martes, 26 de enero de 2016

HIPÓLITO UNANUE FILÓSOFO

HIPÓLITO UNANUE: FILÓSOFO
Gustavo Flores Quelopana
Sociedad Peruana de Filosofía
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Hipólito Unanue (1755-1833) refutando la tesis europea de la inferioridad biológica a favor de la moral en razón de la esclavitud del indio, fortalece la visión de país y el proyecto nacional independentista criollo, según los cánones científicos del 800 peruano. Su racionalismo metafísico y fideísta lo convierte en uno de los ilustrados religiosos típicos del peripatetismo reformista.

Médico, cosmógrafo, naturalista, escritor científico, periodista, creador de una escuela peruana de medicina, colaborador de virreyes y de los primeros gobiernos republicanos, miembro de la Sociedad de Amantes del País y colaborador del Mercurio Peruano, entre los criollos fortaleció la idea de la patria peruana en las postrimerías de la colonia y fue presidente del primer Congreso Constituyente del Perú (1822-1823). Fue disuadido de ordenarse como sacerdote y se dedicó con entusiasmo al estudio de la física, matemáticas, historia natural, astronomía, literatura antigua y moderna.

Tres son las razones principales por las cuales Unanue, como los demás ilustrados peruanos, no es un irreligioso, a saber: (1) el equilibrio entre razón y fe logrado en el realismo metafísico del tomismo, (2) mantener a raya la racionalización protestante del dogma, y (3) porque la asimilación de la ciencia natural sin el criticismo kantiano lo exonera del giro copernicano antimetafísico y epistemológico a favor de la continuidad de la tradición esencialista clásico-cristiana.

Por estos motivos el ilustrado peruano no era un sabio irreligioso y siempre buscó una conciliación última entre ciencia y religión. Su racionalismo creyente es heredero legítimo del peripatetismo cristiano y su defensa de la experiencia sensible es muestra palpable de su discrepancia con el peripatetismo escolástico silogístico. Esto significa que, es con la silogística del peritatetismo escolástico tardío con el que discrepa la singular ilustración peruana, y no con la escolástica tomista que enseña partir de las cosas finitas para llegar racionalmente a Dios.

Pensar que Unanue y la ilustración peruana es ecléctica es descuidar el carácter fideísta y metafísico del peripatetismo reformista del 800. Por eso en Unanue no se trata de un eclecticismo entre la fe científica ilustrada y la fe religiosa tradicional, pues la intelectualidad del 800 completa orgánicamente su ciclo de evolución racionalista porque se trata de una ilustración moderada, sin los radicalismos deístas europeos y sin desprender la inmanencia de la trascendencia. Ciencia y Fe están estrechamente trabados en el tomismo y en la neoescolástica barroca sucede lo mismo con el desarrollo de las ciencias humanas con el Derecho de Gentes y el Derecho Natural. Al no penetrar el credo protestante en América hispana tampoco ingresa la racionalización del dogma, lo cual impide la hermenéutica religiosa subjetivista e individualista y favorece el desarrollo de una razón en diálogo armónico con la fe acorde con el Magisterio de la Iglesia.

Además, la asimilación del saber natural y científico del 700 mantiene el equilibrio entre ciencia y metafísica, porque la propia ciencia europea no va unida aún a la disolución del pensar metafísico –lo que ocurrirá recién a partir de Kant y no de Newton-. Será recién con Bartolomé Herrera y en el primer tercio del siglo diecinueve que se encontrará en el Perú una mención a Kant junto a Rousseau rechazando la propugnada democracia. Y es esta postura precriticista justamente la que se advierte en todos los ilustrados peruanos del 800, porque son herederos de una tradición cultural donde la razón autónoma no colisiona con la fe cristiano católica.

El centáurico metafísico e investigador empírico que era Unanue se inserta en la tradición esencialista de la naturaleza donde ésta es obra de la divinidad. Pero tratase de un paradigma organicista en la forma  aderezado del espíritu del paradigma mecanicista en el contenido y por eso ve el orden fenoménico opuesto al producto de la especulación desenfrenada. En su visión metafísica de la naturaleza se fusiona la concepción como producto de la reflexión y voluntad divina de Weigel y Boehme y la interpretación del materialismo metafísico de un Agripa von Nettesheim, Paracelso, Telesio y Patrizzi. Es decir, su pensamiento metafísico combina el sustancialismo clásico-cristiano con el mecanicismo moderno, porque la Naturaleza aun conteniendo leyes matemático-cuantitativas es creación de la voluntad divina.

Unanue busca una visión integral del Perú, tanto en su aspecto físico-geográfico como humano. Y esto se demuestra en sus artículos que aparecieron en el Mercurio Peruano, El Satélite del Peruano y El Verdadero Peruano. En el primero aparecieron los titulados “Idea general del Perú” y “Sobre geografía física del Perú”. Esta emoción peruanista y afán por el conocimiento pleno del Perú estuvo transida de una protesta criolla, al tratar de refutar la tesis europea de franceses y revolucionarios sobre la inferioridad del indio –y por añadidura del criollo- no por razones biológicas o raciales sino por motivos climáticos. Unanue enfrenta las invectivas contra la naturaleza del suelo americano y busca explicar el vínculo entre el paisaje y la geografía con el ser humano. Tras valorar las bondades del suelo americano, resaltar la riqueza de variedades animales y refutar que la pereza tiene su origen en un clima tropical, concluye visionariamente que la diferencia entre los hombres no es física ni biológica sino moral.

Por tanto, no es cierta la tesis europea de la inferioridad del indio en razón al clima. Su argumentación culmina en que es la esclavitud –obviamente impuesta por la monarquía española- la responsable principal del deterioro moral del indio. En consecuencia solamente la libertad es capaz de devolverle al indio su humanidad. Este es el verdadero tema de su libro El clima de Lima. Unanue utiliza un tema científico para arribar a conclusiones políticas que remecen las estructuras del poder colonial.


Sin embargo, su novedosa tesis que responde a los académicos europeos también tiene un lado problemático. Pues, si el indio está en inferioridad de condiciones por la esclavitud impuesta por los españoles, entonces no puede ser capaz de dirigir el país, ni emprender un proyecto nacional con coherencia. En consecuencia, al igual que los otros ilustrados criollos se deduce que se antepondrá la evangelización y la educación a cargo de los criollos para el logro de la plena ciudadanía del indígena. En otras palabras, el indígena sigue siendo un manumiso tutelado por otro estamento social. Ahora se entiende su distancia con la rebelión revolucionaria de Túpac Amaru II, quien sigue siendo la piedra de toque en medio del peripatetismo reformista para dirimir un proyecto nacional alternativo al criollo.

Lima, Salamanca 26 de enero del 2016

lunes, 25 de enero de 2016

BAQUÍJANO Y CARRILLO Y LA INDEPENDENCIA CRIOLLA

BAQUIJANO Y CARRILLO:
IDEÓLOGO DE LA INDEPENDENCIA CRIOLLA
Gustavo Flores Quelopana
Sociedad Peruana de Filosofía
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José Baquíjano y Carrillo, III conde de Vistaflorida (1751-1817) y hombre de gran fortuna, expresa la preocupación de la élite criolla adinerada ante el absolutismo monárquico que se vuelve más reaccionario tras el levantamiento tupacamarista. Por difundir el enciclopedismo en la Universidad de San Marcos es considerado un precursor ideológico de la Independencia del Perú, pero su verdadero objetivo era propugnar reformas en el poder colonial, exigir al monarca español que se gobierne con justicia para el pueblo que incluye a los indios. Pero para él al indio le falta educarse y cristianizarse. Por ende la soberanía popular no puede residir en éstos sino en los criollos. De ahí que no apoye la postura tupacamarista de romper con las corona española, Baquíjano solamente busca mejorar la justicia colonial y considera que los indios no están en capacidad de dirigir la nación. Esto le valió la crítica de los monárquicos, el reconocimiento de los criollos blancos y el repudio de los indígenas.
Su visión reformista-criolla de la voluntad popular y la libertad ciudadana solamente contentó a la élite criolla adinerada, justamente la que se beneficiaría con la Independencia del Perú. En su discurso tibio y moderado queda retratado el perfil del real cariz criollo del proceso independentista peruano. En otras palabras, la independencia de 1821 no fue la del Perú entero sino primordialmente de los criollos blancos peruanos. Así quedó abierta la vía de entrada para la construcción de una patria y un nuevo Estado para los criollos, no así para los indios. A partir de entonces Lima y la Costa dejarán de ser zona quechuahablante para ser exclusivamente lengua castellana. Puno, Cuzco, Ayacucho, Huánuco, Cajamarca dejarán de ser los ejes de desarrollo nacional que corre por la cordillera andina, para serlo la costa y el océano, tendencia que se acentuó con la revolución industrial. Así quedaría delineada las grandes rutas de desarrollo de la visión criolla del proyecto nacional. Los criollos blancos tenían la mirada puesta hacia fuera, mientras los indios revertían la mirada hacia dentro. Eran dos visiones y dos proyectos independentistas de país distintos y el sino de la historia favorecería a la criolla. La ruptura más brutal con los andes no acontece durante la Colonia sino con la República de criollos. Lo cual quedó grabado a fuego en las Constituciones del 1823 y 1827, que a la letra ponen el idioma castellano como lengua oficial del Perú, lo que equivalía a la marginación socio-cultural del indio en la república criolla. La República de Indios y la República de Españoles de la Colonia de los Habsburgo dejaron de existir.

El Perú nacía a la vida republicana de modo desgarrado y escindido por la racista visión criolla. No es casual que cuando en 1835 el proyecto de la Confederación Perú-Boliviana estaba a punto de plasmarse los criollos de Lima anunciaron la temida “conquista del Perú por el indio”, y derrotaron en la Batalla de Yungay (1839) al ejército de la Confederación del General Santa Cruz porque los criollos (Castilla) prefirieron unirse con Chile (Bulnes) para formar el Ejército Unido Restaurador. Este espíritu elitista criollo sería el germen de la llamada República Aristocrática (1895-1919), que apoyada en ideas positivistas preconizaba el progreso en una “república sin indios”. Este estado oligárquico sería desmantelado en 1968 por el General Velasco, justamente quien reivindicará a Túpac Amaru.
El ennoblecido criollo Baquíjano y Carrillo nació en 1751. Hijo de un acaudalado matrimonio, descendiente de conquistadores y fundadores de Lima. de Fue destinado por su familia a la carrera académica. Realizó sus estudios de latinidad en el Real Colegio de San Martín y luego ingresó al Seminario de Santo Toribio. Posteriormente optó grados de Bachiller en Cánones, y de Doctor en Leyes y Cánones en la Universidad de san Marcos a los trece precoces años. Recibido de abogado en la Real Audiencia en 1769, fue secretario del obispo electo del Cusco, participa en el IV Concilio Limense, asesor del Tribunal del Consulado y Cabildo de Lima, viaja a España, a solicitar alguna posición, pero por su afición a los juegos recibe la orden de abandonar la corte en 1776. En Lima obtuvo las cátedras sanmarquinas de Instituta en 1778 y de Vísperas de Leyes en 1780. En plena conmoción por la rebelión de Túpac Amaru en San Marcos, lideró un movimiento modernizador de la enseñanza que difunde el enciclopedismo y el concepto de la libertad de prensa. Miembro y fundador de la Sociedad de Amantes del País en 1790, colaborador del reducto ideológico criollo el Mercurio Peruano.
A Baquíjano se le recuerda especialmente por El Elogio a Jáuregui en la Universidad de San Marcos en 1781, discurso con el que le dio la bienvenida al virrey Agustín de Jáuregui de una manera atrevida y donde se destaca su moderada protesta criolla al sistema colonial, pues sabía que el cambio era necesario e ineludible y era mejor no exponer el régimen colonial al triunfo de otra insurrección indígena. De ahí que nunca apoyara la ruptura con Españoles.
En 1790, fundó, junto al padre Diego Cisneros y los miembros de la Sociedad Filarmónica, la Sociedad de Amantes del País, de la que fue presidente hasta 1793. Baquíjano escribió, bajo el nombre de Cefalio, diversos artículos históricos y económicos a través del periódico de la Sociedad, el Mercurio Peruano, esquivando prudentemente los temas políticos. En 1792, se le concedió la Orden de Carlos III y al año siguiente se traslada a España. En España, fue personero de la Universidad de San Marcos y el Cabildo ante la Corte. En 1799, al no poder regresar al Perú por la guerra de España con Gran Bretaña, se trasladó a Cádiz –donde un año antes ya había muerto en prisión el hijo de Túpac Amaru-, ciudad asediada por los británicos. En 1802, regresó al Perú y en 1806 el represivo virrey  Abascal lo nombró director de estudios de San Marcos y visitador del Convictorio de San Carlos. En 1807 es ascendido a Oidor y ese mismo año fallece soltero su hermano mayor, y hereda en 1809 sus bienes. Con dicha fortuna se dedica a la filantropía y protege algunas iglesias de Lima. El Consejo de Regencia en 1812 de España lo nombra Consejero de Estado y al año siguiente parte por tercera vez a España acompañado del joven marqués de Torre Tagle. En 1814 su casa de Madrid es centro de los americanos liberales. Lo protegen el peruano duque de San Carlos y el mexicano Manuel de Lardizábal, cuando caen estos personajes es objeto del castigo de Fernando VII, que lo confina en Sevilla. Allí fallece en 1817.

En una palabra, Baquíjano y Carrillo con justicia puede ser considerado como un prócer de la emancipación y de la independencia del Perú en su versión criolla. Versión que se vio favorecida porque los propios libertadores fueron criollos, de formación europea. El liderazgo de la independencia de América no cayó en manos indígenas y su redención en el Perú debería esperar otro largo lapso.
Lima, Salamanca 25 de enero del 2016

domingo, 24 de enero de 2016

TÚPAC AMARU Y SU CRITICISMO REVOLUCIONARIO ANDINO

TÚPAC AMARU Y SU CRITICISMO REVOLUCIONARIO NEOPLATÓNICO INDÍGENA
 Gustavo Flores Quelopana
Sociedad Peruana de Filosofía

Hay en la historia hombres decisivos para la humanidad y su nación, estimulantes tanto para la filosofía como para el pensamiento. Túpac Amaru II es uno de ellos. Se trata de un personaje único e irrepetible cuya acción dejó una huella indeleble. El pensamiento filosófico colonial no se restringe a figuras hispanas o criollas pues abarca también figuras indígenas que efectúan la simbiosis entre lo milenario precolombino y la caritas cristiana. En Túpac Amaru II quedó plasmado el espíritu de su tiempo, de su raza, un pensamiento guía, una visión de país, y un destino suprahistórico. Sólo a la filosofía le corresponde desentrañar la médula de su mensaje espiritual más profundo. Hay que tener presente que el núcleo esencial de toda gran filosofía no sólo es racional sino también metafísico existencial y que la grandeza humana es la actualización de lo eterno y universal que ha puesto Dios en nosotros. Cuando se tratan de cosas humanas se agudiza una verdad: no todo es aprehensible ni demostrable porque ese es el misterio de la condición humana.

La enorme novedad que rompe con los cánones establecidos dentro del pensamiento filosófico colonial es la figura de Túpac Amaru II, pues es el primer criollo indígena que destroza el reformismo colonial para adoptar una postura revolucionaria inédita y profunda. Este criollo con sangre real inca, al encabezar la mayor rebelión anticolonial hispanoamericana lo hace con una postura indigenista e independentista inusitada. Esto es, fue el primero en pedir la libertad de toda América de cualquier sujeción a España como de su monarca, implicando la separación política y la eliminación de todas las formas de explotación indígena (mita minera, reparto de mercancías, obrajes, de los corregimientos, alcabalas y aduanas). Además abolió la esclavitud negra por primera vez en América (16 de noviembre de 1780). Túpac Amaru II es el verdadero precursor de la independencia del Perú y fundador de la identidad nacional peruana.

Es decir, su clarividencia histórica lo hizo avanzar fue mucho más lejos del neoplatonismo providencialista del Inca Garcilaso, del neoplatonismo mesiánico de Guamán Poma, del sincretismo cosmogónico de Juan Santa Cruz Pachacuti, del misticismo salvífico de Antonio Ruíz de Montoya, de la defensa de la dignidad humana del indio de José de Acosta y del comunismo católico jesuita. Incluso su rebelión independentista profundiza y lleva a la práctica el movimiento contra el absolutismo europeo, el derecho de resistencia y la soberanía del pueblo de los jesuitas neoescolásticos renacentistas Mariana, Vitoria y Suárez. Pero siendo más auténtico y peruanista que los venideros mentores ilustrados de la Revolución francesa y la Revolución americana, en un genial acto intrahistórico de palingenesia cultural deja de protestar contra el mal gobierno de los corregidores, va más lejos que los criollos que simplemente se oponían al reformismo borbónico pero eran fieles a la corona, y radicalizándose asume el mesianismo incásico, se enlaza con el pasado milenario andino proclamándose Inca. El 4 de noviembre de 1780 se inicia la rebelión de José Gabriel Condorcanqui contra la dominación española, adoptando el nombre de Túpac Amaru II, en honor de su antepasado el último Inca de Vilcabamba. Se proclama "Inca, Señor de los Césares y Amazonas", y jura con el siguiente bando su coronación: "...Don José Primero, por la gracia de Dios, Inca Rey del Perú, Santa Fe, Quito, Chile, Buenos Aires y Continentes de los Mares del Sur, Duque de la Superlativa, Señor de los Césares y Amazonas con dominio en el Gran Paititi, Comisario Distribuidor de la Piedad Divina, etc...".

 Al asumir el título real de Inca no sólo buscaba la creación de un reino independiente de España, gobernado por una monarquía hereditaria incaica, a través de la creación de un ejército y una administración propias, introduciendo una tributación única a todos los súbditos, libertad de comercio y trabajo, sino que el apelativo de Inca implicaba atributos mesiánicos, era el redentor y restaurador del mundo, se le atribuían rasgos divinos. El Inca se comunicaría con el pueblo mediante un lenguaje simbólico mesiánico (instrumentos musicales tradicionales, en el uso de banderas, insignias y vestimentas incaicas), Justamente por presentarse como milagroso salvador de los indios la Iglesia lo excomulgó. De haber triunfado la rebelión independentista de Túpac Amaru lo más probable es que por razones políticas la ruptura con Roma hubiese sido inevitable, pero por razones religiosas se habría abierto camino un cristianismo sincrético andino en vez de regresionar hacia un redivivo paganismo.

Esto significa que el legado antiabsolutista  neoescolástico corría por sus venas robustecido por el ideario liberal de la Ilustración y el romanticismo por el pasado incásico. Pero esta singular mezcla en su espíritu entre escolasticismo, iluminismo y romanticismo precolombino posibilitado por su criollismo indigenista, no iba dirigido al establecimiento de una democracia liberal sino de un absolutismo autóctono incaico. Reactualiza la visión integralista del Perú del Inca Garcilaso fusionando en un nudo de raíces planetarias la razón social del indio, la razón técnica del europeo y la razón estética del negro. He aquí que reluce un neoplatonismo cristiano de ancestral estirpe, a saber, la primacía del ideal sobre lo real. El mundo debía de ser conformado según las leyes del divino creador. Un Pachacuti se impone en la restructuración del mundo. Pero Túpac Amaru no es un descreído ni un deísta volteriano, al contrario, conserva la acendrada fe indígena en Dios, pero su divinidad es cristiana, por ello su neoplatonismo revolucionario asume la fisonomía de un criticismo cristiano. La duda cartesiana no penetra en su ser, su preocupación principal es la revolución social plasmando el mensaje divino, no en vano es su mentor el sacerdote criollo Antonio López de Sosa y luego estudia en el Colegio San Francisco de Borja. Pero esta educación cristiana es asimilada de una forma particular. Asume un mesianismo andino cristianizado.

Este sincretismo se hace manifiesto en las órdenes impartidas a sus miles de huestes, que iban al campo de batalla sin miedo a morir, prometiéndoles la resurrección al quinto día. Al respecto, las palabras de Túpac Amaru II a su compañero de lucha, Bernardo Sucacagua, afirmando que las personas que murieran siéndole fieles tendrían su recompensa, sugieren que aquél se veía a sí mismo como redentor. El obispo del Cuzco afirmó que Túpac Amaru II, había persuadido a los indios de que los que muriesen en su servicio resucitarían al tercer día. Sahuaraura Tito Atauchi afirmó que los indios se arrojaban a pelear en las batallas sin temor y ciegamente, pero aún estando mal heridos no querían invocar el nombre de Jesús, ni confesarse. Ello se debería a que Túpac Amaru II les había dicho que el que no dijese Jesús resucitaría al tercer día, y los que lo invocaban, no. Igualmente se presentaba el modelo peruano, que preveía la resurrección al quinto día. El sistema de creencias indígenas aceptaba a Túpac Amaru como dios, redentor y liberador de los oprimidos, vale decir como una figura equivalente a la de Jesucristo. El Inca reforzaba esta creencia, al afirmar que los españoles habían impedido a los indígenas el acceso al dios verdadero, siendo él mismo quien designaría personas que les enseñaran la verdad.

Esto significa que la figura mesiánica del Inca en Túpac Amaru no representaba una simple restauración del pasado pagano -dos siglos de evangelización no habían transcurrido en vano y no serían echados al tacho colero-, sino que implicaba la asunción de un paradigma teológico Teocéntrico o cristológico normativo (Cristo ya no es el único y constitutivo salvador de todos los hombres, sino es tan sólo normativo, modelo o símbolo de salvación, en el que se comparan todas las demás religiones no cristianas). Aquí se sustituye la mediación universal cristológica por la mediación universal salvífica de Dios, lo que da lugar a un pluralismo religioso (a esta posición teológica se han plegado los católicos Jacques Dupuis, Troeltsch y Paul Tillich, Christianity and the encounter of the world religions, 1963).

En otras palabras, el mesianismo incaico de Túpac Amaru no representa necesariamente la asunción de una opción anticatólica o anticristiana, sino tan sólo un apartamiento respecto al: (1) paradigma Eclesiocéntrico o cristología exclusiva (la salvación sólo se da en la Iglesia y nunca fuera de ella, Extra Ecclesiam Nulla Salus); (2) paradigma Cristocéntrico inclusivo (todos se salvan, aunque no lo sepan, sólo por la mediación de Cristo y la voluntad salvífica universal de Dios, este Cristocentrismo inclusivo se puede subdividir en dos posturas más: la teoría del cumplimiento y la teoría de la presencia de Cristo en otras religiones); y (3) al paradigma del Teocentrismo o cristología no normativa (propone una revolución copernicana pasando de la perspectiva cristocéntrica a la teocéntrica, solamente Dios, no necesariamente como creador ni personal, engloba todas las religiones, por lo cual se abandona toda reivindicación del significado único de Cristo y del cristianismo). Ante esto el Magisterio eclesiástico defiende la idea de que las religiones no cristianas no ofrecen salvación a sus seguidores, sino tan sólo preparación hacia Cristo.

José Gabriel Condorcanqui o Túpac Amaru II encarna un mensaje filosófico inusitado con la más importante rebelión política, social y cultural anticolonial hispanoamericana del siglo dieciocho. Marqués de Oropesa, José Gabriel Túpac Amaru, natural de Surimana, Canas, Virreinato del Perú, nacido el 19 de marzo de 1738 y ejecutado en el  Cuzco el 18 de mayo de 1781, descendía de Túpac Amaru I (último Inca ejecutado por los españoles en el siglo XVI). Lideró la denominada «Gran rebelión» que se desarrolló abarcando dos virreinatos: el Virreinato del Río de la Plata y el Virreinato del Perú, pertenecientes al Reino de España, rebelión iniciada el 4 de noviembre de 1780 con la captura y ejecución del corregidor Antonio de Arriaga. Curaca adinerado que se dedicaba al comercio. De origen mestizo en el que confluía la sangre del Sapa Inca Túpac Amaru con la de los criollos. Habiendo sido criado hasta los 12 años por el sacerdote criollo Antonio López de Sosa y luego en el Colegio San Francisco de Borja, dominaba el quechua, el latín, leía con devoción al Inca Garcilaso, las Sagradas Escrituras, las Siete Partidas de Alfonso el Sabio, a Voltaire y Rousseau, mostró preferencia por lo criollo llegando a dominar el latín y a utilizar refinadas vestimentas hispanas, pero posteriormente se vistió como un noble inca, hizo uso activo de la lengua nativa quechua en su vida y proclamas.

En 1776 las Reformas borbónicas crean el virreinato del Río de la Plata, escindiendo del virreinato del Perú los territorios de la Real Audiencia de Charcas, que en aquel entonces atravesaba una importante ruta comercial terrestre, uniendo las ciudades de Cuzco, Arequipa, Puno, La Paz y Altiplano hasta Potosí. La separación implicó transferencia de beneficios económicos hacia Buenos Aires en detrimento de Lima. Este cambió afectó a Túpac Amaru. Por sus prósperas actividades económicas, Condorcanqui fue sometido por los españoles al pago de prebendas. Los arrieros que vivían en la región de la cuenca del Río de la Plata, presionaban para tener el monopolio del tránsito de mineral por el Alto Perú. Como curaca mediaba entre el corregidor y los indígenas a su cargo pero al verse afectado, como el resto de la población, por el establecimiento de aduanas y el alza de alcabalas, realizó reclamos en Tinta, Cusco, y luego en Lima, pidiendo también que los indígenas fueran liberados del trabajo obligatorio en las minas. Fue simplemente desoído. Se subleva y  su sensacional avance se extendió a tal punto que los indígenas sublevados en el llano de Casanare, en la región de Nueva Granada, lo reconocieron como rey de América. Movimientos posteriores invocaron su nombre para obtener el apoyo de los indígenas (Felipe Velasco Túpac Inca Yupanqui, quien pretendió levantarse en Huarochirí, Lima en 1783 y la Conspiración de los tres Antonios en la Capitanía General de Chile el 1 de enero de 1781), ante las noticias de los avances de Túpac Amaru II en el Virreinato del Perú. Simplemente la rebelión de Túpac Amaru II había marcado ya el inicio de la Etapa Emancipadora de la historia del Perú.

El 4 de noviembre de 1780 Túpac Amaru II dio el primer grito de libertad y difundió una proclama independentista, dando comienzo a la insurrección. El corregidor Antonio de Arriaga fue tomado prisionero y condenado a morir en el cadalso. Los rebeldes instalaron su cuartel general en Tungasuca. Micaela se convirtió en la principal consejera de Túpac Amaru II, participó en el juicio sumario contra Arriaga y asumió múltiples roles en el movimiento. Los indígenas tenían prohibida la tenencia de armas de fuego. Micaela fue la encargada del aprovisionamiento de las tropas, lo que incluía conseguir y distribuir dinero, alimentos, vestimentas y armas. Expedía los salvoconductos para facilitar el movimiento de quienes viajaban a través de amplios territorios. Estuvo a cargo de la retaguardia indígena, demostrando gran diligencia y capacidad, implementando medidas de seguridad y luchando contra el espionaje. Implementó un eficiente sistema de comunicaciones, organizando un servicio de chasquis a caballo que llevaban rápidamente información de un punto a otro del territorio rebelde.
Una verdadera legión de luchadoras andinas trabajaron junto a Micaela. Para ellas se trataba también de restablecer el rol de la mujer indígena con participación en la vida social y política, tradición que el sistema colonial intentó abolir convirtiéndolas en víctimas de todo tipo de abusos. Estas mujeres participaban también en la batalla, junto a sus hijos y maridos. También lo hacía Micaela, quien con su carácter enérgico infundía aliento a Túpac Amaru desde el mismo campo de batalla. Luego del triunfo de la batalla de Sangarará (18 de noviembre de 1780) fue constituida jefe interino de la rebelión. Túpac Amaru expide un mensaje a los pueblos del Perú, convocando a los criollos a unirse a la causa india: “Vivamos como hermanos y congregados en un solo cuerpo. Cuidemos de la protección y conservación de los españoles; criollos, mestizos, zambos e indios por ser todos compatriotas, como nacidos en estas tierras y de un mismo origen”. En marzo de 1781 el ejército de Túpac Amaru contaba con siete mil hombres y mujeres dispuestos a pelear hasta la muerte contra la corona española, quienes proclamaron a Túpac Amaru II como Emperador de América.

Tras ser capturado el 6 de abril de 1781, fue llevado al Cuzco encadenado y montado en una mula. Ingresó a la ciudad una semana después, "con semblante sereno" mientras las campanas de la Catedral repicaban celebrando su captura. Cuando el visitador  Areche, enviado por el rey Carlos III de España, le exigió el nombre de los cómplices Túpac Amaru II le contestó: "Solamente tú y yo somos culpables, tú por oprimir a mi pueblo, y yo por tratar de libertarlo de semejante tiranía. Ambos merecemos la muerte." El 18 de mayo de 1781, en acto público en la Plaza de Armas de Cuzco, se cumplió la ejecución de Túpac Amaru II, su familia y sus seguidores. Al pie del cadalso Túpac Amaru II fue obligado a presenciar la tortura y asesinato de sus aliados y amigos, su tío, sus dos hijos mayores y finalmente su esposa, en ese orden.
Después, al igual que hicieron con varios de sus lugartenientes, con su tío y su hijo mayor, le cortaron la lengua. Luego se intentó descuartizarlo vivo, atando cada una de sus extremidades a sendos. Un testigo describió los hechos: "No sé si porque los caballos no fuesen muy fuertes, o porque el indio [sic] en realidad fuese de hierro, no pudieron absolutamente dividirlo después que por un largo rato lo estuvieron tironeando, de modo que lo tenían en el aire, en un estado que parecía una araña." Al ser la acción infructuosa optaron por decapitarlo y despedazarlo. Su testa fue exhibida en una lanza en Cuzco y Tinta, sus brazos en Tungasuca y Carabaya, y sus piernas en Livitaca (actual Chumbivilcas) y en Santa Rosa (Melgar, Puno). De igual forma hicieron con su familia y seguidores. El hijo menor de Condorcanqui, Fernando, al ser un niño de 10 años, no fue ejecutado, mas se le obligó a presenciar el suplicio y muerte de toda su familia y a pasar por debajo de la horca de los ejecutados, para luego ser desterrado a África con órdenes de prisión perpetua. No obstante el navío zozobró y acabó en Cádiz, siendo encarcelado en las mazmorras de dicha ciudad. Sus condiciones de encarcelamiento serían tan penosas que apenas sobrevivió hasta los 27 años. Falleció en España en 1798. Tras la derrota de su movimiento las autoridades coloniales exterminaron la escasa clase indígena noble y extendieron la represión contra lo indígena.

Pero a pesar de la ejecución de Túpac Amaru II y de su familia, el gobierno virreinal no logró sofocar la rebelión, que continuó acaudillada por su primo Diego Cristóbal Túpac Amaru, al tiempo que se extendía por el Alto Perú y la región de Jujuy. Reprimida la sublevación tupamarista de 1780, se evidenció contra los criollos mala voluntad de parte de la Corona Española. Y así como sucedió con la ejecución y muerte de Atahualpa, la ejecución y muerte de Túpac Amaru revivió el mito de Inkarrí (imaginar el regreso de un Inca para enderezar el mundo injusto), como símbolo poderoso usado para unificar poblaciones indígenas divididas por la geografía y las fronteras étnicas. No faltaron muchos nobles incaicos que lo consideraron un "advenedizo fraudulento", más que un verdadero redentor, aunque él se reivindicara como descendiente del último inca. Considerado como un impostor por ser mestizo, no obtuvo el decisivo apoyo de los doce ayllus reales (o panacas) del Cuzco. Otro motivo que contribuyó a la derrota del movimiento fue que muchos caciques se vieron en la necesidad de defender todo aquello que les significaba riqueza, prestigio y poder alcanzado con los españoles. En su apoyo a Túpac Amaru los caciques y curas se mostraron ambivalentes como los criollos. El bajo clero de las parroquias provinciales le dio mayor apoyo por su condición de hablar quechua o aymara y tener mayor contacto cultural con los indígenas.


Finalmente, nos volvemos a preguntar por la importancia filosófica de Túpac Amaru. Y lo primero que nos asalta es algo de carácter universal, esto es, la liberación de la opresión no sólo tiene una dimensión transhistórica sino también histórica. La unión ontológica con Dios también implica luchar por el bien temporal. Sin darnos a nosotros mismos para dedicar la vida a los Otros no se puede escuchar la voz interior de Dios. O expresado más sencillamente: sin la lucha revolucionaria por cambiar el mundo por amor al prójimo en la perspectiva del Reino no hay verdadero amor a Dios. Esta es la dimensión universal de Túpac Amaru. Ahora bien, la lucha independentista de nuestro rebelde indígena congregando a los hombres de todas las razas oprimidas –incluso criollos- bajo la hegemonía de una andinidad renovada y con el objetivo de lograr un Buen Gobierno de estirpe incásica, implica no una visión secularizada de la vida sino reencantada con lo mítico, metafórico, simbólico y alegórico. Es una dirección poderosamente reactiva contra la médula misma de la modernidad y su regnum hominis. Su teocentrismo normativo implicaba una recia reactualización de la espiritualización del mundo. Su movimiento representa una restauración más rigurosa e intransigente del fundamento trascendente o divino del orden humano y natural. Representó un asalto a la razón en lo cognoscitivo, moral, religioso y político. Paradójico que la más contundente expresión por la recuperación de la nacionalidad y la independencia del Perú se exprese en pleno iluminismo por vías no iluministas sino providencialistas –el mito de Inkarrí lo testimonia-. El alma profundamente religiosa del indio peruano y su larga opresión sufrida contribuyó a rescatar el fundamento andino actualizado con el saber clásico-cristiano. Y esta quizá sea la dimensión más local de su gesta libertaria.

Lima, Salamanca 24 de enero del 2016