jueves, 27 de agosto de 2026

EL SESGO ESTÉTICO DE ARISTÓTELES

 


EL SESGO ESTÉTICO DE ARISTÓTELES

¿Puede un sistema filosófico captar la esencia de lo bello sin atender al desahogo íntimo del artista? ¿Es posible comprender la poesía si se la reduce a la mímesis de acciones y se omite la lírica como expresión subjetiva? ¿No se mutila la experiencia estética cuando el amor a la belleza se convierte en afán de imitación y la autoliberación creadora queda invisibilizada? ¿Qué significa que la tragedia tenga preeminencia sobre la epopeya, y que la comedia apenas sea esbozada, sino la confirmación de un temperamento que privilegia lo serio, lo normativo y lo universalizable? ¿No es acaso revelador que la genialidad clasificatoria de Aristóteles libere la poesía de la forma versificada, de la moral y de la ciencia, pero al mismo tiempo la encadene a la objetividad y a la normatividad? ¿Qué nos dice esta tensión sobre el sesgo estético de un filósofo que, siendo colérico, activo, primario e inoemotivo, construye una teoría poderosa y sistemática, pero mellada en su comprensión plena de lo bello? ¿Y cómo se ilumina este sesgo cuando la estética epicúrea, en abierta objeción, reivindica el arte como placer, fantasía y liberación subjetiva?

Estas preguntas sugieren el itinerario de una reflexión que no se limita a describir la Poética, sino que busca desentrañar el trasfondo temperamental que la sostiene, las consecuencias de su orientación objetiva y las objeciones que desde otras tradiciones filosóficas se le han dirigido. El sesgo estético de Aristóteles no es un accidente, sino la expresión coherente de un carácter que privilegia la acción, la clasificación y la normatividad, y que, por ello mismo, deja en sombra la dimensión subjetiva de la belleza.

La caracteriología de Le Senne ilumina la orientación estética de Aristóteles al situarlo en el temperamento colérico, activo, primario e inoemotivo. Esa configuración explica tanto sus preferencias como sus omisiones: la fascinación por la tragedia y la epopeya, el silencio sobre la lírica, la reducción del arte a mímesis y la normatividad que impregna toda su Poética. El carácter colérico no significa desmesura, sino energía orientada a la acción, atención a lo inmediato y tendencia a normar la realidad. En Aristóteles, esa energía se traduce en una mirada que privilegia la praxis representada y que busca inteligibilidad universal. Por eso la tragedia y la epopeya ocupan el centro de su análisis: son géneros de acción, capaces de ser clasificados y jerarquizados. La lírica, en cambio, centrada en la emoción irreductible, queda fuera de su horizonte. Gomperz lo juzga “insensible” a la lírica, pero esa insensibilidad no es un defecto personal, sino la consecuencia de su inoemotividad: el sentimiento puro no podía ser integrado en su esquema racional.

La doctrina del justo medio en la Ética a Nicómaco no contradice este diagnóstico. El ideal de mesura es la respuesta filosófica a un temperamento colérico: encauzar la energía en virtud, regular la acción mediante la razón. Así, el filósofo de la mesura es, en su carácter, colérico; y precisamente por ello necesita tematizar la moderación como principio ético. En la Poética, el sesgo objetivo se manifiesta en la definición de la mímesis como principio general, en la catarsis como efecto regulado y en la jerarquía de géneros que establece. El sentimiento y la fantasía no ocupan el primer plano porque no pueden ser normados. De ahí que Aristóteles esté ciego al sentido de autoliberación del artista: no concibe el arte como desahogo subjetivo, sino como representación objetiva de acciones. El amor a la belleza se reduce al afán de imitación, y lo bello se confunde con lo imitable. Todo ello melló su comprensión de lo bello, pues lo subordinó a la normatividad y a la inteligibilidad.

Lo mejor de su poética está en su maestría clasificatoria. Allí se revela su genio sistemático: distinguir géneros, definir principios, ordenar el arte en función de la acción. Esa capacidad le permitió liberar el concepto de poesía de la forma versificada, de la moral y de la ciencia. La poesía no es verso, ni sermón, ni conocimiento demostrativo: es mímesis de acciones humanas. Con ello fundó la autonomía del arte como objeto filosófico. Sin embargo, esa misma orientación lo llevó a omitir la comedia, género que muestra lo risible y lo contingente. La comedia, centrada en lo grotesco y en la risa, no encajaba en su horizonte normativo. Por eso apenas la esboza, sin el desarrollo que dedica a la tragedia. En su sistema, la tragedia tiene preeminencia sobre la epopeya, porque concentra la acción y logra con mayor eficacia la catarsis. La tragedia es más arte imitativo: contiene lo que tiene la epopeya, pero añade representación directa, música y espectáculo.

A todo esto, objetó la estética epicúrea. Epicuro y sus seguidores rechazaron la reducción del arte a mímesis y catarsis regulada, defendiendo en cambio el arte como fuente de placer subjetivo y liberación interior. Frente al sesgo objetivo de Aristóteles, los epicúreos subrayaron la dimensión afectiva y la ataraxia como finalidad estética. La poesía subjetiva, despreciada por el Estagirita, fue valorada por ellos como experiencia de gozo y serenidad. La estética epicúrea objetó la poética aristotélica porque veía en ella una reducción del arte a norma y mímesis, mientras que para Epicuro el arte debía ser placer, libertad y serenidad. En Aristóteles domina la tragedia como género normativo; en Epicuro, la poesía subjetiva y la experiencia estética como fuente de felicidad.

La crítica estoica añadió un matiz decisivo al sesgo estético de Aristóteles. Para los estoicos, el arte no podía justificarse como mímesis ni como catarsis regulada, porque las pasiones no debían ser purificadas sino extirpadas. La tragedia, al suscitar temor y compasión, perpetuaba aquello que debía ser eliminado, y por ello resultaba sospechosa. Frente a la autonomía del arte proclamada por Aristóteles, los estoicos lo subordinaban a la ética, afirmando que su valor residía únicamente en la medida en que instruía en la virtud y fortalecía la razón. La mímesis aristotélica era vista como insuficiente, porque no garantizaba la libertad interior ni la vida conforme a la razón. Así, la estética estoica objetó la poética aristotélica desde un ángulo distinto al epicúreo: no reivindicando el placer subjetivo, sino exigiendo la subordinación del arte a la disciplina racional y al ideal de sabiduría.

Ahora bien, existen contraargumentos que niegan el carácter colérico de Aristóteles y que deben ser considerados. Algunos intérpretes sostienen que su insistencia en la mesura, su búsqueda del justo medio y su rechazo de los excesos lo acercarían más bien a un temperamento flemático, caracterizado por la calma, la reflexión y la moderación. Desde esta perspectiva, la Poética no sería fruto de una energía colérica que necesita ser encauzada, sino de una disposición serena que busca equilibrio en todas las cosas. Otros han querido ver en Aristóteles un temperamento sentimental, dado su interés por la amistad, por la vida contemplativa y por la dimensión ética de la comunidad. En este sentido, su aparente insensibilidad a la lírica no sería consecuencia de la inoemotividad, sino de una preferencia por la emoción regulada y compartida en el marco de la polis.

Sin embargo, estos contraargumentos se debilitan al examinar la estructura misma de su obra. El flemático se caracteriza por la pasividad y la lentitud, rasgos que no corresponden al dinamismo sistemático de Aristóteles, capaz de abarcar todas las ciencias y de construir clasificaciones exhaustivas. El sentimental privilegia la interioridad y la emoción, pero Aristóteles reduce la belleza a mímesis y desplaza la fantasía y el sentimiento. La energía activa, la atención a lo inmediato y la tendencia a normar la realidad son rasgos inequívocamente coléricos. Precisamente porque su carácter es colérico necesita tematizar la mesura como ideal ético, y precisamente porque es inoemotivo omite la lírica y la comedia. Los contraargumentos muestran aspectos parciales, pero no logran explicar la coherencia sistemática de su estética.

En conclusión, el sesgo estético de Aristóteles se explica por su carácter colérico: activo, primario e inoemotivo. Esa configuración lo llevó a privilegiar la tragedia y la epopeya, a omitir la lírica y la comedia, a reducir la belleza a imitación y a normar el arte en función de la acción. Su genialidad clasificatoria liberó la poesía de la forma versificada, de la moral y de la ciencia, pero al precio de mellar la comprensión plena de lo bello. Frente a ello, la estética epicúrea objetó su sistema, recordando que el arte no es solo mímesis objetiva, sino también placer, fantasía y liberación subjetiva. Este contraste ilumina la tensión entre dos concepciones del arte: la aristotélica, objetiva y normativa, y la epicúrea, subjetiva y liberadora. En esa tensión se juega la historia de la estética occidental.

En el umbral de estas páginas, cuando la reflexión se ha desplegado hasta mostrar el sesgo estético de Aristóteles en toda su coherencia y en toda su limitación, surge la necesidad de un gesto conclusivo que no sea mera clausura, sino apertura hacia lo que permanece. La Poética, con su maestría clasificatoria, con su liberación de la poesía respecto de la forma versificada, de la moral y de la ciencia, con su preeminencia de la tragedia sobre la epopeya y su omisión de la lírica y la comedia, se revela como obra poderosa y sistemática, pero también como testimonio de un temperamento colérico que privilegia la acción, la normatividad y la inteligibilidad.

Este colofón quiere ser reconocimiento de esa grandeza y, al mismo tiempo, memoria de sus límites. Porque allí donde Aristóteles reduce el amor a la belleza al afán de imitación, se abre la objeción epicúrea que recuerda que el arte es también placer, fantasía y liberación subjetiva. Allí donde la tragedia concentra la catarsis y se erige como género supremo, se deja en sombra la risa de la comedia y la interioridad de la lírica. Allí donde la clasificación ordena y normativiza, se pierde la irrupción de lo inesperado y lo irreductible.

El sesgo estético de Aristóteles, leído desde la caracteriología de Le Senne, no es un accidente, sino la expresión coherente de un carácter activo, primario e inoemotivo. Reconocerlo es comprender que la filosofía no se escribe en el vacío, sino en la tensión entre temperamento y concepto, entre carácter y sistema. Y es también advertir que la historia de la estética occidental se juega en esa tensión: entre la objetividad normativa de Aristóteles y la subjetividad liberadora de Epicuro, entre la mímesis regulada y el placer sereno, entre la clasificación sistemática y la fantasía creadora.

Que este colofón sea, entonces, un signo de gratitud hacia la obra que, aun mellada en su comprensión de lo bello, abrió el camino para pensar el arte como objeto filosófico; y que sea también invitación a prolongar la reflexión allí donde Aristóteles calló, allí donde la lírica, la comedia y la subjetividad reclaman su lugar en la experiencia estética. Porque el sesgo estético de Aristóteles, al mostrarnos sus límites, nos recuerda que lo bello nunca se deja reducir del todo, y que la filosofía, en su afán de inteligibilidad, debe aprender a escuchar también la voz del sentimiento y de la fantasía.

El recorrido por la Poética de Aristóteles, leído desde la caracteriología de Le Senne, muestra con claridad que su sesgo estético no es un accidente, sino la expresión coherente de un temperamento colérico: activo, primario e inoemotivo. Esa configuración lo llevó a privilegiar la tragedia y la epopeya, a omitir la lírica y la comedia, a reducir la belleza a imitación y a normar el arte en función de la acción. La genialidad clasificatoria que lo distingue permitió liberar la poesía de la forma versificada, de la moral y de la ciencia, fundando así la autonomía del arte como objeto filosófico. Pero al mismo tiempo, esa misma orientación melló su comprensión plena de lo bello, pues subordinó la experiencia estética a la inteligibilidad y a la normatividad.

Los contraargumentos que niegan su carácter colérico —atribuyéndole rasgos flemáticos o sentimentales— no logran explicar la coherencia sistemática de su obra. El dinamismo que abarca todas las ciencias, la tendencia a clasificar exhaustivamente y la omisión de la lírica y la comedia confirman que su energía es colérica y que su inoemotividad marca el límite de su sensibilidad estética. Precisamente porque es colérico necesita tematizar la mesura como ideal ético, y precisamente porque es inoemotivo reduce la belleza a mímesis y desplaza la fantasía y el sentimiento.

La objeción epicúrea recuerda que el arte no es solo mímesis objetiva, sino también placer, fantasía y liberación subjetiva. En esa tensión entre la normatividad aristotélica y la subjetividad epicúrea se juega la historia de la estética occidental: entre la tragedia como género supremo y la lírica como expresión íntima, entre la clasificación sistemática y la irrupción de lo inesperado, entre la catarsis regulada y el gozo sereno.

El sesgo estético de Aristóteles, al mismo tiempo que funda la reflexión filosófica sobre el arte, nos advierte de sus límites y nos invita a prolongar la búsqueda allí donde él calló. La filosofía, en su afán de inteligibilidad, debe aprender a escuchar también la voz del sentimiento y de la fantasía, porque lo bello nunca se deja reducir del todo.

Bibliografía

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Séneca (2004). Cartas a Lucilio (Traducción de Francisco Socas). Madrid: Alianza Editorial.

El fisicalismo vergonzoso de Mario Bunge

 


El fisicalismo vergonzoso de Mario Bunge

A Mario Rodríguez
¿Es posible defender que todo lo que existe es de naturaleza física sin aceptar que la poesía se reduce a física cuántica? ¿Puede un pensador erigirse en el azote implacable de la imprecisión conceptual mientras edifica su sistema ontológico sobre una distinción léxica puramente artificial? ¿O será que el materialismo científico es, en el fondo, el refugio lingüístico de quien no se atreve a llamarse a sí mismo fisicalista? Estas interrogantes no solo cuestionan los límites del rigor semántico, sino que rasgan el velo retórico de uno de los sistemas más monumentales de la filosofía hispanoamericana contemporánea.
La arquitectura ontológica de Mario Bunge se presenta ante la historia de la filosofía como un bastión de claridad, rigor científico y combate frontal contra el misticismo. Al examinar el vasto sistema bungeano, encapsulado en su monumental Treatise on Basic Philosophy, resalta de inmediato una meticulosa selección terminológica destinada a fundar una ontología que el propio autor denomina materialismo científico o sistemismo emergentista. Sin embargo, al desvestir este aparato conceptual de sus blindajes retóricos y confrontarlo con la evolución de la filosofía de la mente y de la ciencia durante el último tercio del siglo XX, emerge una contradicción latente. La obstinada negativa de Bunge a identificarse bajo la etiqueta del fisicalismo, lejos de sostener una distinción ontológica genuina, se revela como un repliegue semántico anacrónico, una resistencia que permite catalogar su postura como un auténtico fisicalismo vergonzoso o elusivo.
Para desentrañar este nudo conceptual, es imperativo analizar los pilares fundamentales que el pensador argentino edifica. Su materialismo postula que todo objeto real es un objeto material, definiendo lo material no de manera mecanicista o pasiva, sino a través de la capacidad de cambio y la posesión de energía. A esto añade el sistemismo, la premisa de que la realidad no es un agregado de componentes aislados, sino una totalidad estructurada de sistemas, donde cada nivel de complejidad —físico, químico, biológico, psicológico y social— manifiesta propiedades emergentes. Estas propiedades pertenecen al sistema como totalidad y no a sus partes componentes de forma aislada. Es precisamente aquí donde se traza la frontera bungeana: el fisicalismo es rechazado con vehemencia por considerársele un reduccionismo grosero que pretende explicar la poesía, el metabolismo o las crisis económicas mediante las ecuaciones de la mecánica cuántica, aniquilando de este modo la autonomía metodológica y ontológica de las ciencias superiores.
No obstante, este reproche bungeano descansa sobre una noción petrificada del fisicalismo, fijada en el reduccionismo radical de la unidad de la ciencia propugnado por Rudolf Carnap y Otto Neurath en el Círculo de Viena durante la década de 1930. Bunge obró bajo la premisa de que el fisicalismo exigía de forma obligatoria la traducción terminológica y la reducción de leyes de toda disciplina a los dominios estrictos de la física fundamental. Al hacerlo, se ignoró deliberadamente, o quizás por un celo de preservación intelectual, el profundo giro conceptual que la filosofía de la mente de corte analítico experimentó gracias a figuras como Hilary Putnam, Jerry Fodor y, de manera central, Jaegwon Kim. El surgimiento del fisicalismo no reduccionista demostró que se puede sostener un monismo ontológico estricto sin caer en el reduccionismo de leyes, introduciendo nociones como la realización múltiple y la superveniencia.
El concepto de superveniencia establece que lo mental o lo biológico depende por completo de lo físico, de tal suerte que no puede haber un cambio en las propiedades de nivel superior sin que ocurra un cambio correspondiente en la base física, aunque las leyes del nivel superior no se puedan deducir ni traducir a la física fundamental. Al contrastar esta formulación con el materialismo emergentista de Bunge, la línea divisoria se disuelve por completo. Si en el sistema bungeano se afirma que la mente es un conjunto de funciones cerebrales bioquímicas y que no existen sustancias inmateriales, se está aceptando que el tejido último del cosmos es el espacio-tiempo físico y sus campos de energía. Por consiguiente, el emergentismo bungeano puede denominarse, con absoluta rigurosidad y tranquilidad conceptual, un fisicalismo emergentista. La insistencia en sustituir el término "físico" por "material" funciona como un escudo verbal para evitar la absorción de su propuesta dentro del canon anglosajón contemporáneo.
Esta elución terminológica sitúa a Bunge ante el dilema clásico de la causalidad mental y la emergencia, el cual devela la fragilidad de su distinción y exige un examen riguroso del concepto de clausura causal. En la filosofía analítica anglosajona, el principio de clausura causal del mundo físico es un axioma metodológico no negociable: establece que si un evento físico tiene una causa en el tiempo t, dicha causa es un evento físico completamente suficiente. La formulación de este principio sirvió para que pensadores como Jaegwon Kim expusieran el problema de la exclusión causal, argumentando que si los estados mentales supervienen de los estados físicos, y los estados físicos ya bastan para causar un comportamiento, cualquier intento de adjudicar poder causal a lo mental cae en la redundancia o en una sobredeterminación causal inverosímil. Para la tradición analítica, violar la clausura causal implica deslizarse hacia el dualismo cartesiano, permitiendo que entidades incorpóreas interfieran con las trayectorias de las partículas físicas.
Al confrontar el emergentismo bungeano con este principio anglosajón, la ambigüedad de su materialismo se profundiza. Bunge defiende con fervor la existencia de la causalidad descendente, es decir, la noción de que las propiedades emergentes del sistema ejercen un control estructural y modifican el comportamiento de sus propios componentes microfísicos. Por ejemplo, sostiene que un proceso macropsicológico, como la toma de una decisión consciente, reconfigura las conexiones sinápticas a nivel biológico. Desde el rigor de la filosofía analítica, esta afirmación rompe la clausura causal a menos que se admita que la propiedad emergente es, en el fondo, idéntica a una configuración física compleja. Si la decisión consciente posee un vector causal propio que no se explica por la suma total de las interacciones microfísicas previas, Bunge introduce un elemento que opera por fuera de las leyes de la física fundamental, lo cual desmorona su pretendido monismo y lo aproxima a un dualismo de propiedades.
Frente a esta severa objeción analítica, los defensores estrictos del bungeanismo estructuran un contraargumento que busca blindar la excepcionalidad de su maestro. Sostienen que equiparar el materialismo científico con el fisicalismo es un burdo error de categoría, pues la física contemporánea no agota la ontología de los objetos materiales concretos. Desde la ortodoxia bungeana, se alega que el concepto de "materia" es eminentemente dinámico y posee mayor extensión que el concepto de "física": mientras que la física estudia entidades desprovistas de vida, mente o cultura, las propiedades emergentes de una célula o de una sociedad no son propiedades físicas mal descritas, sino propiedades ontológicamente nuevas que exigen leyes científicas irreducibles. Para el bungeanismo militante, el fisicalismo no reduccionista anglosajón es una contradicción en los términos, un intento fallido de mantener la etiqueta de la física mientras se admite de contrabando que la física es insuficiente para explicarlo todo.
Sin embargo, esta línea de defensa bungeana se desploma bajo el peso de su propia refutación lógica. Al afirmar que lo biológico o lo social constituye una materia "no física", los defensores de Bunge se ven obligados a definir qué es exactamente esa materia remanente que escapa a las leyes de la física fundamental. Si esa materia posee energía y ocupa un lugar en el espacio-tiempo —dos requisitos indispensables en el propio Treatise de Bunge—, entonces cae inevitablemente bajo la jurisdicción de la física, puesto que la física es, por definición teórica, la ciencia de la energía y del espacio-tiempo. Si el bungeanismo insiste en que las propiedades sociales o mentales no son físicas, pero supervienen de lo físico, está incurriendo exactamente en la misma maniobra conceptual del fisicalismo no reduccionista que tanto critica. El contraargumento bungeano revela así su naturaleza puramente tautológica: define la física de manera estrecha para poder declarar que su materialismo es más amplio, cometiendo el mismo reduccionismo metodológico que imputa a sus adversarios. Todo el edificio bungeano se derrumba porque no puede escapar a su propia contradicción, pues su "materialismo amplio" no escapa a lo físico.
Esta tensión metodológica adquiere un carácter crítico cuando se evalúa si el modelo bungeano de causalidad descendente resiste el escrutinio de los experimentos neurocientíficos contemporáneos. Durante décadas, la interpretación ortodoxa de la neurociencia de la acción voluntaria —iniciada por los célebres experimentos de Benjamin Libet en los años 80 y continuada en el siglo XXI mediante técnicas de resonancia magnética funcional (RMf) y aprendizaje automático— pareció asestar un golpe letal a cualquier noción de causalidad mental descendente. Al demostrar que los patrones de actividad neuronal en la corteza frontopolar y el precúneo permiten predecir las decisiones de un sujeto varios segundos antes de que este experimente la intención consciente de actuar, la neurociencia experimental pareció validar la tesis del epifenomenalismo. Bajo esta óptica reduccionista, la conciencia no ejerce un control macrocausal hacia abajo; es simplemente un subproducto rezagado e inoperante del determinismo microfísico del cerebro. 
Sin embargo, los avances neurocientíficos más recientes han sofisticado el panorama, ofreciendo una resistencia ambivalente al modelo de Bunge. Por un lado, las réplicas contemporáneas y el desmantelamiento de la tesis de Libet —gracias a los modelos estocásticos de Aaron Schurger— revelan que el llamado "potencial de preparación" (readiness potential) no representa una decisión inconsciente ya tomada, sino fluctuaciones neuronales de fondo que se acumulan hasta cruzar un umbral dinámico. A esto se suman las robustas evidencias en plasticidad neural auto-dirigida y neuroimagen funcional de intervenciones cognitivo-conductuales, que demuestran cómo la adopción intencional de marcos macropsicológicos altera la arquitectura sináptica e histológica cerebral a través de rutas causalmente distinguibles de la farmacología tradicional. Estos datos empíricos parecen dar aire a la tesis bungeana: los estados sistémicos globales del cerebro restringen y gobiernan de manera efectiva la actividad de las unidades celulares individuales.
No obstante, esta validación experimental no rescata a Bunge de su dilema ontológico original, sino que lo devuelve con fuerza a las filas del fisicalismo. Cuando la neurociencia computacional contemporánea modela con éxito estos procesos de causalidad descendente, lo hace a través de bucles de retroalimentación algorítmica, procesamiento predictivo y minimización de energía libre. Es decir, lo que Bunge llamaría un control emergente de nivel superior es descifrado por la ciencia actual como una propiedad sistémica estrictamente física y termodinámica, completamente explicable mediante la complejidad matemática de redes neuronales interconectadas. La neurociencia moderna no necesita postular una ruptura de la clausura causal física para dar cuenta de la eficacia de la mente; por el contrario, integra lo mental dentro de un continuo de flujos de información biofísica.
La respuesta de Bunge ante este jaque teórico consiste en expandir el concepto de ley natural a través de su materialismo sistémico, argumentando que las leyes de los niveles superiores son tan reales y materiales como las de la física. Sostiene que la clausura causal no debe restringirse al nivel subatómico, sino al universo material en su conjunto, un tejido donde coexisten leyes físicas, biológicas y sociales interconectadas. Sin embargo, este movimiento conceptual no resuelve el dilema, sino que redefine los términos para eludir la capitulación final. Si las leyes biológicas o psicológicas guían la materia de una manera que las leyes de la física por sí solas no pueden predecir ni explicar en absoluto, la física deja de ser causalmente cerrada y completa en su propio nivel. La insistencia en llamar "material" a este entramado completo es una estrategia para retener el prestigio del monismo científico mientras se abraza una multiplicidad causal que la filosofía analítica clasificaría como un fisicalismo inconsistente o un emergentismo fuerte de tinte místico. Y a ello arribaría la postura materialista bungeana.
Al no resolver esta tensión de manera transparente y preferir el refugio de una definición insular de "materialismo", se consuma la ironía: el filósofo que hizo de la denuncia de la imprecisión y la pseudociencia su principal bandera, recurre a un malabarismo semántico para salvaguardar la originalidad nominal de su sistema. Se manifiesta así un fisicalismo que no se atreve a decir su nombre, una postura elusiva que prefiere el neologismo propio antes que la capitulación ante una etiqueta que, despojada del reduccionismo decimonónico, describía con precisión matemática su propio universo intelectual. Su emergentismo, atrapado entre la exigencia científica de la clausura causal y el deseo de preservar la autonomía de las ciencias humanas, opera bajo un velo retórico. Al final del día, el rechazo a la etiqueta fisicalista delata el temor a que la física agote la ontología, un temor que Bunge intentó disipar no con argumentos metafísicos inmunes a la crítica anglosajona, sino mediante la instauración de una frontera léxica artificial.
El veredicto histórico sobre el sistema de Bunge no disminuye su innegable valor como cartografía de los niveles de la realidad, pero desmitifica su pretendida excepcionalidad conceptual. Al rehusarse a aceptar que el fisicalismo había madurado más allá de los dogmas vieneses, el materialismo emergentista se transformó en una fortaleza sitiada por su propio léxico. La conclusión es ineludible: cuando una filosofía afirma con vehemencia que no existe más sustancia que aquella inscrita en el tejido espacio-temporal y gobernada por campos biofísicos de energía, toda pirueta verbal para evitar el término fisicalismo es un ejercicio de vanidad teórica
Bunge legó una ontología científica brillante, pero también un testimonio de cómo el orgullo intelectual puede levantar aduanas semánticas donde la naturaleza solo muestra continuidad física. Su sistema sobrevive no por diferenciarse del fisicalismo, sino por ser una de sus expresiones no reduccionistas más sofisticadas, confirmando que, en el tribunal de la lógica analítica, el materialismo sistémico es y será siempre un fisicalismo que prefirió vestir el ropaje de la vergüenza léxica antes que aceptar su verdadero nombre
Ante el tribunal de la filosofía kenótica, Mario Bunge aparecería no como el arquitecto de una ontología científica autosuficiente, sino como el testigo de una insuficiencia radical: su sistema, brillante en la precisión analítica y en la defensa del materialismo sistémico, se revela incapaz de acoger la dimensión de la donación y la apertura que constituyen el núcleo del ser. Allí donde la kenosis reconoce que la realidad no se agota en la continuidad física ni en la clausura de la materia, Bunge se muestra como un pensador que, al levantar aduanas semánticas, terminó por excluir la trascendencia y reducir la esperanza a un protocolo lógico. Su mérito, sin embargo, no se pierde: ante la ontología kenótica, su obra se convierte en un testimonio de cómo incluso las filosofías más rigurosas y sofisticadas, cuando se cierran en el horizonte del fisicalismo, confirman la necesidad de un pensamiento que supere la vergüenza léxica y se atreva a nombrar el ser como don y comunión.
Bibliografía
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