domingo, 8 de febrero de 2026

Prólogo a la Tercera Edición de "Tales de Mileto"

 


Prólogo a la Tercera Edición

Gustavo Flores Quelopana

Past President de la Sociedad Peruana de Filosofía 

La obra de Jesús Curasma de la Cruz, Tales de Mileto. El compromiso con la sociedad (Apogeo Editorial, 2023), constituye un aporte significativo al pensamiento filosófico latinoamericano contemporáneo. Su mérito radica en el esfuerzo por releer la filosofía griega antigua desde una perspectiva situada, crítica y comprometida, capaz de dialogar con los desafíos de nuestro tiempo.

Este libro no se limita a reconstruir la figura histórica de Tales de Mileto, sino que lo convierte en un interlocutor vivo para las discusiones actuales. Al poner en diálogo sus planteamientos con las problemáticas de América Latina, Curasma de la Cruz abre un espacio fecundo para pensar cómo las raíces del pensamiento racional pueden inspirar un compromiso ético y social en contextos atravesados por la desigualdad y la urgencia de transformación. Así, Tales deja de ser únicamente el fundador de la filosofía para convertirse en un referente que ilumina el papel del pensamiento crítico en la sociedad contemporánea.

 

Aportes de Tales de Mileto. El compromiso con la sociedad

1. Reivindicación de Tales como pensador socialmente implicado Curasma de la Cruz desafía la imagen tradicional de Tales como un mero contemplador de los astros, ajeno a la vida terrenal. A partir de fuentes antiguas y un estudio contextual de la Grecia arcaica, reconstruye a Tales como un filósofo comprometido con los problemas de su tiempo, interesado en la organización política, la justicia y el bienestar colectivo.

Este planteamiento permite comprender a Tales no solo como pionero de la racionalidad científica, sino también como un actor que buscó incidir en la vida comunitaria de su polis. Al destacar su interés por la justicia y la organización política, Curasma muestra que la filosofía, desde sus orígenes, estuvo vinculada a la construcción de un orden social más equitativo. Esta reinterpretación abre la posibilidad de pensar la filosofía antigua como práctica viva y comprometida, capaz de dialogar con los problemas actuales e inspirar nuevas formas de responsabilidad intelectual frente a la sociedad.

2. Desmitificación del cliché del sabio distraído El libro parte de la célebre anécdota del pozo —donde Tales cae por mirar el cielo— para desmontar el prejuicio que lo presenta como un pensador alejado de la realidad. Curasma propone que esta imagen fue construida por la tradición para desacreditar el pensamiento abstracto, cuando en realidad Tales fue un agente activo en la vida pública de Mileto.

Este análisis cuestiona cómo ciertos relatos han moldeado la percepción histórica de los filósofos, reduciéndolos a caricaturas que invisibilizan su dimensión política y social. Al desmontar el cliché del sabio distraído, Curasma reivindica a Tales como un pensador integral, capaz de articular la contemplación del cosmos con la acción práctica en la vida pública. De esta manera, el libro invita a reconsiderar la relación entre teoría y praxis, mostrando que el pensamiento abstracto no está desligado de la realidad, sino que puede ser una herramienta poderosa para transformar la sociedad.

3. Aporte desde Huancayo al pensamiento filosófico universal Es significativo que esta obra haya sido escrita desde Perú, y más aún desde Huancayo. En un contexto donde la filosofía antigua suele ser abordada desde centros académicos europeos, este libro representa un gesto de descentralización epistémica, mostrando que el pensamiento clásico puede ser releído desde América Latina con profundidad y originalidad.

Este aporte evidencia que la filosofía no es patrimonio exclusivo de los grandes centros académicos europeos, sino que puede ser cultivada y renovada desde espacios periféricos con igual rigor y creatividad. La elección de Huancayo como lugar de producción intelectual subraya la importancia de reconocer la pluralidad de voces y geografías en la construcción del pensamiento universal. Así, la obra de Curasma se convierte en ejemplo concreto de cómo la filosofía latinoamericana puede dialogar con la tradición clásica, resignificarla y proyectarla hacia nuevas formas de compromiso social y cultural.

4. Estilo accesible y pedagógico A diferencia de textos académicos densos, Curasma escribe con claridad y vocación pedagógica, lo que permite que el libro sea leído tanto por estudiantes como por lectores generales interesados en la filosofía.

Este rasgo estilístico convierte la obra en un puente entre la investigación académica y la divulgación cultural. Al optar por un lenguaje claro y recursos pedagógicos, Curasma logra que conceptos filosóficos complejos se presenten de manera comprensible sin perder rigor, fomentando la participación de un público más amplio en el debate filosófico. De este modo, el libro contribuye a democratizar el acceso al pensamiento crítico y refuerza la idea de que la filosofía puede y debe dialogar con la sociedad en su conjunto, más allá de los círculos especializados.

 

Limitaciones de la obra

1. Falta de articulación con la metafísica contemporánea Aunque el libro reivindica el compromiso social de Tales, no desarrolla una ontología profunda que lo vincule con los debates actuales sobre libertad, trascendencia e inmanencia. La lectura se mantiene en un plano histórico y contextual, sin proyectarse hacia una metafísica planetaria como la que exige el mundo multipolar.

La ausencia de esta articulación limita el alcance del texto, pues impide que la figura de Tales dialogue con debates filosóficos de mayor envergadura. Al centrarse principalmente en la reconstrucción histórica, la obra deja abierta la posibilidad de una proyección más amplia hacia una ontología que responda a los retos globales. Este vacío señala un campo fértil para futuras investigaciones, donde la recuperación del compromiso social de Tales podría complementarse con una reflexión metafísica capaz de situar su pensamiento en el horizonte de los desafíos contemporáneos.

2. Ausencia de diálogo con otras tradiciones filosóficas La obra se concentra exclusivamente en Tales y en la Grecia arcaica, sin tender puentes hacia otras tradiciones —como el pensamiento andino, el cristianismo o la filosofía india— que habrían enriquecido la reflexión sobre el compromiso del sabio con la sociedad.

Esta falta de diálogo reduce la riqueza comparativa que el texto podría ofrecer, pues limita la posibilidad de establecer conexiones entre la figura de Tales y otros modos de concebir la responsabilidad social del filósofo. Incorporar perspectivas como el pensamiento andino, con su énfasis en la comunidad y la reciprocidad, o el cristianismo, con su visión ética del servicio, habría ampliado el horizonte de reflexión y mostrado cómo distintas culturas han concebido la relación entre conocimiento y sociedad. La ausencia de esta integración intercultural deja pendiente un trabajo que podría fortalecer la propuesta y situarla en un marco más amplio de filosofía comparada.

3. Enfoque biográfico más que sistemático El libro privilegia la reconstrucción biográfica y anecdótica, lo cual aporta cercanía y humaniza la figura de Tales, pero limita el desarrollo de una teoría filosófica estructurada sobre el rol del pensamiento en la transformación social.

El énfasis en la dimensión biográfica hace que la obra se perciba más como narración histórica que como propuesta filosófica sistemática, reduciendo su impacto en debates contemporáneos sobre la función crítica de la filosofía. Sin embargo, esta carencia abre un espacio fértil para futuros trabajos que profundicen en la elaboración de un marco teórico sólido, capaz de articular la vida del filósofo con una reflexión más amplia sobre el poder del pensamiento en la configuración de la sociedad.

 

Valor en el contexto del ensayo

La obra de Jesús Curasma de la Cruz puede entenderse como una pieza introductoria en el camino hacia una filosofía comprometida, situada y encarnada. Su esfuerzo por releer a Tales “desde la tierra y no desde el cielo” dialoga con la tesis central de que el mundo marcha hacia una libertad con trascendencia, donde el pensamiento no se evade, sino que transforma la historia desde dentro.

El valor del libro radica en que funciona como puerta de entrada a una filosofía que no se conforma con la contemplación, sino que busca incidir en la realidad. Al reinterpretar a Tales como un pensador comprometido con su polis, Curasma de la Cruz ofrece una metáfora de lo que hoy exige el mundo multipolar: un pensamiento que observa, pero también actúa; que no se encierra en la torre de marfil, sino que se abre a la sociedad. En este sentido, la obra se integra plenamente en la propuesta del ensayo, mostrando que la filosofía, desde sus orígenes, posee la capacidad de ser praxis transformadora y horizonte de libertad con trascendencia.

El “Tales situado” que propone Curasma enfatiza la dimensión praxiológica del filósofo de Mileto, revelando cómo su pensamiento no se reducía a especulaciones cosmológicas, sino que se vinculaba directamente con la acción y la vida comunitaria. Este enfoque contrasta con la clasificación aristotélica que lo agrupó entre los “filósofos físicos”, centrados en la explicación de la naturaleza. Al destacar su compromiso con la praxis social, Curasma lo rescata de la reducción naturalista y lo proyecta como referente de una filosofía comprometida con la transformación de la polis.

El autor reivindica a Tales como un pensador socialmente implicado, desafiando la imagen tradicional de un sabio distraído y ajeno a la vida terrenal. A partir de fuentes antiguas y del contexto de la Grecia arcaica, lo reconstruye como un filósofo comprometido con la organización política, la justicia y el bienestar colectivo. Este énfasis en la praxis se refuerza al desmontar el cliché del sabio que cae en un pozo por mirar el cielo, mostrando que esa caricatura fue construida para desacreditar el pensamiento abstracto, cuando en realidad Tales fue un agente activo en la vida pública de Mileto.

 

Comparación con otros intérpretes de Tales

El esfuerzo de Jesús Curasma de la Cruz por releer a Tales desde la tierra y no desde el cielo dialoga con la tesis central de que el mundo marcha hacia una libertad con trascendencia, donde el pensamiento no se evade, sino que transforma la historia desde dentro. El Tales situado que propone enfatiza la faceta praxiológica del filósofo de Mileto, lo cual contrasta con Aristóteles, que lo agrupó entre los filósofos físicos.

Esta interpretación se confronta con las lecturas de otros estudiosos:

·           Guthrie lo presenta como iniciador de la investigación racional sobre la naturaleza.

·           Russo Delgado lo rescata como sabio moral dentro de la tradición de los Siete Sabios.

·           Zeller lo ubica como pionero de la especulación cosmológica.

·           Gomperz lo interpreta como fundador del logos científico.

·           Jaeger lo vincula al surgimiento del espíritu educativo griego.

·           Joel lo destaca como iniciador del pensamiento sistemático.

·           Kranz lo reduce a filósofo físico centrado en el arché.

·           Mondolfo lo reivindica como pionero del logos racional.

Frente a todos ellos, Curasma ofrece una lectura distinta: rescata a Tales como un pensador situado y comprometido con la praxis social, mostrando que la filosofía, desde sus orígenes, puede ser acción transformadora y horizonte de libertad con trascendencia.

 

Un tema metafísico pendiente

Para Tales el arjé es el agua, principio originario del mundo físico. Sin embargo, también afirma que “todo está lleno de dioses”, es decir, de vida, de alma. Esta doble afirmación abre un debate crucial: ¿diferencia Tales entre el Ser y el mundo físico? Si el agua es el arjé de lo material, ¿lo es también del alma? Si no lo es, entonces el alma —que no es física— se identificaría con el Ser, mientras que el agua sería el principio del mundo sensible. Ello significaría que el Ser es el alma y el mundo físico es el agua.

Diversos intérpretes han abordado esta tensión. Schwalb, Woodbury, Mourelatos y Peñaloza sostienen la diferencia entre Ser y mundo físico, reconociendo en Tales una intuición de la dualidad entre lo vital y lo material. En cambio, Sobrevilla, siguiendo a Heidegger, tiende a borrar esa diferencia, al menos en Parménides, donde el Ser y lo físico se confunden en una misma dimensión ontológica.

Curasma, por su parte, parece deslindarse por la solución de Aristóteles y Heidegger: no habría diferencia entre el Ser y el mundo físico (p. 65). Tales sería entonces un hilozoísta, alguien que concibe la materia misma como animada, como portadora de vida. En contraste, Jaeger interpreta el arjé como un principio racional, ordenador y superior al mundo físico, equivalente al Ser: agua en Tales, apeiron en Anaximandro, aire en Anaxímenes. Para Jaeger, por tanto, sí existe una diferencia entre el Ser y el mundo físico. Para Curasma el arjé de Tales no diferencia entre ser y mundo físico, para Jaeger sí.

Lo cierto es que en Tales no encontramos la disquisición epistemológica parmenídea que distingue entre el camino de la verdad —por el Ser— y el de la opinión —por lo sensible—. En su pensamiento, la supuesta separación entre alma/Ser y agua/mundo físico parece tener una misma lectura ontológica: ambos son modos de lo real, sin jerarquía epistemológica clara.

Este vacío abre un tema metafísico pendiente: ¿es el alma un principio distinto del agua, o es el agua también principio de lo vital? La ambigüedad de Tales, lejos de ser una limitación, constituye el germen de la reflexión ontológica posterior. Su pensamiento inaugura la pregunta por la relación entre materia y espíritu, entre mundo físico y Ser, sin resolverla, pero dejando planteado el horizonte de una metafísica que aún hoy sigue interpelando.

 

Apunte precolombino

Aquí vamos a incorporar perspectivas sobre el pensamiento andino. En las grandes civilizaciones andinas el henoteísmo -monoteísmo encubierto con deidad principal sobre pluralidad de dioses- se percibe con mayor claridad que en el mundo griego. Aunque existía una pluralidad de divinidades, muchas de ellas ligadas a fenómenos naturales y a la vida cotidiana, había una tendencia marcada a reconocer una deidad suprema o creadora que ocupaba un lugar jerárquico por encima de las demás. Wiracocha, por ejemplo, era concebido como el dios originario, creador del universo y de los hombres, presente en tradiciones desde Chavín hasta los incas. Pachacamac, venerado en la costa central, tenía un prestigio enorme como ordenador del mundo y su santuario fue uno de los más importantes de la región. En el caso del Estado inca, Inti, el dios sol, fue elevado a la categoría de divinidad oficial y protector de la dinastía, mientras que Pachamama, la madre tierra, era reverenciada en rituales agrícolas y cotidianos, indispensable para la subsistencia.

La diferencia con Grecia es que, aunque Zeus era considerado el padre de los dioses y de los hombres, el culto estaba mucho más descentralizado y cada polis podía tener como principal a otra divinidad. En los Andes, en cambio, la estructura religiosa tendía a reforzar la supremacía de un dios creador, ordenador o solar, lo que se acerca más al henoteísmo en sentido estricto: se reconocía la existencia de muchos dioses, pero uno ocupaba un lugar superior y central en la cosmovisión.

Este detalle es muy importante, porque permite concebir que la filosofía precolombina estaba más estrechamente unida al mito, era una filosofía mitocrática. En cambio, en Tales y los presocráticos la deidad principal de la religión griega aparece racionalizada como principio racional, ordenador y superior al mundo físico. Es decir, más conforme con el inicio de la filosofía logocrática. En otras palabras, mientras que la filosofía griega desde sus inicios racionaliza la deidad principal con el arjé, por el contrario, la filosofía mitocrática precolombina tiende a un logos cósmico cíclico inmanente entre la deidad ordenadora o Wiracocha, la deidad mantenedor de la vida o Pachacamac y la deidad destructora cada 500 años o Pachacuti. Pero ambos esquemas de pensamiento son inmanentes, porque tanto la deidad superior como el arjé griego es superior, pero opera dentro del mundo.

Tanto en la religión griega como en la andina la deidad suprema no es trascendente en el sentido de estar fuera del mundo, sino inmanente, operando dentro del cosmos y de la vida cotidiana. En Grecia, Zeus es superior, pero su poder se ejerce en el orden del mundo: controla el clima, la justicia, el destino de los hombres y de los dioses, siempre dentro del tejido de la realidad. No es un dios “fuera” del universo, sino parte de él, aunque en la cúspide. Lo mismo ocurre con el concepto filosófico del arjé: el principio originario (agua para Tales, apeiron para Anaximandro, fuego para Heráclito) no es un ente trascendente, sino la sustancia o fuerza que constituye y organiza el mundo desde dentro.

En los Andes, Wiracocha, Inti o Pachacamac también son supremos, pero su acción se manifiesta en la naturaleza, en los ciclos agrícolas, en el sol que da vida, en la tierra que alimenta. Pachamama, por ejemplo, es madre porque está presente en cada cosecha y cada ritual, no como una entidad externa sino como la tierra misma.

Así, ambos esquemas comparten esa visión inmanente del principio superior: no se trata de un dios radicalmente separado del mundo, sino de una fuerza o entidad que lo sostiene y lo ordena desde dentro. La diferencia está en el énfasis cultural: los griegos lo expresan en clave de jerarquía divina y de filosofía del arjé, mientras que los andinos lo viven en la relación directa con la naturaleza y la sacralidad de los ciclos vitales.

 

Concluyendo

El mérito del enfoque de Jesús Curasma de la Cruz radica en desplazar la lectura tradicional de Tales, centrada en su dimensión cosmológica, hacia una interpretación praxiológica que lo vincula directamente con la vida de la polis. Al hacerlo, no solo rescata al filósofo de Mileto como un pensador situado y comprometido, sino que también abre la posibilidad de releer la filosofía antigua desde un horizonte latinoamericano, donde la reflexión se concibe como praxis transformadora y no como mera contemplación.

Esta propuesta aporta originalidad y vigencia, pues muestra que la filosofía, desde sus orígenes, puede ser acción encarnada en la historia y horizonte de libertad con trascendencia, dialogando con los desafíos de un mundo multipolar.

Lima, 10 de febrero 2026

Ideas en batalla (Comentario)



 Ideas en batalla

Rafael Félix Mora Ramirez (UNFV)

He leído con sumo interés el resumen que ha elaborado el profesor Gustavo Flores Quelopana en su ensayo Ideas en batalla (2026) sobre mi libro “Lógica y paradojas: un estudio filosófico” que tiene dos volúmenes. Me parece interesante lo que menciona en su escrito. Realmente me sorprende sus elogios y sus gestos amables. Es evidente que cuando alguien elabora un resumen de otra obra también vuelca su propia subjetividad en esta. Y noto que el tema de los mitos, la religión y las otras lógicas (no soportadas por el establishment:  tanto las lógicas culturales como las lógicas no clásicas e, inclusive, las lógicas, que denominaré por falta de otro término más adecuado, no contactadas) son parte del interés del profesor Flores Quelopana.

Me sorprende, por ejemplo, que mencione el tema de los mitos y de la religión dado que esto se menciona en el libro cuando se habla del argumento ontológico de Gödel. Aunque no se enfaticen esos conceptos es interesante lo que el profesor revela con su resumen. Hay cosas que uno como autor no logra anticipar como el hecho de que algunas ideas que podrían ser consideradas secundarias o transitorias sean vistas por los demás como valiosas y de trascendencia. Eso no lo había logrado discernir adecuadamente. Precisamente, en ese escrito sobre Gödel se menciona a Dios y a la filosofía de la religión para tratar previamente el argumento ontológico, pero el profesor Flores Quelopana le da una orientación interesante que me ha llamado profundamente la atención.

Ciertamente con este libro buscamos problematizar aquella lógica que se considera formalista, matemática o simbólica y que, muchas veces, aleja al público en vez de acercarlo. También, estamos interesados en otras lógicas (las llamadas lógicas no clásicas) y consideramos que están estrechamente vinculadas a las paradojas en el sentido de que creemos que muchas lógicas no clásicas provienen de intentos de resolución de situaciones generadas por las paradojas en distintos ámbitos del pensamiento y la reflexión.

De hecho, admiramos a Bertrand Russell, a Francisco Miró Quesada, a Ferro, a Piscoya y Aristóteles, pero también les podemos criticar con respeto. Consideramos que Russell, por ejemplo, defendió una posición lo más prudente que se podía en la época en la que estuvo vigente su actividad filosófica. El hecho de que después hayan surgido lógicas paraconsistentes o de otra índole que desafía el concepto de la razón tal y como se entiende en Occidente es un asunto ya para polemizar posteriormente, pero su legado es innegable.

Miró Quesada tiene algunos escritos sobre el uso práctico de la lógica que me ha gustado conocer y él considera, desde cierta posición fenomenológica, que tiene una plena relación la forma de pensar con la forma de vivenciar el mundo. Esto, muchas veces, no se suele mencionar en los tratados de lógica.

En relación a Piscoya me parece interesante su enfoque formal, su seriedad, su exigencia, pero, al mismo tiempo, no he querido ver a la lógica con una camisa de fuerza (y Piscoya, aunque loable, parece exigir un dominio de reglas lógicas que, normalmente, no maneja la mayoría de alumnos de letras). Creo que necesitamos humanizar este tipo de disciplinas ligadas al pensamiento crítico.

Evidentemente, Aristóteles nos parece un genio, pero no ha sido adecuado repetirlo hasta el cansancio como se hizo en la época medieval, pues ya se reveló con los modernos algunas de sus falencias relacionadas, por ejemplo, a la relación de subordinación en el cuadro de Boecio. También, se menciona a Walter Redmond en la reseña de Flores Quelopana. Y sí, definitivamente, hay una matriz lógica aquí en el Perú que se remonta a la época del virreinato y se considera que, aunque invisibilizada, dicha tradición ha sido continuada por grandes especialistas como Ferro, Miró Quesada y Piscoya, entre otros.

No se trata explícitamente en el texto analizado sobre lógica y su relación con la inteligencia artificial porque el tema aún es nuevo y el libro tenía otra intención, pero me parece valioso lo que menciona Flores al respecto de la automatización de esta y que si esta mecanización de la inteligencia artificial es o no compatible con aquella lógica que se cuestiona en estos dos volúmenes.

Sobre Juan Bautista Ferro habría mucho que mencionar: su trabajo, su obra, su vida misma, la falta de estudios de su persona o, también, su poca costumbre para escribir papers o textos filosóficos debido a cierta convicción, un tanto radical, de que lo mejor es conversar antes que escribir.

En ese sentido, yo defiendo una lógica que sí sea tolerante, que esté abierta, que sea humanizada, que no se preste mucho a la anulación o la ridiculización de los demás o que no genere soberbia frente al público. Más bien, creo que la vida no debe adaptarse a las reglas lógicas, sino que es, a la inversa, las reglas lógicas deberían servir para, de alguna forma, orientarnos o guiarnos en el pensamiento crítico, en el debate cotidiano. Solo así la lógica será una herramienta valiosa. En ese sentido, agradezco el resumen del profesor Flores Quelopana.

 

Pueblo Libre, 8 de febrero del 2026

sábado, 7 de febrero de 2026

LA GUERRA FRÍA ENTRE NACIONALISTAS Y GLOBALISTAS EN LA ÉLITE MUNDIAL

 


LA GUERRA FRÍA ENTRE NACIONALISTAS Y GLOBALISTAS EN LA ÉLITE MUNDIAL

La política internacional contemporánea se encuentra marcada por una nueva forma de confrontación que no se expresa en términos clásicos de bloques ideológicos, sino en la pugna entre nacionalistas y globalistas dentro de la propia élite plutocrática occidental. Esta disputa, que atraviesa Estados Unidos, Europa y América Latina, se proyecta sobre el resto del mundo y se enfrenta a un bloque multipolar cada vez más cohesionado, encabezado por Rusia, China e Irán.

Este nuevo escenario geopolítico no puede entenderse sin reconocer que la fractura interna de la élite occidental es también una lucha por el control de los recursos, las instituciones y la narrativa global. Los globalistas, apoyados en corporaciones transnacionales y organismos multilaterales, buscan sostener un orden liberal que garantice la interdependencia y la apertura de mercados. Los nacionalistas, en cambio, se apoyan en fortunas industriales y energéticas con fuerte arraigo nacional, defendiendo la soberanía y la negociación bilateral. Esta pugna no es meramente ideológica: es una disputa por quién define las reglas del juego en un mundo que ya no es unipolar.

Al mismo tiempo, el bloque multipolar aprovecha esta división para proyectar cohesión y fuerza. Rusia, China e Irán coordinan ejercicios militares, acuerdos energéticos y financieros, y se presentan como alternativa a la hegemonía occidental. Mientras Occidente se desgasta en su guerra fría interna entre globalistas y nacionalistas, el multipolarismo avanza con una narrativa de unidad y soberanía. Europa y América Latina, atrapadas en medio de esta confrontación, se convierten en escenarios decisivos: allí el triunfo de los nacionalistas debilita aún más la agenda globalista y refuerza la tendencia hacia un orden internacional multipolar.

China y Rusia: globalización con matices propios

China y Rusia no rechazan la globalización, pero la reinterpretan desde su lógica de poder. Moscú la asume de manera selectiva, como un campo de batalla donde puede proyectar influencia energética y militar, defendiendo un modelo soberanista frente a la agenda liberal. Pekín, en cambio, la abraza pragmáticamente como motor de crecimiento, expandiendo su influencia mediante la Nueva Ruta de la Seda y nuevas instituciones financieras, pero sin liberalizar su sistema político. Ambos coinciden en aceptar la interconexión mundial, pero bajo reglas que fortalezcan su soberanía y multipolaridad.

China y Rusia, al reinterpretar la globalización desde sus propios intereses, han abierto espacio para que otros actores como Corea del Norte se inserten en esta dinámica multipolar. Pyongyang, aunque aislado y sancionado por Occidente, encuentra respaldo en Moscú y Pekín, que lo utilizan como pieza estratégica para desafiar la hegemonía estadounidense en Asia. Corea del Norte no busca integrarse en la globalización económica, pero sí aprovecha la cobertura política y militar de Rusia y China para sostener su programa nuclear y proyectar una imagen de resistencia soberana. De este modo, se convierte en un aliado incómodo pero útil dentro del bloque multipolar, reforzando la narrativa de que la globalización puede ser moldeada en función de la soberanía y no de la apertura liberal.

Además, la interacción entre estos tres países muestra que la globalización no es un fenómeno homogéneo, sino un campo de disputa. Mientras China la utiliza para expandir su influencia económica, Rusia para proyectar poder energético y militar, y Corea del Norte para legitimar su resistencia frente a Occidente, todos coinciden en rechazar la idea de un orden mundial unipolar. La presencia de Corea del Norte en este entramado multipolar subraya que incluso los Estados más aislados pueden encontrar un rol estratégico en la redefinición de la globalización, siempre que se alineen con la lógica de soberanía y confrontación al liberalismo occidental.

En el caso de Cuba, el endurecimiento del embargo bajo la administración Trump se tradujo en un bloqueo energético más agresivo, diseñado para cortar el acceso de la isla a combustibles y proveedores internacionales. Esta estrategia buscaba no solo asfixiar económicamente al gobierno cubano, sino también desafiar directamente a Rusia y China, que han intentado sostener a La Habana con envíos de petróleo y cooperación técnica. Aunque Moscú ha reiterado su compromiso de mantener suministros, las restricciones logísticas y financieras han hecho que Cuba enfrente una crisis energética recurrente, obligándola a depender aún más de sus aliados estratégicos y a mostrar la fragilidad de su soberanía frente a la presión nacionalista estadounidense.

En cuanto a Venezuela, el relato del secuestro de Nicolás Maduro se inscribe en la lógica nacionalista de utilizar la fuerza directa para reconfigurar el mapa energético regional. La captura del presidente venezolano es interpretada como un intento de hacerse del control del petróleo del país, debilitando la influencia de Rusia y China, principales socios de Caracas en el ámbito energético y financiero. Este hecho no solo buscaba precipitar un cambio de régimen, sino también enviar un mensaje claro al bloque multipolar: los nacionalistas estadounidenses están dispuestos a desafiar abiertamente su presencia en América Latina. Para Venezuela, este episodio simboliza la vulnerabilidad de su soberanía frente a una estrategia que combina presión militar y objetivos económicos, en un tablero donde el petróleo sigue siendo la pieza central de la disputa global.

Tras la agresión de Estados Unidos contra Venezuela y las amenazas directas de Donald Trump hacia México y Colombia, tanto Rusia como China han manifestado su disposición a respaldar a estos países frente a un eventual ataque. La nueva Estrategia de Defensa Nacional 2026 de Washington prioriza la hegemonía en el hemisferio occidental y ha reactivado la lógica de la Doctrina Monroe, lo que ha generado alarma en la región. En respuesta, Moscú y Pekín han advertido que no permanecerán pasivos ante una intervención militar estadounidense en México o Colombia, y han intensificado sus contactos diplomáticos y acuerdos de cooperación con ambos gobiernos .

Este posicionamiento multipolar convierte a México y Colombia en piezas clave del tablero geopolítico. Para Rusia y China, defenderlos no solo significa proteger aliados estratégicos en América Latina, sino también desafiar directamente la capacidad de Trump de imponer su agenda nacionalista en el “patio trasero” de Estados Unidos. La amenaza de intervención ha llevado a que líderes como Claudia Sheinbaum en México y Gustavo Petro en Colombia refuercen sus vínculos con el bloque multipolar, buscando garantías de seguridad y apoyo económico. Así, la confrontación entre nacionalistas y globalistas en la élite occidental se entrelaza con la resistencia multipolar, mostrando que América Latina se ha convertido en un escenario decisivo de la nueva guerra fría global

El caso de Perú se ha convertido en un punto de tensión dentro del tablero geopolítico latinoamericano. El puerto de Chancay, con fuerte inversión china, es visto por Washington como una amenaza estratégica en el Pacífico, y bajo la lógica nacionalista de Trump se interpreta como un enclave que debe ser neutralizado. Ante esta presión, Lima ha intentado ofrecer alternativas como el desarrollo del puerto de Corío, buscando atraer inversión estadounidense para equilibrar la influencia china. Sin embargo, la política de Trump no se orienta hacia la cooperación económica, sino hacia la imposición militar, lo que deja a Perú en una posición vulnerable frente a posibles medidas coercitivas.

La situación se complica aún más por las divisiones internas en las Fuerzas Armadas peruanas. Históricamente, la Marina de Guerra ha mostrado afinidad hacia Estados Unidos, mientras que el Ejército ha sido más proclive a resistir la injerencia externa. Esta fractura institucional genera incertidumbre sobre la capacidad de respuesta del país ante un escenario de presión militar. A ello se suma la corrupción y las mafias que corroen las entrañas de los institutos armados, debilitando su cohesión y credibilidad. En este contexto, Perú espera su momento de recibir el “garrotazo” de Trump, atrapado entre la necesidad de defender su soberanía y las tensiones internas que limitan su margen de maniobra.

En el caso de Perú, la estrategia de defensa se ha ampliado con convenios tanto con Corea del Sur como con Israel, lo que refleja una apuesta por diversificar socios tecnológicos y militares. Estos acuerdos buscan transferir conocimiento, modernizar la industria nacional y dotar al país de mayor autonomía en la producción y mantenimiento de sistemas de defensa. Corea del Sur aporta experiencia en construcción naval y blindados, mientras que Israel ofrece tecnología avanzada en sistemas de inteligencia, drones y defensa aérea, fortaleciendo así la capacidad peruana de enfrentar escenarios de presión externa.

Al mismo tiempo, Estados Unidos procura insertarse en esta nueva política de soberanía estratégica mediante su participación en proyectos clave como la base naval del Callao y la estación aeroespacial de Talara, además de promover la incorporación de sus F-16 en la Fuerza Aérea del Perú (FAP). Esta dinámica revela un pulso geopolítico: mientras Perú busca consolidar una industria militar soberana con apoyo de Corea del Sur e Israel, Washington intenta mantener influencia directa sobre la infraestructura estratégica del país. El resultado es un equilibrio delicado, donde Lima procura ganar autonomía sin romper con la presencia estadounidense, en un contexto regional marcado por la confrontación entre nacionalistas y globalistas.

Irán e Israel: divergencias entre globalistas y nacionalistas

En Medio Oriente, la división se refleja en la postura hacia Irán e Israel. Los globalistas tienden a alinearse con Tel Aviv, aceptando la narrativa de que Irán es una amenaza existencial. Los nacionalistas, aunque reconocen la alianza con Israel, se muestran más reacios a dejarse presionar por Netanyahu para atacar directamente a Irán, prefiriendo la disuasión y la negociación. Esta diferencia explica las tensiones entre Washington e Israel bajo liderazgos nacionalistas.

La relación entre Irán e Israel se ha convertido en uno de los puntos más sensibles de la confrontación entre globalistas y nacionalistas dentro de la élite occidental. Para los globalistas, Irán representa una amenaza existencial que debe ser contenida mediante sanciones, aislamiento diplomático y, en última instancia, la posibilidad de una intervención militar. Israel, bajo el liderazgo de Netanyahu, ha sido el principal impulsor de esta narrativa, buscando arrastrar a Washington hacia una confrontación directa. Sin embargo, los nacionalistas estadounidenses, aunque mantienen la alianza estratégica con Tel Aviv, se muestran más reacios a comprometer recursos en una guerra abierta contra Irán, prefiriendo la disuasión y la negociación como mecanismos para evitar un conflicto regional de gran escala.

Esta diferencia de enfoque ha generado tensiones palpables entre Washington e Israel. Mientras los globalistas respaldan sin reservas la agenda israelí, los nacionalistas consideran que un ataque directo contra Irán podría desestabilizar aún más Medio Oriente y distraer a Estados Unidos de su competencia estratégica con China. En este contexto, Irán aprovecha la división occidental para reforzar sus vínculos con Rusia y China, consolidando el bloque multipolar y presentándose como un actor capaz de resistir la presión globalista. La pugna entre nacionalistas y globalistas, por tanto, no solo define la política hacia Israel e Irán, sino que también reconfigura el equilibrio de poder en toda la región.

Ucrania: pragmatismo frente a resistencia

La guerra en Ucrania es otro escenario donde se evidencia la fractura. Los globalistas apoyan firmemente a Zelensky para resistir a Rusia y recuperar todo el territorio ocupado, mientras los nacionalistas presionan por una salida negociada, incluso con cesiones territoriales, para evitar un conflicto prolongado que desgaste a Occidente y distraiga de la competencia con China.

Tras el retorno de Trump al poder, el escenario para Ucrania cambió radicalmente. La Casa Blanca dejó de respaldar con firmeza a Zelensky, lo que debilitó la posición de Kiev y la dejó prácticamente sola frente a Rusia. La Unión Europea, a su vez, se encuentra fragmentada y debilitada por el ascenso de gobiernos nacionalistas en varios países, lo que reduce su capacidad de sostener un apoyo militar y financiero prolongado. En este nuevo contexto, Ucrania ha perdido gran parte del respaldo que antes recibía de Occidente, quedando atrapada en una guerra de desgaste con un margen de maniobra cada vez más limitado.

Ante este aislamiento, Zelensky ha recurrido a tácticas más desesperadas, incluyendo acciones que rozan el terrorismo como forma de provocar una confrontación directa entre las grandes potencias. La lógica detrás de estas medidas es clara: sin apoyo sólido de Estados Unidos y con una Europa debilitada, Ucrania necesita generar un escenario de escalada que obligue a Occidente a intervenir de manera más contundente. Estas acciones, sin embargo, han incrementado la percepción de Kiev como un actor imprevisible, lo que complica aún más su relación con los nacionalistas estadounidenses y con sectores europeos que buscan evitar una guerra abierta con Rusia.

El resultado es un panorama en el que Ucrania se encuentra en una posición extremadamente vulnerable. La falta de respaldo globalista, el pragmatismo nacionalista en Washington y la fragmentación europea han dejado a Zelensky con pocas opciones más allá de la provocación. Rusia, por su parte, aprovecha esta coyuntura para consolidar sus avances territoriales y reforzar su narrativa de que Occidente ya no tiene la voluntad ni la capacidad de sostener a Ucrania. Así, la guerra se convierte en un símbolo de la fractura entre globalistas y nacionalistas en la élite mundial, y de cómo esa disputa interna en Occidente repercute directamente en el destino de países atrapados en el tablero geopolítico.

La plutocracia detrás de ambos bloques

Tanto globalistas como nacionalistas están sostenidos por plutocracias rivales. Los globalistas se apoyan en corporaciones transnacionales, fondos de inversión y organismos multilaterales, mientras los nacionalistas se respaldan en fortunas industriales y energéticas con fuerte arraigo nacional. Ambos buscan preservar su poder económico, pero con modelos distintos: integración mundial versus soberanía económica.

Los globalistas se sostienen en una red de corporaciones transnacionales y fondos de inversión que operan a escala planetaria. Entre ellos destaca BlackRock, el mayor gestor de activos del mundo, que se ha convertido en un actor central en la arquitectura financiera global. Su influencia se extiende a gobiernos, bancos centrales y organismos multilaterales, reforzando la lógica de integración mundial y de dependencia de los mercados financieros internacionales. Junto a BlackRock, otras firmas como Vanguard y State Street consolidan un poder económico que respalda la agenda globalista, garantizando que las decisiones políticas se alineen con los intereses de los grandes capitales financieros.

En contraste, los nacionalistas encuentran apoyo en conglomerados energéticos, industriales y agrícolas que defienden la soberanía económica frente a la apertura global. Estos grupos buscan preservar mercados internos y limitar la influencia de instituciones internacionales, apostando por un modelo de desarrollo más cerrado y autosuficiente. En Estados Unidos, fortunas vinculadas al petróleo, al gas y a la industria pesada han sido pilares de esta corriente, mientras que en otras regiones los nacionalistas se apoyan en élites empresariales locales que rechazan la penetración de fondos globalistas como BlackRock. Así, la disputa entre ambos bloques refleja no solo una diferencia ideológica, sino también una pugna entre plutocracias rivales que buscan imponer su modelo de poder económico en el orden mundial.

El retiro de Trump de más de medio centenar de organismos internacionales debe entenderse como una estrategia deliberada para debilitar a los globalistas, quienes presiden y articulan gran parte de esas agendas multilaterales. Al abandonar espacios como la UNESCO, la OMS o tratados de cooperación ambiental y comercial, Washington bajo liderazgo nacionalista buscó reducir la capacidad de influencia de corporaciones transnacionales, fondos de inversión y organismos financieros que sostienen el poder globalista.

Este movimiento no solo significó un repliegue de Estados Unidos hacia una política más soberanista, sino también un golpe directo a la arquitectura institucional que los globalistas utilizan para imponer reglas de integración mundial. En la práctica, el retiro de Trump dejó vacíos de liderazgo en organismos clave, debilitó la coordinación internacional y reforzó la narrativa de que las decisiones estratégicas deben tomarse desde la soberanía nacional y no desde estructuras multilaterales dominadas por plutocracias financieras como BlackRock y otros grandes gestores de capital.

El caso Epstein: vínculos transversales

El escándalo de Jeffrey Epstein reveló conexiones con figuras de alto perfil tanto globalistas como nacionalistas, mostrando que las redes de poder atraviesan ideologías. Aunque aparecer en registros no implica culpabilidad, el caso se convirtió en símbolo de la opacidad de las élites y alimentó la percepción de corrupción compartida.

El caso Epstein se convirtió en un símbolo de cómo las redes de poder atraviesan ideologías y bloques. En sus registros aparecieron nombres de magnates, miembros de la realeza y políticos de alto perfil, lo que alimentó la percepción de que las élites —tanto globalistas como nacionalistas— compartían espacios de opacidad y corrupción. La magnitud del escándalo mostró que las estructuras de poder no se limitan a un solo bloque, sino que se entrelazan en redes transversales que utilizan la influencia y el silencio como mecanismos de protección.

Diversos analistas han señalado que Epstein funcionaba como un mascarón de proa de un entramado mucho más amplio, vinculado a agencias de inteligencia como el Mossad, la CIA, el MI5 y el FBI. Según estas interpretaciones, su red de explotación sexual habría servido como instrumento de chantaje político y financiero, permitiendo a los globalistas mantener bajo control a figuras estratégicas mediante la amenaza de exposición pública. Aunque no todos los nombres vinculados han sido acusados formalmente, la sola aparición en los registros generó sospechas y debilitó la confianza en las élites.

Este entramado refuerza la idea de que la plutocracia globalista no solo se sostiene en corporaciones y fondos de inversión, sino también en mecanismos de presión ilegítimos. El caso Epstein expuso cómo el poder económico y político puede recurrir a redes clandestinas para garantizar obediencia y preservar intereses geopolíticos. Así, más allá de la dimensión judicial, el escándalo se convirtió en un espejo de la fragilidad ética de las élites y en un recordatorio de que la corrupción y el abuso atraviesan fronteras ideológicas y nacionales. Occidente está podrido hasta el tuétano.

Control nuclear: tratados versus soberanía

En materia nuclear, los globalistas defienden tratados multilaterales como el TNP o el JCPOA, mientras los nacionalistas prefieren mantener libertad de acción y usar el arsenal como herramienta de disuasión soberana. Trump abandonó acuerdos como el INF para presionar por la inclusión de China en nuevas negociaciones, reflejando la lógica nacionalista de redefinir el equilibrio estratégico.

El debate nuclear revela una clara asimetría en el tratamiento de los distintos arsenales. Mientras los globalistas insisten en presionar a Irán para que no desarrolle armas atómicas, rara vez se alude al arsenal de Israel, que aunque no declarado oficialmente, es ampliamente reconocido como existente y operativo. De igual modo, los arsenales de Pakistán e India se mantienen fuera del escrutinio constante, pese a que representan riesgos de proliferación y tensiones regionales. Esta selectividad muestra cómo los tratados multilaterales son aplicados de manera desigual, reforzando la percepción de que las reglas globalistas sirven más para contener a ciertos países que para garantizar un equilibrio universal.

En contraste, los nacionalistas prefieren mantener libertad de acción y utilizan el arsenal nuclear como herramienta de disuasión soberana. Bajo esta lógica, se justifica la presión sobre Irán para que avance hacia la obtención de un arma atómica, no como un acto de agresión, sino como un mecanismo de defensa frente a la hegemonía occidental y la amenaza constante de Israel. La narrativa nacionalista sostiene que, si otros países como India, Pakistán e Israel pueden mantener arsenales sin sanciones severas, entonces Irán también debería tener derecho a desarrollar uno para equilibrar el tablero estratégico.

La mención ocasional al arsenal de Corea del Norte refuerza esta dinámica: Pyongyang es presentado como un ejemplo de cómo un país aislado puede garantizar su supervivencia mediante la disuasión nuclear. En este sentido, la presión sobre Irán se convierte en un punto de fricción entre globalistas y nacionalistas: los primeros buscan impedir que se sume al club nuclear, mientras los segundos ven en ello una oportunidad para desafiar la hegemonía occidental y consolidar un orden multipolar donde la soberanía estratégica prevalezca sobre los tratados multilaterales.

Netanyahu contra las cuerdas

Netanyahu enfrenta una crisis interna sin precedentes y creciente aislamiento externo. Su intento de arrastrar a EE. UU. hacia una guerra contra Irán choca con la resistencia de los nacionalistas estadounidenses y con la demostración de fuerza del bloque Rusia–China–Irán mediante ejercicios navales en el Golfo Pérsico. El sionismo de Netanyahu parece llegar a su límite de subsistencia, debilitado por la presión interna y la multipolaridad externa.

El desgaste político de Netanyahu se ha intensificado al punto de que varios países ya han emitido órdenes de captura internacional en su contra, acusándolo de crímenes de guerra y violaciones de derechos humanos en el marco del conflicto palestino. Estas decisiones judiciales, aunque de difícil ejecución, lo han convertido en una figura cada vez más aislada en el escenario internacional, debilitando su capacidad de maniobra y erosionando la legitimidad de su liderazgo dentro y fuera de Israel.

Ante este aislamiento, Netanyahu busca con desesperación arrastrar a Estados Unidos hacia una guerra contra Irán, convencido de que solo una confrontación abierta podría salvarlo políticamente y garantizar su supervivencia en el poder. Sin embargo, la resistencia de los nacionalistas estadounidenses a involucrarse en un conflicto directo, sumada al fortalecimiento del bloque Rusia–China–Irán, ha frustrado sus intentos de escalar la tensión. La multipolaridad emergente lo deja cada vez más sin aliados dispuestos a respaldar su agenda bélica.

La demostración de fuerza de Irán, especialmente con el despliegue de misiles hipersónicos, ha sido un factor decisivo para contener las ambiciones de Netanyahu. Estos sistemas de disuasión han elevado el costo de cualquier ataque y han mostrado que Tel Aviv no puede imponer unilateralmente su voluntad sin enfrentar consecuencias estratégicas graves. Así, Netanyahu se encuentra contra las cuerdas: debilitado por la presión interna, aislado en el plano externo y frenado por la capacidad militar de sus adversarios, su sionismo se enfrenta al límite de subsistencia en un mundo que ya no responde a las reglas de un orden unipolar.

En este escenario, solo la desubicada Gran Bretaña, la Francia de Macron y la Alemania de Mertz se mantienen como apoyos visibles al desvarío de Netanyahu. Estos gobiernos, alineados con la agenda globalista, continúan respaldando a Tel Aviv pese al creciente aislamiento internacional y las órdenes de captura emitidas contra el líder israelí. Su postura refleja más una inercia política y un compromiso con la narrativa tradicional de seguridad occidental que una evaluación realista del nuevo equilibrio multipolar. Al sostener a Netanyahu, Londres, París y Berlín se exponen a quedar marginados junto con él, defendiendo una estrategia que ya no cuenta con legitimidad ni respaldo mayoritario en el sistema internacional.

El lobby sionista: fuerte con globalistas, débil con nacionalistas

El lobby sionista se fortalece bajo gobiernos globalistas, que integran su agenda en la defensa del orden liberal internacional. En cambio, bajo nacionalistas pierde influencia, porque estos priorizan la soberanía y rechazan comprometerse en guerras que no consideran propias.

El lobby sionista atraviesa un momento de fuerte cuestionamiento dentro de los propios Estados Unidos. El genocidio en Gaza ha generado un repudio creciente en amplios sectores de la sociedad, incluyendo movimientos estudiantiles, organizaciones de derechos humanos y parte de la opinión pública que antes permanecía indiferente. Esta presión interna ha debilitado la capacidad del lobby para imponer su agenda sin resistencia, mostrando que su influencia no es absoluta y que puede ser erosionada cuando las acciones de Israel generan rechazo masivo.

Incluso dentro del Congreso y en espacios políticos estadounidenses, se observa un distanciamiento progresivo: algunos legisladores han comenzado a cuestionar abiertamente el apoyo irrestricto a Tel Aviv, reflejando el impacto de las imágenes y testimonios provenientes de Gaza. El lobby, que bajo gobiernos globalistas se fortalecía con facilidad, ahora enfrenta un escenario más adverso, donde la narrativa de seguridad y defensa de Israel choca con la indignación por las violaciones de derechos humanos. Así, el repudio interno en EE. UU. se convierte en un factor que debilita su capacidad de presión y evidencia la fractura entre globalistas y nacionalistas respecto al papel de Israel en la política internacional.

América Latina: soberanía en disputa

En América Latina, los globalistas subordinan la región a organismos internacionales y cadenas globales de valor, mientras los nacionalistas presionan bilateralmente, debilitando aún más la soberanía política y económica. La región se ve atrapada entre dos formas de subordinación, pero con creciente inclinación hacia proyectos soberanistas y multipolares.

En Cuba, la disputa por la soberanía se expresa en la resistencia frente al bloqueo criminal e ilegal energético y financiero impuesto por Estados Unidos. La isla, debilitada por décadas de sanciones, busca sostener su autonomía mediante alianzas con Rusia y China, que le proveen apoyo técnico y energético. Sin embargo, la presión globalista a través de organismos multilaterales y la presión nacionalista mediante sanciones bilaterales mantienen a Cuba atrapada en un escenario de dependencia, donde la multipolaridad aparece como única salida para preservar su soberanía.

En México, la tensión se refleja en la relación con Washington. Los globalistas han subordinado al país a tratados como el T-MEC y a cadenas globales de valor, mientras los nacionalistas estadounidenses presionan bilateralmente para imponer condiciones energéticas y de seguridad. El gobierno mexicano, bajo Claudia Sheinbaum, busca equilibrar estas presiones con una política soberanista que refuerce vínculos con China y Rusia, conscientes de que la defensa de su autonomía es clave para evitar quedar atrapado en la lógica de subordinación.

En Brasil, la disputa se manifiesta en la pugna entre proyectos globalistas que lo integran como proveedor de materias primas y los intentos nacionalistas de Washington de presionar por alineamientos bilaterales. El gobierno brasileño, con Lula da Silva, ha buscado fortalecer el eje multipolar mediante su participación en los BRICS, apostando por una soberanía económica que reduzca la dependencia de organismos internacionales dominados por los globalistas. Esta estrategia coloca a Brasil como un actor central en la construcción de un orden alternativo.

En Argentina, la tensión es aún más evidente. Los globalistas han subordinado al país a la deuda con el FMI y a la dependencia de cadenas financieras internacionales, mientras los nacionalistas estadounidenses presionan por acuerdos bilaterales que condicionan su política energética y militar. El gobierno argentino intenta recuperar soberanía mediante alianzas con China y Rusia, especialmente en infraestructura y energía, aunque enfrenta la resistencia de sectores internos alineados con la agenda globalista. La disputa por la soberanía argentina refleja el dilema regional: atrapada entre dos formas de subordinación, pero con una creciente inclinación hacia proyectos soberanistas y multipolares.

Europa: más afectada bajo los nacionalistas

Europa, bastión del globalismo, se ve más afectada bajo los nacionalistas. Con los globalistas, la UE se integra en un orden regulado, aunque limitado en soberanía. Con los nacionalistas, la fragmentación interna se profundiza, la dependencia militar de EE. UU. aumenta y la capacidad de negociación se reduce. El intento de salvarse con un tratado comercial con India parece llegar demasiado tarde frente al avance del multipolarismo.

En Europa del Este, la presión nacionalista estadounidense ha debilitado la cohesión de la Unión Europea. Países como Polonia y Hungría, que ya mostraban tensiones con Bruselas, han intensificado su distanciamiento, priorizando acuerdos bilaterales con Washington en materia de seguridad. Esto ha fragmentado aún más la política común europea y ha expuesto la dependencia militar de la OTAN, dominada por Estados Unidos, dejando a la UE sin capacidad real de negociación frente al bloque multipolar.

En Europa Occidental, Francia bajo Macron y Alemania bajo Mertz han intentado sostener la agenda globalista, pero bajo el liderazgo nacionalista de Trump se han visto forzados a aumentar su gasto militar y aceptar condiciones más duras en materia energética. La pérdida de autonomía estratégica se refleja en su incapacidad para definir políticas independientes hacia Rusia y China, quedando atrapados en la lógica de subordinación militar. La fragmentación interna de la UE se profundiza, debilitando su papel como actor global.

En el plano económico, el intento de la UE de salvarse mediante un tratado comercial con India llega demasiado tarde frente al avance del multipolarismo. Mientras Bruselas busca diversificar socios para reducir su dependencia de Estados Unidos y China, India se posiciona como un actor autónomo que negocia desde la fuerza de su propio mercado y su alianza con los BRICS. Esto deja a Europa en una posición de debilidad: atrapada entre la presión nacionalista de Washington y la consolidación de un orden multipolar que ya no reconoce a la UE como un interlocutor central.

Soros y la plutocracia globalista

George Soros, símbolo del globalismo, ve debilitada su influencia bajo los nacionalistas, que lo identifican como enemigo y limitan sus proyectos. Bajo los globalistas, sus fundaciones -como Open Society Foundation- y redes se fortalecen, pero el ascenso nacionalista en Europa y América Latina amenaza directamente sus intereses geopolíticos.

El papel de George Soros, quizá el más perverso de todos, dentro de la plutocracia globalista se ha convertido en un símbolo de la agenda mundial que busca debilitar la soberanía de los Estados nacionales. A través de sus fundaciones y redes, ha promovido políticas que subordinan a los países a organismos internacionales y a la lógica de la globalización financiera, erosionando la capacidad de los Estados de decidir de manera autónoma sobre su economía y su política interna. Esta estrategia ha sido interpretada por los nacionalistas como un ataque directo a la soberanía y como un mecanismo para consolidar un orden mundial dominado por corporaciones y fondos de inversión.

Otro aspecto central de su agenda es la transformación de la identidad sexual y cultural, impulsando proyectos como el LGTB que cuestionan los valores tradicionales y las estructuras sociales históricas. Sus fundaciones han financiado movimientos y campañas que promueven cambios radicales en la concepción de género y sexualidad, lo que ha generado resistencia en sectores nacionalistas y conservadores que ven en ello una amenaza a la cohesión social y a la continuidad de las tradiciones culturales. Para los críticos, esta agenda no busca la diversidad, sino la imposición de un modelo cultural homogéneo bajo parámetros globalistas.

Finalmente, la familia como núcleo de la sociedad también ha sido objeto de las iniciativas globalistas vinculadas a Soros. Al promover políticas que relativizan su papel y fomentan modelos alternativos de organización social, sus proyectos han sido percibidos como un intento de debilitar la base de las comunidades nacionales. Los nacionalistas interpretan esta estrategia como parte de un plan más amplio para fragmentar las sociedades y hacerlas más dependientes de estructuras supranacionales. En este sentido, Soros encarna la tensión entre un globalismo que busca imponer su agenda mundial y un nacionalismo que defiende la soberanía, la identidad cultural y la familia como pilares de resistencia.

Escenario final: división occidental y cohesión multipolar

En suma, la élite plutocrática occidental luce dividida entre globalistas y nacionalistas, mientras el bloque multipolar aparece más unido y coordinado. Europa y América Latina avanzan hacia gobiernos nacionalistas que propinan un mayor retroceso a los globalistas. Los nacionalistas reactualizan la Doctrina Monroe para presionar a América Latina, mientras la UE busca salvarse con acuerdos tardíos. El resultado es un mundo en transición hacia la multipolaridad, donde la guerra fría entre nacionalistas y globalistas marca el pulso de la élite mundial.

El desenlace que se perfila es de una intensidad histórica: Occidente se desgarra desde dentro, con sus élites plutocráticas enfrentadas en una guerra fría que paraliza decisiones estratégicas y erosiona su capacidad de liderazgo. Mientras tanto, el bloque multipolar avanza con cohesión, disciplina y claridad de objetivos, consolidando alianzas militares y económicas que dejan a Europa y América Latina en una posición subordinada y debilitada. La fractura occidental no es solo política: es existencial, pues cuestiona la legitimidad misma de su modelo de poder.

La transición hacia la multipolaridad se convierte en un terremoto geopolítico que arrastra viejas certezas y expone la vulnerabilidad de quienes se creían invencibles. Los globalistas, atrapados en su propia red de organismos internacionales, y los nacionalistas, obsesionados con la soberanía, se neutralizan mutuamente, dejando el campo abierto a un nuevo orden. El resultado es un mundo donde las antiguas potencias ya no dictan las reglas, sino que sobreviven en medio de su propia división, mientras el bloque multipolar se erige como el verdadero arquitecto del futuro.

viernes, 6 de febrero de 2026

La universidad peruana y la ideología de género

 


La universidad peruana y la ideología de género

La universidad peruana, como espacio de formación de las élites intelectuales, políticas y científicas del país, ha sido en las últimas décadas escenario de una transformación profunda que no puede entenderse sin observar la influencia de agendas internacionales. Bajo el discurso de la igualdad, los derechos humanos y la inclusión, se han introducido programas, diplomados y líneas de investigación que promueven lo que se denomina ideología de género. Este fenómeno no es espontáneo ni aislado: responde a una estrategia de financiamiento externo que busca penetrar en los núcleos de pensamiento y en la formación de quienes luego ocuparán posiciones clave en el Estado, las ONGs, la ciencia y la cultura.

En este proceso, la universidad peruana atraviesa una etapa de deshumanización y mercantilización nihilista, donde el conocimiento deja de ser búsqueda de verdad y se convierte en mercancía sujeta a los intereses de quienes financian proyectos y programas. La lógica del mercado penetra en la vida académica, subordinando la investigación y la docencia a indicadores de rentabilidad y a la obtención de fondos externos. Bajo esta dinámica, las ONGs vinculadas a las élites neoliberales del planeta se convierten en actores privilegiados que orientan la agenda universitaria, imponiendo prioridades que responden más a intereses globales que a las necesidades locales.

Así, la universidad deja de ser un espacio autónomo de pensamiento crítico y se transforma en un engranaje dentro de un sistema internacional que busca moldear las conciencias y las prácticas sociales. Las ONGs, con el respaldo de magnates y fundaciones transnacionales, actúan como intermediarias que canalizan recursos y discursos hacia las aulas, asegurando que las nuevas generaciones de profesionales reproduzcan una visión del mundo alineada con el globalismo y con la ideología de género. Este proceso erosiona la identidad cultural del país y debilita la institución familiar, sustituyendo valores arraigados por construcciones ideológicas que responden a la lógica de las élites financieras internacionales.

Entre los actores más visibles en este proceso se encuentra la Open Society Foundations (OSF), red creada por George Soros, que ha destinado recursos a universidades peruanas para impulsar proyectos vinculados a género, diversidad sexual y derechos reproductivos. La Pontificia Universidad Católica del Perú (PUCP), la Universidad Antonio Ruiz de Montoya (UARM), la Universidad Peruana Cayetano Heredia (UPCH) y la Universidad Nacional Mayor de San Marcos (UNMSM) son ejemplos de instituciones que han recibido apoyo en programas específicos. Cada una cumple un rol estratégico: la PUCP alimenta la burocracia gubernamental, la UARM nutre a las ONGs, la UPCH fortalece la ciencia médica y la UNMSM sostiene el pensamiento crítico en las humanidades. En conjunto, estas universidades modelan la sociedad peruana desde distintos frentes, y es allí donde el financiamiento externo encuentra terreno fértil para difundir sus agendas.

Para moldear la mentalidad nacional basta influir sobre las universidades claves del escenario académico, pues ellas concentran la producción intelectual y la formación de las élites que luego ocupan posiciones de poder en el país. Salvo honrosas excepciones —como la Universidad de Piura, que mantiene una línea crítica frente a la ideología de género y a la injerencia de las fundaciones internacionales—, la mayor parte de universidades se limita a marcar el paso de las instituciones influyentes de Lima. De este modo, el pensamiento dominante se reproduce casi sin resistencia, asegurando que las agendas externas se instalen en el imaginario colectivo y en las políticas públicas a través de la academia.

La ideología de género, presentada como enfoque académico, se introduce en los currículos universitarios y en la investigación como un marco incuestionable. Sin embargo, detrás de ese discurso se esconde una visión que relativiza la identidad sexual, debilita los fundamentos de la familia y promueve una antropología ajena a la tradición cultural del país. La familia, núcleo esencial de la sociedad peruana, se ve desplazada por propuestas que privilegian construcciones ideológicas sobre la realidad biológica y social. Defender la familia en este contexto significa cuestionar la imposición de agendas externas que, bajo el ropaje de la cooperación internacional, buscan transformar la base cultural de la nación.

La ideología de género resulta abominable porque niega la realidad natural de la diferencia sexual y pretende sustituirla por construcciones arbitrarias que fragmentan la identidad humana. Al despojar al ser humano de su fundamento biológico y espiritual, esta ideología conduce a un relativismo radical que disuelve los vínculos más profundos de la sociedad, comenzando por la familia. Su carácter antiesencialista y nominalista convierte la verdad en mera convención, debilitando la posibilidad de una vida común basada en principios compartidos. En lugar de promover la dignidad de la persona, la ideología de género impone un modelo cultural que erosiona la tradición, desarraiga a las nuevas generaciones y abre paso a un nihilismo que amenaza la cohesión social y la continuidad histórica de la nación.

La ideología de género se inscribe dentro de una ofensiva ideológica de la élite occidental que busca reducir la población mundial mediante la promoción de agendas culturales y tecnológicas que desarraigan al ser humano de su identidad natural. En este marco se incentivan el transhumanismo y el poshumanismo, se impulsa la homosexualización de la población mundial y se difunden discursos que relativizan la verdad y la naturaleza. Entre sus corifeos intelectuales se encuentran figuras como Yuval Noah Harari, Nick Bostrom, Donna Haraway y Rosi Braidotti, quienes desde distintas perspectivas académicas legitiman un proyecto que pretende transformar radicalmente la condición humana, debilitando la familia y la tradición cultural como pilares de la sociedad.

No se trata de negar la importancia de la igualdad ni de los derechos humanos, sino de advertir que el financiamiento de la Open Society Foundations no es neutral. Al dirigir recursos hacia universidades clave, se asegura que las futuras generaciones de profesionales y líderes reproduzcan una visión del mundo alineada con intereses globales más que con las necesidades locales. La universidad peruana, en lugar de ser un espacio autónomo de pensamiento, corre el riesgo de convertirse en un canal de transmisión de ideologías que fragmentan la cohesión social y debilitan la institución familiar.

Defender los derechos humanos significa reconocer la dignidad intrínseca de cada persona, garantizar la igualdad ante la ley y proteger libertades fundamentales como la vida, la libertad de conciencia, la educación y la participación política. Estos principios son universales y no dependen de ideologías particulares, pues se basan en la afirmación de que todo ser humano merece respeto y protección sin importar su condición. La defensa de los derechos humanos busca construir sociedades más justas, donde la familia, la comunidad y las instituciones puedan desarrollarse en armonía con la verdad y la justicia.

Promover la ideología de género, en cambio, implica introducir un marco conceptual que relativiza la identidad sexual y disuelve las bases antropológicas de la persona. Bajo el pretexto de ampliar derechos, esta ideología sustituye la realidad biológica por construcciones culturales arbitrarias, debilitando la institución familiar y generando un relativismo que erosiona los fundamentos de la convivencia social. Mientras los derechos humanos buscan proteger lo que es esencial y universal en la persona, la ideología de género impone una visión particular que responde a intereses globales y que amenaza con fragmentar la cohesión cultural y moral de las naciones.

Autores peruanos han advertido esta situación. Gloria Huarcaya de Garay, profesora de la Universidad de Piura, en su estudio Análisis crítico de la ideología de género en textos escolares de educación secundaria de Perú (2012), señala que la introducción del género en la educación responde a una visión ideológica que relativiza la identidad sexual y afecta la formación de los jóvenes. Fernando Rospigliosi, sociólogo y exministro del Interior, ha escrito en columnas periodísticas que fundaciones como la Open Society financian ONGs que presionan al Estado peruano en temas de género y derechos sexuales, advirtiendo que se trata de una injerencia externa en la política educativa. José Antonio Eguren, filósofo y columnista, ha cuestionado en medios como Expreso la ideología de género y su incorporación en la educación peruana, defendiendo la centralidad de la familia frente a agendas internacionales.

George Soros, alma perturbada y gran conspirador, ha sido descrito como el gran promotor del aborto, del movimiento LGTB, del feminismo radical, de las revoluciones de color, de la inmigración masiva, del globalismo y del totalitarismo financiero. El resultado de sus acciones ha sido la liquidación de la verdad, pues se ha convertido en el más avezado de todos los magnates, sin conciencia de culpa, todo un psicópata, el más tenebroso de la élite mundial. Su trayectoria como especulador financiero sin alma lo muestra como un actor que, lejos de buscar el bien común, ha utilizado su poder para imponer agendas que socavan la familia y la identidad cultural de las naciones.

También es necesario señalar que George Soros no se encuentra solo en esta empresa de dominación cultural y financiera. Figuras como Jeff Bezos, Elon Musk, Bill Gates, Mark Zuckerberg, Rupert Murdoch, Mohammed Bin Salman, Larry Fink y los fundadores de Google, Larry Page y Sergey Brin, conforman junto a él la plutocracia mundial enemiga de la verdad. Estos magnates, algunos de los cuales aparecen mencionados en los ominosos archivos de Epstein, representan el poder concentrado de las élites que buscan moldear la sociedad global según sus intereses, anulando el pensamiento crítico y manipulando las conciencias a través de la tecnología, los medios de comunicación y las finanzas.

Su objetivo no es otro que dominar el mundo, imponiendo un modelo cultural y económico que reduce al ser humano a consumidor y a la familia a una institución obsoleta. Bajo la apariencia de innovación y progreso, estos actores promueven un nihilismo estructural que vacía de sentido la existencia y convierte la vida en un engranaje dentro de un sistema globalista. La ideología de género, el transhumanismo y el poshumanismo son piezas de esta maquinaria que busca desarraigar al hombre de su identidad natural y espiritual, debilitando los fundamentos de la verdad y la tradición.

En realidad, estos magnates se han convertido en monstruos a la cabeza del nihilismo estructural contemporáneo, creyendo conquistar el mundo mientras se pierden a sí mismos en las fauces luciferinas del averno. Su poder desmedido, ejercido sin conciencia de culpa, los coloca como símbolos de una élite que ha renunciado a la verdad y a la justicia, y que en su afán de control ha terminado por encarnar la deshumanización más radical. Frente a esta ofensiva, la defensa de la familia y de la identidad cultural se convierte en un acto de resistencia contra la plutocracia mundial y su proyecto de dominación total.

A estas críticas se suma también la voz de quienes, desde fuera de la universidad, han intervenido en el debate público. Por mi parte como intelectual y filósofo, publiqué Contra el género (Lima: Iipcial, 2023), donde enfatizo la base nominalista, antiesencialista y antimetafísica de la ideología de género, mostrando cómo esta construcción conceptual carece de fundamentos sólidos y se convierte en un instrumento de imposición cultural. Esta perspectiva refuerza la necesidad de defender la familia como núcleo de la sociedad frente a discursos que buscan disolverla en categorías abstractas.

La precarización de la cátedra universitaria constituye uno de los factores más graves que impiden la libertad de expresión entre los docentes. Al estar sometidos a contratos temporales, salarios insuficientes y evaluaciones burocráticas que privilegian la obediencia sobre la creatividad, los profesores se ven obligados a renunciar a la crítica y a la investigación independiente. La amenaza constante de perder el puesto o de ser marginados en la carrera académica genera un clima de autocensura, donde la palabra libre se convierte en un riesgo que pocos están dispuestos a asumir. En lugar de ser espacios de debate y búsqueda de la verdad, las aulas se transforman en escenarios de repetición mecánica de discursos oficiales. Con razón se dice que el adulador institucional sólo busca la supervivencia laboral.

En este contexto, muchos docentes optan por el silencio y por una mediocridad intelectual que les permita mantener la subsistencia. La precariedad los obliga a priorizar la seguridad económica sobre la vocación académica, reduciendo la universidad a un lugar donde se transmiten consignas en vez de ideas. La consecuencia es devastadora: se pierde la riqueza del pensamiento crítico, se empobrece la formación de los estudiantes y se consolida un sistema universitario que, lejos de ser motor de transformación cultural, se convierte en instrumento dócil de las agendas externas. La precarización, por tanto, no solo afecta a los profesores, sino que erosiona la misión misma de la universidad como espacio de libertad y verdad.

El silencio de los profesores frente a la ideología de género los convierte, en la práctica, en cómplices de su difusión, pues al no cuestionarla permiten que se imponga como discurso dominante en la academia. Sin embargo, muchos optan por callar ante el temor de perder su empleo, ya que la universidad ha desarrollado mecanismos punitivos y de represión contra quienes se atreven a desafiar las consignas oficiales. El proceso suele comenzar con una llamada de atención, continúa con sanciones más severas y culmina en el cese irremediable del contrato, acompañado de la construcción de una supuesta “mala fama” contra el profesor rebelde. De este modo, la academia asegura la obediencia y perpetúa un clima de conformismo que sofoca la libertad intelectual y la búsqueda de la verdad.

En conclusión, la universidad peruana no puede seguir siendo un eco servil de las agendas extranjeras ni un taller de ideologías que corroen la verdad y destruyen la familia. O recupera su misión de formar espíritus libres y pensadores críticos, o se hundirá en la mediocridad de ser simple correa de transmisión del globalismo y sus dogmas. La Open Society Foundations y sus aliados han convertido a las universidades en trincheras de una guerra cultural que busca desarraigar nuestra identidad y someter a la nación a un nihilismo estructural.

Es hora de romper el silencio cómplice, de desenmascarar la impostura y de proclamar que la universidad debe ser bastión de la verdad y no guarida de sofismas. Defender la familia, la cultura y la libertad no es un gesto conservador, sino un acto de resistencia frente a la plutocracia mundial que pretende uniformar conciencias y liquidar la tradición. La universidad peruana, si quiere sobrevivir con dignidad, debe rebelarse contra la colonización ideológica y recuperar la energía combativa de quienes, como González Prada, supieron gritar contra el poder y despertar a un pueblo dormido.

Referencias

Eguren, José Antonio. “La ideología de género y la educación peruana.” Expreso, 2018.

Flores Quelopana, Gustavo. Contra el género. Lima: Iipcial, 2023.

Huarcaya de Garay, Gloria. Análisis crítico de la ideología de género en textos escolares de educación secundaria de Perú. Universidad de Piura, 2012.

Martín Jiménez, Cristina. Los dueños del planeta. Ellos contra nosotros. España: Planeta, 2023.Open Society Foundations. Annual Report 2021. Open Society Foundations, 2021.

Open Society Foundations. Annual Report 2021. Open Society Foundations, 2021.

Rospigliosi, Fernando. “La injerencia de las ONGs en la política educativa peruana.” El Comercio, 2019.