El secuestro de la dignidad en Martha Nussbaum
¿Es posible sostener la sacralidad de la vida humana sobre el suelo móvil de la aprobación social? ¿Qué queda de la condición humana cuando el valor del individuo se hace depender de su capacidad operativa y no de su radical existencia? ¿Puede un sistema político que se pretende universal y emancipador fundar la justicia sobre la volubilidad del sentimiento colectivo sin transformarse, tarde o temprano, en una sutil tiranía de la simpatía?
Las teorías de la justicia de la modernidad tardía, en su afán por sacudirse el yugo de la metafísica clásica y la trascendencia, han intentado construir un humanismo de tejas para abajo, un edificio ético flotante que prescinde deliberadamente de todo anclaje ontológico profundo. El exponente más refinado de este intento es, sin duda, el enfoque de las capacidades de Martha Nussbaum.
Al amparo de un liberalismo político de raigambre kantiana y aristotélica, se nos propone una justicia que sitúa la dignidad humana en el despliegue de ciertas funciones vitales básicas. Sin embargo, detrás de su aparente benevolencia y su retórica de inclusión hacia la vulnerabilidad, se esconde una fractura metafísica insalvable. Al operar desde un agnosticismo metodológico y un secularismo antimetafísico militante, el pensamiento de Nussbaum incurre en una inversión trágica del orden del ser, consumando lo que no puede calificarse de otro modo sino como el secuestro de la dignidad humana a manos de la soberbia del buen ciudadano liberal y los vaivenes del emotivismo sociológico.
Esta arquitectura conceptual se inscribe de manera precisa en la genealogía del vacío en la modernidad tardía, un proceso histórico e intelectual caracterizado por la demolición sistemática de los absolutos tradicionales. Al desvincular la justicia de un orden cósmico o divino, Nussbaum no hace sino heredar y profundizar el vaciamiento ontológico que Occidente viene ejecutando desde el giro antropocéntrico de la Ilustración. El sujeto nussbaumiano se encuentra atrapado en una intemperie metafísica donde los grandes relatos y las estructuras trascendentes han sido sustituidos por un pragmatismo secularizado que maquilla su orfandad con la retórica de los derechos humanos. Este vacío ético y conceptual no es inocuo; es el síntoma de una época que, habiendo declarado la muerte de Dios y el fin de la metafísica, se ve obligada a inventar ficciones normativas para no sucumbir a su propia disolución moral. Nussbaum no resuelve la crisis moral, solamente la gestiona.
El vaciamiento formal del pensamiento contemporáneo conduce inevitablemente al nihilismo contemporáneo, el cual encuentra en el enfoque de las capacidades una de sus manifestaciones más sofisticadas y elusivas. Al negar la existencia de un fin último trascendente o de una naturaleza humana fija y dotada de un propósito inherente, la teoría de Nussbaum reduce el florecimiento humano a un listado de funciones instrumentales negociadas políticamente. El nihilismo subyacente en esta postura no se presenta como una negación violenta o una desesperación explícita, sino como una normalización técnica del sinsentido, donde la vida humana vale únicamente en la medida en que puede performar eficazmente dentro del circuito de las capacidades aprobadas. Se consagra así la victoria del nihilismo pasivo: un humanismo sin trascendencia que, al carecer de un para qué definitivo, termina por disolver la especificidad y la sacralidad del hombre en una contabilidad burocrática de funciones biopolíticas.
El error de origen en la arquitectura nussbaumiana radica en la sistemática amputación del principio de inmanencia respecto a la primacía del acto de ser (actus essendi). Para la tradición de la metafísica clásica y la ontología tomista, la dignidad no es una cualidad adjetiva que se adquiere, ni un estatus que la polis otorga; es un dato ontológico previo, un absoluto constitutivo que emana del hecho radical de que el sujeto es. El operar sigue al ser (operari sequitur esse); por ende, la persona no es digna porque razona, elije o se afilia, sino que es capaz de realizar tales actos porque ya posee una dignidad intrínseca e inmutable por el simple hecho de participar del ser.
Nussbaum invierte los términos de esta ecuación de manera peligrosa. Al intentar diseñar una teoría política aplicable a un consenso entrecruzado global, decide "podar" cualquier raíz metafísica fuerte para no herir las susceptibilidades del pluralismo secularizado. El resultado de esta poda es una dignidad relacional y funcional, definida de abajo hacia arriba a través del desarrollo de capacidades básicas. Se reduce así la ontología a una mera biopolítica: el valor del ser humano queda indisolublemente ligado a su capacidad de agenciar y manifestar operativamente su naturaleza en el espacio público.
Esta inversión del orden ontológico representa la consumación definitiva del olvido del ser, un extravío intelectual que arrastra a la filosofía moderna hacia una ceguera fundamental respecto a la raíz misma de lo real. Al concentrar toda su atención en los entes y en sus manifestaciones fenoménicas, es decir, en aquello que el hombre realiza, produce o manifiesta exteriormente, el enfoque de las capacidades pasa por alto el fundamento que hace posible cualquier manifestación existencial. Este olvido del ser reduce la antropología a una mera fenomenología conductual, donde el misterio de la existencia humana queda sepultado bajo un inventario de conductas observables y medibles políticamente. La filosofía, despojada de su vocación por lo profundo, se transforma en una técnica de gestión social que ignora la presencia originaria que sostiene a cada individuo con total independencia de sus capacidades operativas.
El correlato directo de este extravío es el olvido de la primacía del acto de ser, un descuido que anula la distinción fundamental entre el ser como acto puro y los accidentes de la naturaleza material. Para el pensamiento metafísico, el actus essendi es el núcleo de inteligibilidad y valor de todo sujeto existente, la fuerza viva que impide que la persona sea reducida a un mero cúmulo de funciones biológicas o psicológicas. Al ignorar este principio rector, Nussbaum construye un edificio conceptual que padece de una anemia ontológica crónica, pues carece de la sustancia necesaria para fundamentar la inviolabilidad del ser humano. Sin la primacía del acto de ser, las capacidades no son más que propiedades flotantes, accidentes sin sustancia que quedan desprovistos de un sujeto real y permanente que les otorgue unidad, coherencia y un valor axiológico inquebrantable.
Esta reducción funcionalista manifiesta su rostro más cruento e implacable cuando se enfrenta al misterio del dolor y la discapacidad cognitiva o neurológica extrema. Es bien conocido que el motor intelectual de Nussbaum fue precisamente el deseo de superar las deficiencias del contractualismo rawlsiano, el cual excluía de la posición original a quienes no poseían el estatus de productores económicos plenos. Con encomiable empatía, el enfoque de las capacidades sostiene que la sociedad contrae una deuda de justicia con el discapacitado severo para proveerle los umbrales mínimos de florecimiento. No obstante, al carecer de una noción del acto de ser que unifique y sostenga el valor de la vida humana con total independencia de sus accidentes materiales, la teoría entra en un cortocircuito lógico.
Si la dignidad se describe como el desarrollo de potencialidades, ¿qué ocurre con aquel individuo cuya estructura biológica impide, de manera absoluta e irreversible, el umbral mínimo de la razón práctica o la afiliación? Ante casos como el estado vegetativo persistente o la anencefalia, el andamiaje nussbaumiano zozobra. Sin una ontología fuerte que dictamine que el individuo en coma vale exactamente lo mismo que el ciudadano más brillante por el solo hecho de existir, la dignidad se vuelve contingente. La autora se ve forzada a apelar a criterios de pertenencia a la especie o a la compasión social, soluciones que resultan políticamente bienintencionadas pero filosóficamente huérfanas de fundamento.
Esta desprotección teórica evidencia la reclusión del pensamiento nussbaumiano dentro de la clausura inmanente del ser, un encierro conceptual que prohíbe cualquier apertura hacia lo trascendente o lo absoluto. Al decretar que la realidad humana se agota en el horizonte horizontal de la inmanencia sociopolítica, la teoría se incapacita para reconocer el valor del individuo cuando este se presenta desprovisto de toda utilidad o funcionalidad fenoménica. La clausura inmanente opera como una prisión epistemológica que reduce la existencia a un circuito cerrado de necesidades materiales, derechos positivos y consensos civiles, donde todo aquello que no encaja en las categorías de la productividad o la comunicación interpersonal queda relegado a la inexistencia o a la irrelevancia moral. Es el triunfo de una inmanencia autosuficiente que, al cerrarse a la trascendencia, se vuelve incapaz de sostener la dignidad del hombre en sus momentos de absoluta precariedad y silencio ontológico.
Al carecer de una apertura al ser en cuanto tal, el sistema normativo de las capacidades se vuelve incapaz de resistir la presión de las lógicas utilitaristas que imperan en la modernidad tardía. El sujeto atrapado en la inmanencia queda expuesto a que su valor sea calculado en función de su coste social y de la viabilidad de sus capacidades, transformando la justicia en un ejercicio de gestión de recursos humanos antes que en la defensa de una verdad sagrada. La clausura inmanente, lejos de liberar al ser humano de los supuestos dogmatismos teológicos, lo entrega indefenso a los dogmatismos tecnocráticos y económicos del Estado contemporáneo, el cual no encuentra ninguna razón de peso para respetar a un individuo cuyo acto de ser ha sido completamente desatendido.
Es aquí donde emerge la soberbia del buen ciudadano liberal como la verdadera instancia dadora de valor. Al desalojar a la dignidad del ámbito de lo sagrado y lo ontológicamente inviolable, el sistema civil se erige en el soberano absoluto que define, tutela y administra la condición de persona. La dignidad humana deja de ser un límite infranqueable ante el poder del Estado para convertirse en una concesión tutelada por este. Se instaura así un emotivismo político que confía la suerte de los más vulnerables al tejido afectivo de una cultura y a lo que se ha denominado el emotivismo sociológico. Semejante supuesto es de una fragilidad alarmante.
Las emociones políticas —como la simpatía imaginativa que Nussbaum defiende con tanto ahínco— son por definición volubles, históricas y permeables a la manipulación ideológica o a las urgencias utilitaristas de los sistemas económicos. Confiar la protección del desvalido al nivel de empatía que el ciudadano promedio logre experimentar es dejar la puerta abierta a la barbarie legalizada; cuando la compasión se agota o se vuelve económicamente insostenible, el desprotegido queda despojado de su derecho a la existencia. La historia universal ha demostrado con creces que el consenso social, desprovisto de una verdad objetiva sobre el hombre, tiende inevitablemente a devorar a los improductivos y a los que no pueden comunicarse.
Este emotivismo sociológico desenmascara la profunda hipocresía del paternalismo liberal que subyace en el enfoque de las capacidades. El "buen ciudadano liberal", imbuido de una superioridad moral condescendiente, se autoasigna la tarea de otorgar o negar el reconocimiento de la dignidad a través de sus estructuras estatales y sus sentimientos benévolos, convirtiendo un derecho originario en un acto de caridad burocrática. El valor de los marginados y de los discapacitados severos queda suspendido de un hilo psicológico colectivo, sujeto a que la sociedad se encuentre de humor para ser compasiva o disponga de los excedentes económicos necesarios para financiar su existencia. Esta dinámica destruye la base misma de la justicia, pues una dignidad que se mendiga a la empatía del poderoso no es más que una parodia de la libertad, una sumisión estructural disfrazada de progresismo ético. Y en ello desemboca la teoría de las capacidades de Nussbaum.
Asimismo, la ausencia de una ontología profunda condena a las "emociones políticas" a convertirse en herramientas de control sociobiológico a manos del poder establecido. Al no estar ancladas en la inmutabilidad del ser, las emociones colectivas pueden ser reconfiguradas mediante la propaganda, el miedo o la saturación mediática, redefiniendo según la conveniencia de la época qué vidas merecen el esfuerzo del cuidado colectivo y cuáles pueden ser descartadas piadosamente. El emotivismo sociológico es, en última instancia, el preludio de una eugenesia espiritual y material, donde la supervivencia del débil ya no depende de su derecho inalienable a la existencia, sino de la capacidad de su sufrimiento para resultar estéticamente aceptable o políticamente útil a la mirada del ciudadano integrado en el sistema.
La contradicción interna del laicismo antimetafísico contemporáneo queda así expuesta en toda su gravedad. El proyecto de Nussbaum pretende usufructuar los frutos más preciados de la antropología judeocristiana —la igualdad radical de los seres humanos y el valor absoluto de cada individuo— mientras destruye deliberadamente el suelo nutricio que hizo posible la aparición de tales conceptos. Se pretende mantener una ética de la santidad de la vida sobre la base de un escepticismo metafísico y un agnosticismo religioso militante. Esta desconexión condena a la teoría de las capacidades a un constante ejercicio de equilibrismo retórico: se habla de dignidad con la solemnidad de quien venera un absoluto, pero se la fundamenta con la ligereza de quien pacta un reglamento de convivencia social.
Este laicismo militante opera bajo la ilusión arrogante de que la razón ilustrada puede sostener por sí misma, y en el vacío, los imperativos morales más exigentes de la justicia universal. Al decapitar la dimensión trascendente y teológica que originó la noción de una dignidad intrínseca e inviolable, Nussbaum condena a sus propios ideales a un proceso de marchitamiento inevitable, dejando a la ética desamparada frente a las embestidas del relativismo y el crudo pragmatismo técnico. La pretensión de salvar el humanismo mediante la erradicación de sus cimientos metafísicos es el gran delirio del laicismo contemporáneo, una ceguera voluntaria que prefiere ver cómo se derrumba el edificio ético antes que admitir la necesidad de un fundamento que escape al control del consenso civil y de la inmanencia mundana.
Al final, este vaciamiento conceptual de las capacidades no hace sino pavimentar el camino para que el nihilismo burocrático absorba las últimas reservas morales de nuestra cultura. Sin una ontología del ser que declare que cada existencia humana es un fin en sí mismo debido a su origen trascendente, la justicia se degrada a una técnica de optimización social. El laicismo antimetafísico termina rindiéndose ante el poder del más fuerte, revistiendo con el ropaje del lenguaje de los derechos lo que no es más que la imposición de los estándares de normalidad y funcionalidad dictados por la burguesía académica occidental.
En conclusión, el enfoque de las capacidades de Martha Nussbaum fracasa en su intento de ofrecer una justicia verdaderamente inclusiva porque despoja al ser humano de su misterio ontológico más profundo. Al someter la dignidad humana a los baremos de la operatividad y a la tutela del emotivismo sociológico, su pensamiento no hace sino dejar al hombre a merced de las fluctuaciones ideológicas del poder estatal y de la condescendencia del ciudadano bienpensante.
Una dignidad que se otorga en función de lo que se puede hacer, y que depende de la capacidad de suscitar compasión en los demás, no es dignidad en absoluto; es una mercancía política sujeta a las leyes de la oferta y la demanda cultural. La verdadera justicia no puede nacer de la soberbia inmanentista que pretende reinventar al hombre desde sus funciones; debe brotar, por el contrario, del reconocimiento humilde e incondicional del acto de ser como un valor absoluto, anterior y superior a cualquier consenso social o dictado estatal. Mientras la filosofía contemporánea insista en vaciar al sujeto de su densidad ontológica para salvar un falso pluralismo, continuará pavimentando el camino hacia un utilitarismo tecnocrático donde los débiles solo existirán en la medida en que los fuertes decidan, piadosamente, reconocerlos.
La renuncia a la metafísica del ser no es un acto de neutralidad política, sino una capitulación ante las fuerzas más disolventes de la post-modernidad. Al amputar el actus essendi, la teoría de las capacidades de Martha Nussbaum no solo desprotege al débil, sino que opera como un síntoma refinado del nihilismo contemporáneo y de la genealogía del vacío que asola a la modernidad tardía. Su arquitectura conceptual representa la consumación del olvido del ser, una clausura inmanente donde el valor de la existencia queda confiscado por la lógica de la operatividad y el simulacro de la empatía civil.
Marta Nussbaum al carecer de una ontología profunda que reconozca el acto de ser como un dato absoluto e indisponible para el poder, lo que hace con la dignidad humana es arrojarla al fango de la contingencia sociológica. Este secuestro liberal de la dignidad resulta, en última instancia, demoledor: bajo el ropaje de un humanismo benevolente, Nussabaum introduce una sutil y perversa tiranía biopolítica donde el fuerte, revestido con la soberbia del buen ciudadano, se adjudica la prerrogativa de decretar quién merece el estatus de persona y quién queda relegado al desecho, desmantelando así el fundamento mismo de cualquier justicia verdadera.
Bibliografía
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