martes, 18 de junio de 2013

HERMENÉUTICA REMITIZANTE Y FILOSOFIA MITOCRÁTICA


HERMENÉUTICA REMITIZANTE
 Y FILOSOFÍA MITOCRÁTICA
Alétheia, Eidos, Percipi y Virtualización
Gustavo Flores Quelopana
Miembro de la Sociedad Peruana de Filosofía

Introducción

EXPLICACIÓN DEL OBJETIVO
DE LA HERMENÉUTICA REMITIZANTE


§ 1. EXIGENCIA DE LA ENCRUCIJADA ACTUAL

En la actual encrucijada civilizatoria de apocalíptica destrucción de la naturaleza y deshumanización acelerada, ya pasó la hora de insistir en la denuncia que el secreto de la metafísica occidental desde Platón ha sido la conversión de la alétheia en eidos, y que la salida consiste en su abandono y en una reconversión del eidos a la alétheia. Nada más falso. Pues, no ha sido precisamente la metafísica del eidos la responsable de ocultar el ser y de sustituir el ser por el ente. Por el contrario, la responsable ha sido la metafísica de la inmanencia de la subjetividad de la modernidad, que atrapó la cultura en el cientismo, aceleró el nihilismo, propició la increencia, convirtió el eidos en percipi, redujo el eidos a concepto y lo real a lo fáctico, encerrándonos en la jaula de la finitud, y sepultó la importancia de la verdadera trascendencia.
Por ello, para arribar a un nuevo modo de pensar, como salida a la crisis civilizatoria que nos abruma, no es necesario un retorno a la metafísica de la presencia, pues la historia no tolera repeticiones, ni un abandono de una metafísica de la esencia. Por el contrario, se trata de lograr un equilibrio entre las tres metafísicas: de la alétheia, de la eidos y del percipi. Hay que superar las unilateralidades de la metafísica de la inmanencia para ponerla en su verdadero lugar al lado de la metafísica del eidos y la metafísica de la alétheia.
Se tratan de tres concepciones del ser valiosas para el hombre. La metafísica de la presencia es excelente por la unión extática con el principio, la metafísica de la eidética porque brinda una mejor comprensión del fundamento y la metafísica de la inmanencia porque pone a nuestro servicio lo objetivante y útil del ente.
Pues, los beneficios de la racionalidad objetivante son incuestionables en muchos terrenos, y su desarrollo no se debe abandonar. Pero lo más dañoso en su reinado unilateral ha sido abolir lo nouménico y suponer que más allá del fenómeno no hay nada, entonces la apariencia constituye la realidad, la realidad está en la apariencia, no hay realidad, sólo hay apariencia. Con lo cual, el conceptualismo de la metafísica de la esencia se la hace culminar en un empirismo, nominalismo y relativismo que fulmina al humanismo y la axiología, a través de una metafísica de la subjetividad inmanente.

§ 2. HACIA UNA NUEVA TEORÍA DE LA RAZÓN

La tan ansiada metafísica de la presencia, donde la primacía de la visión preside la fraterna intuición del ser, como eje cultural está llamada a restablecer el equilibrio perdido y las unilateralidades de la objetivante e instrumental racionalidad científico-técnica, que si bien nos llevó a dominar el mundo, sin embargo nos ha conducido a perdernos a nosotros mismos. Con ello, se hizo realidad el último gran mito moderno: el mito prometeico del doctor Fausto.
Pero la profunda crisis de fe y de la razón filosófica que azota el mundo occidental, es fundamentalmente una crisis de la Razón humana. Su crecimiento clama por una urgente reorganización del saber humano. Una nueva teoría de la razón exige una armonización entre la alétheia, el eidos y el percipi. Fe, Filosofía y Ciencia son la manifestación de la estructura misma del logos humano. El dominio sobre los entes se basa en el saber científico, la indagación de los fundamentos en el saber filosófico y la sabiduría humana se basa no en el saber conceptual ni en la episteme, sino en la lógica sobrenatural del logos participativo y analógico y en la doxa.
La metafísica de la presencia con su logos participativo y analógico, la metafísica de la esencia con su logos conceptual y la metafísica de la inmanencia con su logos instrumental, son conquistas de la Razón humana, que lejos de postergarlas, combatirlas y remitirlas al olvido exigen una nueva categorización en el orden del saber humano.

§ 3. NECESIDAD DE LA HERMENÉUTICA REMITIZANTE

La metafísica de la alétheia impulsó una hermenéutica mitizante, la metafísica del eidos desarrolló una hermenéutica desmitizante y la metafísica subjetiva del percipi promovió una hermenéutica de la finitud. Ahora bien, la clasificación de las mismas en una nueva teoría de la razón exige una hermenéutica remitizante que vuelva a abrir el horizonte del ser para sacarlo de su olvido nihilista.
La hermenéutica remitizante es el camino para sacar al logos humano del naufragio de la trascendencia, la verdad y la razón misma. Es la vía para superar la ruptura nominalista y empirista que convirtió la metafísica de las esencias en mero conceptualismo. La hermenéutica remitizante al vislumbrar lo divino y el ser en el logos participativo y analógico hace posible rehabilitar la metafísica del eidos y revertir el proceso por las cuales las ideas dejaron de ser realidades y, entonces, lo real se convirtió solamente en lo fáctico e inmanente. De poco sirvió que la filosofía del siglo veinte durante su primera mitad planteara el retorno a la cosa misma, al objeto, a la existencia y al ser, cuando persistió en el rechazo a la metafísica tradicional de las esencias. Pues es erróneo culpar a la metafísica de las esencias del olvido del ser, en tanto que el ser mismo es esencia sólo en relación con el ente. En otras palabras, la metafísica del eidos tuvo el mérito de encontrar el ser en el ente a través de la esencia. En este sentido, la metafísica del eidos fue una superación la metafísica de la presencia, porque al descubrir el ser en la esencia del ente reivindicó a los entes del mundo inmanente junto a los de la trascendencia.
Descubrir las verdades inmutables, eternas y trascendentes a través de la esencia del ente fue una conquista inaudita del pensamiento humano. Representó desbrozar el camino hacia el dominio material del mundo. Ello se logra en Grecia a través de una hermenéutica desmitizante, en constante conflicto con lo religioso. No obstante, esta hermenéutica desmitizante no se dio desligada de toda teología, porque fueron nada menos que Platón y Aristóteles los verdaderos fundadores de la teología natural o estudio de Dios, lo indeterminado, el Primer Motor, o el Espíritu puro, a la luz de la razón humana.
Por casi dos mil quinientos años de filosofía logocrática occidental, o de la primacía del concepto, la metafísica de la esencia ha ido, generalmente y no siempre, divorciada de la metafísica de la presencia, y en conflicto con las diversas revelaciones (Moisés, Jesús, Mahoma), aun cuando en el fondo eran complementarias. El mejor momento de una síntesis entre ambas se dio en la Patrística, con su principio “creo para comprender y comprendo para creer”, y durante la alta escolástica, que efectuó el epítome de la síntesis entre la fe y la razón con Santo Tomás de Aquino. No obstante,  durante los siglos XVI y XVII se opera una mutación intelectual que implicó una disolución de la visión metafísica tradicional.
Es decir, la Edad Moderna representa un giro filosófico fundamental en Occidente, cuando bajo el impulso del nominalismo medieval, el racionalismo y el empirismo operan la gran ruptura con la metafísica del eidos y la esencia deja de reflejar el ser y las formas eternas para convertirse en “concepto” de la mente en relación con la realidad meramente fáctica. Lo eterno y trascendente se esfuma y diluye.

§ 4. EL GIRO NIHILISTA DE LA METAFÍSICA
 DE LA SUBJETIVIDAD

Si en la ontología antigua con Platón y Aristóteles el “ser” se convirtió en el más universal e incomprensible de los conceptos y se identificó con la unidad de la analogía, lo que revive en Hegel como lo “inmediato indeterminado”; y si en la ontología escolástica medieval la unidad de este universal se convierte en un “trascendental” o determinación más general, que conviene a todos los entes y que rebasan las mismas categorías aristotélicas, porque está fuera de los predicamenta (como Dios), esto es, que los trascendentales van más allá de las categorías porque son análogos como la misma analogía del ser; en cambio en la metafísica moderna, sobre el impulso matematizante de las ciencias, el “ser” se convirtió en “posición” de la facultad cognoscitiva, como ocurre en Kant, con ello el eidos se convierte en concepto subjetivo, lo ontológico se subordina a lo gnoseológico y epistemológico, la evidencia primera es el pensar y no el ser, y con ello se pasó de la esterilidad científica antigua y medieval a la esterilidad metafísica moderna.
 Se inauguró la metafísica de la subjetividad inmanente, cuyos conceptos fueron muy fecundos mostrando la objetualidad del ente con gran eficacia y facilitando el dominio material del mundo. Pero la consecuencia inevitable de este idealismo antirealista sería la identificación del eidos con el concepto subjetivo y el olvido del ser, es decir, se abrieron las puertas de par en par al nihilismo. Este giro nihilista aconteció en las tres formas en que la filosofía moderna occidental relacionó Mente y Mundo. (1) La Mente modela el mundo, del racionalismo de Descartes, Leibniz y Kant, y el convencionalismo de Poincaré, Kuhn y Feyerabend, fue un constructivismo que llevó hacia la discusión de los paradigmas y la sociología del conocimiento, todo lo cual desembocó en un proyecto logicista que fracasó debido a que no hay lenguaje formal absolutamente claro y libre de ambigüedades. Dejó como tarea equilibrar el positivismo y el relativismo. (2) El mundo modela la mente, del empirismo y positivismo, con su convicción de que los métodos de la ciencia podían rebasar los límites de lo sensible, como en Francis Bacon, Berkeley, Locke, y su desconfianza más allá de lo observable, con Hume, Mach, Círculo de Viena, pragmatismo, se constituyó en un empirismo que naufragó, porque el problema de la inducción y la indeterminación de las teorías evidenció las arenas movedizas del realismo científico. Y (3) la unidad entre mente y mundo, del voluntarismo nihilista nietzscheano, el neohegelianismo, el fenomenalismo de B. Russell, la fenomenología,  el existencialismo ateo, hermenéutica gadameriana y el posmodernismo, fue en realidad un inmanentismo de la finitud.

§ 5. SUPERACIÓN DE HERMENÉUTICA DESMITIZANTE
 Y RECUPERACIÓN DEL MISTERIO

Estas manifestaciones de la metafísica subjetiva y epistémica agotaron el “ciclo evolutivo” del logos inmanentista y desembocaron en el olvido nihilista del ser. Con la metafísica epistémica de la modernidad se plasma el fin de la alétheia, la distorsión del eidos y la entronización del hombre como un pequeño diocesillo, un deus in terris, colocado más allá del bien y del mal, un ser anético, que renuncia al ser y multiplica el para-mí en una hemorragia incontenible de subjetividad.
Con Heidegger la realidad del ser queda encerrado en el “sentido” del ser dado en el Dasein. Heidegger, en realidad, cambió la pregunta de Aristóteles, el cual no se pregunta por el ser, sino por el ente en cuanto ente. Justamente el peripatético supera la posición platónica porque asume que el ser es lo general del ente, pero no es el género del ente. De modo que el ser no es el concepto más vacío, identificado casi con la nada, sino que puede adquirir un contenido sin convertirse en ente y permaneciendo como lo general del ente. El planteamiento de N. Hartmann (Ontología, 5 t., FCE, 1954-1964) recupera el originario Aristóteles, en tanto que sostiene que no existe separación entre Ser y Ente, pero sí diferencia entre el Ser que es la generalidad del ente y el ente que es la particularidad del ser. Incluso podrían darse entes en que se refleje más nítidamente el ser. Pero la variación heideggeriana sobre el “sentido” del ser, hace que el problema del ser se torne en un seudo-problema sin correlato efectivo, permanece en la ambigüedad y vaguedad, en la vacuidad y oscuridad, imposibilitado de rebasar lo absolutamente negativo.
El resultado dramático del despliegue de la era nihilista es que lejos de poder salir de la humanización de la identidad entre el sujeto y el objeto, se terminó proclamando que no hay verdad extrahumana, sino que sólo hay voluntad de verdad, lo que equivale prácticamente a su abolición relativista y la renuncia-olvido del ser.
Ahora se entiende, que sólo superando la hermenéutica desmitizante, que degrada la esencia del mito en lo falso e irracional, y avanzando hacia una hermenéutica remitizante, que devuelve el horizonte en que se manifiesta lo sagrado, adviene la revelación absoluta, expresa la verdad mediante la imagen y el símbolo, y contribuye a resaltar la revelación sobrenatural de lo divino, es decir, sólo recuperando lo divino y lo verdaderamente trascendente, es posible contener los nocivos efectos de una descontrolada metafísica inmanente de lo subjetivo, estancada en lo objetivista y lo útil, devolver los fueros de la metafísica del eidos y favorecer el resplandor de la metafísica de la presencia.
Sin recuperar el misterio, es decir, la vivencia participante en el ser, no es posible salir del olvido ontológico y mostrar la polivalencia significativa del logos. La palabra puede ser religiosa, filosófica o científica, pero siempre viene precedida por la vivencia de la visión y el silencio contemplativo. Verdad, Silencio y Lenguaje muestran la secuencia de la manifestación apofántica de la realidad y la fraterna unión con las cosas. Esto puede tomarse como un retorno a la metafísica substancialista, pero también puede ser visto aristotélicamente como una consecuencia del discurso que tiene que ver con lo verdadero o lo falso. Pero lo verdadero o lo falso en el juicio lo son en la medida que la Verdad sea, esto es, que lo verdadero puede trascender la verdad del juicio cuando la metafísica de la alétheia impone el silencio ante lo inefable e intraducible de la Verdad.
De ahí, que la metafísica de la presencia pueda entenderse también como la vivencia de lo intraducible a lo objetivable, al lenguaje, y adviene en metafísica de lo inexpresable, no como aquello carente de significado, sino, todo lo contrario, que la riqueza de sentido no da totalmente cuenta del ser revelado y lo real casi se muestra con el sinsentido. Justamente esto es lo sagrado, el giro transgresivo que no se atiene a nuestra subjetividad y que constituye un golpe al narcisismo humano rebasando lo cognitivo racional. Al sujeto sólo le queda la metonimia, lo simbólico y la metáfora para su expresión.
De modo que es evidente que lo verificable no es lo único verdadero, que las verdades de la ciencia son verificables y objetivables pero las verdades de la metafísica de la esencia y de la metafísica de la presencia son inverificables, existenciales y sólo se dejan participar. Aquí las esencias, como bien advierte Marcel, no son objetos iluminados, son presencias iluminantes. De suyo, entonces, se comprende que con todo derecho lo transobjetivo y misterioso también pertenezca a la filosofía. Ahora se entiende por qué Platón recurre a los mitos, los cuales según Víctor Brochard (Estudios sobre Sócrates y Platón, Losada, 1945) expresa su pensamiento íntimo. Platón distingue la episteme de la doxa, pero para él hay doxa verdadera y doxa falsa. La opinión verdadera es de muy grande valor y muy próxima a la ciencia, pues es la ciencia del devenir (Rep. Lib. V, Banquete 202 A, Timeo 51 D, Menón 97 B, Fedro 265 C y Filebo 67 B). Para Platón mito no es imaginación sino expresión de probabilidad. Por ello, la creencia junto con la explicación científica se une sin confundirse ni molestarse.

§ 6. REGRESIVO PROGRAMA INMANENTISTA HEIDEGGERIANO

Para Heidegger la metafísica de la alétheia que se dio con los presocráticos fue “visión” del ser; pero desde Platón la metafísica griega se volvió eidos, concepto o reflexión sobre el ente. Desde aquí se inaugura el “olvido del ser” y la metafísica deviene en ontoteología o reflexión sobre el ente supremo. La sustitución de la alétheia por el eidos principia el camino hacia el nihilismo; entonces, se plantea la recuperación de la metafísica originaria y la recuperación del ser a través de la destrucción de la metafísica occidental, como manera de romper el pensamiento objetivante que sustituye el ser con el ser ente. El ser no es Dios, ni una substancia cósmica, incluso el ser de lo divino se decidirá en el horizonte de la apertura del pensar sobre el ser. De esta manera, su aspiración suprema es una alcanzar ontología pura, incontaminada de implicancias éticas y teológicas.
Al respecto hay varias observaciones que hacer. En primer lugar, la acusación de Heidegger contra Platón no es justificada, porque éste nunca tomó el ser como esencia, dado que la verdad nunca será posesión del concepto. En segundo lugar, Heidegger, como ya se indicó, tampoco entendió a Aristóteles, porque cuando éste acepta que el Ser es la generalidad del ente, a la vez se niega a aceptar la separación entre el ser y el ente, en cambio Heidegger retruca la pregunta del ser del ente por la del sentido del ser, “sentido” que encuentra su lugar privilegiado de comprensión en el Dasein o sea el hombre.
En tercer lugar, identifica la metafísica de la alétheia con el periodo presocrático de la filosofía griega. Pero la metafísica de la presencia no comienza con los presocráticos, sino que es el acervo espiritual común de la ancestral tradición filosófica mitocrática de chinos, indios, egipcios, babilónicos y precolombinos. En suma, de las antiguas civilizaciones no occidentales. Pues la “filosofía” será un término de origen griego, pero como actividad de asombro ante el misterio del mundo pertenece a la propia condición humana (Cf. mi Filosofía mitocrática y mitocratología). La distinción entre la filosofía griega y la filosofía ancestral no es por ello difusa sino nítida. Una será metafísica de la esencia y la otra metafísica de la visión.
En cuarto lugar, Heidegger pretende retrotraer el pensar calculador y objetivante hasta la metafísica de las esencias, sin embargo, ello acontece recién en los grandes sistemas metafísicos del siglo XVII. No fue con la esencia sino con el cientismo matematizante cartesiano que se hace prevalecer el concepto sobre la esencia y la existencia. Desde entonces fue el conocer la causa de la existencia, el pensar se sobrepone al ser. Es decir, que comienza con la metafísica epistémica de la modernidad y no antes. Bien enfatiza Heimsoeth (Cf. La metafísica moderna, Revista de occidente, 1932), en el sentido de que la conciencia científica no va unida a la disolución del pensamiento metafísico, la cual perdura y es raíz de novedades, pero dicha metafísica es predominantemente subjetiva, es decir, supedita lo ontológico a lo gnoseológico y a la certeza sensible.
En quinto lugar, el Ser de Heidegger no está más allá del mundo, no está en ninguna trascendencia, está en el mundo, es el mundo, es pura inmanencia. Por eso al igualar la metafísica de la subjetividad moderna con la metafísica tradicional de las esencias, omite una diferencia fundamental de ésta última, y es que no había abolido la trascendencia ni la existencia de Dios, como ocurrirá con las tres manifestaciones de la filosofía contemporánea, ya antes mencionadas. En otras palabras, Heidegger pretende retornar a la metafísica de la presencia con el espíritu secularizado e inmanentista de la filosofía moderna. Lo cual traiciona el espíritu mismo de la metafísica de la alétheia. Su inmanentista ontología existencial hace sombra a su pretendida ontología universal. Cuando abandona su exigencia existencial y asume  un ontologismo objetivista comienza hablar del “descubrirse del ser” y de la “libertad como don del propio ser” y no de la iniciativa humana. Pero esto no le impide insistir en el inmanentismo, pues el ser no trasciende el mundo en todas sus posibilidades, poderes, estructuras e historia humana. En suma, su objetivismo no modificó su fundamental abandono a la realidad fáctica, por lo demás, la única existente en la finitud absoluta.
En sexto lugar, el preconizado nuevo modo de pensar heideggeriano fracasa porque su carácter regresivo no sólo es antihistórico, sino que además es confusionista porque no se libra del encierro inmanentista del objetivismo moderno. Esto es, no es posible salir del pensar objetivista que ha estrechado el mundo hasta límites nihilistas simplemente preconizando un retornar hacia una metafísica de la alétheia o de la presencia, pues dicho retorno tiene un requisito previo que es necesario resolver, y es el problema del ser trascendente al mundo de la inmanencia. Sin devolverle a la trascendencia su originario sentido no es posible revitalizar una metafísica de la presencia, la cual está llamada a sacar a la razón del encierro inmanente y devolverle a las esencias su estatus ontológico. Manteniendo el recorte inmanentista de la realidad no es posible una verdadera metafísica de la presencia ni una metafísica del eidos. En este sentido Heidegger se inserta en un panteísmo del ser que busca no colisionar con la metafísica subjetivista de la inmanencia modernista. Pero estos malabarismos que buscan una ontología pura están contaminados de secularismo y falta de fe.
Y en séptimo lugar, el sentido del ser en cuanto ser es un programa que pertenece a una ontología ficticia para el hombre, porque el logos humano es un “ver finito que descubre” y que depende también de una “mostración finita del fenómeno”. Por ende, lo que “ante los ojos” sirve siempre de fundamento es un logos finito que permite un ver el ser por medio de los entes. La metafísica, en cuanto Filosofía Primera, es Ontología o tratado del ser, pero del ser del ente en cuanto ente y no del ser en cuanto ser. Las demás disciplinas filosóficas estudian campos reducidos u ontologías regionales. En Filosofía lo divino es estudiado por la Teología Natural a la luz de la razón humana y es distinta a otras clases de teología (revelada, dogmática, bíblica, moral, pastoral). Para Heidegger no es necesario penetrar en las profundidades de lo divino para esclarecer el concepto del ser. Más bien propone lo contrario. Ni Platón ni Aristóteles serían de este parecer y más bien discurren en el sentido de que penetrar en las profundidades del ser equivale hacerlo en la divinidad. Tomás de Aquino piensa que esto sólo es posible hacerlo en un sentido analógico, dado la distancia entre nuestro entendimiento finito y el entendimiento infinito de Dios.
En otras palabras, Heidegger reemplaza la pregunta ontológica fundamental del ente en cuanto ente por la del “sentido” del ser, sin reparar en que el “sentido” sólo existe para nosotros, no en sí. El ser rebasa el sentido y por tanto es un despropósito limitante la pregunta por el sentido del ser. Si esto es así, entonces toda su analítica existencial queda comprometida y adolecería de un error de base donde el Dasein interpreta el ser desde el tiempo y la temporalidad es fundamento de la eternidad. Su posterior giro objetivista tampoco corrigió el falso punto de partida y el ser de pensable y accesible se convierte en un objeto inasequible e imposible donde el hombre sólo puede aspirar a ser el pastor del ser. Ese viraje suyo hacia la serenidad o Gelassenheit quietista no modificó su originaria concepción del ser en cuanto ser, es decir no sometido al yugo del concepto. Siempre estuvo atrapado en la interpretación conceptualista del eidos y convencido de que la verdad nunca será posesión del concepto. Pero en realidad confundió los “objetos iluminados” –que requieren del concepto- de las “presencias iluminantes” –que exhiben a las esencias-. Repitiendo la tergiversación de Nietzsche se mantuvo firme en la convicción de que Sócrates y Platón sometieron al ser bajo el yugo de la idea. Lo cual no es verdad. Platón, Plotino, Agustín y Eckhart nunca tomaron el ser como concepto, porque la esencia nunca significó para ellos lo conceptual sino una “presencia iluminante”. El Ser nunca es esencia de algo sin un ente, pero a través del ente –el ente Supremo, que en realidad no es un ente- es posible buscar el ser en sí, más allá de toda esencia, sin incurrir en “olvido del ser”. La esencia como “presencia iluminante” es lo transobjetivo y transconceptual, inverificable, que sólo se deja “participar” por el logos existencial humano. Y donde la razón sólo puede aproximarse por analogía, el símbolo y la metáfora. Justamente por ello el filosofar mitocrático ancestral y presocrático pertenece al pensar de la metafísica participativa y de la presencia de la alétheia, donde prevalece la visión al Uno inefable y divino, en el que raciocinio y escritura se supeditan al “ojo” del alma.

§ 7. AVIZORAMIENTO DE LA METAFÍSICA DE LO ARTIFICIAL

En este sentido, no hay duda de que es urgente un nuevo modo de pensar. El nihilismo está asociado con la avasallante destrucción de la naturaleza y la deshumanización creciente y su superación requiere un cambio de pensamiento. La objetivante y dominadora razón instrumental de la metafísica subjetiva de la inmanencia ha llegado a su límite y exige una reestructuración cultural al breve plazo. No obstante, sobre el horizonte se columbra un nuevo ente, el ente virtual, cuya explanación agudiza las consecuencias críticas de la metafísica de la subjetividad inmanente. Y ello es así porque si la cultura humanística, ligada especialmente a la metafísica de las esencias, es profundización; en cambio la ciencia y tecnología es especialización. Y cuando la especialización sustituye a la cultura se cae en la barbarie cultural del momento presente, se propagan los cerebros descentrados dominados por lo virtual y la autoconciencia humana va siendo eclipsada por la proliferación de la imagen en las masas babélicas y mediumnizadas.
La dimensión técnica de la cultura humana ha sido vista por un buen tiempo como un tránsito de lo zoológico a lo inventivo, más ahora la tecnificación conlleva la presencia de instrumentos de dominio y de organización para el dominio. Desde  la máquina energética, que posibilitó el capitalismo industrial, hasta la tecnosfera actual, determinada por los intereses de la lógica del lucro y beneficio, se ha pasado a un mundo de especialistas alienados sin ética ni responsabilidad social. Si en Hegel la enajenación era el encuentro de la identidad, con Marx es la pérdida de la identidad, y esa es la realidad actual. La técnica es absorbida por tanatocracias cuya finalidad es contraria al bien común.  La acción instrumentalizadora, propia de la metafísica inmanente, convierte en medio lo que es fin en sí mismo. A lo cual se opone la acción contemplativa de la metafísica de la presencia y de la metafísica de la esencia. Y esto no significa que la ciencia moderna sea producto de la voluntad de dominio, sino que su carácter cuantitativo y matematizante lo permite. Así, si la técnica primitiva permite comunión con lo real, la técnica moderna permite control sobre lo real. Ahora bien, ante el ecocidio desbocado, el consumismo deshumanizador y la manipulación tecnocrática se ha pasado hacia el temor hacia la técnica mezclada con una reverencia supersticiosa. Descartes, Bacon y Compte exaltaron la técnica como fuente de categorías mentales, la Escuela de Frankfurt habló de la industrialización del pensar mismo, y Heidegger alertó que la técnica arrolló al pensamiento. 
Baudrillard en su libro Cultura y Simulacro, se extendió bastante sobre la imperante estupefacción mediática, y como Foucault, Bataille, Barthes y Derrida forma parte de los deconstruccionistas posmodernos, que al final terminan evaporando la realidad. La realidad no sólo es una maraña de discursos, sino que con Baudrillard lo virtual disuelve el principio de identidad y vuelve en ficción lo real. Muere lo humano y sus valores, en su lugar renacen lo infrahumano y el código genético. Como vemos, la ontología metafísica de la subjetividad inmanente ha dado lugar a la degeneración de la ontología misma en la metafísica de lo artificial. Al consumar el olvido y omisión de la pregunta que interroga por el ser se cumple la destrucción misma de la historia de la ontología. Pero esto no significa que la metafísica de lo artificial tenga que tener necesariamente estos efectos. Más bien los tiene por estar actuando bajo los lineamientos relativistas y solipsistas de la metafísica de la subjetividad moderna. De manera que no se trata de sacudirse de la metafísica de lo artificial, sino, de encauzarla hacia su desarrollo y ubicación ontológica adecuada para impedir resultados negativos. Se hace visible entonces que una etósfera adecuada y propia de la metafísica de la presencia y de la metafísica de la esencia, deben presidir el reordenamiento del saber humano.
Alétheia, eidos, percipi y virtualización son los tres grandes momentos del desarrollo de la razón humana. Su despliegue no estuvo exento de conflictos entre sí, y aun prosiguen en lucha, pero los tres corren el peligro de ser subyugados por algo nuevo salido de las entrañas de una tecnosfera humana sin control ético ni político, a saber, lo virtual. Lo virtual  abarca el “chip”, “in vitro”, “in silico” y “androide”. El chip es el pequeño circuito integrado que realiza numerosas funciones en ordenadores y dispositivos electrónicos. In silico es una expresión que significa hecho por computadora o vía simulación computacional. E in vitro se refiere a las pruebas que se realizan bajo condiciones controladas y no en seres vivos. Androide es una palabra de origen griego (Andros es hombre y eidos traducido como aspecto), utilizada para designar al aparato robótico que imita la figura humana La ciencia ficción los imagina con decisiones voluntarias y sentimientos.
La naturaleza y lo humano está siendo penetrado por la digitalización y la virtualización. Es decir, alumbra en el mundo actual una metafísica de lo artificial, como ontología regional, que está destinada a conducirse autónomamente, sin control humano, y de consecuencias totalmente insospechadas. Pues la técnica contiene también posibilidades perversas y ominosas que llevan a la barbarie. Lo que sucede en nuestro tiempo es un pequeño ejemplo. Actualmente es el orden político y financiero de las megacorporaciones privadas capitalistas las que se resisten a socializar los beneficios de la “era neotécnica”, la cual se manifiesta por ser más sensible a lo vital, cualitativo, orgánico, teleológico y que hace soñar con la utopía cientificista del hombre soberano y autosuficiente en la tierra. También sería un error buscar solamente en la técnica una solución a todos los problemas que plantea. Pues, la comprensión de la dimensión religiosa nos lleva a entender que el hombre no es un mero animal cultural y que es una criatura creada a imagen de Dios. En suma, la era neotécnica sólo abre posibilidades que el pensamiento humano debe desarrollar.
Pero el salto de la técnica de lo mecánico a lo orgánico y virtual abre a la máquina el orden de lo teleológico para el mundo artificial. Con ello se avizora un horizonte para que la responsabilidad por lo técnico salga de las manos humanas para recaer en su momento en la propia máquina. En otros términos, hoy día no sólo nos debatimos por acabar con la apropiación privada y minoritaria de la tecnosfera y poner al servicio de las mayorías los beneficios de la era neotécnica, sino que además se desarrolla paralelamente un nuevo modelo tecnológico, que sale de la logosfera humana pero que se enrumba a edificar su propia logosfera como inteligencia artificial. El dilema es que esta logosfera nueva no colisione con la etósfera humana.

§ 8. HERMENÉUTICA REMITIZANTE  Y JERARQUIZACIÓN
DE LA HISTORIA DE LA METAFÍSICA

El desarrollo de la logosfera humana ha atravesado por la metafísica de la presencia, la metafísica del eidos y la metafísica del percipi. Sobre el horizonte se va vislumbrando la metafísica de lo artificial. Pero se trata no de un desarrollo lineal sino lleno de líneas transversales, porque aun cuando cada una aportó nuevas significaciones y logros para la historia humana, sin embargo, cada una tiene un contenido permanente a cautelar y desafíos propios. Son únicas y constantes, y la abolición de cualquiera de ellas puede causar un grave perjuicio al desarrollo mismo de la razón. Sin  embargo, no hay nada que garantice su armonía, equilibrio y desarrollo. Se trata de nuevos climas espirituales de la humanidad que se extienden a lo largo de los siglos.
La hermenéutica remitizante propone una reestructuración de los saberes metafísicos  y no una metafísica de la síntesis. Busca la armonía entre la metafísica de la presencia, la metafísica de la esencia, la metafísica de la inmanencia y la metafísica de la virtualidad artificial. Y ello no es posible sólo remitiendo a un tipo de saber específico, sino proponiendo una jerarquía del saber humano mismo. La unión con lo divino, la trascendencia, la inmanencia y lo virtual tiene cado uno su propio ámbito ontológico, pero lejos aquí de trazar un ecléctico esquema sintético lo que se plantea es que lo ontológico no se extravíe en el anetismo y recupere su ligazón con lo axiológico siempre y cuando se recobre el sentido del ser en lo eterno.
Sólo superando el obstáculo inmanentista que reduce todo ser en general en la temporalidad, sólo reconociendo en lo Absoluto el elemento superior al tiempo primordial, sólo admitiendo la acción creadora y moral en el ser y la existencia, se evitará el moralismo ontológico que entroniza a la razón práctica y termina en el culto de la humanidad. Aspirar a creer en el ser en cuanto ser no es una ilusión cuando se reconoce que el ser no se limita a la temporalidad ni al horizonte humano. Dios es el ser en persona, lo eterno y lo temporal es el sentido del ser, lo trascendente y lo inmanente son reflejo de la realidad del Dios vivo. Hablar de Dios en la ontología no es olvidar el sentido del ser, como supone Heidegger, porque Dios no es un ente infinito, el cogitare del ego, sino que es el sum, la ousía o sustancia que da sentido al hombre y al mundo. Con el Dios abstracto prima lo óntico sobre lo ontológico pero no sucede lo mismo con el Dios vivo. Pensar en un ente privilegiado no agota la realidad de aquello pensado como Dios. Aun más dicho pensar es sólo analógico y jamás desentrañará la realidad misma del ser divino. Ser en cuanto ente es la manifestación límite del pensar conceptual, y pensar el ser en sí es el límite del pensar analógico, metafórico y simbólico.
La tesis central de este libro es que la metafísica de la presencia es muda sin la metafísica de la esencia, y la metafísica de la esencia es ciega sin la metafísica de la presencia, pero ambas son cojas sin la metafísica de la inmanencia y ésta es incompleta sin la metafísica de la virtualidad. Dicho divorcio si bien favorece durante un tiempo con logros espirituales o materiales, respectivamente, sin embargo su propio unilateralismo las hace sucumbir. Así, el hombre de la modernidad naufraga atrapado entre las cosas y él mismo se siente cosa, su alineación llegó a extremos de la cosificación, se deshumanizó. La barbarie galopa sobre sus hombres.
Cómo responder a ello. Desde tiempos inmemoriales de filosofía mitocrática ancestral o la metafísica de la presencia avanzó abriendo la puerta al dominio espiritual del mundo. Desunida con ésta alumbró en Grecia la metafísica de la esencia, manifestando el ser del ente y abriendo la puerta al dominio esencial del mundo. Dicha metafísica de la esencia durante el medioevo cobró rasgos existenciales con la prioridad de la Persona divina y  reveló en ser en sí en Dios. Advino luego, en la modernidad, la metafísica de la inmanencia que proporcionó al hombre el dominio del mundo pero le extravió su propio ser. A continuación llega la metafísica de la virtualidad que, inmersa en la lógica manipuladora e instrumental, licua aun más lo real y elimina los últimos restos de humanidad en el hombre.
Entonces, cómo contener la creciente deshumanización, la pérdida de los valores y la perniciosa desacralización del mundo. A través de la jerarquización del saber humano. La innovación que exige nuestro tiempo no es la resurrección de la metafísica arcaica, ni tampoco el retrotraernos a edades pretecnológicas, sino que, después de una larga y sinuosa experiencia de pensamiento humano, llega el momento de posibilitar la síntesis armoniosa entre la metafísica de la presencia, donde la primacía de la visión o contemplación coincide con la revelación de la verdad en la mirada interior, con la metafísica de la esencia, donde la primacía del eidos coincide con la revelación de la verdad en el concepto, con la metafísica de la inmanencia, que permite el dominio material del mundo, y la metafísica de la virtualidad, que crea nuevas realidades en sustitución de las naturales. Lo divino, lo esencial, la máquina y lo artificial, y en ese orden, son los elementos integrantes de una razón humana que clama por una logosfera presidida por su propia etósfera.

§ 9. HERMENÉUTICA REMITIZANTE  Y HUMANISMO

El hombre no es un “animal proyectivo”, ni un “animal cultural”, ni el “pastor del ser”. El hombre es una criatura de Dios hecho a su imagen, lo que significa racional y libre. Sin comprender la dimensión religiosa humana no se está en condiciones de captar en toda su extensión el despliegue metafísico de la razón humana, desde la metafísica de la presencia hasta la metafísica de la virtualidad. Pero sobre todo no se está en situación de apreciar la necesidad de un ordenamiento jerárquico del saber humano, sin exclusión de ninguno de sus saberes. El ser como concepto es lo abstracto, lo más general del ente; pero el ser en sí es lo más concreto que rebasa el concepto y lo fenoménico. Por eso la búsqueda del saber filosófico no conoce término, soluciones o progreso; porque al mirar la totalidad objetiva trasciende lo subjetivo en fraterna unión con el misterio del ser.
Enconchabados sin embargo en una Ilustrada hermenéutica desmitizante el humanismo ateo contemporáneo pretende defender el humanismo y la moral respondiendo a la barbarie de la civilización material, que nos amenaza con aniquilar los auténticos valores humanos, defendiendo la autonomía del espíritu, la libertad, la personalidad y reconociendo un orden objetivo de valores. Este enfoque inmanentista es bien compendiado en la idea ontológica popperiana de los tres mundos: realidad material  (Mundo 1), realidad de la conciencia (Mundo 2) y realidad de las entidades ideales (lógica, matemáticas, cultura, etc.).
Estos tres tipos irreductibles de realidad pueden explicar el desarrollo del conocimiento desde un enfoque naturalista, pero resulta impotente para dar una explicación comprensiva de la totalidad objetiva de la Realidad. Pues, y dónde queda el mundo de la trascendencia, obviamente que en este esquema inmanentista no hay lugar para ella como realidad autónoma. Es decir, Dios sería una invención de la mente humana. Humanismo naturista propio del Renacimiento, que ya había sido manifestado por Feuerbach en lenguaje naturalista –“No es Dios quien ha creado al hombre sino el hombre quien ha creado a Dios”- y por Marx en cifra económico-historicista –“La religión es el opio del pueblo”-. El rompimiento con la metafísica de la presencia y la metafísica de la esencia no podía ser más evidente. Pero incluso la ontología pura de Heidegger no supera este horizonte de la inmanencia porque el ser, que en un principio era pensable para luego volverse impensable, nunca está más allá del mundo, es el mundo y el mundo es en él. Por ello, la metafísica de la inmanencia está imposibilitada de dar vitalidad al humanismo y a la moral porque tarde o temprano termina en un narcisismo autodestructivo de lo humano.
Levinas en su libro Ética e Infinito, hace entender bien este punto cuando aproxima la inmanencia con la trascendencia, pues el Otro es un infinito que nos reclama y hace que la verdadera relación con el ser sea ética antes que ontológica. Este énfasis en la bondad y la responsabilidad con el prójimo ha sido retomado por Enrique Dussel en su texto Para una ética de la liberación latinoamericana. El común malentendido en ambas interpretaciones es que asumen que el sentido de responsabilidad y de la bondad con el Otro no derivan de la pregunta por el ser, sino que le anteceden. Pues bien, aquí hay que decir que efectivamente le anteceden dentro de la metafísica de la inmanencia de la subjetividad egolátrica de la modernidad, pero no en el contexto de la metafísica de la alétheia ni de la metafísica del eidos, porque en éstas últimas se da una intuición fraterna con las cosas, lo que hace que el ser posibilite a la ética. En el logos mitocrático, que posibilita la revelación de lo sagrado y el sentido de comunión con lo existente, es un sentido ontológico lo que antecede y posibilita a la ética. Por consiguiente, decir que el sentido de responsabilidad por el Otro no deriva de la pregunta por el ser y sí,  más bien, es antecedida por la ética, o que la verdadera relación con el ser es ética antes que ontológica, solamente es cierta dentro de la enajenante relación planteada por la metafísica de la inmanencia de la subjetividad egolátrica de la modernidad, pero no dentro de la metafísica de la presencia ni la metafísica de las esencias.
Es más, hay que recuperar el verdadero sentido unitivo del ser para comprender que la ética y la ontología están estrechamente unidas en la doble dimensión de lo inmanente y lo trascendente, y que su ruptura sólo acontece desde la modernidad con su episteme subjetiva. Esto, a su vez, implica la superación del sentido moderno del humanismo, que ha sido bien resumido por Heidegger en Sendas Perdidas, en el apartado “La época de la imagen del mundo”: interpretación filosófica del hombre que desde el hombre y hacia el hombre explica y valora la totalidad de lo existente. En su lugar hay que ir hacia una nueva redefinición ontológica: exégesis filosófica del hombre que desde y hacia el ser (supremo) explique y valore la totalidad de lo existente. De esta forma será posible que el humanismo no signifique la muerte de la metafísica. En este sentido, Heidegger apunta certeramente cuando en su Carta sobre el Humanismo, afirma que el humanismo significó la muerte de la metafísica porque el hombre desplazó el lugar del ser. Pero justamente esa es la tarea, no seguir pensando el ser desde el hombre, sino, hay que pensar al hombre desde el ser, con ello se acabará con la muerte de Dios y con la crisis del humanismo. Pero el humanismo moderno que impugnó toda fundamentación trascendente y acarreó la muerte de Dios, está coludido con la razón instrumental científico-técnica.
Esta denuncia sobre el sesgo totalitario de la razón ilustrada y la sociedad cientista, efectuada por Adorno, Horkheimer y Marcuse, hay que llevarla más lejos para decir que el hombre no podrá recuperar su capacidad de pensar –hoy retenida por la programación cibernética- ni ser libre, hasta que la razón técnica no se vea libre de los intereses manipuladores de la sociedad de la organización total y del lucro, ya sea ésta capitalista o comunista. Por ello, la tecnosfera requiere de una nueva etósfera, la cual necesita, a su vez, de una nueva ontosfera. La verdadera relación con el ser, para sea ontológica y ética a la vez, necesita de un marco metafísico que subordine lo práctico y utilitario a lo ético y al ser. Sin dicho ordenamiento será inevitable un futuro totalitario, biológico, sanchopancesco, y en donde brille la reflexión por su anulación. La catástrofe final adviene cuando se extingue el interés por la salvación y en su lugar predomina el interés pragmático. Ciencia y técnica pueden constituir una garantía de una efectiva comunidad humana sólo si son subsumidos bajo lo ético y un nuevo esquema metafísico. Pues la pretendida superioridad espiritual de la comunidad científica, defendida por Ugo Spirito en libro Nuevo Humanismo, se ve reducida a la triste realidad de vivir a espaldas de la ética y responder a los siniestros grupos megacorporativos privados del hiperimperialismo del presente.
La agudeza de la crítica psicológica y social del humanismo ateo contrasta con la miopía de su visión religiosa. En primer lugar, afirma que toda Iglesia y Dios implican una relación de dominación. En segundo lugar, puesto que reconoce que la cuestión crucial es la nueva religiosidad plantea ante ello una religiosidad atea, sin advertir que el humanismo sin Dios lleva al narcisismo egolátrico humano, que tanto combate. Al contrario, Dios no nos quiere sometidos, ni sumisos, sino libres, autónomos, lúcidos y agradecidos. El nuevo hombre y la nueva sociedad requieren de una nueva imagen de Dios, una Iglesia de la libertad y no de la dominación, tal como ha quedado mostrada por las teologías de la praxis y de la liberación. En tercer lugar, sobredimensionan la realidad histórica y temporal del hombre. Así, mientras en fin del hombre para la escolástica es la unión beatífica con Dios, para el secularizado Heidegger es la muerte. En la muerte el hombre encontraría su ser auténtico. Su análisis existenciario de la muerte pretende ser anterior a la exégesis biológica, psicológica, teodiceica y teológica, Pero podemos preguntarnos, por qué el “ser más allá de la muerte”, en lugar de “ser para la muerte”, no puede ser una comprensión existencial más original y constituirse en una estructura existenciaria del hombre. Avanzando en la definición de la totalidad del dasein se pone de manifiesto que no basta, como en Heidegger, pensar el “estado de resuelto” con el proyectarse silencioso en la angustia, sino en la superación de la angustia a través de la fe, como estructura existenciaria fundamental. Por donde se mire se advierte que Heidegger hace ontología secularizada y no ontología fundamental, y con ello quedó atrapado en el sentido óntico del hombre al concebirlo como “ser para la muerte”. De ahí que analice si el tiempo tiene ser, pero se termine eludiendo el problema de la vida eterna, la transtemporalidad y del Absoluto. Ahora se comprende que examine el temor y la angustia pero no la esperanza ni la fe. La exégesis heideggeriana del hombre y del ser se revela insuficiente y brota de la perspectiva secularista e inmanentista de la modernidad. En suma, el humanismo sin Dios es inhumano, y la ontología sin Dios o el ente supremo es errónea, porque ambos sólo saben darnos el camino estéril de una Realidad recortada en la mera inmanencia y temporalidad.

§ 10. HERMENÉUTICA REMITIZANTE  Y LA PRESENCIA ILUMINANTE

De ahí nace, justamente, la imperiosa necesidad de una hermenéutica remitizante y de la jerarquización del saber humano. Pues el mito es una visión de lo no-humano o sobrehumano, es metafórico-simbólico, analógico-poético, fe y palabra de confianza, contiene una revelación cósmico natural y dice lo inexpresable e indecible. La metafísica no sólo es una exigencia de la razón humana, sino, además, de nuestra propia existencia y ser en el mundo. El hombre no puede desprenderse del logos mítico, como tampoco puede deshacerse del logos de la conceptuación. Tanto el logos participativo del mytho como el logos conceptuador de la ratio, son partes indesligables de la condición humana. El mito es una categoría esencial de la existencia humana y desconocerlo equivale a negarnos a ver un hecho real que señala al arcano mismo. No es que la metafísica de la alétheia sea una receta segura para despaganizar al secularizado mundo occidental, no obstante abre un inmenso horizonte perdido, que muestra la polivalencia significativa del logos: la palabra puede ser científica, filosófica o religiosa. Fedro pregunta a Platón si el mito es verdad, y Platón rechaza la explicación naturalista-racionalista y relaciona al mito con las esencias, su velación revela el ser, lo trascendente y el misterio. De manera que si antes la metafísica de las esencias se volvió contra la metafísica de la visión, ahora ante el maremágnum de la metafísica de la inmanencia y la metafísica de la virtualidad el panorama es distinto, y requiere la metafísica del eidos de la metafísica de la presencia para su revitalización. El misterio es vivencia participante en el mito y en la revelación sobrenatural. El fondo del símbolo es el misterio, el arcano, el ser, Dios. El hombre crea símbolos para develar el misterio del ser, pero de Dios recibe los símbolos máximos, donde se fusiona lo humano y lo divino. Por ello, por la gracia el misterio consigue la secreta participación en Dios. Todo este proceso no es de captación conceptual, sino que es comunión y participación con el mundo y con lo divino, es metafísica de la alétheia, visión con el ojo del espíritu, donde la palabra queda embargada por el previo silencio de la “presencia iluminante” para volvernos nosotros mismos “presencias iluminadas”. Y entonces, parafraseando los versos del buen bardo Conde de Platen y Hallermünd, podemos decir:

El que el ser ha visto con sus ojos
está ya a la verdad entregado.
Para ningún oficio servirá en la tierra,
sin embargo, temblará ante la alétheia,
el que el ser ha visto con sus ojos.

Pero el reconocimiento de la filosofía mitocrática y de la metafísica de la presencia no significa una vuelta al paganismo. Nada de ello. Pues, si todas las grandes religiones veneran a Dios, no todas son equivalentes. Ponerlas en un mismo plano significaría desconocer el Plan Pedagógico de la divinidad. De este modo, junto a la secularización y a la increencia también es un peligro serio el pluralismo religioso y la religión a la carta o sincretismo individualista. Todo lo cual, más bien, impide penetrar en el misterio de la naturaleza intradivina. Lo cual resulta incomprensible para un Occidente que sufre de un exceso de racionalismo y una sequía de fe.
Alberto Wagner de Reyna había señalado con acierto que el hombre secularizado de occidente está afectado de “poca fe”; más, hay que decir, de modo complementario, que ello no sería posible si al mismo no estuviese afectado de “poca razón”. Y esto es así porque el exceso de racionalismo no es una abundancia de razón, sino una profunda carencia de la razón misma. Y, por su parte, Francisco Miro Quesada en Apuntes para una teoría de la razón, intentó al menos en el terreno lógico-matemático una nueva teoría de la razón, ante los nuevos resultados de las investigaciones metateóricas que hacían insostenibles las concepciones clásicas  de la razón (empirismo, pragmatismo, historicismo). Y había señalado con mucha lucidez que la proliferación de sistemas lógicos heterodoxos no atentan contra la unidad de la razón, porque persiste un núcleo de principios comunes que son invariantes.
De ahí, que una nueva teoría general de la razón deba dar cuenta no sólo de una fundamentación lógico-matemática, sino, incluir también las ciencias sociales, la razón algorítmica, la religión y el arte. Lo cual no significa que todos los ámbitos puedan ser fundados racionalmente, por ejemplo la ética y la fe se resisten a ello. Y ello es debido a que el logos humano se compone de un logos mítico o participativo y un logos de la ratio o calculable. Así, la razón poética es más participación, aun cuando su expresión requiere de conceptuación. Por lo cual, la poesía estaría en un campo medianero y que transita a horcajadas entre la razón y el mito, tal como es el hombre en su esencia misma. En esta unidad de contrarios reside la naturaleza unitaria de la razón humana.
Dicho de otra manera, la unidad de la razón no sólo contiene una dualidad de explanación bajo la forma de construcción- destrucción, ni  se limita a presenta la dualidad morfológica de razón algorítmica y razón poética, sino que exige el análisis de la razón misma como facultad de conocimiento o presencia o iluminante, y facultad de ser o presencia iluminada. En la razón como presencia iluminante prima el concepto, el cálculo y medida, la ciencia y la filosofía logocrática; en la razón como presencia iluminada prima la metáfora, el símbolo, la analogía, la fe y la filosofía mitocrática. No se puede dar cuenta de la razón sin la historia de la sinrazón, pero no sólo como locura, como pretende Foucault, sino también como mito; y  tampoco sin retrotraer el pensar al ser,  pero no sólo eurocéntricamente a occidente, como plantea Heidegger, sino también en las culturas ancestrales no griegas.
El testimonio, el rigor, el método, los enunciados, la significación y la comunicación son distintos en los dos ámbitos del logos humano. El logos del mito y de lo participativo se basa en la doxa, mientras el logos de la ratio y de la conceptuación en la episteme. De ahí que se comprenda que no todo conocimiento de razón sea formalizable, existen ámbitos racionales informalizables. Ya Wittgenstein había llamado la atención de que esta regla es errada, porque sólo basta comportarse y no conocer la regla del lenguaje para permitir la comunicación. El trinomio Verdad, Silencio y Lenguaje se comporta de modo diferente en la ratio y en el mytho. De modo que el logos humano sólo vislumbra lo divino por el logos participativo o analógico, la metafísica de la alétheia, la filosofía mitocrática, donde la Verdad antecede al silencio y al lenguaje; distingue las ideas trascendentes por la metafísica de las esencias, como primer estadio de la filosofía logocrática, donde el énfasis en el Silencio de la contemplación teórica media entre la Verdad y el Lenguaje; y objetiviza, manipula, calcula y domina los entes por el logos de la ratio divorciado de toda trascendencia de la metafísica de la epistémica inmanencia, donde el Lenguaje predomina sobre el Silencio y la Verdad.
Se podría pensar que el juego dialéctico entre lo iluminante y lo iluminado acontece sólo en la metafísica de la presencia y la metafísica de la esencia, y que sólo está relacionado cuando el logos no se desvincula de la physis, pero esto no es así. Dado que la razón misma es también facultad iluminante, incluso como razón calculante, y teniendo en cuenta que en el logos, tanto de la doxa y de la episteme, el ser está presente, porque el ser está en el logos porque también está en la physis. Entonces, es posible comprender que la misma sucesión de la metafísica de la presencia, la metafísica de la esencia, la metafísica de inmanencia y la metafísica de la virtualidad, es parte del despliegue de la metafísica universal de la luz. En este sentido la metafísica de la luz es el juego creativo que mantiene el ser y el logos, como presencia iluminante que no sólo hace posible las presencias iluminadas en un abandonarse a la revelación y evocación del ente en cuanto ente, sino también en una activa aprehensión pensable y calculable del ente en cuanto ente. En una palabra, las metafísicas atentas a la presencia y las metafísicas atentas al dominio son partes de la metafísica de la luz. Su despliegue y combinación integran el camino hacia el ser verdadero. De este modo es necesario que el logos esté (pensar creencial) y no esté (pensar calculante) a su vez en la physis. Pensar creencial y pensar calculante son, en buena cuenta, presencias iluminadas e iluminantes.

§ 12. LA FILOSOFÍA MITOCRÁTICA

En la enseñanza universitaria es credo canónico admitir que la filosofía es un saber reflexivo, crítico y de origen griego. Pero en realidad la revocación derridiana de la fijación del logocentrismo en la primacía de la presencia es valiosa para advertir otras formas de filosofar no logocráticas y sí, más bien, mitocráticas. La presencia no representativa del logos mítico está más henchida de ser que la entidad conceptual del logos de la ratio. La metafísica de la alétheia es más primigenia y profunda que la metafísica del eidos. Pues la representación conceptual del logos racional está más colmada de precisión y objetualidad que el logos mítico, pero ambas son formas legítimas del logos humano y nuestra tarea histórica no es divorciarlas sino reconciliarlas.
Mi primer cuestionamiento del dogma eurocéntrico logocrático del origen del filosofar lo hice muy rudimentariamente en el año 1998, a los 39 años, y lo expuse en mi libro “Eurocentrismo y filosofía prehispánica”. Desde entonces, el tema me asedió incesantemente y, después de haber corrido en el río mucha agua y varios libros bajo el puente, sistematicé la teoría en mi libro del 2010 “Filosofía Mitocrática y Mitocratología”. Se trataba de la elaboración de una nueva teoría del origen del filosofar, la cual tiene un antecedente indudable en la postura de Karl Jaspers y al trazado anticonceptolátrico de los postestructuralistas como Foucault, Derrida y Deleuze. El universalismo filosófico de Jaspers orienta hacia la construcción de una teoría de la filosofía que aborde con legitimidad el orbe no occidental. Reconozco igualmente la influencia de las valiosas ideas sobre el mito del pensamiento de Wagner de Reyna. No menos impacto tuvo el meditar la tesis miroquesadiana sobre “el hombre sin teoría”. Para efectuar la comprensión de aquella, tuve que preguntarme no qué es la filosofía, sino qué es la razón humana y qué condiciones debe satisfacer una teoría general de la filosofía, entendida como teoría metalógica y metafilosófica. Así postulé la teoría de la polaridad del logos humano en ratio y mytho, basadas en una distinta base lógica (principio de armonía de los contrarios y principio de identidad). Es decir, en lugar de afirmar que sólo es filosofía la reflexión basada en el principio de identidad, afirmo que también lo es el que está basado en el principio de la armonía de los contrarios. Como el postestructuralismo, sostuve que Occidente depende de la lógica de la identidad, pero añado que las civilizaciones orientales y paleoamericanas oponen el pensamiento analógico y metafórico.
Lo que ahora advierto, al hilo de un cuestionamiento de la condena heideggeriana de la metafísica de las esencias y de la necesidad de recuperar la metafísica de la presencia, es que una hermenéutica remitizante –idea deducida de los planteamientos de Paul Ricoeur- permite advertir que la filosofía mitocrática se identifica con la metafísica de la alétheia y es puente principal para la recuperación de la metafísica de la esencia. De modo que hay filosofía mitizante y mito filosofante. En el mito el hombre filosofa enfrentándose a la situación límite de la trascendencia, la muerte y la culpa. Se trata de ir más allá de la teoría de Hegel y Heidegger, quienes desde su eurocentrismo no pensaban en la teoría de la polaridad del logos humano, reconociendo el carácter no eurocéntrico de la esencia de la filosofía, cuya forma no es transcultural pero cuyo contenido es universal. Esto no puede verse como si con la teoría mitocrática de la filosofía se regresione a esquemas preconceptuales superados, pues de su reconocimiento puede ayudar a ampliar la razón conceptual y contribuir a superar la actual crisis de la razón. Hay que añadir a las condiciones racionales de esta teoría del logos humano el reconocimiento legítimo de las dimensiones irracionales de la misma, lo que ayudará a acercar a la razón con el misterio, lo sagrado y terminar con dañino imperio de la hermenéutica desmitizante y el desencantamiento del mundo. Este esfuerzo se dirige a demostrar, más allá de Derrida, que no hay significante objetivo alguno que procure la presencia plena del significado o que la presencia supera el sentido, el ser está más allá de la palabra, porque el ínsito significado no representativo involucra la totalidad de la existencia, la cual siendo inobjetivable es lo más real y verdadero. En cierto modo se pone de relieve que el significante conceptual es totalmente incongruente con esta posible plenitud significativa.
En definitiva, entre la razón y la filosofía se da una relación lógica o conceptual, pero la racionalidad humana ha dado otras formas de filosofía no basadas en la razón sino en el mito y la religión. El objeto de lo que llamo «polaridad del logos», como la «arqueología del saber» de Foucault, es el descubrimiento de las «epistemes», o conjuntos de relaciones entre «prácticas discursivas e ideatorias» comunes a las diversas formas que constituyen los modos de filosofar propios de una época, el alma oculta, el «a priori histórico» de donde nace la manera de expresarse de una época; el análisis de estas epistemes filosóficas, propias para cada una de las distintas épocas de la humanidad. De modo que mostrar la existencia de la universalidad del logos filosófico, su polimorfismo, polaridad y su presencia en las diversas etapas de la humanidad persigue demostrar:
-la presencia legítima de las diversas formas del filosofar,
- la identificación entre filosofar mitocrático y metafísica de la presencia,
-la recuperación de la metafísica de las esencia a través de lo mitocrático,
-la subordinación de la metafísica de la subjetividad inmanente a través de una jerarquización del saber,
-remontar la era nihilista, y
-evitar las consecuencias nefastas de la metafísica de la virtualidad a través de su reconducción, previa unión de la etósfera con la ontosfera.
Actualmente, no es tanto el espíritu irreligioso lo que perturba la comprensión de las cuestiones del espíritu, sino el hálito anético del nihilismo postmoderno, que dirige a la humanidad hacia la Nada hedonista, nihilista y relativista. Verdadero fulminante para una vida valorativa, con sentido profundo y superior. Reivindicar el logos mitocrático dentro de una hermenéutica remitizante puede contribuir a rehacer en una nueva síntesis el apocado logos humano actual.

§ 13. PLAN DE LA OBRA

El desarrollo de la hermenéutica remitizante y la filosofía mitocrática, donde el logos participativo del mytho y el logos conceptuador de la ratio son partes indesligables de la condición humana, se bifurca en dos partes:
Primera parte: Analítica de la metafísica de la inmanencia y de la hermenéutica desmitizante.
Segunda parte: Exégesis de la metafísica de la presencia desde la hermenéutica remitizante.
La primera parte se divide en dos secciones:
Primera sección: Ocaso de la metafísica inmanente.
Segunda sección: Efectos deshumanizantes de la metafísica inmanentista.
La segunda parte se divide también en dos secciones:
Tercera sección: Disolución de la trascendencia en la inmanencia
Cuarta sección: Remitización, Alétheia y Mitocratismo.
La primera sección se divide en dos capítulos:
1.   El paradigma: último estertor de las posibilidades del percipi.
2.   Virtualización y liquidación del pensar
La segunda sección comprende asimismo dos capítulos:
1.   El fracaso del nihilista superhombre
2.   Etósfera y ontosfera
La tercera sección abarca tres capítulos:
1.   La divinidad inmanente
2.   Dios y ser en Heidegger
3.   Ontología y filosofía analítica
La cuarta sección contiene dos capítulos:
1.   Metafísica de la presencia y filosofar mitocrático
2.   El filosofar mitocrático y alétheia

(Tomado del libro “Hermenéutica Remitizante y Filosofía Mitocrática”, IIPCIAL, Lima 2013)

jueves, 16 de mayo de 2013

SER Y DIOS EN HEIDEGGER

SER Y DIOS EN HEIDEGGER
Gustavo Flores Quelopana
Miembro de la Sociedad Peruana de Filosofía


LOS TEXTOS
Heidegger (1889-1976) declara abiertamente que “el Ser no es Dios”, sin embargo en Ser y Tiempo expresa que es “el trascendente absoluto”. Pero el Ser es lo más próximo y lo más lejano al hombre que cualquier ente, incluso el mismo Dios. El Ser es, en realidad, el mismo mundo, no hay otro mundo más allá del mundo, es inútil buscar un creador del mundo.

En su tesis de doctorado presentada a los 24 años (1913), año en que se aparta de sus estudios de teología, ya Heidegger llega al pensamiento de la atemporalidad de lo lógico, pensando la diferencia entre el campo lógico y psicológico. Siendo estudiante de teología en Friburgo lee los dos tomos de las Investigaciones Lógicas de Husserl. En 1913 publica Husserl sus Ideas relativas a una fenomenología pura y una filosofía fenomenológica,  y es cuando Heidegger decide tomar distancia del camino extremo de la subjetividad y centrar su atención al método fenomenológico. Decide dedicarse a la filosofía. En 1919 se hace asistente de Husserl y es cuando toma su propio camino al percatarse que el mostrarse-por-sí-mismo de los fenómenos de la fenomenología, era el camino de la aletheia de Aristóteles, como el desocultamiento de lo presente. Lo que aparece a la conciencia, el fenómeno, es propiamente desocultamiento, así lo pensaron los griegos, como presencia permanente que se lleva a cabo a partir del desocultar.

Entonces su primer esfuerzo será el desocultamiento del Ser desde el horizonte del existir humano individual; y después de Ser y Tiempo, emprenderá el desocultamiento del Ser desde el horizonte de la historia. En ambas etapas el propósito será pensar la presencia permanente desde el desocultamiento del fenómeno, la realidad o el ente.

Ser y Tiempo (1927) trata de no tomar partido entre el teísmo y el ateísmo, y deja abierta la posibilidad de un nuevo desarrollo de su pensamiento. Su gran obra quedaba interrumpida después del análisis de la temporalidad del existir humano individual. Los años siguientes significan para Heidegger la salida del ámbito individual al ámbito histórico del existir humano a través del pensar la trascendencia del existir humano.
En su conferencia Qué es metafísica (1929), no se pregunta por el Ser sino por la Nada. Al hombre le sobreviene la Nada en la angustia y así se enfrenta a la totalidad de los entes. Ello lo lleva a la pregunta cumbre: ¿Por qué hay ente y no Nada? La nada es el origen de la negación y no al revés. Para la metafísica antigua la nada es materia sin forma. Para el cristianismo la nada es ausencia de todo ente extradivino, contraconcepto de Dios como ente increado. Pero Dios excluye de sí toda nihilidad. La nada pertenece al ser mismo del ente, a la finitud. El ser es por esencia finito y en la trascendencia de la existencia sobrenada en la nada. Sólo en la nada de la existencia sobreviene el ente de un modo finito.

De modo que, como sostiene en El Sendero (1957), sólo el “compromiso por el Ser y para el Ser” puede dar sentido a la palabra “Dios”. Es el pensamiento el que “prepara un retorno posible de Dios”.

Por no preguntar, escribe en Introducción a la Metafísica (1936), por el “Ser del ente” sino solamente por el ente sin más, que el cristianismo convirtió en el “ente creado”, la tradición metafísica occidental ha sido culpable del olvido del ser. Por qué hay ente y no más bien nada, es una interrogante que concierne a la Creación entera.
En su disertación, De la esencia del fundamento (1929), Heidegger se ocupa del problema del fundamento, causa o principio, como horizonte del desocultamiento del ser del ente. Es necesario pensar la “diferencia ontológica” entre el ser y el ente, desde la base de la trascendencia, para comprender el paso en que el ser se desoculta como ente. Y en su escrito, De la esencia de la verdad (1943), complementa la explicación afirmando que la pregunta por el ser del ente no concierne al existir humano individual sino al existir histórico de la humanidad.

En Carta sobre el Humanismo (1947), traza el camino para resolver “la muerte de Dios”, pues sobre lo sagrado reposa toda civilización. Y expresa que sólo a la luz de la esencia de la divinidad se puede pensar y decir lo que la palabra “Dios” debe nombrar.

En su escrito, El origen de la obra de arte, habla de la obra como desocultamiento del Ser en la obra de arte. Es decir, en la obra de arte el ser se muestra como ser. La Belleza es la manera como se presenta la verdad como desocultamiento en la obra de arte.

En El Final de la Filosofía y la tarea del Pensar (1964), se ratifica en su parecer de que no se quiere negar a Dios, sino que “Dios es un ente, el ente supremo de la ontoteología”. Y justamente por ello la filosofía debe trascender su pensar, para interrogarse por “el Ser no del ente sino por el Ser en cuanto ser”. Es decir, por la posibilidad de la presencia en cuanto tal.

En su conferencia La Cosa (1953), Heidegger habla de las cuatro modalidades del ser, a saber, cielo, tierra, mortales y dioses para marcar la diferencia con el pensar cientificista objetivador. Y añade que la muerte como santuario de la nada, es el santuario o refugio del ser. Los mortales son los hombres, que como mortales van siendo desde el escondite del ser. Los inmortales son los dioses, que refleja el modo de reinar escondido del Ser. La unión de los cuatro modos del ser es el mundo. Este desocultar de la cosa es un distinto desocultar de la técnica moderna, la cual busca dominar a la naturaleza y explotarla. En consecuencia, el hombre es el lugar del desocultamiento del ser.

Treinta y cinco años después, en 1962, de la publicación de Ser y Tiempo,  da a conocer Tiempo y Ser. Aquí pone énfasis en el Ser como aquello que se da y retiene, se oculta y desoculta, constituyendo las épocas de la historia de la humanidad y el tiempo, como lo que abre el darse del ser, en una presencia incomprensible. La tarea del pensar es pensar el claro y la presencia.

En suma, para Heidegger “el Ser no es Dios”, a lo sumo Dios es “el ente supremo”, pero el Ser es “lo más lejano y lo más cercano” incluso de este ente supremo. Sólo el pensar sobre el Ser “posibilita el retorno de Dios”. El Ser está sobre Dios, sobre ese ente supremo necesario para instituir lo sagrado en toda civilización. Insistir en el Ente Supremo ha conducido al olvido del Ser y al nihilismo.  Dejar ser la cosa permite presentar al hombre las cuatro modalidades del ser en toda su amplitud. Por eso, para Heidegger, la recuperación de Dios transita por la recuperación del Ser.

Desde entonces, se considera su legado como una nueva forma de pensar al hombre como lugar de desocultamiento del ser, ente y realidad. El Ser no es por el hombre, él sólo participa de la realidad, dejando ser la realidad. 

EL PROBLEMA
Si el Ser es la fuente del ente, incluso del ente supremo, entonces, qué ha de ser aquel Ser iluminador de todos los entes, iluminador incluso de la esencia de Dios. Incluso, en qué ha de consistir aquella divinidad subordinada.

EL DILEMA ETICO
Heidegger mismo admite que lo sagrado es el pilar de la civilización, y por eso se preocupa por el camino de un posible retorno de Dios. Es decir, en el fondo admite una repercusión ética en la superación de la “muerte de Dios”. Con esto metafísica y ética quedan enlazadas.

Para unos Heidegger carece de ética, mientras para otros de su planteamiento se deriva una ética.

En este sentido, Acevedo Guerra sostiene que Heidegger no tuvo filosofía ética, sino un vago ecologismo (Ética originaria y Psiquiatría, http: // personales.ciudad.com.ar/Heidegger (ética-htm). No han faltado quienes han vinculado que nunca haya escrito una ética a su nefasta asociación al nazismo y el no haber sido una persona ética en este punto. Heidegger nunca pronunció una palabra condenando el Holocausto ni se arrepintió de su pertenencia al partido nazi.

En el documental de la BBC sobre Heidegger Pensando lo Impensable, Richard Rorty manifiesta duramente: “Hay muchas casos de hombres malos que escriben obras interesantes, y Heidegger es un ejemplo espectacular de ello. El se encontró en una situación en el que no tuvo carácter para salir. Siempre se le recordará a asociado a esta situación nazi de la que no pudo salir”. Y nosotros añadimos, de la que nunca tuvo voluntad para salir porque compartía muchas de sus convicciones.

Cuando aceptó el rectorado de la Universidad de Friburgo ofrecido por los nazis, sus alumnos de la Universidad de Marburgo, entre ellos Gadamer, se quedaron atónitos y sorprendidos. En el mismo film el erudito Klibanski  manifiesta que él mismo escuchó un discurso del rector en Heidelberg en 1933, instando a la juventud a abandonar sus ideas humanistas y cristianas para mudarse al nacionalsocialismo. Heidegger sucumbió a la ilusión nazi y sufrió de megalomanía. Si en 1920 había roto con las ideas católicas en los años 30 se comportó como un nazi convencido. De igual forma, cuando Husserl recibe la orden nazi prohibiéndosele impartir clases en las instalaciones de la Universidad de Friburgo por su origen judío, Heidegger, pudiéndolo hacer, nunca revocó dicha orden; lo cual hirió profundamente a su maestro, se sintió traicionado por un brillante alumno por quien tanto hizo, ayudó a impulsar su carrera y lo consideró su hijo intelectual. Cuando en 1937 Jaspers fue pensionado por estar casado con una mujer judía, lo cual era también una prohibición para enseñar, Heidegger no dijo ni media palabra y se sumió en el silencio. Y Jaspers nunca más quiso un contacto cercano con él.

En 1934 se retira del rectorado con una sensación de frustración, después de haber jugado al papel de Rey Filósofo del Tercer Reich, por razones de no encontrar eco en los nazis, más que por repelerle dicha asociación política. Con 45 años a cuestas se retira a su querida cabaña, construida por sus propias manos en Selva Negra y donde escribió la mayor parte de sus trabajos, y entonces comienza sus meditaciones sobre el lenguaje, la poesía y la historia. Allí fue donde concibió gran parte de sus ideas, entre ellas sobre la vida inauténtica de las masas urbanas y la vida auténtica del hombre natural. Georg Gadamer, uno de los pocos que lo visitaba en su casa de Selva Negra, dijo que Heidegger nunca perdió la forma de apariencia del trabajador manual rural. Incluso solía vestir trajes campesinos bávaros. Y el nazismo ofrecía la preservación de la vida rural. Por lo demás, compartía el antisemitismo cultural aunque no asumiese el antisemitismo biológico. Es inocultable cierta afinidad entre los nazis y su doctrina.

Cuando concluye la guerra y como había ofendido a mucha gente en su gestión rectoral de Friburgo, la Comisión de desnazificación lo interroga negando Heidegger todos los cargos,  y no pudiendo llegar a ninguna conclusión se le pide al respetado filósofo Karl Jaspers su recomendación, el cual prescribe una suspensión de cinco para enseñar por su pensamiento represivo y dictatorial. Lo que provocaría en Heidegger un colapso nervioso con intento de suicidio, que lo obligaría a recluirse por un tiempo en un sanatorio. Un tiempo después se reencuentra con Hannah Arendt y le confiesa su arrepentimiento, pero ella no lo nota del todo sincero y se lo comenta en su correspondencia a Jaspers diciendo: “Ese es su carácter”. Esas palabras de Arendt revelan que la índole moral de Heidegger no iba de la mano con su genio intelectual. Pero fue gracias a Sartre y otros intelectuales franceses que resurgió su prestigio intelectual.

Por otra parte, Lizbeth Sagols en el Prólogo del libro Heidegger y la pregunta por la ética (UNAM, México 2001) admite que existen principios normativos que orientan la existencia humana, y por ello es posible afirmar que en Heidegger está presente una preocupación ética.

En una línea similar van las consideraciones de mi amigo, el filósofo toluqueño Noé Héctor Esquivel, cuando dice en su excepcional libro Trazos para una ética Hermenéutica en la vida y obra de Hans Georg Gadamer, (IESU, México, 2012) “el estudio de la ética en Heidegger nos remite necesariamente a la crítica de la filosofía moderna centrada en la subjetividad. Los fenómenos, los objetos, las cosas han quedado a expensas de la racionalidad del sujeto. Por eso la propuesta heideggeriana del retorno al ser” (pp. 211-212).

Y no hay duda que le asiste razón. El planteamiento de Heidegger es una rebeldía contra el imperialismo de la racionalidad objetivante de la ciencia. No obstante y al margen de los horrorosos errores éticos de un gran pensador, es dudoso que dicho planteamiento ético esté en lo correcto. En Heidegger estaba presente la “banalidad del mal” de Hannah Arendt. Pero como no hay ethos sin logos el dilema sigue siendo recuperar la unidad perdida entre filosofía teórica y filosofía práctica. Y en este punto el problema de Dios, como fundamento de los valores, es capital.

EL DILEMA EXISTENCIAL
La existencia humana se distingue de todas las demás existencias no por el hecho de tener conciencia de sí misma, como comúnmente se ha afirmando, sino por el atributo axiológico de poder optar por el bien y el mal.

Un hombre malo y perverso, tiene conciencia de sí mismo, pero con ello sólo efectúa una función elemental, lo que lo hace humano es su capacidad de enmienda moral, de dejar de ser un monstruo. Es por ello, que el monstruo humano no nos parece humano, será hombre en sentido biológico pero no en sentido pleno, es decir, moral.

Este  hecho revela que en el hombre lo ontológico y lo axiológico están unidos. Cuando Ortega y Gasset decía que un tigre no puede destigrarse ni una tortuga destortugarse, pero, en cambio, un hombre puede deshumanizarse, estaba aludiendo a esta realidad. Sólo que, por su excesivo influjo heideggeriano, no reparó que en el hombre no todo es proyecto, no todo es historicismo, pues existe la realidad esencial en el hombre.

El pensamiento: “El hombre es y se hace en la historia” es incompleto, hay que añadirle: “El hombre es y se hace a pesar de la historia”. Su propia naturaleza ontológica exige su realización axiológica. La esencia del hombre es la realización del valor, y el valor más alto y completo es el valor espiritual. Es por esto que se puede afirmar que sin lo ético lo ontológico del ser humano está perdido. Se vuelve únicamente una actitud arrogante del pensamiento. El hombre pierde su ser en la medida que pierde la realización de los valores. Y los pierde cuando opta por el mal.

Son nuestros actos los que elevan o hunden nuestra naturaleza humana. No se juzgan las tendencias del alma, sino la fuerza de voluntad asistida por la fe para manejar nuestros actos. Si realizas el bien despliegas la luminosidad de tu ser, y si realizas el mal repliegas tu ser en la oscuridad. El espacio humano es casi un claroscuro, ambivalente y oscilante entre la luz y la oscuridad de su propio ser.

ONTOLOGÍA Y ÉTICA
El horizonte de apertura de la realidad humana posibilita una libertad que requiere de la luz de la razón para decidir su destino. Sólo porque nuestro ente humano necesita de una realidad objetiva, intemporal, trascendente y transhumana –los valores-, es dable afirmar que la realidad particular que somos sólo es posible desde la realidad del ser. Metafísica y antropología, ontología y axiología muestran así su profunda ligazón.

El orden ontológico humano exige el reconocimiento libre de un orden objetivo de realidades y valores. De modo que hacerse hombre es ser libertad comprometida no sólo con la humanidad entera, como supone Sartre, sino, también con Dios, como fuente de todo valor.

El hombre es libertad comprometida con lo inmanente y lo trascendente. La carencia de cualquiera de estos ámbitos lo vuelve en un absurdo, en un ente que ocupa el lugar de Dios, limita sus posibilidades y divorcia lo que tenemos en sí mismos con lo que hay fuera de nosotros. El fin existe objetivamente, y se da tanto dentro como fuera de nosotros. Y es precisamente por ello que la trascendencia no se agota en el proyecto humano, sino que lo abarca omnicomprensivamente.

EL SER PREXISTENTE
Sólo teniendo en cuenta la diferencia ontológica entre el ente y el ser, se puede evitar hacer caer al hombre en la Nada. Pero, de igual manera, abrirse a la trascendencia del ser y convertirse en el pastor del ser, como preconiza Heidegger, tiene poco sentido cuando dicha trascendencia se reduce a un ser supermetafísico, místico y poético, que no tiene nada que ver con la esencia divina, idea o concepto.
En Heidegger no es Dios el que hace posible el ente, ya vimos que proclama inútil buscar a un creador del mundo, más bien, es el Ser lo que posibilita la esencia de todos los entes, incluso el de Dios.

Pero cuando Dios es concebido como un ente emanado por el ser, como el ente supremo de la ontoteología, entonces se falsifica a lo trascendente por excelencia. Cuando en vez de negar a Dios se le rebaja a ente supremo, que recibe su existencia del Ser mismo, que lo sobrepasa, entonces se corrompe a la trascendencia y se orienta al hombre ya no a Dios sino a ese ser panteístico que está presente en todos los seres.

En Heidegger Dios no es la verdadera trascendencia, sino, la trascendencia absoluto recae sobre el Ser. Por lo demás, dicha trascendencia absoluta es inmanente al mundo, está en el mundo, es el mundo. No hay eternidad, solo sobrevive la temporalidad.

En otras palabras, de poco sirve eludir la afirmación sartreana que “la existencia precede a la esencia”, para pasar a sostener heideggerianamente que “el ser precede a la existencia”, cuando dicho ser ha sido adulterado en un supraser del cual emana incluso el ente supremo.

Que el ser preexista a Dios es un contrasentido, sin el cual se derrumba toda la crítica heideggeriana. El ser que precede a la existencia, incluso a la de Dios, es un puro concepto pagano de inspiración neoplatónica, en donde el atributo trascendental del ser se hipostasia incluso a Dios mismo, quedado convertido la divinidad en el ente supremo emanado del ser.

Pero qué clase de Dios heideggeriano es éste, cuyo atributo de Ser se le escapa, más bien depende del Ser para su existencia, y al final su realidad ha de resolverse en una temporalidad inmanente al mundo. Obviamente que el dios que Heidegger tiene en mente no es el Dios omnipotente del cristianismo, no es el Dios creador judeocristiano, sino, más bien el dios pagano del demiurgo griego. Aquella divinidad intermedia que ya encuentra en su camino a la materia y a las ideas a las cuales les dará un ordenamiento conveniente. El Ser de Heidegger tiene más parecido a la divinidad impersonal (Gottheit) de Eckhart, que está por encima del Dios Uno y Trino, aquella unidad indiferenciada e incomprensible de la cual sólo se puede hablar negativamente. En Heidegger el Ser impersonal que está en el mundo, no es evidente para nosotros, es incomprensible e incognoscible, y sólo se le puede evocar.

Si el Ser es previo a Dios, como lo concibe Heidegger, entonces, en realidad no hay dios, sino aquella fuente impersonal o substancia inmanente al mundo que incluso crea a dios o dioses. Si en Hegel Dios coincide con la pluralidad del mundo, en Heidegger  Dios y los entes coinciden en provenir del Ser.  Pero, además, si Dios no es trascendente al mundo sino inmanente a él, entonces lo inmanente del Ser es lo que une a Hegel con Heidegger. Lo que éste modifica de Hegel es que el Ser no es sujeto que se desenvuelve dialécticamente, sino, como Spinoza, es substancia inmanente.

Heidegger como Hegel fueron seminaristas y ambos atacaran a la ortodoxia. Su concepción inmanentista del Ser hace de dios algo inmanente al mundo. Ambos rechazaron ser considerados panteístas ateos, pero en Heidegger el Ser es la única realidad verdadera y el mundo de los entes, incluido, el Ente Supremo, es su manifestación.
Jamás Heidegger pudo comprender el carácter inmanente y trascedente, a la vez, del Dios cristiano; como sí lo hizo Juan Escoto Erígena a pesar de su panteísmo dinámico. De poco le sirvieron a Heidegger sus estudios sobre la mística medieval y San Agustín durante los semestres de 1918 a 1921, porque lejos de comprender la unidad de la naturaleza divina en la trinidad, explicada especialmente por el santo, puso el énfasis en la temporalidad fenomenológica de la existencia. Por eso su identificación de Dios como un Ente, si bien Supremo, fue el paso hacia un inmanentismo de la divinidad en la naturaleza. En Heidegger, del Dios trascendente, personal y providente no queda ni rastro. No tiene sentido pensar en un Dios creador. El único creador de todos los entes es el Ser. Heidegger encarnó tanto la divinidad en el mundo que al final terminó por condensarla en una fuerza más del mundo. El resultado es que termina en una limitante metafísica inmanente del Ser. Un Ser sin conciencia, sin inteligencia, sin libertad y sin amor, que ciegamente es lo más cercano y lo más lejano en todos los entes.  El Ser de Heidegger no sólo carece de conciencia sino de existencia propia. Los que existen son los entes, el Ser es la fuente del existir. El Ser de Heidegger no es el Ser real, es el ser abstracto salido del cráneo de un hombre llamado Heidegger. No hay duda de que sólo rompiendo con este inmanentismo extremo se puede reconducir el Ser a su verdadero seno, esto es, a Dios. Dios está en el mundo pero no es el mundo, de lo contrario nos extraviamos por los oscuros vericuetos del humanismo sin Dios de nuestro tiempo.

Heidegger pretende sustituir la revelación religiosa por su propia revelación filosófica. Pues aun cuando de sus reflexiones se deduzca: "siempre allí donde la teología emerge, Dios ha emprendido ya su partida"; en realidad,  Heidegger ambiciona "salvaguardar la autenticidad de lo religioso", pero en su propio lenguaje filosófico. Cuando promueve reflexiones como ésta: "La relación con los dioses no puede estar mediada por el pensamiento, y, a la inversa, el pensamiento no puede tomar sus puntos de apoyo en la experiencia religiosa", no hace más que para desestimar la asimilación del pensamiento griego por el cristianismo, pero no para inhibirse de hacer lo mismo con su filosofía.

La época de Heidegger se asocia con la hecatombe de la tierra a manos de la técnica, de la preeminencia del cálculo y la organización, en la que el pensamiento se independiza de la dualidad e ingresa en "otro comienzo", que acaba con la mutua exterioridad que caracteriza la relación entre pensamiento y ser en el período de la metafísica. Hombre y ser se aproximan, y a este suceder lo denomina Heidegger Ereignis. El Ereignis admite el redescubrimiento de la esencia del ser como irreductible a toda entidad, y de la esencia del ser-ahí (hombre) como irreductible a toda sustancialidad. Así, hace también imposible la explicación del ser del ente en la fundación operada por un ente supremo. De modo que la forma teológica de pensar llega a su fin, y el cristianismo es superado. Tal es la interpretación heideggeriana de la "muerte de Dios".

¿Esta evaluación heideggeriana de la Ereignis es correcta? En parte sí, pero en lo substancial no. Sí, porque mil años de filosofía ha mostrado en Occidente que el esquema dualista trascendencia-inmanencia, Espíritu-Materia, ha sido reemplazado por el dualismo entre Mente-Mundo meramente inmanente. Pero no, porque dicha substitución no significa necesariamente que el descubrimiento de la esencia del ser tenga que separarse de la esencia de Dios. Podrá separarse de la objetivación de la esencia de Dios, pero no de Dios mismo. Y Heidegger confunde ambas cosas apresurándose a aprobar la muerte de Dios. Y así es imposible la explicación del ser del ente. Heidegger efectúa una interpretación secularizada de la Ereignis, pero esa no es la única explicación posible de la misma. Cabe una explicación teológica perfectamente coherente, en la que se reconoce la dimensión negativa o incognoscible de Dios.

Heidegger nunca meditó suficientemente a la Persona divina, ni las relaciones intradivinas, ni la divinidad de Jesús. De joven ingresa como novicio a la Compañía de Jesús, donde dura sólo unos cuantos meses y aprende la filosofía suarista. Luego ingresa en el seminario, estudia la filosofía de Tomás de Aquino, pero en 1911 acaba esta época. Su formación será neokantiana. En 1915 ingresa a la carrera docente y su tesis de  doctorado trata de Duns Scoto. En 1916 conoce a Husserl y se adhiere a la fenomenología. Ya en 1917-19, a los 28 años, acontece su ruptura con el catolicismo y su aproximación al protestantismo. Esos casi nueve años de aproximación a la teología protestante acentuaron su visión suprapersonal de Dios. Su segundo giro data de 1928, a los 39 años, orientado al voluntarismo nietzscheano y partidario de la muerte de Dios. Y el tercer desplazamiento que pertenece a los años 1936-38, centrado en el pensar y la evocación del ser, y en el cual su ontologismo ateo está en lugar del cristianismo. Hay que tener en cuenta que desde 1919 hasta 1927 Heidegger dedicó gran parte de sus lecciones atendiendo al método fenomenológico. Empero, la fenomenología de la religión de Heidegger no tiene como objetivo la religión en su totalidad, ni tampoco la experiencia de Dios, sino que se centra en la experiencia originaria de la religiosidad. Para Heidegger, y este era su reproche a Troeltsch, antes de hacer filosofía de la religión hay que introducirse en el fenómeno religioso. En sus análisis de las cartas paulinas, Agustín y la mística medieval (Cf.: Heidegger, Estudios sobre la mística Medieval, FCE, 1995; Introducción a la fenomenología de la religión,  México, 2006; M. Berciano, La revolución filosófica de Martín Heidegger, Madrid 2001; J. Adrián, El joven Heidegger. Un estudio interpretativo de su obra temprana al hilo de la pregunta por el ser, Salamanca, 2000; M. Berciano, Esperando su venida. Comentarios heideggerianos de escatología paulina, Naturaleza y gracia 2-3 (2000), 429-459; J. Adrián, Fenomenología de la vida en el joven Heidegger. II. En torno a los cursos sobre religión (1920-1921), Pensamiento 55 (1999), 385-412; P. Redondo, Experiencia de la vida y fenomenología en las lecciones de Friburgo de Martín Heidegger (1919-1923), Salamanca 2001), llega a la constatación de que el fondo del fenómeno religioso es la realidad de Dios, pero luego deja esto de lado. Reconoce que hay que explicar la objetividad de Dios, pero esto no lo hace porque –dice- no quiere caer en explicaciones objetivas y metafísicas de la divinidad. Y aun cuando reconoce que la experiencia religiosa sobrepasa los límites de la fenomenología, evita vincularla con la realidad de Dios, con su trascendencia.

No es casual que su última gran obra de 1961 trate de Nietzsche. "La metafísica, en tanto que metafísica, es auténtico nihilismo... La metafísica de Platón no es menos nihilista que la metafísica de Nietzsche." Heidegger quiere insistir en que la metafísica -desde el "olvido del ser" con el que casi se inicia-, ha anulado el ser, lo ha esenciado, y a ello llama nihilismo. Advierte esta caída, y anuncia el desvelamiento del ser, o sea el fin del nihilismo. Su aspiración es volver a la realidad del ser. Pero, por un lado, el ser queda "en manos" del hombre (el Da-Sein es el único acceso al ser); por otro, el hombre es presentado como “pastor” del ser. Luego, el ser está más allá del Da-Sein. Esta ambigüedad queda irresuelta y parece ser no menos nihilista que la metafísica misma. En cierto modo, Heidegger constata la condición nihilista del hombre mismo. Su propia filosofía inmanentista no deja de ser una visión nihilista del hombre (el hombre está tejido de tiempo). El final es un renovado "olvido del ser" que, puesto que no hay Dios trascendente, no puede saltar sobre la condición humana. Y la lección que deja Heidegger estriba en la imposibilidad de querer salir de la atadura del ser sin renunciar al inmanentismo. Pero, y contra lo afirmado por Heidegger, la situación es que la metafísica de las esencias no siempre anuló el ser, porque las ideas lejos de ser constructos mentales de carácter subjetivo o entidades, se refieren a procesos de la realidad, al ser mismo. Ahora se entiende por qué Platón y Aristóteles entendían la metafísica como “ciencia divina”, lo mismo que la Patrística con su “creer para comprender y comprender para creer”, y Hegel –aunque en forma panteísta-.

El que verdaderamente ha esenciado y conduce al “olvido del ser” del nihilismo, es el empirismo de la modernidad. Aquí acontece la caída en el pensamiento objetivador. De modo, que el verdadero nihilismo no es el esencialismo, sino el empirismo inmanentista que encierra al ser en la finitud, del que Heidegger tampoco se puede sustraer al hacer del hombre el “único acceso” o “el pastor” del ser, y al eliminar la posibilidad de que Dios sea al considerar que el ser es finito en su esencia. Heidegger cree apuntar contra el nihilismo atacando a la metafísica de las esencias, pero en realidad lo único que hace es fortalecerlo, porque al enclaustrar al ser en la finitud resulta que el verdadero olvido del ser es la metafísica de su subjetividad que convierte al hombre en el eje ontológico del ser. Heidegger no rompe con el empirismo subjetivizante de la modernidad, porque la posibilidad de un ser para Dios depende de que pueda pensarlo el hombre a partir de la verdad del ser. En filosofía no entra Dios, sino sólo la simple experiencia humana. Heidegger permanece capturado por el humanismo ateo. Sólo en el hombre puede ocurrir esa desvelación del ser y como ese desvelamiento no tiene término, tampoco tiene fecha el advenimiento del ser para Dios. En otras palabras, hay que luchar contra el nihilismo viviendo siempre bajo su crepúsculo.

Heidegger no trata nunca del Dios divino al que uno puede rezar, el de la liturgia, no se refiere nunca al Dios vivo; y se supone que la destrucción fenomenológica de Dios como principio metafísico debía conducir hasta Él. Por tanto, su análisis fenomenológico del fenómeno religioso cristiano es incompleto e insuficiente. Y no lo hace porque supone superar la misma hermenéutica de la facticidad de la fenomenología, que resulta tan cara para su filosofía. Aquí hacía falta una hermenéutica remitizante, que supere a la hermenéutica de la facticidad y recupere a la trascendencia del Dios vivo y su misterio mismo. Visión Personal católica de Dios, visión suprapersonal protestante de Dios y visión ontológica atea son las tres perspectivas sucesivas que acontecen en Heidegger.

                Visiones del Fundamento en Heidegger
                                           Etapas
    Católica                           Protestante                     Ontológica           
 (antes de 1917)                  (1917-1919)                       (1928)
  Dios Personal                Dios suprapersonal                   El Ser

El hijo de un sacristán católico, que pretendió ser jesuita pero fue rechazado, terminó enfrentándose al primer artículo de la doctrina cristiana que habla del Dios creador. No obstante, cuando Heidegger ingresaba en un templo su talante era invariablemente de un considerado mutismo. Max Müller le preguntó: “si su actitud no tenía algo de inconsecuente, ya que había rechazado los dogmas de la Iglesia”. Heidegger alegó: “Hay que pensar históricamente. Y en un lugar donde se ha rogado tanto, lo divino se hace presente de manera muy particular”. En una época alejada de Dios, Heidegger se convirtió en un filósofo distante a Dios, se convirtió en el heraldo de un tiempo declinante, cumplió ontológicamente el programa nihilista de Nietzsche y se afincó en su roca soledosa de la insondable historia del ser. La verdad de la metafísica, así como la fe en el Dios cristiano, las consideró formas de la verdad agotadas. Repitió en clave ontológica lo afirmado por Nietzsche sobre el carácter metafísico platónico del cristianismo. Y se siente protagonista de un nuevo comienzo en la historia humana donde se juega la verdad del ser. Concluyó en una inmensa tautología, a saber, develar el ser del ser. En una palabra, le faltó coraje para ir a contracorriente de su tiempo.

De este modo, para Heidegger pensar a Dios como fundamento del mundo, como lo hace el cristianismo, lo convierte en una entidad que se extiende a toda forma de manifestación, de modo tal que la explicación de cualquier fenómeno se ve reducida a la posición de un cierto tipo de relaciones entre entes. Sólo hay entes y relaciones entre ellos, no hay ser. Dios mismo se transforma en un ente. Además, el cristianismo antropomorfiza la divinidad y pierde su esencia propia y así la verdadera experiencia de lo divino se pierde. Por tanto, la recuperación de una nueva experiencia de lo divino es posible a partir del pensamiento del ser mismo, y especialmente del 'olvido del ser' en el que consiste la esencia de la época anterior.

Pero esta interpretación del Dios judeo-cristiano es totalmente insostenible y la confunde con la teología natural de la filosofía. El Dios de la Revelación, por esencia, es totalmente incognoscible, nadie sabe como es Dios, no es evidente ni objetivable para nosotros, su demostración es a posteriori, es decir, por sus efectos. Lo cual está expresado enigmáticamente en la frase “Yo soy el que soy”. De modo que no es un ente, sino el sustentador de todos los entes, ser eterno y espiritual. Único y soberano, es el ser por antonomasia. Tiene atributos (simple, uno, verdad, bondad, perfección, eternidad, infinitud), pero en sí es incomprensible. Dios mismo no puede transformarse en un ente, porque su relación como fundamento no agota su propia naturaleza esencial. La Persona divina es una realidad relacionalmente distinta, subsistente en la esencia divina. Por lo demás, su encarnación en Jesucristo no es su antropomorfización, porque el redentor es el Hijo de la tercera Persona de la Trinidad, por ello la divinidad nunca pierde su propia esencia, ni se agota en la historia. Además, sobre Dios sólo hay unas pocas cosas que pueden demostrarse, a saber, que existe. Dios mismo se transforma en un ente. Por tanto, la antropomorfización de la divinidad por el cristianismo no hace que se pierda la esencia de Dios y la verdadera experiencia de lo divino. Al contrario, la verdadera recuperación de una nueva experiencia de lo divino es posible a partir del pensamiento de la Persona divina, y especialmente de Cristo, que es el mayor mentís del 'olvido del ser' en el que consiste la esencia de la época de la metafísica objetivista. En suma, pensar a Dios como fundamento del mundo no lo vuelve en un ente más, ni Dios mismo se vuelve en un mero ente supremo, porque no se tratan de relaciones de un ente actuante sino de un Acto puro. Además, su creación no agota la naturaleza divina.

El más grave yerro de la metafísica ontológica heideggeriana es suponer que Dios es un “ente” y lo más que dice al respecto es que se trata del “Ente Supremo”. Entonces, Dios y los seres finitos se vuelven seres contingentes que deben su existencia al Ser. Pero la objeción inmediata que surge a este razonamiento heideggeriano es que un Dios cuya esencia no se identifique con la existencia no es dios. Dios para ser tal debe ser “necesario” y no “contingente”, por tanto debe ser el origen del ser mismo. En Heidegger, Dios no es un ser necesario sino contingente, porque a pesar de considerarlo como ente supremo debe su existencia al Ser, el cual resulta siendo preexistente incluso a Dios. Se trata de un dios de segunda clase. Si los idealistas griegos supusieron la creación del mundo a partir de una materia preexistente al mundo, Heidegger supone la aparición de todos los entes, incluso Dios, desde el Ser. Heidegger, como los atomistas, niega la “creación” del mundo. Como en el neoplatonismo, en Heidegger hay emanación. Para él el Ser es el horizonte de temporalidad del mundo, es decir, no es eternidad, en consecuencia el Ser es lo más lejano y lo más próximo al mundo y a los entes.

Además, dicho ente supremo es “supremo” en qué. Si Heidegger ya le despojó de su capacidad de “creación” será entonces una especie de “demiurgo ordenador” platónico, pero sin dualismo metafísico (materia-forma). Su retroceso al paganismo es evidente. Pero hay más. El Ser heideggeriano no es trascendente sino inmanente al mundo, es anterior a la materia, al ente supremo y a los entes individuales. Es decir, se instaura un monismo panteísta cuasi espinosista. Se trata de un ser al que no se ama, no se ora, no se ruega, ni nada por el estilo, sólo se le conoce gnósticamente y a cambio sólo se obtendría una especie de iluminación ontológica con imprecisos beneficios antropológico-morales. Pensar en el Ser estaría primero que pensar en algún dios, que por su naturaleza derivada resulta subordinado. Entonces ya no es Dios quien ha actuado de una manera única y decisiva en Jesucristo, sino que es el Ser quien se despliega inmanente en la inmanencia. Y como es el hombre el centro de dicho pensamiento del ser resulta que el Nuevo Ser es el hombre elevado por la contemplación del ser. Un nuevo antropocentrismo inmanentista se destila de un ateísmo en lenguaje ontológico. Parecido intento hizo Paul Tillich al hacer un simple hombre y no Dios a Jesucristo, el cual sería elevado a condición divina. Y Bultmann no se queda atrás al negar lo sobrenatural. Otro protestante como Bonhoffer se suma a la cruzada para decir que se debe llegar a una comprensión no religiosa de Dios. Los acompaña John A. T. Robinson pidiendo una teología secularista. Así, como Dios en la teología protestante se va esfumando, de modo similar en la filosofía heideggeriana se esfuma la divinidad. En Heidegger la evocación toma el lugar de la revelación, como encuentro existencial con el ser suprapersonal en lugar de las proposiciones bíblicas. El Kairos o momento histórico especial todavía no ha llegado, pero llegará con el pensar del ser. Ya no es el pecado lo que impide el verdadero conocimiento natural de Dios, sino que en su lugar es la inautenticidad existencial y el pensar objetivador lo que impide el verdadero conocimiento del ser. De esta forma Heidegger queda convertido en un nuevo profeta de los tiempos secularizados e inmanentistas.

Hagamos un derrotero histórico-filosófico del inmanentismo secularista en la modernidad. Los enciclopedistas destronaron a Dios y en su lugar colocaron a la Humanidad. David Hume pretendió demostrar que la religión natural no es más que un sueño filosófico. Kant pelagianamente consideró a la religión como moralidad. Schleiermacher sabelianamente rechazó la Trinidad. Hegel convirtió la Trinidad en dialéctica del Espíritu Absoluto y disolvió a Dios en la inmanencia. Nietzsche declaró la muerte de Dios por antivital. Kierkegaard rechazó la prueba objetiva de la existencia de Dios, critica el concepto popular de Dios-amor y en el centro de su fe coloca la paradoja de la Encarnación. Entonces viene Heidegger destronando a Dios y colocando en su lugar al Ser, considerando a Dios como un “ente supremo” pero nada creador, pretendiendo demostrar que el ser es inmanente y que no existe lo trascendente al mundo, y concibiendo al hombre como el lugar privilegiado de la evocación del ser inobjetivable.

En suma, lo que comenzó en la época de la razón como una negación del dogma y una conservación de un Dios deísta, termina en Heidegger en un ateísmo ontológico irracionalista, con un Dios que no crea y que recibe su ser del Ser. En Heidegger es Dios el que está sujeto al influjo ontológico del Ser. Existe una total primacía del Ser incognoscible, pero evocable, sobre lo divino. En su pensar el hombre depende completamente de la revelación del ser para hacer advenir el mundo de lo divino. Se trata de una visión ontológica secularizada al extremo que prescinde de Dios. Si en Leibniz su dios plotiniano depende de la esencia divina, en Heidegger su dios no creador depende de la esencia del ser. La lógica inmanentista de la diferencia ontológica heideggeriana deja sin base a la fe al prescindir de la revelación y de la razón natural. El Ser es el mundo, el ser se identifica con el mundo, porque es su causa inmanente y no lo trasciende. El ser no es el creador que produce el mundo ex nihilo, pues como es el mundo no necesita crear el mundo. Más aun, puesto que el ser es el motor del tiempo, el mundo es producido siempre por su necesidad interior. Su producción abarca desde el “ente supremo”, pasando por las leyes del universo, los entes particulares hasta llegar a la existencia humana. La existencia humana es el lugar de la evocación del ser y de su posible des-objetivización. Ya a estas alturas el ser de Heidegger no guarda ningún parecido con el Dios del cristianismo y se asemeja más al Tao de la metafísica china, aquel monismo panteísta cuyo principio único se presenta como vía mundana de salvación.

Si Tomás de Aquino concibe a Dios como Acto Puro, desde el cual el ser empieza por creación a existir; en Heidegger el Ser es identificado con dicho acto puro, pero desde la inmanencia, y desde el cual los entes devienen a la existencia. Si en el cristianismo el ser debe su causa a Dios, en Heidegger Dios y los entes deben su causa al Ser. Si en el primero Dios es increado, creador y con voluntad libre, en el segundo el Ser es increado, emanador y causalidad inconsciente. En este sentido, el Ser de Heidegger es lo más parecido a la Voluntad ciega de Schopenhauer o la Voluntad Inconsciente de E. von Hartmann.

Así, el Ser resulta siendo el horizonte “necesario” de lo “contingente” de los entes, la presencia presente desde el cual la realidad es. Pero una contingencia al infinito es un absurdo, por tanto es necesario admitir que el Ser heideggeriano es “necesario y absoluto”. Como tal, “supratemporal” y “eterno”. Pero aquí Heidegger se resiste a pensar en nada por el estilo, nada más allá de lo inmanente. Un Ser inmanente y temporal a los entes inmanentes y temporales, es una contradicción. Y todo este vicio lógico ocurre por su rechazo no tanto a Dios, sino, a lo eterno, absoluto y supratemporal. El Ser de Heidegger es lo más parecido a la materia que se autocrea y se autosostiene, y que con su actividad produce lo existente. El ser es lo intemporal de lo histórico, lo iluminante en la temporalidad de los entes finitos.

Por su parte la escolástica había establecido con claridad el carácter necesario de Dios. Para Tomás de Aquino todas las cosas que existen son un compuesto de esencia y existencia, y la causa de la existencia sólo puede ser un ser necesario, y éste es Dios. Similarmente ocurre con Aristóteles, salvo que para él la esencia estaba exclusivamente representada por la forma, mientras que para Santo Tomás de Aquino la esencia de los seres contingentes comprende también la materia y sólo la esencia de los seres espirituales se identifica con la forma. En cierta forma, Dios no es el ser porque propiamente es Acto Puro, desde el cual el ser empieza a existir. Dios es el “sobreser”, como decía Juan Escoto Erígena. Si todo ser es bueno, en cambio Dios es el Sumo Bien. Todos los seres son por Dios, incluso la materia prima. En suma, el ser mismo debe su causa a Dios, y no a la inversa, como en Heidegger.

En buena cuenta, Heidegger no supera el horizonte de “la muerte de Dios”, ni brinda un camino real para su superación. Heidegger no es Atenas ni Roma, es, más bien, la modernidad secularizada de Occidente. Queriendo ir más allá de los griegos y del cristianismo se queda enganchado en la caverna de la voluntad inconsciente del Ser. El dios en Heidegger ya no es Dios, es un ente “supremo” que es posibilitado por un ser exterior a él. Esta caricatura de Dios es posible porque Heidegger ya había perdido  la fe. Está más bien atrapado por la garra del iluminismo secularista que lo mantiene prisionero en la jaula de un panteísmo acosmista que constantemente coquetea oscilante con el ateísmo.

GOLPE MORTAL
La consecuencia nefasta de este planteamiento heideggeriano para el hombre de hoy es que la trascendencia, eliminada ya de la acción humana por la teología de la muerte de Dios y el New Age, es falsificada y convertida en la filosofía de Heidegger en un oriental otro mundo imaginario, que alimenta el deseo de éxodo y ascenso de la mente a ese mundo sutil del Ser, el cual está más allá de todo ente, incluso del Ente Supremo, o sea, Dios.

La teología de la muerte de Dios se da la mano con esta heideggeriana ontología preexistente a Dios. Con este quimérico humanismo trascendente, que rompe el vínculo entre lo ontológico y lo axiológico, Heidegger ahonda el malestar de la conciencia moderna, y no hace más que añadir desorientación valorativa al ya aturdido hombre de hoy.

Sin superar este craso error la filosofía contemporánea no tiene oportunidad de contribuir a iluminar una salida a la crisis que alcanza todos los órdenes de la existencia humana.

FE Y PENSAR
Heidegger declara abiertamente que "el Ser no es Dios". Y con este aserto no colisiona la filosofía que admite a Dios como un supraser. Pero con sus afirmaciones de que “no hay otro mundo más allá del mundo”, que “Dios como ente supremo” adviene en la luz del ser y que “es inútil ponerse a buscar un Creador del mundo”, no hay conciliación posible.

Para Heidegger la fe torna inútil al pensamiento. A contrapelo con esto, es, pues, necesario comprender que tanto la fe como el pensamiento dan sentido a la palabra Dios. La fe no suprime el pensamiento sino que lo ilumina y eleva. Tanto la fe como el pensar preparan un retorno del hombre a Dios. Sin la fe el pensar se extravía y sin el pensar la fe es estéril.

Atenerse al pensamiento del Ser, entendido como "compromiso por el Ser y para el Ser", desacreditando a la fe, impide comprender la “Verdad del Ser", porque sólo el pensamiento asistido por la fe puede dar un sentido pleno a la palabra "Dios".

La fe, por la cual Dios viene a nosotros, plenificaría el pensamiento, que se tornaría más fecundo. ¿Qué puede, entonces, hacer dicha unión entre pensar y creer sino "preparar un retorno posible de Dios", que no podrá realizarse jamás sino en la Luz de la fe? Dios dirige su mensaje a nuestro espíritu por la fe y la razón, esperando nuestra humildad de criatura hacia el Creador.

Heidegger mezcla la crítica al Dios de la metafísica con el Dios de la metafísica judeo-cristiana. A este respecto hay que enfatizar que el Dios de la experiencia bíblica no cae en la objetividad.  Y Heidegger al exceptuarlo incurre en un empobrecimiento del Dios divino. Heidegger es un católico que tiene como mentor al protestante Lutero. Y el protestantismo es la exageración entre la finitud del hombre y la infinitud de Dios, al final el hombre se queda solo con su pecado. El protestantismo es la exageración de la providencia y omnipotencia de Dios. Algo de esto hay en Heidegger cuando dice que hay que alcanzar un pensar más allá de la metafísica porque el Dios de la metafísica incurre en objetivación.

En Heidegger, el Dios como causa primera, de la teología y metafísica judeo cristiana, cae en lo innombrable del pensar y de la poesía. Su crítica final deriva hacia la escucha-seguimiento de Hölderlin y la esencia de la poesía (1937), dentro de la experiencia poético-religiosa. Pero no repara en que el Dios innombrable y verdadero de la Alianza no se concilia con la metafísica de la objetividad del ser. Y la teología escolástica siempre fue consciente de los límites de la metafísica hacia el verdadero dios. Por eso, en Heidegger subsiste la confusión entre la metafísica de la objetividad del ser y la metafísica judeo-cristiana.

Es más, el pensar no metafísico que busca Heidegger no es tanto para pensar a Dios sino para hallar al ser. Dios resulta siendo sólo una pequeña provincia de la región del ser. Así, resulta siendo que más inefable e inagotable que Dios es el Ser mismo. El primer Heidegger que preguntaba por las condiciones de posibilidad de la comprensión del ser dio paso al segundo Heidegger, que enfrenta directamente la donación del ser. Pero el dejar ser al ser no es tanto pensar lo divino, porque pensar al ser no se identifica con pensar a Dios. Heidegger no está en búsqueda del lugar para pensar a Dios, sino para pensar el ser. Pensar el ser resulta ser más prodigioso que pensar a Dios, y como es el hombre el que lo puede pensar, entonces la nueva criatura deificada es el hombre.

Si Platón y Aristóteles pensaron el Espíritu puro trascendente y si el cristianismo presenta al encarnado Dios salvífico actuando en la historia, Heidegger pretende pensar al humano pensador puro del ser inmanente. Con esto Dios vuelve al hombre, a su creador y eso lo realiza. Esto es puro nihilismo.

Desde aquella carta del 9 de enero de 1919 a su amigo sacerdote E. Krebs, donde manifiesta su ruptura con el catolicismo y una nueva manera de entender el cristianismo y la metafísica, hasta que pide ser enterrado en el cementerio católico de Messkirch describe un itinerario desde el Dios católico, al Dios protestante y al Dios impersonal que habita en el ser pero no es el Ser. Termina separándose del Dios salvífico y con ello se separa de toda forma de comunicar en lo que consiste dios. Heidegger no estudió específicamente la historia de las religiones, ni atendió a los aportes de Otto y Eliade. Y así el Dios en Heidegger es vaporoso, habita en el ser pero no es el ser, nunca será la realidad absoluta de lo real.

Heidegger no conoce ya la experiencia del Dios vivo porque carece de fe y su concepto de fe tampoco se lo permite. Sin fe en el corazón de poco le sirve conocer bastante bien la tradición cristiana. Estudió a Agustín, Eckhart, Lutero, Pascal, Kierkegaard y Bultmann, sabía que el cristianismo es el acontecimiento salvífico de la cruz, pero sin fe en el alma carecía de la fuerza transformadora para conducir su existencia y pensamiento hacia Dios. Al final, su importante crítica a la tradicional objetivación de Dios se diluye no en un ateísmo existencialista, como decía Sartre, sino en un ateísmo ontológico, que subsume a Dios en el Ser. La posibilidad de ser para Dios se decide a partir de la verdad del ser. Lo cual era contradictorio, pues no es el ser, como quiere Heidegger, lo que posibilita a Dios, al contrario, es Dios quien posibilita al ser. El ser sin Dios es la nada y el ser propiamente dicho es por y en Dios. Terminó vaciando de contenido al ser.

De modo que quien ha experimentado la teología, tanto la de la fe cristiana como la de la filosofía, en vez de preferir callar en el ámbito del pensar de Dios avanza hacia su determinación como causa sui junto a su profunda incognoscibilidad. Pues el carácter onto-teológico de la metafísica no agota el contenido de la metafísica misma, y la metafísica judeo-cristiana es el ejemplo. Por tanto, no ha devenido cuestionable para el pensamiento la metafísica misma, sino tan sólo la metafísica objetivante.

Para que en la onto-teo-logía se muestre la unidad aún impensada de la esencia de la metafísica se requiere, por tanto, la experiencia de la razón unida a la fe. No es necesario pensar sin Dios para estar más próximo al Dios divino. Lo contrario es recorrer las sendas del paganismo. Conforme con ello, el pensar sin Dios no es una necesidad, al contrario, resulta totalmente evitable, no es imperioso abandonar el Dios de la filosofía, el Dios como Causa sui, porque se halla quizás más cercano al Dios divino el no olvidar que éste es innombrable e inobjetivable.

Esto solo quiere decir: que la diferencia ontológica es más explicable desde el amor de Dios. El amor es más grande que la fe, por ello sin amor en el corazón no es posible comprender a Dios ni al ser.

Curioso destino de alguien como Heidegger, cuya vocación por lo religioso nunca se perdió, lo mantuvo hasta el final, pero extrañamente lo trasladó de Dios hacia el Ser. Es aleccionador que empiece el recorrido concibiendo al ser como pensable y termine su camino reconociendo que el ser no puede pensarse, tan sólo puede evocarse. Esto significa que su inicial distinción entre conciencia y cosa y el descubrimiento de la temporalidad no sirve para responder a la cuestión del ser en general. Que el ser es tiempo o el tiempo es el sentido del ser, se revela insuficiente y se pone, también, en cuestión el primado que tiene en su exégesis el ser del hombre. Si la existencia es posibilidad, entonces nunca es situación, hecho, presencialidad, y Heidegger nunca analizó directamente la categoría de “posibilidad”. Abandonada esta vía cree luego que la única filosofía posible es una sin implicaciones éticas ni teológicas, es decir una ontología pura: el ser como totalidad perfecta tiene todas las posibilidades de lo existente.

Por eso, la actualidad de Heidegger en nuestro tiempo no debe sorprender porque nos encontramos en la época del nihilismo y de la increencia, donde cualquier desafío a Dios no desentona y al contrario es retroalimentado por la tecnificación y la industrialización que aumenta en el hombre de hoy una vacua de sensación de poderío y triunfo en el mundo inmanente.

Heidegger ha sido asumido por muchos como el filósofo más grande del siglo XX. Pero para un tiempo en crisis y sin profundidad resulta hipnotizador el abuso etimológico, las tautologías vacías, el retorcimiento en la expresión y el forzamiento retórico. El embrujo de su filosofía se asocia al empeño loable por aprender a pensar, pero a costa de pasar por contrabando extravíos ontológico-metafísicos del fondo oscuro de una doctrina autoritaria y sin Dios.

Lima, Salamanca 22 de Mayo 2013