domingo, 24 de enero de 2016

TÚPAC AMARU Y SU CRITICISMO REVOLUCIONARIO ANDINO

TÚPAC AMARU Y SU CRITICISMO REVOLUCIONARIO NEOPLATÓNICO INDÍGENA
 Gustavo Flores Quelopana
Sociedad Peruana de Filosofía

Hay en la historia hombres decisivos para la humanidad y su nación, estimulantes tanto para la filosofía como para el pensamiento. Túpac Amaru II es uno de ellos. Se trata de un personaje único e irrepetible cuya acción dejó una huella indeleble. El pensamiento filosófico colonial no se restringe a figuras hispanas o criollas pues abarca también figuras indígenas que efectúan la simbiosis entre lo milenario precolombino y la caritas cristiana. En Túpac Amaru II quedó plasmado el espíritu de su tiempo, de su raza, un pensamiento guía, una visión de país, y un destino suprahistórico. Sólo a la filosofía le corresponde desentrañar la médula de su mensaje espiritual más profundo. Hay que tener presente que el núcleo esencial de toda gran filosofía no sólo es racional sino también metafísico existencial y que la grandeza humana es la actualización de lo eterno y universal que ha puesto Dios en nosotros. Cuando se tratan de cosas humanas se agudiza una verdad: no todo es aprehensible ni demostrable porque ese es el misterio de la condición humana.

La enorme novedad que rompe con los cánones establecidos dentro del pensamiento filosófico colonial es la figura de Túpac Amaru II, pues es el primer criollo indígena que destroza el reformismo colonial para adoptar una postura revolucionaria inédita y profunda. Este criollo con sangre real inca, al encabezar la mayor rebelión anticolonial hispanoamericana lo hace con una postura indigenista e independentista inusitada. Esto es, fue el primero en pedir la libertad de toda América de cualquier sujeción a España como de su monarca, implicando la separación política y la eliminación de todas las formas de explotación indígena (mita minera, reparto de mercancías, obrajes, de los corregimientos, alcabalas y aduanas). Además abolió la esclavitud negra por primera vez en América (16 de noviembre de 1780). Túpac Amaru II es el verdadero precursor de la independencia del Perú y fundador de la identidad nacional peruana.

Es decir, su clarividencia histórica lo hizo avanzar fue mucho más lejos del neoplatonismo providencialista del Inca Garcilaso, del neoplatonismo mesiánico de Guamán Poma, del sincretismo cosmogónico de Juan Santa Cruz Pachacuti, del misticismo salvífico de Antonio Ruíz de Montoya, de la defensa de la dignidad humana del indio de José de Acosta y del comunismo católico jesuita. Incluso su rebelión independentista profundiza y lleva a la práctica el movimiento contra el absolutismo europeo, el derecho de resistencia y la soberanía del pueblo de los jesuitas neoescolásticos renacentistas Mariana, Vitoria y Suárez. Pero siendo más auténtico y peruanista que los venideros mentores ilustrados de la Revolución francesa y la Revolución americana, en un genial acto intrahistórico de palingenesia cultural deja de protestar contra el mal gobierno de los corregidores, va más lejos que los criollos que simplemente se oponían al reformismo borbónico pero eran fieles a la corona, y radicalizándose asume el mesianismo incásico, se enlaza con el pasado milenario andino proclamándose Inca. El 4 de noviembre de 1780 se inicia la rebelión de José Gabriel Condorcanqui contra la dominación española, adoptando el nombre de Túpac Amaru II, en honor de su antepasado el último Inca de Vilcabamba. Se proclama "Inca, Señor de los Césares y Amazonas", y jura con el siguiente bando su coronación: "...Don José Primero, por la gracia de Dios, Inca Rey del Perú, Santa Fe, Quito, Chile, Buenos Aires y Continentes de los Mares del Sur, Duque de la Superlativa, Señor de los Césares y Amazonas con dominio en el Gran Paititi, Comisario Distribuidor de la Piedad Divina, etc...".

 Al asumir el título real de Inca no sólo buscaba la creación de un reino independiente de España, gobernado por una monarquía hereditaria incaica, a través de la creación de un ejército y una administración propias, introduciendo una tributación única a todos los súbditos, libertad de comercio y trabajo, sino que el apelativo de Inca implicaba atributos mesiánicos, era el redentor y restaurador del mundo, se le atribuían rasgos divinos. El Inca se comunicaría con el pueblo mediante un lenguaje simbólico mesiánico (instrumentos musicales tradicionales, en el uso de banderas, insignias y vestimentas incaicas), Justamente por presentarse como milagroso salvador de los indios la Iglesia lo excomulgó. De haber triunfado la rebelión independentista de Túpac Amaru lo más probable es que por razones políticas la ruptura con Roma hubiese sido inevitable, pero por razones religiosas se habría abierto camino un cristianismo sincrético andino en vez de regresionar hacia un redivivo paganismo.

Esto significa que el legado antiabsolutista  neoescolástico corría por sus venas robustecido por el ideario liberal de la Ilustración y el romanticismo por el pasado incásico. Pero esta singular mezcla en su espíritu entre escolasticismo, iluminismo y romanticismo precolombino posibilitado por su criollismo indigenista, no iba dirigido al establecimiento de una democracia liberal sino de un absolutismo autóctono incaico. Reactualiza la visión integralista del Perú del Inca Garcilaso fusionando en un nudo de raíces planetarias la razón social del indio, la razón técnica del europeo y la razón estética del negro. He aquí que reluce un neoplatonismo cristiano de ancestral estirpe, a saber, la primacía del ideal sobre lo real. El mundo debía de ser conformado según las leyes del divino creador. Un Pachacuti se impone en la restructuración del mundo. Pero Túpac Amaru no es un descreído ni un deísta volteriano, al contrario, conserva la acendrada fe indígena en Dios, pero su divinidad es cristiana, por ello su neoplatonismo revolucionario asume la fisonomía de un criticismo cristiano. La duda cartesiana no penetra en su ser, su preocupación principal es la revolución social plasmando el mensaje divino, no en vano es su mentor el sacerdote criollo Antonio López de Sosa y luego estudia en el Colegio San Francisco de Borja. Pero esta educación cristiana es asimilada de una forma particular. Asume un mesianismo andino cristianizado.

Este sincretismo se hace manifiesto en las órdenes impartidas a sus miles de huestes, que iban al campo de batalla sin miedo a morir, prometiéndoles la resurrección al quinto día. Al respecto, las palabras de Túpac Amaru II a su compañero de lucha, Bernardo Sucacagua, afirmando que las personas que murieran siéndole fieles tendrían su recompensa, sugieren que aquél se veía a sí mismo como redentor. El obispo del Cuzco afirmó que Túpac Amaru II, había persuadido a los indios de que los que muriesen en su servicio resucitarían al tercer día. Sahuaraura Tito Atauchi afirmó que los indios se arrojaban a pelear en las batallas sin temor y ciegamente, pero aún estando mal heridos no querían invocar el nombre de Jesús, ni confesarse. Ello se debería a que Túpac Amaru II les había dicho que el que no dijese Jesús resucitaría al tercer día, y los que lo invocaban, no. Igualmente se presentaba el modelo peruano, que preveía la resurrección al quinto día. El sistema de creencias indígenas aceptaba a Túpac Amaru como dios, redentor y liberador de los oprimidos, vale decir como una figura equivalente a la de Jesucristo. El Inca reforzaba esta creencia, al afirmar que los españoles habían impedido a los indígenas el acceso al dios verdadero, siendo él mismo quien designaría personas que les enseñaran la verdad.

Esto significa que la figura mesiánica del Inca en Túpac Amaru no representaba una simple restauración del pasado pagano -dos siglos de evangelización no habían transcurrido en vano y no serían echados al tacho colero-, sino que implicaba la asunción de un paradigma teológico Teocéntrico o cristológico normativo (Cristo ya no es el único y constitutivo salvador de todos los hombres, sino es tan sólo normativo, modelo o símbolo de salvación, en el que se comparan todas las demás religiones no cristianas). Aquí se sustituye la mediación universal cristológica por la mediación universal salvífica de Dios, lo que da lugar a un pluralismo religioso (a esta posición teológica se han plegado los católicos Jacques Dupuis, Troeltsch y Paul Tillich, Christianity and the encounter of the world religions, 1963).

En otras palabras, el mesianismo incaico de Túpac Amaru no representa necesariamente la asunción de una opción anticatólica o anticristiana, sino tan sólo un apartamiento respecto al: (1) paradigma Eclesiocéntrico o cristología exclusiva (la salvación sólo se da en la Iglesia y nunca fuera de ella, Extra Ecclesiam Nulla Salus); (2) paradigma Cristocéntrico inclusivo (todos se salvan, aunque no lo sepan, sólo por la mediación de Cristo y la voluntad salvífica universal de Dios, este Cristocentrismo inclusivo se puede subdividir en dos posturas más: la teoría del cumplimiento y la teoría de la presencia de Cristo en otras religiones); y (3) al paradigma del Teocentrismo o cristología no normativa (propone una revolución copernicana pasando de la perspectiva cristocéntrica a la teocéntrica, solamente Dios, no necesariamente como creador ni personal, engloba todas las religiones, por lo cual se abandona toda reivindicación del significado único de Cristo y del cristianismo). Ante esto el Magisterio eclesiástico defiende la idea de que las religiones no cristianas no ofrecen salvación a sus seguidores, sino tan sólo preparación hacia Cristo.

José Gabriel Condorcanqui o Túpac Amaru II encarna un mensaje filosófico inusitado con la más importante rebelión política, social y cultural anticolonial hispanoamericana del siglo dieciocho. Marqués de Oropesa, José Gabriel Túpac Amaru, natural de Surimana, Canas, Virreinato del Perú, nacido el 19 de marzo de 1738 y ejecutado en el  Cuzco el 18 de mayo de 1781, descendía de Túpac Amaru I (último Inca ejecutado por los españoles en el siglo XVI). Lideró la denominada «Gran rebelión» que se desarrolló abarcando dos virreinatos: el Virreinato del Río de la Plata y el Virreinato del Perú, pertenecientes al Reino de España, rebelión iniciada el 4 de noviembre de 1780 con la captura y ejecución del corregidor Antonio de Arriaga. Curaca adinerado que se dedicaba al comercio. De origen mestizo en el que confluía la sangre del Sapa Inca Túpac Amaru con la de los criollos. Habiendo sido criado hasta los 12 años por el sacerdote criollo Antonio López de Sosa y luego en el Colegio San Francisco de Borja, dominaba el quechua, el latín, leía con devoción al Inca Garcilaso, las Sagradas Escrituras, las Siete Partidas de Alfonso el Sabio, a Voltaire y Rousseau, mostró preferencia por lo criollo llegando a dominar el latín y a utilizar refinadas vestimentas hispanas, pero posteriormente se vistió como un noble inca, hizo uso activo de la lengua nativa quechua en su vida y proclamas.

En 1776 las Reformas borbónicas crean el virreinato del Río de la Plata, escindiendo del virreinato del Perú los territorios de la Real Audiencia de Charcas, que en aquel entonces atravesaba una importante ruta comercial terrestre, uniendo las ciudades de Cuzco, Arequipa, Puno, La Paz y Altiplano hasta Potosí. La separación implicó transferencia de beneficios económicos hacia Buenos Aires en detrimento de Lima. Este cambió afectó a Túpac Amaru. Por sus prósperas actividades económicas, Condorcanqui fue sometido por los españoles al pago de prebendas. Los arrieros que vivían en la región de la cuenca del Río de la Plata, presionaban para tener el monopolio del tránsito de mineral por el Alto Perú. Como curaca mediaba entre el corregidor y los indígenas a su cargo pero al verse afectado, como el resto de la población, por el establecimiento de aduanas y el alza de alcabalas, realizó reclamos en Tinta, Cusco, y luego en Lima, pidiendo también que los indígenas fueran liberados del trabajo obligatorio en las minas. Fue simplemente desoído. Se subleva y  su sensacional avance se extendió a tal punto que los indígenas sublevados en el llano de Casanare, en la región de Nueva Granada, lo reconocieron como rey de América. Movimientos posteriores invocaron su nombre para obtener el apoyo de los indígenas (Felipe Velasco Túpac Inca Yupanqui, quien pretendió levantarse en Huarochirí, Lima en 1783 y la Conspiración de los tres Antonios en la Capitanía General de Chile el 1 de enero de 1781), ante las noticias de los avances de Túpac Amaru II en el Virreinato del Perú. Simplemente la rebelión de Túpac Amaru II había marcado ya el inicio de la Etapa Emancipadora de la historia del Perú.

El 4 de noviembre de 1780 Túpac Amaru II dio el primer grito de libertad y difundió una proclama independentista, dando comienzo a la insurrección. El corregidor Antonio de Arriaga fue tomado prisionero y condenado a morir en el cadalso. Los rebeldes instalaron su cuartel general en Tungasuca. Micaela se convirtió en la principal consejera de Túpac Amaru II, participó en el juicio sumario contra Arriaga y asumió múltiples roles en el movimiento. Los indígenas tenían prohibida la tenencia de armas de fuego. Micaela fue la encargada del aprovisionamiento de las tropas, lo que incluía conseguir y distribuir dinero, alimentos, vestimentas y armas. Expedía los salvoconductos para facilitar el movimiento de quienes viajaban a través de amplios territorios. Estuvo a cargo de la retaguardia indígena, demostrando gran diligencia y capacidad, implementando medidas de seguridad y luchando contra el espionaje. Implementó un eficiente sistema de comunicaciones, organizando un servicio de chasquis a caballo que llevaban rápidamente información de un punto a otro del territorio rebelde.
Una verdadera legión de luchadoras andinas trabajaron junto a Micaela. Para ellas se trataba también de restablecer el rol de la mujer indígena con participación en la vida social y política, tradición que el sistema colonial intentó abolir convirtiéndolas en víctimas de todo tipo de abusos. Estas mujeres participaban también en la batalla, junto a sus hijos y maridos. También lo hacía Micaela, quien con su carácter enérgico infundía aliento a Túpac Amaru desde el mismo campo de batalla. Luego del triunfo de la batalla de Sangarará (18 de noviembre de 1780) fue constituida jefe interino de la rebelión. Túpac Amaru expide un mensaje a los pueblos del Perú, convocando a los criollos a unirse a la causa india: “Vivamos como hermanos y congregados en un solo cuerpo. Cuidemos de la protección y conservación de los españoles; criollos, mestizos, zambos e indios por ser todos compatriotas, como nacidos en estas tierras y de un mismo origen”. En marzo de 1781 el ejército de Túpac Amaru contaba con siete mil hombres y mujeres dispuestos a pelear hasta la muerte contra la corona española, quienes proclamaron a Túpac Amaru II como Emperador de América.

Tras ser capturado el 6 de abril de 1781, fue llevado al Cuzco encadenado y montado en una mula. Ingresó a la ciudad una semana después, "con semblante sereno" mientras las campanas de la Catedral repicaban celebrando su captura. Cuando el visitador  Areche, enviado por el rey Carlos III de España, le exigió el nombre de los cómplices Túpac Amaru II le contestó: "Solamente tú y yo somos culpables, tú por oprimir a mi pueblo, y yo por tratar de libertarlo de semejante tiranía. Ambos merecemos la muerte." El 18 de mayo de 1781, en acto público en la Plaza de Armas de Cuzco, se cumplió la ejecución de Túpac Amaru II, su familia y sus seguidores. Al pie del cadalso Túpac Amaru II fue obligado a presenciar la tortura y asesinato de sus aliados y amigos, su tío, sus dos hijos mayores y finalmente su esposa, en ese orden.
Después, al igual que hicieron con varios de sus lugartenientes, con su tío y su hijo mayor, le cortaron la lengua. Luego se intentó descuartizarlo vivo, atando cada una de sus extremidades a sendos. Un testigo describió los hechos: "No sé si porque los caballos no fuesen muy fuertes, o porque el indio [sic] en realidad fuese de hierro, no pudieron absolutamente dividirlo después que por un largo rato lo estuvieron tironeando, de modo que lo tenían en el aire, en un estado que parecía una araña." Al ser la acción infructuosa optaron por decapitarlo y despedazarlo. Su testa fue exhibida en una lanza en Cuzco y Tinta, sus brazos en Tungasuca y Carabaya, y sus piernas en Livitaca (actual Chumbivilcas) y en Santa Rosa (Melgar, Puno). De igual forma hicieron con su familia y seguidores. El hijo menor de Condorcanqui, Fernando, al ser un niño de 10 años, no fue ejecutado, mas se le obligó a presenciar el suplicio y muerte de toda su familia y a pasar por debajo de la horca de los ejecutados, para luego ser desterrado a África con órdenes de prisión perpetua. No obstante el navío zozobró y acabó en Cádiz, siendo encarcelado en las mazmorras de dicha ciudad. Sus condiciones de encarcelamiento serían tan penosas que apenas sobrevivió hasta los 27 años. Falleció en España en 1798. Tras la derrota de su movimiento las autoridades coloniales exterminaron la escasa clase indígena noble y extendieron la represión contra lo indígena.

Pero a pesar de la ejecución de Túpac Amaru II y de su familia, el gobierno virreinal no logró sofocar la rebelión, que continuó acaudillada por su primo Diego Cristóbal Túpac Amaru, al tiempo que se extendía por el Alto Perú y la región de Jujuy. Reprimida la sublevación tupamarista de 1780, se evidenció contra los criollos mala voluntad de parte de la Corona Española. Y así como sucedió con la ejecución y muerte de Atahualpa, la ejecución y muerte de Túpac Amaru revivió el mito de Inkarrí (imaginar el regreso de un Inca para enderezar el mundo injusto), como símbolo poderoso usado para unificar poblaciones indígenas divididas por la geografía y las fronteras étnicas. No faltaron muchos nobles incaicos que lo consideraron un "advenedizo fraudulento", más que un verdadero redentor, aunque él se reivindicara como descendiente del último inca. Considerado como un impostor por ser mestizo, no obtuvo el decisivo apoyo de los doce ayllus reales (o panacas) del Cuzco. Otro motivo que contribuyó a la derrota del movimiento fue que muchos caciques se vieron en la necesidad de defender todo aquello que les significaba riqueza, prestigio y poder alcanzado con los españoles. En su apoyo a Túpac Amaru los caciques y curas se mostraron ambivalentes como los criollos. El bajo clero de las parroquias provinciales le dio mayor apoyo por su condición de hablar quechua o aymara y tener mayor contacto cultural con los indígenas.


Finalmente, nos volvemos a preguntar por la importancia filosófica de Túpac Amaru. Y lo primero que nos asalta es algo de carácter universal, esto es, la liberación de la opresión no sólo tiene una dimensión transhistórica sino también histórica. La unión ontológica con Dios también implica luchar por el bien temporal. Sin darnos a nosotros mismos para dedicar la vida a los Otros no se puede escuchar la voz interior de Dios. O expresado más sencillamente: sin la lucha revolucionaria por cambiar el mundo por amor al prójimo en la perspectiva del Reino no hay verdadero amor a Dios. Esta es la dimensión universal de Túpac Amaru. Ahora bien, la lucha independentista de nuestro rebelde indígena congregando a los hombres de todas las razas oprimidas –incluso criollos- bajo la hegemonía de una andinidad renovada y con el objetivo de lograr un Buen Gobierno de estirpe incásica, implica no una visión secularizada de la vida sino reencantada con lo mítico, metafórico, simbólico y alegórico. Es una dirección poderosamente reactiva contra la médula misma de la modernidad y su regnum hominis. Su teocentrismo normativo implicaba una recia reactualización de la espiritualización del mundo. Su movimiento representa una restauración más rigurosa e intransigente del fundamento trascendente o divino del orden humano y natural. Representó un asalto a la razón en lo cognoscitivo, moral, religioso y político. Paradójico que la más contundente expresión por la recuperación de la nacionalidad y la independencia del Perú se exprese en pleno iluminismo por vías no iluministas sino providencialistas –el mito de Inkarrí lo testimonia-. El alma profundamente religiosa del indio peruano y su larga opresión sufrida contribuyó a rescatar el fundamento andino actualizado con el saber clásico-cristiano. Y esta quizá sea la dimensión más local de su gesta libertaria.

Lima, Salamanca 24 de enero del 2016

sábado, 23 de enero de 2016

RODRÍGUEZ DE MENDOZA

RODRÍGUEZ DE MENDOZA: SU MENSAJE FILOSÓFICO
Gustavo Flores Quelopana
Sociedad Peruana de Filosofía
 Resultado de imagen para toribio rodríguez de mendoza
Toribio Rodríguez de Mendoza (1750 - 1825) docente precursor de la independencia entre la juventud criolla, era un gran descontento del escolasticismo tradicional y gracias al apoyo y aliento del monje erudito Diego Cisneros –partidario de la libertad de pensamiento y de conciencia- pudo sacar adelante la más importante reforma del Convictorio de San Carlos, que sería sofocada con la reacción absolutista de los virreyes Abascal y Pezuela. Con él el espíritu reformista se transforma en espíritu de emancipación.

Creó las cátedras de Derecho Natural y de Gentes, las cuales recibieron la hostilización del arzobispo quien consiguió la prohibición de su enseñanza por su explosivo contenido político. La reforma fracasó pero la instrucción de dichas materias siguió clandestinamente, cuando se descubrió el ardid el Convictorio fue clausurado. Por ser el primer gran impulsor de la ilustración política puede ser considerado como el primer exponente dentro de la corriente del criticismo cristiano, criticismo porque se mostraba cuestionador del absolutismo y cristiano porque defendía la fe católica. Con Rodríguez el protoliberalismo y teísmo regalista apunta en su espíritu no hacia la instauración de una república –como sucedería con sus discípulos-, sino más bien hacia una monarquía constitucional, lo cual no le impidió el Acta de Independencia sanmartiniana. El espíritu emancipador tenía el ejemplo republicano francés y norteamericano pero ello no significa que se excluyera una solución monárquica constitucional, tal como quedó constancia en el intento de San Martín. Lo más probable es que antes de 1808 –comienzo de las revoluciones hispanoamericanas- el sacerdote Rodríguez no excluyera una solución emancipadora monárquica y sólo después de consumados los hechos en el Perú se decidiera por la solución republicana. Empezó como protoliberal y terminó como consumado liberal.

Sacerdote y educador peruano,  rector del Real Convictorio de San Carlos, donde realiza favorece el estudio de las matemáticas, física, astronomía y crea nuevas asignaturas referentes a la historia y geografía del Perú. Difundió con el apoyo del Padre Cisneros los principios filosóficos liberales de la Ilustración e influyó mucho en la mentalidad de sus alumnos, varios de los cuales se convirtieron luego en líderes de la emancipación. Por ser el sembrador de las ideas políticas liberales es considerado precursor ideológico de la independencia del Perú. Muchos de sus alumnos fueron próceres de la emancipación -Manuel Lorenzo de Vidaurre, Francisco Javier Mariátegui, José Faustino Sánchez Carrión, entre otros-. Anciano, tuvo la alegría de ver a 35 de sus antiguos alumnos carolinos como diputados del Primer Congreso del Perú, cuyas sesiones preparatorias presidió.

En 1790 es miembro de la Sociedad de Amantes del País. Cuando el ejército libertador ocupó Lima en julio de 1821 fue uno de los primeros en firmar el Acta de la Independencia, el 15 de julio de 1821 en Lima. Instalado el Protectorado del general San Martín, asumió la presidencia de la Junta Eclesiástica de Purificación. Consolidada la independencia fue nombrado rector de la Universidad Mayor de San Marcos, en cuyo ejercicio falleció en 1825.

El principal aporte del sacerdote Rodríguez fue no sólo de carácter docente, pues enseñó los nuevos principios políticos y filosóficos de la Europa liberal, se preocupó por formar una nueva clase dirigente peruana, que sirva al país patrióticamente, fue el precursor del nuevo nacionalismo peruano, pero también propugnó el trato igualitario con los indios. Es decir, es el encargado de enfatizar al Perú independiente la deuda histórica que se tiene con el hombre originario de América. En este sentido, es el heredero legítimo del humanismo teológico del quinientos al seiscientos y del utopismo moral del seiscientos al setecientos. Convencido de la innegable condición humana del indio recoge lo mejor del legado neoescolástico hispano de Suárez y Vitoria, Las Casas y el Inca Garcilaso, por él se enlaza el discurso liberal con la reivindicación de la libertad, los derechos naturales y los derechos humanos de la escuela de Salamanca y Coimbra, revitaliza la utopía social cristiana de la neoescolástica de la contrarreforma, exige hacer realidad el derecho de gentes actuando sobre la realidad del indígena, infunde nuevas energías para defender la condición humana del indio y fue el real exponente de la neoescolástica humanista hispanoamericana en versión liberal. Con esto actualiza el problema de la Otredad indígena desde el amor cristiano y los derechos del hombre. Esto representa acentuar el problema praxiológico de la nacionalidad peruana, defendiendo la interdependencia de la caritas y la ley positiva con la historia, poniendo de relieve la necesidad de ahondar en la interpretación de la realidad nacional. No es que el criticismo cristiano que representa el sacerdote Rodríguez de Mendoza presente en clave liberal las tesis últimas del humanismo teológico cristiano católico hispano, sino que él percibe que en el ideario utópico liberal está implícito el espíritu de justicia social de la antigua civilización precolombina. En otras palabras, sin la integración del indio a la nacionalidad peruana y sin actuar sobre su realidad antropológica y social no hay verdadero respeto a los derechos fundamentales del hombre. Y este sería su mensaje más profundo y aleccionador a la naciente república liberal peruana. Su catolicismo tiene el sabor sincrético de la “unión justa con el todo” del espíritu indígena.


Rodríguez no es un filósofo original, pero sí es un docente valiente, un maestro incomparable y un pensador que ejerce un enorme influjo formando a la élite criolla para el liderazgo de la emancipación. Su intachable teísmo deja atrás el teísmo episcopal y el teísmo regalista para mostrar un teísmo republicano. En una palabra, como docente es un peripatético reformista y como político un criticista cristiano.

Lima, Salamanca 23 de enero 2016

viernes, 22 de enero de 2016

CHÁVEZ DE LA ROSA Y LA FILOSOFÍA COLONIAL

CHÁVEZ DE LA ROSA Y LA FILOSOFÍA COLONIAL
Gustavo Flores Quelopana
Sociedad Peruana de Filosofía
 Resultado de imagen para OBISPO PEDRO JOSÉ CHÁVEZ DE LA ROSA
Pedro José Chávez de la Rosa (1740-1819), religioso español nacido en Cádiz, obispo de Arequipa en el Perú (1788-1805). De carácter severo, enemigo de la ignorancia y los abusos, propulsor de la cultura y reformador de los estudios eclesiásticos, bienhechor de las clases desvalidas con la fundación de una casa de huérfanos y en su gran celo por la moral y reformador tuvo altercados con autoridades civiles, eclesiásticas, religiosos y monjas. Por saludar a las Cortes Españolas tras la abolición del Tribunal de la Inquisición fue marginado por el rey Fernando VII.

En la Universidad de Osuna optó grados de Doctor en Teología (1761) y Bachiller en Cánones (1765), sucesivamente fue catedrático de Teología Moral y rector en tres períodos. El 18 de diciembre de 1786 fue designado obispo de Arequipa y llegó al Callao el 7 de enero de 1788. Al primer año salió a visitar su extensa diócesis y de retorno, pasó a la provincia de los Collaguas, adonde no había llegado ningún obispo desde hacía 70 años. Obra notable suya fue la fundación de una casa para niños huérfanos (1788) que, en gran parte, sostuvo con su propio peculio. En ella fueron acogidos sucesivamente 1431 niños y niñas. Inflexible en su enfrentamiento con la relajación moral de la población, que se reflejaba en el excesivo número de hijos ilegítimos bautizados en su jurisdicción, así como el excesivo lujo femenino, el juego de dados y muchas otras prácticas incompatibles con la verdadera y sólida piedad, contra los cuales pedía la intervención de la autoridad virreinal. Tuvo una particular preocupación por el Seminario de San Jerónimo, al cual reformó según las corrientes doctrinarias que a la sazón se imponían en Europa (1791). Le preocupaba mucho la formación intelectual y moral del clero y redactó un nuevo plan de estudios, más adaptado a las ideas enciclopedistas de la época.

Con el cabildo civil, intendentes, cabildo eclesiástico, curas, clérigos, religiosos y monjas tuvo agrias discusiones. Su intento de reformar el monasterio de Santa Catalina y reducir a las monjas a observar la vida común le acarreó grandes disgustos. Las monjas se vengaron informando al rey que la intención del obispo era robarlas bajo diferentes pretextos. Indignado en 1795 presentó al rey su deseo de renunciar. En 1804, vuelve a presentar su renuncia y se ausentó de Arequipa en compañía de su leal secretario Francisco Xavier de Luna Pizarro, pasando a Lima. La Santa Sede aceptó su renuncia en 1805. Debido a la crisis que atravesaba España, permaneció en Lima hasta 1809, año en que retornó definitivamente a la península, a su natal Cádiz. Durante la guerra contra la invasión francesa fue nombrado por la Regencia como Patriarca de las Indias y Vicario de los Ejércitos contra Napoleón (1813), saludó a las cortes españolas cuando abolieron la Inquisición. Tras el restablecimiento del absolutismo sufrió en carne propia la represión que se desató en la península. En su calidad de Patriarca fue a recibir al rey Fernando VII en Burgos, y le tocó bendecir la mesa. El rey no lo convidó a ella, y dejó que estuviese de pie todo el tiempo que tardó en comer; en seguida lo confinó a Chiclana de la Frontera, muy próxima a Cádiz. Sus últimos años fueron de extrema indigencia, en su enfermedad final vendió un cáliz que era lo único de valor que le quedaba. Falleció en 1819. Dejó sus bienes de Arequipa a la Casa de Huérfanos y su biblioteca al Seminario de San Jerónimo.

La importancia que tiene este hombre severo, íntegro y reformador para la historia de la filosofía colonial peruana de la segunda mitad del setecientos es que haciéndose eco de los ideales libertarios del enciclopedismo francés actualizó el discurso teológico humanista, demostró la continuidad intrínseca entre el libertarismo del pensamiento ilustrado y la idea cristiana de libertad y que la libertad, justicia e igualdad dieciochesca se retrotrae en su espíritu a la figura combativa del discurso lascaciano. Además, representa la figura bisagra entre el naturalismo cristiano y el criticismo cristiano. Con Cosme Bueno, Llano Zapata e Isidoro de Celis comparte una postura protoliberal, pero a diferencia de éstos no encarna el teísmo regalista sino el teísmo episcopal de avanzada y reformador en el seno mismo del catolicismo.

El saludo que dirigió a las Cortes españolas por la abolición del Tribunal de la Inquisición no se relaciona con alguna simpatía soterrada con la visión ateológica y ametafísica de la Ilustración, sino con el celo evangélico por la caridad cristiana. Lo cual fue censurado por la reacción absolutista de Fernando VII. Pero en el ambiente de una ilustración colonial moderada que convive con la religión, resultaba bien visto bajo el impulso reformista de Carlos III y de mayor prudencia de Carlos IV las reformas emprendidas por el obispo Chávez de la Rosa. Ya como Patriarca en la Península tampoco advirtió el peligro de la reacción absolutista, la cual restablecida no tardó en enseñarle los colmillos del regalismo desenfrenado.

Cuando el espíritu de reforma e innovación es sofocado a partir de 1804, entonces insurge el espíritu de emancipación. Efectivamente, ya en 1785 el virrey Croix hizo cumplir la orden real que disponía que las tesis de los alumnos y lo programas de los catedráticos no se publicaran sin licencia previa del gobierno. La represión sobre los centros de enseñanza ejercida por el gobierno temeroso del espíritu de revuelta se acentúa cuando dicho virrey  ordena decomisar las obras de Montesquieu, Marmontel, Maquiavelo y los tomos de la Enciclopedia. En 1795 se deja de publicar el bisemanario Mercurio Peruano vocero de la Sociedad Amantes del País, el cual no fue un órgano periodístico revolucionario pero tuvo la virtud de mencionar por primera vez al Perú bajo el nombre de “Patria”, lo cual resultaba suficientemente molesto a las autoridades absolutistas al insinuar la idea de separatismo respecto a la metrópoli. En 1796 el virrey Ambrosio O´Higgins prohibió la circulación de periódicos extranjeros ingleses, franceses y de los Estados Unidos. Pero ya los libros prohibidos habían penetrado en las Colonias hispanas desde el cambio de Casa Real con los Borbones. El proceso reformista iniciado por los propios afrancesados borbónicos culminaría en el proceso emancipador e independentista de América. No obstante, la hostilidad a la reforma ilustrada se extiende con el gobierno del virrey Abascal hasta 1816 y llega a su pináculo cuando el virrey Pezuela clausura el Convictorio de San Carlos en 1817.

La situación no era menos alarmante para la Corona española, pues Inglaterra tras la pérdida de su colonia americana estaba empeñada en la destrucción definitiva del poderío colonial español, la edificación de un nuevo imperialismo y con su ayuda ya había logrado el libertador caraqueño Simón Bolívar la independencia de Ecuador (1809), Colombia (1810) y Venezuela (1811), y el Generalísimo tucumano San Martín la de Argentina (1816)  y se encaminaba a la de Chile (1818), el cura Hidalgo logra la de México (1810), Artigas la de Uruguay (1811), y se concretaba la de Paraguay (1811). Por ello, los infaltables detractores de los libertadores afirmaron luego con exageración que Bolívar y San Martín fueron los “cipayos del imperio inglés”. Pero estas medidas represivas y desesperadas de la reacción absolutista avivaron las llamas de la revolución independentista entre los criollos peruanos, mutando el espíritu de reforma en espíritu de emancipación. No obstante conviene no exagerar, pues el Perú era una república mal dispuesta para la revolución americana, incapaz de libertarse a sí misma, con líderes irresolutos, confusos y oportunistas, que prefirieron negociar con los realistas que con Bolívar (Riva Agüero), poseída por una absurda xenofobia andina, con tropas peruanas desertoras y sin interés por la guerra.

En otras palabras, en el Perú el espíritu de reforma una vez atajado trocó en espíritu de emancipación, pero éste no maduró en espíritu de independencia en una sociedad indiferente a la causa libertadora debido a su alta estratificación social. Un pueblo sumiso, paciente, resignado, propenso a la corrupción y con baja moral esperaba el resultado militar que definiría su futura suerte. No es que en el Perú no hubiera patriotas y hombres preclaros, sino que la causa de la independencia nunca fue popular. Si es que Bolívar no hubiera confiado en su genio y en su lugar hubiera escuchado a sus amigos y colegas que le aconsejaban retirarse, no se habría concretado la revolución independentista americana. Y a este factor hay que añadir la torpeza de Fernando VII en 1823, que al liberarse de la servidumbre constitucional del ejército francés, abolió la constitución y puso fin a las reformas liberales. Esto dividió profundamente el Alto Mando español en el Perú entre absolutistas y liberales, provocó la división de fuerzas, pérdida de valioso tiempo e impidió dar un golpe decisivo a las fuerzas colombianas de Bolívar. Esta división interna entre los realistas hizo posible la épica victoria patriota en la batalla de Junín (6 de agosto), donde no se disparó ni un solo tiro y el silencio era roto sólo por espadazos y el galope de la caballería; y la victoria en la batalla de Ayacucho (9 de diciembre de 1824), donde el virrey La Serna es tomado prisionero. Sin esperanzas de refuerzos de España los realistas capitularon. El Libertador se cubrió de Gloria y en el Perú se consumó la libertad de América.

En el Perú colonial borbónico de fines del setecientos y principios del ochocientos la cohesión de la sociedad experimenta la consolidación del fin de la monarquía organicista tradicional y la consolidación de la monarquía burguesa corporativa. Pero los nobles españoles de las colonias se convirtieron en un distinguido grupo de ociosos y corruptos que monopolizaba la burocracia, lo cual debilitó aun más su legitimidad en el poder y enajenó el apoyo de los criollos. Lo que hizo predominante la mentalidad pragmático utilitaria del capitalismo no fue el naturalismo deísta sino la pérdida de la misión social humanista de la nobleza española afrancesada. Las reformas borbónicas buscaban ciencia y literatura marginando los cambios políticos que implicaban, pero en su lugar consiguen que la hegemonía o supremacía cultural y espiritual pase al estrato criollo. Con ello pierden el poder de manipular la sociedad altamente estratificada del Perú, que por lo demás, la misma elevada estratificación implicaba un alto contenido de automanipulación. Pero los criollos peruanos si bien experimentaron una elevada transformación de su conciencia, su batalla de ideas no irradiaron en la conciencia de las masas indias ignorantes e iletradas. La lucha por la revolución del pensamiento se operó entre la élite educada, que en el Perú de la época era reducida aunque influyente en los centros de enseñanza. El indio marginado y convertido por siglos en bestia de carga desde su estado de postración veía con escepticismo la nueva república, Bolívar al darles tierra sin capitales los convirtió en deudores de los terratenientes, al no golpear a las grandes haciendas consolidó su estado de servidumbre y en el fondo para el indio el nuevo Perú era el mismo que el anterior pero con nuevas formas.


En suma, el reformismo borbónico era profundamente teísta regalista y generó en América una ilustración moderada protoliberal dentro de un universo social peruano altamente estratificado e incapaz de hacerse eco de la causa de la revolución independentista americana.



Lima, Salamanca 22 de enero 2016