martes, 19 de agosto de 2014

SOBREVILLA Y LA FILOSOFÍA PERUANA

SOBREVILLA Y LA FILOSOFÍA PERUANA
Gustavo Flores Quelopana
Sociedad Peruana de Filosofía


David Sobrevilla era un filósofo de indudable talento histórico, pero se trataba de un talento crítico y no de un talento propositivo. Su capacidad para el dato, la información, la pesquisa, la reflexión puntual era de su indisputable coto, minucioso como un notario pero carente de originalidad creadora. Lo suyo era enjuiciar y comparar, no crear y proponer. Su acuciosidad por el detalle y la actualidad de su información me hizo abrigar un tiempo la esperanza que de su pluma podría salir alguna idea original. Pero luego me convencí que ese no era su don, y sí, más bien, la crítica incisiva y, algunas veces, no bien ponderada. Quizá ese era el tipo de inteligencia que necesitaba la filosofía en el Perú, arrasado por un marxismo dogmático en las universidades públicas, y que le hiciera recordar la principales figuras de su quehacer filosófico. Esa fue su misión y cumplió su objetivo reivindicativo. Pero como nada es perfecto en este mundo, cometió muchos juicios precipitados que merecieron algunas veces respuesta -aludo al caso de la respuesta de Walter Peñaloza Ramella-. Confieso que me cansó leerlo, y por un buen tiempo me alejé de sus obras. Luego retorné, pero sólo para confirmar mi juicio de que se trató de un importante historiador de la filosofía peruana, pero no un creador.

La filosofía peruana después del fallecimiento de Augusto Salazar Bondy y la hegemonía del pensamiento marxista en las universidades peruanas tuvo el infortunado destino de verse avasallada por los historiadores de las ideas. María Luisa Rivara (1929-2014) y David Sobrevilla (1938-2014) son sus exponentes máximos. Y digo infortunio porque la filosofía nunca será mera hermenéutica de autores del pasado, sino descubrimiento de esencias sempiternas que son siempre nuevas.

Y aun cuando nuestros puntos de vista han sido muy diferentes y hasta encontrados en muchos aspectos del debate filosófico, es de justicia reconocer sus méritos. Sus obras dejan una estela que deberá ser tomada en cuenta, para bien o para mal. No fue un filósofo creativo sino un cabal historiador de la filosofía, y un hipercrítico no siempre de buena guisa. No fue un genio porque le faltó el contacto universal con las cosas que se plasmara en una visión filosófica única. 

El hipercriticismo de Sobrevilla en el seno de la filosofía peruana da una impresión de rigidez y falta de originalidad. Hay algo en él de detenido y reaccionario. No sale de su pluma a la luz ninguna verdad verdaderamente nueva. Los filósofos peruanos del 40 eran auténticos porque expresaban el principio viviente de la normalización filosófica. Pero bajo Sobrevilla se adivina un manierismo, un extremismo de juicio que oculta un elemento de degeneración. Mientras las obra de Mariano Iberico, Francisco Miró Quesada, Wagner de Reyna, Salazar Bondy, buscan pensar problemas, el pensamiento de Sobrevilla busca catónicamente enjuiciar al pensador. Incluso, en el colmo de la petulancia, llega pesadamente a reprochar a algunos el no estar bien informados de la bibliografía de la época. Eso será importante para un profesor, pero no para un creador de filosofía. Así se van acumulando juicios absurdos en sus páginas, pero que en el fondo tienen que ver con su incapacidad para crear.

Para fines de los setenta y a todo lo largo del ochenta el germen de la decadencia de la filosofía peruana ya estaba manifiesto en el predominio del marxismo dogmático en la ínsula Barataria de la historia de las ideas. Lo que hará Sobrevilla será desarrollar esta última como mueca mentirosa llena de inanidad, pero sin que manase de ella ninguna idea profunda y original. El real desarrollo de la filosofía peruana debía encontrarse en el descubrimiento de categorías y visiones de esencias nuevas en vez del limitado cultivo de la historia de las ideas. Desde entonces la filosofía académica peruana lleva consigo una extraña lasitud, como la psicosis de un pesado fardo, donde no acontece nada que tenga alas.

Sobrevilla más que un pensador es un crítico deforme. El pensador asume que el contacto con la verdad es más real que su expresión formal perfecta. El crítico deforme, en cambio, es sumiso al ambiente, bastardea la verdad, hipotecándola a elementos formales subalternos -como estar al día de la última obra sobre el tema, la expresión formal del pensamiento, etc.-. Esta degeneración conformista a lo formal no sólo es un reflejo plácido del mundo, sino que responde a un debilitamiento de la fuerza creadora en todos sus aspectos. Esta degeneración académica respondía a que en un mundo filosófico dogmatizado era imposible un resurgimiento de la energía creadora. Y este fardo la sofoca hasta convertirla en una enseñanza exangüe y osificada. Pero la filosofía en cuanto conocimiento del fundamento del mundo no es un saber conformista, utilitario y constreñido a lo inmediato. Y eso es lo que hay que reivindicar.

En una palabra, en él nunca se logra percibir la tensión creadora del espíritu humano. Es un alma que no lleva en sí la tragedia ínsita a la creación cristiana, a saber, la nostalgia por alcanzar el mundo trascendental. Por el contrario, su espíritu refleja la mórbida placidez burguesa por la perfección clásica inmanente. Es la última flor retrasada de una época dominada por la idea de confort. Espíritu fatigado que es víctima del pecado secular decadente del mundo burgués. Pero su presencia ha sido necesaria para demostrar que hoy la cuestión es saber si es posible o no la filosofía peruana en cuanto contacto con el ser. 

En filosofía nunca se tratará de obedecer reglas ni ser ortodoxos. El academicismo no da más que obras muertas. Nuestra cultura dionisíaca, ahíta de presentimientos catastróficos, impulsa a la filosofía a ser transgresora. No hay posibilidad de retorno a un ideal agotado. Así pues, la filosofía nueva no es una filosofía académica, porque la filosofía auténtica no cree anquilosarse en una doctrina real. Pero invade un olor a descomposición que advierte una muerte espiritual. No hay retorno posible ni al ideal clásico griego ni al cristianismo integrista, ni al romanticismo ni al posmodernismo. La filosofía, que es como el domingo de la vida, siempre será contacto con el Ser y ahí se advertirá a Dios. El cristianismo planteó con una agudeza inigualable el problema de la trasmutación de la vida en mística o vivir el mundo en unión con Dios. Y la fuerza creativa de la filosofía deberá fijarse en este ideal para enfrentar la crisis apocalíptica que nos agobia. Nunca como antes la filosofía se ha visto ante el imperativo de asumir un camino supracultural en vez de infracultural, no mediante la victoria del nihilismo bárbaro, sino de una creación dirigida hacia el Ser más elevado.  

Es por ello que su obra representa la declinación y decadencia del academicismo fosilizado, no sólo por el abuso obsceno de las citas sino por la ausencia de ideas nuevas. En apretadas palabras se puede afirmar que su aspiración máxima fue su consejo que los filósofos peruanos sean creadores y no repetidores del magisterio filosófico occidental -cosa que él mismo incumplió-, sobre la base de una verdadera apropiación crítica de la tradición filosófica nacional y universal. Pero su consejo llega en la década de los noventa, cuando la filosofía peruana no se recuperaba del dogmatismo marxista ni del mimetismo de la filosofía analítica. En otras palabras, el anatopismo reinaba a sus anchas en el pensamiento filosófico peruano y quienes cultivaban la historia de las ideas creían ilusamente hacer filosofía desde el Perú limitándose al estudio de la filosofía peruana. En sentido estricto, la filosofía nunca será nacional o extranjera, sino universal. 

Afirmo sin vacilar que en el cultivo de la historia de las ideas en el Perú, David Sobrevilla ocupa un lugar bastante importante. Aunque sus gruesos volúmenes no siempre dejan la imparcial observación esperada. Hay que señalar, sin embargo, que comentar una obra tan extensa como la suya exigiría escribir un libro entero. Por tratarse aquí de un breve comentario rememorante, tenemos que limitarnos a desarrollar un análisis lo más sintético posible. Esto supone que el lector, en todo lo que sigue, estará familiarizado con su producción como crítico y como pensador. Desde ahora nos adelantamos a aseverar que, en lo esencial, estamos completamente de acuerdo con Sobrevilla. Estamos convencidos que las tareas actuales de la filosofía en América Latina es la de replantear y reconstruir los problemas filosóficos teniendo en cuenta los más altos estándares del saber, siempre móviles, y nuestra situación concreta, siempre dinámica.

Salvo que, y en esto reside nuestra primera discrepancia, esto ya se ha venido haciendo en nuestra América desde todos los frentes y desde todas las épocas; por ejemplo con J. C. Mariátegui, Francisco Miró Quesada, Augusto Salazar Bondy, la “generación Romero”, Dussel, Cerruti, Zea, Adolfo Sánchez Vásquez, Juan Rivano, Scannone, etc., y la segunda divergencia consiste en tomar en cuenta que nuestra realidad concreta, lejos de ser una ínsula, sólo es una vía que debe conducirnos hacia un topismo integrador que nos haga ver la dignidad humana universal.

Empezaré con Sobrevilla-crítico, tarea nada fácil porque  se encuentra  entrelazada  con la de Sobrevilla-pensador. La crítica es un arte que revela no sólo un estado del alma, sino que es un martillo que permite comprender la verdad. Pero también puede ser el camino más sencillo para echar a perder todas las cosas. Dicho esto, hay que reconocer que el comentario y la crítica de obras filosóficas son necesarios e incluso indispensables. Siempre que, sin embargo, la crítica sea correcta y exacta. Pues, si no lo es, si además es utilizada para el reproche y la diatriba, su presencia puede tener consecuencias lamentables.

En nuestro medio, estamos muy poco habituados a la crítica alturada, todo lo tomamos a pecho, nos resentimos inmediatamente, cunde la inseguridad psicológica y material, la crítica es temida y sofocada. Pero hay otros factores que conspiran contra la crítica filosófica sana. El agrafismo académico, incentivada por una universidad deshumanizada, empresarial y que no promueve la investigación, la sorprendente falta de costumbre en los congresos de filosofía de no incluir en su programa la presentación de libros, ni siquiera se invita a los autores a una decente exposición de sus obras, la discontinuidad cuando no la inexistencia o elitismo de las revistas de filosofía, hace que las reseñas de la producción filosófica se queden en la gavetas del escritorio, sean escasas, cuando no ignoradas, o se contenten con el comentario infecundo entre los corrillos, la apostilla a media voz, o si hay suerte sea tocada por algún solitario profesor diligente. Hace falta un Observatorio de Investigaciones Filosóficas.

Esto último es el caso de David Sobrevilla, cuyos indudables méritos son profusos. Primero, su esfuerzo loable por tomar en cuenta toda la producción filosófica nacional, pues a partir de él resulta más fácil tener en cuenta lo que se escribe sobre filosofía en el país y en América Latina, y esto no debe perderse, dada nuestra proclividad a ignorar el mérito de un compatriota. Segundo, insistir justicieramente en romper con el pensamiento anatópico. Tercero, ha acercado a toda la comunidad filosófica hasta un grado que todos se pueden tener presentes. Y cuarto, proponer unas nítidas tareas a la filosofía peruana y latinoamericana.

Querámoslo o no estos aspectos positivos de su labor han influido sobre nosotros, la cuarta generación de la filosofía peruana el siglo XX y en la primera del siglo XXI. La historia de las ideas tiene sus ilustres antecesores en Augusto Salazar Bondy, Francisco Miró Quesada y Felipe Barreda y Laos. Pero nadie como Sobrevilla ha estudiado de modo tan extenso y completo la producción filosófica peruana. Sus libros, como autor y compilador, son valiosos, muy informativos, actualizados, exhaustivos y, por lo general, sus críticas suelen dar en el blanco. Es cierto que ha difundido entre nosotros más la cultura filosófica alemana, que la francesa, inglesa o norteamericana.

El hecho que  haya existido entre nosotros más profesores que se han formado en Alemania, como Luis Felipe Alarco, Wagner de Reyna y David Sobrevilla, condicionó para que en nuestro mundo académico se sepa poco sobre un Austin, un Ryle, un Putnam, un Davidson, dentro de la tradición analítica, o de un Levinas, un Baudrillard, un Touraine, un Lacan, un Derrida, un Foucault o un Bordieu dentro de la filosofía francesa actual. Pero estos sesgos son algo normal en toda cultura cuya tradición filosófica está en camino de madurez. Un detalle más. Alarco y Wagner estudiaron en Alemania pero nunca perdieron el espíritu de su raza latina. En cambio Sobrevilla, al retornar de Alemania, se empeñó en una campaña contra lo mejor que tiene el espíritu latino, esto es, el ensayo. Su ensayofobia lo llevó al extremo de predicar al final contra el propio genio de su raza. Y por eso nunca pudo ir más allá del eurocentrismo filosófico.

Además, él ha señalado con claridad las tareas que tiene la filosofía en América Latina. Claro, dichas tareas quedaron nítidamente trazadas tras la actuación polémica de insignes figuras de la filosofía peruana (la “generación Romero”, Francisco Miró Quesada y Salazar Bondy) y latinoamericana (Zea y Dussel). De modo, que a su gran capacidad de trabajo Sobrevilla une un esfuerzo sincero de sistematización y síntesis programática. Sólo falta la cereza en la torta, esto es, una filosofía propia o lo que él llama: el replanteo de la tradición filosófica occidental.

Y este punto corresponde al Sobrevilla-pensador. Más aun, personalmente creo que lo ha intentado a nivel estético e histórico (véase su libro Repensando la tradición occidental, Amaru editores 1986). Nacido en 1938 en el Perú profundo, la ciudad de Huánuco, le corresponde el mérito de reivindicar para la estética contemporánea la artesanía y el arte popular. Además, lo ha señalado como tarea para toda la comunidad filosófica, nos ha lanzado el guante. Como él mismo lo señala en uno de sus libros: “No constituyen de por sí obviamente la propuesta de una filosofía, sino apenas ideas muy generales sobre lo que debemos hacer para lograr la madurez de la filosofía de Nuestra América” (D. Sobrevilla, Repensando la tradición de Nuestra América, BCR, Lima 1999, p. 266).

No obstante, la obra de Sobrevilla-crítico goza entre los filósofos de una bien establecida reputación de crítico algo recargado. Lejos de mí querer rebelarme contra esta apreciación, salvo en un aspecto, y es que la creo maximalista. Pues, la obra crítica de Sobrevilla es por lo general serena y sesuda cuando no está signada de un tufillo de animosidad, que la vuelve incontestablemente  denigrante; sobre todo cuando trata a ciertos filósofos peruanos. Sinceramente en muchas de sus páginas, especialmente en Repensando la tradición nacional, el lector se queda perplejo por la innecesaria virulencia del ataque corrosivo. Todos sabemos que él sigue el consejo de Jacques Barzun, en cuanto tomar en cuenta también lo mediocre y peor en toda cultura. Pero el caso es que conviene no exagerar, porque de lo contrario pensadores significativos descienden a los oscuridades de lo peyorativo.

Ciertamente, la Historia de las ideas es un territorio muy resbaladizo. No sólo porque la reconstrucción de un pensamiento pasado está penetrada por la óptica inevitable del presente, que en muchos casos es bienvenido por arrojar nueva luz. Pero, aun cuando no se incurra en anacronismos, acontece que el límite de las ideas es casi imperceptible, casi inconmensurable. ¿Podemos acaso estar seguros de todos los matices de una idea? Maurice Blanchot, uno de los principales escritores y críticos de la posguerra que ha ejercido enorme influencia sobre Foucault y otros, ha dicho que el carácter exacto de una obra no está jamás presente para ningún autor, y nosotros añadiríamos, ni para ningún crítico.

La obra de Sobrevilla-crítico, resulta ser, en este sentido, paradigmático. Tanto es así, que entre sus contribuciones, probablemente cuenta que demuestra que un historiador de las ideas, si bien es cierto, no debe mostrarse neutral, tampoco debe tratar de imponer su criterio. Este error metodológico se caracteriza por tratar de ver las cosas como nos hubiese gustado que sean. El historiador de las ideas es útil cuando nos demuestra que si queremos hacer justicia a la empresa histórica, debemos tomarlas tal como son y no como quisiéramos que hubiesen sido. Es como un pájaro que vive en una encina y que desde las primeras horas de la mañana cuenta todo lo que ve con su gorjeo claro y sostenido. Naturalmente en su verso no todo es infusión de flores; pero de ahí a bajar para ponerse como un gallito carioco a enmendar las cosas ya es otro cantar. Y esto significa que hay que resistir a la tentación de registrar el pasado en busca de reproches, porque la distorsión resulta pedante y pesada, y no estaría respondiendo a la naturaleza de su misión.

Naturalmente, Sobrevilla es muy inteligente, ama escribir obras voluminosas, de extensa y valiosísima bibliografía. A propósito de obras voluminosas, Ganivet decía que un libro grande da importancia, pero siendo malo o bueno pasa muy pronto a formar parte de las obras muertas de las bibliotecas; en cambio, un libro pequeño está obligado a ser bueno, de lo contrario morirá al primer embate (Ángel Ganivet, Idearium español, Aguilar 1964, p. 136). Volviendo digo que sus análisis y comentarios son agudos y penetrantes, sus distinciones profundas, leer sus obras es provechoso.

Su estilo no es bello como en Platón, ni elegante como en Bergson, ni ágil como en Russell, ni humorístico como en Ortega, ni ameno como en Miró Quesada. Al contrario es directo como un geómetra y cáustico como un ironista. Pero también es un signo de los tiempos; hay poca vida en él. El frío clima se debe en gran parte a una filosa crítica acompañada de una propuesta muy general. Los grandes planteamientos se quedan en ideas muy generales. Pues el cuidado que se toma en buscar si lo que explica es conforme o no a la nueva bibliografía en boga o a lo que dijo alguna figura sobresaliente, es probablemente una máscara que lo deja exánime. Incluso su exactitud de notario para citar y señalar el error en los demás, son las de un erudito que aun está en camino de redondear su plan original: reformular la tradición filosófica occidental (D. Sobrevilla, Repensando la tradición nacional, 2 tomos, Editorial Hipatía, Lima 1988).

Si se estudia su técnica de prueba veremos perfilarse un método en que prendido del prestigio y hallazgo de los grandes pensadores analiza a los autores que selecciona. Así éstos aparecen pequeños e insignificantes. Como señaló en su momento el filósofo argentino Ezequiel de Olaso (Con rigor y sin ilusiones, artículo en el suplemento del diario El Comercio, Lima, la fecha no es legible en mi recorte), todo lo que toca lo convierte en polvo. A veces, como un rey Midas al revés, todo lo que toca lo vuelve rescoldos.

Nada ni nadie se salva de su criba implacable y algunas veces excesiva –como le reprochó Walter Peñaloza (Una respuesta tardía a Sobrevilla, en Revista de Epistemología, Año 1, nº 1, 1997, Lima, Optimice editores, pp. 55-104). Pero su construcción crítica, siendo muy sólida aun, tiene importancia, porque cuando no se interpone el calor polémico sus comentarios brillan con luz propia. Lo que parece cierto es que un buen análisis filosófico debe ser a la vez formativo y no sólo informativo. La simple sobrecargada exposición de citas de poco ayuda cuando no contribuye a repensar los problemas y doctrinas con una sana crítica. Además lo formativo debe estar ligado a la situación espiritual de nuestro tiempo. En estas unilateralidades excelentes eruditos han sucumbido.

No hay duda que Sobrevilla es un pensador, pero como pensador esperamos que luzca como gran filósofo Sin duda, es un gran historiador de las ideas, y en la historia de la filosofía el lugar que le corresponde resulta ser la de un importante crítico dedicado al comentario minucioso. La mayor parte de los críticos hacen álgebra mental sentada ante una mesa, pero se olvidan que lo esencial es tratar de elevar las pupilas hacia el vislumbre inspirador del pensador. Grandes filósofos peruanos que iluminaron su época, un Augusto Salazar Bondy, un Francisco Miró Quesada, un Walter Peñaloza, un Juan Bautista Ferro, un Wagner de Reyna o un Mariano Iberico, también incursionaron en la crítica de las ideas pero pronto desplegaron las alas de Pegaso hacia planteamientos propios.

Pero tampoco es exacto decir, como sus detractores, que Sobrevilla no inventó nada. Pues, que carezca de una sistematización filosófica propia no lo excluye de haber realizado contribuciones. Así, todo su pensamiento gira sobre el pivote del anatopismo, las filosofías heterogéneas y el repensar la tradición filosófica. Sin embargo, las ideas vertebrales son de Víctor Andrés Belaunde, Augusto Salazar Bondy y la actuación de la “generación de Romero”. Contribución original constituye su concepto de “filosofía heterogénea”, como actividad importada e injertada en el seno de una cultura extraña.

Y esto es una cuestión difícil, porque para decir que algo es “filosofía heterogénea” hay que partir de un concepto previo de lo que es la filosofía. Él por supuesto que lo hace. Pero, el asunto es que los filósofos no están de acuerdo sobre la naturaleza de la filosofía. Es más, podría exigirse una previa teoría de la razón o de la racionalidad a todo aquel que pretenda definir lo que es la filosofía. Por ende, no hay que esperar hasta las calendas griegas. Así, nos asiste pensar que nuestro septuagenario crítico esté entrando a la tercera etapa y nos proporcione su propio replanteo filosófico.

Pero no seamos demasiados severos y sólo tratemos de retener que una buena crítica no sólo debe ser comestible y depurativa como la achicoria, sino también digestiva y relajante como la manzanilla. Sin duda, Sobrevilla luce como un gran historiador de las ideas, y efectivamente lo es. Por ello es tenido en gran estima por sus contemporáneos. Sin lugar a dudas el juicio de los contemporáneos se equivoca a veces, casi siempre es llevado por la moda. Pero en este caso su contribución es innegable. Es efectivamente el referente crítico más actual de la filosofía peruana, que ejerce desde la última década del siglo XX una influencia considerable. Su legado a la filosofía peruana es haber aportado el complemento actualizado a la historia de las ideas Ciertamente, su revisión bastante completa de la bibliografía nacional comporta dos aserciones que no son menos independientes una de otra y deben, por esto, ser cuidadosamente distinguidas.

La primera concierne a la situación actual de la filosofía   peruana.   Y   en  este punto estamos frente al Sobrevilla-pensador. Afirma que ésta va dejando atrás el dogmatismo, la imitación anatópica, y la falta de información, pero aun le falta superar el aislamiento, ensayismo, historicismo y el anatopismo y a pesar de ello se hace filosofía (D. Sobrevilla, La filosofía contemporánea en el Perú, Carlos Matta editor, Lima 1996). Con lo que estamos parcialmente de acuerdo. Pues, por ejemplo, no se ve la necesidad de que la filosofía peruana abandone el ensayismo filosófico, cuando las grandes obras del pensamiento occidental han sido ensayos. Miró Quesada demostró que es posible el cultivo, a la vez, de temas universales como de temas concretos que afectan nuestra realidad. Tampoco me parece que los filósofos de la “generación de Romero”, que logran la “normalidad filosófica”, estaban atrapados en el dogmatismo y la falta de información. A lo que se ajusta, más bien, es a la situación de excesiva ideologización a la que devino la filosofía peruana en el último tercio del siglo XX.

La segunda, tiene que ver con su teoría que la filosofía en nuestra América es injertada y heterogénea, sólo queda asumir crítica y creadoramente la tradición occidental, pues predicar o practicar otro tipo de filosofía es efectuar un pensamiento pre-filosófico y pre-teórico (D. Sobrevilla, Repensando la tradición de nuestra América, BCR, Lima 1999). Aquí no voy a insistir sobre mi discrepancia basada en la distinción en el logos humano: del logos del mito y el logos de la ratio; ni sobre la filosofía mitocrática y la filosofía logocrática. Que la filosofía latinoamericana pertenezca al ámbito de Occidente no la exime de investigar sobre otras formas no occidentales de filosofar. Conque volvemos al punto de partida de su libro programático Repensando la tradición nacional.

El programa de Sobrevilla-pensador resulta sin duda muy sugerente e interesante, aunque tengo mis objeciones que aquí no vienen al caso. No obstante, no cabe vacilación que también existen otras vías. Recuerdo que Karl Jaspers recomendaba al aspirante a filósofo un método menos progresivo, a saber, escoger a un gran filósofo y estudiarlo a fondo, y a través de él vería como en un prisma todo el problematismo filosófico. Schopenhauer, por su parte, al ser importunado por un reportero sobre lo que se necesitaba para ser un gran filósofo respondió: tener una visión profunda de la realidad. De modo que el programa de Sobrevilla viene a enriquecer las vías del filosofar. De cualquier forma, nos haría bien aclarar en qué consiste su asunción creadoramente de la tradición occidental.

Nos da algunas pistas. No imitar, ni repetir ideas ajenas, ni hacer que las circunvoluciones cerebrales solamente sirvan como escaparates de libros, como supuestamente caracteriza a la corriente universalista, y del cual fue Sobrevilla su exponente máximo. Pensar por cuenta propia, pero con los más altos estándares conceptuales y metódicos del saber, conectándose con la propia realidad nacional, como aspira la corriente regionalista. Lo cual también quiere decir que no siempre estudiar en el extranjero es la varita mágica que convierte en filósofo, sino al contrario, el desafío recién empieza al volver a pisar suelo patrio. Retornar con un puro formalismo externo y reaccionar con reflejos de axiomas aprendidos no es hacer verdadera filosofía ni asumir crítica y creadoramente nuestra tradición occidental. 

Sobrevilla dedicó libros sobre Vallejo, Basadre. Mariátegui, como contribución a la bibliografía nacional, pero son obras que supuran excelente información combinada con una débil interpretación. Allí donde nos hubiera gustado verlo como un conspicuo intérprete, se oscurece, se eclipsa y repite lugares comunes. Tanto es así, que en el voluminoso libro de homenaje a David Sobrevilla, "La filosofía como repensar y replantear la tradición", apenas cuatro autores escriben sobre él, excluyéndose cualquier análisis crítico de su obra.

En realidad, sobreponiéndonos a su regusto por glosar y al exhibicionismo de referencias bibliográficas, lo que su obra enfatiza es la necesidad de que el filósofo que emprende una investigación u obra creadora esté bien informado y lo suficientemente bien actualizado. No hay que caer en el complejo adánico, ni convertirse en papagayo repetidor de ideas ajenas. Pero aquí se me viene a la mente una vieja conseja: Lo perfecto es enemigo de lo bueno. ¿Realmente es posible, acaso, al mismo tiempo emprender una obra creadora y estar enterado de todo lo que se escribe sobre filosofía en Occidente? Personalmente no sólo creo que es imposible, sino que hasta resulta suicida para el creador. Es cierto que la filosofía es un conocimiento que exige entrenamiento y preparación, pero la misma no debe ahogar a la creación. Y esto no hay que olvidarlo.

Realmente no es difícil adivinar lo que el lector finalmente se está preguntando: ¿entonces qué es ser un crítico serio? ¿Qué es ser un pensador? A boca de jarro podríamos responder que un crítico serio es aquel que no va a la diatriba, lee entendiendo, traduce correctamente, no es sabihondo ni distorsionador y no sobre exige al autor comentado. Eugene Ionesco decía que el crítico debe describir y no prescribir. Esto nos lleva a pensar también que un buen crítico no debe sólo juzgar, por cuanto más se enjuicia menos se ama, y el mejor medio para comprender algo es la empatía. Ya lo decía Bergson, para comprender algo hay que amar ese algo.   Un   crítico   no   puede  entrar como un gladiador dispuesto a vencer y descuartizar al oponente, porque un buen crítico no tiene oponentes tiene compañeros de ruta. Ortega también lo decía de otra forma; “Cada día me interesa menos ser juez de las cosas y voy prefiriendo ser su amante”. Sin embargo, parafraseando a Federico Schiller, se me ocurre acotar que en lo que parecemos, todos tenemos un juez, pero en lo que somos nadie nos juzga salvo nuestra propia conciencia y Dios.

¿Y qué es ser un pensador? Esto es algo más difícil de responder. Obviamente que aquí nos preocupa el pensamiento creador y no cualquier forma de pensamiento. Es más, pensamiento creador no sólo es de naturaleza teórica, hay creación en el arte, el deporte, etc. Pero como nuestro asunto es la filosofía nos centramos en la creación teórica, aunque valga la acotación que en ella hay también mucho de intuición artística de la idea original. Pues bien lo cierto es que no hay acuerdo sobre lo que es la “creatividad”. Todos los hombres crean pero no todos son creadores, todos los hombres filosofan pero no todos son filósofos y todos los filósofos saben de filosofía pero no todos son pensadores.

Un estudio exhaustivo de la obra de Sobrevilla –yo no lo puedo hacerlo aquí- demostraría que su obra persigue devolverle a la filosofía peruana el nivel que le corresponde en el concierto latinoamericano y mundial. Creo que este es el sentido noble, profundo y último del esfuerzo filosófico de Sobrevilla, expresado en la hora más dramática de la vida nacional, a saber, la segunda mitad  de  los  años  ochenta  y la primera década de los noventa, asolada por el terrorismo y la guerra sucia. Lo que produjo en las universidades el decaimiento ideologización y retraso curricular de la filosofía. No creo deformar su pensamiento aseverando que es un importante censor y comentarista riguroso, con algunas flechas emponzoñadas. Charles Péguy decía: “Nunca juzgo a un hombre por lo que dice, sino por el tono en que lo dice”. Me parece que a estas alturas se impone una conclusión. Parecido al pan que está a punto de salir del horno, así Sobrevilla nos dejó en el laberinto del replanteo crítico de la tradición filosófica. Brindo por su feliz término, en bien de la filosofía peruana.

En resumen, Sobrevilla es el más importante crítico vivo, mejor informado, que nos recordó tomar en cuenta la producción filosófica nacional, a combatir los hábitos mentales anatópicos, muy valioso en este sentido, y que anhela que el destino de la filosofía peruana sea alcanzar los más altos niveles del saber.

En suma, el pensar iberoamericano no tiene que parecerse a la rigorista filosofía germánica. Al contrario, lo que más le favorece es fortalecer su propia personalidad ensayística. Nuestra filosofía, a pesar de su normalización, está más unida a la literatura, a la vida y al pensamiento en general. De modo que no resulta ser una ocupación exclusiva de filósofos profesionales, ni sólo de temas abstractos, sino que también desborda lo académico y, felizmente, se halla inextricablemente unido a la realidad social. Este último remanente anatópico no hay que extirparlo del todo del parque zoológico de la filosofía nacional. Así por lo menos tendremos variedad y exotismo.


Lima, Salamanca 20 de Agosto 2021

martes, 12 de agosto de 2014

LA DEIFICACIÓN CRISTIANA

LA DEIFICACIÓN CRISTIANA
Gustavo Flores Quelopana
Sociedad Peruana de Filosofía
 
1.            La historia de Jesús es la principal prueba de la deificación del hombre. Su origen es una paradoja (es hijo de José y, dice ser bajado del Cielo), muestra el poder de Dios sobre la materia (parto virginal y resurrección real de la muerte), muestra el signo de Dios en la pobreza, la humildad y la compasión (nace en un pobre pesebre de Belén), lo cual marca un cambio de valores; señala que para Dios el hombre es lo más importante del universo (los Magos de Oriente y la huída de Egipto).
Es decir, el cosmos habla de Cristo y de su presencia en la historia. Cristo es el Verbo, y como tal es la única persona que obra en las dos naturalezas: humana y divina. La historia de Jesús muestra el verdadero entramado entre lo humano y lo divino como posibilidad de deificación permanente y misteriosa del hombre (el niño a los doce años crece en sabiduría). En una palabra la deificación cristiana es posible porque el Reino de Dios es Cristo que está en nosotros.
2.    El hombre se deifica por gracia, porque deificarse es unirse a la operación divina más no a su misma esencia divina que es solamente suya. Así, Isaías es tocado por un ascua de fuego en sus labios por un serafín para disponerlo a la entrega del mensaje de Dios. Con razón escribe el Aquinate que la gracia es una cualidad del alma, está en su esencia, no es una virtud, por eso lo que la gracia pone en el alma es el don concedido y el reconocimiento de dicho don (S. Th.  Cuestión 110, art. 1).
3.    La deificación humana puede ocurrir en el corazón o en la inteligencia. Así, Jeremías profetiza que el Señor escribirá su ley no sobre unas tablas de piedra sino en los mismos corazones de los hombres. Y el Deuteronomio ratifica que se amará a Dios con todo el corazón. Con toda el alma y con todo el poder.
4.    Los hombres deificados ven a Dios por los ojos puros concedidos por el Espíritu Santo. Así, Dios habla cara a cara con Abraham, Jacob y Moisés, y los principales profetas como Oseas, Isaías y Jeremías, tienen sus propias experiencias místicas deificadoras. Ezequiel menciona dos veces al Espíritu Santo que llega para asegurar la unión con Dios. Por eso deificarse es trasladarse de la carne al espíritu por el Espíritu Santo.
5.    La deificación humana exige pureza del corazón. Por eso es dudoso que los sembradores de odio como herejes y cismáticos se deifiquen, porque Cristo no puede ser disociado de su Iglesia, ni la salvación se da al margen de Cristo y su Iglesia. Por eso, Dios puede llevar la fe a los hombres que ignoran el evangelio sin culpa propia por caminos sólo conocidos por Él. Así, el Evangelio reza que los puros de corazón verán a Dios, porque la bienaventuranza humana sólo está en Dios.
6.    Dios siempre llega, incluso al malo, por eso la deificación cristiana está abierta para todos. Por eso Cristo perdonó en la cruz al buen ladrón porque fue humilde y pidió perdón.
7.    La deificación humana nunca es completa y sólo se logra la perfección en el otro mundo. Bien dice el Salmista: “La ley de Jehová es perfecta, convierte el alma” (Sal. 19: 7). Y en Daniel se afirma que también algunos de los sabios caerán para ser depurados. O cuando se habla de que Dios mediante aflicciones perfecciona a muchos de sus hijos para la gloria (Heb. 2: 10). Por eso Tomás de Kempis afirma que no es digno de Dios el que no sufre una misma pena con Dios.
8.    En esta vida la deificación cristiana del hombre transita por la imitación de Cristo, o sea predicar amor en vez de odio. Imitar a Cristo no es despreciar el mundo, como en el orientalismo, sino aferrarse a la creación que es de Dios.
9.    La deificación cristiana del hombre habla de su santidad, en  cuya naturaleza participa el propio Dios. El hombre lejos de ser una criatura pútrida y hedihonda es la criatura predilecta de Dios. Por eso dice Santo Tomás de Aquino que Dios obra en nosotros pero con nuestro consentimiento (S. Th. Cuestión 55, art. 4).
10.  El hombre espiritual no radica en el anacoreta, sino en el que reconoce y ejecuta con sus semejantes, consigo mismo y la creación, la excelencia de la naturaleza humana creada por Dios. Como lo reconocen Dionisio, San Agustín y Santo Tomás de Aquino, hay un fin último en la vida humana y de todos los seres intelectuales, el cual es Dios.
11.  En el cristianismo deificarse no es ser absorbido por Dios (como en las místicas primitivas y en la mística superior precristiana), tampoco se trata de una muerte mística (chamanismo), ni que el ser de Dios se identifique con el ser del hombre (hinduismo, budismo, neoplatonismo), sino que el hombre tiene la capacidad de alcanzar a Dios dejando intacta la personalidad individual.
12.  Si la deificación orientalista es unión por absorción, la deificación judeocristiana es unión por amor. Es decir, no se trata de un Dios totalmente separado de la tierra, sino que Dios reina fuera del tiempo y del espacio como también dentro de él. Por ello, la deificación no se logra por esfuerzo propio (mística oriental) y sí, más bien, por gracia divina. Por eso en el Evangelio se dice: “Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios” (1 Jn. 3:1).
13.  En una palabra, la deificación cristiana tiene como capital piedra de toque el reconocimiento de la encarnación. Es decir, está unida íntimamente a un hecho histórico, sucedido realmente en este mundo del espacio y el tiempo. Y es precisamente por esto que la deificación cristiana implica insoslayablemente el deber de amar al prójimo.
Gustavo Flores Quelopana

Lima, Salamanca 11 de agosto 2014

martes, 8 de julio de 2014

FILOSOFÍA Y HOMBRE PRECOLOMBINO

EL HOMBRE ANDINO Y EL SENTIDO ANTROPOLÓGICO-MITOCRÁTICO
DE LA FILOSOFÍA
Gustavo Flores Quelopana
Sociedad Peruana de Filosofía
 

Los primeros europeos pusieron en duda la racionalidad del indio americano, hoy no se duda de que tuvieran racionalidad lo que se niega es su capacidad para filosofar.

La incapacidad del intelectualismo eurocéntrico enquistado en la academia para reconocer la capacidad filosófica del indio prehispánico nace de la ilegítima identificación de la filosofía con el saber teórico-abstracto divorciado de la religión únicamente, obviando la concepción de la filosofía como necesidad radical y permanente del hombre.

El español que vino a América volvió el mundo indígena al revés y hasta hoy muchas cosas permanecen invertidas. En cuatrocientos cincuenta años de persecución y alineación los conocimientos avanzados que desarrollaron los antiguos peruanos fueron barridos por el oleaje de la barbarie conquistadora. De su extraordinaria capacidad teórica y práctica nos hablan los cronistas y los extraordinarios testimonios arqueológicos que subsisten.

Es sorprendente entonces la actitud de limitar el estudio de las ideas filosóficas en el Perú a la evolución que se inicia en el siglo dieciséis. La evidente ruptura histórica no justifica echar mano del fácil recurso de incluir el pensamiento prehispánico en las formas de la Weltanschauung o en las del pensamiento mítico, aceptando la peyorativa interpretación ilustrada del mito.

La tesis eurocéntrica fracasa en su intento, porque no acepta extender su análisis hacia la multiformidad de la filosofía y su presencia como necesidad radical del hombre de todas las razas, culturas, épocas y latitudes. El programa eurocéntrico tropieza con muchas dificultades, una de las principales estriba en la contradicción entre un pensar estrictamente filosófico y su desenvolvimiento concreto, que se presenta estrechamente ligada, cuando no supeditada, a los problemas religiosos, científicos y políticos. Esta aporía recurrente en su concepto de filosofía sigue siendo contraria a la experiencia y a la historia.

En nuestra latitud, la sociedad andina no fue estática como las sociedades asiáticas estudiadas por Marx, sino dinámica, en desarrollo y evolución permanente. Y se puede inferir que el mismo dinamismo caracterizaba el proceso de su aventura intelectual.

Que todos estos principios se hayan perdido y extinguido por el genocidio de la familia Huáscar en el Cusco y por el perpetrado por los hispanos en Cajamarca y en todo el territorio, así como por el desconocimiento del lenguaje nativo por la soldadesca española, no es óbice para que la concepción del mundo y del pensar reflexivo sea expeditivamente despachado como un pensar no filosófico.

El comentario de los cronistas tiene una importancia relativa y limitada para demostrar la existencia de un pensar filosófico precolombino, por cuanto el relato recogido carece de principios teóricos y técnicos en que se basaba el saber nativo. Por ello, insisto en la vía antropológico-mitocrática (basada en la concepción que en el mundo ancestral mito y religión expresan una forma de filosofar que llamo mitocrática, y en el supuesto que la filosofía es una necesidad radical del hombre) para afirmar que la filosofía estuvo presente en el mundo precolombino.
 
El período arcaico en el Perú abarca casi nueve milenios y llega hasta 1,500 A.C., está caracterizado como el estadio de las culturas de cazadores y recolectores, nómades y cuyo acontecimiento más importante termina con el descubrimiento de la agricultura, la ganadería y el tránsito de la trashumancia al sedentarismo. Esto sucede con los Chilca, Lurín, Paracas I, Kotosh, Chillón y Sechín. Son nueve milenios de intenso desarrollo chamánico, como manifestación espiritual propia de los pueblos cazadores y nómades. La concepción del mundo y de la vida de los pueblos y culturas andinas en el período arcaico encuadran en las categorías del pensamiento chamánico-mítico. El chamán no es el mitólogo, el chamán es el especialista en el vuelo espiritual hacia el cielo y el infierno, y en unir la topografía cósmica al hombre. El mitólogo es el sistematizador de la representación del mundo en narraciones teogónicas y cosmogónicas y se sirve de las vivencias del chamán. En esta fase la filosofía se presenta como rapto místico espontáneo que sigue la voluntad de lo sobrenatural.

Pero desde el momento en que se presentan manifestaciones de alta cultura en el período formativo que abarca dos milenios con la civilización Chavín y que es interpretado como la diseminación pacífica de un culto religioso, se opera una transformación en las categorías mentales del hombre andino sedentario y agricultor que se reflejan en una Weltanschauung pero no se agota en ella. Aquí el chamán y el mitólogo son desplazados por la casta sacerdotal, que cautela el rito, el culto y asegura la protección de los dioses. En esta fase la filosofía se presenta como mediación controlada de los poderes de la voluntad sobrenatural. Aumenta el papel controlador del hombre.

Más cuando se alcanzan los más altos niveles de tecnología pétrea, los mejores ejemplos en arte cerámico y textil, aunado a un fuerte crecimiento poblacional, que da lugar a la fundación y expansión de ciudades en el período de los desarrollos regionales, a lo largo de seiscientos años, con el desarrollo de culturas fuertemente centralizadas (Virú, Moche, Casma, Lima, Nazca, Recuay, Pashash, Tiahuanaco), se revela un tercer momento en que al mismo tiempo se da un avance cualitativo en el desarrollo del pensamiento y la aparición de antecedentes económicos, culturales, institucionales y geográficos que condicionan pero no determinan una nueva forma de pensar.

En todos estos periodos está presente la metafísica natural del espíritu humano como una filosofía perennis, la cual se basa en las nociones de sustancia, identificación de ser y valor, de la causa eficiente y de la causa final. Además confía en el lenguaje y la inteligibilidad metafísica se da en el discurso.

Esta metafísica natural se da en el Periodo arcaico, caracterizado por el hombre cazador y nómade, mejor representado por el chamán. Aquí el lenguaje poético es la manifestación de la expresión primaria del mundo, prima lo simbólico, simbolizar es un acto consciente e inconsciente. Lo ideatorio es estético e intuición perceptiva.

En el Periodo formativo, singularizada por la agricultura, ganadería y vida sedentaria, por el sacerdote. Aquí el lenguaje es oracular, prima el símbolo como acto consciente. Lo ideatorio es manifestación de lo eterno en el hombre y la naturaleza y expresa una metafísica espiritualista.

En el Periodo de desarrollos regionales, diferenciado por el impresionante dominio del medio ambiente y el crecimiento urbanístico, por el monarca y su corte de sabios. Aquí el lenguaje religioso es poesía numinosa, su simbolismo representa lo trascendente en lo inmanente. Lo ideatorio es ético y abstracción concreta. El giro antropológico es más pronunciado pero aun se mantiene dentro de una metafísica espiritualista.

En este tercer riquísimo periodo del desarrollo de la civilización andina aparece un enriquecimiento del pensamiento filosófico. El historiador Luis E. Valcárcel reconoce la existencia de prácticas esotéricas en el Perú antiguo, y la fisiatra sensei Alicia Holmer Paulet cree que los mochicas copiaron en los espejos de arcilla extraordinarios estados psíquicos de muchos reyes y sacerdotes de singular fuerza mental paranormal.

Esto nos lleva hacia una primera constatación, según la cual la filosofía no es primariamente sentido conceptual, sino sentido perceptual, intuitivo, emocional, estético, ético, religioso y finalmente conceptual. De manera que en filosofía la lógica norma cómo se debe pensar, pero no lo que se debe pensar. Y así como hay una lógica de lo conceptual, también hay una lógica de lo estético, ético, religioso, emocional, intuitivo y perceptual. Todas estas formas lógicas no tienen que ser regidas de la misma forma y constituye justamente la evidencia más palmaria de la rica y compleja naturaleza del hombre.
 
El sentido lógico es la condición necesaria de toda expresión inteligible, pero el sentido lógico no siempre funciona bajo la égida del principio de no contradicción y de identidad. Esto es, que los principios lógicos siempre han sido los mismos, desde el hombre primitivo hasta el hombre tecnológico de hoy, pero la diferencia estriba en que en las diversas actividades humanas su configuración es distinta. De manera que el sentido lógico conceptual no puede decretar la inexistencia de otros sentidos (perceptivo, intuitivo, emocional, idiomático, conceptual, estético, etc.). La filosofía sencillamente es búsqueda de sentido, y el sentido tiene diversas formas. Por tanto, no es necesario identificar lo filosófico con el sentido eminentemente conceptual. Esto implica afirmar que el hombre es una criatura filosófica en cualquier nivel del desarrollo del lenguaje: imitativo-perceptual, metafórico, analógico y simbólico.

Lo cual ayuda entender el cambio en la mentalidad durante el periodo de los desarrollos regionales. Lo cual enriquece la concepción del mundo y de la vida con mitologías y cosmogonías más complejas. Los importantes desarrollos económicos y reestructuraciones que vienen en las subsiguientes ocho centurias con el Imperio Wari, los Estados Regionales y el Imperio Inca, refleja una coherente evolución autónoma intelectual y espiritual del hombre andino, donde el universal intuitivo es completado con la presencia del universal conceptual. Este universal conceptual se hace presente con la idea del dios Pachacamac, totalmente irrepresentable y desconocido, como evidencia de que el lenguaje no está moldeado sobre la realidad sino sobre el discurso ideal. Es prácticamente declarar la existencia de lo inexpresable e ininteligible.

Por tanto no todo lo simbolizado se da en discurso. Esto no fue comprendido por el cronista José de Acosta que reprocha a los naturales por tener un idioma que carece de universales. Lo cual no es cierto, pues el cronista confunde la estructura de una lengua inflexional, como el español, con la de una lengua aglutinante, como el quechua. La lengua nativa no careció ni de universal intuitivo ni de universal conceptual, sólo que la forma de su expresión se sujetó a la estructura de una lengua aglutinante y no inflexional.

En suma, la aventura intelectual del hombre precolombino antes de la Conquista refleja un desarrollo muy rico de la mentalidad humana, que va de lo universal intuitivo hasta llegar a lo universal conceptual, aunque expresado en una lengua de estructura aglutinante y no inflexional como la europea. Este desarrollo va acompañado de la presencia del pensamiento filosófico entendido en un sentido antropológico-mitocrático, esto es, como necesidad radical del hombre y forma ancestral de pensar que implica lo mítico-religioso.


Lima, Salamanca 08 de Julio 2014