jueves, 3 de septiembre de 2026

Vademécum y Nomenclátor Philosophicus sobre la obra de Gustavo Flores Quelopana

 

PRESENTACIÓN

 

A modo de umbral: una cartografía para transitar

el pensamiento de Gustavo Flores Quelopana

 

Hay libros que nacen para exponer una tesis; otros, para ordenar un campo de conocimiento. Hay también aquellos que cumplen una función más infrecuente: hacer visible la arquitectura intelectual de un autor y ofrecer al lector una cartografía para internarse en ella. Este Vademécum y Nomenclátor Philosophicus sobre la obra de Gustavo Flores Quelopana pertenece, deliberadamente, a esta última estirpe.

Conviene comenzar por una precisión autoral. No soy autor de las ideas, conceptos, categorías ni neologismos que aquí se registran y sistematizan. Soy un académico dedicado al derecho ambiental, el derecho de protección y bienestar animal y profundamente comprometido con las humanidades Mi autoría se sitúa en otro plano: en la concepción del proyecto, su enfoque, selección, ordenación, articulación y organización como instrumento de aproximación a una obra biofilosófica singular. Mi tarea ha sido, por así decirlo, construir el andamiaje hermenéutico y nomenclatural que permita al lector reconocer, recorrer y relacionar los diversos estratos del pensamiento de mi buen y admirado amigo el filósofo Gustavo Flores Quelopana.

Esta distinción no es meramente formal. Responde a una convicción que ha acompañado mi propia trayectoria: organizar conocimiento también es una forma de producir cultura, siempre que se respete escrupulosamente la genealogía de las ideas y la autoría intelectual de quienes las han concebido.

Mi propia itinerancia intelectual —que alguna vez he denominado, con cierta licencia, una EcOdiseAcadémica— no ha discurrido por una sola disciplina ni por un sendero epistemológico rectilíneo. Mi formación y ejercicio como abogado, mi tránsito por la criminología, el derecho constitucional, los estudios amazónicos, el derecho ambiental y, posteriormente, el derecho de protección y bienestar animal, me han llevado persistentemente hacia las zonas de intersección entre derecho, sociedad, cultura, naturaleza, ciencia, ética y filosofía. Mi experiencia docente e investigadora ha procurado igualmente cultivar una mirada sistémica e interdisciplinaria.

Desde esa perspectiva, la aproximación a Flores Quelopana no podía reducirse a una bibliografía convencional. Su obra exige algo distinto: una cartografía conceptual.

 

Una obra que desborda las clasificaciones convencionales

 

Lo que primero llama la atención en el itinerario filosófico de Flores Quelopana es su vocación de desbordamiento. Su pensamiento no parece conformarse con habitar pacíficamente una escuela, una etiqueta o una ortodoxia. Transita por la metafísica, la antropología filosófica, la filosofía de la cultura, la filosofía de la religión, la epistemología, la crítica de la modernidad, la reflexión sobre la técnica y la inteligencia artificial, el pensamiento andino y las grandes preguntas acerca del ser, el sentido, el nihilismo y la trascendencia.

En semejante universo, el vocabulario deja de ser un simple repertorio terminológico. Los términos se convierten en mojones del pensamiento. Algunos nombran categorías centrales; otros condensan tesis; otros funcionan como imágenes filosóficas; algunos adquieren la condición de neologismos; y otros expresan momentos, preocupaciones o desplazamientos de una obra en permanente elaboración.

De allí surge la necesidad de este Vademécum: no como una camisa de fuerza clasificatoria, sino como instrumentum itineris, un instrumento para el camino.

El Nomenclátor, por su parte, aspira a algo todavía más específico: identificar aquellas voces que, por su singularidad, densidad conceptual o recurrencia, permiten reconocer la fisonomía propia del autor. No se trata de convertir el pensamiento en un diccionario muerto, sino de mostrar cómo determinadas palabras funcionan como núcleos gravitacionales de una filosofía en movimiento.

 

Del logos al mito; del ser a la crisis contemporánea

 

Uno de los aspectos que hace particularmente sugestivo el pensamiento de Flores Quelopana es su esfuerzo por interrogar los límites del paradigma filosófico occidental cuando éste pretende erigirse en medida universal de todo filosofar.

En este contexto adquieren particular relevancia nociones como filosofía mitocrática, logos mítico, filosofía logocrática, razón cósmica, realidad emanatista, filosofía andina, ontología, nihilismo, aneticidad, cibercracia, Ciber Deus y neobrutalismo, entre muchas otras.

No corresponde aquí anticipar ni interpretar exhaustivamente cada una de ellas —precisamente para eso existe este libro—, pero sí señalar que el repertorio permite advertir una tensión fundamental: la búsqueda de una racionalidad capaz de no amputar las dimensiones simbólicas, espirituales, míticas y trascendentes de la experiencia humana.

Esta cuestión posee una extraordinaria actualidad. En una época en que el dato pretende sustituir al conocimiento, el algoritmo a la deliberación, la utilidad a la finalidad y la eficiencia a la sabiduría, las preguntas filosóficas acerca del ser humano recuperan una vigencia que acaso creíamos perdida.

 

Una conversación entre dos itinerarios

 

Hay, además, una circunstancia personal que no deseo ocultar al lector.

Mi aproximación a esta obra no procede exclusivamente de la curiosidad bibliográfica. Proviene de una trayectoria intelectual que, aunque diferente, ha terminado encontrando zonas de convergencia con las preocupaciones de Flores Quelopana.

Durante décadas he transitado por los territorios del derecho, procurando comprenderlo no como una arquitectura autosuficiente, sino como un sistema abierto a la sociedad, la política, la cultura, la naturaleza y los cambios de la civilización. Desde mis primeros acercamientos al mundo amazónico y a los pueblos indígenas hasta mi posterior itinerario por el derecho ambiental, he sostenido la necesidad de mirar el fenómeno jurídico desde perspectivas interdisciplinarias.

Posteriormente, esa ruta se extendió hacia el derecho de protección y bienestar animal y hacia la ius zooantropología, campo en el que he procurado explorar las relaciones entre los sistemas jurídicos y los demás seres vivos.

De modo que este libro es también, aunque modestamente, el encuentro de dos itinerarios intelectuales distintos que se reconocen en la necesidad de superar los compartimentos estancos del saber.

 

Una afinidad nacida de las palabras y de la cultura

 

Hay, además, una afinidad más íntima que atraviesa este encuentro intelectual: mi antigua pasión por las palabras, por sus genealogías, sus etimologías y por ese extraño poder mediante el cual una palabra no solamente nombra, sino que también revela, oculta y convoca mundos de significado.

El élan y la pasión culturosa por escarbar en las palabras y perseguir sus orígenes se despertaron en mí al concluir el colegio. Antes de ingresar a la universidad opté por concederme un tiempo sabático, casi como una pequeña aventura intelectual, para dedicarme a desentrañar el misterio de las palabras, sus raíces y sus alegorías. Recuerdo aquella aproximación casi quirúrgica al pequeño diccionario Larousse, especialmente a su parte de letras, como uno de los primeros ejercicios de una curiosidad que con los años habría de encontrar otros cauces.

No deja de resultar significativo que, muchos años después, esa inclinación hacia la palabra y hacia la exploración de sus estratos de sentido encuentre una afinidad particular con Gustavo Flores Quelopana. Lo conocí personalmente hace pocos años, cuando adquirí buena parte de sus obras, pero el verdadero encuentro se fue produciendo progresivamente a través de sus textos. Y es precisamente allí donde la palabra deja de ser un mero instrumento de comunicación para convertirse en huella de una concepción del mundo.

En Flores, los conceptos, categorías, expresiones temáticas y neologismos no aparecen como piezas aisladas de un vocabulario erudito. Forman parte de una arquitectura intelectual que se desplaza entre filosofía, cultura, metafísica, religión, ciencia, historia y condición humana. De allí que este Vademécum y Nomenclátor Philosophicus no pretenda ser solamente un inventario terminológico, sino una cartografía de las ideas a través de las palabras que las hacen visibles. El propio Nomenclátor distingue, precisamente, entre categorías fundamentales, conceptos desarrollados, expresiones temáticas y neologismos, evitando reducir toda expresión singular a una categoría filosófica autónoma.

La interdisciplinariedad constituye una segunda razón de esta afinidad. Me resulta particularmente cercana esa vocación de no confinar el pensamiento dentro de compartimentos estancos. En la obra de Flores, filosofía y cultura dialogan con la historia, la antropología, la religión, la ciencia, la literatura y la experiencia humana concreta. Esa apertura interdisciplinar constituye, a mi juicio, una de las condiciones que permiten comprender la amplitud de su itinerario intelectual.

Esta empatía alcanza un punto especialmente significativo en las aproximaciones religiosas y místicas. Naturalmente, existen entre nosotros diferencias de perspectiva, formación, énfasis y valoración. Pero precisamente esas diferencias hacen fecundo el diálogo: la afinidad intelectual no exige identidad de posiciones; exige la posibilidad de reconocerse en la búsqueda, aun cuando los caminos no sean exactamente los mismos.

Por ello, aproximarse a Gustavo Flores Quelopana supone también aproximarse a un universo intelectual que no se deja reducir fácilmente a una sola disciplina ni a una única etiqueta doctrinaria. Su trayectoria muestra desplazamientos, rupturas, reelaboraciones y nuevas síntesis; desde sus primeras preocupaciones humanistas y filosóficas hasta sus desarrollos culturalistas, metafísicos y mitocráticos.

En ese sentido, este trabajo nace de una doble vocación: la vocación por la palabra y la vocación por comprender el pensamiento en su totalidad cultural. La primera me llevó desde muy temprano a interrogar las palabras; la segunda me conduce ahora a organizarlas, contextualizarlas y restituirlas a la constelación de ideas de la que forman parte, retomo de un anónimo que “Nombrar es apenas el comienzo; comprender exige reconstruir el mundo de ideas que cada palabra lleva consigo.”

 

El sentido de este Vademécum

 

No pretendo ofrecer al lector una interpretación definitiva de Flores Quelopana. Sería una pretensión impropia de un trabajo de esta naturaleza.

Aspiro a algo más sencillo y, al mismo tiempo, más útil: proporcionar una puerta de entrada.

Una puerta que permita identificar los términos, reconocer sus relaciones, advertir sus desplazamientos semánticos y seguir las líneas de fuerza que atraviesan una producción intelectual extensa y heterogénea.

Por eso, este libro debe ser leído como mapa y no como territorio; como brújula y no como destino.

El territorio pertenece a Gustavo Flores Quelopana. Las ideas son suyas. Las categorías son suyas. Las intuiciones, controversias, rupturas y construcciones conceptuales pertenecen a su aventura filosófica. Lo que aquí ofrezco es una determinada manera de hacer legible ese territorio.

En esa tarea he procurado mantener una regla que considero irrenunciable: la fidelidad intelectual. Cuando una expresión constituye una categoría filosófica desarrollada por el autor, debe ser reconocida como tal; cuando se trata de una formulación temática, debe conservarse esa condición; y cuando una palabra puede considerarse neologismo, la atribución debe hacerse con la prudencia que exige toda investigación de genealogías intelectuales.

 

Epílogo: una invitación al diálogo

 

Toda nomenclatura corre un riesgo: creer que nombrar equivale a comprender. No es así. Nombrar es apenas el primer movimiento del pensamiento. Comprender exige interpretar; interpretar exige confrontar; y confrontar exige pensar por cuenta propia.

Por ello, este Vademécum y Nomenclátor Philosophicus  no pretende clausurar la obra de Gustavo Flores Quelopana bajo un sistema definitivo de definiciones. Aspira, por el contrario, a facilitar nuevas lecturas, discusiones, discrepancias y desarrollos.

Quizá ese sea el mejor homenaje que puede hacerse a una obra filosófica: no convertirla en monumento inmóvil, sino devolverla al movimiento de las ideas.

En última instancia, toda filosofía auténtica permanece abierta. Como también permanece abierto el itinerario intelectual de quien la lee. Y es precisamente en esa apertura —entre el logos y el mythos, entre razón y trascendencia, entre ciencia y espíritu, entre naturaleza y cultura, entre humanidad y alteridad— donde este libro invita al lector a emprender su propia travesía.

 

NOTA FINAL.  Muy lejos de nuestra parte querer igualarse al Diccionario de "El Péndulo de Foucault" obra de Luigi Bauco y Francesco Millocca (en colaboración de L. Turrini) que representa un suerte de guía enciclopédica para la comprensión de la compleja novela homónima de Umberto Eco

 

Pierre Foy Valencia
Lima, 2026


AGRADECIMIENTO

Gustavo Flores Quelopana

 

Quiero agradecerte, Pierre, no únicamente el prólogo que has escrito, sino la totalidad del libro que has dedicado a mi obra. Tu trabajo constituye un gesto de amistad intelectual y un reconocimiento generoso a la búsqueda filosófica que me anima, pero también una obra autónoma que dialoga con la mía, la interpreta y la prolonga en un horizonte más amplio.

He sentido en cada página de tu libro una mirada interdisciplinaria y una sensibilidad humanista que han sabido captar la vocación kenótica y categorial de mi pensamiento. Has mostrado mi filosofía no como un sistema clausurado, sino como un territorio abierto, en diálogo fecundo con el derecho, la cultura, la naturaleza y la sociedad. Esa cartografía que propones no encierra, sino que abre caminos, ofreciendo al lector una brújula para recorrer las categorías y neologismos que he ido forjando, y al mismo tiempo una invitación a situarlos en contextos más vastos y plurales.

Aprecio profundamente la fidelidad con que distingues entre mi autoría y tu tarea de organización y exposición. Reconoces que las ideas son mías, pero que la concepción del vademécum, del nomenclátor y de la arquitectura del libro es tuya. Esa distinción honra la genealogía de las ideas y confirma que organizar conocimiento también es producir cultura, pues la disposición sistemática de los conceptos no es un acto secundario, sino una forma de creación intelectual que otorga inteligibilidad, continuidad y resonancia a la obra.

Tu libro entero es, para mí, un acto de confianza y de diálogo: confianza en que la filosofía permanece abierta, siempre dispuesta a ser releída, discutida y recreada; diálogo entre dos itinerarios distintos que se encuentran en la necesidad de superar los compartimentos estancos del saber y de abrir la reflexión a la pluralidad de voces y disciplinas. Has sabido mostrar que la filosofía kenótica no se reduce a un ejercicio solitario, sino que se despliega en comunidad, en la amistad intelectual y en la hospitalidad hacia lo otro.

Quiero subrayar, además, que este tipo de obras son rarezas en el ámbito filosófico. A pesar de que la filosofía es fértil en neologismos y en la creación de categorías, pocas veces se emprende la tarea de organizar un volumen entero como guía sistemática, nomenclátor o cartografía conceptual de un pensamiento. Tu libro se inscribe en esa tradición poco frecuente, que reconoce que la filosofía no solo se escribe, sino que también se ordena, se expone y se transmite en formas que facilitan su recepción y su diálogo con otras disciplinas.

En este sentido, tu trabajo recuerda —por su factura y su intención— al libro que José Gaos dedicó a El ser y el tiempo de Martin Heidegger, bajo el título Introducción a El ser y el tiempo de Martin Heidegger (1951). Así como Gaos ofreció al lector hispano una puerta de entrada a la obra mayor del filósofo alemán, tú has ofrecido al lector contemporáneo una vía de acceso a mi pensamiento kenótico. Y tu libro se sitúa, además, en compañía de otras obras igualmente excepcionales: la Introducción a la fenomenología de Miguel García-Baró, que ordena y expone los conceptos fundamentales de Husserl y Heidegger; la Introducción a la filosofía de Heidegger de Jean Beaufret, que organiza categorías y neologismos para el lector francés; la América profunda de Rodolfo Kusch, que funciona como un nomenclátor cultural y filosófico, sistematizando categorías propias para abrir un horizonte de comprensión; y los estudios de Antonio Zirión sobre Husserl y Heidegger, que en la tradición mexicana cumplen la función de cartografiar y transmitir la fenomenología.

La comparación no es casual: todos estos libros muestran que la filosofía necesita mediaciones, prólogos, dicci0narios, revistas, glosarios y cartografías que permitan que las ideas no se pierdan en la abstracción, sino que se conviertan en cultura viva. Tu obra se inscribe en esa genealogía de rarezas fecundas, confirmando que la filosofía es, ante todo, invitación al pensamiento compartido y acto de hospitalidad hacia lo otro.

Por todo ello, quiero agradecerte con sinceridad y afecto. Has ofrecido al lector no solo una puerta de entrada a mi obra, sino un libro entero que testimonia la posibilidad de una co-creación, de un pensamiento compartido que se convierte en acto de hospitalidad y en gesto kenótico de apertura. Tu trabajo ilumina el camino del lector y, al mismo tiempo, confirma que la filosofía es invitación a pensar juntos, a arriesgarse en la aventura de lo real desde la finitud y la trascendencia.


COLOFÓN

 GIANMARCO R. TORRES PARRA

Miembro de la Sociedad Peruana de Filosofía

Es cierto que ninguno de los materiales en el estudio de la filosofía hará de los estudiantes e investigadores eximios filósofos, pero sí competentes profesionales. También es cierto que todo aquel digno de llamarse filósofo supone el dominio de un eficaz y riguroso manejo de las referencias y métodos. Pues bien, a ambas cosas contribuye este aporte valioso de Pierre Foy Valencia. 

Así como es importante contar de manera imprescindible e insoslayable con obras básicas e introductorias, repertorios bibliográficos fundamentales, publicaciones de filosofía periódicas, normas de redacción, diccionarios, enciclopedias, historias de filosofía, antologías, directorios y apéndices, la presente obra de Pierre Foy Valencia nos demuestra lo valioso que es disponer de Vademécums y Nomenclaturas para penetrar en la filosofía de un pensador.

Es cierto que la investigación filosófica no se identifica con la recopilación bibliográfica, pero la cantidad de información disponible para el tratamiento de cualquier tema exige la selección y documentación pertinente. Y esta tarea la cumple sobremanera la presente obra de Pierre Foy. Y, además, el cumple de forma sobria, elegante, solvente y creativa, lo que de un encanto literario sui géneris.

Pero hay, además, algo supremamente significativo en esta obra, y es que se erige en un mentís categórico hacia quienes piensan que no hay pensamiento filosófico original en el Perú.

Así, este importante libro de Pierre Foy Valencia es una valiosa contribución para difundir el pensamiento filosófico de Gustavo Flores Quelopana. No lo considero un intento totalmente acabado ni tampoco una empresa vana, sino una obra que confirma la consistencia y la proyección de nuestro autor, cuya producción ya suscita el interés de jóvenes investigadores en torno a uno de los pensadores más representativos del país.

Este vademécum y nomenclátor se ofrece como una aproximación a su terminología y, al mismo tiempo, como una vía para reconocer los orígenes de su reflexión y el desarrollo ulterior de su pensamiento. Hemos realizado anteriormente esfuerzos por sintetizar su obra y dar a conocer sus inquietudes metafísicas, humanísticas y civilizatorias; al revisar nuevamente su producción, constato con asombro que su evolución intelectual permanece en movimiento, y este trabajo ilumina no solo sus inicios, sino también complementa y actualiza nuestra labor al señalar su última etapa de creación, la denominada Filosofía de la Síntesis, que se extiende desde el año 2020 hasta el presente. A decir verdad, su producción en este corto periodo casi llega a la mitad de todo su recorrido intelectual de casi cuatro décadas, es decir, se intensificó.

Además, retomar la escritura de un vademécum después de años, cuando al parecer ya había dejado de existir, es un trabajo valioso. Me parece valioso por el estudio minucioso dedicado al pensamiento evolutivo de un autor, en este caso de Gustavo Flores Quelopana. De igual manera, incorporar un nomenclátor en la cual se conceptualiza palabras, ideas o nociones del autor. Este vademécum y nomenclátor será una herramienta esclarecedora para muchos filósofos jóvenes que estamos estudiando progresivamente al autor, pero también a otros que en el transcurso del tiempo se irán interesando en el pensamiento del autor en mención.

Entonces, este texto como herramienta propiciará para el futuro seguir estudiando a modo de revaloración o crítica al autor -que por cierto para un filósofo este último es un don-, lo importante es que los estudios diversos que se realizarán contarán con esta herramienta muy contundente. Es decir, se evitarán errores graves de comprensión sobre el pensamiento de Flores, porque si bien ahora tenemos la dicha de acudir a su persona para poder dialogar y consultarle sobre qué quiere transmitir con una palabra o expresión genuina; evidentemente no siempre será así en tanto los seres humanos vivimos de forma limitada.

Me es inevitable, también ahora referirme a que el pensamiento complejo y sistemático de Gustavo Flores ha sido tan amplio porque ha abordado diversos temas filosóficos con críticas bien fundamentadas incluso a filósofos de la tradición -me refiero a los filósofos reconocidos del canon-. Desde luego, un autor tan prolijo y brillante merece, a modo de homenaje, realizar un vademécum y nomenclátor para que su filosofía siga llegando a más mentes humanas que desean, no solo repetir la filosofía, sino hacerla. Pues, se hace filosofía repensando los problemas también ya identificados por otros, pero que con nuestra originalidad podamos seguir discutiendo las posibles respuestas o soluciones.

En este sentido, el mérito de Pierre Foy Valencia no consiste únicamente en haber reunido términos, conceptos, obras y momentos de una trayectoria intelectual, sino en haber comprendido que detrás de cada noción existe una arquitectura de pensamiento que solo puede ser apreciada cuando se sigue su desenvolvimiento histórico. El vademécum permite, así, reconocer las palabras; el nomenclátor permite comprenderlas; pero ambos, considerados conjuntamente, permiten entrever el sistema filosófico que las articula. En el caso de Gustavo Flores Quelopana, esta tarea adquiere especial relevancia porque estamos ante una filosofía viva, en permanente elaboración, que continúa interrogándose por el hombre, la historia, la cultura, la civilización, la metafísica y el destino de la humanidad.

Por ello, esta obra no debe ser entendida como una clausura, sino como una invitación. Quien consulte estas páginas encontrará referencias, definiciones y orientaciones; pero, sobre todo, encontrará una puerta de ingreso a una obra que reclama lectura atenta, discusión crítica y nuevas interpretaciones. Tal vez ese sea uno de los mayores servicios que puede prestar un repertorio de esta naturaleza: no sustituir el pensamiento, sino conducir hacia él; no ofrecer respuestas definitivas, sino proporcionar los instrumentos necesarios para formular mejores preguntas. Y en ello reside también la nobleza de la labor filosófica: recibir una tradición, someterla a examen, confrontarla con el presente y, desde esa tensión, atreverse a pensar nuevamente.

En una época en la que abundan las informaciones, pero escasean las verdaderas meditaciones; en la que se multiplican las opiniones, pero no siempre las razones; recuperar el ejercicio paciente y riguroso del pensamiento constituye ya una forma de resistencia intelectual. El aporte de Pierre Foy Valencia adquiere, por ello, una significación que trasciende la mera utilidad bibliográfica. Al registrar y ordenar el universo conceptual de Gustavo Flores Quelopana, deja también un testimonio de nuestro tiempo: el testimonio de que en el Perú la filosofía no es únicamente memoria de lo que otros pensaron, sino también presencia de quienes, desde nuestra propia realidad histórica, se atreven a pensar el mundo y a interrogar su sentido. Que este libro sirva, entonces, para que nuevas generaciones conozcan, estudien, cuestionen y, llegado el momento, también superen aquello que aquí se recoge. Porque la verdadera fidelidad al pensamiento no consiste en repetirlo, sino en mantener abierta la posibilidad de pensar más allá de él.

Y cuando algún día estas páginas sean consultadas por quienes ya no hayan tenido la posibilidad de conversar directamente con Gustavo Flores Quelopana, cuando la voz del filósofo se haya convertido en memoria y sus palabras deban ser buscadas en los libros, este vademécum y nomenclátor podrá cumplir una misión todavía más profunda: conservar las huellas de un pensamiento que quiso comprender su tiempo sin renunciar a preguntar por aquello que lo trasciende. Entonces, las palabras aquí reunidas dejarán de ser únicamente términos de una obra y se convertirán en vestigios de una aventura intelectual; señales de un hombre que hizo de la filosofía una búsqueda perseverante y de la reflexión una forma de permanecer despierto ante el misterio de la existencia. Y será entonces cuando comprendamos que un pensamiento verdaderamente vivo no termina cuando calla su autor: comienza a vivir de otro modo en quienes lo leen, lo discuten y lo llevan nuevamente hacia el horizonte de las preguntas.

Porque toda filosofía que merece perdurar termina por desbordar las páginas que la contienen. Así ocurre también con la obra de Gustavo Flores Quelopana: nacida en el Perú, arraigada en sus problemas y abierta a la universalidad, busca todavía su lugar en la conversación mayor de la filosofía. Pierre Foy Valencia, con este vademécum y nomenclátor, ha colocado una piedra más en ese camino: ha ordenado las huellas para que otros puedan seguirlas, ha encendido una luz para que otros puedan mirar y ha dejado abiertas las puertas para que nuevas inteligencias entren en diálogo con ellas. Quizá ese sea, en última instancia, el destino más noble de todo libro filosófico: no cerrar el camino, sino señalarlo. Y mientras haya alguien que vuelva a estas páginas, alguien que pregunte, que discrepe, que investigue y que se atreva nuevamente a pensar, la filosofía de Gustavo Flores Quelopana seguirá caminando. No como una estatua inmóvil del pasado, sino como una pregunta viva en el corazón del presente y como una posibilidad abierta hacia el porvenir. Porque el pensamiento, cuando es auténtico, no muere: deja sus huellas en el tiempo, y espera, silenciosamente, a que otra conciencia las encuentre.

EPILOGO

 ISRAEL RENÉ LIRA

Miembro de la Sociedad Peruana de Filosofía

 

El Quelopanismo, al contrario de ser un sistema cerrado y ya finiquitado de filosofía, seguirá enriqueciéndose, tanto por propia mano de su creador, como de los reconocidos como tales, o de los autoproclamados discípulos, y más aún, a partir de la labor de sus críticos, ya que, como decía el gran escritor del siglo de oro español, Baltasar Gracián, o al menos es una frase que goza de cierto consenso en su origen en los aforismos gracianos, hay personas que aprendemos más de las críticas de nuestros enemigos que de los sinceros encomios de nuestros panegiristas, ya que: Triste cosa es no tener amigos, pero más triste debe ser no tener enemigos, porque quien enemigos no tenga, señal de que no tiene: ni talento que haga sombra, ni valor que le teman, ni honra que le murmuren, ni bienes que le codicien, ni cosa buena que le envidien (B.G, 1647).

Cierto es que todos podemos ser filósofos, pero también cierto es que, así como todos tenemos la capacidad de asombro como germen de la reflexión filosófica, también es otra realidad innegable, la idea contraria, de que la labor de creación filosófica solo parece reservada para aquellos que tienen algo eterno que trasmitir, algo que también apuntaba nuestro otro maestro, el filósofo argentino Alberto Buela, de que, hay una diversidad de filósofos, y no puede ser de otra forma, porque ese el carácter propio de la filosofía, ser diversa, acorde a cada talento y genio de cada quién. Por ello, hay quienes, en el terreno de la filosofía, son excelentes maestros de grandes escuelas de pensamiento filosófico, y que con su vasta especialización nos guían hacia las fuentes de la sabiduría universal.

Pero la especialización, como epifenómeno de la escribalidad, tiene sus bemoles, y eso ya lo denunciaba Sócrates, en cierto sentido, en boca de Platón, cuando criticaba el saber escrito en el Fedro, pero el comentario que haremos aquí no recoge el sentido apodíctico del Fedro, sino en el sentido moderno de interpretación.

En referencia a que, la especialización puede degenerar en que la filosofía de uno, se constituya en una serie de notas a pie de página de las obras de otros filósofos, una afirmación que hacía el filósofo inglés Whitehead en referencia al legado platónico. Bien, la idea es la creación filosófica, en el mejor de los casos es que sea una creación original del genio particular, y en el sentido más realista, es que pueda llegar a ser una repetición creativa ¿Qué se quiere decir con esto? Louis Althusser, fue tal vez el último de los epígonos de aquella concepción escolástica de la filosofía, comprendida como philosophia perennis, es decir, como una constante repetición o como un retornar en lo mismo, al estilo nietzscheano (Badiou, 2007).

No somos althusserianos, y podría considerársenos en realidad críticos del mismo, pero algo que si le reconocemos a este es una intención de creación propia. Pero ¿Qué es esto de lo mismo? ¿Qué es la mismidad de lo mismo, que retorna en el destino ahistórico de la filosofía? Se pregunta Alain Badiou (2007) en un breve ensayo intitulado La Filosofía como repetición creativa. Badiou da algunos alcances interesantes desde la propuesta althussiana, en tanto que, para responder a estas interrogantes, necesariamente tenemos que rozar con la esencia misma de la filosofía.

Esta esencia de acuerdo con Badiou, y en torno al debate, puede ser entendida desde dos aristas, una que nos remite a la filosofía como un conocimiento reflexivo, como autoconocimiento de la razón (Hegel, 2010), en el ámbito teórico, y como conocimiento de los valores que rigen nuestra vida en un ámbito más práctico, el filósofo se manifiesta así en su forma de profesor, tal como lo fueron Kant, Hegel, Husserl, etc.

La otra arista ve a la filosofía no como un conocimiento, ni teorético ni pragmático, en sí mismo, sino como transformación directa de un sujeto. En el sentido de «Sócrates hablando a los jóvenes en las calles de Atenas; como Descartes escribiendo cartas a la princesa Elizabeth; como Jean-Jacques Rousseau escribiendo sus confesiones; o las obras de Sartre… (…) La diferencia es que la filosofía ya no es conocimiento, o conocimiento del conocimiento. Es una acción. Uno podría decir que lo que identifica a la filosofía no son las reglas de un discurso, sino la singularidad del acto» (Badiou, 2007). Althusser, marxista él, aboga por esta visión activa de la filosofía, definiéndola como una lucha política en el campo teorético.

Badiou rescata de estas consideraciones dos cosas fundamentales: 1. El acto filosófico esta caracterizado por una distinción clara, entre lo que es conocimiento (Episteme) y lo que no lo es (Opinión o Doxa);.2. El acto filosófico siempre tiene una dimensión normativa, jerárquica, es decir, p.ej., en el marxismo, el materialismo es lo bueno, lo certero, lo objetivo, lo superior, mientras que el idealismo, es lo malo, lo falaz, lo subjetivo, lo inferior.

Estos dos puntos centrales del acto filosófico son la razón por la que se concibe a la filosofía como «el eterno retorno de lo mismo», ya que esas dos características se consideran como inmutables en el acto filosófico, a través de la historia humana. Ello, acota Badiou, es la razón por la cual se percibe a la filosofía como siempre la misma cosa, ya que cada filósofo, en esencia, siempre busca 1. diferenciar y 2. establecer una nueva jerarquía categorial.

Pero todo no acaba aquí. Para Althusser, y esto es una de las cosas en las que, si nos encontramos de acuerdo con él, la filosofía es la eterna repetición de lo mismo, sin embargo, a ello Badiou acota, repetición sí, pero creativa. Ya que precisamente cuando un filósofo realiza nuevas distinciones, donde otros veían analogías, o realizan nuevas jerarquías donde otros veían subordinaciones, se produce el acto de creación de una nueva entelequia. Un nuevo paradigma surge.

Ahora ¿Por qué era necesaria esta reflexión sobre la filosofía como repetición creativa? Se hizo necesaria para afirmar que el quelopanismo, es de los pocos sistemas filosóficos que se constituye no en la repetición creativa de Badiou, sino en algo que llamaremos, y en realidad es un neologismo creado para la presente, como, creación exnovítica.

Es decir, no repetición creativa, sino desde cero, ya que, claramente como el lector habrá podido identificar, sin perjuicio de que, en efecto, hay si, una genealogía filosófica con la que se puede seguir la evolución de la mentalidad filosófica de Quelopana, y está claro también que no todo el quelopanismo es exnovítico, porque hay reminiscencias a otros sistemas filosóficos, sin perjuicio de ello, también hay aspectos que son contribuciones creativas y heroicas de nuestro amauta, y por ende exnovíticas, y en esto se encuentra el valor de la filosofía integral que ha construido Flores Quelopana y que este libro de Pierre Foy saca a la luz.

Como colofón a este epílogo, cabe hacer unas cuantas reflexiones sobre las palabras de Ortega y Gasset que asaltan a nuestra memoria, en lo que respecta a que, dichoso es aquél que se topa con los pensadores que no solo explican su forma de pensar, sino también que delimitan sus proyectos de tal forma que puedan ser asimilados fácilmente por el lector.

En ese sentido, en toda esta obra, el agudo autor Pierre Foy Valencia infiere que el lector ya tiene conocimiento de lo que es un Vademécum o una Nomenclátor, sin embargo, ninguna definición diáfana sobre el particular se nos aporta al respecto, se nos dan indicios si, del impacto o alcance buscado con dichas palabras, pero de la consecuencia no se deriva necesariamente la definición.

En ese sentido, aportamos un final-inicio, para así completar el circulo, en el sentido que Vademécum, viniendo del latín, es una palabra compuesta por vade –ven– y mecum –conmigo–, que en la primera acepción del DRAE (2024) significa, libro de poco volumen y de fácil manejo para consulta inmediata de nociones o informaciones fundamentales, p.ej. un vademécum farmacéutico, incluirá las principales medicinas en determinas áreas.

Conforme a ello, el vademécum quelopanorum, incluye las principales obras y contenido general de la literatura filosófica de Quelopana. En esa misma línea, Nomenclátor, de similar estructura en el latín, en su única acepción, hace referencia a un catálogo de nombres propios o de voces técnicas de una disciplina.

Visto lo anterior, el Vademécum hace honor a su significado, como una recopilación de las obras fundamentales de Quelopana, para los que queremos ubicar rápidamente temas quelopanianos o inclusive para los que recién se topan con su pensamiento y quieren seguir una línea de estudio cronológico del mismo. Mientras que el Nomenclátor, es el catálogo de las categorías, tanto exnovísticas, es decir, de los neologismos, como demás terminología filosófica particularizada y contextualizada usada en la doctrina quelopaniana. Y como el ouroboros medieval, diremos, la serpiente quelopaniana vuelve sobre su cola, porque como sistema, es una filosofía que se encuentra y se rencuentra a si misma en sus categorías.

Philosophia solum initium est

 

ACOTACIÓN FINAL

 

SANTIAGO GUTIÉRREZ RODRÍGUEZ

Miembro de la Sociedad Peruana de Filosofía

 

La obra de Gustavo Flores Quelopana se despliega como un itinerario filosófico complejo, marcado por la necesidad de distinguir etapas y reconocer la fecundidad categorial que lo caracteriza. En la primera fase, de corte marxista-humanista, se advierte la recuperación del humanismo en Marx y la crítica a la deuda externa y al imperialismo, todavía bajo marcos heredados que no alcanzan a configurar un sistema propio. La segunda fase, culturalista-posmoderna, introduce categorías originales como hombre anético, hiperimperialismo y neohumanismo metafísico, en diálogo con la Escuela de Frankfurt y el pensamiento posmoderno, abriendo un horizonte crítico frente al cientificismo y al tribalismo cultural. La tercera fase, antropológico-metafísica kenótica, constituye el núcleo de su sistema, donde la kénosis se convierte en categoría central para pensar el ser, la persona y la trascendencia, y donde se articulan nociones como numinocracia, mitomorfía, cibercracia, ontorrealismo y amore mensura, en un esfuerzo por ofrecer alternativas éticas, políticas y culturales frente al nihilismo contemporáneo.

La importancia de sus libros radica en que no se limitan a comentar la tradición, sino que crean un lenguaje filosófico nuevo, capaz de dialogar con Platón, Aristóteles y la modernidad desde una clave kenótica y latinoamericana. La fecundidad de su pensamiento se manifiesta en la creación de categorías inéditas que nombran fenómenos espirituales y culturales que la filosofía clásica no había tematizado con precisión: ciber Deus como idolatría de la inteligencia artificial fuerte, paradoja antrópica como denuncia de la destrucción ecológica, neobrutalismo como diagnóstico del agotamiento civilizatorio, prodeclasis como definición del progreso histórico en clave de decadencia. Cada concepto abre un horizonte interpretativo y se integra en un sistema que, aunque aún en construcción, revela una vocación de totalidad y una voluntad de ofrecer respuestas a la crisis cultural y espiritual de nuestro tiempo.

La utilidad del Vademécum y Nomenclátor Philosophicos de Pierre Foy Valencia se comprende en este contexto: ordenar la fecundidad categorial de Flores Quelopana, distinguir las etapas de su pensamiento y ofrecer un mapa conceptual que permita navegar un sistema denso y en expansión. No sustituye la lectura directa de sus obras, pero constituye un instrumento metodológico indispensable para acceder con rigor a su filosofía. El mérito de este esfuerzo es dar claridad sistemática a un pensamiento que, por su densidad conceptual, exige mediaciones; la limitación es que refleja un sistema abierto, susceptible de cambios y ampliaciones, pues la ontología kenótica aún está en proceso de consolidación.

La acotación final sobre este filósofo peruano es que su obra representa una de las tentativas más originales de la filosofía latinoamericana contemporánea: un pensamiento que, partiendo de la crítica marxista y culturalista, culmina en la formulación de una ontología kenótica que concibe el ser como donación y vaciamiento originario. Su importancia no reside únicamente en la crítica al transhumanismo y al poshumanismo, ni en la denuncia del hiperimperialismo y la cibercracia, sino en la creación de un sistema filosófico capaz de integrar mito, trascendencia y crítica cultural en un horizonte que busca superar el nihilismo global. La fecundidad de sus categorías, la sistematicidad de su proyecto y la vocación de totalidad que anima su obra lo convierten en un pensador complejo, cuya filosofía exige distinguir etapas, reconocer la originalidad de sus conceptos y valorar la utilidad de instrumentos como el vademécum para acceder a la riqueza de su pensamiento.


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