Revista peruana de Filosofía dedicada a los temas de metafísica, ontología, antropología filosófica, ética y política con especial énfasis en las categorías de lo anético, mitocrático, hermenéutica remitizante e hiperimperialismo. Contacto: gus_floque@yahoo.com
miércoles, 6 de noviembre de 2024
ACOTACIÓN "CONTRA EL GÉNERO"
TRUMP Y LA DISTENSIÓN MUNDIAL
TRUMP Y LA DISTENSIÓN MUNDIAL
Una arrasadora y aplastante victoria electoral y presidencial de Trump con el control total de las cámaras de representantes tiene varios importantes significados. Los dos principales son:
1. La situación interna y externa desesperada a la que había puesto Biden y los demócratas al pueblo norteamericano y al mundo entero con una inminente guerra termonuclear y un deterioro estrepitoso de las condiciones de vida en su país tiene enormes posibilidades de ser revertido.
2. Se viene el fin de la guerra de Ucrania, la expansión de la OTAN, la desactivación del peligro de guerra termonuclear, el fin de la guerra fría.
Pero también hay riesgos muy peligrosos:
1. Aumento de la tensión con China e Irán
2. Una ola de deportaciones controladas
3. La vuelta a un aislacionismo relativo
4. El peligro de seguir apoyando a Israel en su genocidio
Ya se habla de la sucesión presidencial de Donald Trump por su hijo, y todo dependerá de su éxito en estos cuatro años y la actitud del Estado profundo que actualmente se halla hegemonizado por el ala demencialmente guerrerista. Soros, Zuckerberg y compañía han sido derrotados. El pueblo norteamericano quiere paz y no guerras, quiere desactivación de las 800 bases militares alrededor del mundo y la vuelta de ese inmenso dinero para la reactivación económica del país.
Las vías recomendables para Trump en las actuales circunstancias geopolíticas son:
1. Aceptar una sana competencia económica con China
2. Obligar a Israel a aceptar la existencia de dos estados -Palestina e Israel- y llevar al banquillo a Netanyahu por sus crímenes de guerra sin nombre.
3. Desactivar a la OTAN y defenestrar al nazi Zelensky.
4. Favorecer el buen entendimiento con los BRICS
5. Eliminar el ilegal y condenable bloqueo contra Cuba
6. Someterse al derecho internacional y renunciar a las políticas imperialistas de sanciones económicas
En suma, el mundo tiene una nueva oportunidad para la paz si se impone la sensatez en la primera potencia del mundo en declive y que debe aceptar compartir la gobernanza mundial. Trump todavía sueña con una resurrección de la prosperidad y grandeza norteamericana, y en eso se parece al emperador romano Juliano el Apóstata (361-363). O sea, no comprende que la balanza de poder mundial ha cambiado y no volverá a ser el mismo. En ese punto mantiene un punto de fricción que puede convertirse en conflictividad.
No nos engañemos. A Trump le ha tocado administrar ordenadamente no la resurrección sino la decadencia del hegemonismo estadounidense. Y la paz en el mundo dependerá de que lo comprenda.
lunes, 4 de noviembre de 2024
El renacimiento del filosofar
El renacimiento del filosofar
Luis Enrique Alvizuri
Comentario al libro Filosofía
mitocrática y mitocratología del filósofo
Gustavo Flores Quelopana, miembro de la Sociedad Peruana de Filosofía,
presentado en la Casa Museo Ricardo Palma, ciudad de Lima, el martes 25 de mayo
del 2010.
Lo que el filósofo peruano Gustavo Flores Quelopana nos plantea en su
libro Filosofía mitocrática y
mitocratología es algo que él ya ha venido sosteniendo en anteriores
publicaciones: que el filosofar no es privativo de una cultura, en este caso
Occidente, sino que es un hecho dado, propio de todo ser humano. Esto lo
atribuye al filosofare, un elemento
inherente a nuestra especie que nos impele a reflexionar sobre nuestro ser y su
circunstancia. Estamos entonces ante un renovado esfuerzo por democratizar la
más alta expresión del pensamiento, la filosofía, despojándola de ser solo el privilegio
de una cultura dominante.
De esto se desprenden muchas cosas
importantes y cruciales para la visión actual del ser humano en general y el
desarrollo de todas sus manifestaciones culturales particulares. Si todos los
hombres tienen la capacidad intrínseca de desenvolverse en el terreno
filosófico, con propiedad y con soltura, de más está decir que ello conlleva
una independencia de conciencia y de pensamiento, paso previo obligado a poseer
también autonomía en materia de criterio, juicio, ética y valores. Lo gravital
de esto es que lleva a que la autoridad de lo académico, dependiente siempre
del poder de turno, se vea menoscaba y puesta en cuestión, abriéndose la puerta
a pensamientos “políticamente incorrectos” —para expresarlo de una manera hoy
de moda— que a la larga serán el germen de futuros cambios profundos en la
concepción acerca de cómo debe ser la humanidad.
Es así que vemos que, con este aporte, la
filosofía recupera el papel que ella siempre tuvo: el de ser la generadora de
las ideas-madre que toda sociedad posee. Y decimos que recupera dicho rol en
vista que, como suele suceder, cuando un sistema es totalitario, hegemónico y
cerrado —como el actual capitalismo— éste no admite dudas y cuestionamientos a
sus principios básicos, ya que el hacerlo implicaría poner en entredicho su
veracidad absoluta. La filosofía, como muchas otras expresiones humanas, ha
estado sometida y supervigilada pudiendo así ser controlada, encauzando de este
modo todos sus productos, y creándose un engendro seudo filosófico cuya mayor
preocupación es el cómo adaptarse a la realidad y no morir en el intento.
Recordando a Thomas Kuhn y a su famoso
paradigma, se podría decir que en la filosofía contemporánea existe el
meticuloso cuidado de no producir transformaciones sustanciales; la filosofía
oficial solamente se ocupa de maquillar las expresiones lingüísticas y
revolotear sobre una superficie manoseada, aceptada y reconocida. Es por ello
que las últimas corrientes de pensamiento filosófico, gestadas al interior de la
cultura occidental, no han apuntado al meollo del problema, la esencia del ser
humano, sino que se han desviado hacia oficios vanos pero rentables,
principalmente, a analizar las formas del filosofar y sus herramientas para
hacerlo. De ahí que se ve hoy que las dos corrientes más importantes en este
terreno están dedicadas, la una, al análisis exhaustivo de las palabras, la
llamada filosofía analítica —suponiendo que allí se encuentra lo esencial del
acto filosófico— y la otra, la posmoderna, en darle vueltas al sinsentido de lo
ya filosofado, pero sin poder hacer otra cosa que deconstruir lo construido
para ver qué se puede hallar en medio del caos resultante.
La consecuencia de esta situación, inútil
para efectos prácticos, ha llevado a que se genere en el hombre común una
percepción de que la filosofía es una especulación intonsa, que da vueltas
sobre lo mismo, sin ninguna vinculación directa con el usuario principal: el
ser humano. Es vista entonces como un ente que se muerde la cola, que no sale
del encasillamiento de apelar siempre a Platón para cualquier cosa, sabiendo
que todo ello acabará en el acostumbrado relativismo e inacción por parte de
algún filósofo de turno. Las palabras de éste, por muy acomodadas que estén, se
las terminará llevando el viento, y no pasarán de ser un simple discurso con un
tufillo de maestro de escuela quien recomienda a sus alumnos portarse bien y
hacer caso a sus progenitores.
En medio de este panorama, aburrido de optar
por una verborrea con visos de alquimia secreta, se hace necesario que surjan
filósofos que no estén atrapados por la lógica del sistema —para el cual todo
ya está dicho y resuelto, siendo su preocupación solo una mera repetición de lo
mismo pero expresado en forma diferente. Ello pasa necesariamente por el
desligamiento de los principales derroteros que orientan al pensador a llegar a
esas conclusiones (algo similar a lo que ocurre en el arte contemporáneo en el
sentido que a las academias ingresan jóvenes habilidosos que luego salen
expertos en hacer obras absurdas, carentes de sentido y de belleza, denominadas
“instalaciones”, o sonidos disparatados y cacofónicos llamados pomposamente
“música contemporánea”). Un pensador que desee ejercer su oficio llevado por su
impulso natural a filosofar debe evitar ser obligado, mediante los fórceps
tradicionales, a convencerse que es necesario reprimirse y adaptarse al
sistema. Tiene más bien que huir de la carcelería de las aulas puesto que ellas
no representan ni remotamente la orientación original de la práctica filosófica
—la cual se da entre un maestro y un discípulo, y de forma libre y espontánea.
Difícilmente se verá por los pasillos universitarios a dichos personajes. Esto
porque ello es visto como un sinónimo de atraso, y es objeto de burla por parte
de las autoridades. Se impone así el criterio de lo sistemático, de lo
investigativo, como si la filosofía fuese una ciencia, cuando es en realidad
más un producto de la inspiración y de la observación personal de parte del
filósofo, tal como ocurre con el auténtico y sufrido artista.
Y se rechaza esto porque hoy se considera al
filosofar como una técnica mental, como si de un ejercicio físico se tratase
para desarrollar determinado músculo —cual un moderno “pilates” cerebral. Sin
embargo, el verdadero filosofar, que no reniega del conocimiento acumulado por
el hombre, no consiste en hurgar en el pasado ni en encontrar las
articulaciones de las palabras —cosa que es buena si se tratase de descubrir un
lenguaje desconocido. La filosofía es, fundamentalmente, un acto creativo a
cargo de un filósofo, es una innovación en la forma de pensar acerca de lo que
somos y de dónde venimos. Un rápido recuento de las más importantes obras de la
historia filosófica nos demuestra claramente que los grandes pensadores de todos
los tiempos son aquellos que, basados en su propia inspiración, conciben
esquemas y modos de entender la realidad hasta antes de ellos inimaginada. Muy
pocos sustentan sus elucubraciones apelando a las de otros, del mismo modo que
un poeta no suele escribir utilizando las palabras y los giros que los grandes
vates ya emplearon. Lo que la gente espera es siempre la versión personal del
poeta y no el copioso análisis de lo ya realizado. Igual ocurre con el
filósofo, donde su deber es dar a conocer lo que él ha pensado, descubierto o
creado, no así que discursee sobre lo mucho que sabe acerca de la obra de algún
colega; eso al receptor poco le interesa y solo sirve para demostrar una buena
memoria o cuánto tiempo se ha perdido en rebuscar en las bibliotecas intimidades
ajenas.
Es por ello que decimos que la obra de
Flores Quelopana se encauza más por este sendero: por el de la libertad de
pensar y de crear al filosofar, y no por el de demostrar una erudición
petulante y ociosa, más aún en una época donde la Internet ofrece casi toda la
información, resumida y contrastada, en cuestión de segundos y al alcance del
lego. La gran mayoría de los que se dice que son filósofos caben dentro de este
esquema, puesto que, en vez de ser creadores, son especialistas en lo que otros
crearon, sin darse cuenta que así le hacen el juego al sistema al no cambiar
nada de lo que ya está revisado y aprobado.
Flores Quelopana nos lleva a cuestionar
profundamente nuestra idea acerca de que la filosofía es un invento de los
griegos y que solo la cultura occidental es la gestora y guardiana de la pureza
del filosofar, atribuyéndose ella ser la única capaz de realizarlo
correctamente. En su libro el autor nos explica que todo esto parte
principalmente del prejuicio y de la incapacidad de ver las cosas desde una
altura mayor que nos permita descubrir el verdadero mapa del lugar, de tal
manera que se pueda entender que las cosas no son como parecen ser desde la
plaza del pueblo. Si bien los griegos pueden haber desarrollado una forma de filosofar,
decir que solo ellos lo hicieron y que su modo de efectuarla es el único
posible resulta tan absurdo como afirmar que, porque la palabra arquitectura es
de origen griego, entonces son ellos los inventores del arte de la
construcción. El hecho que la alocución ‘filosofía’ sea de raíz griega no nos
debe llevar a pensar que es una potestad exclusiva de tal pueblo, como si el
uso de la palabra baranda significara que los indios fueron los creadores de
tal agarradera para bajar las escaleras.
Entonces, si se quiere saber qué es la
filosofía en toda su amplitud, no se puede constreñir su definición y
desarrollo a solo un punto de vista cultural: tiene que ser entendida como una
acción humana y universal. En este libro encontramos esa perspectiva —lo cual
no es ajeno a su contexto, pues los seres humanos no podemos escapar a ser un
producto de nuestro tiempo. Vivimos hoy en un momento coyuntural de la
sociedad. Por un lado, numerosas posiciones políticas que antes nos daban la
impresión de tener resuelto el mundo han sido dejadas de lado para dar paso a
una visión pragmatista y economicista de la existencia, en la cual solo
interesa la supervivencia del individuo de la mejor manera posible, sin
perspectivas mayores que la satisfacción de las necesidades. Las anteriores
ideas que nos remitían a una dimensión compleja, como la de ver la vida más
allá de lo terrenal, están hoy por hoy menoscabadas por una estructura de
pensamiento híper realista, sujeto a la inmediatez, y que exige, antes de creer
en algo, que se presente la prueba tangible y concreta de lo que se dice (con
lo cual desaparece el concepto fe del vocabulario pues se vuelve obsoleto e
innecesario dado que no es demostrable).
Por otro lado, este mismo sistema
omnipotente, denominado como sociedad de mercado, vive en constantes instancias
de crisis, lo cual lleva al hombre común a pensar que es imposible alcanzar sus
verdaderos anhelos de claridad y paz dentro de la batahola frenética de las
compras y ventas en un sistema mercantilista. A esto se suma una novedosa
visión, resultado de la Modernidad, que es la posibilidad de que el ser humano
sea el responsable de su propia destrucción —y con ello la de la naturaleza— lo
cual establece una incertidumbre e inseguridad antes nunca vista a lo largo de
nuestra historia. La Modernidad recién nos está mostrando su otra cara y con
ello el ser humano empieza a verla tal como ella realmente es: como una
devoradora de la materia, una explotadora del recurso natural, una maquinaria
de destrucción sin medida ni control.
Flores Quelopana se desenvuelve en esta
realidad, subsiste dentro de este maremagno de angustia y de temor, de
inseguridad total acerca de lo que el hombre contemporáneo hace, y por eso sale
a responderle con filosofía. Pero él no está solo en el intento; su alimento es
también sus propios contemporáneos más cercanos, quienes contribuyen de alguna
manera a que geste las ideas que él expresa. Se encuentra acompañado por otros
que también comparten esa visión liberadora de la filosofía, que no creen en la
preeminencia de Occidente para ser la medida de todas las cosas y que también
piensan que el filosofar es universal y no un hecho cultural —aunque cada
cultura le imprime su propia esencia y estilo. No dudamos que el autor ha
sabido recoger todos estos aportes provenientes de quienes avanzan por el mismo
camino. El mérito de nuestro filósofo está en que no se duerme sobre el
pesimismo de la falta de apoyo o de recursos; todo lo contrario, cual informal
peruano sale adelante, sin miedo, y gesta su propia editorial con lo que posee
en el bolsillo, y sin mayor empacho se exhibe abiertamente ante la mirada
impávida del mundo académico, que no acierta a entender cómo alguien puede hacer
tanta bulla con tan poco papel.
Este rompimiento con el esquema tradicional
de la filosofía es, a nuestro entender, la principal virtud del libro de Flores
Quelopana. De ahí en adelante todo puede pasar pues, como dijimos al comienzo,
una vez que se encuentra la llave que abre todas las puertas, el cielo es el
límite, y todo se puede replantear desde el punto de vista creativo. A partir
de ello es posible reescribir la historia de la filosofía, como efectivamente
lo hace, e incluso enmendarle la plana a los más famosos filósofos académicos,
quienes no pudieron escapar a la ceguera de su entorno y de su tiempo. De ahí
que es comprensible que él pueda proponernos, no solo un esquema personal de
qué es la filosofía, sino también dónde ella está, cómo se da y, de paso, cómo
puede ser la que le pertenece a los mundos no occidentales, como es el caso del
mundo andino.
Flores Quelopana nos invita a conocer una
manera de filosofar que él denomina mitocrática, la cual se opone —o yo diría
se complementa— con la que llama logocrática, que vendría a ser la que
normalmente se piensa que es la única filosofía posible. Creo que lo importante
no es ver qué tan cierto es o no esto, puesto que ya mencionamos que, al no ser
una ciencia, la filosofía es esencialmente un acto creativo que surge de una
nada previa, de modo que no se puede encontrar antecedentes a lo que antes no
existía. Si esta forma de entender las cosas nos agrada, nos parece correcta o
explica bien nuestra realidad, será un asunto propio de nuestro criterio selectivo.
La idea que la filosofía es la búsqueda de la verdad, una total y absoluta,
como si ella fuera algo realmente existente en algún lado, no es lo que
actualmente prima en el pensamiento contemporáneo, pues ello nos haría
agotarnos en el intento de demostrar, primero, la existencia de dicha verdad, y
eso nos puede tomar una eternidad. Lo que hoy necesitamos son más bien
filosofías frescas, esperanzadoras, revitalizantes y reconstituyentes, que
renueven la fe en la vida y no la destruyan para que, supuestamente, permitan
que el hombre viva, pues ello no es más que un contradictorio y paradigmático
sinsentido.
Pienso que la propuesta filosófica de
Gustavo Flores Quelopana, al igual que la que practican muchos de sus más
cercanos, va en ese sentido; en el de la renovación y del cambio, en el de las
nuevas iniciativas y los nuevos horizontes. Es una filosofía liberadora, que
nos da a entender que los no occidentales no somos dependientes sino creadores
de nuestro propio destino. Este es el nuevo rumbo que hoy nos sugiere el
filósofo limeño: el renacimiento del filosofar, liberado ya de la carga del
convencionalismo y del dominio del poder. Lo que pueda pasar a partir de ahora
pertenece al misterio, en el cual él fervorosamente cree. Se ha abierto aquí una
caja de Pandora y, a partir de este momento, el mundo podrá ser nuevamente
entendido y redibujado, devolviéndonos con ello el entusiasmo por vivir y por
soñar con utopías aún posibles, aún mejores.
Amatorium: Un poemario a contracorriente
Amatorium: Un poemario a contracorriente
Luis Enrique
Alvizuri, 19 de abril del 2012.
El filósofo y
escritor Gustavo Flores Quelopana nos vuelve a presentar otra de sus obras en
su ya vasto bagaje literario tratándose esta vez de un poemario al que ha
intitulado Amatorium. Tal como se
señala en la reseña, este trabajo pretende ser “…un tránsito hacia un neo
romanticismo que sintetiza el alma introvertida y nostálgica del indio
taciturno con la pasión desbordante y galante del hispanoamericano, alma a su
vez angustiada por la apocalipsis moral y climática de la posmodernidad”.
Esta misma presentación nos anuncia un eje temático que no
necesariamente se circunscribe al interés hacia el sexo femenino, sino que
esencialmente se centra en las más hondas preocupaciones del ser humano, algo
que abarca aspectos que van más allá del drama personal del deseo carnal.
Toda creación es la huella en el caminar de un ser, es su firma por la
cual es posible descifrar un mundo interior siempre cerrado y desconocido a los
sentidos. En el caso de Flores Quelopana, este poemario nos revela una vez más
al hombre que desde un principio se ha dado a conocer como un profundo pensador
y analista, típica actitud que caracteriza a los filósofos. Porque Flores
Quelopana es un filósofo, y aun cuando haga una poesía que intenta dirigirse
aparentemente a la mujer, no puede desligarse de su esencia natural que es la
filosofía. Quien escribe estas líneas comparte con él este mismo oficio por eso
le es más asequible entenderlo. Bastaría con comparar alguna de sus líneas con
lo que comúnmente se entiende por poesía para vislumbrar que su estro no se
agota en solo la perecedera carne o en los recuerdos sensoriales de lejanas
caricias, sino que se entrecruzan con los principales hilos que mueven su
espíritu: la mística y reflexión.
Cada uno de los 54 poemas insertos en este libro contienen una mezcla
peculiar de estos tres orígenes: la pasión humana y personal, la búsqueda de
una trascendencia mediante la fe y la preocupación permanente por el desarrollo
y destino de toda la especie humana. Esta clase de expresiones nos remite de algún
modo a la poesía mística española del siglo XVII con San Juan de la Cruz o
Santa Teresa de Jesús donde el objetivo de las ansiedades y esperanzas son
siempre Dios como iluminación y anhelo, pero por intermedio de la experiencia
mundana. El mismo vocablo amatorium
que sirve de título nos advierte que el poeta intenta ubicarse en un plano que
no es precisamente el moderno sino, todo lo contrario, uno más cercano a un
romanticismo tardío. A un lector contemporáneo puede resultarle extraña o hasta
obsoleta esta actitud pues se nota claramente que se retoman los valores del
pasado premoderno donde aún no había calado el pragmatismo y el uso de la
palabra llana, casi vulgar, para la manifestación sublime. Aún más, la poesía
actual justamente se esmera en negar todo tipo de elevación puesto que se agota
en el consumo inmediato del placer terrenal y rechaza todo aquello que se
proyecte más allá de la utilidad. Lejos de la mirada vallejiana o la dimensión
de Eguren, los poetas del siglo XX y XXI, influenciados por el ritmo y los
horizontes de la sociedad de mercado y sus parámetros, sobredimensionan su
propio ser, que toman como centro para su sentir, y se abocan desesperadamente
en transmitir su individuismo muchas veces carente de la mayor profundidad
puesto que de allí está erradicada la proyección ultraterrena y metafísica. Se
puede decir que la poesía moderna se indefendió de la agresión del sistema y se
enconchabó en sus propios miedos y frustraciones sin lograr sacar la cabeza más
allá de la realidad que el mundo material del consumo permite. Los intentos
socialistas del siglo pasado quedaron en el olvido en medio de un triste
convencimiento que poetizar es solo sufrir lánguidamente de impotencia.
Flores Quelopana pareciera rebelarse ante ese desencanto y minimalismo
de hoy, en donde prima lo crematístico y comercial en desmedro de las
manifestaciones del espíritu, y recurre a un pasado que para él estuvo pleno de
contenido, de ahí se desprende el que encontremos términos que nadie ahora se
atrevería a emplear por temor a la calificación de “arcaico”. Palabras como
bermejo, céfiro, áureo, bergamasco, prístina, brezo, arrobada, inmarcesible,
vesperal, zarzal, oráculo, argénteo y muchas más por el estilo navegan sin
pudor por sus versos, haciendo caso omiso a los posibles críticos dispuestos a
ubicarlo en el gabinete de lo pasatista y falto de originalidad. Es cierto que
al lector del siglo XXI tales voces le sonarán a palimpsesto, más apropiado
para exégetas que para personas atareadas y atosigadas por los medios masivos y
estupidizantes actuales, pero habría que preguntarse si no existirá detrás de
esto una forma sutil de protesta ante un sistema que ha deshumanizado al humano
y ha desacralizado a lo sagrado. Mientras que, para el pensamiento oficial,
propio de Wall Street, la realidad es res, cosa, en Flores el Universo retoma
sus antiguas vestiduras y se plaga de dioses y luces expulsadas por las
nociones cartesianas y por el agiotismo fenicio de los anglosajones y banqueros
judíos. Se podría incluso semejar a la última gran marcha anti moderna habida
en el siglo XX cuando un grupo de intelectuales propuso el retorno a la
naturaleza como cura para esta enfermedad creando el frustrado movimiento
hippie.
Los aires místicos con los que se arropa el erotismo del poeta se
rebelan desde los mismos títulos de los poemas como: Ángelus, En este vuelo terrenal…, Ángel exterminador, Misterio grato,
Se lo di al cielo, ¡Salve espíritu!, Deo gratia, Sueña eternidad, Alma herida,
Con piedad y celo, Cielo silente, Milagros. Y si hablamos del estilo nada
extraño le será éste para quien esté acostumbrado al manejo de la Biblia
encontrar un claro ritmo salmódico que se repite con frecuencia en muchos de
los poemas. Se puede citar Cielo silente
cuando dice: “En los límites del cielo silente, / pienso en ti, Marta mía. /
Atesoro cuando ensortijabas tu cabello/ al advertir que te miraba. / Y mis ojos
te hacían toda mía,/ y yo existía porque tú lo sentías. En los límites del
cielo silente, / pienso en ti, Marta mía.” O también Corazón: “He vivido al galope, / de querencias y pasiones. /
Descarnando mundos sin posesiones, / como tábano valiente/ amé volando la vida,
/ pegando tenazmente/ mi prolongada nariz, / donde de incienso y pólvora/ se
enciende la poderosa frente. He vivido al galope, / de querencias y pasiones.”
Y siguiendo con las ineludibles menciones teológicas podemos referirnos
a Impureza pura, en el que convergen
la simbología cristiana y la ansiedad corporal: “¡Oh impureza pura, de manos
santas! / Y en aquella hora fría, / de lujuria, bacanal y vergel, / vi aquella
mujer enclavada en su cruz, / ocultando en su seno un cirio de luz.” También lo
hallamos en ¡Muerte! ¿dónde está tu
corazón?: “¡Muerte! ¿dónde está tu corazón? / Yo comprendo tu maléfico
veneno, / más, serán rotas las cadenas de tu cieno, / cuando la Eternidad te
haya besado.” Una más sería Misterio
grato: “Dame Señor, las cosas temporales para usar / y las celestiales para
desear, porque/ sólo visitados por ti, vivimos y somos levantados. / Es un
misterio grato, que Dios haya amado/ la idea de la existencia del hombre.”
Como se ve, la presencia del complejo mundo de la fe se inmiscuye entre
las miradas, los perfumes y los balcones que son materia tradicional de la
poesía romántica y finisecular de los inicios de la modernidad. Podría
objetarse que se trata de una obra calcada de viejos libros novecentistas
españoles parodiando esto a un febril Quijote que se embriaga de ciertas
lecturas hasta hacerlas suyas. Quizá. Pero viniendo de un escritor de ensayos
de filosofía acostumbrado a la crítica profunda y al detalle escondido es
imposible creerlo, por lo que es más que seguro que esa ha sido la intención
del autor: la utilización de figuras literarias en desuso para causar el efecto
de contraste, yendo en contra de las modas y los convencionalismos para los que
en la poesía lo más importante es la libertad total del verso al punto que ha
devenido en caótica, dispersa e incomprensible. Al perder todos los referentes
absolutos (Dios, la belleza, la reflexión filosófica, la armonía) la poesía
moderna se ha desvanecido en las aguas turbulentas del ruido y el apurado
frenesí de los compromisos laborales que no dan tiempo más que para ver
televisión para coger el sueño. Flores Quelopana pareciera haberse enviado a sí
mismo al pasado, cual novela de ciencia ficción, y con levita y pañuelo
estuviese al pie de una ventana señorial engalanando a una dama cuyos únicos
atributos son el ser fémina y estar en edad de merecer.
Pero un tercer elemento que completa la trilogía de ingredientes en este
poemario es el filosófico en donde, junto con el halago y la exultación de la
belleza física, se entremezclan reflexiones y pensamientos obviamente muy
necesarios para el propio autor, aunque probablemente no tanto para la supuesta
receptora de sus versos. Como muestra se puede citar un fragmento de Presentimientos: “La soñé como mi único
tesoro y desde/ Mis adentros digo: ¡Eso es vivir para no morir! Que la única
eterna juventud/ Es la que ganamos con el oro de las ilusiones. Amén.” También
en Bella Taylor encontramos: “No
indagues el secreto, ni busques la verdad, Porque desde los hondos valles hasta
las altas cimas/ La fuente más pura encuentra siempre légamo al pie…” Y en Con piedad y cielo: “Yacía bella,
angelical en el funeral, / con sus hermosos ojos cerrados, / en contrito
réquiem ritual, / dulce descansaba mi amada.”
Igualmente, no se puede ignorar que existen toques clásicos que hacen
recordar a poetas como Shakespeare en el caso de Alma herida: “¿Qué conducta es digna para un alma herida? / Sufrir
los dardos sórdidos y tiros del desamor, / un breve mes, un breve día, / luego
me buscas con amorosa hambre…” O en el de Epitafio:
“¡Nadie ose perturbar esta tumba! Aquí yace con las cuencas vacías/ un cráneo
de selvas foscas, / un corazón que ardió como fuego, / dos manos que se
extendieron como garras, / un cadáver que sorbió el fragante veneno”. También
hay pasajes logrados que tienen un peso significativo propio como en La soledad: “Yo lo sé, y lo digo con
lagrimones, / Tú partiste antes, / porque la soledad/ era más mi compañera, Y
es cierto.” O en el mismo poema: La vida es como un sueño, / un día llegamos
sin saber ni prever, / y al otro levantamos velas sabiendo/ menos de lo que
creemos.”
Pero si hubiera que destacar un poema, entre varios, podría resaltarse
el titulado No te quiero. “Si me
buscaba, mañana tarde y noche/ la suave ninfa de los bosques,/ me preguntaba yo
si su aroma a violeta/ sentía atracción por un viejo roble./ Terminé
queriéndola como bestia irracional,/ sin concretos y vibrando a puro
sentimiento,/ sin reparar que un diente de sierpe,/ se hundía sin cariño en mi
agreste añoranza./ Sus piececitos hechiceros/ dejaron el rosal deshecho, ella/
como criatura errante, amarga doncella, me espetó con rostro indecible:/ “Uf,
no te quiero ¡Vejete!./ Mi débil corazón perdió sus compás./ ¡No más!… ¡Oh,
nunca más!” Tampoco se puede desdeñar lo logrado en materia netamente erótica,
como en el titulado Tu cabello: ¡Ay
de mi —repuso ella—/ Y con su mano de nácar/ accedió a mi ruego, / con el
meñique dio un capirotazo, / y el moño deshecho dejó llover/ en cascada hasta
la espalda, / una lisa y radiante cabellera negra”.
Por otro lado, a pesar de lo reseñado en la contratapa es muy poco lo
que de raíz andina se puede encontrar en el poemario; apenas algunas
expresiones como ayacuchana, amaranto o Ande. Abundan más bien las de claro
origen hispánico, razón por la cual ciertas palabras hacen recordar a las obras
clásicas del llamado Siglo de oro. Y si de poesía peruana se trata en el poema
titulado Lleno de años se hace una
clara referencia a Eguren: “Cual Diana trépida de albos lirios / como guirnalda
festiva, / alegre vive la fugitiva, / derrochando rutilante juventud. /”
Amatorium es una obra que suscita justificables preguntas en el lector quien de primera intención puede pensar que está ante un texto extemporáneo, pero al leerse con el debido detenimiento que toda poesía requiere se entenderá cuáles han sido las causas de su existencia y entre ellas parecen estar, como ya se dijo, una modernidad en vías de extinción incapaz de reflejar con palabras algún atisbo de belleza, lo que ocasiona en espíritus sensibles como el de Flores Quelopana, un rechazo asqueado por la manera cómo se ha privado a la vida y al mundo de su valor intrínseco para dárselo todo a la ley de la oferta y demanda, convirtiendo la existencia en un proceso de compra y venta. Flores Quelopana, con Amatorium, hace caso omiso a estos cantos de muerte y crea su propio mundo donde el pasado y el presente se hacen uno cohabitando en un mismo momento atemporal. Es por ello que su lectura no es fácil para ojos acostumbrados a la literatura de poca exigencia.
La encrucijada de la condición andina.
Reseña a
La encrucijada de la condición andina.
Ensayos sobre la crisis identitaria
de Gustavo Flores Quelopana
Luis Enrique Alvizuri
Una
vez más alguien viene a hacernos perder el tiempo. Esta es otra demostración de
las agudas falencias y absurdos de nuestro sistema educativo. Porque no otra
cosa puede ser el hecho que se persista en tesis trasnochadas que no quieren
entender que la civilización es solo una, que la ciencia es una también y que,
por supuesto, solo existe una filosofía: la de Occidente. Yo, en lugar de
ustedes, estimados asistentes, me levantaría en este momento e iría a hacer
cosas más útiles y necesarias en vez de desperdiciar minutos valiosos en vanas
peroratas.
Pero
como veo que a la mayoría nos sobra tanto el tiempo como para seguir en este
sinsentido entonces trataré de actuar, ya no como observador o crítico, sino
como terapeuta. ¿Qué hace que gente inteligente, preparada incluso en aulas
universitarias, lance tantos dislates, a contramano de lo que es el
conocimiento universal? ¿Qué puede motivar a estas desviadas mentes a
prorrumpir frases extraídas de la oscura noche del pensamiento? ¿Por qué, una
vez más, este remanido e infantil tema de lo andino vuelve a ser puesto en el
debate en pleno siglo XXI? ¿Es que la gavilla de campesinos ignorantes, con sus
tomas de carreteras o sus disfraces precolombinos, nos impactan tanto que
terminamos por convencernos que sus fantasías pueden tener siquiera algún
sustento?
¿O
es que estamos asustados, tal como lo manifestaba un prestigioso siquiatra,
preocupado porque su abuelita le había dicho cuando niño que un día los cholos
iban a tomar por asalto Lima y que iban a matar a todos los blancos? ¿O tal vez
estamos acomplejados de que, por no ser blancos, no nos han contratado en la
Católica ¾así nomás, Católica, sin esa huachafería de “pontificios”¾ y, en revancha, apelamos a nuestros genes y nuestro devaluado color de
piel para, entre lágrimas, decir: “yo también valgo, aunque no sea inglés o
alemán”? En fin, difícil sería saber por qué extrañas razones uno reitera el
desgastado tema del pasado para afirmarse en el presente. Pero, les confieso
que me salta una duda, pequeña, pero duda al fin. ¿Y si no se tratara de eso,
de ignorancias patológicas raciales y revanchistas? ¿Y si hubiera algo en el
fondo de estas ansias contraculturales que tuviera algún tipo de sustento?
Claro, podría parecer que se trata de un momento de beodez o de alucinación
sicofarmacológica lo que nos esté llevando a contemplar esta posibilidad. Pero
¿y si no? ¿Y si de repente estamos obviando algo que no vemos? ¿Y si tal vez la
universidad no lo sabe todo, o no lo dice todo ¾que no es lo mismo?
Qué
preocupante ¿no? Y no sería la primera vez que tuviera que ser un extranjero ¾perdón, un “san” extranjero¾ quien viniese a
decirnos que ha descubierto que no somos lo que somos, sino que somos otra cosa
que él ha analizado y comprobado que somos (uno de esos miles de Hiram Bingham
del pensamiento que devoramos con devoción). Si pues, quizá pueda ser que
merezca la pena descartar esta posibilidad de que el tema andino no sea tan
solo una demostración de atraso folclórico-turístico de rabiosos y ambiciosos
indigenistas financiados con millones de dólares de las ONGs y de las Naciones
Unidas. Quizá lo andino pueda ser que tenga algo de sustento, un poquito digo.
Quizá, es un decir, puede que haya un poco de razón con respecto a eso de que
Occidente no es la Civilización humana sino solo una civilización más en la
historia.
Tal
vez puede ser cierto que cada civilización viene con su ciencia y tecnologías
bajo el brazo. Solo así podríamos explicarnos por qué los conocimientos no se
trasladan de civilización en civilización y sus restos quedan como misterios; o
a lo más pasan a la siguiente, pero deformados, sin el sentido que tenían en su
versión original (como por ejemplo las sillas donde ustedes están ahora
sentados, que, por si no lo saben, fueron creadas como altares y solo se
aposentaban sobre ellas los chamanes, como sinónimo de comunicación religiosa
con los dioses). Quizá por esa razón que hoy nadie construye pirámides ni Machu
Picchus; y tampoco nadie sabe cómo las hicieron. Las civilizaciones sucesoras
nunca gustan de recordar a sus antecesoras; las aniquilan hasta no dejar
vestigio de ellas. Si no, pregúntenles a nuestros sufridos arqueólogos cuánto
lamentan estas destrucciones. Y ya que especulamos así, podríamos quizá también
suponer que tal vez cada una de estas civilizaciones tuvieron, por qué no, su
filosofía, que, lógicamente, no se llamaba así, pero hacía lo mismo, aunque
algunos piensen que el nombre hace a la función y no al revés.
En
ese caso tanto el cerdo, como el cochino, el marrano, el chancho y el porcino son
animales completamente diferentes. Y si seguimos explorando estas posibilidades
¾insisto, solo estoy especulando, no afirmando¾ puede darse el caso que la civilización andina no esté tan
desaparecida como regularmente se dice. Quizá se encuentre escondida en lugares
que no nos permiten verla bien. Tal vez estemos percibiendo sus
manifestaciones, sus síntomas, pero, cual misterioso virus, no sabemos dónde
exactamente está. La escuchamos, la sentimos, nos empuja, nos molesta, ensucia
nuestras calles, malogra el idioma, degenera nuestra raza, se mete en los
negocios, en los medios de comunicación, “cholea” la pantalla, “cholea” las
cátedras, “cholea” la cultura, en fin, corrompe las estructuras occidentales
del Estado. Esta andinidad, como podríamos denominarla, es la llamada hoy
“informalidad”. Pero ¿qué es la informalidad? Es el salirse de las normas. Pero
¿quiénes se salen de las normas en una sociedad?
Los
delincuentes, tanto rateros como banqueros. ¿Será tal vez, quizá, la andinidad
una delincuencia, o un pueblo degenerado al que le falta cultura? (cultura en
términos occidentales, obviamente). ¿No será entonces otra cultura? Pero ¿puede
haber otra cultura en un mundo globalizado, donde lo occidental es calificado
como Cultura Universal, como sinónimo de Cultura? Eso parece absurdo. Admitir
que puede existir una cultura paralela a la oficial sería reconocer que
Occidente no lo es todo, no lo sabe todo y no tiene derecho a imponerse sobre
el resto de la humanidad. Y esto no se puede permitir. ¿Cómo quedaríamos
nosotros, los hijos de la madre universidad, fiel retrato de Europa? No como
ignorantes, lógicamente, pero sí como parcialmente instruidos; conocedores solo
de una parte, mas no del todo. Esto, lo vuelvo a decir, no lo debemos permitir.
Aquí no está en juego la verdad, señores, porque la verdad es solo aquello que
nos da la razón y nos conviene (seamos francos ¿alguien aceptaría una verdad si
sabe que ella le perjudica? ¿Conocen ustedes, han oído hablar alguna vez, de
algún suicida que reconozca que lo que él cree y le da poder, y le da para
comer, no es la verdad? Particularmente yo no). Por lo tanto, pienso que, así
me demuestren lo contrario, si nuestro estatus está peligro solo por el hecho
de que ocurran cosas que nos digan lo contrario a lo que creemos yo me opongo y
lo negaré cien veces.
Y
tal parece que el señor Gustavo Flores Quelopana, con este libro titulado La
encrucijada de la condición andina está intentando socavar las bases de un
conocimiento oficial y oficializado que es lo que nos permite mantener nuestros
privilegios. De continuar con estos esfuerzos podría incluso llegar a descubrir
mecanismos internos insospechados que nos generen angustias y nos causen nuevas
zozobras intelectuales y políticas de las cuales ya estamos sumamente hastiados.
Pienso
que, en pro de nuestra amada civilización y cultura Occidental y cristiana, en
su versión norteamericana, deberíamos prohibir e impedir que se continúe
insinuando la posibilidad de que se dé algún “revival” culturalista por cuanto
solo servirá para alimentar las desquiciadas obsesiones milenaristas y utópicas
de acomplejados indios marginales que para lo único que sirven son para
interrumpir el avance del desarrollo y progreso occidental. Por todo esto solo
quiero terminar diciéndole a nuestro delusivo amigo que, en nombre de la clase
gobernante pro occidentalista de este país, deje de ya de hacer divagaciones
subversivas y se ponga a escribir sobre las zapatillas de Platón, a ver si así
logra por fin que una editorial seria publique alguno de sus pintorescos
libritos.
La Metafísica de la luz. Claves del primer filósofo mestizo Inca Garcilaso de la Vega
Reseña a
La Metafísica de la luz. Claves del primer
filósofo mestizo Inca Garcilaso de la Vega
de
Gustavo Flores
Quelopana
Luis
Enrique Alvizuri,
24 de
setiembre del 2005.
Quisiera iniciar mi comentario con una figura metafórica. Dicen que el
hombre andino es como el cóndor, que cuando empieza a bajar hacia la costa se
lo va viendo cada vez más pequeño, hasta el punto que pareciera que va a
desaparecer; pero, cuando ya casi no se lo ve, su figura vuelve a crecer
lentamente mientras sube hacia el lugar de donde partió.
Esta bella figura quizá ilustra aquello que algunos creemos que es lo
que está sucediendo hoy en día en el mundo andino. Muchos pensaban que estaba
muerto, que había sido desaparecido por efecto de la invasión occidental, que
solo sobrevivían sus restos en forma de arqueología, antropología, etnología o
folclor. Pero cuando pensábamos estar ante un cadáver, resulta que, como en el
poema Masa de Vallejo, ante el clamor de todos los que lo amamos, éste se
levanta y empieza a andar. Y qué mayor prueba de ese caminar que la obra
profunda y académica de Gustavo Flores Quelopana La metafísica de la Luz,
claves del primer filósofo mestizo Inca Garcilaso de la Vega.
Flores Quelopana, un pensador salido de las canteras tradicionales de la
filosofía occidental, impartida en nuestras parametradas instituciones de
enseñanza, ha dado el salto cualitativo que pocos se atreven a dar por temor a
ser considerados poco duchos, o resentidos, o desviados, sino subversivos. Ha
puesto su mirada en un mundo por siempre visto como inferior, atrasado,
salvaje, ignorante, incapaz ¾y todos los epítetos que el lenguaje
castellano nos pueda dar¾ pero no con la intención de lucrar
con la fama que las miradas antropológicas de laboratorio suelen dar a quienes
se dedican a esta “curiosidad del pasado”, sino con el objetivo rebelde de no
aceptar la ceguera intencionada, arrastrada desde la conquista, de no querer
ver lo que es obvio: que el mundo andino era y es una civilización superior,
viva y renaciente, con sus propios valores, sus estructuras y su forma de ser y
de pensar.
¿Y de qué manera patentiza ese interés para algunos descabellado? Pues
poniendo sus ojos en aquel que, a su entender, viene a ser el primer filósofo
mestizo ¾que nosotros llamamos andino¾ como lo fue Gómez Suárez de
Figueroa, más conocido como el Inca Garcilaso de la Vega. Flores Quelopana, sin
temor de aplicar los instrumentos provenientes de distintas canteras del
pensamiento universal, y con el único objetivo de llegar a la luz de la verdad,
nos demuestra que nuestro ilustre antepasado no solo era, como siempre se ha
pensado, un simple relator o cronista, un narrador de historias de su pasado
con el fin de distraer o de exaltar su origen real, para así ser considerado
alguien de alcurnia en una Europa aristocrática, sino que era en verdad un
filósofo.
¿Por qué? Porque sencillamente solo un filósofo podría atreverse a
abordar con éxito la traducción de un libro de filosofía del latín al
castellano. Nos referimos a la obra Diálogos de amor de León Hebreo. ¿Creemos
acaso que es una empresa fácil? ¿Podría alguien que no conoce la especialidad
osar hacer dicha tarea? Eso, como todos sabemos, no ocurre en ningún caso ni en
ningún campo. Por eso Flores Quelopana, conocedor de lo que es la filosofía en
su sentido estricto, detecta esta gran omisión. He aquí entonces una de los
primeros méritos de la obra en cuestión: hacerle ver a los andinos que nuestro
primer filósofo contemporáneo fue el Inca Garcilaso de la Vega, quien no en
vano se cambió el nombre puesto que así se sentía, un Inca, un ser que formaba
parte de un mundo que no podía negar, a diferencia de la mayoría de los
actuales que intentan por todos los medios rechazar su origen y asimilarse a
Occidente de cualquier manera. Pero Garcilaso no solo reconocía públicamente su
cuna en un medio donde ello podía significarle una desventaja, o sea, admitir
que era proveniente de una supuesta raza inferior ¾al decir de la mayoría de los
europeos¾ sino que también se reconocía como parte de Occidente, a través, no
solo de su sangre, sino de la religión. Fue en esto donde Garcilaso encontró la
piedra de toque para elaborar su genial y anticipatoria teoría: el hecho que
ambas civilizaciones, la occidental y la andina, tenían como máxima sublimación
de la fe y el pensamiento a la figura de la luz.
Garcilaso no solo es un historiador
o un escritor humanista, sino que es el primer filósofo neoplatónico peruano,
pero cuya obra escrita se articula ¾y esto no fue advertido¾ por medio de una metafísica de la
Luz, que concibe a Dios como una realidad superior privilegiada y que le sirve
de fundamento para su interpretación histórica: providencialismo
neoantropocéntrico. Pág. 182.
En el caso de Occidente, esto se manifestaba a través de una importante
cantidad de referencias que vinculaban a Dios y a toda manifestación de lo
divino con la luz, la luz divina, la luz que ilumina a los hombres y que les
entrega la revelación. Innumerables pasajes bíblicos y evangélicos nos relatan
acontecimientos donde es la luz la portadora del espíritu divino. Igualmente,
en el caso de la civilización andina; para Garcilaso la adoración al sol, como
punto principal de donde parte la luz, es una demostración clara de que los
andinos reconocían la divinidad de la misma, no en su forma material, como la
luz del día, sino en su aspecto sublimado, espiritualizada, que desempeña un
papel primordial en la vida de todos los seres de la naturaleza.
Pues la divinidad solar incaica
representa un acercamiento de la noción de sabiduría a la de la luz o
conocimiento perfecto de lo divino. La teología incaica está transida por una
metafísica pagana de la Luz que sirvió de hilo conductor a Garcilaso para
compenetrarse con la teología de la Luz del cristianismo católico. Pág. 165.
Esta es para Garcilaso la conexión y la demostración de que Dios está en
estos dos mundos y por eso, y a aquí viene el planteamiento revolucionario ¾aun para nuestra época¾ es que plantea la idea de que el
mundo andino posee la suficiente madurez y capacidad para autogobernarse a sí
mismo, ya que tiene la revelación divina sin haber conocido siquiera la
religión cristiana; pero habiéndola conocido, no había entonces necesidad de
una dominación ni de una colonización, sino solo el reconocimiento de que la obra
de Dios se había extendido hacia el nuevo mundo. Garcilaso quería decirles a
los españoles, en especial a sus gobernantes, que dejaran a los andinos como
independientes en su gobierno ¾demostradamente efectivo, como
relató en sus Comentarios reales¾ puesto que eran parte del plan de
Dios, que estaba por encima de los de los hombres.
Por ello el providencialismo
renacentista de Garcilaso era neoantropocéntrico y eurocéntrico, es decir, el
hombre peruano, ¾sin perder el vínculo con lo divino ¾bautizado en la fe cristiana¾ estaba en incomparables condiciones
para construir con autonomía de los españoles e Imperio Universal Cristiano. Pág.
80.
Como vemos, esta estrategia conceptual garcilasiana era sumamente
elaborada, inteligente y astuta, pero peligrosa; tanto así que, muchos años
después, a consecuencia de la rebelión de Túpac Amaru, fue prohibida su obra. Y
decimos peligrosa porque debemos considerar que el ambiente en el cual vivía no
era propicio a ver en los recién conquistados unos iguales, sino más bien
instrumentos de creación de riqueza. Si Garcilaso no hubiese empleado la
sutileza en el escribir para decir cosas que parecen pero que en el fondo son ¾sin incomodar a la mayoría de los
que leían su obra¾, si hubiera dicho directamente lo que pensaba y creía, es muy probable
que hubiese terminado en la cárcel o tal vez en la horca por subversivo o
hereje.
Y la encontró creando un nuevo
género de expresión filosófica: el comentario histórico, en el que se permite
deslizar conceptos sobre la naturaleza de lo histórico (plan providencial de
Dios) estrechamente unido a lo que acontecía en el Perú. Pág. 82.
Estamos entonces, gracias a la obra de Flores Quelopana, ante un nuevo
Garcilaso; un filósofo rebelde que se siente andino y no reniega de ello, y que
quiere, con un atrevimiento singular, enmendarle la plana a España y a su
política de colonización diciéndole que debe dejar libres a los habitantes del
nuevo mundo porque ellos tienen el derecho divino y la capacidad para
autogobernarse y seguir, por su propio camino, las grandes disposiciones de
Dios.
Nuestro provecto escritor asimiló
lentamente el panorama intelectual de Occidente no sin tomar postura; por el
contrario, fue una asimilación crítica. De ahí su decisión de entregar sus
fuerzas a una obra aparentemente histórica pero que se encontraba basada en
sólidos fundamentos filosóficos-metafísicos que demostraban que la luz de Dios
llegaba a los peruanos para un designio que haga honor a su ilustre historia. Pág.
84.
Esto no se ha vuelto a plantear hasta nuestra época. El enfoque de
Garcilaso es sorprendentemente actual puesto que él ya se concebía a sí mismo,
no como un indígena, no como un nativo puro ¾tal como no lo son actualmente el
noventa por ciento de nuestra población andina¾ sino como integrante de una
realidad distinta, de una sociedad que a partir de allí debería admitir el
hecho histórico contundente: la presencia de Occidente como un nuevo factor que
conformará la esencia de lo andino. Démonos cuenta que Garcilaso no planteó el
retorno al Imperio de los Incas. No clamó porque todo volviese al lugar en que
estaba antes de la llegada de Pizarro. Como filósofo que era, formado en
renombradas escuelas europeas y con maestros de prestigio, sabía que hechos de
esa naturaleza son irreversibles, tal como la llegada de los Incas al valle de
Urubamba, erradicando y dominando a sus anteriores habitantes. Lo que Garcilaso
avizoró fue que solo mediante nuevas estructuras mentales podemos encontrar el
punto de equilibrio para poder vivir con dignidad, sin ignorar que estamos en
un mundo multivalente, formado por muchos seres distintos y de diferente potencialidad.
Garcilaso es un revolucionario, insistimos, porque es un independentista,
porque fue el primero en elaborar un proyecto civilizatorio para el mundo
andino sin ignorar la presencia y los aportes de Occidente.
Él no pensaba que el mundo andino debía ser una cola dependiente de
Europa; él veía al nuevo mundo lo suficientemente maduro y capaz de decidir su
destino. Quiere decir que tomó partido, pero no por lo que más le convenía, que
era convertirse en un europeo más ignorando su origen ¾cosa que demostró no serle difícil¾ sino por ser un andino, un nuevo
representante de esa nueva realidad que se venía conformando.
Como Atenágoras, Taciano y Orígenes
lo hicieron respecto a las doctrinas de Platón y Aristóteles Garcilaso se
convierte en un apologeta prolongado haciendo lo mismo con la doctrina
religiosa, moral y política incaica. Pág. 93.
Existen muchos méritos más en la obra de Gustavo Flores Quelopana, pero
quizá el más importante sea éste: el de darnos a conocer el primer intento por resolver
el drama de la conquista sin renunciar a ser lo que somos. Porque tanto para
Garcilaso como para nosotros, está claro que nunca llegaremos a ser europeos,
norteamericanos ni occidentales: seremos andinos querámoslo o no; con piel
marrón, negra o blanca; con quechua, castellano o aimara; viviendo en la
sierra, en la selva o en la costa. Seguiremos siendo andinos muy a nuestro
pesar. Pero para que ello no nos pese, Garcilaso ideó ya el primer proyecto
andino pos hispánico: la revalorización de nuestra cultura, de nuestras propias
capacidades y de nuestros propios valores. Garcilaso le dijo al mundo que los
andinos eran lo suficientemente capaces de gobernarse y de ser. Siguiendo
entonces esa huella de luz, a la que se suman ilustres voces como las de Mariátegui
y su creación heroica, debemos asumirnos ya como una nueva identidad, con
capacidad para conformar nuestro mundo a nuestra manera. Creemos que la obra de
Flores Quelopana nos deja principalmente ese mensaje:
Pero lo que se debe hacer en cada verdadera
obra maestra es tratar de aprisionar su espíritu, lo único que en verdad resume
su propósito fundamental y sobrevive a lo largo de los siglos en los repliegues
de la intrahistoria. Pág. 79
Se me quedan otros elementos de juicio más en el tintero; como, por
ejemplo, la propuesta del autor de demostrar que Pachacámac es la clave para
entender que los andinos desarrollaron el pensamiento abstracto al más alto
nivel, pues concebían a un dios como una entidad por encima de los intereses
humanos;
Por último, en la intención de los
indios de dar el nombre Pachacámac al sumo Dios que da vida y ser al Universo
es posible rotular lo consecutivo: 1. La presencia de un conocimiento de la
naturaleza de Dios como la vida misma, pero no como Persona divina 2. La
admisión de que la existencia y los atributos de Dios son naturalmente
cognoscibles, ello no significa que Dios sea conocido en sí mismo. 3.
Vivificación como actividad pura o fecunda que está frente a una materia
preexistente a la cual anima. 4. Su comunicación vital es un bien a la
criatura, como semejanza de irradiación de la luz divina. 5. Guarda una
correspondencia, como divinidad de la vida, con la Persona del amor, es decir,
con la Persona del Espíritu Santo que tiene que ver con la fecundidad del amor
divino. Pág. 112.
Sin embargo, será con el dios
Pachacámac incaico donde éste se presenta ya no como una divinidad astral, ni
como una divinidad agrícola, ni como una divinidad subterránea, sino que está
sobre todas las demás deidades, es el dispensador de la vida del Universo,
parecido al aperion o lo indeterminado de Anaximandro o al logos de Heráclito,
no es un principio físico o material cósmico, como en los milesios llamados por
Aristóteles los filósofos físicos, es un principio inmaterial, benéfico,
desconocido, carente de representación (y esto es una reveladora diferencia con
al imagen tiahaunaquense) sin sacrificios ni residencia espacial, su ubicuidad
solo encuentra límite en la materia preexistente a la cual anima, todo lo cual
señala un grado de espiritualización más elevado, de mayor abstracción y
complejización, desconocida hasta entonces en el pensamiento andino. Pág. 117.
También el proponer que el pensamiento andino no es como el occidental,
que se basa en el uso y ejercicio de la razón, sino que interviene el
componente mítico como factor determinante, sin lo cual el andino no puede
llegar a establecer conjeturas correctas, válidas para su mundo.
El hombre prehispánico no es un
hombre que se plantee solo vivir con el uso de la pura inteligencia,
instaurando¾como en los griegos¾ una pura fe en la razón, sino que,
por el contrario, no pierde contacto con lo numinoso y desrealizador del
pensamiento metafórico. Su horizonte mental no es el imperio logocrático del
concepto, muy propio de la civilización occidental, sino el imperio mitocrático
del plurisigno. Su actitud filosófica no vive sujeta al principio lógico de
identidad sino como en Heráclito y Pitágoras, por ejemplo, se mueve en la
no-identidad, en la armonía de los contrarios. Por lo que sus características,
como discursiva, explicativa y racional, no serán enteramente lógicas, y
tendrán mucho de poéticas, que, a fin de cuentas, es otro modo de tener
contacto con la realidad. Aquí no se da un racionalismo que reduzca el
conocimiento a la razón, antes bien, la vida prehispánica está rodeada de
misterio, enigma alteridad y contradicción. La piedad no será en ella una
virtud del hombre, es más bien una relación viva del hombre con lo sagrado. Pág.
125.
Con esto Flores nos trata de decir que, como ya sabemos, el ser humano
no es todo razón, sino una suma de factores como los sentimientos, las
creencias, las pasiones, los deseos, etc., lo cual se demuestra fácilmente si
pensamos que la mayoría de las personas vivimos casi siempre sin emplear el
juicio, lamentablemente.
La filosofía de la metáfora es la
que vive el traspaso de lo conceptual a lo metafórico y la filosofía occidental
es la que traspaso lo metafórico a lo conceptual. La filosofía mitocrática es
la que pone el acento en el plurisigno de la metáfora que desrealiza lo real,
vive en la no-identidad, reside en la armonía de los contrarios, su lenguaje¾en el que están tanto el logos y el
mythos ¾ prioriza en grado superior a las metáforas
que a las conceptualizaciones. Pág. 132.
Conjuntamente, utilizando la
clasificación de Walter Schubart, no hay en ella un ascetismo que anhele la huida
del mundo como la hindú, ni un sentido armónico de contemplación como la China,
ni un sentido heroico de dominio del mundo como la occidental, ni un sentido
revelado y mesiánico de alcanzar el Reino de Dios como la hebrea, sino un
sentido vivificador, no revelado, que busca divinizar el mundo y la historia.
Finalmente, al hablar sobre el sentido del filosofar prehispánico estamos
haciéndolo sobre lo que lo distingue respecto del filosofar occidental: su
sentido mitocrático ¾tradición religiosa como base
principal de su reflexionar filosófico¾ frente al sentido logocrático de
Occidente ¾la pura razón teórica como base del pensar
filosófico, atención al empirismo circundante y el desarrollo de la idea de
ciencia como infinidad de tareas. Pág. 176.
En fin, Garcilaso al final del siglo
XVI se encontró en el Perú con un filosofar que estaba unido a la teología y
religión, lo que percibió como una base común entre los filósofos del incario,
no sin dejar de señalar sus diferencias. Las diferencias serán más culturales y
espirituales que propiamente filosóficas entre los distintos orbes
civilizacionales. Pág. 179.
La obra la Metafísica de la Luz de Gustavo Flores Quelopana es un
punto referencial importante para todos aquellos que quieran abordar con
seriedad el fenómeno andino desde una perspectiva filosófica. En mi opinión
personal, abre la puerta a toda una serie de conjeturas sobre este
controvertido tema. Y una obra se hace importante, no solo por lo que dice,
sino por aquello de bueno es capaz de generar.