domingo, 6 de julio de 2014

LO MITOCRÁTICO Y EL HUNDIMIENTO DE DEFINICIÓN MONOCULTURAL DE FILOSOFÍA

GRECIA NO ES LA MEDIDA DE TODA FILOSOFÍA POSIBLE
Contra de la definición monocultural de Filosofía
Gustavo Flores Quelopana
Sociedad Peruana de Filosofía
 

En 1998 publiqué mi libro “Eurocentrismo  y Filosofía prehispánica” con la tesis central de que “Grecia no es la medida de toda filosofía posible”. Ni los que defendían la opinión que el pensamiento precolombino no es filosófico sino mítico-religioso, ni los que señalaban que hay que hablar de “pensamiento” en vez de filosofía o de mito, ni los que reclamaban el pensar filosófico para la racionalidad precolombina, ni los que afirmaban que existió filosofía junto al mito en una élite minoritaria que cultivó el pensamiento racional, se habían ocupado de buscar un sentido no eurocéntrico de la filosofía.

El sentido no eurocéntrico de la filosofía lo he ido deshilvanando a lo largo de los años en diferentes obras. Por tanto, aquel libro que inicia la ruta de la búsqueda ocupa un lugar incomparable en mis afanes y búsquedas. Yo creí haber alcanzado su plena formulación cuando publiqué en 2010 “Filosofía mitocrática y mitocratología”, pero el camino del saber es largo y el objetivo interminable. No obstante, luego advertí en el 2013 que la filosofía mitocrática implicaba una nueva hermenéutica y así surgió un nuevo libro, “Hermenéutica remitizante y filosofía mitocrática”.

Los filósofos que simplemente identifican “mito” y “filosofía” los llamo “nativistas. Estos no esclarecían cómo entender a la filosofía de un modo no occidental. E ingenuamente repetían la definición occidental de la filosofía como un saber racional, radical y sin supuestos.  Pero el punto era proponer un modo de entender la filosofía no occidental a partir de una nueva categoría, a saber, lo “mitocrático.
 
 A partir de esta categoría aportada sería problemático atenerse solamente a un solo sentido de la filosofía como la única válida. Con la categoría de lo “mitocrático” la perspectiva eurocéntrica afronta un golpe mortal, la definición occidental monocultural de la filosofía, que identifica la filosofía con la filosofía occidental (racional, metódica y separada de la religión) está desde ahora seriamente cuestionada. Pues la filosofía precolombina no es simplemente weltanschaunng, es una forma distinta de ejercer el pensamiento en términos no teóricos y sí, más bien, intuitivos, poéticos, simbólicos, mánticos y metafóricos.

La idea central del debate es que “Grecia no es la medida de toda filosofía posible”. Y con ello queda claro las tres posiciones que se asumen al respecto, como son:
  • la eurocéntrica, que expresa que lo filosófico es un producto cultural griego y occidental;
  • la nativista, que meramente identifica la filosofía con el mito; y
  • la mitocrática, que explica que lo filosófico se presenta en dos formas, a saber, como saber teórico y como saber de lo sagrado.

En aquel año 1998 se publicaba el libro “La Filosofía andina” del alemán Josef Estermann, lo que vino a incrementar el interés por el tema. En un primer momento parecía que mi posición con la de Estermann eran similares, pero tras una ardorosa discusión en el año 2005 en un seminario de investigación sobre el pensamiento andino, en la Universidad Ricardo Palma, se analizó el libro del autor alemán radicado en Ecuador, quedando claro que mientras Estermann identifica la filosofía andina con la cosmovisión y la metafísica vital del runa común, por mi parte dicha cosmovisión es parte de la filosofía prehispánica que era manejada por la élite de los Amautas.

Mi postura es el desarrollo de la asumida por Karl Jaspers cuando expresaba contra Heidegger que “desde el comienzo de la historia la filosofía es indispensable al hombre, está en los dichos, los refranes, los apotegmas, las convicciones, las creencias y los mitos” (Los grandes filósofos, 1956). Yo sólo añado que la filosofía es inseparable del ser humano  y  que  por consiguiente está presente en las distintas mentalidades de su desarrollo histórico. Primero, en la Edad de Piedra como logos empiriocrático, segundo en la Edad Neolítica como logos mítico o participativo, y tercero como logos conceptual a partir de los griegos.

De manera que de poco sirven las comparaciones de la filosofía inca con el pensamiento oriental, antes que con el Griego post socrático, como lo hizo en un primer momento Mejía Huamán en 1992. Tampoco de casi nada vale aludir que sin existir el término “filósofo” ni “filosofía”, hubieron los términos Kaq (ser), Hap´iq (sustancia) y Cheqaq (verdad), como indicios fuertes que existió el pensar filosófico, si antes no se discute el significado propio del filosofar  y su nuevo sentido no occidental. Mejía al no arribar a una visión intercultural, encalló desde 1997 en el eurocentrismo filosófico y en la dictadura de la cosmovisión.
 
Voces solitarias y contrarias al eurocentrismo dominante desde una postura nativista reclamaban el pensar filosófico para la racionalidad precolombina, aludiendo que se encontraba dicha filosofía en las cosmogonías. De esta opinión eran Víctor Mazzi con su trabajo de 1994 Presentación de Juan Yumpa y Víctor Díaz Guzmán con su libro de 1998 Filosofía y ciencia en el antiguo Perú.  Pero ninguno de ellos había abordado el problema que estaba subyacente en el debate, a saber, ¿qué se debe entender por filosofía? Sin dar respuesta cabal a tal interrogante, la posición nativista no superaba la definición occidental de la filosofía y daba la impresión de escamotear una dilucidación desde la raíz.

Sostener que:
- existió filosofía junto al mito en una élite minoritaria que cultivó el pensamiento racional,
- el quehacer filosófico es universal y no privativo de Grecia,
- poseían conceptos abstractos-intuitivos en todos los terrenos del conocimiento, antes que los concretos abstractos generales,
- se trató de una filosofía simbólico-sacral y sí tuvieron escritura,
Decimos que de poco sirven estas afirmaciones si los argumentos no van acompañados de una respuesta al problema de cómo entender a la filosofía de un modo no occidental.

Una hermenéutica remitizante permite abordar la naturaleza misma de la filosofía como “necesidad radical, que surge de la angustia del existir”. En este sentido la filosofía en la era del mito o del hombre ancestral se configura en un afán de trascender la condición humana para unirse con lo absoluto por medios mántico-poético y religiosos. Lo cual remite a la estructura ontológica del ser humano.

De poco sirve repetir la definición occidental de la filosofía como un saber racional, radical y sin supuestos. Pues las cosmogonías no son un saber sin supuestos. Por eso, es necesario definir distintamente a la filosofía sin los parámetros griegos. La filosofía mitocrática prehispánica no suponía vivir con el uso de la pura inteligencia, ni con el predominio del principio de identidad, tan  caro  en  los  griegos  y en Occidente, gracias a Aristóteles, sino que involucraba a la intuición y la armonía de los contrarios.

En realidad es en mi libro “La metafísica de la luz en el inca Garcilaso”, donde vislumbré la categoría extraída del post-estructuralismo, como es el concepto de “filosofía mitocrática”. Como sabemos, Bataille, Derrida y Foucault llevaron adelante la crítica del logocentrismo o el imperio del concepto en la cultura occidental. Aquí aprovechamos esta idea para reformularla en sentido positivo al proponer la existencia de una filosofía “mitocrática” distinta a la occidental, no regida por el principio de identidad, unida a la religión y al mito, o más bien éstas unidas a esta otra forma de filosofar.

La primera sistematización descriptiva de esta otra forma de filosofar no occidental la intentaré en mi libro “Los amautas filósofos”, donde subrayo que la filosofía occidental no es el susodicho saber sin supuestos, porque en su base está el supuesto de que la razón es autónoma y humana. Este giro antropológico de raíz griega derivará con los siglos en el predominio antropolátrico de la modernidad, asunto derivado que pertenece a otra problemática y que lo abordó “El imperio posmoderno del hombre anético” (2004).

Entonces, cómo entender a la filosofía a partir de su categoría de lo “mitocrático”. Intentaremos una explicación. En primer lugar, afirmo que por su forma la filosofía es un término de origen griego y por tanto no es por definición un término transcultural, pero por su contenido es un ejercicio universal del espíritu humano. Esto es, que la existencia de la palabra “filosofía” no define su presencia real en culturas distintas a la occidental que carecieron de dicho término. De lo innecesario de empeñarse en buscar términos homeomórficos como Panikkar.

La palabra griega no es sino una de las formas singulares –en este caso occidental- de entender y llamar al ejercicio peculiar de esta forma de pensamiento, pero no es la única. En este sentido, denominar simplemente “pensamiento” a un filosofar no occidental, no sólo no resuelve el problema sino que lo estanca, porque deja en la indefinición esencial lo que se debe entender por filosofía.

Entonces ¿qué es filosofía?  Para dar cabal respuesta a esta interrogante hay que proponer una visión no unívoca sino multívoca de entender lo filosófico. Las respuestas radicales que surgen de la angustia del existir no tienen que ser únicamente expresadas como un saber racional autónomo, así lo fue en Grecia, pero no tiene que surgir necesariamente de este modo en otros orbes culturales. La filosofía entendida como creación original del espíritu humano es propia de los griegos y se basa en una antropología del hombre como “ser racional”, y a esta forma de filosofar se la denomina sentido logocrático de Occidente, la cual convierte a la razón teórica en base del pensar filosófico.
 
Pero, también cabe entender a la filosofía como iluminación divina del espíritu humano, como logos participativo y analógico, propia de las culturas orientales y altas culturas premodernas ancestrales, basada en una antropología teológica del hombre como “criatura caída” o “separada de lo divino”, donde el saber recae en una élite privilegiada y cuya forma de filosofar se la denomina sentido mitocrático no occidental, la cual convierte lo teológico en base del pensar filosófico.

En consecuencia, la esencia de la filosofía es universal, es innato al hombre, aunque sus formas de denominarla puedan variar, e incluso no existir nominalmente aunque en la práctica esté presente. Y la filosofía no es sólo el saber racional autónomo, sino que también se presenta, en la China, India, Meso América y Sudamérica, como un pensar unido a la tradición religiosa. Pero aquí cabe añadir un matiz.

No se trata de estar confundiendo, con la categoría de lo “mitocrático”, a la religión y al mito con la filosofía, sino que aquellas no escapan a la filosofía entendida como respuesta intelectual humana ante la angustia del existir. Claro que lo intelectual es comprendido como abarcando a la intuición y no sólo a la razón, lo intelectual es más amplio que lo racional. Por ello, la filosofía es indispensable al hombre, como decía Jaspers, y está presente en todas partes desde el comienzo de la historia. El Intelecto puede aquí ser entendido como sinónimo de logos y bifurcándose en logos conceptual y logos participativo.

La categoría de lo mitocrático vuelve problemático atenerse solamente a un solo sentido de la filosofía como la única válida. Por el contrario, será necesario tener en cuenta una visión multívoca de la filosofía capaz de explicar el pensar radical del hombre en todas las culturas. Con la categoría de lo “mitocrático” la perspectiva eurocéntrica afronta un serio cuestionamiento, identificar la filosofía con la filosofía occidental (racional, metódica y separada de la religión) y con el logos de ratio será arduamente problemático.

La visión intercultural de Estermann y Panikkar, tiene el mérito de rescatar el carácter universal del quehacer filosófico y echarse a buscar los equivalentes homeomórficos en cada cultura. No obstante, el gran inconveniente es interpretar este tipo de filosofía como weltanschaunng o visión del mundo. Y en esta confusión cae también Estermann.

Con ello rebajan este quehacer filosófico a un nivel pre-conceptual,  vital  y  mítico,  y  además  copian  del  pensar occidental una forma de entender el saber humano. La filosofía precolombina no es weltanschaunng es simplemente una forma disímil de ejercer el pensamiento en términos no teóricos y sí, más bien, intuitivos, mánticos, religiosos, simbólicos y de unión con el Absoluto.

Es forzoso revalorar al filósofo mexicano Miguel León Portilla y su trabajo sobre la filosofía de los nahuas. La gran riqueza de los mexicanos es el de poder contar con fuentes directas, en cambio nuestro gran infortunio es que nuestra cultura  sufrió una masiva destrucción de quipus y quipucamayos durante la extirpación de idolatrías y el gran saqueo de obras de arte en oro y plata durante la conquista española, esto prácticamente destruyó todo vestigio arqueológico que pudiese dar cuenta de alguna fuente directa sobre la filosofía andina. Salvo los mitos, un feliz hallazgo de un quipu y su respectivo desciframiento podrán reafirmar las teorías filosóficas sobre lo mitocrático.

Al margen de ello, la consistencia teórica de lo mitocrático es plenamente coherente. De manera que no cabe proceder como empírico-cientista probando a cada paso lo que se afirma, sino hay que desplegar las alas de la intuición y de la razón para avizorar nuevos horizontes.


Lima, Salamanca 6 de Agosto 2014

martes, 1 de julio de 2014

LIBERTAD HUMANA Y OMNIPOTENCIA DIVINA

LA LIBERTAD Y LA OMNIPOTENCIA DIVINA
(Transcripción de la intervención de Gustavo Flores Quelopana)
Cenáculo Teológico Cristiano

Voy a afirmar que existen seis pruebas sobre la compatibilidad de la libertad humana con la omnipotencia de Dios. Las cuales son la siguientes:
1° PRUEBA DE LA CREACIÓN (Dice el Génesis que Dios creó al hombre a su imagen y semejanza, con libertad y uso de razón para optar por el bien y el mal).

2° PRUEBA DE LA CAÍDA (El hombre fue expulsado del Paraíso a raíz de su desobediencia, es decir, de un uso indebido de su libertad. En consecuencia, el hombre adánico y post-adánico sigue conservando su libertad).

3° PRUEBA DE LA REDENCIÓN (Cristo dio su vida por la reconciliación de la humanidad con Dios, pero ello no exime al hombre de la responsabilidad de sus actos. Por tanto, la libertad del hombre es compatible con la omnipotencia de Dios).

4° PRUEBA DEL JUICIO (En la hora del Juicio Final cada hombre vivo y muerto será juzgado por sus obras. De manera que se tendrá en cuenta lo que el hombre ha hecho libremente con sus acciones).

5° PRUEBA MORAL (La gracia divina otorgada por Dios al hombre perfecciona pero no sustituye la naturaleza humana. Por ello, el hombre sigue siendo responsable de sus actos).

6° PRUEBA ONTOLÓGICA (No hay incompatibilidad porque la libertad del ser del hombre actúa en el tiempo, mientras que la omnipotencia de Dios está en la eternidad).

Sólo la doctrina protestante del siervo arbitrio, especialmente el calvinismo, niega el valor de los actos humanos y de la libertad y la vuelve incompatible con la omnipotencia divina. Esta concepción no es cristiana sino de índole neoplatónica, es decir pagana. El neoplatonismo separa tanto a lo divino de sus emanaciones que lo vuelve prácticamente inalcanzable.

La doctrina calvinista de la predestinación es tan extrema que termina anulando la voluntad y la libertad del hombre. La doctrina cristiana acepta la doctrina de la predestinación pero en el orden de la eternidad y no en el del tiempo. El otro extremo de la cuerda está representado por el pelagianismo, la cual convierte a la moral en religión y prácticamente vuelve omnipotente la libertad del hombre.

En suma, para el cristianismo católico el hombre es libre y ello no es incompatible con la omnipotencia de Dios, porque mientras que uno actúa en el orden del tiempo el otro corresponde al orden de la eternidad.

San Isidro, junio 2014 

domingo, 29 de junio de 2014

SUARISMO DE LOS HERMANOS PEÑAFIEL

SUARISMO DE LOS HERMANOS PEÑAFIEL
Gustavo Flores Quelopana
Sociedad Peruana de Filosofía
 
Los hermanos Peñafiel y especialmente Leonardo, representan un avance decisivo de un humanismo moderno, aunque dentro de la concepción teológica del hombre, a través de la recepción del suarismo con el tema culminante del ente de razón, la idea de potencia obediencial activa, el derecho de gentes, el origen social de la autoridad y el derecho a la desobediencia.

Los hermanos Alonso (1593-1652) y Leonardo (1597-1657) de Peñafiel, ambos jesuitas, eran hijos nacidos en Riobamba del Capitán Alonso de Peñafiel y Lorenza de Araujo, por tanto eran criollos. Los dos estudiaron en los colegios jesuitas de Riobamba y Quito, e ingresan al Noviciado de Quito. Y terminan sus estudios, en diferentes fechas, en el Colegio Máximo de San Pablo de Lima. Alonso ya ordenado sacerdote fue profesor durante año y medio de Arte, Latinidad y Teología en el Colegio del Cuzco y luego profesor de las mismas materias en el Colegio Máximo de San Pablo en Lima. Leonardo ordenado como sacerdote es profesor de Artes en el Colegio Máximo de San Pablo, luego pasó al Cuzco donde estuvo veinte años como profesor de teología del Colegio jesuita del Cuzco. Luego retorna a Lima para enseñar teología en el Colegio San Pablo. Leonardo es elegido provincial del Perú el 1 de marzo de 1656 y fallece al año siguiente a los sesenta años cuando visitaba en Chuquisaca, actual Sucre en Bolivia, la hacienda, la iglesia y el colegio de la Compañía de Jesús. La fecha de su elección como provincial corrige el error de la fecha de su fallecimiento que consignan otras fuentes y más bien la fecha de 1652 sería la fecha del deceso de su hermano Alonso.

El mismo Alonso obtuvo el grado de Doctor en teología en la Universidad de San Marcos, donde ocupó la cátedra Prima de Teología. Muere el año 1652, a los cincuenta y nueve años. Resulta bastante extraño que el Archivo Histórico sanmarquino no guarde el nombre de Leonardo ni entre los estudiantes, ni entre los graduados, ni entre los profesores, según las pesquisas del historiador Teodoro Hampe en los registros que cubren los años 1599 hasta 1669. Esta inexplicable ausencia que negaría su pertenencia a dicho claustro no puede ser casual y muy probablemente se deba a una involuntaria omisión o a que efectivamente no estuvo en dicha casa de estudios. Lo  segundo no es improbable, debido a que pudo dedicarse a tiempo completo en el Colegio San Carlos. No obstante, persiste la duda. 

Alonso fue autor de un Cursus philosophicus (Lyon, 1653) en tres volúmenes, una Theología scholastica naturalis (Lyon, 1666) y una Metafísica (1670) que seguramente fue el cuarto volumen del Cursus, el cual agradó tanto que el Cabildo de Lima, con la anuencia del Virrey, recomendó su impresión para las escuelas y la Universidad de San Marcos. Por su parte, Leonardo escribió Diputationum theologicarum (1663) en dos volúmenes, Disputatione scholastica et morale de virtute fidei divinae (1673), un Tratado de la Encarnación del Verbo Divino (1678) y un Comentario a la Metafísica de Aristóteles (1693), donde se muestra muy influido por Suárez. Esto es, Alonso sólo pudo ver en vida una obra suya publicada, mientras que Leonardo no vio ninguna, todos sus libros fueron editados póstumamente gracias al trabajo editorial del Padre Martín de Jáuregui. Pero las obras de Leonardo tuvieron mejor suerte, pues las de Alonso no han sobrevivido siendo destruidas en el incendio de la Biblioteca Nacional durante la infausta guerra con Chile y sólo cabe guardar la esperanza de que tras la expulsión de los jesuitas esté en alguna biblioteca particular del Viejo Mundo[1]. Por esta circunstancia nos limitaremos al análisis del pensamiento de su hermano Leonardo de Peñafiel.

Leonardo era tenido como eminente teólogo, notable jurisconsulto y profundo humanista. Su reputación, elocuencia y sapiencia era comparable con la de Juan Pérez de Menacho. Sin ser un teólogo de primera fila su ilustración y talento lo convirtió en una figura indispensable en la vida académica, como consultor del arzobispo de Lima y como juez calificador del tribunal de la Santa Inquisición. En el colegio de San Pablo participó de los seminarios en torno a las cuestiones morales y teológicas que implicaba la empresa colonizadora y se nutrió de las críticas a la administración colonial. La comunidad jesuita fue formando a sus alumnos, profesores y residentes del colegio en el principio humanístico de que los indios son seres humanos racionales y libres y que el sistema de esclavitud de los negros es totalmente injusto. Y tanto sus Disputaciones teológicas como sus Disputaciones morales están escritas en este sentido. Hasta en sus Comentarios a Aristóteles destaca su reflexión sobre la razón común que poseen todos los seres humanos (Disputación III), la bondad natural de todos los seres (Disputación VIII). Lo que muy acorde con el período de humanismo-teológico que vive la filosofía virreinal, lo convierte a Leonardo de Peñafiel en uno de los filósofos humanistas y criollos que con más aplicación defiende la virtud natural.

Sobre el aristotelismo de Leonardo hay que hacer algunas precisiones. En primer lugar destaca el actualizado manejo de las fuentes de la época. Como Alberto Pincherle señala nuestro filósofo criollo maneja al maestro lusitano de la escuela de Coimbra, Pedro de Fonseca, al intérprete del aquinate Luis de Molina, al metafísico Gabriel Vázquez, al humanista y teólogo bizantino Joannes Cyparisiota, el obispo Anton Bernardo della Mirandola, el fraile predicador Dominico de Flandria, el profundo conocedor salmantino de la filosofía peripatética Pedro hurtado de Mendoza y el francés Pierre d´Auriol. En segundo lugar, la Compañía de Jesús como núcleo intelectual de la Iglesia mantenía una actualizada biblioteca en el Colegio de San Pablo donde Leonardo debió leer la decisiva contribución filosófica del granadino Francisco Suárez (1548-1617), especialmente sus famosísimas Disputationes metaphysicae (1597). En tercer lugar, esto explica que la vida intelectual del Virreinato lejos de caer en el marasmo y la esterilidad era, por el contrario, terreno de competencia entre Universidades, conventos y colegios de las órdenes religiosas por el saber teológico-humanista más actualizado. En cuarto lugar, afirmar que lo común de todas las instituciones de enseñanza regidas por el Estado y las congregaciones religiosas era la filosofía aristotélica resulta un juicio muy sumario y descaminador. En quinto lugar, si los agustinos preferían a San Agustín y a Gregorio Magno, los dominicos se pusieron a la vanguardia con el tomismo renovado de la neoescolástica del barroco, los franciscanos no se quedaron atrás y se apropiaron de Duns Scoto y los jesuitas de Suárez. En sexto lugar, lo más interesante es que aquellas apropiaciones teóricas no buscaban repetir, sino encontrar respuestas nuevas y creativas ante el dilema humano y moral de las instituciones coloniales. Por eso, y en séptimo lugar, no es cierto que el punto de contacto entre todas las órdenes era la filosofía peripatética, primero porque dicha filosofía no era ya la de Aristóteles sino la del cristianismo en lenguaje peripatético, y segundo porque mientras el tomismo neoescolástico persistió en la letra del peripatético, o sea servirse del aristotelismo para explicar la fe católica; los franciscanos tomaron no la letra sino el espíritu, o sea ir por el camino del procedimiento crítico, analítico y dubitativo; mientras los jesuitas optaron por un mejor manejo de la fuentes antiguas combinado con lo más avanzado de la neoescolástica española y portuguesa. Y la elección del suarismo significa la opción por la figura en quien culmina la escolástica española renaciente en sus métodos y en sus doctrinas.

Por eso tratar de hallar puntos en común en la filosofía aristotélica entre el escotista voluntarista Fray Jerónimo de Valera y el suarista enciclopédico Leonardo de Peñafiel significa perder de vista toda la riqueza de la filosofía colonial, la cual no se puede reducir a los textos aristotélicos del bachillerato y la licenciatura, y que queda mejor representada su variedad, complejidad y riqueza con la presencia de un potente movimiento místico con Toribio de Mogrovejo, Francisco Solano, Rosa de Santa María, Martín de Porras, Juan Macías y Antonio Ruíz de Montoya.

Ahora bien, Francisco Suárez, llamado el Doctor Eximio, no es un genio creador sino un genio organizador de todo el saber antiguo, medieval y contemporáneo. Él representa la culminación de la escolástica española en sus métodos y doctrinas. Este gran teólogo desarrolla la más grande obra sistemática de filosofía escolástica en sus Disputationes Metaphysycae, aparecida en 1597 como la primera obra importante del pensamiento filosófico occidental desde la decadencia de la filosofía escolástica. La escribe respondiendo a las exigencias de una exégesis racional a la Suma Teológica tomista. De ahí que su tesis fundamental sea que las propiedades del ente en general son lo mismo que el ente, pero que formalmente son distintas en cuanto que ellas sobreañaden al ente algo de razón. Es decir, tras estudiar el objeto de la metafísica  y definirlo como “ciencia del ser en cuanto ser, o en cuanto abstrae de la materia en el existir”, el concepto de ser, sus propiedades (unidad, verdad, bondad) y causas (material, formal, eficiente, final y ejemplar) culminará en el crucial tema de la época moderna sobre los entes de razón. Suárez no duda que el ente en cuanto ente sea algo real, el contacto con Aristóteles no se pierde, o sea está en la línea clásica de la objetividad del ser, pero en su esfuerzo por afrontar la degeneración del nominalismo vacío en la que cayó la especulación escolástica desde el siglo catorce, enfrenta el problema gnoseológico del primer principio en el orden cognoscitivo. Y para Suárez el primer principio de demostración es el principio de contradicción, el cual es el primero en el orden de la reducción al absurdo y, como todos los demás principios toman su fuerza de éste, es el primero en todas las ciencias. Además, una ciencia del ser exige una teoría de Dios y aquí aporta el concepto de analogía diferencial que penetra el concepto objetivo del ser en su misma abstracta unidad. Explica el acto libre en su encuentro con la acción de Dios con la categoría de potencia obediencial activa. Por su parte, Leonardo Peñafiel emplea el mismo término de Disputatione para intitular sus obras, en su Comentario sigue el mismo nuevo método suarista de comentar los doce libros de la Metafísica aristotélica sistematizando y jerarquizando,  presta la misma atención gnoseológica al papel del entendimiento y al ente de razón, en sus Disputaciones teológicas se hace eco del aporte teológico suarista y en sus Disputaciones morales de su aporte ético-jurídico- político, reflejando la decisiva influencia de Suárez e introduciendo dicho género de libro en la vida académica peruana. Suárez completa su obra filosófica con la problemática jurídica y política abordada en su De legibus y en Defensio Fidei, además de varios escritos sobre lógica y física que se perdieron. En las Disputationes no busca un comentario del texto aristotélico sino la organización sistemática de todo el saber metafísico disponible. Pero Suárez en un hombre de la escolástica de la contrarreforma o del barroco (1550-1650), más vinculado a la filosofía moderna que a la escolástica clásica, debido a que surge en el mismo período y responde a la misma situación histórica. Alienta en los salmanticenses y en los conimbricenses, tras el lenguaje clásico tradicional, un espíritu de renovación, de colocar a la tradición escolástica dentro de los problemas de la filosofía moderna.

En el campo jurídico y político Suárez representa la madurez de las ideas de los anteriores maestros dominicos y jesuitas. El derecho de gentes tiene el sentido moderno de no ser una deducción del derecho natural, sino como usos aceptados, respetados e introducidos por los diversos pueblos. La ley moral es una participación de la ley natural, pero totalmente distinto al orden de las leyes físicas. En la ley el factor racional del aquinate resulta equilibrado con el factor imperativo de la voluntad. Y en esto hay un elemento influyente del escotismo voluntarista. El derecho de gentes está en un estadio intermedio entre el derecho natural y el derecho positivo estricto. El mismo sentido humanista y moderno, aunque dentro de una concepción teológica del hombre, penetran los escritos de Leonardo de Peñafiel. La autoridad no viene directamente de Dios, sino primariamente a la sociedad, la cual por la voluntad general de sus integrantes se da a sí misma la forma de gobierno más conveniente al bien común.  El poder retorna a la sociedad. De manera que sin la asimilación del suarismo por parte de los miembros de la Compañía de Jesús no es posible comprender la filosofía subyacente en la notable utopía de edificar una civilización evangelizadora en las reducciones jesuíticas, donde indígenas organizados y administrados por sacerdotes jesuitas buscaban crear una sociedad cristiana sin vicios ni maldades, no obstante tuvo que enfrentar la oposición enconada de algunos sectores de la misma Iglesia Católica y la poderosa cofradía de traficantes de esclavos. La principal acusación que influyó en su derrumbe definitivo fue que trató de crear un imperio autónomo. Esto no se hallaba lejos de la verdad, dado que si la autoridad no viene de Dios sino de los hombres en sociedad, entonces queda abierto el derecho a la desobediencia y a la creación de un Estado soberano propio. A todo este proceso renovador contribuyó las Disputaciones y Comentarios de Leonardo como los Cursos de su hermano Alonso. En América el influjo suarista es recogido también en los Cursos filosóficos en vez de los anteriores comentarios aristotélicos.

Lima, Salamanca 29 de Junio 2014



[1] Un historiador especialista en los libros de la Colonia como Teodoro Hampe dice al respecto: “Hay que tener en cuenta que los rectores y profesores del Colegio de San Pablo se esforzaron por desarrollar en ese claustro una vida académica de la más alta calidad, para lo cual formaron la mejor biblioteca de Hispanoamérica colonial: cerca de 40.000 volúmenes se alineaban en sus estantes al producirse la orden de expulsión de los jesuitas, en 1767. Ya en la primera mitad del siglo XVII, la época en la cual vivió y escribió Leonardo de Peñafiel, la librería del Colegio era una notable realidad. De acuerdo con la descripción que ofrece el P. Bernabé Cobo en su historia de la ciudad de Lima, sabemos que la sala de estudio de dicha institución «era amplia y amueblada con gusto; tenía hasta 4.000 volúmenes, sin contar los duplicados, y no sólo en obras teológicas y filosóficas, sino de toda clase de materias». Hacia los años 1630, dotado de abundantes consignaciones para textos impresos, San Pablo se había convertido en centro distribuidor de libros para otras casas y colegios jesuitas del virreinato. Los documentos brindan testimonio de los envíos de duplicados que se hacían con destino a Trujillo, Pisco, Arequipa, Huancavelica, Huamanga, Cuzco, La Paz, Chuquisaca, Potosí o las misiones más apartadas.Véase: Teodoro Hampe Martínez, «Sobre la escolástica virreinal peruana: el P. Leonardo de Peñafiel, comentarista de Aristóteles (1632)», en La tradición clásica en el Perú Virreinal, Lima, UNMSM, 1999.

INCA GARCILASO DE LA VEGA

NEOPLATONISMO PROVIDENCIALISTA
 DEL INCA GARCILASO Y LA NUEVA AMERCANIDAD
Gustavo Flores Quelopana
Sociedad Peruana de Filosofía
 
El Inca Garcilaso no es neoplatónico porque idealiza la realidad en un Estado perfecto, sino porque ansía que el ideal se plasme en la realidad. Con gran veracidad refiere la idolatría de los indios pero al mismo tiempo resalta la justicia del imperio y cómo rastrearon los incas al verdadero Dios. El incario no podía ser para Garcilaso un Estado perfecto, porque si bien se respetaba la justicia le faltaba la luz de la verdadera religión. Pero ahora que ya se había recibido la verdadera religión podía convertirse en el Estado ideal bajo un monarca Inca cristianizado. Por ello, no sólo en Acosta, sino también en Garcilaso se distingue con claridad meridiana la gran enseñanza de la filosofía Virreynal, a saber, que “sin amor la otredad es objetividad”. El prójimo no podía alcanzar la verdadera justicia sin la caridad cristiana.

En primer lugar es preciso señalar que el neoplatonismo barroco cristiano del Inca Garcilaso comparte profundamente con el neoplatonismo cristiano bizantino, la idea que el proceso teocéntrico de alejamiento del primer principio y después de retorno a él es de carácter eminentemente histórico y refleja los momentos de la creación, la caída y la redención.

Esta idea se encuentra expresada en la tesis central de su convicción filosófica, a saber, el providencialismo neoplatónico cristiano según la cual Dios ha dispuesto que el futuro cristiano del Perú por su gran historia esté reservado a los propios peruleros ya sean indios, mestizos y blancos. Pero en el Inca Garcilaso existe algo más profundo, a saber, una correspondencia en la forma con el cristianismo occidental y una coincidencia en fondo con el cristianismo oriental. Y esto se advierte nítidamente al tender hacia un ecumenismo similar al espíritu griego. Es por ello que en el cristianismo neoplatónico providencialista que abraza se enfatiza sobremanera la “unión con el todo” antes que la “difusión universal”. La “unión con el todo” está más próximo a su espíritu mestizo, en cambio con la evangelización del Nuevo Mundo estima que la “difusión universal” está cumplida y sólo se trata de desarrollarla dejando en libertad a los propios peruleros.

Su nombre de bautismo era Gómez Suárez de Figueroa, ya en España, años después, lo cambió por el de Inca Garcilaso de la Vega como reafirmación de la herencia de dos razas y dos nobles estirpes en una sola. Nace en el Cuzco, Gobernación de Nueva Castilla, el 12 de abril de 1539 y fallece en Córdova, España, un 24 de abril de 1616, la misma fecha de Shakespeare y Miguel de Cervantes. Fue el primer escritor americano junto con Sor Juana Inés de la Cruz y Juan Ruíz de Alarcón.

Como buen mestizo era melancólico y nostálgico, vivió como filósofo, sabio y prudente, como ibérico era complicado y contradictorio y como indio era sensible, tímido y reservado, corregía y pulía sin cesar sus escritos. Regía en él un sentido filosófico, un sentimiento poético y una visión religiosa de la vida. De pluma veraz, vigorosa y autorizada, crédulo y de buena fe en la idealización incaica, dio un imperio depurado. Su tardía aparición como escritor se debió a que desconfiaba de sus propias fuerzas y a su timidez, reflejada al escoger el género menos ostentoso de hacer historia, a saber, los Comentarios.

En España vivió como guerrero, filósofo, historiador y sacerdote, por eso no fue un hombre de la Edad Media sino del Renacimiento. Su rápida adaptación se explica porque provenía de un imperio donde también el ámbito de desarrollo era la ciudad, predominaba el ideal cortesano, se vivía la expansión política imperial y señoreaba un teocentrismo similar al renacimiento español de la Contrarreforma (1560-1648), que atajó hasta donde pudo el antropocentrismo secularista. Su renacentismo es barroco, porque su idealización de la realidad está presidida por el ansia de equilibrio entre lo real y el ideal. Lo barroco es vital y real y Garcilaso a tono con la Contrarreforma aspira a plasmar el ideal en la realidad. Por eso, como auténtico mestizo, su Perú raigal es de futuro, augural y sus páginas están repletas de desbordamientos y presagios.

Es el primer filósofo mestizo y neoplatónico de América, testimoniado no sólo por la excelente traducción de los Diálogos de Amor de León Hebreo, sino, también, por la asunción de una metafísica de la luz que concibe a Dios como una realidad privilegiada, que sirve de fundamento al providencialismo neoantropocéntrico de su obra histórica. De las cinco obras[1] que escribió sólo los Diálogos son estrictamente un libro de filosofía, el resto son obras históricas, pero su más importante libro, esto es, los Comentarios Reales de los Incas, están insuflados de una visión filosófica que la sustenta.

El carácter platónico de las ideas del Inca se expresa por su forma en su utopismo, espíritu poético, idealización y sincretismo; y por su contenido a través de su visión providencialista de la historia y la metafísica de la luz. En las Escrituras “Dios es luz” (Juan IV, 24) y entre los Incas el Sol era una divinidad. Además, su visión providencialista de la obra civilizadora incásica se complementaba muy bien con la evangelización cristiana, inscrita dentro de aquella metafísica de la luz de la inteligencia divina.

En otras palabras, existe un fundamento metafísico filosófico neoplatónico que sirve de fundamento a su humanismo y a su postura utópica. Esta afinidad doctrinaria es muy probable que esté detrás de la elección del libro de León Hebreo, Diálogos de Amor, para su traducción.

Efectivamente, la teoría del amor de León Hebreo (copulativo, universal y productivo) no sólo se corresponde, sino que coincide con la metafísica de la luz. El amor como la luz es una realidad superior privilegiada, es Dios mismo o es de Dios; irradia hacia todas la criaturas, es la forma sustancial en la jerarquía de los seres; es aspiración de los seres a lo superior y difusión de Dios hacia lo inferior. El significado  metafísico que tiene el amor es evidente, pues, al producir y dar origen a lo inferior, resulta siendo como la luz otro de los nombres de Dios.

Tanto León Hebreo como Garcilaso de la Vega el Inca pertenecen cabalmente a los primeros tiempos de la ciencia, sus escritos y planteamientos deben dejar traslucir una posición determinada frente a ésta. En sus primeros tiempos, siglos XV, XVI y XVII, el dominio de la naturaleza era visto como la recuperación del conocimiento antes de la caída de Adán, por tanto profecía, magia natural y gloria de la Iglesia se mezclaban. No obstante, la formación teológica que adquiere en la Metrópoli lo previene de idolatrías.

Así cuando Garcilaso escribe sobre el Testamento y muerte de Manco Cápac subraya la condición de esta dinastía como “hijos del Sol”. Quizá, la afirmación más controversial del Inca sea aquella que dice: “Lo que yo puedo conjeturar del origen de este príncipe es que debió ser un indio de buen entendimiento y que con astucia y sagacidad para ser estimado, fingió aquella fábula que él y los suyos eran hijos del Sol”. Y luego remata: “He dicho esto, porque ni los incas ni la gente común dan otro origen a sus reyes”.

En la metafísica de la luz Dios es concebido dentro de la Teoría del Amor divino como “Sol de justicia” (Libro I, cap. III), el cual envió –amor productivo- “la luz de sus divinos rayos a aquellos idólatras, para que los hallasen no tan salvajes, sino más dóciles para recibir la fe católica”. Estas expresiones garcilasianas no son meros recursos estilísticos o metáforas literarias del diálogo más representativo del neoplatonismo renacentista. Todo lo contrario, es empleo consciente de un aparato conceptual aprendido de sus lecturas filosóficas neoplatónicas, que le sirven de fundamento metafísico en la explicación de la historia. Y es que Garcilaso no es pura descripción historiográfica sino a su vez interpretación historiológica, ambas como partes correlativas en el estudio de la historia, pues mientras la historiografía es eurística y narrativa, la historiología es hermenéutica filosófica, teorética y metahistoria.

Otra razón por la que siente atraído por los Diálogos de amor es que le ofrecen un ejemplo de sincretismo triunfante, esto es, la conciliación entre Platón y Aristóteles, la Biblia y el Talmud, la mántica y  la  cábala. Este  excelente eclecticismo,  muy  común en el Renacimiento, representa para Garcilaso el prototipo de una posible solución armónica entre los dos mundos: el perulero y el hispánico. Escribe al final de los Comentarios: “espero no haber servido menos en ella a los españoles que ganaron aquel imperio, que a los incas que lo poseyeron”.

En decir, Garcilaso encontró un modelo de sincretismo armónico en León Hebreo y el neoplatonismo florentino, la teoría del amor (copulativo, universal, productivo e intelectivo) y la metafísica de la luz (divinos rayos de la fe). Este último le sirve de hilo conductor para ofrecer no una mera historia de un autor humanista, sino una verdadera interpretación histórica, una historiología filosófica basada en un neo-antropologismo renacentista y, a la vez, en un providencialismo teocéntrico.

La luz superior y privilegiada es Dios mismo, la cual actúa no sólo sobre el conocimiento  del hombre sino sobre los acontecimientos de los pueblos. La tesis filosófica neoplatónica central de los Comentarios es que el curso de la historia depende de la luz de Dios, como medio y objeto de su infusión que está oculta a la razón.
“Los reyes incas y sus amautas, que eran filósofos, rastrearon con lumbre natural al verdadero sumo Dios…al cual llamaron Pachacamac”, y luego más adelante precisa, “a Pachacamac tuviéronle mayor adoración que al Sol…su famoso templo está dedicado a este Dios no conocido…De manera que los incas no adoraron mas dioses que a los dos que hemos dicho, visible e invisible” (libro II, cap. IV). El lado visible e invisible de Dios, revelado y oculto a la razón vino a precisarse nítidamente con la enseñanza de la fe católica.

Estas puntualidades conducen al Inca Garcilaso a asumir una finalidad inmanente al devenir histórico, pero como astucia no de la razón, como en Hegel, sino de la Luz de Dios. Esto no significaba la explicación de los hechos históricos recurriendo a explicaciones sobrenaturales o a priori, pues la causa única y primera de la Historia es Dios pero éste actúa a través de una causalidad natural.

En este sentido, la perspectiva providencialista de los Comentarios reales (1609) aparecen preludiando los Discours L¨ Histoire universelle de Bossuet (1681). En ambos se desarrolla la misma filosofía católica de la historia, salvo por una diferencia muy significativa, esto es: no es eurocéntrica. Se trata de que el Inca deje entreabierta la posibilidad de que la historia misma del pueblo incaico, una vez recibido el evangelio de Cristo, está en inmejorables condiciones para sacar adelante y con autonomía los designios de la Providencia.

En los tiempos de Garcilaso se respira esta atmósfera de “imperio universal”, pero la idea de un Imperio cristiano universal no se encuentra en él indisolublemente unido al imperio español. Así, considera que la misión civilizadora de los incas se detuvo con los españoles, y con ello no era posible progresar en la edificación del Imperio universal cristiano.

Ahora bien, una idea recurrente en el Inca Garcilaso es asociar el nombre de los Amautas al de “filósofos”. Como si con insistencia sugiriera la idea de que en la tierra de los incas hubo este tipo de sabiduría. Él, que había leído mucha filosofía neoplatónica en la biblioteca de su tío Alonso de Vargas, identificó la sabiduría de los amautas con los filósofos, pero lo más importante es que con ello abría la posibilidad de un filosofar no eurocéntrico en el mundo ancestral precolombino. De modo que Garcilaso Inca se encuentra en el arranque de la discusión de un filosofar de origen no griego.

De su descripción se deduce que los amautas filósofos eran sabios que abarcaban tanto el saber teórico como el práctico. Los que abordaban el saber teórico barruntaban sobre las causas primeras que Dios puso en las cosas, los que abordaban el saber práctico lo hacían ocupándose de las causas segundas. En consecuencia, el saber intelectual era sólo una de las notas esenciales de la sabiduría del sabio amauta.

Garcilaso habla de estos amautas que filosofaron cuando aborda la astrología, la filosofía moral, la filosofía natural,  el  pronóstico de eclipses de sol y de luna, medicina, teología, geometría, aritmética y música. Todo lo cual describe nítidamente un tipo de forma humana en la cual se encarna el saber filosófico, no se trata del filósofo stricto sensu sino del sabio.

Hubo amautas que discurrieron sobre las causas primeras, la inmortalidad del alma o el alma como espíritu inmortal, el hombre como compuesto de cuerpo y alma, el hombre es racional y los animales no. Dividían el universo en tres mundos: el mundo celeste, de los buenos, donde iban los virtuosos, también llamada Hanan Pacha; el mundo de la generación y corrupción, denominado Hurin Pacha; y el mundo de abajo o casa del demonio, destino de los malos, llamado el Ucu pacha. Además del alma racional, diferenciaron entre alma vegetativa y alma sensitiva. Y hubo otros amautas que silogizaron sobre las causas segundas. Obviamente no descarta aquellos que combinaban la orientación estrictamente contemplativa con la orientación práctica.

Garcilaso no alcanzó a conocer todo el conocimiento especulativo de los incas y lo poco que obtuvo le pareció con razón muy pequeño comparado con lo encontrado en Occidente. Por lo demás, era un alma sinceramente religiosa y al adoptar el cristianismo católico lo hizo con toda la fuerza que un indo-hispano de entonces era capaz de hacerlo. Su fe y convicción religiosa nueva no obnubiló al mestizo pero sí lo condicionó hasta la medida de introducir adjetivos tales como “supersticiones”, “hechicerías”, “idolatrías”, ”boberías” entre otros para referirse a ciertas creencias y conocimientos nativos.

En la polémica que establece Garcilaso contra las injustificadas adulteraciones de palabras y significados introducidos por la mayoría de cronistas españoles, deja ver  cuál es su actitud al respecto: la aculturación cristiana del Nuevo Mundo no puede hacerse a través de una conciliación forzada y mal hecha de doctrinas  totalmente disidentes entre sí. No hay lugar para un pseudo-sincretismo religioso, para fenómenos de superposición y fusión de creencias de distinta naturaleza. Esto lo lleva a enfrentarse con los curas doctrineros, afanados en demostrar la existencia entre los indios de un Dios creador con el fin de adaptarlos al cristianismo.

Para los teólogos españoles los indios, a pesar de sus extravíos diabólicos, conocieron al único Dios con la razón natural. En cambio Garcilaso afirmó que ni la aculturación cristiana ni la religiosidad inca necesita de estos distorsionantes favores. Su conclusión es categórica: los incas admitieron la inmortalidad del alma, la resurrección universal, y vislumbraron por la razón natural al único Dios, pero no como Hacedor ni como  Creador, sino como Animador, Ordenador o Vivificador del Universo.

No conocieron a un único Dios Creador, vislumbraron el monoteísmo de un Dios Ordenador frente al Caos material. Más desconcertante les resultaba a los indios idólatras el monoteísmo trinitarista cristiano. En la concepción religiosa precolombina había un dualismo complementario de base, incompatible con la omnipotencia divina cristiana. La base metafísica del cristianismo, cual es: Creatrum ex nihilo, era sencillamente extraña a la base metafísica de la teología precolombina, radicada en un metafísico dualismo complementario y en un nihil ex nihilo.

Esto estorbó a los curas doctrineros y se emprendió la destrucción de la religión del otro. Al cortarle el espinazo espiritual a la civilización andina se destruyó su religión pero no su religiosidad. La evangelización no fue hecha mediante una síntesis armoniosa y desde entonces el problema neurálgico del Perú y del Nuevo Mundo antes que político, económico o social es espiritual y sigue siendo religioso.

Garcilaso no carece de una visión propia del destino espiritual del Perú, escribe con todo su corazón de espíritu mestizo que es posible una nación autogobernada por peruleros evangelizados. A diferencia de Guamán Poma de Ayala preconiza una nación mestiza, autárquica, de sano nacionalismo, pero formando parte del imperio cristiano universal. Lejos de compartir la convicción con los misioneros españoles de que las religiones indias eran diabólicas por el contrario se esforzó por demostrar que en ellas se vislumbró la luz de Cristo. De la adhesión a la armoniosa concepción del mundo de los Diálogos de Amor, después de la utopía de los Comentarios y la epopeya de La Florida, pasará lentamente a cierto estoicismo cristiano donde se percibe un desengaño del mundo, que se refleja en su trágica Historia General del Perú. Su estoicismo cristiano pone énfasis en la vida virtuosa. Fórmula explosiva que llevará a la prohibición de los Comentarios en 1782 por las autoridades españolas al considerarla peligrosa para la población aborigen al otorgar al Tahuantinsuyo la imagen de una edad de oro.

Así para el Inca, la honra rebasa la vida social y política, por ello no será la nobleza ni la fama sino solamente la virtud, el mérito personal e individual lo que está por encima de lo colectivo, la ley y el Rey. Con ello no solamente antepone lo ético a lo político y contradice la razón de estado de Maquiavelo, sino que justifica los intentos emancipatorios y rebeldes contra la corona y la defensa de una nueva americanidad.

De este modo, resulta asombrosa la clarividencia de este hombre del renacimiento tardío al ser entre todos los escritores y pensadores sobre el Nuevo Mundo, el que columbra más lejos al pensar una nación autónoma y cristiana de indios, mestizos y españoles. Esta especulación sobre tan delicado tema también es compartida por Vitoria y Carranza que no suscribirán las causas justificantes de la guerra contra los indios americanos. Especialmente Carranza, combatiendo las tesis imperialistas de Sepúlveda, propondrá un simple protectorado político temporal de 16 a 18 años de duración, para después dejar a aquellos pueblos ya enseñados, en su primera libertad. Idea con la cual coincidirían en gran parte el Inca Garcilaso, Guamán Poma de Ayala y Juan Santacruz Pachacuti.

En realidad, por sus presupuestos, postulados y repercusión el Inca Garcilaso fue la figura más importante del período del humanismo teológico y la prolongación del espíritu religioso, justiciero y enciclopédico de los amautas filósofos. Garcilaso es la síntesis entre la piedad cristiana y la justicia incaica. Su grandeza estriba en que supo avizorar en un instante trágico un futuro promisorio y fecundo para la nación en formación.

El Inca Garcilaso es el escritor y el pensador de la nueva peruanidad pensada dentro de la promesa providencial y la esperanza fecunda en el hondón trágico de la Conquista española y el comienzo del Virreynato del Perú. Su ofrenda es la crucifixión de dos mundos en el altar de la virtud y la justicia, donde lo ético-religioso debe presidir la razón política. Su espíritu lejos está del secularismo antropocéntrico del renacentista desatado y, por el contrario, su mesura y prudencia de la prosapia de los viejos amautas lo inclina a pensar como Bellarmino que el derecho se deriva de la naturaleza racional y de la voluntad de Dios. Y en esto existe una profunda coincidencia con Suárez y Vitoria. Además, al colocar el Inca a la virtud por encima incluso del rey argumenta como los salmantinos contra la soberanía del Estado de Grocio y a favor de la soberanía del pueblo, como un poder recibido de Dios.

Garcilaso vio el mal desatado pero jamás se le ocurrió pensar como los protestantes y Grocio que la naturaleza humana está totalmente corrompida por el pecado original. Por eso su concepto de derecho natural no está totalmente secularizado ni carece de metafísica, debido a que como católico está provisto de la idea de la ley eterna y el habitus principiorum. La naturaleza racional humana en el Inca Garcilaso no es una ficción humanística, y, como neoplatónico, es más bien la naturaleza humana ideal de las razones eternas. Su antropología es optimista.

La coincidencia del Inca Garcilaso con los jesuitas renacentistas como Bellarmino y Suárez contra los abusos del absolutismo, no está lejos del tiranicidio de José de Mariana. Antes de todos ellos esto ya lo había dicho Melanchthon, mientras que Grocio está en contra de todo esto y como buen monarcómano polemiza contra Juan de Althaus (1557-1638) rechazando que un monarca pueda ser matado.

En otras palabras, el Inca Garcilaso por el camino neoplatónico coincidirá con la escolástica renovada del tomismo, por parte de Cayetano, Mariana, Suárez y Vitoria, en lo referente al derecho de gentes, la soberanía del pueblo, el derecho natural y el derecho de resistencia. Tal es la importancia y repercusión de este movimiento que sin él es imposible entender bien la Revolución Francesa y la Ilustración. Además, la escolástica católica española del periodo barroco influyó decisivamente en los racionalistas sistemáticos del siglo diecisiete y predominó en las escuelas hasta fines de ese mismo siglo. Tanto fue así que la duda de Descartes no pasó de ser metódica puesto que su preocupación principal era apuntalar la existencia de Dios y la inmortalidad del alma, igual que la metafísica clásica de Suárez. No en vano estudió en el colegio jesuita de La Flèche.

En documentos de las letras del siglo diecisiete el neoplatonismo literario también se hizo presente en el Discurso en loor de la poesía de la poetisa anónima y en la Definición de Amor de Diego Ávalos y Figueroa[2].

En suma, el Inca Garcilaso no fue un pensador escolástico ni un filósofo tomista, pero su coincidencia fundamental con la escolástica barroca es de espíritu. Efectivamente, por un lado es la reafirmación de la metafísica realista que admite la primacía del ser sobre el conocer y la naturaleza racional del hombre; y por otro lado es la afirmación de la presencia divina en la historia. Aun más, el íntimo vínculo entre la escolástica barroca y el neoplatonismo barroco se da a través de un humanismo teológico que enfatiza la persona de Cristo lejos tanto del naturalismo como del historicismo. Es la paradoja que representa la ordenación y subordinación de la Creación a la Encarnación del Hijo de Dios, y la consiguiente primacía de la Persona de Cristo.

Pero no sólo es un pathos sino también un geos lo que motiva al Inca a sostener ideas humanistas teológicas de profunda imbricación con el platonismo ínsito en el pueblo andino. El platonismo ancestral de su terruño lo condiciona espiritualmente. Su nueva fe cristiano católica lo impulsa no sólo a ser partidario de la independencia de la Iglesia respecto del Estado, sino a llevar dicha autonomía a lo moral y político para preconizar una nación autónoma de indios y mestizos previamente evangelizada. Su tema fue: el problema de la peruanidad desde la verdad cristiana.

Lima, Salamanca 29 de Junio 2014



[1] Nos referimos a la obras siguientes: Diálogos de Amor (1590), La Florida del Inca (1605), Comentarios Reales de los Incas (1609), Historia General del Perú (1617-póstuma) y Genealogía o Relación de la descendencia del famoso Garci Pérez de Vargas (1929-póstuma).)
[2] Cfr. Diego Mejía de Fernangil, Parnaso Antártico, primera parte Sevilla, 1608; Miscelánea Austral, primera parte; El apogeo de la literatura colonial, Biblioteca de la Cultura Peruana, París 1939, p. 13.