jueves, 10 de mayo de 2012

ETICA DE LA VIRTUD DEL TOMISMO


LA ETICA DE LAS VIRTUDES DEL TOMISMO
por
Gustavo Flores Quelopana


PREAMBULO
En la reflexión ética contemporánea se habla de éticas analíticas (Moore, Wittgenstein, Ayer, Stevenson), axiológicas (Scheler, Hartmann), existencialistas (Heidegger, Sartre), procedimentales (Apel, Habermas, Rawls), de la alteridad (Levinas), débil (Vattimo), de la responsabilidad (Jonas), pragmática (Rorty) y sustancialistas (Walzer, Macintyre, Taylor). La ética de las virtudes de Tomás de Aquino sobrevive por sí sola y a través del Magisterio de la Iglesia, pero también está presente en la ética comunitarista del filósofo escocés MacIntyre.

EL BONUM
Santo Tomás aprovecha a fondo la ética nicomáquea pero también emplea ampliamente la ética de la estoa, de san Agustín, de los escolásticos como Felipe el Canciller y la Ética de su maestro Alberto Magno.  La ética tomista gira en torno al concepto de bonum, en su doble aspecto óntico y personal.  El Bonum es coincidente con el ser, tan sólo añade el bien al ser un especial matiz, la relación con el fin y la tendencia a él (De ver. xxi, 1). Desde Platón  la ontología es teleológica, lo bueno ontológico es perfección y todo se subordina al sumo bien. En santo Tomás la bondad de cada ser es comportarse conforme a su naturaleza.

El bonum humano estará en la naturaleza humana ideal. La recta razón es la conciencia moral, así la ley natural es el principio de la moralidad humana. Por ello la ley natural cae bajo el principio superior de la ley eterna, porque de ella participa nuestra humana naturaleza en cuanto racional (S. th. I-II, 91,2).

MORAL TEÓNOMA
La moral teónoma tomista es profundamente platónica, porque coloca  las  leyes  de  la  moralidad  en  el  Dios, es decir, se trata de un movimiento de la criatura racional hacia Dios. La torcida concepción que tiene Kant de la moral teónoma se relaciona indirectamente primero con el voluntarismo de Occam antes que con la concepción ética tomista, la cual ni coloca a Dios en la base de los valores ni lo ve como un ser extraño y caprichoso.

Al contrario, la moral teónoma no implica un extraño poder que nos hace violencia, pues nuestro propio ser tiene su ser en la esencia misma de Dios. Esto lo olvidan Occam y Kant y los lleva a entender mal la moral teónoma y el aspecto de la voluntad en la prescripción del deber. La ley eterna es determinación causal física sólo en la naturaleza irracional, pero en el reino del ser espiritual es sólo prescripción del deber ideal que presupone la acción de la libertad.

MOVIMIENTO DE LA CRIATURA RACIONAL HACIA DIOS
En los seres inferiores al hombre las razones eternas implican  necesidad física, pero en el hombre es mandato para la libertad de su voluntad. La voluntad queda a salvo dentro de la doctrina de la ley eterna y la providencia de Dios. Por ello la ética es para Tomás de Aquino el movimiento de la criatura racional hacia Dios.

Es una moral que no se basa en un Dios caprichoso, sino en el Dios en cual somos lo que somos. La moral se funda en el ser de dios y atañe a la ratio essendi, no se resuelve en fenomenología de lo ético yen su primeras captación en la ratio cognoscendi. El principio moral encierra una participación del valor y de la verdad de Dios.

Platónicos, peripatéticos, estoicos y cristianos ven la vida humana de modo teleológico, dirigida hacia un fin: la felicidad. La felicidad en el tomismo se identifica con la teoría, pero esta felicidad a diferencia de Aristóteles no se acaba en esta vida sino en el más allá. Lo cual hace evidente el rasgo platónico-agustiniano de la delectación contemplativa de Dios. De modo que cuando santo Tomás define en términos aristotélicos la felicidad eterna como vita contemplativa (visio beatifica),  en  realidad  sólo  la  terminología  es concepto de asimilación a aristotélica porque el espíritu es decididamente platónico. Pues mientras Aristóteles busca la felicidad en el mundo inmanente, Platón lo busca en el mundo trascendente.

No en vano de todo el bagaje filosófico que reivindica la filosofía cristiana el platonismo ocupa un lugar de predilección en toda la patrística y es la savia nutricia en la escolástica. Las ideas griegas asimiladas por el cristianismo fueron la crítica al politeísmo de estoicos y epicúreos, la metafísica de la voluntad de Plotino, la ley eterna, las razones seminales y la ciudad de dios de los estoicos y el mundo ideal, la escatología, pureza ética, desprecio del mundo y preferencia por lo suprasensible de la filosofía platónica.

EL FIN ÚLTIMO
Santo Tomás no duda que un filósofo por la razón natural pueda distinguir entre las acciones buenas o malas pero considera que sin la revelación sólo tenemos un conocimiento imperfecto de la vida humana y del bien supremo del hombre. Considera indispensable distinguir entre los actos de un hombre o actus hominis y los actos humanos o actus humani, ante los cuales sólo los segundos son actos propiamente humanos porque caen dentro de la esfera moral y pueden ser juzgados como buenos o malos. En consecuencia, lo mismo resulta decir actos humanos y actos morales (S. th. Ia, IIae, 1, 3). En todo acto humano la voluntad se dirige hacia un fin aprehendido por la razón, es decir en todo acto humano hay un acto interior de la voluntad. Por ejemplo, un hombre puede desear la mujer del prójimo, sin decidirse hacerlo nunca realmente. Aquí, el acto bueno o malo concierne desde los actos interiores. No obstante, si el acto interior resulta en un acto exterior entones se consuma el acto moral bueno o malo. Significa que el acto interior es la intención y el acto exterior es la realización del acto moral.

Todo acto humano de la voluntad se dirige hacia algo considerado como bueno, de modo que la voluntad humana está dirigida necesariamente hacia el fin último del hombre, como orientación innata y dinámica de la voluntad. Pero el bien del hombre cuya posesión lo perfecciona en la forma más alta y completa es el fin último y supremo. Dios creó al hombre con un irresistible deseo hacia un bien que existe y que es alcanzable. Todos los hombres apetecen el cumplimiento de su perfección, pero no están de acuerdo en la realidad en que se encuentra (S. th. Ia, IIae, 1, 7). Todas las cosas creadas tienden a lograr que sus potencias pasen al acto, y los seres humanos lo hacen por instinto, voluntad y entendimiento. Pero como carecemos de una idea innata del bien supremo, entonces todos los seres humanos solamente tendemos hacia la realización de las posibilidades de nuestra naturaleza, sin presuponer que ello implique alcanzar la perfección moral.

El hombre dirige su voluntad hacia el logro de un bien sin tener idea precisa de lo que sea el bien. El Dios personal no ha puesto en nosotros una idea innata del bien supremo, que al fin de cuentas anularía el libre albedrío de nuestra voluntad y resultaría imposible el acto moral.

Como no hay una idea ni una intuición de un bien supremo, haciéndose cada quien una idea diferente del fin último, Santo Tomás pasa a examinar los distintos tipos de bienes. El placer sensual no puede ser el bien supremo del hombre porque sólo perfecciona el cuerpo, además es gozado también por los animales. El poder tampoco puede ser el bien supremo para el hombre, porque se presta a propósitos perversos, abusivos y despreciables. El conocimiento científico o especulativo nunca puede ser  el bien supremo del hombre, porque soluciona sólo aspectos de la realidad pero descuida el desarrollo objetivo de toda la personalidad. Ni siquiera el conocimiento metafísico de Dios lo hace, porque sólo llegamos a conocer lo que El no es que lo que es. Para encontrar el último bien sólo cabe dirigirnos hacia la visión sobrenatural de Dios, cuya realización sólo se obtiene en la próxima vida (S. th. Ia, IIae, 2, 1 s; C. g. 3, 27 s).

LA BEATITUD
Esta beatitud, que consiste en ver a Dios, el hombre no la puede alcanzar con sus solas fuerzas naturales, sino que debe ser guiado por Dios. Esto no significa que Dios fuerza al hombre, ni siquiera lo fuerza hacia el bien, porque es parte de la predestinación. La libertad del hombre forma parte de la predestinación a la beatitud eterna. La predestinación es parte de la providencia, ambas presuponen la presciencia divina, cierta e infalible, donde están presentes las cosas futuras y la acción libre está en acto. Dios eterno ve las acciones futuras del hombre, pero al verlas incluso cumplidas no le resta libertad. Ni la ordenación finalista del mundo ni la presciencia divina, ni la gracia, que es una ayuda gratuita y extraordinaria de Dios, disminuyen en nada el libre albedrío. Dios mueve todas las cosas en el mundo natural e inclina al hombre hacia la justicia según la propia condición de la naturaleza humana (S. Th. I, q. 22, a 4, q. 23, a 6, q. 14, a 13, q. 113, a 3).

LA GRACIA
Sin la gracia sobrenatural es imposible la beatitud y sin la revelación sería imposible saber que es posible obtenerla, por eso el filósofo moral no puede estar seguro de cuál es el fin último o el supremo bien del hombre, aun cuando pueda tener cierto conocimiento del bien para el hombre. Aristóteles se ocupó de la felicidad imperfecta  y temporal que el hombre puede alcanzar en esta vida por su propio esfuerzo, es necesario afirmar la gracia, que perfecciona la naturaleza sin anularla, y la revelación, que nos concede el conocimiento del fin último.

ÉTICA TELEOLÓGICA
No hay duda que el Aquinate estaba convencido que la concepción aristotélica del mundo y de la vida humana era incompleta, señaló su error y moderó su sistema naturalista. El fin último del hombre es imposible sin la gracia sobrenatural que el filósofo moral no conoce o no le da importancia. La ordenación finalista del mundo se refleja en una ética teleológica que no elimina ni disminuye el libre albedrío de la voluntad humana. En el debate ético actual entre modernistas y posmodernistas los partidarios de la moralidad aspiran reactualizar el imperativo categórico kantiano o la carga lingüística por la carga ontológica, y los partidarios de la eticidad aristotélica buscan reactualizar la lógica de la acción, como Hegel que reemplaza el paradigma de la conciencia por el paradigma de la acción, pero ambas posiciones respetando el deber, los   agentes  o  a  las  instituciones,  no  trascienden  los  límites  del filósofo moral al ocuparse únicamente de esa felicidad imperfecta y temporal que el hombre puede alcanzar por su propio esfuerzo en esta vida.

En realidad toda la concepción moderna e ilustrada de eticidad está transida de un inmanentismo que desestima la vida y el bien sobrenatural de la vida humana. Y esto ha encontrado su base en la idea de una razón autofundante, que explica la fascinación de los modernos con un tipo de conocimiento puramente racional que no admite ni requiere de interferencias de otro orden.

EL ACTO MORAL
Actos tales como mesarse los cabellos o hurgarse los bolsillos no son actos morales, el acto moral es aquel que lleva en sí alguna circunstancia que lo hace bueno o malo. Sin la razón deliberante no hay acto moral. La presencia de una mala intención vicia todo el acto moral, dar limosna por vanidad es una mala acción (S. th. Ia, IIae, 20, 1), aun cuando materialmente sea una buena acción. Para que un acto humano sea moralmente bueno es necesario contar con la recta intención. Pero no basta desear el bien para hacerlo, es insuficiente una moral de intención. Lo decisivo es que tanto el acto interior o la intención como el acto externo o la realización deben ser coherentes y rectos para que el acto humano sea bueno. La compatibilidad formal y material determinan la moralidad de un acto humano. Pero tanto la acción como la intención deben ser compatibles con el logro del último fin. Sin que esto signifique que un acto no pueda ser moralmente bueno sin una referencia explícita con el supremo bien del hombre. En la ayuda piadosa al niño desamparado no existe necesariamente una referencia explícita sino implícita al bien supremo humano.

Pero el acto bueno no es moralmente obligatorio, sólo lo es cuando el no hacerlo es moralmente malo. La obligación moral de llevar a acabo una acción buena está dada por las circunstancias concretas, pero los actos morales obligatorios son una subdivisión de los actos moralmente buenos porque implica una escogencia particular no dañosa. Por ejemplo, un gobernante tiene que mantener la paz con un otrora enemigo adoptando para ello un tratado comercial o un tratado de amistad, pero puede hacerlo con uno o lo otro.  Así, el escoger una u otra acción obligatoria es una subdivisión de los actos moralmente buenos.

Los actos son buenos o malos en sí mismos y no pueden considerarse en términos de medios o fines, pero ello exige que una persona distinga entre llegar a creer que un acto es malo y reconocer la razón objetiva por la que ese acto es malo. Los seres humanos no ven intuitivamente la bondad de todas las acciones buenas o la maldad de todas las acciones malas. Un hombre corriente no juzga que un acto sea bueno o malo tras preguntarse si ese acto es compatible con el bien supremo para el hombre.  Su tendencia innata hacia la perfección es lo que lo hace determinar la bondad o maldad de un acto concreto.

CONDUCTA MORAL Y GLORIA DIVINA
Pero no existe dicotomía entre la conducta humana moral y la gloria de Dios, porque todo el mundo con sus potencias y actos existen para que Dios sea glorificado. La actividad interna es el fin último del hombre, de tal modo que la conducta moral humana está necesariamente subordinada a un fin extrínseco señalado por Dios. Todo lo que existe es bien, en el grado y medida en que existe, pero el propio orden del mundo exige la realidad de los grados inferiores del ser y de bien, y que resultan malos respecto a los grados superiores, de modo que el propio orden del mundo exige la presencia del mal. La presencia del mal en el mundo no sería sólo debida al libre albedrío del hombre sino al propio orden del mundo.
EL MAL
El Aquinate admite la teoría platónica-agustiniana del mal no substancial para el mal moral humano, pero no para el mal natural que es de orden ontológico. Por eso el mal es de dos formas: pena o deficiencia de forma (la sordera por ejemplo) y de culpa o deficiencia de acción (el pecado por ejemplo). El pecado es el acto humano de escoger deliberadamente el mal, actuando contra el orden de la razón y de la ley divina. El hombre tiene tanto una disposición natural para entender los principios especulativos de las ciencias, como también una disposición natural para entender los principios prácticos. Este hábito natural práctico es la sindéresis, que nos inclina hacia el bien y nos aparta del mal (S. th. I, q. 48 a 5-6, q. 79, a 12-13).

LAS PASIONES
Las pasiones consideradas en sí mismas no pertenecen al orden moral, pues son comunes tanto a hombres como a animales, ni pueden por ello ser algo bueno o malo por sí mismas. En sentido moral se habla de las pasiones cuando están en relación con la razón y la voluntad humana. Sujetas a control de la razón son buenas, y son malas cuando oscurecen a la razón. Con esto refutaba las opiniones de estoicos, que calificaban de  malas  a  todas  las  pasiones,  y  a  peripatéticos,  que consideraban como buenas a las pasiones moderadas (S. th. Ia, IIae, 24, 2). Santo Tomás era muy realista y jamás vio al ser humano descarnado, por eso es que consideró que la perfección del bien moral consiste en que el hombre se mueva al bien no sólo por su voluntad, sino también por el apetito sensitivo.

De modo que la presencia de la emoción o la pasión no es por sí misma negativa, como creían los estoicos, porque regulada por la razón no disminuye el valor moral de un acto (S. th. Ia, IIae, 24, 3). Idealmente todo hombre debería ser atraído por el bien, pero es mejor hacer un acto de bondad con placer que por mero deber. De tal forma que no coincidiría con Kant, que consideraba que es mejor cumplir el propio deber sin inclinación por él que cumplirlo por inclinación.

LOS HÁBITOS
Pero los hombres no sólo cuentan con emociones y pasiones sino también con hábitos. Hay hábitos innatos no sólo en los poderes de la parte sensitiva humana, sino aun en sus facultades intelectuales. El hábito es una disposición rápida y fácil de actuar en cierta forma, es éticamente neutra porque puede existir en forma buena como mala.

Los hábitos buenos son virtudes y los hábitos malos son vicios. Las potencias naturales sólo actúan de una manera, no pueden elegir, carecen de libertad y actúan de modo infalible y constante. Pero las potencias racionales actúan según su elección y no están determinadas en un solo sentido; de modo que la elección que hacen origina una disposición constante o hábito.

Los hábitos virtuosos son disposiciones prácticas para vivir rectamente y huir del mal. Hay virtudes intelectuales y virtudes morales –justicia, templanza, y fortaleza-, distinción que toma de Aristóteles, pero éstas no bastan porque son virtudes humanas, es decir, conducen a la felicidad que puede alcanzar el hombre en esta vida. Para conseguir la beatitud eterna son precisas las virtudes infusas teologales: fe, esperanza y caridad (S. th II, 1, q. 55, a 1).

Es posible tener virtudes intelectuales sin tener virtudes morales, pero no es posible tener virtudes morales sin la virtud intelectual de la prudencia, por consiguiente no es posible disociar del todo las virtudes morales e intelectuales. Santo Tomás se dedicó con extensión a tratar de las virtudes porque estaba convencido de que se necesitaban hábitos virtuosos para actuar con placer, rapidez y uniformidad acorde con la recta razón. Sin hábitos virtuosos operativos no se será capaz de actuar conforme con la recta razón. Existen disposiciones orgánicas que hacen que determinadas personas estén mejor dispuestas hacia ciertas virtudes –como la castidad o la mansedumbre- , pero es necesario inculcar el desarrollo de virtudes o hábitos operativos buenos (S. th. Ia, IIae, 51, 1).

EL JUSTO MEDIO
Santo Tomás sigue la doctrina aristotélica del justo medio, que inclina al hombre a actuar de tal manera que evita los extremos representados por dos pasiones contrarias. Pero se daba cuenta de las dificultades de conciliarla con los ideales cristianos. Dice, por ejemplo, que dar todos los bienes y llevar una vida de pobreza no constituye un exceso y están de acuerdo con la recta razón si son hechas como respuesta a una invitación de Cristo (S. th. Ia, IIae, 64, 1 obj. 3). Pero al tratar de las virtudes teologales admite que existe un punto de vista donde no puede aplicarse la doctrina del justo medio. Cuando un hombre valiente confiado en la ayuda divina nada teme, es sobrehumano. Y estas virtudes son divinas (Comentario de  Evangelio de San Mateo, Cáp. V). En la vida de la unión sobrenatural con Dios mantener para el hombre la doctrina del justo medio aristotélico resulta a veces forzado.

Hegel rechazó hablar de virtudes por considerarlas declamaciones vacías, abstractas e indeterminadas, donde el discurso se dirige al individuo como arbitrio subjetivo (Fil. Del Derecho, & 150, Apéndice). Pero, en primer lugar, la misma observación recae sobre la discusión moral de nuestros tiempos que asume un discurso acerca de valores, normas, actitudes y modos de vida; y, en segundo lugar, la visión tomista del hábito como disposición racional culmina no en un arbitrio subjetivo sino en uno sobrenatural y del cual participa el hombre por gracia divina. En consecuencia, admitir las virtudes teologales es admitir un punto de vista que trasciende las instituciones jurídicas y sociales. Mientras Hegel aspira a reconciliar al hombre con la sociedad y el Estado, Santo Tomás aspira a reconciliarlo con Dios. En el debate ético contemporáneo y frente a las posiciones liberales y formalistas el filósofo escocés MacIntyre ha defendido una ética de las virtudes o también llamada sustancialista para amparar un comunitarismo, sosteniendo que lo que debilita o destruye a las tradiciones son la ausencia de las virtudes.

  LA LEY MORAL NATURAL
Si el plan de sabiduría divina gobierna todos los actos y movimientos, es natural que Santo Tomás comience la cuestión de la ley natural partiendo de la concepción de la ley eterna, lo cual no significa que la ley moral dependa de la elección arbitraria de Dios. La ley moral es un caso particular del principio general de que todas las cosas y criaturas son dirigidas hacia sus diversos fines por el gobierno providencial de Dios.

En este sentido, la ley moral no es algo que sólo está en relación consigo misma. Su punto de partida es metafísico. Dios concibe eternamente todas las criaturas de acuerdo con diferentes fines y medios, los cuales están subordinados al fin de todo el universo creado. La ley eterna es la comunicación de la perfección divina acorde con sus diferentes clases y fines (S. th. Ia, IIae, 83, 1). Incluso las criaturas inferiores al hombre participan inconscientemente de la ley eterna y no son capaces de contradecirla. En cambio el hombre, como ser racional y libre, es capaz de actuar de modo contrario a la ley de Dios. Para evitar ello es necesario que el hombre, que no puede leer la mente de Dios, discierna las tendencias y necesidades fundamentales de la naturaleza divina para llegar a conocer la ley moral natural.


Todo hombre posee la inclinación hacia la obtención del bien y posee también la luz de la razón, de modo que puede alcanzar cierto conocimiento de la ley natural. Y como la ley natural es participación de la criatura racional en la ley eterna, entonces el hombre no está sumido en la ignorancia respecto a la ley de Dios, como última regla de toda conducta (S. th. Ia, IIae, 94, 3). De aquí se desprende que no hay que confundir la ley natural con las leyes de la naturaleza, pues una ley natural no compete ni a las criaturas irracionales ni a las tendencias naturales del hombre sino tan sólo a los preceptos que su razón enuncia como resultado de una reflexión.

Es la razón humana la que proclama la ley natural, que a su vez es reflejo de la ley eterna. Los preceptos de la ley moral natural se comportan frente a la razón orientada a la acción como los principios de demostraciones rigurosas lo hacen frente a la razón orientada a la contemplación. Ambos son principios de suyo evidentes, principia per se nota (S. Th. Ia, IIae, 94, 2). Así como el ens o ente es lo que la razón teórica primero aprehende, del mismo modo el bonum o bien es lo que la razón práctica o vis apetitiva aprehende primero.

LA RAZÓN PRÁCTICA
De  este  modo,  la  razón  práctica  no  puede alterar la ley moral natural que está basada en su naturaleza. Y no lo puede hacer no por una imposición de Dios, sino porque la aprehensión del bien se impone con evidencia a su razón práctica.

Todo lo que actúa contiene en sí la ratio boni, la condición del bien; de lo que resulta como principio fundamental de la razón práctica que el bien es aquello a lo que todo aspira. De acuerdo con esto se desprende el primer precepto de la ley, sobre los que se fundan todos los demás preceptos de la ley moral natural: Es deber aspirar y hacer el bien, y evitar el mal. Constituida por la razón práctica la ley moral natural es ley conforme a la naturaleza humana, obrar conforme a la razón y a la virtud (S. th. Ia, IIae, 91, 6).

A la ley natural pertenecen todos los preceptos que contribuyen a conservar la vida del hombre y a evitar los obstáculos, pero existe también en el hombre una tendencia hacia bienes más particulares, como la procreación y la educación. Finalmente, el hombre busca conocer las verdades divinas y vivir en sociedad, sobre la cual se dicta el precepto de vivir en comunidad  y buscar la verdad. Lo que siempre guía al Aquinate es la razón concreta aplicada a la naturaleza humana. Así, sobre su posición sobre el celibato y el reconocimiento de la necesidad de procreación aclaró que en la comunidad es necesario que unos tengan hijos y se multipliquen corporalmente para la generación de la comunidad, en la medida en que puedan satisfacer sus necesidades de educación y alimentación, mientras que otros se abstengan de estos actos dedicándose a la contemplación de las verdades divinas para mayor belleza y prosperidad de la humanidad (S. th. Ia, IIae, 152, 2 ad 1).

Esto es que, el individuo no está obligado a casarse y tener hijos, pero si lo hace con responsabilidad no está mal. Todo lo cual nos indica el realismo del tomismo en el punto de la propagación de la raza humana, el sexo y el coito. No hay en él ese temor neurótico hacia el sexo responsable, ninguna estigmatización al coito y menos una adhesión militante a la castidad universal.

EL IMPERATIVO MORAL
Pero la ley moral natural consiste en una multiplicidad de preceptos con un grado variable de generalidad. Del precepto relacionado con la propagación se puede derivar la ley de la monogamia por ejemplo. La razón humana es capaz de descubrir preceptos menos generales. No obstante, el imperativo moral es absoluto e incondicionado porque se busca el bien por ser lo que somos, seres humanos. Todos los hombres buscan la felicidad en un sentido indeterminado, pero el imperativo moral dirige la elección de medios para este fin.

A esto Kant lo llama imperativo hipotético asertórico, no equivalente al imperativo categórico reconocido por la conciencia moral. Pero para Santo Tomás la razón práctica impone la obligación que lleva a la voluntad libre a realizar los actos necesarios para el logro del último fin, al mismo tiempo que prohíbe los actos contrarios.

La principal objeción que se dirige a su postura sobre la existencia de un conjunto inalterable de preceptos morales es que a la evidencia empírica se presentan agrupaciones sociales con principios morales divergentes. Pero contra el relativismo moral es posible sostener que puede haber grados variables de comprensión de una ley moral inalterable. Además, es casi imposible divergir en cuanto que el bien debe proseguirse y el mal evitarse.

EL SENTIMIENTO DE JUSTICIA
El Aquinate reconoce que la conciencia puede equivocarse y los errores morales son posibles. Pero a veces su lenguaje puede dar la impresión de que las personas se forman los juicios morales exclusivamente a partir de su razonamiento, sin embargo todo ser humano proclama le ley natural por la razón pero percibe su justicia por el sentimiento.

Como ya mencioné, Santo Tomás era muy realista y jamás vio al ser humano descarnado, por eso es que consideró que la perfección del bien moral consiste en que el hombre se mueva al bien no sólo por su voluntad, sino también por el apetito sensitivo.

Hume había escrito que la moralidad es algo que se siente, más que se juzga (Tratado, 3, 1, 2); a lo que el Aquinate hubiese añadido que la emoción y la pasión están presentes en el acto moral pero la formulación y discernimiento de la ley moral es un acto de la razón.

CONCLUSION
-Es propio de la criatura racional obrar por un fin.  Los actos humanos se especifican por un fin. Hay un fin último en la vida humana. La voluntad del hombre no tiende a varios fines últimos. El Bien perfecto es el fin último del hombre. Dios es el fin último del hombre y de todos los seres intelectuales, las demás criaturas la alcanzan por participación.


 -La Bienaventuranza no consiste en la riqueza, honores, fama, poder, placer, o el alma. Pero es algún bien del alma. Tampoco está en un bien creado.  La bienaventuranza humana está sólo en Dios. Dios es el bien universal que aquieta la voluntad humana.

-El hábito es una cualidad de primera especie que implica cierta duración y orden a los actos. El hábito es indispensable para que las potencias se determinen al bien
.
- Las virtudes humanas son hábitos. La virtud es el buen uso del libre albedrío. Es un acto operativo, es un hábito bueno. La virtud es un buen hábito de la razón por la que se vive en rectitud, de la cual nadie puede hacer mal uso, y que Dios obra en nosotros sin nosotros pero con nuestro consentimiento.

-La virtud pertenece a las potencias del alma. Puede residir en varias potencias del alma pero según cierto orden. El entendimiento es sujeto de la virtud, tanto en cuestiones especulativas como prácticas, pues perfecciona el conocimiento de la verdad. El apetito irascible y concupiscible en cuanto participan de la razón son sujeto de la virtud. Las virtudes cognoscitivas residen en la razón y no en alguna facultad interna del conocimiento. La voluntad es sujeto de virtud cuando se dirige a un bien extrínseco (el bien divino, el bien del prójimo).

-Los hábitos intelectuales especulativos son virtudes para considerar la verdad. Sabiduría, ciencia e inteligencia son hábitos intelectuales especulativos.  El arte es una virtud. La prudencia es una virtud distinta al arte, porque la rectitud de la voluntad le es esencial. La prudencia es la virtud necesaria del buen vivir.

-No toda virtud es moral. La virtud moral es distinta a la virtud intelectual. Toda virtud humana es intelectual o moral. La virtud moral puede darse sin la intelectual (sabiduría, arte o ciencia), pero no puede darse sin entendimiento o prudencia, por eso implica a la recta razón. Las virtudes intelectuales pueden existir sin las virtudes morales, excepto la prudencia.

-Las virtudes cardinales son cuatro: prudencia, justicia, templanza y fortaleza. Estas virtudes se distinguen entre sí en virtud de su objeto.

-Hay virtudes teologales dadas por Dios. Se distingue de las virtudes intelectuales y morales. Son: Fe, Esperanza y Caridad. En el orden de la generación la fe es anterior a la esperanza y a la caridad; pero en el orden de la perfección la caridad es primera porque las vivifica y recibe de ellas perfección de virtud.

-La Gracia pone en el alma el don concedido y el reconocimiento de este don. La gracia es una cualidad del alma intelectual, pero no es una virtud. Siendo anterior a la virtud la gracia está en la esencia del alma racional y por ella participa de la naturaleza divina.

Bibliografía
Santo Tomás de Aquino, Suma teológica, 2 tomos, editorial Universo, Lima 1974. Estudios: A. MacIntyre, Tras la virtud, Critica; Barcelona 2001. Carlos Thiebaut, “Neoaristotelismos contemporáneos”, en  V. Camps (ed.) Concepciones de la ética, Trotta, Madrid 1992. J. Leclercq, La philosophie morale de St. Th., Lovaina 1955. P. Lumbreras, La moral de santo Tomás, Valencia 1930-32, 2 t. P. M. Farrell, Sources of St. Thomas Concept of natural Law, “The Thomist” 20, 1957. Miguel Polo Santillán, Los lenguajes de la Ética, Editorial Mantaro, Lima 2006. Paolo Tejada Pinto, Artículo: Ley natural y virtud en el aquinate, en Revista Tomista, Archivos de la Sociedad Internacional Tomás de Aquino, SITA-Perú, tomo I, n° 1, pp. 21-30, Lima 2007. St. Pfürtner, Triebleben und sittliche Vollendung nach St. Th. d´A, Ottawa 1957.  Carmen Rosa Villarán Rodrigo, Artículo: Ser y/o tener a la luz del tomismo. Una encrucijada contemporánea, Archivos de la Sociedad Internacional Tomás de Aquino, SITA-Perú, tomo I, n° 1, pp. 31-53, Lima 2007. 

CUERPO Y ALMA EN FILOSOFÍA TOMISTA


EL PROBLEMA DEL CUERPO Y EL ALMA
EN TOMÁS DE AQUINO
Gustavo Flores Quelopana/Past President de la Sociedad Internacional Tomás de Aquino-Perú
Disertación en la Asamblea del 18 de Junio del 2011

1.
LA UNIDAD PSICOFÍSICA
Santo Tomás llega a una definición del hombre tras su análisis de la relación entre cuerpo y alma. Llegar a una posición propia no le fue fácil, debido a la presencia de dos robustas posiciones filosóficas de concebir la constitución metafísica del hombre.
De un lado, la exposición dualista de la relación entre alma y cuerpo con Platón, Aristóteles y Plotino que pusieron el acento en el alma humana o en la inteligencia, cuya preexistencia y reencarnación hace que pueda unirse a varios cuerpos. Esta concepción de la reencarnación la tienen en común con las filosofías y religiones orientales. En Orígenes, por influencia del neoplatonismo, también aparece la idea de la preexistencia del alma. Y en San Agustín una concepción semejante encuentra expresión cuando sostiene que el hombre tiene una sustancia que participa de la razón y gobierna el cuerpo (De quantitate animae 13, 21).
La literatura ascética cristiana conserva este dualismo y en la filosofía posrenacentista la filosofía de Descartes la reproduce. Los argumentos a favor esgrimidos van desde que el alma no es una simple armonía con el cuerpo y lo gobierna, la inteligencia trasciende las capacidades de la materia y la capacidad de autoconciencia que tiene la hace diferente.
De otro lado, la posición monista de la relación entre alma y cuerpo está presente desde los atomistas, epicúreos, se prolonga hasta los materialistas de la Ilustración y el epifenomenismo. Sus argumentos ponen hincapié en la correlación que hay entre los procesos psíquicos y las condiciones físicas, los desórdenes orgánicos producen alteraciones psíquicas.
Como ambas posiciones son defendibles la posición intermedia adoptada por Tomás de Aquino no sólo parece ser la más adecuada, sino también la que evita las unilateralidades. En este punto también parte de la realidad concreta, para afirmar que el hombre no es sólo alma, sino que el cuerpo forma parte de su esencia. Es decir, no deduce de principios generales la esencia del hombre, sino que muy sensatamente constata que no sólo se piensa, pues también se siente y sentir no es una operación solo del alma sino también del cuerpo.
El alma no es una sustancia independiente del cuerpo ni depende del cuerpo para sobrevivir, ya que sobrevive a la muerte de éste. La premisa teológica es que el hombre es una criatura de Dios, pero eso no impide definir con mayor precisión su esencia. Es Dios el que crea libremente, ex prima intentione Dei,  al hombre como un compuesto de alma y cuerpo (De potentia 3, 19).
De modo que el alma no es anterior al cuerpo, es el acto o forma del cuerpo, principio vital que hace que el hombre conozca y se mueva. Por eso Dios crea una sustancia que subsiste por su cuenta, es una entelequia del cuerpo.
Consciente que su teoría supera las posibilidades extremas de concebir la constitución psicofísica del hombre, incluso la de Aristóteles, no ahorra espacio para refutarlas, pero lo hace cuidando de no destacar su propio pensamiento.
En suma, la teoría del alma de Aquinate no es la misma a la que se encuentra en  el De anima del Aristóteles histórico. Santo Tomás habla como el Peripatético del alma vegetativa, sensitiva y racional, pero cuando dice que el alma es la forma del cuerpo no lo hace en el sentido que el ser humano esté compuesto de dos sustancias. Conforman una unidad psicofísica, lo cual no significa que sean indistinguibles, pues se tratan de sustancias incompletas cuya unión forman una sustancia.
La persona es una sustancia completa de naturaleza racional, de modo que el alma humana que sobrevive a la muerte no es en sentido estricto una persona humana. Con ello, el santo estaba rechazando la idea de Avicena  yuxtaposiciones no fusionadas que no constituyen un verdadero compuesto, seguido por el agustinismo, que en cada compuesto permanecen las formas de los elementos que lo componen.
Esto lo lleva a rechazar la teoría platónica del alma a la que se adscribía el platonismo judaico musulmán de los franciscanos, por lo menos en la idea que el alma es un compuesto de materia y forma. Para Platón el alma tiene ideas innatas, preexiste al cuerpo, y la utiliza como un instrumento extrínseco. El santo nunca creyó que el alma existiera antes de su unión con el cuerpo, pero tampoco que dependiera del cuerpo para existir.
Aplicó su teoría general de la materia como principio de individuación al alma y que el entendimiento es como una tablilla de cera capaz de recibir impresiones, pero sin poseerlas aun. Dice que si el conocimiento fuese anamnesis o reminiscencia no habría necesidad que el alma se vinculase al cuerpo. Considera que el alma intelectual ocupa la posición inferior entre las sustancias intelectuales, carece del conocimiento innato de los ángeles y tiene que reunir su conocimiento a partir de las cosas materiales percibidas por los sentidos (S th.  Ia, 76, 5).
Las consecuencias epistemológicas de su teoría del alma ponen énfasis en la significación esencial de los sentidos para que el alma adquiera conocimiento.  La idea de no descuidar el aspecto físico y la dependencia de las actividades psíquicas respecto de las condiciones fisiológicas, lo hereda del recio empirismo de Aristóteles. Varias veces se refiere a las personas de contextura ruda y piel gruesa como mentalmente ineptas y a las persona con buen sentido del tacto como poseedora de un claro entendimiento, para afirmar que la intelección está íntimamente ligada a las disposiciones orgánicas (S. th. Ia, IIae, 50, 4 ad 3).
La comprensión metafísica del hilemorfismo lleva a entender al alma y al cuerpo como principios metafísicos que se comportan como materia y forma.  Pero la única forma sustancial del hombre es el alma intelectual, cuyo coprincipio es la materia prima como potencia pura. Su ser sensible-espiritual lo debe el hombre al anima intellectiva.
La concepción de la unidad psicofísica del hombre, tan compatible con los descubrimientos de la investigación moderna, concibe que su esencia sea ser espíritu y forma corporis o sea que su realización precisa de un cuerpo (De ver. XVI, I-13).
La unión del alma con el cuerpo no es para el Aquinate un castigo por un pecado. Al contrario, la facultad de sentir y de entender que tiene el alma no lo puede ejercer sin el cuerpo. Se trata entonces de una unión esencial y no accidental que está en función de la perfección de su naturaleza (Quaestio disputata de anima, 2 ad 14).
2.
LA INMORTALIDAD
Santo Tomás piensa que la materia puede corromperse porque la forma puede separarse de ella, en este sentido, el alma como forma pura puede separarse del cuerpo, sobrevivir a la muerte y ser inmortal. La unidad psicofísica entre alma y cuerpo es sólo un aspecto del alma, porque el alma no puede separarse de sí misma y corromperse.
Encuentra que muchas facultades del alma dependen del cuerpo, como los sentidos corporales, pero hay actividades que en sí mismas trascienden el poder de la materia, como la inteligencia que conoce cosas distintas de las puramente materiales. Esto prueba que el entendimiento no es cuerpo y la autoconciencia es el signo nítido del carácter inmaterial de la inteligencia humana (C. g. 2, 49).
Luego las actividades superiores del alma humana prueban la espiritualidad o inmaterialidad del entendimiento, entonces esta inmaterialidad demuestra que el alma trasciende la materia. Como era muy consciente que el alma en muchos casos se presentaba como una función de la materia, consideraba importante probar que ésta tiene otras funciones que no son intrínsecamente dependientes del cuerpo.
Las distintas facultades del alma -vegetativa, sensitiva y racional- no significan que existan en el hombre diversas almas, porque los diferentes niveles de actividad vital no conforman una jerarquía de almas; las plantas sólo poseen una, la vegetal, los animal otra, la sensitiva y el hombre no tiene más que la racional. De modo que en virtud de su alma racional el ser humano puede desarrollar las actividades vitales de las plantas y animales pero en un grado superior que está ligado a la posesión del entendimiento.
No es que sea fácil percatarse de la existencia del alma y menos de su inmortalidad, pues el alma no es algo transparente por sí misma ni observable inmediatamente. Por medio de la introspección uno se da cuenta de que piensa, pero no del entendimiento ni del alma. Para el Aquinate todos somos conscientes de nuestras actividades mentales, las cuales contienen implícitamente una noción del carácter del alma.
Por eso sus análisis del alma no son un salto al vacío de la especulación, porque cuando afirma que el conocimiento humano es fruto de la experiencia sensible pero que hay actividades psíquicas independientes del cuerpo, lo que está diciendo es que alma es a la vez dependiente e independiente del cuerpo.
Esto no lo lleva, pues, al sostenimiento de dos posiciones incompatibles, porque mientras el alma está unida al cuerpo conoce a través de la experiencia sensible, pero existen actividades superiores del alma que no dependen de la sensibilidad, es decir, del cuerpo. Acaecida la muerte el alma ya no depende de sus facultades sensitivas, pero puede conocer a los objetos espirituales.
En esta vida el hombre no puede conocer nada sin la experiencia sensible, ni siquiera sin el uso de imágenes lo que Dios le ha revelado. Pero cuando el alma se separa del cuerpo entonces ya no depende de los sentidos ni de la imaginación. Esto es lo que Santo Tomás llama praeter naturam o más allá de la naturaleza. Pero en la condición de separación del cuerpo el alma ya no es estrictamente una persona humana, pues persona indica la unión de alma y cuerpo. De modo que las actividades superiores del alma son intrínsecamente independientes del cuerpo, pero extrínsecamente dependientes porque mientras esté unido al cuerpo  depende de la experiencia sensible.
Esto puede conducir a un mal entendido, en el sentido de creer que el hombre está mejor en estado de separación del cuerpo. Pero el estado natural del alma es su unión con el cuerpo. Es más, dice el santo que el estar sin el cuerpo es contraria a la naturaleza del alma, y lo contra natura no puede ser perpetuo, por consiguiente la separación del alma respecto del cuerpo sólo es temporal, siendo preciso que nuevamente se una al cuerpo, es decir, resucite entre los muertos.
De modo que la inmortalidad de las almas exige la resurrección de los cuerpos (C. g. 4, 79). Esto quiere decir teológicamente que ni siquiera el hombre que alcanza la salvación muriendo en estado de gracia, está mejor sin esperar la resurrección de la carne. Dicho de otra forma, el alma como forma pura es inmortal pero dicha forma no está destinada a subsistir así siempre, sino que habiéndose separado de un cuerpo corrompible debe esperar la resurrección de la carne para volver a su estado natural y unirse esta vez nuevamente a un cuerpo, pero a un cuerpo glorioso en caso de merecerlo.
La inmortalidad del alma no es un bien en sí mismo, sino una característica intrínseca del alma que tras la muerte terrenal se separa temporalmente del cuerpo corrompible, pero que está destinada a volver a la carne para luego del juicio volver a unirse a un cuerpo. Lo que le espera puede ser el premio o el castigo eterno.  Acontecida la muerte terrenal el estar el alma sin cuerpo sólo es temporal, volverá a ella y será nuevamente persona en la resurrección de la carne, allí se decidirá su suerte en el juicio final. Entonces se conocerá la suerte eterna de cada uno de los hombres y de sus almas nuevamente unidas a su cuerpo. Lo que persiste en el alma separada del cuerpo es la individualidad más no la personalidad, porque el alma intelectiva no se destruye al destruirse el cuerpo.
Para Aristóteles decir que algo es la forma del cuerpo equivale a decir que es inseparable de ese cuerpo. El alma que es la entelequia o forma del cuerpo no incluye el intelecto inmortal. El entendimiento inmortal es eterno y existe tanto antes como después de su presencia en el cuerpo, por ende no es parte del alma sino que le  viene  de fuera.
Esta  no  es  la  posición  del Aquinatense, para el cual sólo hay un alma en el hombre y toda ella sobrevive a la muerte. El Estagirita pone el acento en diferenciar el alma humana del entendimiento inmortal y considera que la psyche humana no puede existir al margen de las funciones biológicas del cuerpo. No hay inmortalidad ni persistencia en la existencia después de la disolución del ser compuesto. De este modo es patente que Santo Tomás se distanció de la interpretación del alma dada por el Aristóteles histórico.
Al mismo tiempo, es cierto que Tomás quiere combinar la doctrina platónica de la inmortalidad con la doctrina aristotélica de la relación entre el alma y el cuerpo. Pero además afirma que el alma es la forma del cuerpo y separada del cuerpo no está en su condición natural. Entre la muerte y la resurrección hay individualidad del alma pero no persona, porque toda persona es sustancia completa o unidad entre alma y cuerpo. El alma como forma pura es inmortal, espiritual e incorpórea, es decir intrínsecamente su existencia no está ligada al cuerpo ni a la materia.
En este punto crucial de la presencia de una forma espiritual y la inmortalidad es que Guillermo de Occam afirma que ambas son verdades de fe, imposibles de obtener por reflexión filosófica. Pero santo Tomás mismo admite que no tenemos una intuición directa del alma como sustancia espiritual, sin embargo la interpretación de los datos empíricos permite deducirla por el razonamiento. La teoría sobre la naturaleza espiritual del alma implica una interpretación incontrastable, como también lo son las del materialismo que afirma que el cerebro secreta pensamientos como el hígado secreta la bilis, o del epifenomenismo que sostiene que la inteligencia adviene cuando el cerebro alcanza un determinado grado de evolución.
Lo cierto es que el argumento del Aquinate a favor del carácter espiritual del alma humana descansa en el hecho de que el hombre ejercita actividades psíquicas intelectuales que no dependen del órgano corporal, y si no dependen entonces la forma de estas actividades es espiritual. Esto no equivale a decir que exista actividad intelectual que no dependa de los movimientos cerebrales, sino que aun dependiendo en un sentido físico no depende del cerebro en un sentido intelectual.
El tomismo admite dos cosas: que el alma y el cuerpo conforman una unidad psicofísica y por tanto sus actividades dependen del cuerpo; pero su existencia no se agota en su unión esencial con el cuerpo. Lo que significa admitir mente sin cuerpo o alma subsistente post mortem en su forma puramente intelectual, individual y simple. Pienso que esta es una interpretación tan legítima e  imposible de desestimar al lado de teorías materialistas cuyas motivaciones fundamentales son, aunque no quieran reconocer, de carácter intuitivo.
  3.
LA INCORRUPTIBILIDAD
Sólo se puede corromper lo que tiene un contrario, el alma intelectiva no tiene contrarios porque el entendimiento mismo de los contrarios forma en el alma una sola ciencia. Luego, el alma intelectiva no se puede corromper per se ni per accidens (S. th. Ia, 75, 6). Pero que el alma sea inmortal no significa que Dios no pueda aniquilarla.
Si el alma humana tiene un carácter espiritual, entonces persiste tras la muerte del cuerpo. Toda substancia intelectual es incorruptible (S. th. Ia, 75, 6). En la vida sensible el hombre aprehende la existencia en el presente y rechaza la muerte instintivamente, pero como ser intelectual desea y concibe la existencia perdurable. El hombre alcanza la perpetuidad por el alma, mediante la cual aprehende el ser en absoluto y perdurablemente (C. g. 2, 79).
En este argumento Santo Tomás no habla sencillamente de un deseo natural de sobrevivencia, sino de un deseo consciente de inmortalidad, que presupone la idea de una existencia perdurable. Este deseo es la forma en que toma en un ser intelectual el impulso a la conservación de la vida y es una señal de la incorruptibilidad del alma humana.
Los pensadores medievales, como Duns Scoto, mantuvieron la opinión que la existencia de actividades humanas que trascienden el poder de un agente material no demuestra que el alma sobreviva a la disolución del ser compuesto,  y que por tanto primero se debe demostrar que el alma humana es capaz de sobrevivir a la muerte.
El argumento de la inmortalidad por el deseo natural no parece convincente, pero estaba dirigido a combatir la teoría de un solo intelecto inmortal en todos los hombres, que era expuesta en la época por un grupo de profesores de la Facultad de Artes de la Universidad de París. El santo mantenía que el Peripatético había sido malinterpretado, pues la teoría de un solo intelecto en todos los hombres era incapaz de explicar las diferentes ideas y vidas intelectuales en las personas. El argumento que combatía provenía de una interpretación de Averroes que termina negando la inmortalidad personal. Si fuera cierta no tendría sentido atribuir responsabilidad moral a los actos voluntarios (De unitate intellectus contra Averroístas).
En consecuencia, el argumento de la inmortalidad personal por el deseo natural estaba dirigido a refutar las interpretaciones averroístas en boga de un solo intelecto inmortal. Poner énfasis en el “deseo natural” del alma como indicio (signum) de inmortalidad equivalía a acentuar su carácter personal y privado.

CONCLUSIÓN
Contra el dualismo el santo nunca creyó que el alma existiera antes de su unión con el cuerpo, pero contra el monismo naturalista tampoco juzgó que dependiera del cuerpo para existir. La concepción de la unidad psicofísica del hombre, es compatible con los descubrimientos de la investigación científica moderna, pero a diferencia de ésta no la hace dependiente del cuerpo para existir.
La unión del alma con el cuerpo no es para el Aquinate un castigo por un pecado. Se trata entonces de una unión esencial y no accidental que está en función de la perfección de su naturaleza.
Santo Tomás piensa que la unidad psicofísica entre alma y cuerpo es sólo un aspecto del alma, porque el alma no puede separarse de sí misma y corromperse.
 Muchas facultades del alma dependen del cuerpo, como los sentidos corporales, pero hay actividades que en sí mismas trascienden el poder de la materia, como la inteligencia que conoce cosas distintas de las puramente materiales. Esto prueba que el entendimiento no es cuerpo y la autoconciencia es el signo nítido del carácter inmaterial de la inteligencia humana.
Las actividades superiores del alma humana prueban la espiritualidad o inmaterialidad del entendimiento, entonces esta inmaterialidad demuestra que el alma trasciende la materia y que es inmortal.
No es que sea fácil percatarse de la existencia del alma y menos de su inmortalidad, pues el alma no es algo transparente por sí misma ni observable inmediatamente. Por medio de la introspección uno se da cuenta de que piensa, pero no del entendimiento ni del alma. Pero hay actividades psíquicas independientes del cuerpo, lo que demuestra que el alma es a la vez dependiente e independiente del cuerpo.
El estar sin el cuerpo es contrario a la naturaleza del alma, por consiguiente la separación del alma respecto del cuerpo sólo es temporal, siendo preciso que nuevamente se una al cuerpo, es decir, resucite entre los muertos. De modo que la inmortalidad de las almas exige la resurrección de los cuerpos.
La inmortalidad del alma no es un bien en sí mismo, porque lo que le espera puede ser el premio o el castigo eterno.  Acontecida la muerte terrenal el estar el alma volverá al cuerpo y será nuevamente persona en la resurrección de la carne, allí se decidirá su suerte en el juicio final. Entonces se conocerá la suerte eterna.
El argumento de un deseo natural y consciente de inmortalidad, presupone el impulso a la conservación de la vida y es una señal de la incorruptibilidad del alma humana.
En síntesis, el alma humana es inmortal pero el hombre es una espiritualidad encarnada pero no reducida al cuerpo.