domingo, 14 de septiembre de 2014

KANT Y EL PROBLEMA DEL ABSOLUTO

KANT Y EL PROBLEMA DE LO ABSOLUTO
Gustavo Flores Quelopana
Sociedad Peruana de Filosofía
 
La Crítica de la Razón Pura había establecido el primer dualismo entre fenómeno y cosa en sí; la Crítica de la Razón Práctica superpone un segundo dualismo entre razón teórica y razón práctica, necesidad y libertad. Ahora, con la Crítica del Juicio agrava aún más el dualismo ya que la justificación del juicio teleológico no puede evitar justificar un más allá sobrenatural de la Inteligencia Arquetípica, o sea, Dios. El dualismo irreductible kantiano había llegado a su máxima tensión, no pudiendo evitar las concepciones de lo absoluto en su sistema y en la filosofía venidera del idealismo romántico.

Con razón escribe E. Cassirer que “La totalidad del pensamiento kantiano se resume en las profundas consideraciones sobre la posibilidad de una inteligencia arquetípica, es decir, Dios” (Kant, vida y doctrina, FCE, p. 332). El problema había sido advertido también, y antes, por Hegel cuando escribió: “La Crítica del Juicio tiene de notable que eleva en ella a la representación y aún al pensamiento de la idea. Aquí relaciona lo universal del entendimiento con lo particular de la intuición como fundamento distinto a la CRP y CRPr. El principio de “finalidad interna” lo lleva hacia consideraciones muy profundas. Aquí Kant despertó la conciencia de la energía interna absoluta de la razón” (Lógica, Hyspamérica, B. Aires 1985, vol. I, LV, p. 98).

Pero también es cierto que cierto número de investigadores han visto en la CJ lo contrario, nada de teología y de absoluto. Así, Menzer, Mathieu, Martin, Marcusi y Dotto, coinciden en señalar que el concepto kantiano de finalidad rompe con toda teología y concepto de Providencia en la Naturaleza. Esta interpretación antiteológica e inmanentista –cercana a los escritos precríticos de Kant sobre el origen del universo- desemboca en una concepción de la naturaleza como estructura material autosostenida, presente en la CJ y en Opus Postumum, y de ahí a Schelling hay solamente un paso. Así, Takeda dice que en esta obra Kant emplea la analogía como mecanismo teórico para explicar la naturaleza como si fuera un inmenso ser vivo.

Y la verdad es que resulta muy distinto juzgar a Kant por su letra y por su espíritu. Por su letra resulta un inmanentista antiteológico, pero por su espíritu tiene la mirada clavada en lo sobrenatural y divino. Esto crea confusiones a la hora de entender a Kant, quien por muchos pasajes es ambiguo. Pero dicha ambigüedad no es sino aparente porque resulta de una mente en perpetua indagación y búsqueda. Cuando se lee a Kant atendiendo tanto su letra como espíritu se advierten marchas y contramarchas en su pensamiento, cosa por lo demás muy natural en un creador. Así, la CJ que abre una profunda brecha reflexiva sobre el Absoluto es escrita en 1790 e inmediatamente después lo vemos polemizando contra Eberhard (1791) y Garve (1793), que recuerdan la polémica que sostuvo con Feder en 1782, y se dedica a elaborar una teoría sobre la religión, donde destaca La Religión dentro de los límites de la Pura Razón (1793), preconizando una interpretación moral o sabeliana de las Escrituras, lo que lo conduce a un conflicto con el gobierno prusiano en 1794. Todo esto lo lleva a concluir su teoría del estado (La Paz Perpetua, 1795) y del Derecho (1797) basado en la idea de la libertad, a defender la autonomía de la filosofía como facultad ante los poderes del Estado (Pleito de las facultades, 1798); pero su gran obra sobre el tránsito de la metafísica a la física no sería concluida.

En decir, el pensamiento kantiano mismo se debatía en una tensión permanente. Y la base de dicha tensión era que la admisión que la cosa en sí entrañaba: ir más allá de lo fenoménico para pisar territorio de lo nouménico. La cosa en sí era un  boquete abierto hacia la metafísica que el propio sistema del idealismo trascendental se negaba cerrarlo.

Pues bien, la CJ marcó con su teoría de lo sublime, la hipótesis de la inteligencia arquetípica y la teleología inmanente, la orientación de toda la filosofía precedente. Así, Kant es considerado como el fundador de la estética moderna cuando hace que lo bello no sea inherente a lasa cosas, sino que es el producto del interno sentido estético y a la vez afirma que lo sublime eleva a la razón a lo infinito. El sentido teleológico, por su parte, descubre en la naturaleza una totalidad organizada de formas de vida, indagar su fin no es accesible para un entendimiento limitado por las formas a priori del espacio y del tiempo. De manera que se impone la hipótesis de una inteligencia arquetípica capaz de una intuición total y directa de la realidad. El problema de lo Absoluto estaba planteado.

De manera que la CJ es el estudio de lo que hay de a priori en el sentimiento tanto en el juicio estético como en el juicio teleológico. Lo que caracteriza al juicio reflexivo es la finalidad; finalidad objetiva en el juicio teleológico –que se refiere a lo orgánico- y finalidad subjetiva en el juicio estético. Para Kant no son juicios de existencia ni axiológicos sino juicios de valor.

Así, considera que en el juicio del gusto y el juicio teleológico se da el libre juego de todas las facultades de la conciencia. Conforme a esto el juicio teleológico culmina en la idea que sólo la prueba ética de un Creador moral del mundo completa la prueba físico-teleológica de un Creador inteligente.

En una palabra, la CJ prueba dos cosas: (1) lo bellos solamente tiene relación con el sujeto contemplativo y no con el objeto contemplado, y (2) la idea de una inteligencia arquetípica como creadora moral del mundo que completa la prueba físico-teleológica del Creador inteligente. Dios solamente por analogía es pensable.

Para Kant la prueba teórica de Dios sólo es capaz de producir coacción y miedo, en cambio la prueba moral produce veneración al estar basada en la libertad. Añade que la admiración por la belleza y la emoción por los fines, tiene algo de semejante con el sentimiento religioso. Se ratifica en que es necesario tener una teología para la religión, es decir, para el uso moral o práctico. Hay conocimiento de Dios en sentido práctico. Y por ello la gran finalidad del mundo obliga a pensar en la causa suprema para ella. Profundizando dirá que Dios es impredicable y por eso no se le puede conocer lo que sea en absoluto teóricamente, pero es pensable por analogía. Y su gran conclusión será que es posible una ética teológica. Por el fin final que presenta, la ética no puede existir sin teología. Además, afirma que la libertad amplía la razón más allá de los límites teóricos de la naturaleza y da esperanza en lo suprasensible.

Para finalizar se puede afirmar que si bien Kant canonizó la subjetivización del arte, no hizo lo mismo con la naturaleza y lo suprasensible. El sentido teleológico descubre  la hipótesis de una inteligencia capaz de una intuición total y directa de la realidad. Precursa la razón absoluta de Hegel y deja planteado el problema de lo Absoluto.

El derrotero de la filosofía moderna y posmoderna ha desembocado en la negación de la verdad extrahumana y en la afirmación protagórica que sólo hay voluntad de verdad. Esta hemorragia de subjetividad que renuncia al ser y multiplica el para-mí no es de raíz kantiana sino protagórica. Lo cual señala que la subsanación radica en salir de la ontología dualista del origen humano de la nada y del ser, por la ontología monista del primado del ser sobre el pensar.


Lima, Salamanca 14 de setiembre del 2014

sábado, 13 de septiembre de 2014

LAS CATEGORÍAS KANTIANAS

QUÉ SON LAS CATEGORÍAS KANTIANAS
Gustavo Flores Quelopana
Sociedad Peruana de Filosofía
 Kant: el filósofo de la moderación... sin moderación
La Deducción Trascendental de las Categorías es la parte clave de la Crítica de la Razón Pura, que prácticamente decide el destino de la filosofía trascendental. En la estructura del libro viene después de la Estética Trascendental y forma parte de lo que Kant llama Lógica Trascendental. Pero en los Prolegómenos Kant elimina la parte más decisiva de la CRP, la Deducción trascendental. Para algunos esto se debió por su oscuridad (Vaihinger, Adickes, Arnold, Kemp Smith), para otros por el apuro de la redacción (Paton) e insatisfacción (Torreti). No vamos a dilucidar este tema, sino la asociación de las categorías con la metafísica de lo inmanente. No obstante, se puede notar que los Prolegómenos buscan popularizar su filosofía, siendo comprensible que la parte más árida y oscura sea dejada de lado. La obra no cumplió con su objetivo, pero enfatizaba que su filosofía no sirve para descubrir la verdad sino sólo para proteger a la razón de las equivocaciones.

En la Edad Moderna aumenta considerablemente el poder del hombre sobre la naturaleza y sobre el hombre mismo. Paul Hazard señaló que el empirismo y la ilustración destruyeron el orden espiritual-religioso en el siglo XVIII. Ferdinand Tönnies habló de la creciente oposición en la modernidad entre la comunidad (Gemeinschaft) y la sociedad (Gesellschaft). Sciacca destaca que tal destrucción de las estructuras metafísico-teológicas deja sin posibilidad de reconstruir una nueva civilización. Cassirer anota que en Kant se opera el reemplazo del pensamiento sustancial por el pensamiento funcional. Y Romano Guardini subraya que la disipación de los vínculos morales, la desaparición del contenido religioso, la nivelación del hombre y la disolución de las instituciones tradicionales, provienen de la funcionalidad de la técnica y la racionalización de la ciencia. En este contexto, la filosofía kantiana sería fruto del avance incontenible del dominio del poder de la razón humana sobre la naturaleza y el hombre mismo. El hombre moderno comienza a convencerse de que su voluntad determina la “objetividad” de las cosas. Así se instaura el Regnum hominis, un mesianismo laico que extravía a Dios, donde la razón humana es el fundamento de sí misma, dando pábulo a un asalto a la razón donde se marcha hacia la erosión nihilista de la sociedad postmetafisica.
El hombre de la sociedad moderna no sólo se desvincula de la comunidad y la tradición, sino de las conexiones objetivas del mundo. Será el hombre formalista el que dicta el ser a las cosas. Todo se vuelve profano, mundano, inmanente. El hombre no sólo se hace indiferente respecto a la fe, sino que termina negando las leyes naturales para forzarlas racionalmente mediante la ciencia y la técnica. A esta perversión de la naturaleza en el mundo posmoderno se le llama “transhumanismo”. Todo pierde su aspecto metafísico. El humanismo sin Dios se vuelve en un prosaico “hominismo” biológico. Las cosas pierden su misterio, el desencantamiento del mundo del que habla Max Weber, se completa en el predominio del ente calculable, medible y pronosticable. El hombre moderno es incapaz de sacrificar el mundo a Dios. Lo cual se refleja nítidamente en La ceremonia del adiós de Simone de Beauvoir. Por eso si los antiguos decían que el hombre es el ser que quiere ver a Dios, los modernos dicen que el hombre es el ser que se basta a sí mismo y no necesita de Dios. Pero no reparan en que han vuelto inmanente al Absoluto. El endiosamiento de lo finito ha sido lo característico del mundo secular.
En el mundo moderno, secularizado e inmanente –como bien señala Alfred Müller Armack- se crea el sustituto de lo trascendente en la formación de los ídolos terrenales. Su más nefasta manifestación fue la Inquisición impuesta por los Reyes, el totalitarismo del comunismo y el holocausto del fascismo. Pero también se deja ver en los ídolos de la música moderna, en el consumismo capitalista, en la extensión masiva de la adicción a las drogas. Ya Mircea Eliade había señalado que en la sociedad moderna el hombre irreligioso encuentra gran atracción por los misterios, el ocultismo, el esoterismo, como una deplorable muestra de pobreza espiritual que busca satisfacer sus necesidades religiosas inhibidas en idolatrías inmanentes. Estas últimas son un supletorio destructivo de las experiencias místicas en lo inmanente. De modo que la sed de Absoluto en el hombre es inextinguible. Su ateísmo, como señala Karl Rahner, es reflejo de un Dios que aparece en una trascendencia inabordable. Dios es un misterio absoluto, y es bueno que asi permanezca porque, como señala San Ireneo, de lo contrario no seria Dios.
La soledad del hombre moderno le resulta insoportable, porque en vez de contemplación encuentra el desierto yermo de su interior. El hombre moderno de la era antropológica es un narciso, porque en el encuentro con el prójimo sólo se interesa por sí mismo. Su neurosis procede de su propio vacio interior, donde no cabe ni el amor. En su soledad emerge su hombre interno como un desconocido que lo amenaza. Su soledad sin Dios lo desquicia y enferma. La palabra del hombre pierde peso. La modernidad, al decir de Bauman, se vuelve liquida. La historia ya no es aquello dirigido por la sabiduría, sino una simple sucesión de hechos empíricos. El hombre espiritual desaparece, en su lugar se entroniza la masa, que es dominada por el aparato administrativo del Estado. Lo humano va tocando su fin, mientras avanza la idolatría de la máquina. El pináculo inevitable de todo ese proceso es un poder universal que planifica un objetivo a la obra humana por encima de sus aspiraciones personales.
Ahora volvamos al criticismo kantiano donde el hombre se apodera de lo dado. La Estética Trascendental había demostrado que el espacio y el tiempo son formas puras de la percepción y de la sensación en general, o sea de la materia. Las sensaciones del mundo externo son caóticas pero la conciencia impone a la experiencia las formas a priori de la sensibilidad, es decir, el espacio y el tiempo. El resultado de todo ello es la formación del fenómeno u objeto del conocimiento sensible, dotado de forma espacial y temporal. De modo que el espacio es la condición formal para los fenómenos exteriores, pero el tiempo es la condición formal de todos los fenómenos en general, en tanto que es la condición general de los fenómenos interiores. El fenómeno no es apariencia porque las propiedades percibidas son atribuidas al objeto mismo en relación con los sentidos. Así, la posibilidad de un juicio sintético a priori se da por las intuiciones puras a priori, que hace posible que un juicio a priori pueda ir más allá del concepto dado.
Hasta aquí llega Kant a la conclusión de la Estética Trascendental, o sea las reglas de la sensibilidad en general. Ahora tiene que explicar las leyes del entendimiento en general, y esa es la misión de la Lógica Trascendental. Hay que explicar cómo se construyen a partir de los fenómenos inconexos de la intuición sensible los verdaderos objetos del conocimiento a través de las categorías. Esta es la finalidad de la Analítica de los Conceptos –libro primero de la Lógica Trascendental-, descomponer la facultad del conocimiento humano con el objeto de examinar la posibilidad de los conceptos a priori en el entendimiento, esperando que la experiencia fuera ocasión de su desenvolvimiento. Y a estos conceptos los va a llamar Categorías y los va a ordenar en una Tabla (de cantidad, de cualidad, de relación y de modalidad). Al respecto se ha dicho que de una manera arbitraria Kant deduce el conjunto de las categorías a partir de una división no menos arbitraria de los juicios en doce clases. Kant va a decir que lo primero que es dado a priori al conocimiento es la diversidad de elementos de la intuición pura, lo segundo es la síntesis de la esta diversidad por la imaginación y lo tercero es la unidad sintética de las categorías. Declara que la operación por excelencia de la espontaneidad de nuestro pensamiento es la síntesis.
Ahora bien, si Espacio y Tiempo son las condiciones de la posibilidad de la matemática, las Categorías son las condiciones de la posibilidad del conocimiento natural. De ahí su importancia cumbre para la explicación del conocimiento científico y humano en general. La Deducción Trascendental arriba a la conclusión de que tres son las fuentes que hacen posible la experiencia: la sensibilidad (por la sinopsis formada por el Espacio y el Tiempo), la imaginación (que crea la síntesis de lo múltiple y que cobra un papel capital en la segunda edición de 1787) y la apercepción trascendental (unidad de la síntesis). En otras palabras, la Deducción explica cómo las categorías siendo las condiciones de la posibilidad de la experiencia en general son a la vez las condiciones de la posibilidad de los objetos de la experiencia. Es decir, el conocimiento no es producto de lo dado sino el dictado que a las cosas hace la actividad apriórica del sujeto trascendental. Y con esta conclusión el universo de la filosofía que antes se partía en dos grandes bandos –platónicos y aristotélicos- ahora se partirá en tres con la filosofía trascendental, como el producto más refinado de la filosofía epistémica de la modernidad.
No hay que perder de vista que Kant considera tres facultades del conocimiento: entendimiento, discernimiento y razón. La Crítica de la Razón Pura acerca las dos primeras y separa la última por su uso hiperfísico, pero no profundiza la diferencia entre entendimiento y discernimiento. Para Kant el conocimiento tiene que ver con la facultad del entendimiento y ésta con la ciencia; el sentimiento se relaciona con la facultad de discernimiento y ésta con el arte; y el deseo con la facultad de la razón y ésta con la religión y la metafísica. No entraremos aquí a discutir su conclusión general, a saber, que para el idealismo trascendental el conocimiento racional es impotente para aprehender las cosas en sí. Por lo cual la realidad –dirá Hegel- está colocada fuera de la noción, así una noción y una realidad que no pueden acordarse entre sí son representaciones falsas. Pero la conclusión de Kant será irretractable: cuando erróneamente se toman los principios regulativos de la razón pura como principios constitutivos entonces se genera un uso ilegítimo de la razón especulativa, que crea la ilusión de acceder al conocimiento del nóumeno y de conocimientos trascendentes. Este desenlace fue rechazado por el idealismo alemán y las corrientes espiritualistas de la filosofía contemporánea, no obstante, gozó de gran predicamento entre las corrientes positivistas y antimetafísicas.
Baste hasta aquí este breve y necesario circunloquio para preguntarnos: Qué son las categorías. La Deducción Trascendental explica que el conocimiento no es producto de lo dado, contrariamente a lo que sostiene el evidentismo neopositivista y el empirismo, sino el dictado que a las cosas hace la actividad apriórica del sujeto trascendental. De manera que Kant resulta ser inferencialista porque admite que en el conocimiento humano hay enlaces metasensibles, o sea las categorías. Las categorías -como lo destacó Walter Peñaloza- serían enlaces metasensibles no observables sensorialmente., Efectivamente, en el conocimiento inferencial se admite que en el conocimiento fáctico hay enlaces metasensibles o no observables sensorialmente. Esto es el criticismo. En el conocimiento evidentista se reduce el conocimiento fáctico a lo dado sensorialmente. Esto es el empirismo y el neopositivismo. Entonces, si la Deducción Trascendental estudia el conocimiento del mundo físico, era necesario examinar si el conocimiento inferencial se aproxima a la Deducción trascendental. Esto es justamente lo que hace el filósofo Walter Peñaloza en su señero libro Conocimiento inferencial y deducción trascendental (UNMSM, Lima 1962).
El resultado es que la Deducción Trascendental es conocimiento inferencial o sea conocimiento del mundo físico. Para Peñaloza Kant es inferencialista porque la realidad sensorial es sintetizada por enlaces suprasensibles a priori del Yo trascendental. Lo sensorial es irracional hasta que es sintetizado por enlaces que proceden del entendimiento, o sea, las categorías a priori. De modo que las categorías son enlaces metasensibles del conocimiento inferencial que no proceden de la experiencia. En consecuencia, las categorías y los enlaces metasensibles se parecen. Las sensaciones pueden existir sin las categorías de causa y efecto, pero no pueden existir sin las categorías del espacio y del tiempo. Por eso las categorías no son condiciones para que las daciones aparezcan, sino para conocer los objetos de la experiencia y de la posibilidad de la experiencia misma. Las daciones no requieren de las categorías para existir, para ello bastan las formas del espacio y del tiempo, sino para ser pensadas y conocidas. En cambio, el objeto de la experiencia sí requiere de las categorías o enlaces suprasensibles. De este modo, los objetos de la intuición sensorial no son los objetos de la experiencia. Kant mismo contrapone las daciones de la intuición sensorial con los objetos de la experiencia. Los empiristas y neopositivistas –incluidos bungeanos- afirman que nada inobservado puede inferirse válidamente de lo observado. El mentís está en que el conocimiento de los conceptos de universalidad y necesidad son de facto porque no son evidentes. En suma, las categorías kantianas son enlaces metasensibles dictados por la actividad apriórica del sujeto trascendental. Ahora bien, estos enlaces metasensibles, al parecer, son reales, se dan en la lógica de un a priori de la mente. Pero su restricción a lo trascendental y a lo experiencia contribuyó a que la historia de Occidente culmine en la modernidad con la esterilidad metafísica del idealismo que subsume el ser al pensar. Lo cual se traduce en que durante la Edad Moderna el poder del hombre ha crecido desproporcionadamente. A través de la ciencia y de la técnica se ha configurado una nueva imagen del mundo basado en la voluntad de poder. La misma que se muestra amenazante, y clava sus colmillos peligrosamente en la yugular de la misma civilización tecnológica y cibernética.
Si no, veamos cómo en el corazón del lema de la filosofía posmoderna: “Todo vale”, late poderoso esta subsunción subjetivista. Así, resulta que lo que otrora era el reconocimiento de la fuerza activa del espíritu ahora desemboca en su fuerza paralizante, su decadencia y destrucción. El espíritu enferma por exceso de poder. Al desembocar la filosofía de la modernidad en una hemorragia de subjetividad, que reemplaza el ser por una multiplicidad de mónadas soberanas, lo que tenemos al final es que sólo prima la voluntad de verdad. Este triunfo del para-mí y el olvido del ser no puede significar otra cosa que la anulación de la vida concreta del espíritu. Ya lo vimos históricamente cuando el nazismo y el comunismo -y lo mismo pienso que sucederá con el capitalismo- sucumbieron por fuerzas que no vinieron de dentro sino de fuera. El espíritu se anestesió. Es decir, cuando la verdad, lo bueno, lo sagrado y el amor, son sustituidos por la violencia y la mentira por un exceso de poder, entonces se constata que el poder ideológico de la manipulación es más poderoso que las ideas verdaderas. Pues el poder cada vez mayor que surge de ello, termina dominando al hombre mismo. De manera que el orden universal y necesario del conocimiento, la moral del hombre, las verdades naturales, la verdad, la libertad y la justicia, terminan sucumbiendo por la anarquía que implica el imperio de una cultura que sólo se funda en la ciencia y en la técnica.
Cuando el orden interior del hombre ha sido destruido, lo que surge como posibilidad intrínseca es el desatado nihilismo disolvente. Entonces, luciferinamente se opera la desmalignización del mal y la malignización del bien. El espíritu existe a pesar de todo, pero de forma débil y paralizada. No era posible adivinar que la autonomía de la razón conduciría a la enfermedad del espíritu. Lo cual ya es una verdad a todas luces. La modernidad está enferma espiritualmente. Y su enfermedad se llama inmanentismo, el cual ha desembocado a dimensiones satánicas. Ebrio de poder el hombre actual prefiere olvidar lo que es verdadero, bueno y justo. Es el imperio del hombre anético de la civilización hipertecnológica. Prefiriendo la codicia, la mentira y la astucia. Kant sólo es una de sus estaciones más importantes y sistemáticas en dicho tránsito. En dicho contexto no es difícil darse cuenta de que la crisis se despliega aceleradamente. Y vamos hacia una catástrofe global porque la conciencia de la responsabilidad humana se encuentra seriamente afectada.
Para recuperar el Ser hay que romper con la metafísica inmanentista del cientismo matematizante y asumir un realismo metafísico que rompa las cadenas de la subordinación del ser al pensar. Es necesario asumir como evidencia primaria que las cosas son, que lo ontológico determina lo epistemológico, que el ser rebasa el pensar. Pero hay que hacer esto no en términos evidentistas, como lo hace el empirismo y el neopositivismo, sino reconociendo la existencia de enlaces metasensibles que no son dictados por la actividad apriórica del sujeto trascendental sino por la estructura metasensible de la realidad misma. Esa sería la vía regia de una renacida metafísica crítica dentro de una cultura renacida. De lo contrario nos encaminados sencillamente hacia una destrucción de lo humano. La Antigüedad era muy consciente de ello. Pero sin precedentes, la Modernidad echa a perder la grandeza del hombre combinando al mismo tiempo técnica, ciencia, economicismo, ventaja política y autonomía de la razón. El hombre profundamente falseado y echado a perder es el que se siente homo deus. Este asemejarse al Señor del mundo es la engañosa esclavización completa de la objetividad y de la libertad. Se trata de una temible ilusión donde se pervierte el hombre mismo. El hombre fue creado para enseñorearse sobre la creación, incluso advierte que toda la Naturaleza asciende hacia él, pero en la Modernidad al quedar solo con su libertad, ha quedado libre de las ataduras de la naturaleza. Pero aquella libertad sin su responsabilidad equivalente se vuelve en una realidad monstruosa que amenaza con aniquilarlo. Cuando el hombre moderno cree comprenderse sólo a partir de sí mismo y sin Dios, entonces su enorme libertad se vuelve en una aterradora amenaza. Pues en el hombre la Naturaleza se trasciende, pero el hombre no puede trascenderse a sí mismo sino como espíritu. Y tal cosa lo hace cuando va hacia Dios.


Bibliografía recomendada:
Alfred Müller Armack, El siglo sin Dios, FCE, Mexico, 1986.
Ernst Cassirer, La filosofía de la ilustración, F.C.E., México, 1981.
Ferdinand Tönnies, Comunidad y sociedad, Ediciones 62, Barcelona, 1979.
Karl Rhaner, Wissenchaft als Konfession en “Wort und Wahrheit”, IX, nov. 1954, pág. 811-813.
Giovanni Reale y Darío Antiseri, Historia del pensamiento filosófico y científico, Tomo I, Editorial Herder, Barcelona, 1988.
Gustavo Flores Quelopana, “Filosofía no es ideología”, en Miseria del cientificismo, Iipcial, Lima, 2004.
Gustavo Flores Quelopana, Erosión nihilista de la sociedad postmetafisica, Iipcial, 2007.
Gustavo Flores Quelopana, El imperio postmoderno del hombre anético, Iipcial, Lima, 2005.
Gustavo Flores Quelopana, Hermenéutica posmoderna del hombre sin absolutos, Iipcial, Lima, 2007.
Michele Federico Sciacca, Estudios sobre la filosofía moderna, Editorial Luis Miracle, Barcelona, 1966.
Mircea Eliade, Iniciaciones místicas, Taurus, Madrid 1984.
Paul Hazard, El pensamiento europeo del siglo XVIII, Revista de Occidente, Madrid, 1966.
Romano Guardini, El poder, Guadarrama, Madrid 1963.
Simone de Beauvoir, La ceremonia del adiós, Edhasa, 2001.
Vincent Descombes, Lo mismo y lo otro, Cátedra, Madrid, 1988.
Walter Peñaloza, Conocimiento inferencial y deducción trascendental, UNMSM, Lima, 1962.
Yuval Noah Harari, Homo deus, Debate, 2016.


viernes, 12 de septiembre de 2014

DEBATE SOBRE EL DISCURSO DE PARMÉNIDES

EL DEBATE EN TORNO
AL DISCURSO DE PARMÉNIDES
Gustavo Flores Quelopana
Sociedad Peruana de Filosofía
 
Existen dos interpretaciones sobre el Discurso de Parménides, a saber, una ontológica y otra epistemológica. La interpretación ontológica concibe el mundo físico como Ser, la Verdad como el mundo físico inmóvil y la Ilusión como el mundo físico en devenir. La interpretación epistemológica considera que por el Ser se llega a la verdad, por el mundo físico a la opinión, se opta por la separación del mundo y del ser, y sostiene que la obra se refiere no a una única realidad sino a dos realidades diferentes: el Ser y el mundo físico.

La interpretación ontológica ha sido la predominante, fue sostenida por Martín Heidegger, quien concibe la physis como ser y borra la diferencia entre el ser y el mundo físico. La interpretación epistemológica que se inclina por la separación del mundo físico y el ser ha sido defendida por Reinhardt y Riezler y luego se consolidó con Schwalb, Woodbury y Mourelatos.

En la filosofía peruana Walter Peñaloza Ramella defendió la tesis epistemológica en su libro El Discurso de Parménides (UNMSM, Ed. Ignacio Prado Pastor, Lima 1973, 350 pp.). Años más tarde David Sobrevilla repudió la interpretación de Peñaloza tildándola de incorrecta (Repensando la tradición nacional, T. II, Editorial Hipatia, Lima 1988, pp. 291-301). Peñaloza se tomó su tiempo para responder a Sobrevilla y cuando lo hace (“Una Respuesta Tardía” en Revista de Epistemología, año I, n°1, Julio 1997, pp. 55-104) dice que Sobrevilla lo censura porque cree que la tesis de Heidegger es irrefutable cuando concibe la physis como ser.

Para Peñaloza El Discurso no se refiere a un único gran objeto (el mundo físico) sino a dos realidades diferentes: el ser y el mundo físico. Reconoce que la interpretación ontológica fue la predominante y es a la que se aferra Sobrevilla. Pero afirma que la suya es conscientemente contraria. Pues, la primera parte del Discurso se ocupa del ser inmóvil y eterno, y la segunda parte describe el mundo físico en su multiplicidad de movimientos y cambios.

Agrega que el mundo del ser es el mundo de la verdad, la necesidad y la universalidad, mientras el mundo físico es de la opinión, sin necesidad ni universalidad. De manera que para Peñaloza el Discurso de Parménides no es ontológico (la verdad es el mundo físico inmóvil, el mundo físico que deviene es ilusión), sino que es de carácter epistemológico (por el ser se llega a la verdad, por el mundo físico a la opinión).

De esta forma Peñaloza coincide con Reinhardt y Riezler en esa explicación que se inclina por la separación del mundo y el ser. Por ello es absurdo, dice Peñaloza, que Sobrevilla lo tilde de anticuado,  tosco, incongruente, incoherente e insostenible a su interpretación epistemológica. Y por el contrario, devolviendo la puya, responde Peñaloza que todos esos adjetivos van al propio crítico, que hace gala de referencias bibliográficas, muestra un gusto obsceno por citar y glosar, es presuntuoso y apresurado, sabihondo y distorsionador.

En suma, para Peñaloza su interpretación epistemológica evita la tremenda contradicción de ver la primera parte como la permanencia y la inmovilidad y por tanto como pura ilusión la realidad empírica, y la segunda parte que trata de dicha ilusión. Su recomendación es no mezclar los planos epistemológico y ontológico.

De modo que para la interpretación epistemológica es importante no borrar la diferencia entre el ser y el mundo físico, porque para Parménides el mundo físico es el mundo de la opinión y el mundo del ser es el de la verdad. Mientras que la interpretación ontológica borra dicha diferencia al identificar la physis con el ser.

Finalmente se puede sostener que interpretación epistemológica tiene sentido por cuanto la metafísica griega no nace de una preocupación por dar cuenta de la existencia de Dios, sino que nace del problema del devenir, que hacía naufragar la verdad en la multiplicidad. Así se postula el ser, la esencia, la substancia, para comprender el devenir y salvar el mundo de la apariencia.

En este sentido, el filósofo peruano Mariano Iberico fue el que mejor entendió que la vocación del ser es el aparecer, ser es manifestación en la existencia, es presencia, es decir, es aparición (La Aparición, Imprenta Santa María, Lima 1950). Iberico al igual que Parménides insiste en que hay que superar la oposición metafísica entre el ser y el aparecer, porque el aparecer es una epifanía del ser. Su diferencia respecto a Parménides es que proponía una filosofía simbólica, es decir, que se sirva de conceptos-imágenes y no conceptos-representativos para dar cuenta del ser en su aparición. De modo que preconiza arribar a una filosofía iluminística.

En resumen, la metafísica griega y la de Parménides se debate en el contraste entre el Ser y el devenir, la unidad y la pluralidad. Heráclito se mantiene en el esquema de la armonía de los contrarios de la filosofía mitocrática para concebir la unidad dividida en el fuego, la guerra, el devenir y la unión de contrarios. Parménides se aleja de la filosofía mitocrática y se adentra en la filosofía logocrática donde impera el principio de identidad para concebir la unidad compacta del ser contrapuesta al devenir y a la multiplicidad. Platón emprende la síntesis entre el ser y el devenir en la idea del Bien. Aristóteles lo repite con su idea del Acto puro. Y el proceso culmina en Plotino, que consagra la unión mística con lo Uno permanente. Al final se desemboca en la desvalorización del devenir.

El desafío metafísico actual, en tiempos de nihilismo y escepticismo profundo, es recuperar los ideales del Absoluto que a pesar de su eternidad no se desvincula con la aparición de lo múltiple y temporal del aparecer.


Lima, Salamanca 12 de setiembre 2014

jueves, 11 de septiembre de 2014

MAGIA Y CIENCIA MODERNA

MAGIA Y CIENCIA MODERNA
Gustavo Flores Quelopana
Sociedad Peruana de Filosofía
 
Los fundadores de la ciencia moderna no practicaron una tajante división con el saber tradicional, sino que son la demostración de la existencia de una línea de continuidad entre el viejo saber y el saber experimental. Esto lo podemos apreciar a través del auge simultáneo del racionalismo con la magia, las predicciones apocalípticas, astrológicas, la alquimia y las profecías bíblicas. En otras palabras, la ciencia moderna encontró en sus inicios un poderoso factor de desarrollo e incentivo aceptando sus presupuestos proféticos en los siglos quince, dieciséis y diecisiete.

Han sido varios estudiosos, entre ellos Needham, Pagel, Webster, Lindberg, quienes destacaron los motivos religiosos de la ciencia. Efectivamente, el cambio epistemológico en los siglos dieciséis y diecisiete no fue brusco sino que la visión animista de la magia coexistió armónicamente con la visión mecanicista de la ciencia. Así Paracelso y Newton habitaron no mundos intelectuales distintos sino iguales.

La época precopernicana y newtoniana están más unidas que distanciadas. En realidad el surgimiento de la ciencia no coincide con la declinación de la magia. En ambos existe la preocupación por esclarecer la relación de la humanidad con el Creador. Los neoplatónicos modernos se oponían a la escolástica. Newton mismo prolongó el interés por lo oculto y lo hermético. Las ideas no mecanicistas no eran descartadas. La primera gran confrontación de la revolución científica fue la de Paracelso y Galeno, antes que entre Copérnico y Tolomeo. El siglo catorce europeo estuvo marcado por Paracelso, Lutero y Durero. Para Paracelso el hombre y el mundo son analogías inseparables. No obstante, el paracelsianismo tuvo su apogeo en el siglo diecisiete, su terapia química todavía se practicaba. Incluso Newton era un asiduo lector de Paracelso. Por eso, Keynes llamó a Newton “el último de los magos”. Además, muchos científicos practicaban la alquimia. Por esto, la visión mecanicista de la ciencia no estuvo disociada en los siglos dieciséis y diecisiete de la visión animista de la magia. El cambio epistemológico fue menos radical de lo que pregonan los cientificistas a ultranza.

Es cierto que los copernicanos del siglo diecisiete encabezaron la corriente contra la astrología judiciaria. El lenguaje científico ya pertenecía al cartesianismo y al newtonismo. Pero el Ethos subyugante indicaría más una continuidad entre la tradición profética y la revolución científica en vez de una separación abrupta.

Para la ciencia experimental se volvió anticuada la magia espiritual pero no la magia natural. En realidad la escatología cristiana incentivó a la ciencia, viendo la realización del dominio del mundo como una recuperación del conocimiento adánico y la restauración del nuevo reino evangélico. Pero dentro de la propia magia natural se dieron dos tendencias, a saber, la magia natural esotérica de los rosacruces y la magia natural exotérica de las sociedades científicas. Además en sus primeros tiempos, siglos dieciséis y diecisiete, el dominio de la naturaleza era visto como una recuperación del conocimiento antes de la Caída de Adán. Por tanto, profecía, magia natural y gloria de la Iglesia se mezclaban. Eran parte del debate milenarista del dominio del mundo y por eso Newton fue visto también como el cumplimiento de la profecía bíblica.

Por su parte, hasta el siglo diecisiete la magia demoníaca sobrevive a la ciencia experimental. Sobre todo por su temor a las conclusiones ateas y materialistas de la filosofía mecanicista que minaba el animismo de la brujería. La demonología era indispensable en la aceptación de la Providencia divina. Para esa época posturas radicales como la de Spinoza, Hobbes y Locke no eran sino extremos teóricos indeseables dentro del cuerpo científico de la época, que no quería enajenarse con la Iglesia ni verse mezclado con el ateísmo.  

En conclusión, el hecho que la magia haya desempeñado un papel importante en la creación de la ciencia moderna fortalece la teoría de la continuidad entre ciencia moderna y ciencia antigua. En la tesis de la no-continuidad (cambio revolucionario en astronomía, mecánica y óptica) están: F. Bacon, Voltaire, Condorcet, Burckhardt, Symonds, Koyré, Hall, Mc Mullin, T. Khun. En la tesis de continuidad se encuentran: Duhem, Haskins, Thorndike, Marshall Clagett, Maier, Crombie. Y en la tesis intermedia continuidad-discontinuidad (continuidad en lo lingüístico-conceptual-teórico; discontinuidad metodológica-metafísica) se halla Lindberg.

Y decimos que este vínculo entre magia y ciencia moderna fortalece la tesis de la continuidad porque el cambio metodológico-metafísico del nuevo saber convivió con la permanencia lingüística-conceptual-teórica del saber tradicional.


Lima, Salamanca 11 de setiembre 2014