miércoles, 5 de septiembre de 2012

CAMBIO CIVILIZATORIO

LA CRISIS DE LA CIVILIZACIÓN TÉCNICA
 Y LA NUEVA ORIENTACIÓN ESPIRITUAL
Gustavo Flores Quelopana
Miembro de la Sociedad Peruana de Filosofía
Los más grandes avances de la civilización son procesos que
Casi hunden a las sociedades en que se producen.
Alfred N. Whitehead

 

No hay ley histórica ineluctable, no hay fatalidad en la historia, lo que el hombre ha hecho, el hombre lo puede deshacer. Por lo cual pensar que la civilización técnica es un proceso histórico irreversible es uno de los errores más profundos de nuestro tiempo. Todo lo que se necesita es una nueva organización y tiempo, entonces una nueva vida surgirá. El progreso moderno, por imponente que parezca, es una desviación de la naturaleza, algo artificial y, en consecuencia, algo fácil de desarraigar. Esto no significa la enemiga a los antibióticos, sino hacia todo el lujo y comodidades que hacen que esta civilización se asiente humanamente en lo superfluo.

Por eso carece de sentido hablar aisladamente de las amenazas globales que vive la humanidad hoy en día sin vincularla a su origen en la civilización técnica. Junto a la amenaza de la guerra nuclear –debido a la creciente tensión entre las potencias por el asunto de la carrera atómica de Irán en Oriente Medio- el mayor espantajo que la humanidad enfrenta hoy es el desastre climático que se cierne sobre nuestras cabezas.

Mucha tinta se ha derramado para demostrar que la humanidad anda desbocada y nuestra sociedad está en una encrucijada. Se ha dicho que es necesario desarrollar una mentalidad ecuménica, nuevos conceptos y nuevos valores para enfrentar un destino común. Se ha insistido en que la pobreza y la riqueza ejercen presión sobre el medio ambiente y que ambos la destruyen. Incluso no han faltado investigaciones que subrayan que el debate actual del cambio climático está demasiado enardecido, tratando de mostrar que el clima de la tierra cambia de forma constante y el actual calentamiento hubiera ocurrido sin ayuda del hombre. Así los científicos tienen más preguntas que respuestas y están menos seguros que los políticos y defensores del clima. Para ellos las verdaderas causas de las variaciones climáticas son un enigma.

No obstante, es innegable para casi todos que el hombre y sus instituciones son un agente de cambio en los procesos naturales de la tierra. Y para no poner en entredicho la idea de “progreso” se ha dicho que éste debe continuar, pero mediante un desarrollo sostenible que no precipite el desastre climático. En esta visión basada en la idea de “progreso” de lo que se trata es de evitar: el calentamiento del planeta, la destrucción de la capa de ozono, escasez de agua, alimentos, precipitación ácida sobre lagos, bosques, edificios y monumentos, hambrunas, sequías, caos social, desaparición de bosques y animales, huracanes, lluvias torrenciales, elevación del nivel del mar y reducir la emisión de CO2.

Pues bien, las facetas dramáticas del cambio climático mundial están terminando por convencer a los escépticos académicos y a las masas en general dominadas por las ideas de progreso, tecnología y ciencia, que toda la civilización técnica y sus redentores blasfemos no se sostienen por más tiempo. Sencillamente toda esta civilización artificial se está derrumbando y es urgente un cambio anímico en el alma humana.

En estas condiciones, nada de extraño tiene que se plantee una vuelta a la simplicidad. Para ello lo único necesario que se requiere es que la humanidad emprenda el camino de la simplificación de su existencia. La profunda intuición de Spengler sobre el juego espiritual entre el dominio fáustico del mundo y la salvación del alma se está haciendo realidad.

La visión de un pasado erróneo que hay que abandonar está todavía en su preludio a pesar del presente y futuro gris que se avizora en el horizonte. Lo que crece es la conciencia del peligro y la amenaza de la destrucción. En efecto, el hombre está descubriendo que la civilización técnica que le proporcionó prosperidad, comodidad, bienestar y lujo también es responsable del mal camino de haberlo entregado a la codicia y al egoísmo, haciéndolo cada día más duro, cruel e insensible. La civilización  técnica lo ha hecho crecer descomunalmente en lo material pero al precio de entronizar en lo moral el aumento de la maldad.

El hombre de la civilización técnica es materialmente más  poderoso pero moralmente más abyecto. En el centro del estercolero de la cornucopia está el despojarse de cualidades espirituales  para vivir con engreimiento entregado a las malas pasiones. En esta civilización artificial  la fuente de la moral es la sumisión al poder absorbente y la esclavitud a lo superfluo. Hoy hay en demasía masas pero carecemos de ciudadanos, porque sin amor a la humanidad y con el crecimiento del salvajismo y la crueldad no hay ciudadanía. Las megalópolis cibernetizadas actuales han complicado la vida con necesidades artificiales que nos someten a lo superfluo y nos hacen depender de lo inhumano.

Lo que hoy llamamos civilización es el imperio de una sociedad poderosa y rica a costa del empobrecimiento moral y espiritual de muchos. Lo que está en crisis, por tanto, es el ideal mismo de sociedad materialmente rica y poderosa que nos somete irreflexivamente a lo superfluo, al frenesí de los deseos, a la codicia y al egoísmo, lo cual nos hace más duros y crueles. 

La via de la alienación del aparato existencial actual puede seguir recorriendo un trayecto aun más abyecto. La luciferinización del hombre anético no conoce límites, pero será la expansión del mismo espíritu que esconde a la conciencia la verdad de su propio mal. El hiperimperialismo         del capitalismo cibernético se constituye en  jinete apocalíptico que derrocha codicia y egoísmo en cada rincón del planeta. Lo que hoy sólo importa a la dictadura de las megacorporaciones privadas es asegurar la rentabilidad financiera del capital excedente. Las fuerzas feroces que desata sólo tratan de administrar la crisis pero sin resolverla, no sólo porque es irreal tratar de hacer funcionar el mundo como un mercado y un casino global (Soros, Beck, Furtado, Amin, Martin y Schumann), sino porque es incapaz de pensar fuera de los marcos de la civilización técnica. Es decir, no se trata solamente de que el mundo está subordinado a las transnacionales o que estemos simplemente ante una crisis de acumulación, que se resuelva con reformas monetarias y financieras, sino, que se trata de una crisis de civilización. 

Ante esto no constituye una respuesta humanista coherente el  predicar una reorganización del sistema mundial a partir de la formación de grandes regiones (China, India, Latinoamérica, países árabes y africanos) para responder el desafío de la globalización desde el mercado. Esto sería más de lo mismo, equivale a extender la llaga que nos abate y ahondar el cáncer que nos carcome.

De lo que se trata es de marchar en camino contrario a lo que se ha hecho durante la modernidad. Hay que robustecer a las pequeñas entidades sociales (la familia, la ciudad) a costa de la nación y el Estado. Hay que defender la personalidad humana en contra de su masificación, hay que buscar el hombre integral que reemplace al actual hombre parcial, impersonal, gregario y mecanizado de la civilización técnica. No es extraño, entonces, que al mundo de la codicia, el egoísmo y el lujo le falten ideales. La falta de ideales es su enfermedad y la educación filosófica es el remedio. Será una educación filosófica inspirada en la importancia del ordo amoris con la tierra, el cielo y el prójimo, alejada de todo nominalismo, relativismo y antiesencialismo y que insista en la preeminencia del medio natural sobre el artificial. Pues, ser partidario de una ética sin religión (Victoria Camps), no creer en salvación definitiva, empeñarse en ser bueno sin Dios, o hacer depender la verdad del lenguaje o la interpretación (Gadamer, Habermas, Apel, Vattimo) no es sino reproducir la autodivinización humana tan inherente a la civilización técnica. Aquí no se trata de preconizar la filosofía cínica con su desprecio total de la ciencia, ni incentivar la tecnofobia, sino de subordinarla a las ciencias humanas, con su propia metodología, y rehabilitar el mito.

En suma, el giro radical que se requiere implica no en primer lugar a las cosas, sino, sobretodo al hombre y su existencia. Lo cual no implica sólo una revolución ética, sino un completo vuelco onto-antropológico, porque no se trata de un mero encuentro entre las ciencias naturales y las ciencias del espíritu, es, más bien, una nueva jerarquización del saber basada en una nueva relación con el ser y la verdad. Ya no se trata de urbanizar una nueva provincia de la ciencia, sino, más bien, de instalarnos en el territorio del ser mismo para dejarnos participar en su epifanía y vivencia apofántica.
                       
Lo que hoy se impone es un viraje radical civilizatorio que abrace un ideal de sobriedad y ascetismo, de desapego al lujo, bienestar material y consumismo, de amor hacia el  cielo, la tierra y al prójimo. Para ello lo único indispensable es que la humanidad abrace la simplificación de su vida con el mismo frenesí que puso al complicarla. Hemos llegado a la cumbre del dominio fáustico del mundo, pero en este esfuerzo hemos perdido nuestra alma. Diríamos en lenguaje scheleriano que desarrollar el ordo rationis a expensas del ordo amoris es lo que ha dejado sin brújula al eje espiritual de nuestro tiempo. Todo esto es lo que se oculta a la conciencia de nuestro tiempo, obsedida, como está, por el bienestar material y el lujo indetenible. Este camino histórico de egoísmo y codicia no es sostenible y es autodestructivo, y es el responsable de la sensación fría y cruel que tanto nos impresiona. Menos mal que no es indefinido y una humanidad consciente de los desvaríos de la civilización técnica puede ponerle freno.

En este nuevo mundo que preconizamos ¿tiene un nuevo papel a desempeñar la ciencia y la máquina? Decir ninguno sería ir contra la historia misma de la humanidad, que desde tiempos del paleolítico ha estado construyendo instrumentos para mejorar su vida. Tampoco es posible decir que tiene el mismo papel, destructor del hombre y de la naturaleza. ¿Puede la civilización técnica ser humanista y espiritual sin dejar de ser técnica? No se trata de volver a la forma de las civilizaciones antiguas que tuvieron máquinas pero su tipo de mentalidad cualitativa y animista impidió que se convirtieran en civilizaciones técnicas. Cuál es el punto de equilibrio entre la mentalidad cualitativa y la mentalidad cuantitativa, si es que existe tal punto. De lo contrario estaríamos suponiendo que la civilización técnica es un punto sin retorno. Se habla de la necesidad de             una mentalidad más holística y ecológica para reconducir a la civilización de la máquina. De lo que no hay duda es de la necesidad de un nuevo tipo de mentalidad, que tenga en cuenta tanto lo inmanente como lo trascendente, que controle los inventos y la ciencia, desmonte el capitalismo de la usura y la especulación, y restablezca el valor delo vivo sobre la materia inerte.

Lima, Salamanca 05 de setiembre 2012

lunes, 3 de septiembre de 2012

INSENSATEZ DE CIVILIZACIÓN TÉCNICA

LA INSENSATEZ DE NUESTRA CIVILIZACIÓN TÉCNICA
Gustavo Flores Quelopana
Miembro de la Sociedad Peruana de Filosofía
El que ríe es que aun no ha oído las terribles noticias
Bertolt Brecht
 


Nuestra civilización técnica ha arrancado a la humanidad de las formas naturales y la ha precipitado por el camino de la máxima concentración de poder político y de la torturante expansión económica, en una creciente tensión desesperada, y sin fin, que buscando más poder y prosperidad para las masas regimentadas y funcionalizadas en una esclavitud creciente, ha destruido la naturaleza, las relaciones humanas y ha hipertrofiado el encanallamiento, la obsesión económica y la insensata excitación de los deseos humanos.
El terrible mal que amenaza con la locura universal es el del triunfo de la sociedad mecanizada a través del invento del Estado nacional. Según estudiosos como Sombart (Guerra y Capitalismo), Pirenne (Historia de Europa), Naef (La idea del Estado en la Edad Moderna), Ellul (Historia de las instituciones), Scheneider (El nacimiento de los Estados nacionales) y Mumford (Técnica y civilización), Dobb (Estudios sobre el desarrollo del capitalismo), y North y Thomas (El nacimiento del mundo occidental), la revolución industrial pudo triunfar sobre la base de la aparición del Estado nacional en el siglo XIII, el cual implementó las reformas económicas y sociales que hizo posible la economía dineraria y la organización burocrática en vista del aumento de los beneficios.
Poder centralizado, economía de mercado y revolución técnica se dan la mano en la actual civilización artificial para imponer su voluntad al verdadero ser de los pueblos. La consecuencia ha sido la destrucción y ruina del hombre natural aunado a la devastación de la Naturaleza y el quebranto de las relaciones humanas.
Querer ver la civilización técnica sólo como un conjunto de máquinas es cerrarse a la comprensión de este fenómeno y, lo que es peor, reducir a su insignificancia un asunto tan trascendental. En su sentido propio encarna la voluntad de poder de los Valois, Borbón, Tudor o Habsburgo y de todos los promotores de la triunfante jornada del capitalismo a través de la historia occidental.
 
                                                           

Y cuál ha sido el resultado de tanta excitación artificial. El triunfo de las necias y vulgares ambiciones, masas enteras lanzadas a la búsqueda de la moda, lo superfluo, la frivolidad, la riqueza y el lujo. El gran pecado de fomentar las necesidades artificiales es parte inherente de la civilización técnica. Abolido el ritmo de la naturaleza se vuelve normal acostarse casi a media noche y prolongar la luz del día de modo artificial. La sociedad del espectáculo comenzó a brillar desde que la humanidad estuvo dominada por el espíritu de lucro, el mundo del ascenso social, la codicia, la obsesión económica, los hombres-máquina, y el encanallamiento de los negocios. Cuando Kaspárov perdió en 1997 la partida de ajedrez ante la máquina de la IBM Deep Blue, manifestó que fue una tragedia para la humanidad porque siempre estuvo convencido que el resultado tenía que ver con la dudosa ética de las corporaciones. Por más que dicha computadora no fue una máquina ordinaria, resultó muy dudoso que se desmantelara la máquina, obtuviera la empresa el incremento de sus acciones, el premio quedara en casa, el valor de la compañía se extendió muchísimo y sospechosamente no se hicieron más experimentos.
La civilización técnica es, en este sentido, el adiós a la verdad, la encarnación del nihilismo, la disolución de todo principio de autoridad y objetividad, la imposición de la nueva racionalidad única, la hermenéutica y violencia anómica y la radicalización del subjetivismo imperante. En su vientre repulsivo ya se gestaban todos esos pensadores posmodernos en boga con su orientación pragmática y ontología del crepúsculo. Así la Koiné cultural de la actualidad es la interpretación que se corresponde con la hipertrofia de la organización y la correlativa esclavitud del hombre.  Es natural, entonces, que se imponga la inautenticidad del hombre, el olvido del ser, el imperio de la nada y la errancia de la esencia.
La actitud ontológica de técnica tenía que ir de la mano con la desvalorización de los valores supremos porque sin cesar ha contribuido a crear más prosperidad y poder para las masas manipuladas que han abdicado de su personalidad y en vista de resultados materiales maravillosos se cree que la obra es tanto más grande cuanto mayor es la humillación. Nada extraño tiene, por consiguiente, que se debilite el principio de realidad, que los contenidos de vuelvan meras imágenes, lo virtual anula lo real (Baudrillard), la felicidad es el consumo y el espectáculo (Félix Duque), la autoconciencia es una ilusión (Rorty), los enunciados son archivos o acontecimientos (Foucault), la historia se disuelve en historias locales (Vattimo). Todo lo cual coincide con una vida económica que de productiva se vuelve especulativa. El 95% de las transacciones financieras son especulativas (Chomsky). Una vez eliminada la naturaleza y Dios se avanza hacia la eliminación del sujeto mismo (Ricoeur).

                                            

El progreso económico exige, como condición esencial, la sumisión de grandes masas a una inteligencia directriz. El Partido, el Estado, el Mercado donde “desde adentro” y “desde afuera” se impone la anulación de la certidumbre de los hechos, la liquidación total de la personalidad y el triunfo de la estupefacción mediática junto al consumo ansioso. La sociabilidad alcanza una expansión inaudita, la extraversión –nota característica en la mujer- invade al hombre, la sociedad y la cultura pierde profundidad, periclitan las esperanzas reformadoras, las calles se iluminan, el espectáculo del comercio impera por doquier, prolifera la imagen del espectáculo (Debord) y la extravagante armazón histórica de la civilización histórica encuentra su remate en el último invento que entretenga a las masas mediumnizados, babélicas e indiferenciadas.
Al triunfo de la civilización técnica le acompaña la victoria de la puerilidad. Se impone lo artificial y con ello toda clase de bagatelas que son expuestos en las vitrinas de los negocios importantes. Es más, hacer bagatelas es algo importante. Modas, adornos, preferencias, convenciones, trajes, etc., se apresuran en ser copiadas en todas las ciudades del mundo.
En una palabra toda la insensatez de nuestra civilización técnica se revela en un proceso que centraliza, burocratiza, nivela, mecaniza, racionaliza, fusiona los Estados en un Estado, engendra una comunidad de hombres esclavizados por la autoridad anónima del mercado y elimina del individuo la posibilidad de fecundar y robustecer su propia personalidad.
La civilización artificial ha hecho posible la creación del hombre parcial, su incorporación a un todo predominante, el triunfo del activismo y ha trastornado desde el fondo mismo la cultura entera.
Todo lo cual nos hace pensar que si quisiéramos reconducir a la humanidad hacia formas de vida  más “naturales”, no basta en volverse naturista, sino que viendo el asunto en serio y profundidad, ello implica tener que acabar con la torturante expansión económica, la máxima concentración de poder político y vencer la manía por los inventos técnicos y las posesiones materiales. Pues esta insensata marcha de nuestra civilización sólo fortalece la creciente esclavitud del hombre y garantiza su destrucción.

                                         

Que la civilización técnica ha potenciado la capacidad de autodestrucción de la humanidad es un hecho indiscutible. Los arsenales nucleares superan varias toneladas de trilita por habitante en el planeta, la guerra nuclear sería mutagénica y carcinógena en proporciones que amenazarían la continuidad de la especie, los usos pacíficos de la energía atómica implica un grave riesgo genético y sanitario, pues el plutonio, antes prácticamente inexistente, seguirá siendo peligroso durante un  millón de años, y otros subproductos radiactivos escapan directamente al aire y al  agua, incluso los que son arrojados al mar en contenedores acabarán por abrirse  contaminando nuestro aire, agua y alimentos, y las centrales nucleares son sólo el paroxismo de una tecnología inhumana, sin ética, cuyo éxito es la destrucción masiva de los ambientes naturales,  la contaminación química y el  exterminio de muchas especies. La explosión demográfica actual es consecuencia de la civilización técnica basada en recursos no renovables. La búsqueda de tecnologías compatibles con la propia naturaleza biológica y la reproducción responsable son utopías que se manejan en contra de la carrera con los jinetes del apocalipsis.
En todo lo demás que el lector saque la punta a la vía de salvación que aun está abierta y necesita ser revelada. Hay quienes piensan que ya no es posible asumir la noble naturalidad, la abstención de lo superfluo y la educación según naturaleza, que la humanidad consumista es una causa perdida, pero luchemos para que a estos necios y vulgares agoreros no les silencie el apocalipsis que insensatamente promueven sin saberlo. Aun estamos a tiempo para detener la perturbada locura universal de la excitación dinámica de la presente civilización artificial.
Lima, Salamanca 03 de setiembre 2012

EL AMOR EN OCCIDENTE

SENTIDO HISTÓRICO DEL AMOR
 EN OCCIDENTE 
Gustavo Flores Quelopana
Miembro de la Sociedad Peruana de Filosofía


Tiempos degenerados producen sexo degenerado. El de hoy tiene una manifestación muy clara, a saber, la del consenso político que manipula a las masas decadentes y sin espíritu para que se acepte el sexo antinatural como si fuese natural. Lo cual no llama la atención, pues no hay que ser muy suspicaces para darse cuenta que hacia esto tenía que ir toda una civilización artificial y técnica que se sustenta en la locura universal del terrible mal de la exitación permanente.
Cada generación histórica forja un concepto del amor que responde a la modalidad filosófica, literaria y artística del ambiente de ese tiempo. Unas veces la renovación del impulso amoroso procede de lo intelectual otras veces de lo sensible. Y así la atracción de los sexos permanece idéntico por causas biológicas. La curva histórica del amor ha dibujado una trayectoria que va desde las cumbres del amor espiritual hasta los abismos del amor carnal. Sin embargo, en el siglo veinte se acentuaron el carácter trágico del amor al diluirlo en sexo y poderío. Pero como el amor es un fenómeno psicógeno que involucra lo anímico y lo fisiológico, su cambio parasitario ha producido más daño en lo anímico. El hombre de hoy vive con más intensidad su neurosis sexual, la cultura nihilista posmoderna con su relativización a ultranza agudizó el conflicto erótico. La inundación masiva de la pornografía por medios gráficos y cibernéticos ha borrado no sólo la frontera entre sexismo y erotismo, sino que ésta última casi ha desaparecido. El repliegue extremo del erotismo indica que hemos alcanzado una de los períodos de mayor decadencia sexual, pues sin arte, sin amor y sin los valores de la fidelidad y el matrimonio degenera el instinto de nuestra propia dignidad.

                                               

El amor en los mitos griegos, que surgen en la oscura Edad de su barbarie cuando se imponían sobre los minoicos y que se disipa en el siglo VIII a. de C., se plasma en el misterio del eterno femenino y de forma poética expresa la tragedia psíquica de los sexos. El corazón de la mujer es retratado como veleidoso y voluble. El mito de Orfeo y Eurídice representa la insatisfacción humana por la insuficiencia de lo real, la duda, la inseguridad. El mito de Atalanta encarna que no hay mujer imposible. El mito de Acis y Galatea representa la infidelidad disculpable. El mito de Céfalo y Proclis exhibe lo frágil de la fidelidad. Pero el mito más profundo de todos es el de Psiquis y Cupido, donde el amor y sabiduría sólo se fusionan en la eternidad. En amor en la filosofía griega, en plena crisis de la ciudad-estado, no desprecia a la mujer, la familia, el sexo o el matrimonio, sino que pone en primer lugar a la Virtud, el Bien, la Felicidad, el placer espiritual, la moderación, la sabiduría, y la tranquilidad interior. El homosexualismo era practicado y tolerado, pero no se les ocurrió como hoy consagrar en matrimonio la relación homosexual. Todo lo que va contra la ley natural es degenerativo. El simbolismo numérico pitagórico no incitó el desprecio a la mujer sino por el contrario inculca una moral ascética, aprehendida en Egipto y Oriente Medio, sólo reprobaba la intemperancia. El 8 es el número del amor, el 5 del matrimonio, el 2 de la mujer y el 3 del hombre. El Sócrates de Jenofonte presenta con realismo el ideal socrático de lo bello y de la tolerancia con la endemoniada maledicencia de su mujer Jantipa. En Platón el amor es afán de inmortalidad, búsqueda de fecundidad superior y de la fertilidad de las ideas. Aristóteles, en plena decadencia de las ciudades-estados y su reemplazo por las super ciudades-estados, se aboca a encontrar las soluciones prácticas del amor. No desprecia el placer aunque el verdadero placer sea el de la inteligencia. El hombre debe gobernar a la mujer, reivindica a la familia, la propiedad privada y que debe limitarse el número de hijos. La escuela cínica de Sínope con Diógenes y Antístenes, al suprimirse las soberanías de las ciudades-estados e imponerse el imperio mundial de Alejandro, sustituye el amor matrimonial por el amor libre para no perturbar el camino de la sabiduría. En la misma línea Epicuro coloca el amor espiritual por encima del amor carnal y aspira a la ataraxia o tranquilidad interior. El estoicismo de Zenón cree en la moderación y amor libre. Pero estos ya eran tiempos finiseculares del helenismo y su colapso determinaba su agotamiento espiritual. El colapso del helenismo fue de descenso del amor en los abisales de los excesos carnales.

                                                    

El amor en la vida cotidiana de los griegos era contrastado. Esparta convirtió a la mujer en cría para el Estado, pero su papel en la vida civil era mucho más preponderante que en toda la Hélade. Atenas dignificó a la mujer, el matrimonio y el amor espiritual sobre todo cuando con Pericles se impuso el imperio ateniense. El amor en la roma imperial se distinguió por su rectitud, austeridad y virtudes ciudadanas, pero con los triunfos militares de la etapa imperial se desencadenó la depravación moral. Ovidio estaba de moda. Oh tempore oh mores (oh tiempo, oh costumbres). La época de Séneca fue de diversión depravada, lo cual era combatido por el estoicismo de Epícteto y Marco Aurelio. La época de Plinio el Joven fue de retorno a la sana moral, movimiento que culmina con el triunfo del cristianismo con Constantino.
El legado del helenismo no murió sino que fue conservado por las tres civilizaciones nuevas: la islámica, la cristiana occidental y la cristiana oriental. La cuestión amorosa en el mundo visigodo, profundamente cristiano, no condenaba la belleza femenina y por el contrario la asumía como un camino para comprender la belleza espiritual. Y en sus leyes primaba un criterio moralizante sobre lo racial y social. Sus severas normas castigaban la desviación sexual, la conducta escandalosa y la codicia. En la Alta Edad Media, época de elevada espiritualidad no sólo en occidente sino en todo el mundo, el amor tuvo tres etapas. el cantar de gesta que exalta la fidelidad (s. XI-XIII), el heroico amor caballeresco (S. XIV-XV) y el poético amor trovadoresco de las cortes (s. XII-XVI). En la Baja Edad Media se presentan otras tres formas de amor: el idealismo amoroso (Dante, Petrarca), el amor cortés pastoril (Lope de Vega, Cervantes y Garcilaso de la Vega) y el amor loco (Arcipreste de Hita, Fernando de Rojas y Arcipreste de Talavera). En otras palabras, en la Edad Media, que no es lo mismo que feudalismo (la cual fue sólo una solución temporal del siglo X al XIII ante la debilidad del Estado frente a las nuevas monarquías, la burguesía y las cruzadas), el amor principia con una elevada espiritualidad y termina con una ligera atenuación de sus formas, pero sin llegar a los excesos lujuriosos del fin de la Edad Antigua.
El Renacimiento es una época orientada hacia la mujer, ya no es vista como objeto de perdición sino como un regalo de Dios, que alegra la vida doméstica y social. No obstante, los moralistas como Fray Luis de león y Luis Vives ven peligrosa la reciente libertad de la mujer. Por entonces, se hace famosa la locura de celos de Juana la Loca con su mujeriego marido Felipe el Hermoso. Don Quijote idealiza el amor y Hamlet ve el amor con egoísmo personal. El siglo XVII del amor estuvo signado por la alcurnia, la moral y los proyectos personales, cuando no por la política y la religión de Estado. Era el momento del donjuanismo -interpretado por Don Gregorio Marañón como narcisismo- y la elección femenina materialista.

                                                      

Werner Sombart en su libro Lujo y capitalismo subrayó que el capitalismo nace del señorío de la mujer en la corte, la sustitución del amor santificado por el amor hedonístico, el triunfo del amor libre, impulso de lo terrenal, el lujo, lo suntuoso y el carácter exportador de la economía. El triunfo de la mujer para Sombart está así asociado no sólo a la victoria del lujo sino también del capitalismo. La lady es la que da forma al capitalismo. Ahora bien, existía el don Juan sincero y el hipócrita. Las cortesanas dominaban la vida del rey francés Luis XIV. En la corte palaciega de Felipe IV, español, predominaba la vida frívola, sin cortesanas dominantes y la presencia de múltiples bastardos. En Inglaterra el amor se mezcló infortunadamente con la política y la religión. 
Pero el siglo de la voluptuosidad fue el siglo XVIII, donde impera lo sensual sobre lo sentimental. La mujer es vista como hembra, limitada espiritualmente y sólo valorada por su hermosura y honestidad. En el periodo inmediatamente posterior a la Revolución Francesa la naciente democracia excluye a la mujer de la vida pública y ciudadana. El argumento de fondo que se debatía era si la mujer tenía una razón o era mero cuerpo y sentimiento. En la discusión intervinieron Marechal, Madame Gacon-Dufour, Madame Clement-Hémery, Condorcet, Fourier, Proudhon, Stendhal, Cabanis, Balzac, Josef de Maistre, Sade, entre otros. Para los maximalistas la mujer tiene una razón sexuada, para los minimalistas la razón no tiene sexo. Para los primeros la mujer sólo tiene razón práctica y no razón teórica; para los segundos la mujer puede llegar a ser genio. Esta discusión hasta la actualidad entre esencialistas y procesalistas sigue abierta. De 1800 a 1850 domina el idealista Romanticismo con su proclividad introvertida, sentimental y meditabunda, que hizo del tema del amor el tema fundamental de la humanidad. Goethe, Heine, Hôlderlin, Novalis y el idealismo alemán dominan la interpretación del momento. Desde 1850 surge la reacción realista que prefiere lo crudo y natural, donde se ve al amor sin cursilería ni idealismo.
El siglo veinte, conmovido por dos guerras mundiales, revoluciones científicas, culturales y sociales, tuvo un protagonista singular con la revolución sexual y la píldora. Lo que liberó a la mujer del instinto sexual reproductor y la insertó con mayor vigor en el predominio del amor libre. Pero también es la época del consumismo capitalista que se vuelve hegemónico tras colapso del comunismo y el declive de las ideologías. Su resultado es el predominio de la mujer-objeto. En esta época el amor se despoja de la venda sentimental, entonces el instinto sexual se libera del amor y existe sin él. Frente al espíritu de competencia y el afán de lucro el amor sin sentimientos se ve libre de las ataduras para ofrecer el placer sexual como una mercancía más. Y así florece la industria de la pornografía, es decir amor físico sin sentimiento ni ideal. El amor deteriorado desde su entraña se torna pornográfico. Todo se queda en apetencia biológica. Se cae en el escepticismo en el amor.

                                                 
 
El amor en Occidente queda atrapado en un neurótico instinto de poderío para fines subalternos -dinero, poder, placer-. En la cultura nihilista posmoderna que transita el siglo veintiuno el amor termina evaporándose en instinto sexual e instinto de poderío. La intensa polémica en torno al derecho de los homosexuales al matrimonio civil -aprobado ya por varios países y siempre denunciada por la Iglesia- es fiel reflejo del deterioro relativista del derecho natural. Sucumbe el amor verdadero y espiritual frente a la exaltación del amor carnal, físico y el sexismo. El hombre posmoderno vive con más intensidad su neurosis sexual, el conflicto erótico se agudizó. No obstante sería absurdo no ver que el intento de habituar al hombre a la locura universal de la excitación continua y permanente se origina en la modernidad.  El contagio reformador por innovar a diario y sentirse inquebrantablemente atraído por el ardor continuo es un invento de nuestra civilización técnica y artificial. No hay que devanarse los sesos para darse cuenta que el verse arrastrado por el afán de novedades tiene que ver con la destrucción y ruina del hombre como ser natural. Así, el sexismo obsesivo y cada día más antinatural que descaminadamente desemboca el hombre moderno es consecuencia de un proceso extraviado que ha comenzado con la civilización técnica.
Si el siglo dieciocho fue el siglo de la voluptuosidad, el siglo veintiuno es el siglo pornográfico por excelencia, de carencia de vida normativa y moral en las relaciones sentimentales, de imperio del hombre anético que cree dictar el bien y el mal, y que delinea una época crepuscular, de hundimiento y declive espiritual de la civilización occidental.
La relación de la humanidad con el amor no es adjetiva y circunstancial sino sustancial a su propio destino. Cuando el amor degeneró en relación sensible casi siempre señaló el declive de una civilización, cuando el amor se extremó en amor intelectual casi siempre indicó el comienzo de un conflicto de las energías amatorias. Un equilibrio entre lo carnal y lo intelectual sería lo deseable. Sin embargo, aquí no se trata de condenar el placer sino de advertir la relación estrecha que existe entre el  colapso civilizatorio y la decadencia del amor espiritual. Y dicho colapso esta relacionado con el triunfo de la civilización técnica y el imperio de las necesidades artificiales, que extravían y excitan de modo permanente a la pobre humanidad atrapada en la locura universal.

Lima, Salamanca 03 de setiembre del 2012

sábado, 1 de septiembre de 2012

EL PERU EN BUSCA DEL IDEAL

EL PERU EN BUSCA DEL IDEAL
Gustavo Flores Quelopana
Miembro de la Sociedad Peruana de Filosofía

 

Conforme han ido desapareciendo los regímenes represivos y sucediendo los regímenes democráticos, en el Perú ha crecido el número de protestas sociales. La Defensoría del Pueblo da una cifra anual de más de 150 conflictos activos y más de medio centenar latente, ubicándose entre los más importantes los conflictos medioambientales. Contra lo que piensa la mayoría no se trata aquí de conflictos coyunturales, ni de conflictos estructurales, sino que se trata de algo más grave y profundo. Se trata de la carencia de un ideal consensuado de patria.

La patria es ante todo un ideal y no una cantidad de medio geográfico e histórico que nos hemos asimilado. Aquí no queremos presentar una apología sobre la patria, similar como la hizo Renán en su famosa conferencia en la Sorbona del 11 de marzo de 1882. Lo que se pretende en estas líneas es reflexionar sobre si el Perú tiene un ideal de patria.

Las movilizaciones regionales que proliferan en el Perú lejos de retratar un sentimiento patriota o antipatriota lo que reflejan es que para los peruanos, sobre todo andinos y amazónicos, la patria no es el Perú sino su ciudad o región. Esta es la patria ideal del Perú profundo, y el sentimiento que con él los liga es tan arraigado como el religioso. Nuestros padres, nuestra casa, nuestro campo, nuestra selva, nuestro lago, nuestro río, nuestros cerros, nuestras cosas, son los elementos exteriores que han contribuido a formar el ideal de patria.

Pero la oposición para el Perú profundo no es únicamente entre la defensa del medio natural y la resistencia al medio artificial, sino, también entre Lima-Provincias, esto es, entre la modernidad capitalina y una premodernidad regional que ansía la modernidad. Esto es, que se ponen de manifiesto tendencias contrarias en el seno mismo del Perú profundo. Es decir, no siempre es la pequeña ciudad del interior celosa de su paz pueblerina, sino, está presente al mismo tiempo la pequeña polis con ansías de gran metrópoli.

Los dos momentos más grandes de toda la historia del Perú, los Estados Regionales y el Imperio Incaico, se dieron precisamente cuando se carecía de la idea de nacionalidad. El ideal de los estados regionales era su ciudad y durante el imperio inca la idea de confederación. Pero en ambos casos su ciudad era su patria. Lo cual pervive aun entre nosotros con gran arraigo y hace que los peruanos se sientan ajenos a su obra de nación. Todavía no termina de calar entre nosotros la idea de nación, de esa gran unidad anónima, y en la práctica damos muestras de dar marcha atrás, volviendo a las ciudades independientes. Por eso es que los proyectos federalistas tendrían gran acogida en el espíritu del interior del país, pero con el grave riesgo de poner en peligro la unidad política de la nación. La solución aprista fue el regionalismo, engendro ambiguo entre el centralismo y el federalismo, y, lo que es peor, que no permite poner en cuestión el ideal de patria que queremos.

Apenas constituida la nación en el Perú, con los españoles primero como reino y colonia, y con la república después como ciudadanos libres, nuestro espíritu se sale del cauce y se derrama en todo tipo de esnobismos, quedando el país convertido en un reservorio de mano de obra servil cuando no barata, materias primas y riquezas minerales. Así nuestras glorias han sido exteriores y vanas, tan exteriores que una vez pasadas hemos vuelto a nuestra antigua caverna de pobreza y miseria. Primero fue el oro y la plata, luego el guano, el salitre, después el caucho y el petróleo, ahora son toda una variedad de recursos mineros y no tradicionales, pero hoy como ayer no sabemos si toda esa historia fue realidad o un sueño. Y es así porque no sólo lo miran de esa forma más de 12 millones de peruanos que viven en pobreza, sin contar los que están en el umbral de la miseria, sino porque el puñado de millonarios –diez mil según los últimos datos- es el reflejo de que toda nuestra historia ha sido un profundo error.

Resulta casi baladí decirlo, pero aquí no se trata de aumentar el número de ricos, pues en los Estados Unidos de América se reportan diez millones de millonarios y eso no impide que en las calles de Nueva York pululen debajo de los rascacielos y de los puentes un enorme bolsón de desamparados sin techo, abrigo y comida; y en China apenas son un millón, pero según los expertos el promedio de éstos en un país próspero casi siempre se mantiene no más de 1 por ciento de la población total del país. Entonces, es obvio que de eso no se trata.

Tampoco se trata de lograr un país más igualitario como en los países escandinavos, donde el aumento de la depresión, el alcoholismo, la permisividad sexual y un elevado índice de suicidios ha desembocado en la parálisis moral y el desequilibrio psíquico, lo cual, según se dice, es generada por una excesiva seguridad económica y un gobierno centralizado. Un Estado omnipotente que abastece de todo y no prohíbe nada es tan dañoso como otro que no da casi nada y prohíbe todo. El resultado humano es desastroso, a saber, gente fría, sin sentimientos, sin ternura, incapaz de compartir emociones y sentir amor. Ya no es solamente el silencio sobre Dios, sino que también impera dicho silencio sobre la Naturaleza y sobre el hombre.

Por lo visto, no se trata sólo de nosotros, los peruanos, sino que gran parte de la civilización occidental moderna ha sido un error. Y de entre todos los grandes errores está el del estado centralizado. Este ha mantenido la unidad –y en los estados industriales: la prosperidad-  a través de la fuerza y la fuerza destruye por igual herejía, religión y la voluntad. El Perú también ha sido víctima del empleo sistemático de la fuerza que ha producido su embotamiento.

El espíritu peruano no ha sido sometido a las más formidables presiones inventadas por el mundo moderno -como lo tuvo el Viejo Mundo-. Sin hazañas guerreras y sin terror espiritual han hecho que demos importancia al “come y calla” de la mansedumbre resignada de la oprimida cerviz. Pues si bien, nuestro país es el que ha sostenido más guerras en la subregión, todas, a excepción de la sostenida por la Independencia, contra Chile y contra Sendero Luminoso, fueron de baja intensidad. Así el Perú ha fracasado en la más elemental tarea de toda comunidad civilizada, esto es, la creación de un ambiente común. Los casi setenta mil muertos de la lucha antiterrorista de hace una década así lo testimonian. Podríamos decir que el Perú se mantiene en un estado de guerra interna casi permanente y en un estado de guerra externa sólo latente.

La mayor parte de nuestra historia moderna es un contrasentido político. Así cuando en nuestra patria se introduce el principio revolucionario por Bolívar, Castilla y Velasco, o el principio liberal por Unanue, Luna Pizarro y Bartolomé Herrera, ya llevaba en su seno el germen de su propia esterilidad, porque siempre faltaron fuerzas para destruir de cuajo lo que estorbaba y lo que al cabo provocaba su revitalización. Pocas veces los dos principios tuvieron la fuerza para destronar al otro, se disputaron el cuerpo y alma de la nación pero sólo para alternarse en transacciones estériles.

Así somos el país de los grandes proyectos irrealizados cuando no truncos o que deben esperar lustros para realizarse. Podemos llegar a decir que la psicología del peruano es de los proyectos inconclusos. Ejemplo reciente de ello, es que la enorme capacidad de recursos financieros por parte del Estado es inversamente proporcional a la inmensa incapacidad para gestionarlo en obras públicas, sucediendo lo mismo en el ámbito regional.  Las dos grandes fuerzas del Perú, la que tira para atrás y la que corre hacia adelante, van dislocadas por no querer entenderse.

Pero el fracaso también se da en lo jurídico. Así en pleno litigio por la delimitación marítima con Chile nos mantenemos aferrados a no firmar la CONVEMAR, a la cual casi 170 países están adheridos y sólo una minúscula fracción sin importancia no lo hace, a excepción de Estados Unidos que no lo firma por el asunto de los fondos marinos, y nos aferramos a la tesis territorialista de las 200 millas de Bustamante y Rivero. Y todo esto sucede a despecho de que a sólo 10 millas mar adentro nuestros humildes pescadores pueden ver en la noche un mar iluminado por flotas extranjeras que depredan nuestro mar. En realidad en el Perú cada ciudad, un fuero; cada peruano, un privilegio. El tránsito caótico de las grandes urbes es un botón de muestra, cada conductor se siente con patente de corso para impedir el pase de otro coche y peatón que se le cruce. Lo mismo sucede en nuestro sistema militar, así como lo mejor que se nos acomoda es el atomismo jurídico de manera similar aparece el atomismo guerrero, esto es, la guerrilla; tanto así que si Chile no invadió la sierra fue por la guerrillas de Cáceres.

En lo que respecta a nuestra vida cultural es, como nuestra historia, una continuada invasión de influencias extranjeras. Aun no hemos hecho nada que podamos de verdad llamar propio. Lo más nuestro es lo precolombino, por eso resuena tan nuestro y auténtico los yaravíes románticos de Melgar, Ciro Alegría, el indigenismo mestizo de Arguedas, el vanguardismo de Vallejo y la narrativa de Scorza. Otras grandes creaciones como las tradiciones de Palma, la filosofía de la liberación de Augusto Salazar Bondy, la teología de la liberación del Padre Gustavo Gutiérrez, y la narrativa de Vargas Llosa, llevan el sello eurocéntrico de la cultura occidental. Nuestro barroquismo ingénito, señalado por Martín Adán, nos vuelve oscilantes entre el remedo occidental y el arcaísmo indigenista.

Unos señalan, como Flores Galindo (Buscando un Inca, 1988), que la utopía andina es peligrosa porque reproduce el viejo autoritarismo y por ello es necesario amalgamarlo con el marxismo; otros, como Vargas Llosa (La utopía arcaica, 2004), piensan que el indigenismo es una ficción pasadista ideológica y reaccionaria, que va a contrapelo del indio mismo que se emancipó de ella y optó por la modernidad liberal. Pero en realidad, nuestro  laureado escritor lo que ataca aquí es el indigenismo del primer Valcárcel antioccidental, el de Tempestad en los Andes, pero no el de Ruta Cultural, menos aun el de Uriel García y el del mismo Arguedas. Así el indigenismo que ataca es una ficción, pues el nuevo indigenismo no es afectado por su crítica desfasada e ideológica.

Mientras que la tendencia nativa siempre estuvo presente aunque de modo subalterno, culturalmente hemos tenido como tendencia hegemónica periodos sin unidad de carácter, un periodo escolástico, otro Ilustrado, y otro romántico, luego sigue el positivismo, el espiritualismo y actualmente el posmodernismo. Hemos sido en lo oficial calco y copia del eurocentrismo imperante. Pero no hemos tenido un periodo peruano puro, en el cual nuestro espíritu, ya constituido, diese  frutos propios. Lo más propio en la pintura fue Sabogal, Codesido, Brent, Vinatea Reynoso y Camilo Blas, en el pensamiento Mariátegui y Haya, en filosofía A. Salazar Bondy.

El balance es pues desolador. La obra de restauración del Perú está muy cerca del cimiento, a pesar de las perspectivas de curación que surgen de vez en cuando. En nuestros días de bonanza económica, aunque no de justicia social, parece que al fin vamos a entrar en tierra de promisión, pero repentinamente surgen complicaciones que echan por tierra lo empezado y nos dejan con la esperanza en los labios. Aquí se discute todo y se discute siempre, no somos todavía una nación seria, no sabemos a dónde ir y por no saber nos pasamos el tiempo imitando a los demás.

Hace mucho  tiempo que nos falta la cabeza. La causa de nuestro mal está en la inteligencia. Nuestro espíritu está embotado de mezquindades, nutrido solo de ideas  ridículas, copiadas sin sensatez. Hemos perdido la audacia y la fe. Nuestra extenuación intelectual se revela en la incongruencia de nuestra cultura. Así la fábrica peruana está funcionando por un motor que está fuera de nosotros, es decir, por la demanda externa, y nuestra nación sigue ilusionándose con ser los mejores por su culinaria y ruinas arqueológicas.

Lo único que hoy tenemos en el Perú es el crecimiento de la ignorancia y el orgullo fatuo. No sabemos lo que queremos, valemos muy poco y sabemos poquísimo. No por casualidad nuestra inversión educativa ha sido bajísima durante treinta años. Es decir, tenemos dos generaciones que han crecido incultas y rodeadas diariamente de estulticias. Nuestra televisión es una de las más pobres del mundo en contenido cultural y el gobierno junto con las universidades no promueve ni invierten en investigación, ciencia y cultura. Los institutos de investigación humanísticos y en ciencias aplicadas oficiales y privadas son casi inexistentes y si existen son nominales. Los rectores se eternizan en los cargos para medrar del negocio universitario. Por supuesto que en todo lo dicho hay excepciones, pero la excepción confirma la regla. Nos conformamos con la división internacional del trabajo que nos reserva el lugar de proveedores de materias primas y mano de obra barata.

No hay duda que el Perú de la prosperidad económica está enfermo, débil y postrado espiritualmente, sumido en una profunda debilidad y abatimiento. Nos sucede el peor de todos los males, a saber, la del espíritu sin energía ni grandes ideales. Por eso que el papel intelectual de nuestra nación en el mundo no es muy brillante. Vargas Llosa resarce de alguna forma la pléyade de grandes escritores que ha tenido el Perú, pero años y aun siglos que el sol alumbra en nuestro país para poner al descubierto nuestra decadencia y las ruinas de nuestra antigua gloria.

Ahora, entonces, se comprende que hay una necesidad de destruir nuestras ilusiones nacionales. Peru es una economía de gran empuje en el mundo y Latinoamérica, pero es un actor decadente, que no tiene más solución noble y decente que la de operar en sí mismo una cirugía de alto riesgo en su propio espíritu. Ni duplicar nuestras reservas internacionales, ni unirnos con nuevos tratados de libre comercio con los países que faltan, ni preocuparnos del oro de Conga, ni de la construcción de nuevos aeropuertos para recibir más turistas. Analizando la rosa de los vientos del sino peruano encontramos que la tarea adecuada al Perú de estos tiempos, la más urgente y obvia, es la de reconstruir su espíritu.
Lo que ocurre es que el buen camino está donde no se busca. De ahí la necesidad de destruir las ilusiones nacionales. No hay que esperar nada de la tradición, que si es centro poderoso de resistencia, es también principio débil de actividad. Tampoco hay que soñar que la eliminación de la exclusión social es la panacea de nuestra patología. Lo que hace falta es que los peruanos se pongan a trabajar no en la maniática epidemia de riquezas materiales y del omnívoro centralismo. Lo que hace falta es la acción interior, la vida del espíritu. El capitalismo sustituyó el ideal del guerrero por la del banquero, ahora nos toca a nosotros sustituirla por el ideal del intelectual. No basta con el sacrificio de la vida por la riqueza, hay que luchar por el engrandecimiento de la gran familia en medio de la cual se ha nacido, la ciudad.

En realidad, se trata de una empresa hercúlea y de dimensiones civilizacionales. Tan sólo pensar que hay que edificar una nueva sociedad sin egoísmo racionalizado, sin lucro, impersonalismo y miedo a la reflexión, es ya una tarea de dimensiones descomunales. Pero hay que emprenderla y plantearla. De lo contrario el avasallamiento del hombre máquina, egoísta y sin sentimientos será inevitable. Se terminará imponiendo la barbarie civilizada.  En consecuencia, para ir contra la corriente deshumanizadora hay que rescatar el valor del ocio, la austeridad, la pobreza, el sentimiento de naturaleza, del prójimo y de Dios.

En el Perú de hoy, crece el ansia de escapar al destino nacional, cuya estampa más patética fue la victimización del Perú profundo en la última guerra antisubversiva. El Perú es actualmente una de las economías más dinámicas del mundo, pero una de las sociedades con mayores desigualdades, y en esto se nota que hemos llegado al final de nuestra evolución política. A partir de ahora nos toca vivir un cansancio mortal de historia, trabajar en silencio como seres ahistóricos, entregados en profunda calma a las olas de los abismos interiores que no turban. Nos falta crecer hacia dentro para igualarnos con lo que hemos crecido hacia fuera.

En una palabra, el nuevo camino  para nuestro país es la creación del ideal. Se trata del término de una evolución, que se produce cuando están agotadas todas las soluciones (la industrial, la cibernética, la medioambiental, etc.). Hace falta que Perú se repliegue sobre sí mismo, que emprenda la búsqueda de la verdad in interiorem Peruvianus. Hace falta hacer de nuestra nación una Grecia cristiana. De polis autónomas no ahogadas de lazos políticos. El ideal que se esboza no es nacional, es simplemente patriótico. Evitemos las enormes agregaciones de hombres, para que vivan sanos de espíritu y con corazón cálido. Solamente en estas ciudades autónomas y pequeñas los hombres volverán a filosofar caminando en mangas de camisa sobre sencillas sandalias. Nos hace falta un héroe, un prototipo, un hombre, un líder espiritual, un Sócrates que nos interpele por la verdad de nuestra propia ignorancia.
Lima, Salamanca 01 de setiembre 2012