miércoles, 27 de enero de 2021

SOPA DE PIEDRA

 

SOPA DE PIEDRA

Gustavo Flores Quelopana


 

Después de la pandemia del Covid, se han encendido las alarmas por el incremento de la pandemia del hambre. En España y Perú, Estados Unidos y la India sucede lo mismo, el hambre azota. Se calcula que 150 millones de seres humanos padecen hambruna. Esto es como decir que el Mundo se ha vuelto en un inmenso campo de concentración.

 

Ante esto, morir de amor es un lujo, mientras que morir de hambre no. Por eso, la compasión por el hambriento es universal pero incómoda. La pandemia está mostrando de modo descarnada la enorme crisis de misericordia que se padece globalmente. Incluso las vacunas, el Primer Mundo supuestamente civilizado trata de acaparlas dejando sin opción a los países pobres.

 

Mirando la epidemia de obesidad del Primer Mundo se suele olvidar la pandemia de hambre que azota todavía a la humanidad, especialmente en el Tercer Mundo. Así, el primer plano de los venales medios de comunicación se lo suelen llevar, con indecencia y sin pudor, las inmensas fortunas de los multimillonarios del planeta y no se dedica ni media línea al mayor fracaso de la modernidad hipertecnológica, a saber, el hambre en el mundo.

 

Según la OMS al día mueren de hambre 8,500 niños. Pero también, más del 90% de los suicidios tienen por causa la necesidad económica, y sólo el resto las desilusiones amorosas. Entonces, ¿No es acaso una pandemia el hambre actual?

 

La hipocresía de la buena sociedad suele ignorar el hambre. Schiller decía que el mundo se pone en movimiento por el hambre y por el amor. Se oye decir que en el capitalismo decadente el impulso por comer ha amainado con la anorexia y la bulimia. Y en esa orgía dionisiaca del narcisista hombre posmoderno, que se siente gozoso por su libertad sin dogmas ni dioses, el hambre ocupa el último lugar de sus sicalípticos pensamientos.

 

Pero eso, el hambre en el Primer Mundo es un lujo sedicente de la burguesía tardía, narcisista, hedonista y egoísta. El hambre es un impulso fundamental que nos impulsa a vivir, pero en la fenomenología pequeñoburguesa de Heidegger es la angustia. El pútrido subjetivismo de la modernidad pequeñoburguesa se ha olvidado del hambre. Todo surge del pensar. Los afectos han sido remitidos al asilo de la insapiencia y por ello son eliminados.

 

Bajo el predominio del pathos abstracto se olvida del hambre. Ya el Transhumanismo sueña con ciborgs que nunca sienten hambre. Pero el hambre se renueva y resulta inextingible. Hay hambre en la riqueza y en la pobreza, pero resulta liquidadora en la miseria.

 

Cierta vez, sorprenden al filósofo Diógenes el cínico, en plena masturbación, y ante el reproche responde: "No puedo engañar a mi estómago, pero al menos puedo hacerlo con el sexo". Efectivamente, es hambre es abrupto, imperioso e impostergable. Su saciedad es lo más ligado a la vida que tenemos. Por eso, no satisfacer el hambre apaga la esperanza en el alma.

 

La sopa de piedra no es el ayuno del místico, ni la frugalidad del hombre light, sino la pesadilla diurna de un mundo luciferino que se solaza en la pura inmanencia y extravió la caridad junto con la misericordia.

27 de enero 2021

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