martes, 25 de agosto de 2026

QUÉ HACER CUANDO EL MAL SE NORMALIZA

 


QUÉ HACER CUANDO EL MAL SE NORMALIZA

¿Hasta cuándo toleraremos la matanza sistemática de niños palestinos? ¿Hasta cuándo se seguirá llamando “defensa” a lo que es exterminio? ¿Hasta cuándo se revestirá de legalidad lo que es crimen contra la humanidad? ¿Hasta cuándo se permitirá que la necropolítica se convierta en rutina cotidiana? ¿Hasta cuándo se aceptará que la violencia sea sacralizada como misión histórica? ¿Hasta cuándo se relativizará el mal bajo el disfraz posmoderno del “todo vale”? ¿Hasta cuándo se sospechará del bien como si fuera imposición o dogma? ¿Hasta cuándo se dejará que la mentira se disfrace de verdad en la era de la posverdad? ¿Hasta cuándo se permitirá que la realidad sea suplantada por simulacros digitales y algoritmos que administran la percepción? ¿Hasta cuándo se callará ante el imperio estadounidense, cómplice y sostén de este mal demoníaco, guardián de la idolatría técnica y patrocinador del exterminio?

Estas preguntas no buscan respuestas fáciles: son el grito de la conciencia, la voz de la indignación santa, el clamor que desenmascara la normalización del mal. Porque lo intolerable no puede ser aceptado, lo abominable no puede ser convertido en rutina, lo demoníaco no puede ser legitimado por la cultura, la técnica o el poder imperial.

En esta hora oscura de la historia, me veo forzado a pensar el mal más allá de la categoría arendtiana de la banalidad. La matanza sistemática de niños palestinos por parte del sionismo radical clama al cielo y no puede ser explicada únicamente como obediencia burocrática o mediocridad moral. Aquí se revela un mal más profundo, más grave, más abominable: una perversión del alma colectiva que convierte la violencia en misión sagrada.

La banalidad del mal describe a quienes ejecutan órdenes sin pensar, pero lo que presenciamos es un mal radical. Kant lo entendía como inclinación profunda de la voluntad hacia la perversión, una decisión consciente de subordinar la moral a intereses egoístas. Aquí no hay pasividad, sino elección deliberada de la destrucción.

Max Scheler habló de la maldad demoníaca, voluntad de destrucción como fin en sí mismo. Y es precisamente eso lo que vemos: la violencia no como medio, sino como fin, la aniquilación como goce, la muerte como misión. Achille Mbembe, con su noción de necropolítica, mostró cómo el poder soberano decide quién merece vivir y quién debe morir. El sionismo radical ha hecho de esa necropolítica su estructura permanente, su rutina cotidiana, su ley no escrita. Giorgio Agamben describió la reducción de la vida a “vida desnuda”, administrada y eliminada sin valor. Los cuerpos palestinos son tratados como despojos, como cifras, como material descartable.

Desde la ontología kenótica, esta absolutización del poder técnico y militar es idolatría destructiva, parodia de la esperanza, sacrilegio contra la vida. La técnica se ha convertido en ídolo, y ese ídolo exige sacrificios humanos.

El nazismo ya mostró cómo una ideología puede pervertir el alma de millones, transformando la identidad nacional en justificación para el exterminio. La perversión consistió en convertir la misión histórica en licencia para la violencia. El sionismo radical reproduce esa lógica: invoca la memoria del Holocausto como legitimación y convierte el sufrimiento histórico en licencia para infligir sufrimiento. La memoria se ha convertido en arma, en coartada, en justificación de lo injustificable.

La eliminación de niños, sin utilidad militar directa, es un mensaje simbólico: negar el futuro del otro pueblo, borrar su continuidad histórica, cancelar su esperanza. Es un crimen contra la humanidad y contra la infancia misma. Aquí el mal no es banal, sino demoníaco, voluntad de destrucción que se sacraliza como misión. La violencia se convierte en religión, en destino, en identidad. Es el culto abominable de la muerte.

Lo más terrible es la normalización de la necropolítica. El sionismo radical ha hecho de ella rutina, y esa rutina es lo que la vuelve insoportable, porque convierte lo intolerable en cotidiano.

En el nivel político, la violencia se institucionaliza en políticas de Estado. Se convierte en estrategia oficial, en ley, en discurso legitimado. El crimen se reviste de legalidad. En el nivel cultural, la sociedad interioriza la eliminación del otro como parte de su identidad. Se educa a las nuevas generaciones en la idea de que matar es deber, y la cultura se convierte en vehículo de odio. En el nivel técnico, drones y algoritmos administran la muerte con apariencia de neutralidad. La violencia se disfraza de eficiencia, de cálculo, de precisión, ocultando la sangre bajo el lenguaje frío de la técnica. En el nivel espiritual, la idolatría del poder sustituye la esperanza por la obsesión con la dominación. La violencia se sacraliza y se convierte en misión histórica, en destino colectivo, en blasfemia contra la vida.

La crítica sistemática de esta normalización exige desenmascarar su invisibilidad. El mal se vuelve invisible porque se integra en la vida cotidiana, porque deja de escandalizar, porque se acepta como normal.

La tarea filosófica es recuperar la capacidad de escándalo, de resistencia y de esperanza frente a un mundo que ha hecho del mal su rutina. Resistir es volver a sentir lo intolerable como intolerable, es negarse a aceptar la abominación como normalidad.

La estrategia kenótica de resistencia al mal no consiste en enfrentarlo con su misma lógica, sino en vaciarse para abrir un espacio de comunión que desactive la necropolítica. La kenosis es apertura, es negación del ídolo, es testimonio de vida frente al culto de la muerte.

Sé que si el sionismo ocasiona un conflicto mundial habrá quienes sostengan que debe ser derrotado militarmente. La kenosis no niega la necesidad de defensa en situaciones extremas, pero advierte que si la resistencia se reduce a lo militar, se perpetúa la misma lógica tanática. La victoria militar sin transformación espiritual es derrota disfrazada.

No es posible dejar de pensar que este mal radical se vincula también a la cultura posmoderna, con su “todo vale”, su relativismo extremo, su desmalignización del mal y su malignización del bien. La posmodernidad ha erosionado las categorías morales, ha disuelto la diferencia entre lo justo y lo injusto, y ha convertido la violencia en espectáculo o en simulacro. Allí donde el mal debería ser denunciado, se relativiza; allí donde el bien debería ser afirmado, se sospecha de él como imposición o dogma. Esta inversión cultural refuerza la normalización del mal, porque lo despoja de su carácter intolerable y convierte la esperanza en objeto de burla. Y vivimos además la era de la posverdad, donde la mentira se reviste de apariencia de verdad y la manipulación se convierte en norma; vivimos la era de la suplantación de la realidad por la realidad virtual de la inteligencia artificial, donde los simulacros digitales reemplazan la experiencia humana y la verdad se disuelve en algoritmos que administran la percepción. Esta conjunción de relativismo posmoderno y virtualidad algorítmica intensifica la invisibilidad del mal, porque lo disfraza de espectáculo, lo maquilla de neutralidad técnica y lo convierte en rutina aceptada.

Por eso, qué hacer cuando el mal se normaliza: resistir kenóticamente, desenmascarar su invisibilidad, sostener la esperanza, abrir comunión allí donde el mal divide, afirmar la vida allí donde el mal normaliza la muerte. La kenosis no promete victoria inmediata, pero preserva la dignidad y la esperanza frente a la abominación. Y esa santa indignación, ese dramatismo que brota del corazón, es la única respuesta digna frente a la idolatría de la muerte.

Y no puedo callar: detrás de este mal demoníaco se alza el imperio estadounidense, sosteniéndolo con armas, dinero y legitimación política. El imperio que se proclama defensor de la libertad se convierte en cómplice de la necropolítica, en patrocinador del exterminio, en guardián de la idolatría técnica. El ignominioso apoyo del imperio estadounidense no es neutral ni accidental: es estructural, es deliberado, es parte del mismo culto a la muerte. Con su poder militar y diplomático, con su veto en organismos internacionales, con su financiamiento y su cobertura ideológica, el imperio se convierte en sostén del mal radical.

Es imposible no sentir santa indignación al constatar que quienes se presentan como garantes de la democracia y los derechos humanos son, en realidad, los protectores de la necropolítica más abominable. El imperio estadounidense ha normalizado su complicidad, ha convertido el crimen en política exterior, ha hecho del apoyo al sionismo radical un dogma incuestionable.

Por eso, qué hacer cuando el mal se normaliza: resistir kenóticamente, desenmascarar su invisibilidad, sostener la esperanza, abrir comunión allí donde el mal divide, afirmar la vida allí donde el mal normaliza la muerte. Y denunciar con voz profética que el imperio estadounidense, lejos de ser baluarte de justicia, se ha convertido en aliado del mal demoníaco. La kenosis no promete victoria inmediata, pero preserva la dignidad y la esperanza frente a la abominación, y esa denuncia profética es parte esencial de la resistencia.

Y al llegar al final de estas páginas, no puedo sino dejar que el dolor me atraviese como un hierro ardiente. He denunciado la banalidad, el mal radical, la necropolítica, la idolatría técnica, la perversión posmoderna y la complicidad imperial. Pero nada de eso calma la herida abierta: los niños siguen muriendo, la esperanza sigue siendo burlada, la vida sigue siendo convertida en cifra y despojo.

Me siento desgarrado, porque el mal se ha normalizado hasta el punto de que ya no escandaliza. El mundo lo contempla como rutina, lo justifica como política, lo maquilla como espectáculo. Y yo me pregunto si aún queda fuerza para resistir, si aún queda voz para gritar, si aún queda espíritu para sostener la esperanza. El epílogo no es conclusión, sino grito desesperado: el mal demoníaco avanza, el imperio lo sostiene, la cultura lo relativiza, la técnica lo administra. ¿Dónde queda la humanidad? ¿Dónde queda la dignidad? ¿Dónde queda la promesa de futuro?

La kenosis me dice que debo vaciarme, que debo resistir sin imitar la lógica del mal. Pero en este instante de dolor, siento que la kenosis misma es un acto de desesperación: un vaciamiento que clama por una gracia que parece ausente, un testimonio que se levanta en medio de la ruina, un gesto que se aferra a la vida cuando todo alrededor proclama la muerte. Este epílogo es llanto, es desgarramiento, es desesperación. Es la confesión de que no basta la crítica, no basta la denuncia, no basta la indignación. Es la súplica de que la esperanza no sea extinguida, de que la comunión aún sea posible, de que la vida no sea derrotada por la idolatría de la muerte.

Y si todo parece perdido, si el mal se ha normalizado hasta lo indecible, entonces que este epílogo sea al menos un testimonio: que alguien gritó, que alguien lloró, que alguien resistió. Que alguien se negó a aceptar la abominación como normalidad. Que alguien sostuvo, en medio de la desesperación, que la vida sigue siendo sagrada.

 Bibliografía

Agence France-Presse. (2024, noviembre 25). La Corte Penal Internacional emite órdenes de arresto contra Netanyahu y Galant por crímenes de guerra en Gaza. AFP.

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BBC News. (2024, enero 26). International Court of Justice orders Israel to prevent acts of genocide in Gaza. BBC.

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