miércoles, 4 de enero de 2012

DIALÉCTICA DEL FEMINISMO CONTEMPORÁNEO


LA DIALÉCTICA DEL FEMINISMO CONTEMPORÁNEO
Gustavo Flores Quelopana
Miembro de la Sociedad Peruana de Filosofía

Resumen

La mujer se ha visto arrastrada por una lógica perversa que la ha instrumentalizado haciéndola creer que se ha liberado. La primera generación feminista estuvo marcada por la “parcialidad” de su lucha por la igualdad social, los derechos civiles y democráticos. De esta forma el feminismo igualitario quedó atrapado en la simbología, cultura y lenguaje masculino. La segunda generación feminista incluso llegó a sugerir la creación de una divinidad femenina para ayudar a vencer la “incompletud” de su falta de simbolización en la mujer. La tercera generación feminista aflora en el reconocimiento de la riqueza intrínseca de la “mismidad” de su naturaleza femenina, que se sienta entusiasmada por ser una criatura con una elevada inteligencia emocional, llena de empatía y sociabilidad, conocimiento de sí misma y sensibilidad.

1. Introito
Con frecuencia se ha afirmado que una de las consecuencias del mundo moderno es la liberación de la mujer. Y sin embargo ha sido el propio movimiento feminista el que ha venido a poner en cuestión este aserto. La mujer no está todavía liberada, no tanto por persistir la discriminación sexual, racial o cultural, sino porque en una sociedad alienada, cosificada, desespiritualizada y anética le es difícil encontrar su esencia misma, y menos aún realizarla. En un mundo de injusticia y miseria las mujeres no pueden ser libres y, menos aun, felices. En realidad lo que tenemos en el presente hedonista y nihilista es la esclavitud de la mujer “liberada”.
El feminismo contemporáneo en su vertiente filosófico-intelectual presenta, a mi modo de ver, tres momentos que responden a la dialéctica misma del movimiento, a saber, el momento del feminismo de primera generación, signado por la “parcialidad” de su la lucha por la igualdad social, política y económica; el momento del feminismo de segunda generación, rubricado por la “incompletud” de su lucha por una simbología, cultura y lenguaje propiamente femeninos; y el momento del feminismo de tercera generación, caracterizado por la “mismidad” del reconocimiento de una naturaleza propia, emocionalmente rica, moralmente buena y de mayor sensibilidad espiritual. Aquí cesa la lucha fratricida entre los sexos, se asume el rol complementario de los mismos y se defienden los valores de la unidad familiar.
Lo singular de este tercer momento es que alumbra justo en el instante en que triunfa la mujer-objeto de la cosificada sociedad capitalista globalizada, dominada por el lucro, el sexo y el poder. La sociedad sexista, ludopática e individualista de la cultura posmoderna lleva a su pináculo a la mujer objeto en la publicidad, el trabajo y los negocios. La explotación de la belleza femenina alcanza cuotas jamás antes vistas, la fetichización del bello sexo brinda ganancias inauditas en una sociedad que claudica de los valores y de la vida del espíritu. Y lo curioso es que junto a esta cosificación acelerada de la mujer se da la feminización agresiva del hombre, su pérdida de masculinidad, el cuestionamiento de su virilidad, el extravío de su rol protector y proveedor en la familia. Bien reza el antiguo proverbio budista: “Un hogar sin padre es como una casa sin techo”. Y nosotros añadiríamos: “Y un hogar sin madre es como una casa sin corazón”.

2. Un momento con la dialéctica
Por el momento, debemos recordar que en la historia de la filosofía se pueden distinguir cuatro significados fundamentales de dialéctica: 1. como método de división (Platón), 2. Como lógica de lo probable (Aristóteles, Kant), 3. Como lógica (estoicismo, patrística oriental, patrística latina y la escolástica) y 4. Como síntesis de los opuestos (Heráclito, Fichte, Hegel. Marx), el cual que comprende tres momentos: a. el paso de un opuesto a otro, b. este paso es la conciliación de los dos opuestos, y c. este paso es necesario. No es el caso aquí explayarse sobre el tema, por lo que sólo precisaré que aquí empleo el término dialéctica en su cuarta acepción. Pero con la misma salvedad y reserva que guardaba Kierkegaard cuando solamente aceptaba el primer momento de la dialéctica de los opuestos.
En efecto, como veremos los tres momentos del feminismo contemporáneo no implican necesariamente ni la conciliación de los opuestos, ni el carácter necesario de dicha conciliación y menos una síntesis de los opuestos. Por el contrario, los momentos de la “parcialidad”, la “incompletud” y la “mismidad” sólo son dialécticos en el sentido en que presentan el paso de un opuesto a otro, sin que medie la conciliación ni la necesidad y menos la síntesis.
De este modo, el primer feminismo opuso la reivindicación de los derechos civiles a la discriminación social de la sociedad patriarcal que agobiaba a la mujer, el segundo feminismo reprochó al primer feminismo tratar de liberar a la mujer utilizando la propia cultura fálica del hombre, y el tercer feminismo rechazó como lo intrínseco de la mujer tanto lo político y lo racional para reivindicar lo emocional y afectivo, lo maternal y procreador, sin renunciar por ello a su derecho al trabajo y a una educación superior. Veamos ahora los tres momentos dialécticos.

3. Un poco de historia
El origen de la cuestión femenina surge en la Revolución Francesa, pero sus  conquistas fueron prontamente abolidas incluso bajo el Código napoleónico. Los utilitaristas y los economistas clásicos reclamaron el fin de la sumisión de la mujer. Los socialistas exigieron su inserción en el proceso productivo, coincidiendo con los liberales en su emancipación fuera del hogar. Ambas ideologías terminaron despreciando  la institución del matrimonio.
Por su parte, la antropología cultural sostuvo que la prohibición del incesto constituyó el tránsito del estado de la naturaleza a la cultura, haciendo que la vida cultural comience con la objetivación de la mujer como objeto de valor y de intercambio. Por esta relación con el tránsito de la naturaleza a la cultura, la mujer se convierte en símbolo de la lucha del varón con la naturaleza. Naturalidad a la que hay que someter sin culturizarla demasiado. De modo, que se sugirió que la dependencia de la mujer nace del temor y defensa del varón.
Actualmente, la mujer vive la búsqueda de su identidad que ya no se identifica con su rol tradicional doméstico de maternidad o de placer. Una sociedad machista configuró el rol tradicional de la mujer, pero lo que hoy se encuentra en discusión es que si la naturaleza femenina existe. John Stuart Mill opinaba que el contexto cultural, social y económico más que el biológico influye en los caracteres sexuales y en las formas de comportamiento. Para Sombart el capitalismo surge del señorío de la mujer en la corte, la sustitución del amor santificado por el amor hedonístico y el triunfo del amor libre. Así, el triunfo de la mujer es el triunfo del lujo, del consumismo y del mercado. La lady es la que da forma al capitalismo. Por su lado, el marxismo hizo hincapié que la mujer con su comprensión, afecto y consuelo sirve de pararrayos social, desempeñando un rol conservador. La activista feminista Betty Friedan, que insistía en luchar contra el instinto de dominación del macho, en 1963 denunciaba el retorno de la mujer a la vida del hogar.  Y para el cristianismo, que reconoce una igualdad teórica entre el hombre y la mujer y que ella tiene un rol activo en el plan de salvación, afirma que la mujer vive la vida privada de modo cerrado y egoísta.
Sin embargo, los analistas del trabajo extradoméstico han concluido que éste en la práctica no contribuyó a su proceso de liberación, más bien fue parte de explotación laboral y discriminación salarial. Sociólogos y psicólogos coincidían en la tesis de que la mujer deseaba un retorno a la vida de hogar.
Finalmente, la sexología ha destacado que existe la identificación de la mujer con su destino de objeto sexual y de procreación, que la revolución sexual liberó a la mujer de su función procreativa pero sigue siendo objeto sexual. Y el freudismo niega a la mujer la posibilidad de un fuerte súper ego, lo cual está en la raíz de su envidia del atributo sexual femenino.

  1. La Parcialidad

La primera generación feminista estuvo marcada por la lucha por la igualdad social, los derechos civiles y democráticos en medio de la opresión de la sociedad patriarcal. El derecho al voto concentraba una de las reivindicaciones fundamentales de la primera lucha feminista pero, en buena cuenta, era consecuencia de la erosión de los apegos a las culturas localistas, el debilitamiento de los vínculos de parentesco y la exigencia de la racionalidad utilitaria del mercado, a medida que el capitalismo avanzaba. El primer feminismo encontró un gran aliado en las exigencias pragmáticas y utilitarias de la racionalidad instrumental del mercado capitalista. En realidad, el feminismo profundizó la lucha del liberalismo contra las supérstites concepciones totalitarias del estado y de la sociedad en el seno de la sociedad burguesa. Nos guste o no la verdad es que fue el mercado capitalista el que impulsó las necesidades materiales y espirituales del primer feminismo, el cual no tardó en caer en las garras de este sistema de regulación. Y desde entonces y en cualquier lugar del globo donde la economía moderna reina la mujer, al igual que el hombre, se mantiene sujeta por completa al valor de cambio. Mientras tanto, sus sentimientos y su maternidad –su último refugio irreducible- se mantiene sólo como reino catártico para contrarrestar el materialismo rampante de la despiadada sociedad moderna.
Por ello, el feminismo vino primero a completar la transformación social burguesa en el seno mismo de la familia moderna. En la primigenia transformación burguesa de la familia es el hombre primordialmente el que se encuentra obligado a encontrar un trabajo asalariado dejando a la mujer en el ámbito de lo privado, levantando un dique ante el exterior y reservando en el hogar el trabajo artesanal por cuenta propia. Pero al incorporarse la mujer a la masa laboral aceptando un trabajo asalariado en la empresa comercial y mercantil dejó la familia de ser puerocéntrica y la preocupación por la intimidad y el bienestar del hogar pasa a segundo plano. Se completa así con el feminismo de primera generación la transformación universal de la familia moderna que rompe la antigua forma mujer-familia a favor de la nueva relación mujer–trabajo extradoméstico. Desde entonces, la mujer se asimiló a las masas laborales que se ilusionaron en encontrar la felicidad buscando más la riqueza, abrazando el mito de la antropología moderna, según la cual se vive en un Cosmos radicalmente desacralizado, considerándose un ser únicamente histórico.
Es falso, en este sentido, que la familia popular de los países en desarrollo se contraponga a la familia burguesa, pues en proporciones mayores y en condiciones más duras la mujer popular de nuestros días tiene que buscar fuera del hogar el sustento diario, con lo cual también se cumple la citada transformación de la mujer-familia por la mujer-trabajo (1).
Como vemos, el feminismo liquidó la familia premoderna, institucionalizó la familia burguesa pero no fue la responsable del proceso. La responsabilidad recae sobre los resortes de la racionalidad occidental y sus contradicciones con la ética señorial. La crisis de la familia y su peligro de muerte comenzó con la racionalidad instrumental del hombre moderno, con su forma de concebirse como un ser histórico, viviendo en un  universo desacralizado donde la mujer deja de ser considerada de modo excepcional, singular, misterioso y sagrado, en el que se trivializa su modo peculiar de ser, esto es, ser creadora de vida en el Cosmos.
La igualdad entre los sexos para la realización de la vida familiar –en la pareja y en la educación de los hijos- junto a su apertura son los dos ejes que dominan la crisis de la familia contemporánea. Pero la emancipación femenina, que corre pareja con la emancipación juvenil, en vez de conducir ineluctablemente hacia la desaparición de la familia sigue conservando en el amor de los cónyuges, en la solicitud materna y en la camaradería juvenil una carga positiva, innovadora y antagónica a las exigencias del mercado. En estos movimientos hay una racionalidad estética, hecha para el gozo, con una solidaridad no funcional al sistema. En este sentido el feminismo puede ser visto también como un elemento importante para la reestructuración y redefinición de la familia.
Sin embargo, el primer feminismo está atrapado en la lucha entre los sexos y no sólo en el deterioro familiar. El mercado capitalista ha introducido en la mujer el principio inexpresado del cálculo de los costes, que hace sentir como un peso molesto los vínculos conyugales y la prole, lo que se expresa culturalmente en la legislación sobre el aborto y el divorcio, junto con el principio de competitividad y el espíritu adquisitivo, todo lo cual termina agudizando la lucha entre los sexos. Pero es especialmente importante advertir que han sido las fuerzas productivas en su fase monopólica las que han impulsado una sistemática falsa liberación de la mujer, debiendo encontrar la mujer cosificada la completa satisfacción de sus deseos en el imperio ineluctable del mercado. Se trata de una organización total de su vida mental y biológica, que complementa un entretenimiento disolvente con la renuncia de su maternidad. No es raro, por ello, que la mujer seudo liberada de hoy –salvo las élites intelectuales- siga siendo tan ignorante como la mujer de ayer sometida al marido. Y esta degradación y autoliquidación de la cultura occidental, sin distinción de género en el mundo contemporáneo, va de la mano con una  ineluctable eliminación del poder del pensar en el uso y goce del aparato de producción y de consumo. Ya no es un secreto para nadie que la sociedad de neón no dirige sus mensajes publicitarios a la razón sino a lo instintivo, la sociedad de consumo no necesita personas razonadoras y pensantes sino entes robotizados que obedezcan los impulsos excitados por el mercado omnipotente. Por ello, actualmente el mercado administra la liquidación de la cultura porque para que este sistema prospere y se mantenga es necesario obnubilar las decisiones libres tanto de hombres como de mujeres. De este modo, lo que el primer feminismo logró sin saberlo fue que el libre albedrío femenino fuese manipulado y administrado en interés del mercado monopolista.
Es cierto que lo femenino no coincide completamente con el feminismo, de ahí que persistan posiciones incluso creyentes que no admitan considerar a la Virgen María como la primera feminista, viéndola muy por encima de estos beligerantes movimientos de género de la modernidad. En la distinción entre lo femenino y el feminismo abundaron las sufragistas de comienzos del siglo veinte, las cuales desde el principio atacaron al hombre no tanto como individuo particular sino como un representante del sistema patriarcal. Así, las feministas decían que antes del racismo está el sexismo porque antes de la clase social está la casta femenina doblemente oprimida por la marginación racial y sexual. Pero en el banquillo de los acusados fue también puesto el sistema capitalista, su cultura y su moral cristiana (2). Sobre la Iglesia Católica es bastante conocida su reacción negativa frente  a la primera generación feminista, pero con el transcurso del tiempo su posición ha cambiado hasta el punto de surgir en su seno un feminismo hermenéutico, con el propósito de reivindicar la figura de la mujer en el evangelio y contribuir con su efectiva liberación. Sin embargo, puntos de conflicto han persistido en lo tocante al tema del derecho al aborto, el divorcio y los métodos anticonceptivos. No obstante, el primer feminismo sufragista empieza a ver sus limitaciones cuando se desilusiona del socialismo marxista –lo cual empieza desde los procesos de Moscú- como alternativa de liberación y asumen que la revolución no es contra una forma específica de sociedad sino contra la naturaleza misma y contra sus manifestaciones en la cultura del hombre.
En otras palabras, pedir iguales derechos, sostener iguales posibilidades, aspirar a posiciones iguales en la familia y en la sociedad es una manera más de ratificar la opresión en que se encuentran las mujeres, y por tanto significa no cambiar nada radicalmente.  Y así se agota el primer feminismo en su propia “parcialidad”, en la toma de conciencia que poco sirven las conquistas alcanzadas en el plano de la igualdad formal.

  1. La Incompletud
Si la primera generación feminista está representada por las sufragistas y su lucha por la igualdad social –a lo que hemos llamado el momento dialéctico de la “parcialidad”-, la segunda generación está encarnada por las intelectuales y su lucha por la igualdad teorético-intelectual –a lo que llamaré el momento dialéctico de la “incompletud”-.
El feminismo sufragista es un movimiento signado por la parcialidad de sus conquistas alcanzadas sólo en el plano formal, el feminismo intelectual es un movimiento signado por la incompletud en la medida en que su aspiración a desarrollar un lenguaje, leyes y mitología propiamente femeninos descuida el lado emocional y procreador, indudablemente el más natural e importante en la mujer.
La lingüista y analista francesa Lucy Irigaray (3) descubrió en el lenguaje del esquizofrénico un dialecto privado o idiolecto, más tarde se dedicó a construir formas femeninas de simbolización y lenguaje basándose en la teoría lacaneana de lo real, defendió luego la opinión de que el mundo simbólico es fundamentalmente masculino y patriarcal, el cual expresa la imaginación de los hombres solamente. De esta forma el feminismo igualitario –dice- quedó atrapado en la simbología, cultura y lenguaje masculino. Para Irigaray la mujer no puede encontrar su propia identidad en el simbolismo fálico, sino que debe crear su propio simbolismo, lenguaje y cultura, debe subvertir el orden fálico de lo simbólico, que es origen de la opresión de la mujer, responsable de su cosificación, frustración y carencia-exclusión. Incluso llegó a sugerir la creación de una divinidad femenina para ayudar a vencer la falta de simbolización en la mujer. La mujer sería así el prototipo de la alteridad excluida, irrepresentable en la simbología fálica. No es que la mujer no sea un animal simbólico sino que lo ha sido con el sucedáneo del simbolismo patriarcal.
Otra importante filósofa francesa es Michele Le Doeuff (4), quien se ha dedicado al aspecto oculto del canon filosófico, al estudio de las metáforas en los libros de filosofía, las cuales hacen referencia que esta rama del saber no sea cerrada ni conclusa, pero la razón y la racionalidad han sido esencialmente masculinas. Se opone al sexismo filosófico en nombre de la filosofía misma, reconoce que por lo general las mujeres han preferido el papel de discípulas o partidarias de grandes filósofos sin atreverse a elaborar teorías propias. Está convencida que la filosofía es liberadora, reverencia a los filósofos del siglo XVIII a los que pone de modelo de pensamiento autónomo al que las mujeres deben aspirar, no debiendo renunciar a la filosofía para demostrar que la mujer también puede ser filósofa.
En tercer lugar, encontramos a la politóloga inglesa Carole Pateman (5) como otra importante representante del feminismo de la incompletud. Sostiene que es necesario transformar la teoría democrático-liberal porque no explica suficientemente bien la obligación política legítima. Hace falta explicar el consentimiento de un individuo libre para que la política se defina con arreglo a la esfera pública y reducida a la esfera privada. La esfera pública es varonil, racional, libre, justa y universal, de este modo la incorporación de la mujer a la esfera pública es problemática debiendo conducirse como hombres competitivos o bajo el paternalismo de la lógica fálica.  La teoría política actual prolonga la oposición entre hombres libres y universales y mujeres concretas y naturales. Pero Pateman cree que las mujeres son capaces de trascender su naturaleza y garantizar la incorporación de la individualidad femenina a la vida política. Quizá sea una limitación de esta pensadora no considerar una posible solución de dicha exclusión fuera de la esfera pública y de la ciudadanía o realizándose en lo público para enriquecer su propia individualidad femenina.
Por nuestra parte, cabe preguntarse si la insistencia en la búsqueda de racionalidad no desnaturaliza lo propiamente femenino, si en vez de ayudar más bien trunca su desarrollo autónomo y libre de una naturaleza dotada de una más delicada sensibilidad y emotividad. Al parecer, la mujer muy lejos de haberse liberado ha desembocado hacia una mayor esclavitud, tratando de conquistar la igualdad con el hombre se imaginó que podía hacer lo mismo que él pero en versión femenina. El resultado ha sido su despersonalización. Las limitaciones del segundo feminismo demostraron que el negocio para la mujer no estaba ni en una educación que trascienda su naturaleza ni en el intento denodado de ser y pensar como el hombre. La cultura cosificada defiende el orden social en que nace, expresa las contradicciones como formas ontológicas, defiende la mala ordenación de las relaciones materiales de la vida, acepta lo existente, divorcia la felicidad respecto del mundo material remitiéndolo al mundo de las ideas, lo bello, lo justo y lo bueno ya no trascienden a este mundo, siendo remitidos al desván del arte. La cultura mercantilizada está al servicio de la atrofia psíquica de la mujer y del hombre, la industria cultural encubre la desgracia real, se convierte en el opio de las minorías que encubren un orden irracional. Sólo cuando se suprima la cultura mercantilizada surgirá el brillo de otra cultura que libere la totalidad de las relaciones humanas del anetismo imperante.

  1. La Mismidad
El hombre jamás podrá concebir, gestar y parir, es decir, no podrá ser mujer porque el sexo no es un asunto de opción sino de naturaleza. En cambio la mujer puede ser “hombre” en la medida que puede desempeñar las mismas profesiones, responsabilidades y roles que hasta el momento han sido identificados como “masculinos”. Obviamente no podrá ser jamás donante de semen pero sí receptora in Vitro, es decir, puede realizar su naturaleza de madre sin cooperación activa del macho humano. La naturaleza le ha dado tanto poder a la mujer que quizá la ley muy sabiamente le había concedido poco (6).
Pero aun hay más en ella que la convierte en doblemente valiosa.  La mujer es ante todo madre y como tal está en mejores condiciones para realizar la primera educación de los hijos de los cero a siete años. Ella encuentra en su estructura interna lo esencial para su labor, a saber, amor, valores, ideales y visión del mundo. La Psicología ha demostrado que no basta tener en claro las cuestiones fundamentales a trasmitir al niño, como el altruismo, conocimiento, modales, cariño, sexo, cuando falta a su lado la madre. Ser madre no es una especialidad académica es un arte universalizador y humanista que ha puesto Dios en la mujer. Es curioso que las mujeres “liberadas” sean mayormente madres frustradas. Y es que la civilización moderna conlleva una profunda contradicción, por un lado liberó a la familia burguesa pero no liberó al individuo, y por otro lado con el principio de calculabilidad disolvió el poder del padre. La industrialización aceleró la disolución de la familia patriarcal, convirtió al matrimonio en utilitario y destruyó a aquella madre que representaba otro principio de la realidad, a saber, el principio del placer, degradó su papel y creó mujeres y niños viejos y duros para la vida.
Hannah Arendt al estudiar el totalitarismo insistió en el fenómeno de la carencia de amor como el factor que predispone potencialmente al fascismo, pues el autoritario es superficial y frío, desprecia al débil, a la madre, a la mujer y a los valores femeninos. De ahí la relación entre homosexualismo y decadencia de la familia. La virilización de la mujer ha favorecido la feminización del hombre. La cultura afeminada es producto de la pérdida de los valores de la propia mujer que se siente mejor siendo ruda, tosca y soez. Una infancia sin carga afectiva materna no sólo es potencialmente fascista sino libertina, cuando no pervertida. En verdad, la familia clásica al operar como ideología constituye una barrera contra la barbarie humana, la psicopatía social y el homosexualismo potencial. Menoscabar el papel de la mujer en la formación de los hijos crea sociedades totalitarias, tanto política como económicamente.
El ocaso del matrimonio, de la familia, de la amistad y del amor es en realidad la decadencia de la mujer. Y por paradójico que parezca, cuando más se habla hoy de la liberación femenina es cuando más se vive la decadencia de la mujer misma. La cultura es fruto de la prohibición sexual, pero con el amor libre, la promiscuidad, el matrimonio homosexual y la permisividad explosiva en la posmodernidad queda muy poco por sublimar y la cultura agoniza. En la posmoderna cultura de Narciso ni la religión ni la moral es sentida, el matrimonio se extingue, la tasa de natalidad se desploma y la mujer pierde su propio significado, se reduce a cifra estadística con placer egoísta. Max Hokheimer dijo en su momento que vivimos una Ilustración invertida, porque el sujeto individual no significa en realidad nada, lo que vale es el ente colectivo o el consumidor del mercado, es la sustitución del hombre, el fin del cristianismo, del amor y de la libertad.
Por ello, el primer deber de una sociedad es devolverle a la mujer su capacidad de formar hijos y los forma mejor cuanto mejor es su educación. Por ejemplo, los niños de las casas-cunas presentan un avance social mayor pero a costa de un notorio retraso intelectual. La criminalística nos ilustra al demostrarnos que el ochenta por ciento de los delincuentes fueron niños sin hogar y sin madres. Por ello, y contra las exigencias de la modernidad, a las madres hay que liberarlas del trabajo, ya sea por la media jornada o por los subsidios a las que se quedan en el hogar.  Pues, no es posible lograr niños inteligentes y buenos sin el papel formativo de la madre, sin embargo, su rol está siendo destruido por la civilización entregada al frenesí del lucro, del sexo y del poder. Príapo, Mamom y Leviatán son los dioses inmanentes del hombre moderno desacralizado. Una cultura light, materialista y nihilista que arrastra masivamente a las mujeres fuera del hogar para contribuir con los ingresos familiares, quizá gane en confort material pero pierde ominosamente en lo espiritual y formativo del ser humano, y es sin duda uno de los factores decisivos de la disolución posmoderna de lo humano.
En momentos en que el trabajo prosigue en su irreversible tendencia hacia su extinción, incluso en el sector servicios de la economía debido a la robotización y la telemática, el feminismo de tercera generación realiza un giro decisivo en el enfoque de la mismidad de la mujer, la misma que no consiste ni en su obvias capacidades para trabajar y para pensar, sino, en su inherente capacidad de ser madre, forjadora de seres humanos, nada de lo cual le impediría el estudio, la profesionalización y el desarrollo de su personalidad.
En realidad, en los próximos veinte años la humanidad sólo podrá sobrevivir a través del establecimiento de un salario ciudadano y no de un salario por un trabajo realizado, la revolución de la nanotecnología y de los nuevos materiales que transformarán la educación, el entretenimiento y la información, la imperiosidad del control de la natalidad a nivel universal será una medida dramática pero urgente que el feminismo deberá afrontar para impedir el naufragio de la civilización por el agotamiento de los recursos naturales, y optar por una ética global que dirija la distribución de la riqueza económica a nivel planetario.
En la dramática lucha entra la cultura de la vida y la cultura de la muerte en la sociedad actual las mujeres se sienten seducidas por la tentación de ser como Dios, olvidando que el hombre sólo tiene un señorío ministerial sobre lo creado, lo cual se pierde cuando deja de conducirse con un espíritu de santidad y justicia. Al romper la cultura moderna el vínculo entre la verdad y la libertad, entre Dios y el hombre, se instaura un desorden moral grave creado por una cultura cerrada a la trascendencia, entregada al materialismo práctico y al relativismo moral. Sólo sobre esta base de desquiciamiento moral se puede explicar la floreciente y poderosa industria de la pornografía, en la que importantes compañías transnacionales invierten sin pudor ni vergüenza.
Los feminismos de primera y segunda generación están guiados así por el paradigma de la razón universalista de la modernidad, pero la crisis de la razón universalista ha favorecido no sólo la revalorización de lo emocional e intuitivo, sino la posibilidad de abordar la realidad femenina desde el terreno nuevo de los sentimientos, aspecto tan descuidado y menospreciado por la tradición intelectualista y la metodología de la ciencia empírica. Prácticamente el papel de la mujer ha cobrado una mayor importancia con la revalorización de lo emocional, desde los aportes de la nueva educación hecha por la pedagogía experimental de la escuela activa, pasando por la psicología genética –que resalta el importante papel de los sentimientos en el rol educativo de la mujer- hasta los avances de la etología –que destaca la naturaleza emocional de los mamíferos superiores-, para terminar con el énfasis dado a las inteligencias múltiples y la inteligencia emocional.
Especialmente éstas últimas han revelado que la civilización occidental restringió lo emocional a lo femenino, tenida como criatura inferior y débil, puso el énfasis en el cerebro racional o lo intelectivo, descuidando el cerebro emocional y generando sociedades alfabetas literalmente pero analfabetas emocionalmente (7). Ser mujer no supone ser persona altamente racional, lo cual ha significado que la mujer quede atrapada en el estereotipo masculinista que las ha vuelto irreconocibles, sino que se sienta entusiasmada por ser una criatura con una elevada inteligencia emocional, llenas de empatía y sociabilidad, conocimiento de sí mismas y sensibilidad. Sólo así la identidad femenina no tendrá que masculinizarse y podrá ir hacia su mismidad sin rancios clichés deformantes.
Este giro ya se puede advertir en la filósofa posmoderna Carol Gilligan (8), quien complementa la ética de la justicia masculina con la “ética del cuidado” femenina, que se basa en una desigualdad emocional de la mujer que la hace más cuidadosa, dulce y buena que el hombre. Lo singular es que esto acontezca justo cuando en la sociedad globalizada triunfa el paradigma de la mujer-objeto sobre el de la mujer-humanizada (9).La Humanidad tiene en el acervo de la mismidad femenina un gran activo no sólo para ayudar al desarrollo personal sino para el buen entendimiento de las naciones y pueblos que puedan convivir en paz. El enfoque posmoderno de Carol Gilligan respecto a la mismidad femenina nace de la necesidad de romper con la lógica instrumental de la modernidad –objetivismo, productividad, eficacia y economicismo- responsable del proceso de desintegración del matrimonio, el hogar y la familia.

  1. A modo de conclusión
Llegados al final de nuestro ensayo, echemos una ojeada al camino recorrido. El primer feminismo llamado de la “parcialidad” se concentró en la lucha por la igualdad social de las mujeres y su recorrido demostró que de nada vale buscar una auténtica liberación cuando se deja intocado el sistema de producción y reproducción del capitalismo monopólico –y del marxismo totalitario- que estabiliza una organización total de cosificación humana.
El segundo feminismo denominado de la “incompletud” se dedicó a elaborar una simbología, cultura y lenguaje propiamente femeninos, es decir una racionalidad alternativa a la del hombre capaz de generar una nueva praxis política y crear nuevas formas de existencia humana, pero su derrotero aun inconcluso no tomó demasiado en serio las riquezas intrínsecas de la naturaleza femenina.
El tercer feminismo designado como el de la “mismidad” puso énfasis en la naturaleza cuidadosa, dulce y buena de la mujer, capaz de sostener una ética propia, sin carácter competitivo respecto a la ética de la justicia del hombre y de provocar en el pensamiento feminista una revolución copernicana en el sentido de que la mujer no gira en torno a otras naturalezas sino alrededor de sí misma o de su propia natura femini. Este último feminismo no compite con el pensamiento fálico del hombre, no busca elaborar una nueva racionalidad alternativa, más bien trata de reencontrar la riqueza emocional y afectiva de la mujer como su mejor atributo que la distingue dentro de la especie humana. Esta última visión heroica de mujer tiene como elementos esenciales: a. el universalismo (la mujer al servicio de la vida), b. el naturalismo (glorificación de la naturaleza femenina), c. y el personalismo (la mujer no es teoría sino un proceso singular de personalización  en su acción peculiar de género). Es evidente que este último feminismo, llamado de la “mismidad”, no tiene futuro sin quebrar la conciencia administrada, sin recuperar la libertad  respecto a la autonomía de la totalidad del aparato social de la sociedad de consumo y sin lograr el surgimiento de un mundo tecnológico en el que el ser humano pueda por fin retirarse y salir del aparato de su trabajo. Viviane Forrester (10) vaticinó la extinción del trabajo por el avance tecnológico, por lo que el desafío del pensamiento político y económico actual es cómo diseñar un sistema mundial –y no sólo para un tercio de la población considerada por la globalización ultraliberal- que otorgue un salario ciudadano a hombres y mujeres que les permita llevar una vida digna y creadora.

  1. Epílogo
Como antes dijimos, en el mundo contemporáneo coexisten las tres formas de feminismo. Y es particularmente el feminismo de la “mismidad” el que señaló el rico acervo peculiar de la mujer, intransferible y único. La mujer creyó ser libre, por un buen tiempo, conquistando su derecho al trabajo con un alto salario; luego se percató que se movía en la lógica del hombre y trató de superarlo con una simbología propia. Pero el problema la desbordó. En momentos en que la propia civilización occidental y cristiana parece estar llegando a su fin -con la instauración de una era administrada y totalitaria que liquida el matrimonio, la familia, el sentido de la vida, la prohibición sexual y las relaciones humanas no utilitarias- la mujer se percata de la enorme importancia de su papel formativo como madre portadora de valores y de un principio distinto al de la racionalidad utilitaria del mercado y al que no debe renunciar, so peligro de no resistirse a una era mundial en declive espiritual. Este es el mensaje a las mujeres jóvenes, no dejarse seducir por la lógica instrumental que terminará avasallándolas en un mundo deshumanizado, utilitario y sin amor. Nosotros los hombres debemos coadyuvar a romper con la lógica instrumental que deshumaniza el mundo. Y de ustedes depende cuidar que el mundo sea mejor, y el no hacerlo lleva hacia lo que estamos viviendo: a la pérdida del sentido de la vida.

Notas
(1)  Cf. Alzon, C., La mujer dominada y la mujer explotada, B. Aires 1974; Sullerot, E., Mujer, sexo y sociedad  industrial, Madrid 1966; Newland, K., La mujer en el mundo moderno, Alianza 1997; Golberg, S., La inevitabilidad del patriarcado, Alianza 1976. Sólo mencionaré para hacer contraste que la feminidad en las sociedades primitivas y en las culturas superiores arcaicas estaban envueltas por la sacralizad propia de misterio de la procreación y del parto. La revelación de ser creadora de vida constituye para la mujer una experiencia religiosa intraducible. Las iniciaciones místicas femeninas, muy estudiadas por etnólogos e historiadores de las religiones, están dominadas por el misterio de lo que es natural, la menstruación equivale a una purificación periódica con poder curativo y fuerza mágica. El simbolismo del regreso al útero pone el acento en que el verdadero nacimiento es de orden espiritual, y es método ejemplar o un tema iniciático presente incluso en culturas superiores (China, India, etc). Cf. Eliade, M., Las iniciaciones místicas, Taurus 1984.
(2)   A este respecto son clásicos los análisis de Simmel, G., Cultura femenina y otros ensayos, Madrid 1938. Sobre la moral cristiana es preciso señalar que las Escrituras han sido escritos por y para los varones, es fruto de una cultura patriarcal y en gran parte lo han sido también las interpretaciones de las mismas. Al feminismo de primera y segunda generación le fue bastante claro que las mujeres fueron milenariamente marginadas en la Biblia y su interpretación (por ejemplo la creación de Adán y Eva, los velos en la cabeza, la regla de silencio que deben guardar las mujeres, etc.). Actualmente ha surgido una hermenéutica feminista que intenta reconstruir el papel de las mujeres cristianas en el movimiento de Jesús y en comunidades fundadas por Pablo, donde habrían existido relaciones igualitarias. La perspectiva femenina destaca mejor no sólo la figura de la mujer sino a todos los “pequeños” o pobres, excluidos y marginados que aparecen en la Biblia. El objetivo no sólo es poner en evidencia las figuras femeninas u ofrecer una nueva interpretación de los textos bíblicos sino transformar la mentalidad patriarcal y las estructuras de dominación andocéntricas que mantienen la postergación de la mujer. Cf. Schüssler, E.-Fiorenza. En memoria de Ella. Una reconstrucción teológica-feminista de los orígenes del cristianismo, Bilbao, 1989.
(3)   Cf. Irigaray, L., Yo, tú, nosotras, Cátedra 1992; Kristeva, J., El lenguaje ese desconocido, Cátedra 1987.
(4)   Doeuff. M. Le, El estudio y la rueca, Cátedra 1993.
(5)   Pateman, C., The sexual contract, Cambridge, Polity Press 1988.
(6)   Cf. Dexeus, S. y Farré, J., La mujer, su cuerpo y su mente, Madrid 1992; Bravo, A., Femenino singular, Alianza 1988; Millar, J., Hacia una nueva psicología de la mujer, Argos 1989; Demarest, R. y Sciarra, J., Concepción, nacimiento y anticoncepción, Paidós 1982; Beauvior, S., El segundo sexo, Siglo XX 1972. La Iglesia Católica bajo el Pontificado de Juan Pablo II manifestó en su Carta Encíclica Evangelium Vitae (1995), su defensa de la vida ante las nuevas amenazas culturales, científicas y políticas, su rechazo al aborto, las políticas antinatalistas, la eutanasia y la reproducción artificial por ser atentados contra la vida. Lo cual ha sido asumido por el movimiento feminista bifrontemente, pues oscilan entre un acuerdo completo y un rechazo total a inmiscuirse en la libertad de sus cuerpos.
(7)   Cf. Goleman, D., La inteligencia emocional, B. Aires 1996.
(8)   Gilligan, C., La moral y la teoría. Psicología del desarrollo femenino, FCE 1985.
(9)  Basta reparar en los voluminosos números internacionales de las revistas femeninas como Vogué o Cosmopolitan, repletos de millonaria publicidad corporativa sobre la mujer-objeto.
(10) En realidad, fue N. Wiener quien en 1948 había previsto que las máquinas extinguirían el trabajo, y antes que él fue Marx quien postuló la utopía de la extinción del trabajo necesario y el triunfo del trabajo libre. Por su parte, el neocapitalismo keynesiano se proponía eliminar la desocupación elaborando la teoría de la marginalidad. Hoy el neoliberalismo del capitalismo cibernético con su teoría de la desregulación sentencia la muerte del trabajo pero a través de la planetización de la miseria y de la pobreza. El mérito principal de Forrester estriba en que señala que el capitalismo cibernético equivale al colapso del empleo y el salario pero no de la ganancia. Esto es, que el crecimiento económico continúa sólo que la distribución de la riqueza se vuelve más injusta. Por consiguiente, la salida a esta encrucijada civilizatoria no está en un retroceso a fórmulas antitecnológicas y antimundializantes sino en una nueva forma de supervivencia que no dependa del salario ni del empleo. Cf. El horror económico, FCE 1997.

LA MUJER EN LA SOCIEDAD INDIVIDUALISTA


LA MUJER Y LA SOCIEDAD INDIVIDUALISTA
EN LA OBRA DE ANDAHAZI
Gustavo Flores Quelopana
Miembro de la Sociedad Peruana de Filosofía
Resultado de imagen para puta

Resumen

En la novela, Mateo Colón busca conquistar el amor de la prostituta Mona Sofía a través de métodos naturales o ejerciendo el peligroso oficio de herbolario, estudiando las propiedades de la mandrágora y la belladona, pues se movía en el impreciso límite de la farmacia y la brujería. El equívoco de que la mujer ha de amar al que la complace sexualmente resulta ser en la novela una profunda ilusión del anatomista. Sencillamente no comprende a la mujer. En las modernas sociedades liberales el sexo sin amor parece confirmarse ampliamente en la práctica del “amor libre”. La mujer moderna lejos de compartir la ilusión del anatomista Mateo Colón de que mediante el sexo se logra el amor, al contrario lo refuta. El sexo no lleva necesariamente al amor, aunque se olvida por lo general confirmar la otra parte de la verdad, a saber, que el amor sin sexo es posible.
Por su parte Mona Sofía es un personaje repulsivo y moralmente inaceptable que denigra la figura de la mujer hasta los límites más enfermizos posibles. En este punto existe un paralelismo con la situación actual de la mujer en la sociedad industrial y post-industrial. La mujer de hoy busca ser menos emocional y más racional, pero ¿se pregunta acaso qué tipo de racionalidad está siguiendo? La moderna mujer liberada está convencida de que el hombre ha logrado un mejor control de sus emociones, hasta el punto de parecer frío, por un proceso de adaptación al medio social. No obstante, se reafirma en su convicción que ser mujer jamás tendrá que ver con masculinizarse. No obstante, son las propias mujeres quienes confiesan el verdadero tormento que es tener como superior a otra mujer. Sólo la mujer liberada que ha sabido lo que es tener como jefe a otra mujer, sabe añorar lo que ha perdido al dejar de tener un jefe varón. Pero existe otro paralelismo, además de la frialdad, entre el personaje Mona Sofía y la mujer liberada actual: cierto automatismo que la aleja de la propia racionalidad. Si Mateo Colón encarna el dominio del otro por el sexo, la puttana Sofía es el dominio del otro por el dinero para obtener placer. Llegados a este punto es posible recién trazar el cuadro completo de la mujer en el individualismo de la modernidad, donde las cuatro virtudes cardinales de raíz platónica: Prudencia, Fortaleza, Justicia y Templanza, agonizan inmisericordemente.


Una obra literaria que aborda la figura de la mujer en el alumbramiento del feroz individualismo del Renacimiento del siglo XVI fue la novela premiada en el año 1996 por la Fundación Fortabat El Anatomista, del escritor argentino Federico Andahazi. No es una obra feminista ni mucho menos, es una obra sobre el poder extraño y frío encanto del sexo femenino. Pero a su vez contiene elementos hedonistas y materialistas que son muy comunes en nuestro tiempo. La despiadada y fría lógica comercial del time is money se impone con estremecedor parentesco.
No se trata de hacer derivar a la mujer real moderna a partir de las ficciones literarias sino de identificar en dichas ficciones lo que hay de verdad profunda en la condición humana femenina. Novelas de heroínas y antiheroínas son también Madame Bovary de Flaubert, páginas que delinean a la mujer adúltera, mala madre, ladrona y suicida, Casa de muñecas de Henri Ibsen, cuyo personaje Nora es descrito sin pensar en el movimiento de emancipación de la mujer, La romana (1947) de Alberto Moravia, libro que cuenta la severa moral de una meretriz, Lolita (1955) de Vladimir Nabokov, libro que universaliza el término para designar a la mujer emancipada, La casa de las bellas durmientes (1961) de Yasunari Kawabata, cuyas páginas revelan la pulsión de muerte que hay en la entraña del sexo, El cuaderno dorado (1962) de Doris Lessing, que captura el espíritu sin grandeza de antiheroínas de los años 50 y 60. Por lo demás no estamos en el siglo erótico de Occidente, el dieciocho, sino en el siglo sexista de mediados del veinte y albores del veintiuno de una época de exaltación del nihilismo, relativismo, escepticismo, cinismo, corporeísmo, sensualismo, lo débil, light, blando y ligero.
No es extraño que en la literatura se advierta el sentido profundo de los fenómenos culturales. Menos extraño es aun que el propio novelista no apunte el sentido recóndito de su creación. Uno de los principales escritores y críticos franceses de la posguerra que ha ejercido enorme influencia sobre Foucault y muchos otros, es Maurice Blanchot, el cual sostiene en su obra de 1955 El espacio literario (Paidós, Barcelona, 1992) que el texto literario es a la vez irreducible a explicaciones sociológicas o psicológicas, es indeterminado en el sentido de que no es posible nunca recuperar todo el significado y la importancia de un texto literario. Además cada época trae su propia interpretación, por lo que el carácter exacto de una obra no está presente para ningún autor ni lector.
Claro que la intención de Blanchot no es convertir a la literatura en un imponderable metafísico, aunque queda en la nebulosa lo que debe entenderse por dicho “carácter exacto” de la obra en cuestión. Quizá sea más modesto pero más exacta la afirmación de su compatriota Philippe Sollers quien en su libro El individuo y la libertad: ensayos de crítica de la cultura (Ed. 62, Barcelona, 1986) concluye que la gran literatura es excepcional  porque constituye un desafío a la imaginación. En nuestro medio el renombrado escritor Vargas Llosa ha sostenido en su libro La verdad de las mentiras (1990) que la buena literatura revela el fenómeno humano pero también enseña a imaginar otra realidad, gracias a lo cual la civilización no se aletarga ni desespiritualiza. Afirmaciones certeras que contrastan con la desafortunada calificación de la novela como “mentira”. Constituye un equívoco llamar a la fantasía literaria “mentira”, porque con ello atribuye a la ficción libre un propósito cognoscitivo y moral que no tiene. La fantasía novelesca recrea lo real, mientras que la mentira tergiversa lo real.
En este sentido y muy lejos de las intenciones del autor, El anatomista simboliza el fracaso del crudo individualismo renacentista que retrata el espíritu de la modernidad. Por nuestra parte sería un error histórico no advertir las diferencias reales entre el individualismo renacentista y el individualismo moderno a partir de la Ilustración. Mientras que el primero desafía el orden trascendente sin negarlo, en cambio el segundo niega el orden trascendente sin sustituciones. En la novela, su personaje Mateo Colón busca conquistar el amor de la prostituta Mona Sofía a través de métodos naturales, o para ser más precisos, ejerciendo el peligroso oficio de herbolario, estudiando las propiedades de la mandrágora y la belladona, pues se movía en el impreciso límite de la farmacia y la brujería. Sigue el camino de las especias y busca la hierba de los dioses para hallar el ungüento del amor. Pero quiso el destino o el autor que Mateo Colón fuera a dar de casualidad con el descubrimiento del amor veneris aplicando la frotación en el hasta entonces desconocido pene femenino. Por ello, la lógica subyacente de la novela se desenvuelve bajo el ropaje del renacimiento pero con el contenido de la modernidad ilustrada. Es el experimento y no la religión lo que lo lleva a dar con el amor veneris. El papel de la magia en la creación de la ciencia moderna es hoy un hecho reconocido y ampliamente aceptado, pero en esto justamente reside una dirección del espíritu moderno que dirige secretamente el desarrollo de la novela de Andahazi.
Mateo Colón no es un mago medieval que invoca espíritus para sus hechizos, es más bien un herbolario o un alquimista que busca la piedra filosofal del sexo para revelarle los secretos de la naturaleza femenina. Sus técnicas son de laboratorio y sus experimentos están orientados en la búsqueda de la ley natural de causa y efecto. Si bien es cierto que no puede ser tomado como un científico moderno, sin embargo por sus técnicas, visión espiritual del mundo, objeto, práctica y método comparte el espíritu fundador de la ciencia moderna. Lo irónico del personaje andahaziano es que en su empeño por buscar y preparar la quintaesencia del amor, viene a convertirse en un anatomista en vez de un herbolario. Lo cual lejos de ponerlo en duda de su anterior camino lo confirma en su visión naturalista e inmanente del mundo.
El anatomista está más próximo a un Hipócrates o Galeno que a un Paracelso o Lulio, haciendo la salvedad que mientras los dos primeros quieren curar en cambio Mateo Colón quiere dominar el placer sexual de las mujeres. Pero su intención se basa en un profundo equívoco, expresado maravillosamente en el parco y  trágico diálogo final:
-          “Amor mío [le dice a Mona Sofía], amor mío –repetía a la vez que acariciaba su dulce “América”. ¿Me amáis?
El anatomista sintió un levísimo temblor en el pulpejo de sus dedos y pudo escuchar un susurro. Mona Sofía movió los ojos hacia la ventana y sin mover los labios, con una voz que parecía provenir del fondo de una caverna, habló:
- “Tu tiempo se acabó –le escuchó decir el anatomista, antes de emitir un estertor, que fue el último”.
El equívoco de que la mujer ha de amar al que la complace sexualmente resulta ser en la novela una profunda ilusión del anatomista. La sexualidad de la mujer es más difusa, tiene mayor capacidad para sentir que el hombre, el sexo abarca a toda su persona porque es mucho más emotiva y por ello es para la mujer mucho más importante la intimidad, las caricias, el sentirse amada. Las prácticas no coitales y las caricias no genitales son en la mujer la fórmula mágica para llegar a su corazón. La lucha por el orgasmo aniquila muchas veces no sólo el propio orgasmo sino toda sensualidad posible. La opinión de expertos sexólogos está dividida, unos opinan que toda actividad sexual privada entre adultos que consientan libremente es lícita, otros que estiman que el placer sexual es fuente de unión y contento entre el hombre y la mujer dentro del matrimonio para desarrollar y enriquecer las relaciones interpersonales, y otros apuntan desde la llamada ética de la situación que en la sexualidad no hay normas  de valor absoluto y las decisiones que se toman depende de las circunstancias de cada situación. Volviendo a la novela vemos que Mateo Colón consigue llevar a la agonizante Mona Sofía al orgasmo clitoril, pero no por ello logra que ella lo ame. En él no hay tanteo ni seducción. Sencillamente no comprende a la mujer.
En las modernas sociedades liberales el sexo sin amor parece confirmarse ampliamente en la práctica del “amor libre”. La mujer supuestamente liberada del culto a la virginidad decide acostarse con cuanto varón le guste y ello sin pensar en el matrimonio ni en la procreación sino en el simple gusto corporal de satisfacer el apetito sexual, y lo más probable es que cuando decida casarse, si es el caso, no lo haga con quien más disfrutó sexualmente sino con quien la haga sentirse amada. La mujer moderna lejos de compartir la ilusión del anatomista Mateo Colón de que mediante el sexo se logra el amor, al contrario lo refuta. El sexo no lleva necesariamente al amor, aunque se olvida por lo general confirmar la otra parte de la verdad, a saber, que el amor sin sexo es posible.
Lo curioso es cómo siendo la mujer una criatura mucho más emocional e intimista pueda practicar el sexo sin amor. Esto equivale a una situación que cuando no es prostitución, como el de Mona Sofía, es diversión. A la mujer la sociedad no le exige reafirmar su sexualidad como en el hombre, sentirse dueña de su cuerpo y de su placer no es para ella un acto público sino privado. Pero ahora con el avance de la enfermedad maldita, el sida, entre la población heterosexual se ha refrenado ligeramente ha promiscuidad sexual.
¿Es el equívoco de Mateo Colón el error de la modernidad? En cierta forma sí, porque confunde el fin con los medios. El protagonista encarna la conciencia individual que se sumerge en el flujo de la existencia para el dominio, el control y la negación de la voluntad individual. Es un  personaje que encarna una conciencia de la muerte porque desplaza a la libertad del corazón mismo de nuestra existencia. La libertad no puede quedar reducida a los imperativos de los sentidos, pero Mateo Colón no lo comprende como tampoco lo entiende en nuestro tiempo la publicidad, el mercadeo y la industria al servicio de los sentidos.
Baudrillard había hablado de la sociedad de la sensación, de telepolitas domésticos conectados con prótesis tecnológicas que anulan las certidumbres de los hechos. De forma análoga, Mateo Colón sufre el eclipse de toda profundidad y la liquidación  total de lo subjetivo por cuanto que reduce al amor al acto mecánico de la estimulación orgiástica. Baudrillard describe la filosofía de las masas babélicas indiferenciadas y Andahazi en su novela se explaya en la periclitación de sujetos mediumnizados por la estupefacción mecanicista sin alma. Son las almas muertas de un mundo moralmente neutro.
¿Y Mona Sofía? Encarna la frialdad patológica de una racionalidad que se rige por los parámetros de la productividad, la eficacia y la inserción al mercado. Ella abre el infierno de una lógica que ha proscrito el alma e implanta la anomia esteparia de la cosificación física y mental más perfecta para proclamar el triunfo del atrofiamiento moral de la sociedad individualista contemporánea. Mona Sofía es a todas luces un ser patológico que maltrata su alma y tiene embotada su humanidad por el condumio y el lucro. Se trata de un personaje repulsivo e inaceptable que denigra la figura de la mujer hasta los límites más enfermizos posibles. Como la realidad supera con creces todo tipo de fantasía lo más probable es suponer que no sólo se trata de un personaje posible sino incluso superado en la propia realidad. Mona Sofía no encarna la maldad en su alambicada pureza porque su accionar no desborda el meretricio, sino que más bien lleva uno de los rasgos más impresionantes del mal, a saber la frialdad o absoluta carencia de sentimientos nobles, a su máxima expresión.
En este punto existe un paralelismo con la situación actual de la mujer en la sociedad industrial y post-industrial. La mujer de hoy busca ser menos emocional y más racional, pero ¿se pregunta acaso qué tipo de racionalidad está siguiendo? La moderna mujer liberada está convencida de que el hombre ha logrado un mejor control de sus emociones, hasta el punto de parecer frío, por un proceso de adaptación al medio social. Entonces ella se distancia del hogar mediante el trabajo, porque no se conforma con que el hombre tenga un rango superior en la vida pública, busca mejores puestos de trabajo, mejores salarios en igualdad de condiciones, prioridad en el acceso del campo laboral y se erige sin complejos en cabeza de familia en la vida privada. Entonces comienza a pensar que ser mujer es reunir en sí misma todas las posibilidades, está convencida en su capacidad para desempeñar las mismas profesiones, responsabilidades y papeles que han sido identificados como masculinos. No obstante, se reafirma en su convicción que ser mujer jamás tendrá que ver con masculinizarse. A partir de aquí deduce que la mujer es capaz de pensar no sólo en su casa sino también en el Universo, como el hombre. Entonces vemos cada vez más mujeres elegidas como Presidentes de su país, bajo la sospecha de que el poder masculino sólo ha servido para desorganizar la sociedad y conducirla a una deplorable situación de pobreza, violencia y materialismo. Pero aquí cabe preguntarse ¿cómo piensa la mujer liberada edificar un mundo más piadoso, misericordioso y caritativo si comienza cambiando su piel delicada y sensible por una más fría y racional? ¿Con esa racionalidad no terminará obrando como el hombre que condena? Además ¿es acaso justa la imagen del hombre que manejan cuando la historia ha demostrado la existencia de líderes espirituales como Buda, Jesús, Gandhi, entre otros, que difundieron la doctrina del amor y la solidaridad?
Lo cierto es que en la mayor parte de los casos el esfuerzo de la mujer de ser tan competitiva y racional como el hombre la ha deformado hasta límites monstruosos y crueles. En primer lugar, son las propias mujeres quienes confiesan el verdadero tormento que es tener como superior a otra mujer. La jefa por lo general es despiadada, furibunda, descontrolada, intolerable, irascible, celosa, competitiva al extremo, vengativa, perfeccionista, acaparadora, injusta y atormentadora en demasía. Sólo la mujer liberada que ha sabido lo que es tener como jefe a otra mujer, sabe añorar lo que ha perdido al dejar de tener un jefe varón. El jefe masculino es por principio condescendiente, bondadoso, tolerante y controlado con la subordinada, y no es cierto que este comportamiento obedezca casi siempre a un oscuro deseo de seducir a la hembra que tiene enfrente, sino a un uso racional de su energía vital que lo lleva a ser más magnánimo con la mujer especialmente. Sólo el homosexual masculino, que es competitivo con el género opuesto, se siente incómodo siendo tolerante con las imperfecciones manifiestas en la mujer.
Pero existe otro paralelismo, además de la frialdad, entre el personaje Mona Sofía y la mujer liberada actual: cierto automatismo que la aleja de la propia racionalidad. Las palabras finales de la puttana Sofía: “tu tiempo se acabó” representan la voluntad de dominar al otro por el dinero. El “tanto tienes tanto vales” se vuelve en reflejo automático del individualismo anético de la modernidad. La fórmula maligna se resume en el infernal círculo vicioso del capital y el tiempo. Si Mateo Colón encarna el dominio del otro por el sexo, la puttana Sofía es el dominio del otro por el caudal. Y el caso es que junto al poder de Leviatán y el sexismo de Príapo, el tercer dios moderno es la codicia de Mamóm.
La gran pregunta que se impone en el decurso de la cuestión es si se pueden establecer brevemente los principales rasgos femeninos, para dejar sentado a partir de aquí cómo los mismos pueden ser alterados o perturbados por el influjo social. Esto es, que los seres humanos no son ni tabulae rasae ni víctimas de la anatomía del destino.
Así, en la cultura de la India –el Kamasutra por ejemplo- y en la cultura romana –Ovidio en su Arte de amar- el instinto sexual de la mujer es presentado mucho más poderoso que en el hombre, cosa escandalosa de admitir en la civilización occidental del siglo XIX y comienzos del XX. Para el destacado pensador inglés de fines del siglo Havelock Ellis los principales rasgos femeninos son tres: mayor afectabilidad, menor tendencia a la variación y conservatismo biológico e infantilidad. Por ejemplo, su menor tendencia a la variación la predispone hacia la estabilidad en contraposición al varón, cuya mayor tendencia a la variación hace que entre éstos sea más común el genio, el idiota y el criminal. Weininger por su parte exige que la mujer se libere de sí misma si quiere consumar su emancipación, claro que imbuido de moral victoriana confundió su liberación con la renuncia de la mujer a su función sexual en vez de a un estado social que convertía al sexo en su única opción posible.
Freud no es más halagador con las características de la mujer: envidiosa, histérica, de limitados intereses intelectuales y hostiles a la cultura. Karen Horney consideró la opinión de Freud como un producto del “narcisismo masculino”, que el sentimiento de inferioridad femenino no es constitucional sino adquirido y la creación cultural masculina es una reacción compensatoria ante la creatividad biológica de la mujer, terreno en el que ella es superior. Según Clara Thompson es posible explicar cada rasgo atribuído por Freud a la mujer en base de influencias de las “presiones culturales”. Profundizando en el punto Helen B. Thompson subrayó que las diferencias psicológicas entre los sexos se debían a las influencias sociales, por lo que la evolución de la vida intelectual de la mujer depende más que de las características psicológicas sexuales innatas, de las necesidades e ideales sociales. Sex and Society de W. I. Thomas subrayó que el remedio a la inutilidad de la mujer moderna parece encontrarse en el terreno educacional.
Actualmente ya no existe una atmósfera hostil sobre la actividad de las mujeres, toda clase de estímulos han venido a sustituir la otrora abundante falta de aliento sobre sus obras, al aceptar nuevas funciones y hacerse cargo de tareas socialmente valiosas la mujer ha mejorado su posición legal y vive la desaparición de muchos de sus sentimientos de inferioridad, se considera importante que sea capaz de ganarse la vida, con ello ha perdido  buena parte de su timidez, pasividad, tendencias masoquistas y su manera tradicional de imponerse por medios indirectos. Las mujeres actuales tienen intereses más objetivos e impersonales, sin embargo ninguna de las funciones femeninas tradicionales ha desaparecido. El trabajo doméstico, el sentimentalismo y la procreación podrá no ocupar su tiempo principal pero ella no se desliga de la oscura administración de la esclavizante casa y más aun debe añadir a ello la dura presión de la esclavizante sociedad individualista. Pues no todo periodo de individualismo es pródigo en estímulos creativos sino también en negativos y disolventes. Así, la nueva moral sexual al considerar menos meritorio el recato, la modestia, la pasividad, la castidad y la virginidad retroalimenta en círculos cada vez más extendidos  una enorme y amenazante ola de prostitución pornográfica que instrumentaliza a la mujer hasta siniestros límites amorales. Cuando toda una legión de jovencitas liberadas acude a este nefando negocio con el fin de hacer dinero rápido en una sociedad consumista y manipuladora, entonces es posible pensar que el apocalipsis del matrimonio tradicional va acompañado de una oscura administración de una esclavizante sociedad anética. Ha llegado la apoteosis de la Mona Sofía del “time is money”.
Hoy la veterana y rica Europa envejece al compás de la estrepitosa caída del índice de natalidad, las mujeres víctimas de la ideología del progreso dejaron pasar su edad reproductora al abocarse al trabajo, estudio, viajes o placer. Los pocos niños que quedan son cuidados con esmero pero por lo mismo también son consentidos, creciendo entre el capricho y la irresponsabilidad. Se trata de un círculo vicioso autodestructivo que amenaza con extenderse por toda la cultura occidental y que tiene que ver más con la razón técnica que con la razón humanística que la vio nacer. Si en su momento la primera guerra mundial representó un papel importante en el fortalecimiento del papel social de la mujer, en la actualidad el desarrollo de las nuevas tecnologías (especialmente la biogenética) preparan el terreno para un nuevo y demencial estadio de la liberación femenina sin el concurso del varón como fecundador, compañero y sustentador de la familia.
Llegados a este punto es posible recién trazar el cuadro completo de la mujer en el individualismo de la modernidad. Para tomarle el pulso a una civilización hay que ver qué tipos de hombres y mujeres está engendrando, cuáles son sus cualidades, probidades y libertades. La sociedad del capitalismo cibernético actual lejos de acercar a la mujer al trabajo intelectual y rodearla de virtudes superiores la ha convertido en otro ser económico sin alma. De sus tradicionales cualidades destierra la castidad, frugalidad y buen carácter para manipular el cuidado de su belleza con la cosmética y la cirugía, su laboriosidad con la igualdad de derechos y su necesidad de higiene mental con el gimnasio, técnicas de relajación y lo light. La frugal y laboriosa mujer tradicional ha sido sustituida por la moderna mujer consumista, egoísta y hedonista. Mientras tanto las cuatro virtudes cardinales de raíz platónica -Prudencia, Fortaleza, Justicia y Templanza- en la sociedad moderna y posmoderna son sustituidas por el predominio del poder, el sexo y la codicia. Entonces las primeras virtudes que se quiebran y se abandonan son justamente las virtudes cardinales. Hoy se impone como valor lo contrario de la Fortaleza, lo débil y lo light, el reverso de la Justicia la injusticia y la insolidaridad, y el anverso de la templanza y la prudencia, lo irreflexión y la obscenidad.
Si a esto le añadimos que el clima espiritual de la época es de incredulidad y ateísmo práctico entonces tenemos que al abandono de las virtudes cardinales se vienen a sumar el olvido de las virtudes teologales: Fe, Esperanza y Caridad. Entonces nos preguntamos si ¿será la mujer liberada consciente del pavoroso panorama individualista de la sociedad que la devora? Creemos que no, pero justamente en su ignorancia radica la salvación de la humanidad. No será la razón sino su corazón de mujer, esposa y madre la que le tendrá que decir que los designios socioculturales competitivos e individualistas asignados por una sociedad profundamente cosificada ponen a la mujer y a la civilización misma al borde del colapso. La mujer actual es la nueva víctima de la ideología del progreso, sus cambios en el seno de la sociedad liberal han convertido su emancipación en su nueva esclavitud y el problema no estriba en el desarrollo de sus nuevas facultades sino en la manipulación y distorsión de las mismas que ponen en peligro la continuidad de su existencia y con ella la de toda la especie humana.
La novela El anatomista de Federico Andahazi ha servido de catalizador para reflexionar sobre el efecto que tiene la sociedad individualista sobre la mujer actual. Sus personajes Mateo Colón y Mona Sofía refractan personalidades profundadamente distorsionadas por el clima espiritual de su época. Pero lo más sugerente de ambos es la manera sesgada, unilateral y cosificante de ver al otro, al prójimo. Y esto es justamente el tipo trágico de enajenación que ha ido en aumento en la llamada moderna sociedad del progreso.

Ediciones y bibliografía.- Federico Andahazi, El anatomista, Biblioteca Latinoamericana contemporánea, Lima 2000. Olga Bertomeu, Guía práctica de la sexualidad femenina, Colección Fin de siglo, Madrid 1996. Llusiá Botella, La mujer en la familia moderna, Alameda, Madrid 1970. Rita Freedman, Amar nuestro cuerpo, Paidós, Barcelona 1988. Julián Fernández de Quero, Guía práctica de la sexualidad masculina, Ediciones Temas de Hoy, Madrid 1996. S. Freud, Tres ensayos para una teoría sexual, Alianza editorial, Madrid 1978. Duro González, Represión sexual, dominación social, Akal, Madrid 1976. A. Kinsey, Conducta sexual del macho humano, Instituto Kinsey, 1948. W. Master y V. Jonson, Incompatibilidad sexual humana, Intermédica, Buenos Aires 1977. El mismo: La homosexualidad en perspectiva, Intermédica, Buenos Aires 1976. Gregorio Marañon, Tres ensayos sobre la vida sexual, Biblioteca Nueva, Madrid 1924. W. Reich, La revolución sexual, Planeta, Barcelona 1985. M. Sagrera, Sociología de la sexualidad, Siglo XXI, México 1975. G. Tordjman, La violencia, el sexo y el  amor, Gedisa, Barcelona 1981.

LOGOS NIHILISTA DEL ESPIRITU POSITIVO


EL LOGOS NIHILISTA
DEL ESPÍRITU POSITIVO

En torno a la filosofía analítica

GUSTAVO FLORES QUELOPANA
Miembro de la Sociedad Peruana de Filosofía

◙
El profesor y amigo Julio Chávez Rivera en una reciente conferencia en el Cenáculo de Filosofía Yachaywiñay, acaba de lanzar la idea que entre el positivismo de Comte y el neopositivismo del Círculo de Viena apenas hay puntos de contacto. Tanto así que en el padre el positivismo hay profundidad metafísica, mientras que en el neopositivismo se da una evidente reductibilidad del campo filosófico estrechándolo al análisis del lenguaje. Me parece que es importante analizar con mayor detalle estos problemas debido a que conducen a demostrar, no sólo, lo que está vivo del «espíritu positivo» en la filosofía analítica, sino su logos nihilista.
Mi parecer es bastante diferente. Sostengo, por un lado, que entre el positivismo de Comte y, en general, en el positivismo del siglo XIX, y el neopositivismo existen puntos de contacto, pero también se mantienen sustanciales coincidencias. En segundo lugar, resulta bastante controvertible llamar “metafísicas” a las preocupaciones religiosas de Comte. Creo, en tercer lugar, injustificado limitar el movimiento neopositivista hasta el Círculo de Viena, dado que se extiende bastante más allá. Y, en cuarto y último punto, más bien es notorio una ampliación temática de los intereses del neopositivismo, como lo era en Comte, en lo que se llama el giro epistemológico y la metafísica analítica de la filosofía analítica.
 ◙
Vamos al primer punto, las coincidencias y diferencias. En general, el positivismo es aquella actitud teórica que sostiene que el único auténtico conocimiento o saber es el saber científico. Le caracteriza una actitud crítica ante la filosofía tradicional, en especial la metafísica, y afirma que también la filosofía ha de ser científica. Para ello, el «espíritu positivo» es fiel a los siguientes principios: (1) el principio ontológico del fenomenismo, según el cual la realidad se manifiesta en los fenómenos, obliga a rechazar cualquier concepción de una esencia oculta más allá de los fenómenos; (2) el principio del nominalismo, según la cual el saber abstracto no es saber de cosas en sí o universales, sino de meras cosas individuales generalizadas; (3) el principio que obliga a renunciar a juicios de valor y a enunciados normativos, en cuanto carentes de sentido cognoscitivo y, finalmente, (4) el principio de la unidad del método de la ciencia, según la cual cabe pensar en un solo ámbito del saber, reducible a la observación y a la experiencia, en definitiva a una única ciencia, sobretodo la física.
Estas notas –fenomenismo, fisicalismo, cientificismo, nominalismo, empirismo, antiesencialismo y la actitud antimetafísica- son características constantes tanto en el positivismo del siglo XIX como en el neopositivismo del siglo XX. Obviamente que hay diferencias. Mientras que por un lado, el positivismo sociológico de Augusto Comte, el positivismo biológico de Claude Bernard, la ética positivista de John Stuart Mill y el positivismo evolucionista de Herbert Spencer, primeros representantes del espíritu positivo europeo hasta el último cuarto del siglo XIX, y por otro lado, el empiriocriticismo de Mach y Avenarius,  centran su estudio en los hechos de las ciencias naturales defendiendo la necesidad de una filosofía científica; en cambio en el período que transcurre entre los años veinte y treinta del siglo XX, tras la primera guerra mundial, se desarrolla el denominado positivismo lógico, empirismo lógico o neopositivismo cuyo objeto es el análisis lógico del lenguaje.
Es decir, este neopositivismo, que representa la tradición positivista germánico-austríaca, y que gira en torno al llamado Círculo de Viena, con M. Schlick, R. Carnap, C. Hempel; Gödel y O. Neurath, además de inspirarse en Hume, Comte y Mach, se distingue del positivismo del s. XIX por centrar su estudio, no en los hechos, objeto de las ciencias naturales, sino en el análisis lógico del lenguaje.
Sin embargo, su característica más positivista es el criterio empirista del significado, o principio de verificación, según el cual sólo tienen significado y producen conocimiento, aquellos enunciados que son susceptibles de verificación, esto es, aquellos para los cuales existe un método de comprobar si son verdaderos o falsos. El Círculo de Viena defiende, además, la tesis de la unidad de la ciencia y algunos de sus miembros sostienen la afirmación de Comte, de que la sociología ha de seguir los mismos métodos de las ciencias de la naturaleza; afirmación que constituye el núcleo del llamado «positivismo sociológico».
A propósito de este cientificismo naturalista, giró la disputa epistemológica del positivismo en el congreso de Tubinga, convocado en 1961 por la Sociedad Alemana de Sociología, en torno a la lógica de las ciencias sociales. Habitualmente se vincula a las ciencias de la naturaleza la función de describir y explicar hechos, mientras que se atribuye a las ciencias sociales la función de aplicar valoraciones o valores. La controversia la inician primero Adorno y Popper y la continúan después Habermas y Albert. Representó un enfrentamiento entre la epistemología del racionalismo crítico y la dialéctica de la escuela de Francfort. La discusión se basa en el problema del método científico de las ciencias sociales. Las ciencias de la naturaleza se basan en el método hipotético-deductivo. Las ciencias sociales no pueden atenerse a este modelo nomológico de explicación y predicción, puesto que las regularidades que se observan son difícilmente predictibles.
Para el racionalismo crítico, tanto las de la naturaleza como las de la sociedad deben atenerse al mismo método: proposición de hipótesis y contrastación por los hechos; las hipótesis que no superan la prueba de los hechos han de ser desechadas como no científicas. Los dialécticos de la escuela de Francfort rechazan la imposición positivista a la sociología de los métodos propios de las ciencias de la naturaleza. La sociedad tiene características propias y no es un objeto de la naturaleza. Es una totalidad, que ha de captarse en su globalidad, contradictoria en sí misma, racional e irracional a un tiempo; la reflexión sobre ella se hace no simplemente para conocerla, sino a transformarla, y toda teoría social es también práctica; de ella nos interesa primariamente no lo que es verdadero o falso, sino lo que es bueno o justo.
En suma, las notas de fenomenismo, cientificismo, nominalismo, empirismo, fisicalismo, antiesencialismo y la actitud antimetafísica son permanentes tanto en el positivismo como en el neopositivismo. La diferencia central reside en que mientras los primeros centran su estudio en los hechos de las ciencias naturales, defendiendo la necesidad de una filosofía científica, en cambio el neopositivismo reclama como objeto al análisis lógico del lenguaje.
◙
En segundo lugar, resulta controvertible llamar “metafísicas” a las preocupaciones religiosas de Comte. La principal aportación de Comte al positivismo es la idea de que la realidad humana es social y también ella debe poder ser conocida científicamente. Es decir, que la religión de la humanidad no implica la creencia en la inmortalidad del alma, en un Dios trascendente, un ser en sí, en un nóumeno y en una esencia inmutable.
La metafísica esencialista clásica se basa en la distinción entre el mundo del fenómeno y el mundo del ser. Tal diferencia es suprimida por el positivismo a lo largo de todas sus variantes. Es cierto que se ha hablado de la metafísica subjetiva de la modernidad, como aquella que concibe la esencia como idea o representación de la mente. Pero en todo caso se trata de una metafísica del conocimiento, más no de la realidad; y lo característico de la metafísica es su pronunciamiento sobre la existencia de fundamentos últimos suprasensibles en lo real. Desde este punto de vista, no hay metafísica posible en la concepción comteana. De modo que aun cuando Comte asuma en sus últimas obras un tono esotérico y excéntrico, como es el caso de su Síntesis subjetiva (1856), sin embargo, ello no significa que el fundador del positivismo haya renunciado a su pronunciado matiz antimetafísico.
◙
En tercer lugar, resulta injustificado juzgar al movimiento neopositivista limitándolo hasta el Círculo de Viena. En otro trabajo intitulado Ontología y filosofía analítica (2009), he propuesto entender a la filosofía analítica dividiéndola en cinco etapas: 1. Lógica (Russell, Whitehead, Broad, Moore y Wittgenstein), 2. Lingüística (Carnap, Schlick, Neurath, Gödel), 3. Pragmática (Austin, Ryle, Quine), 4. Epistemológica (Putman, Chomsky, Searle, Davidson) y 5. Metafísica analítica (Strawson, Sellars).
El conjunto de doctrinas filosóficas mantenidas por el derrotero del empirismo lógico o neopositivismo -y que en parte puede también aplicarse a la filosofía analítica posterior-, cristalizaron influencias del positivismo primigenio, en el sentido  en que vuelve por los fueros que rebasan el análisis lógico del lenguaje.
Schlick sostuvo que «el significado de una proposición es el método de su verificación», por lo que comprender un enunciado era lo mismo que conocer la manera de verificarlo. Ayer, principal divulgador de las ideas del Círculo de Viena en Inglaterra, dio primero, en Lenguaje, verdad y lógica, una versión radical (en la edición de 1936) que luego revisó (en la edición de 1958), distinguiendo entre un sentido «fuerte» y un sentido «débil» del término «verificable». Los enunciados de la filosofía no serían verificables en ninguno de los dos sentidos, por lo que no son empíricos, no producen información y no son significativos: al contrario, son carentes de sentido.
Los enunciados de la metafísica no se consideraron verificables en ninguno de estos sentidos y, junto con muchas otras expresiones lingüísticas (como, por ejemplo, «lo absoluto es perfecto»), se desecharon como no significativos o carentes de sentido. La filosofía, en consecuencia, carece de sentido como metafísica, y una de las principales tesis del positivismo es la superación de la metafísica por medio del análisis lógico que hace ver su ausencia de sentido; la filosofía no puede ser más que una actividad esclarecedora, o de análisis, mediante el uso de los recursos lógicos aportados por Russell y Whitehead, de los problemas aparentemente filosóficos, para decidir si pertenecen a la lógica, por ser tautológicos, o a alguna ciencia empírica determinada, por ser sintéticos. En el mejor de los casos, a la filosofía compete, según algunos positivistas lógicos, una actividad terapéutica: la de clarificación del sentido de los problemas metafísicos con la finalidad de eliminarlos. Por tanto, no es propio de la filosofía hablar acerca del mundo, sino ser un conjunto de enunciados sintácticamente bien formados con el que se habla acerca de enunciados que hablan (en la ciencia correspondiente) del mundo.
Se puede decir, a la luz de la etapa pragmática, epistemológica y metafísica analítica, que este «formalismo» adoptado por el Círculo de Viena ha caducado. El formalismo derivó en un fisicalismo, y éste en un materialismo. Tal esa el caso de la unificación de lo mental y lo físico por Davidson. Carnap ante los ataques de Popper contra la verificabilidad y la propuesta de éste a favor de la falsabilidad, sustituyó el criterio de verificabilidad por el de «traducibilidad»: un enunciado tiene significado si, y sólo si, es traducible a un lenguaje empirista, y un lenguaje es empirista si todo enunciado se construye en términos de características observables de objetos físicos, y sus enunciados son susceptibles de confirmación. Pero esta nueva ampliación del principio de verificación no soslayó la dificultad de traducir todo término teórico a un lenguaje observacional.
◙
Por último, es notoria una ampliación temática de los intereses del neopositivismo, como lo era en Comte. El giro comienza con el postpositivismo o tercera etapa de la filosofía analítica, la cual se basó en el giro pragmático de las Investigaciones filosóficas del segundo Wittgenstein, donde se insistía en que el lenguaje no es un cálculo abstracto sino un modo de experimentar el mundo. Con ello se transformó la filosofía del lenguaje dándosele un giro pragmático. La cuarta etapa del postpositivismo tiene un marcado matiz epistemológico. Putman, Chomsky, Searle y Davidson contribuyeron a la filosofía de la mente, la lógica, la lingüística, etc. Desde 1950 los problemas de la metafísica analítica sistemática han sido estudiados por los británicos Stuart Newton Hampshire, Peter F. Strawson y Sellars. Newton Hampshire se interesó, al igual que Spinoza, por la relación entre pensamiento y acción.
La corriente postanalitica lejos de reducir el mundo a la lógica, como lo hacía el Círculo de Viena, ahora más bien con Donald Davidson y su concepción epistemológica antirepresentacionista y su teoría plenamente materialista de la mente; Strawson, con su metafísica prescriptiva; y Sellars, con su nominalismo psicológico y su ataque a los dogmas fundamentales del empirismo, intenta una conciliación entre la tradición analítica surgida del segundo Wittgenstein, con la gran tradición metafísica europea. Es cierto que Austin, Chomsky, Goodman, Dummett y Putman son todavía agnósticos y eclécticos, al postular que de la existencia del mundo exterior sólo podemos tener creencias más no un conocimiento objetivo, pero ya bastante lejos de las limitaciones lingüísticas del Círculo de Viena.
Una vuelta atenuada a la metafísica caracteriza a la filosofía analítica actual. Hay algunos que ya han comprendido los límites del positivismo y morigeran su tendencia antimetafísica. Pero aun es decisivo el análisis del lenguaje. Ahora bien, el positivismo lógico del Círculo de Viena se conoce como neopositivismo o empirismo lógico, porque destaca los dos fundamentos filosóficos en que se basa: la lógica y el empirismo. El uso de la lógica para la crítica del lenguaje, y el recurso a la epistemología empirista (fenomenista primero y luego fisicalista), como teoría del conocimiento es también lo característico de la filosofía analítica. Austin, Chomsky, Apel, Searle y otros tratan de sintetizar el lenguaje como esqueleto (sintaxis, gramática), sistema nervioso (semántica) y pragmática (signos y usuarios-contexto). Por tanto, es plausible entender a la filosofía
analítica como última prolongación del neopositivismo. Pero fueron corroyendo sus apoyos tanto las críticas a los dogmas del empirismo que venían de su propio seno con Quine, Sellars y Davidson, como las críticas de otras filosofías rivales que negaban como modelo de la realidad la adecuación de la teoría comprobable y la percepción material. Se hizo evidente la suposición metafísica de la filosofía analítica misma: todo es observable o relacionado con algo observable y la mente no tiene vida autónoma.
◙
Apreciación crítica. No obstante las críticas a los dogmas del empirismo, se puede afirmar que la filosofía analítica actual se queda aun en la designación y no en la penetración del objeto. Como última expresión del neopositivismo, se mantiene fiel al «espíritu positivo», en tanto permanecen incólumes los principios del nominalismo, empirismo fenomenismo, fisicalismo y antiesencialismo.
El logos del empirismo no es principio de toda verdad. Inspirada en Aristóteles, los estoicos, la baja edad media y en el arte combinatoria de Lulio desemboca en el puro formalismo de las significaciones sin tomar en cuenta el objeto significado. La verdad es pura convención, pura relación intralógica sintáctica. Pero el neopositivismo se refutó a sí mismo admitiendo que en el “dato” hay elementos (unidad, diversidad, semejanza, totalidad, etc.) que no contienen nada originalmente sensible. El logos de la logística neopositivista es nihilismo que emerge del nominalismo y del empirismo, permanece en la desnudez de la nada interpretativa.