domingo, 13 de septiembre de 2026

El crepúsculo de la debilidad en Gianni Vattimo

 


El crepúsculo de la debilidad en Gianni Vattimo 

Introducción
¿Es posible sostener la validez de una fe que renuncia a la verdad objetiva? ¿Puede la caridad subsistir sobre el vacío absoluto de la nada ontológica? Al postular que el destino del cristianismo es su progresiva disolución en la debilidad y el relativismo, ¿está la ontología débil abriendo una vía genuina de emancipación, o está simplemente ofreciendo una justificación teológica a la parálisis espiritual de la posmodernidad?
El pensamiento del filósofo italiano Gianni Vattimo se presenta en el escenario contemporáneo como una de las propuestas más radicales para clausurar definitivamente la metafísica occidental. A través de nociones vertebrales como el pensamiento débil (pensiero debole), el nihilismo positivo y la reinterpretación de la kénosis divina como secularización, Vattimo intenta liberar a la humanidad de la violencia inherente a los «fuertes» absolutos racionales y religiosos. Sin embargo, detrás de este ropaje de emancipación democrática y piedad posmoderna, late un error de consecuencias devastadoras. Al disolver la ontología en el juego infinito de la interpretación e identificar la caridad con la renuncia a la verdad, la propuesta vattimiana no comete una mera transgresión metodológica. Lo que la ontología débil ejecuta es una capitulación incondicional ante el nihilismo de la modernidad tardía, disfrazando la impotencia de la razón contemporánea como si fuese el triunfo definitivo del amor cristiano.
Para desentrañar el alcance de este repliegue, es imperativo examinar la estrategia hermenéutica que Vattimo despliega en sus obras maduras. Su andamiaje conceptual opera mediante una asimilación radical del dictamen nietzscheano («no hay hechos, solo interpretaciones») y de la lectura heideggeriana de la historia del ser como un proceso de desvanecimiento (Anandenken). Bajo estas premisas, Vattimo ensaya una pirueta teológica audaz: sostener que la encarnación y muerte de Cristo representan el inicio del debilitamiento de las estructuras sagradas de Occidente. No obstante, este giro hermenéutico despoja al misterio cristiano de su carácter fáctico e histórico, convirtiendo la revelación en una fábula mutable cuyo único fin es acomodarse sin resistencia al relativismo de la sociedad de consumo tardomoderna.
I. La ilusión del debilitamiento del Ser y la falacia hermenéutica
El error fundacional de la ontología débil radica en su ontologización de la historia de la filosofía, interpretando el desvanecimiento de las categorías metafísicas como una propiedad del ser mismo. Al igual que Martin Heidegger diagnosticaba el olvido del ser, Vattimo postula que el ser no es, sino que sucede como un proceso de debilitamiento y retirada. Para el pensador turinés, afirmar que las cosas poseen una esencia estable e independiente de la interpretación es incurrir en una metafísica violenta y totalitaria que clausura la libertad del sujeto.
Esta premisa ignora la tesis fundamental del realismo crítico: el límite de nuestro conocimiento sobre las cosas no anula la consistencia ontológica real de las cosas mismas. Confundir el fin de un modelo epistemológico rígido con la desaparición de la actualidad del ser (actus essendi) es una falacia de proporciones colosales. En el realismo metafísico, el ser no es un dogma impositivo ni una estructura de dominación, sino el acto dinámico y la raíz de inteligibilidad que permite que el mundo exterior sea real, cognoscible y transformable. Al disolver el ser en pura historia hermenéutica y lenguaje, Vattimo reduce la realidad a una pantalla donde solo se proyectan los discursos humanos, dejando al pensamiento flotando en el vacío de una vacuidad absoluta donde nada posee densidad propia.
Para profundizar en esta quiebra conceptual, es necesario desvelar cómo Vattimo confunde sistemáticamente la rigidez de ciertos sistemas racionales con la noción misma de fundamento óntico. El realismo aristélico-tomista jamás concibió el ser como un bloque estático o un decreto impositivo, sino como el acto originario y dinámico por el cual las esencias participan de la existencia. Al equiparar la afirmación de la realidad objetiva con un acto de autoritarismo político o dogmático, el pensamiento débil corta el cordón umbilical que une la inteligencia con las cosas. La consecuencia inmediata es una ceguera epistemológica voluntaria: el filósofo ya no interroga al mundo para descubrir sus estructuras íntimas, sino que se limita a inventariar el desgaste de los lenguajes pretéritos, sustituyendo la metafísica por una arqueología melancólica de la filosofía occidental.
Asimismo, esta disolución hermenéutica del ser destruye la posibilidad misma del diálogo racional genuino que Vattimo pretende salvaguardar en sus presupuestos democráticos. Si el ser carece de una consistencia real compartida que actúe como árbitro exterior de nuestras argumentaciones, la conversación humana se reduce a un choque de subjetividades flotantes. Sin una realidad común e independiente a la cual referirse, los hombres no dialogan; simplemente emiten monólogos alternos que se cruzan en el espacio de la inmanencia social. El realismo ético y ontológico advierte que, al despojar al ser de su peso específico, Vattimo no engendra una comunidad de respeto mutuo, sino un archipiélago de discursos aislados donde la persuasión ya no se logra mediante la evidencia de lo verdadero, sino mediante la seducción retórica o el consenso pragmático impuesto por las mayorías.
En este punto, el realismo sale al paso para demostrar que el debilitamiento de la verdad no conduce a la emancipación, sino a la tiranía de la arbitrariedad. Si el ser carece de consistencia objetiva y queda reducido a las vicisitudes del lenguaje de turno, el pensamiento pierde todo criterio exterior para discernir entre la verdad y el engaño, entre la justicia y el poder bruto. Vattimo asume ingenuamente que el debilitamiento de los absolutos conduce de forma automática a una sociedad más tolerante y plural; sin embargo, la historia y la lógica demuestran lo contrario: allí donde el ser y la verdad objetiva son expulsados, el único criterio que prevalece es el de la fuerza mediática, política o económica. La ontología débil, al desarmar la capacidad de la razón para afirmar lo real, deja al sujeto indefenso ante los imperativos técnicos de la modernidad tardía.
II. El verdadero diagnóstico del "olvido del ser" y la primacía del acto de ser
Para comprender a fondo la desviación de Vattimo, es preciso denunciar que su andamiaje descansa sobre una herencia interpretativa sesgada de la historia de la filosofía. Al asumir de manera acrítica la tesis heideggeriana del olvido del ser (concepción que reduce la metafísica a una mera historia de la presencia estática), Vattimo yerra en el blanco de su crítica. El verdadero olvido del ser en Occidente no consistió en afirmar la objetividad de lo real, sino en el repliegue de la filosofía hacia el esencialismo abstracto. Cuando la escolástica decadente y el racionalismo moderno redujeron el ser a un mero concepto inteligible, a una esencia estática susceptible de ser manipulada por la lógica o la técnica, el pensamiento ciertamente se tornó rígido y potencialmente violento. Vattimo hereda este ser cosificado de la modernidad y, creyendo que ataca a la metafísica en su totalidad, arremete contra un fantasma conceptual, ignorando la tradición de la metafísica existencial.
La auténtica superación de esta parálisis no se logra mediante el debilitamiento hermenéutico, sino a través de la restitución de la primacía absoluta del acto de ser (esse o actus essendi) sobre la esencia. Tal como demostró Étienne Gilson en sus estudios históricos, la genialidad de la síntesis tomista radicó en descubrir que la esencia no es un molde autosuficiente que encarcela la realidad, sino un principio limitativo y receptor del acto puro de existir. El ser no es una noción estática, una "cosa" presente o una estructura conceptual impositiva; es el acto dinámico, originario y sobreabundante por el cual todo lo que es adquiere actualidad y consistencia. Al ignorar este descubrimiento y persistir en la confusión de identificar el ser con la pura esencia conceptualizada, Vattimo queda atrapado en el mismo error histórico que pretende combatir: el esencialismo idealista.
Este error histórico del esencialismo lleva a Vattimo a una encrucijada insalvable. Al carecer de una noción del acto de ser como dinamismo desbordante y real, el filósofo italiano se ve obligado a definir el fundamento como una estructura rígida que debe ser demolida o "debilitada" en pos de la libertad. El realismo existencial demuestra, por el contrario, que el actus essendi no aprisiona al sujeto ni ejerce violencia sobre el pensamiento, sino que constituye la fuente misma de su dinamismo, de su inteligibilidad y de su capacidad de creación libre. Al proponer la disolución del ser en el lenguaje, Vattimo no libera a la razón de las cadenas esencialistas de la modernidad; más bien, priva a la inteligencia del combustible óntico indispensable para rasgar el velo de las meras representaciones e interactuar de forma fecunda con el dinamismo crudo de la existencia objetiva.
III. La profanación hermenéutica de la Kénosis y la disolución de la Trascendencia
Para fundamentar teológicamente su propuesta, Vattimo se ve obligado a ejecutar una violenta distorsión de la conceptuación bíblica de kénosis (el anonadamiento de Dios en la encarnación). En la teología cristiana clásica, el abajamiento del Verbo no representa una disminución o abolición de su naturaleza divina ni de su soberanía ontológica, sino la manifestation suprema de su amor libre que asume la condición humana para rescatarla de la corrupción. Vattimo, por el contrario, interpreta la kénosis como el mandato divino para la progresiva secularización del mundo: Dios se encarna para debilitarse, para disolver su propia trascendencia y enseñarle al hombre que ya no existen absolutos metafísicos a los que someterse.
Esta maniobra reduce el misterio de la salvación a un mero proceso de disolución cultural. Al vaciar a Cristo de su densidad divina y de su pretensión de Verdad absoluta, la ontología débil transforma la fe en una simple apología del relativismo secular. El realismo teológico señala aquí una contradicción insalvable: un Dios que se debilita hasta desaparecer en los giros lingüísticos de la historia contemporánea ya no es capaz de salvar nada, pues carece de la fuerza óntica para redimir la existencia o vencer la muerte. La kénosis vattimiana no es el triunfo de la encarnación, sino el acta de defunción de la trascendencia, convirtiendo la fe en una dócil ideología de acompañamiento para una sociedad que ha decidido vivir de espaldas al Absoluto.
A nivel exegético y dogmático, esta tesis arrastra consigo la total desfiguración de la Revelación histórica, reduciéndola a un mito plástico adaptativo. Vattimo postula que el cristianismo madura a medida que se deshace de sus contenidos doctrinales fijos, considerando el dogma como un residuo de la metafísica violenta. Sin embargo, al despojar al mensaje evangélico de su núcleo fáctico —la Resurrección real de la carne, el juicio sobre el pecado y la santidad de la ley divina—, el cristianismo deja de ser una fuerza de interpelación profética frente al mundo. Se convierte, en cambio, en una mera fábula de la benevolencia que se limita a bendecir el estado de las cosas y a diluirse voluntariamente en las corrientes culturales dominantes, perdiendo su identidad hasta volverse indistinguible de un vago humanismo filantrópico.
Esta abdicación de la trascendencia genera un vacío ético insalvable dentro de la propia experiencia religiosa del sujeto. Cuando Dios es rebajado a un mero impulso de debilitamiento histórico, la oración, la liturgia y la mística pierden su objeto real de adoración para transformarse en ejercicios psicológicos autocomplacientes. El creyente posmoderno que propone Vattimo ya no se arrodilla ante la Majestad Divina ni busca la santificación mediante la gracia; se limita a celebrar su propio desarraigo existencial compartiendo una fe que ha renunciado a la Verdad. Al liquidar la alteridad radical de Dios, la ontología hermenéutica encierra al hombre en los límites de sus pocas fuerzas y finitud desesperanzada, privándolo de la única alteridad capaz de rescatarlo de la autorreferencialidad y el aburrimiento metafísico.
Por consiguiente, la disociación que plantea Vattimo entre la caridad (ágape) y la verdad metafísica introduce un dualismo ficticio que destruye la naturaleza misma del amor. Para el filósofo del pensamiento débil, la caridad consiste precisamente en renunciar a la pretensión de verdad objetiva, puesto que toda verdad firme sería inherentemente violenta. El realismo destruye esta falacia con nitidez: un amor que no se fundamente en la verdad de lo real degenera inevitablemente en sentimentalismo estéril o en complicidad con la mentira. La verdadera caridad presupone la verdad del ser del otro y la verdad del bien objetivo; amar sin verdad es condenar al prójimo al desierto de la indiferencia posmoderna, donde el cuidado mutuo se disuelve en una mera cortesía relativista que evita cualquier confrontación con la realidad.
IV. La réplica de la kénosis trascendente: Plenitud ontológica en el abajamiento
Frente a la parodia secularizadora de la ontología débil, se alza la voz de una filosofía kenótica trascendente fundada en el realismo metafísico, la cual demuestra que el abajamiento divino no es un vaciamiento de la existencia, sino la máxima manifestación de su sobreabundancia. Autores de la talla del teólogo suizo Hans Urs von Balthasar u ontólogos contemporáneos han esclarecido que la verdadera kénosis es ontológicamente imposible sin la soberana y previa plenitud del Ser absoluto. Dios no se despoja de su consistencia óntica para disolverse en el flujo de la inmanencia histórica, sino que, conservando intacta su trascendencia e inmutabilidad divina, asume la condición de criatura en un acto de libertad infinita. El abajamiento del Verbo no busca "debilitar" la verdad ni integrar el relativismo posmoderno; al contrario, es el Ser mismo el que desciende para sostener y transfigurar la contingencia humana desde su raíz, ofreciendo un anclaje inconmovible allí donde la nada pretendía reinar. La diferencia especulativa es devastadora para el planteamiento vattimiano: mientras que la kénosis inmanente de Vattimo liquida la trascendencia y condena al hombre al confinamiento de sus propios discursos históricos, la kénosis trascendente introduce la eternidad en el tiempo, demostrando que el amor no exige la muerte de la verdad, sino que constituye la entrega libre y afirmativa de la Plenitud que es.
Para profundizar en esta réplica ontológica, es preciso señalar que el misterio del Gólgota no valida el vaciamiento nihilista del mundo, sino el triunfo absoluto del amor como Ser. En la Cruz, Dios no destruye la metafísica ni cancela la verdad de la justicia; al contrario, la kénosis del Hijo revela que el Amor Divino posee una densidad de tal magnitud que puede penetrar la experiencia de la muerte y el abandono humano sin perder un ápice de su soberanía ontológica. La propuesta de Vattimo confunde de manera trágica el velo de la ocultación divina con la extinción de su realidad; asume que porque Dios calla o se humilla, el Ser se ha evaporado. El realismo kenótico, por el contrario, descubre que en el silencio del abajamiento resuena el acto de ser más intenso y afirmativo de la historia, una presencia que quiebra la finitud lingüística del hombre para abrirle las puertas de la vida divina inmortal.
Asimismo, la perspectiva de una kénosis trascendente redefine radicalmente las relaciones entre gracia y naturaleza que la ontología débil destruye en su afán secularista. Mientras Vattimo percibe la acción de la gracia como un disolvente que desmitifica el mundo natural hasta dejarlo desprovisto de orden sagrado, la auténtica tradición metafísica de Occidente afirma que la gracia presupone, sana y eleva la naturaleza sin anular su consistencia óntica. El descenso de Dios a la carne no tiene como fin disolver las verdades de la razón natural en el relativismo hermenéutico, sino rescatarlas de la ceguera del pecado y del absurdo nihilista. Al restaurar la densidad real del mundo creado, la kénosis trascendente fundamenta un humanismo verdadero, donde la criatura humana no es una ficción histórica mutable, sino una realidad amada, afirmada y sostenida por el Absoluto en toda su verdad ontológica.
V. El nihilismo complaciente y la sumisión al mercado posmoderno
Al desanclar el pensamiento de la consistencia del ser real, el edificio de Vattimo sufre un colapso ético e histórico inmediato. Si no existen estructuras ónticas que regulen la acción, ni verdades objetivas que orienten el orden social, ¿cuál es el norte del pensamiento débil? La respuesta de la ontología hermenéutica desvela su verdadera complicidad: la adaptación resignada al orden fáctico de la modernidad tardía. Vattimo celebra el nihilismo como la «única oportunidad» de la libertad posmoderna, una suerte de destino venturoso que nos libra del peso de las grandes narrativas.
A pesar de sus pretensiones emancipatorias y su retórica de izquierdas, la propuesta de Vattimo se revela como el síntoma definitivo de un nihilismo complaciente. Al clausurar la capacidad de la razón para conocer la verdad objetiva de las cosas, el pensamiento débil priva al sujeto de toda herramienta crítica para oponerse a las injusticias estructurales del capitalismo tardío o de la tecnocracia mediática. Si toda denuncia de la opresión es interpretada meramente como una "narrativa" más, la capacidad de resistencia real se desvanece. El pensamiento débil se transforma así en el lubricante ideológico perfecto para la sociedad de consumo: un sistema que exige sujetos flexibles, sin convicciones firmes, sin anclajes metafísicos y dispuestos a consumir interpretaciones cambiantes en un mercado autorreferencial.
Bajo este prisma crítico, es evidente que el debilitamiento de los valores y de las certezas racionales no genera un espacio de libertad, sino un desierto de indiferencia que la maquinaria mercantil coloniza de inmediato. Cuando el pensamiento renuncia a la búsqueda de la verdad con mayúscula, la conciencia colectiva queda desprovista de defensas intelectuales frente a la manipulación psicopolítica y la propaganda de masas. Vattimo afirma que el pluralismo hermenéutico debilita las tentaciones totalitarias del Estado, pero olvida de forma flagrante que el totalitarismo contemporáneo ya no viste el ropaje de los dogmas rígidos, sino el de un relativismo flotante que anestesia el espíritu crítico mediante el entretenimiento perpetuo. Al desarmar teóricamente la noción de justicia universal, el pensamiento débil se convierte en la filosofía por excelencia del statu quo, validando la disolución ético-social bajo el pretexto de una tolerancia absoluta e inoperante.
Complementariamente, este nihilismo complaciente opera una devaluación trágica del sufrimiento humano, vaciándolo de cualquier significado y de cualquier posibilidad de redención colectiva. Si el dolor de las víctimas de la historia no puede ser denunciado apelando a una ley moral objetiva y transcultural, la rebelión contra la injusticia se degrada a una mera preferencia estética o sentimentalismo pasajero. La ontología débil, al decretar que todo es interpretación, iguala en el plano de la teoría el clamor de los oprimidos con el discurso racionalizado de sus opresores, disolviendo el compromiso ético en el juego lúdico de la deconstrucción textual. La filosofía de Vattimo, lejos de constituir un pensamiento de la liberación, se consolida como el síntoma especulativo de una burguesía intelectual que ha claudicado en su empeño de transformar la realidad, conformándose con habitar estéticamente las ruinas del sentido de Occidente.
La paradoja del nihilismo vattimiano estriba en que su pretendida superación de la violencia metafísica instituye una violencia más sutil pero omnipresente: la del escepticismo institucionalizado. Al prohibir que la razón alcance certezas firmes sobre el ser, la existencia o Dios, la ontología débil condena al ser humano a un conformismo existencial crónico. El hombre posmoderno de Vattimo no es un sujeto liberado, sino un individuo exhausto que, habiendo renunciado a la búsqueda del fundamento, se limita a vagar por la superficie de los fenómenos mediáticos, consumiendo fragmentos de sentido efímeros en el foro de una inmanencia que ya no espera respuesta alguna del Absoluto.
VI. La capitulación final ante el principio de inmanencia de la modernidad tardía
Este repliegue hermenéutico quita definitivamente la máscara a la ontología débil. Vattimo no ha quebrado el pensamiento moderno; ha consumado su rendición más sofisticada. El dogma central de la modernidad decadente, inaugurado por la clausura del ser en la autoconciencia cartesiana y consumado por el giro lingüístico del siglo XX, establece que el hombre no puede acceder a la realidad en sí misma, sino únicamente a las estructuras del lenguaje y de la interpretación a través de las cuales el mundo es construido.
Vattimo acepta sumisamente este confinamiento. En lugar de rescatar los derechos de la razón y del ser mediante un realismo audaz, el filósofo italiano eleva el confinamiento lingüístico a la categoría de destino histórico insalvable. Su "cristianismo secularizado" es, en última instancia, el único cristianismo que la modernidad decadente tolera: una fe domesticada, desprovista de dogmas dogmáticos, vaciada de milagros, recluida en una vaga espiritualidad de la tolerancia que no incomoda a nadie. El pensamiento débil representa la capitulación definitiva ante la inmanencia radical, transformando la revelación del Dios vivo en un eco lejano, en un mito utilitario cuyo único fin es justificar la disolución de los horizontes de la verdad humana.
Esta claudicación ante el principio de inmanencia clausura definitivamente la capacidad de la inteligencia para abrirse al misterio de la alteridad real. Al encerrar el pensamiento dentro del laberinto autorreferencial de las interpretaciones históricas, Vattimo elimina la posibilidad misma de un encuentro genuino con lo que excede las fuerzas del lenguaje humano. El sujeto posmoderno queda atrapado en un espejo cultural donde cualquier pretensión de recibir una verdad venida del exterior —una auténtica Revelación sobrenatural— es catalogada inmediatamente de delirio metafísico o violencia epistémica. Esta postura reduce el horizonte existencial de la humanidad a la inmanencia de sus propios productos lingüísticos, convirtiendo la filosofía en una prisión de cristal donde el hombre se contempla a sí mismo indefinidamente en su propia indigencia especulativa.
Finalmente, este repliegue representa el triunfo definitivo del nihilismo pasivo sobre las aspiraciones de la gran filosofía tradicional occidental. Al presentar el debilitamiento del pensamiento como el estadio supremo y maduro de la racionalidad, Vattimo canoniza la fatiga espiritual de una época que ha renunciado a la audacia de conocer la verdad de las cosas. Su ontología hermenéutica es la justificación teórica de un cansancio histórico, una renuncia a la vocación originaria del filósofo que consistía en trascender las opiniones mudables del foro público para contemplar el esplendor inteligible de lo real. Al coronar este escepticismo con la corona del Evangelio secularizado, Vattimo perpetra la traición definitiva a la razón humana, declarando que la mayor virtud de la inteligencia es su propio y progresivo apagamiento existencial.
Esta claudicación epistemológica convierte a la ontología débil en el epitafio de una filosofía que ha perdido la confianza en su propia dignidad especulativa. Vattimo presenta esta abdicación como una conquista democrática y un acto de piedad madura; sin embargo, se trata de un escepticismo resignado que condena a la cultura occidental a una lenta eutanasia intelectual. Al desconectar la fe de la racionalidad del ser y la verdad de la naturaleza, Vattimo rompe los puentes que permitían a la inteligencia humana elevarse hacia el Misterio, aislando al pensamiento en un solipsismo lingüístico que acepta, de manera claudicante, la sentencia de la Ilustración radical: el confinamiento perpetuo del hombre dentro de los límites de sus propias ficciones culturales.
Conclusiones
La trayectoria de Gianni Vattimo representa la claudicación de la hermenéutica contemporánea ante los dictámenes del nihilismo complaciente. Su intento de elevar la disolución del ser a la categoría de mandato cristiano destruye los cimientos tanto de la inteligencia humana como de la misma caridad que pretendía defender, pues un amor que no brota de la verdad de la existencia carece de la fuerza para transformar la realidad doliente del mundo visible.
La ontología débil, al divorciarse del realismo metafísico, termina tejiendo un manto de piedad posmoderna para ocultar su propia impotencia especulativa. El veredicto es inapelable: la hermenéutica del debilitamiento radical no es el amanecer de una nueva era de libertad pluralista, sino el crepúsculo de una filosofía que, habiendo perdido el coraje de afirmar el Ser Absoluto, se conforma con administrar las sombras de una inmanencia cansada y autorreferencial.
El balance final de este examen crítico nos obliga a rechazar la ilusión de que el pensamiento débil ofrece una alternativa emancipatoria para el pensamiento contemporáneo. Lejos de constituir una superación de las patologías de la modernidad, su propuesta opera como su asimilación más acrítica y refinada. Al privar al pensamiento del soporte inconmovible del actus essendi, Vattimo deja la existencia a merced de las corrientes ideológicas de turno, disolviendo la solidez de lo real en la fluidez evanescente del acontecimiento lingüístico.
Frente a esta capitulación inmanentista, se vuelve urgente restaurar los fueros de un realismo metafísico integral que sepa reconciliar el dinamismo de la historia con la prioridad absoluta de la existencia. Solo recuperando la noción de una Verdad que es Plenitud de Ser subsistente e inteligible, se podrá rescatar a la filosofía y a la teología del callejón sin salida del nihilismo tardomoderno. La verdadera emancipación y la auténtica caridad no huyen de la realidad hacia el espejismo de la debilidad pura; por el contrario, encuentran en la densidad desbordante del ser el único fundamento real desde el cual la existencia puede ser afirmada, amada y verdaderamente redimida del imperio de la nada.
Bibliografía
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Gilson, É. (2018). El ser y los filósofos. Ediciones Eunsa.
Heidegger, M. (2014). Identidad y diferencia (2ª ed.). Editorial Anthropos.
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Nietzsche, F. (2016). La voluntad de poder. Editorial Edaf.
Vattimo, G. (1995). El fin de la modernidad: Nihilismo y hermenéutica en la cultura posmoderna. Editorial Gedisa.
Vattimo, G. (1999). Creer que se cree. Ediciones Paidós.
Vattimo, G. (2006). El futuro de la religión (con R. Rorty). Editorial Paidós.
Von Balthasar, H. U. (1986). Mysterium Paschale: El misterio pascual. Editorial Encuentro.
White, T. J. (2020). La luz de Cristo: Una introducción al tomismo. Editorial Herder.

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