DESDE
EL CENTRO DEL SER
LA
KÉNOSIS COMO NÚCLEO ESENCIAL
Gianmarco TORRES PARRA
La
kénosis al centro de la ontología,
como
propuesta original, dinamiza al ser.
El
vaciamiento del ser es posibilitador de apertura
y
superador de estructuras dogmáticas.
|
V |
alorar
la obra reciente: Ontología kenótica de Gustavo Flores Quelopana, requiere
antes referirme a su persona, como filósofo. El filósofo L. Gustavo es, desde
mi punto de vista, un pensador peruano contemporáneo que muy recelosamente
recurre a las bases más sólidas sobre el análisis del ser para sus argumentos
filosóficos. Y dentro de su sólida, profunda, pero rápida búsqueda de verdad,
invita, y sin dudar, a los principios cristianos, pero la del mismo Jesucristo.
En
más de una veintena de obras que giran en torno a la vuelta al cristianismo,
pero sin dejar de hacer filosofía, con argumentos realmente profundos, deja
claro que el puro inmanentismo lleva a un fracaso nihilista. Al respecto,
considero que lo más importante de sus planteamientos es la recurrencia a la
Ontología, pues varias de sus obras la incrustan desde su título. Por ejemplo: Ontología
de la alteridad (2021), Filosofía como onto-ética (2021), Algoritmo
ser y Dios. Un análisis ontológico y teológico del dataísmo y la Inteligencia
Artificial (2025), Ontorrealismo (2025), Ontologías del sur en la
encrucijada (2025), Ontología intermedia integral (2025). Y
principalmente, esta última: Ontología kenótica. Hacia una nueva Teoría del
ser. Se trata pues de una obra que aparte de su propuesta central, el autor
va integrando los aportes de sus obras anteriores.
Antes
de todo, considero que la relevancia de su robusto quehacer filosófico consiste
en el análisis libre y acucioso partiendo de la realidad que le preocupa
profundamente por la errada autosuficiencia del hombre contemporáneo. Pues
siente y defiende la fe racional como verdadero cristiano. No he visto filósofo
como él. Su pensamiento es original. Considero que se encuentra en una etapa
madura dentro del fenómeno evolutivo de su pensamiento.
Otros
filósofos, también con seriedad y madurez, han analizado mayormente de forma
abstracta o puramente racional; en cambio Gustavo ha partido de realidades
peruanas y globales tan reales como sus afecciones o consecuencias. Entonces,
si por mucho tiempo se ha debatido sobre la existencia de una filosofía peruana,
Gustavo, sin detenerse en este debate, ha hecho y sigue haciendo filosofía viva
porque denota su preocupación, como demuestra en sus escritos y a través de las
varias tertulias que mantuvimos con él. Este es otro punto realmente valioso,
como la del filósofo que no solo piensa, sino vive en coherencia con su
pensamiento filosófico. En ese sentido, es como otro Sócrates. Y al apelar a
los valores y virtudes (principios cristianos), es otro como Aristóteles. Y al recurrir
a otro plano (trascendental), es otro como Platón. Coincidentemente, los tres
filósofos originarios del sustento ontológico.
Ahora,
si bien el filósofo Juan Chocce hace con su libro: Gustavo Flores Quelopana.
Filósofo del abismo y profeta de la tragedia de la civilización actual, un
reconocimiento al quehacer filosófico del autor en mención, ubicándolo en un
escenario contextual por medio de una lista de autores como Juan Abugattás,
David Sobrevilla, Ricardo Paredes Vassallo y Víctor Samuel Rivera porque todos
ellos, desde su punto de vista, coinciden en la preocupación por una nueva
alternativa civilizatoria por todos los problemas (económicos, ecológicos,
político, sociales, etc.) en que nos encontramos zanjados en los últimos
siglos. Es importante sí valorar el reconocimiento que hace Chocce a Gustavo
Flores Quelopana por su descripción al problema civilizatorio actual, por la
condición anética que presenta el hombre desde la modernidad lamentablemente
con mayor intensidad. Sin embargo, frente a la denominación de “Filósofo del
abismo y profeta de la tragedia de la civilización actual”, debemos decir que
el mayor interés del análisis filosófico que Gustavo Flores realiza es, ante
todo, volver y edificar desde las bases sólidas de la ontología para un
reconocimiento puro del ser del ser humano y luego más bien presentar con
cierta esperanza la propuesta del cristianismo ya que él está convencido de que
esta, es el mejor estilo de vida para hacer frente al “nihilismo estructural”, que
consiste en “la negación radical de todo fundamento último del ser, de la
verdad y la moral” en el contexto de la civilización actual.
Por
ello, aparte de entender la descripción de Luis Gustavo como filósofo del
abismo y profeta de la tragedia de la civilización actual es cierta, pero que
necesita un complemento, una ampliación, por quedarse solo en la revisión del
estado perverso de la civilización actual, pues considero que el alcance del
autor mencionado llega hasta el núcleo filosófico, me refiero al ámbito
ontológico ya que es indudablemente el centro de su atención a través de sus
obras por las que atraviesa esa vuelta al ser. De ahí que lo considero prioritariamente
como un ontólogo.
***
Comentario
a la Ontología kenótica, hacia una nueva Teoría del Ser
Ahora,
al leer el libro: Ontología kenótica, confirmo que Flores es un filósofo
profundo porque retorna al ser mismo. Pues, traslada un término (kénosis)
de la teología paulina a la filosofía que ya no depende de la teología ni
cristología, sino que se trata de un acto intencional de todos ser, que
proporciona sentido y finalidad.
La
neutralidad en la filosofía me parece un factor necesario en la medida que presenta
la libertad de crítica y argumentación. Dicho de otra forma, considero que no
puede abandonarse a un extremo y ¿cómo nos podemos dar cuenta de ello? Siempre
que una idea se pueda argumentar con profundidad y seriedad. Esto sucede con la
ontología desde la kénosis. La apertura que presenta esta ontología
radica en la integración en un solo sistema: lo real, lo ideal y lo suprarreal.
Además, hay una secuencia y desarrollo que se va gestando desde el núcleo
kenótico: vaciamiento que apertura, donación que otorga soporte y comunión que proporciona.
Se puede hablar también de apertura porque libera al hombre del encasillamiento
en el inmanentismo y en la cerrazón cientificista, tal como indica. En sí, la
idea de kénosis permite superar dos extremos: reducir el ser a sustancia
o elevarlo a sujeto absoluto. Se trata más bien de una entrega sin retención.
En
el texto bíblico al cual se hace mención, específicamente dice: ἐκένωσεν (ekénōsen, "se vació"). En
teología, se entiende por kénosis al acto de autodespojo voluntario del
Hijo de Dios en la encarnación. κενόω (kenóō) lo cual significa: vaciar, dejar
sin contenido, hacer inútil, privar de fuerza o anular. En Filipenses tiene un
sentido cristológico único. Autores como N. T. Wright y Joseph A. Fitzmyer
sostienen que Pablo describe una renuncia al privilegio, no a la naturaleza
divina.
De
hecho, en la perspectiva filosófica el alcance sea mayor. Y ese el mérito de la
ontología kenótica de Flores. Desde esta noción la ontología cobra otro perfil,
se trata del acto de desposesión. Esta propuesta se puede relacionar con la de
otro filósofo, poco estudiado, me refiero al Hermano Noé Zevallos, para quien
también la posibilitación del ser habilita la transtemporalidad. Es decir, el
ser humano consciente de sus límites y de su finitud, lejos de paralizarnos por
esa condición, le sirve de resorte para impulsarnos en nuestras vidas,
intentando que cada acción trascienda estas limitaciones. De igual forma
Gustavo considera que con su propuesta la filosofía deja de ser un sistema
cerrado y torna más bien en un hecho de real apertura en donde cabe la libertad
y la expresión de amor. Aquí la kénosis, es una categoría ontológica
fundamental que explica la génesis del ser. Y de eso se da cuenta nuestro
filósofo.
En
palabras de Flores: “La ontología kenótica se presenta como respuesta
porque afirma que el vaciamiento no es negación, sino plenitud compartida; no
es pérdida, sino comunión; no es clausura, sino apertura”. (p.14) Esto quiere
decir que el vaciamiento no es anulación del ser, no significa no-ser o el
vacío. Pero ¿cómo entender ello? Inclusive, sobre la propuesta de logos de
Heráclito para algunos intérpretes como Rodolfo Mondolfo, es posible
comprenderlo como develamiento para conocer el ser por medio de la fuerza
motriz que es el logos.
Ya
se ha mencionado que estamos ante una propuesta original, es por ello que
inevitablemente se realiza una crítica a propuestas ontológicas precedentes.
Surge esta postura tras una discusión a los planteamientos de Hartmann,
Jaspers, Heidegger, Balthasar y Marion al respecto. Es que en realidad ninguno
de estos autores acierta con el ser como posibilitador de apertura y comunión.
Todos ellos, de algún modo u otro no trascienden la dependencia al inmanentismo
o a una fenomenología exacerbada. De la misma forma, no podía faltar en esta
obra también una crítica a Nietzsche, como lo hace constantemente en varias de
sus obras, sobre todo por la presentación del ser de forma reduccionista a la
interpretación olvidando que la objetividad permite y sostiene la posibilidad
de conocer el ser. Aquí la filosofía no se puede ver como un juego lingüístico,
o juego de palabras, al modo subjetivo relativista, sino se trata de una
consciencia crítica que busca transformar el nihilismo contemporáneo. Frente a
todo esto, una síntesis sería, en las palabras del mismo filósofo peruano: “El
vaciamiento no es un hecho histórico singular, sino la condición universal de
la existencia”. (p.35) Nuevamente, para Noe Zevallos la posibilidad es la
condición del ser, de similar forma, para nuestro autor, “…la kénosis es la
condición singular del ser”. (p.35)
Vaciamiento
y comunión: dos características del ser kenótico
Así
como G. Flores considera que el ser no se define por permanecer en sí mismo,
sino en el despojo. A esto podría agregar que solo cuando el ser se comprende
pleno o lleno no se apertura hacia otro ser. Al respecto, con claridad la
tradición occidental de la filosofía solo ha focalizado la consolidación, con
pretensión de seguridad, por la autorreferencia ontológica. Solo por mencionar
a dos de ellos, Parménides ha “zanjado” el ser separándola del no-ser. Y
Aristóteles ha ampliado el abordaje de ese ser acrisolado, otorgándole
categorías, características e incluso modos. Según Aristóteles, las categorías del ser son:
sustancia, cantidad, cualidad, relación, lugar, tiempo, posición, posesión,
acción y pasión. Además, el ser al decirse de muchas maneras, se puede
caracterizan por estos pares de modos: sustancia y accidentes, acto y potencia
como también, verdadero y falso. Ambos, de distintas maneras, han ratificado el contenido del ser.
Entonces, se trata de un ser ocupado, mientras que desde la ontología kenótica
el ser está posibilitado para la trascendencia.
Aquí
tenemos el surgimiento de un problema crucial, el entrampamiento de la
existencia de las cosas en su mismidad. Por ejemplo, el inmanentismo radical ha
obstaculizado el desarrollo del ser en tanto no ha posibilitado por la absoluta
pretensión de autosuficiencia. Esto no ha hecho otra cosa más que generar
pesimismos existenciales. En cambio, Flores se dio cuenta que con la
posibilitación de apertura a lo trascendente y fundamental el ser humano ya no
solo se estanca en lo real, sino que atravesando por lo ideal puede arribar a
lo suprarreal. Este último, considera nuestro filósofo, está caracterizado por
la comunión con lo divino.
En
la historia de la filosofía han surgido estos dos modos de abordar el ser: el
sustancialismo y el existencialismo. Recordemos que se puede hablar de
sustancialismo desde la filosofía griega clásica con Platón y Aristóteles. Este
último la ha abordado como una premisa metafísica considerando que la realidad
y el conocimiento se fundamenta precisamente en la sustancia, la cual había
sido entendida como esencias inmutables y permanentes. Y sobre el
existencialismo, cabe recordar a Soren Kierkegaard como un anticipador de esta
corriente filosófica que se consolida en Europa en el siglo XX. Esta
perspectiva antepone la existencia a la esencia. Desde ambas posturas, incluso
contrarias hasta cierto punto; no permiten la dynamis del ser.
Y si
nos concentramos en el ser del ser humano específicamente, se podría considerar
que desde el sustancialismo se justificaría una de las cosas más terribles que
se reflexiona también en la ética, me refiero a la enfermedad de la
autorreferencia egoísta, cuyo pináculo lo llama Flores “anetismo”, como categoría
antropológica del hombre decadente. Digo que es enfermedad porque afecta al
equilibrio del ser humano, principalmente en su dimensión ética-social. Ahora,
sobre la denominación autorreferencia, se debe distinguir una positiva de otra
negativa. La autorreferencia positiva es la que posibilita, por ejemplo, la
identidad. Es decir, respondería a la pregunta: ¿quién soy? Pero la referencia
a sí misma de forma negativa es la que anula toda posibilidad del otro. Es por
ello, para una mejor precisión se adhiere el adjetivo egoísta. Este tipo de
autorreferencia implica solo la priorización del propio bienestar, incluso que
podría dejar afecciones a los demás. Y con esto nos topamos con otras dos
categorías creadas por Flores, la del “hiperimperialismo” neoliberal que
divorcia la libertad de la justicia, y la de “Neobrutalismo”, como
normalización social del agotamiento cultural de la imagen espiritual del mundo.
Desde
allí que en la Ontología kenótica de Flores se posibilita una real apertura a
la trascendencia porque no solo existe el ser de la sustancia, sino de
otra-sustancia. En otras palabras, se comprende que la sustancia está,
“existe”; pero simultáneamente está otra sustancia. Sobre el ser humano habría
que decir, así como existimos cada uno de nosotros también, están los demás.
Somos sujetos en relación. Profundas reflexiones filosóficas en sus obras sobre
lo andino habían ya considerado esa relación, aunque habría que decir también
que no se trata de absolutizarla, en calculada reciprocidad. También, desde el
planteamiento de la kénosis, en relación al existencialismo, permite
superar la reducción de algunos de los representantes de la corriente
filosófica andina que la habían identificado o relacionado con el ateísmo.
Ellos mismos habían considerado al ser como vacío sin sentido. En
contraposición a esos planteamientos, la ontología kenótica es plenitud en
tanto no permanece en sí, sino que se dona es apertura que siempre posibilita
esperanza.
Por
otra parte, en esta época contemporánea la objetividad no es autosuficiencia.
El mismo transcurrir de la historia ha ido consolidando la relacionalidad entre
los seres humanos. En ese sentido, la objetividad consiste en la facultad de
reconocimiento a la alteridad. Al respecto, nuestro filósofo peruano acierta
con vital claridad que en la historia de la filosofía se ha denominado
objetividad a lo que se debería denominar sustancialidad. Este error explica la
comprensión de lo objetivo como algo cerrado o ya establecido en donde no cabe
ninguna posibilidad de apertura, por ejemplo, a la justicia, verdad y
esperanza.
El
vaciamiento kenótico supera todas las ideas de los filósofos que caen en
reduccionismos. Por ejemplo, un reduccionismo en la modernidad podría ser la
comprensión del lenguaje como determinante de la realidad. Y un reduccionismo
de la época contemporánea la grave consideración posmoderna de que cada uno
tenga una verdad y en consecuencia ya no haya, ni siquiera, el autoconocimiento
necesario como camino ético, si es que no se considera los principios a modo de
preceptos morales.
La
onto-ética como categoría fundacional
En
el libro que aquí se comenta, se afirma que esta ontología es una propuesta al
mismo tiempo ética por la posibilidad de una cultura de encuentro si nos
referimos al ser humano. Sobre este punto, considero que si la ética no está
inmersa en la ontología todo esfuerzo por comprender los fundamentos para el
buen obrar serán solo superficiales. Pero si la ética es solo otra perspectiva
de analizar al ser del ser humano se puede asegurar unos principios éticos por
convicción y no como preceptos morales impuestos externamente y de forma
universal.
Después
de comprender ello, cabe preguntarse ¿Qué funda la onto-ética como categoría
filosófica? Esta otra categoría de G. Flores es profundamente desarrollada en
su obra: Filosofía como onto-ética (2021), en ella explica la directa
relación entre ambas disciplinas o consideradas también ramas de la filosofía
que en muchas ocasiones se las ha abordado de forma separada como si ambas no
se referirían al ser, en este caso, nos vamos a referir al ser humano. Considero
que al hablar de onto-ética el autor no lo aborda a modo de una fusión o
yuxtaposición, sino que el enlace allí claramente existente tiene una
explicación más profunda. Esto es, el abordaje del mismo ser en dos
direcciones: uno, el análisis de la esencia del ser, pero como apertura y dos,
el modo del buen obrar de ese ser en apertura. De esto se desprende que la
onto-ética funda la comprensión del ser del ser humano; así como, la
comprensión de los demás seres.
Ontología
kenótica, categoría filosófica y preludio a la teología cristiana
Esta
ontología transita dos espacios: el de la historia entendida como sucesión de
hechos realmente transcurridos in factum, y el de la gloria divina
comprendida básicamente como la participación en la divinidad. Asimismo, esta
ontología superadora del estancamiento inmanentista, permite la comprensión y
asimilación de la plenitud escatológica ya que las promesas al igual que la
esperanza dinamiza la vida del ser humano. Volviendo atrás, la historia refleja
el conjunto de acciones que nos debe preparar para la plenitud de la eternidad.
Y como el amor divino es la que mide todas las cosas, la gloria consuma todo
ese amor. Estas ideas del G. Flores tiene claves correspondencias con la
filosofía tomista. No en vano acuñó la categoría metafísica del “Amore mensura”
en otra de sus obras. Pues, para Santo Tomás de Aquino todas las
características y modos que Aristóteles había considerado del ser, han sido
plenificados en el Ser de Dios.
La
ontología aquí mencionada no contradice en nada a la teología cristiana; al
contrario, la fundamenta. Por ello, es realmente fundacional y reafirmo que
procede del mismo núcleo del ser. Su aporte es valioso porque añade fundamentos
a la teología en tanto antes solo se contaba con los aportes de los filósofos
cristianos como los padres de los tres grupos: Patrística apologética, la
escuela de Alejandría y los Padres capadocios; así como a los escolásticos y
los teólogos propiamente que incluso va analizando sus ideas de algunos de
ellos. Realmente, se trata de un gran aporte y un paso decisivo, que sin dejar
de ser filosofía contribuye con una claridad incomparable para comprender las
enseñanzas de la Iglesia desde los fundamentos ontológicos. En síntesis, lo que
hace Gustavo Flores es partir de una categoría paulina y darse cuenta que es
ontología pura y que además es fundacional porque abre a posibilidades de
plenitud al ser. Y ese es su mérito puntual.
¡La
kénosis no es metáfora!
Ni
para la exégesis bíblica ni para la ontología, la kénosis no es
metáfora. En la exégesis o también conocida como el estudio de las ciencias
bíblicas con el método histórico – crítico se identifica a ese término como
despojo o vaciamiento. Pues, Pablo considera que Jesús realmente siendo Dios no
se jactó de su condición, sino que se “abajó”. Se sintió uno más de los
nuestros, fue un hombre que salió de Galilea y se pasó la vida haciendo el
bien. Jesús salió de un lugar marginal y quiso liberar espiritualmente a los
más necesitados. Entonces, no se trata de una expresión literaria o un
simbolismo. Se trata de una característica que definiría bien a Jesús por ser
hombre humilde.
Pero,
evidentemente en la filosofía kénosis ya no solo hace referencia al ser
de Jesús, sino corresponde a todo ser. Si bien parte de lo dicho por Pablo en
la carta a los Filipenses (2,6-7): “ὃς ἐν μορφῇ θεοῦ ὑπάρχων οὐχ ἁρπαγμὸν ἡγήσατο τὸ εἶναι ἴσα θεῷ, ἀλλὰ ἑαυτὸν ἐκένωσεν
μορφὴν
δούλου λαβών”. La cual se traduce como: “siendo en forma de Dios… se despojó a sí
mismo”, se refiere a Jesús. Eso sirve de inspiración para que Flores
identifique que se trataba de una categoría más bien de todo ser.
Ahora,
desde un enfoque filosófico el ser que aquí se denomina kenótico por la
apertura y no el ser estancado en el inmanentista de la realidad material, como
ya se ha explicado en los apartados anteriores. El filósofo de la onto-ética
defiende, y con razón, la autonomía del concepto frente a una posible acusación
de dependencia teológica. Para él, no es un inconveniente que el concepto esté,
en principio, presente en un contexto religioso, mientras este término pueda
ser resignificado en perspectiva filosófica universal sin forzarla de ninguna
manera. En realidad, diversos filósofos de toda la historia de la filosofía
usan términos de contextos religiosos, incluso me atrevería a decir, algunos
cambiando más el sentido de la palabra que originariamente presentaba. Eso no
sucede aquí. En el texto Ontología kenótica se recuerda el espíritu
en Hegel, la trascendencia en Heidegger y gracia en Kierkegaard.
En realidad, yo podría agregar que, sobre espíritu, también lo abordaron
Hume, Descartes e incluso Kant (Geist).
Por
otra parte, nuestro filósofo se anticipa haciendo frente a quien le acusaría de
normatividad excesiva, pero él demuestra lo contrario. Evidentemente él
comprende que la ética está inscrita en la estructura del ser. Entonces, las
virtudes y también los valores éticos están al interior del ser del ser humano
solo se necesita la apertura para su ejecución. Pero, también hay el problema
de la libertad y del mal puesto que afectan al obrar bien. En este pensamiento
se percibe de una forma integrada entre el mundo fenoménico, es decir, tal como
se presenta a nosotros las cosas dadas y lo nouménico, que se podría
corresponder con la moralidad. Estas dos que para Kant se encuentran separadas
radicalmente.
En
síntesis, con kénosis no se quiere simbolizar ni posibilitar una
reflexión subliminal a modo de figura literaria, sino se trata de un
significado con profundo sentido por una especie de negatividad frente a la
autosuficiencia en la que muchas veces ha caído el ser humano. Pero hay que
tener en cuenta que ese vaciamiento del que se habla no significa pasar del ser
al no-ser, sino de que el ser es, siempre ha sido, pero con posibilidad
dinámica de posibilidad de encuentro con otro ser y todo, porque no está
cerrado, no está acrisolado en sí mismo.
¿Hacia
dónde nos orientamos con el ser kenótico?
Y
ahora es válida la pregunta: Entonces, ¿cuál sería el efecto o alcance de tal
renovación fundante de la ontología desde la kénosis? Gustavo Flores al final
postula, con la profundidad y claridad que le caracteriza, unos horizontes y
proyecciones al respecto. En primer lugar, en el recorrido histórico que hace
del ser solo se ha transitado desde lo “numinoso” hasta lo “logocrático”,
términos que él también acuña como categorías para explicar los tipos de
pensamiento filosófico. En cambio, era tiempo de una propuesta ontológica de la
kénosis, me parece interesante y revelador las implicaciones éticas que
apertura su propuesta, pues al vaciarse el ser genera la posibilidad de verdad,
justicia y esperanza, mientras que, acrisolado el ser, no haría más que
reducirse a experiencia individual o egolátrica. Incluso, y esto es importante subrayarlo,
su alcance es mayor que la de Aristóteles al considerar la verdad como
correspondencia entre pensamiento y realidad. Aquí el ser se da, se entrega, se
abre, y en esta apertura se posibilita la verdad. El ser en su vaciamiento
metafísico configura la realidad y la verdad. Por ende, hay una fuerte trabazón
entre ontología y gnoseología.
En
pocas palabras, esta propuesta se abre en dos direcciones fundacionales.
Primero, en el ámbito de la fe permite el reconocimiento de una donación
originaria como revelación divina. Y segundo, en el ámbito de la razón,
coincido con el autor que la normatividad no depende de lo que se denomina como
preceptos morales o imperativos formales, sino de lo que está al interior de la
estructura propia del ser. El ser no se encuentra sin sentido o arraigada al
nihilismo contemporáneo, sino que es plenitud que gesta una verdad universal,
una justicia radical y una esperanza trascendente. Son palabras del mismo Flores.
Otro
alcance importante es la proyección política, pero de verdadera política, es
decir a favor del bien común, ese servicio a la polis o sociedad. En este
sentido, desde la ontología kenótica se fundamenta la convivencia a base de la
apertura y comunión. En pocas palabras, la política no puede identificarse con
una cerrazón como enfermedad de autorreferencia egoísta, sino debe percibirse
como apertura originaria del ser.
Finalmente,
Flores va concluyendo su análisis profundo con la presentación del estilo de
vida de San Francisco de Asís al vivir desde la libertad que no se ancla en la
inmanencia, sino que reconociéndola supera la autonomía cerrada entendida como
ese necesitarse solo a sí mismo. Esto se contrasta con la lucha de poderes que
hasta la actualidad existe. En síntesis, desde la amore mensura, que es
otra de sus categorías que lo había desarrollado antes. Esa medida que es el
amor sustenta la pobreza radical del santo de Asís que desarticula el abandono
a la materia y abre el espacio a la libertad como don que coincide con la
característica dinamizadora del logos.
Conclusiones
1.
La ontología kenótica de Gustavo Flores Quelopana constituye una
propuesta original que desplaza el centro de la reflexión filosófica hacia el vaciamiento
como plenitud compartida, superando tanto el sustancialismo clásico como el
existencialismo nihilista.
2.
El vaciamiento kenótico no es negación ni pérdida, sino apertura y
comunión, condición universal de la existencia que dinamiza el ser y lo libera
de la cerrazón inmanentista y cientificista.
3.
La crítica a los reduccionismos modernos y posmodernos (lingüísticos,
relativistas, nihilistas) se articula en categorías propias como anetismo, hiperimperialismo
y neobrutalismo, que denuncian la decadencia ética y cultural del hombre
contemporáneo.
4.
La onto-ética se revela como categoría fundacional: el ser humano no
puede comprenderse sin apertura al otro, y la ética no es imposición externa,
sino convicción inscrita en la estructura del ser.
5.
La propuesta kenótica enlaza filosofía y teología sin subordinación:
desde la categoría paulina de la kénosis, resignificada filosóficamente, se
abre un horizonte de esperanza trascendente, justicia radical y verdad
universal.
6.
La amore mensura se establece como criterio último: el amor como medida
del ser, fundamento de la libertad y de la política auténtica orientada al bien
común, en contraste con la autorreferencia egoísta y la lucha de poderes.
7.
En síntesis, la ontología kenótica se presenta como una respuesta
fundacional al nihilismo estructural, ofreciendo un camino de apertura,
comunión y trascendencia que restituye la dignidad del ser humano y su vocación
hacia la plenitud.
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