El absurdo en Schopenhauer y Nietzsche
¿Es el sufrimiento humano un callejón sin salida del cual solo cabe la huida o existe una fuerza capaz de transformar el dolor en un canto afirmativo a la existencia? ¿Qué ocurre cuando las dos mentes más radicalmente lúcidas del siglo XIX se asoman al abismo de un cosmos desprovisto de Dios y chocan en su intento por rescatar al hombre de la desesperación? ¿Es posible que la búsqueda de la verdad nos conduzca irremediablemente a la renuncia del mundo, o estamos condenados a repetir eternamente cada uno de nuestros errores en un ciclo infinito de tiempo? El problema del sentido de la existencia constituye el eje vertebral sobre el cual se asienta el pensamiento de Arthur Schopenhauer y Friedrich Nietzsche, dos filósofos que, al intentar diagnosticar la condición humana, terminaron por trazar dos mapas de la realidad que confinan al espíritu en laberintos conceptuales claustrofóbicos. En las páginas siguientes se examinará cómo el pesimismo metafísico y el nihilismo cósmico de ambos autores naufragan al omitir una de las dimensiones más constantes y documentadas de la historia: la objetividad de la experiencia mística y la realidad trascendental de la vida divina.
La andadura de este debate comienza con la visión descarnada de Arthur Schopenhauer, cuyo sistema filosófico entrelaza con una coherencia implacable la psicología, la metafísica y una profunda desconfianza hacia la naturaleza humana. A menudo se ha catalogado a Schopenhauer como un misógino sistemático debido a sus feroces escritos sobre las mujeres, intentando reducir sus tesis a un simple reflejo de la tormentosa relación que mantuvo con su madre, Johanna Schopenhauer. Ella era una mujer brillante, escritora de gran éxito comercial y una figura central en los salones literarios de Weimar, donde alternaba con figuras de la talla de Goethe. Tras el probable suicidio del padre de Arthur, Johanna decidió disfrutar plenamente de su libertad, gastar su herencia y mudarse lejos de su hijo, exigiéndole una distancia física y emocional estricta bajo el argumento de que la melancolía y el carácter sombrío del joven le arruinaban el buen humor y la frivolidad de su vida cortesana. Esta dolorosa vivencia personal no fue un mero berrinche biográfico, sino el estímulo empírico que le permitió desvelar lo que él consideraba verdades descarnadas sobre la condición femenina. Para Schopenhauer, la conducta de su madre, quien llegó a competir intelectualmente con él burlando el título de su tesis doctoral al sugerir que parecía un manual para farmacéuticos, era la encarnación viviente de la Voluntad egoísta.
Esta fuerza ciega, irracional e insaciable empuja a todos los seres a desear y, por ende, a sufrir eternamente. En este diseño trágico, las mujeres juegan un papel central como aliadas predilectas de la naturaleza. Dotadas de una belleza efímera que dura apenas unos pocos años y de armas de seducción social, su función cósmica es la disimulación y el engaño, herramientas evolutivas que actúan del mismo modo que el león usa sus garras, el elefante sus colmillos o la sepia la tinta que oscurece el agua. El fin último de esta estrategia biológica es cegar el intelecto del hombre con la ilusión óptica del amor romántico, atrapándolo en la carga del matrimonio para cumplir el único objetivo de la Voluntad de la especie: la reproducción y la perpetuación del dolor en una nueva generación. Una vez cumplido este fin, la ilusión cae y solo queda la carga de la existencia.
No obstante, limitar la mirada a este sesgo de género sería malinterpretar el alcance de su pesimismo. Schopenhauer no experimentaba un odio enfocado exclusivamente en las mujeres, sino una misantropía radical, una antropofobia que abarcaba a la humanidad en su totalidad. Sus ataques contra los hombres son tanto o más feroces: mientras a las mujeres las acusaba de manipulación, cortedad de miras y una incapacidad innata para el pensamiento abstracto o la justicia objetiva debido a su anclaje exclusivo en el presente real y concreto, a los hombres los definía como animales salvajes y terribles capaces de una crueldad deliberada. El hombre es, para Schopenhauer, el único animal que causa dolor a otros por el puro placer de hacerlo. Su intelecto abstracto y su soberbia racional no sirven para alcanzar la justicia, sino para racionalizar el egoísmo, planificar guerras, organizar opresiones y estructurar las mentiras políticas más elaboradas.
Nadie se salva en este diagnóstico parejo. El ser humano es un prisionero defectuoso por diseño. Para sobrellevar esta pesada realidad, Schopenhauer huyó de la sociedad y vivió sus últimos treinta años en un aislamiento casi absoluto en Fráncfort. No tenía amigos cercanos, nunca se casó, era marcadamente hipocondríaco y extremadamente desconfiado, hasta el punto de dormir con armas y revisar minuciosamente sus finanzas. Prefería la compañía de sus perros caniches, a los que llamaba sucesivamente Atma, término sánscrito que significa el alma del mundo, argumentando que en los animales el instinto es honesto, a diferencia de la hipocresía que maquilla la razón humana. En el salón de este departamento, el filósofo erigió un altar laico donde destacaba una estatuilla de Buda dorada en bronce importada de París, y a cuyos pies colocaba un busto de su gran referente occidental, Immanuel Kant.
Este Buda de la chimenea no era un adorno exótico, sino el símbolo supremo de la única salida posible a la prisión del deseo: la ascesis, la anulación total de la Voluntad de vivir mediante la castidad, la pobreza voluntaria, el ayuno y la compasión universal o Mitleid. Schopenhauer fue el primer gran pensador occidental en integrar de manera estructural las Upanishads del hinduismo y el budismo, identificando que la causa de la existencia es el sufrimiento o dukka. En la cumbre de este esfuerzo espiritual y ascético, las tendencias naturales de género se disuelven por completo.
El salvajismo masculino se transforma en una compasión absoluta al desgarrar el Velo de Maya y comprender que el dolor del prójimo es el dolor propio, mientras que la manipulación femenina se convierte en un renunciamiento puro que detiene el motor de la reproducción biológica. De este modo, hombres y mujeres se igualan en la santidad y el desapego material. Sin embargo, los biógrafos siempre han apuntado la enorme contradicción entre el ideal predicado por el filósofo y su vida cotidiana, dado que disfrutaba de la buena comida, frecuentaba los teatros y vivía cómodamente gracias a una herencia comercial, contradicción que él mismo defendía afirmando que un escultor que esculpe una hermosa estatua no tiene por qué parecerse él mismo a su obra.
Es en este punto donde la filosofía de Schopenhauer revela su consecuencia más radical y, al mismo tiempo, su mayor debilidad lógica. Si toda la humanidad alcanzara la perfección ascética y suprimiera la vida sexual, el resultado inevitable sería el exterminio voluntario de la especie humana. Lejos de considerar esto una tragedia, Schopenhauer lo planteaba como la redención definitiva del cosmos, el apagón de un universo material nacido de un error metafísico original. Esta espiritualidad schopenhaueriana no promete una inmortalidad individual donde el yo conserve sus recuerdos o su identidad, pues el espacio y el tiempo son meras lentes de nuestro cerebro, parte del Principium Individuationis. Se trata, por el contrario, de un retorno impersonal a la esencia impersonal del cosmos, una disolución de la gota de agua dentro del océano metafísico a través del estado supratemporal del Nirvana. Sin embargo, esta propuesta deja abierto un interrogante perturbador: si la Voluntad es una fuerza eterna y ciega que ya se equivocó una vez al fragmentarse en este mundo de sufrimiento, ¿qué le impediría volver a despertar en un supuesto mañana, dado que las dinámicas de una fuerza irracional escapan a las leyes de la lógica y la previsión?
Fue precisamente Friedrich Nietzsche quien detectó esta profunda grieta conceptual y se rebeló con virulencia contra la propuesta de su antiguo maestro. Nietzsche comprendió el absurdo de pretender que la realidad humana, un destello minúsculo e insignificante en la inmensidad del espacio y del tiempo, poseyera la capacidad metafísica de decretar el fin del universo mediante el logro de la espiritualidad ascética. Para Nietzsche, la propuesta del apagón definitivo no era más que un delirio de grandeza moral, un antropocentrismo disfrazado y un síntoma inequívoco de decadencia y agotamiento biológico; era la vida volviéndose contra sí misma por falta de fuerza para asumir el dolor de la existencia.
Como alternativa, Nietzsche demostró que no existe un botón de apagado y propuso el mapa del Eterno Retorno, despojando al cosmos de cualquier finalidad moral, juicio divino o meta final. En este nuevo laberinto, el tiempo se vuelve circular y el universo se convierte en una maquinaria inconsciente que se prende y se apaga sin cesar, contemplando la existencia como un niño que juega a construir y destruir castillos de arena en la orilla del mar. El ser humano queda así condenado a vivir la misma existencia, con todas sus miserias y alegrías, una y otra vez por la eternidad, un pensamiento que Nietzsche catalogó como el más pesado de digerir. La salvación nietzscheana no consiste en escapar del mundo a través de la ascesis, sino en la heroicidad psicológica del Amor Fati y el desarrollo de la Voluntad de Poder: abrazar el absurdo, transmutar el dolor en fuerza creativa y bendecir el juego eterno de la vida a pesar de su absoluta falta de propósito o meta teleológica.
A pesar de la brillantez con la que ambos pensadores intentaron demoler las ilusiones de su época, la realidad histórica y psicológica de la humanidad demuestra que ninguno de sus dos mapas describe con fidelidad el territorio de la existencia. Tanto Schopenhauer como Nietzsche construyeron sistemas cerrados, limitados por sus propios fantasmas existenciales: el primero, prisionero de su miedo al dolor, su hipocondría y su aislamiento social; el segundo, obsesionado con la fuerza física, la dureza vital y el rechazo visceral al cristianismo. Al clausurar las puertas a la trascendencia y decretar de forma dogmática que el cosmos es un motor ciego o un absurdo mecánico, ambos filósofos terminaron por ignorar un dato empírico y objetivo fundamental: la constante universal de la experiencia mística.
A través de los siglos, el testimonio místico de figuras de diversas tradiciones no se ha presentado como una sugestión pasajera, una ilusión temporal o un mecanismo de defensa psicológico del hombre, sino como un encuentro real y cognoscible con una Presencia viva, un Orden amoroso y una Inteligencia Suprema. Frente a la disolución impersonal y la extinción de Schopenhauer, el misticismo teísta demuestra que el alma no busca destruirse en la nada del Nirvana, sino unirse en comunión y amor eterno con su Fuente, manteniendo una relación de intimidad con lo Divino. Frente al absurdo circular de Nietzsche, la experiencia mística desvela un sentido preexistente y superior que dota a la inmortalidad del alma y a la vida de Dios de una certeza objetiva e inquebrantable que desbanca la necesidad de inventar ficciones existenciales.
En conclusión, el examen del absurdo en Schopenhauer y Nietzsche permite constatar que los intentos de la razón pura por encajonar el universo en el pesimismo de la extinción o en el vacío del eterno retorno resultan insuficientes para agotar la riqueza de la realidad humana. Cuando Schopenhauer propone disolver el yo en un océano impersonal y cuando Nietzsche condena al espíritu a un girar ciego y sin meta, ambos olvidan que el ser humano posee una apertura innata hacia lo Absoluto que no puede ser reducida a instinto biológico o debilidad psicológica. La experiencia mística trasciende las limitaciones de estos sistemas cerrados y se yergue como un testimonio objetivo de que la vida no es un error cósmico que deba apagarse, ni un juego absurdo que deba soportarse, sino un camino pavimentado de sentido cuya verdadera patria se encuentra en la realidad trascendental y eterna de Dios.
Bibliografía
James, W. (2002). Las variedades de la experiencia religiosa: Estudio sobre la naturaleza humana. Península.
Nietzsche, F. (2016). La gaya ciencia. Tecnos.
Nietzsche, F. (2019). Así habló Zaratustra. Alianza Editorial.
Schopenhauer, A. (2009). El mundo como voluntad y representación (Vols. 1-2). Trotta.
Schopenhauer, A. (2013). El amor, las mujeres y la muerte. Edaf.
Schopenhauer, A. (2018). Parerga y paralipómena (Vols. 1-2). Trotta.
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