domingo, 13 de marzo de 2016

EL MAL METAFÍSICO

EL MAL METAFÍSICO 
Gustavo Flores Quelopana
Sociedad Peruana de Filosofía
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Si antes de la Caída el primer hombre era inmortal e incorruptible, esto es, en el Paraíso no había enfermedad, injusticia, dolor y muerte, entonces cómo pudo el pecado lesionar el cosmos y la naturaleza entera. ¿Si la creación era buena, cómo pudo infestarse de mal por un acto moral? ¿Qué significa que lo ontológico participado sea alterado por lo axiológico?

En el espíritu de la época laxa que nos ha tocado vivir, donde los hombres disfrutan siendo malvados y emplean sus horas en perjudicarse y depravarse, esta crucial cuestión teológico-filosófica sobre el mal metafísico ha dejado de ser importante dentro del actual contexto hedonista, relativista y nihilista del hombre y cultura posmoderna, donde, más bien, se ha operado el entronizamiento luciferino de la sociedad amoral mediante la malignización del bien y la desmalignización del mal. No obstante, no se puede reflexionar seriamente sobre la posibilidad de erigir una sociedad del amor sin reflexionar sobre el misterio de la irrupción del mal en la creación.

Dios, Trinidad personal y distinta a su creación, creó el universo de la nada por amor.  Creó los espíritus a su imagen y semejanza y otros, como la materia, no semejantes. En el orden creado se tiene: ángeles o espíritus puros; hombres, tiene materia y alma espiritual; seres vivientes, materia y alma material; y materia no viviente. Dos clases de leyes gobiernan el universo: la natural y la moral. Los seres espirituales están destinados a la visión beatífica pero tras una previa prueba. Adán, el primer hombre, que era inmortal e incorruptible falló y la raza humana se separó de Dios. Así irrumpe el pecado original y la muerte como estado de imperfección de la raza humana. Entre la Caída y la Redención Dios no abandonó al hombre, preparó a los gentiles con la razón natural y a los judíos mediante la Revelación. Y la misión de Cristo fue rescatar al hombre para la vida eterna reconciliándolo con Dios.

Pero cómo lesiona el pecado o el mal la naturaleza no sólo del hombre sino del cosmos entero. En qué consiste dicho daño. Cuál es su significado ontológico-moral. En qué orden temporal acontece dicha transformación.

Para el pensamiento cristiano el mal es una imperfección consustancial a las criaturas. Así, la Patrística griega resalta el aspecto metafísico del mal considerado como una carencia en la creación, mientras que la Patrística latina considera el mal desde el punto de vista moral, como pecado. En San Agustín estos dos puntos de vista se aproximan al sostener que el mal es lo contrario a la naturaleza, pues no hay ninguna cosa que sea completamente mala porque entonces dejaría de ser pura y simplemente. El Pseudo-Dionisio enfatiza ontológicamente que el mal es accidental, y Santo Tomás de Aquino considera que el bien y el ser son paralelos y en consecuencia moralmente el mal no es una realidad en sí, tiene lugar en el sujeto que se priva de un bien por una voluntad o libre albedrío que incurre en pecado.

Esta concepción cristiana rompe con la concepción del mal de la tradición clásica griega que identifica el mal con la materia y el no ser. Así para Plotino el mal ontológico o primario es la materia. Para el gnosticismo la dualidad ontológica fundamental (alma terrena y alma psíquica) determina la oposición entre un Dios malo y un Dios bueno.

Cuando Leibniz trata de encontrar una justificación al mal afirma: El mal metafísico no es algo substancial, de lo contrario se destruiría a sí mismo, es más bien algo accidental, una privación, consiste en la limitación e imperfección de todas las cosas; el mal moral es el pecado y los crímenes en que incurre la voluntad humana; y el mal físico es el castigo o la corrección en forma de enfermedad, dolor, injusticia y muerte. Estas tres formas del mal las aborda Leibniz en su Teodicea, para quien en el conjunto del mundo predomina el bien sobre el mal. Dios es bueno y es causa material del mal que consiste en lo positivo pero no causa formal de éste, pues al crear el universo se produce una lucha entre los posibles para obtener un máximo de realidad, perfección e inteligibilidad.

Otra importante reflexión sobre el mal la brinda Paul Ricoeur (Finitud y culpabilidad), el cual subraya el mal antropológicamente como debilidad constituyente del hombre, expresado simbólicamente en los mitos de creación, del primer hombre y del alma exiliada.

De lo expuesto se deduce que la verdad radica en el justo medio de la Patrística latina (enfoque moral) y la Patrística griega (enfoque ontológico), esto es, que el mal no puede ser visto ajeno al acontecimiento de la Caída. De modo que así tenemos: (1) que el mal como privación sólo tiene sentido después de la Caída y no antes, pues enfermedad, dolor, injusticia y muerte acontecen a partir del pecado y no antes. (2) Esto es, el mal metafísico no es algo substancial a la creación, y surge como algo accidental a lo creado a partir del mal moral después de la Caída. La Caída es la piedra de toque para comprender el mal metafísico. Antes de la Caída no hay mal metafísico sino después del mal moral. (3) Si el mal metafísico es consecuencia del mal moral ello significa que el mal moral es un acto de injusticia que quiebra el orden universal, y es así porque más grave que el mal físico es el mal social, dado que no debe soportarse puesto que priva de su ser y su destino. (4) Si el mal metafísico existe es porque se ha quebrado la justicia, como principal valor y dignidad que da humanidad a los hombres. Y (5) todo lo cual representa que el orden de la creación no tiene un fin utilitarista o eudemonista, el objetivo principal no es la felicidad o lo útil sino la dignidad del hombre. 

En una palabra, el mal metafísico insurge porque el acontecimiento de la Caída no incumbe a la pregunta qué es el hombre sino a ¿qué debe ser el hombre? No estamos afirmando la doctrina del mal radical inserto en la naturaleza humana -dogma de muchos movimientos religiosos- sino que -como Rousseau- afirmamos la bondad originaria de la naturaleza humana pero -contra Rousseau- ello no significa rechazar la culpabilidad originaria del hombre.  Hubo pecado original pero lo hubo no porque los primeros impulsos de la naturaleza humana fueran malos sino por obra del gran Engañador. El hombre fue engañado y seducido, escuchó al gran Mentiroso, su responsabilidad es real y existe, pero eso no niega que los primeros impulsos de la naturaleza humana sean buenos e inocentes. 

El mal metafísico no viene ni de Dios ni de la naturaleza humana sino de un acto erróneo del hombre al desobedecer y dejarse embaucar por el Demonio. El hombre no es inimputable por la Caída pero la responsabilidad es compartida con el Perverso. Después de la Caída el hombre se abandona a su instinto natural y a su razón natural, dones dados a todas las culturas por el Creador como semillas del Verbo en su corazón y en su mente, y que demuestran que no lo abandona, pero el instinto natural de autoconservación o amor de sí es distinto al amor propio, el cual surge de la dialéctica del amo y del esclavo como voluntad que se satisface en el dominio o en la sumisión, como fundamento de la depravación de la sed de poder y la vanidad que permite a los hombres convertirse en tiranos.

La dimensión política del problema de la teodicea no representa sustraerlo del centro de la ética ni de la metafísica porque si del mal social, que ha infligido a la humanidad heridas muy profundas, es al hombre a quien corresponde en convertirse en su propio salvador, ello lo efectúa dentro del espíritu del amor al prójimo en su lucha revolucionaria por cambiar el mundo en la perspectiva del Reino. Frente a la sociedad coactiva del poder o del lucro se yergue el desafío de erigir una sociedad ético-política, basado en al justicia y en el imperio de la ley, porque la ley que no es profundamente moral no es ley es ilegalidad. La libertad queda preservada así dentro de un Estado ético, donde la ley la preserva y la libertad se realiza adhiriéndose autónomamente a la ley.

Pero estas conclusiones plantean una seria interrogante de orden temporal. Si antes de la Caída el cosmos era bueno, en el sentido de inmortal e incorruptible, y, por ende, no tiene sentido afirmar que el mal es una imperfección consustancial a las criaturas, entonces a qué orden del tiempo pertenece el estado del Paraíso. Es evidente que no puede pertenecer a todo lo ocurrido después del Big Bang –hace 15 mil millones de años-, debido a que nada escapa a la muerte desde entonces. En consecuencia, a qué orden del tiempo pertenece lo acontecido antes de la Caída.

El estado de inmortalidad e incorruptibilidad de la creación antes de la Caída no puede radicar en la eternidad, pues lo único eterno es Dios. Tampoco en la eviternidad de los espíritus puros, donde se da la simultaneidad sin un antes y después. Nos resta el tiempo, compuesto de un pasado, presente y futuro. Pero es obvio que el tiempo antes de la Caída debe ser diferente al tiempo después de la Caída, dado que a partir de la segunda irrumpe lo mortal y corruptible. Todo lo cual supone que el tiempo mismo también se vio afectado por el acto axiológico del pecado original o desobediencia al mandato de Dios.

Esto nos lleva a afirmar que a la movilidad esencial del tiempo antes de la Caída se le vino añadir lo mortal y corruptible después de la Caída. Esto significa que pre-Caída el tiempo era el horizonte de la inmortalidad y la incorruptibilidad, post-Caída el tiempo se degradó en horizonte de enfermedad y muerte. En otras palabras, la relación del Ser y Tiempo antes de la caída está signada por la felicidad de la incorruptibilidad, y después de la caída por la angustia ante la muerte. Lo que significa que la temporalidad primordial de los entes creados no siempre ha sido la misma y por tanto la temporalidad sólo es condición formal del ser real más no su condición material.

Esto nos conduce a la relevancia de lo axiológico ante lo ontológico en el orden de la creación, pues en el orden supratemporal ser y bien son equivalentes, y al profundo significado metafísico del pecado original como desobediencia al mandamiento de Dios. Que lo ontológico participado sea afectado por lo axiológico del hombre significa tres cosas: (1) que el paralelismo entre ser y bien exige ser respetado, (2) que dicho respeto se traduce en un acto libre y voluntario de obediencia a la voluntad del Creador, y (3) la importancia especialísima que tiene para Dios la existencia humana. 

El mal metafísico es falta contra la razón, pecado y muerte porque rompe lo más importante, a saber, la unión voluntaria de la comunión con Dios. La unión con Dios es ontológica, pero más importante es la unión axiológica, por ende, voluntaria. O sea en el mal metafísico se quiebra la idea de justicia que está inscrita tanto en el corazón del hombre como del ser. Esta idea es eterna e inmutable porque está conectada con el ser de Dios, y por eso no puede verse condicionada por la multiplicidad y el arbitrio de los estatutos positivos. Esto significa que en el fondo del ser late la constante del deber ser. Es por ello que la depravación humana consiste en no escuchar la voz del alma para elevarse sobre la ley del cuerpo y evitar así borrar el sentimiento de libertad. Por eso el mal metafísico afecta la ley ontológica porque viola la ley moral. La conciencia nos habla de bondad, rectitud y virtud, de todo aquello que hace bien al ser, mientras que el mal metafísico trata de todo lo contrario.

El ser es acto y el acto libre de la voluntad también, por tanto, la importancia del acto del ser finito libre y racional es de capital importancia en el orden del cosmos porque significa que lo ontológico se cumple como acto libre, como acto moral. Por eso la razón práctica está por encima de la razón teórica, porque mientras la primera es creadora la segunda aprehende lo universal. Ahora se entiende por qué la humanidad no es espectadora de su redención, pues en su sufrimiento en unión con Cristo también es corredentora. La pasión es de Cristo, y la humanidad la comparte. Sin Dios la vida y el ser carece de significado, no hay esperanza en el triunfo de la Nada. Si los hombres no llegan a ver claro esto es porque se aferran a las sombras.

En otras palabras, el significado metafísico del mal no reside en la limitación de la creación como privación ontológica de plenitud, sino en su condición axiológica como pecado original. De ahí que la esencia del hombre no se pueda revelar sin conocimiento teológico, pues dejarlo en la mera razón natural  equivale a dejar nuestro espíritu  inmortal que se pierda en las tinieblas y lo cual puede conducirnos al desastre.

La esencia humana es temporal, pero su auténtica temporalidad –inmortal e incorruptible- sólo la alcanza mediante Cristo, quien destruye el pecado de Adán, remedia la rotura entre Dios y el hombre, restaura la vida sobrenatural –en el sentido que abre el cielo para el hombre- aunque sólo al final de los tiempos se decida si se restaura su naturaleza perfecta, pero el alma que se escoge a sí misma no puede ir a Dios.

El mal metafísico equivale a la caída que dañó a todo el cosmos, es decir, en el orden de la creación lo axiológico preforma lo ontológico. Es más, como no hay ningún hombre que no esté en lucha permanente contra el pecado, porque recibir la gracia de Dios no elimina el misterio del pecado, entonces la virtud sobrenatural de la fe convierte la presencia de Dios de ontológica en axiológica –por invitación nuestra- y de ser un ser insuficiente puede cooperar con Dios en la misión de la iglesia y los sacramentos para reparar la extraordinaria condición del hombre, el cual no es mero individuo (protestantismo) ni mero ser social (secularismo).

Otro cariz del mal metafísico es aferrarse a conocer y a amar a Dios con exclusividad, lo cual es pecado, porque se ama y se conoce a Dios por su creación. Sólo así se entiende las palabras del Evangelio: "Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno que ha sido preparado para el diablo y sus ángeles. Porque tuve hambre, y no me disteis de comer, tuve sed, y no me disteis de beber; fui forastero, y no me recibisteis; estaba desnudo, y no me vestisteis; enfermo, y en la cárcel, y no me visitasteis." (Mateo 25:41-43).

En conclusión, el mal metafísico es real pero ingresa al cosmos no por el acto ontológico de creación sino por el acto axiológico del pecado o desobediencia al mandato de Dios. La falta de confianza en la bondad de Dios es una posibilidad radical de la libertad humana, lo cual entraña una pérdida de amor, caridad y gracia santificante que daña a todo el cosmos.

La Redención de Cristo, los sacramentos de la iglesia, la gracia divina y la virtud sobrenatural de la fe, son el camino para reparar la extraordinaria condición del hombre. Pero el hombre –incluso el creyente- es un ser insuficiente y aterradoramente mediocre, pecamos porque nuestra voluntad está enferma y se complace en el yo. Por ello el diablo, que es una entidad personal, es regocijo del yo en el yo. El peligro de pecar es permanente pero el hombre es capax dei o sea un ser capaz de ser llenado por Dios y en consecuencia lo sensato es el camino de la santidad, la cual no es ausencia de pecados sino la orientación contra el pecado. 

Por último, una palabra sobre religión. La religión no sólo es cuestión de voluntad, amor y oración, sino también de pensamiento, conocimiento y sabiduría. Sin conocer el universo no se puede amar más a Dios, aunque sin sabiduría y sólo con santidad se puede ser salvo. Por ello es importante que el entendimiento se redima de las imágenes de la imaginación, enfrente el misterio contradictorio y comprenda que el esplendor del misterio es hacer ver nuestra finitud en la infinitud de Dios. En una palabra, religión no sólo es cuestión de oración y amor, sino también de conocimiento y sabiduría. De ahí proviene la profunda unión entre filosofía y teología.
Lima, Salamanca 13 de marzo del 2016

martes, 8 de marzo de 2016

ONTOLOGÍA DE LA MÚSICA

ONTOLOGÍA DEL EFECTO MOZART
Gustavo Flores Quelopana
Sociedad Peruana de Filosofía
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La psicología parece regodearse demostrando acertadamente que la música produce una sensación relajante, reanimadora, de libertad, esperanza, y genera un efecto estimulante para afrontar nuevos desafíos. Pero la Música al parecer resulta ser un fenómeno muy universal no sólo entre los seres vivientes, sino incluso en los inanimados. Y aquí entra la filosofía con la conocida polémica si la Música es revelación o mera técnica.

Este último punto ya lo hemos abordado en otro lugar (Esencia de la Música, 2013) y aquí nuestro fin es preguntarnos por otro aspecto esencial de la Música, a saber, si la Música como expresión de la Belleza constituye una manifestación ontológica de lo Bello. Es decir, si la Música como expresión de lo Bello es expresión de las categorías primarias de la ontología.

Así, que los gallos cantan desde su pecho colorado y no por mero impulso exterior lo demuestran investigadores de la Universidad de Nagoya en Japón estaban estudiando las bases genéticas de las vocalizaciones o comportamientos innatos como el cacareo de los pollos, y descubrieron que los machos no necesitan señales externas de luz para saber cuándo comenzar a cantar.

En el compositor de la Novena Sinfonía Coral tenemos el ejemplo más nítido de la Música como revelación al hombre de una realidad privilegiada. A Beethoven le placía componer mientras paseaba por el bosque, decía que allí recibía los acordes más hermosos remitidos por el Creador en medio de la prodigiosa naturaleza. El genio de Bonn tenía algo en común con el talante del ateniense Sócrates, a saber, ambos eran feos, como un gnomo el primero y como un sátiro el segundo, pero también los unía el recibir de las musas su inspiración, Euterpe para el músico y Meletea para el filósofo.

Unos experimentos publicados en la revista de ciencias digital Nature, ratifica los resultados de otro estudio del 2005 realizado en las universidades de Toronto y Londres, según el cual el género musical no es relevante si el que la oye realmente lo disfruta. En cambio, en 2015 se realizó un experimento similar en la universidad de Roma La Sapienza, la prueba demostró que la actividad de las ondas alfa cerebrales, asociadas con las funciones cognitivas y de la memoria era más potente en los individuos que escuchaban música de Mozart, que los que escucharon Beethoven. La música de Mozart predispone a que no se producirán cambios bruscos en el ritmo musical, al contrario de ciertas composiciones de Beethoven, lo que le hace permanecer tranquilo y concentrado.

El efecto Mozart se vio ratificado recientemente por científicos franceses al descubrir que nuestro cerebro se ve estimulado al escuchar música de fondo de forma deliberada. Si se pone de fondo música clásica mientras se da clase en una escuela, los resultados de los estudiantes son mucho mejores que los resultados de otros que asistieron a la misma clase pero sin música de fondo. Se demostró que la música de fondo tiene, inconscientemente, un efecto relajante sobre las personas.
Los pitagóricos ya habían afirmado que la función y los caracteres de la armonía musical son los mismos que la función y los caracteres de la armonía cósmica. La Música como ciencia de la armonía y como orden divino del cosmos es también recogida por Dante. Y Hegel exaltó la Música como expresión de lo Absoluto en la forma del sentimiento (Gemüt).

Actualmente están a disposición los archivos de audio de la Nasa, en los cuales se puede escuchar los enigmáticos y fascinantes sonidos del espacio captados por los satélites Kepler y Cassini. Como en el espacio no hay aire, allí no existe el sonido en su interpretación terrestre. Por ello, aquí se trata de la trasformación en sonido de las ondas de luz emitidas por las estrellas o los planetas.

Ahora bien, para nosotros la Música no es puro sentimiento de la subjetividad finita (teoría romántica), ni mera contemplación de la armonía divina (teoría clásica), sino que como expresión de lo Bello tiene un alcance metafísico y no meramente epistémico. Lo Bello es ontológico, lo bello absoluto en cualquiera de sus formas –incluida la musical- carece de contrario porque es la voluntad pura del mismo Ser. Lo Bello no está más allá del Ser (esteticismo metafísico) ni más acá de lo Bueno (Platón), al contrario, se identifica con el ser como puro sentimiento de la subjetividad infinita, y de la cual participa el puro sentimiento de la subjetividad finita.

El Ser es en sí, por sí y para otro, su acto implica su justificación, en donde ontología, axiología y estética están unidos, porque ser, bien y belleza son inseparables. Y la conciencia así lo percibe porque es intelecto, querer y sentimiento. Pues los modos del ser son objetos del sentir de la existencia que participa en el ser desde un yo que capta la realidad del ser trascendente en su bondad y belleza.

En la experiencia estética de la Música se apresa un infinito en acto y no un infinito en potencia, pues mi sentir temporal está contenido en el Ser eterno. La Música es el acto de participación de la subjetividad finita sentimental de la existencia temporal en la subjetividad infinita sentimental del ser eterno.

Kierkegaard había señalado que la música encuentra su contenido en la genialidad erótico-sensual y nosotros en vez de ver en ella una exageración de la teoría romántica del sentimiento advertimos que cobra pleno sentido cuando la referimos a la voluntad pura del ser mismo. Efectivamente, sólo en el ser mismo, como fuente común de la existencia y la realidad, se manifiesta el verdadero y pleno genio erótico-sentimental creador.

En consecuencia, Música no es esencialmente acto de contemplación del ser a través del sonido armónico sino a través del sentimiento. La música expresa en lo relativo la armonía perfecta de lo absoluto del ser. Más como la existencia finita habita en el ámbito de la ambigüedad del ser, es posible la disonancia y lo horrible en el sonido musical.

De modo que cuando Hanslich (De lo bello musical, 1854) definió a la música como arte de expresar sentimientos no se equivocó pero se quedó corto. Pecó no por exceso sino por defecto, por cuanto el arte de expresar sentimientos sólo es posibilitado por la identidad metafísica entre lo ontológico y lo estético.

Por todo ello, soy de la opinión que el “efecto Mozart” (sensación relajante, reanimadora, de libertad, esperanza, y genera un efecto estimulante para afrontar nuevos desafíos) atañe no sólo a la subjetividad del sentimiento finito sino también, y por analogía, a al sentimiento infinito de la realidad absoluta. En la música el hombre busca participar de los sentimientos divinos. Sólo así se puede entender cómo nos arroba de emoción indescriptible el Aleluya de Haendel, la Pasión según San Mateo de Bach o el Requiem de Mozart, que contagian la grandeza inmarcesible de la inefable belleza divina.


Lima, Salamanca 08 de Marzo del 2016

lunes, 7 de marzo de 2016

VALOR Y SER

EL VALOR Y EL SER
Gustavo Flores Quelopana
Sociedad Peruana de Filosofía
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In Memoriam, al amigo poeta místico
José Pancorvo Beingolea (1952-2016)

En nuestra presente era de la posmodernidad se dice que vivimos sin valores, que todo vale, que no es necesaria una vida virtuosa y que tan sólo basta el nivel estético-instintivo de la libertad sin responsabilidad para ser feliz. Es la ideología luciferina de la malignización del bien y la desmalignización del mal, por lo demás, tan necesaria en una sociedad globalizada del neoliberalismo basada en la competencia más feroz, el egoísmo más ruin y la insolidaridad más clamorosa.

Esta degradación del valor en la filosofía de la época moderna ha ido de la mano con la des-substancialización del ser operada desde el empirismo y el avance arrollador de la racionalidad funcional impulsada desde la ciencia, la tecnología y el capitalismo.

La separación entre ontología y axiología es característica de la secularizada época moderna. La desvalorización y paulatina supresión del horizonte de lo trascendente que revolucionó ab imis (desde la base) las conciencias e instauró la autonomía del regnum hominis, es la que no ha cesado de establecer la oposición entre el ser y el bien, el valor y la existencia, lo real y lo ideal.

La modernidad comenzó descalificando el ser en provecho del valor, para concluir desautorizando el valor en beneficio de la interpretación. Antaño, con el fundamento metafísico clásico-cristiano, donde se rompía la relación entre el ser y el bien dejaba el ser de ser el ser, es decir, acto para convertirse en fenómeno. En cambio ahora, al identificarse el ser con el fenómeno eventual todo queda reducido a las exigencias fundamentales de la conciencia, donde el ser en sí es incapaz de fenomenalizarse, quedando todo reducido a lo real como creencia subjetiva de la interpretación.

La dualidad fundamental que se establecía antaño entre el ser y el fenómeno y que establece hoy entre el ser y la interpretación o el valor subjetivo, es en el fondo la distinción del acto y el dato, que antes se interpretaba en provecho del ser y hoy en provecho del valor subjetivo y en contra del ser. La cuestión es saber si el ser queda descalificado en provecho del valor o si el valor queda justificado como la afirmación del ser. Mientras tanto lo indubitable es que destruido el fundamento metafísico clásico-cristiano ya no es posible salvar ningún valor de orden espiritual.

Ahora bien, en el acto puro del ser se destaca el carácter ontológico del bien. Esto es, el bien no está más allá del ser, como pensaba Platón, sino que es el ser mismo en su querer puro y que se extiende hacia todo lo que puede querer. El ser y el bien no son una cosa, un ente, sino la fuente de todos los entes y de las cosas, es decir, es una actividad y una voluntad que se produce por sí eternamente y acorde a un plan. Quiere esto decir, que no es una voluntad ciega, como pensaba Schopenhauer y el panteísmo, ni una voluntad inconsciente, como suponía E. von Hartmann, sino una voluntad providente y omnipotente, como postula el teísmo en contra del deísmo.

De modo que el Bien es ontológico y como bien absoluto carece de contrario, no así el bien relativo al cual se le opone el mal. Incluso no hay mejor modo de entender la razón práctica de Kant como teniendo carácter ontológico, porque la voluntad pura es el mismo ser. Sólo así se puede comprender plenamente la significación nouménica en el kantismo, porque en la libertad independientemente de toda sensibilidad encontramos el verdadero ser. La libertad del individuo es libertad absoluta no porque es en sí absoluta, sino porque participa en acto de la voluntad absoluta del ser.

Sólo así se puede entender que lo práctico es más profundo que lo teórico, porque mientras la primera apresa la interioridad creadora del ser la segunda aprehende la universalidad representativa. De modo que la voluntad pura de Kant es el ser mismo en participación. No sucede lo mismo con Nietzsche, el cual insta a reformar e invertir los valores eternos del cristianismo por los valores dionisíacos vitales. Pero el nietzscheanismo es una filosofía inacabada donde la interpretación queda presa de la voluntad de poder. La postmodernidad neo-nietzscheana sólo acentuó la tendencia reaccionaria de su pensamiento nihilista en locura del solipsismo radical relativista.

Ahora bien, si el bien es al ser ¿el valor es a la existencia? ¿Pero si el valor es a la existencia no estaríamos cayendo nuevamente en la tesis nietzscheana de la estrecha relación del ser del valor con el hombre? Esto sería caer nuevamente en la interpretación empirista o subjetivista del valor. No es casual que el relativismo de los valores haya surgido en el seno del historicismo. Simmel lo afirma en relación a la historia, mientras Troeltsch intenta recuperar el absolutismo de los valores en el ámbito mismo del historicismo. Lo cual significa que el ser del valor es absoluto, pero su captación en la historia es relativa. Max Weber prefirió enfatizar la lucha entre los valores ofrecidos a la elección humana, y Frondizi destaca la relación entre valor y situación.

Por nuestra parte podemos afirmar que el primer indicio de la independencia del valor mismo respecto al hombre es su pretensión de bondad, universalidad y permanencia. Lo cual explica justamente el carácter ontológico del valor. El valor absoluto es simétrico al ser y bien absoluto, mientras el valor relativo se corresponde a la disociación entre existencia y esencia. Esto es, hay que considerar al valor en su doble aspecto: en sí y en participación.

La existencia participa del valor, lo prefiere como norma posible de elección. La virtud es el hábito de la libre voluntad de la existencia en la práctica del bien, y el vicio es el hábito libre de la existencia en la práctica del mal. Participación, preferencia, elección, hábito y libre voluntad, son las cinco categorías de la existencia que definen su relación con el valor.

Lo cual significa que el valor en relación a la existencia es la estimación del ser, es la actualización del bien del ser en grados relativos. En sí y por sí el valor es absoluto y trascendente porque atañe a la identidad entre lo ontológico y lo axiológico que corresponde al ser y el bien. En participación y en su ser para-otro el valor se relaciona con una existencia disociada de la esencia y cuya ambigüedad de ser de la existencia hace posible su rechazo del valor. Los valores están en el tiempo pero su ser no se agota en lo temporal porque pertenecen a lo eterno. La jerarquía del valor es solidaria con el grado de participación de la existencia en referencia al bien y al mal.

De modo que el valor participado es a la existencia y a la realidad, como el valor absoluto es al ser y bien absoluto. El valor es una ventana de lo absoluto en lo relativo e histórico. La existencia en una posibilidad de elección virtuosa actualiza la bondad, la universalidad y la permanencia del valor en el tiempo. La esencia toda del ser es ser, bueno y valioso; después del acto cósmico de la Creación la participación ontológica y axiológica de lo real depende del misterio escatológico de la libertad humana; acontecido el acto cósmico de la Caída se agiganta la brecha entre existencia y esencia, el cual es cubierta por el otro acto cósmico de la Redención; y cumplido el tiempo el existir, según sus actos, dejará de ser el separarse al todo del ser y el oponerse a la realidad.

La relación final entre el valor y el ser en el orden del tiempo no es de carácter transhistórico sino histórico, y será cuando lo ideal deje de oponerse a lo real. Esto solamente ocurre a través de las virtudes. Por eso, la existencia de las virtudes son ontológicamente superiores a la existencia de los valores, porque la virtud es la actualización del valor en el orden den tiempo. Es más, la plena actualización del valor no se da en las virtudes morales, las cuales son pecado y muerte sin las virtudes teologales. El cese de la oposición expresa entre el valor y el ser se da de la manera más perfecta a través de las virtudes teologales, lo cual hace posible la continuidad más perfecta del acto ontológico-axiológica de participación. Más, la oposición en términos absolutos continuará, porque a lo eterno nada se le puede igualar, pero será una oposición sin exclusión.

El ideal de una vida virtuosa lo más perfectamente posible a lo finito se identifica con el atractivo del valor absoluto del ser que es el bien, con el poder dinámico de lo Absoluto como modelo viviente del ser. La visión beatífica de los escolásticos y de los místicos alcanzará a las almas y su perfección a toda la realidad.


Lima, Salamanca 07 de marzo del 2016

lunes, 29 de febrero de 2016

PAPA CONTRA CORRUPCIÓN VATICANA

UN PAPA CONTRA LA CORRUPTELA VATICANA
Gustavo Flores Quelopana
Sociedad Peruana de Filosofía
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El papa Francisco –que representa la izquierda católica- es el que más claro ha alzado su voz contra el culto al dinero y la tiranía de la economía de libre mercado. El corazón de todo buen católico está de su lado pero tampoco puede dejar de ver la dolorosa realidad en la que se encuentra inmersa su iglesia. Aquí no nos interesa la tradición autoritaria de la Iglesia ni acatar genuflexiones, porque Iglesia somos todos y el ejemplo de Cristo está sobre todas las cosas. No en vano nuestra tierra peruana ha sido cuna del nacimiento de la teología de la liberación.

Pero en su empeño por hacer una limpieza profunda emprendió una dura lucha contra la vieja guardia de la curia italiana vaticana. Contrató una experta auditoría financiera internacional para combatir principalmente contra el lavado de dinero en los bancos suizos. Ningún católico honesto y sincero podía dejar de sentir simpatía por esas sensatas y urgentes medidas.

El Vaticano es acusado actualmente de muchas cosas: tener la evasión fiscal más alta de la Unión Europea, permitir y proteger sistemática el abuso de menores, subvaluar sus propiedades para evadir impuestos, tener cuentas nada transparentes, permitir el lavado de dinero de la mafia italiana e internacional, lo dudoso de contar con un propio banco, e invertir en compañías transnacionales nada santas.

La más atroz acusación anterior y perteneciente al siglo veinte se relaciona con la sombría y horrorosa simpatía y cobarde actitud del equilibrista papa Pio XII con el fascismo antisemita germano y la facilidad que brindó la Santa Sede para ocultar y hacer emigrar con documentos falsos a criminales de guerra nazis hacia América Latina. El patético pro-alemán Pio XII nunca excomulgó a ningún alemán nazi, más preocupado por la política vaticana de imparcialidad nunca protestó cuando los nazis apresaron a los judíos de Roma, no protestó abiertamente ni defendió con energía a los judíos húngaros (salvó a 5 mil, mientras 500 mil fueron asesinados), no salvó a ningún niño, aunque ordenó que los conventos abrieran sus puertas a los refugiados judíos, pero silenció la voz de la Iglesia ante la barbarie del holocausto judío, sobre la cual sabía mucho en 1943, y cuando los americanos entraron al Vaticano rogó a los aliados que no pusieran guardias de raza negra a cuidar la Santa Sede.

Todo lo cual hace pensar que para dedicarse a la misión cristiana hay que terminar con la anómala categoría de estado, entregando el territorio al gobierno italiano, liberando así al Vaticano del peso secular. Cosa casi imposible en el presente contexto.

Benedicto XVI –que representó la ultraderecha católica- renunció al santo solio en 2013 en medio de la escandalosa divulgación en 2012 de documentos robados y conocido como el caso de los “Vatileaks”, ahora un nuevo escándalo remeció el papado del argentino Francisco tras la detención en 2015 del cura español Vallejo Balda, acusado de divulgar documentos confidenciales.

La cosa es grave porque esta vez se trató de las cuentas del Vaticano y de las personas designadas por el papa Francisco para reformar las finanzas. La Comisión de Estudio sobre la Organización de las estructuras económicas-administrativas de la Santa Sede, llamada COSEA, creada en 2013 fue disuelta en menos de un año.

Dos autores italianos han abordado en sendos libros las revelaciones escandalosas sobre los asuntos financieros de la Santa Sede. Son los periodistas Emiliano Fittipaldi de L´Expresso y Gianluigi Nuzzi de la televisión Mediaset. A Nuzzi pertenecen los textos “Su Santidad: las cartas secretas de Benedicto XVI” y “Via Crucis”, a Fittipaldi el libro “Avaricia: los documentos que revelan las fortunas, los escándalos y secretos del Vaticano”. Lo más increíble es que estos dos periodistas han sido acusados por el Vaticano e incluidos en sendos procesos judiciales. Con ello el papa Francisco de revolucionario, que no quiere más secretos financieros en casa, pasa a inquisidor.

Son conocidas las palabras de Jesucristo: "De cierto os digo que en cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños a mí me lo hicisteis" (Mateo 25: 40). Y por eso quizá la cosa más espantosa y abominable aborda los casos de pedofilia, sobre todo encubierta y protegida por pontífices cómplices. El deterioro estrepitoso de la imagen vaticana no solamente aborda las finanzas oscuras, sino que en 2014 la ONU denunció a la Santa Sede por permitir sistemáticamente el abuso de menores, proteger a sacerdotes acosadores y violadores de decenas de miles de niños inocentes. Estos crímenes quedarán impunes en la tierra pero no en el cielo. En el día del Juicio esta legión de curas pervertidos y pontífices encubridores serán echados al fuego del infierno.

Desde los horrores de la Segunda Guerra Mundial, el mundo creyente y no creyente está consternado por la impunidad y los abusos infantiles en el seno de una institución que enseña sobre la dignidad humana de las personas. Los casos más repugnantes son los del pederasta padre Maciel en México, los sacerdotes de Boston Paul Shanley y John Geoghan en Estados Unidos, el obispo belga Roger Vangheluwe, en Italia se conoce la denuncia contra 100 sacerdotes abusadores, el sacerdote Andreas L. en Alemania y en Irlanda un informe del 2009 reveló que durante la mayor parte del siglo XX el abuso sexual y psicológico fue endémico en colegios y orfanatos católicos. Lo más triste de toda esta relación es que el principal protector del pederasta Maciel fue el papa Juan Pablo II, el cual fue canonizado desafortunadamente por el papa Francisco.

Lo peor de todo es que decenas de abusadores sexuales en la iglesia todavía están en contacto con menores. Lo cual hace pensar en la necesidad de acabar con la castidad obligatoria de los sacerdotes, hoy convertidos –obviamente no todos- en pedófilos, banqueros y socios de la Cosa Nostra. Benedicto XVI habría renunciado convencido de que sólo una sacudida semejante podía mover la lacra enquistada en el Vaticano.

Lo único que queda claro en todo este asunto es que las cuentas vaticanas son un laberinto de corrupción muy bien planeado, muy difícil de desmontar y que está dispuesta a liquidar a la cabeza de todo este cambio. Esto hace recordar cuando a fines de los años 80 Juan Pablo II salva de la justicia italiana al arzobispo norteamericano Paul Marcinkus, el llamado “banquero de Dios”, devolviéndole el favor de utilizar al Banco del Vaticano para financiar secretamente el sindicato polaco Solidaridad en los años 70 y 80.

El papa Francisco está acosado por los escándalos que rodean al Vaticano y afectan la fe católica. Es conocido sus “excusas” presentadas en una audiencia de octubre del 2015 por el comportamiento de varios religiosos, que van  desde casos de homosexualidad, violación del celibato, abusos sexuales, pornógrafos infantiles, consumo de drogas, despilfarro en las finanzas, casos de simonía y blanqueo de capitales. A ello habría que agregar que apenas un 23 por ciento de sus ingresos son destinados a la caridad.

La expulsión y el castigo parecen no ser suficientes, pero la terminación a su anómala categoría de estado tampoco está a la vista. Al parecer el Vaticano requiere de un papa más revolucionario o de otra medida extrema para salvarse de su ruina moral y desapegarse del poder temporal.


Lima, Salamanca 29 de febrero del 2016

domingo, 28 de febrero de 2016

FIN DEL UNIVERSO Y BIEN ABSOLUTO

FIN DEL UNIVERSO Y BIEN ABSOLUTO
Gustavo Flores Quelopana
Sociedad Peruana de Filosofía
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El ser del universo tiene su contrario, a saber, su desintegración. Es un ser al que le corresponde un bien relativo porque tiene como contrario a la muerte y al mal. La muerte es el mal y el universo se dirige aceleradamente hacia su fin definitivo. Si el sentido del ser se agota en la muerte, entonces esto es el triunfo irrebatible del no-ser y de la Nada. Pero la nada no es nada, no es una realidad positiva, en la escala de la existencia es una privación o una negación. Entonces, ¿no será que la muerte del bien relativo del cosmos esté indicando la presencia del Bien absoluto que carece de contrario?

Veamos. Recientemente científicos portugueses de la Universidad de Lisboa, al estudiar los datos de la última expansión del universo, las explosiones de supernovas y las oscilaciones acústicas de bariones, corrigen el cómputo y concluyen que debido a la energía oscura o la fuerza que destroza la materia –que podría constituir el 70% del contenido actual del universo- el final del cosmos podría acontecer dentro de 2,800 millones de años y no en 22,000 millones de años, como lo afirmó el 2015 un grupo de especialistas de la Universidad de Vanderbilt de EEUU.

Esto es, el nuevo cálculo de los portugueses afirma que el final del universo acontecerá ¡10 veces antes de lo previsto! Sin embargo, cabe preguntarse si el universo está en un proceso de desgarramiento acelerado, entonces su velocidad está en permanente aumento y puede desaparecer incluso antes del cálculo lisboeta.  Según esta teoría el universo se convertirá en un gran espacio de partículas aisladas que sin capacidad de interactuar tenderán a extinguirse.

El estado final de la evolución cósmica existe, es un hecho, pero puede darse de muchas maneras. En este terreno especulativo predominan en la ciencia los modelos cosmológicos ateos e inmanentes de Penrose (multiversos cíclicos) y Hawking (multiversos paralelos).

Sin embargo, caben imaginar otros modelos alternativos: universo con frenado gravitatorio sin capacidad para generar un nuevo big bag emergente, o el megauniverso con universos oscilantes que desaparecen por colapso gravitatorio, el eón de eones al fin se apaga dejando la habitación del cosmos sin nadie y sin nada. Ni las constantes adimensionales ni el rebote cuántico serían capaces de volver a prender la luz del universo.

Todos estos modelos son fenomenalistas porque dependen de las evidencias científicas que las respalden. Pero aun cabe otro modelo cosmológico no ateo y trascendente, donde los multiversos con o sin megauniverso dependan de un principio antrópico no causal o cuántico sino providencial, que responde a un plan de la voluntad de un Creador omnipotente, donde el objetivo no es la recreación sinuosa de la materia en sus diversas formas y sí más bien demostrar la importancia suprema del hombre en el cosmos.

Esto es, en el modelo trascendente del universo no es que lo metafísico se supedita a lo axiológico –modelo platónico-, sino que lo ontológico y lo axiológico son inseparables, el ser y el valor son las dos caras de una misma realidad, donde el privilegio ontológico corresponde a la voluntad, una voluntad pura donde se afirma la identidad entre el ser y el bien, y donde la voluntad imperfecta de lo finito participa de dicha fuente informando lo real y lo ideal. En suma, el ser es un acto que se produce a sí mismo, por tanto, es un bien. Ser y Bien son lo mismo, son absolutos, sólo que en el orden del ser finito el Ser es objeto del intelecto y el Bien es objeto del querer. En sentido absoluto querer y pensar es ser, así la unidad del Ser y el Bien es la fuente donde cada cosa bebe lo que le hace ser. 

Mientras tanto en los modelos ateos o inmanentes del universo el ser queda contrapuesto al no-ser o con la nada. De modo que el final del universo es inevitable. Pero el ser del que la ciencia trata es la fenomenicidad, y no hay fenómeno que pueda identificarse con el ser ni con el bien en sentido absoluto sino relativo. Es decir, el ser y el bien relativo de lo finito sólo puede proceder de una actividad más alta en la que son idénticos el ser y el bien.

El verdadero ser es anterior a la distinción entre ser y bien. Y esto  no es platonismo, porque en Platón el Bien es superior al ser. Pero la universalidad y la univocidad de ambas nociones permiten entender que el bien y ser absoluto carezca de contrario, el bien en cuanto idéntico al ser carece de contrario, igual con el ser, lo cual sólo puede ser resultado ontológico de una potencia soberana que permite al ser  ser causa de sí, es creador de sí mismo.

Este ser que se piensa y que se da el ser así mismo sólo puede ser Dios. En Dios no es que lo práctico sea más profundo que lo teórico, sino que en él su identidad se establece porque la universalidad representativa está unida a la interioridad creadora. Por ello Dios es ser en acto, porque es un acto que se produce a sí mismo en la eternidad, sin un antes ni un después, en una simultaneidad perfecta de la presencia absoluta. Así, el ser y el bien no tienen contenido sino en el acto.

De ahí, que la clave del problema ontológico sea la libertad del ser absoluto para darse a sí mismo el ser y para crear seres finitos cuya existencia consista en darse una esencia. Pero si en el ser absoluto el acto es un movimiento interno, en sus criaturas se trata de un movimiento externo. El movimiento inmóvil de uno y el movimiento móvil del otro, muestra que estamos en presencia de una actividad constante de lo increado y lo creado. El acto puro del ser absoluto y el acto participado del ser relativo permite concebir la significación ontológica de la libertad nouménica del kantismo  como propio de la voluntad pura absoluta del ser mismo y de la voluntad transfenoménica relativa de la persona humana.

Si como hemos establecido el bien es ontológico, y si el bien relativo tiene como contrario el mal, entonces la participación del cosmos en el ser no es infinita sino limitada. Pero por qué tiene que morir en vez de ser eterno.

Primero, porque el acto que se agota en su puro ejercicio finito no puede ser eterno sino temporal, y el universo es temporal.
 Segundo, porque el ser temporal del universo no encuentra en sí mismo la razón de ser.
Tercero, porque el bien relativo del universo temporal es inseparable de su existencia imperfecta.
Cuarto, porque la existencia imperfecta del universo finito evoca un mal que es su muerte.
Quinto, porque en la escala de la existencia el ser del universo representa la exterioridad que es correlativa a la interioridad del ser.
Sexto, porque el universo al mostrar su potencia consumativa a la existencia del yo, revela que la clave del principio antrópico es el puesto del hombre en el cosmos.
Séptimo, porque el fin del universo revela que a nivel relativo el carácter ontológico del bien y el carácter axiológico del ser, se constituye en un valor de la existencia que lo impulsa hacia lo Absoluto.
Octavo, porque el final del universo señala que todo lo real tiende a la muerte, salvo el ideal que el existente opone a lo real.
Noveno, porque en última instancia la muerte del universo justifica la potencia soberana del Bien Absoluto, en el sentido de que es la única con el poder dinámico de brindar el ideal de la vida eterna y ofrecer el modelo viviente de nuestra acción.

En una palabra, el universo fenoménico está condenado a morir irremediablemente, más temprano que tarde, pero la significación ontológica del bien y de la libertad transfenoménica de la existencia humana, ofrece en el Bien absoluto el ideal y el modelo de la vida eterna. Ahora se comprende mejor las palabras de Mateo: “El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán” (24:35).

El bien relativo del universo que se extingue según la teoría del Gran Desgarramiento, indica la existencia del Bien Absoluto sin contrario y el sentido ontológico del bien, que da esperanza en la vida eterna.


Lima, Salamanca 28 de Febrero del 2016