domingo, 22 de julio de 2018

SIN REVOLUCION METAFÍSICA NO HAY REESTRUCTURACIÒN ÉTICA

Resultado de imagen para utopíaSIN REVOLUCION METAFÍSICA NO HAY REESTRUCTURACIÒN ÉTICA
Gustavo Flores Quelopana
Sociedad Peruana de Filosofía
Ética, valor y virtud ante la modernidad nihilista

 Cuando Nietzsche en la segunda mitad del siglo diecinueve proclamaba la muerte de Dios, la transvalorización de todos los valores y el ocaso de los ídolos, jamás imaginó que el hombre mismo se entronizara en deidad terrestre. Y el autoproclamado superhombre cabalgaría en el siglo veinte sobre la monserga bestia del nihilismo. Desde ella la modernidad tardía emprendería la negación de los valores, las virtudes y la moral. En el siglo veintiuno el sofisma de turno de la posmodernidad pregona el “todo vale” y como tal “nada vale”. Qué lejos ha quedado la hora agnóstica de Kant y sobre los hombros del escepticismo se instaura el reino del relativismo protagórico. La modernidad está culminando, y completando su triste círculo amenaza al hombre mismo con el credo del transhumanismo. La misma realidad humana está en peligro.

El ocaso de los ídolos se convirtió en realidad en ocaso de los valores.  Desde aquí el espíritu humano agoniza. El terreno del alma se ha tornado árido para el cultivo de las virtudes. El hombre en ese contexto ha perdido dignidad. La aspiración kantiana de poner el Estado de derecho sobre el Estado de bienestar no ha culminado en triunfo de la justicia, como se esperaba, sino en la omnipotencia de una razón práctica que se coloca por encima del bien y del mal. La modernidad en su fase de apogeo creyó en la promoción de una nueva humanidad sobre la base de la idea pura del derecho. Pero el derrotero histórico de la modernidad demostró que la justicia que no se basa en el amor, que la ética sin religión culmina en holocausto material y espiritual.

El problema no es sólo que el capitalismo es una sociedad sin ética, sino que las bases metafísicas mismas de la modernidad conducen a ello, a saber, a lo anético. Y es que el problema de fondo de la autonomía de la razón es la negación de las verdades suprarracionales como camino regio para reconocer que la condición humana requiere tanto de la dimensión inmanente como trascendente. Cuando se rompe o quiebra esa unidad es la propia realidad la que se trastoca y conduce hacia una secularización disolvente. La filosofía moderna ha desempeñado un rol protagónico en la crisis de la conciencia occidental y en la crisis de los valores. Rechazando la Trascendencia, negando el Ser que funda todo ser, ha derivado hacia el irracionalismo e impedido que la razón conquiste las verdades suprarracionales. Y es que sin Dios no se piensa racionalmente ni se puede vivir una vida virtuosa, ética y valorativa.

El idealismo subjetivo imperante en la modernidad nihilista se vuelve en enemigo letal de la verdad objetiva. De esa forma no se puede asegurar ni la felicidad ni la dignidad de la humanidad, porque es intrínseco a la estructura ontológica del hombre el problema de la verdad y divinidad. Nuestra época está privada de verdad y ha extraviado el sentido del ser. Ello acarreó la pérdida del sentido de la vida, de la moral y de los valores. El valor necesita del ser como las flores necesitan el líquido elemento. Por ello la reestructuración ética exige una revolución metafísica. La modernidad clausuró primero la trascendencia en el cosmos y entonces ésta se refugió en el alma. El cielo y el infierno se abrieron en ella.

Mas ahora, la está desalojando del alma misma. Y en un panorama verdaderamente luciferino cielo e infierno son echados al tacho colero por una conciencia que se siente exenta y omnipotente respecto a toda trascendencia. Se ha configurado el contexto para vivir libre de toda norma universal. Fracasan con su pura idea de derecho tanto el Estado jurídico como el Estado de bienestar. Ambos son elementos de la misma fórmula que conducen hacia la desintegración de los valores.
Hace falta volver tanto hacia una metafísica de la interioridad de índole agustiniana como a una metafísica de la exterioridad de índole tomista. No es posible recuperar el sentido de las dimensiones éticas de la vida sin restaurar el fundamento trascendente que insufla una verdadera interioridad del alma y exterioridad del cosmos. El drama del pensamiento moderno con su excrecencia nihilista es la demostración más palpable que es necesario asumir una razón abierta a la fe y a lo sobrenatural. El logos humano exige de ambas alas para llegar a la verdad y llevar una vida buena. Sin justicia no hay humanidad, más sin fe no hay justicia ni humanidad. La humanidad en la modernidad nihilista yace extraviada porque tenía que perder la justicia al perder la trascendencia. Y la razón humana no sólo es pensar sino también  sentir  una  situación  existencial  que necesita el ámbito de la inmanencia entrelazada con la trascendencia. De lo contrario su desorientación está garantizada.

El hombre puede emprender el cambio interior de lo anético a lo virtuoso porque la verdad habita en su alma.  Desde ella puede comenzar a abrirse a la recuperación de la trascendencia y culminar en el reconocimiento de las verdades suprarracionales. Esta forma de sobreponerse a la modernidad nihilista quizá no sea la única pero conserva toda su validez desde el momento en que la libertad y la autonomía de la voluntad no es absoluta sino relativa y su centro es una moral unida a una metafísica de lo trascendente. Pues el origen de la sociedad no es el derecho y la ley, sino el sentimiento natural humano de bondad. Cuando ésta se pervierte o complica –generalmente desde la aparición de la civilización- se requiere de la ley. Esa inclinación del hombre hacia el bien es el centro de la moral y es de índole metafísica.

La apelación constante a la metafísica no es resultado de una reflexión teológica, sino ontológica. Ahora fortalecida desde la ciencia a partir del experimento de Aspect de 1982. Este experimento pionero verificó las predicciones mas paradójicas de la mecánica cuántica, haciendo decir a algunos que la metafísica se hizo experimental. La comunicación instantánea o superlumínica entre el espín de dos partículas dio paso a hablar del “efecto de Dios” o entrelazamiento entre la mecánica cuántica y la metafísica experimental. Es casi como hablar de la presencia de la mente en la materia o de la presencia de una sincronicidad entre ambas.
22 de Julio 2018

viernes, 13 de julio de 2018

EXTRAVÍO DE LOS VALORES EN LA MODERNIDAD NIHILISTA


EL EXTRAVÍO DE LOS VALORES
EN LA MODERNIDAD NIHILISTA
Gustavo Flores Quelopana
Conferencia Magistral por el Dia del Maestro en la Universidad Nacional del Santa-Chimbote
Viernes 6 de Julio 2018
 Resultado de imagen para pérdida del valor
Resulta muy significativa la presente disertaciòn sobre los Valores cuando la Región Ancash es señalada como la más corrupta del país. Dos de sus presidentes regionales están en galera y veinticinco de sus veintisiete alcaldes tienen proceso judicial por corrupción.

Entonces, basta echar una mirada somera sobre el mundo para constatar una verdad incontrastable, a saber, éste se está deshaciendo. Y cuando se indaga por la razón por la cual sucede todo el descalabro del presente, se encuentra una respuesta casi unánime: No hay valores. O por lo menos los valores han sido abandonados.

Pues bien, valga la presente oportunidad de hablar ante un auditorio universitario para sostener que tal diagnóstico no es descaminado pero tampoco es enteramente cierto. Estamos ante una situación casi godeliana, esto es, no podemos tener toda la verdad y ser al mismo tiempo consistentes.

El diagnóstico no es descaminado porque es verdad que vivimos una crisis de valores. Pero es incompleto porque también es verdad que desde la modernidad el mundo occidental vive una transvalorización de todos los valores. Ambas cosas son contradictorias y a la vez no lo son. Lo son porque por una parte se tiene la sensación que se reclama la vigencia de los valores premodernos y no lo son porque, por otra parte, se percibe que los nuevos valores aun no logran asentarse y, por ende, lograr conformidad.

Estamos en una situación casi paradójica de la condición humana que por una parte reclama una base firme de creencias y por otra la renovación de las mismas. Ante esto hay que decir que la presente crisis de los valores supera la normal crisis generacional –tan bien explicada por Ortega y Gasset- que también implica una crisis valorativa. Más bien, la actual crisis de valores encuentra su peculiaridad en una situación más profunda y que tiene que ver con el marco general de ideas y creencias que sirven para ver el mundo.

En otras palabras, la presente crisis de valores va más allá del marco economicista, funcionalista, empirista y racionalista que caracteriza el desarrollo de la modernidad. Tiene que ver con algo más fundamental que está en la base de la modernidad. Estamos hablando de un “giro copernicano” histórico que acontece desde fines de la Edad Media con la filosofia terminista de Duns Scoto y la filosofía nominalista de Guillermo de Occam y se desarrolla con el racionalismo de Descartes y el empirismo de Bacon, Locke y Hume.

Se trata de la base metafísica de la civilización occidental que cambió en su creencia de valores absolutos por la instauración de valores relativos. El paso de la metafisica de las esencias greco-cristiana por la metafísica de lo fáctico es el signo que domina los tiempos modernos. La gran ruptura con la metafísica tradicional está en la base de la transvalorización de todos los valores de la modernidad. Negar las verdades inmutables, eternas y trascendentes llevó a convertir en lo único válido a lo fáctico, relativo y temporal. El reemplazo de la concepción esencialista del ser por la visión funcionalista tenía que llevar del objetivismo hacia el subjetivismo, donde la crisis de los valores se constituye en un resentimiento metafísico hacia todo lo permanente y absoluto.

En ese sentido, la postmodernidad con su rechazo de la razón, la ciencia y la verdad, no es más que un capítulo terminal del nihilismo que fue criando en su seno la modernidad pragmática y hedonista. No es por ello menos original. Porque trae como novedad un nihilismo integral. Nos explicamos. Ahora no se dan separados el nihilismo metafisico de Gorgias, el nihilismo epistémico de Pirrón y el nihilismo moral de Protágoras. Al contrario, en la posmodernidad se dan integrados. Y ello se condensa en su lema: Todo vale. El Reino de Dios –Regnum deus- fue desterrado por mel Reino del hombre –Regnum hominis—En esa nueva cruzada de la inmanencia contra toda trascendencia son Derrida, Rorty y Vattimo sus nuevos profetas.

Por lo tanto la crisis de valores de la modernidad no es una crisis más y como las demás épocas históricas de decadencia. Al contrario, es una crisis peculiar y única. Fue el tudesco O. Spengler quien señalo la decadencia de Occidente con gran acierto, salvo por su visión organológica naturalista. Pero además nosotros advertimos que en la decadencia del  mundo occidental se ha atravesado por tres etapas: la metafísica (siglos XVI-XVII), la epistémica (siglos XVIII-XIX) y la ética (siglos XX-XXI).

En la primera se hicieron cuestión los valores metafísicos de permanencia e inmutabilidad, el deísmo se impuso sobre el teísmo y las esencias fueron sustituídas por el concepto de función. Desde Descartes hasta Newton ese cambio se abre camino en la filosofía y en la ciencia. En la segunda la visión naturalista, empirista y observacional se impone con el desarrollo de las ciencias empíricas y las matemáticas. La visión del mundo se vuelve decididamente científica. Ahora son los ingenieros y los científicos quienes llevan la voz cantante del mundo intelectual. Y en la tercera, cuando ya se encuentra madura la visión secular y científica del mundo sobrevienen los nefandos acontecimientos de la Primera y Segunda Guerra Mundial.

La consecuencia casi inevitable fue la pérdida de fe en el hombre mismo y en todas sus conquistas materiales. Los valores se disolvieron, se licuaron. La vida normativa contrajo la enfermedad del nihilismo. Sin valores a la vista, no había necesidad de sentirse virtuoso, ni de llevar una vida virtuosa. Pero da la casualidad que sin virud no ha valor. O mejor, sin una vida viruosa el valor se vuelve invisible. Se derivó hacia el irracionalismo.

De ahí que la presente crisis de valores sea mucho más grave y honda que la de otras épocas históricas. Al menos en la crisis del mundo helenístico-romano la pérdida de fe en la razón fue compensada en la búsqueda de soluciones de carácter religioso y de fe. Así se explica el carácter místico del neoplatonismo de Plotino que competía con las religiones orientales y con el cristianismo. En cambio, la crisis actual supera en gravedad a todas las anteriores porque carece de tabla de salvación a la cual anclarse. No hay certezas en el mundo. Se tiene la sensación de que la vida flota en la Nada. El existencialismo ateo de Heidegger y  Sartre había adelantado en mucho el nihilismo integral que socava la vida humana presente.

¿Pero si se tiene la sensación de que la vida no vale nada, que el hombre ha perdido consistencia, que no hay certezas, entonces ese triunfo de la Nada sobre el Ser significa que la modernidad ha fracasado con su orgullosa razón autónoma? Se dice, por ejemplo, que la honestidad, la responsabilidad, la confiabilidad y la eficiencia son los valores de la modernidad. Pero no se dice que estos valores son inviables y que carecen de sentido cuando lo que verdaderamente predomina es el egoísmo privado consagrado por un sistema económico que pone de cabeza la relación de fines y medios.

Es cierto que en todas las épocas de la historia –incluso en el paleolítico- hubo personas malas, egoístas, mentirosas e irresponsables. Pero lo que no es cierto es que siempre estuvieron en la cúspide de la hegemonía social, como acontece ahora. Efectivamente, nunca como hoy el egoísmo ha sido exaltado como una virtud bajo el capitalismo. Se podrá decir que esto ya estaba presente en el siglo XVIII con el defensor del utilitarismo Bernard Mandeville y su obra La fábula de las abejas, donde se consagra el nihilismo moral de la burguesía que desvincula la economía de la ética.

Pues bien, esta misma ausencia de códigos divinos y humanos es lo que brilla en la lista de los primeros diez megamillonarios del planeta. ¿O alguien puede explicar que no resulta inmoral retener una fortuna incalculable mientras millones de seres humanos mueren de hambre, de frío y de sed? ¿Puede caber a alguien alguna duda de que se vive en un mundo inhumano cuando la economía, la política y las leyes viven divorciadas de la moral y de espaldas a lo que es justo?

No falta aquella espúrea defensa de la iniquidad que como Pilatos se lava las manos diciendo cínicamente: ¿Pero qué es la moral, si cada quien tiene la suya? ¿No basta con tener las mejores leyes, pero no hay que exagerar cumpliéndolas? Estas interrogantes parecen hechas expresamente para América Latina, donde acaecen los mas altos índices de desigualdad social y donde la prepotente riqueza parace ostentar patente de corso para estar por encima de la ley y de la moral. Pero no nos engañemos. La inmoralidad e injusticia es global, más aun cuando impera una economía de mercado que tiene como eje principal no al hombre sino a la riqueza. Las élites económicas, políticas e intelectuales han perdido autoridad moral justamente por ello. Porque lejos de constituirse en faros del bien común han decantado por convertirse en orfeos del mal general.

La gran pregunta que se impone es idéntica a una de las obras de Lenin: ¿Qué hacer? Salvo por el detalle, nada pequeño, que atañe a la crisis de valores. Nada sería más impudoroso que enlistar una fórmula como solución, como si se tratase de una receta de cocina. Vano sería enrostrar al hombre de hoy que se tiene una gran gama de alternativas éticas. En la reflexión ética contemporánea se habla de éticas analíticas (Moore, Wittgenstein, Ayer, Stevenson), axiológicas (Scheler, Hartmann), existencialistas (Heidegger, Sartre), procedimentales (Apel, Habermas, Rawls), hermenéutica (Gadamer), de la alteridad (Levinas), débil (Vattimo), de la responsabilidad (Jonas), pragmática (Rorty) y sustancialistas (Walzer, Macintyre, Taylor). Pero aquí no se trata de escoger el mejor producto para vivir a sus anchas. Esa es la consumista mentalidad de boutique.

El problema es más hondo y amplio. Por un lado, se trata que nuestro tiempo nihilista tiene que terminar se sorber su copa envenenada; y, por otro lado, también se trata de oponer una activa resistencia a la ola de desintegración moral que nos avasalla. Sin esa resistencia estaríamos viviendo sin queja la presene crisis moral. Pero hay dos formas de resistir: la activa y la pasiva. La pasiva es demagógica, falsa y licenciosa. Ve el mal, lo denuncia, pero inconsecuentemente lo comparte. Tolera el mal pero no el escándalo. En cambio la forma activa no solo no tolera el mal, sino que, a su vez, asume una forma distinta de vivir. Y desde esa base predica con el ejemplo. Eso es lo que falta en el mundo actual: vidas ejemplares.

Pues, de qué vale saber lo que es el mal si no se lleva una conducta buena. No sirve de nada. El Maligno sabe del bien  del mal, pero elige siempre el Mal. El mal es una conducta, no una entidad metafísica. Toda la creación es buena, el mal adviene al mundo por el pecado. Y este punto no es sólo de importancia teológica sino de gran tracendencia moral. Si se quisiera en pocas palabras decir su sentido más profundo habría que sostener que: Sin virtudes de poco sirven los valores.

Pero qué es la virtud. Es el poner nuestra libertad al servicio del bien. Implica un cambio interno. Un cambio en el corazón, diría San Agustín. La práctica hace al maestro, reza un viejo adagio. Y en verdad si la práctica del bien no se vuelve en amor al bien, o sea si no se vuelve en acto gratuito y desinteresado desde el corazón no es moral. Kant, que como un rigorista pietista no llegó a comprender la importancia del amor cristiano, decía que todo acto moral tiene que ser desinteresado, de lo contrario es inmoral. Pero fue Scheler el que dio en el blanco cuando al postular una ética no formalista advirtió que sin amor todo acto moral es incompleto.

En otras palabras, al tratar de responder la interrogante ¿Qué hacer? Lo primero que es necesario advertir, es la necesidad de un cambio interior. Pues ningún cambio externo hace al hombre mejor, solo lo maquilla. Ninguna utopía social funciona si no opera un cambio interior positivo. Pues también hay valores negativos que se introyectan en el interior del individuo. Y ese cambio interior involucra la libertad, la voluntad y la formación de buenos hábitos.

En verdad, la historia del capitalismo del primer mundo es la muestra más palmaria que de nada sirve darle al hombre todas las comodidades materiales cuando resulta empobreciéndolo espiritualmente. Es más, pareciera que existiera una ley invisible según la cual a mayor bienestar material le corresponde un mayor deterioro espiritual, y viceversa. Todo indica que la humanidad necesita de una dosis razonable de sufrimiento para madurar. Pero el capitalismo de bienestar es la demostración de su efecto disolvente sobre la conciencia moral del ser humano. No menos dañino resultó ser para la libertad humana el fenecido comunismo.

Al menos contamos con esta primera verdad: Sin virtudes de nada sirven los valores. Pero de poco nos sirve si no la empleamos de atalaya para columbrar más lejos. Y ciertamente, las virtudes son la puerta de entrada a la objetividad del valor. O sea, los valores no son arbitrarias invenciones humanas –como piensa el formalismo nominalista- sino parte de un mundo más alla del humano y para lo humano. Eso es algo extraordinario porque permite la recuperación de la negada metafísica de las esencias con sus verdades permanentes, trascendentes y eternas. En otras palabras, no hay otra forma de superar el nihilismo disolvente de la modernidad sin superar su metafísica inmanentista. Y así obtenemos una segunda verdad: Sin recuperar la trascendencia de poco sirve la recuperación de los valores. 

Esto puede sonar a añoranza de una nueva Edad Media –título, por lo demás, de una de las obras de maestras del existencialista ruso Nicolás Berdiaev-. Pero nada en la historia se repite y más bien impera la novedad. La dialéctica histórica toma cursos inéditos. En otras palabras, en perspectiva optimista se puede pensar que si predomina la sensatez, evitando de ese modo el riesgo de autoexterminio nuclear, la humanidad recapacitará comprendiendo que vivir un mundo sin Dios es mucho más peligroso y nocivo al convertir el hombre en pequeño diosecillo totalitario, narcisista e idolátrico.

Pues a la luz del daño ecológico y humano de una civilización guiada por la racionalidad funcionalista e instrumental, no sería extraño que la próxima era histórica se caracterice por una más fuerte espiritualidad religiosa. Y así obtenemos una tercera convicción: Sin recuperar la fe no se puede fortalecer la razón en el reconocimiento de las verdades suprarracionales. Lo cual implica no el fin de la ciencia sino del cientificismo, y un renacimiento de las humanidades.

En conclusión, el extravío de los valores en la modernidad nihilista podrá ser superado desde el trípode del: cambio interior, la recuperación de la trascendencia y el reconocimiento de las verdades suprarracionales.

Muchas gracias

sábado, 9 de junio de 2018

GEOMETRISMO DEL ARTE PRECOLOMBINO


GEOMETRISMO DEL ARTE PRECOLOMBINO
Gustavo Flores Quelopana
Sociedad Peruana de Filosofía

 Resultado de imagen para tumi precolombino

El geometrismo, la infrarrealidad, el abstraccionismo, la deshumanización del arte está presente en nuestro tiempo decadente y nihilista como incumplimiento del ser. El incumplimiento del ser en el arte es su estética deformación hasta llegar a la negación nihilista de la esencia artística. El arte en esencia no copia sino que crea con belleza una realidad nueva sobre la realidad. Y al hacerlo el arte eterniza lo pasajero porque la emoción por lo bello se niega a morir. En esto consiste el cumplimiento ontológico del arte por medio del tema ideal y de la técnica. Pero ¿es acaso la característica común de toda decadencia cultural? ¿No hay geometrismo y abstraccionismo artístico de carácter apolíneo y no sólo dionisíaco?

De lo contrario todo el abstraccionismo que encontramos desde las cuevas paleolíticas del llamado arte prehistórico hasta los símbolos de las civilizaciones ancestrales tendrían que ser interpretadas como deslizamientos permanentes hacia la deshumanización del arte. Desde las extrañas espirales del arte rupestre, la esvástica que simboliza el sol de antiguas civilizaciones, las líneas escalonadas que representan la sierpe y la sabiduría, hasta los colmillos felinos que encarnan la fuerza vital del cosmos, no serían sino vano arte nihilista. Y en este sentido van aquellos culturólogos que interpretan la civilización como el inicio de la decadencia humana y la edificación de una sociedad autoritaria y vertical. Es decir, se convierten en los plañideros de la arcádica vida prehistórica supuestamente igualitaria y horizontal.

Ante tal panorama es mejor que abandonemos territorios febriles y recuperemos el equilibrio en el juicio. Si el simbolismo en el arte moderno ha llevado a un infrarrealismo, el simbolismo en el arte antiguo conducía a un hiperrealismo. Y es así en razón de su diversa base metafísica. Realista en una, idealista en la otra. Para el realismo todo lo que es, en definitiva, es como la cosa. Para el idealismo todo lo que es, en suma, es como lo pone el pensamiento. Así es, el hombre es un ser metafísico, no puede dejar de hacer metafísica y ésta está presente en todos los campos de la cultura, incluido el arte. Se hace arte y se hace ciencia con metafísica. Metafísicamente la primera certidumbre es realista: las cosas son independientes del pensamiento. La segunda certidumbre es idealista: las cosas no son independientes del pensamiento. El hombre antiguo era realista, en cambio el hombre moderno es idealista. Más el idealismo no sólo pretende tener un valor epistemológico sino también ontológico. De ahí que afirme que las cosas dependen del pensamiento no sólo gnoseológicamente sino incluso ontológicamente.

Pero para el hombre antiguo la realidad radical son las cosas del mundo y el realismo actual aun piensa que el idealismo confunde el plano epistémico con el metafísico y así sustituye el pensamiento por la cosa. Raíz de la cual nace el incumplimiento metafísico del arte y de la cultura. No es aquí el lugar para que nosotros decidamos el valor de uno y de otro, pero es necesario afirmar que así como lo real no existe como certidumbre sin el sujeto, de mismo modo el pensar no existe como fenómeno sin lo real. Esto significa que la cosa para existir y ser real no necesita entrar en relación con el sujeto. La relación cognoscitiva les confiere certidumbre a las cosas pero no existencia ontológica. La certidumbre es una especie de existencia gnoseológica. Decir esto no es soslayar el papel activo del sujeto cognoscente en construcción del mundo, sino sólo reconocer que lo ontológico es condición de lo epistémico. Pero el idealismo absolutiza el papel del sujeto y crea la ilusión de su primacía sobre lo real y el mundo. De este modo se genera una cultura de incumplimiento con el ser, desde la cual incluso los valores no son objetivos sino inventados al arbitrio del sujeto. Dicho esto no es difícil, entonces, comprender por qué el idealismo y subjetivismo de la modernidad genera una cultura de incumplimiento con el ser. Lo cual no es un alegato a una regresión cultural pero sí a su rectificación.

A nuestra época no solo le falta una buena dosis de Fe sino también de Razón. En el fondo se trata de reconquistar la realidad reconquistando a la propia razón, porque contra el empirismo y el racionalismo dogmático ilustrado la razón debe reconocer las verdades suprarracionales. Dicho de otro modo, sólo un realismo enriquecido y un idealismo objetivo puede recuperar la verdad objetiva y evitar la trampa del historicismo, relativismo y cientificismo. El idealismo subjetivo ha privado a nuestra época de verdad extraviando el sentido del ser. De modo que se impone al hombre y a la cultura el problema de dios y lo trascendente porque es intrínseca a su estructura metafísica. Y esta restauración de cumplimiento del ser sólo puede ser llevada a cabo desde un espiritualismo metafísico teísta.

Todo lo cual quiere decir que la deshumanización del arte moderno está relacionada con el idealismo epistemológico, el cual convierte el mundo y lo real en una infrarrealidad dependiente del pensamiento. De ahí que su abstraccionismo sea una inmersión microscópica en lo subjetivo. Pero ese no era el sentido profundo del abstraccionismo antiguo, que echaba mano al recurso maravilloso de la metáfora hasta en sus límites más impensados. La metáfora para el hombre primitivo y antiguo tiene virtudes taumatúrgicas, propiedades hiperrealistas que no reemplaza lo real sino que lo potencia.

De manera que tiene poco sentido decir, por ejemplo, que el arte ceramista de los huacos retratos de la cultura mochica era de índole humanista mientras que la estilización zoomórfica de la más antigua cultura Chavín era de naturaleza deshumanizada. Es cierto que la cultura es como la mujer, a saber, su belleza con el tiempo cambia y se marchita notoriamente. Pero de ahí no se puede deducir que todos los ciclos y procesos históricos guarden una similitud mecánica. Y menos es posible afirmarlo para una civilización, como la andina, que se ha desarrollado a lo largo de 20 mil años. No obstante, existe un hilo conductor permanente que atraviesa todo el tejido del arte precolombino en la pintura rupestre, cerámica, el tejido, el hueso, la pintura, la música, la arquitectura y escultura. Y esta hebra se traduce como la función religiosa del arte.

Desde el arte rupestre de Lauricocha y Toquepala, pasando las figurillas humanas y mates burilados del precerámico Caral; las estilizadas cabezas clavas, ceramios monócromos y el afamado lanzón con rasgos felínicos y zoomórficos de la chamánica cultura Chavín; las misteriosas esculturas monolíticas antropomorfas, su cerámica escultórica polícroma, el diestro e impresionante pulido de la piedra del complejo monumental de Puma Punku,  su famoso templo semisubterráneo de Kalasasaya, sus cabezas clavas antropomorfas, su innovadora arquitectura religiosa, la famosa Puerta del Sol, de la longeva y milenaria cultura Tiawanaku; los petroglifos y geoglifos más famosos de Palpa y Nazca; los tejidos y ceramios de la cultura Paracas –que deformaba los cráneos de la elite- con diseños que geometrizan las figuras humanas y animales; el arte cerámico erótico de los mochicas; los famosos Tumi, keros esmaltados y demás extraordinaria orfebrería de la cultura Lambayeque; la geométrica y estilizada cerámica de la cultura Cajamarca; el acentuado geometrismo en la cerámica, textilería y urbanismo del imperio Wari; la fina joyería y textilería de la cultura Chimú; los estilizados ceramios y pulido de las piedras de los chancas; hasta la muy decorada con figuras geométricas textilería y cerámica junto a su impresionante labrado de la piedra del imperio Inca, todo esto y por donde se mire la civilización andina es pródiga en geometrismo y abstraccionismo artístico.

No es aventurado sostener que este desarrollo del arte precolombino está relacionado con la arquitectura, el estudio de los astros y constelaciones, así como el avance de los conocimientos matemáticos. Pero sobre todo responde a un pathos, a una sensibilidad del espíritu que se va haciendo más sutil en la percepción del fenómeno religioso. Esto resulta hasta tal punto cierto que es posible sostener que toda la civilización andina es resultado de esa tensión hacia lo religioso, todos los demás conocimientos sirven a ese propósito. Incluso la construcción de las ciudades y sitios sagrados deben seguir la forma de ciertas constelaciones, las cuales asumen la forma de animales y seres totémicos.

Todo lo cual no significa que la civilización andina siguió una línea de ininterrumpido desarrollo en el periodo precolombino. Todo lo contrario. Conoció guerras externas y civiles, invasiones, disidencias religiosas y devastadores cataclismos climáticos que marcaron su final muchas veces. Hubo esplendor, apogeo y decadencia espiritual en las diversas culturas andinas. Una de esas grandes sequias destruyó a los nazcas y moches por igual, y la guerra intestina aunada a la conquista española marcó el final de los incas. Un caso muy peculiar representan los huacos eróticos mochicas. Con la frívola y hedonística mentalidad moderna se puede suponer una humanización acentuada de dicha cultura. Pero eso sería sacarla de su contexto religioso y temporal. Más bien, más inteligente sería ver una forma diferente de asumir el sexo reproductor y recreativo. Los huacos eróticos mochicas son como si nos dijeran que la reproducción y el sexo placentero es un homenaje al cosmos. Algo parecido a la filosofía del Kama Sutra del hinduismo, donde la reglas de la vida son fijadas por el Señor de los Seres que obliga a conducir todo por la senda de la satisfacción y la felicidad. La unión sexual sería parte de la química del cosmos. Esto hace pensar que entre los mochicas debió de existir un gran maestro que enseñaba cómo debe ser vivida la vida y qué normas debían regirla. Amor, deseo y placer, todo esto se junta en el arte de vivir. Justamente el tantrismo o arte de los mil orgasmos equivale a la continuidad de la luz de la vida.

Muy agudo fue nuestro filósofo espiritualista Mariano Iberico[1] cuando escribía que las estilizaciones geométricas y zoomórficas del antiguo arte peruano no cantan a la muerte como en los egipcios, sino a la vida fluyente y dinámica, como en los babilonios. El arte andino sería una aspiración a permanecer en la movilidad y no en la inmovilidad universal. Asi, concluía que el arte antiguo peruano tiene una actitud, un sentido cósmico,  una noción de lo Absoluto más vital y dinámico. No estoy seguro que esto último sea del todo exacto. Sobre todo cuando la deidad suprema inca no era la deidad solar sino ese oscuro y lejano dios Pachacamac –que lo traduzco como Vivificador del cosmos-, que escucha y siente todo pero permanece ignoto al hombre. O sea, no es la deidad de los mil nombres, como Isis de Egipto, ni como Shiva de la India. Su simbolismo es otro, a saber, el de la Fuente permanente de la vida impermanente. Ese dios monoteísta incaico fue el que permitió a los cronistas indios como Guamán Poma,  Juan Santacruz Pachacuti y al mestizo Inca Garcilaso, pedir un imperio cristiano indio exclusivamente a manos de los naturales. Como se ve, ya en la deidad ignota de Pachacamac latía el absoluto inmóvil que completaba la evolución religiosa de la civilización andina.

Pero nada de esto se relaciona con una pretendida línea de deshumanización expresada en el arte andino. Al contrario, el geometrismo y abstraccionismo del arte andino tiene que ver con una mayor profundidad metafísica de su espíritu, una mayor sensibilización ante lo santo, es estilización puesta al servicio de la expresión de la presencia las fuerzas superiores al hombre. Los primeros gobernantes precolombinos –caso Chavín- eran representantes de los dioses, como ocurría en los antiguos imperios mesopotámicos. Pero luego, personalmente creo que esto sucede desde los imperios Tiwanaku y Wari, los curacas pasan a ser de semidivinos en divinos o encarnación de la deidad en el orden temporal –como en el Antiguo Egipto-. Justo es esto lo que aprecia en los gobernantes cuzqueños llamados Incas.

Todo eso nos permite entrever otro sentido de “deshumanización” que se relaciona con las disquisiciones del filósofo del Yo y el Tú, Martín Buber. Nos dice que el hombre moderno no tiene casa cósmica y al haberla perdido es como ha madurado la antropología filosófica[2]. Penetrante observación que nos hace ver, como hemos indicado, que el hombre antiguo era ontológico mientras el hombre moderno es gnoseológico y, por ende, antropológico. Efectivamente, el hombre moderno es un ser enfermo de racionalismo, inmanentismo y secularismo. Lo cual amenaza ostensiblemente con destruir su alma. La abundancia material de nuestro tiempo ha extraviado el sentido de su vida y amenaza con extinguirlo. Ha perdido su “casa cósmica”.

En este sentido el hombre antiguo que vivía sin individualidad y sin derechos humanos, pero que conocía la superioridad del espíritu, se sentía seguro de su lugar en el cosmos. En cambio, el hombre moderno, repleto de narcisismo, vanagloria y egolatría, que vive reclamando democracia niveladora y pisoteando donde pueda la aristocracia de la interioridad, enarbola una subjetividad vacía, frívola, materialista e inmanentista que solamente ha logrado que extravíe su puesto en el cosmos. En medio de esta orfandad espiritual nace el abstraccionismo del arte moderno, es su expresión más genuina y legítima. En cierto modo el hombre antiguo era humano a fuerza de ser antihumanista y tener su centro en el cosmos. A diferencia del hombre moderno que está deshumanizado a fuerza de ser humanista. Además, nunca fue tan sistemática la eliminación premeditada de seres humanos como ocurrió durante la modernidad científica –me refiero al Holocausto-. Algunos descaminados han sostenido que el amor al hombre viene con el cristianismo, pero con ello se olvidan que ese es solamente el segundo mandamiento. Y más bien, el cristianismo al reivindicar a la Persona humana no deriva, justamente, en ningún antropologismo porque es fuertemente teocéntrico. Cristo decía: “Mi Padre y Yo somos uno”, pero también enfatizaba: “Mi Padre es más grande que todos”.

De tal manera que geometrismo y abstraccionismo en el arte no siempre es sinónimo de infrarrealismo y de carácter dionisíaco, pues, como lo hemos visto, ha sido también equivalente a hiperrealismo y de carácter apolíneo. Y ese fue el tenor dominante en la civilización precolombina. Por ende, tampoco es siempre parejo a deshumanización porque desde otra base metafísica corre paralelo a la santificación del mundo. Una vida de santidad no es de retraimiento, quietud, renuncia o huída del mundo –y así lo entendían los precolombinos y muchas culturas ancestrales y míticas, al igual que el cristianismo- sino lucha por el bien temporal y espiritual de la humanidad para santificar el mundo. El hombre moderno ha perdido esa unión ontológica con Dios y al perderla ha perdido su propia alma. Porque el eje del alma es el espíritu y el eje del espíritu es Dios. Sin Dios todo lo que hace el hombre se convierte en un boomerang que se vuelve contra él. Ese es el último sentido del Fausto de Goethe: “El hombre que conquista el mundo pero se pierde a sí mismo”.

No pensé que la disquisición sobre el carácter del arte precolombino nos llevara tan lejos, pero en ello constatamos que la cultura es un entramado tan abigarrado y jerarquizado que no tiene sentido poner la sesera en ella sin antes advertir que el camino del arte deshumanizado no siempre tiene una significación unívoca sino multívoca.



[1] Véase “El arte en el Perú prehispánico” en La Aparición Histórica, UNMSM, Lima 1971, 119-131.
[2] Véase M. Buber, Qué es el hombre, FCE 1960.

 09 de Junio del 2018