domingo, 23 de agosto de 2026

EL PENSAMIENTO Y EL PODER


EL PENSAMIENTO Y EL PODER

¿Hasta qué punto el destino de los intelectuales depende de la forma jurídica e institucional de los regímenes políticos? ¿Qué revela la comparación entre la celda privilegiada de Bertrand Russell en Brixton y los sótanos de la Lubianka o los campos de Dachau sobre la fragilidad del pensamiento crítico frente al poder absoluto? ¿Es posible que la fascinación inicial por proyectos revolucionarios, como la de César Vallejo ante la propaganda soviética, o la búsqueda de una “creación heroica” en Mariátegui, oculte las derivas autoritarias que más tarde se impondrían? ¿Qué dilemas éticos se abren cuando la esperanza de emancipación social se enfrenta a la maquinaria del dogmatismo y la represión? ¿Cómo se explica que figuras como Haya de la Torre sobrevivieran a dictaduras militares sin sucumbir al exterminio, mientras otros contextos totalitarios convertían la disidencia en sentencia de muerte? ¿Qué lecciones deja la oscilación entre la seducción del socialismo real y la crítica liberal que anticipó su colapso en los años ochenta y noventa?

Estas preguntas no buscan respuestas inmediatas, sino abrir un itinerario de reflexión sobre el papel de los intelectuales frente a los grandes sistemas de poder del siglo XX, sus tensiones entre esperanza y desencanto, y el modo en que sus opciones marcaron no solo su destino personal, sino también el horizonte político y cultural de nuestras sociedades.
El itinerario de las ideas políticas y el destino de los intelectuales frente a los grandes sistemas de poder del siglo XX configuran un mapa complejo de fascinación, lucidez y desencanto. Al examinar los límites de la disidencia y la respuesta de los pensadores ante las estructuras estatales, emerge una constante histórica: la naturaleza jurídica e institucional de un régimen determina de manera absoluta el destino físico y la supervivencia del pensamiento crítico. Esta premisa se evidencia de forma palmaria al contrastar la reclusión de Bertrand Russell en el Reino Unido de 1918 con los destinos fatales que habrían aguardado al filósofo en los universos concentracionarios de Iósif Stalin o Adolf Hitler. Bajo la monarquía constitucional británica, regida por el imperio de la ley y las garantías procesales, el encierro de Russell por su activismo antibélico en la prisión de Brixton adoptó las formas de un retiro académico privilegiado. Su condición aristocrática y las prerrogativas del sistema penal le permitieron habitar una celda espaciosa, amueblarla con objetos personales, recibir alimentación del exterior, disponer de prensa diaria y redactar su influyente Introducción a la filosofía matemática.
Este escenario de tolerancia legal resulta inconcebible bajo la óptica de los totalitarismos que asolaron Europa. Si el pensador británico hubiese sido un ciudadano sometido a la maquinaria estatal de la Unión Soviética estalinista, el Comisariado del Pueblo para Asuntos Internos lo habría catalogado sumariamente como agente contrarrevolucionario o desviacionista. El proceso habría discurrido a través de la coacción física en los sótanos de la prisión de Lubianka para arrancar una confesión falsa, seguida de la ejecución inmediata o el confinamiento en los campos de trabajos forzados del Gulag, donde las extremas condiciones climáticas y la inanición habrían segado su existencia. En paralelo, el régimen nacionalsocialista de Adolf Hitler habría aplicado los decretos de emergencia que suspendieron los derechos civiles para confinarlo en campos de concentración como Dachau o Buchenwald. El destino de un filósofo analítico e individualista, desprovisto de utilidad utilitaria para el esfuerzo de guerra del Tercer Reich, habría sido la eliminación sistemática mediante el trabajo extenuante o la ejecución política directa, acompañada de la destrucción en la hoguera de toda su producción intelectual, tildada de subversiva y ajena al espíritu ario.
La experiencia directa en el territorio de la revolución naciente dividió de manera profunda las lecturas de la intelectualidad continental, un fenómeno que se ilustra con nitidez en el contraste entre el propio Russell y el poeta peruano César Vallejo. Al visitar la Unión Soviética en 1920, en pleno periodo de comunismo de guerra, el filósofo británico aplicó un racionalismo escéptico que plasmó en Práctica y teoría del bolchevismo. Detectó con temprana lucidez los rasgos de un dogmatismo mesiánico y la transformación de la doctrina marxista en una suerte de religión de Estado represiva, concluyendo que la edificación de una dictadura férrea jamás conduciría a la emancipación humana. Por el contrario, las estancias de Vallejo entre 1928 y 1931 coincidieron con la implementación de los planes quinquenales y el despliegue de una sofisticada propaganda oficial diseñada para seducir a los creadores extranjeros. El vate peruano, condicionado por la experiencia de la marginalidad económica en Europa occidental y una profunda sensibilidad ante el sufrimiento de las clases desposeídas, procesó la realidad soviética como un faro de esperanza humanista. En sus crónicas de Rusia en 1931, el poeta justificó las severas carencias materiales y el rigor estatista como sacrificios transitorios y necesarios para la abolición del orden burgués y la explotación social.
Esta tensión entre la urgencia de la transformación social y la percepción del autoritarismo halla un correlato fundamental en la figura de José Carlos Mariátegui. La historiografía posterior ha debatido con vehemencia si el Amauta permaneció ciego ante las derivas totalitarias del Kremlin, pero un análisis riguroso de su cronología vital devela una postura marcada por la heterodoxia y la complejidad geopolítica. Al fallecer en abril de 1930, el pensador peruano no llegó a presenciar el despliegue del terror estalinista, la deskulakización forzada ni los juicios farsa de Moscú. Lejos de la obediencia ciega, sostuvo un persistente rechazo al dogmatismo de la Tercera Internacional, defendiendo la necesidad de una creación heroica que no fuese calco ni copia de la experiencia rusa, lo que le valió duras acusaciones de populismo por parte de las delegaciones comunistas ortodoxas. Asimismo, evidenció una notable independencia al vindicar el valor intelectual y revolucionario de León Trotski en las páginas de la revista Amauta, aun cuando este ya sufría el ostracismo oficial. La ausencia de un ataque público de Mariátegui hacia la conducción de Moscú obedeció a un imperativo de solidaridad estratégica, priorizando la cohesión del frente socialista internacional frente al asedio del capitalismo global, antes que a una ceguera doctrinal.
El examen de los intelectuales peruanos frente al orbe comunista se extiende hacia la segunda mitad del siglo XX con la figura de Francisco Miró Quesada Cantuarias. Su travesía de 1959 por la Unión Soviética y la China de Mao Zedong, volcada en las crónicas de La otra mitad del mundo, suscitó acusaciones de tibieza por parte de los sectores conservadores del país. Su enfoque, no obstante, se inscribía en las coordenadas de un humanismo situacional y de la búsqueda de una tercera vía ideológica. Al contemplar la movilización titánica de millones de campesinos y la mitigación del analfabetismo y el hambre ancestral en el inicio del Gran Salto Adelante, el filósofo y lógico ponderó las realizaciones materiales de la planificación centralizada frente a los marcos formales de la democracia liberal de cuño occidental. Su andamiaje teórico concebía el socialismo como un esfuerzo genuino por erradicar la arbitrariedad económica, justificando de modo provisional el control estatal como una fase de transición, al tiempo que pretendía romper el cerco informativo de la Guerra Fría mostrando los avances de la ciencia y la industria en el bloque oriental.
En la orilla opuesta del espectro político, la trayectoria de Víctor Raúl Haya de la Torre ofrece el testimonio de una temprana ruptura con el comunismo de corte moscovita, devenida con el transcurrir de las décadas en un viraje geopolítico divisivo. En los años veinte, tras debatir con los dirigentes de la Internacional Comunista, el fundador del aprismo postuló la inaplicabilidad de la dictadura del proletariado en una realidad indoamericana carente de un tejido industrial masivo, proponiendo en su lugar un frente de clases y un control estatal regulador del capital extranjero. Sin embargo, la irrupción de la Segunda Guerra Mundial y la posterior confrontación bipolar reconfiguraron su pensamiento hacia la tesis del interamericanismo democrático sin hegemonía. Para la izquierda clasista y las bases revolucionarias, este desplazamiento representó una claudicación ideológica y una traición explícita a las demandas de la clase trabajadora. El programa aprista abandonó las demandas históricas de nacionalización para amparar la inversión estadounidense y entablar alianzas de cogobierno con la oligarquía tradicional y con antiguos perseguidores militares, insertándose plenamente en la estrategia anticomunista tutelada por Washington.
La hostilidad del escenario político peruano de los años treinta plantea la interrogante de por qué la persecución desatada por el general Luis Miguel Sánchez Cerro y la Unión Revolucionaria de filiación filofascista no culminó en el exterminio físico de Haya de la Torre durante su reclusión en la Penitenciaría de Lima. La respuesta estriba en la distancia estructural entre una dictadura militar tradicional y la sofisticación de un Estado totalitario. El aparato estatal peruano de la época carecía de la capacidad técnica, burocrática y policial indispensable para articular un control social absoluto o coordinar un sistema de eliminación industrial de opositores. Adicionalmente, el notable arraigo del aprismo en las masas urbanas y agrarias, patentizado en la insurrección armada de Trujillo en 1932, convertía cualquier tentativa de ejecución judicial en el detonante inminente de una conflagración civil generalizada. El renombre intelectual internacional del líder aprista concitó además la movilización de redes de solidaridad global, elevando el costo político exterior para el régimen. El curso de los acontecimientos se alteró definitivamente tras el magnicidio de Sánchez Cerro en 1933, facilitando una amnistía política bajo la conducción del mariscal Óscar R. Benavides.
Hacia el epílogo del siglo XX, las décadas de los ochenta y noventa sumieron a la mayor parte de la intelectualidad peruana en una suerte de insularidad analítica, provocada por la urgencia de la violencia interna y el colapso macroeconómico nacional. La disolución de la Unión Soviética y la implosión del modelo comunista ruso constituyeron un fenómeno imprevisto para el grueso de los sectores militantes; empero, distinguidas excepciones en el campo del análisis liberal y la academia anticiparon el derrumbe sistemático. Mario Vargas Llosa articuló una crítica persistente contra las reformas de la Perestroika y la Glásnost, sosteniendo que el régimen soviético adolecía de una quiebra estructural irreversible y que la apertura de libertades civiles erosionaría los cimientos del Estado policial. Desde la perspectiva económica, Hernando de Soto expuso en El otro sendero cómo la hipertrofia regulatoria y la planificación total ahogaban la iniciativa humana, forzando el surgimiento de mercados negros, un diagnóstico que explicaba las contradicciones terminales de las economías colectivistas. Incluso desde la madurez de la filosofía analítica, Francisco Miró Quesada Cantuarias reconoció la obsolescencia del socialismo real ante la instauración de una burocracia deshumanizante, mientras que historiadores y científicos sociales como Alberto Flores Galindo, Sinesio López y Hugo Neira advertían la pérdida de legitimidad democrática en el bloque oriental, cerrando así un ciclo histórico de debates fundamentales sobre el poder, la libertad y el destino de las sociedades humanas.

El itinerario aquí trazado no se limita a una crónica de intelectuales frente a regímenes políticos: es, en realidad, un espejo de las tensiones irresueltas entre poder y pensamiento, entre la fragilidad de la palabra y la maquinaria de la historia. La celda de Russell, los viajes de Vallejo, la heterodoxia de Mariátegui, las oscilaciones de Miró Quesada y Haya de la Torre, las críticas de Vargas Llosa y De Soto: todos ellos configuran un mosaico donde la lucidez convive con la fascinación, y la esperanza con el desencanto.

Del otro lado del mosaico, conviene recordar a aquellos intelectuales cuya lucidez no bastó para salvarlos de la maquinaria del poder absoluto. Dietrich Bonhoeffer, teólogo y resistente alemán, fue ejecutado en el campo de concentración de Flossenbürg en 1945 por su oposición al nazismo. Emil Lask, filósofo neokantiano, cayó en el frente oriental durante la Primera Guerra Mundial, truncando una obra que habría dialogado con la fenomenología emergente. Edith Stein, discípula de Husserl y convertida al cristianismo, fue deportada a Auschwitz y asesinada en 1942, víctima del antisemitismo nazi. A ellos se suman figuras como Walter Benjamin, que se suicidó en Portbou huyendo de la persecución fascista; Osip Mandelstam, poeta ruso que murió en un campo del Gulag tras denunciar la brutalidad estalinista; y Jan Patočka, filósofo checo cuya vida se extinguió tras los interrogatorios del régimen comunista. Sus destinos muestran el reverso trágico del itinerario intelectual: allí donde la palabra crítica se enfrenta a la violencia total, la vida se convierte en testimonio extremo de la fragilidad humana y de la necesidad de preservar la dignidad del pensamiento frente a la barbarie.

Este recorrido nos obliga a reconocer que la suerte del pensamiento crítico nunca es autónoma, sino que se inscribe en las condiciones jurídicas, institucionales y culturales de cada época. Allí donde el Estado se absolutiza, el intelectual se convierte en sospechoso; allí donde la ley preserva un mínimo de garantías, la palabra logra sobrevivir, aunque sea en confinamiento. La historia del siglo XX muestra que la disidencia no es un gesto abstracto, sino una práctica que se juega en el límite entre la vida y la muerte, entre la creación y la censura.

Este colofón, entonces, no es un cierre, sino una apertura: ¿qué destino aguarda hoy a los intelectuales en un mundo marcado por nuevas formas de control digital, por la disolución de las fronteras entre verdad y propaganda, por la tentación de absolutizar la técnica y disolver la persona en simulacros? La lección de este itinerario es clara: el pensamiento crítico solo se mantiene vivo si se atreve a interrogar los sistemas de poder, aunque ello implique riesgo, aislamiento o incomprensión.

Que estas páginas sirvan como advertencia y como llamado: advertencia de que la historia puede repetirse bajo nuevas máscaras, y llamado a que la palabra no renuncie a su vocación de libertad. Porque, en última instancia, el destino de los intelectuales es también el destino de la humanidad: allí donde se extingue la crítica, se extingue la esperanza.

En suma, Las trayectorias de Russell, Vallejo, Mariátegui, Miró Quesada, Haya de la Torre y Vargas Llosa revelan que el destino de los intelectuales nunca se juega en el vacío, sino en el cruce entre poder y palabra. Allí donde el régimen se funda en garantías jurídicas, la disidencia puede sobrevivir como crítica; allí donde el Estado se absolutiza, el pensamiento se convierte en sospechoso y la vida misma en rehén. La historia del siglo XX muestra que la lucidez intelectual oscila entre fascinación y desencanto, entre la esperanza de emancipación y la constatación del dogmatismo.

El itinerario examinado enseña que la crítica no es un lujo, sino una necesidad vital: Russell percibió el germen religioso del bolchevismo, Vallejo se dejó seducir por la épica del sacrificio, Mariátegui defendió la creación heroica frente al calco, Miró Quesada buscó una tercera vía humanista, Haya de la Torre se desplazó hacia el interamericanismo democrático, y Vargas Llosa denunció la quiebra estructural del socialismo real. Cada uno, desde su horizonte, encarna la tensión entre la fidelidad a la esperanza y la resistencia al poder absoluto.

La conclusión es clara: el pensamiento crítico solo se mantiene vivo si se atreve a interrogar los sistemas de poder, aunque ello implique riesgo, aislamiento o incomprensión. La historia de los intelectuales frente a los totalitarismos y dictaduras nos recuerda que la palabra puede ser confinada, pero no anulada; puede ser perseguida, pero no extinguida. El destino de la crítica es inseparable del destino de la libertad: allí donde se sofoca la disidencia, se extingue la posibilidad misma de humanidad.

Bibliografía

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