miércoles, 15 de agosto de 2012

HERMENÉUTICA DEL SER PERUANO

HERMENÉUTICA DEL SER PERUANO
Gustavo Flores Quelopana
Sociedad Peruana de Filosofía
 



¿Qué ocurrió con el cataclismo que destruyó la mundanidad prehispánica? La Conquista dio por acabado el proceso de desdiosamiento prehispánico y de liquidación de la metafísica del mito. Con la Conquista el hombre peruano vivió en su escala una “posmodernidad” anticipada, porque ella significó la anulación de sus certidumbres, la catástrofe de su memoria y el vacío de su historia. El ser peruano ha vivido dos cataclismos o nihilizaciones históricas sucesivas: la invasión occidental y la modernidad. Pero a nuestro ser histórico no se le encontrará renunciando a los 500 años de modernidad occidental, como ayer no se le encontró olvidando 10 mil años de desarrollo autónomo.
La escenografía posmoderna nos brinda el momento de recuperar de Occidente ese realismo metafísico que no puede fructificar bien sin la mancomunidad siempre imperfecta entre el logos de la ratio y el logos del mito. Hay que comenzar con algo y ese algo es ensayando una definición no occidental de filosofía, madre del pensamiento humano. Retomar la autonomía de nuestra historia es retomar nuestra auténtica verdad. El fin de la metafísica occidental no es simplemente el fin da la mentalidad que la rige, sino que es además apertura y justificación de las mentalidades de otros pueblos diferentes como los nuestros. Hay que recuperar los gérmenes intrahistóricos de América, y esto significa romper con la conceptolatría de la razón instrumental moderna y abrirnos hacia el lenguaje de lo analógico, participativo y metafórico, es decir, establecer el olvidado lenguaje del ser. La Apocalipsis de la Conquista occidental anuló nuestra autoconciencia histórica y dificultó el surgimiento de nuestro auténtico ser americano. Retomar la autonomía de nuestra historia es retomar nuestra auténtica verdad.

1. ¿Qué ocurrió con el cataclismo que destruyó la mundanidad prehispánica?

Con la Conquista el hombre peruano vivió en su escala una posmodernidad anticipada, porque ella significó la anulación de sus certidumbres, la catástrofe de su memoria y el vacío de su historia. Pero esta posmodernidad anticipada no se plasma, como la del fin del siglo veinte, en un respeto de las diferencias o multiplicidades, ni en una reacción violenta contra las categorías de la metafísica de un sujeto despotenciado. Todo lo contrario, delinea una ontología del crepúsculo del mito, las Indias van a vivir hasta el fondo su debilidad, el horizonte retórico de sus ídolos y huacas, lo cual permite la imposición violenta de la metafísica de la razón de un Occidente en expansión y que determina la dirección unitaria y progresiva de la historia universal.

Cuando el hombre del antiguo Perú vagaba hace 15 mil años por los valles y montañas recolectando y cazando como nómade, le correspondía una identidad tribal; cuando desde hace 5 mil años deviene en agricultor, criador, sedentario y fundador en Caral de una de las civilizaciones más antiguas de la tierra asume una identidad comunal; cuando ésta se va transformando a través de la formación de los Estados teocráticos desde Chavín hasta los Chancas insurge una identidad regional; y cuando se expanden los quechuas cusqueños con una nueva concepción civilizadora se forma la identidad imperial. En ninguna de estas fases existirá una identidad nacional, pero paradójicamente será a partir de la desestructuración del mundo andino, desde la Conquista, que nacerá una incipiente forma de identidad nacional con el nacionalismo indígena. La imposición de Incas fantoches, la extirpación de idolatrías, la encomienda, la mita y el yanaconaje no sólo condenó al indio al servilismo y al envilecimiento sino que instauró la identidad india como la “alteridad excluida”.

La Conquista para los españoles fue la liberación de lo dionisiaco, el azar, la casualidad, lo instintivo y vital de una brutal Voluntad de Poder que trasmuta los valores andinos en un pasadismo nihilista. De los individuos menos ligados al sistema de la ratio cristiana dependió el éxito de la aventura conquistadora. Pero la máscara dionisiaca que fue buena en un primer momento conquistador, en seguida se tornó en máscara mala para los fines ordenadores de la colonia y su espíritu apolíneo. La tragedia de la conquista es superada con la racionalización de la colonia. Pero el propósito no es afirmar la apariencia plural con pretensión de unidad, sino que el orden apolíneo de la razón permite vivir diferenciándose en una abierta exclusión, donde está en discusión la propia humanidad del indio, la controversia sobre su minoría de edad y el reconocimiento de una alteridad excluyente, otorgadora de una identidad infrahumana.

Pero el mismo hombre premoderno prehispánico no se define como subjectum debido al sino epocal de sujeción a la dominación de los dioses. El par subjectum-objectum es propio de la mentalidad moderna, en la mentalidad mítica de la mundanidad prehispánica impera el objectum. Lo humano es objectum, parte de la armonía que debe mantenerse entre el Cielo y la Tierra. Ciertamente que existe un afán de emancipación étnica, de la comunidad, pero no  de carácter individual. Así se entienden no sólo las fieras resistencias de los curacas regionales a la expansión del imperio incaico, sino también, la causa principal de su caída a manos de más de 200 etnias que apoyaron a los españoles.

Sin afán de emancipación individual no hay subjectum ni voluntad de autonomía personal; si no hay subjectum ni voluntad de autonomía no hay ni problema práctico-moral personal, y si no hay objectum en sentido moderno no hay ciencia, filosofía, humanidad, justicia, democracia y afán de sistema como era pensado en la Ilustración. Sin el afán epocal de emancipación individual no existe esa constelación de la Modernidad que le brinda su sentido a cada uno de los elementos de esa lista antes mencionada.

Pero, ¿acaso fue tan diferente ese afán epocal de emancipación de dos civilizaciones de fuerte sentido religioso? Claro que sí: aquello que se quiere emancipar no es coincidente. La “lógica” de la emancipación prehispánica era en primer lugar en función de sus dioses y en segundo lugar para los hombres. Es por ello que se admitían sacrificios humanos. En cambio la lógica de la emancipación occidental que viene con los españoles está insuflada con un fuerte sentido de la personalidad individual humana proporcionada por la religión del amor del cristianismo. No obstante, en la Conquista de las Indias, el ideal humanitarista del cristianismo fue impuesto a sangre y fuego, lo que hizo que la condición de igualdad de derechos para todos los ciudadanos, aunque presente a nivel de leyes y discursos, siempre estuviese muy lejos de ser realizado.

El hombre prehispánico es esencialmente campesino y aun cuando existían grandes ciudades éstas tenían un sentido sacro. El sentido rural que inundaba toda la vida social hacía que el hombre estuviese más conectado al ser, a la naturaleza. El logos predominante no era conceptual sino mítico, participativo, analógico. La explicación del mundo no se efectuaba por la ratio sino por la fe religiosa.

La Conquista representó la destrucción de una filosofía de la historia que veía el proceso de consumación del ser metafísico, el dictum de lo oculto y misterioso, fue a su manera un nihilismo positivo porque se planteó una reconstrucción de la racionalidad pos muerte de los dioses prehispánicos. Parafraseando a Heidegger (1952) se puede decir  que los “Dioses prehispánicos han muerto” no se refiere simplemente a la desaparición de la creencia en ellos; menos aún al cese de la dominación de sus sacerdotes sobre el actuar de los indios. Los “Dioses han muerto” anuncia la muerte violenta del contexto de significado que les brindaba sentido; a saber, la “metafísica del mito”: la supremacía de una parte de lo no-sensible sobre lo sensible. Lo que moría abruptamente era la parte no-sensible considerada por el cristianismo como idolatría.

El mito es uno de los modos del ser del logos, el hombre no puede desprenderse del horizonte mítico que es un lenguaje participativo y analógico, es un saber oír y ver por encima de la conceptuación, está abierto a lo trascendente y sobrenatural. El mito da acceso al misterio o revelación natural y permite la Revelación sobrenatural. Con el cristianismo el logos divino se comunica como Trinidad, Creador y Revelación. El Dios cristiano integrando logos y caridad permitiría la superación del horizonte mítico en una relación cognoscente-amatoria con Dios. La crisis del hundimiento de la mundanidad prehispánica fue una crisis dentro del horizonte mítico, es decir una crisis lógica o del logos mismo (Wagner de Reyna, 1993).

La aculturación cristiana que se iniciaba significaba toda una transmutación espiritual que daba comienzo a la historia del ser en un nuevo sentido, a saber, en sentido occidental. La Conquista implica una transformación de la noción de “ser” como tal y la imposición de una ontología que comprende el “ser” como lo que “es”, mientras que en los antiguos peruanos el “ser” era entendido como lo que “está siendo”, como lo que es “vida”. Y no es asunto aparte la importancia del asunto moral durante el incario sobre todo el aparato mítico, porque está intrínsecamente asociado al sentido piadoso de cada una de las nociones de libertad comunal, moralidad, razón, ciencia y filosofía, como a la relación religiosa que se sostiene entre ellas; relación que, a su vez, determina cada uno de los sentidos particulares.
El canto de gallo de lo precolombino es los “Dioses han muerto”. Pero, este no es el comienzo de ninguna lucha, no marca un inicio, marca un fin. Es la expresión negativa del fin de una época que sólo anuncia lo que dejará de ser; a lo sumo, deja para el futuro incierto de un nuevo Pachacutec la posibilidad remota de un nuevo nacimiento. Después de la “muerte de los Dioses” sólo iba a ser posible una metafísica monista de la aculturación occidental. La imposición de una ontología que comprende el “ser” como lo que “es” tiene, sin embargo, un punto de encuentro con la supremacía de las ideas platónicas y de lo espiritual en el cristianismo, y este fondo común es la preponderancia de lo trascendente sobre lo inmanente. Esta preponderancia renace en la Modernidad como supremacía del subjectum o fundamento de lo representado y de la representación.
Ahora bien, el subjectum se convierte en la esencia del hombre moderno, mientras que el objectum es la esencia del hombre antiguo. En la Modernidad la supremacía de lo no-sensible sobre lo sensible es constitutiva del ser de lo que soy-yo y también de lo-que-no-soy-yo; es decir, del objectum o lo que se coloca ante el subjectum, el fundamento de la representación. En la antigüedad la supremacía de lo no sensible sobre lo sensible es constitutiva del ser que “es”, incluida esa cosa parlante que dice sobre las demás cosas.

En el despotismo teocrático de la civilización inca, que se asemeja a la China y egipcia, no existía la idea de civitas o dignidad de la persona humana que alumbró con la cultura greco-romana. El prehispánico, como el griego, deduce la esencia del hombre de la esencia del universo. El sujeto es concebido, como lo formuló Aristóteles, a saber, como uno de los modos de la sustancia. O dicho de otro modo, el prehispánico no es un sujeto sino un colaborador cósmico.

Dicha colaboración cósmica es abruptamente interrumpida por la Conquista, la cual introduce esa supremacía constitutiva del par subjectum-objectum de la mentalidad moderna. El cristianismo no deduce la esencia del hombre de la esencia del universo, sino que es teocéntrico, es decir, establece una superioridad mundana para el hombre que encuentra su límite en la inferioridad divina.

Esta supremacía de la metafísica moderna es constitutiva de la dialéctica entre ser y deber-ser. El deber-ser es la expresión de la universalidad del subjectum ante la pregunta práctica: ¿Qué debo hacer? El sentido de esta pregunta testimonia que la Modernidad y la religión cristiana comparten la misma supremacía metafísica. En cambio la supremacía del objectum en la metafísica antigua es constitutiva de la dialéctica de lo real, donde el ser entraña el no-ser o la armonía de los contrarios. La dialéctica de lo real no se refiere  a la contradicción del puro pensar, no está confinada a la oposición de los conceptos, sino que como en Heráclito su significación reside en el descubrimiento de la dialéctica de la realidad.

Asomándonos a los resultados del cataclismo del hundimiento de lo prehispánico por efecto de la Conquista se encuentra una primera posible respuesta ante la pregunta que mueve este ensayo: ¿qué ocurrió con el cataclismo que destruyó la mundanidad prehispánica? La Conquista dio por acabado el proceso de desdiosamiento prehispánico y de liquidación de la metafísica del mito. Desdiosamiento porque el último gran imperio prehispánico impuso como suprema la deidad Solar sobre las demás; y liquidación del mito porque el cristianismo al integrar el logos y la caridad es una superación del horizonte mítico.

La Conquista significó la desmitificación del logos prehispánico, una desracionalización del mito y sus revelaciones, quitar a cada cual de su sitio, negando sus recíprocas y necesarias referencias. Irrumpió la voluntad de autonomía personal; apareció el subjectum y un replanteamiento del problema práctico-moral personal. Se hizo la oscuridad, llegó la noche en que se trastocó la armonía entre el cielo y la tierra. De la sobreviviente aculturación occidental brotó un sincretismo que restableció un momentáneo equilibrio entre la racionalidad conceptual traída del viejo mundo y la racionalidad mítica de la revelación sobrenatural cristiana, que acogió la acendrada fe del autóctono. En suma, la Conquista fue la nihilización de la lógica del mito y la entificación de la lógica de la ratio.

2. ¿Qué ocurrió con el cataclismo de la modernidad?

El humanismo renacentista, la caridad cristiana, el racionalismo griego y el sentido de justicia romana fueron las creaciones geniales de la civilización occidental que vinieron a enriquecer nuestra conciencia, afinar nuestra sensibilidad y profundizar nuestro pensamiento, pero nunca pudo ni podrá reemplazar la savia nutricia y milenaria de nuestra propia cultura. La verdadera vocación mestiza del Perú no puede darse a espaldas ni del legado indígena ni del acervo occidental. La América española es mestiza, esto es, latina-occidental pero a su vez quechua-andina. Occidente es maestra de humanismo, ciencia y religión, y los Andes son maestra de justicia y orden.

Así lo entendieron los Borbones, quienes mantuvieron para el Perú el status de Reino, los curacas eran respetados y la ley de Indias regía, pero la situación cambió con los Austrias durante los siglos XVI-XVII, quienes le dieron al virreinato del Perú un trato de mera Colonia, provocando los alzamientos indígenas que dieron como consecuencia el exterminio de la sangre real incásica y el fin de las prerrogativas de toda índole (Riva Agüero, 1960). Lo que al final terminaría con la gesta independentista y el inicio de la República. Porras (1962) nos recuerda que la peruanidad espiritual nace con Garcilaso mientras que el nombre del Perú surge con Cieza de León, pero lo que aun estamos por ver es la materialización de la peruanidad.

En el alumbramiento del espíritu del nuevo ser americano los gérmenes históricos ancestrales se sumergieron, cual base intrahistórica, para resistir la arremetida de los gérmenes históricos occidentales, provocando una doble tensión polar con una, cada vez más creciente, área de integraciones que daban cabida a un nuevo afloramiento sincrético. Pero la conquista representó la nihilización del ser propio de lo prehispánico y la entificación del nuevo ser de lo americano, fue el fin de la historia del ser metafísico del mito, la extinción de un contexto de significado vernáculo, se esfumaron sus universales y legitimaciones, fue un nihilismo que planteó una reconstrucción de la racionalidad pos muerte de los dioses prehispánicos.

Durante la Colonia el Perú lejos de ser un país medieval era un país barroco y renacentista, el mismo diseño de sus ciudades no fueron hechas por los españoles con el espíritu condottiero de las callejuelas estrechas aptas para la lucha cuerpo a cuerpo, sino, con amplias avenidas y calles rectas, idóneas para el comercio y el transporte de mercancías. Con el hidalgo español no sólo vino el catolicismo sino también la mentalidad pragmática utilitaria del capitalismo. Como lo ha hecho notar Rodríguez Casado (1984) esta mentalidad utilitarista no está en primera instancia asociada con el naturalismo deísta y sí más bien con el decaimiento de la misión social de la nobleza. El caso es que desde Richeliu y Luis XIV se pierde el humanismo en las relaciones sociales de la Monarquía dando lugar a la desintegración de la sociedad organicista y funcional. La nobleza pasó a convertirse en una brillante sociedad de ociosos distinguidos desde que todo pasó a manos de los burócratas. Y lo cierto es que las colonias americanas fueron el paradigma del crecimiento de la burocracia. Es en América donde se da aceleradamente el golpe de gracia a la Monarquía tradicional y no habiendo un Rey sino un Virrey se le convertía a éste en cabeza de la burocracia de la monarquía burguesa.

El paso de la monarquía tradicional a monarquía burguesa estuvo acompañado por la pérdida de las colonias americanas al calor de la ideología de la Ilustración. Este movimiento caracterizado sobre todo por el optimismo en el poder de la razón y en la posibilidad de reorganizar la sociedad sobre la base de principios racionales no sostendrá un optimismo metafísico y sí, más bien, como Voltaire precisa a Leibniz, un optimismo exclusivamente basado en el advenimiento de la conciencia que la humanidad puede tener de sí misma.

Bolívar, como hombre de la ilustración, persigue en todas partes la posibilidad de realizar semejante desideratum en la esfera social y política. Y es que, como precisa Cassirer (1943) procede del racionalismo del siglo XVII pero no se trata de un racionalismo deductivista sino de un racionalismo práctico, que entendía la razón como fuerza para transformar lo real y dominar la naturaleza. La razón ilustrada de los enciclopedistas, sensualistas y deístas iba del hecho al principio, la razón del barroco iba del principio al hecho; de ahí procede la tendencia antropológica de la razón del setecientos frente a la tendencia gnoseológica de la razón del seiscientos. Spengler efectuando una comparación morfológica entre la Ilustración del setecientos y la sofística griega, los sistemas Sankya y budista en la India y las sectas sufitas y mutacilitas en la cultura árabe, señala que la ilustración puede ser considerada como una constante histórica de carácter crítico-pragmático-utilitaria.

Será justamente este sesgo pragmático-utilitario que se traducirá en el afán de emancipación de la razón respecto a la tradición y a la religión. Por este camino se abrirá paso la razón universal del romanticismo que conduce a un ideal de humanidad fundado en la justicia y la libertad. Para Nietzsche el romanticismo constituye una de las dimensiones del alma fáustica y dionisíaca en oposición al alma apolínea. Pero los rasgos del romanticismo como cierto período de la historia de Occidente está caracterizado por orientaciones contrarias a la Ilustración: se acentúa lo misterioso, lo dinámico, la intuición, lo irracional, lo imprevisible, el espíritu colectivo, la unión de los contrarios y la igualdad de la filosofía con la ciencia, la religión y el arte. El logos humano intenta por un momento recuperar la otrora unidad perdida entre lo metafórico y lo conceptual.

Con el romanticismo el primado de la razón barroca e ilustrada sufre un momentáneo revés, y la intuición y lo irracional recuperan sus fueros. Fueros que en la América precolombina encontraron su reino. Pero el romanticismo pronto sería rebasado en el siglo XIX por el positivismo clásico de Comte y Mill, el empirocriticismo de Mach y Avenarius, y en el siglo XX por el ficcionalismo neokantiano, el neopositivismo del Círculo de Viena y el positivismo terapéutico de Wittgenstein. Tras la breve irrupción antipositivista de la fenomenología y el existencialismo, la constelación moderna entra poco antes de la Segunda Guerra Mundial en un lento proceso imperceptible de destrucción de los significados primarios de todo lo que había constituido el discurso público de la Ilustración.

Con el estructuralismo y el pos-estructuralismo de los años 60 e inicio de los 70, se hace cierto el comienzo del derrumbe de la modernidad. Foucault (1966) dirá que ya no hay hombre ni autor, sólo hay lenguaje con sus significados autónomos. Desde la década de los años noventa la posmodernidad declarará que las palabras claves de la Modernidad: humanidad, libertad, justicia, democracia, política, razón, ciencia, son metarrelatos y lo que más bien se inaugura es la era del nihilismo, como historia de la disolución de todos los valores, descrédito del pensamiento fundamentalista y fin del ser metafísico y objetivo. Todo es interpretación en la era posmetafísica, vivir sin imperativos absolutos es la consigna. Vattimo recalca eufemísticamente que la lucha no es contra la verdad sino contra el objetivismo. Se abre así un mundo tardomoderno donde la estética prevalece sobre la verdad objetiva. El objetivo es garantizar la pluralidad de interpretaciones y de individuos sin violencia.

Es decir, el cataclismo de la modernidad que comienza con el afán de emancipación de la razón y la autocerteza como nuevo criterio de verdad y termina con el dominio del espacio egocentrado deshistorizado, que anula todo tipo de certidumbres en una empresa de liquidación total de la Verdad objetiva y los imperativos absolutos, lleva a los latinoamericanos de la imitación a la discontinuidad y anomia generalizada. Esto es que, nuestra desconexión con el ser ha ido en aumento hacia una curva de nihilismo creciente. Pero se trata no un nihilismo que es fruto de una racionalidad hermenéutica sino de una racionalidad prejudicativa, vital y práctica. Esto es, la Modernidad ha sido la nihilización de la lógica de la ratio y la disolución del ser.

3. ¿Cómo pensar la realización del ser peruano?

En nuestra historia nacional y latinoamericana con el advenimiento de la modernidad importada desde los países desarrollados, los ideales de la Ilustración han sido una quimera de soñadores cuando no un instrumento demagógico de opresores. Además, los propios Estados modernos de las sociedades europeas permitieron que en las naciones subdesarrolladas el discurso público emancipatorio fuese sistemática y arbitrariamente  vulnerado para la mayoría de los ciudadanos. Esto sirvió en los años 20 como plataforma ideológica para pensadores como Mariátegui y Haya quienes sostuvieron que no somos occidentales pero existe la necesidad de occidentalizarnos. A esta visión, nuestro amigo el historiador Augusto Ruíz Zevallos (2007) la llama los indígenas como orientales, y consiste en el supuesto de que el mundo andino siempre quiso occidentalizarse pero fue Occidente mismo el que se lo impidió.                                 

Salazar Bondy (1968) señaló nuestra eterna condición de imitadores de formas externas de las sociedades europeas. Hemos imitado su tecnología, moda, lengua, arquitectura y forma consumista de vivir pero jamás asimilamos su espíritu, a excepción de figuras como Simón Bolívar que pensaron  que se trataba de generar un orden social basado en el ideal de la modernidad. En el Perú y en el resto de América fracasó el ideal de la Ilustración cuando estaba en apogeo en Europa, mucho más tienen que fracasar ahora los discursos importados de Occidente cuando sus ideales sólo van dejando sus ruinas lingüísticas en la Europa posmoderna. Esta perspectiva se retrotrae al indigenismo de Valcárcel y al neoindigenismo de Arguedas y provocó en los años 70 que autores como Flores Galindo, Burga y Montoya basándose en la revalorización de tecnologías andinas y en su visión de armonía con la naturaleza sostuviesen que nunca hemos sido occidentales y que por tanto no hay que occidentalizarse, más bien hay que ir en pos de la utopía andina. Esta visión se ve últimamente fortalecida por la crítica de los teóricos del poscolonialismo como Bhabha (1994) y Spivak (1993), que en medio de los enormes procesos migratorios del mundo globalizado defienden una interculturalidad que resguarde la identidad de los migrantes en medio de la xenofobia y el choque de culturas.

Con el auge del neoliberalismo desde mediados de los años 80 Hernando De Soto (1986), con instrumentos conceptuales antiestatistas y anticolectivizantes, ha fortalecido la perspectiva que somos occidentales aunque incompletos, porque en su interpretación neo-liberal descubre una racionalidad económica común con la capacidad de cálculo que los economistas clásicos han atribuido a los que ellos llamaron el homo economicus, el instinto de comerciante que se escondía en lo que hasta hace poco era el campesinado indígena peruano, instinto que es entorpecido por una economía mercantilista que impide su incorporación a la modernidad capitalista. En otras palabras, el mundo andino siempre quiso occidentalizarse pero fue impedido de hacerlo por fuerzas de dentro y fuera del país. Recién las cosas van cambiando paulatinamente y surgen prósperos emporios comerciales de migrantes andinos asentados en las principales urbes del país, demostrando en la práctica que la cultura andina no es opuesta a la cultura occidental.

Pero en el debate se suele confundir lo que es nuestro ser nacional con su capacidad de adaptación. Ciertamente que no hay ser nacional al margen de su historia, pero lo que más daño le ocasiona es una visión sesgada de su propia historia. Y es que la tarea de generar un orden social basado en el ideal de la modernidad no toma en cuenta nuestro pasado precolombino. Diez mil años de historia autónoma no pasan en vano entre nuestros pueblos. No hemos sabido llevar adelante esa síntesis viviente de la que hablaba Víctor Andrés Belaunde (1950), porque para la visión eurocéntrica la maestra sólo fue Occidente y nuestra historia comenzaba con la Conquista. Recuperar los gérmenes intrahistóricos de América significa romper con la conceptolatría de la razón instrumental moderna y abrirnos hacia el lenguaje de lo analógico, participativo y metafórico, es decir, establecer el olvidado lenguaje del ser.

Es decir, la pregunta esencial no consiste en estar atentos a lo que mejor puede adaptarse nuestro ser nacional sino definir qué clase de occidentales somos, si lo somos. Es evidente que nuestra occidentalización ha sido incompleta, pero en medio de la crisis de los valores occidentales ¿existe verdaderamente la necesidad de occidentalizarnos? ¿Qué significa occidentalizarse para nuestra región actualmente? ¿Significa ir detrás de una nueva imitación posmoderna? Si Occidente no caló entre nosotros ¿no es acaso porque hay en nuestro ser nacional otros elementos que no son occidentales? ¿No se trata, más bien, de en vez de ir hacia nuestra occidentalización ir hacia el descubrimiento e invención de nuestro ser nacional? ¿Se puede acaso descartar del todo la presencia de la utopía andina en nuestra peruanidad?

Nuestra desgracia imitativa nace de lo que Baudrillard (1993) señalaba para el caso de la sociedad de consumo: la catástrofe de la memoria y el vacío de la historia. La Apocalipsis de la Conquista occidental anuló nuestra autoconciencia histórica y dificultó el surgimiento de nuestro auténtico ser americano. No estamos destinados a copiar la mentalidad instrumental, el liberalismo radical y el consumismo que caracterizan las deterioradas sociedades europeas del momento.

Ahora cuando han periclitado las esperanzas reformadoras de la Modernidad y se disuelve la idea lineal y progresiva de la historia occidental surge la posibilidad de asumir nuestras raigales diferencias culturales. No se trata de regresionar a un idílico mundo precolombino ya extinto, ni asumir reclamar glorias de campanario mediante un comunitarismo radical, no se trata de reivindicar culturalismos relativistas y menos se trata de abrazar una vesánica occidentofobia finisecular. Si somos occidentales incompletos es porque no asumimos nuestro legado andino y si somos andinos vergonzantes es porque no reconocemos nuestro legado histórico milenario.

Asumir que nuestro ser nacional es occidental y debe proseguir occidentalizándose equivale a reconocer explícitamente el destino nihilista de la condición posmoderna, la disolución de todos los valores, el respeto de las diferencias o multiplicidad de interpretaciones fundado en la tolerancia más no en la verdad, la periclitación de las esperanzas reformadoras de la modernidad, el dominio de lo virtual, el predominio de los telepolitas de prótesis tecnológicas, la deshistorización de la experiencia, la proliferación de masas babélicas y bufonescas y el imperio de la era posthumana del presente perpetuo, la discontinuidad y la anomia. En una palabra, significa insertar el reconocimiento del ser nacional dentro de la historia del fin de la metafísica, de la Verdad objetiva y del Imperativo absoluto.

Sin embargo, a nuestro ser histórico no se le encontrará renunciando a los 500 años de modernidad occidental, como ayer no se le encontró olvidando 10 mil años de desarrollo autónomo. Al contrario, la escenografía posmoderna del consumo ansioso, anulación de certidumbres, estupefacción mediática y del presente perpetuo, nos brinda el momento de recuperar de Occidente ese realismo metafísico que no puede fructificar bien sin la mancomunidad siempre imperfecta entre el logos de la ratio y el logos del mito. Hay que comenzar con algo y ese algo es ensayando una definición no occidental de filosofía, madre del pensamiento humano.

Retomar la autonomía de nuestra historia es retomar nuestra auténtica verdad. El fin de la metafísica occidental no es simplemente el fin de la mentalidad que la rige, sino que es además apertura y justificación de las mentalidades de otros pueblos diferentes como los nuestros. En otros términos, tenemos que reinventar el ser nacional en el crisol palingenésico que destile los gérmenes históricos de la utopía andina y de la utopía occidental en una fusión nueva. Así como Jürgen Habermas (1992), considerado el principal heredero hoy de la Escuela de Frankfurt, no acepta la liquidación general del proyecto moderno impugnando radicalmente la pretensión posmoderna de liquidar la modernidad; de modo similar se puede afirmar para nuestra realidad que el proyecto pre-moderno no está liquidado, acabado, concluso, sino que debe ser tomado en cuenta  ante el cambio del espíritu de la época, para edificarnos nuestro propio ser histórico. No se trata de copiar en este momento la posmodernidad y su proyecto, desterrando extravagantemente la modernidad, se trata de corregir y profundizar la modernidad escuchando lo valioso de una premodernidad viva entre nosotros.

La mayor muestra de la premodernidad viva entre nosotros es la acendrada fe religiosa en el mundo andino, aun cuando el profesor sanmarquino Octavio Obando (2003) plantee la modernización de la subjetividad peruana mediante el ateísmo demonizante. Nuestras masas indígenas en contraste con el sujeto individualista occidental no se sienten desvinculadas de las tradiciones religiosas, no han experimentado la destradicionalización de la cultura actual, que le genere incertidumbres y crisis de identidad. Entre ellos el sincretismo religioso lo ha resguardado de la irreligiosidad y de la desaparición de Dios. Más bien ha sido entre los migrantes de segunda y tercera generación que la posmodernidad ha penetrado creando un ambiente de relativismo y politeísmo de valores, individualismo hedonista y narcisista, un cambio global de la religión, una metamorfosis de lo sagrado, una descomposición de lo religioso y una “nebulosa místico-esotérica. La hermeneutización de la fe, como reinterpretación por parte de cada creyente, se apodera de ellos reclutándolos en ese caldo de cultivo variopinto de creencias que se suele denominar Nuevos Movimientos Religiosos: testigos de Jehová, Iglesia Moon, Hare Krishna, neobudismos, neognosticismos, satanismos, esoterismo sincretismo-holista conocido como Nueva Era. En algunos representantes del llamado pensamiento posmoderno hay un renovado interés por la religión. Vattimo (1996) sostiene: “Advierto un renacer del interés religioso en el clima cultural en el que me muevo... El hecho es que, en un cierto punto, me he encontrado pensando que la lectura débil de Heidegger y la idea de que la historia del ser tenga como hilo conductor el debilitamiento de las estructuras fuertes no son sino la trascripción de la doctrina cristiana de la encarnación del Hijo de Dios... Dios es sobre todo amor originario y el precepto de la caridad, que incluye la no-violencia,…es el único contenido decisivo del mensaje evangélico”. Lyotard, en libro publicado póstumamente, recapacitaba sobre las Confesiones de San Agustín y su itinerario hacia Dios.

En consecuencia, no se trata que en la búsqueda de la realización del ser de la peruanidad se tenga que retroceder hacia el dogmatismo acrítico premoderno, lo cual es inviable tras varios siglos de trabajo bíblico  hermenéutico. Se trata más bien de reconocer que el hombre latinoamericano es a la vez andino y occidental, y en consecuencia ni puede volverse tradicionalista a ultranza ni asumir el nuevo paganismo posmoderno. Todo lo contrario, hay que responder con una nueva evangelización liberadora, que atento al logos mítico repiense el Misterio divino por el camino de la teología negativa, más atento con Dios que la objetivación dogmática contundente. Por la savia del cristianismo está presente el compromiso humanista con los pobres con la justicia. Es precisamente en nuestra subregión con su identidad reencontrada donde se debate el cristianismo futuro. Para Mardones (2000) éste debe contar con cinco rasgos básicos: una profunda y rica experiencia de Dios, realizada en comunidades fraternas, presencia solidaria en la realidad actual, potenciada en una fe formada y crítica y que favorezca la celebración festiva de la fe.

Pero por lo pronto, la posmodernidad está atrapada entre los mayores obstáculos para llegar a Dios, porque como señalaba el Maister Eckhart para que la divinidad pueda entrar en uno, tres cosas deben salir de nosotros: el tiempo, la corporalidad y la multiplicidad.

BIBLIOGRAFIA
Bhabha, H. (1994) The location of cultura, Routledge, London.
Baudrillard, J. (1993) Cultura y simulacro, Kairós, Barcelona.
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martes, 14 de agosto de 2012

CIENCIA VERDAD Y METAFÍSICA

CIENCIA, VERDAD Y METAFÍSICA
A propósito de la inmortalidad del alma
Gustavo Flores Quelopana
Miembro de la Sociedad Peruana de Filosofía
 

Si viera usted mi alma, no pudiera comer.
Paul Valéry
I
La afirmación de Hawking (“La inmortalidad del alma es un cuento de hadas”) supone que la ciencia es el conocimiento verdadero. ¿Es esto cierto? Dudo mucho que el conocimiento verdadero sea la ley científica, es decir, la ciencia. No sólo porque el realismo científico haya hecho crisis, sino porque ella sólo ofrece certidumbres.

En ciencia la correspondencia con la cosa es cada vez más remota. Sólo es posible hablar de probabilidad de verdad. Su restricción fenoménica traza una frontera infranqueable ante lo en sí. A lo sumo llega a una ontología difusa, que por lo demás no está en función de la explicación última de lo real.

Además, si el conocimiento verdadero se va a restringir a la ciencia, entonces el arte, la moral, y otras disciplinas histórico-sociales quedarían excluidas de ella. Lo cual es más que problemático. Esta sola observación  hace patente que la verdad no se restringe a la verdad empírica.

Hay verdades que no se relacionan con la experiencia sensorial: la matemática es un caso. La regularidad objetiva descrita por proposiciones universales de la ciencia solo es verdadera de modo aproximado. El debate entre empiristas, intuicionistas  y  convencionalistas  está  lejos  de  llegar  a  su término. Al respecto nuestro apreciado y desaparecido maestro sanmarquino Julio Sanz, en su importante libro Introducción a la ciencia (1987), decía su postura personal: que las leyes científicas son enunciados acerca de la realidad que tienen un correlato con la naturaleza descritas de modo aproximado. Su realismo crítico se oponía al instrumentalismo (leyes son reglas), operacionalismo (leyes son operaciones), al empirismo lógico (leyes son relaciones lógicas) y al falsacionismo (leyes son conjeturas).

Creo que nosotros, la generación de fines de los 70 y comienzos de los 80 –época intoxicada de ideología revolucionaria-, tuvimos todavía la suerte de tener en las aulas sanmarquinas maestros consagrados al estudio del pensamiento kantiano (Dr. Sixto García, heredero de la cátedra de la Dra. Nelly Festini), moderno (Dr. Juan Abugattás), helénico (Dr. Russo Delgado) y oriental (Dr. Oscar Marañon). También gozamos de los frutos epistemológicos del Dr. Sanz.

Actualmente la tradición epistemológica sanmarquina prosigue con los trabajos de Juan Carlos Ballón, Alvarado de Piérola, Raimundo Casas-Carlos Matta, principalmente. Pero ni ayer ni hoy se tiene un curso de filosofía de la religión, a pesar del esfuerzo solitario que hizo en la maestría la Dra. Dorothea Ortmann con su libro Ciencias de la religión (Unmsm, 2002) en dicha casa de estudios. Su enfoque era sociológico veía a la religión como un mecanismo de integración y estabilización de la sociedad, pero era al menos un comienzo. Con ello la autora refrendaba el enfoque de Compte, Durkheim y Freud respecto a la función y origen de lo religioso, obviando desafortunadamente la fuente más peculiar como es el sentimiento de la divinidad. Esto es un gran vacío ante la necesidad perentoria de fuerzas espirituales en nuestro tiempo. Más daña al filósofo omitir la religión y la teología que al teólogo ignorar de filosofía.

Bien decía Bergson que en este tiempo inundado de materialismo lo que el mundo reclama son líderes espirituales. Nuestra ignorancia en temas espirituales ha sido abismal y así hemos compartido esta tara con contingentes enteros de intelectuales que tenían el deber de completar tal carencia. No está demás reparar que la ciencia ha traído, a través de la tecnología, bienestar material a la humanidad pero no bienestar espiritual.

El profesor sanmarquino de filosofía Carlos Alvarado en su último libro –Epistemología, 2005- sostiene una tesis muy valedera e importante. Con la honestidad que lo caracteriza mantiene que los programas últimos de la epistemología ya no tienen en sus propósitos la destrucción de la metafísica, se ha vuelto más modesta, más consciente de las limitaciones de la ciencia y de la razón experimental.

Si la epistemología neopositivista (Schlick, Carnap y Neurath) abandonó toda especulación metafísica, vino después Popper con su demoledora crítica de la inducción para exigir una nueva epistemología. Se terminó así renunciando el análisis lógico de las proposiciones científicas, por la perspectiva histórica del descubrimiento científico (Kuhn, Feyerabend).

Estos arribaron a la muy incómoda tesis que la irracionalidad de los grandes hitos del progreso científico viene de que el contenido y método de la ciencia depende de creencias aceptadas. Luego viene Lakatos para instar a abandonar las estructuras históricas y atender la historia interna de la ciencia.

Con estos desarrollos su programa perdió beligerancia contra la metafísica. Y el diálogo entre ciencia y metafísica es ahora más fructífero y fecundo.

En este panorama creo que poco se gana retrocediendo al programa popperiano y defendiendo a rajatabla el método científico. Eso lo único que consigue es mantener el viejo resquemor antimetafísico de los neopositivistas. En ciencia no hay método infalible ni confirmación definitiva. La validez provisional de la ciencia nos conduce directamente al problema de la Verdad, fenoménica en la ciencia y transfenoménica en la Filosofía. Es más, no toda teoría científica sin evidencia empírica es necesariamente falsa. Ahí tenemos los conceptos hipotéticos de “materia oscura” y “fuerza oscura”. Es decir que la propia inferencia científica necesita de principios extralógicos indemostrables. Cuánta razón tenía Russell al afirmar que la ciencia se apoya en inferencias indemostrables.

Y las recientes conferencias sobre “Ciencia y Realidad”, brindadas por el profesor Alberto Cordero en el marco del IV Curso Internacional de Filosofía, organizado por la Escuela de Filosofía de San Marcos, inciden que en la ciencia todo es más deducción y menos dato. Así, el concepto actual de materia junto al realismo de lo “en sí” en ciencia es insatisfactorio.

Contra lo que suele afirmarse, la ciencia no ha refutado el esencialismo, al contrario lo ha confirmado, puesto que descubre constantemente estructuras tras las apariencias, lo cual revela la existencia de una realidad última y oculta tras el fenómeno, sólo que a nivel físico y biológico estas realidades revelan niveles cada vez más profundos, que no dejan de hacer guardar la esperanza de alcanzar dicha ultimidad. Popper tiene razón al pensar que lo propio del método científico es la explicación conjetural y tentativa, pero se equivoca al pensar que la filosofía tiene que renunciar a la explicación esencialista y última de la realidad. El método de la captación intuitiva de la esencia es una explicación última de la realidad, mientras que el de la ciencia es un dar cuenta provisional del fenómeno. Al cabo, los nuevos criterios de probabilidad y autocorregibilidad  propician un acercamiento fecundo entre ciencia y metafísica. 

II
¿Qué es esto que así me oprime el pecho?: ¿mi alma
que quiere salir al infinito, o el alma del mundo que
quiere entrar en mi corazón?
Rabindranath Tagore

A estas alturas es necesario preguntarse: ¿Acaso el método científico es aplicable a todos los ámbitos del saber? Ciertamente que ciencia no es cientificismo y éste, más bien, se deriva de cierta filosofía de la ciencia conocida como positivismo lógico.

Conocidos también como los epistemólogos del Círculo de Viena persiguen el problema de la significación por medio del análisis lógico del lenguaje, rechazan la correspondencia ontológica entre proposición verdadera y realidad, describen la filosofía como un conjunto de actos y no como un conjunto de proposiciones, de tendencia empírica y antimetafísica defendieron la postura de que el objeto de la ciencia son las leyes. Modelo epistemológico llamado “Concepción heredada”. Acaso puede considerarse a Wittgenstein como otra fase del positivismo contemporáneo conocido como positivismo terapéutico cuya finalidad última sería un psicoanálisis intelectual.

El asunto es que a pesar de las críticas al positivismo lógico por parte de Popper, Lakatos, Kuhn, Feyerabend, Quine, Nagel y Bunge, todos los cuales abogaron por una nueva epistemología, sin embargo todavía se piensa que el análisis positivista del conocimiento científico sigue siendo vigente.

¿Qué es lo que dice dicho análisis? Sencillamente que es ciencia aquel conocimiento que por sus hipótesis contrastables se convierte en ley científica. ¿Qué consecuencia tiene tal criterio? Que las Ciencias Sociales son ciencia sólo por su método pero no por sus resultados, porque sus hipótesis contrastadas nunca se convierten en ley científica.

Es decir, la antropología, historia y sociología como no son sistemas hipotético-deductivos, ni permiten hacer predicciones de validez universal entonces no son ciencias sino cuasi ciencias. Ni qué decir sobre los problemas de la metafísica (Dios, Alma, infinito), pues como no tienen un referente que sea posible reconocer, identificar y ubicar objetivamente simplemente carecen de sentido.

El profesor sanmarquino Marino Llano Villajuan en un último libro (2009) pone al descubierto la vigencia del modelo positivista en la epistemología contemporánea. Dice que es la que goza de aceptación general, pues ninguno de sus refutadores ha logrado imponer un modelo de ciencia alternativo que la sustituya. Y al parecer, aunque duela, tiene razón. Sin embargo, tampoco se puede negar que la realidad de las ciencias humanas es por naturaleza distinta a la realidad de las ciencias físicas y por tanto no es admisible un reduccionismo metodológico materialista.

Pues, el concepto de ciencia que se sigue manejando es básicamente el positivista: conocimiento de leyes que rigen los fenómenos y que se expresan en lo posible en lenguaje matemático ó conjunto de proposiciones verdaderas que describen una regularidad objetiva de modo aproximado, etc., etc. Entonces la pregunta que se venido haciendo, para salir del atolladero, la filosofía de la ciencia es: ¿Acaso es posible otra definición más amplia de ciencia? O ¿debemos restringir la definición de ciencia solamente para las ciencias naturales?

Cuando sobre la inmortalidad del alma vemos un enfrentamiento entre dos posiciones: unas que defienden que los problemas filosóficos son en principio problemas que no tienen solución mediante métodos ni teorías científicas, y otras que ponen el criterio científico como el único valido para decidir el problema, lo que estamos viendo en el fondo es la crisis de la razón humana.
Es el mismo motivo que dio origen al libro de Francisco Miró Quesada (1963) a saber: las concepciones empiristas, pragmatistas e historicistas de razón no pueden mantenerse; revelan lo esencial del problema: Todavía nos hace falta una teoría general de la razón que no sólo dé cuenta de las ciencias naturales y del ámbito lógico matemático sino también de las ciencias sociales, el arte y la filosofía. Mientras que el fundamento de la teoría de la razón sea demasiado estrecho, el concepto positivista de ciencia gozará de buena salud.

Todavía hace falta tomar en serio el aporte de Foucault cuando sostiene que en la historia de la razón hace falta tomar en cuenta la historia de la locura, y el de Heidegger al decir que al historiar la razón hay que ir retrotrayendo el pensar al ser. Tampoco seria completa una teoría general de la razón que no tome en serio otras formas de pensar no griegas y que he llamado mitocráticas. ¿Acaso negarse a ello no resulta eurocéntrico? ¿No poseen las culturas ancestrales un discurso coherente y una concepción inteligible de la verdad? Y por último es necesario cuestionar que todo conocimiento racional tenga que ser formalizable, pues a la comunicación sólo le basta conocer la regla del lenguaje –como lo señaló Wittgenstein-.

En este sentido, la necesidad de una teoría general de la razón no sólo se ha vuelto a poner en el tapete en el debate sobre la inmortalidad del alma, sino que puede demostrar lo erróneo del abandono de toda especulación metafísica y cimentar lo fructífero de un diálogo entre ciencia y metafísica.

Hay quienes pretenden convertir a la filosofía en una disciplina práctica, pero ello desnaturaliza su esencia misma. El filósofo como el hombre religioso ven con meridiana claridad que el mundo es una ruina permanente. Uno acude a la razón y el otro a la fe, también se puede echar mano de ambas al mismo tiempo, pero el pensador al hacerlo constata que la filosofía es un trascender, un aprender a morir de lo efímero. En esto hay un contenido estoico.
Ahora bien, esta reflexión no sólo es un descenso sino también un ascenso, una subida hacia una nueva vida: la vida del intelecto. Pero ya hemos visto que la vida del intelecto es vacía sin una conversión ontológica del corazón. Y en ese trasegar apenas el filósofo ofrece una pequeña luz para iluminar el camino de la humanidad.

Por otro lado, cómo me gustaría poder compartir la apreciación: “el propósito de la filosofía es resolver los problemas globales del ser humano”. Pero la filosofía tiene una misión más modesta en lo práctico, pero fundamental en lo teórico. En otras palabras, ella no “resuelve” nada pero intenta “explicar” todo.

Por eso ha sido muy dañina para la filosofía su inflación práctica por el marxismo. Para Lenin la filosofía era el arma teórica de la revolución, pero ya sabemos a qué condujo aquella sobre exigencia de la filosofía: hacia la esclerotización de lo filosófico y el hundimiento del “socialismo real”. La filosofía  de  la  praxis  es  una  indagación  sobre la axiología, ética, estética, derecho, religión, política, la tecnología, y la religión, pero no se trata de ejercer aquellas disciplinas. Su campo es una reflexión teórica sobre aquellas praxis.

Por lo demás, la “explicación filosófica” –totalizante y fundamental-  es distinta a la “explicación científica” –regional y específica- y lo más sorprendente es que la filosofía sin probar nada y sin luchar sobrevive a través de milenios. Ciertamente, es deber del filósofo reflexionar no de espaldas a la ciencia sino de cara a ella para buscar la verdad. Una verdad que nunca se encuentra pero que siempre se atisba.

Por ello, es un misterio grato que el hombre haya amado una verdad que nunca alcanza y que jalona toda su existencia. Si esto es así, es comprensible entonces la preocupación grave que nos ahíta cuando a la humanidad le asalta el nihilismo posmoderno disolvente y apocalíptico. Por todo esto, es saludable el encuentro entre ciencia y metafísica, lo cual demuestra lo erróneo del abandono de toda especulación metafísica y lo fructífero de un diálogo permanente entre ciencia y metafísica.

Las pruebas clínicas, por ejemplo, de muertos que vuelven a la vida desconciertan a la propia ciencia médica la cual se ve obligada a suspender el juicio sobre un umbral metafísico que la sobrepasa y la deja perpleja. Para muchos investigadores estas resurrecciones y, en especial, el relato de la misma experiencia del “viaje por un túnel de luz”, la revisión instantánea de todo lo vivido, los colores que se divisan y lo que se dejó de hacer, hace pensar que se trata de una experiencia metafísica objetiva y no de una mera fantasía del inconsciente de la mente. Lo cual probaría que es cierta la existencia de una persona o de una mente fuera del cuerpo. Sin embargo, un pronunciamiento definitivo exige mayor control científico porque es posible una explicación natural del fenómeno.

Todavía más extrañas son aquellas experiencias en que se pierde al paciente en la mesa de operaciones y al cabo de muchos esfuerzos y tiempo recuperan al operado, que vuelve a la vida con el relato extraordinario de haber visto desde fuera de su propio cuerpo todo lo que sucedió en la sala de operaciones.
Aquí se trataría de una prueba de carácter empírica que registra que existe una cierta sustancia psíquica independiente del cuerpo y que irrumpe en los cerebros de las personas. En vez de una sustancia psíquica universal puede haber partículas de sustancias psíquicas que los cerebros canalizan, y por tanto el hombre es inmortal porque la sustancia psíquica sobrevive.

Y era esto justamente lo que pensaba el filósofo pragmatista William James. Lo que no se sabe es si se sobrevive como persona, a no ser que preexistan ciertos principios de unidad personal. Para Tomás de Aquino el alma no sobrevive como persona, porque la persona supone la unidad psicofísica del alma y el cuerpo, por lo cual el alma sobrevive más bien como sustancia simple que piensa y tiene voluntad. Al separarse del cuerpo el alma ya no depende de los sentidos corporales, pero hay facultades del alma que no dependen del cuerpo, son espirituales. 

Las pruebas clínicas de muertos que vuelven a la vida constituyen una experiencia metafísica del alma como forma pura que puede separarse del cuerpo, sobrevivir a la muerte y ser inmortal. Los relatos de “verse muertos” en la sala de operaciones revelan que las actividades superiores del alma humana no dependen del cuerpo, es más, habría una facultad de “ver” que no dependen de los ojos, de “pensar” que no depende del cerebro, y de “moverse” que no depende del cuerpo.

El alma conserva una forma de yo consciente que no depende del cuerpo, aun más se siente ajeno al cuerpo. Se experimenta el sentimiento de extrañeza al propio cuerpo, al punto de desconocer la propia corporalidad. Lo más parecido a estas experiencias de salir del propio cuerpo es lo descrito por los que practican la retirada del mundo mediante la meditación trascendental zen, sufí o yoga, pero también se presenta en la experiencia mística. La hagiografía está llena de casos de místicos con poderes paranormales, lo que sucede es que estos poderes no son lo central para el místico. San Cupertino era un monje del siglo XVII que levitaba y en las procesiones sus hermanos lo llevaban por el aire atado de una soga como un globo. Y Buda tuvo un discípulo que hacía lo mismo, a lo cual éste reparó secamente que eso no importaba para su desarrollo íntimo. Parecida es la experiencia chamánica a través del consumo ritual de alucinógenos. Lo que nos lleva a considerar como una experiencia extática sentir el alma fuera del cuerpo. Esta convergencia entre mente y espíritu, junto a la iluminación interesó siempre a Carl Jung. Pero además, estas actividades superiores del alma que no dependen del cuerpo vivo serían de carácter personal, porque los muertos que vuelven a la vida relatan que no pierden su identidad personal, aunque sí la corporal.

Estas experiencias metafísicas de descorporalización que se presentan en la ciencia médica abonarían a favor de la intuición directa del alma como sustancia espiritual. Por lo visto, la propia práctica científica se encarga de aproximar a la ciencia con la metafísica porque los propios fenómenos de la realidad la sobrepasan.
Lima, Salamanca 14 de Julio 2012