lunes, 15 de octubre de 2012

INMORTALIDAD Y CONSERVACIÓN

INMORTALIDAD Y CONSERVACIÓN
Gustavo Flores Quelopana
Past Presidente de la SITA-Perú

El alma, en cierto modo, es todo.
Aristóteles
 

Permitidme detenerme brevemente en la relación entre inmortalidad y principio de conservación que tan agudamente me señaló un amigo, el filósofo Fidel Gutiérrez y cuya obra gira en torno a la postulación de los principios de conservación y de destrucción. El me preguntaba si la posibilidad de la inmortalidad tenía relación con lo que él llama el principio de conservación. Aun cuando en mi opinión la conservación no es necesariamente un principio, la pregunta conserva todo su valor en cuanto tendencia. Es más si la gravedad jala a los objetos hacia un centro posibilitando la organización de los mismos, por su parte la energía oscura los empuja haciéndole el juego a la entropía en su desorganización final. Es por ello que el dualismo de fuerzas que plantea mi amigo me resulta dudoso.
Ahora bien, volviendo al tema si la inmortalidad es señal de conservación se puede afirmar sin obstáculos que en la vida sensible el hombre aprehende el valor de la existencia en el presente y rechaza la muerte instintivamente, pero como ser intelectual desea y concibe la existencia perdurable. El hombre no sólo alcanza la perpetuidad por el alma, mediante la cual aprehende el ser en absoluto y perdurablemente, sino que dicha idea no puede tener origen sensible, ni ser producto del mero juego de la imaginación, de lo contrario no sería universal. Su origen es más bien a priori, está en el alma y junto a ella. Es por eso que el hombre puede pensar universalmente la inmortalidad.
Es decir, en el hombre hay no solamente un deseo natural de sobrevivencia, sino un deseo consciente de inmortalidad, que presupone la idea de una existencia perdurable. El propio Tomás de Aquino afirma que este deseo es la forma en que toma en un ser intelectual el impulso a la conservación de la vida y es una señal de la incorruptibilidad del alma humana. Es decir, en la base tenemos el impulso a la conservación de la vida, que es una señal de la incorruptibilidad del alma humana, y sobre la cual surge el deseo natural de sobrevivencia y la idea de una existencia perdurable.
En otras palabras, en el impulso a la conservación a la vida y en el deseo de inmortalidad, advertido también por la razón agónica de Unamuno, reside una señal más de la incorruptibilidad del alma humana y por tanto de su inmortalidad. ¿Pero pueden realmente ser el “impulso” a conservar la vida y el “deseo” de inmortalidad   una   señal  de  la  inmortalidad  del  alma?
Pero la refutación no tardó en llegar. Es cierto que los pensadores medievales como Duns Scoto y Guillermo de Occam, mantuvieron la opinión que la existencia de actividades humanas que trascienden el poder de un agente material no demuestra que el alma sobreviva a la disolución del ser compuesto, y que por tanto primero se debe demostrar que el alma humana es capaz de sobrevivir a la muerte. Repárese aquí que Tomás de Aquino habla de “indicio” y no de “demostración” de la inmortalidad personal y privada.
De modo que el argumento de la inmortalidad por el deseo natural no parece convincente, pero cuando fue formulado por el aquinate en el siglo XIII estaba dirigido a combatir la teoría de un solo intelecto inmortal para todos los hombres, que era expuesta en la época por un grupo de profesores de la Facultad de Artes de la Universidad de París.
El Santo mantenía que el Peripatético había sido malinterpretado, pues la teoría de un solo intelecto en todos los hombres era incapaz de explicar las diferentes ideas y vidas intelectuales en las personas. El argumento que combatía provenía de una interpretación de Averroes que termina negando la inmortalidad personal. Si fuera cierta no tendría sentido atribuir responsabilidad moral a los actos voluntarios (De unitate intellectus contra Averroístas).
En consecuencia, el argumento de la inmortalidad personal por el deseo natural estaba dirigido a refutar las interpretaciones averroístas en boga de un solo intelecto inmortal. No obstante, todavía es totalmente plausible poner énfasis que el “deseo natural” del alma como impulso a la conservación de la vida como un indicio (signum) de inmortalidad de carácter personal y privado. Veamos por qué.
Los virus son casi inmortales, pueden sobrevivir en estado de latencia cientos y millones de años y ¿son acaso un indicio de su inmortalidad? Pero la diferencia en el hombre es que se trata de un “deseo natural” del alma racional, es decir, de una condición ontológica, algo que se busca conscientemente y que tiene su mayor asidero en la creencia de la mayoría de la humanidad de que la muerte no es el final de la vida. Es decir, no es que la “creencia” genere el “deseo” sino exactamente al revés, que del “deseo” de inmortalidad se genere la “creencia”. Naturalmente, que la mayoría “crea” en algo no significa que ese algo sea verdadero, esto sería una falacia.
En el lenguaje común las falacias son razonamientos incorrectos, pero psicológicamente persuasivos muy usados en retórica. Convertir un “indicio” de verdad en una verdad porque la mayoría así lo asume, equivaldría a incurrir en el argumento ad populum. Pero de eso no se trata. Aquí no se pretende convertir un “indicio” en una verdad, sino sólo señalar que es tan sólo una señal, un atisbo, un asomo, una pista que induce al conocimiento de algunas cosas, y en este caso de la inmortalidad del alma.
Si en el alma hay un deseo natural a conservar la vida es porque puede ser que la inmortalidad del alma sea su condición natural. ¿Acaso se puede desear algo de forma natural que lleve hacia la propia  destrucción? Naturalmente que no. De modo que si el alma busca conservar la vida es porque revela un indicio de su condición inmortal.
Todo esto nos lleva hacia algo más misterioso y es que la condición inmortal es una condición ontológica, es decir indesarraigable. Esto es, por más que la neguemos será irremisiblemente nuestro destino. Pero Tomás de Aquino añadía algo más todavía. Decía que el destino del alma es volver a estar unida al cuerpo, por  tanto su estado de separación es transitorio y antinatural. El fin ontológico era profundamente ético, porque era la existencia de la persona o sea la unión del alma y el cuerpo, y la recuperación de dicha unidad señalaba una nueva edad de la humanidad.
Ferrater Mora en su libro El ser y la muerte (1979) sostiene que la inmortalidad humana es una aspiración legítima que nace del temor a la muerte o del sentimiento de insuficiencia de la existencia. En todo caso esta aspiración no constituye para él en una prueba de la inmortalidad del alma, permanece simplemente en el nivel del deseo humano. Pero en él no es difícil advertir la opinión antirreligiosa de Freud combinado con una asunción parcial de la postura platónica. Es muy débil la reducción del filósofo español de la inmortalidad como deseo humano porque ni el temor ni la insuficiencia explican cabalmente un problema que tiene que ver no sólo con la razón sino también con la fe.
Abiertamente hostil a la religión y a todo lo que provenga de ella es Bertrand Russell, quien en su libro Religión y ciencia (1956) afirma que la ciencia no sólo permite acercarse cada vez más a la verdad, poniendo fin a las supersticiones de  orden religioso, sino, además contribuye a mejorar las condiciones de vida de los hombres. En él el problema de la inmortalidad del alma es una superstición religiosa más y típica de la mentalidad primitiva. Como vemos el filósofo inglés está hechizado por la mitología científica y los prejuicios antirreligiosos de la Ilustración.
En cambio Strawson (Un ensayo de descripción metafísica, 1959) desde un enfoque lógico analítico, brinda una base para mantener la posibilidad de la existencia de una pura conciencia individual. Para él el concepto de persona es lógicamente previo al concepto de conciencia individual y no puede analizarse como concepto de un ánima corporificada. Una persona no es un yo separado del cuerpo, pero un yo puede ser una persona separada del cuerpo, conservando el beneficio lógico de la individualidad de haber sido una persona. De modo que se puede concebir una sobrevivencia individual tras la muerte corporal. Y el razonamiento de Strawson no es mera aspiración a sobrevivir, sino deducción lógica de una posibilidad real del deseo natural de inmortalidad. Este argumento representa un duro golpe a los analíticos de sesgo cientificista con sus propias armas.
Claro que a Strawson se le podría contra-argumentar. Pero si un “indicio” de verdad no es la “verdad”, tampoco una “posibilidad lógica” es una “posibilidad real”. Pero lo que Strawson quiere decir es que la inmortalidad del alma existe no por una deducción lógica, sino que dicha deducción es posible sobre un orden real que la determina. El orden ontológico predomina sobre el orden lógico. No es exactamente lo mismo de lo que afirma el Doctor Angélico porque en éste lo ontológico se subsume al orden moral divino.
En fin de cuentas, la ideología de la “conservación” que relega la inmortalidad en el desván de las creencias primitivas, tiene su fuente en la racionalidad científica y es alimentada actualmente con las tendencias a manipular la vida a través de la biotecnología, la clonación, la eutanasia y la eugenesia. Estos potentes instrumentos de la cultura de la muerte están actualmente asociados con la tendencia a negar la existencia del alma y reducir todo el debate a un nuevo dualismo del algoritmo, en donde la mente no es sino un efecto calculable del mismo cerebro ya sea natural o artificial.

Lima, Salamanca 15 de octubre 2012

viernes, 12 de octubre de 2012

LA CIVILIZACIÓN TÉCNICA EN LA ENCRUCIJADA

LA CIVILIZACIÓN TÉCNICA
EN LA ENCRUCIJADA
Gustavo Flores Quelopana
Past Presidente de la SITA-Perú


LA PREPARACIÓN CULTURAL
Se suele pensar erróneamente que la civilización técnica comienza con la revolución industrial inglesa del siglo XIX, sin embargo gracias a las investigaciones de Sombart (Guerra y Capitalismo), Pirenne (Historia de Europa), Naef (La idea del Estado en la Edad Moderna), Ellul (Historia de las instituciones), Scheneider (El nacimiento de los Estados nacionales) y Mumford (Técnica y civilización), Dobb (Estudios sobre el desarrollo del capitalismo), y North y Thomas (El nacimiento del mundo occidental), hoy sabemos que la civilización técnica pudo triunfar sobre la base de cambios culturales que se inician en el siglo X.
Es decir, se dio todo un proceso de preparación cultural. Ciertamente que la máquina no es reciente, tiene como 3 mil años. Pues la tecnología artesanal no sólo empleó herramientas sino también máquinas. Pero mientras la herramienta es generalista, la máquina es especialista. En este sentido el primer cambio importante a tomar en cuenta es la introducción del reloj en los monasterios. La gran revolución cultural representada por la Orden de san Benito implica un cambio sustancial por la introducción del reloj. Es el reloj y no la máquina a vapor la máquina clave de la moderna edad industrial. Es el símbolo típico de la máquina que impone el flujo regular de la energía. El reloj sincroniza las acciones de los hombres y no es simplemente un medio para mantener la huella del tiempo. Con el reloj se va abriendo camino el tiempo abstracto sobre el tiempo concreto.
En el siglo XII se inventa el primer molino de viento registrado en Europa (Francia), se inventa la Universidad, el cañón usado por los moros, el papel en España, el uso de tipos grabados en maderas en el Monasterio Benedictino de Engelberg, el timón fijo para la navegación, se introduce la pólvora y la brújula magnética en Europa. En el siglo XIII, el siglo de Santo Tomás de Aquino, se inventan los relojes mecánicos, la brújula magnética con pivote, Vitelio escribe el primer tratado sobre lentes, Roger Bacon sobre lentes compuestos, Petrus de Crescendi sobre la práctica agrícola, en Ravena surge la impresión por planchas, se multiplican las fábricas de papel, se inventa la rueda de hilar y la máquina de rebobinar. Además la aparición del Estado nacional en el siglo XIII, el cual implementó el ejercito permanente, en sustitución de las 40 semanas de reclutamiento campesino, y la burocracia, que reemplazó a la nobleza en los cargos públicos. El Estado nacional convertiría a los hombres en máquinas antes de la era de la técnica. Con esto el Estado implementaría las reformas económicas y sociales que hizo posible la economía dineraria y la organización burocrática en vista del aumento de los beneficios.
Estos importantes cambios están detrás de la obra creadora de Santo Tomás de Aquino. Es decir, que los cambios culturales que preparaban la era de la máquina ya se estaban dando desde la escolástica temprana (s. X-XIII), se acentuarían en la Alta Escolástica (siglo XIII) y proseguirían su desarrollo durante su decadencia (s. XIV-XV), coincidentemente cuando surge en Italia el capitalismo y las finanzas. Desde el siglo X al XV la técnica avanzó sin el capitalismo y tras disolverse el sueño medieval sufre su poderoso influjo que dura hasta hoy. Dicho en otras palabras, el contrato social convirtiendo a los hombres en máquinas antes de la era de la técnica echó los cimientos para que en el siglo XVII se diese la filosofía mecanicista que sirvió de punto de partida teórico para la técnica.
Lo más notable de santo Tomás de Aquino es el enlace armonioso entre filosofía y teología desde posiciones de la razón. Mi amigo el filósofo perennialista Francisco Reluz Barturén, siempre tan penetrante en sus reflexiones, me ha hecho reparar en tres principios que caracterizaron al mundo medieval: Deus creator homo creator, Ad Deum pernatura y Potentia Dei.
Y efectivamente, esta fe en la razón del hombre estaba basada en los principios Deus creator homo creator (Si Dios es creador el hombre es creador) y Ad Deum pernatura (A Dios llegamos por el conocimiento de la naturaleza), que es básicamente la misma la que daría comienzo en el siglo XVII a la filosofía mecanicista hasta desvincularse de su base trascendente desde la Ilustración en el siglo XVIII y derivar en la cultura posmoderna hacia principios nihilistas, a saber, Nihil creator homo creator (Si la Nada es creadora el hombre es creador) y Ad nihil pernatura est (A la nada llegamos explotando la materia). La Potentia Dei (potencia divina) ha sido sustituida por la Potentia Nihil (la potencia de la nada).
La importancia que otorga el aquinate a la materia y al cuerpo es indiscutible. Rompiendo con el idealismo neoplatónico acepta los principios de la física aristotélica y los aplica a la naturaleza humana. Enseña que la materia es principio de individuación y que el alma es la forma del cuerpo. El hombre no es puro espíritu atrapado en la carne sino que es consubstancial con el cuerpo material, y la función de la razón humana es reducir el caos ininteligible del mundo material a la razón y al orden sistematizado por la actividad de la ciencia racional.
La síntesis asombrosa de la filosofía tomista entre razón y fe, filosofía y teología, Dios, hombre y naturaleza tiene como punto de partida cultural el hecho de que la civilización de la máquina en el siglo XIII todavía no rompe la unidad entre el hombre y la naturaleza, persiste aun con fuerza la presencia del hombre natural. Pues el hombre abstracto del ejército permanente y la burocracia no son aun elementos hegemónicos en la sociedad que se rige por la predominancia de lo natural sobre lo técnico.

EL HOMBRE COSIFICADO
Entonces, ¿Qué tiene que haber sucedido en el hombre de hoy para que en vez de emocionarlo el brillo de las estrellas, la belleza de una flor, o la inspiración de un poema, se sienta más bien absorbido de forma irresistible por el espectáculo artificial que brindan las máquinas de la civilización técnica?
El hombre alienado se da cuenta de su malestar y, por tanto, protesta, más el hombre cosificado ya no percibe su alienación y cosificado pasa su vida siendo feliz. En Hegel toda “enajenación” es “objetivación”, incluso la materia y el espacio son enajenaciones del Espíritu; en Marx la “enajenación” es el extrañamiento de la conciencia y la “objetivación” es el proceso por el cual el hombre se convierte en cosa; y en Augusto Salazar Bondy lo que da lugar a la alienación es la dominación. Este último sentido es el que nos permite comprender con más claridad la enfermedad espiritual que padece el hombre en la civilización técnica ¿Pero cómo se percibe esta prueba antropológica en la vida cotidiana del hombre actual?
Por donde se mire nos sobran ganas de condenar esta vida de hormigas de la sociedad de masas, el cual deja al hombre sin mundo, le usurpa la naturaleza al tamaño de un bonsái, disuelve la tradición, la casa solariega, todo lo vuelve intercambiable y sustituible, donde triunfa la indiferencia, el saber situarse, y todo se modela para el consumo. Esta civilización funcional de la distracción idiotizante licua al individuo en tareas de corto plazo, que no se acumulan en su ser, genera olvido en su interior, promiscuidad íntima debido al excesivo codo a codo, anulación de la sensatez, predominio de las ideas vulgares, preeminencia de la ética de peatón, tiene una sonrisa amable para todo el mundo sin sentir un aprecio sincero por nadie, falsifica la bondad y la cortesía, entroniza el disimulo, envía al fondo del desván la dignidad, siente que es una mercancía intercambiable para el consumo.
Subsumido en un mecanismo deshumanizado el individuo de la civilización técnica ya no siente la nueva miseria del aumento de su densidad, se ha vuelto indiferente, se ha reducido a su función, es un mero medio para un fin externo, sólo busca situarse en el mejor sitio posible del aparato social, busca el ascenso rápido, la promoción cobra importancia universal, el hombre ya no sabe la medida de su propio valor, su autoestima está sujeta a la evaluación de los demás, triunfa el impersonalismo, el gregarismo, el humanismo es derretido por el mercantilismo, todos quieren ser eficaces, todos quieren ser flor de un día, se ama el éxito y se ridiculiza la gloria, el hombre se siente podrido y de poca monta hasta la médula, se ha vuelto malo a costa de ser necio, la escuela se ha vuelto en un almacén de conocimientos artificiales sin su correspondiente práctica real, se busca estar aceitados como máquinas, la misma sociedad se presenta como un aparato que funciona gracias a mecanismos llamados instituciones, el hombre se vuelve débil, deja de confiar en sí mismo, prima la mediocridad, la tipificación del hombre aumenta día a día, los intelectuales tampoco se libran, en la academia la erudición reemplaza a la sabiduría, tienen que someterse al ritmo funcional y nada substancial, el reto es sobrevivir, simular camaleónicamente, prospera la adulación, el agasajo y los homenajes, se vive de puro oropel. Cuando la parte más civilizada de la humanidad se envilece y se desvigoriza, y cuando de parte del pueblo ya no sube ninguna fecunda marejada con capacidad de regenerar y fortificar, entonces podemos estar seguros que ha llegado la hora de declive de una civilización.

OBEDIENCIA CIEGA AL APARATO DEL AUTOMATISMO MECÁNICO
No hay tiempo para que nada ni nadie madure, el tiempo y la vida están acelerados, los ritmos biológicos se acortan, a los niños se les hace “jugar” en ciudades infantiles que reproducen la vida consumista adulta, los adolescentes y jóvenes son zarandeados por el sexismo ambiente, el hombre de la civilización técnica está acostumbrado a la satisfacción instantánea de sus deseos, el régimen actual del espíritu es el instanteísmo vacuo, el mundo se ha hecho pequeño, la manía de unificar todo ha nivelado todo, incluso a los hombres, arte y cultura deben estar al servicio de la distracción y no de la profundidad, la hondura estorba, amenaza, aburre y sobre todo quita tiempo al espíritu de acumulación y lucro.
En la oficina, el cuartel y los medios masivos lo más espiritual es la sección de espectáculos, chismes y el horóscopo diario, y lo más cotidiano es el pecuarismo asnal por incrementar las riquezas, lo más incomprensible para los que están acostumbrados a sudar la gota gorda dando vueltas alrededor de la noria buscando riquezas, es la repugnancia natural que sienten algunos por el orden establecido. El insustituible ser humano racional y pensante, creado a imagen y semejanza de Dios, culmina en la obediencia ciega al aparato del automatismo mecánico, de la religión del interés, el lucro, el exceso de sumisión, la creencia universal en el valor de los medios, la absolutización de la técnica y la extensión del principio de causalidad a todo.
La civilización técnica ha impuesto sobre todo lo existente un ingenioso proceso de abreviación artificial, que no sólo se extiende por lo material sino que afecta al hombre entero. Los hombres ya no sienten que tienen que luchar por la perfección interna porque conciben a la sociedad como una máquina que bien aceitada debe asegurar su bienestar y felicidad. El hombre ya no fía nada a su propio esfuerzo porque confía que su libertad civil o el respeto al estado de derecho, otra fuerza impersonal, es más importante que su libertad moral. El hombre de la civilización técnica tiene toda su esperanza puesta en los medios y no en los fines, y como ha perdido el sentido teleológico de su vida ha convertido sus fines en medios, su fe se ha vuelto mecánica, la dinámica de su espíritu le estorba, y todos sus medios son tangibles, consumibles y adquiribles, por eso tiene metas y no ideales.
¡Qué difícil se hace educar en la civilización técnica, pues el hombre ha dejado de creer en sí mismo para creer en la máquina y en los medios! El esfuerzo individual es sólo complementario, ya no es lo primario en la vida humana, la soberanía de la ley instaura su soberanía abstracta, el Estado es el único señor, sólo manda el sistema, la sociedad anónima y el hombre anónimo, con el Facebook hasta las amistades se vuelven anónimas, y lo más trágico es que el individuo se vuelve anónimo para sí mismo. No es extraño entonces que los hombres se hayan vuelto pequeños, a la mujer le es cada vez más difícil admirar al marido por sus cualidades interiores que por las ventajas externas, pronto se da cuenta que es permutable, los matrimonios se quiebran rápido, la familia se vuelve disfuncional, en un mundo anónimo e impersonal lo más común es que los niños crezcan duros, fríos, glaciales y sin amor como las mercancías, impera el hombre “organización” que Tocqueville vio en Norteamérica, el hombre “mecanizado” de Carlyle, los hombres “ceros” señalado por Max Stirner, la “barbarie mansa” subrayada por Nietzsche, el hombre “útil” de Ganivet, el hombre “mediocre” de José Ingenieros y el hombre “hormiga” de Jaspers.
Los hombres son cada vez más enclenques, la virilidad física y moral entra en crisis, la homosexualidad se exhibe orgullosa, pero todos están sujetos a las riendas de domadores inconscientes. La uniformidad maquinal es la regla, la virtud laboriosa de la masa es glorificada, la enseñanza escolar está preparada para el cumplimiento maquinal del deber, todo está dirigido a empequeñecer al hombre adecuándolo a la utilidad especializada. La sociedad acéfala sólo requiere de valores mínimos, una ética de empresa, los valores máximos resultan complicados y excesivos en una sociedad simplificada por la vida comercial (Adela Cortina), lo que hay es el primado substancial de la praxis cotidiana (K. O. Apel), la ética ha cargado demasiado la tinta en lo intersubjetivo olvidándose de lo intrasubjetivo, la verdadera reestructuradora de la nueva esclavitud es la ética social y comunitaria, que invirtiendo los términos ha puesto detrás suya a la ética individual, completando el monstruoso engranaje de ruedas finamente ajustadas que todo lo tasa para fijarle valor, desde chucherías, pasando por máquinas, hasta arte, ciencia, pensadores, sabios y artistas, pueblos y partidos son tasados dentro de la mentalidad fijada por la oferta y la demanda, todo tiene precio y nada dignidad.
EL IMPERIO DE LO SUPERFLUO
Los filósofos del industrialismo no previeron que instituciones feudales cristalizaran nuevamente. La libere competencia fue frenada por acuerdos comerciales de los propios industriales. Galbraith en su libro La sociedad opulenta demuestra que el mercado libre ha sido abolido por los propios monopolios, sólo que esta supresión opera en beneficio corporativo en vez de social. Al mismo tiempo aumentaba la conciencia de los valores no de la máquina sino de otros dominios dela vida. Simmel, Dilthey, Bergson, hasta Gadamer han subrayado que el mundo de la ciencia y de la máquina multiplicó las exigencias mecánicas sin multiplicar nuestras capacidades humanas. El resultado fue una subjetividad huera y vacía, es el triunfo del imperio de lo superfluo superficial.
La producción masiva ha llevado hacia el materialismo sin objetivo, el consumismo, la estandarización, la repetición, la competencia por la competencia, la sobreestimación de lo cuantitativo sobre lo cualitativo, todos quieren batir marcas en todo, la iniciativa es eliminada cuando no trivializada, la imaginación y la inteligencia son llevadas a su más bajo nivel. El deporte que comenzó como una escapatoria  de la máquina terminó luego como negocio, regulado y decadente. Crece el culto a la muerte, a la guerra en una sociedad que produce un número creciente de manipuladores, filicidas, suicidas, psicópatas, paranoicos y sádicos. Lo orgánico (sexo, acción, sentimiento y pensamiento) ha sido sometido a la estandarización completa de lo mecánico. El resultado es la barbarie.
La máquina es ambivalente, crea liberación y represión, sobreestima lo matemático y cuantitativo,  subestima los valores humanos.  Pero el ataque directo a la máquina durante el siglo XIX fracasó porque ésta se identificaba con lo novedoso, y porque los poderes militares y financieros estaban de su parte. La mayor ruptura se dio entonces entre lo romántico y lo utilitario.
Ya no vivimos la hora orteguiana de la rebelión de las masas, ni siquiera de la deserción de las élites, sino, más bien, es la hora de la sobreexcitación malsana del imperio de lo superfluo, a la que voluntariamente nos sometemos. Ahora todo el mundo quiere formar parte de algo grande, el hombre común se queda boquiabierto ante el gigantismo arquitectural de la plutocracia internacional que destruye el paisaje al servicio de las marcas comerciales en vez de servir a las necesidades sociales, pero lo que se vive es la grandeza cuantitativa y no la grandeza cualitativa, por eso nadie abraza ideales, pero todos quieren ser parte de una cofradía, una asociación, un club, una institución, un partido, etcétera. Se tiene miedo a actuar solo, nadie quiere defender una postura con radicalismo, escasea el coraje en los adultos domesticados, aunque retazos de rebeldía todavía sobrevive en el estamento estudiantil (caso ejemplar en Chile), se prefiere el espíritu de manada, cuando no de caterva, cunde la gansterización social y costumbres de prisión en el lenguaje, vestimenta y con tatuajes, los sindicatos son gremios que buscan mojigangas ventajistas, todo el mundo vive vertido hacia fuera y a nadie le interesa fortalecer la voluntad interior, vertiginosamente se incrementó la relevancia de la insignificancia (Castoriadis). Entonces, ¿qué se requiere para revertir todas estas deshumanizadoras consecuencias indeseables de la civilización técnica?

IMPORTANCIA DE LO INSTITUCIONAL
El presente alegato en contra de la civilización técnica no significa necesariamente una nostalgia retrógrada por la vida estática y tranquila del mundo medieval, ni la insensata instigación para destruir las máquinas. No se trata de tecnofobia ni de tecnofilia. Ni la maquinofobia ni el desmontaje de la civilización técnica es la solución, sino, como ya lo señaló certeramente Sombart, el problema es institucional, de decisiones políticas.  ¿Pero están acaso los políticos electoreros a la altura necesaria para comprender la hondura del problema? ¿No es acaso la crisis de la política massmediática la que ha desembocado en crisis social? ¿Son acaso capaces de cambiar las cosas gobiernos que se distancian tanto de la sociedad y se desenvuelven en un espacio vacío y autorreferencial? ¿El denominado “retorno del ciudadano” puede reestructurar las relaciones entre lo público y lo privado y ser una esperanza de cambio en medio de la apatía, el  consumismo y la deserción ciudadana? Se ha hablado de la globalización de la tontería (James Petras), de las controversias entre civilización y ciudadanía (Atilio Boron), del desasosiego  político (Silvana Carozzi), de cambiar el mundo sin tomar el poder (Jhon Holloway), de ir más allá de un capitalismo senil (Samir Amin), de la política del desacuerdo (Jacques Ranciére), incluso del nuevo totalitarismo (Slajov Zizek), pero poco se ha pensado sobre la relación entre el ocaso del Estado y la forma de pensar de la modernidad.
No obstante, para Sombart las fuentes del capitalismo no son el maquinismo ni la técnica instrumental sino la evolución de instituciones, ajenas a lo económico. La aparición en el siglo XIII del Estado moderno es el elemento fundamental, luego viene la división del trabajo, operada a través de la creación de un ejército permanente y es donde empieza la marcha de la especialización y desintegración humana, pareja importancia tiene la creación de la moneda, la burocracia, los bancos y el papel decisivo de los hombres de Estado. Es decir, la voluntad del Estado se insinúa en todos los rincones de la vida privada y pública. Entonces, para Sombart, la obediencia maquinal empieza al disociar el ejército y la burocracia, a los que mandan y a los que obedecen.
Esto es, la civilización técnica no es el desarrollo natural de fuerzas naturales latentes, sino, emanación de una razón impuesta desde arriba por un individuo audaz y emprendedor ubicado en la política. Al principio esta voluntad fue del monarca, luego se transfiere a la sociedad burguesa como virtudes (seriedad, ahorro y honradez) a través de los hombres de Estado y grandes magnates de la industria y la banca. En esta organización se pierden los fines humanos, se trabaja hasta el límite hasta sucumbir, la monomaníaca preocupación por los negocios es consecuencia de la deshumanización de la economía, donde se ha eliminado todo interés por el destino del hombre, pues el nuevo dios es la persecución del dinero. Para Sombart es la organización lo que se ha convertido en lo decisivo, que convierte a la máquina en ritmo productivo de toda la economía. ¿Será suficiente un cambio organizacional para poder quitar al maquinismo su protagonismo productivo? ¿El maquinismo de la civilización técnica no  responde, acaso, a una forma determinada de pensar?
En la primera página de su libro El Burgués señala que “el hombre pre-capitalista es el hombre natural que no corre como loco por el mundo, tal como lo hacemos hoy, sino que se desplaza reposadamente, sin precipitación ni prisa”. Este hombre que no tiene espíritu de cálculo y trabaja, sin prisa, sólo para subsistir, no es esclavo del ritmo maquinal. Enseñar y aprender el nuevo arte de subordinación maquinal ha tomado su tiempo, varias generaciones, en la cual se ha realizado la ruina y destrucción del hombre natural. El resultado es que el mundo natural yace en ruinas, todo un mundo artificial se ha edificado y se ha operado una transformación de toda nuestra escala de valores. En su libro El socialismo alemán propone un control selectivo sobre los inventos para impedir que se exploten todos los que se descubren. Pues mientras el hombre más objetiviza su espíritu, tanto más huye de sí mismo. Ya en todas partes al hombre no se le exige pensamiento o sólo los más primarios, se extingue el sentido de la vida, se vuelve más mecánico y el hombre regresiona a un estado de primitividad animalesca. ¿Un control sobre las invenciones podría ser la solución? ¿Bajo qué criterios de pensamiento habrá que ejercer dicho control?

NECESIDAD DE UN NUEVO PENSAR
Pero si el hombre natural no es esclavo del pensar calculador que dio origen a la era maquinal, es así por haber seguido el camino de la naturaleza, la physis. Justamente lo mismo sostiene Heidegger para quien es incorrecto diferenciar el ser y el mundo físico, es más, piensa que la filosofía occidental se descaminó por haber seguido la senda del logos y no la de la physis (el ser). La opinión de Heidegger va contra la de Reinhardt, Riezler, Schwalb, Woodbury y Mourelatos, para quienes la physis es el mundo físico, sujeto a multiplicidad, movimiento y cambio, mientras que el ser es inmóvil, verdadero, eterno, necesario y universal. La postura de Heidegger está  mas cerca a la de Heráclito, para quien la physis o naturaleza es la esencia o el ser, o sea no se trata del mundo físico, pero de sus oposiciones da cuenta el logos, que no se vuelca nunca adecuadamente en el lenguaje. Todo esto no significa que Parménides en su famoso discurso sobre el ser conciba a éste como una dialéctica del puro pensar, por el contrario, el ser designa una realidad inmaterial que incluye todo, incluso la realidad material. Entonces, si hace falta un nuevo modo de pensar, no calculador y que siga el camino de la naturaleza, cuál ha de ser éste.
Las ideas son el armazón de toda la realidad y la filosofía es la única guía verdadera de la vida. Por eso la filosofía no sólo se hace de palabra sino también de obra. Fueron los estoicos los que abrieron la gran fisura entre pensamiento y vida, que se nota apreciablemente en Séneca, mientras que Sócrates, socráticos y cínicos deslumbraron por la unidad entre pensamiento y vida. Estos últimos fueron maestros consumados en el arte de dar expresión vital de modo insobornable a sus ideas y creencias. Lo mismo se da también en muchos filósofos medievales y modernos. A lo que voy es que el nuevo modo de pensar, para salir el atolladero en que nos hemos metido con la civilización técnica, requiere la unión de vida y doctrina. Si para superar la actual encrucijada se habla de la necesidad de la renuncia, austeridad, interioridad, no se trata de dejarlo escrito en el libro o decirlo simplemente en la cátedra, sino de desafiar el destino practicándolo en la vida. Hace falta un cambio profundo de nuestras propias costumbres para hacer efectivo el nuevo modo de pensar que se reclama. De poco sirve reconocer la importancia de los valores sin la necesaria práctica de las virtudes. En este crepúsculo de almas la voz de algunos hombres fieles a sus convicciones los hará marchar en línea recta al cadalso de la indiferencia, al verse al cabo solo, escarnecido y crucificado por la indolencia, pero lo que se haga con el ejemplo vivo sobrevivirá como protesta viril que fecundará en la hora de la justicia.
El nuevo intelectual no se puede contentar siendo un poste indicador del nuevo camino, como pretendía Max Scheler, sino que debe predicar con el ejemplo, ser coherente entre su vida y sus ideas. En la vida psicopática que se vive hoy lo común es que se acepte la discordia entre ideas y estilo de vida, pero esta trasmutación deja al hombre a secas y sin profundidad. La dimensión ética es inesquivable, lo cual pone en primer término la importancia de la causa final. El nuevo modo de pensar se encuentra ante una physis que no está desprovista de finalidad, es decir, no está entregada al avatar sin propósito del determinismo causal, y aun  cuando la ciencia demuestre que algún día el mundo físico ha de desaparecer, sin embargo, la physis no se agota en el mundo material, va más allá de lo fenoménico, haciendo cavilar que lo inmutable y permanente de la vida del ser no es mero destino ontológico, sino, también, ético en grado sumo, regenerador de la vida misma y vencimiento completo de la muerte. A esto Teilhard de Chardin llamó “cosmogénesis basada en la cristogénesis”.
La nueva forma de espiritualidad que requiere nuestro tiempo no demanda la renuncia a la naturaleza ni al mundo, sino, por el contrario, el reconocimiento de su importancia, sin lo cual es imposible asumir con energía la tarea de transformar el mundo en un mundo más humano, más consciente, más unido, más personal, más divinizado. Todo conduce a una filosofía de la acción que rompe el solipsismo vital, o sea, donde las ideas son el armazón de la realidad y brillan en la unidad de vida y doctrina.
Esta unidad de la idea y la vida nos lleva a preguntarnos sobre lo que significa pensar. Qué significa pensar es el título de un libro de Heidegger, donde puntualiza que: 1. El pensar no da ningún saber como el de las ciencias; 2. El pensar no produce ninguna sabiduría útil de la vida; 3. El pensar no resuelve ningún enigma del universo; 4. El pensar no presta ninguna fuerza inmediata para el obrar. Lo que tiene de cierto este juicio es que el pensar es distinto a la mentalidad de dominio, cálculo y posesión del mundo moderno, y lo que se encuentra de falso es que se desvincule por completo de la vida y el mundo.
Un pensar que renuncia a Dios y al mundo para ser el pastor del ser se queda en el paraíso anémico de la idea, suprimir el cielo y la tierra en vistas de estar iluminado por el ser lleva a renunciar a la trascendencia y la inmanencia, equivale a quedarse frente a la nada por más de que se interrogue “por qué es en general el ente y no más bien la nada”. Un pensar no objetivista, no calculador ni de dominio no tiene que ser necesariamente estéril para la vida y la acción, por el contrario, sirve de guía en el arte de la vida, por cuanto ésta no es verificable, cuantificable ni objetivable. Tener al ser puro como lo único importante va contra el ser mismo, puesto que su razón responde a un propósito ético y finalístico. Quien cambia a Dios y al mundo por el ser puro se petrifica  porque, aun cuando nuestra facultad más elevada es la contemplación, el puritanismo del ser sólo ahonda el nihilismo que siente la indignidad de la existencia y pierde la fe en los valores supremos. Y según Nietzsche, justamente en esto consiste la esencia del nihilismo, pues todo lo que se ama carece de realidad y lo real no se puede amar.  Entonces, es inevitable caer en el desprecio del mundo sensible, como sentir asco del espíritu. La salida trágica es el suicidio.
Hoy vivimos el nihilismo en la embriaguez de la música, el trágico goce en la ruina de lo noble, el trabajo sin objeto, el arte por el arte, el conocimiento puro, el ser puro, el tonto fanatismo, el placer por lo insignificante y la idolatría del sexo, poder y dinero. El culto del deseo, la idolización de sí mismo, el mal gusto, lo extravagante, lo mórbido y monstruoso está bien representado en la popular estrella pop Lady Gaga. La peripecia completa es una marcha segura hacia la muerte, el suicidio colectivo, el triunfo de la cultura necrófila. “Más te vale no haber nacido”, reza el Evangelio. Esta nostalgia de petrificación oscuridad, inmovilidad y muerte está presente en la terrible voluntad del hombre fáustico de la civilización técnica. Su paideia es una adhesión incondicional a lo irracional, antihumano y antinatural. Al parecer las tecnologías verdes dan esperanzas aunque el obstáculo es político y financiero.
Con los ojos atónitos del espectador estupefacto el hombre de hoy se revuelca en el vendaval de su propia locura. A esto nos ha conducido el hado inflexible de un pensar calculador, dominador y posesivo, el afán de lucro y el anteponer la ganancia como valor máximo. Ha llegado la hora de impulsar desde sus premisas un nuevo pensar, no objetivante pero unido al mundo, profundamente moral, capaz de cauterizar las profundas llagas abiertas por el disolvente nihilismo satisfecho.
 
VISIÓN TOMISTA DE LA CIVILIZACIÓN TÉCNICA
Si algo caracteriza el pensamiento del tomismo es su capacidad de síntesis cultural, sincera fe en Dios, en el hombre, y en su capacidad racional. En este sentido debemos reconocer que si bien la fase paleotécnica tan bien representada en el siglo XVIII por la revolución industrial inglesa, que destruyó al medio ambiente a escala industrial y degradó al trabajador hasta límites inimaginables, dio lugar a la inanición de la mente, el cuerpo y los sentidos, sometió la vida hasta límites de barbarie y extremó la lucha por la existencia como consecuencia de las condiciones económicas dominantes. No obstante hay que reconocer en la actualidad que vivimos la fase neotécnica, cuyos refinamientos hacen que lo cuantitativo y lo mecánico sea más sensibles a lo vital. La fase neotécnica conoce mejor lo químico, lo biológico y lo mental, impera lo ergonómico, el respeto al color, a la forma y a lo estético, las cantidades diminutas y lo invisible son tomadas en cuenta, lo sintético toma el lugar de lo natural, es posible dejar de explotar la naturaleza y contaminar el ambiente natural y humano.
No obstante si la fase neotécnica en vertiginoso progreso no se traduce en mayores beneficios para la humanidad en su conjunto es debido a factores institucionales, es decir, razones de orden político y financiero vinculados no sólo con modos de pensar del capitalismo carbonífero sino del mismo capitalismo cibernético, megacorporativo y privado, constituyen la principal traba del cambio social. Y lo que es más grave de esta etapa hiperimperialista es que el organismo social impedido de socializar los beneficios de la etapa neotécnica se va descomponiendo en barbarie y depravación. Ahora en la fase neotécnica cibernética devuelve la posibilidad de rehumanizarse. Y si sigue siendo su redentor blasfemo es en razón de instituciones sociales centradas en la ganancia privada que traban la socialización de sus beneficios.
El comunismo, no el marxismo, triunfará porque la máquina es comunista. El trabajador, inventor, científico y diseñador cooperan mancomunadamente, pues la máquina impone una economía colectiva sin distinción de clases. Además, la máquina hace que el trabajo humano entre en extinción, y la producción masiva hace posible satisfacer las necesidades sociales.
En otras palabras la máquina es comunista porque:
1. Impone un trabajo cooperativo sin distinción de clases
2. Acrecienta la tendencia de la extinción del trabajo
3. Posibilita la satisfacción de las necesidades materiales mediante la producción masiva
4. Y se perfila directamente hacia el reino del ocio para el hombre.
Los beneficios prácticos de la máquina si en un primer momento impone imperativos morales y formas estéticas (cubismo de Braque, Dalí, Picasso, constructivismo de Le Corbusier) en un segundo momento llevará al hombre a su objetivo final que es el ocio o la liberación de otras necesidades orgánicas, emocionales y mentales. Como vemos la técnica esencia anticapitalista porque estando atenta a la funcionalidad del objeto mismo se libera de los valores pecuniarios y sentimentales.
Es decir lo que impide la mayor expansión de los beneficios de la máquina es:
1. El capitalismo y la lógica del dinero, y
2. Las guerras
Por eso el problema actual es institucional. Y la capacidad de las masas para revertir y subvertir el orden actual es muy incierto. Lo que de no cambiar nos llevaría hacia el ahondamiento de la degradación y barbarie humana a escala universal.
Si en un comienzo el capitalismo y la guerra incentivaron el desarrollo de la técnica, hoy obstaculizan su desarrollo. El crecimiento del funcionalismo no llevará hacia el triunfo de las manifestaciones estéticas de la máquina, sino, al contrario, llevará hacia el triunfo del funcionalismo maquinal y del pensamiento substancial en lo vital y humano. Si al comienzo y en aras de la precisión lo que la ciencia nos hizo ganar en dominio del mundo lo perdimos en profundidad, después vendrá la liberación del espíritu humano de lo preciso, que lo dejará a lo maquinal, y se procederá a la recuperación de lo profundo. La máquina crea orden pero también la ilusión de un enorme poder que puede ejercer el hombre. Si con el desarrollo de las ciencias el orden fue transferido de los dioses y gobernantes a las máquinas, el triunfo definitivo de lo maquinal significará la liberación de la comprensión de un nuevo orden no mecánico, trascendente y escatológico.
De este modo, la filosofía de la tecnociencia tiene como tema primordial no sólo si la razón cosificante que impera actualmente en la civilización técnica es producto de la máquina o de las instituciones que la manejan, sino también lo que advendrá más allá del triunfo definitivo de la civilización técnica y el nuevo orden de ocio creativo que liberará para el hombre. Sin embargo, en el presente nuestro dilema es eliminar o dominar a la máquina. El peligro no es el automatismo sino la restricción de la vida. La máquina es creación humana y lo decisivo es que debe favorecer la vida y sus valores. Por ello es falso de que exista un desfase cultural entre la máquina y los valores del hombre, porque la máquina no es la cosa final a la que deba someterse el hombre.
 La máquina neotécnica se vuelve aliada de la vida, prospera la industria verde y ya es posible conseguir una fuente de energía no contaminante al convertir las plantas en combustible. Se hace imperativo la planificación del crecimiento y la distribución de la población. Lo que faltan son las instituciones políticas y sociales para el cumplimiento completo de la máquina, el cual después de un divorcio de siglos nos vuelve a unir con la naturaleza y lo divino. Hace falta un profundo cambio institucional, la superación completa de la lógica del capitalismo. Esto es lo que nos hace ver la crítica de la razón cosificante en la civilización técnica.
No hay duda que la máquina es una contribución vital que puso orden en la mente y en la realidad, y bien conducida puede llevar a la cultura a una síntesis creativa que elimine su propio veneno. La máquina es ambivalente: crea liberación pero también represión. La máquina es peligrosa cuando inmoviliza al espíritu, pero su desarrollo promete la liberación completa de otras y distintas necesidades humanas, las del mundo del espíritu. En este sentido el espiritualismo triunfará porque la máquina misma en su objetivo final libera al hombre de sus necesidades materiales para devolverle íntegro su mundo espiritual. ¡Que paradoja! El mundo de la máquina que conoció en la fase paleotécnica de destrucción del espíritu, hace atisbar en su fase neotécnica su resurrección y triunfo definitivo.
En suma, esta crítica de la razón cosificante en la civilización técnica nos conduce hacia la necesidad de rehabilitar el mito y la religión revelada, como parte integrante de una teoría de la razón integral. Lo cual no significa que se renuncie a la verdadera esencia del ideal de la Ilustración, porque la auténtica salida del hombre de su culpable minoría de edad involucra reivindicar para el logos humano tanto el ordo rationis como el ordo amoris, integrar razón y mito, conocimiento y religión, sintetizar nuevamente filosofía, ciencia y teología, en un ámbito mayor llamado sabiduría, tal como lo logró el Doctor Angélico en el siglo XIII.

*Conferencia leída en el Convento de Santo Domingo el Sábado 11 octubre 2012

domingo, 30 de septiembre de 2012

INMORTALIDAD Y FENÓMENOS PARANORMALES

INMORTALIDAD Y FENÓMENOS PARANORMALES
Gustavo Flores Quelopana
Miembro de la Sociedad Peruana de Filosofía

Dejad que los muertos entierren a los muertos.
Jesús

 

Por lo pronto surge de manera constante una interrogante ineludible: ¿Son los fenómenos paranormales una prueba o un indicio sobre la inmortalidad del alma?
Ya conocemos que en los libros de epistemología que se llevan en las universidades se enseña a los estudiantes una clasificación positivista donde la parapsicología queda encasillada como una pseudociencia, junto a la homeopatía, la grafología, la astrología e incluso al lado el psicoanálisis, entre otros conocimientos. Si a esto sumamos el hecho que 6 de cada 10 personas han experimentado fenómenos paranormales inexplicables en alguna etapa de su vida, entonces todo esto nos debe llevar a una seria sospecha sobre las limitaciones implícitas en dichas clasificaciones académicas.
Generalmente las ciencias sociales y humanísticas no se someten a la prueba de la metodología científica. O dicho con más rigor: los fenómenos sociales y humanos no se someten al método científico, son áreas donde la objetividad y la validez universal no se presenta de la misma manera que en las ciencias naturales, e incluso la tendencia general es a negar que ofrezcan tales características. En estos terrenos resbaladizos resulta inviable descubrir leyes “puras”, y en esto le va tan mal a la sociología y peor a la historia. De manera que la línea divisoria entre ciencia y pseudociencia no se establece a partir del criterio de significación de las proposiciones, sino a partir del criterio positivista de verificabilidad o refutabilidad.
Con estos criterios no le falta razón, a mi amigo, el profesor sanmarquino Marino Llanos, para sostener, en su libro Epistemología de las Ciencia Sociales (2009), que existe una epistemología de las ciencias naturales pero no una de las ciencias sociales, porque sus conceptos básicos son vagos, polisémicos, ambiguos y carecen de leyes. Sociología, antropología e historia son todavía cuasiciencias. Y mientras los actuales métodos de las ciencias sociales no son sistemas hipotéticos deductivos, ni permitan hacer predicciones de validez universal, el único modelo completo de ciencia lo seguirá siendo el positivismo lógico.
Sin embargo, en tales precarias circunstancias también estarían la medicina, la psicología, la economía y otras más, y de resultas el sistema universitario mundial estaría enseñando entonces, al decir de nuestro amigo, “cuasiciencias”. Es obvio que algo está pasando con el estatus científico del conocimiento humano. La principal observación es que el defecto de base de tal reduccionismo positivista se deriva de la asunción de presupuestos empiristas y estrechamente antimetafísicos. A todas luces una gran parte del conocimiento humano, entre ellas las ciencias sociales, no tienen que ser forzosamente nomotéticas y formular leyes, sino que son tipológicas y como tal establecen tipos de fenómenos. Este criterio tipológico ya fue formulado por Tatarkiewicz.
Yo creo que éste sería el caso de las llamadas pseudociencias y cuasiciencias. Esto a todas luces ampliaría la definición misma de ciencia. La definición tradicional dice que ésta es un conocimiento de leyes que rigen los fenómenos y que son formulados en lo posible en lenguaje matemático. Una definición ampliada de ciencia podría ser: conocimiento de tipos de fenómenos que pueden o no ser formulados en leyes expresadas o no en lenguaje matemático.
Con mucha razón, otro amigo sanmarquino, el profesor de filosofía Miguel Polo, haciendo referencia a los fundamentos filosóficos de la psicología transpersonal de Ken Wilber (2001), destacaba que el sentido de ciencia cambia si la dejamos de reducir al concepto de “ciencia empírica”, pues la cultura moderna sobrevaloró la metodología de las ciencias naturales y la experiencia sensible, y cometió el error categorial reduccionista de subyugar toda la experiencia a experiencia sensorial. 
Una liberación del concepto de experiencia respecto de la experiencia sensorial nos permitiría admitir junto a la experiencia sensible la experiencia espiritual. La primera valiosa para el estudio de la materia y la vida, y la segunda para el abordamiento del alma, de lo religioso y lo metafísico. Claro que esto implica ir a contracorriente de la filosofía contemporánea y aceptar una ontología de las esencias de base realista, donde el primado del ser sobre el conocer es lo prevalente.
Tras esta discusión metodológica sobre la ciencia nos preguntamos: si la parapsicología entra dentro de la descripción  tipológica  de  las  ciencias  y si tras la ampliación del significado de experiencia, acaso ¿lo paranormal no va más allá de la mera experiencia sensible? Si esto es así, entonces lo que nos brinda la parapsicología y los fenómenos paranormales son ¿indicios o verdades? Al parecer son verdades que conciernen a otro tipo de experiencia y cuyo criterio lo veremos en el siguiente capítulo.
Por el momento nos limitaremos a indagar si el fenómeno paranormal brinda una evidencia más sobre la inmortalidad del alma. Veamos, entonces, lo que nos dice el conocido trabajo de Rudolf Tischner, Introducción a la parapsicología (1977). Para Tischner la parapsicología no es alucinación, fraude, sugestión o truco, sino fenómenos verdaderos (parapsíquicos, parafisiológicos y parafísicos) que toda persona culta puede admitir su realidad.
Su tesis es que no se trata de un fenómeno psicofísico sino que es puramente mental, sin relación con el cerebro, en el sentido de una acción extracorporal del alma. Todo lo cual sugiere preguntas sobre un alma universal, sobrehumana, sobre la inmortalidad, la existencia de Dios y se constituye en ciencia sugestiva para la filosofía. Además, dice Tischner, desmentiría la visión mecanicista del universo demostrando la existencia de lo sobrenatural.
Otro libro muy difundido es el que pertenece a Rene Sudre, Tratado de parapsicología (1978), y en donde sostiene que el fenómeno sobrenatural insinúa una fuerza psíquica de origen desconocido. Sus fenómenos son: Mentales (Prosopopesis o cambio brusco de personalidad, telepatía y Metagnomia o conocimiento de algo normalmente inaccesible a la mente) y Fisiológicos (fluido psíquico, telergia, teleplastia y encantamientos). Añade que filosóficamente el espiritismo no logra demostrar la supervivencia del alma invocada, se plantea la naturaleza psíquica de la vida y la posible existencia de un depósito común de conciencia. En suma, cree Sudre, se requiere una nueva metafísica del universo.
Un trabajo más reciente de Paola Giovetti, Ciencias Ocultas (1994), afirma que la parapsicología desmiente la visión racionalista, materialista, cientificista y atea de la vida y del mundo, mostrando la realidad misteriosa de lo sobrenatural en médiums, místicos y personas comunes, así como sobre objetos o lugares. Todo lo cual es un indicio muy fuerte sobre la vida postmortal, la evolución del alma y la realidad de Dios.
La realidad de lo sobrenatural también es admitida por los Evangelios, pero allí el tono es de advertencia, puesto que señala que el diablo es poderoso y se viste de ángel de luz, por lo que puede leer la mente de los hombres y hacerles creer que se comunican con las almas de sus familiares. La sagrada escritura es clara, por lo demás, en lo que se refiere a la realidad del alma.
Así el apóstol Pablo escribió: “Esto empero digo, hermanos: que la carne y la sangre no pueden heredar el reino de Dios; ni la corrupción hereda la incorrupción. He aquí, os digo un misterio: Todos ciertamente no dormiremos, mas todos seremos transformados. En un momento, en un abrir de ojo, á la final trompeta; porque será tocada la trompeta, y los muertos serán levantados sin corrupción, y nosotros seremos transformados. Porque es menester que esto corruptible sea vestido de incorrupción, y esto mortal sea vestido de inmortalidad. Y cuando esto corruptible fuere vestido de incorrupción, y esto mortal fuere vestido de inmortalidad, entonces se efectuará la palabra que está escrita: Sorbida es la muerte con victoria. ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria? Ya que el aguijón de la muerte es el pecado, y la potencia del pecado, la ley.” (Corintios 13: 50-55). Alma y cuerpo no se distinguen en la Biblia tal como se diferencian en la filosofía griega. El alma es presentada como aquello que los seres humanos no pueden dar muerte: “No temáis a los que matan el cuerpo pero el alma no pueden matar; temed más bien a aquel que puede destruir el alma y el cuerpo en el infierno.” (Mt. 10: 28)
Ahora bien, los autores arriba mencionados siguen en realidad los estudios del famoso y reconocido parapsicólogo estadounidense Joseph Banks Rhine, célebre por sus investigaciones y fundador en 1964 de la Foundation for Research into the Nature of Man y del Institute for Parapsychology. Ejemplo que fue seguido por organismos privados y en universidades otros países (Holanda, Alemania, Rusia, Inglaterra, etc.). Rhine admite que los resultados tangibles son muy imprecisos debido a un problema metodológico importante como es su fundamento científico. Pero también en este terreno marcaron la pauta las investigaciones de tres filósofos célebres como William James, Gabriel Marcel y Henry Bergson.
James, cuyo pragmatismo le hacen pensar que las creencias religiosas deben ser tenidas por verdaderas si procuran un beneficio moral, admite un depósito universal de conciencia y no identifica los estados de conciencia con la actividad cerebral (Véase, Los principios de la psicología).
Marcel en su Diario metafísico (1927) profundiza en el tema de la muerte del ser amado dentro del misterio ontológico de la experiencias mística, se pregunta si la muerte es una desencarnación e investiga la experiencia de los espíritus. Y en su Homo Viator (1944) escribirá que la esperanza es esperanza del más allá, o de la salvación.
Bergson en su obra La energía espiritual, cuyas conclusiones últimas van más allá de la evolución creadora y donde la conciencia desborda lo cerebral, hace posible la supervivencia del alma y los fenómenos paranormales.
Al hablar de “Espectros de vivientes y pesquisas psíquicas” afirma que las cosas del espíritu no se prestan a la medida y lo cerebral no es equivalente a lo mental, pues la conciencia o lo mental desborda al organismo hasta tal punto que la supervivencia deviene tan probable que la carga de la prueba recae sobre aquel que la niegue. Todos estos filósofos subrayan que la metapsíquica no puede ser confundida con el espiritismo y que la realidad de los fenómenos del universo no se reduce al encadenamiento riguroso.
La investigación metapsíquica es muy antigua pero sólo desde el siglo XVIII ha habido un estudio atento de estos fenómenos. Según Charles Richet su historia puede dividirse en cuatro periodos: periodo mítico (hasta Mesmer, 1778), periodo magnético (de Mesmer a los hermanos Fox, 1847), periodo espiritista (de los hermanos Fox a William Crookes, 1847-1872). La época de Richet daría comienzo a un quinto periodo, el periodo clásico (1872-1922). Rhine representaría un sexto periodo, el periodo científico (1922-1954). En la actualidad estamos viviendo el sexto periodo, el periodo de las neurociencias.
El neuropsicólogo cubano Rolando Santana desde 1993 viene intentando la explicación de los poderes paranormales a través del estudio del cerebro con el objetivo de dilucidar cómo funciona el cerebro humano en el momento se que se producen  estas  manifestaciones.  La  determinación  de  las diferentes áreas del cerebro en la actividad mental paranormal reveló desórdenes en la actividad cognitiva, alteraciones en la actividad eléctrica cortical y presencia de ondas lentas en zonas posteriores del cerebro. Todo lo cual lleva a concluir que los poderes extrasensoriales se producen por un funcionamiento más lento de la corteza cerebral. El origen es esta aptitudes es aun desconocido, pero científicos rusos afirman que las zonas subcorticales del cerebro reciben constantemente influencia telepática del ambiente de manera inconsciente.
Pero aun falta mucho para explicar la enorme gama de fenómenos paranormales que se presentan, entre ellos la aparición de fantasmas.
Son conocidos muchísimos casos en que personas que acaban de morir son vistas por amigos y familiares a muchos kilómetros de distancia. ¿Es su alma lo que se ha visto, o una proyección postrera de origen desconocido de la conciencia del difunto? La pregunta crucial es si se refiere a posibles comunicaciones con personas desencarnadas o si es el cerebro el que genera o transmite la imagen fantasmal. Los espiritualistas creen en lo primero, los materialistas ortodoxos asumen lo segundo. El debate continúa abierto.
No obstante, ¿no dicen los fenómenos paranormales algo positivo sobre la inmortalidad del alma? En estado de vigilia todos somos conscientes y tenemos la certidumbre de cuatro cosas: 1. Que estamos vivos, 2. Que estamos conscientes de estarlo, 3. Que no viviremos para siempre y 4. Y que la muerte es inevitable. ¿Pero acaso los atributos de conciencia del yo, conciencia del cuerpo y conciencia de la muerte estrechan todo lo que nos dice la conciencia? La experiencia paranormal dice que no, y que más bien existe un quinto ámbito del que podemos ser consciente y tener certidumbre; 5. Que después de la muerte se sobrevive. A esto que sobrevive se le llama “alma”.
Desde esta vida se puede ser consciente de su identidad postmortal, aun cuando el hecho de las comunicaciones desencarnadas no sean frecuentes ni repetibles. Lo cual significa que el alma sobrevive cuando deja de existir la conexión entre la mente y el cerebro. Además, por fuerza habría que suponer que el alma es algo que la teoría evolucionista no puede explicar, puesto que sería directamente creada por Dios para unirse al cuerpo.
Por lo demás, esto no es sorprendente en lo que al evolucionismo se refiere puesto que como teoría explicativa es terriblemente débil y no suministra explicación plena de nada de lo que se genera en el curso de la evolución.
Es muy probable que la mente autoconsciente sea producto del cerebro, pero si sobrevive algo llamado “alma” querría decir, entonces, que la base material sólo hace posible sus manifestaciones más no su existencia misma. Esto nos lleva directamente a suponer un origen sobrenatural del alma, su principio no sería genético y requeriría la conjetura de un inicio independiente, que se asocia al cerebro y maneja mi mente.
Jankélévitch (La muerte, 1966) dice que el “Yo muero” es una aporía porque la persona sólo se lo puede decir en futuro. En esto sigue a la corriente de pensamiento que ha destacado la imposibilidad de «vivir» la propia muerte, tema en el que también se habían destacado las opiniones de los epicúreos («cuando la muerte es, nosotros no somos: cuando nosotros somos, la muerte no es»), de Kant -que en su Antropología señalaba también con plena claridad la imposibilidad de concebir la propia muerte, la opinión de Freud y la de Wittgenstein («la muerte no es un evento de la vida, no se vive la muerte»). Freud considera que, además de la pulsión de vida (Eros), la pulsión de muerte (Tanatos) -que se manifiesta por el carácter repetitivo de los instintos- es un elemento básico de la estructura de la psique humana, y el conflicto entre estos dos principios es un elemento constitutivo de la civilización.
Pero esta corriente que piensa que «no se puede vivir la propia muerte» no toma en cuenta las resurrecciones clínicas, ni los retornos a la vida, menos aun las misteriosas capacidades de la mente para predecir el futuro y el sentido religioso de la misma. Además, si tenemos en cuenta el sentido unamuniano del carácter agónico del vivir, entonces tenemos que admitir que el “Yo muero” no sólo se lo puede decir en futuro, sino también en presente. Para decirlo más claro en lenguaje orteguiano: la vida auténtica implica conocer y asumir nuestra “circunstancia”, en la cual vivir el desvivir se convierte en una agonía permanente que nos acerca a cada instante del presente a la muerte futura.
No obstante, restringir el “Yo muero” al futuro es también olvidar la diferencia que existe entre la muerte carnal y la muerte espiritual. Pablo escribe: “Y a vosotros, estando muertos en pecados y en la incircuncisión de vuestra carne, os dio vida juntamente con él, perdonándoos todos los pecados” (Col 2:13). Pues se puede estar vivo en esta vida y sin embargo muerto para el espíritu, esto es, se puede estar vivo para la carne y, sin embargo, muerto para el alma. El Evangelio nos dice que en esta vida hay que morir para la carne para estar vivo para el espíritu. Por tanto, el “Yo muero” tiene una más profunda significación en una dimensión religiosa, la cual implica el presente y no el futuro, dado que la conversión de nuestra vida se ha de realizar en este mundo y no en el otro. Y es tan importante esta connotación presente del “Yo muero” para la carne que decide la vida postmortal para toda la eternidad.
Para las doctrinas dualistas y religiosas la muerte no es vista como negación radical de la vida, lo que muere es sólo el cuerpo y por ello la muerte es solamente un «tránsito» hacia otra forma de vida. Es decir, tratan la muerte dentro de la teorización de la resurrección. A su vez, la resurrección también ha sido entendida históricamente de diversas maneras.
Así, algunas creencias sostienen las reencarnaciones sucesivas, la transmigración de las almas o metempsícosis. Generalmente, estas creencias son solidarias de una concepción cíclica del tiempo. Otras doctrinas, en cambio, vinculadas a una concepción lineal del tiempo, como la cristiana, por ejemplo, sostienen una única resurrección.
En cambio, desde el monismo psicofísico idealista de Hegel la muerte es la negación de la no adecuación entre lo universal y lo singular, de manera que lo singular se disuelve en lo universal, asemejándose en esto a posiciones de tipo panteísta que también consideran la muerte como la disolución del individuo en la totalidad, y conciben la vida humana como momento en el continuo latido del cosmos.
Por otra parte, desde el monismo materialista la muerte es concebida como disgregación del organismo, de forma que se niega toda inmortalidad personal. Por su lado, la consideración actual de la muerte como fin de la actividad cerebral parte del supuesto filosófico de considerar que es la actividad cerebral la que determina la característica específicamente humana, razón por la cual, en su ausencia, aunque no haya cesado la actividad cardiorespiratoria, se está en presencia de una vida no humana. Sin vida cerebral no hay vida humana y la eutanasia es posible. No obstante, no hay acuerdo sobre esta cuestión, puesto que parte de presupuestos filosóficos dudosos, por lo que es uno de los debates centrales de la bioética y del cual depende si es lícito o no el derecho a una buena muerte. Pero el tema ético fundamental que plantea la muerte es el del derecho a una«buena muerte»,
Como vemos, la relación del alma con la muerte nos descubre desde la posición agnóstica (no se puede vivir la propia muerte), resurrectiva (muerte como tránsito a otra vida), panteísta (muerte como disolución de lo individual en la totalidad) y materialista (muerte como disolución completa de la persona). De todas ellas, sólo la resurrectiva permite afirmar plenamente la existencia del alma inmortal.
Ahora bien, los fenómenos paranormales son o pretenden ser en gran medida un contacto no sólo con lo extrasensorial, sino con el mundo de los muertos. Es pues, también, una experiencia con los muertos. En templos paganos hindú, confuciano, zulú e indios americanos se practicaba la comunicación con los muertos, práctica espiritista común en el mundo antiguo. Se creía que el espíritu de los antepasados iba al inframundo y la comunicación se hacia a través de ruegos, oráculos, etc.
En este sentido arrojan luz sobre el problema de la inmortalidad del alma, pero sobre todo, aluden a una dimensión que nos trasciende, abarca y sobrepasa, esto es, lo espiritual. Son prodigios que trascienden la mente individual y la vida mortal, y constituyen un testimonio del carácter real de un mundo invisible y paralelo, que es científicamente incomprensible aunque espiritualmente manifiesto.
Lima, 30 de setiembre 2012