miércoles, 18 de julio de 2012

EL INCA GARCILASO Y EL FILOSOFAR MITOCRÁTICO



EL INCA GARCILASO Y Los Amautas filósofos

COMO FUENTE DE LA FILOSOFÍA MITOCRÁTICA

Gustavo Flores Quelopana
Miembro de la Sociedad Peruana de Filosofía




El rehabilitado genio histórico del Inca Garcilaso de la Vega, tan tachado de inexacto y novelesco por la excomunión de doctos eruditos, es una fuente privilegiada para estudiar el tema de la filosofía en el Perú Antiguo.

 El Inca Garcilaso es el patriarca indiscutible de nuestra historia precolombina, llevó en sí el mundo incaico y el mundo europeo a la vez, es el primero que relaciona de manera sistemática a los amautas con la filosofía, su educación literaria, humanística y filosófica europea lo pone en inmejorables condiciones para contrastar la realidad andina con la del Viejo Mundo, como clérigo posee los conocimientos necesarios para dilucidar materias escabrosas y complejas como lo concerniente a la religión de sus ancestros y, finalmente, con la traducción de la obra cumbre del neoplatonismo renacentista, Los Diálogos de Amor de León Hebreo, se encuentra en inmejorables condiciones para dar una opinión autorizada sobre la filosofía de los amautas. Como
dice José de la Riva Agüero en su Encomio del Inca Garcilaso: “con estos viajes y comunicaciones de su vivaz adolescencia, fue allegando sus impresiones auténticas y directas sobre el territorio y las leyendas del Perú, que animaron en la edad adulta sus palpitantes Comentarios reales”.

Garcilaso tiene plena razón contra Cieza cuando muestra el orden y rumbo civilizador  de las conquistas incaicas. Lo que sucede es que él no fue un frío y mediocre amontonador de datos y así como Raimondi falló a favor de su exactitud geográfica, del mismo modo la moderna investigación confirma su exactitud histórica. Ha sido acusado de soñador, iluso, caprichoso y novelesco, por no traernos una imagen truculenta, bárbara y primitiva como Cobo, o un fresco lejano, indiferente y frío como Sarmiento de Gamboa.

Ha sido calumniado como Tácito, Salustio, Tito Livio, Renan, Michelet, Taine y Mommsen de efectuar contradictorias reconstrucciones históricas. Nada más injusto con el escritor peruano antiguo más clásico y ponderado. Garcilaso no es inexacto, lo que sucede es que se trata de un historiador con alma de poeta cuyos grandes aciertos son las verdades generales y lo pequeños yerros son los detalles menudos. Su avasallador amos a la tierra no impide al lector hacerse la idea de que el imperio incaico no era un paraíso comunista, pacífico o igualitario, sino un despotismo teocrático gerontocrático y militarista, que inculcó amor al trabajó y la ética social.

Sobre la sabiduría de los Incas se dedica en la primera parte de los Comentarios reales los ocho capítulos últimos del libro segundo; allí habla de las ciencias que los incas alcanzaron primero en la astrología, la medicina, la filosofía natural, luego la geometría, la geografía, la aritmética y la música, por último sobre la filosofía moral e instrumentos técnicos.

No obstante a lo largo de toda la obra el Inca Garcilaso repite la fórmula sobre los “amautas que fueron filósofos”. ¿Por qué llamó a los amautas “filósofos”? ¿Qué vio en ellos para que les aplicase tal término nacido en la cultura occidental? ¿Cuál fue su comprensión de la filosofía para que una mentalidad como la suya conocedora del neoplatonismo renacentista y de la tradición filosófico-teológica occidental llamase a los amautas “filósofos”? No se puede olvidar que el joven mestizo no cesó de visitar a su madre y parientes incaicos y prosiguió solazándose en el trato con los orejones y demás indios principales.

En primer lugar, en las inimitables páginas de sus Comentarios, henchidas de aguda observación y desbordante fuerza plástica, leemos que entre los Incas “hubo hombres de buenos ingenios”, esto es, de mucha inteligencia y raciocinio. Y luego añade, que los amautas “filosofaron cosas sutiles”. Lo que equivale a afirmar que expresaron razonamientos agudos, perspicaces y finos sobre realidades naturales y sobrenaturales. Su argucia y penetración era cosa admirable y tenida en la mayor estima por el Emperador mismo y en todo el imperio. Pensaron cosas sutiles “como muchas que en su república platicaron”. Esto significa que estos profundos razonadores quechuas tuvieron como uno de los modos privilegiados de expresión filosófica al diálogo.

Esta forma de pensar discutiendo, conversando,  como lo hacían los orejones en el Cusco, preguntando y respondiendo entre personas unidas por el mismo interés de investigación, fue común no sólo entre ellos sino también para buena parte del pensamiento antiguo hasta Aristóteles. El diálogo fue un género privilegiado por entonces de la reflexión filosófica. Recordemos que el divino Platón tenía desconfianza hacia los discursos escritos, por cuanto no hay respuestas ni interrogaciones de parte de interlocutor alguno.

Su maestro Sócrates fue el paradigma de este modo dialogado de reflexionar, jamás escribió nada y toda su energía se concentró en conversar con discípulos y amigos. Havelock es un autor que insiste en la tesis de que la filosofía surge cuando se pasa de la oralidad a la escritura y a ojos vista es toda una exageración.

A su pesar, Sócrates diariamente desarrollaba oralmente sus ideas y conceptos sin necesidad de recurrir a la escritura, él es un caso palmario de que los conceptos filosóficos pueden encontrar libre cauce meramente dialogando sin hacer uso del escribir y que los pueblos orales no occidentales de alta cultura fueron grandes dialogadores que concibieron ideas filosóficas sin necesidad de fijarlo en escritura alguna y en conceptos de la ratio, les bastó las metáforas y los símbolos del logos participativo.

Pero la práctica del diálogo implica una importancia normativa eminente, la cual radica en que exige el principio de tolerancia filosófica y religiosa, un reconocimiento de una igual legitimidad y de una buena voluntad de entender otras razones. Hay quienes piensan que esta normatividad requiere la presencia de un sistema político democrático, y que por consiguiente la filosofía demanda de ésta para prosperar. Pero en realidad esta normatividad no pide hacer referencia al empleo actual de democracia, ni a su sentido en la Atenas clásica, porque es perfectamente posible en diversos sistemas de gobierno, y más aun en el teocrático incaico basado en el ideal de la virtud.

Por lo que no caben hacer referencias ambivalentes sobre el supuesto enlace entre filosofía y democracia. Más bien, lo que aquí destaca es que el ejercicio  dialogado del pensamiento profundo no requiere de la escritura y justamente los Incas, como dice el mestizo, “no tuvieron letras” pero tuvieron filósofos. Todo lo cual nos lleva hacia el siguiente resultado preliminar:
·         Los amautas fueron filósofos por reflexionar sutil y profundamente sobre realidades sublimes,
·         Su gran inteligencia y raciocinio se explayó en el diálogo, no requirieron de la escritura como modo privilegiado del discurso filosófico, y
·         Estos hombres sabios, perspicaces  e ingeniosos individualmente desfilaron desapercibidos porque su preocupación no era buscar el recalque de su personalidad.


En segundo lugar, Garcilaso como casi rememorando la ocasión que tuvo al conocer las momias de cinco de los monarcas incas antes de dejar su ciudad natal, habla de estos amautas que filosofaron cuando aborda la astrología, la filosofía moral, la filosofía natural,  el  pronóstico  de eclipses de sol y de luna, medicina, teología, geometría, aritmética y música. Todo lo cual describe, como cuando tocó la mano rígida de la momia de Huayna Cápac, nítidamente un tipo de forma humana en la cual se encarna el saber filosófico, no se trata del filósofo stricto sensu sino del sabio, el cual combina la orientación estrictamente teórica y contemplativa con la orientación predominantemente práctica. Garcilaso en la flor de su mocedad gustó mucho de arreos caballerescos y castellanos, hasta que la muerte de su padre lo vino a sacar de tan alegre existencia y a confrontar su realidad de mestizo perulero. Lo que lo hizo mirar más hondamente en sus raíces maternas incaicas. Esta circunstancia contribuyó a que se esforzara por reconstruir incluso la sabiduría de los amautas.

 En el primer caso tenemos la sabiduría, mientras que en el segundo tenemos una sabiduría entre otras. Esta alusión está comprendida cuando Garcilaso se refiere a ciertos versos hechos por “los Incas poetas (quienes) los compusieron filosofando las causas segundas”. Y cuando refiere: “La filosofía moral  alcanzaron bien, y en práctica la dejaron escrita en sus leyes, vida y costumbres”, y luego remarca “sólo en filosofía moral se extremaron”. Garcilaso en 1561 de Sevilla pasó a Montilla y luego a Extremadura para conocer a su familia.

De todos sus parientes el que le tomó más cariño fue su tío carnal el Capitán D. Alonso de Vargas. Este caballero sirvió a Carlos V por treinta y ocho años en los tercios españoles en Alemania. Pero lo más interesante es que el tío de Garcilaso fue muy amigo del Maestre de Campo Alonso de Vives, hermano del insigne filósofo español Juan Luis Vives. Eran todavía los años juveniles de Garcilaso, cuando aun no se proyectaba como escritor y se encaminaba lleno de ilusiones a la Corte de Madrid, donde trató directamente a los más famosos indianos y peruleros, como Fray Bartolomé de las Casas, Hernando Pizarro, D. Cristóbal Vaca de Castro, el revoltoso clérigo de Baltasar de Loayza, entre otros.

Volviendo al tema es posible decir, que nuestro indiano distingue entre incas amautas que filosofaron sobre las causas primeras, en el sentido de saber contemplativo o teórico, y los incas amautas que filosofaron sobre las causas segundas, en el sentido del saber práctico. Indudablemente que en sus reflexiones de hombre provecto, ya bastante lejos de sus desengaños cortesanos, asociaría la figura de los amautas como la de Juan Luis Vives en el grupo de saber contemplativo.

Ya lejos de su primera mocedad, muy adepta a los libros de caballerías, en 1579 se opera una profunda transformación de su ánimo que lo inclina hacia el estudio y las letras. Todavía bajo el nombre de Gómez Suárez de Figueroa se enfervoriza su devoción por las más graves disciplinas históricas y filosóficas. Su devoción por la meditación lo hizo despedirse de sus ambiciones bélicas y profanas y abrazar el estado eclesiástico, aunque se desconoce la fecha en que da ese paso y si llegó a recibir las órdenes mayores.  Esto nos estimula a pensar que bajo el erudito y polígloto  padre  Fray  Agustín  de Herrera, el jesuita Jerónimo de Prado y el agustino Fray Fernando de Zárate, sus principales consultores literarios, pudo extraer los criterios adecuados para arribar hacia conclusiones sobre las cuales podemos colegir las consideraciones siguientes:
o   Los amautas filósofos eran sabios que abarcaban tanto el saber teórico como el práctico.
o   Los que abordaban el saber teórico barruntaban sobre las causas primeras que dios puso en las cosas, los que abordaban el saber práctico lo hacían ocupándose de las causas segundas.
o   En consecuencia, el saber intelectual era sólo una de las notas esenciales de la sabiduría del sabio amauta.

Hasta aquí obtenemos el resultado que los amautas eran hombres prudentes, reflexivos y juiciosos, no buscaban el sobresalir de su personalidad, cuyo pensamiento sutil se desarrolló a través del diálogo oral, no requiriendo de escritura ni del logos conceptual, cuando no de la experiencia para desarrollar una sabiduría teórica y a la vez práctica, tanto sobre las causas primeras como de las causas segundas de las cosas.

En tercer lugar, cuando Garcilaso expone el conocimiento médico y medicinal añade una apreciación aparentemente desconcertante, pero muy significativa: ”supieron mucho menos, y mucho menos de teología, porque no supieron levantar el entendimiento a cosas invisibles. Toda la teología de los Incas se encerró en el nombre de Pachacamac”. Cuando el Inca Garcilaso hace estas descripciones era el único reputado representante peruano de la ontología neoplatónica. No hay que duda que sus apreciaciones están tamizadas por la honda impresión y aceptación de un sistema de idealismo sincrético como el de León Hebreo.
Esta párrafo aparentemente lapidario para la religión incaica, del que se prendieron sus detractores para acusarlo de no haber comprendido la religión de sus ancestros, no es congruente con la exposición que el Inca ha venido haciendo sobre la religión y la cultura incaica. Nos habló del pensamiento sutil de los amautas, su extraordinaria memoria, gran capacidad de aprendizaje y agilidad de ideación, elogió sus matemáticas, astronomía y poesía, habló de sus buenos ingenios, del rastreo del verdadero Dios Nuestro Señor, de su avizoramiento de la inmortalidad del alma y del cuerpo, de su envidiable régimen social, entre otras cosas más.

 Pero en estos capítulos sobre la ciencia incaica mantiene un tono de constante comparación con lo alcanzado en Europa y sólo en este sentido puede entenderse el párrafo citado, confrontándolo con el deslumbrante desarrollo de la teología cristiana conocida por ser él, un hombre de letras y de hábito religioso. No obstante, se trata innegablemente de un párrafo muy sumario, apresurado pero no contradictorio.

Además, él no pudo llegar a conocer enteramente la teología incaica debido al temprano abandono de su patria, a los veinte años,  y a siete décadas de distancia de los acontecimientos de la Conquista lo más granado de los amautas filósofos ya habían sido muertos por las masacres de Atahualpa y los vejámenes de los hidalgos ibéricos. En consecuencia,  muy  poco  pudo  haber  recogido  al respecto de primera mano. Estos eran conocimientos especializados y no meros hechos históricos. El Inca Garcilaso no alcanzó a conocer todo el conocimiento especulativo de los incas y lo poco que obtuvo le pareció con razón muy pequeño comparado con lo encontrado en Occidente.

Por lo demás, era un alma sinceramente religiosa y al adoptar el cristianismo católico lo hizo con toda la fuerza que un indo-hispano de entonces era capaz de hacerlo. Su fe y convicción  religiosa  nueva  no  obnubiló  al mestizo, pero sí lo condicionó hasta la medida de introducir adjetivos tales como “supersticiones”, “hechicerías”, “idolatrías”, ”boberías”, entre otros para referirse a ciertas creencias y conocimientos nativos.

Entonces, si su conocimiento de la ciencia incaica resulta limitado ¿puede acaso seguir siendo un fiel guía sobre la cuestión de los amautas filósofos? Sí, por un doble motivo. Primero, por conocer el idioma del imperio y, segundo, por llevar gran parte del espíritu indiano hacia una aculturación occidental. Esto nos permite tener a través de él un criterio cultural comparativo muy valioso sobre lo que conoció por Filosofía en el Viejo Mundo y lo que equivalía a ello en el Nuevo Mundo. En consecuencia, la verdad es diferente. A todas luces los amautas filósofos sí supieron levantar “el entendimiento a cosas invisibles”, lo cual es coherente además en una sociedad teocéntrica y en un gobierno teocrático.

Todo esto nos lleva hacia un enriquecimiento de la idea misma de sabiduría, según la cual además del aspecto intelectual y práctico, el concepto de sabiduría inca implica un rico contenido religioso que absorbe y subordina a los otros. Pues, la divinidad solar incaica representa un acercamiento de la noción de sabiduría a la de la Luz o conocimiento perfecto de lo divino. La teología incaica está transida por una metafísica pagana de la Luz, que sirvió de hilo conductor a Garcilaso para compenetrarse con la teología de la Luz del cristianismo católico. En esta teología inca no hay el drama metafísico de los gnósticos,  ni hay revelación como en los hebreos, pero sí hay aproximación a través de la razón natural con  el principio plotiniano que concibe a la sabiduría como el conocimiento supremo que el sabio posee de lo Uno y de sus hipóstasis.

 De modo similar, el amauta filósofo parte de una sabiduría superior que permite reconocer el principio del universo,  rendirle  adoración  y  señalar  el  destino  del  alma individual más allá de la muerte. La sabiduría de lo divino se convierte en razón del cosmos, en cuyo marco es tan inaceptable la separación entre lo teórico y lo práctico, como la separación del individuo respecto al universo. A este aspecto de totalidad el filósofo alemán Estermann lo denomina el principio de complementariedad, como categoría dominante en la racionalidad andina.

Por consiguiente, como características subsiguientes de los amautas filósofos tenemos:
v  Por sabiduría entendieron los amautas preponderantemente el conocimiento de lo divino, el logos participativo y analógico.
v  Esta sabiduría divina absorbe y subordina a los otros saberes práctico-técnicos (por ejemplo, la arquitectura del Cusco imperial en forma de puma revela este precepto).
v   Y permite reconocer el principio trascendente del mundo así como el destino del alma.



A esta altura puede afirmarse que Garcilaso, según lo que había visto y conocido en el continente europeo, sobre todo el neoplatonismo con el que simpatizó, llamó por comparación a los amautas “filósofos” porque en su reflexión se unía lo filosófico con lo religioso. La filosofía del pueblo quechua discurrió bajo el logos participativo y mítico, más no bajo el logos conceptual. Esta forma de filosofar estaba en concordancia con la edad de cobre y bronce en joyería y utensilios, con el estilo pesado, recio y arisco de su arquitectura monumental, con su teatro épico y su poesía elegíaca y lírica. Su filosofía mítica era severa, sólida y escrupulosa, llena de un acento misterioso e infinito.  Halló sus determinaciones en las siguientes notas:

(a)     Reflexión profunda, sutil y sublime.
(b)     Empleo del diálogo oral como principal género filosófico, no requirieron de escritura. Al respecto los quipus eran un antiguo sistema contable, pero también nemotécnico, que permitía hacer narraciones y probablemente almacenar reflexiones filosóficas. No se descarta la existencia de jeroglifos.
(c)     Abarcaban conocimientos teóricos, sobre las causas primeras, y conocimientos prácticos, sobre las causas segundas, sin que ello signifique la pérdida de hegemonía del logos mítico.
(d)     Tuvieron como saber supremo al conocimiento religioso, dios como hacedor de las causas. Su logos filosófico fue mítico.

Pero si bien estas caracterizaciones nos permiten dar cuenta del por qué Garcilaso  llamó a los amautas “filósofos”, todavía se no responde sobre cuál fue el sentido de la filosofía en las Indias. De la respuesta a esta cuestión se podrá decidir sobre un tema sumamente polémico y arduo, a saber, si el alba Grecia es la medida de toda filosofía posible y si no lo es, entonces, cuál es aquel otro sentido de la filosofía.

El rehabilitado genio histórico del Inca Garcilaso de la Vega, tan tachado de inexacto y novelesco por la excomunión de doctos eruditos, es una fuente privilegiada para estudiar el tema de la filosofía en el Perú Antiguo.

 El Inca Garcilaso es el patriarca indiscutible de nuestra historia precolombina, llevó en sí el mundo incaico y el mundo europeo a la vez, es el primero que relaciona de manera sistemática a los amautas con la filosofía, su educación literaria, humanística y filosófica europea lo pone en inmejorables condiciones para contrastar la realidad andina con la del Viejo Mundo, como clérigo posee los conocimientos necesarios para dilucidar materias escabrosas y complejas como lo concerniente a la religión de sus ancestros y, finalmente, con la traducción de la obra cumbre del neoplatonismo renacentista, Los Diálogos de Amor de León Hebreo, se encuentra en inmejorables condiciones para dar una opinión autorizada sobre la filosofía de los amautas. Como
dice José de la Riva Agüero en su Encomio del Inca Garcilaso: “con estos viajes y comunicaciones de su vivaz adolescencia, fue allegando sus impresiones auténticas y directas sobre el territorio y las leyendas del Perú, que animaron en la edad adulta sus palpitantes Comentarios reales”.

Garcilaso tiene plena razón contra Cieza cuando muestra el orden y rumbo civilizador  de las conquistas incaicas. Lo que sucede es que él no fue un frío y mediocre amontonador de datos y así como Raimondi falló a favor de su exactitud geográfica, del mismo modo la moderna investigación confirma su exactitud histórica. Ha sido acusado de soñador, iluso, caprichoso y novelesco, por no traernos una imagen truculenta, bárbara y primitiva como Cobo, o un fresco lejano, indiferente y frío como Sarmiento de Gamboa.

Ha sido calumniado como Tácito, Salustio, Tito Livio, Renan, Michelet, Taine y Mommsen de efectuar contradictorias reconstrucciones históricas. Nada más injusto con el escritor peruano antiguo más clásico y ponderado. Garcilaso no es inexacto, lo que sucede es que se trata de un historiador con alma de poeta cuyos grandes aciertos son las verdades generales y lo pequeños yerros son los detalles menudos. Su avasallador amos a la tierra no impide al lector hacerse la idea de que el imperio incaico no era un paraíso comunista, pacífico o igualitario, sino un despotismo teocrático gerontocrático y militarista, que inculcó amor al trabajó y la ética social.

Sobre la sabiduría de los Incas se dedica en la primera parte de los Comentarios reales los ocho capítulos últimos del libro segundo; allí habla de las ciencias que los incas alcanzaron primero en la astrología, la medicina, la filosofía natural, luego la geometría, la geografía, la aritmética y la música, por último sobre la filosofía moral e instrumentos técnicos.

No obstante a lo largo de toda la obra el Inca Garcilaso repite la fórmula sobre los “amautas que fueron filósofos”. ¿Por qué llamó a los amautas “filósofos”? ¿Qué vio en ellos para que les aplicase tal término nacido en la cultura occidental? ¿Cuál fue su comprensión de la filosofía para que una mentalidad como la suya conocedora del neoplatonismo renacentista y de la tradición filosófico-teológica occidental llamase a los amautas “filósofos”? No se puede olvidar que el joven mestizo no cesó de visitar a su madre y parientes incaicos y prosiguió solazándose en el trato con los orejones y demás indios principales.

En primer lugar, en las inimitables páginas de sus Comentarios, henchidas de aguda observación y desbordante fuerza plástica, leemos que entre los Incas “hubo hombres de buenos ingenios”, esto es, de mucha inteligencia y raciocinio. Y luego añade, que los amautas “filosofaron cosas sutiles”. Lo que equivale a afirmar que expresaron razonamientos agudos, perspicaces y finos sobre realidades naturales y sobrenaturales. Su argucia y penetración era cosa admirable y tenida en la mayor estima por el Emperador mismo y en todo el imperio. Pensaron cosas sutiles “como muchas que en su república platicaron”. Esto significa que estos profundos razonadores quechuas tuvieron como uno de los modos privilegiados de expresión filosófica al diálogo.

Esta forma de pensar discutiendo, conversando,  como lo hacían los orejones en el Cusco, preguntando y respondiendo entre personas unidas por el mismo interés de investigación, fue común no sólo entre ellos sino también para buena parte del pensamiento antiguo hasta Aristóteles. El diálogo fue un género privilegiado por entonces de la reflexión filosófica. Recordemos que el divino Platón tenía desconfianza hacia los discursos escritos, por cuanto no hay respuestas ni interrogaciones de parte de interlocutor alguno.

Su maestro Sócrates fue el paradigma de este modo dialogado de reflexionar, jamás escribió nada y toda su energía se concentró en conversar con discípulos y amigos. Havelock es un autor que insiste en la tesis de que la filosofía surge cuando se pasa de la oralidad a la escritura y a ojos vista es toda una exageración.

A su pesar, Sócrates diariamente desarrollaba oralmente sus ideas y conceptos sin necesidad de recurrir a la escritura, él es un caso palmario de que los conceptos filosóficos pueden encontrar libre cauce meramente dialogando sin hacer uso del escribir y que los pueblos orales no occidentales de alta cultura fueron grandes dialogadores que concibieron ideas filosóficas sin necesidad de fijarlo en escritura alguna y en conceptos de la ratio, les bastó las metáforas y los símbolos del logos participativo.

Pero la práctica del diálogo implica una importancia normativa eminente, la cual radica en que exige el principio de tolerancia filosófica y religiosa, un reconocimiento de una igual legitimidad y de una buena voluntad de entender otras razones. Hay quienes piensan que esta normatividad requiere la presencia de un sistema político democrático, y que por consiguiente la filosofía demanda de ésta para prosperar. Pero en realidad esta normatividad no pide hacer referencia al empleo actual de democracia, ni a su sentido en la Atenas clásica, porque es perfectamente posible en diversos sistemas de gobierno, y más aun en el teocrático incaico basado en el ideal de la virtud.

Por lo que no caben hacer referencias ambivalentes sobre el supuesto enlace entre filosofía y democracia. Más bien, lo que aquí destaca es que el ejercicio  dialogado del pensamiento profundo no requiere de la escritura y justamente los Incas, como dice el mestizo, “no tuvieron letras” pero tuvieron filósofos. Todo lo cual nos lleva hacia el siguiente resultado preliminar:
·         Los amautas fueron filósofos por reflexionar sutil y profundamente sobre realidades sublimes,
·         Su gran inteligencia y raciocinio se explayó en el diálogo, no requirieron de la escritura como modo privilegiado del discurso filosófico, y
·         Estos hombres sabios, perspicaces  e ingeniosos individualmente desfilaron desapercibidos porque su preocupación no era buscar el recalque de su personalidad.


En segundo lugar, Garcilaso como casi rememorando la ocasión que tuvo al conocer las momias de cinco de los monarcas incas antes de dejar su ciudad natal, habla de estos amautas que filosofaron cuando aborda la astrología, la filosofía moral, la filosofía natural,  el  pronóstico  de eclipses de sol y de luna, medicina, teología, geometría, aritmética y música. Todo lo cual describe, como cuando tocó la mano rígida de la momia de Huayna Cápac, nítidamente un tipo de forma humana en la cual se encarna el saber filosófico, no se trata del filósofo stricto sensu sino del sabio, el cual combina la orientación estrictamente teórica y contemplativa con la orientación predominantemente práctica. Garcilaso en la flor de su mocedad gustó mucho de arreos caballerescos y castellanos, hasta que la muerte de su padre lo vino a sacar de tan alegre existencia y a confrontar su realidad de mestizo perulero. Lo que lo hizo mirar más hondamente en sus raíces maternas incaicas. Esta circunstancia contribuyó a que se esforzara por reconstruir incluso la sabiduría de los amautas.

 En el primer caso tenemos la sabiduría, mientras que en el segundo tenemos una sabiduría entre otras. Esta alusión está comprendida cuando Garcilaso se refiere a ciertos versos hechos por “los Incas poetas (quienes) los compusieron filosofando las causas segundas”. Y cuando refiere: “La filosofía moral  alcanzaron bien, y en práctica la dejaron escrita en sus leyes, vida y costumbres”, y luego remarca “sólo en filosofía moral se extremaron”. Garcilaso en 1561 de Sevilla pasó a Montilla y luego a Extremadura para conocer a su familia.

De todos sus parientes el que le tomó más cariño fue su tío carnal el Capitán D. Alonso de Vargas. Este caballero sirvió a Carlos V por treinta y ocho años en los tercios españoles en Alemania. Pero lo más interesante es que el tío de Garcilaso fue muy amigo del Maestre de Campo Alonso de Vives, hermano del insigne filósofo español Juan Luis Vives. Eran todavía los años juveniles de Garcilaso, cuando aun no se proyectaba como escritor y se encaminaba lleno de ilusiones a la Corte de Madrid, donde trató directamente a los más famosos indianos y peruleros, como Fray Bartolomé de las Casas, Hernando Pizarro, D. Cristóbal Vaca de Castro, el revoltoso clérigo de Baltasar de Loayza, entre otros.

Volviendo al tema es posible decir, que nuestro indiano distingue entre incas amautas que filosofaron sobre las causas primeras, en el sentido de saber contemplativo o teórico, y los incas amautas que filosofaron sobre las causas segundas, en el sentido del saber práctico. Indudablemente que en sus reflexiones de hombre provecto, ya bastante lejos de sus desengaños cortesanos, asociaría la figura de los amautas como la de Juan Luis Vives en el grupo de saber contemplativo.

Ya lejos de su primera mocedad, muy adepta a los libros de caballerías, en 1579 se opera una profunda transformación de su ánimo que lo inclina hacia el estudio y las letras. Todavía bajo el nombre de Gómez Suárez de Figueroa se enfervoriza su devoción por las más graves disciplinas históricas y filosóficas. Su devoción por la meditación lo hizo despedirse de sus ambiciones bélicas y profanas y abrazar el estado eclesiástico, aunque se desconoce la fecha en que da ese paso y si llegó a recibir las órdenes mayores.  Esto nos estimula a pensar que bajo el erudito y polígloto  padre  Fray  Agustín  de Herrera, el jesuita Jerónimo de Prado y el agustino Fray Fernando de Zárate, sus principales consultores literarios, pudo extraer los criterios adecuados para arribar hacia conclusiones sobre las cuales podemos colegir las consideraciones siguientes:


o   Los amautas filósofos eran sabios que abarcaban tanto el saber teórico como el práctico.
o   Los que abordaban el saber teórico barruntaban sobre las causas primeras que dios puso en las cosas, los que abordaban el saber práctico lo hacían ocupándose de las causas segundas.
o   En consecuencia, el saber intelectual era sólo una de las notas esenciales de la sabiduría del sabio amauta.


Hasta aquí obtenemos el resultado que los amautas eran hombres prudentes, reflexivos y juiciosos, no buscaban el sobresalir de su personalidad, cuyo pensamiento sutil se desarrolló a través del diálogo oral, no requiriendo de escritura ni del logos conceptual, cuando no de la experiencia para desarrollar una sabiduría teórica y a la vez práctica, tanto sobre las causas primeras como de las causas segundas de las cosas.

En tercer lugar, cuando Garcilaso expone el conocimiento médico y medicinal añade una apreciación aparentemente desconcertante, pero muy significativa: ”supieron mucho menos, y mucho menos de teología, porque no supieron levantar el entendimiento a cosas invisibles. Toda la teología de los Incas se encerró en el nombre de Pachacamac”. Cuando el Inca Garcilaso hace estas descripciones era el único reputado representante peruano de la ontología neoplatónica. No hay que duda que sus apreciaciones están tamizadas por la honda impresión y aceptación de un sistema de idealismo sincrético como el de León Hebreo.
Esta párrafo aparentemente lapidario para la religión incaica, del que se prendieron sus detractores para acusarlo de no haber comprendido la religión de sus ancestros, no es congruente con la exposición que el Inca ha venido haciendo sobre la religión y la cultura incaica. Nos habló del pensamiento sutil de los amautas, su extraordinaria memoria, gran capacidad de aprendizaje y agilidad de ideación, elogió sus matemáticas, astronomía y poesía, habló de sus buenos ingenios, del rastreo del verdadero Dios Nuestro Señor, de su avizoramiento de la inmortalidad del alma y del cuerpo, de su envidiable régimen social, entre otras cosas más.

 Pero en estos capítulos sobre la ciencia incaica mantiene un tono de constante comparación con lo alcanzado en Europa y sólo en este sentido puede entenderse el párrafo citado, confrontándolo con el deslumbrante desarrollo de la teología cristiana conocida por ser él, un hombre de letras y de hábito religioso. No obstante, se trata innegablemente de un párrafo muy sumario, apresurado pero no contradictorio.

Además, él no pudo llegar a conocer enteramente la teología incaica debido al temprano abandono de su patria, a los veinte años,  y a siete décadas de distancia de los acontecimientos de la Conquista lo más granado de los amautas filósofos ya habían sido muertos por las masacres de Atahualpa y los vejámenes de los hidalgos ibéricos. En consecuencia,  muy  poco  pudo  haber  recogido  al respecto de primera mano. Estos eran conocimientos especializados y no meros hechos históricos. El Inca Garcilaso no alcanzó a conocer todo el conocimiento especulativo de los incas y lo poco que obtuvo le pareció con razón muy pequeño comparado con lo encontrado en Occidente.

Por lo demás, era un alma sinceramente religiosa y al adoptar el cristianismo católico lo hizo con toda la fuerza que un indo-hispano de entonces era capaz de hacerlo. Su fe y convicción  religiosa  nueva  no  obnubiló  al mestizo, pero sí lo condicionó hasta la medida de introducir adjetivos tales como “supersticiones”, “hechicerías”, “idolatrías”, ”boberías”, entre otros para referirse a ciertas creencias y conocimientos nativos.

Entonces, si su conocimiento de la ciencia incaica resulta limitado ¿puede acaso seguir siendo un fiel guía sobre la cuestión de los amautas filósofos? Sí, por un doble motivo. Primero, por conocer el idioma del imperio y, segundo, por llevar gran parte del espíritu indiano hacia una aculturación occidental. Esto nos permite tener a través de él un criterio cultural comparativo muy valioso sobre lo que conoció por Filosofía en el Viejo Mundo y lo que equivalía a ello en el Nuevo Mundo. En consecuencia, la verdad es diferente. A todas luces los amautas filósofos sí supieron levantar “el entendimiento a cosas invisibles”, lo cual es coherente además en una sociedad teocéntrica y en un gobierno teocrático.

Todo esto nos lleva hacia un enriquecimiento de la idea misma de sabiduría, según la cual además del aspecto intelectual y práctico, el concepto de sabiduría inca implica un rico contenido religioso que absorbe y subordina a los otros. Pues, la divinidad solar incaica representa un acercamiento de la noción de sabiduría a la de la Luz o conocimiento perfecto de lo divino. La teología incaica está transida por una metafísica pagana de la Luz, que sirvió de hilo conductor a Garcilaso para compenetrarse con la teología de la Luz del cristianismo católico. En esta teología inca no hay el drama metafísico de los gnósticos,  ni hay revelación como en los hebreos, pero sí hay aproximación a través de la razón natural con  el principio plotiniano que concibe a la sabiduría como el conocimiento supremo que el sabio posee de lo Uno y de sus hipóstasis.

 De modo similar, el amauta filósofo parte de una sabiduría superior que permite reconocer el principio del universo,  rendirle  adoración  y  señalar  el  destino  del  alma individual más allá de la muerte. La sabiduría de lo divino se convierte en razón del cosmos, en cuyo marco es tan inaceptable la separación entre lo teórico y lo práctico, como la separación del individuo respecto al universo. A este aspecto de totalidad el filósofo alemán Estermann lo denomina el principio de complementariedad, como categoría dominante en la racionalidad andina.

Por consiguiente, como características subsiguientes de los amautas filósofos tenemos:
v  Por sabiduría entendieron los amautas preponderantemente el conocimiento de lo divino, el logos participativo y analógico.
v  Esta sabiduría divina absorbe y subordina a los otros saberes práctico-técnicos (por ejemplo, la arquitectura del Cusco imperial en forma de puma revela este precepto).
v   Y permite reconocer el principio trascendente del mundo así como el destino del alma.



A esta altura puede afirmarse que Garcilaso, según lo que había visto y conocido en el continente europeo, sobre todo el neoplatonismo con el que simpatizó, llamó por comparación a los amautas “filósofos” porque en su reflexión se unía lo filosófico con lo religioso. La filosofía del pueblo quechua discurrió bajo el logos participativo y mítico, más no bajo el logos conceptual. Esta forma de filosofar estaba en concordancia con la edad de cobre y bronce en joyería y utensilios, con el estilo pesado, recio y arisco de su arquitectura monumental, con su teatro épico y su poesía elegíaca y lírica. Su filosofía mítica era severa, sólida y escrupulosa, llena de un acento misterioso e infinito.  Halló sus determinaciones en las siguientes notas:

(a)     Reflexión profunda, sutil y sublime.
(b)     Empleo del diálogo oral como principal género filosófico, no requirieron de escritura. Al respecto los quipus eran un antiguo sistema contable, pero también nemotécnico, que permitía hacer narraciones y probablemente almacenar reflexiones filosóficas. No se descarta la existencia de jeroglifos.
(c)     Abarcaban conocimientos teóricos, sobre las causas primeras, y conocimientos
prácticos, sobre las causas segundas, sin que ello signifique la pérdida de hegemonía del logos mítico.
(d)     Tuvieron como saber supremo al conocimiento religioso, dios como hacedor de las causas. Su logos filosófico fue mítico.


Pero si bien estas caracterizaciones nos permiten dar cuenta del por qué Garcilaso  llamó a los amautas “filósofos”, todavía se no responde sobre cuál fue el sentido de la filosofía en las Indias. De la respuesta a esta cuestión se podrá decidir sobre un tema sumamente polémico y arduo, a saber, si el alba Grecia es la medida de toda filosofía posible y si no lo es, entonces, cuál es aquel otro sentido de la filosofía.

(Tomado de mi libro "Filosofía Mitocrática Andina antes de la Conquista", capítulo séptimo, pp. 51-61, Lima, IIPCIAL, 2007).

Lima, Salamanca 18 de Julio 2012

POSMODERNIDAD: CÓCTEL LETAL


Posmodernidad: cóctel letal para la civilización humana
Gustavo Flores Quelopana
Miembro de la Sociedad Peruana de Filosofía


Para quienes estiman que el placer,
El poderío y la riqueza, bienes vulgares
Predominantes en la disolvente era
Posmoderna, minan la salvación
                                              de la humanidad

Lo posmoderno no es una edad, entendida como concepto de una ley de sucesión de los periodos históricos, sino es más bien una Época y un concepto que alude al carácter central y determinante de cierto acontecimiento histórico.

Las personas de una época tienen el patrón de su acción en algo común, son parecidos en el modo de sentir, pensar, vida anímica e impulsos. Para Dilthey, el cual introduce en la metodología historiográfica la noción de “época”, los individuos de una época determinada tienden a coincidir en sus fines, modos de pensar concretos y valoraciones, mostrando una afinidad interna. Lo posmoderno es así, la época madura de la contemporaneidad.

Filosóficamente, el límite de ésta última puede fijarse en 1831, año de la muerte de Hegel, y en sentido estricto en 1875, fecha de la renovación del positivismo, espiritualismo y kantismo. La filosofía posmoderna, en sentido amplio, puede establecerse su comienzo en el pensamiento postestructuralista de los años sesenta, y en sentido estricto, principia en 1979, con la publicación de La Condición posmoderna de Lyotard.

Por otro lado, si el pensamiento contemporáneo, de tendencia inmanentista, se movió fundamentalmente alrededor del humanismo y del cientificismo, el pensamiento posmoderno gira en torno a la hermenéutica nihilista y a la realidad lingüística. El mundo simbólico, el descubrimiento clave del siglo veinte, ha devenido en el mundo del relato y metarrelato. La fe en la ciencia, la razón y el progreso ha sido desplazada por una perspectiva antiheroica sin ideales, en la que el mundo es lo que decidimos decir y disfrutar inmediatamente de él y en él.

En este sentido, si la mentalidad moderna se caracteriza por la preponderancia de la cismundanidad, pero sin negar la trasmundanidad, en cambio la mentalidad contemporánea se caracteriza por la preponderancia de la cismundanidad a través de la negación de la trasmundanidad.

No obstante, la época posmoderna se caracteriza por la negación no sólo de lo trasmundano, sino también de lo cismundano, estrechando su horizonte hasta quedarse en una subjetividad monádica sin voluntad de verdad.

El hombre de la posmodernidad es el hombre sin “Absoluto”, que vaga ebrio y sin tragedia por el mundo, dejándose arrastrar por lo frívolo, fútil y difuso. La caricatura norteamericana de los “Simpsons” retrata bastante bien esta nueva realidad antropológica de decadencia de la razón y victoria de la estupidización universal del hombre.

“Tiempo axial” es el término usado por Karl Jaspers para referirse a la época entre los siglos VIII y II A.C., en que se aglomeran los acontecimientos más prodigiosos de la historia del mundo. El periodo clásico griego, Confucio, Lao Tsé en la China, Zaratustra en Persia, los Upanishadas y Buda en la India, los Profetas hebreos, la aparición de Jesús son el eventos paradigmáticos del tiempo axial. Es la época en que el hombre hace la experiencia de lo temible del mundo y de su propia impotencia. Dios, lo incondicionado y lo absoluto es vivido en toda su intensidad.

De modo análogo, pero inverso, lo posmoderno es la época del “tiempo insustancial”, donde se completa el proceso de extinción de lo divino, dado que hasta al propio hombre se le despoja de esta condición.

En vez de hacer la experiencia de lo temible y misterioso del mundo y de su propia impotencia, se plantea cuestiones superficiales, lejos de buscar emanciparse y salvarse se hunde sin angustia en una orgía hedonística de la experiencia de la nada. El hombre posmoderno ha perdido el nexo ontológico entre Dios y la Creación, y al perderlo pierde también su percepción de condición de criatura.

Bien dicho, es posible afirmar que, actualmente no sólo se vive la “muerte de Dios”, sino más bien la “muerte del hombre”. El pensamiento contemporáneo ha pasado de la cultura de la increencia a la cultura del nihilismo, a la época del “todo vale”, sin telos que le de sentido.

El nihilismo gnoseológico que niega la posibilidad del conocimiento de un modo radical, se remonta a la dogmatización del escepticismo pirrónico; el nihilismo metafísico que niega la posibilidad de algo permanente en el cambio y la multiplicidad, se retrotrae a Gorgias; y el nihilismo moral que afirma la desvalorización de todos los valores se repliega hasta Diógenes el cínico y se prolonga hasta Nietzsche.

Pues bien, lo singular de la época posmoderna es que estas tres variantes de Nihilismo confluyen en una sola, se combinan y se conjugan, arribando a la negación completa de lo Absoluto. Ni la Verdad, ni el Ser, ni lo Bueno serán arquetípicos por antonomasia. Por el contrario, todo se vuelve relativo, interpretable y construido por la hedonística voluntad subjetiva individual.

A diferencia de la mayor parte de los filósofos del pasado, que admitieron la existencia del Absoluto o al menos la posibilidad de hablar con sentido acerca de su concepto, la gran mayoría de filósofos contemporáneos de la época humanista y racionalista, ya se habían negado rotundamente a incorporar en su pensamiento la idea de lo Absoluto. Así muchos filósofos racionalistas e inmanentistas negaron la legitimidad de desarrollar ningún concepto de lo Absoluto, porque todo intento desemboca en antinomias insolubles. Muchos empiristas negaron su existencia, lo que se diga acerca de él es fruto de la imaginación, y estas especulaciones no serían consideradas como filosóficas, menos aun como científicas, sino literarias o poéticas. Por último, los neopositivistas que niegan la posibilidad de emplear con sentido la expresión “Absoluto”, la condenaron por carecer de referente observable y violar las reglas sintácticas del lenguaje.

En la época posmoderna se ha pasado del rechazo de la idea de lo Absoluto hacia su sustitución por el “todo vale”. Pero esto no significa que esto se convierta en un nuevo absoluto.

Por una parte, es sumamente significativo que durante el Romanticismo, última época de la modernidad, la idea del Absoluto entrara en gran boga filosófica con Fichte Schelling  y Hegel. Lo cual es un mentís de que la filosofía moderna prescindiera de la necesidad del Absoluto, ilimitado e infinito. Por el contrario, lo moderno se centra en lo cismundano pero sin obviar lo trasmundano.

Las formas adoptadas en el curso de la historia de la filosofía por la idea de lo Absoluto están relacionadas con una realidad primaria, radical y fundante. La Esfera de Parménides, el Bien de Platón, el Primer Motor Inmóvil de Aristóteles, lo Uno de Plotino, la Substancia de Spinoza, la cosa en sí de Kant, el Espíritu Absoluto de Hegel, la Voluntad de Schopenhauer, el Inconsciente de E. von Hartmann, e incluso la ley del universo no sólo se refiere a una realidad o a un principio, sino al supuesto de que solamente un absoluto puede ser lo Absoluto.

En cambio, el “todo vale” posmoderno no puede ser un absoluto, por cuanto es un principio autárquico para cada Yo único y soberano. La multiplicidad de mónadas no está relacionadas con una realidad primaria y fundante, y, en consecuencia, la renuncia y olvido del absoluto y su reemplazo por una pluralidad de seudo verdades particulares, hacen imposible que el”todo vale” singular pueda valer como un Absoluto.

El “todo vale singular” de la posmodernidad es la negación de algo permanente en el cambio, la acción y el conocimiento. A propósito, los autores de tendencia escolástica distinguieron entre el Absoluto “simpliciter”, puro y simple, equiparable a Dios, a la Causa o al Principio; y el Absoluto “secundum quid”, por su causa interna y en su forma externa.

Otros filósofos modernos han establecido otras distinciones: el que permanece en sí mismo, el que se auto despliega, el formal, el concreto, el racional, el irracional, el inmanente, el trascendente, el infinito, el finito. ¿Podría el “todo vale” posmoderno ser un absoluto secundum quid, finito o formal?

En principio sí, en tanto que se relaciona con lo dependiente y relativo. Pero por otro lado no. Porque esta cuestión se plantea para establecer una relación entre el Absoluto y los entes no absolutos. Efectivamente, el pensamiento posmoderno convierte lo absoluto en un metarrelato, es un cuento que está detrás y por debajo de todos los cuentos. Es un gran mito, que cada generación ha sostenido como fundamento para vivir, pensar y creer.

Por ello concluyo afirmando que, el hombre posmoderno es el hombre que vive sin ningún absoluto, es el prototipo del hombre protagórico, con la única diferencia de que ya no es el hombre, sino la “interpretación individual” la medida de todas las cosas.

lunes, 16 de julio de 2012

NEOPAGANISMO POSMODERNO

ESENCIA Y FORMAS DEL NEOPAGANISMO

EN LA CULTURA POSMODERNA 

Gustavo Flores Quelopana
Miembro de la Sociedad Peruana de Filosofía



El acto de pensamiento con que se cree una cosa
no es el mismo con el que se conoce la creencia.
Descartes

La cultura posmoderna es el abandono de las verdades absolutas por el historicismo y el relativismo. Estas se dan la mano con el cientismo y la ideología liberal, las cuales persiguen con locura prosaica metas materiales y la felicidad del hombre en esta vida. La sentencia protagórica del homo mensura (el hombre es la medida de todas las cosas) vuelve a cobrar vigor. Del mundo medieval centrado en la trascendencia y la espiritualidad hemos pasado al mundo moderno sustentado en la inmanencia y la materialidad. Si las ideologías fueron durante el siglo veinte las vivas expresiones religiosas de la secularidad, hoy, en el siglo veintiuno, la cultura posmoderna de la vida divertida y sin heroísmo, el hedonismo y el cinismo, el presentismo y el pragmatismo, son la nueva divisa secular que preside el modo existenciario del hombre actual. La posmodernidad delinea una humanidad sin responsabilidad, rechaza lo universal, celebra lo efímero, y acepta lo contingente, lo eventual.

Dicha situación ya había sido entrevista por Augusto Compte (1798-1857), el padre del positivismo, al sostener que en la etapa final del período positivo el hombre abandonará la búsqueda de absolutos y únicamente se abocará a dominar las leyes de lo contingente. A la visión trascendente le sucedería la visión secularizada del mundo. Esto sería descrito magistralmente en el siglo veinte por Heidegger (1889-1976) como el fin de la metafísica, el olvido del ser y el triunfo del nihilismo. El eminente semiólogo italiano Umberto Eco también ha descrito este tránsito histórico de lo trascedente a lo inmanente en una famosa novela policial, situada en los Alpes italianos en 1327, muy leída en nuestro tiempo, "El nombre de la Rosa", donde su protagonista Guillermo de Baskerville trata de investigar las causas lógicas y empíricas de los crímenes que se suceden en el monasterio, método que rompía con las pautas medievales.

Pues bien, este nuevo ambiente cultural de fin de los absolutos ha provocado un revival del neopaganismo contemporáneo donde la espiritualidad es difusa, sincrética, mágica, y fantástica. El neopaganismo es una variopinta conglomeración de creencias politeístas, panteístas hinduístas, germanas, celtas, egipcias, griegas, romanas, y precolombinas, que lo único que tienen en común es su colisión con el fundamento trascendente del cristianismo. El movimiento neopagano actual está en incesante variación y vive en medio de un "cisma perpetuo", es por ello que no parecen muy numerosos pero la realidad es lo contrario, se halla muy extendido en los modernos centros urbanos y burgueses, lo contrario de lo que fue en sus comienzos históricos que se trataba de una masa campesina que profesaba la fe en los antiguos dioses.

Como es conocido en los primeros siglos del cristianismo la población urbana estaba conformada por cristianos o por partidarios de algunas de las escuelas filosóficas, en cambio hoy una gran masa de población urbana es neopagana en sus diversas variantes (politeísmas, mágicas, esotéricas, gnósticas, demonológicas, etc) y el sector poblacional minoritario, el campesino, sigue siendo cristiano. Por tanto, es necesario actualizar la tradicional concepción del paganismo dada por los primeros escritores cristianos al definirla como la expresión religiosa de griegos y romanos, para ofrecer una más acorde a los tiempos actuales, a saber, es la expresión religiosa de extensas capas de la secularizada población urbana moderna que revive la creencia en el politeísmo sobre la base del descontento en el Dios trascendente cristiano.

No es muy difícil comprender por qué ha sucedido esta secularización tan acelerada entre las masas urbano-burguesas de la modernidad occidental. El espíritu capitalista burgués es de un ascetismo intramundano tal que ha reducido el mundo a lo cuantitativo, a cifras. Ello lleva consigo hacia la idolatría del dinero, el lucro, el negocio y la utilidad. El individuo cedió al individualismo, su ethos es ser-en-el-mundo, su ontología es de la facticidad, su religión tenía que terminar aborreciendo los valores absolutos y trascendentes. La filosofía de eternalista se volvió temporalista, y la ética de virtudes y valores se tornó en procedimental (Apel, Habermas), débil (Vattimo) y pragmática (Rorty). La mammonificación de la vida fue vista claramente por Alexis de Tocqueville cuando visitó los Estados Unidos y al observar que sus ciudadanos todo lo "calculaban, pesaban y computaban" por doquier. El imperio supremo del dinero en la vida resultó ser tan significativa e intrigante para el filósofo George Simmel (1858-1918) que en su célebre libro "Filosofía del dinero" caracterizó su esencia como "la negación de todo valor".

Pero la nueva religiosidad burguesa encontró impulsó no sólo en el nuevo ethos del capitalismo, tan bien analizado por Max Weber (1864-1920) en su libro "La ética protestante y el espíritu del capitalismo", donde el burgués calvinista contabiliza sus méritos como un rancio banquero, sino que también fue determinante el espíritu empirista de la ciencia moderna.

La ciencia y con ella la técnica moderna tienen como intención fundamental el dominio del ser a través de una razón calculadora y dominadora. Ella abre poderosamente el camino hacia el abandono del ser del ente y nuestro olvido del ser, según lo describe Heidegger. La ciencia es un pensar centrado en las diversas manifestaciones de los entes inmanentes más no del ser. No obstante, que el ser sea una sustancia trascendente no es algo que se deduzca de la ontología fundamental heideggeriana; al contrario, en su filosofía Ser, Verdad e Historia son interpretados temporalistamente. Personalmente Heidegger siempre prefirió callar en torno a Dios y permanecer ateo restringiendo su reflexión a la vida fáctica. Pero esto no es una opción sino más bien una vía elusiva que se condice con el espíritu de la modernidad secularista. De manera que el filósofo que mejor describió la estrechez óntico-ontológica de la ciencia fue quien no pudo o no quiso ir más allá de la facticidad inmanente, muy propio del espiritu moderno.

Otro aspecto que tienen en común las religiones paganas es su recurso a la magia y al chamanismo. Lo cual no nos debería llamar la atención puesto que si el racionalismo de la modernidad socavó los cimientos de las creencias religiosas, la reacción posmoderna trajo consigo no sólo el descrédito de la razón sino un renacimiento del pensamiento mágico ancestral. James Frazer (1854-1941) en su monumental obra "La Rama Dorada" señala que la magia es la religión primitiva que pretende ejercer un dominio sobre las fuerzas de la naturaleza por medio de ritos y conjuros, sin recurrir a ningún espíritu o divinidad. En el chamanismo sucede lo mismo pero se recurre también a espíritus y divinidades de la naturaleza. Mircea Eliade calificó al chamanismo como la "técnica de éxtasis arcaico" que recurre a plantas alucinónegas variadas.

Muy bien,  pero si el pensamiento científico prosigue en su avance arrollador (otro ejemplo reciente sería el descubrimiento del bosón de Higgs) entonces por qué renace el pensamientro mágico. Para el antropólogo Bronislaw Malinowski (1884-1942) la magia tenía que sucumbir ante la independencia de la ciencia y la religión, pero esto no ha ocurrido. El retorno de los brujos, sectas destructivas, del esoterismo y de las ciencias ocultas (cartas astrales, espiritismo, teosofía, antroposofía, cartomancia, videncia, quiromancia, cábala, alquimia, etc) está en pleno florecimiento en la cultura posmoderna bajo el estigma de cifras millonarias en el comercio de amuletos, buenas venturas, carismas y todo tipo de mesanismos fanáticos. No hay duda que la sociedad posmoderna se ha convertido en sumidero de herejías inconsistentes, de doctrinas repugnantes, donde está incluido el deshumanizado capitalismo plutócrata y el arrogante cientismo empirista. Todo lo cual dibuja nítidamente la disgregación espiritual y moral de nuestro mundo.

En una palabra, la crítica racionalista, intelectualista. moralista e ilustrada de la modernidad al cristianismo ha sido reemplazada por el irracionalismo posmoderno que cree en lo increíble. Es como si la reprimida "sed de Dios" brotara de modo desordenada, espúrea e informe. El incomparable ensayista británico G. K. Chesterton (1874-1936), que tras pasar por el deísmo y la teosofía se convirtió al catolicismo como Graham Greene y Christopher Dawson, decía con su fino humor inglés: "Desde que los hombres han dejado de creer en Dios, no es que no crean nada. Ahora creen en todo". Claro, su época fue de creer en demenciales dictadores hiperideologizados, en cambio hoy también tenemos en su lugar a los estupidizantes medios masivos de comunicación social.

En estos tiempos de fragmentación de la persona y de nihilismo sin tragedia la influencia de oriente con el reencarnacionismo y el karma hinduísta llena un vacío al ofrecer la ansiada unidad cósmica con el dios emanatista que también nos vuelve dioses. No muy distinto es la adhesión al taoísmo y confucianismo chino que promete devolver la armonía con el todo inmanente. Es muy significativo el momento cultural que vive la civilización occidental respecto a la negación del dualismo cartesiano alma-cuerpo y su sustitución por el monismo materialista de la mente como fenómeno neurobiológico y de la inmortalidad cultural, lo cual lo acerca muy íntimamente con los presupuestos inmanentes milenarios de la filosofía china.

Y es que en la actual sociedad dionisíaca posmoderna se cumple lo que el gran detractor de la razón y de la trascendencia predicó, nos referimos a F. Nietzsche, a saber: el rescate de lo dionisíaco, la euforia colectiva, la embriaguez de la terrenalidad, temporalidad, el desenfreno de los instintos, la adoración idolátrica y la promiscuidad sexual. La moralidad dionisíaca reclama una moral permisiva, del "todo vale", porque "no hay hechos sino interpretaciones". Esta ambiguedad malsana refleja una sociedad enferma y decadente.

Romper con lo trascendente no es un fenómeno nuevo, es más bien una constante histórica pero que encuentra esta vez en el poscristiano y neopagano occidente un terreno especialmente abonado por el cientismo y el capitalismo. En otras palabras, en ningún momento de la historia de la humanidad las herramientas espirituales con que cuenta el hombre han padecido tan honda crisis respecto a las materiales.

La misma fe cristiana se encuentra amenazada desde dentro no sólo por la escandalosa inconducta moral de sacerdotes pederastas y obispos simoníastas, sino que se requiere algo más profundo, y que ya fue entrevisto por las teologías de la praxis (teología procesal, de la liberación, de la encarnación, del mundo, etc), esto es, retornar urgentemente al Cristo evangélico, de los pobres y humildes, terrenal y encarnado. En otras palabras, es urgente una nueva imagen de Dios, menos trascendente y más inmanente, menos judaizante y más cristiana.

Y esto no es incurrir en las inconsistencias filosóficas y religiosas del panteísmo, porque no se cuestiona la dimensión trascendente de Dios, sino que solamente enfatiza lo terrenal del Cristo encarnado. Y sobre el panteísmo o doctrina según la cual Dios es inmanente al mundo sólo hay que ratificar que dicho enfoque termina negando la personalidad divina, no hay creación sino emanación espontánea sin fin determinado, y entiende el proceso del ser en sentido unívoco. El pensar unívoco es la esencia misma del panteísmo, donde se coloca en el mismo orden la existencia de Dios y la existencia todo los demás entes, en donde dios resulta siendo el proceso mismo del discurrir del mundo o de la naturaleza.

Por último, es notorio también que el renacimiento del gnosticismo no está inflamado de panteísmo. Al contrario, el gnosticismo es un tipo especial de religiosidad de carácter cíclico y egocéntrico, que implica una antropología, cosmología y soteriología que enfatiza la importancia de lo intemporal. Se traduce en el mito del alma desterrada y su salvación por el conocimiento. Su base es un dualismo que opera entre el alma divina y el cuerpo material. Busca superar el cambio y la multiplicidad. Este mito quedó tipificado en el orfismo (el cuerpo es el sepulcro del alma) y fue recogido por Platón, Pitágoras, Empédocles y Plotino. Es además un fenómenos general de la historia de las religiones y no sólo compete a ciertos gnósticos paganos heréticos, hay también gnosis cristianas ortodoxas (Orígenes, Clemente, etc). La teología doceta (que sostuvo que Cristo no encarnó realmente porque la materia era algo impuro) fue de carácter gnóstica. En suma, el espíritu gnóstico es una aspiración a trascender el tiempo por un esfuerzo de éxtasis personal. Rompe la continuidad platónica entre el tiempo y lo temporal, y se expresa en mitos que articulan el mundo trascendente y lo histórico.

En conclusión, la esencia y formas del neopaganismo posmoderno es una manifestación de la decadencia espiritual de la modernidad tardía o también llamada posmoderna.

En conclusión, la esencia y formas del neopaganismo posmoderno es una manifestación de la decadencia espiritual de la modernidad tardía o también llamada posmoderna. Esta posmodernidad tiene que ver con la época reaccionaria que vive la cultura burguesa. Durante su época revolucionaria la burguesía ilustrada y enciclopedista rompió el resquebrajado orden estamental e impuso un nuevo equilibrio espiritual basado en la ciencia y en la industria, en la época clásica la cultura burguesa mantuvo un equilibrio entre espíritu y técnica aun a la sombra de una creciente pauperización de las masas, durante la época revolucionaria el orden burgués se estremece surge un nuevo espíritu socialista que quiebra la tradición y resquebraja el absoluto burgués, pero en la actual época reaccionaria y de reflujo  de un espíritu burgués sin absoluto se revive no lo más clásico sino lo más oscuro de tradición, esto es, la superstición, lo mágico, el paganismo, la hechicería y la brujería. Se ha llamado con justicia a esta etapa la del retorno de los brujos. Y esto explica por qué el hombre burgués actual no es clásico, ni romántico, sino nihilista e iconoclasta, irracionalista y crédulo en los absurdos más inverosímiles.

Lima, Salamanca 16 de Julio del 2012