sábado, 15 de diciembre de 2012

CEREBROS DESCENTRADOS. Sobre la web y el hombre sin cultura

CEREBROS DESCENTRADOS
Sobre la Web y el hombre sin cultura
Gustavo Flores Quelopana
Miembro de la Sociedad Peruana de Filosofía

 

No hay muro más difícil que derribar que los muros invisibles del pensamiento. Actualmente el Muro de la Web ha tomado el lugar del Muro de Berlín. Hay que decirlo sin ambages, el hombre de nuestro tiempo está amenazado más terriblemente que por la catástrofe climática por la catástrofe del pensamiento. El cerebro descentrado se convierte en la verdadera amenaza y el verdadero símbolo de su libertad estragada.

Suponiendo que las maravillas de la ciencia y de la tecnología logren la energía de fusión y hagan innecesario la explotación de la contaminante energía fósil antes de la fatídica fecha del 2050, fecha en que según los expertos la temperatura del planeta subirá 4 mortíferos grados, eliminando de este modo dos tercios de la humanidad, digo pues, que aun evitando esta amenaza nos quedaría otra mucho peor y es la que consiste en la robotización de la humanidad gracias al avance imparable de la inteligencia artificial. El riesgo es que el cerebro descentrado nos avasalle por completo, lo que ya hoy es una realidad en los adictos del Internet, el Facebook, el Twitter y los blogs, con los siguientes síntomas sobre nuestra manera de pensar, sentir y actuar, a saber:

  • La mente se vuelve superficial
  • Se entumece la memoria
  • Debilita las estructuras cognitivas
  • Reduce la capacidad reflexiva
  • Exacerba lo útil, pragmático y lúdico
  • Disminuye la capacidad de concentración
  • Extingue el placer espiritual de leer y escribir
  • Empobrece la escritura con apócopes y jerga indescifrable
  • Apaga la capacidad de crítica
  • Aleja de la buena lectura
  • Crea adicción a lo superficial y lo novedoso (misoneísmo)
  • Antepone la inteligencia social sobre otras formas de inteligencia, sobre todo la teórica
  • Genera conformismo con el mundo
  • La realidad virtual insensibiliza ante la maldad, daña el sentido moral
  • Acostumbra a sustituir la realidad real por la realidad virtual
  • Aumenta la pasividad del espectador y hunde la voluntad
  • Empobrece las relaciones humanas reales
  • Genera solipsismo social
 
Esto ha hecho que surja el hombre sin cultura. El hombre creó la cultura pero ahora muere la cultura y adviene el  hombre sin cultura. Hay quienes creen que todo es cultura, hasta los desperdicios de la basura son tan culturales como una sinfonía de Beethoven o Mozart. Esta degradación del concepto de cultura ha venido de una tergiversación. Primero fueron los etnólogos y los antropólogos quienes luchando contra el etnocentrismo de occidente rompieron fuegos contra el no considerar como culturas a las civilizaciones ágrafas, luego vino Mijaíl Bajtin (La cultura popular en la Edad Media y el Renacimiento) defendiendo  de que la cultura popular no es incultura y por tanto derogó la distinción entre cultura, incultura y pseudo cultura. Todo este cambalache desembocó en que el hombre culto fue remplazado por el especialista, es decir por el enfoque unidimensional y bárbaro de la cultura.

De esta manera se ha vuelto en moneda corriente en que ahora se esté codo a codo con la presencia atosigante del hombre sin cultura, el hombre robotizado, que ya no piensa o piensa mínimamente gracias a sus prótesis tecnológicas. De las tres facultades del alma (sensibilidad, razón y voluntad) el hombre sin cultura  daña las tres. Su emoción se insensibiliza en el mundo virtual, ya no acepta el valor y vive desconectado. Su razón está informada pero es poco reflexiva. Su voluntad adormecida, es manipulable y sin dirección se abandona a las inercias del mercado. El hombre sin cultura es mero espectador, vive de pura imagen y sonido, no lee, escribe horrorosamente, mientras más banal mejor se siente, asume el mundo como un vasto teatro, donde asume un papel sin autenticidad, su vida es un mero show de entretenimiento. Igual que la información audiovisual él mismo se vuelve fugaz, transeúnte, intrascendente, ficticio, pasivo, receptivo, conservador, femenino, anómico, anético, fantasioso, evasivo, desmovilizado, incapaz de revoluciones o insurgencias, entretenido, eximido y reversible, su bostezo letárgico y sumiso apenas da para el grito disoluto del éxito lúdico y conformista.  

Si estas son las nefastas consecuencias sobre las facultades del alma, entonces es comprensible que digamos que hasta antes de la caída del Muro de Berlín el mundo vivía bajo la espada de Damocles del holocausto nuclear, en cambio ahora y tras tres décadas de neoliberalismo, cuyo producto más refinado es haber hecho más rico al 1% y más pobre al 99% de la población mundial, se vive bajo la amenaza del holocausto moral. Pero lo más significativo es que la tecnología de las comunicaciones bajo el consumismo frenético del sistema capitalista ha creado una aldea global interconectada por cuyos circuitos se extiende dicho mal, y este es el hecho novedoso, asociado al hombre sin cultura. Sí, por primera vez en la historia de la humanidad es el hombre sin cultura el protagonista de la vida, y lo es porque precisamente es el elemento indispensable de una vida vacía y sin sentido, orientada hacia el consumismo y la explotación del hombre sobre el hombre. En otras palabras, el holocausto moral está coligado y retroalimentado por el holocausto mental que se difunde como un virus letal por el Internet. De manera que si hay algo en el presente que amenaza más terriblemente la supervivencia del homo sapiens, ese algo es la web dentro del contexto institucional del capitalismo.

En este sentido, las nuevas tecnologías de la comunicación están resultando ser una de las más eficaces tecnologías de la destrucción masiva del pensamiento, son en realidad generadoras de cerebros descentrados, de la delicuescencia mental y del surgimiento de una nueva ley objetiva en el proceso social: ordenadores más inteligentes son inversamente proporcionales a cerebros más menguados. Los sueños de la razón nos asaltan nuevamente convirtiéndose en verdaderos monstruos. Sin embargo, esto sucede así –como veremos– por razones institucionales más que por razones de índole científica-tecnológica. Dicho de otra manera, porque el capitalismo a través de su hegemonía del precio sobre el valor y el consumismo exasperante está prolongando la era paleotécnica de nuestra civilización técnica, es una traba para el avance de la era neotécnica y un obstáculo para la extensión de sus beneficios hacia toda la comunidad.

Ya McLuhan, el visionario de la sociedad de la información que acuñó el término de aldea global,  en 1962 a través de su afamado libro La galaxia de Gutenberg nos había advertido que los medios electrónicos de comunicación modifican profundamente nuestra manera de pensar y actuar. Claro, como hombre de su tiempo creyó que la galaxia de Gutenberg concluía con la galaxia de Marconi, representada por la radio y televisión principalmente, calificado por él como medio caliente por su alta definición, mayor información y menos participación. Además pensaba que en la civilización la cultura de la escritura competiría con la cultura electrónica. Jamás se imaginó que la revolución tecnológica produciría en las comunicaciones la fusión de lo que él clasificaba como medios calientes y medios fríos (baja definición, menos información y más participación, por ejemplo el telégrafo y teléfono). Ahora desde cualquier ordenador se puede contar con una alta definición y mayor información (medios calientes) y a la vez con una mayor participación (medios fríos). Es decir, lo que la cultura electrónica ha logrado es la mayor participación del hombre-usuario. Pero como vivimos bajo una sociedad altamente competitiva ésta participación se distorsiona en pos de lograr lo cuantitativo en vez de poner énfasis en lo cualitativo. De modo que el daño más severo lo sufre la vida cultural.

Entonces, si el factor de “participación”, tan caro en las sociedades democráticas capitalistas, ha aumentado con la nueva cultura electrónica no deberíamos estar escribiendo cosas majaderas contra el Internet. Pero aquí cabe hacer una precisión. Si el capitalismo hizo más amplia la libertad humana al mismo tiempo la volvió más vacía e irracional. Por lo demás la mentalidad liberal abriga el prejuicio de identificar el capitalismo con la libertad, alimentando un mito identificatorio. Pero esto equivale a olvidar que la modernidad es en realidad la confluencia, y muchas veces el corrido paralelo de tres ríos, a saber, el humanitarismo, hijo de la caridad cristiana; el capitalismo, hijo de la economía dineraria de los mercaderes burgueses de la alta Edad Media; y la mentalidad científico-técnica, que fue una “mutación metodológica y metafísica” respecto de la ciencia medieval. En otras palabras, la libertad en la modernidad avanza cabalgando sobre el ideario de la caridad cristiana y no precisamente sobre los hombros del capitalismo. Por lo demás, la propia literatura inglesa con Charles Dickens ilustra lo descomunalmente antihumano que era el capitalismo paleotécnico, basada en el hierro y en el carbón, antes de asimilar los derechos sociales y laborales bajo presión de la competencia ideológica con el socialismo.

 Ahora bien, lo que se constata es que la cultura electrónica en la sociedad competitiva va consolidando una cultura de la imagen robustecida por el mercado supuestamente libre que sustituye a la escritura y a la lectura, el sonido ya no se distingue de la bulla y el ruido, reina la confusión y prosigue sin cesar el carnaval de embelecos frívolos. Y esta zarabanda superficial de entretenimiento tiene sus apologetas. Así, el escritor mexicano Jorge Volpi defiende a capa y espada el libro electrónico con el argumento de que su predominio representaría la mayor expansión democrática de la cultura, todo lo cual haría desaparecer los libros físicos, librerías, bibliotecas, editores, correctores y distribuidores. A esto ya otros han respondido a Volpi señalando la fragilidad del soporte electrónico, su menor durabilidad y la mayor belleza del libro físico. Pero hay algo más substancial todavía. Y es que libro electrónico podrá ser más entretenido e incluso animado, pero tocar, oler, pesar, anotar, volver las páginas, consultarlo y contemplarlo en el estante de la biblioteca es una experiencia estética y creativa que las tabletas electrónicas no pueden ofrecer. En otras palabras, el desarrollo del libro electrónico responde a la aceleración artificial de la vida bajo el sistema capitalista. Por eso no llama la atención que hasta profesores universitarios de filosofía atrapados en la lógica capitalista de convertir al “cambio” en algo permanente corran desesperados por la última novedad libresca para sentirse a la moda repitiendo los sofismas últimos. El misoneísmo intelectual es también signo evidente de cretinismo en la cultura.

Es evidente que a este cretinismo cultural han contribuido ilustres figuras intelectuales. Yo llamaría “genios descarriados” a figuras de una charlatanería taladrante que han hecho gala de desatino intelectual y tiniebla expresiva para justificar lo injustificable, esto es, dificultan la comprensión del mundo real con la mentira de que el mundo real no existe. Sus variantes son amplias, estructuralistas, postestructuralistas y posmodernistas comulgan la misma hostia subjetivizante y disolvente del relativismo presente. Bataille empezó la orgía sofística destacando lo sagrado en lo disoluto, lo obsceno y la muerte; Foucault subyugado por la ética del deseo y el rescate de la muerte de Bataille proclama la muerte del hombre, pero con un subjetivismo tímido que sostiene que el hombre no existe pero al menos está allí; Barthes no se dio con satisfecho con la muerte del hombre proclamada por Foucault y declaró que sólo existe el estilo; a Derrida no le bastó lo del estilo barthesiano y dijo que sólo existen los textos literarios o los discursos; a Baudrillard ni los discursos ni los textos literarios le satisfacen y  pregonó que la realidad virtual está por encima de la realidad real; los italianos que no se quedan atrás en este nihilismo disolvente se pronunciaron a través de Vattimo y su filosofía de la liquidación total y ontología hermenéutica que diluye los hechos en eventos y proclama la desvalorización de los valores supremos; el pragmatismo hermenéutico norteamericano también se hace presente a través de la filosofía antirepresentacionalista de Rorty, según el cual no hay verdades hay creencias.

Otras miradas estrictamente académicas, es decir sin vincularlo con lo sociopolítico y económico, también han denunciado el uso falaz de la ciencia y la filosofía que vuelve vacía la literatura y la historia. Ahí tenemos  a Revel y su libro El por qué de los filósofos (1957), a Gertrudis Himmelfarb y su ataque feroz al desconstruccionismo en  Mirando el abismo (1994) y a Alan Sokal y Jean Bricmont que arremeten incluso contra Irigaray, Lacan, Kristeva, entre otros, en Imposturas intelectuales (1998). Todo esto nos rememora lo escrito por René Dubos en Los sueños de la razón (1961) cuando subrayaba que el reto actual de la ciencia es de índole moral, porque a ella le son inherentes las preocupaciones humanas, pero lamentablemente en nuestra era de consumación de las utopías científicas la ciencia sometida al poder se ha destacado como instrumento de conquista económica en vez de técnica para comprender el universo, lo cual traiciona lo desinteresado de la ciencia y fortalece sus distorsiones impuestas por el sistema. Sobre esto no cabe duda que la ciencia no debe identificarse con el poder y la tecnología y los científicos deberían recordar que no sólo de pan vive el hombre.
 
Por ello no cabe duda que el destino disolvente del capitalismo también involucra el extravío humano de la ciencia y la errancia de la filosofía de su destino metafísico. Toda esta marejada de la filosofía podemos llamarla la del “crepúsculo de la verdad”, y no porque no existan elementos valiosos en ellas, porque los hay, sino porque sus líneas esenciales fortalecen el extravío humano en la absolutización de su inmanencia y la negación de la verdad. Este es el fondo  filosófico sobre el que ha ido avanzando la liquidación de la cultura y el prestigio de la especialización. Pero todo esto es olvidar que mientras la cultura humaniza, la ciencia sólo instruye. La expresión más sólida y formadora de la cultura son las artes y las letras, porque mientras éstas se construyen sobre su pasado, no prima la especialización ni el progreso de conocimientos, en cambio en la ciencia y la técnica prima el progreso de conocimientos sobre la base de la negación de su pasado y el avance de la especialización. Las artes y las ciencias responden mejor a la estructura permanente de la condición humana, dan sentido a la vida e ilumina sus misterios sin negarlos, en cambio el conocimiento especializado de la ciencia y técnica es sólo informador y operativo, puesto al servicio de las necesidades humanas a través del dominio de la materia.

No hay duda que si el capitalismo no llega a arrastrar a la civilización presente hacia la catástrofe y somos capaces de reemplazarlo por otro sistema, entonces al madurar la vida social, por efecto de pasar de una economía de la adquisición hacia una economía de la vida, el papel de la ciencia de la técnica disminuirá y las artes y las letras volverán a recuperar su sitial educativo y formador que tiene destinado. En este sentido, y sin hesitar, se puede sostener que bajo la nueva etapa del capitalismo actual la cultura se deshumaniza porque acorde con una economía que supedita el valor al precio,  el ser al tener, no busca formar espiritualmente al hombre sino crearle demandas y necesidades artificiales sin cesar y en una vorágine infernal que al final lo convierte en cosa, lo cosifica. El hombre del capitalismo hiperimperialista actual no está simplemente alienado, está cosificado, porque su protesta carece de profundidad ideológica y más se asemeja a un bostezo aburrido de alguien que quiere conservar su estilo consumista de vida californiana. Es propio del hombre cosificado tener un cerebro descentrado, muy acorde al hombre sin cultura que es.

Es por eso que el libro de Nicholas Carr, Superficiales: Qué está haciendo el Internet con nuestras mentes (2011), es revelador porque revela los estragos que ocasiona al intelecto la adicción a la pantalla del ordenador. Lo cual permite comprender cabalmente el atroz mariposeo de toda una generación de millones de graduados universitarios que han perdido el hábito de la lectura, todo lo serio y profundo les causa repulsa, su escritura atropella todas las reglas de la gramática y se sienten atraídos, como la luciérnaga a la luz, solamente por lo frívolo y superficial. Lo que Carr, un graduado en literatura, no advierte es el oculto e invisible vínculo que existe entre esta deformación de la cultura electronal con el sistema capitalista. De manera que la cultura electrónica que va sustituyendo a la cultura escrita lejos de favorecer la expansión de la cultura democrática, como piensa Volpi, hace que las tabletas electrónicas la minen, porque no sólo aísla más al individuo de la realidad real, sino porque este medio bajo la égida de la economía capitalista de mercado favorece la frivolización de la cultura hasta límites de sustituirla por el entretenimiento. La cultura ha quedado normalizada como un tornillo más del deshumanizante sistema económico, y el intelectual orgánico que le corresponde goza en medio del conformismo y el alto consumo. Entonces, por primera vez insurge de manera hegemónica en las sociedades democráticas el hombre sin cultura.

Hay algo que amenaza la supervivencia del hombre como homo sapiens sapiens, y ese algo no es precisamente la civilización del entretenimiento –como piensa Mario Vargas Llosa–, ni la cultura electronal por sí misma, las cuales son una consecuencia pero no el origen del problema, sino que la raíz está en el capitalismo global, que en su última etapa hiperimperialista (etapa de la soberanía de las megacorporaciones transnacionales privadas) no hace más que exacerbar su propia esencia en todos los ámbitos de la vida humana, esto es, la búsqueda del beneficio a cualquier costo, incluso bajo la muerte de la cultura. Porque no sólo hoy vemos la muerte de la cultura, sino que, al no castigar a los responsables del fraude inmobiliario financiero del 2008, que provocó la crisis que hasta ahora dura y cuyos coletazos causan devastación y pone de rodillas a la Unión Europea, con ello prácticamente se extendió la partida de defunción de la ética. La impunidad de los banqueros y financistas, que generan la descomunal riqueza especulativa del capitalismo actual, es el símbolo más claro de la derrota no sólo del pensamiento humano sino también de sus valores.

Y no podría ser de otro modo porque los valores se descubren por la inteligencia y se sienten por los sentimientos, pero se practican por la voluntad, es decir, los valores sólo son realidad cuando se forma el hábito de la ejecución constante del bien, es decir, de la virtud. Sin virtudes no hay valores, pero en la sociedad donde prima el precio sobre el valor, y cuando por razones lucrativas la estructura del precio se desliga constantemente de la economía de excedentes, entonces lo que tenemos es una  economía basada en la especulación y en la creación artificial de necesidades. Es decir, no está puesta al servicio del hombre sino de la riqueza por la riqueza, y ello sólo tiene un nombre, a saber, el vicio, o sea la práctica constante del mal. Este círculo vicioso social no puede generar personas virtuosas sino personas viciosas, porque aun cuando se esfuercen en practicar valores y ser virtuosos en lo privado, la práctica constante del vicio en lo público no tarda en filtrarse por los amplios poros de lo privado. Se trata de una sociedad psicopática que vive con falsos valores que destruyen y dividen desde lo más profundo la personalidad del hombre. Por ello, no sólo la cultura está muerta sino también la ética, y es por eso que el hombre sin cultura de hoy, que necesita el mercado supuestamente libre, es el triunfo anodino del hombre anético, con códigos morales vaciados de contenido ético.
 
Si la cultura está distorsionada desde su base es porque la lógica del capital la ha invadido y subordinado, por consiguiente, no se puede pensar en la recuperación de la vida cultural sin sanear todo el organismo social de la frenética y deshumanizante economía del beneficio y de la adquisición. El capitalismo crea una cultura a su medida, frívola y banal, porque ella misma vive bajo la dicotomía irracional de una economía de excedentes que no se adapta al lucrativo sistema de precios. El capitalismo deshumaniza porque esencialmente no busca satisfacer necesidades sino crear demanda sin fin. El capitalismo teme a la cultura seria y profunda porque ella ataca la esencia misma de la incentivación artificial del consumo, y por ello el capitalismo necesita prosperar promoviendo la muerte de la cultura seria y su remplazo por la cultura superficial o del entretenimiento.

El primero en hacer sonar la alarma sobre la decadencia de la cultura fue el célebre poeta T. S. Eliot con su ensayo publicado en 1948, Notas hacia la definición de la cultura. Allí defiende la idea que la alta cultura es patrimonio de una élite que no se identifica con la clase privilegiada y que cultura y religión son inseparables. En 1963 Debord escribe La sociedad del espectáculo, para denunciar desde bases marxistas que la muerte de la cultura es resultado de su banalización por la alienación capitalista y la cosificante obsesión consumista, lo cual vuelve al hombre en consumidor de ilusiones vacías. En 1971 George Steiner le responde a Eliot en su ensayo En el castillo de Barba azul, destacando que la cultura laica y secularizada acabó con la cultura, declaró la muerte de Dios, abrió las puertas del infierno y precipitó la era de la poscultura pesimista, antihumanista, nihilista y defensora de la cultura de la imagen.

En el 2010 los filósofos Gilles Lipovetsky y Jean Serroy publican La culturamundo. Respuesta a una sociedad desorientada, donde notifican la entronización en la cultura global de una cultura-mundo o de masas con predominio de la imagen, el sonido y las redes sociales, que lo vuelve servil al mercado y al consumo. El sociólogo Fréderic Martel en 2010 publica Cultura mainstream o de la corriente principal, donde se exhibe que la cultura del hombre masa es la del entretenimiento, los videojuegos, películas, música rock, pop  o rap, pero cuyo único objetivo es  servir de pasatiempo popular. Esto es, el mercado, el éxito comercial y la producción industrial dictaminan que la diversión debe conformar la cultura del hombre masa.
 
El nobel de literatura Mario Vargas Llosa, a quien leo con fruición en sus sugestivos y artísticos ensayos aunque no comulgue con su dogma liberal, dio a la luz en el 2012 La civilización del espectáculo. Allí en realidad se enfrenta con el mexicano Octavio Paz, quien afirmó que es el mercado capitalista el responsable de la bancarrota cultural de la sociedad actual. El novelista peruano le responde en realidad de una manera bastante ambigua. Pues, primero admite que el capitalismo conduce a la degradación de la cultura y a la civilización del espectáculo porque se basa en la confusión total entre precio y valor (p. 146). Y luego asevera que no es el mercado capitalista el responsable de la bancarrota de la cultura, sino, otros tres factores: la democratización de la cultura, la desaparición de las élites y el desplome de la religión (p. 147-148). Cuando en  la Reflexión Final se pregunta porqué la cultura se banaliza, responde tautológicamente diciendo: porque está en función no de las ideas, sino de la diversión. Es decir, nuestro ilustre novelista no va al meollo del problema, sino, a sus consecuencias.

En su esfuerzo por eximir al capitalismo de toda culpa queda el novelista atrapado en un sofisma: la cultura se degrada bajo el capitalismo, pero éste no es el responsable. La culpa es del desplome de la religión, la desaparición de las élites y la democratización de la cultura. Pero dónde está la raíz de todo este descalabro, no responde. Más aun, sus enredos prosiguen cuando admitiendo que sin religión no hay cultura democrática, tiene que defender desordenadamente el laicismo y la secularización -señaladas ya por Steiner como responsables de la debacle cultural- para arribar a la conclusión que sin Estado laico no hay democracia.

Es decir, exculpa al capitalismo, al mercado libre, al laicismo y al secularismo del deterioro cultural, y entonces cuál es la raíz de todo ello. Amén que deja sin explicar otra contradicción sobre cómo admitiendo que la religión persiste y se extiende, sin embargo está en declive. Gran dilema es admitir, para un agnóstico como él, que por falta de religión muere la cultura, cuando antes aceptó que ésta está vivita y coleando, pues consiente que la religión es indispensable para las masas y su comportamiento moral, es una ilusión útil, y cuando esta ilusión se debilita entonces la cultura se banaliza. Él considera que la religión es una superstición necesaria para el funcionamiento ético de la sociedad, es decir, no la cree verdadera, sino tan sólo útil.

No me imagino si con semejante cinismo pragmático se puede apuntalar verdaderamente un discurso cultural. Vargas Llosa es literato y un pensador provocador, no es un filósofo, al cual sí hay que exigirle ir a la raíz. Por  consiguiente, no seamos sobre exigentes con el planteamiento de un  novelista,  que sustituyó su fe religiosa por la fe en el capitalismo, que después de todo revela una ideológica defensa de un sistema que ahora busca echar mano de la religión para salvarse. Pero su cruzada es una causa perdida, porque revela no comprender la esencia ni del capitalismo (“libre y democrático”) ni de la religión (“ficción útil”) ni de la cultura (“elitista y objeto de consumo”).

Con tales presupuestos no se pueden alcanzar explicaciones a la profunda crisis cultural del presente ni al predominio del hombre sin cultura de hoy. Su mérito es haber insistido como Debord en el carácter de espectáculo, pero ya no solamente de una cultura sino de toda una civilización, en haber destacado como Eliot el fundamento religioso indispensable para la vitalidad cultural, haber subrayado como Martel su esencia frívola y de pasatiempo, y haber destacado como Lipovetsky y Serroy que se trata de un predominio de la imagen, del sonido y de las redes sociales. De quien más distancia toma es respecto a George Steiner, quien responsabilizó a la cultura laica y secularizada de acabar con la cultura, declarar la muerte de Dios, abrir las puertas del infierno y precipitar la era de la poscultura pesimista, antihumanista, nihilista y defensora de la cultura de la imagen.

En este debate fue Octavio Paz el que vio profundamente, que es el mercado capitalista el responsable de la bancarrota cultural de la sociedad actual. Y aun cuando  no insistiera en la esencia misma del capitalismo, como lo hemos hecho en este ensayo, no obstante tuvo el mérito de señalar con claridad meridiana el        origen del mal. Hay quienes tiemblan y creen que esto equivale a botar al bebé y a la bañera juntos, a regresionar al comunismo marxista, a la abolición de la democracia, de los  derechos humanos, de las libertades civiles y políticas, a la intolerancia religiosa, pero todo esto no es sino falta de imaginación y vivir enconchabados dentro de la lógica de la racionalidad instrumental del capitalismo. Pero lo cierto es que el capitalismo va y debe morir, y nosotros debemos contribuir a sus exequias ante que nos arrastre su vorágine destructora, y esto no lo sentencia una lógica ideológica determinada, ni prejuicios dogmáticos del jurásico político, sino que el propio desarrollo de la ciencia y tecnología empujan hacia un colectivismo de nuevo cuño.

La máquina es esencialmente comunista, porque su esencia funcionalista no hace distingo de clases y tiende al beneficio del mayor número. El comunismo se impondrá (siempre y cuando no nos extermine antes el cambio climático, el terrorismo nuclear o la idiotización telemática) no por designio ideológico o una nueva guerra mundial, sino por la misma fuerza de los cambios históricos y culturales. Si antes no acontece un desastre el comunismo advendrá por necesidad culturológica y no por imperativo político. Será el nuevo clima espiritual de una nueva era. Pero aun cuando se haga posible el paso del reino de la necesidad al reino de la libertad, esto no significará la completa felicidad de la especie, porque así de oscura es la condición humana, y lo cual le da una dimensión más profunda al momento escatológico del apocalipsis.

Esto no significa que la técnica no contenga posibilidades perversas y ominosas que lleven a la barbarie cultural, ya lo estamos viendo con los cerebros descentrados del hombre sin cultura atrapado por las redes sociales y la web. Sería un error craso buscar solamente en la técnica una solución a todos los problemas que plantea, pero también seria un error descomunal no ver que actualmente son razones de orden político y financiero de los monopolios imperialistas los que están a la cabeza del desastre cultural y del impedimento a socializar los beneficios de la era neotécnica. En otras palabras, las posibilidades perversas de la técnica pueden ser desencadenadas o neutralizadas por razones de orden institucional o político, como actualmente sucede con la economía dineraria del capitalismo que exacerba la incultura y la diversión a ultranza.

Lima, Salamanca 15 de diciembre 2012

miércoles, 12 de diciembre de 2012

POSITIVISMO DE BUNGE

EL POSITIVISMO DE BUNGE
Gustavo Flores Quelopana
Miembro de la Sociedad Peruana de Filosofía

 

En cierta ocasión Mario Bunge tildó de “ignorantes” a quienes lo calificaban de pensador “positivista”. Lamento admitirlo pero creo estar en este flamante grupo tan peyorativamente condecorado por él. Recientemente en Lima, y mostrando que en América Latina hay un enorme interés por la filosofía, a pesar de que sus obcecados políticos neoliberales hacen sus mejores esfuerzos por eliminarla de las currículas escolares, se ha abierto una ácida polémica, más específicamente en el blog del cenáculo de Filosofía y Ciencia “La Serpiente de Oro”, que lo dirige nuestro caifásico amigo Enrique Álvarez Vita, el entrañable Kiko, en torno a la recurrente cuestión de si es pertinente calificar de “positivista” la posición del reputado filósofo argentino Mario Bunge, quien ostenta dieciséis doctorados honoris causa y una ingente obra escrita. La contienda se ha dividido en dos bloques: uno que lo afirma en solitario, el pensador de lo andino pero con talante anglosajón, Luis Enrique Alvizuri; y otro que lo niega, encabezado por dos apreciados profesores sanmarquinos, epistemólogos ellos, Carlos Alvarado y Raymundo Casas, y secundados por el ilustrado politólogo Ricardo Segura.

La polémica reviste importancia porque, al margen de las anecdóticas y carentes de importancia puyas e ironías, se relaciona profundamente con lo que llamaría”la mala conciencia del positivismo” en la presente hora de calentamiento global. Actualmente no es un secreto para nadie que la utopía científica de Bacon enfrenta su más evidente fracaso en la miseria ecológica que le toca enfrentar. Se puede pensar que todo esto es una equivocada percepción del problema, porque la ciencia y tecnología hace ya posible el desarrollo sustentable, y por lo tanto la culpa no es de la ciencia, sino de las instituciones políticas implicadas –especialmente el capitalismo- en su aplicación en gran escala. Sin embargo, la verdad es que por nuestro bien desearíamos que esto último fuese cierto, pero no lo es. La cruda realidad es que en el presente las energías alternativas, como la solar, la eólica y la biomasa, no tienen la capacidad para sustituir la contaminante energía fósil que genera los 320 billones de kilovatios hora para producir los 58 trillones de dólares del PBI mundial. La energía de fusión de hidrógeno, el sueño salvador de la humanidad al borde del abismo, sigue siendo un sueño y los expertos opinan que faltan por lo menos tres décadas como mínimo para lograrlo. Mientras tanto las emisiones de CO2 siguen sin disminuir, los glaciales retroceden vertiginosamente, el cielo, el agua de los mares y de los ríos junto con las tierras de cultivo se llenan de agentes contaminantes y las Naciones Unidas advierten que para el 2025 el 70 por ciento de la población mundial será urbana y se desatará una verdadera catástrofe por el recurso hídrico, alimenticio y energético, amén que advierte que al ritmo de contaminación en que estamos embarcados para el 2050 la temperatura del planeta subirá 4 grados y las tres cuartas de la población de la tierra morirá.

Como vemos la discusión en torno al positivismo, ya sea de Bunge o no, tiene una repercusión inusitada porque en buena cuenta el positivismo siempre predicó la idea de que el método experimental es el meollo de la ciencia y ésta es el nuevo credo de nuestro tiempo. Como se conoce, la idea de que el mundo modela la mente dio origen al empirismo y al positivismo, una creía que los métodos de la ciencia podían rebasar los límites de lo sensible (Bacon, Gilbert, Berkeley, Locke)  y el otro desconfiaba de cualquier avance más allá de lo observable (Hume, positivismo lógico, Mach, Círculo de Viena, pragmatismo). No obstante el problema de la inducción y de la indeterminación de las teorías evidenció las arenas movedizas del realismo científico. Y Mario Bunge se califica así mismo como un realista científico. Para él la ciencia es falibilista (el conocimiento del mundo es provisional e incierto), pero la realidad existe y es objetiva. Además se presenta como un materialista emergentista.

En realidad la frontera entre el empirismo y el positivismo es bastante tenue, tanto así que en muchos aspectos y en determinados problemas comparten posiciones comunes. Por ejemplo, Bunge al criticar el método fenomenológico y a la filosofía existencialista lo hace basado en su preferencia expresa en el método experimental. "El método científico, aplicado a la comprobación de afirmaciones informativas, se reduce al método experimental" (Bunge, 1977, p. 52). No en vano es fundador de la Sociedad para la Filosofía Exacta, que intenta emplear únicamente conceptos exactos, definidos mediante la lógica o la matemática a fin de evitar la ambigüedad y la imprecisión características, según él, de la fenomenología y el postmodernismo.

Interesado máximamente por la lógica de la ciencia y los problemas del conocimiento científico, ha buscado edificar una filosofía científica (más precisamente, una metafísica realista) que tuviera en cuenta tanto el conocimiento de la ciencia y su método, el cual concibe como un proceso que no está sólo supeditado ni a la experiencia ni a la teoría. De ahí que hable de la miopía del positivismo: "Piénsese, por ejemplo, en una filosofía oscurantista tal como el existencialismo, enemigo de la ciencia lógica y de la ciencia... O tómese la fenomenología y la filosofía lingüística de Oxford. Oscura la primera y trivial la segunda pero igualmente desinteresadas de la ciencia y carentes del equipo lógico y metodológico necesario para analizarla: está claro que estas filosofías al ser ignorantes de la ciencia empirista, tal como el positivismo, promoverán la recolección de datos y el entusiasmo por la exactitud, facilitando así el nacimiento de la ciencia" (Bunge, 1972, Teoría y realidad. Barcelona: Ariel, p. 284).

Por su cientificismo Bunge ha sido acusado numerosas veces de positivista, y quizá uno de los factores que más contribuyó a ello es su vigoroso ataque al psicoanálisis. En el cual ha salido a relucir su naturalismo, hostilidad a toda construcción y deducción, y la reducción de la filosofía a los resultados de la ciencia. Para él los psicoanalistas transgreden el método científico porque se apoyan en hipótesis irrefutables. Por eso se trata de una pseudociencia que no pone a prueba sus ideas, carece de control empírico o no la pone a prueba por medio de datos empíricos. Sus hipótesis están formuladas de tal modo que no puede haber datos que las pongan en entredicho. Es decir, dice, no hay ningún dato imaginable que pueda refutar estas hipótesis psicoanalíticas. Ahora bien, si a esto no se le puede llamar positivismo entonces cómo llamarlo. El positivismo se opone a la metafísica e intenta seguir los métodos de las ciencias naturales y aplicarlos a las ciencias humanas. Pues esto es exactamente lo que hace Mario Bunge.

En suma, el positivismo se caracterizaría por la selección arbitraria de la experiencia o la negación sistemática de ciertos aspectos de la experiencia que no se atienen al método científico. En realidad el positivismo es una actitud que matiza la mayor parte de las tendencias filosóficas desde el siglo XIX hasta el presente, y por eso, lejos de ser una mala palabra, es síntoma de una civilización sumisa ante el conocimiento científico. Sumisión que nos está pasando la factura con el calentamiento global y la alarma de catástrofe ecológica, y que hace que la amenaza de un apocalipsis deje de pertenecer únicamente a la lógica del cine.
                                                 
Cuando en una entrevista el profesor de la Universidad Inca Garcilaso de la Vega, Lucas Lavado, le interroga a Mario Bunge sobre si es positivista ésta responde de una manera bastante alambicada lo siguiente:

“Eso es simplemente ignorancia. Un filósofo y sociólogo idealista, George Simmel, eso lo escribí en alguna parte, que es seguidor de la hermenéutica filosófica. Uno de los trabajos principales de Simmel se titula De la importancia del número en sociología y tiene un estudio de las parejas de duplas y las triplas. Se fija en cuál es el rol de una tercera persona que viene a incorporarse a la dupla anterior. Por ejemplo, nace un chico, el chico es fuente de conflicto por un lado y por el otro, es un nuevo lazo de unión entre los esposos. Tienen un interés común pero también puede ser fuente de conflicto y sobre todo, a medida de que el chico crece, si ve algún conflicto o alguna rivalidad entre los esposos, entonces explota, el tercero explota. Lo mismo pasa con amigos si se agrega un tercero. Las tríadas son inestables cuando son de gente que tiene el mismo poder. La única manera de que una tríada pueda ser estable es cuando uno de los tres tiene un poder muy superior o bien muy inferior al poder de los otros dos. Si es muy superior, reconocen el poder, hay obediencia y si es muy inferior, entonces esa persona es una especie de esclavo del superior. Bueno, Simmel era idealista. Tiene toda una concepción muy subjetivista de la historia. Era antipositivista y, sin embargo, era un hombre inteligente, no como esos que no saben lo que es positivismo. No es lo mismo una familia con hijos que una familia sin hijos; no es lo mismo una familia nuclear que una familia extendida; no es lo mismo una familia con hijos y una familia con muchos hijos. Son moldes diferentes”.

El atrabiliario humor del ahora nonagenario filósofo de la ciencia es bastante conocido, y no deja de sentirse incómodo con la pregunta. La verdad es que, como lo admite Ferrater Mora, no es posible una concepción unívoca del positivismo sin referirla a la situación histórica de la cual ha emergido. En este sentido resulta de gran ayuda tener en cuenta que en el positivismo desde Comte (1850) se pueden distinguir seis grandes orientaciones positivistas:

(1) el positivismo clásico, de Compte y Mill;
(2) el positivismo fisicalista, vinculado con el empirismo inglés, especialmente de Hume, que proliferó en los últimos años del siglo XIX, o sea el empiriocriticismo, sensacionismo, positivismo idealista de Vaihinger, neocriticismo y neokantismo;
(3) el neopositivismo o positivismo lógico, integrado por el Círculo de Viena, convencionalismo, operacionalismo, como esfuerzo por unir la sumisión a lo puramente empírico con los recursos de la lógica formal simbólica;
(4) el positivismo historicista, que se inicia con la demoledora crítica de Popper al principio de inducción  y su exigencia de una nueva epistemología, lo siguen Feyerabend, Kuhn, Putnam, Hanson, Toulmin;
(5) el positivismo hermenéutico, propone en vez de la epistemología a la misma hermenéutica, pues sostiene que el método experimental no se aplica al ámbito histórico humano, pero se atiene fielmente al horizonte antimetafísico de la finitud e inmanencia de la realidad humana, está representada por Gadamer, Ricoeur, Apel, Habermas y Rorty); y
(6) el positivismo sistémico de Mario Bunge, el cual reivindica la validez de los métodos de las ciencias naturales para todo tipo de conocimiento humano, aunque reconoce al falibilismo de la ciencia y asume un materialismo emergentista.

La filosofía de la ciencia de Bunge es una de las últimas transformaciones del pensamiento positivista, que ha superado la estrechez del análisis lingüístico, la mera colección de datos empíricos, admite la existencia de entidades inobservables, pero que también defiende una teoría extrema del realismo científico y de la filosofía exacta. Es decir, aun cuando efectuemos restricciones en el concepto mismo de positivismo el pensamiento de Bunge luce como una de sus variantes más recientes. Por eso es posible afirmar que no hay positivismo total sino más bien positivismo esencial (atenerse al método científico y a lo dado empíricamente).

Efectivamente, el positivismo sistémico de Bunge, que no se anda con veleidosos escepticismos, consiste esencialmente en los siguientes caracteres:
(1) sumisión al dato y al método experimental,
(2) reconocimiento al principio de falibilidad científica,
(3) rechazo de toda doctrina metafísica y atención exclusiva a los datos empíricos que dan cuenta de la realidad exterior,
(4) reconocimiento de la importancia de la lógica y la matemática para lograr conceptos exactos, libres de ambigüedad e imprecisión,
(5) asunción de un materialismo científico, que sostiene que todo lo que existe es materia y energía,
(6) cientificismo, por cuanto afirma que el mejor conocimiento de la realidad es el científico,
(7) emergentismo, es decir la realidad posee una propiedad sistémica y emergente, y
(8) un hedonismo, llamado por él “agatonismo”, que significa el placer de la vida como máximo valor aunque matizada por la idea de derechos y obligaciones que lo libren del solipsismo moral.

La influencia que ha ejercido su pensamiento en América Latina es enorme, quizá por el apreciable atraso e insignificante inversión que ostenta la región en desarrollo tecnológico científico. Una de las formas de sentirse a tono con el desarrollo científico del primer mundo es asimilando su pensamiento en la subregión. Pero como siempre vamos a remolque en cuestión de ideas, y aun siendo el continente más rico en recursos naturales aquí todavía no despertamos ante del sueño cientificista y ante el peligro de la inminente catástrofe ecológica que amenaza a nuestro planeta azul.

De cualquier forma y por todas estas características señaladas la filosofía de la ciencia de Mario Bunge es un positivismo, pues si bien se opone a las otras versiones anteriores de positivismo, es en lo esencial, y para enojo de quienes no piensan así, un positivismo. Aunque, hay que reconocerlo, de un positivismo renovado al calor de las discusiones tanto con las corrientes metafísicas como con las otras formas de positivismo que le precedieron. Entonces, es comprensible que en medio del hundimiento ecológico y desprestigio del totalitarismo del método científico no falten voces que eleven su índice señalador ante un positivismo que trasciende a Bunge y que tiene que ver nada menos con la supervivencia misma de la especie humana.
Gustavo Flores Quelopana
Lima, Salamanca 12 de diciembre 2012

martes, 4 de diciembre de 2012

LOS OVNIS Y EL VATICANO

¿CONTACTO INMINENTE?
LOS OVNIS Y EL VATICANO
Gustavo Flores Quelopana
Miembro de la Sociedad Peruana de Filosofía


 “Es un misterio grato, que Dios haya amado
la idea de la existencia del hombre”.
El Autor    

                                                                                                                       LA NOTICIA
El Padre José Gabriel Funes responsable del Observatorio Romano en el Vaticano afirmó la posibilidad de vida inteligente en el Coloquio sobre Astrobiología realizado en el año 2009. Y declaró que si se llegase a confirmar dicha posibilidad la Iglesia no tendría inconveniente en reconocer que todos somos criaturas de Dios. Aparentemente la Iglesia está escamada ante sus intransigencias de ayer y antes de seguir pidiendo disculpas, como sucedió con el caso Galileo, ahora se pone a la vanguardia en el tema de los ovnis.

Antes de proseguir quisiera dejar testimonio que mi interés por el tema de los ovnis relacionado con los problemas teológicos me lo suscitó las conversaciones sostenidas con mi amigo Enrique Alvarez Vita, más conocido como Kiko, cuya voluminosa presencia se corona con una barba caifásica y unos pequeños lentes, persona muy versada en ciencia y física cuántica, promotor y director cultural del controvertido cenáculo "La Serpiente de Oro" y que particularmente piensa que el mito de Adán y Eva tienen una significación cósmica, que es posible que existan otras criaturas inteligentes con civilizaciones muy avanzadas en el universo y que, por consiguiente, el acto redentor de Cristo no los excluye sino los incluye. Ahora bien esto trataremos de verlo más adelante.

Volviendo a la noticia que desató un verdadero revuelo periodístico, un entusiasmo entre los cultores de la ufología y una serie de hipótesis entre los seguidores de las hipótesis conspirativas. Entre las versiones más interesantes cuentan la que el Presidente norteamericano Barack Obama reveló al Papa Benedicto XVI una serie de documentos secretos que advertirían sobre un posible encuentro inminente con extraterrestres. Esto se vincula también con el persistente y multimillonario programa de desarrollo de armas ultra secretas que el gobierno norteamericano estaría desarrollando, aparentemente con ingeniería inversa copiada de ovnis capturados, no para combatir contra un posible enemigo terrícola sino extra terrícola.

Por su parte, la ciencia tampoco se ha quedado callada y así el eminente científico norteamericano Stephen Hawking y afirmó que es deseable evitar el contacto con una civilización superavanzada, porque la experiencia histórica ha demostrado que cuando ésta ha ocurrido siempre la civilización inferior fue exterminada o sometida. A estas voces se han sumado las interpretaciones catastrofistas del calendario maya por parte de ocultistas, paleo-arqueólogos y gnósticos modernos, según los cuales el 21 de diciembre del 2012 acontecerá un gran cambio cósmico que abrirá las puertas a seres infernales que llegarán a la tierra ocasionando un gran daño. Hollywood por su parte nunca ha estado inactivo y quizá la más famosa película sobre el tema sea Independence Day (1994), aunque ahora sean los filmes climatológicos los que más llaman la atención (El día después de mañana, Señales del futuro). Ya nos estamos acostumbrando a la domesticación del horror apocalíptico y tremendista.

Si a todo esto se suman los numerosos testimonios fílmicos, que muy podrían ser reproducciones hechas en computadora, recientes sobre avistamientos de ovnis en los cielos de Moscú, Estocolmo, París, Jerusalén, México, y otras ciudades del mundo, entonces tenemos un verdadero cuadro de expectación colectiva, por decir lo menos. En nuestro país ha concitado la atención la aparición y filmación de un ovni el 6 de enero por la noche del presente año sobre Barrios Altos, en Lima, y el 19 de marzo sobre la ciudad del Cuzco, ambos casos fueron retransmitidos por el canal 9 y el canal 2 respectivamente.  Avistamientos que, por lo demás, cuentan con testimonios muy antiguos en la historia de la humanidad.

                                             

                                                                          LAS IMPLICANCIAS ONTOLÓGICAS
En esta ocasión no voy a tratar si el fenómeno ovni es mito o realidad, lo cual está implícita en la discusión, lo que me interesa aquí es ventilar la postura de la iglesia sobre las implicancias teológicas de la existencia de vida inteligente no humana en el Universo. Por lo demás, las investigaciones científicas más equilibradas llegan siempre a la misma conclusión, a saber, se trataría de un núcleo reducido pero duro de evidencias que demuestran que existe algo inexplicable en términos científicos, pero que es real.

Por sí mismo el tema es bastante espinoso, tanto que muchos científicos y filósofos prefieren guardar un discreto silencio para no poner en discusión su reputación de seriedad y sensatez. Quizá razón nos les falte, puesto que el fenómeno ovni también ha sido visto como la nueva histeria colectiva de nuestro tiempo.

Yo no tengo tales reparos por tres razones: 1. Porque todo lo real e irreal es problema de la filosofía, 2.  Porque la primera consecuencia importante estaría en el orden del ser, y 3. Porque hace muchos años, creo que fue en el verano de 1985, durante el primer Gobierno calamitoso de Alan García y en pleno fenómeno del Niño, vi sobre los mañaneros cielos despejados del aeroclub de Collique un objeto gigantesco, casi del tamaño de tres estadios de futbol, que salió del este, es decir de las montañas, volaba en silencio, muy bajo y muy lentamente, por lo que no podía ser un aerolito, meteorito, ni una máquina humana, iba recubriéndose de una espesa nubosidad que salía de sí, dejando una estela bien formada que asemejaba una carretera en los aires, y que una vez que pasó sobre las cabezas de unas 300 personas siguió su rumbo hacia el oeste, es decir, al mar, lugar donde despareció. Yo estuve en dicho lugar hasta las 7 de la noche y el cielo estaba estrellado, pero extrañamente la única nube que se notaba era la insólita estela dejada por el ovni que no se había movido ni un centímetro. No sé lo que vi, en todo caso fue un ovni, es decir, un objeto volador no identificado. Esta experiencia me ha dejado perplejo y profundamente intrigado y como en filosofía no hay ámbito que le sea ajeno creo que, en medio de las declaraciones del Vaticano, ha llegado el momento de hacer públicas estas reflexiones.

La filosofía oriental y occidental generalmente ha admitido que la estructura ontológica de la realidad se compone del Ser Increado que es Dios, el cual es existir puro o acto puro, y la Creación o Emanación, integrada por substancias simples (ángeles o inteligencias) y substancias compuestas (hombres, animales, vegetales, seres no vivientes, primeros elementos y accidentes). La cosmología actual ha comprobado que el Universo por sí solo se dirige al caos de la entropía, a la muerte térmica, por efecto de la energía oscura que la dilata aceleradamente, pero por la teología cristiana se sabe que por la Providencia el Universo se dirige no a un caos sino hacia una armonía redimida.

                                           

                                                                      1ª HIPÓTESIS: CIVILIZACIÓN SUPERIOR
Pues bien, si se admite la existencia de seres inteligentes superiores en civilización y tecnología que los humanos, entonces se tendría que añadir una substancia compuesta más en el cuadro descrito.

Es decir, los extraterrestres serían substancias compuestas de alma y cuerpo, inteligentes como el hombre, pero de una especie distinta al hombre, no son humanos, por lo menos en su origen, dado que hay quienes piensan que buscan una hibridación genética con nosotros.

Estos seres inteligentes no-humanos serían, por lo visto, mucho más inteligentes que el hombre, pues si los ovnis son aparatos y no fenómenos lumínicos atmosféricos, entonces eso supone una capacidad científica muchísima más adelantada que la nuestra, quizá en milenios. Si esto es así, entonces por su inteligencia estarían por encima del hombre en la escala ontológica de la realidad. Aquí cabe la pregunta ¿su adelanto tecnológico podría reflejar también un perfeccionamiento moral? Hay razones para pensar que ello es posible, dado que si nos visitan desde tiempos inmemoriales y han sido testigos de   monstruosidades   inauditas   hechas   por  el  hombre,  sin embargo no nos han exterminado y han dejado prevalecer su sentimiento de compasión hacia nuestra especie tan llena de defectos pero también de virtudes. Cabe también la posibilidad de que nos vean con el interés casi biológico con el vemos nosotros a las abejas o a las hormigas.

Ahora podemos entrar a los planteamientos de mi amigo Kiko. Pues si enfrentaron el dilema moral del bien y el mal, ¿Sufrieron la tentación de la serpiente? ¿Fueron rescatados por un Salvador?, ¿Cristo se manifestó entre ellos?,  ¿tendrán que enfrentar el Juicio Final o acaso ya lo tuvieron? ¿Es posible que exista una criatura inteligente que haya escapado al pecado original y se mantenga en estado de gracia? Según el Evangelio muchas son las moradas de Dios y que las fuerzas de Satanás cuando fueron derrotadas se las arrojó a la Tierra. Si por Tierra entendemos el Universo creado ¿es posible pensar que la segunda venida de Cristo ya haya acontecido en otros confines del cosmos, redimiendo del pecado a otras criaturas inteligentes no-humanas? Si esto es así, entonces se trataría de una misión escatológica para ayudar a la especie humana a enfrentar el Armagedón final.

                                        

                                                                                             2º HIPÓTESIS: ÁNGELES
No obstante, también cabe la hipótesis contraria. No se trataría de seres compuestos sino de substancias simples, es decir, de ángeles, espíritus puros sin ningún elemento material, son personas sin materia, tanto del lado bueno como el malo, mensajeros que Dios los emplea para cumplir su voluntad, que luchan entre sí en la tierra disputándose la especie humana para su salvación o para la perdición.

Comparados con Dios los ángeles son pequeños, pero el abismo es mayor entre los ángeles y las cosas materiales. Dios creó todas las cosas para que le sirvieran, los seres espirituales están destinados a la visión beatífica, pero los ángeles y los hombres no alcanzan este designio sin una previa prueba. No sabemos la prueba de los ángeles, pero hubo quienes pecaron de Soberbia.

Adán, creado con dones naturales y preternaturales, era inmortal, perfecto pero no infinito, pero en la prueba de obediencia falló. Lo natural de la existencia del hombre  es la inmortalidad, la muerte no era parte del designio natural y original de Dios. El hombre experimenta la muerte porque entró en el pecado, como interrupción no natural de su existencia, pues su destino inmortal es ser para siempre alma y cuerpo. Es en la tierra donde el hombre recibe la vida sobrenatural o gracia santificante, pero no es sobre la tierra donde posee la plenitud de sus efectos para la captación directa de Dios. La Caída de Adán no sólo dañó al hombre sino menoscabó a todo el cosmos. Su salvación en el Reino reedificará todo el universo.

El hombre adánico poseyó las dos vidas: la vida natural y la vida sobrenatural. Al desobedecer Adán pecó dos veces: perdió la gracia y sufrió daño, tanto en su vida natural como sobrenatural. Antes de la Caída era inmortal e incorruptible, después de la Caída es mortal y corruptible, más después del Juicio será inmortal, incorruptible y redimido.

Por su parte, el ángel bueno es el que triunfó en la prueba de su voluntad, a que se halla unida al amor de Dios y sólo desea lo que Dios desea. De modo que permanece viendo el rostro de Dios. Esta es la verdadera libertad. El ángel malo perdió la gracia por orgullo, fueron creados buenos pero se hicieron malos, eligieron una vida sin Dios, su voluntad odia a Dios y no pueden cambiar. Sin Dios entre ellos sólo pueden odiarse. Y siguen su lucha ahora contra las almas de los hombres.

                                                                                      3º ESTRATEGIA DEMONIACA
De modo que la estructura ontológica de la realidad descrita al comienzo queda inmodificada. Asumir la apariencia de seres compuestos sería la artimaña del Engañador, es decir el diablo, para hacer creer a la Humanidad sobre la existencia efectiva de inteligencias superavanzadas interesadas en su ayuda y supervivencia, con el único propósito de conseguir su adoración por la especie humana y la apostasía del Dios creador. Y la seducción empleada por este siniestro personaje no tiene por qué excluir actos inauditos con las cosas materiales, conceder conocimientos avanzados sobre nuevos manejos de la materia que deslumbren a los científicos de hoy.

Hay argumentos de carácter físico, como el de la imposibilidad de alcanzar velocidades super lumínicas y de seres corporales que la resistan, y este es el testimonio de mi amigo el doctor Antonio Belaunde Moreyra, hombre de gran cultura y profunda fe cristiana, quien también tuvo una experiencia ovni sobre los cielos de San Isidro, y que lo llevó a la conclusión de que se trataban de ángeles y no de máquinas. Yo por entonces estaba escéptico con su tesis, creía como el común de las gentes que se trataban de naves extraterrestres de una tecnología superavanzada. Luego, al cabo de unos años, mi posición cambió de forma pero no de contenido. Pensé que seguían siendo máquinas pero no de seres extraterrestres sino terrestres, es decir de una civilización no-humana que vivía escondida en la Tierra tras tanto cataclismo vivido. Pero después de muchos años la tesis angélica la he visto muy plausible sobre la base de otros argumentos, más bien: ontológicos y morales.

                                                                                             EL ARGUMENTO MORAL
Efectivamente, el argumento más fuerte a favor de esta hipótesis, de que son “seres compuestos”, es la de carácter moral. Pues si fueran inteligencias superiores no-humanas compuestas, en vez de ángeles, entonces su sentido de la piedad se habría extendido sobre el hombre y hubieran evitado la existencia de grandes genocidas como un Hitler, un Stalin o un Mao. El no hacerlo demostraría que no se trata de extraterrestres, sino de ángeles caídos cuya corrompida voluntad se complace en estas maldades.

De manera que la Creación, Caída, Redención y Juicio tiene como objetivo supremo conformar el cuerpo místico de Cristo con los hombres y no con inexistentes seres extraterrestres. Adán es humano y no extraterrestre, porque tres son los actores de la Creación: Dios, Adán y Cristo; y cuatro son sus actos: Creación, Caída, Redención  y Juicio. Y esto se sabe no por la razón natural sino por Revelación.

La hipótesis de la existencia de seres extraterrestres inteligentes no-humanos persigue la negación de la extraordinaria condición del hombre ya reparada por la Iglesia: no  muere  para  siempre,  él  es  cuerpo  y  alma   que resucitará después del Juicio. Esta sería la convicción principal que buscaría borrar el Enemigo de las conciencias humanas, porque con ello si bien no borraría la presencia ontológica de Dios en nosotros, al menos conseguiría que el hombre borre la invitación a Dios de habitar en él.

Efectivamente, no es casualidad que las versiones de un posible contacto con seres extraterrestres estén unidas a utopías científicas de conseguir una vida inmortal y vencer a la vez la vejez y la muerte. Es decir, lograr el paraíso en la tierra por medios tecnológicos. No hay que hacer un gran esfuerzo para darse cuenta que esto está relacionado con las señales del fin del mundo: la llegada del Anticristo y la conversión de los judíos y, especialmente, el crecimiento inaudito de la apostasía en la actual cultura nihilista y luciferina posmoderna.

                                                                             DESACIERTO DE PADRE FUNES
De modo que la respuesta del padre Funes nos parece incorrecta y desacertada para la feligresía católica del mundo, porque no se trata de admitir simplemente su existencia, sino, de esclarecer qué clase de seres existentes son.

No se trata de que estemos en medio de un “inminente encuentro” extraterrestre, sino, que estamos más bien en medio de una “prueba inminente” para nuestra fe ante la llegada del Anticristo, el hombre del pecado y el hijo de la perdición. El cual se alzará contra todo lo que se dice Dios.

Nuestro capítulo histórico no se ubica entre la Caída y la Redención, sino entre la Redención y el Reino, y en tal contexto de la plenitud de los tiempos Dios, sin abandonar al hombre, permite que el Anticristo ponga a prueba nuestra fe.

En medio del paroxismo tecnofílico la creencia en los extraterrestres se ha convertido en un nuevo paganismo, una rediviva idolatría. Será una prueba breve pero feroz, que la Humanidad deberá afrontar en estos tiempos apocalípticos. Al comienzo todo le saldrá bien al Anticristo, porque así está decretado al obrarse el misterio de la iniquidad. Algo interesante nos dice San Juan (4, 2-3): “Todo espíritu que confiesa que Jesucristo vino en cuerpo, es de Dios, y todo espíritu que desuna a Jesús, no es de Dios: antes es espíritu del Anticristo, de quien tenéis oído que viene, y ya desde ahora está en el mundo”.

En este sentido, Anticristo y apostasía han tenido sus precedentes en todas las edades del mundo y vendrá en la nuestra que está ya en la edad postrera. En suma, para nosotros no se trata de extraterrestres, sino que son los ángeles actuando en el drama escatológico inmemorial de la salvación o perdición del alma humana.

                                                                                                                        LA PRUEBA
Ante esto podemos preguntarnos si el hombre será capaz de superar la prueba. Y la verdad es que el católico es aterradoramente mediocre, y es que la gracia no crea una nueva naturaleza, sino, que trabaja con la naturaleza que encuentra en nosotros. Nuestro intelecto y nuestra voluntad están dañados, por eso nuestra respuesta a la gracia es siempre imperfecta. Pecamos porque nuestra voluntad está enferma y se complace en su Yo.

El peligro de pecar es permanente, pues la gracia no elimina la nueva prueba contra el pecado, sino que la intensifica. La Gracia desarrolla junto a nuestros hábitos naturales, los hábitos sobrenaturales. Así el hombre es un ser capaz de ser llenado por Dios (capax Dei). Hay que entrenar el cuerpo para el bien del alma. Lo sensato es el camino de la santidad, que no es la ausencia de pecados, sino la orientación correcta de las propias energías contra el pecado.

El panorama completo de la realidad sólo es posible cuando recibimos la virtud sobrenatural de la fe y el don del entendimiento. Sin ello es fácil extraviarse en el enjuiciamiento del fenómeno ovni. Pero la mente capacitada por la fe vuelve lo complejo en simple y ve que lo único importante es la relación del alma con Dios. No obedecer las leyes de la realidad nos quebranta a nosotros mismos. En este sentido, el misterio del sufrimiento ayuda a madurar, es curativo, constructivo, contrapesa el pecado, prueba nuestra confianza en Dios durante esta vida preparatoria.

                                                                             QUÉ CLASE DE CRIATURAS SON
Hasta el momento la ciencia ha sido cauta sobre el fenómeno ovni, no ha reconocido su existencia, a lo mucho que ha llegado es a admitir que existe un núcleo reducido de evidencias que autentifican algo real e inexplicable. Los entusiastas ingenuos del fenómeno ovni ya hablan hasta de una exopolítica. Pero también desde la ciencia se ha advertido sobre el peligro de un posible contacto con una civilización extraterrestre, con efectos devastadores para nosotros. Ahora la religión, a través del Vaticano, alzó su voz, diciendo que en caso de existir también serían criaturas de Dios. 

Pues bien, lo que aquí he mantenido es que no se tratan de seres compuestos de alma y cuerpo, sino de substancias simples, es decir, de ángeles, personas sin materia, cuyo propósito en unos –precisamente los malignos- es aparecer bajo una figura tecnológica para negar la extraordinaria condición del hombre para Dios y conseguir que el hombre borre la invitación a Dios de habitar en él, robusteciendo la utopía cientificista de lograr el paraíso en la tierra por medios tecnológicos.

La creencia en los extraterrestres se ha convertido en un nueva idolatría, es una nueva fe, pero es una prueba breve, aunque feroz, para la fe del creyente. Es también para muchos un mecanismo de evasión social para eludir su propia responsabilidad para asumir un nuevo estilo de vida no californiano capaz de salvar a la tierra del inminente calentamiento global, prefiriendo transferir imaginariamente la solución de los problemas globales de la humanidad hacia supuestas civilizaciones extraterrestres.

En una palabra, no se trata de admitir simplemente su existencia, sino de esclarecer su situación ontológica, esclarecer qué clase de criaturas de Dios son. Pero lo más probable es que no existan, que estemos solos en el cosmos y que muchos avistamientos sean producto de confusiones a causa de pruebas de armas secretas.

                                                                                Lima, Salamanca 06 de Diciembre 2012