jueves, 10 de mayo de 2012


FENOMENOLOGÍA DE LA ANOMIA Y SENTIDO 
DE LA VIDA
Gustavo Flores Quelopana
Miembro de la Sociedad Peruana de Filosofía
Ahora bien, si la vida humana es un continuo hacerse ¿por qué se ha vuelto problemático el sentido de la vida? ¿Qué ha cambiado en la vida humana para que ese “continuo hacerse” se vuelva insatisfactorio y avance pletóricamente el sin sentido? En el otrora sistema comunista la falta de libertad hizo que la justicia misma terminara por desplomarse. Y en el desaparecido capitalismo de bienestar la abundancia y la prosperidad aceleraron el consumismo y menoscabó los valores humanos. En cambio hoy ¿Es el sistema hipercapitalista el responsable de la concentración de bienes materiales en un puñado de megarricos y de la penuria de bienes espirituales?¿La globalización neoliberal de los últimos 30 años, y que hoy se tambalea gravemente, al reducir el gasto social, eliminar el salario mínimo, descartar el seguro de desempleo, incrementar la pobreza en el mundo, desmontar el capitalismo de bienestar, multiplicar el trabajo precario bajo la línea de pobreza, y aumentar la brecha entre ricos y pobres, no ha acelerado acaso el sinsentido de la vida? ¿Una sociedad que se sigue rigiendo por patrones cuantitativos, que pone lo económico sobre lo humano y social, que entroniza el consumismo pero que  acentúa la desigualdad social, no genera acaso desesperanza, desilusión, y el achatamiento de las aspiraciones humanas? ¿Acaso la crisis del sentido de la vida no se traduce en una vulgar libertad para consumir, que se convierte en lo que Castoriadis[1]  llama el “avance de la insignificancia”, “la crisis de las significaciones imaginarias”, “la necesidad de reorganizar las instituciones sociales” y crear nuevas significaciones de índole humanista? ¿Es el sinsentido de la vida una forma de anomia social e individual? ¿Es el sinsentido de la vida un problema eminentemente sociológico antes que filosófico? ¿Agota su manifestación fenomenológica todo su contenido esencial?

Berger y Luckmann [2] han señalado que grupos civiles religiosos, ecologistas, de derechos humanos, asistencialistas, etc., constituyen “depósitos sociales de sentido” que permiten que las sociedades modernas sigan funcionando impidiendo lapropagación pandémica de la crisis de sentido. Esta visión optimista e ingenua ignora que estos grupos civiles son más bien “amortiguadores del sinsentido”, que desprovistas de una visión de cambio estructural son incapaces de promover un real cambio del sentido de la vida y constituyen así un elemento “bisagra” en la consolidación del mundo irracional. ¿Acaso las transgresiones morales de las iglesias, instituciones caritativas y diversas ONGs, vistas generalmente como “reservas sociales de sentido”, no minan también el sentido de la vida convirtiéndose en “depósitos sociales del sinsentido”? ¿Es la modernidad occidental, al colocar la subjetividad humana en el centro, la responsable del sinsentido de la vida? ¿Representa el escepticismo, el hedonismo y el nihilismo las expresiones culturales más legítimas de una vida sin sentido? ¿Es el sentido de la vida solamente una variante sociológico-antropológica o expresa algo más profundo? [3]. ¿Es es el sinsentido de la vida lo mismo que la anomía? Si tomamos la anomia, como lo sugirieron Durkheim y Merton[4], como la desintegración cultural y social y como falta de integración grupal, local y nacional, entonces habría una correlación entre anomía y sinsentido de la vida. Fue lo que sucedió, por ejemplo, cuando se impusieron condiciones de explotación o de esclavitud en el derruido contexto social andino, cuando el equilibrio premoderno incaico se vio sustituido por la nueva cultura española conquistadora. Imperó el sinsentido de la vida, las enfermedades, fallecimientos y suicidios fueron masivos y lo que sucedió fue una verdadera hecatombe del mundo andino premoderno. Lo singular es que este tipo de anomia puede ser considerada como una fase de destrucción de lo viejo (mundo andino premoderno) y desarrollo de lo nuevo (mundo andino moderno) que va desde la ruptura de una determinada solidaridad cultural (ayllu) hasta la asimilación de una nueva cultura (competitiva) por parte de la población dominada. A este tipo de anomia correlacionada con el sinsentido de la vida podemos llamarla anomia o sinsentido de la vida de tránsito histórico. Ya los análisis freudianos[5] habían sugerido lo determinante de la relación entre libido y cultura, en el sentido de que al aceptar los límites que impone la sociedad a la expansión espontánea de la libido es condición esencial para poder construir la civilización, la moral y la religión. En otras palabras, los complejos procesos psicológicos entrañados son consecuencia de la causación social del malestar cultural. Quizá la raíz socio-psicológica más profunda del sentido de la vida esté en la rapidez del cambio del sistema económico y en las crisis de sentido que provienen de la anarquía que produce tal sector. En efecto, la aparición de inestabilidad familiar y profesional, la violencia, la criminalidad, la conducta irregular evidencian signos de anomia y sinsentido de la vida a nivel psicológico cuyo origen está en el origen social del proceso. Lo cual nos conduce a la afirmación de que el sinsentido de la vida, aun cuando no se identifique exactamente con el fenómeno de la anomia, sin embargo está latente en la estructura misma de toda sociedad e individuo, como fenómeno transitorio y sintomático que amenaza en cobrar dinamismo y desarrollo en aquellas sociedades que carecen de instituciones mediadoras de solidaridad social. Si el sinsentido de la vida crece desorbitadamente en la globalización neoliberal actual es porque muestra que no se trata de un fenómeno coyuntural sino estructural de la dinámica de las sociedades competitivas estratificadas.

Y es aquí que podemos advertir con más claridad la mayor amplitud del sinsentido de la vida respecto al fenómeno de la anomia. Pues la anomia entendida como desviación no podría surgir en sociedades autoritarias, ni sociedades solidarias, sino tan sólo en sociedades competitivas donde la desigualdad de oportunidades sea la nota característica. No obstante, también hay formas de sinsentido de la vida en las sociedades autoritarias y en sociedades solidarias, aunque en menor escala social. Por ejemplo, si Gorbachov no hubiese puesto en marcha la Perestroika y el Glasnost en su país –el cual era una sociedad autoritaria a pesar de sus mecanismos de solidaridad social- difícilmente se hubiera derrumbado la Unión Soviética y se hubiese puesto fin al sistema burocrático muy organizado,pero el descontento social si bien no tenía formas políticas ni ideológicas de escape sin embargo conseguía hacerlo a través de un altísimo índice de alcoholismo, entre otras desviaciones existentes. Y en las sociedades solidarias, como las escandinavas, la amenaza de las conductas desviadas y del sinsentido de la vida no deja de estar presentes siquiera en mucha menor escala, tanto social como individual. Por ejemplo, suicidas hay por todas partes pero no todo suicida es anómico o ha perdido el sentido de la vida. Si nos atenemos a las tres formas de suicidio durkheimianas: egoísta, altruista y anómico, sólo el primero y el último es susceptible de ser calificado de sinsentido de la vida. El suicida altruista (el héroe, el mártir) no carece de sentido de la vida ni es anómico. Esto es, se dan manifestaciones autodestructivas que no implican sinsentido de la vida porque ponen su muerte al servicio de una causa noble y humanitaria. Aquí el sentido de la vida implica el sacrificio de la propia vida. Nuevamente hay que subrayar que el sinsentido de la vida y la anomia coinciden al ser a la vez una característica latente de los sistemas sociales y un estado de los individuos, pero no coinciden al comprobar que no todo sinsentido de la vida es conducta desviada o anómica. Por ejemplo  las clases inferiores son presa fácil de la anomia o conducta desviada, pero existen otras formas de desviación y desorientación de las clases medias y de las clases superiores que presentan procesos distintos al de la anomia. En otros términos, si la anomia es desviación, no toda desviación es anómica. Así las desviaciones de desorientación, frecuentes en las clases medias y superiores, sin ser anómicas implican un sinsentido de la vida. En otras palabras, tanto la anomia como el sinsentido de la vida tienen una raíz distinta según sea la sociedad imperante (autoritaria, solidaria, competitiva). En la sociedad competitiva surgirá de la desigualdad de oportunidades, en la sociedad autoritaria de la falta de oportunidades, y en la sociedad solidaria de la latencia inevitable en los individuos y disfunciones sociales estructurales. Tampoco se puede subestimar las motivaciones ideológicas en el fenómeno del sinsentido y de la anomia. Así, cuando el consumismo mercantilista de las clases medias y superiores determinan el contenido de la cultura, entonces las metas de éxito, eficiencia, promoción social se convierten en moral social, lo cual crea las condiciones artificiales para la condena de los fracasados o los rebeldes, como proyecto punitivo para marginar a los inconformistas.

Una mirada más atenta al fenómeno de la inconformidad permite apreciar sutiles variaciones según la relación entre fines y medios: el conformista es el que acepta los fines y medios que la sociedad le ofrece; el inconformista ritualista es que acepta los medios aunque rechaza los fines; el inconformista renunciante es el que no acepta ni los medios ni los fines pero modo pasivo; el inconformista rebelde es el que no acepta ni los medios ni los fines de modo activo y propugna otro orden social; el inconformista innovador es el que acepta los medios pero no los fines, buscando nuevos fines; y el inconformista creador es el que es el que no acepta ni los medios ni los fines y propone nuevos fines y medios. Esto lleva a distinguir entre grados de sinsentido de la vida: la simple, que refleja un estado de confusión de un individuo, un grupo o una sociedad que viven sometidos a conflictos entre sistemas de valor, y se manifiesta como inquietud o como sentimiento de inseguridad y hasta desesperación; y la aguda, que refleja deterioro y hasta desintegración de sistemas de valores y que se experimenta con una angustia notable. En este último caso se ubica al hombre auténtico de Heidegger, el cual repara en las estructuras inauténticas de la cotidianidad para descubrir nuevas estructuras existenciales posibilitadas por la angustia. Lo cual implica que en el fenómeno de la inconformidad hay presencia del sinsentido de la vida y según el grado de manifestación puede jugar su presencia un rol positivo o negativo. La tipología del inconformismo describe conductas desviadas no sólo de personas sino también de instituciones, pero tal desviación puede ser positiva o negativa, así, no todo sinsentido de la vida es negativo y no todo sentido de la vida es positivo. Elijamos, por ejemplo el caso de las universidades que optan por ofrecer una formación técnico empresarial con total descuido de la formación humanística. No es difícil darse cuenta aquí de la orientación economicista y mercantilista que la promueve dando la espalda al espíritu de formación integral que es consubstancial a la universidad. No es muy diferente el caso de un profesor de filosofía que se supone que ha seguido dicha carrera por amor a la sabiduría y sin afanes subalternos, pero a mitad de su carrera universitaria cambia de objetivos y mercantiliza su profesión para sólo conseguir comodidad material y placeres efímeros. Aquí estamos ante un inconformismo regresivo, ritualista, que acepta los medios (el saber como una forma de erudición)  pero rechaza los fines (el saber como una forma de ser) [6]. Por eso, el arte de vivir en su auténtico sentido subordina siempre los medios a los fines, mientras que toda vida inauténtica supedita los fines a los medios.

Ahora bien, el sinsentido de la vida aguda puede, así, tener dos manifestaciones centrales: la patológica, de carácter negativo, que señala un estado avanzado de alienación social, personal y mental, y que puede degenerar en neurosis, misoneísmo, fanatismo y consumismo sin freno; y la creativa, de carácter positivo, que implica renunciaciones valorativas muchas veces sucesivas que implican un avance ético, mental y volitivo notable, que se traduce generalmente como autorrealización personal y descubrimiento de un nuevo sentido de la vida. La que caracteriza a la crisis de Occidente es la patológica o la alienación cosificante. Aquí ya no se trata de un sentimiento de desesperación, de abandono y consternación, propio del capitalismo en su fase de acumulación originaria de los siglos XVI-XIX; ni de un sentimiento de rechazo de los objetivos que prescribe la cultura de consumo, propio del hippismo de los años sesenta de la guerra fría; sino de la sensación de que los líderes, el orden social, las metas, los roles, las relaciones interpersonales, son ficticios, narrativos, voluntaristas, propio de la nueva fase cultural posmoderna y de la económica del capitalismo global y cibernético llamado hiperimperialista[7] de las megacorporaciones privadas. Esta sensación ficcionalde la realidad social y personal aumenta la ilusión de que todo es posible, el “cielo es el límite”, propio de un proceso de desorientación personal donde el vaciamiento interior va acompañado de un injustificado sentimiento de omnipotencia de la voluntad individual. En esta fase de desarrollo de la sociedad competitiva la anomia, la desviación y el sinsentido de la vida pertenecen tanto a las clases inferiores, clases medias y superiores, esto es, son parte orgánica de una civilización enferma. Esto es que de coyuntural se ha vuelto en fenómeno estructural. Pero así como el tipo de sociedad condiciona el mayor o menor desarrollo del sinsentido de la vida, de modo similar el tipo de personalidad básica también desempeña un papel importante. Etnólogos, sociólogos y psicólogos, cuyos representantes más destacados son Ralph Linton y Abram Kardiner, hablan de la personalidad básica. Se trata de captar de qué modo se influyen mutuamente individuo y sociedad. Desde este punto de vista se establece una distinción entre instituciones primarias, que forman la personalidad básica, disciplinan las necesidades fundamentales y las necesidades sociales, produciendo frustración (educación, economía, etc.), y las instituciones secundarias, que se forman por las reacciones de la personalidad básica como mecanismos de defensa y seguridad (mitos, tabúes, etc.). El resultado son sistemas que determinan el grado de integración del individuo con su cultura. Con la globalización actual se experimenta una homogeneidad de la cultura de consumo, esto es, que las instituciones primarias y las instituciones secundarias desembocan hacia una integración del individuo en la sociedad competitiva. Pero las bases de esta integración son en sí misma frágiles, por cuanto en vez de tomar en cuenta las necesidades profundas del individuo antepone las necesidades de la economía y del mercado. La consecuencia es el aumento de la frustración personal y la pérdida creciente del sentido de la vida. La alienación económica se lleva a su pináculo, se vive para trabajar, se trabaja para gastar y se gasta para olvidar que ahora lo importante es el dinero, la fama y el éxito y ya no la autorrealización personal. La cosificación humana galopa como caballo desbocado en la sociedad de consumo, la cual reduce al mínimo la fuerza laboral humana en el sector industrial sustituyéndola por robots, pero también mediante la telemática va disminuyendo la fuerza de trabajo del hombre incluso en el sector terciario o de servicios. Esto es, que el hombre en el capitalismo cibernético se va experimentando como sustituible, prescindible y no indispensable. Y lejos de constituir la sociedad del conocimiento lo que se forma es una sociedad de la cosificación, donde el hombre es una cosa entre las demás cosas. Su experiencia de sujeto se pervierte, su subjetividad se oblitera y el sentido de la vida se extravía. La robótica en vez de estar puesta al servicio de la liberación del hombre, está al servicio de los egoístas intereses corporativos y a favor de la destrucción espiritual humana. Para que el hombre se sienta cosa entre las demás cosas se tiene que haber operado el vaciamiento de su realidad interior, y esto se hace con gran eficacia a través de los medios de comunicación social que dictan al hombre lo que debe pensar, sentir y soñar. La despersonalización del hombre va de la mano con su cosificación, ser una pieza de un gigantesco mecanismo social que lo manipula externa e internamente es la culminación del totalitarismo intrademocrático en los mercados de occidente. La cosificación humana llega a su verdadera cumbre yendo más allá de lo que previó el marxismo, por cuanto el hombre ya deja de ser una mercancía del aparato productivo y se vuelve en mero reproductor del sistema de consumo. Y la manifestación más perversa de este proceso de cosificación del hombre se encuentra en el tráfico de drogas, señalada como el negocio más lucrativo del mundo y muy lejos de la industria turística y de armamentos. La industria de las drogas inutiliza al hombre productor, al homo faber, y lo reduce a ser un hombre consumidor, claro está, de su propia autodestrucción. La división del trabajo internacional del narcotráfico funciona concentrando al alto consumo en los países del llamado Primer Mundo y la alta productividad en los países en desarrollo. Es en estos últimos donde se constituye el narcopoder, que corrompe las instituciones del Estado y la moral de la sociedad en su conjunto. El Occidente de la modernidad tardía está culminando con más de un tercio de su población adicta, sumida en la corrupción, con el desbocamiento del sistema de los deseos humanos y la perversión de la vida misma. Y todo este desquiciamiento acontece teniendo como telón de fondo al hiperimperialismo, como fase superior del capitalismo megacorporativo privado, donde el capital diluye todo valor y toda humanidad. En este mefistofélico triunfo del tener sobre el ser se yergue toda una pavorosa realidad humana y social donde el prójimo se torna en enemigo y el amigo en cómplice. Dinero, poder y placer son los nuevos ídolos que tiranizan en una subjetividad hecha jirones. La mediocridad triunfa y las élites desertan de su misión directriz. La chatura mental y moral es la norma.

La universalización de la sociedad de consumo, donde se extiende como plaga el sinsentido de la vida, se da en la comunidad global. La comunidad global es un producto tardío de la comunidad misma. A la comunidad tribal le siguió la comunidad campesina, a ésta la comunidad urbana y luego vino la comunidad global. Las naciones crean sus tipos nacionales, aun cuando el nacionalismo es ya un particularismo para el hombre de la comunidad mundial. Y desde el seno mismo de la comunidad mundial surge un tipo único de hombre, interiormente vacio, superficial, consumista, descreído, pragmático, anético[8], desespiritualizado, hedonista y nihilista. Y así como el carácter nacional es un sistema típico de conductas que influye sobre el tipo de personalidad de un Estado-nación (por ejemplo se considera que Alemania es excesivamente teórica y emocional, Inglaterra es práctica y sin complicaciones teóricas, Francia es racionalista y a la vez romántica, España es pura pasión, Italia es humanista y erótica,. Rusia es mística y autoritaria, Norteamérica es práctico, moralista y organizado, Latinoamérica es vital, impulsivo e intuitivo, etc.), del mismo modo el carácter global es un sistema típico de conductas que influye sobre el tipo de personalidad de un Estado que se globaliza. Esto es, que el individuo de la modernidad tardía se encuentra actualmente presionado en sus conductas, actitudes y pensamientos tanto por la personalidad atávica del Estado-nación como por lapersonalidad que impone el Estado-global, lo que incide indudablemente en su desorientación vital. El sentido de la vida nacional se va disolviendo paulatinamente. Pero la nueva autoconciencia global prosigue su avance secundado por la economía, la política, los medios de comunicación y la contribución filosófica de los posmodernos (Lyotard, Baudrillard, Lipovetsky, Vattimo y compañía) y pragmáticos (R. Rorty) se va consolidando la síntesis cultural del mundo de masas mundial. En la autoconciencia global mundial vuelve a representarse el drama del hombre de Occidente, a saber, responder a las necesidades simultáneas de expresión y razón, sólo que en la presente hora histórica el hombre prometeico occidental pone dionisíacamente la teoría al servicio de la práctica y con ello se quiebra la tensión entre las necesidades teóricas y prácticas. ¿Acaso esto significa que el sugestivo tema weberiano del “desencantamiento del mundo” se ha detenido? No, por el contrario, prosigue pero en clave irracional. O mejor dicho, las pautas racionales y no racionales que exhibe la sociedad global siguen el constante impulso de desencantar el mundo hasta en los aspectos fascinantes de lo irracional, los medios normativos se debilitan y lo único importante es el placer, el poder y el éxito, sin importar los medios institucionales ya disminuidos.

Entre las instituciones arrugadas está la Iglesia católica. Su otrora enorme fuerza espiritual y moral se ha visto mellada, no tanto por sus escándalos financieros, de pederastia y homosexualismo, que obviamente son graves, sino por un proceso de secularización creciente, que no ha sido enfrentado con resolución porque se ha percibido nítidamente que en el fondo es un reclamo, de imprevisibles consecuencias políticas, por una nueva imagen de Dios, menos lejano, inmutable, trascendente, y más humano, sufriente e histórico, que sólo puede salir de un nuevo concilio ecuménico. Desde Nicea hasta Vaticano I y II esta imagen no se ha modificado y refleja un retraso grave para responder a los desafíos de los nuevos tiempos. Se ha cedido la iniciativa a los movimientos carismáticos por todo el mundo, pero éstos por su misma estructura, fines y objetivos son incapaces de resolver el asunto a nivel teológico, el cual es el decisivo pensar crítico ante la parte dogmática. No hay duda que fuerzas políticas conservadoras también hacen su tarea para que estos cambios en la Iglesia no prosperen, sobre todo por los indeseables efectos sociales, económicos y culturales que traería consigo sentir a Jesús andando junto al oprimido en la lucha por un orden social sin opresión ni explotación. ¿Hasta cuándo, por ejemplo, seguiremos viendo insensiblemente un Primer Mundo en que los niños revientan de obesidad mientras que en el Africa negra millares de esqueléticas criaturas dejan de respirar por la falta de un exiguo alimento? ¿Por qué nunca hubo un Plan Marshall para tal subregión, en medio de astronómicos y demenciales presupuestos militares hegemónicos de la primera potencia del mundo? Al mundo cristiano, y no creyente también, le urge escuchar una condena de la Iglesia a estos desquiciados gastos militares improductivos que deberían ser destinados a los pobres de la Tierra. No hay que tener mucha clarividencia para darse cuenta que toda esta situación injusta socava la moral, la fe y el sentido de la vida. O en otros términos, sentirse bien en una sociedad profundamente oprobiosa es ya estar afectado por el mal imperante. Y todo esto es demasiado en un mundo globalizado donde las dos terceras partes de la riqueza mundial se concentran en manos de menos de 1% de la población mundial. Esta afrentosa situación anticristiana ya ha sido señalada por las teologías de la praxis[9]: procesal, de la liberación, de la esperanza, de la política, del mundo, de la reconciliación, etc. y constituyen el pensar crítico que pugna por una nueva imagen de Dios, como Dios liberador interesado profundamente por las cuestiones vivas de la tierra y la historia. Cristo no vino a construir un reino terrenal en sustitución del reino celestial, pero tampoco fue indiferente a las injusticias del poderosos y a los sufrimientos del pobre y oprimido. Un enorme gentío que percibe que en vez de que se imponga el mensaje de amor y solidaridad de Cristo ve, por el contrario, que la Iglesia se alió muchas veces con el absolutismo político y la desigualdad social, olvidó en la práctica al hombre de las sandalias, que despreció reinos y tesoros mundanales, observa triunfar a las fuerzas que toleran, promueven y fomentan el mal, la injusticia y la opresión, tenía casi por fuerza que dejar de ser cristiana, perder su fe, dejar amortiguar el sentimiento de lo sagrado, desembocar en el sinsentido de la vida. Y lo que es peor, que los opresores en Occidente han utilizado la imagen del Dios tradicional, jerárquico, inmutable, lejano al hombre, unidos con una curia reaccionaria, para defender un orden social profundamente irracional y anticristiano. ¿Deberíamos entonces sorprendernos por la profunda desespiritualización y descristianización que acontece en la civilización occidental, cuna del cristianismo? ¿No es acaso la propia institución religiosa romana responsable y cómplice del descalabro espiritual de Occidente? ¿No fue su afán por aferrarse al poder temporal lo que acabó descalabrando su poder espiritual? El hombre común, que no puede olvidar la inmensa compasión del Hijo de Dios, su encarnación, crucifixión y resurrección,  aun percibe que la institución romana no respalda en la práctica al Hijo del Hombre encarnado del amor divino o que es muy tibia en sus intentos por hacerlo. Entonces, no llama la atención que una muchedumbre sin esperanza pierda la fe y deje abrir las puertas de sus corazones al gélido y luciferino nihilismo, cuando no al fanatismo sectario. En estas horas dramáticas para la civilización occidental, en el orden humano y espiritual, es ineludible vincular el sinsentido de la vida conel hondo deterioro de una de sus instituciones clave. Sin duda que ella ha influido en el derrotero de la conciencia occidental de los últimos cinco siglos de forma decisiva, la ha preformado, le dio objetivos, una promesa y una sinuosa conducta que alejó a sus fieles. Esta conducta tiene sus raíces en una determinada lectura teológica sobre la doctrina de Dios, demasiado trascendente, lejano, absoluto, jerárquico y desconectado de la historia humana. Versión que en su momento fue necesaria en la lucha contra las herejías cristológicas pero cuya actualización goza de un retraso considerable.


[1] Las teologías de la praxis eclosionan después de la Revolución cubana y de Concilio Vaticano II y una de sus últimas expresiones es la teología procesal. Estas teologías fueron activa y sistemáticamente combatidas bajo el pontificado de Juan Pablo II –quien opuso su personal teología de la cruz- por ser dudosas de marxismo y porque la Santa Sede estaba activamente interesada en la liberación del comunismo de los países del Este. Otras versiones son: la Teología de la esperanza de Moltmann (Sígueme, Salamanca, 1974); Hacia una teología de la acción (1964), Teología de la Revolución de Comblin (París, 1970); Teología Política (1969) y Teología del mundo (1970) de Metz; Marxismo y cristianismo (Taurus, Madrid, 1968), Amor cristiano y violencia revolucionaria (1971) de Girardi; The Theology of Revolution de Mc Cormik (1968); Misión de la Iglesia en el mundo contemporáneo (1967) de Chenu; Jalones para una teología del laicado (1965) y La Iglesia en el mundo de hoy (1970) de Congar; Los cristianos en la revolución de América Latina (1966) de E. Pin; Cristianismo y sentido de la historia (1966) de M. Ossa; Teología de la renovación (1972) de K. Rahner. La teología de la liberación fue un fruto auténtico de América Latina. Leonardo Boff, Gustavo Gutiérrez, Jon Sobrino e Ignacio Ellacuría denunciaron las injusticias estructurales del capitalismo a la luz de una nueva lectura del evangelio. Pero el temor anticomunista del Papa polaco determinó su condena radical y persecución global. Fue un grave error que debe ser rectificado, porque el verdadero pecado es la injusticia. La Iglesia contribuyó a derribar al comunismo, ¿contribuirá a derribar al capitalismo? El escepticismo natural no debe cerrar las puertas a dicha posibilidad.



[2] El anetismo es el acto moral por el cual la mentalidad moderna convierte al hombre en una criatura sin absoluto, haciendo que se pierda el nexo ontológico entre Dios y la criatura. Esto no afecta la capacidad humana de sentir lo divino sino su voluntad hacia lo divino. Por ello, no se trata de la muerte de Dios sino de la muerte del hombre hacia Dios. El anetismo también señala el tránsito de la cultura de la increencia a la cultura del nihilismo integral, donde ser, verdad y valores son relativizados. En una palabra el anetismo se centra en la finitud cismundano obviando lo transmundano.



[3] Max Scheler en su magnífica conferencia El saber y la cultura (Siglo Veinte, Bs. AS. 1975) dice: “La cultura no es erudición, no es una forma de saber, es una forma de ser”.

[4] La fase hiperimperialista del capitalismo global es cualitativamente distinta (desterritorializado, descentrado, soberanía corporativa, especulativo) al del imperialismo descrito por Lenin (alianza del capital bancario con el capital industrial, centralizado, territorializado) en su obra Imperialismo fase superior del capitalismo (1917).



[5] Sobre el impacto de la globalización en la vida social y cultural véase: David Riesman, Abundancia ¿para qué?, FCE, 1965; E. Rojas, El hombre light, 1999; G. Flores Quelopana, La globalización del hiperimperialismo, IIPCIAL, 2009; S. Amin, El capitalismo en la era de la globalización, Paidós, 2001; U. Beck, ¿Qué es la globalización?, Paidós, 2000; G.A. Cohen, Si eres igualitarista ¿cómo eres tan rico?, Paidós, 2000; N. Chomsky, Estados Canallas, Paidós, 2001; V. Forrester, El Horror económico, FCE, 2007; C. Furtado, El capitalismo Global, México, FCE, 2001; H. Küng, Una ética mundial para la economía y la política, FCE, 1997; Martin, H; Schumann H. La trampa de la globalización, Taurus, 1998; Negri, A. y Hardt, M. Imperio, Paidós, 2000; Strange, S. Dinero loco, Paidós, 2001; Soros, G. La crisis del capitalismo global, Plaza Janés, 1999.
[6] Sobre el concepto de anomia Durkheim lo elaboró en dos obras fundamentales: La división social del trabajo (1893), Shapire, Bs. As. 1967, y El suicidio (1897), Shapire, Bs. As. 1965. La concepción mertoniana se explaya en Teoría y estructura social (1957), FCE, México, 1964.
[7] Cf. S. Freud, El malestar en la cultura, Alianza, Madrid, 1973.



[8] C. Castoriadis, El avance de la insignificancia, Eudeba, B. Aires 1997.
[9] Peter Berger y Thomas Luckmann, Modernidad, pluralismo y crisis de sentido, Las orientación del hombre moderno. Paidós, Barcelona 1997.

SENTIDO DE LA VIDA Y UNIVOCIDAD DEL SER


SENTIDO DE LA VIDA Y UNIVOCIDAD DEL SER 
Gustavo Flores Quelopana
Miembro de la Sociedad Peruana de Filosofía

Ahora bien, podemos preguntarnos si ¿se puede coincidir con el nihilismo en su rechazo del absoluto que trasciende la vida misma, y discrepar con él para ubicar lo sagrado en lo inmanente?

Esta solución secular del culto a la humanidad y a la naturaleza tiene su precedente en el panteísmo. No es, claro está, la postura de Confucio, quien deposita su confianza solamente en el buen gobierno y en el amor al prójimo, razones por las cuales se ganó el reproche de Lao Tsé por no fundarse en el tao. Tampoco es la de Buda, quien confía en la liberación por el abandono del mundo desde el mundo y quien jamás cedió a las preocupaciones metafísicas de su discípulo Ananda. Menos aun son las posiciones asumidas por Sócrates y Jesús. Por lo demás, la profunda importancia de lo inmanente, y no precisamente su sacralización, es lo característico de la filosofía china. Ni siquiera en la filosofía india el panteísmo es la tendencia predominante, donde el motivo principal de su pensamiento es elevarse sobre el mundo para lograr la quietud de lo real verdadero.

En cambio en el pensamiento occidental el panteísmo ha tenido una gran importancia y especialmente desde la modernidad, más precisamente con Spinoza y Schelling. ¿Por qué? Al respecto, no se puede decir [1] que Oriente y Occidente comparten la misma metafísica dualista entre lo material y lo inmaterial, dualismo que es ahora en occidente entre “significado” y “mundo sígnico”, porque dualismo no es toda contraposición entre dos tendencias irreductibles entre sí, sino la explicación del universo desde dos principios o realidades irreductibles. Así, se puede asumir una posición dualista en el problema de la relación alma-cuerpo, sin serlo en la explicación del universo. No obstante, sí se puede aseverar que en el tercer milenio el pensar filosófico occidental marcha hacia la afirmación de la “supervivencia genética y cultural” de la persona, más cercana al taoísmo y al confucianismo de la filosofía china.

Es decir, en el nihilismo de  la modernidad tardía se reafirma un inmanentismo de la realidad finita estrechamente ligado a la pérdida de sentido de la vida. Pero esto ya no es un dualismo sino un monismo inmanentista, distinto al monismo místico de Plotino, al monismo cristiano y al monismo panteísta de Spinoza y Schelling.

Ahora bien, existe una diferencia entre un panteísmo acosmista y un panteísmo ateísta, según se coloque el acento sobre Dios o sobre el mundo. Este último puede estar de acuerdo, incluso, en mundanizar lo sagrado para elevar al hombre, en vez de sacarlo de la vida hacia un paraíso teológico o laico. Pero en realidad no sólo el primado de la Naturaleza está en su base, sino que el principio profundo que la rige está en el concepto de alienación. Esta establece una oposición irreconciliable entre la existencia de Dios y la del hombre. Por eso reclama mirar nuestra existencia humana antes que creer en reinos o ideales que le den sentido. Más aun sostiene que lo eterno es ajeno a lo humano porque se basa en el desprecio del hombre mismo. Afirmar a Dios es degradar al hombre como cosa u objeto.

Esta es precisamente la tradicional idea que se le ha atribuido a Hegel de que el hombre se aliena mientras no se reconoce como absoluto, autónomo y autárquico. Pero dicho supuesto parte del equívoco de la univocidad del ser, esencia misma del panteísmo, que no comprende la existencia de Dios y coloca las dos existencias en el mismo orden. Para el panteísta no podemos pensar el sentido de la vida sin mirar a la vida misma, y esto es comprensible dentro de su criterio unívoco del ser, pero la realidad es que el ser tiene un criterio multívoco y jerárquico, en cuya cúspide está un Dios trascendente que no aliena a su criatura, la cual es libre pero no absolutamente.

De modo que la realidad finita humana es sierva no sólo de Dios sino de muchas cosas, es un ser dependiente e independiente a la vez. La existencia humana es una posibilidad de no ser dentro de facticidades que la limitan. Pero esto no significa que sea una imposibilidad radical, como afirmaron Heidegger, Jaspers, Barth y Sartre. Es decir, la libertad humana no coincide con la necesidad y por tanto se no anula a sí misma, esto es, no se revive el fantasma hegeliano de la reducción de la realidad finita a la realidad infinita.  

En otras palabras, por el criterio multívoco del ser la realidad humana es libre pero no absolutamente, su existencia no está en el mismo orden que la de Dios y por tanto la libertad del hombre -aunque sierva de Dios- es libre ante Dios, y no colisiona con la libertad divina porque no es lo mismo la determinación finalista y la determinación causal física. Afirmar lo contrario equivale a exagerar la omnipotencia y providencia de Dios, como lo hace el pensamiento protestante. En este sentido, no es extraño leer a un autor como Ortega[2]  -que tiene un escaso sentido para los valores religiosos trascendentales- al decir que la esencia humana es” estar radicalmente desorientado”, vivir es “proyectar lo que vamos a ser” y frases por el estilo, que nos retrotraen a la divinización autárquica hegeliana de la naturaleza humana.

No hay duda que con Hegel cobra vigor el pensamiento metafísico, pero la imagen tradicional de él le atribuía que al borrar la distinción entre Dios y Mundo también hace naufragar la realidad trascendente. Lo cual es equívoco. Y en este punto se puede ver nítidamente que hasta el momento la modernidad tardía no ha realizado la completa inversión del hegelianismo, ni lo hará, sometida como está al dictado del reconocimiento del hombre como deus in terris o diocesillo terrestre[3] porque dicho principio hegeliano de alienación se sigue reproduciendo mal comprendido. Aquí hay que decir lo siguiente. La aportación más importante a la concepción filosófica del cristianismo de la doctrina de Dios y de la Trinidad proviene de Hegel. La Iglesia en el Concilio Vaticano I (1870) en su énfasis por refutar el tradicionalismo y el racionalismo, asoció a Hegel apresuradamente con el panteísmo, pero la realidad es otra y más matizada.

Hegel no ve a Dios como un ser abstracto, que existe más allá del mundo concreto y de la autoconciencia humana, sino que toda la realidad está determinado por el Espíritu que es Dios. Lo específico del Espíritu de Dios es estar en el otro, lo cual no niega la trascendencia de Dios en sí, es decir, antes de la creación del mundo y de los hombres, pero aquí sólo sería Dios un concepto absoluto y por ende insuficientemente definido. Dios va más allá de la generalidad de la pura idea y en su vitalidad da lugar al proceso de su manifestación objetiva. Así, de la generalidad de su primera forma del “reino del Padre” pasa a la objetividad de su segunda forma del “reino del Hijo”, que involucra la creación del mundo y la encarnación, con lo cual el “Hijo de Dios” no se circunscribe a Jesús de Nazaret, sino que designa toda la “dimensión de la finitud”. Pero en la muerte de Jesús culmina la “finalización de la conciencia” y en la Resurrección se realiza el salto de la finitud en infinitud. Así la idea divina se cumple en la realidad en el “Espíritu existente” de la “comunidad cristiana”.

En otras palabras, el Dios de Hegel no es una fuerza impersonal panteística, sino un Dios personal que encuentra su autocumplimiento en la autoconciencia que sintetiza la “universalidad” y la “particularidad”. Y este aporte hegeliano no ha sido recogido adecuadamente por la Iglesia, que aun en Concilio Vaticano I y Concilio Vaticano II se mantiene aferrada a la visión teísta, trascendente, lejana e imparticipada  de Dios, lo cual no responde a la historia concreta de la revelación de Dios y que omite su entroncamiento con el destino humano.

De manera que no hace falta otro Dios, sino esclarecer al mismo Dios en una nueva imagen que haga ver la estrecha conexión entre la trascendencia e inmanencia de Dios y su íntimo nexo con el destino humano. La consecuencia de esta nueva imagen sería de inmediato devolverle al hombre el protagonismo de su propia historia, haciéndolo rechazar toda pasividad ante la autoridad y potenciando su lucha por un orden social justo. Orden que brilla por su ausencia en la presente crisis desatada en Europa y Estados Unidos por la megacorporaciones financieras, y cuyo peso de una posible solución se hace recaer sobre los hombros de los inocentes ciudadanos. Esta pobreza que nace del abuso no sólo debe pagarla el capital y no los trabajadores, sino que será siempre recurrente dentro de un sistema cuyo valor máximo no es la persona sino la ganancia.

Entonces, si lo más profundo del problema del sentido de la vida es su dimensión metafísica en consecuencia se puede afirmar que recuperar el sentido de la vida atraviesa por la recuperación de la metafísica; pero recuperar la metafísica equivale a romper con el dios inmanente, del idealismo panteísta, y con el criterio de univocidad del ser, que está detrás de este concepto. Todo lo cual significa que la recuperación del sentido de la vida en la modernidad tardía, exige a ésta dejar atrás su supuesto fundamental: la autarquía absoluta de la realidad humana. Pero junto a ésta superación se debe dar la reafirmación de la trascendencia, la cual devuelve a Dios y a la criatura a sus respectivos órdenes (eternidad-temporalidad).

Pero esta reafirmación de la trascendencia carece completamente de sentido sin enfatizar la manifestación inmanente de Dios, lo que ennoblece la lucha humana por divinizar la vida en la tierra. La trascendencia del paganismo es alienante porque desestima el mundo de la inmanencia. En cambio la trascendencia del cristianismo lejos de alienar a su criatura que es libre, hace posible un humanismo con Dios, porque es una trascendencia que encuentra en la inmanencia un lugar especial, a saber, el de la muerte y resurrección de Dios mismo. De entre todos los entes, es el hombre la única criatura que se plantea el problema de Dios, y es así porque él mismo tiene también, a semejanza de su Creador, una dimensión inmanente y trascendente. Es parte de los dos mundos y debe vivir ambos en conexión. Recortarlos es no sólo regresionar al panteísmo unívoco, sino, desconocer que su vida sólo tiene pleno sentido como finitud plantada en lo absoluto.

Si Dios es una infinitud enraizada en lo finito, el hombre es una finitud arraigada en lo infinito. Aquel que sólo ve a Dios en el topos uranus no ve a Dios, porque Dios está especialmente en su creación y en el prójimo. No se puede amar a Dios sin amar a sus criaturas, de lo contrario se incurre en escapismo gnóstico o en la horizontalidad inmanente de la modernidad unívoca. La modernidad aspirando a reivindicar lo terrenal ha negado su contenido trascendental y el resultado ha sido la relativización y trivialización de lo inmanente en una vida sin sentido.


[1] Como lo hace Rom Harré en su libro 1000 años de filosofía, Santillana, Madrid, 2008.
[2] Ibid, 29, 44.
[3] Véase mi libro: Nihilización del deus in terris, IIPCIAL, Lima, 2008. 

SENTIDO DE LA VIDA ORIENTALISTA




CRITICA A LAS SOLUCIONES ORIENTALISTAS
 DEL SENTIDO DE LA VIDA
Gustavo Flores Quelopana
Miembro de la Sociedad Peruana de Filosofía

Antes que nada es necesario precisar que una cosa es la solución oriental al sentido de la vida y otra muy distinta la solución orientalista del sentido de la vida. La primera es orgánica a la cultura oriental, la segunda es inorgánica a la cultura occidental. Por eso, si bien cada vida es única y singular sin embargo está inserta en una determinada tradición cultural. Hoy estamos ante un viraje profundo: la globalización ha acercado muchas tradiciones culturales, pero no se puede negar que también se está produciendo un choque intercivilizatorio en el contexto de la reconfiguración del orden mundial.  Tanto es así que ya se comienza hablar de una alianza euroasiática entre Rusia y China para detener el hegemonismo norteamericano-europeo sobre Medio Oriente.

Es decir, lejos de aproximarse la homogenización entre las civilizaciones lo que se viene es una eventual confrontación, tal como lo predijo hace un tiempo Samuel Huntington[1].

No obstante, la agudización de la crisis de la razón universal ha hecho que muchos occidentales adopten una solución oriental, ya sea taoísta, búdico o teosófico, al sentido de la vida, como si la tradición cultural fuese una prótesis intercambiable. También lo transcultural produce casos notables de desorientación de la propia identidad cultural. La cuestión es aquí preguntarse sobre la legitimidad de soluciones transculturales para el sentido de la vida. No es difícil adoptar una tradición ajena a la propia, lo dificultoso es legitimarla en la propia tradición vernácula contrapuesta. Las dificultades que esto entraña es la razón por la cual se atribuyó el fracaso de la tradición oriental en suelo occidental. Las condiciones de la vida occidental impidieron que el budismo y el hinduismo florecieran como fenómenos espontáneos, y tuvieron que refugiarse en pequeñas comunidades sin repercusión social.

Esto nos retrotrae a las agudísimas reflexiones de Walter Schubart[2] cuando escribe que existe una profunda antítesis entre Oriente y Occidente. Se trata de dos tipos de almas con distinta profundidad metafísica. El de Occidente es antropocéntrico, tiene sed de inmortalidad personal, asume la vida como única, tiene sed de ser. En cambio el de Oriente tiene sed de no ser, cree en la reencarnación, aspira a la Nada y es cosmocéntrico. El alma china es armónica, la hindú ascética, la occidental heroica. No sabemos si llegarán algún día a sincretizarse o permanecerán antípodas. Por su parte, la cultura occidental es heroica y tiene una fase gótica y otra prometeica. Pero la era prometeica es ya vieja y sobrevendrá la era del arquetipo mesiánico (amor y fraternidad). Para que llegue la casa ecuménica hará falta una guerra mundial universal (¿o un desastre apocalíptico?).

Como ejemplo de la reducida repercusión de la soluciones orientalistas en suelo occidental tenemos el caso de más de un siglo de predicamento de la Sociedad Teosófica –estrechamente ligada a la masonería-, impulsada por Mme. Blavatsky y Annie Besant y secundados por Leadbeater, Sinnett, Arundale, Jinarajadasa entre otros, ha terminado en un minúsculo grupo de miembros esparcidos por diversos países del mundo occidental pero sin mayor repercusión, como los rosacruces, la antroposofía y demás sociedades secretas. Su objetivo supremo era formar el núcleo de la fraternidad universal sin distinción alguna, revelar que el alma es inmortal, compuesta de un cuerpo mental, un cuerpo astral y un cuerpo físico, que puede recibir la ayuda de Maestros supremos para lograr la evolución del hombre perfecto, investigar los poderes latentes del hombre, el cual puede romper la cadena reencarnacionista para existir con el cuerpo causal en la esfera de la realidad eterna.

Esta mezcla informe de hinduismo con el budismo, que combina filosofía, religión y ciencia, lejos de proporcionar un sentido de la vida terminó no sólo en una intrascendente diáspora de pequeñas sectas y mezquina lucha de egos, sino que reproduce el mismo destino mágico-vulgar del gnosticismo del siglo II.

El gnosticismo es un tipo distinto de religiosidad de carácter cíclico y egocéntrico, que implica una antropología, cosmología y soteriología que enfatiza la importancia de lo intemporal. Termina aislando al individuo en un solipsismo egoísta. Es además, un fenómenos general de la historia de las religiones y no sólo compete a ciertos gnósticos paganos heréticos, hay también gnosis cristianas ortodoxas (Orígenes, Clemente, etc.)[3]. La teología doceta es de carácter gnóstica. El docetismo fue una secta cristiana de la antigüedad que sostenía, como el orfismo y el pitagorismo, que la materia era mala, baja e impura, por tanto Cristo no encarnó realmente, su cuerpo era apariencia. Por ende, crucifixión, resurrección y ascensión fueron ilusorias. El Corán, por ejemplo, acepta el docetismo y su cristología gnóstica.

El estudio del pensamiento orientalista, emprendido por ejemplo por Christian Jambet[4], subraya que la lógica de los orientales es una lógica de lo imaginal, la cual hace sensible el otro mundo, lógica que tiene su inspiración en el neoplatonismo, gnosticismo, docetismo y especialmente en el deseo de éxodo que se corresponde con el ascenso del alma al mundo sutil. Ahora bien, la gran limitación del neo-gnosticismo occidental actual, que en el fondo es un neo-docetismo,  es no someter a crítica la idea gnóstica dualista de la preexistencia del alma y de la materia, ésta última dotada de un carácter maligno, sin lo cual el docetismo se derrumba. Lo que Puech, Jambet y Corbin subrayan bien es que se trata de una aspiración a trascender el tiempo por un esfuerzo de éxtasis personal, pero no llegan a advertir que por eso mismo es una actitud racionalista (la mente humana por su propio esfuerzo se eleva a Dios o a lo trascendente), que se condice con el secularismo de la modernidad laica y descreída.

Entonces, en medio de la imperante sociedad de la sensación y hedonista posmoderna, la actitud existencial teúrgica, esotérica, aristocrática y despreciativa del cuerpo condenaba a la gnosis al fracaso como solución al sentido de la vida. Y una razón teológico-filosófica de fondo que la aislaba de la tradición religiosa occidental era su negación de la posibilidad de la teología de la encarnación. Sin teología de la Encarnación no existe posibilidad para el gnosticismo de reivindicar la materia, lo terrenal y lo inmanente.

En la sociedad moderna el hombre arreligioso encuentra gran atracción por los misterios y lo oculto, pero las organizaciones esotéricas son de una deplorable pobreza espiritual que tampoco ayudan a espiritualizar su vida drásticamente desacralizada[5]. Entonces, en la actualidad esta búsqueda de satisfacción de las necesidades religiosas inhibidas se encuentra en la “religión a la carta”, las sectas, el sexo, el dinero, el poder, las drogas, el fanatismo deportivo, los ídolos de la música popular, el afán de novedades, entre otros. Pero todo esto deja vacio al individuo porque no da cuenta de la íntima necesidad humana de transmutar el sentido de la muerte. Toda vida humana auténtica busca una transmutación espiritual que confiera a la muerte la función positiva de preparar un nuevo nacimiento, y esto por lo general se conseguía a través de la religión y la filosofía; pero toda vida humana inauténtica, si no opta por lo mágico e idolátrico, suele desvirtuarse sumergiéndose en el tráfago de lo superficial, contingente y eventual, cuando no en una confusa mezcla de ciencia y religión.

Desde un punto estrictamente filosófico –aunque orientalista- hay quienes sostienen, como Miguel Polo Santillán[6], que en este fluir de lo cotidiano no todo es superficial y se puede desarrollar una conciencia atenta a las cosas que uno piensa, siente y hace cuando están ocurriendo, de manera semejante al retorno a la simplicidad del taoísmo, a la captación de lo presente por el budismo zen y al autoconocimiento enseñado por Krishnamurti. Y así Polo, apoyándose en estas tradiciones, contrapone la “mirada atenta” a los marcos narrativos, las creencias y los valores. Para él no hay necesidad de recurrir a Dios ni a valores superiores que constituyen una evasión. La “vida atenta” basta para construir un mundo feliz y armonioso con el otro. Afirma que es una forma de vida y no un ideal, que está entre el racionalismo y el nihilismo.

Sin embargo, Polo deja sin fundamentación óntico-ontológica a la “mirada atenta”. Esta mirada atenta que nos permite el autoconocimiento no sólo exige mucha energía mental, sino que implica valores y marcos de referencia sobre los cuales juzgar y discriminar. La “mirada atenta” no es una entelequia abstrusa, sino que está signada por estructuras fenoménicas, existenciales, eidéticas y de valor que le da sentido. Además, esta adhesión suya a la ilusoria experiencia de eternidad presentada por Krishnamurti merece un breve comentario.

Primero, el Krishnamurti de Polo es el Krishnamurti de José Russo[7], según la cual éste es un redivivo Sócrates del “conócete a ti mismo”, en vez de preconizar la unión del yo con el universo. Segundo, otra coincidencia con esta ética de la autognosis, que Russo le atribuye a Krishnamurti, es su rechazo de un Dios providente y omnipotente que limita nuestra libertad personal, y en esto revela estar atrapado en el concepto hegeliano de “alienación”. Tercero, considera que reencarnación y resurrección son racionalizaciones consoladoras ante el temor a la muerte. Es decir, rechaza y carece de una teología de la Encarnación. Cuarto, dice no rechazar lo inmanente ni lo trascendente pero se trata de la trascendencia del ego hacia una trascendencia mayor, pero dentro de lo inmanente. Su sentido unívoco del ser, propiamente panteísta, es inocultable. De modo que Polo no logra salir de los marcos desacralizados y descreídos de la cultura moderna, que paradójicamente coincide con el inmanentismo atávico de la filosofía china y del budismo primigenio oriental. Quinto, su vitalismo de autognosis preconiza disolvernos en conexión con el cotidiano vivir, sin embargo no precisa cuáles son las estructuras de la cotidianidad auténticas e inauténticas. Sexto, descarta que pueda haber una verdadera mirada atenta creyendo en Dios. Y en esto, nuevamente, se muestra dependiente de la categoría hegeliana de alienación.

En realidad, la filosofía moderna sometió a la teología y a la ética a una crítica despiadada con la herramienta de la razón. La visión mecanicista de Descartes llevó a prescindir de Dios, el panteísmo de Spinoza ayudó a la secularización, la lógica del corazón de Pascal fue un precario baluarte de la fe al prescindir de la razón, en Leibniz su Dios plotiniano depende de la esencia divina, los enciclopedistas destronaron a Dios como Juez providente y en su lugar colocaron a la humanidad, Hume pretendió demostrar que la religión natural no es más que un sueño filosófico, Kant consideró pelagianamente a la religión como moralidad, Schleiermacher sabelianistamente rechazó la Trinidad, Hegel convirtió la Trinidad en dialéctica del Espíritu Absoluto y es señalado por la Iglesia de disolver a Dios en la inmanencia –ya vimos que esto no es exacto-, Nietzsche declara la muerte de Dios por antivital, Kierkegaard rechaza la prueba objetiva de la existencia de Dios, critica el concepto popular de Dios-amor y en el centro de su fe coloca la paradoja de la Encarnación.

La crisis tenía que llegar a la teología tanto protestante como católica, así K. Barth afirma que Dios sólo es cognoscible por la gracia y no por la razón natural, P. Tillich estima que Dios es suprapersonal y el nuevo ser es el hombre divino, R. Bultmann negará rotundamente lo sobrenatural, Robinson afirma que la teología debe ser secularista; mientras que en el lado católico, Dewart sostiene que hay que deshelenizar el dogma, Dupré considera que deben crearse nuevos símbolos religiosos, Rahner pretende que el Dios inmutable puede hacerse otro que deviene, y para Letter el hombre es el llegar a la unión hipostática de Dios. Ahora es la visión cuántica la que pretende prescindir de Dios basada en la hipótesis del multiverso, geometría no conmutativa, geometría cuántica, una reconsideración del ajuste fino y una creación ex nihilo sin Dios. La estrategia es que a partir de temas controvertibles de la cosmología actual se desahucie a la teología natural de la cosmología moderna.

Ante tan pesado lastre racionalista y crisis de la fe no es extraño, entonces, encontrar en el mismo orbe occidental soluciones filosóficas que viren hacia la tradición oriental, especialmente china, caracterizada por su tendencia a la armonía, pero a una armonía fundamentalmente inmanente. Esto es lo que acontece en la propuesta sino-orientalista de Polo, donde no hay el sentimiento gnóstico de la vida, con su deseo de separarse del mundo material y ascender a lo Uno, pero se trata de un constructivismo intuicionista de tendencia sino-orientalista, por el que se busca explicar el sentido de la vida adecuándolo a la doctrina de la vida atenta.

Predomina en él, muy occidentalmente, la hermenéutica desmitificadora de la sospecha sobre la hermenéutica remitificadora de la escucha, pero sólo para rechazar el teísmo, pues la vía dorada de la vida atenta implica la conexión con nosotros mismos, con los otros y con la naturaleza.  Sus elogios a la simplicidad del Tao, que se traduce en la conciencia atenta del fluir de lo cotidiano, hace pensar en una interpretación panteísta con su inseparable criterio unívoco del ser. Cabe preguntarnos también en qué medida la ética del no hacer que implica el taoísmo puede conciliarse con el espíritu prometeico del hombre occidental. En todo caso habría que darle la vuelta a éste como a un guante, y esto, de por sí, equivale ilusamente casi al cambio completo de su tradición cultural.

Pero también en Miguel Polo Santillán no hay una comprensión no religiosa de Dios, como la busca por ejemplo Bonhoffer en su esfuerzo secularista,  sino, la ratificación de la “muerte de Dios”, en el sentido de la desacralización del mundo cósmico e histórico. O sea, ratifica los pareceres de Nietzsche (hundimiento definitivo de Dios en la historia), y de Sartre (pérdida de la experiencia divina en nuestra época), y se distancia de las interpretaciones sobre la muerte de Dios de un Hegel (muerte de Dios como un elemento del proceso divino) o de un Lutero (padecimiento real de Dios en la cruz de Jesús). Luego se ha sostenido que la crisis de Jesús en la cruz representa la muerte eterna de Dios (Moltmann). Es decir, en Polo se excluye de plano que la verdadera creencia en Dios, es decir, sin idolatría, implique una mirada atenta al mundo. Así, su planteamiento ante el problema de Dios puede entenderse también  dentro del itinerario que le ha tocado recorrer a la teología de Dios en el mundo occidental.

La teología de Dios demuestra que a través de la historia la Revelación sobrenatural de la Palabra ha tenido que luchar contra la secularización inmanente del pelagianismo y del monoteísmo sabelianista. En consecuencia, por su asunción del panteísmo monista del taoísmo Polo se halla próximo al monoteísmo sabeliano y al inmanentismo pelagiano. Esta extraña combinación es posible gracias a la migración a otra tradición cultural-filosófica. Pero nos preguntamos, ¿qué tipo de reintegración con el ser se puede pretender si el límite de la trascendencia es la trascendencia del ego?, ¿cómo puede ser lo cotidiano una experiencia auténtica del vivir si previamente no se han despejado sus estructuras inauténticas que la inundan?, ¿no constituye una evasión mayor, que el Dios providente y los valores superiores, recurrir anatópicamente a una tradición cultural extraña?, ¿una sociedad desarticulada y fragmentada está en condiciones de emprender una “purificación de la mente” o de ser arrollada por una “recolonización mental china”?, ¿a qué se religa la “actitud atenta” en un contexto dominado por el egocentrismo y el narcisismo?, ¿puede la “vida atenta” resolver el problema del sentido de la vida si se limita solamente a posibilitar el sentido dejando a los demás la afirmación de instituciones con sentido?, ¿acaso esta inacción social no lo hace caer en el ontologismo abstruso, el moralismo infecundo y en el psicologismo estéril?

Justamente por ello, su esfuerzo no logra escapar de la perspectiva inmanentista de la modernidad desacralizada y descreída. En este sentido, la propuesta de Polo no logra salir de las garras egolátricas de una modernidad que expresa combatir.

Como vemos, la carencia o rechazo de la teología de la Encarnación, que en el fondo refutaría el sentido unívoco del ser, conduce a una teosofía del ascenso del alma a lo Uno o a un inmanentismo filosófico de lo verdadero como únicamente lo terrenal. La mirada atenta de Polo es otra variante de esto última.
En otros términos, si las soluciones orientalistas al sentido de la vida en Occidente resultan desarraigando al hombre de su propia tradición cultural, entonces profundizan su alienación, ahondan la irracionalidad de la totalidad del sistema imperante, presentan soluciones ilusorias al pretender la eternidad en la inmanencia, resultan impracticables por exigir una fuerza mental que lo aíslan del cambio efectivo del sistema social y termina acentuando la secularización de la modernidad tardía y el olvido del ser y de Dios en una inmanencia sin trascendencia verdadera.


[1] Samuel Huntington, El choque de civilizaciones, Paidós, Madrid, 1997.
[2] Walter Schubart, Europa y el alma de Oriente, Ed. Poblet, B. Aires, 1947.
[3] Cf. Henri Charles Puech, En torno a la gnosis, Taurus, Madrid, 1982. .
[4] Christian Jambet, La lógica de los orientales. Henry Corbin y la ciencia de las formas, FCE, México, 1989.
[5] Cf. Mircea Eliade, Iniciaciones místicas, Taurus, Madrid, 1984.
[6] Cf. Miguel Polo Santillán, Indagaciones sobre el sentido de la vida, UIGV, Lima, 2011.
[7] Cf. José Russo Delgado, Krishnamurti. Los grandes temas. UNMSM, Lima, 2002.