sábado, 1 de septiembre de 2012

EL PERU EN BUSCA DEL IDEAL

EL PERU EN BUSCA DEL IDEAL
Gustavo Flores Quelopana
Miembro de la Sociedad Peruana de Filosofía

 

Conforme han ido desapareciendo los regímenes represivos y sucediendo los regímenes democráticos, en el Perú ha crecido el número de protestas sociales. La Defensoría del Pueblo da una cifra anual de más de 150 conflictos activos y más de medio centenar latente, ubicándose entre los más importantes los conflictos medioambientales. Contra lo que piensa la mayoría no se trata aquí de conflictos coyunturales, ni de conflictos estructurales, sino que se trata de algo más grave y profundo. Se trata de la carencia de un ideal consensuado de patria.

La patria es ante todo un ideal y no una cantidad de medio geográfico e histórico que nos hemos asimilado. Aquí no queremos presentar una apología sobre la patria, similar como la hizo Renán en su famosa conferencia en la Sorbona del 11 de marzo de 1882. Lo que se pretende en estas líneas es reflexionar sobre si el Perú tiene un ideal de patria.

Las movilizaciones regionales que proliferan en el Perú lejos de retratar un sentimiento patriota o antipatriota lo que reflejan es que para los peruanos, sobre todo andinos y amazónicos, la patria no es el Perú sino su ciudad o región. Esta es la patria ideal del Perú profundo, y el sentimiento que con él los liga es tan arraigado como el religioso. Nuestros padres, nuestra casa, nuestro campo, nuestra selva, nuestro lago, nuestro río, nuestros cerros, nuestras cosas, son los elementos exteriores que han contribuido a formar el ideal de patria.

Pero la oposición para el Perú profundo no es únicamente entre la defensa del medio natural y la resistencia al medio artificial, sino, también entre Lima-Provincias, esto es, entre la modernidad capitalina y una premodernidad regional que ansía la modernidad. Esto es, que se ponen de manifiesto tendencias contrarias en el seno mismo del Perú profundo. Es decir, no siempre es la pequeña ciudad del interior celosa de su paz pueblerina, sino, está presente al mismo tiempo la pequeña polis con ansías de gran metrópoli.

Los dos momentos más grandes de toda la historia del Perú, los Estados Regionales y el Imperio Incaico, se dieron precisamente cuando se carecía de la idea de nacionalidad. El ideal de los estados regionales era su ciudad y durante el imperio inca la idea de confederación. Pero en ambos casos su ciudad era su patria. Lo cual pervive aun entre nosotros con gran arraigo y hace que los peruanos se sientan ajenos a su obra de nación. Todavía no termina de calar entre nosotros la idea de nación, de esa gran unidad anónima, y en la práctica damos muestras de dar marcha atrás, volviendo a las ciudades independientes. Por eso es que los proyectos federalistas tendrían gran acogida en el espíritu del interior del país, pero con el grave riesgo de poner en peligro la unidad política de la nación. La solución aprista fue el regionalismo, engendro ambiguo entre el centralismo y el federalismo, y, lo que es peor, que no permite poner en cuestión el ideal de patria que queremos.

Apenas constituida la nación en el Perú, con los españoles primero como reino y colonia, y con la república después como ciudadanos libres, nuestro espíritu se sale del cauce y se derrama en todo tipo de esnobismos, quedando el país convertido en un reservorio de mano de obra servil cuando no barata, materias primas y riquezas minerales. Así nuestras glorias han sido exteriores y vanas, tan exteriores que una vez pasadas hemos vuelto a nuestra antigua caverna de pobreza y miseria. Primero fue el oro y la plata, luego el guano, el salitre, después el caucho y el petróleo, ahora son toda una variedad de recursos mineros y no tradicionales, pero hoy como ayer no sabemos si toda esa historia fue realidad o un sueño. Y es así porque no sólo lo miran de esa forma más de 12 millones de peruanos que viven en pobreza, sin contar los que están en el umbral de la miseria, sino porque el puñado de millonarios –diez mil según los últimos datos- es el reflejo de que toda nuestra historia ha sido un profundo error.

Resulta casi baladí decirlo, pero aquí no se trata de aumentar el número de ricos, pues en los Estados Unidos de América se reportan diez millones de millonarios y eso no impide que en las calles de Nueva York pululen debajo de los rascacielos y de los puentes un enorme bolsón de desamparados sin techo, abrigo y comida; y en China apenas son un millón, pero según los expertos el promedio de éstos en un país próspero casi siempre se mantiene no más de 1 por ciento de la población total del país. Entonces, es obvio que de eso no se trata.

Tampoco se trata de lograr un país más igualitario como en los países escandinavos, donde el aumento de la depresión, el alcoholismo, la permisividad sexual y un elevado índice de suicidios ha desembocado en la parálisis moral y el desequilibrio psíquico, lo cual, según se dice, es generada por una excesiva seguridad económica y un gobierno centralizado. Un Estado omnipotente que abastece de todo y no prohíbe nada es tan dañoso como otro que no da casi nada y prohíbe todo. El resultado humano es desastroso, a saber, gente fría, sin sentimientos, sin ternura, incapaz de compartir emociones y sentir amor. Ya no es solamente el silencio sobre Dios, sino que también impera dicho silencio sobre la Naturaleza y sobre el hombre.

Por lo visto, no se trata sólo de nosotros, los peruanos, sino que gran parte de la civilización occidental moderna ha sido un error. Y de entre todos los grandes errores está el del estado centralizado. Este ha mantenido la unidad –y en los estados industriales: la prosperidad-  a través de la fuerza y la fuerza destruye por igual herejía, religión y la voluntad. El Perú también ha sido víctima del empleo sistemático de la fuerza que ha producido su embotamiento.

El espíritu peruano no ha sido sometido a las más formidables presiones inventadas por el mundo moderno -como lo tuvo el Viejo Mundo-. Sin hazañas guerreras y sin terror espiritual han hecho que demos importancia al “come y calla” de la mansedumbre resignada de la oprimida cerviz. Pues si bien, nuestro país es el que ha sostenido más guerras en la subregión, todas, a excepción de la sostenida por la Independencia, contra Chile y contra Sendero Luminoso, fueron de baja intensidad. Así el Perú ha fracasado en la más elemental tarea de toda comunidad civilizada, esto es, la creación de un ambiente común. Los casi setenta mil muertos de la lucha antiterrorista de hace una década así lo testimonian. Podríamos decir que el Perú se mantiene en un estado de guerra interna casi permanente y en un estado de guerra externa sólo latente.

La mayor parte de nuestra historia moderna es un contrasentido político. Así cuando en nuestra patria se introduce el principio revolucionario por Bolívar, Castilla y Velasco, o el principio liberal por Unanue, Luna Pizarro y Bartolomé Herrera, ya llevaba en su seno el germen de su propia esterilidad, porque siempre faltaron fuerzas para destruir de cuajo lo que estorbaba y lo que al cabo provocaba su revitalización. Pocas veces los dos principios tuvieron la fuerza para destronar al otro, se disputaron el cuerpo y alma de la nación pero sólo para alternarse en transacciones estériles.

Así somos el país de los grandes proyectos irrealizados cuando no truncos o que deben esperar lustros para realizarse. Podemos llegar a decir que la psicología del peruano es de los proyectos inconclusos. Ejemplo reciente de ello, es que la enorme capacidad de recursos financieros por parte del Estado es inversamente proporcional a la inmensa incapacidad para gestionarlo en obras públicas, sucediendo lo mismo en el ámbito regional.  Las dos grandes fuerzas del Perú, la que tira para atrás y la que corre hacia adelante, van dislocadas por no querer entenderse.

Pero el fracaso también se da en lo jurídico. Así en pleno litigio por la delimitación marítima con Chile nos mantenemos aferrados a no firmar la CONVEMAR, a la cual casi 170 países están adheridos y sólo una minúscula fracción sin importancia no lo hace, a excepción de Estados Unidos que no lo firma por el asunto de los fondos marinos, y nos aferramos a la tesis territorialista de las 200 millas de Bustamante y Rivero. Y todo esto sucede a despecho de que a sólo 10 millas mar adentro nuestros humildes pescadores pueden ver en la noche un mar iluminado por flotas extranjeras que depredan nuestro mar. En realidad en el Perú cada ciudad, un fuero; cada peruano, un privilegio. El tránsito caótico de las grandes urbes es un botón de muestra, cada conductor se siente con patente de corso para impedir el pase de otro coche y peatón que se le cruce. Lo mismo sucede en nuestro sistema militar, así como lo mejor que se nos acomoda es el atomismo jurídico de manera similar aparece el atomismo guerrero, esto es, la guerrilla; tanto así que si Chile no invadió la sierra fue por la guerrillas de Cáceres.

En lo que respecta a nuestra vida cultural es, como nuestra historia, una continuada invasión de influencias extranjeras. Aun no hemos hecho nada que podamos de verdad llamar propio. Lo más nuestro es lo precolombino, por eso resuena tan nuestro y auténtico los yaravíes románticos de Melgar, Ciro Alegría, el indigenismo mestizo de Arguedas, el vanguardismo de Vallejo y la narrativa de Scorza. Otras grandes creaciones como las tradiciones de Palma, la filosofía de la liberación de Augusto Salazar Bondy, la teología de la liberación del Padre Gustavo Gutiérrez, y la narrativa de Vargas Llosa, llevan el sello eurocéntrico de la cultura occidental. Nuestro barroquismo ingénito, señalado por Martín Adán, nos vuelve oscilantes entre el remedo occidental y el arcaísmo indigenista.

Unos señalan, como Flores Galindo (Buscando un Inca, 1988), que la utopía andina es peligrosa porque reproduce el viejo autoritarismo y por ello es necesario amalgamarlo con el marxismo; otros, como Vargas Llosa (La utopía arcaica, 2004), piensan que el indigenismo es una ficción pasadista ideológica y reaccionaria, que va a contrapelo del indio mismo que se emancipó de ella y optó por la modernidad liberal. Pero en realidad, nuestro  laureado escritor lo que ataca aquí es el indigenismo del primer Valcárcel antioccidental, el de Tempestad en los Andes, pero no el de Ruta Cultural, menos aun el de Uriel García y el del mismo Arguedas. Así el indigenismo que ataca es una ficción, pues el nuevo indigenismo no es afectado por su crítica desfasada e ideológica.

Mientras que la tendencia nativa siempre estuvo presente aunque de modo subalterno, culturalmente hemos tenido como tendencia hegemónica periodos sin unidad de carácter, un periodo escolástico, otro Ilustrado, y otro romántico, luego sigue el positivismo, el espiritualismo y actualmente el posmodernismo. Hemos sido en lo oficial calco y copia del eurocentrismo imperante. Pero no hemos tenido un periodo peruano puro, en el cual nuestro espíritu, ya constituido, diese  frutos propios. Lo más propio en la pintura fue Sabogal, Codesido, Brent, Vinatea Reynoso y Camilo Blas, en el pensamiento Mariátegui y Haya, en filosofía A. Salazar Bondy.

El balance es pues desolador. La obra de restauración del Perú está muy cerca del cimiento, a pesar de las perspectivas de curación que surgen de vez en cuando. En nuestros días de bonanza económica, aunque no de justicia social, parece que al fin vamos a entrar en tierra de promisión, pero repentinamente surgen complicaciones que echan por tierra lo empezado y nos dejan con la esperanza en los labios. Aquí se discute todo y se discute siempre, no somos todavía una nación seria, no sabemos a dónde ir y por no saber nos pasamos el tiempo imitando a los demás.

Hace mucho  tiempo que nos falta la cabeza. La causa de nuestro mal está en la inteligencia. Nuestro espíritu está embotado de mezquindades, nutrido solo de ideas  ridículas, copiadas sin sensatez. Hemos perdido la audacia y la fe. Nuestra extenuación intelectual se revela en la incongruencia de nuestra cultura. Así la fábrica peruana está funcionando por un motor que está fuera de nosotros, es decir, por la demanda externa, y nuestra nación sigue ilusionándose con ser los mejores por su culinaria y ruinas arqueológicas.

Lo único que hoy tenemos en el Perú es el crecimiento de la ignorancia y el orgullo fatuo. No sabemos lo que queremos, valemos muy poco y sabemos poquísimo. No por casualidad nuestra inversión educativa ha sido bajísima durante treinta años. Es decir, tenemos dos generaciones que han crecido incultas y rodeadas diariamente de estulticias. Nuestra televisión es una de las más pobres del mundo en contenido cultural y el gobierno junto con las universidades no promueve ni invierten en investigación, ciencia y cultura. Los institutos de investigación humanísticos y en ciencias aplicadas oficiales y privadas son casi inexistentes y si existen son nominales. Los rectores se eternizan en los cargos para medrar del negocio universitario. Por supuesto que en todo lo dicho hay excepciones, pero la excepción confirma la regla. Nos conformamos con la división internacional del trabajo que nos reserva el lugar de proveedores de materias primas y mano de obra barata.

No hay duda que el Perú de la prosperidad económica está enfermo, débil y postrado espiritualmente, sumido en una profunda debilidad y abatimiento. Nos sucede el peor de todos los males, a saber, la del espíritu sin energía ni grandes ideales. Por eso que el papel intelectual de nuestra nación en el mundo no es muy brillante. Vargas Llosa resarce de alguna forma la pléyade de grandes escritores que ha tenido el Perú, pero años y aun siglos que el sol alumbra en nuestro país para poner al descubierto nuestra decadencia y las ruinas de nuestra antigua gloria.

Ahora, entonces, se comprende que hay una necesidad de destruir nuestras ilusiones nacionales. Peru es una economía de gran empuje en el mundo y Latinoamérica, pero es un actor decadente, que no tiene más solución noble y decente que la de operar en sí mismo una cirugía de alto riesgo en su propio espíritu. Ni duplicar nuestras reservas internacionales, ni unirnos con nuevos tratados de libre comercio con los países que faltan, ni preocuparnos del oro de Conga, ni de la construcción de nuevos aeropuertos para recibir más turistas. Analizando la rosa de los vientos del sino peruano encontramos que la tarea adecuada al Perú de estos tiempos, la más urgente y obvia, es la de reconstruir su espíritu.
Lo que ocurre es que el buen camino está donde no se busca. De ahí la necesidad de destruir las ilusiones nacionales. No hay que esperar nada de la tradición, que si es centro poderoso de resistencia, es también principio débil de actividad. Tampoco hay que soñar que la eliminación de la exclusión social es la panacea de nuestra patología. Lo que hace falta es que los peruanos se pongan a trabajar no en la maniática epidemia de riquezas materiales y del omnívoro centralismo. Lo que hace falta es la acción interior, la vida del espíritu. El capitalismo sustituyó el ideal del guerrero por la del banquero, ahora nos toca a nosotros sustituirla por el ideal del intelectual. No basta con el sacrificio de la vida por la riqueza, hay que luchar por el engrandecimiento de la gran familia en medio de la cual se ha nacido, la ciudad.

En realidad, se trata de una empresa hercúlea y de dimensiones civilizacionales. Tan sólo pensar que hay que edificar una nueva sociedad sin egoísmo racionalizado, sin lucro, impersonalismo y miedo a la reflexión, es ya una tarea de dimensiones descomunales. Pero hay que emprenderla y plantearla. De lo contrario el avasallamiento del hombre máquina, egoísta y sin sentimientos será inevitable. Se terminará imponiendo la barbarie civilizada.  En consecuencia, para ir contra la corriente deshumanizadora hay que rescatar el valor del ocio, la austeridad, la pobreza, el sentimiento de naturaleza, del prójimo y de Dios.

En el Perú de hoy, crece el ansia de escapar al destino nacional, cuya estampa más patética fue la victimización del Perú profundo en la última guerra antisubversiva. El Perú es actualmente una de las economías más dinámicas del mundo, pero una de las sociedades con mayores desigualdades, y en esto se nota que hemos llegado al final de nuestra evolución política. A partir de ahora nos toca vivir un cansancio mortal de historia, trabajar en silencio como seres ahistóricos, entregados en profunda calma a las olas de los abismos interiores que no turban. Nos falta crecer hacia dentro para igualarnos con lo que hemos crecido hacia fuera.

En una palabra, el nuevo camino  para nuestro país es la creación del ideal. Se trata del término de una evolución, que se produce cuando están agotadas todas las soluciones (la industrial, la cibernética, la medioambiental, etc.). Hace falta que Perú se repliegue sobre sí mismo, que emprenda la búsqueda de la verdad in interiorem Peruvianus. Hace falta hacer de nuestra nación una Grecia cristiana. De polis autónomas no ahogadas de lazos políticos. El ideal que se esboza no es nacional, es simplemente patriótico. Evitemos las enormes agregaciones de hombres, para que vivan sanos de espíritu y con corazón cálido. Solamente en estas ciudades autónomas y pequeñas los hombres volverán a filosofar caminando en mangas de camisa sobre sencillas sandalias. Nos hace falta un héroe, un prototipo, un hombre, un líder espiritual, un Sócrates que nos interpele por la verdad de nuestra propia ignorancia.
Lima, Salamanca 01 de setiembre 2012

viernes, 31 de agosto de 2012

EL RELOJ Y LA VIDA COSIFICANTE

EL RELOJ Y LA VIDA COSIFICANTE
Gustavo Flores Quelopana
Miembro de la Sociedad Peruana de Filosofía

 

No padezco de relojfobia, pero otro detalle anecdótico es que el reloj de la Catedral de la ciudad de Toluca dejaba sentir sus fuertes campanadas tan nítidamente hasta las 12 de la noche, que prácticamente no podía pegar ojo hasta que ella se silenciara por completo. Bien decía San Vicente de Paul: "El ruido no hace bien, el bien no hace ruido".

Después me enteré, a través de una excursión con la profesora Cristina en el tranvía turístico de la ciudad, que dichas campanas no sonaban sino que lo que se escuchaba era una estruendosa grabación. Como dicen en mi país "puro hechizo".

A propósito del invento característico de la civilización moderna, es posible meditar sobre el reloj como lo han hecho Sombart, Ganivet y Freyer. El primero destaca su importancia para el burgués hombre económico moderno, el segundo subraya el carácter simbólico de la exactitud y perfección maquinal que deshumaniza al hombre, y el último ha destacado su lugar central como “sistema” del mundo.

Efectivamente, yo coincido en considerar al reloj como el símbolo más cabal de la era moderna e industrial y de la sobrecogedora deshumanización creciente. Y es tanto así, que si quisiéramos dar un nuevo sentido a la historia universal tendríamos que acabar con la tiranía del tiempo abstracto del reloj sobre el tiempo concreto humano.


El reloj ha cargado a la civilización moderna de excesivo sentido histórico, tanto que en el investigador ha interpuesto una distancia tan grande entre su sentido histórico y su objetividad que ya no se siente poseído por aquello que sabe. Es por esto que la investigación erudita es inmensamente sabia pero sin vida, incapaz de promover “renacimientos”. La enseñanza a base de la imparcialidad y neutralidad sólo produce eclecticismos sistemáticos. En cambio, el modelo humano griego era ahistórico pero fecundo por promover un sentido más inmediato de las cosas.

Si la humanidad no sucumbe a sí misma, entonces tiene que llegar el momento de que los relojes sean expuestos como piezas de museo de una era apresurada y sin alma,  donde la actividad excesiva y frenética había destruido el hábito de la contemplación y convertido al hombre en un salvaje vestido a la moda y repleto de artilugios tecnológicos.  Mientras esto no suceda seguirá creciendo la llaga moral de nuestra época. Los postulados supremos de nuestro tiempo son el evangelio del trabajo, la religión de la riqueza, el culto del ahorro, la previsión, la puntualidad y la respetabilidad.  Frente a esta moral del egoísmo racionalizado, que identifica la virtud con la riqueza y que se mueve al ritmo del reloj, hay que oponer el valor del ocio, el valor de la pobreza, la austeridad y el goce creativo del presente.

Pero la civilización occidental moderna está arrojada como un torrente en el activismo que tiene miedo a reflexionar. Ha llegado el momento de detenernos, de abandonar la actividad mercantil, el dinamismo prometeico, vivir sin apresuramientos, sin grandezas de oropel y progresos indefinidos. Ha llegado la hora de saber convivir estáticamente con la naturaleza, el cielo y nosotros mismos.

La sociedad actualmente se ha convertido en una inmensa máquina de relojería de pesadilla, que atormenta hasta límites que ya muchos prefieren convertir su alienación en cosificación y así no sentir su propia esclavitud.  No queda otra salida que negarse a mecanizarse, es irracional que cada nación y cada individuo aspiren a vivir como una máquina para rendir el máximo provecho.


Si queremos salir del presente atolladero más vale dar un paso hacia atrás, reasumiendo la vida estática, para poder dos pasos adelante, reconstruyendo la civilización humana avasallada por la racionalidad técnica y la despersonalización creciente. Desde los cuatro puntos cardinales todos los hombres son convertidos actualmente en esclavos voluntarios de un activismo frenético por un consumo irracional.

Ha llegado la hora de deshacer la megalópolis de hoy y volver a las ciudades-estados de ayer, donde se filosofaba caminando y en mangas de camisa, hay que desmontar la centralización monstruosa de la vida en general que mata la vida del espíritu, convierte a cada ser humano en enemigo del otro e idiotiza a la inteligencia.

Nuestras ciudades artificiales con sus relojes y campanadas han dejado de tener espíritu y lo que tienen es sólo una máscara que trata de adecentar al hombre máquina. Si las pequeñas ciudades griegas fueron la más alta expresión de la cultura humana, en cambio nuestras inmensas ciudades modernas son la expresión más acabada de la barbarie humana.

Ahora hay demasiada gente y muy pocos ciudadanos, la gran familia democrática está destruyendo la familia natural. Hoy la vida se agota en la persecución del lucro, en la sustitución de los móviles interiores por los exteriores y en una execrable inquietud permanente  por un materialismo febril y un individualismo feroz igualmente repugnante. 
 
Lima, Salamanca 31 de Agosto 2012

martes, 21 de agosto de 2012

EL HOMBRE ANÉTICO

EL HOMBRE ANÉTICO
Gustavo Flores Quelopana
Miembro de la Sociedad Peruana de Filosofía



Los mundos nuevos deben ser vividos antes que explicados.
Alejo Carpentier

Qué hizo el pensador posmoderno, desde Lyotard hasta Vattimo, al elaborar una doctrina que vierte una actitud vital que disuelve la necesidad de lo Absoluto. Lo que hizo fue configurar antropológicamente un tipo humano nuevo, el nihilista integral, que se enseñorea por el mundo como un pequeño diosecillo o deus in terris que con su voluntad de poder va decretando lo que es bueno y malo. Es decir, han sonado las trompetas apocalípticas de la disolución de la vida normativa para la humanidad y su reemplazo por lo puramente convencional y pragmático. A este nuevo tipo humano lo denomino el “hombre anético”.

En el fondo del escenario contemporáneo hubo un acontecimiento político decisivo: el poder del comunismo europeo se esfumó y el poder del capitalismo hegemónico neoliberal se regodea como la fuerza capaz de estabilizar a la sociedad. En su frío y cuantitativo racionalismo instrumental lo que importa es la estabilización de las cifras y no los seres humanos. Por su parte, éstos han trocado su dignidad por el salario, o dicho en otros términos, los hombres de hoy prefieren no tener dignidad sino precio. El dinero es el omnipotente santo sanctórum ante el cual no hay ser humano capaz de no inclinar su cerviz.

Pero ambas utopías sociales decepcionaron, y sin utopías no hay metafísica posible. Por lo demás, ambas utopías eran de antemano anti-metafísicas. El mundo se ha achatado, dejando ver solamente su vientre hinchado de placer y cornucopia para el tipo humano frívolo y vacío, que sin sentido de su vida vive estragado en el consumismo y el hedonismo. En las urbes capitalistas centrales y periféricas se vive una sobrevaloración del presente en términos materiales y una infravaloración del futuro en términos espirituales. El resultado es el endiosamiento de lo material y el enanismo espiritual.

Su expresión intelectual es la filosofía posmoderna, la cual emergió gracias al vidrioso postulamiento hecho por Lyotard que debajo de lo que llamamos mundo está la voluntad interpretativa del hombre. En este sentido los posmodernos son los herederos legítimos de la hermenéutica de lo finito de Gadamer. Sin embargo, la filosofía posmoderna sólo se desarrolló porque encontró el suelo apropiado en la era neoliberal y el derrumbe de la utopía socialista. Nada de extraño tiene pues, que teorías parecidas en Wittgenstein, Merleau Ponty, Barthes, Lacan, Serres, Habermas y Arendt, por no encontrar el terreno social apropiado no pasaron de ser nociones correspondientes a una fase de la historia de las ideas.

No obstante, la utopía socialista trata de revivir en aquel sector de Occidente que no se desangró con dos guerras mundiales ni conoció el capitalismo de bienestar de las potencias, esto es, América Latina. Aquí todo un conjunto de países integrados en el Mercosur gestionan una utopía social que trata de desmarcarse del capitalismo neoliberal imperante y anético, cuyo peso abrumador se deja sentir a través de la ubicua economía de mercado.

En realidad, El Informe sobre el saber –subtítulo de la obra de Lyotard-, fue condenado por el Gobierno de Quebec, sobre todo por la conclusión aquella de que “es la sociedad la que legitima el saber científico, porque quiere una ciencia ejecutiva en vista del beneficio”. Es más, esto ocurre, dice, con todo el saber, sea científico o narrativo. Y así devienen en metarrelatos o grandes mitos, que el cuerpo social sostiene como fundamento para su pensar, creer y vivir. Esta conclusión del Informe tenía un fuerte cariz de denuncia sobre la manipulación del saber por parte de la sociedad de consumo. Por lo demás, hecho fácilmente constatable, por ejemplo, en la metamorfosis de la universidad humanista por la universidad empresarial.

Para Lyotard el cuento que está detrás de todos los cuentos resulta siendo una invención en vista de su eficacia social. El saber, en consecuencia, se deslegitima por su “ejecutividad”, que consiste en que “nosotros decidimos acerca del mundo”. La consecuencia inevitable de estas afirmaciones es el relativismo ontológico, el escepticismo gnoseológico y el cinismo moral. Y la condena del Gobierno de Quebec no debe interpretarse como una descalificación, sino, al contrario, como una ruborización provocada por enfrentarse a su propia verdad. Tenía que conmocionar al elemento más anquilosado del aparato oficial, a saber, el homo burocrático. Esto explica que es más fácil entender la filosofía posmoderna considerándola en conexión con los fenómenos sociales antes que verla simplemente como una abstracta fase de la historia de las ideas.

En Lyotard la filosofía posmoderna expresa a la izquierda filosófica anglosajona, frente a la derecha filosófica que no cuestiona la legitimidad del saber científico y narrativo. Pero qué es la modernidad considerada humanamente. No es una actitud eminentemente intelectual dirigida a las minorías, sino que es una postura primordialmente vital dirigida a las mayorías, que manifiesta una pronunciada tendencia a ser asimilada por las sociedades de consumo. Habiéndose esfumado la pretensión de verdad de la razón en el metarrelato científico y narrativo, entonces el hombre ni siquiera queda abandonado a su propio capricho individual y subjetivo, sino a la voluntad impersonal de un mercado que lo gobierna todo. El hombre despersonalizado del imperio del mercado por fin se libera de las ataduras trascendentales normativas, ontológicas y cognoscitivas, tiene a sus pies un mundo a su medida, sin imperativo superior y espiritual alguno, sus caprichos hedonísticos están expeditos a ser satisfechos en la cornucopia de las vitrinas de los grandes supermercados. El se ha vuelto en una mercancía con apetitos, que va sin freno en pos de otras mercancías con o sin apetitos. Su alienación está completa. Al vivir orondo y lirondo en una alienación que ya no le incomoda, entonces pasa a la siguiente fase más profunda de la alienación, esto es, la cosificación humana. La cosificación humana es la condición natural del hombre anético en la fase nihilista de la civilización occidental.

Por consiguiente, lo posmoderno es también una actitud para enfrentar la crisis de ausencia de referentes absolutos. Pero es una actitud negativa, que relativiza mediante la interpretación todo referente fijo y estable. En esto tiene un parentesco con la diatriba de los cínicos Antístenes, Diógenes y Salustio. Su abandono de las ideas y creencias de la modernidad –fe en el progreso, la ciencia y en la razón- ha dado lugar a la resurrección de la carne, el hedonismo, el narcisismo y la indiferencia socio-moral. De esto último, se puede dar cuenta en el país más neoliberal de Sudamérica, a saber, Chile. Aquí el capitalismo monopólico emergente suprimió la gratuidad de la enseñanza pública, en los hechos no existe, la salud pública es desatendida, la estabilidad en el empleo quedó suprimida, el gasto militar es exorbitante y no fiscalizado, la arbitrariedad y abuso del capital no tiene límites. Es decir, la cultura posmoderna destila una sociedad donde la libertad se sobrepone sin límites a la justicia, lo que termina deslegitimando a la propia libertad y va incubando su propia destrucción, aunque no por el camino de la revolución pero sí por la senda de la anomia.

En la cultura posmoderna la forma suprema es la via corpore, que nos pone en contacto con los impulsos más elementales, sobre todo, el del egoísmo. De ahí que el cuidado del cuerpo tenga tanta importancia hoy, la cultura sobra y estorba. En el Perú, por ejemplo, los escritores somos difuntos en vida y los libros permanecen casi siempre inéditos, porque aquí sólo se lee por moda y obligación escolar. Arona decía que cuando entre nosotros se publica un libro pareciera que siguiera inédito. Razón tenía Mariátegui cuando señalaba que el poco interés por la cultura es debido a que hemos asimilado de Occidente la técnica pero no su humanismo y civilización.


No obstante, nuestra tierra está preñada de fervientes, contumaces y afiebrados creadores de cultura. Demás está aquí llenar estas líneas con sus nombres. De modo que, es plausible pensar que cuando nuestra identidad mestiza asimile el humanismo que nos falta, entonces nuestro barroquismo ingénito –que como certeramente lo señaló Martín Adán es un romanticismo inveterado- será completo. Qué duda cabe, somos románticos hasta el tuétano, por eso no nos calza la horma del zapato clasicista, ni el voluminoso tratado teutón. Será recién el momento en  que será posible enarbolar como hecho consumado el sueño de Antenor Orrego sobre el humanismo americano.

En cambio, en el corazón de Occidente el mal es peor, porque siendo la fuente del humanismo le da descaradamente y dramáticamente la espalda, y en su difusión ni los mismos medios cibernéticos sirven. Aquí se trata del propio factor humano que da la espalda al acervo humanista. El internet, el Facebook, los blogs, etc., son en su mayor parte puestos al servicio de la frivolidad, lo informativo y de lo insustancial, que de lo formativo, profundo y reflexivo.

“No creéis ya en nada, normal nomás, actuad, has caso a tus apetitos, y sed como sentís”, es el lema posmoderno. Es la fase en la cual los hombres descubren que pueden dejar de ser hombres sin experimentar remordimientos, ni pesares, desarraigándose de su propia espiritualidad y vertiéndose a su propia sensualidad. Babélicos y sin más convicción en el alma, que la importancia de arribar en la escala social para tener dinero y poder, arrastran por el mundo la destrucción de la era dorada de la modernidad, a saber, la Ilustración.

Si el hombre moderno se constituye en torno al problema de emanciparse del dominio de la Iglesia como depositaria de la verdad revelada, el hombre posmoderno se instituye alrededor del problema de emanciparse de la emancipación misma, esto es, dejar de creer en la importancia de la libertad cuando lo que interesa es la otra libertad, la corporal. Sintomático es que nunca como antes la humanidad padece de obesidad, por no saber contener sus apetitos gastronómicos. Lo mismo sucede con la ola de crímenes, toxicomanía, prostitución, pornografía, alcoholismo, crimen organizado, abuso infantil y de todo tipo, los cuales tienen una misma raíz, es decir, los deseos desbocados por la sociedad del imperio del consumo. Vivimos la abolición del ideal kantiano donde el ideal de libertad es inseparable del ideal de la justicia. En la sociedad del imperio del consumo poco importan ambos, porque el único que se irroga la libertad es el impersonal mecanismo del mercado, donde los seres humanos quedan subsumidos como meros mecanismos en su funcionamiento.

Y la destrucción de la libertad es la destrucción misma del hombre. Cuando Hannah Arendt estudió el caso del nazi capturado en Argentina por los judíos, Eichmann, cerebro de la solución final, se dio con la ingrata sorpresa de que se trataba de un hombre normal y corriente. El filósofo Karl Jaspers la apoyó en su conclusión de que no era un ser demoníaco. Pero era un hombre sin voluntad, sin carácter, llenos de slogans en su cabeza, que no pensaba por sí mismo, un ser totalmente manipulable por el totalitarismo del nazismo. Pues bien, el ejemplo viene a cuento porque hoy vivimos el totalitarismo del mercado, que a millones de seres humanos le dice a qué hora despertar, cómo vestir, qué comer y pensar, cómo trabajar, qué comprar, cómo amar, y pretende dominar hasta sus sueños, su vida subliminal. Esto es, que en nuestra época posmoderna estamos repletos de pequeños Eichmann, que no sólo no saben pensar por sí mismos, sino que no saben pensar empáticamente.

Es decir, el hombre de hoy tiene simpatía pero carece de empatía, justamente la cualidad necesaria para que exista en el mundo la libertad y la justicia. La capacidad de sentir los sentimientos del prójimo nos faculta para construir un mundo mejor. Y quién es la primera persona que inculca empatía sino la madre. Pero las madres tienen apenas entre cuatro meses a dos años, según las distintas legislaciones del mundo, para estar con sus niños recién nacidos. Y la formación de la empatía es permanente. La ausencia en el hogar de las madres que trabajan es un problema, porque contribuye a crear seres fríos y glaciales aptos para el consumismo del totalitarismo del mercado.


Los economistas quieren achacar el meollo de la crisis europea a la disminución de la tasa de natalidad y al aumento del envejecimiento de la población con gran cobertura social. En otras palabras preconizan como solución el desmontaje del capitalismo de bienestar. Sin embargo, ello no alentaría que las mujeres tengan más hijos y que la familia salga de la crisis que atraviesa. Una sociedad que evita tener más de un hijo a la larga se encamina a fomentar una sociedad egoísta, donde el compartir se hace más difícil. Si tener hijos es ya una escuela para que los padres salgan de sí mismos y aprendan a amar, el tener hermanos también lo es. Pero sucede que el hijo único se va proliferando en el mundo, en especial China, lo cual incuba un explosivo social de consecuencias catastróficas.

En la cultura posmoderna el “mal radical” se ha transformado. El concepto proviene de Kant, el cual lo asocia con el “egoísmo”, y luego Arendt lo vincula al “totalitarismo”. Nosotros aquí lo hemos hecho con la carencia de “empatía”, lo que impide en pensar en el Otro.

Hoy podríamos repetir lo dicho por Cicerón: “Oh tempora, oh mores” (Oh tiempo, oh costumbres), pero esta vez no para condenar las perversas costumbres de los conciudadanos, sino para advertir sólo el alma extirpada por la indiferencia y la sensualidad, la cual olvida su radicación en Dios, porque se resiste a la unión ontológica espiritual con él, desprecia el sentido de lo divino, y con ello desarraiga el punto de partida más poderoso para el reconocimiento de los valores absolutos. Y esta resistencia es más pasiva que activa, porque carente de voluntad constructiva se deja arrastrar por las inercias de su libertad. Las lecturas de autoayuda seudo espiritual de Osho, Chopra y Coelho lejos de representar la presencia vigorosa de una vida espiritual y de Dios, son en realidad fiel exponente de la ausencia de Dios y de la deformación manipuladora del sentido de lo divino. El Dios verdadero es insobornable, y si bien es cierto que hace falta una nueva imagen de dios, más unida con el destino humano y no solamente con la naturaleza y la historia, ello no es óbice para hacerse una religión a la carta y al gusto personal.

En este sentido, la posmodernidad represente el avance a un nivel superior de la cultura de la increencia. Increencia que no sólo afecta a las cuestiones sacras, a la muerte de Dios, sino también a las cuestiones profanas, involucra la muerte del hombre. En la posmodernidad no sólo “Dios ha muerto” –como lo proclamó Nietzsche-, también “el hombre ha muerto” –como lo señaló Foucault-. Y sobre sus exequias danza la nueva divinidad del totalitarismo del mercado. El deus in terris termina agonizando en el endiosamiento de la mercancía y del mercado.

El hombre posmoderno, a diferencia del ateo, no cree por desinterés e indiferencia, columbra, más bien, un ateísmo práctico. Su grito de guerra: “¡Abajo los Absolutos!”, es sin embargo la expresión más perfecta de autodeificación. Pues, quien se siente en un presentismo e inmediatismo autosatisfecho simula la placidez omnipotente de la divinidad. Sintiéndose diosecillo es la mejor manera de dejar de sentir nostalgia por lo divino. El anético hombre posmoderno, en consecuencia, realiza este prodigio cultural y engañoso de la culminación autodeificante. Siendo alguien que no admite más que transitorio y lo contingente le es fácil prescindir de la condición ontológica infinita y autosuficiente que es Dios.

Pero fuera de sí mismo no hay, sino, más que un pavoroso vacío. Por tanto, el mundo de la diversión, el goce material y el éxtasis corporal es el principio y el final de una galopante sabiduría del cuerpo. Terapias, dietas, ejercicios,  masajes, vitaminas son el abecedario y nuevo evangelio de la resurrección de la carne y de la muerte del espíritu. Se desemboca, así, en una cultura narcisista, donde lo más importante es prolongar la vida relativa ignorando la eterna, conservarse joven y lograr a como de lugar las mayores ganancias.

Sin voluntad y capacidad para establecer lo incondicionado, absoluto y perenne, los posmodernos proclaman las miserias de la razón para entronizar en su lugar la tiranía de la sensibilidad y la subjetividad humana. Lo paradójico del caso es que esta tiranía de la subjetividad va de la mano con una abolición ética y ontológica del sujeto. Pues, el sujeto posmoderno no es el sujeto de la modernidad, o sea el portador de la iluminación racional, sino de la obscuridad del pensamiento y de los sentimientos altruistas, lo que le impide penetrar en las esferas profundas de la realidad.

En definitiva, son los intereses de la voluntad interpretativa del hombre lo que va a determinar la deslegitimación del saber humano. Esta subjetividad débil es lo único que queda en las manos posmodernas. Y es precisamente ésta la que da sustento a su nihilismo integral, es decir, metafísico, gnoseológico y moral. Por ello, el hombre posmoderno es también un sujeto anético, escéptico e inmanentista, porque se siente más allá del bien y del mal, niega la verdad y lo trascendente. Y todo esto está implícito cuando se le concibe como “el hombre sin absolutos”.

El hombre posmoderno se queda así en la caverna de su propia subjetividad débil, sin advertir que no puede cumplir con la fascinadora promesa de acabar con la realidad, la verdad y lo absoluto. Lo único que logra en su solipsismo vital es que desaparezca en él el amor, como potencia divina y anhelo humano. Sin amor en el corazón, al hombre posmoderno le es más fácil desterrar la nostalgia y la esperanza. Habiendo desarraigado de su alma el sentido de lo divino, deja de experimentarse como criatura, como hijo del Padre, haciendo innecesario recuperar la esperanza en el Paraíso. En su lugar deposita su confianza en las maravillas de la revolución tecnológica, sueña con lograr la inmortalidad a través de la biotecnología, convertirse en un poderoso ciborg, lograr la sabiduría infusa por algún implante cerebral, es decir, por cualquier medio que no le exija esfuerzo ni elevación interior. Y así, su confianza, que destierra la esperanza y la nostalgia de ultratumba, se va encerrando en un solipsismo vital, nihilista e inmanente.

No es extraño, de este modo, que el hombre anético posmoderno con su proverbial indiferencia a lo superior y absoluto cree haber llegado a esa vida perfecta de la naturaleza, al primitivo edén panteísta. Se ilusiona con vivir enteramente en una vida, su refrán favorito, en consecuencia, es: “Sólo se vive una vez”. En su universo todo está en acto, como la vida participada por el Motor inmóvil aristotélico a la physis que mueve. Sin creer en la vida perfecta trasmundana cree en la vida perfecta cismundana, terrenal. Vive sin perturbadoras ideas metafísicas. La idea del alma es otro estorbo, sólo se cree en la inmortalidad genética y cultural.

Y tenía que ser así. Por cuanto tener alma es tener memoria y, en consecuencia, historia; pero la historia es tiempo, y el posmoderno en tanto que suprime la nostalgia y la esperanza, también suprime el pasado y el futuro. Ilusionándose con un presentismo fatuo de confort y placer, no sufre el tiempo como el hombre oriental, ni lo piensa como en la antigüedad, tampoco lo diferencia como en la Edad Media, ni lo calcula como en la modernidad, sino que lo disfruta sin responsabilidad, preocupación o conciencia. La experiencia del tiempo para el hombre posmoderno estás desprovista de utopías, de milenarismos, escatologías, reduciéndose tan sólo a la experiencia anética de un presentismo de máximo goce y utilidad.

En todas las épocas de la historia estuvo presente el hombre anético, desde Caín, Herodes, los Borgia, Hitler, Stalin, hasta los hombres inmensamente ricos, todos los cuales sin espasmo alguno pueden provocar efectos dañosos al prójimo. La diferencia estriba en que hoy, este tipo humano, carece de freno normativo, culturalmente está entronizado en la hegemonía social, poniendo en peligro el destino de la humanidad. El hombre posmoderno es la inversión de las fuentes en que nace la cultura Occidental: la actitud religiosa del hombre oriental que está presente en el cristianismo, la justicia romana como ideal recogido en las utopías sociales, y la actitud racionalista del hombre griego. Sin amor, justicia y verdad, se inicia el imperio de la de voluntad egocéntrica del hombre anético, símbolo de la desfundamentación nihilista de la cultura occidental.

Lima, Salamanca 21 de Agosto 2012

lunes, 20 de agosto de 2012

PENSANDO EL FILOSOFAR

PENSANDO EL FILOSOFAR
Gustavo Flores Quelopana
Miembro de la Sociedad Peruana de Filosofía
 

El pensamiento no es más que un relámpago entre dos noches,
pero este relámpago es todo.
Henri Poincaré

Cuando el pensamiento piensa la filosofía misma descubre en su autonomía su íntima ligazón con la religión y con la ciencia. Religión en sentido no dogmático y ciencia en sentido no empírico, sino en el sentido del ahondamiento en la esencia misma de la realidad. De modo que la pretensión científica y religiosa de la filosofía no proviene de territorio ajeno, sino de su propia esencia. Al reducirse lo religioso a lo dogmático y la ciencia a lo experimental, entonces se ha creído desde la modernidad que la filosofía ha recuperado su autonomía al ser pensada fuera del territorio de la fe y de la ciencia. Pero no es así, al contrario, se ha visto empobrecida al divorciarse de las exigencias de la fe y de la ciencia.

En este contexto es comprensible que pensadores como Nietzsche y Heidegger se desliguen de toda exigencia externa al filosofar mismo tratando de alcanzar la plena autonomía filosófica, pero lo que en el intento demuestran sin querer es la necesidad de reevaluar la filosofía, la fe y la ciencia para alcanzan su sentido prístino no divorciado del filosofar.

El pensamiento moderno puede ser resumido como el proceso de total confrontación de la filosofía y la ciencia con la religión, por lograr su plena autonomía respecto de la fe. Lo cual ha enriquecido el camino experimental de la ciencia y ha deslumbrado con sus artilugios tecnológicos, pero esto no significa que el sentido total de cientificidad tenga que restringirse a lo experimental y excluir a las humanidades, incluida a la religión. La filosofía, por su parte, ha recorrido un camino triforme, por un lado, una corriente reclama su total sometimiento al criterio de la ciencia; por otro lado, no han faltado aquellos que piden para la filosofía una nueva fundamentación científica, apartada tanto del naturalismo como del historicismo, y, por último, otra interpretación exige acentuar su tendencia independiente concentrándose en la pregunta metafísica válida por el ser del ente.

Esta última postura representada por Heidegger, pretende justificarse aludiendo que la época cristiana distorsionó el desarrollo autónomo que la filosofía había tenido en la cultura antigua, al ser distorsionada por exigencias que provienen del territorio de la fe. En consecuencia, se plantea lo que se ha llamado “la tentación helénica”, o sea reasumir la continuidad de la filosofía griega sin las desviaciones implantadas por el cristianismo. En este sentido el pensamiento heideggeriano comparte con la modernidad la reafirmación de la autonomía de la filosofía respecto de la religión, y en esta forma es cartesiano e ilustrado. Reclama que su independencia frente al predominio de las posiciones religiosas no debe ser confundida con el laicismo de las corrientes liberales de la filosofía francesa del siglo XVII y XVIII, porque lo suyo es fundar otro punto de partida y no por relación a la instancia religiosa.

La “tentación helénica” del filosofar, volviendo a sus orígenes griegos con la justificación de evitar las distorsiones impuestas por la religión y recuperar la autonomía del pensar filosófico, suele no reparar que Platón y Aristóteles son los fundadores de la teología natural, que busca pensar a Dios con el auxilio solamente de la razón. El monoteísmo en ambos solamente rozó el teísmo. Lo cual no quiere decir que la metafísica de las esencias (las Ideas no son conceptos) nazca de una preocupación teológica, que quiere dar cuenta de la existencia de Dios, sino que nace del problema del devenir, de la pluralidad y de la verdad. La filosofía griega postula las esencias, con el conceptualismo socrático, la teoría de las ideas platónica y el realismo aristotélico, para comprender el devenir y salvar el mundo de la no verdad, lo cual no excluye meditar sobre el problema de Dios. La impugnación de la metafísica de las esencias (las Ideas son conceptos) también estuvo presente con el relativismo heracliteano, el escepticismo sofístico y la epojé de los escépticos del helenismo.

En otras palabras, la filosofía griega demuestra que la meditación sobre Dios y lo religioso no compromete la autonomía del pensar filosófico mismo, lo cual confirma que dicha temática no proviene de territorio ajeno sino que pertenece a su propia esencia. Por ende, Dios en la metafísica de las esencias platónico-aristotélica es la cumbre de la búsqueda de la verdad por el pensar natural.

Ahora bien, sólo desde Filón de Alejandría, Plotino y San Agustín dicha metafísica de las esencias se vuelve metafísica teológica (Ideas como formas eternas) al desarrollarse como metafísica de las formas eternas. La Patrística conservó el criterio platónico del ser como ser verdadero. Dicha metafísica teológica experimentará la oposición entre Platón y Aristóteles con la escolástica. El espíritu de la escolástica se desarrolla sobre la base de la autoridad pero también de la razón. Tuvo una estricta objetividad y exactitud lógica, aunque demasiado repetitivo, poco crítico y poco sentido histórico. Además, dio pie a desfiguraciones de la metafísica al oscurecer la relación de las ideas con los fenómenos y al hacer ver al ser verdadero como una especie de trasmundo. Ello desembocaría en un realismo que dio lugar a un empirismo que cobraría vuelo en la filosofía moderna. En realidad, la filosofía medieval concluiría sustituyendo el criterio del Ser como ser auténtico y verdadero por el ser en general (Escoto y Occam). Lo que viene después con el Renacimiento y la Modernidad es la dilución del concepto eidético del ser.

En una palabra, la filosofía griega y la filosofía medieval demostraron que no hay incompatibilidad entre la filosofía y la religión. Pues al defender por igual la concepción eidética del ser señalaron que las Ideas son realidades eternas en Dios. Es decir, el Ser es el ser verdadero, el cual es un concepto selectivo que no incluye todo lo que existe en general, no incluye al ente, no se trata de una metafísica que confunde el ser con los entes.

Pero Heidegger insiste contrafácticamente en la incompatibilidad entre filosofía y religión en su famoso curso Introducción a la metafísica dictado en 1935 y publicado en 1952. Es más, allí afirma que sólo la fe que se expone a la incredulidad accede al pensamiento. Esa es la verdadera fe para él, no la entregada al fanatismo o a la comodidad. Sólo la fe angustiada está acorde con la incertidumbre de la esencia humana y dicha inseguridad coincide con la raíz misma del pensamiento. Por eso cree que la filosofía es superior a la religión porque toca el fondo inquisitivo de la condición humana.

Esta contraposición entre filosofía y cristianismo, o en general, con la religión, omite la raíz religiosa del pensar mismo, porque pensar es religarse con la manifestación del ser y de su unidad con él. El pensar puede tomar distancia de cualquier dogmática religiosa, pero no puede separarse de su religación con la realidad del ser. Esta religación entre pensamiento y ser es una manifestación de la naturaleza religiosa de todo el cosmos; religación que parte de lo inanimado hasta elevarse a Dios. En otras palabras, el fondo inquisitivo de la condición humana demuestra que filosofía y religión están unidas desde el principio, que pensar es un acto tan religioso como el orar, y que el aspecto dogmático de la religión no paraliza el pensar, sino que lo guía en medio de la incertidumbre de la existencia.

Y esta profunda unidad entre pensar y fe fue vista nítidamente con el “concepto selectivo del ser” por la metafísica de las esencias platónico-aristotélica, pero no quiere ser observada por la “tentación helénica” que distorsiona la misma historia del pensamiento occidental. Tanto es así, que la explicación del ente como ens creatum por parte del cristianismo lejos de representar el abandono del ser del ente, porque supuestamente ello hace que el ser se retire del ente y convierte a éste en producto del entre supremo, religa el ser supremo con los seres individualizados. Así, pensar un ente supremo no hace que la dignidad del mundo de los entes no quede menoscabada sino, por el contrario, enaltecida. De manera que la idea cristiana de la creación no tiene nada de “forma popular y vulgar de la metafísica platónica”, como sostienen Nietzsche y Heidegger. Más bien, lo vulgar es pensar dicha creación en términos de causa y efecto, sin tener en cuenta que no hablamos de un principio impersonal, sino de una Persona con inteligencia, voluntad y amor.

Heidegger rechazó siempre el intento de algunos filósofos católicos de asimilar el ser a Dios, y con ello rechazaba también el Uno de Platón y el Primer Motor de Aristóteles. Esto significa no sólo una inversión completa del pensamiento cristiano sino también griego.

Pero en realidad, Heidegger sólo tenía razón en parte porque si bien Dios no es el ser, es más bien la causa del ser de todas las cosas y no puede ser subsumido bajo el ser categorial y por eso Dios es el principio de todos los modos de ser, sin embargo, lo que Dios es no podemos saberlo y cuando se predica algo de él no afirmamos positivamente nada que positivamente se pueda afirmar de la sustancia divina. Y esto es justamente lo que afirma la doctrina de Tomás de Aquino. Ambos filósofos rechazan que Dios sea el ser, pero Heidegger no avanza hacia la vía analógica para predicar de Dios. Esto en realidad, pone en desventaja a la indagación heideggeriana respecto a la tomista, porque mientras el primero se aboca a desentrañar el ser el segundo va más allá, hacia la causa del ser.

Cuando Heidegger habla del “nuevo Dios” avizorado en el fondo del extremo nihilismo, está pensando en el destino de Occidente, desde donde el cristianismo será visto como un breve instante en la inmensa e insondable historia del ser. Esta será la última fase de la metafísica con un develamiento del ser del ser. En su interpretación esto quiere decir que al develamiento del ser del ente, por el poder de la técnica, le seguirá el develamiento del ser del ser hacia nuevas transformaciones del ser y del ente. Creía que la devastación del mundo por las dos guerras mundiales sería acompañada por la pérdida de vigencia del ser de la metafísica y el Dios del cristianismo, porque se trataban de formas de verdad que se habían agotado y al hacerlo han abierto una nueva verdad y una nueva historia donde se juega la verdad del ser.

La declinación de la metafísica y la pleamar del nihilismo son vaticinios heideggerianos pero que ya eran vistas desde la modernidad. En realidad, la metafísica nunca olvidó el ser como sostiene Heidegger, sino que fue el racionalismo y más precisamente el empirismo de la filosofía moderna las que en realidad son responsables del olvido del ser, porque al convertir lo fáctico en lo único válido y negar la realidad de las verdades inmutables, eternas y trascendentes, lo único que hizo fue diluir la concepción eidética del ser, sustituyendo el concepto selectivo del Ser como ser verdadero por el ser en general que incluye todo ente, y reemplazando la esencia por el concepto.

Es decir, el pensamiento que abandona el ser del ente no es la metafísica griega ni la metafísica cristiana, sino el que verdaderamente confunde el ser con los entes y retira el ser del ente es la filosofía empirista de la modernidad. Para Heidegger “la metafísica, en cuanto metafísica, es nihilismo propio”, porque dice que se caracteriza por el abandono del ser del ente. En cambio, para nosotros el nihilismo es la vocación misma de la filosofía moderna y no de la metafísica misma. Es la modernidad la que divorcia profundamente a la filosofía respecto de la religión y no la esencia misma de la filosofía.

Son dos cosas distintas: una es que el pensar filosófico no está divorciado del pensar religioso, y el otro es que el abandono nihilista del ser del ente no es protagonizado por la metafísica sino por el pensar empirista de la modernidad. Pues la vocación de la esencia misma del pensar filosófico es descubrir su íntima trabazón con la religión, porque pensar es religarse con la manifestación del ser y su unidad con él. Y la vocación de la metafísica occidental ha sido pensar el concepto selectivo del Ser como ser verdadero.

Lima, Salamanca 20 de Agosto 2012