miércoles, 19 de abril de 2017

UN PAPA CONTRA LA SATANOCRACIA

UN PAPA CONTRA LA SATANOCRACIA
Gustavo Flores Quelopana
Sociedad Peruana de Filosofía
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¡Si eres el Hijo de Dios entonces baja de la cruz! le espetaban los incrédulos a Jesús en el Gólgota. No entendían que la Verdad crucificada por las fuerzas de este mundo significaba la libertad del alma humana. La Verdad divina no vino llena de poderío y triunfante sino humilde y humillada. Por eso la Iglesia que ha empuñado la espada de César, con su organización jurídica y dogmas racionales, está distante a la lógica de humildad de la verdad crucificada. El Papa Francisco deberá no sólo increpar  a los obispos, sino desmontar toda la parafernalia del Anticristo que está encaramada en el Vaticano.

La tragedia de nuestro tiempo es que el hombre ya no cree ni en la naturaleza, ni en el hombre ni en Dios. Esto se traduce que no cree en Jesucristo ni como Dios ni como hombre. El relativismo aunado al antihumanismo es el crepúsculo luciferino de una civilización que declina invariablemente. Hoy prima el hombre natural sobre el hombre espiritual. Y así sólo es seducido por bienes ilusorios. El hombre rodeado de lo relativo y fugaz, sólo es capaz de crear lo bello y amar la verdad cuando cree en lo absoluto y eterno. Pero lo sensual, frívolo y superficial se ha apoderado principalmente del alma del alto clero. Así vemos estupefactos la codicia, la avaricia, la lujuria y demás pecados capitales instalados en el corazón mismo del Vaticano. Horrorizados nos enteramos de aquel cura pedófilo español que tenía vídeos sexuales con bebés. Y en este marco un Papa como Francisco tiene que afrontar la profecía del final de los tiempos y proceder como Jesús arrojando toda la escoria fuera del Templo.

De todas las frases vertidas por el Papa Francisco en el Vaticano quizá la de más profundidad y repercusión sea aquella como ésta: “Prefiero una Iglesia herida, sucia y hambrienta, que rica y poderosa”. No menos importante fue cuando visitó el garaje del Vaticano y quedarse pasmado por los lujosos Mercedes Benz al servicio de los prelados. Esto lo llevó a admitir la escandalosa corrupción en el Vaticano y a reducirse a un modesto auto utilitario eléctrico.

También sus salidas a pie para realizar visitas son un verdadero dolor de cabeza para su seguridad personal. O cuando afirma que el deber del cristiano es participar en política. Rechazó igualmente calzar los famosos zapatos rojos. Y no menos importante que rechazar lujos y ostentaciones es su actitud de asistir con su presencia y materialmente a los afligidos de terremotos, a los pobres, gitanos, con sus visitas in situ, que deja muy mal parados a los cómodos purpurados egoístas.

Todo esto llevó al sector más recalcitrantemente conservador e integrista del catolicismo a emprender una campaña contra el valiente Papa argentino para tildarlo de “comunista”. Ya los libros de Gianluigi Nuzzi “Vaticano S.A.” (2012) y Emiliano Fittipaldi “Avaricia” (2015) habían revelado las escandalosas fortunas ilegales que ostentaban los purpurados de la Santa Sede. Lo que ha llevado al Papa Bergoglio a reformar la Iglesia empezando por nombrar a nuevos cardenales y clérigos combativos para salir de su solitaria lucha contra las lacras del imperio financiero de la Iglesia.

Pero la tarea de luchar contra la corrupción, la avarica y la pedofilia está llena de obstáculos. No sólo son 207 cardenales, más de cinco mil obispos y cerca de medio millón de sacerdotes los que componen la Iglesia Católica, sino que hay algo más profundo y es de índole moral. Sin ascetismo religioso, que somete lo inferior a lo superior, es imposible detener la caída del espíritu, impedir que se siga corroyendo la libertad y la creatividad, y el desarrollo de la personalidad se vuelve imposible. Estamos sumidos en una era de descomposición de las fuerzas creadoras del espíritu. El humanismo renacentista degeneró en individualismo, pero el individualismo es la ruina de la persona, la vacuidad vital, la supresión de valores sobrehumanos y la libertad falaz que concluye negando al propio hombre tras negar a Dios. En una palabra, el hombre contemporáneo se ha quedado sin base espiritual por la ruptura con su centro religioso. Llega así a un estado de agotamiento y de quiebra espiritual, pero rodeado de peligrosísimas tecnologías de autoaniquilación masiva que pueden hacer sonar en cualquier momento las campanas del holocausto apocalíptico.

Efectivamente, y con esto volvemos a las palabras iniciales del Papa en este artículo. Se trata de que la moral de la Iglesia esté sumisa a la moral oportunista del mundo burgués. Y es que el gran pecado reside en que la moral tradicional del mundo cristiano no ha sido creadora sino conservadora. La Iglesia alabó siempre las virtudes negativas de la humildad, la abnegación y la continencia, y silenció las virtudes positivas como el coraje, la nobleza y el honor. El resultado fue una religión de obediencia en vez de una religión de amor. El mensaje evangélico de Jesucristo fue distorsionado por el peso de una burocracia eclesiástica obsedida por el poder y el dinero. La religión de amor fue pervertida en una religión de obediencia. Y bajo su sombra han prosperado en el Vaticano los fraudes financieros, la evasión fiscal, la hipocresía, el lobby gay eclesiástico, la pederastia, el homosexualismo y el latrocinio. Toda una guarida de ladrones y perversión evidenciado en los casos más abominables de abuso infantil y encubrimiento sistemático del alto clero.

El excesivo énfasis puesto en la obediencia por los Padres de la Iglesia al final sólo fue beneficioso para una moral económica, para el Estado, la familia y la ciencia. El cristiano tenía que obedecer antes que pensar creadoramente. Esto se convirtió en un pesado fardo que consagró la moral canónica oficial. La obediencia como prueba impuesta al hombre como consecuencia del pecado fue usufructuada por una clerecía osificada y exangüe.

La revelación cristiana es buena nueva de bien, libertad y amor, no de sumisión ciega por el pecado. Pero el cristianismo se desarrolló impregnado de una dañosa moral utilitaria, adaptada enteramente al mundo. Esto es lo reprochable y no los excesos de ascetismo, ni los ejercicios espirituales de las órdenes religiosas. La obediencia ciega es enemiga de todo heroísmo y todo sacrificio, y es cómplice de toda corrupción y concupiscencia.

No cabe duda. La Iglesia católica yace corrompida en el lecho ponzoñoso del mal. Y el Papa Bergoglio hace bien en denunciarlo y enfrentarlo. Pero su lucha será vana, como lo fue en la Contrarreforma, si no se reemplaza la religión de la obediencia por la religión del amor, la moral de sumisión por la moral de creación.

Que la cochera del Vaticano esté repleto de autos de lujo, que los purpurados lleven una vida muelle y de placer con sus cuentas bancarias escandalosamente ricas y en sus departamentos de suntuosidad no llama la atención porque se corresponde con la moral utilitaria que corroe las entrañas del evangelio de Jesucristo.

El Papa Francisco es jesuita. Sabe ver las cosas en profundidad. Y no se le debe escapar que hay que revolucionar la moral cristiana. Sin ello todo intento de cambio será arar en el mar. La moral cristiana no debe encontrar su sanción más elevada en la mística de la obediencia sino en la mística de la creatividad.

La cosa no es fácil. Hasta el propio Kant con su imperativo categórico no pudo escapar al mismo conformismo predicado en la religión cristiana de la obediencia. Sobrevaloró la libertad y olvidó el amor. Lo que equivale que el imperativo categórico conduce al terrorismo, a Auschwitz y al Holocausto, pues la universalidad normativa se desplaza a la convicción subjetiva. Al final, como en el posmodernismo, cada individuo se convierte en la medida de su ley moral.

Si la ley moral kantiana incurre en formalismo, la ley moral cristiana incurre en utilitarismo. Cómo la religión del amor pudo olvidar al amor mismo. Cómo se pudo obliterar la visión de este valor supremo. Se trata de una anormalidad cultural adquirida, por tanto no permanente y susceptible de modificación, que fue sostenida por la jerarquía eclesiástica. Pero ésta representa en el fondo el conformismo oportunista y la subordinación de la personalidad autónoma.

Por ende, sin una moral creativa del amor será infructuoso todo intento de modificar la conducta de la figura eclesiástica, acantonada dentro de estrechos límites acomodaticios. Esos purpurados que viven como príncipes, en asilos cómodos, lejos del peligro, de la necesidad material y el combate contra el pecado no sólo no representan a Cristo, no sólo son usurpadores de su evangelio, no sólo son eunucos incapaces de ascender a la cima del espíritu creativo de Prometeo, sino que justifican el luciferino mundo venal de la oportunista moral burguesa.

El conformismo democrático-burgués ha horadado y agusanado la moral del amor del verdadero cristianismo. La moral de la obediencia que vive rodeada de placer, dinero y poder es burguesismo o adaptación al mundo moralmente inerte y abatido. Por ello, una profunda revolución en el Vaticano también representa devolver el territorio y los tesoros culturales al Estado italiano y vivir en la pobreza de Cristo. Pues en la verdadera moral cristiana no hay nada que sea burgués. Esto nos hace pensar que no ha sido la moral de San Francisco de Asís lo que ha imperado en la Iglesia, sino la moral truculenta del Papa de los Borgia, adaptada a la vida con sus preocupaciones por la organización, comodidad y seguridad.

Este cristianismo mendaz, groseramente burgués, que refleja la moral baladí del mercader y borró en el siglo XIX y XX los últimos vestigios del ascetismo cristiano, es la principal responsable de la decadencia moral y espiritual de la Iglesia Católica en el mundo. Riqueza, poder, voluptuosidad sexual, lujo, confort, depravación han vencido a los verdaderos valores cristianos. El cristianismo burgués es un organismo lleno de llagas infectas y de pus. En ese contexto no llama la atención que esté desapareciendo la belleza de su ideal. La moral del amor no puede olvidar que el acceso al reino celestial es más difícil a los ricos, poderosos y bienaventurados de este mundo.

El Papa Francisco sabe bien que la religión de Cristo colisiona con las genuflexiones aborrecibles delante del dinero y del poder, junto al reconocimiento de los mercantilistas valores burgueses. Por eso la banca vaticana debe disolverse. El Banco Vaticano no tiene su fuente en el Evangelio de Cristo sino en el de Satanás. Su origen es extra-cristiano, pre-cristiano e incluso post-cristiano. No representa la moral del personalismo cristiano. La persona humana vale por lo que es y no por lo que tiene o posee. Aquellos prelados que acumulan fortunas y viven en el lujo deberían ser expulsados de la Iglesia, como Jesucristo expulsó a los mercaderes del templo. Es imposible crear un nuevo mundo aceptando el viejo mundo degenerado y venal.

Sin sumisión al desprendimiento no es posible ir más allá en la edificación de un mundo nuevo y en el despojarse del viejo Adán. La humildad es buena porque emancipa del mal. El Pontífice da ejemplo de ello al visitar a los pobres. Pero es insuficiente para edificar la totalidad de la ética cristiana. Hay que tener presente que la humildad fácilmente ser trueca en hipocresía, lo cual lleva a la muerte espiritual. El Papa Begoglio debe ir al encuentro del descubrimiento de la moral del amor creativo para asegurar una verdadera revolución espiritual dentro del cristianismo católico.

Nietzsche intentó rebelarse contra la moral cristiana y su éxito quizá hubiera sido rotundo si hubiera tomado en cuenta al amor. En la moral cristiana, como bien lo señala Scheler, no hay resentimiento sino acto libre de renuncia y amor. No ver esto ni el Reino de Dios es la raíz del extravío del juicio de Nietzsche. Pero la Iglesia al sucumbir a la moral utilitaria no sólo es víctima del resentimiento moral contra los valores superiores, sino que, y esto es lo más grave, se hace eco del resentimiento metafísico de la modernidad contra el mundo trascendente. Y esto sí que representa un veneno mortal, a saber, el nihilismo integral. Este resentimiento metafísico es la raíz que en la modernidad está deformando a los valores. La salida es invertir los valores del mundo burgués y de la decadente civilización moderna. No hay cristianismo sin reproducir el camino interior del Gólgota. Y esto se traduce en el mandamiento de amar al prójimo y a toda la creación. Sin amar al prójimo a su creación no hay amor a Dios. Esto es lo más sólido y precioso que tiene el cristianismo. Pero para que esto reine hay que hacer trizas la moral ortodoxa de la iglesia. No hacerlo es dar muestras de senilidad.

La curia más reaccionaria en el seno del Vaticano seguirá conspirando contra el Papa Francisco. Y es normal que lo haga, porque la serpiente busca inyectar su toxina hasta que no se le pise la cabeza. Esta representa la vejez de la humanidad. También su debilidad y astucia. Pero la moral evangélica es despreocupada porque no está centrada en el tiempo sino en la eternidad. Sólo lo caduco se centra en el tiempo y vive lleno de angustia y temor. Esa es la moral burguesa, sólo preocupada por su subsistencia. Tomad el ejemplo de las aves del cielo y los lirios del campo, reza el evangelio.

El evangelio está lleno de espíritu juvenil y no de senectud. No existe la revelación de la naturaleza seráfica del hombre sin confianza en la eternidad. Por eso, cuando Nietzsche condena la moral de esclavos del cristianismo yerra, porque con ello se refiere a la moral cristiana de sumisión pero no a la moral cristiana del amor. La moral cristiana del amor son de fuerza creativa y confianza festiva contra el tiempo. Además, los hijos de Dios no pueden ser plebeyos, sino aristocráticos.

 El cristianismo es religión de espíritus fuertes y no débiles. Y eso es lo que nos recuerda el Papa argentino cuando dice que prefiere una Iglesia herida pero no vencida. Porque son verdaderos vencedores, son los más fuertes, los que han vencido este mundo lleno de tentaciones. Nada de complejo de inferioridad y de servidumbre, porque la gracia del Redentor colabora con la naturaleza humana pero no la sustituye. Nuestra participación en Cristo y en la Santísima Trinidad se opone a toda debilidad del hombre. Sólo el fuerte es capaz de sacrificarse. Por eso en el sacrificio reside la fuerza del espíritu del cristiano, porque es ir en pos de Cristo. Este renunciamiento es todo lo opuesto al burguesismo, porque es una vida peligrosa. Pero es un camino ascendente, lleno de amor y valores superiores.

La crisis mundanal de la Iglesia es una crisis moral inserta dentro de una crisis metafísica mayor. Por lo tanto, hace falta no sólo una revolución de la conciencia moral, sino también una revolución de la conciencia metafísica de la modernidad. Ello significa que teólogos y filósofos están llamados a esta revolución del hombre por un mundo nuevo. No en vano vemos que las anomalías sexuales son el síntoma mórbido de la crisis de nuestra especie. A la vista tenemos en las llamadas democracias liberales la aberrante imposición totalitaria en las escuelas de la luciferina ideología de género, que busca homosexualizar a la niñez. La misma que después de arrasar con la moral en Europa busca hacerlo en América Latina. En realidad, todos estamos llamados a oponernos a semejantes abominaciones y a la creación de una nueva época creadora en el ideal del amor de Cristo. Se trata de participar con Dios en la creación del Ser, de un nuevo mundo.

El hombre anético, el amoralismo pertenecen al nihilismo. Este crea un caos y no un cosmos. A esta legión pertenecen los eclesiásticos rodeados de dinero y poder. También los creyentes tibios, que llenan las iglesias los domingos para pecar el resto de semana. El temor pánico de perder la salvación del alma propia debe ser sustituido por la alegría de salvar un alma del prójimo para el cielo. Si semejante miedo carece de nobleza, equivalente alegría está desprovista de egoísmo. Lo primero reduce a la nada la semejanza del hombre con Dios, lo segundo hace justicia a nuestra filiación divina.

El egoísmo y el miedo son gemelos, en cambio la alegría y el sacrificio por el prójimo está henchido de espíritu viril y creativo. Esto último es verdadera bravura religiosa. La osadía e intrepidez en el amar al prójimo para imitar a Cristo son las cualidades más altas para una religión creativa. El verdadero honor del hombre consiste en ser semejante al Creador. En cambio hoy el honor ha sido avasallado por las virtudes mendaces del mercantilismo. La ruina del honor representa la ruina del nivel espiritual de la humanidad. Y por eso el cristianismo es reconocimiento del valor absoluto de la persona humana.

En una palabra, cristianismo es creación de una sociedad nueva por el amor, es una sociedad del espíritu por la semejanza del hombre con Dios. Y la moral que cabe perfectamente en ella es una moral de creación y no una moral de sumisión. La moral de sumisión democrático-burguesa es oprobio y no guarda vínculo con lo divino. Sólo destila altruismo humano que no guarda proporción con lo divino y es una forma disfrazada de utilitarismo. La riqueza y el bienestar material tan condenables para el Papa Francisco, rebajan y aniquilan la superioridad de los valores espirituales.  

Lo que a la moral cristiana le interesa no es la nivelación ni lo unidimensional, el plebeyismo espiritual, sino la personalidad creadora sobre la base del amor. Ahora se puede comprender a la perfección que las reformas que el Papa aspira en el seno de la jerarquía católica significan barrer revolucionariamente con la moral altruista burguesa y su acomodaticio utilitarismo. Porque sin ello no será posible plasmar creadoramente la semejanza cósmica del microcosmos del hombre con Dios en un nuevo mundo. El cosmos clama por llenarse de la personalidad creadora. Pero esta tarea es personal y comienza primero con cada uno de nosotros. Por eso se ha dicho: no juzguéis.

El secreto de la redención es que una invitación personal para continuar con la ley de la creación en nosotros mismos en miras de lograr un nuevo cosmos. La aspiración fáustica del hombre hacia la plenitud de la vida escapa a la necrosis demoníaca cuando une la creación al amor. Dios mismo deseó la revelación de la voluntad humana, para que se pusiera al servicio del cosmos y no del caos. El dionisismo bárbaro es demoníaco, pero el dionisismo cósmico es divino. El cristianismo no es sofocamiento yóguico de la naturaleza dionisíaca del hombre. Al contrario, es su encauzamiento creador por el amor.

No hay duda. La ética humanista secular está en una profunda crisis. Es una crisis religiosa mundanal que exige un cambio revolucionario hacia la ética del amor de Cristo. Sólo así se puede entender que es posible velar por la semejanza humana con Dios. En este sentido, hacer posible una época religiosa creadora contra el vil materialismo económico burgués no significa ir hacia la derecha o izquierda porque la vida del espíritu exige marchar en altura y profundidad al mismo tiempo.

 No hay duda de que el Papa Bergoglio, como todo hombre con temor y amor al Padre, se escandaliza como Jesús cuando la casa de Dios es convertida en casa de ladrones. Esta situación está profetizada cuando Pedro por falta de fe comienza a hundirse en las aguas (Mateo 14:29). Así, el Vaticano se está hundiendo en la codicia y la corrupción, pero Cristo está presto a darle una mano de ayuda. El Papa Francisco reacciona, se arma de fe y amor al Salvador para arremeter contra aquellos fariseos que hacen de la religión del amor una religión de obediencia.

¡No! Jesucristo no vino para imponernos esclavitud, ni a ejercer la compasión -la compasión es de naturaleza budista-, sino que vino principalmente a exaltar la fuerzas espirituales del hombre unido a Dios,  a liberar al oprimido, dar de comer al hambriento y perdonar los pecados. Vino a restaurar la libertad del hombre, no a someterlo. El poder fue una de las tentaciones del demonio rechazadas por Cristo en el desierto. Y es que el poder es imperialista, es enemigo de todo movimiento creador. El Estado y el gobierno son mundos separados donde lo esencial es la obediencia a la ley. El Nuevo Testamento justifica el gobierno pero no aprueba la sumisión esclerótica del movimiento creador. En una palabra, la raíz práctica del mal en el Vaticano es que sea un Estado.

El absolutismo teocrático papal es incompatible con el cristianismo y no facilita la libre fusión con Dios. El verdadero cristianismo no acepta el mundo tal cual es, se llena de indignación divina y descubre la posibilidad de transformar el mundo en el amor. El cristianismo es revolución, porque liga el futuro con la creación. En este sentido no es ese tipo de revolución reaccionaria que siempre está atada al pasado, sino que es ese tipo de cambio que comienza dentro de nosotros mismos. Por eso, liberalismo, estatismo y anarquismo son falsas religiones porque están siempre fuera de nosotros mismos. Especialmente el socialismo, que prolonga el orden burgués con el ideal de hacer de toda la humanidad una burguesía universal. Por ello, a pesar de su verdad relativa, pertenece al imperio de la necesidad y no el de la libertad.

Cuando el papa Francisco se escandaliza por los lujosos Mercedes Benz que reposaban en la cochera del Vaticano estaba expresando el ideal ascético cristiano pero lo paradójico es que lo hacía desde el palacio papal, es decir, desde una sociedad no ascética. En otras palabras, se encuentra atrapado en una doble lógica paradójica. Romper la paradoja significa reivindicar el valor del sacrificio y dejar de avalar los valores burgueses. Se trata de ligar la vida nueva con la armonía cósmica, tal como lo efectuó san Francisco de Asís en su incontenible impulso creador. Sólo así la política llega a las raíces del ser, se vuelve metafísica y ontológica. Sin sacrificio no hay real liberación, porque el don del sacrificio es de naturaleza cósmica.

La crisis que afronta el papa Francisco con la curia vaticana es al mismo tiempo la crisis mundanal de los valores. Y sin sacrificio de los valores burgueses no habrá el salto hacia el dominio de la libertad, donde mora el Reino de Dios sobre la Tierra. Sin transfigurar el mundo natural no hay modo de superar el reino de César. Pero no se trata de una transfiguración tecnológica sino espiritual para llegar a la sociedad del amor. Sin espíritu de libertad dentro del ideal cristiano no es posible la oposición a la sociedad anticristiana.

No se trata de democracia con su idea vacía de igualdad que destruye al hombre interior y lo subyuga al tema de la justicia. El genio del democratismo es someter la vocación y la grandeza a la mecánica del mayor número. Por eso es profundamente enemiga de lo superior y creador, de la jerarquía cósmica y del hombre interior. Pero el mundo burgués no sólo triunfa con el democratismo sino también con la civilización técnica, y es así porque también es profundamente despersonalizada. La tecnología hechiza el alma humana y destruye su espíritu. Desata demonios perversos y peligrosos que le dan un poderío sospechoso. Está más cerca de la magia negra. Y prepara al hombre no para una nueva vida soberana sino para ser desechado por los autómatas. No nos engañemos, el hombre no es amo del maquinismo abrumador sino su esclavo.

Muchas fuerzas tendrán que ser destruidas para alcanzar el reino de Dios. Empezando por ese humanismo abstracto y falaz, separado de los fundamentos divinos, y que conducen necesariamente a la destrucción del hombre. Aquí no se trata de evolución social ni transformismo social, sino de verticalidad espiritual. Todo cambio hay que esperarlo del renacimiento del Espíritu, porque el mundo de Dios sólo es conmensurable con el crecimiento del Espíritu. Acontecimiento que ocurrirá en la Tierra porque ella es metafísica, eterna, pertenece al otro mundo, y no sólo es física. Y es así porque la transfiguración será cósmica.

Lima, 19 de Abril 2017

jueves, 13 de abril de 2017

LA RÚBRICA DEL ANTICRISTO

LA RÚBRICA DEL ANTICRISTO
Gustavo Flores Quelopana
Sociedad Peruana de Filosofía
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En tiempos extremos como los actuales, donde la libertad luce pervertida, desmañada y desvaída, Dios no tiene necesidad de seres obedientes y llenos de miedo, sino de seres con coraje para asumir una libertad extrema con justicia y caridad. La presente era no es solamente de apostasía, decadencia, impiedad y sevicia sino también de desafíos, de creación y libertad. Estamos viviendo una época creadora del mundo y la libertad que corresponde a la misma no es la que pierde la filiación divina refugiándose en la inacción y el temor, sino en la acción decidida por la construcción crística de un mundo nuevo.

Anticristo hace referencia a dos cosas, a saber, a un adversario decisivo de Jesucristo y a la anticipación del antagonista mediante la acción de los apóstatas que reniegan del cristianismo. En filosofía la rúbrica del anticristo se deja ver en el triunfo de la era de la apostasía de la secularización atea y en el antihumanismo que en esencia es la negación de la semejanza humana con Dios. Es decir, el hombre es un ser material y espiritual al mismo tiempo, pero los tiempos modernos de Occidente insisten neciamente en desespiritualizar al hombre. Esto ha tenido como primerísima y grave consecuencia moral la desmalignización del mal y la malignización del bien. Con ello el círculo del Anticristo en la era de la apostasía está cerrado.

Filosofía es penetrar en una esencia nueva en vez de someterse a la necesidad científica. No es someterse a la femenina receptividad pasiva sino elevarse a la masculina actividad creadora. Porque el acto creador es el acto primero del ser tiene un punto de partida ontológico, que será desconocido por la modernidad subjetivista para darle a partir de la filosofía crítica del kantismo sólo un alcance gnoseológico. Además, no toda creatividad es sinónimo de elevación espiritual, pues también hay una pseudo-creatividad –que más bien es falacia y engaño- para el descenso del espíritu. Y esta clase de creatividad es la estamos viviendo desde la modernidad. Todas las filosofías naturalistas y materialistas viven aplastadas, inertes, engravecidas, sofocadas por la materialidad determinista del mundo. En cualquier grado llevan siempre la marca del determinismo. Sólo la filosofía basada en el espiritualismo activo es capaz de alzarse sobre el yugo activo de la naturaleza y la sociedad. 

En este contexto el Anticristo es el gran embaucador de nuestros días que viene a ofrecer la felicidad del no-ser. La cultura posmoderna es el seudo-Paraíso que ofrece con la resurrección hedonista de la carne, la fragilidad del sujeto, el narcisismo andrógino, la vida sin imperativo categórico, declive de la razón, oscuridad de la intuición, imperio de lo débil, apoteosis caótica de lo festivo, nihilismo sin tragedia, indiferencia moral, retorno de la magia negra. En una palabra, a la libertad caída diabólica le acompaña la discordia, el caos, el vicio, la depravación, el odio, la división, la disensión y la anarquía. Mientras el amor es el contenido de la libertad auténtica, el odio y el vicio es la entraña de la libertad diabólica. No en vano la drogadicción masiva en las sociedades capitalistas más avanzadas refleja la petrificación de las fuerzas creativas del espíritu, la esclerotización de la libertad por la fuerza del vicio y la decadencia de la fe en la época de la redención. 

El mal no es ningún cumplimiento escatológico de algún proceso teogónico ineluctable, como suponían los místicos alemanes. Por el contrario, el mal es el mal hábito y opción de la libertad en el ejercicio de la virtud. El mal no viene de Dios, sino de la libertad negativa, malsana y diabólica. La posmodernidad es la última convulsión de la arcaica libertad diabólica. Por eso es que no es creativo sino orgiástico, desconoce en el hombre su contenido universal superior, niega su microcosmos y su condición cósmica, anhela febrilmente nunca separarse de la dependencia exterior, celebra la disminución de la personalidad creativa, su individualismo es enemigo de la individualidad, y ahonda la tendencia nihilista hacia el no-ser. 

Su afirmación histérico-narcisista de la individualidad representa la negación radical del individuo. Encarna la tragedia final del individuo, en tanto que representa la tragedia de la libertad privada de contenido. Su psicología servil a las cosas es un retorno a la edad infantil. En su no saber lo que quiere lo quiere todo y a la vez no quiere nada. Todo lo aburre y todo lo quiere. En su apasionamiento por sentir el deseo por el deseo se pierde en la selva de la concupiscencia. Es el retorno a la libertad de la caída y a la edad infantil de la historia. Pero esta libertad sin contenido es disolvente y autodestructiva. Ni siquiera es comparable a la libertad negativa de la que habla Fromm o a la libertad antidialéctica del hombre unidimensional de Marcuse. Aquí la libertad recibe una dirección ilusoria, demoníaca y se destruye. Por ello, la libertad posmoderna no es creadora, es negativa, es huera, donde el hombre pierde todo contenido universal y está incapacitado para dirigirse hacia la creación.

Lo que tenemos en la actualidad no es cultura sino civilización. Toda gran cultura crea primero una gran arquitectura y predomina la escultura y la plástica (griegos, edad media, mayas, incas). En cambio, toda civilización crea primero una gran técnica y predomina y la música. La pintura es ambivalente, porque puede expresar la desencarnación del otro mundo en favor de este mundo. Por eso florece en medio del tránsito de la cultura hacia la civilización (Renacimiento). China madura pronto como civilización, Oriente como cultura y Occidente pasó de la cultura a la civilización. Toda cultura notable es tránsito hacia otro mundo. Por el contrario, toda civilización es reafirmación de este mundo.

En sentido estricto, la posmodernidad es más peligroso que cualquier sectarismo filosófico porque crea la ilusión de felicidad. Ha llevado al hombre de nuestro tiempo a un individualismo tan opuesto a su universalidad que desemboca en su propia deificación. Pero tal deificación es engañosa e ilusoria, que lleva hacia la destrucción del hombre, a su caída en la nada. Pues el hombre es infinitamente creativo si por encima de él está Dios y es tremendamente miserable si por encima de él está la Nada. Este engrillamiento del hombre al nivel más bajo del ser es la mendaz jugada del Anticristo que busca materializar la petrificación del espíritu. Pues el secreto creador del ser no puede ser descubierto en un clima de pasiva obediencia a la opresión de la materia y de la nada.

La filosofía no es ciencia sino conocimiento intuitivo del ser y acto creador del espíritu humano. Pero desde la modernidad la filosofía salió de ser esclava de la teología para ser esclava de la ciencia. Es más, la filosofía cientificista no procede sólo del materialismo y positivismo, del criticismo kantiano y del pragmatismo, sino de la escolástica y de Aristóteles. Pero es en la modernidad en que la filosofía aspiró a convertirse en ciencia estricta. Esta esclavización del espíritu de la filosofía al método científico, al dato, a la experiencia y a la lógica sofocó su libertad creadora. Terminó sociologizada, fisicalizada e historizada. La lógica filosófica terminó siendo absorbida por la lógica científica. Y la crisis profunda de la filosofía queda expresada en que en vez de ser un impulsión hacia el ser trascendente queda reducida a ser una anatomía de la razón inmanente. Así sumisa a esta verdad fragmentaria deja de sentirse en aliado del cosmos, no se percibe como un microcosmos que expresa un macrocosmos, sino que queda atrapada en la fatal antinomia entre ser o crear. Y de este modo se olvida que el hombre no sólo es una criatura creada sino también creadora, no sólo es el guardián del ser sino también creador del ser.

En este contexto, al advenir la posmodernidad, el clima auténtico de la filosofía es la apoteosis de la razón funcional y la marginación de la razón sustancial. Este triunfo de la razón funcional conlleva el alejamiento de la actividad creadora y la apología de la pasiva receptividad femenina por el dato. A partir del imperio de lo inmanente la filosofía cientifizada capituló como actividad creadora, abandonó crear ideas sustanciales y renunció a penetrar en esencias nuevas. El tipo de hombre que lo representa es el hombre anético. Cuando no indiferente al valor se convierte en portaestandarte de la inversión de los valores. No es casual que la metafísica de la inmanencia de Heidegger sea indiferente a la axiología. Y este filósofo nunca tuvo ninguna palabra de piedad sobre el Holocausto. El hombre anético es la nueva criatura de la cultura posmoderna e hija del individualismo amoral, el nihilismo integral y la voluntad de poder del "todo vale". Es la caricatura siniestra del Absoluto terrestre y la rúbrica del Anticristo. Es el deus in terris o diocesillo terrestre de las democracias consumistas y de la dictaduras totalitarias.

El sueño de la modernidad contenía in nuce el nihilismo integral. Racionalistas, empiristas, criticistas, positivistas y metafísicos comulgaron en el mismo credo de ver convertida a la Filosofía en una ciencia estricta. La pesadilla de estas filosofías mentirosas se hizo realidad al ver al filósofo encadenado a la necesidad del dato concreto dentro de los límites del mundo. Y el inmanentismo agostó el sentido del mundo e hizo que la filosofía perdiera su libertad. Pero la filosofía no debe ser ciencia ni cientificista, como vía regia para liquidar el nihilismo integral. Filosofía no es sumisión, es creación sin dependencia del aparato lógico-científico. Y la filosofía es creación porque lo sustancial de la condición humana no es su ciego sometimiento a la naturaleza, sino porque es creatividad y libertad, frente a la causalidad determinada del mundo. Por ello, nada es es más objetivo sobre el Ser que el mito.

El imperio posmoderno del hombre anético coincide con la era de la apostasía y es una crisis de conciencia donde crece la sed por lo irracional, más no es una crisis de la filosofía cientificista. No obstante, la filosofía explica la lógica e incluso la lógica científica, pero la lógica y la ciencia juntas son incapaces de explicar la filosofía. Pero la filosofía auténtica es intuición, invención, instinto, libertad, transgresión, no cree en la lógica, ni en la ciencia ni en el mundo tal como aparece.

No osbtante, la filosofía actual luce despedazada por una errónea concepción de su origen: el asombro (Platón), admiración (Aristóteles), duda (Descartes), crítica (Kant), juego lingüístico (Rorty). La filosofía no nace de ninguna de éstas, sino de la visión creadora de la realidad. El genio filosófico es visionarismo audaz de esencias nuevas. Nunca será atenerse pasivamente al dato -como en la ciencia-, sino rebelarse activamente contra el mundo para ver un más allá.

La visión filosófica es amor cognoscente. El auténtico filósofo es un hombre enamorado del misterio nupcial con la realidad. Y no hay amor sin libertad y creación. El verdadero amor es creación. Dicho misterio hace que en la filosofía no exista la lógica de la prueba -como en la ciencia-, sino una vivencia intuitiva de la verdad.

Para la filosofía ultra antropológica la filosofía surge del hombre, para la filosofía infra antropológica el hombre surge de la filosofía. Pero ambas son necróticas. Mientras una exagera el papel creador del hombre y alimenta el orgullo monstruoso del filósofo, la otra exagera el papel creador de la filosofía y es antropocida. La verdad está en el justo medio. El hombre precede a la filosofía pero también se hace con ella. Una sana filosofía antropológica es ajena tanto a la antropolatría como a la antropofobia.

La filosofía no puede subordinarse ni a la teología, ni a la ciencia ni al sentido común. Sencillamente porque no es adoración ni prueba ni algo útil. La filosofía tiene que estar libre de toda autoridad y subordinación. La fuente de la filosofía no es Dios, sino la intuición del ser. Lo cual ya implica una unión libre entre lo divino y lo humano. La verdad filosófica no es mito filosofante pero sí es filosofía mitizante.

La verdad filosófica de la filosofía mitizante, visionaria e intuitiva está más allá de la lógica deductiva y de la ciencia, habita en el ámbito de la comprensión con fe, del mito y la religión. Es conocimiento metafísico a través de los símbolos. Lo que conduce al problema cristológico del hombre a semejanza de Dios o sea a su origen divino. El hombre como punto de intersección de todos los planos del ser enlaza un microcosmos con la conciencia cristológica.

La Patrística es cristología sin antropología. El Humanismo renacentista es una antropología sin cristología. El positivismo es un naturalismo materialista sin cristología ni antropología. El Superhombre de Nietzsche es antihumanismo anticristológico del Anticristo. En el marxismo el proletariado está por encima del hombre, el hombre deificado se destruye en una superhumanidad atea ilusoria. El liberalismo capitalista encarnará el más mendaz exterminio del humanismo por la idolatría de la mercancía. Culminación del hombre anético. Es la última gran jugada del Anticristo para transformar al hombre en esclavo de la segunda gran negación: la Redención -la primera fue la creación-. El hombre de la cultura occidental queda reducido a mero mero animal parlante. El materialismo occidental es el camino de la autodestrucción y uno de los motivos por los que el Estado Islámico en Medio Oriente no podrá ser derrotado.

El ateísmo, el materialismo y el posmodernismo no es un ataque contra el cosmos, sino contra el hombre como imagen de la divinidad. Racionalismo, empirismo, positivismo, pragmatismo, cientificismo son en el fondo la negación del reconocimiento cristológico del hombre.  el posmodernismo es la secta orgiástica que con su brebaje da la ilusión diabólica de libertad absoluta. Pero la tragedia actual tiene su raíz en la ausencia de un antropologismo cristológico que reconozca al hombre como ser creador y libre. Pero este antropocidio ha sido posible primero a través de la cosmología panteísta-mística de la emanación y luego por la cosmología materialista-naturalista de la evolución. Ambas son concepciones del mundo que niegan el acto creador de Dios a partir de la nada. Con ello se niega que crear es el acto de extraer del no-ser el ser, confinando todo lo existente en un anodino flujo de energía que ni aumenta ni disminuye. 

En el materialismo evolucionista prima la conservación de la energía y la creación desaparece. Lo cual demuestra que es un sucedáneo de la negación mística de la emanación contenida en el panteísmo emanacionista. Con ello se termina negando que cada persona tenga una esencia libre e independiente porque todo no es más que un proceso de transferencia de energía. En el panteísmo el hombre es absorbido por el dios impersonal y en el evolucionismo es absorbido por la materia. Que actualmente se retenga la evolución y se rechace la creación es síntoma palmario de la decadencia y esclavización de la persona humana. Materialismo, naturalismo, evolucionismo, marxismo y liberalismo ignoran al sujeto creador, absorben al hombre en los planos inferiores del ser, no conocen la personalidad, la libertad y la creación. Pero en el Antiguo Testamento tampoco prima la creación del hombre sino tan sólo la creación de Dios, un Dios terrible que castiga al hombre por su pecado y la caída. Mientras que en el Nuevo Testamento es el Cristo redentor el que revela el poder creador del Hijo salvador y que invita a la humanidad a continuar la obra de creación en la verdad, el bien y la belleza. Pero la tentativa demoníaca consiste ahora en hacer creer al hombre que está en condiciones de crear a la persona. Más el ser creado no crea seres, sólo los crea el ser creador. Sólo el ángel caído alimenta la ilusión impía nacida de la magia negra de que el hombre puede arrebatar a Dios el secreto de la creación de la persona.

Una concepción del mundo de estas características no puede saber nada de la creación divina y de la creación humana. Al contrario, termina negando la humanidad porque cuando Dios o la materia nace en el individuo el individuo muere. En cambio la conciencia teística pone de relieve que Dios trasciende al mundo y es inmanente al mundo. Pero la cultura occidental con su materialismo consumista rampante se ha vuelto pagana y anticreadora. La única revolución religiosa que le queda al cristianismo es el reconocimiento de la libertad del hombre dentro de un espíritu de justicia y caridad. Pues, el hombre es semejante a Dios no por su obediencia sino por su libertad.

La libertad en la luciferina sociedad individualista burguesa desemboca en una nueva deshumanización porque reduce el destino humano a una mera ordenación del mundo para su disfrute material. De esta libertad degradada se supuran los monstruos del relativismo, el hedonismo y el nihilismo. Los cuales terminan separando la espiritualidad de la justicia social y alimentando el terrorismo islámico que en el fondo es una ansia por lo espiritual. Pero también es una consecuencia extrema considerar la libertad creadora humana como eje escatológico de la realidad histórico-metafísica, pues no puede reemplazar la profecía bíblica ni la voluntad inifinita de Dios.

Pues la libertad humana puede contribuir a la realización de los propósitos de Dios pero no sustituirlo. Y además la fuerza creadora del hombre recobra su plenitud no en esta vida vida sino en la otra, donde el mundo entero alcanzará una época de creación. En otras palabras, el mundo nuevo va hacia la creación y el hombre es partícipe de esta revolución cosmoantropológica porque a pesar de la caída y el pecado no ha sido despojado de su libertad. Y en la hora del Juicio la libertad del hombre refulge como nada en la ética y en la moral más que en lo estético y el saber. Salvo la libertad en lo moral todo es vanidad de vanidades, ningún acto creativo es redentor.

Pero basta esto para creer en la perfectibilidad de la creatividad humana. No sólo es posible la creación y la libertad humana si existe Dios, más aún, es necesaria. La libertad humana es relativa y no absoluta. En los tiempos modernos Nietzsche odió a Dios porque estuvo convencido de que la creación humana era imposible si existe Dios. Y Nicolai Hartmann también desde la religiosidad protestante sostuvo la antinomia irracional según la cual la libertad divina y la libertad humana se excluyen mutuamente. Ambos no comprendieron la distinta naturaleza de la libertad en la criatura y el creador.

En consecuencia, no hay nada en el universo que pueda compararse a la finita libertad del hombre, salvo la infinita libertad de Dios. Ni siquiera los ángeles, sólo el hombre fue hecho a imagen y semejanza de Dios. Y si el Cristo crucificado y el Cristo Glorioso es el mismo Cristo, entonces el camino del Gólgota que recorre el hombre en su vida terrenal y el camino creador humano son el mismo hombre que el Redentor rescata para la vida eterna. Lo cual no significa que la semejanza con Dios nos haga de doble naturaleza: humana y divina. Esta condición es exclusiva de Cristo. El monofisismo de la condición humana recobra su plenitud superior o pleroma en el reino.

En cambio el platonismo priva al hombre de su libertad creadora concibiendo a la humanidad y al cosmos como configurado desde la eternidad en las ideas divinas. Y la modernidad secularista con su odio a Dios ha obnubilado la redención, ha renegado del hombre y lo somete al suplicio de su propio exterminio cibernético. Mientras que, por otra parte, solamente el cristianismo revela la grandeza del misterio humano en su libertad. Cristo no exige contemplación pasiva a su lado, sino acompañarlo en su activa lucha por el bien. Temeridad, osadía, coraje, heroísmo exige la vida cristológica del hombre. Todo lo contrario es ser parte de los sepulcros blanqueados.

Esto no significa que todo lo trascendente será inmanente por la libertad del hombre, porque su libertad es limitada y finita, pero debe coadyuvar a la llegada del reino. No otra cosa es el espíritu conciliar de Vaticano II y la teología de la liberación con la práctica de la justicia y el amor efectivo al prójimo. Y este es un punto de quiebre con la era de la apostasía del Anticristo. No hay anuncio del reino sin la activa y creadora solidaridad con los pobres, oprimidos y débiles del mundo. El hombre cristológico no sólo está llamado a esperar con pasividad sino a prever y actuar con libertad. Encarnación y Redención reclaman juntas al hombre una religiosidad activa y creadora.

Dios no es temor y temblor sino confianza en la libertad final y terrible en tiempos del Anticristo. No actuar equivale a una segunda caída. Cristianismo no es pasividad, debilidad y cobardía, y menos debe serlo en el fin de los tiempos. Acceder a la experiencia religiosa por la libertad es propio de nuestra época materialista y atea, porque a pesar de que los tiempos modernos son de gran apostasía la gracia santificante de Dios no nos abandona nunca.

Qué espera Dios del hombre en los actuales momentos apocalípticos de disolvente nihilismo posmoderno, luciferinización del  mundo, desmalignización del mal, malignización del bien, destrucción de la naturaleza, peligro de destrucción termonuclear, desigualdad social extrema. Lo que Dios espera es una libertad más elevada del hombre, porque a mayor libertad mayor responsabilidad. Es por la responsabilidad cósmica del microcosmos humano que crece el imperativo de una osadía en su libertad. Por ello, la esencia de la libertad es profundamente religiosa porque está unida a la unicidad de todo lo existente. Y por ello plenitud religioso es pleroma de la libertad.

El misterio cósmico de la redención es un acto de libertad, que enseña al hombre que es semejante a Dios por su creatividad. El hombre solamente es libre en lo universal. Sólo el creyente puede conocer la creación. Sólo el microcosmos puede conocer el macrocosmos. Lo semejante es comprendido por lo semejante. En la redención el hombre descubre lo divino en sí mismo por su libertad, llamado a participar en el reino de Dios por su actividad creadora en el cosmos.

Lima, Jueves Santo del 13 de Abril de 2017

domingo, 9 de abril de 2017

ALGUNAS PUBLICACIONES SOBRE FILOSOFÍA ANCESTRAL















DEBATE SOBRE FILOSOFÍA PRECOLOMBINA

EL HOMBRE FILOSOFA POR NECESIDAD EXISTENCIAL
Gustavo Flores Quelopana
Sociedad Peruana de Filosofía



¿Existió filosofía en nuestra América andina? Esta pregunta revela la forma en que se encuentra el debate sobre el tema. Por un lado, la posición eurocéntrica se bifurca en dos grandes vertientes, a saber, la intercultural y la cosmovisional. Y tienen en común que Grecia es la medida de toda filosofía posible. Además, sostiene que la filosofía fue introducida en nuestro medio desde la Conquista española. Repiten la definición académica de la filosofía como pensar crítico, metódico y racional. Por tanto, la respuesta a la pregunta formulada será negativa.

Por otro lado, la posición nativista que es muy rica en variantes (mítica, lingüística, ecológica, etnofilosófica, mitocrática) tiene como punto en común que la filosofía es de carácter universal y, por consiguiente, está en todas las culturas y civilizaciones. De manera que la respuesta a la interrogante es de carácter positivo.

Esta segunda respuesta es más compleja porque exige la reconceptualización de la filosofía misma, su mirada metafilosófica, la reinterpretación del mito, el esclarecimiento entre el logos de la ratio y el logos del mytho. Esto significa que de poco sirve el rastreo de las crónicas si antes no se realiza el trabajo teórico previo de redefiniciones conceptuales. Esta hermenéutica previa se realiza en lo que denomino filosofía mitocrática. Como categoría nueva que permite dar consistencia teórica al nuevo planteamiento y que estaba ausente en la posición nativista.

Lo primero que hay que esclarecer es la naturaleza de la misma filosofía, distinguir su forma cultural y su fondo universal. La palabra es de origen griego pero ello no significa que el interrogar límite del hombre sea griego. Por el contrario, el hombre de todos los tiempos se ha planteado preguntas de tipo filosófico sobre el sentido de su existencia y del universo. Esto es, el hombre mismo es una criatura filosófica. Pero como la filosofía exige cultivo, esfuerzo y preparación inevitablemente conduce al tipo humano que la encarnó. Y en las culturas ancestrales fue el sabio, generalmente sacerdote, asceta, astrónomo o médico, el que representó la figura del filósofo ancestral. Esto permite entender, por ejemplo, cómo el Inca Garcilaso identificó a los amautas con los filósofos. De modo que lo filosófico no se diluye en mera cosmovisión.

Naturalmente que lo dicho implica un segundo problema bastante serio. El cual es cómo concebir el mito y la razón en relación con el filosofar ancestral. Para responder a la cuestión del mito se hace necesario unir al universalismo filosófico la crítica a la conceptolatría de la razón del eurocentrismo occidental, iluminar la dialéctica entre el logos del mytho y el logos de la ratio, identificar la lógica del símbolo mediante la metáfora y la analogía, y elaborar una hermenéutica remitizante que haga comprender que el mito es la forma analógico-metafórica que tiene la razón para responder las cuestiones últimas de la existencia.

De modo ineludible la pregunta por la relación entre filosofía y razón en el filosofar ancestral queda ligada a una teoría de las mentalidades, donde se diferencia: la filosofía empiriocrática, la filosofía mitocrática y la filosofía logocrática.

La filosofía empiriocrática opera bajo el imperio de lo sensible y propia de la Edad de Piedra, estaba unida a la magia, como observa Frazer, es más antigua que la religión, ese producto cultural refinado que exige una capacidad apreciable de abstracción, o en otros términos el hombre primitivo filosofa mágicamente y piensa por primera vez en la idea del alma (hombre de neandertal).

La filosofía mitocrática, bajo la égida del mito y propia de la Edad del Paleolítico superior o mesolítico, es aquella que se ejerce unida a lo santo, religioso y mítico, y se plasma en una teoría del destino. Pues lo mítico, como observa Mircea Eliade, no es la proyección fantástica de un acontecimiento natural sino la fijación de modelos ejemplares y cósmicos de todas las acciones humanas, es decir el hombre de la revolución agrícola filosofa religiosa y poéticamente.

Y la filosofía logocrática, bajo el gobierno del concepto, que nace en la Edad de los Metales y se prolonga hasta nuestra era cibernética, propia del hombre de las sociedades arcaicas de alta cultura y de la sociedad industrial moderna donde se filosofa conceptualmente. Estas tres formas de mentalidad representan tres formas filosóficas de pensar, dos de las cuales no sólo corresponden a la historia arcaica del pensamiento, sino que están presentes en el hombre de hoy por cuanto son categorías generales del pensar. Esto es que las mentalidades participatoria, mítica y lógica son constitutivas de modo irrenunciable a la mente filosófica humana. Es decir, la filosofía conceptual es sólo una de las formas –la última- del preguntar filosófico. Así, la naturaleza epistémica de la filosofía no es unívoca sino multívoca y epocal.

La idea subyacente y común al planteamiento de las tres mentalidades es el hombre como irrenunciable criatura filosófica. O sea, el hombre se hace preguntas últimas sobre las cosas en todas las edades de la historia. Su capacidad para el asombro filosófico no tiene límite epocal, es trans-epocal. . Toda esta fundamentación está orientada a sustentar más elaboradamente la idea que Grecia no es la medida de toda filosofía posible, negando el eurocentrismo filosófico y sustentando la existencia de la filosofía mitocrática precolombina. Lo cual se asocia a la disquisición sobre el dualismo metafísico, el emanatismo y la nada relativa en el esquema metafísico prehispánico.

Esto pulveriza la idea de que las grandes preguntas que afectan al ser humano sólo comienzan con la escritura y el pensar conceptual-abstracto. Esta confusión conceptolátrica no entiende que el hombre de todos los tiempos siempre estuvo asediado en su existencia y pensamiento por las preguntas límite del misterio del mundo. Por ende, el pensamiento humano no necesita llegar a la fase del concepto lógico para afrontar las preguntas últimas sobre el sentido del universo. Pues el pensamiento simbólico también lo hace.

Existe una variedad de universales cognosciivos: el universal conceptual, el universal perceptivo, el universal idiomático, el universal emocional, el universal intuitivo, el universal estético, el universal religioso y el universal existencial. No obstante, el sentido universal existencial estaría en la base de todos los demás sentidos y sería el detonante del filosofar mismo. Es decir, el hombre filosofa por necesidad existencial antes que por necesidad lógica. Por tanto, lo extralógico tiene cabida en la metalógica o lógica filosófica. No reconocer este hecho engolfa la filosofía latinoamericana al magisterio eurocéntrico.

No existe y nunca existió la filosofía que “utiliza la razón hasta las últimas consecuencias y no acepta supuestos”. Esta ilusión epistémica  no sirve para comprender ni la esencia ni las formas históricas de la filosofía misma. La teoría de la Polaridad del logos humano (logos como predisposición, polimorfismo, universalidad, logos mítico  y multivocidad del logos filosófico) permite comprender el dinamismo del pensar filosófico e impele a la desconstrucción mitocrática de la filosofía.

Lo que culmina en  la necesidad de la una síntesis jerarquizada de las diversas metafísicas históricas (alethéia, eidos, percipi, virtual) para afrontar la crisis de la razón actual. El hombre es una criatura hermenéutica, o sea interpretante. El hombre ancestral ejerció una hermenéutica mitizante. Desde la modernidad prima una hermenéutica desmitizante. Y es hora de volver a potenciar una hermenéutica remitizante para reencantar el mundo. El hombre filosofa por necesidad existencial antes que por necesidad lógica. Por ello es errónea la distinción entre filosofía laxa y filosofía en sentido estricto.
Lima, 07 de Junio del 2017