viernes, 26 de junio de 2026

La sed de Dios y el desarme espiritual del hombre moderno

 

La sed de Dios y el desarme espiritual del hombre moderno

 "En el corazón del hombre la sed de Dios nunca se extingue, lo que se bloquea es la voluntad de creer."

El mundo se precipita hacia un abismo que él mismo ha cavado. Las ruinas del siglo XX, con sus totalitarismos y sus idolatrías técnicas, han engendrado un siglo XXI donde la negación de la trascendencia se ha vuelto norma cultural. El hombre moderno, arrasado por el consumismo, el individualismo, el hedonismo, el nihilismo, el cientificismo y la idolatría tecnológica, se encuentra espiritualmente más desarmado que nunca. La sed de Dios permanece intacta en lo profundo de la conciencia, pero la voluntad de creer ha sido sofocada por un ruido ensordecedor de simulacros y promesas vacías.

La cultura contemporánea se asemeja a un teatro de sombras: todo brilla en la superficie, pero nada ilumina el interior. La técnica se ha convertido en ídolo, el mercado en altar, el placer en dogma, y la libertad en caricatura. El hombre, reducido a consumidor y productor, ha olvidado que su ser es apertura hacia lo infinito. La negación sistemática de la fe no es sólo un gesto intelectual, sino una herida espiritual que corroe la entraña de Occidente. Allí donde antes se debatía entre lo estético, lo ético y lo religioso, ahora reina lo efímero, lo líquido, lo espectacular.

En este escenario dramático, la kenosis se revela como única salida: vaciarse de las idolatrías para abrirse al don, despojarse de la autosuficiencia para acoger la gracia que perfecciona la naturaleza. La batalla cultural y espiritual de nuestro tiempo no es un asunto periférico, sino el núcleo mismo de la historia: discernir entre la luz que llama y las sombras que seducen. Este ensayo se alza, por tanto, como un grito profético: el hombre no puede sobrevivir espiritualmente si no recupera la fe, porque sin ella su sed se convierte en desesperación y su libertad en ruina.

La existencia se abre como cauce inagotable hacia lo infinito. La sed de Dios constituye la raíz ontológica de la interioridad, una huella indeleble que atraviesa la conciencia incluso cuando se dispersa en lo efímero. No se extingue, porque no depende de la voluntad ni de la cultura, sino que es la estructura misma del ser: apertura radical que ninguna clausura logra sofocar. Sin embargo, la voluntad de creer se endurece, se repliega, se bloquea. Allí se manifiesta el drama de la libertad: llamada a la comunión, pero tentada por la autosuficiencia.

Fue mi madre la que enseñó a rezar y a creer en Dios, mientras mi padre lucía escéptico. Ese escepticismo no se apoderó del alma hasta la universidad, donde la sed permanecía, pero la voluntad se transformó en agnosticismo kantiano. De allí emergió una década de ateísmo marxista, en la que la sed seguía latiendo bajo el velo de la negación. Recuerdo nítidamente una conversación con un compañero de universidad, que preguntaba: “¿por qué no crees?”. La respuesta fue una confesión: se quería creer, pero la razón lo impedía. Eran años de fe en una razón hipertrofiada, que se erigía como juez absoluto y sofocaba la apertura de la voluntad.

Cierta vez entregué a Pedro Planas, politólogo, uno de mis libros ateos. Con pena preguntó: “¿por qué no dejas en paz a las personas con sus creencias?”. La respuesta fue inmediata: “primero es la verdad”. Toda una excusa para ocultar la voluntad de no creer, disfrazada de fidelidad a una razón que se había convertido en ídolo. Allí se revela la paradoja: la sed seguía viva, pero la voluntad se atrincheraba en sistemas que pretendían sofocar lo que no puede extinguirse.

Dostoievski afirmaba que sin Dios todo está permitido. Lo hemos visto en los regímenes totalitarios del siglo XX, donde la negación de Dios abrió paso a la violencia sistemática y al exterminio. Pero también relegar a Dios al ámbito privado, como ocurre en los regímenes liberales, permite toda clase de pecados públicos: corrupción, injusticia, indiferencia ante el sufrimiento. El siglo XXI es hijo del siglo XX, con su negación sistemática y luciferina de la voluntad de creer, prolongando la herencia de un mundo que oscila entre la idolatría del poder y la trivialización de la trascendencia. Y el epicentro cultural de tal negación ha sido el Occidente liberal, que hoy luce moral y humanamente arruinado por un nihilismo que corroe su entraña, debilitando las reservas espirituales y dejando a la sociedad expuesta a la arbitrariedad de sus propios ídolos. Lo curioso es que Dios asiste al hombre permanentemente con su gracia, pero nuestra libertad le suele ser muy ingrata, cerrándose en la autosuficiencia y en la negación de la fe; incluso en quienes aceptan la gracia divina se experimenta que no sustituye nuestra naturaleza aunque la perfecciona. Kierkegaard, hombre del siglo XIX, todavía testimonia el alma humana que se debate entre lo estético, lo ético y lo religioso; en cambio, en el siglo XX la voluntad de poder lo arrasa todo y el siglo XXI lo estético reina a sus anchas, como signo de una cultura que ha perdido el centro trascendente y se disuelve en la superficie.

En este horizonte, la idea de fe en los pensadores contemporáneos se muestra erosionada: Heidegger la disuelve en la apertura impersonal al ser, negando su carácter personal; Sartre la rechaza como evasión de la libertad, desembocando en nihilismo; Foucault la reduce a dispositivo de poder, ignorando su dimensión liberadora; Rorty la trivializa como conversación liberal, negando su densidad ontológica; Vattimo la relativiza en una hermenéutica débil, disolviendo su fuerza normativa; Byung-Chul Han diagnostica su agotamiento en la sociedad del rendimiento, sin salida espiritual; Bauman la diluye en la liquidez de vínculos frágiles; Žižek la parodia como ideología, caricaturizando su potencia liberadora; Sloterdijk la sustituye por ejercicios antropotécnicos, negando su carácter de don. La crítica kenótica revela que esta erosión no es neutral: es el signo de un nihilismo que corroe la entraña de Occidente. Frente a la disolución en poder, discurso o estética, la kenosis afirma que la fe es apertura radical al don, perfeccionando la naturaleza sin abolirla, y ofreciendo la única salida al vacío cultural contemporáneo.

Luego volví a recuperar la fe. Fue un proceso muy lento, lleno de retrocesos y resbaladas, pero ya estaba decidido a recuperarla. Como mi camino era la filosofía, no resultaba sencillo atravesar el sendero: cada paso exigía confrontar las objeciones de la razón, cada avance implicaba desarmar los ídolos conceptuales que habían sofocado la apertura del corazón. La fe no se recupera como quien retoma un hábito, sino como quien atraviesa un desierto: con sed, con cansancio, con la tentación de volver atrás, pero también con la certeza de que la fuente existe y espera. La filosofía, lejos de ser obstáculo, se convirtió en el terreno mismo de la lucha: allí donde la razón había bloqueado la voluntad de creer, allí mismo debía abrirse la grieta por la que la gracia pudiera entrar.

Ahora que se pone en el debate la naturaleza demoníaca de los fenómenos FANI o ex ovnis, resulta pertinente interrogarse cuánto de ese bloqueo cultural de la fe corresponde al lado oscuro del mundo espiritual. La fascinación tecnológica, el silencio oficial y la trivialización mediática pueden ser máscaras de una estrategia más profunda: inteligencias hostiles que buscan corroer la fe, sembrar idolatría y perpetuar el nihilismo. La síntesis escatológica que se desprende de este itinerario no es una repetición de lo dicho, sino una profundización: la sed de Dios permanece como huella indeleble, la voluntad de creer se enfrenta a resistencias culturales y espirituales, y el discernimiento kenótico se convierte en la clave para atravesar el desierto contemporáneo. La plenitud escatológica no se alcanza por acumulación de poder ni por exaltación estética, sino por la entrega radical al don que perfecciona la naturaleza y abre la historia a la comunión definitiva.

El mundo actual, arrasado por el consumismo, el individualismo, el hedonismo, el nihilismo, el cientificismo y la idolatría tecnológica, ha dejado al hombre espiritualmente más desarmado que nunca. La cultura contemporánea, al absolutizar lo efímero y lo material, ha debilitado las defensas del espíritu, exponiéndolo a la manipulación de fuerzas oscuras y a la seducción de simulacros que prometen plenitud pero sólo ofrecen vacío. La crítica cultural escatológica muestra que este desarme espiritual no es casual, sino parte de una batalla más profunda: la lucha entre la gracia que perfecciona y las sombras que buscan corroer. La kenosis, como vaciamiento de sí y apertura al don, se convierte en la única respuesta capaz de discernir entre lo que proviene de la luz y lo que proviene de la sombra, y en la única esperanza frente a un mundo que ha perdido su centro trascendente.

En suma, el hombre contemporáneo se halla en el umbral de una decisión definitiva. Tras siglos de idolatrías sucesivas —el poder, la técnica, el mercado, el placer—, la humanidad ha quedado espiritualmente desarmada, expuesta a la intemperie de un mundo que ha perdido su centro trascendente. El consumismo, el individualismo, el hedonismo, el nihilismo, el cientificismo y la idolatría tecnológica han corroído las reservas interiores, dejando al espíritu vulnerable frente a las sombras que buscan ocupar el lugar de la fe. La kenosis se revela aquí no como una opción entre otras, sino como la única salida: vaciarse de las falsas seguridades para abrirse al don, despojarse de la autosuficiencia para acoger la gracia que perfecciona la naturaleza. La batalla cultural y espiritual de nuestro tiempo es, en realidad, el drama escatológico de la historia: discernir entre la luz que llama y las sombras que seducen, entre la esperanza que salva y los simulacros que condenan.

Ahora que incluso los fenómenos FANI o ex ovnis se interpretan como posibles signos demoníacos, la pregunta se vuelve ineludible: ¿cuánto de este bloqueo cultural de la fe corresponde al lado oscuro del mundo espiritual? La respuesta no puede ser evasiva. El hombre está llamado a reconocer que su sed de Dios no se extingue, que su voluntad de creer debe liberarse, y que su destino no es el vacío, sino la plenitud. En suma, sin fe, el hombre se precipita en la ruina; con fe, se abre a la comunión definitiva. La kenosis es la llave del futuro, la única fuerza capaz de transformar el desierto en fuente y la noche en aurora.

Bibliografía 

Bauman, Z. (2000). Modernidad líquida. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica.
Byung-Chul Han. (2012). La sociedad del cansancio. Barcelona: Herder.
Departamento de Guerra de Estados Unidos. (2026, 8 de mayo). Archivos desclasificados sobre fenómenos anómalos no identificados (FANI). Portal oficial war.gov/UFO. Infobae.
Departamento de Guerra de Estados Unidos. (2026, 12 de junio). Tercera entrega de archivos desclasificados sobre FANI: PURSUE Release 03. Portal oficial war.gov/UFO.
Foucault, M. (1975). Vigilar y castigar: nacimiento de la prisión. Madrid: Siglo XXI.
Heidegger, M. (1927). Ser y tiempo. Madrid: Trotta.
Infovaticana. (2026, 4 de junio). “Muchos ovnis son demonios”: destitución de monseñor Stephen Rossetti como exorcista de Washington. INFOVATICANA.
Rorty, R. (1989). Contingencia, ironía y solidaridad. Barcelona: Paidós.
Sartre, J.-P. (1943). El ser y la nada. Buenos Aires: Losada.
Sloterdijk, P. (1999). Normas para el parque humano. Madrid: Siruela.
Vattimo, G. (1990). El pensamiento débil. Barcelona: Gedisa.
Žižek, S. (2001). El espinoso sujeto: el centro ausente de la ontología política. Buenos Aires: Paidós.
Zenit. (2026, 4 de junio). Ovnis, demonios y límites eclesiales: destitución de monseñor Rossetti. ZENIT Noticias.

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