tener virtudes y vicios privados, como predicaba Bernard Mandeville (La fábula de las abejas). Pero este precursor del utilitarismo y representante típico del nihilismo moral, que consagra la desvinculación de la economía respecto a la ética, resulta siendo el defensor del egoísmo y la lujuria. No es casualidad que negara la existencia de códigos divinos y humanos. Ya antes de Mandeville, Descartes había insistido en que las pasiones no deben ser erradicadas sino sometidas a la razón. No obstante, es Pascal quien repara en que Descartes no repite el argumento anselmiano, sino que lo invierte: no es la fe la que produce confianza en la razón, ahora es la razón la que da confianza en la fe. El efecto destructor de este argumento para la fe quedó demostrado al ser rechazada su idea de que la existencia de Dios depende de nuestra idea innata. Kant la desacreditó más: lo fenoménico no prueba la existencia de lo nouménico. Entonces, sólo quedó su universo físico totalmente mecánico, hasta que con la nueva física también fue barrida. Sólo sobrevivió su aceptación del método científico y de la razón. En una palabra, aun cuando Descartes era un católico fiel impulsó la teología natural del deísmo y su mecanicismo llevó a prescindir de Dios. Con ello naturalizó por completo el problema del mal.
§ 133.- Lo más preocupante y grave sobre la nada escatológica del infierno es que el hombre antropológico moderno ha perdido el sentido del pecado. Ha procedido con cinismo y con nihilismo moral a desmalignizar el mal y a malignizar el bien. Esa luciferina inversión de los valores en la modernidad tardía es síntoma de la franca decadencia de la civilización actual. El diablo es real, mentiroso, engañador, enemigo del bien, tentador, cree en Dios, pero desea su destrucción mediante la perdición del hombre. Los hechiceros lo sirven. Los dones de curar son de Dios y se marchitan sin oración. Bien destacaba San Pablo: “Nuestra lucha no es contra criaturas de carne, sino contra los espíritus del mal” (Efesios 6:12). Contra Satanás basta con predicar a Cristo, cumplir sus mandamientos, invocar los espíritus custodios, creer en el poder curativo del Señor. Ello es así porque interiormente el hombre evolucionó poco, dejando por ello que el Espíritu Santo nos renueve. Sin Jesucristo nada de esto es posible. Todo ello se evidencia en los exorcismos. No es casual que sea justamente esta civilización tecnocientifica la que se plantee lograr la inmortalidad de la carne, la eugenesia, el aborto, la eutanasia, la ingeniería genética, un chip para convertir en autónoma la inteligencia artificial y dentro de la racionalidad instrumental esté destruyendo la naturaleza. Pero la muerte es el fin de la duda en torno a Dios, y más allá no hay posibilidad de rectificación.
§ 134.- La nada escatológica señala que la Redención y Resurrección son los mayores bienes que hemos recibido y que no debemos perderlas. Y ello indica que el panorama de la realidad se alcanza con la virtud sobrenatural de la fe. Pero el indiferentismo religioso de esta civilización sin Dios duda del fundamento de la esperanza en la vida eterna. Y con ello se inscriben por adelantado en la nada escatológica del infierno.                                                                                                                   
§ 135.- La nada escatológica del infierno ha sido ocultada en la presente era antropológica mediante el establecimiento de una escatología intramundana. La utopía de construir el reino de Dios dentro de la historia ha puesto en segundo plano que la verdadera salvación está fuera de la historia. Y es que el mesianismo temporal es una de las expresiones más radicales de la secularización del Reino de Dios. El hombre queda así absorbido por completo en la inmanencia de la historia humana. Y el dinamismo político sustituye toda la fuerza de la esperanza teologal.
§ 136.- La nada escatológica también nos remite a la condición de la Iglesia -comunidad de creyentes y cuerpo místico de Cristo-, la cual repara en la extraordinaria condición del hombre, enseña la resurrección universal y garantiza la vida más allá de la muerte.
§ 137.- El hombre es punto de partida para conocer a Dios y sólo con él se puede vencer la nada escatológica. La cual no es muerte natural, sino muerte sobrenatural y eterna en los castigos del infierno.

Sinopsis. -
La Nada escatológica corresponde al devenir de los seres condenados al infierno. Pero la escatología cristiana es más amplia porque aborda la muerte, juicio, resurrección, cielo y el purgatorio. Incluso el sufrimiento del inocente en este mundo. La nada escatológica del infierno tiene dos caras: es una forma de relacionarse la persona con el prójimo y con Dios en este mundo y, también, en el otro mundo. La segunda, o sea la condenación, es de carácter eterno. Y no es que así sea como acicate para la vida virtuosa, sino porque el verdadero malvado es incorregible y no conoce arrepentimiento. Por eso no existe contradicción entre la existencia de Dios y la existencia del mal. La nada escatológica en este mundo todavía admite remisión por el arrepentimiento, mientras que en el otro no hay posibilidad de retroceso, es irremisible e irremediable. Por lo que la doctrina del apocatástasis -el infierno luce vacío- es errónea por inmoral y luciferina. La nada escatológica resalta la importancia que tiene la vida en este mundo para llevar una conducta libre y correcta dirigida al bien supremo. La ontología del mal se resuelve en una praxiología. De modo que el mal no es substancia ontológica (San Agustín). El problema del mal compete al ámbito de la libertad, señala una dureza del corazón y una clausura del ser total. Lo más preocupante y grave sobre la nada escatológica del infierno es que el hombre antropológico moderno ha perdido el sentido del pecado. Ha procedido con cinismo y con nihilismo moral a desmalignizar el mal y a malignizar el bien. Esa luciferina inversión de los valores en la modernidad tardía es síntoma de la franca decadencia de la civilización actual. El diablo es real, mentiroso, engañador, enemigo del bien, tentador, cree en Dios, pero desea su destrucción mediante la perdición del hombre. La nada escatológica señala que la Redención y Resurrección son los mayores bienes que hemos recibido y que no debemos perderlas. Y ello indica que el panorama de la realidad se alcanza con la virtud sobrenatural de la fe. Pero el indiferentismo religioso de esta civilización sin Dios duda del fundamento de la esperanza en la vida eterna. Con ello se inscriben por en la nada escatológica del infierno. La nada escatológica del infierno ha sido ocultada en la presente era antropológica mediante el establecimiento de una escatología intramundana. La utopía de construir el reino de Dios dentro de la historia ha puesto en segundo plano que la verdadera salvación está fuera de la historia. Y es que el mesianismo temporal es una de las expresiones más radicales de la secularización del Reino de Dios. El hombre queda así absorbido por completo en la inmanencia de la historia humana. La nada escatológica también nos remite a la condición de la Iglesia -comunidad de creyentes y cuerpo místico de Cristo-, la cual repara en la extraordinaria condición del hombre, enseña la resurrección universal y garantiza la vida más allá de la muerte. El hombre es punto de partida para conocer a Dios y sólo con él se puede vencer la nada escatológica. La cual no es muerte natural, sino muerte sobrenatural y eterna en los castigos del infierno.

Comentario. -
Santo Tomás de Aquino nunca creyó que el alma existiera antes de su unión con el cuerpo, pero tampoco que dependiera del cuerpo para existir. Las consecuencias epistemológicas de su teoría del alma ponen énfasis en la significación esencial de los sentidos para que el alma adquiera conocimiento.  La unión del alma con el cuerpo no es para el Aquinate un castigo por un pecado, como afirma el orfismo y el gnosticismo. La unidad psicofísica entre alma y cuerpo es sólo un aspecto del alma, porque el alma no puede separarse de sí misma y corromperse.
Las actividades superiores del alma humana prueban la espiritualidad o inmaterialidad del entendimiento, esta inmaterialidad demuestra que el alma trasciende la materia.   Las desemejantes facultades del alma -vegetativa, sensitiva y racional- no significan que existan en el hombre diversas almas. Mientras el alma está unida al cuerpo conoce a través de la experiencia sensible, pero existen actividades superiores del alma que no dependen de la sensibilidad, es decir, del cuerpo. Cuando el alma se separa del cuerpo entonces ya no depende de los sentidos ni de la imaginación. Las actividades superiores del alma son intrínsecamente independientes del cuerpo, pero extrínsecamente dependientes porque mientras esté unido al cuerpo depende de la experiencia sensible. El estado natural del alma es su unión con el cuerpo. La inmortalidad de las almas exige la resurrección de los cuerpos. Se conocerá la suerte eterna de cada uno de los hombres y de sus almas nuevamente unidas a su cuerpo. Lo que persiste en el alma separada del cuerpo es la individualidad más no la personalidad, porque el alma intelectiva no se destruye al destruirse el cuerpo. Entre la muerte y la resurrección hay individualidad del alma, pero no persona, porque toda persona es sustancia completa o unidad entre alma y cuerpo. El alma como forma pura es inmortal, espiritual e incorpórea, es decir intrínsecamente su existencia no está ligada al cuerpo ni a la materia. El tomismo admite dos cosas: que el alma y el cuerpo conforman una unidad psicofísica y por tanto sus actividades dependen del cuerpo; pero su existencia no se agota en su unión esencial con el cuerpo. Lo que significa admitir mente sin cuerpo o alma subsistente post mortem en su forma puramente intelectual, individual y simple. Sólo se puede corromper lo que tiene un contrario, el alma intelectiva no tiene contrarios porque el entendimiento mismo de los contrarios forma en el alma una sola ciencia. Que el alma sea inmortal no significa que Dios no pueda aniquilarla. Si el alma humana tiene un carácter espiritual, entonces persiste tras la muerte del cuerpo. El hombre alcanza la perpetuidad por el alma, mediante la cual aprehende el ser en absoluto y perdurablemente.
Santo Tomás llega a una definición del hombre tras su análisis de la relación entre cuerpo y alma. Llegar a una posición propia no le fue fácil, debido a la presencia de dos robustas posiciones filosóficas de concebir la constitución metafísica del hombre. De un lado, la exposición dualista de la relación entre alma y cuerpo con Platón, Aristóteles y Plotino que pusieron el acento en el alma humana o en la inteligencia, cuya preexistencia y reencarnación hace que pueda unirse a varios cuerpos. Esta concepción de la reencarnación la tienen en común con las filosofías y religiones orientales. En Orígenes, por influencia del neoplatonismo, también aparece la idea de la preexistencia. Y en San Agustín una concepción semejante encuentra expresión cuando sostiene que el hombre tiene una sustancia que participa de la razón y gobierna el cuerpo (De quantitate animae 13, 21). La literatura ascética cristiana conserva este dualismo y en la filosofía post renacentista la filosofía de Descartes la reproduce. Los argumentos a favor esgrimidos van desde que el alma no es una simple armonía con el cuerpo y lo gobierna, la inteligencia trasciende las capacidades de la materia y la capacidad de autoconciencia que tiene la hace diferente. De otro lado, la posición monista de la relación entre alma y cuerpo está presente desde los atomistas, epicúreos, se prolonga hasta los materialistas de la Ilustración y el epifenomenismo. Sus argumentos ponen hincapié en la correlación que hay entre los procesos psíquicos y las condiciones físicas, los desórdenes orgánicos producen alteraciones psíquicas.
Como ambas posiciones son defendibles la posición intermedia adoptada por el santo no sólo parece ser la más adecuada sino también la que evita las unilateralidades. En este punto también parte de la realidad concreta, para afirmar que el hombre no es sólo alma, sino, que el cuerpo forma parte de su esencia. Es decir, no deduce de principios generales la esencia del hombre, sino que muy sensatamente constata que no sólo se piensa, pues también se siente y sentir no es una operación solo del alma. El alma no es una sustancia independiente del cuerpo ni depende del cuerpo para sobrevivir, ya que sobrevive a la muerte de éste. La premisa teológica es que el hombre es una criatura de Dios, pero eso no impide definir con mayor precisión su esencia. Es Dios el que crea libremente, ex prima intentione Dei, al hombre como un compuesto de alma y cuerpo (De potentia 3, 19). De modo que, el alma no es anterior al cuerpo, es el acto o forma del cuerpo, principio vital que hace que el hombre conozca y se mueva. Por eso Dios crea una sustancia que subsiste por su cuenta, es una entelequia del cuerpo. Consciente que su teoría supera las posibilidades extremas de concebir la constitución psicofísica del hombre, incluso la de Aristóteles, no ahorra espacio para refutarlas, pero lo hace cuidando de no destacar su propio pensamiento. En suma, la teoría del alma de Aquinate no es la misma a la que se encuentra en el De anima del Aristóteles histórico. Santo Tomás habla como el Peripatético del alma vegetativa, sensitiva y racional, pero cuando dice que el alma es la forma del cuerpo no lo hace en el sentido que el ser humano esté compuesto de dos sustancias. Conforman una unidad, lo cual no significa que sean indistinguibles, pues se tratan de sustancias incompletas cuya unión forman una sustancia. La persona es una sustancia completa de naturaleza racional, de modo que el alma humana que sobrevive a la muerte no es en sentido estricto una persona humana. Con ello, el santo estaba rechazando la idea de yuxtaposiciones no fusionadas que no constituyen un verdadero compuesto, de Avicena seguido por el agustinismo, que en cada compuesto permanecen las formas de los elementos que lo componen. Esto lo lleva a rechazar la teoría platónica del alma a la que se adscribía el platonismo judaico musulmán de los franciscanos, por lo menos en la idea que el alma es un compuesto de materia y forma. Para Platón el alma tiene ideas innatas, preexiste al cuerpo, y la utiliza como un instrumento extrínseco. El santo nunca creyó que el alma existiera antes de su unión con el cuerpo, pero tampoco que dependiera del cuerpo para existir. Aplicó su teoría general de la materia como principio de individuación al alma y que el entendimiento es como una tablilla de cera capaz de recibir impresiones, pero sin poseerlas aún. Dice que si el conocimiento fuese anamnesis o reminiscencia no habría necesidad que el alma se vinculase al cuerpo. Considera que el alma intelectual ocupa la posición inferior entre las sustancias intelectuales, carece del conocimiento innato de los ángeles y tiene que reunir su conocimiento a partir de las cosas materiales percibidas por los sentidos (S th.  Ia, 76, 5). Las consecuencias epistemológicas de su teoría del alma ponen énfasis en la significación esencial de los sentidos para que el alma adquiera conocimiento.  La idea de no descuidar el aspecto físico y la dependencia de las actividades psíquicas respecto de las condiciones fisiológicas, lo hereda del recio empirismo de Aristóteles. Varias veces se refiere a las personas de contextura ruda y piel gruesa como mentalmente ineptas y a las personas con buen sentido del tacto como poseedora de un claro entendimiento, para afirmar que la intelección está íntimamente ligada a las disposiciones orgánicas (S. th. Ia, IIae, 50, 4 ad 3). La comprensión metafísica del hilemorfismo lleva a entender al alma y al cuerpo como principios metafísicos que se comportan como materia y forma.  Pero la única forma sustancial del hombre es el alma intelectual, cuyo coprincipio es la materia prima como potencia pura.  Su ser sensible-espiritual lo debe el hombre al anima intellectiva. La concepción de la unidad psicofísica del hombre, tan compatible con los descubrimientos de la investigación moderna, concibe que su esencia es ser espíritu y forma corporis o sea que su realización precisa de un cuerpo (De ver. XVI, I-13). La unión del alma con el cuerpo no es para el Aquinate un castigo por un pecado. Al contrario, la facultad de sentir y de entender que tiene el alma no lo puede ejercer sin el cuerpo.  Se trata entonces de una unión esencial y no accidental que está en función de la perfección de su naturaleza (Quaestio disputata de anima, 2 ad 14).
La característica de muchos pensadores escolásticos es que escriben sin pasión, sino con aridez y sequedad. Santo Tomás vuelve a su tono habitual, académico e imperturbable cuando aborda el tema de la inmortalidad. Piensa que la materia puede corromperse porque la forma puede separarse de ella, en este sentido, el alma como forma pura puede separarse del cuerpo, sobrevivir a la muerte y ser inmortal. La unidad psicofísica entre alma y cuerpo es sólo un aspecto del alma, porque el alma no puede separarse de sí misma y corromperse. Encuentra que muchas facultades del alma dependen del cuerpo, como los sentidos corporales, pero hay actividades que en sí mismas trascienden el poder de la materia, como la inteligencia que conoce cosas distintas de las puramente materiales. Esto prueba que el entendimiento no es cuerpo y la autoconciencia es el signo nítido del carácter inmaterial de la inteligencia humana (C. g. 2, 49). Luego las actividades superiores del alma humana prueban la espiritualidad o inmaterialidad del entendimiento, entonces esta inmaterialidad demuestra que el alma trasciende la materia. Como era muy consciente que el alma en muchos casos se presentaba como una función de la materia, consideraba importante probar que ésta tiene otras funciones que no son intrínsecamente dependientes del cuerpo. Para el santo las distintas facultades del alma -vegetativa, sensitiva y racional- no significan que existan en el hombre diversas almas, porque los diferentes niveles de actividad vital no conforman una jerarquía de almas; las plantas sólo poseen una, la vegetal, lo animal otra, la sensitiva y el hombre no tiene más que la racional. De modo que en virtud de su alma racional el ser humano puede desarrollar las actividades vitales de las plantas y animales, pero en un grado superior que está ligado a la posesión del entendimiento. No es que sea fácil percatarse de la existencia del alma y menos de su inmortalidad, pues el alma no es algo transparente por sí misma ni observable inmediatamente. Por medio de la introspección uno se da cuenta de que piensa, pero no del entendimiento ni del alma. Para el Aquinate todos somos conscientes de nuestras actividades mentales, las cuales contienen implícitamente una noción del carácter del alma. Por eso sus análisis del alma no son un salto al vacío de la especulación, porque cuando afirma que el conocimiento humano es fruto de la experiencia sensible pero que hay actividades psíquicas independientes del cuerpo, lo que está diciendo es que alma es a la vez dependiente e independiente del cuerpo. Esto no lo lleva, pues, al sostenimiento de dos posiciones incompatibles, porque mientras el alma está unida al cuerpo conoce a través de la experiencia sensible, pero existen actividades superiores del alma que no dependen de la sensibilidad, es decir, del cuerpo. Acaecida la muerte el alma ya no depende de sus facultades sensitivas, pero puede conocer a los objetos espirituales. En esta vida el hombre no puede conocer nada sin la experiencia sensible, ni siquiera sin el uso de imágenes lo que Dios le ha revelado. Pero cuando el alma se separa del cuerpo entonces ya no depende de los sentidos ni de la imaginación. Esto es lo que Santo Tomás llama praeter naturam o más allá de la naturaleza. Pero en la condición de separación del cuerpo el alma ya no es estrictamente una persona humana, pues persona indica la unión de alma y cuerpo. De modo que las actividades superiores del alma son intrínsecamente independientes del cuerpo, pero extrínsecamente dependientes porque mientras esté unido al cuerpo depende de la experiencia sensible. Esto puede conducir a un malentendido, en el sentido de creer que el hombre está mejor en estado de separación del cuerpo. Pero el estado natural del alma es su unión con el cuerpo. Es más, dice el santo que el estar sin el cuerpo es contraria a la naturaleza del alma, y lo contra natura no puede ser perpetuo, por consiguiente, la separación del alma respecto del cuerpo sólo es temporal, siendo preciso que nuevamente se una al cuerpo, es decir, resucite entre los muertos. De modo que la inmortalidad de las almas exige la resurrección de los cuerpos (C. g. 4, 79). Esto quiere decir teológicamente que ni siquiera el hombre que alcanza la salvación muriendo en estado de gracia, está mejor sin esperar la resurrección de la carne. Dicho de otra forma, el alma como forma pura es inmortal pero dicha forma no está destinada a subsistir así siempre, sino que habiéndose separado de un cuerpo corrompible debe esperar la resurrección de la carne para volver a su estado natural y unirse esta vez nuevamente a un cuerpo, pero a un cuerpo glorioso en caso de merecerlo. La inmortalidad del alma no es un bien en sí mismo, sino una característica intrínseca del alma que tras la muerte terrenal se separa temporalmente del cuerpo corrompible, pero que está destinada a volver a la carne para luego del juicio volver a unirse a un cuerpo. Lo que le espera puede ser el premio o el castigo eterno.  Acontecida la muerte terrenal el estar el alma sin cuerpo sólo es temporal, volverá a ella y será nuevamente persona en la resurrección de la carne, allí se decidirá su suerte en el juicio final. Entonces se conocerá la suerte eterna de cada uno de los hombres y de sus almas nuevamente unidas a su cuerpo. Lo que persiste en el alma separada del cuerpo es la individualidad más no la personalidad, porque el alma intelectiva no se destruye al destruirse el cuerpo. Para Aristóteles decir que algo es la forma del cuerpo equivale a decir que es inseparable de ese cuerpo. El alma que es la entelequia o forma del cuerpo no incluye el intelecto inmortal. El entendimiento inmortal es eterno y existe tanto antes como después de su presencia en el cuerpo, por ende, no es parte del alma, sino que le viene de fuera. Esta no es la posición del Aquinatense, para el cual sólo hay un alma en el hombre y toda ella sobrevive a la muerte. El Estagirita pone el acento en diferenciar el alma humana del entendimiento inmortal y considera que la psyche humana no puede existir al margen de las funciones biológicas del cuerpo. No hay inmortalidad ni persistencia en la existencia después de la disolución del ser compuesto. De este modo es patente que Santo Tomás se distanció de la interpretación del alma dada por el Aristóteles histórico. Al mismo tiempo, es cierto que Tomás quiere combinar la doctrina platónica de la inmortalidad con la doctrina aristotélica de la relación entre el alma y el cuerpo. Pero además afirma que el alma es la forma del cuerpo y separada del cuerpo no está en su condición natural. Entre la muerte y la resurrección hay individualidad del alma, pero no persona, porque toda persona es sustancia completa o unidad entre alma y cuerpo. El alma como forma pura es inmortal, espiritual e incorpórea, es decir intrínsecamente su existencia no está ligada al cuerpo ni a la materia. En este punto crucial de la presencia de una forma espiritual y la inmortalidad es que Guillermo de Occam afirma que ambas son verdades de fe, imposibles de obtener por reflexión filosófica. Pero santo Tomás mismo admite que no tenemos una intuición directa del alma como sustancia espiritual, sin embargo, la interpretación de los datos empíricos permite deducirla por el razonamiento. La teoría sobre la naturaleza espiritual del alma implica una interpretación incontrastable, como también lo son las del materialismo que afirma que el cerebro secreta pensamientos como el hígado secreta la bilis, o del epifenomenismo que sostiene que la inteligencia adviene cuando el cerebro alcanza un determinado grado de evolución. Lo cierto es que el argumento del Aquinate a favor del carácter espiritual del alma humana descansa en el hecho de que el hombre ejercita actividades psíquicas intelectuales que no dependen del órgano corporal, y si no dependen entonces la forma de estas actividades es espiritual. Esto no equivale a decir que exista actividad intelectual que no dependa de los movimientos cerebrales, sino que aun dependiendo en un sentido físico no depende del cerebro en un sentido intelectual. El tomismo admite dos cosas: que el alma y el cuerpo conforman una unidad psicofísica y por tanto sus actividades dependen del cuerpo; pero su existencia no se agota en su unión esencial con el cuerpo. Lo que significa admitir mente sin cuerpo o alma subsistente post mortem en su forma puramente intelectual, individual y simple. Pienso que esta es una interpretación tan legítima e imposible de desestimar al lado de teorías materialistas cuyas motivaciones fundamentales son, aunque no quieran reconocer, de carácter intuitivo. Por último, ¿pueden pensar las computadoras? ¿Es su operatividad señal de actividad intelectual, con espíritu y alma? La cibernética demuestra que las máquinas son agentes teleológicos dotados de libertad, pero su acción se reduce a fenómenos de autorregulación, redes, evolución de informaciones y predicción. Es decir, la máquina no piensa, sino calcula y opera, o mejor, es pensamiento operativo sin invención, deja fuera de sí la intención y el sentido. En cambio, el pensamiento humano se puede extraviar en el cálculo y la eficacia, pero lo suyo es la invención, el ser con sentido e intención. La cibernética nos brinda una prueba más a favor de la tesis tomista que existen actividades intelectuales que no dependen de la base físico-corporal, y sobre la cual se puede deducir la inmaterialidad e inmortalidad del alma. Aun cuando es imposible predecir hasta dónde pueda llegar la creación artificial de la vida, es muy difícil negar que llegado el momento se pueda prescindir de la noción de un alma inmortal.
Sólo se puede corromper lo que tiene un contrario, el alma intelectiva no tiene contrarios porque el entendimiento mismo de los contrarios forma en el alma una sola ciencia. Luego, el alma intelectiva no se puede corromper per se ni per accidens (S. th. Ia, 75, 6). Que el alma sea inmortal no significa que Dios no pueda aniquilarla. Si el alma humana tiene un carácter espiritual, entonces persiste tras la muerte del cuerpo. Toda substancia intelectual es incorruptible (S. th. Ia, 75, 6). En la vida sensible el hombre aprehende la existencia en el presente y rechaza la muerte instintivamente, pero como ser intelectual desea y concibe la existencia perdurable. El hombre alcanza la perpetuidad por el alma, mediante la cual aprehende el ser en absoluto y perdurablemente (C. g. 2, 79).  En este argumento Santo Tomás no habla sencillamente de un deseo natural de sobrevivencia, sino de un deseo consciente de inmortalidad, que presupone la idea de una existencia perdurable. Este deseo es la forma en que toma en un ser intelectual el impulso a la conservación de la vida y es una señal de la incorruptibilidad del alma humana. Los pensadores medievales, como Duns Scoto, mantuvieron la opinión que la existencia de actividades humanas que trascienden el poder de un agente material no demuestra que el alma sobreviva a la disolución del ser compuesto, y que por tanto primero se debe demostrar que el alma humana es capaz de sobrevivir a la muerte. El argumento de la inmortalidad por el deseo natural no parece convincente, pero estaba dirigido a combatir la teoría de un solo intelecto inmortal en todos los hombres, que era expuesta en la época por un grupo de profesores de la Facultad de Artes de la Universidad de París. El santo mantenía que el Peripatético había sido malinterpretado, pues la teoría de un solo intelecto en todos los hombres era incapaz de explicar las diferentes ideas y vidas intelectuales en las personas. El argumento que combatía provenía de una interpretación de Averroes que termina negando la inmortalidad personal. Si fuera cierta no tendría sentido atribuir responsabilidad moral a los actos voluntarios (De unitate intellectus contra Averroístas). En consecuencia, el argumento de la inmortalidad personal por el deseo natural estaba dirigido a refutar las interpretaciones averroístas en boga de un solo intelecto inmortal. Poner énfasis en el “deseo natural” del alma como indicio (signum) de inmortalidad equivalía a acentuar su carácter personal y privado. En síntesis, el alma humana es inmortal pero el hombre es una espiritualidad encarnada pero no reducida al cuerpo.

8
LA NADA INOCUA

§ 138.- La Nada inocua corresponde a la vida de los seres finitos en la gracia y gloria de Dios en el cielo. No es meditación o iluminación espiritual mediante diferentes prácticas espirituales. No es el Nirvana del hinduismo, budismo y jainismo, para librarse de los deseos o del ciclo de las reencarnaciones. No es el vacio ni la fusión con la divinidad.  Menos aun es, la Idea panlogista que retorna al Espíritu Absoluto hegeliano, con su sentido univoco del ser. Nada de eso es.
§ 139.- La nada se vuelve inocua en lo trascendente, en el cielo eterno, donde habita Dios y sus ángeles.
§ 140.- En la nada inocua del Cielo la felicidad rebasa nuestros deseos, es actividad sin cansancio, descanso sin aburrimiento, conocimiento sin velos, sin dolor, sufrimiento, ni muerte.
§ 141.- Es el lugar infinito donde el hombre encuentra la felicidad buscada en su corazón y la conserva por toda la eternidad. Y consiste en la más perfecta comunión de amor con la Trinidad, la Virgen María y los Santos. Los bienaventurados serán eternamente felices, viendo a Dios tal cual es.
§ 142.- En el Cielo nuestra alma disfrutará como persona, o sea dotado de alma y cuerpo glorioso, que no estará limitado por el espacio y el tiempo, como el de Jesús resucitado, y seremos revestidos de inmortalidad.
§ 143.- Allá se tendrá el conocimiento perfecto y una claridad absoluta acerca de las intenciones de los demás. Uno se dará cuenta de que los condenados no están recibiendo un castigo injusto, sino que ellos mismos lo han escogido libre y voluntariamente. Y ese sufrimiento no afectará la felicidad plena.
§ 144.- Las diferencias en el cielo se deben a que las personas no son iguales en virtud y santidad. Pero todos estarán totalmente llenos de Dios.
§ 145.- El lenguaje simbólico de Jesucristo para describir el cielo habla de la felicidad que tendremos junto a Dios. Y la descripción que hacen del cielo los santos (San Pablo, San Agustín, San Juan de la Cruz, Santa Teresa de Jesús) es más que elocuente: visión de la felicidad y gloria completas.
§ 146.- Para alcanzar el cielo hay que vivir las bienaventuranzas: Entrar por la puerta estrecha (Mt 7,13.), tomar la cruz, vender todo lo que tienes y dárselo a los pobres, dejar a tu padre y a tu madre, tomar el arado y no voltear hacia atrás. Todo lo cual resulta un desafío en la sociedad tan materialista en que vivimos. Y es que aquí no se trata de edificar una nueva civilización no materialista, sino de lograr algo que está más allá de lo histórico.
§ 147.- El hombre debe comprender su situación extraordinaria, no quedamos muertos para siempre, la separación del alma con el cuerpo no es permanente. Es una criatura racional, pero insuficiente en sí mismo.
§ 148.- El hombre es un ser insuficiente, pues su acción, voluntad e inteligencia son vanas separadas de Dios. Y sin Dios muere la esperanza superior, la vida pierde significado. Si los hombres no llegan a ver claro los dones del espíritu es porque se aferran a las sombras.
§ 149.- Pero el hombre es capax dei y, por ende, a pesar de que nuestro intelecto y nuestra voluntad están dañados, siendo nuestra respuesta a la gracia siempre imperfecta, no obstante, contamos con los dones del Espíritu Santo en el Intelecto y la Voluntad para alcanzar a Dios.
§ 150.- Si a ello sumamos los medios para vivir siempre3 en gracia (oración, huida del pecado, sacrificio, sacramentos, devoción a la Virgen y vivencia de bienaventuranzas) tenemos lo necesario para resistir y salir victoriosos del Juicio Final.
"Venid benditos de mi Padre… porque tuve hambre y me disteis de comer, porque tuve sed y me disteis de beber, estuve desnudo y me vestisteis, forastero y me acogisteis, enfermo y me visitasteis… Todo lo que hicisteis a uno de estos pequeños, a mí me lo hicisteis."

Sinopsis. -
La Nada inocua corresponde a la vida de los seres finitos en la gracia y gloria de Dios en el cielo.  La nada se vuelve inocua en lo trascendente, en el cielo eterno, donde habita Dios y sus ángeles. En la nada inocua del Cielo la felicidad rebasa nuestros deseos, es actividad sin cansancio, descanso sin aburrimiento, conocimiento sin velos, sin dolor, sufrimiento, ni muerte. Es el lugar infinito donde el hombre encuentra la felicidad buscada en su corazón y la conserva por toda la eternidad. Y consiste en la más perfecta comunión de amor con la Trinidad, la Virgen María y los Santos. Los bienaventurados serán eternamente felices, viendo a Dios tal cual es. En el Cielo nuestra alma disfrutará como persona, o sea dotado de alma y cuerpo glorioso, que no estará limitado por el espacio y el tiempo, como el de Jesús resucitado, y seremos revestidos de inmortalidad. Allá se tendrá el conocimiento perfecto y una claridad absoluta acerca de las intenciones de los demás. Uno se dará cuenta de que los condenados no están recibiendo un castigo injusto, sino que ellos mismos lo han escogido libre y voluntariamente. Y ese sufrimiento no afectará la felicidad plena. Las diferencias en el cielo se deben a que las personas no son iguales en virtud y santidad. Pero todos estarán totalmente llenos de Dios. El lenguaje simbólico de Jesucristo para describir el cielo habla de la felicidad que tendremos junto a Dios. Para alcanzar el cielo hay que vivir las bienaventuranzas: Todo lo cual resulta un desafío en la sociedad tan materialista en que vivimos. Y es que aquí no se trata de edificar una nueva civilización no materialista, sino de lograr algo que está más allá de lo histórico. El hombre debe comprender su situación extraordinaria, no quedamos muertos para siempre, la separación del alma con el cuerpo no es permanente. El hombre es un ser insuficiente, pues su acción, voluntad e inteligencia son vanas separadas de Dios. Y sin Dios muere la esperanza superior, la vida pierde significado. Si los hombres no llegan a ver claro los dones del espíritu es porque se aferran a las sombras. Pero el hombre es capax dei y, por ende, a pesar de que nuestro intelecto y nuestra voluntad están dañados, siendo nuestra respuesta a la gracia siempre imperfecta, no obstante, contamos con los dones del Espíritu Santo en el Intelecto y la Voluntad para alcanzar a Dios. Si a ello sumamos los medios para vivir siempre en gracia (oración, huida del pecado, sacrificio, sacramentos, devoción a la Virgen y vivencia de bienaventuranzas) tenemos lo necesario para resistir y salir victoriosos del Juicio Final.

Comentario. –
En la reflexión ética contemporánea se habla de éticas analíticas (Moore, Wittgenstein, Ayer, Stevenson), axiológicas (Scheler, Hartmann), existencialistas (Heidegger, Sartre), procedimentales (Apel, Habermas, Rawls), hermenéutica (Gadamer), de la alteridad (Levinas), débil (Vattimo), de la responsabilidad (Jonas), pragmática (Rorty) y sustancialistas (Walzer, MacIntyre, Taylor). La ética de las virtudes de Tomás de Aquino sobrevive por sí sola y a través del Magisterio de la Iglesia, pero también está presente en la ética comunitarista del filósofo escocés MacIntyre. Echemos un vistazo a la ética de las virtudes del tomismo.
- Es propio de la criatura racional obrar por un fin.  Los actos humanos se especifican por un fin. Hay un fin último en la vida humana. La voluntad del hombre no tiende a varios fines últimos. El Bien perfecto es el fin último del hombre. Dios es el fin último del hombre y de todos los seres intelectuales, las demás criaturas la alcanzan por participación.
- La Bienaventuranza no consiste en la riqueza, honores, fama, poder, placer, o el alma. Pero es algún bien del alma. Tampoco está en un bien creado.  La bienaventuranza humana está sólo en Dios. Dios es el bien universal que aquieta la voluntad humana.
- El hábito es una cualidad de primera especie que implica cierta duración y orden a los actos. El hábito es indispensable para que las potencias se determinen al bien.
- Las virtudes humanas son hábitos. La virtud es el buen uso del libre albedrío. Es un acto operativo, es un hábito bueno. La virtud es un buen hábito de la razón por la que se vive en rectitud, de la cual nadie puede hacer mal uso, y que Dios obra en nosotros sin nosotros, pero con nuestro consentimiento.
- La virtud pertenece a las potencias del alma. Puede residir en varias potencias del alma, pero según cierto orden. El entendimiento es sujeto de la virtud, tanto en cuestiones especulativas como prácticas, pues perfecciona el conocimiento de la verdad. El apetito irascible y concupiscible en cuanto participan de la razón son sujeto de la virtud.
- Las virtudes cognoscitivas residen en la razón y no en alguna facultad interna del conocimiento. La voluntad es sujeto de virtud cuando se dirige a un bien extrínseco (el bien divino, el bien del prójimo).
- Los hábitos intelectuales especulativos son virtudes para considerar la verdad. Sabiduría, ciencia e inteligencia son hábitos intelectuales especulativos.  El arte es una virtud. La prudencia es una virtud distinta al arte, porque la rectitud de la voluntad le es esencial. La prudencia es la virtud necesaria del buen vivir. - No toda virtud es moral. La virtud moral es distinta a la virtud intelectual. Toda virtud humana es intelectual o moral. La virtud moral puede darse sin la intelectual (sabiduría, arte o ciencia), pero no puede darse sin entendimiento o prudencia, por eso implica a la recta razón. Las virtudes intelectuales pueden existir sin las virtudes morales, excepto la prudencia.
- Las virtudes cardinales son cuatro: prudencia, justicia, templanza y fortaleza. Estas virtudes se distinguen entre sí en virtud de su objeto.
- Hay virtudes teologales dadas por Dios. Se distingue de las virtudes intelectuales y morales. Son: Fe, Esperanza y Caridad. En el orden de la generación la fe es anterior a la esperanza y a la caridad; pero en el orden de la perfección la caridad es primera porque las vivifica y recibe de ellas perfección de virtud.
- La Gracia pone en el alma el don concedido y el reconocimiento de este don. La gracia es una cualidad del alma intelectual, pero no es una virtud. Siendo anterior a la virtud la gracia está en la esencia del alma racional y por ella participa de la naturaleza divina.
Frente al existencialismo que desemboca en una ética atea, a la fenomenología que lleva hacia una ética de los valores, a las tendencias analíticas que hiperbolizan lo experimental, al procedimentalismo que conduce hacia una ética de la tolerancia intersubjetiva, a la ontología débil y al pragmatismo que deriva a un relativismo ético, son los enfoques sustancialistas los que recogen mejor la ética de las virtudes del tomismo.
Los valores son objetivos, existen en sí, son entidades ideales, en cambio las virtudes son subjetivas, es una potencia del alma que se desarrolla con el buen uso del libre albedrío. De ahí que sin el desarrollo de las virtudes de poco sirve señalar la existencia de los valores. Las virtudes son como el radar y el imán de los valores. Esto es, que puede haber valores sin virtudes, pero no virtudes sin valores. Por eso que es arar en el desierto el predicar los valores sin el inculcar las virtudes.
Pero hoy vivimos en una sociedad dividida desde el alma, y en su comportamiento esquizofrénico pretende combatir la extendida corrupción institucional con una rancia vocinglería de los valores, pero sin comprometerse con el hábito de las virtudes. Las virtudes son superiores a los valores porque implica la inclinación libre y voluntaria del alma hacia el bien, y sin lo cual lo valores se quedan como frías entidades sin vida.
La ética de las virtudes de santo Tomás de Aquino muestra una filosofía equilibrada que admite tanto la dimensión inmanente como la dimensión trascendente del hombre, confía en la razón sin desconocer sus límites, subraya la responsabilidad individual y social del hombre sin olvidar que su fin último es la vida sobrenatural y la visión de Dios.
Max Scheler escribió: “Las cosas son percibidas, los conceptos pensados y los valores sentidos” y además añadió que “los valores son absolutos y sólo cambia el hombre histórico”. Todo lo cual es cierto, no obstante, los valores sentidos no garantizan su asunción ni seguimiento, menos en una época como la nuestra con generalizado indiferentismo moral. Por eso es que hormiguean las éticas relativistas (procedimentales, hermenéuticas, existencialista, pragmática), que al final subsumen el valor y la virtud a la armonía social, consagrando en el derecho lo que en la moral transgrede la ley natural. Es más, la ética de las virtudes tomista recalca que incluso la ética aristotélica basada sólo en las virtudes morales son pecado y muerte sin las virtudes teologales. Y contra quienes repiten sin sentido que Tomás de Aquino asume entero a Aristóteles, hay que recordarles que el dominico acepta de Platón la idea del Bien Supremo y difiere de la noción aristotélica del Estado, al cual subordina el individuo y la familia, y defiende la esclavitud.

Índice

Prólogo

1.La Nada absoluta

2. La Nada potencial

3. La Nada anonadada

4. La Nada anonadante

5. La Nada de la muerte

6.La Nada de la entropía

7. La Nada escatológica

8. La Nada inocua

Conclusión

El presente libro se terminó de imprimir
en el mes de setiembre del año 2020 en
Lima Perú