lunes, 22 de octubre de 2012

FILOSOFIA DE LA TECNOCIENCIA EN LA CIVILIZACIÓN TÉCNICA

DESAFÍO FILOSÓFICO DE LA TECNOCIENCIA
 EN LA CIVILIZACIÓN TÉCNICA
Gustavo Flores Quelopana
Miembro de la Sociedad Peruana de Filosofía

                                             

AGRADECIMIENTO
Permitidme, en primer lugar, agradecer a los entusiastas y perseverantes alumnos y profesores que han organizado este III Encuentro de Estudiantes de Filosofía y CCSS de la Universidad Nacional de Trujillo, por la invitación para dirigirles de forma concisa y breve unas reflexiones sobre un tema álgido de nuestro tiempo, que afecta a toda la humanidad en su conjunto, a saber, los efectos y el rumbo de la civilización técnica en la era del capitalismo cibernético. Se trata de una reflexión filosófica inserta en la temática de la tecnociencia. Como el presente escrito forma parte de un libro que aun se encuentra en elaboración, las ideas expuestas son aun perfectibles, tanto como subsanables sus errores y limitaciones.
 INTROITO
SABEMOS que la Filosofía es una conciencia que vive en su propia paradoja, puesto que su quehacer es una tarea imposible que aspira a un saber integral. En su aspiración, esencialmente intelectual, se desenvuelve en un radicalismo que no tiene límites y que hace que sus resultados sean controvertibles. Hay que subrayar que la filosofía es esencialmente controvertible y que llega a su extremo cuando pone en cuestión los problemas filosóficos mismos. Además la filosofía es un pensar abierto que no puede perder contacto con la ciencia, la cosmovisión, el arte o la religión. Por añadidura, las disciplinas y temas de la filosofía no son conocimientos independientes, ni encuadra rígidamente dentro de un campo de la reflexión filosófica. Con razón se ha dicho que la filosofía antes que temas tiene problemas.

Ahora bien, dentro de la problemática filosófica se incluye la reflexión sobre la praxis y dentro de ésta está la filosofía de la tecnociencia. La filosofía de la tecnociencia es la reflexión filosófica sobre los problemas derivados de la técnica, la ciencia y la tecnología. Mientras que la epistemología se interroga sobre la naturaleza de la ciencia, la filosofía de la tecnociencia se interroga sobre la naturaleza de la máquina, la técnica, y la ciencia en relación a sus efectos culturales. Por tanto, la filosofía de la tecnociencia es el lugar de encuentro entre máquina, técnica, ciencia, tecnología y cultura.

De todo el amplio panorama de la filosofía de la tecnociencia destaca con importancia primordial para nuestro tiempo la problemática de si la razón cosificante que impera en la civilización técnica es producto de la máquina o de las instituciones que la manejan. La respuesta a esta interrogante constituye todo un desafío de largo alcance para la filosofía de la tecnociencia porque involucra aspectos políticos, económicos y valorativos que a la vez se han de cuestionar y proponer.
LA PREPARACIÓN CULTURAL
Se suele pensar erróneamente que la civilización técnica comienza con la revolución industrial inglesa del siglo XIX, sin embargo gracias a las investigaciones de Sombart (Guerra y Capitalismo), Pirenne (Historia de Europa), Naef (La idea del Estado en la Edad Moderna), Ellul (Historia de las instituciones), Scheneider (El nacimiento de los Estados nacionales) y Mumford (Técnica y civilización), Dobb (Estudios sobre el desarrollo del capitalismo), y North y Thomas (El nacimiento del mundo occidental), hoy sabemos que la civilización técnica pudo triunfar sobre la base de cambios culturales que se inician en el siglo X.

Es decir, se dio todo un proceso de preparación cultural. Ciertamente que la máquina no es reciente, tiene como 3 mil años. Pues la tecnología artesanal no sólo empleó herramientas sino también máquinas. Pero mientras la herramienta es generalista, la máquina es especialista. En este sentido el primer cambio importante a tomar en cuenta es la introducción del reloj en los monasterios. La gran revolución cultural representada por la Orden de san Benito implica un cambio sustancial por la introducción del reloj. Es el reloj y no la máquina a vapor la máquina clave de la moderna edad industrial. Es el símbolo típico de la máquina que impone el flujo regular de la energía. El reloj sincroniza las acciones de los hombres y no es simplemente un medio para mantener la huella del tiempo. Con el reloj se va abriendo camino el tiempo abstracto sobre el tiempo concreto.

En el siglo XII se inventa el primer molino de viento registrado en Europa (Francia), se inventa la Universidad, el cañón usado por los moros, el papel en España, el uso de tipos grabados en maderas en el Monasterio Benedictino de Engelberg, el timón fijo para la navegación, se introduce la pólvora y la brújula magnética en Europa. En el siglo XIII, el siglo de Santo Tomás de Aquino, se inventan los relojes mecánicos, la brújula magnética con pivote, Vitelio escribe el primer tratado sobre lentes, Roger Bacon sobre lentes compuestos, Petrus de Crescendi sobre la práctica agrícola, en Ravena surge la impresión por planchas, se multiplican las fábricas de papel, se inventa la rueda de hilar y la máquina de rebobinar. Además la aparición del Estado nacional en el siglo XIII, el cual implementó el ejercito permanente, en sustitución de las 40 semanas de reclutamiento campesino, y la burocracia, que reemplazó a la nobleza en los cargos públicos. El Estado nacional convertiría a los hombres en máquinas antes de la era de la técnica. Con esto el Estado implementaría las reformas económicas y sociales que hizo posible la economía dineraria y la organización burocrática en vista del aumento de los beneficios.

Estos importantes cambios están detrás del arte cisterciense del gótico, la mística de San Francisco de Asís, la síntesis escolástica de Santo Tomás de Aquino y la literatura, música y filosofía del barroco. Todos ellos pueden ser vistos como la reacción profunda del espíritu cristiano de la época por la erosión de los valores caridad ante el avance de la economía dineraria y la mentalidad técnica. Algo similar se repetiría en el siglo XIX con la cultura del romanticismo que pugnó contra los filósofos de la era industrial. No otra cosa sino denuncia a nivel literario son las obras magistrales de Charles Dickens contra el capitalismo carbonífero de la era victoriana, por ejemplo. En este punto no hay duda de que la máquina, la técnica y la ciencia renovaron el mundo simbólico del arte y la cultura.

Es decir, que los cambios culturales que preparaban la era de la máquina ya se estaban dando desde la escolástica temprana (s. X-XIII), se acentuarían en la Alta Escolástica (siglo XIII) y proseguirían su desarrollo durante su decadencia (s. XIV-XV), coincidentemente cuando surge en Italia el capitalismo y las finanzas. Desde el siglo X al XV la técnica avanzó sin el capitalismo y tras disolverse el sueño medieval sufre su poderoso influjo que dura hasta hoy. Dicho en otras palabras, el contrato social convirtiendo a los hombres en máquinas antes de la era de la técnica echó los cimientos para que en el siglo XVII se diese la filosofía mecanicista que sirvió de punto de partida teórico para la técnica.

Lo más notable de santo Tomás de Aquino es el enlace armonioso entre filosofía y teología desde posiciones de la razón. Como bien me indicó mi amigo el filósofo Francisco Reluz en una amena conversación privada, esta fe en la razón del hombre estaba basada en los principios Deus creator homo creator (Si Dios es creador el hombre es creador) y Ad Deum pernatura (A Dios llegamos por el conocimiento de la naturaleza), que es básicamente la misma la que daría comienzo en el siglo XVII a la filosofía mecanicista hasta desvincularse de su base trascendente desde la Ilustración en el siglo XVIII y derivar en la cultura posmoderna hacia principios nihilistas, a saber, Nihil creator homo creator (Si la Nada es creadora el hombre es creador) y Ad nihil pernatura est (A la nada llegamos explotando la materia). La Potentia Dei (potencia divina) ha sido sustituida por la Potentia Nihil (la potencia de la nada).

La importancia que otorga el aquinate a la materia y al cuerpo es indiscutible. Rompiendo con el idealismo neoplatónico acepta los principios de la física aristotélica y los aplica a la naturaleza humana. Enseña que la materia es principio de individuación y que el alma es la forma del cuerpo. El hombre no es puro espíritu atrapado en la carne sino que es consubstancial con el cuerpo material, y la función de la razón humana es reducir el caos ininteligible del mundo material a la razón y al orden sistematizado por la actividad de la ciencia racional.

La síntesis asombrosa de la filosofía tomista entre razón y fe, filosofía y teología, Dios, hombre y naturaleza tiene como punto de partida cultural el hecho de que la civilización de la máquina en el siglo XIII todavía no rompe la unidad entre el hombre y la naturaleza, persiste aun con fuerza la presencia del hombre natural. Pues el hombre abstracto del ejército permanente y la burocracia no son aun elementos hegemónicos en la sociedad que se rige por la predominancia de lo natural sobre lo técnico.
EL HOMBRE COSIFICADO
Entonces, ¿Qué tiene que haber sucedido en el hombre de hoy para que en vez de emocionarlo el brillo de las estrellas, la belleza de una flor, o la inspiración de un poema, se sienta más bien absorbido de forma irresistible por el espectáculo artificial que brindan las máquinas de la civilización técnica?

El hombre alienado se da cuenta de su malestar y, por tanto, protesta, más el hombre cosificado ya no percibe su alienación y cosificado pasa su vida siendo feliz. En Hegel toda “enajenación” es “objetivación”, incluso la materia y el espacio son enajenaciones del Espíritu; en Marx la “enajenación” es el extrañamiento de la conciencia y la “objetivación” es el proceso por el cual el hombre se convierte en cosa; y en Augusto Salazar Bondy lo que da lugar a la alienación es la dominación. Este último sentido es el que nos permite comprender con más claridad la enfermedad espiritual que padece el hombre en la civilización técnica ¿Pero cómo se percibe esta prueba antropológica en la vida cotidiana del hombre actual?

Por donde se mire nos sobran ganas de condenar esta vida de hormigas de la sociedad de masas, el cual deja al hombre sin mundo, le usurpa la naturaleza al tamaño de un bonsái, disuelve la tradición, la casa solariega, todo lo vuelve intercambiable y sustituible, donde triunfa la indiferencia, el saber situarse, y todo se modela para el consumo. Esta civilización funcional de la distracción idiotizante licua al individuo en tareas de corto plazo, que no se acumulan en su ser, genera olvido en su interior, promiscuidad íntima debido al excesivo codo a codo, anulación de la sensatez, predominio de las ideas vulgares, preeminencia de la ética de peatón, tiene una sonrisa amable para todo el mundo sin sentir un aprecio sincero por nadie, falsifica la bondad y la cortesía, entroniza el disimulo, envía al fondo del desván la dignidad, siente que es una mercancía intercambiable para el consumo.

Subsumido en un mecanismo deshumanizado el individuo de la civilización técnica ya no siente la nueva miseria del aumento de su densidad, se ha vuelto indiferente, se ha reducido a su función, es un mero medio para un fin externo, sólo busca situarse en el mejor sitio posible del aparato social, busca el ascenso rápido, la promoción cobra importancia universal, el hombre ya no sabe la medida de su propio valor, su autoestima está sujeta a la evaluación de los demás, triunfa el impersonalismo, el gregarismo, el humanismo es derretido por el mercantilismo, todos quieren ser eficaces, todos quieren ser flor de un día, se ama el éxito y se ridiculiza la gloria, el hombre se siente podrido y de poca monta hasta la médula, se ha vuelto malo a costa de ser necio, la escuela se ha vuelto en un almacén de conocimientos artificiales sin su correspondiente práctica real, se busca estar aceitados como máquinas, la misma sociedad se presenta como un aparato que funciona gracias a mecanismos llamados instituciones, el hombre se vuelve débil, deja de confiar en sí mismo, prima la mediocridad, la tipificación del hombre aumenta día a día, los intelectuales tampoco se libran, en la academia la erudición reemplaza a la sabiduría, tienen que someterse al ritmo funcional y nada substancial, el reto es sobrevivir, simular camaleónicamente, prospera la adulación, el agasajo y los homenajes, se vive de puro oropel. Cuando la parte más civilizada de la humanidad se envilece y se desvigoriza, y cuando de parte del pueblo ya no sube ninguna fecunda marejada con capacidad de regenerar y fortificar, entonces podemos estar seguros que ha llegado la hora de declive de una civilización.

OBEDIENCIA CIEGA AL APARATO DEL AUTOMATISMO MECÁNICO
No hay tiempo para que nada ni nadie madure, el tiempo y la vida están acelerados, los ritmos biológicos se acortan, a los niños se les hace “jugar” en ciudades infantiles que reproducen la vida consumista adulta, los adolescentes y jóvenes son zarandeados por el sexismo ambiente, el hombre de la civilización técnica está acostumbrado a la satisfacción instantánea de sus deseos, el régimen actual del espíritu es el instanteísmo vacuo, el mundo se ha hecho pequeño, la manía de unificar todo ha nivelado todo, incluso a los hombres, arte y cultura deben estar al servicio de la distracción y no de la profundidad, la hondura estorba, amenaza, aburre y sobre todo quita tiempo al espíritu de acumulación y lucro.

En la oficina, el cuartel y los medios masivos lo más espiritual es la sección de espectáculos, chismes y el horóscopo diario, y lo más cotidiano es el pecuarismo asnal por incrementar las riquezas, lo más incomprensible para los que están acostumbrados a sudar la gota gorda dando vueltas alrededor de la noria buscando riquezas, es la repugnancia natural que sienten algunos por el orden establecido. El insustituible ser humano racional y pensante, creado a imagen y semejanza de Dios, culmina en la obediencia ciega al aparato del automatismo mecánico, de la religión del interés, el lucro, el exceso de sumisión, la creencia universal en el valor de los medios, la absolutización de la técnica y la extensión del principio de causalidad a todo.

La civilización técnica ha impuesto sobre todo lo existente un ingenioso proceso de abreviación artificial, que no sólo se extiende por lo material sino que afecta al hombre entero. Los hombres ya no sienten que tienen que luchar por la perfección interna porque conciben a la sociedad como una máquina que bien aceitada debe asegurar su bienestar y felicidad. El hombre ya no fía nada a su propio esfuerzo porque confía que su libertad civil o el respeto al estado de derecho, otra fuerza impersonal, es más importante que su libertad moral. El hombre de la civilización técnica tiene toda su esperanza puesta en los medios y no en los fines, y como ha perdido el sentido teleológico de su vida ha convertido sus fines en medios, su fe se ha vuelto mecánica, la dinámica de su espíritu le estorba, y todos sus medios son tangibles, consumibles y adquiribles, por eso tiene metas y no ideales.

¡Qué difícil se hace educar en la civilización técnica, pues el hombre ha dejado de creer en sí mismo para creer en la máquina y en los medios! El esfuerzo individual es sólo complementario, ya no es lo primario en la vida humana, la soberanía de la ley instaura su soberanía abstracta, el Estado es el único señor, sólo manda el sistema, la sociedad anónima y el hombre anónimo, con el Facebook hasta las amistades se vuelven anónimas, y lo más trágico es que el individuo se vuelve anónimo para sí mismo. No es extraño entonces que los hombres se hayan vuelto pequeños, a la mujer le es cada vez más difícil admirar al marido por sus cualidades interiores que por las ventajas externas, pronto se da cuenta que es permutable, los matrimonios se quiebran rápido, la familia se vuelve disfuncional, en un mundo anónimo e impersonal lo más común es que los niños crezcan duros, fríos, glaciales y sin amor como las mercancías, impera el hombre “organización” que Tocqueville vio en Norteamérica, el hombre “mecanizado” de Carlyle, los hombres “ceros” señalado por Max Stirner, la “barbarie mansa” subrayada por Nietzsche, el hombre “útil” de Ganivet, el hombre “mediocre” de José Ingenieros y el hombre “hormiga” de Jaspers.

Los hombres son cada vez más enclenques, la virilidad física y moral entra en crisis, la homosexualidad se exhibe orgullosa, pero todos están sujetos a las riendas de domadores inconscientes. La uniformidad maquinal es la regla, la virtud laboriosa de la masa es glorificada, la enseñanza escolar está preparada para el cumplimiento maquinal del deber, todo está dirigido a empequeñecer al hombre adecuándolo a la utilidad especializada. La sociedad acéfala sólo requiere de valores mínimos, una ética de empresa, los valores máximos resultan complicados y excesivos en una sociedad simplificada por la vida comercial (Adela Cortina), lo que hay es el primado substancial de la praxis cotidiana (K. O. Apel), la ética ha cargado demasiado la tinta en lo intersubjetivo olvidándose de lo intrasubjetivo, la verdadera reestructuradora de la nueva esclavitud es la ética social y comunitaria, que invirtiendo los términos ha puesto detrás suya a la ética individual, completando el monstruoso engranaje de ruedas finamente ajustadas que todo lo tasa para fijarle valor, desde chucherías, pasando por máquinas, hasta arte, ciencia, pensadores, sabios y artistas, pueblos y partidos son tasados dentro de la mentalidad fijada por la oferta y la demanda, todo tiene precio y nada dignidad.
EL IMPERIO DE LO SUPERFLUO
Los filósofos del industrialismo no previeron que instituciones feudales cristalizaran nuevamente. La libere competencia fue frenada por acuerdos comerciales de los propios industriales. Galbraith en su libro La sociedad opulenta demuestra que el mercado libre ha sido abolido por los propios monopolios, sólo que esta supresión opera en beneficio corporativo en vez de social. Al mismo tiempo aumentaba la conciencia de los valores no de la máquina sino de otros dominios dela vida. Simmel, Dilthey, Bergson, hasta Gadamer han subrayado que el mundo de la ciencia y de la máquina multiplicó las exigencias mecánicas sin multiplicar nuestras capacidades humanas. El resultado fue una subjetividad huera y vacía, es el triunfo del imperio de lo superfluo superficial.

La producción masiva ha llevado hacia el materialismo sin objetivo, el consumismo, la estandarización, la repetición, la competencia por la competencia, la sobreestimación de lo cuantitativo sobre lo cualitativo, todos quieren batir marcas en todo, la iniciativa es eliminada cuando no trivializada, la imaginación y la inteligencia son llevadas a su más bajo nivel. El deporte que comenzó como una escapatoria  de la máquina terminó luego como negocio, regulado y decadente. Crece el culto a la muerte, a la guerra en una sociedad que produce un número creciente de manipuladores, filicidas, suicidas, psicópatas, paranoicos y sádicos. Lo orgánico (sexo, acción, sentimiento y pensamiento) ha sido sometido a la estandarización completa de lo mecánico. El resultado es la barbarie.

La máquina es ambivalente, crea liberación y represión, sobreestima lo matemático y cuantitativo,  subestima los valores humanos.  Pero el ataque directo a la máquina durante el siglo XIX fracasó porque ésta se identificaba con lo novedoso, y porque los poderes militares y financieros estaban de su parte. La mayor ruptura se dio entonces entre lo romántico y lo utilitario.

Ya no vivimos la hora orteguiana de la rebelión de las masas, ni siquiera de la deserción de las élites, sino, más bien, es la hora de la sobreexcitación malsana del imperio de lo superfluo, a la que voluntariamente nos sometemos. Ahora todo el mundo quiere formar parte de algo grande, el hombre común se queda boquiabierto ante el gigantismo arquitectural de la plutocracia internacional que destruye el paisaje al servicio de las marcas comerciales en vez de servir a las necesidades sociales, pero lo que se vive es la grandeza cuantitativa y no la grandeza cualitativa, por eso nadie abraza ideales, pero todos quieren ser parte de una cofradía, una asociación, un club, una institución, un partido, etcétera. Se tiene miedo a actuar solo, nadie quiere defender una postura con radicalismo, escasea el coraje en los adultos domesticados, aunque retazos de rebeldía todavía sobrevive en el estamento estudiantil (caso ejemplar en Chile), se prefiere el espíritu de manada, cuando no de caterva, cunde la gansterización social y costumbres de prisión en el lenguaje, vestimenta y con tatuajes, los sindicatos son gremios que buscan mojigangas ventajistas, todo el mundo vive vertido hacia fuera y a nadie le interesa fortalecer la voluntad interior, vertiginosamente se incrementó la relevancia de la insignificancia (Castoriadis). Entonces, ¿qué se requiere para revertir todas estas deshumanizadoras consecuencias indeseables de la civilización técnica?
IMPORTANCIA DE LO INSTITUCIONAL
El presente alegato en contra de la civilización técnica no significa necesariamente una nostalgia retrógrada por la vida estática y tranquila del mundo medieval, ni la insensata instigación para destruir las máquinas. No se trata de tecnofobia ni de tecnofilia. Ni la maquinofobia ni el desmontaje de la civilización técnica es la solución, sino, como ya lo señaló certeramente Sombart, el problema es institucional, de decisiones políticas. 

¿Pero están acaso los políticos electoreros a la altura necesaria para comprender la hondura del problema? ¿No está acaso la política en la cultura posmoderna viviendo su más profunda crisis al verse vaciada de ideología y sometida al ritmo consumista del mercado? ¿No es acaso la crisis de la política massmediática la que ha desembocado en crisis social? ¿Son acaso capaces de cambiar las cosas gobiernos que se distancian tanto de la sociedad y se desenvuelven en un espacio vacío y autorreferencial? ¿El denominado “retorno del ciudadano” puede reestructurar las relaciones entre lo público y lo privado y ser una esperanza de cambio en medio de la apatía, el  consumismo y la deserción ciudadana? Se ha hablado de la globalización de la tontería (James Petras), de las controversias entre civilización y ciudadanía (Atilio Boron), del desasosiego  político (Silvana Carozzi), de cambiar el mundo sin tomar el poder (Jhon Holloway), de ir más allá de un capitalismo senil (Samir Amin), de la política del desacuerdo (Jacques Ranciére), incluso del nuevo totalitarismo (Slajov Zizek), pero poco se ha pensado sobre la relación entre el ocaso del Estado y la forma de pensar de la modernidad.

No obstante, para Sombart las fuentes del capitalismo no son el maquinismo ni la técnica instrumental sino la evolución de instituciones, ajenas a lo económico. La aparición en el siglo XIII del Estado moderno es el elemento fundamental, luego viene la división del trabajo, operada a través de la creación de un ejército permanente y es donde empieza la marcha de la especialización y desintegración humana, pareja importancia tiene la creación de la moneda, la burocracia, los bancos y el papel decisivo de los hombres de Estado. Es decir, la voluntad del Estado se insinúa en todos los rincones de la vida privada y pública. Entonces, para Sombart, la obediencia maquinal empieza al disociar el ejército y la burocracia, a los que mandan y a los que obedecen.

Esto es, la civilización técnica no es el desarrollo natural de fuerzas naturales latentes, sino, emanación de una razón impuesta desde arriba por un individuo audaz y emprendedor ubicado en la política. Al principio esta voluntad fue del monarca, luego se transfiere a la sociedad burguesa como virtudes (seriedad, ahorro y honradez) a través de los hombres de Estado y grandes magnates de la industria y la banca. En esta organización se pierden los fines humanos, se trabaja hasta el límite hasta sucumbir, la monomaníaca preocupación por los negocios es consecuencia de la deshumanización de la economía, donde se ha eliminado todo interés por el destino del hombre, pues el nuevo dios es la persecución del dinero. Para Sombart es la organización lo que se ha convertido en lo decisivo, que convierte a la máquina en ritmo productivo de toda la economía. ¿Será suficiente un cambio organizacional para poder quitar al maquinismo su protagonismo productivo? ¿El maquinismo de la civilización técnica no  responde, acaso, a una forma determinada de pensar?

En la primera página de su libro El Burgués señala que “el hombre pre-capitalista es el hombre natural que no corre como loco por el mundo, tal como lo hacemos hoy, sino que se desplaza reposadamente, sin precipitación ni prisa”. Este hombre que no tiene espíritu de cálculo y trabaja, sin prisa, sólo para subsistir, no es esclavo del ritmo maquinal. Enseñar y aprender el nuevo arte de subordinación maquinal ha tomado su tiempo, varias generaciones, en la cual se ha realizado la ruina y destrucción del hombre natural.

El resultado es que el mundo natural yace en ruinas, todo un mundo artificial se ha edificado y se ha operado una transformación de toda nuestra escala de valores. En su libro El socialismo alemán propone un control selectivo sobre los inventos para impedir que se exploten todos los que se descubren. Pues mientras el hombre más objetiviza su espíritu, tanto más huye de sí mismo. Ya en todas partes al hombre no se le exige pensamiento o sólo los más primarios, se extingue el sentido de la vida, se vuelve más mecánico y el hombre regresiona a un estado de primitividad animalesca. ¿Un control sobre las invenciones podría ser la solución? ¿Bajo qué criterios de pensamiento habrá que ejercer dicho control?

NECESIDAD DE UN NUEVO PENSAR
Pero si el hombre natural no es esclavo del pensar calculador que dio origen a la era maquinal, es así por haber seguido el camino de la naturaleza, la physis. Justamente lo mismo sostiene Heidegger para quien es incorrecto diferenciar el ser y el mundo físico, es más, piensa que la filosofía occidental se descaminó por haber seguido la senda del logos y no la de la physis (el ser). La opinión de Heidegger va contra la de Reinhardt, Riezler, Schwalb, Woodbury y Mourelatos, para quienes la physis es el mundo físico, sujeto a multiplicidad, movimiento y cambio, mientras que el ser es inmóvil, verdadero, eterno, necesario y universal. La postura de Heidegger está  mas cerca a la de Heráclito, para quien la physis o naturaleza es la esencia o el ser, o sea no se trata del mundo físico, pero de sus oposiciones da cuenta el logos, que no se vuelca nunca adecuadamente en el lenguaje. Todo esto no significa que Parménides en su famoso discurso sobre el ser conciba a éste como una dialéctica del puro pensar, por el contrario, el ser designa una realidad inmaterial que incluye todo, incluso la realidad material. Entonces, si hace falta un nuevo modo de pensar, no calculador y que siga el camino de la naturaleza, cuál ha de ser éste.

Las ideas son el armazón de toda la realidad y la filosofía es la única guía verdadera de la vida. Por eso la filosofía no sólo se hace de palabra sino también de obra. Fueron los estoicos los que abrieron la gran fisura entre pensamiento y vida, que se nota apreciablemente en Séneca, mientras que Sócrates, socráticos y cínicos deslumbraron por la unidad entre pensamiento y vida. Estos últimos fueron maestros consumados en el arte de dar expresión vital de modo insobornable a sus ideas y creencias. Lo mismo se da también en muchos filósofos medievales y modernos. A lo que voy es que el nuevo modo de pensar, para salir el atolladero en que nos hemos metido con la civilización técnica, requiere la unión de vida y doctrina. Si para superar la actual encrucijada se habla de la necesidad de la renuncia, austeridad, interioridad, no se trata de dejarlo escrito en el libro o decirlo simplemente en la cátedra, sino de desafiar el destino practicándolo en la vida. Hace falta un cambio profundo de nuestras propias costumbres para hacer efectivo el nuevo modo de pensar que se reclama. De poco sirve reconocer la importancia de los valores sin la necesaria práctica de las virtudes. En este crepúsculo de almas la voz de algunos hombres fieles a sus convicciones los hará marchar en línea recta al cadalso de la indiferencia, al verse al cabo solo, escarnecido y crucificado por la indolencia, pero lo que se haga con el ejemplo vivo sobrevivirá como protesta viril que fecundará en la hora de la justicia.

El nuevo intelectual no se puede contentar siendo un poste indicador del nuevo camino, como pretendía Max Scheler, sino que debe predicar con el ejemplo, ser coherente entre su vida y sus ideas. En la vida psicopática que se vive hoy lo común es que se acepte la discordia entre ideas y estilo de vida, pero esta trasmutación deja al hombre a secas y sin profundidad. La dimensión ética es inesquivable, lo cual pone en primer término la importancia de la causa final. El nuevo modo de pensar se encuentra ante una physis que no está desprovista de finalidad, es decir, no está entregada al avatar sin propósito del determinismo causal, y aun  cuando la ciencia demuestre que algún día el mundo físico ha de desaparecer, sin embargo, la physis no se agota en el mundo material, va más allá de lo fenoménico, haciendo cavilar que lo inmutable y permanente de la vida del ser no es mero destino ontológico, sino, también, ético en grado sumo, regenerador de la vida misma y vencimiento completo de la muerte. A esto Teilhard de Chardin llamó “cosmogénesis basada en la cristogénesis”.

La nueva forma de espiritualidad que requiere nuestro tiempo no demanda la renuncia a la naturaleza ni al mundo, sino, por el contrario, el reconocimiento de su importancia, sin lo cual es imposible asumir con energía la tarea de transformar el mundo en un mundo más humano, más consciente, más unido, más personal, más divinizado. Todo conduce a una filosofía de la acción que rompe el solipsismo vital, o sea, donde las ideas son el armazón de la realidad y brillan en la unidad de vida y doctrina.

Esta unidad de la idea y la vida nos lleva a preguntarnos sobre lo que significa pensar. Qué significa pensar es el título de un libro de Heidegger, donde puntualiza que: 1. El pensar no da ningún saber como el de las ciencias; 2. El pensar no produce ninguna sabiduría útil de la vida; 3. El pensar no resuelve ningún enigma del universo; 4. El pensar no presta ninguna fuerza inmediata para el obrar. Lo que tiene de cierto este juicio es que el pensar es distinto a la mentalidad de dominio, cálculo y posesión del mundo moderno, y lo que se encuentra de falso es que se desvincule por completo de la vida y el mundo.

Un pensar que renuncia a Dios y al mundo para ser el pastor del ser se queda en el paraíso anémico de la idea, suprimir el cielo y la tierra en vistas de estar iluminado por el ser lleva a renunciar a la trascendencia y la inmanencia, equivale a quedarse frente a la nada por más de que se interrogue “por qué es en general el ente y no más bien la nada”. Un pensar no objetivista, no calculador ni de dominio no tiene que ser necesariamente estéril para la vida y la acción, por el contrario, sirve de guía en el arte de la vida, por cuanto ésta no es verificable, cuantificable ni objetivable. Tener al ser puro como lo único importante va contra el ser mismo, puesto que su razón responde a un propósito ético y finalístico. Quien cambia a Dios y al mundo por el ser puro se petrifica  porque, aun cuando nuestra facultad más elevada es la contemplación, el puritanismo del ser sólo ahonda el nihilismo que siente la indignidad de la existencia y pierde la fe en los valores supremos. Y según Nietzsche, justamente en esto consiste la esencia del nihilismo, pues todo lo que se ama carece de realidad y lo real no se puede amar.  Entonces, es inevitable caer en el desprecio del mundo sensible, como sentir asco del espíritu. La salida trágica es el suicidio.

Hoy vivimos el nihilismo en la embriaguez de la música, el trágico goce en la ruina de lo noble, el trabajo sin objeto, el arte por el arte, el conocimiento puro, el ser puro, el tonto fanatismo, el placer por lo insignificante y la idolatría del sexo, poder y dinero. El culto del deseo, la idolización de sí mismo, el mal gusto, lo extravagante, lo mórbido y monstruoso está bien representado en la popular estrella pop Lady Gaga. La peripecia completa es una marcha segura hacia la muerte, el suicidio colectivo, el triunfo de la cultura necrófila. “Más te vale no haber nacido”, reza el Evangelio. Esta nostalgia de petrificación oscuridad, inmovilidad y muerte está presente en la terrible voluntad del hombre fáustico de la civilización técnica. Su paideia es una adhesión incondicional a lo irracional, antihumano y antinatural. Al parecer las tecnologías verdes dan esperanzas aunque el obstáculo es político y financiero.

Con los ojos atónitos del espectador estupefacto el hombre de hoy se revuelca en el vendaval de su propia locura. A esto nos ha conducido el hado inflexible de un pensar calculador, dominador y posesivo, el afán de lucro y el anteponer la ganancia como valor máximo. Ha llegado la hora de impulsar desde sus premisas un nuevo pensar, no objetivante pero unido al mundo, profundamente moral, capaz de cauterizar las profundas llagas abiertas por el disolvente nihilismo satisfecho.
 
VISIÓN FUTURA DE LA CIVILIZACIÓN TÉCNICA
hay que reconocer en la actualidad que vivimos la fase neotécnica de la civilización técnica, cuyos refinamientos hacen que lo cuantitativo y lo mecánico sea más sensibles a lo vital. La fase neotécnica conoce mejor lo químico, lo biológico y lo mental, impera lo ergonómico, el respeto al color, a la forma y a lo estético, las cantidades diminutas y lo invisible son tomadas en cuenta, lo sintético toma el lugar de lo natural, es posible dejar de explotar la naturaleza y contaminar el ambiente natural y humano.

No obstante si la fase neotécnica en vertiginoso progreso no se traduce en mayores beneficios para la humanidad en su conjunto es debido a factores institucionales, es decir, razones de orden político y financiero vinculados no sólo con modos de pensar del capitalismo carbonífero sino del mismo capitalismo cibernético, megacorporativo y privado, constituyen la principal traba del cambio social. Y lo que es más grave de esta etapa hiperimperialista es que el organismo social impedido de socializar los beneficios de la etapa neotécnica se va descomponiendo en barbarie y depravación. Ahora en la fase neotécnica cibernética devuelve la posibilidad de rehumanizarse. Y si sigue siendo su redentor blasfemo es en razón de instituciones sociales centradas en la ganancia privada que traban la socialización de sus beneficios.

El comunismo, no el marxismo, triunfará porque la máquina es comunista. El trabajador, inventor, científico y diseñador cooperan mancomunadamente, pues la máquina impone una economía colectiva sin distinción de clases. Además, la máquina hace que el trabajo humano entre en extinción, y la producción masiva hace posible satisfacer las necesidades sociales. Los beneficios prácticos de la máquina si en un primer momento impone imperativos morales y formas estéticas (cubismo de Braque, Dalí, Picasso, constructivismo de Le Corbusier) en un segundo momento llevará al hombre a su objetivo final que es el ocio o la liberación de otras necesidades orgánicas, emocionales y mentales. Como vemos la técnica esencia anticapitalista porque estando atenta a la funcionalidad del objeto mismo se libera de los valores pecuniarios y sentimentales.

Si en un comienzo el capitalismo y la guerra incentivaron el desarrollo de la técnica, hoy obstaculizan su desarrollo. El crecimiento del funcionalismo no llevará hacia el triunfo de las manifestaciones estéticas de la máquina, sino, al contrario, llevará hacia el triunfo del funcionalismo maquinal y del pensamiento substancial en lo vital y humano. Si al comienzo y en aras de la precisión lo que la ciencia nos hizo ganar en dominio del mundo lo perdimos en profundidad, después vendrá la liberación del espíritu humano de lo preciso, que lo dejará a lo maquinal, y se procederá a la recuperación de lo profundo. La máquina crea orden pero también la ilusión de un enorme poder que puede ejercer el hombre. Si con el desarrollo de las ciencias el orden fue transferido de los dioses y gobernantes a las máquinas, el triunfo definitivo de lo maquinal significará la liberación de la comprensión de un nuevo orden no mecánico, trascendente y escatológico.

De este modo, la filosofía de la tecnociencia tiene como tema primordial no sólo si la razón cosificante que impera actualmente en la civilización técnica es producto de la máquina o de las instituciones que la manejan, sino también lo que advendrá más allá del triunfo definitivo de la civilización técnica y el nuevo orden de ocio creativo que liberará para el hombre. Sin embargo, en el presente nuestro dilema es eliminar o dominar a la máquina. El peligro no es el automatismo sino la restricción de la vida. La máquina es creación humana y lo decisivo es que debe favorecer la vida y sus valores. Por ello es falso de que exista un desfase cultural entre la máquina y los valores del hombre, porque la máquina no es la cosa final a la que deba someterse el hombre.

La máquina neotécnica se vuelve aliada de la vida, prospera la industria verde y ya es posible conseguir una fuente de energía no contaminante al convertir las plantas en combustible. Se hace imperativo la planificación del crecimiento y la distribución de la población. Lo que faltan son las instituciones políticas y sociales para el cumplimiento completo de la máquina, el cual después de un divorcio de siglos nos vuelve a unir con la naturaleza y lo divino. Hace falta un profundo cambio institucional, la superación completa de la lógica del capitalismo. Esto es lo que nos hace ver la crítica de la razón cosificante en la civilización técnica.

No hay duda que la máquina es una contribución vital que puso orden en la mente y en la realidad, y bien conducida puede llevar a la cultura a una síntesis creativa que elimine su propio veneno. La máquina es ambivalente: crea liberación pero también represión. La máquina es peligrosa cuando inmoviliza al espíritu, pero su desarrollo promete la liberación completa de otras y distintas necesidades humanas, las del mundo del espíritu.

En este sentido el espiritualismo triunfará porque la máquina misma en su objetivo final libera al hombre de sus necesidades materiales para devolverle íntegro su mundo espiritual. ¡Que paradoja! El mundo de la máquina que conoció en la fase paleotécnica de destrucción del espíritu, hace atisbar en su fase neotécnica su resurrección y triunfo definitivo.

En suma, esta crítica de la razón cosificante en la civilización técnica nos conduce hacia la necesidad de rehabilitar el mito y la religión revelada, como parte integrante de una teoría de la razón integral. Lo cual no significa que se renuncie a la verdadera esencia del ideal de la Ilustración, porque la auténtica salida del hombre de su culpable minoría de edad involucra reivindicar para el logos humano tanto el ordo rationis como el ordo amoris, integrar razón y mito, conocimiento y religión, sintetizar nuevamente filosofía, ciencia y teología, en un ámbito mayor llamado sabiduría. Actualmente vivimos un desfase entre capitalismo y técnica, la economía dineraria estorba y no hay otro camino de evitar la barbarie y degeneración humana que poniendo fin al primado del lucro y la ganancia.

*Conferencia leída el 26 octubre 2012
III Encuentro de Estudiantes de Filosofía y CCSS de la UNT

viernes, 19 de octubre de 2012

INMORTALIDAD Y MONISMO NATURALISTA

LA INMORTALIDAD Y EL MONISMO NATURALISTA
Gustavo Flores Quelopana
Miembro de la Sociedad Peruana de Filosofía

 

No encontraréis los confines del alma ni aun recorriendo
 todos los caminos, tal es su profundidad.
Heráclito

MONISMO NATURALISTA CIENTISTA
El monismo naturalista tiene el resultado inevitable de trocar el alma en un epifenómeno complejo y superior de la materia, un producto derivado, dependiente y secundario del cuerpo, que se reduce a procesos mecánicos, físico-químicos y neurobiológicos. Supone que tras la muerte desaparece dicha función superior del cerebro en lo que llamamos conciencia. Y basándose en los datos de la ciencia natural contemporánea busca refutar científicamente la teoría de la inmortalidad del alma.

Actualmente esta posición es de índole cientificista y como tal la primera objeción que cae por su propio peso es de índole metodológica-epistémica. Todas sus afirmaciones estarán edificadas sobre arenas movedizas mientras no se resuelvan los tres problemas previos y básicos de la ciencia: 1. la infradeterminación de las teorías por el dato, 2. el problema de la inferencia y 3. el problema del paradigma. Como se sabe el problema de la inducción, que consiste en cómo sostener proposiciones generales sobre cosas particulares, no está resuelto.

Y lo mismo se tiene con el problema de la infradeterminación de las teorías por los datos, el cual consiste en que la fuerza probatoria de una predicción exitosa proporciona respaldo a infinitas teorías. Y el tercer problema procede de lo afirmado por Kuhn y Feyerabend al aseverar que la irracionalidad de los grandes hitos del progreso científico viene de que el contenido y método de la ciencia depende de creencias aceptadas. En otras palabras, la era de la certidumbre absoluta de las teorías científicas ha sido superada y pertenece a su otrora fase determinista y mecanicista. Y sin embargo dicha posición decimonónica todavía trata de levantar cabeza de cuando en cuando, sobretodo en los recintos académicos del Tercer Mundo donde la investigación científica es casi inexistente y meramente se repite lo más rezagado del magisterio eurocéntrico.

Podríamos extender las observaciones a lo filosófico, pero me excuso hasta el final de estas líneas, dado que lo científico tiene preeminencia en esta posición interpretativa. Filosóficamente, por el momento, sólo añadiré lo observado por Mach al decir que el peligro del empirismo es caer en el sensacionismo solipsista y crear un mundo en el que uno es el único ocupante. Riesgo con el que coquetean la solución pragmatista de Rorty, el ontologismo débil de Vattimo, el narrativismo de Lyotard y todas las posmodernas filosofías en boga antirepresentacionalistas y antiesencialistas.

Es singular, por último, apreciar cómo el materialismo ha tratado de asimilar todo lo mental o psíquico a dimensiones materiales del organismo humano. Pero ningún programa reduccionista ha resultado satisfactorio. Ryle, por ejemplo, piensa que lo mental no es sustancia interna de la persona sino una disposición externa. Solución a todas luces conductista. Sin embargo, se le puede objetar que si la persona miente o engaña entonces no se entiende que la mente sea sólo una disposición externa de la persona.

Por su parte Searle, como Ryle, también rechaza el dualismo cartesiano mente-cuerpo pero su filosofía de la mente no alza vuelo más allá del fisicalismo y el mentalismo. La línea post-analítica de Sellars tampoco va más lejos de una filosofía emergentista.

Y el rechazo de los sense data por parte de los postanalíticos Quine, Goodman, Davidson, Dummett y Putnam, se retrotrae a la teoría antireprentacionalista de la percepción de la conciencia hablante, la cual es una variante del idealismo subjetivo del ser como ser percipi. Como se sabe el resultado de todo esto –que comienza con el libro de Frege Sentido y Referencia- ha sido la negación del conocimiento objetivo y la relativización de la ontología del mundo. Pero no siempre fue así, como vemos con el estoicismo.

Todo esto tiene su consecuencia dramática en la manera de pensar sobre el destino último de la persona humana. Y es que la tradición occidental está dejando de pensar que el alma es inmaterial y sobrevive a la disolución del cuerpo. En su lugar, más bien, se instala en el tercer milenio la creencia en la supervivencia genética y cultural de la persona, curiosamente más próxima al inmanentismo del taoísmo y confucianismo de la filosofía china.

MONISMO NATURALISTA ESTOICO
Ahora bien, el monismo naturalista actual tiene su antecedente en la tradición occidental no sólo en Demócrito y  Leucipo sino, especialmente, en los filósofos de la Estoa que no repiten doctrinas anteriores sino que las transforman. Recibe el sensismo materialista de los cínicos, la razón del mundo y el fuego de Heráclito, los ciclos cósmicos de Pitágoras y las razones seminales de Platón y Aristóteles.

El estoicismo se extiende por casi quinientos años desde el 300 A.C. con Zenón, Cleantes y Crisipo, pasando por el estoicismo medio de Panecio y Posidonio, y llega al 180 D.C. con Séneca, Epícteto y Marco Aurelio. La filosofía para el estoicismo es conocimiento de las cosas divinas y humanas, pero su lógica es un sensismo de la tabla rasa, un materialismo de la teoría de la imagen-copia que niega lo a priori del conocimiento. Al contrario, el eidos aristotélico es una estructura formal a priori del ser metafísico del objeto en cuestión. En cambio el nous poieticos tiene un aspecto apriórico que se desdibuja en el estoicismo.

En realidad los influjos estoicos desdibujaron la concepción aristotélica del conocimiento. El peripato fue cubierto por muchos elementos de la Estoa. Para la Estoa el conocimiento es copia, para Aristóteles es creación, como criterio de verdad la estoa propone la representación cataléptica, es decir, aquella cualidad de nuestras representaciones a la que no podemos resistirnos y nos agarra por completo.

Pero la Estoa antes que un subjetivismo es un materialismo, porque si la voluntad es conforme con la realidad el contenido epistémico es verdadera. En su física todo está penetrado de neuma y materia. El monismo hilozoísta de la fuerza vital caracteriza a la Estoa. La razón cósmica o providencia es el fundamento inmanente del mundo, con ciclos cósmicos que se repiten eternamente.

Se trata de un materialismo panteísta. No hay telos para los estoicos sino simple causalidad física. Dios es la Naturaleza y ella misma es dios. El mundo es autárquico. El sentimiento religioso estoico es naturalístico, inmanente y material. Los términos personales de la divinidad son sólo metáforas.

Su ética concibe al hombre formado de cuerpo y alma, pero su alma es también un cuerpo que está en todo el cuerpo material. Pero admiten que lo que ha de regir al hombre es el alma racional, la cual es inmortal, divina y eterna. En Séneca, por  ejemplo,  las  pruebas platónicas sobre la inmortalidad del alma llegan a ser un dogma fundamental de su doctrina. El alma virtuosa no necesita del placer, a diferencia de Aristóteles y de los epicúreos. Basta amar la vida activa y pública y no el “vivir escondido” del epicúreo. El estoico toma parte de la vida pública y busca cumplir con su deber.

Era una filosofía adecuada a las necesidades políticas de un imperio. La impasibilidad de ánimo, el dominio sobre las pasiones, el ideal de dirigir la mirada a lo grande y al todo. Hay que moderar los afectos y no sólo subyugarlos como  los peripatéticos. El ideal es la vida del sabio que sabe actuar virtuosamente en la colectividad. Karl Barth habló de la omnipotencia del espíritu en la Estoa.

Y efectivamente, el estoicismo asume la omnipotencia del espíritu humano, mientras que el cristianismo asume la flaqueza del hombre porque afirma que por lo general el hombre no subyuga los afectos y es más bien presa de la doble oscuridad del pecado y la ignorancia.

Ahora bien, la idea del destino desmorona todo el edificio moral del estoicismo basado en la virtud y el deber, porque hacer coincidir la libertad con la necesidad resulta siendo una seudosolución que convierte todo imperativo ético en ilusorio. Los conceptos estoicos de ley cósmica y causalidad en su esquema materialista paraliza la libertad humana.

Pues bien, nos hemos detenido brevemente en el estoicismo porque algo parecido sucede con los fisicalistas, mentalistas, genetistas y neurobiólogos actuales que reduciendo todo a causalidad física se encuentran en grandes dificultades para explicar la libertad y responsabilidad moral del hombre. Las trampas del materialismo panteísta estoico son repetidas contemporáneamente por los corifeos del monismo materialista desde Searle, Ryle y Davidson hasta Rorty, Vattimo y compañía.

Diluyendo la idea del alma en un intelecto universal o en cualquier otro factor impersonal que sume su presencia a la simple causalidad física, se obtiene la mediatización completa de su existencia. El monismo naturalista actual es de índole cientificista que pasó de ver el alma como un epifenómeno complejo y superior de la materia para reducirlo a conciencia, mente o yo como fenómeno del cerebro. Es más, los defensores de la inteligencia artificial fuerte afirman que el fenómeno mental está presente en los ordenadores (Churchland, Rorty, Feyerabend), con lo cual inauguran, como dice Searle, un nuevo dualismo del algoritmo.

MONISMO NATURALISTA DEL FUNDAMENTALISMO RELIGIOSO
Ahora bien, no todo monismo naturalista respecto al alma es de índole panteísta, escéptico, agnóstico y cientista. Hay también un monismo naturalista teísta, es decir, que niega la existencia del alma pero acepta la existencia de un Dios creador y providente. Ahí tenemos la posición de ciertas sectas religiosas, como los toca puertas llamados Testigos de Jehová. Como me informa mi amigo, el biblicista e historiador Sebastián Ponce de León, el cual sin ser de esa secta cree en lo mismo, no existe sustento bíblico sobre la existencia del alma inmortal, las referencias sobre el alma aluden al principio anímico del propio cuerpo, muerto éste no sobrevive ninguna sustancia inmaterial, o sea no hay animismo sino pampsiquismo; y en la resurrección de los muertos Dios vuelve a la vida al propio cuerpo, el cual tiene de por sí el principio de la vida. La idea del alma, dicen, no es judía sino cristiana, adquirida por influjo de de la filosofía platónica y aristotélica.

Y el respaldo bíblico a sus opiniones lo encuentran en el Génesis, según ellos. El alma sería una creencia introducida por el Maligno (“No moriréis”, Gn. 3, 4.) que tentó a Adán y Eva a probar del fruto prohibido del Árbol de la Vida.

Veamos con detalle esta singular postura religiosa negadora del alma. Se tratan de apoyar en el judaísmo, pero olvidan que en el judaísmo la inmortalidad del alma es una doctrina generalmente aceptada, tanto en la secta ortodoxa como en la progresista. Es cierto que el judaísmo primitivo define la personalidad humana en su conjunto, sin hacer una clara distinción entre el alma y el cuerpo. No obstante, el alma era definida y defendida como el principio de la vida y considerada capaz de sobrevivir a la decadencia corporal.

Sobre este presupuesto judío, el cristianismo se apoyó en las filosofías de Platón y Aristóteles para sostener que cada individuo tiene un alma inmortal y que la personalidad humana en su conjunto, compuesta de alma y de cuerpo resucitado, debe, a través de la fe, garantizar la presencia de Dios después de la vida. Así, no es exacto que el judaísmo no cree en la inmortalidad del alma.

Efectivamente, sobre la idea judía de la sobrevivencia del “principio de vida a la muerte del cuerpo”, no hay más que un pequeño paso para afirmar la idea de la inmortalidad del alma, y ese paso fue dado por el cristianismo, creencia que es aceptada generalmente por el judaísmo.

El influjo de la filosofía pagana sobre el cristianismo pasó por el tamiz de los evangelios. Así, la idea neoplatónica del alma como prisionera del cuerpo fue combatida por el cristianismo, durante un largo periodo contra el gnosticismo, maniqueísmo y sectas análogas. Ideas griegas que tuvieron abierta acogida cristiana fueron: 1. crítica contra el politeísmo (escepticismo y epicureísmo), 2. Metafísica de la voluntad (Plotino), 3. Mundo ideal, escatología, 4. Pureza ética, desprecio del mundo, preferencia por lo suprasensible (Platón, Filón), 5. Ley eterna, 6. Razones seminales, ciudad de Dios (estoicismo). En consecuencia, no todo lo dicho por la filosofía pagana contradecía los Evangelios como afirman la secta de los Testigos y compañía.

Ahora bien, en torno a las referencias bíblicas sobre el alma siempre se mantendrá viva la discusión contra el literalismo fundamentalista, que rechaza la interpretación de los textos bíblicos.

Actualmente la hermenéutica bíblica admite como valiosos cinco métodos: el histórico-crítico (busca de modo diacrónico el sentido expresado por autores y redactores), el análisis literario (mediante al análisis retórico, narrativo y semiótico), el basado en la tradición (canónico, judío y efectos del texto), por las ciencias histórico sociales (sociología, antropología cultural, psicología y psicoanálisis) y el contextual (liberacionista y feminista).

El único método rechazado por la Iglesia y el sentido común es el método de interpretación fundamentalista, por considerar que su literalismo no es bíblico sino ideológico, rechaza que la Palabra de Dios se exprese en lenguaje humano, ignora los problemas textuales, regresiona a una cosmología antigua, es anticlerical, tendenciosa, se separa de la tradición, omite las relecturas y sobretodo equivale en una forma tácita al suicidio del pensamiento.

Sin reconocer que la Biblia es palabra de Dios en palabras de hombres, no se puede entrar a comprender con amplitud el texto bíblico. La única clave permanente en la exégesis debe ser reconocer el misterio de Cristo. Su precomprensión une la cultura científica moderna con la tradición religiosa de Israel y la comunidad primitiva cristiana. El único método erróneo y arcaico es el fundamentalista.

Por lo mismo, cuando se interpreta el pasaje del Génesis (3,4) como el intento del Maligno por introducir la idea del alma y su inmortalidad, en vez de verlo como la introducción de la muerte a la vida del espíritu, no habrá forma de conciliación debido a la forma de interpretación. Es el Apóstol quien   enfatiza   muchas  veces  la  diferencia  entre  una  vida carnal y otra espiritual. Es en este sentido en que murió la raza humana al desobedecer a Dios, pero gracias al rescate de Cristo se efectuó una nueva alianza.

De las propias palabras de Jesús, nuestro Salvador, cuando dijo a los discípulos: “¿De qué le servirá al hombre ganar todo el mundo, si pierde su alma? ¿O qué dará el hombre a cambio de su alma?”, se desprende que el alma es vida que sobrevive al cuerpo, entonces es inmortal.

Por otro lado, la idea de que el cuerpo tiene por sí mismo animación y no necesita de un alma que se le una, hay que decir que no es de origen judío, más aun es una teoría filosófica llamada pampsiquismo, que afirma que el fondo de la realidad es de naturaleza psíquica o toda cosa material posee un rudimento de alma.

El pampsiquismo no sólo es característico de los primeros jonios, sino que está presente en el hilozoísmo científico moderno. Las versiones más radicales que defienden la idea de un alma del mundo, como algunas doctrinas del helenismo y del Renacimiento, pertenecen a una concepción organológica del mundo. Otro pamsiquismo, menos clásico (H. Driesch), admite el principio de animación pero de una causalidad natural sin plasticidad. Esta doctrina resulta chocante al espíritu de la Escritura.

Otro aspecto incierto en la interpretación fundamentalista consiste en que si el hombre no tiene alma y Dios es espíritu, entonces qué sentido tiene la frase “a imagen de Dios” (cf. Gn. 1,26). Si sólo Dios tiene espíritu y el mundo es materia, entonces derivamos hacia un dualismo metafísico cosmológico radical, que al parecer tiene casi nada que confrontar con las Escrituras. En fin, se trata todo esto de una tesis poco feliz y auspiciosa del fundamentalismo religioso.

Lo más singular es que coincidan como expresiones culturales ambos monismos naturalistas, el cientista y el religioso. Y es que pertenecen a una misma matriz racionalista imperante desde la modernidad, empeñada en acentuar la inmanencia del mundo hasta sus límites más extremos. Ambos son parte del predominio del hombre funcional sobre el hombre substancial, del avasallamiento del hombre natural por el hombre artificial y de la distorsión de la civilización técnica por fuerzas (capitalismo, economía pecuniaria, guerras) que impiden el retorno del hombre a una nueva síntesis con la naturaleza y lo divino.

Lima, Salamanca 19 de octubre 2012

martes, 16 de octubre de 2012

INMORTALIDAD Y CULTURA NIHILISTA

LA INMORTALIDAD Y LA CULTURA NIHILISTA
 DE LA INCREENCIA
Gustavo Flores Quelopana
Miembro de la Sociedad Peruana de Filosofía

 

Quien elige los bienes del alma elige lo más divino,
Quien elige los del cuerpo, lo más humano.
Demócrito
I
El hombre de la cultura actual prefiere estar vivo para la carne y muerto para el espíritu y se siente más a su gusto con la idea de “mente”, “cerebro” y “máquina”, que con la idea de alma, pues ésta última por sus repercusiones religiosas incomoda a sus pretensiones de ser completamente autónomo y autárquico. El tema del alma le resulta más aburrido que bailar con la propia suegra.
La verdad es, que el hombre reinante de la posmodernidad es una personalidad profunda y dramáticamente dividida. Ha optado por su autodivinización y con una egolátrica voluntad de poder decide lo que es la verdad de sí mismo y de las cosas. Con esto se abren las compuertas de las aberraciones más antinaturales. Vive con el horizonte trascendente ocluido y el espacio inmanente sobredimensionado en lo hedonístico e infradesarrollado en lo moral y espiritual. Y el daño ha sido doble porque lo ético moldea lo ontológico. 
Por una parte, trata de llevar una vida feliz y despreocupada mediante un régimen de vida hedonista, pragmática y utilitaria, inquietándose solamente por las cosas más inmediatas, placenteras y terrenales. Pero por otra parte, siente en el interior de su persona que está traicionando los más elevados principios éticos, normas morales aceptables y preocupaciones religiosas auténticas. Su ideal de vida buena se resume en conseguir el máximo provecho personal con el menor compromiso social. Libertad sin justicia no es libertad auténtica.
No hay duda que es la expresión antropológica del darviniano mercado globalizado, con un Estado reducido al mínimo y el principio del laissez faire rigiendo la vida práctica y social. Todos deben someterse al poder del mercado, que debería fluir bondadosamente en beneficio del conjunto de los ciudadanos, todos deben regirse por el ritmo mecanizado y estandarizado de la técnica.
Esta utopía neoliberal del sobredimensionamiento de la inmanencia es muy parecida a la del taoísmo, donde la mayor virtud es someterse al poder del Tao deplorándose las luchas humanas. El efecto es un individualismo que raya en lo patológico, pero que encuentra un consuelo y justificación en una ideología inmanentista y sin trascendencia que se deriva de la omnipotencia del dinero, la absolutización de la ciencia y de la tecnología, cuando no en creencias panteístas que sacralizan la Naturaleza.
No es extraño entonces, que impere en nuestro tiempo un gran escepticismo, un hondo nihilismo, que vacía el sentido de la vida y vuelve insostenible el problema del alma y su inmortalidad.
Cierto que esta es primordialmente una enfermedad espiritual de la civilización occidental, pero en la medida que es la que se expande con gran ímpetu por el mundo, sus efectos se dejan sentir cada vez más por todos los rincones civilizacionales de otras latitudes. El choque de civilizaciones será actualmente político pero en lo cultural la estandarización prospera incontenible. Así, por todos lados avanza aceleradamente en el tercer milenio la convicción en la supervivencia genética y cultural de la persona humana.
¡Quién lo diría! Con esto, el Occidente nihilista y globalizado se da la mano con el Extremo Oriente, específicamente con el panteísmo del dualismo complementario del yin y yang taoísta y el naturalismo confucianismo de la filosofía china. La inmanencia es la regla de oro en todo. A todas luces el occidente humanista y cristiano, que soñó una vez extenderse por todo el globo, está ahora en reflujo.
A propósito viene bien observar aquí, que desde el Renacimiento a la fecha el pensamiento gnóstico ha venido en ascenso, y esto se debe a que la gnosis no sólo es una actitud existencial teúrgica, esotérica, teosófica, individualista y elitista, sino que es también una actitud racionalista que prescinde de la fe, que cree que la mente humana por su propio esfuerzo se eleva a lo divino, y por eso encontró su mejor caldo de cultivo en la modernidad laica y descreída.
La tetralogía “Alma, mente, cerebro y máquina” ilustra bastante bien las nociones claves que se disputan la interpretación correcta de la condición humana.
En este ensayo defiendo la idea del alma como una sustancia en conexión con el cuerpo pero que no depende de éste para sobrevivir. El alma humana que sobrevive al cuerpo no es en sentido estricto una persona humana, ya que su destino es volver a existir unida al cuerpo. No es fácil percatarse de la existencia del alma, la cual no es transparente ni observable inmediatamente. Y aquí he intentado concebirlo al hilo de una discusión con el dualismo metafísico, monismo naturalista, fisicalismo, conductismo, cognitivismo, interaccionismo, emergentismo, eliminativismo, conceptualismo y la teoría científica de los universos paralelos.
Reparar en el hecho de que la identidad y unidad de la mente no se corresponde con una parte definida del cerebro, hace ver que la mente no es el cerebro, es el yo el que posee un cerebro y no a la inversa. Por ello es un error –en el que incurren Strawson y Armstrong – el afirmar que no hay distinción entre mente y cuerpo. Tampoco es cierto que la mente sea inobservable –como piensa Ryle siguiendo a Hume y Kant-. Más falso es el antimentalismo conductista de Quine, refutado certeramente por la psicología cognitiva, pues la evidencia niega que tan sólo haya entidades físicas y que no sucesos o experiencias mentales. Pues, por la Novena Sinfonía advertimos a la mente y no el producto causal del cerebro.
Por su parte, la inteligencia artificial, como dice Searle, no tiene pensamiento y mente –como creen Churchland, Rorty, Feyerabend y Putnam-, puesto que sin el programador la inteligencia artificial no es nada. Todas estas corrientes son tributarias del giro moderno que reemplaza el alma por la conciencia, la mente, el yo, y el cerebro. Popper tiene razón al criticar el materialismo, el paralelismo, la teoría de la identidad, y defender un dualismo interaccionista de la mente, pero se equivoca al sostener que la filosofía debe dejar el esencialismo y asumir la explicación conjetural de la ciencia. Pues no tiene sentido negar el esencialismo para luego reconocer que el yo es una esencia debido a su carácter activo e integrador. Tampoco advierte, por su agnosticismo, que la realidad del Mundo cultural 3 es más compleja que una mera interacción entre el Mundo físico1 y el Mundo psíquico 2, pues ella está sometida al fundante y primordial Mundo espiritual 4. Aquí, donde el alma pertenece, el orden final se sobrepone sobre al orden causal y al azar.

II
La insensibilidad es la imbecilidad del alma
Anónimo
Yo creía, en primer lugar, que el problema del alma me atraía por una cuestión intelectual y de fe, y así respondí participando en el debate que se desató en los meses de mayo y junio del 2011 por el ciberespacio, a propósito de las burlonas palabras del científico Hawking sobre el “Paraíso y la vida más allá de la muerte”. Luego ligué mi inquietud con algo mucho más antiguo, remontándose a mi tierna infancia, cuando con apenas seis años, en mí iluminado dormitorio vi salir de una pared un pequeño bulto negro que luego se me iba acercando, pero del cual huí con precipitación.
Yo soy viudo, en el año 2007 falleció mí amada esposa, y además también creyente, por lo cual es indudable que esta circunstancia también resulta motivadora en la investigación. Es indubitable que la pérdida de seres queridos puede predisponer a un filósofo hacia la creencia en el alma, pero la propensión no significa la solución de la cavilación, hay que emprender la faena no como una apología sino como una indagación. Además, por más que mi madre era creyente mi padre me inculcó desde pequeño el escepticismo y la duda racionalista –lo cual jamás hice yo con mis hijos-, cosa que se fortaleció durante la universidad con el agnosticismo kantismo y salida de ella con el ateísmo marxista, en el cual estuve atrapado una década, hasta que sintiéndome asfixiado en mi creatividad pude librarme de él por medio de la poesía, dando comienzo a una nueva etapa filosófica queme permitió recuperar mi otrora fe perdida.
En el caso de mi experiencia infantil no digo que viera un alma pero tampoco lo niego, describo sencillamente el hecho, una pequeña sombra oscura que no permitía ver silueta ni forma definida alguna salía de la pared de un dormitorio. Hasta ahora no sé qué fue, pero desde entonces me intrigó profundamente, y quien conozca mi itinerario espiritual se dará cuenta que dicho acontecimiento no me condujo inmediatamente hacia la creencia religiosa, sino, por el contrario, estuve por un largo tiempo alejado de ella, y sólo muy lentamente, y ya maduro, se produjo mi transitar por el camino de la fe.
Pero, y sin subestimar estas motivaciones, ahora comprendo que mi preocupación por el problema del alma responde a la inquietud que guardo sobre el destino de una humanidad que vive a la sombra de la increencia y la pérdida de valores. Una humanidad que idolatra el dinero y la máquina tenía que prescindir de la idea del hombre y del alma.
De manera que cuando el pasado 16 de mayo de 2011 la agencia Reuters nos trajo un cable desde Londres -las cuales conocí a través de mi cordial amigo Enrique Álvarez Vita- con las afirmaciones del científico británico Stephen Hawking, autor de Una breve historia del tiempo. Allí afirmaba que “la idea del paraíso y de la vida después de la muerte es un cuento de hadas de gente que tiene miedo a fallecer”.
Esta manera de pensar también fue mía, tanto en mi etapa marxista, reforzada por la lectura del freudismo y sobrevivió hasta los principios de mi etapa culturalista. Reconozco, además, que es una forma característica del pensamiento moderno el considerar el alma reduciéndolo a la conciencia o a la mente. Así, lo que afirmó el científico más destacado del Reino Unido en una entrevista publicada en el periódico británico The Guardian, en la que vuelve a poner énfasis en su rechazo a las creencias religiosas y considera que no hay nada después del momento en que el cerebro deja de funcionar, me resultó chocantes y de muy incipiente evolución espiritual.
“Yo considero al cerebro como una computadora que dejará de funcionar cuando fallen sus componentes. No hay paraíso o vida después de la muerte para las computadoras que dejan de funcionar, ese es un cuento de hadas de gente que le tiene miedo a la oscuridad”, señaló tristemente el ex catedrático de Matemáticas Aplicadas y Física Teórica de la Universidad de Cambridge. Esta fue la celebrada opinión sobre un hombre máquina por parte de Hawking.
Esta infeliz comparación por parte de Hawking del cerebro con la computadora es catalogable en el más rudimentario materialismo, según la cual se ve a los hombres como máquinas. Esto es ignorar que los hombres son fines en sí mismos, irremplazables y únicos, es decir, todo lo contrario a las máquinas. Hawking que de filósofo demuestra no tener ni una pizca suscribe el mito ilustrado del hombre máquina.
Esta visión nada humanista no puede entender que los hombres no somos como las máquinas, pues, somos capaces de embelesarnos con la vida, de padecer, de revolvernos reflexivamente ante la muerte, de ansiar la inmortalidad y de creer en Dios. Quizá la inmensidad de los cielos estrellados le hagan a Hawking ver al hombre como pequeña cosa del universo físico, pero olvida –como apuntaba Kant al final de su Crítica de la Razón Práctica- que la ley moral en nuestro interior eleva inconmensurablemente su valor como ser responsable e inteligente.
Por ello, mi primera reacción ante la noticia fue de indiferencia y lástima, no sólo por detectar un grave error categorial que confunde los niveles de la realidad, sino, por exhibir un crudo materialismo ateo que no comprende el valor intrínseco del hombre. Si los grandes filósofos materialistas fueron defensores de una ética humanista, esta novísima versión del “hombre-máquina” directamente socava la misma.
Por eso le concedí poca importancia a la noticia y no volví a ella. Pero además, yo venía justamente de leer –a insistencia de mi amigo Enrique- uno de sus últimos libros El Gran Diseño escrito junto con el físico Leonard Mlodinow, que me causó una profunda decepción. Este libro sin demostrar nada, no sólo se dedica a despotricar contra la filosofía diciendo que la misma “ha muerto porque no se ha mantenido al corriente de los últimos avances de la física”, sino a negar que el universo sea producto de un Dios Providente y más bien es el resultado espontáneo salido de la Nada, a lo cual lo llamo Nihil creatum ex nihil, la nada crea desde la nada. Y todo ello se hace a expensas de una Teoría M que aun falta confirmar y no deja de ser una consideración lógica abstracta, admitida por los propios autores en el capítulo final.
En otras palabras, toda la evidencia disponible no confirma la susodicha teoría M y más bien sigue abonando a favor de un Dios que decidió crear el universo de esta manera. Por eso en su oportunidad escribí: “Alguien que no ha podido demostrar aun el estatus científico de la teoría "m" no está en las mejores condiciones para denostar contra la vida después de la muerte y calificarla de un cuento de hadas. Pues la misma impresión causa su último libro sobre El gran diseño. Es preferible omitir estas declaraciones desafortunadas de un gran científico que es totalmente insensible a los problemas de la religión y de la filosofía.” Y por decir esto recibí el desafío, hasta ahora no atendido por mí, del profesor sanmarquino Raymundo Casas Navarro, para disputar sobre el estatus científico de la teoría “M”.
No desdeño la importancia del tema, que por lo demás no conozco a profundidad, pero lo que me obsedía era el problema del alma y la inmortalidad. Además, un debate intelectual para no convertirlo en una exhibición impudorosa de egos, debe atraer para aprender y no para vencer. Dicho debate será para otra oportunidad más propicia y menos cargada de encono.
En una palabra, aunque el argumento de Hawking niega dos cosas: el paraíso y la idea del alma, en mi libro “Alma, mente, cerebro y máquina” examino la idea de que: “no hay nada después del momento en que el cerebro deja de funcionar”. Esta idea del “funcionamiento” del cerebro como si fuese una máquina es bastante antigua y se remonta al famoso libro de La Mettrie, El Hombre máquina (1747). Pero insistimos que los hombres no son autómatas ni máquinas, sino todo lo contrario, son fines en sí mismos.
Veamos qué tan ciertas pueden ser estas afirmaciones. En torno a estas declaraciones, en los meses de mayo y junio se desplegó en Lima un Foro en el Ciberespacio sobre la inmortalidad del alma, debate provocado justamente por la noticia dada por Hawking, promovido por el Cenáculo de Filosofía y Ciencia “La Serpiente de Oro”, que dirige mi amigo: el señor Enrique Álvarez Vita, quien me convenció a participar y lo hice de forma extensa. En este libro acopio muchas de las ideas expresadas allí. La diferencia es que lo hice con el calor del debate, mientras que aquí se presenta la ocasión de un desarrollo más ordenado. También publiqué en el mes de julio un breve ensayo sobre el tema que fue divulgado en la web por Librosperuanos.com.
Pero la inquietud me aguijoneaba como un tábano persecutor. Y en el transcurso me he detenido en las experiencias clínicas de muertos que reviven, la experiencia parapsicológica y, sobre todo, las pruebas de la existencia del alma. El examen de las posiciones filosóficas clásicas sobre el alma ha sido indispensable, seguido de una exploración de la relación entre inmortalidad y conservación, luego las relaciones entre Ciencia y Verdad, las relaciones entre Ciencia y Metafísica, las tres grandes corrientes sobre la inmortalidad del alma y finalmente la diferencia del alma con la conciencia y la mente, que intentarán demostrar que Hawking se limita a repetir el reduccionismo mentalista de la Filosofía moderna.
El objetivo no es rebatir a Hawking –que es sólo un cajón de resonancia de la empírica filosofía inglesa-, sino, a través de él, refutar los juicios que a lo largo de la historia de la filosofía moderna terminaron supliendo el problema del alma por el de la conciencia y de la mente. Lo cual significa no sólo llevar el debate más allá de la ciencia, hacia las canteras filosóficas en que nació, sino que además se reconoce que la filosofía no puede dar la espalda al conocimiento científico ni subordinarse a él, así como de la urgencia de replantearse las bases metafísicas de la actual cultura nihilista de la increencia que es fiador de la declive moral de la humanidad.
Quiero dejar estas líneas con una reflexión civilizacional. No es la primera vez que la humanidad atraviesa por periodos de crisis espiritual tan hondos, donde todas las creencias son puestas en duda e impera un materialismo práctico. Lo vimos durante el movimiento sofístico, respondido por Sócrates y Platón; la época helenística romana, afrontada por el cristianismo; en el siglo XI y XII en pleno avance de la sociedad urbana, la economía dineraria y la riqueza esplendorosa, que fue contrarrestada con el movimiento espiritual del gótico; y lo vemos ahora con la Modernidad anética y descreída. Y ya van más de 500 años y no se atisba todavía el movimiento espiritual que la ataje. Esta visión prometeica de endiosamiento humano está fuera de control, haciendo creer al hombre que es un producto de sí mismo y no de Dios. Negar el alma es parte de esta mentalidad de inmanentismo prometeico, común tanto al capitalismo como al comunismo.

Lima, Salamanca 16 de Octubre 2012

lunes, 15 de octubre de 2012

INMORTALIDAD Y CONSERVACIÓN

INMORTALIDAD Y CONSERVACIÓN
Gustavo Flores Quelopana
Past Presidente de la SITA-Perú

El alma, en cierto modo, es todo.
Aristóteles
 

Permitidme detenerme brevemente en la relación entre inmortalidad y principio de conservación que tan agudamente me señaló un amigo, el filósofo Fidel Gutiérrez y cuya obra gira en torno a la postulación de los principios de conservación y de destrucción. El me preguntaba si la posibilidad de la inmortalidad tenía relación con lo que él llama el principio de conservación. Aun cuando en mi opinión la conservación no es necesariamente un principio, la pregunta conserva todo su valor en cuanto tendencia. Es más si la gravedad jala a los objetos hacia un centro posibilitando la organización de los mismos, por su parte la energía oscura los empuja haciéndole el juego a la entropía en su desorganización final. Es por ello que el dualismo de fuerzas que plantea mi amigo me resulta dudoso.
Ahora bien, volviendo al tema si la inmortalidad es señal de conservación se puede afirmar sin obstáculos que en la vida sensible el hombre aprehende el valor de la existencia en el presente y rechaza la muerte instintivamente, pero como ser intelectual desea y concibe la existencia perdurable. El hombre no sólo alcanza la perpetuidad por el alma, mediante la cual aprehende el ser en absoluto y perdurablemente, sino que dicha idea no puede tener origen sensible, ni ser producto del mero juego de la imaginación, de lo contrario no sería universal. Su origen es más bien a priori, está en el alma y junto a ella. Es por eso que el hombre puede pensar universalmente la inmortalidad.
Es decir, en el hombre hay no solamente un deseo natural de sobrevivencia, sino un deseo consciente de inmortalidad, que presupone la idea de una existencia perdurable. El propio Tomás de Aquino afirma que este deseo es la forma en que toma en un ser intelectual el impulso a la conservación de la vida y es una señal de la incorruptibilidad del alma humana. Es decir, en la base tenemos el impulso a la conservación de la vida, que es una señal de la incorruptibilidad del alma humana, y sobre la cual surge el deseo natural de sobrevivencia y la idea de una existencia perdurable.
En otras palabras, en el impulso a la conservación a la vida y en el deseo de inmortalidad, advertido también por la razón agónica de Unamuno, reside una señal más de la incorruptibilidad del alma humana y por tanto de su inmortalidad. ¿Pero pueden realmente ser el “impulso” a conservar la vida y el “deseo” de inmortalidad   una   señal  de  la  inmortalidad  del  alma?
Pero la refutación no tardó en llegar. Es cierto que los pensadores medievales como Duns Scoto y Guillermo de Occam, mantuvieron la opinión que la existencia de actividades humanas que trascienden el poder de un agente material no demuestra que el alma sobreviva a la disolución del ser compuesto, y que por tanto primero se debe demostrar que el alma humana es capaz de sobrevivir a la muerte. Repárese aquí que Tomás de Aquino habla de “indicio” y no de “demostración” de la inmortalidad personal y privada.
De modo que el argumento de la inmortalidad por el deseo natural no parece convincente, pero cuando fue formulado por el aquinate en el siglo XIII estaba dirigido a combatir la teoría de un solo intelecto inmortal para todos los hombres, que era expuesta en la época por un grupo de profesores de la Facultad de Artes de la Universidad de París.
El Santo mantenía que el Peripatético había sido malinterpretado, pues la teoría de un solo intelecto en todos los hombres era incapaz de explicar las diferentes ideas y vidas intelectuales en las personas. El argumento que combatía provenía de una interpretación de Averroes que termina negando la inmortalidad personal. Si fuera cierta no tendría sentido atribuir responsabilidad moral a los actos voluntarios (De unitate intellectus contra Averroístas).
En consecuencia, el argumento de la inmortalidad personal por el deseo natural estaba dirigido a refutar las interpretaciones averroístas en boga de un solo intelecto inmortal. No obstante, todavía es totalmente plausible poner énfasis que el “deseo natural” del alma como impulso a la conservación de la vida como un indicio (signum) de inmortalidad de carácter personal y privado. Veamos por qué.
Los virus son casi inmortales, pueden sobrevivir en estado de latencia cientos y millones de años y ¿son acaso un indicio de su inmortalidad? Pero la diferencia en el hombre es que se trata de un “deseo natural” del alma racional, es decir, de una condición ontológica, algo que se busca conscientemente y que tiene su mayor asidero en la creencia de la mayoría de la humanidad de que la muerte no es el final de la vida. Es decir, no es que la “creencia” genere el “deseo” sino exactamente al revés, que del “deseo” de inmortalidad se genere la “creencia”. Naturalmente, que la mayoría “crea” en algo no significa que ese algo sea verdadero, esto sería una falacia.
En el lenguaje común las falacias son razonamientos incorrectos, pero psicológicamente persuasivos muy usados en retórica. Convertir un “indicio” de verdad en una verdad porque la mayoría así lo asume, equivaldría a incurrir en el argumento ad populum. Pero de eso no se trata. Aquí no se pretende convertir un “indicio” en una verdad, sino sólo señalar que es tan sólo una señal, un atisbo, un asomo, una pista que induce al conocimiento de algunas cosas, y en este caso de la inmortalidad del alma.
Si en el alma hay un deseo natural a conservar la vida es porque puede ser que la inmortalidad del alma sea su condición natural. ¿Acaso se puede desear algo de forma natural que lleve hacia la propia  destrucción? Naturalmente que no. De modo que si el alma busca conservar la vida es porque revela un indicio de su condición inmortal.
Todo esto nos lleva hacia algo más misterioso y es que la condición inmortal es una condición ontológica, es decir indesarraigable. Esto es, por más que la neguemos será irremisiblemente nuestro destino. Pero Tomás de Aquino añadía algo más todavía. Decía que el destino del alma es volver a estar unida al cuerpo, por  tanto su estado de separación es transitorio y antinatural. El fin ontológico era profundamente ético, porque era la existencia de la persona o sea la unión del alma y el cuerpo, y la recuperación de dicha unidad señalaba una nueva edad de la humanidad.
Ferrater Mora en su libro El ser y la muerte (1979) sostiene que la inmortalidad humana es una aspiración legítima que nace del temor a la muerte o del sentimiento de insuficiencia de la existencia. En todo caso esta aspiración no constituye para él en una prueba de la inmortalidad del alma, permanece simplemente en el nivel del deseo humano. Pero en él no es difícil advertir la opinión antirreligiosa de Freud combinado con una asunción parcial de la postura platónica. Es muy débil la reducción del filósofo español de la inmortalidad como deseo humano porque ni el temor ni la insuficiencia explican cabalmente un problema que tiene que ver no sólo con la razón sino también con la fe.
Abiertamente hostil a la religión y a todo lo que provenga de ella es Bertrand Russell, quien en su libro Religión y ciencia (1956) afirma que la ciencia no sólo permite acercarse cada vez más a la verdad, poniendo fin a las supersticiones de  orden religioso, sino, además contribuye a mejorar las condiciones de vida de los hombres. En él el problema de la inmortalidad del alma es una superstición religiosa más y típica de la mentalidad primitiva. Como vemos el filósofo inglés está hechizado por la mitología científica y los prejuicios antirreligiosos de la Ilustración.
En cambio Strawson (Un ensayo de descripción metafísica, 1959) desde un enfoque lógico analítico, brinda una base para mantener la posibilidad de la existencia de una pura conciencia individual. Para él el concepto de persona es lógicamente previo al concepto de conciencia individual y no puede analizarse como concepto de un ánima corporificada. Una persona no es un yo separado del cuerpo, pero un yo puede ser una persona separada del cuerpo, conservando el beneficio lógico de la individualidad de haber sido una persona. De modo que se puede concebir una sobrevivencia individual tras la muerte corporal. Y el razonamiento de Strawson no es mera aspiración a sobrevivir, sino deducción lógica de una posibilidad real del deseo natural de inmortalidad. Este argumento representa un duro golpe a los analíticos de sesgo cientificista con sus propias armas.
Claro que a Strawson se le podría contra-argumentar. Pero si un “indicio” de verdad no es la “verdad”, tampoco una “posibilidad lógica” es una “posibilidad real”. Pero lo que Strawson quiere decir es que la inmortalidad del alma existe no por una deducción lógica, sino que dicha deducción es posible sobre un orden real que la determina. El orden ontológico predomina sobre el orden lógico. No es exactamente lo mismo de lo que afirma el Doctor Angélico porque en éste lo ontológico se subsume al orden moral divino.
En fin de cuentas, la ideología de la “conservación” que relega la inmortalidad en el desván de las creencias primitivas, tiene su fuente en la racionalidad científica y es alimentada actualmente con las tendencias a manipular la vida a través de la biotecnología, la clonación, la eutanasia y la eugenesia. Estos potentes instrumentos de la cultura de la muerte están actualmente asociados con la tendencia a negar la existencia del alma y reducir todo el debate a un nuevo dualismo del algoritmo, en donde la mente no es sino un efecto calculable del mismo cerebro ya sea natural o artificial.

Lima, Salamanca 15 de octubre 2012