La paradoja de Voltaire
¿Es posible que la más alta cumbre del pensamiento libre e ilustrado comparta su origen con la fría astucia de un especulador financiero? ¿Puede conciliarse la prédica en favor de la justicia y los derechos civiles con la acumulación desmedida de una fortuna multimillonaria? ¿Hasta qué punto la libertad de la mente humana requiere, como condición sine qua non, de la independencia material más absoluta? Estas preguntas, lejos de ser meros ejercicios retóricos, constituyen el núcleo de lo que podemos denominar la paradoja de Voltaire. François-Marie Arouet no fue solo el azote de la intolerancia religiosa y el campeón de la libre expresión en el siglo XVIII, sino también uno de los hombres más ricos y sagaces de Europa. Tradicionalmente, la historia de las ideas tiende a idealizar a sus pensadores bajo un halo de desapego mundano o de pobreza mística, pero la trayectoria de Voltaire rompe de forma estrepitosa con este molde. Comprender la conciliación entre su implacable faceta como hombre de negocios y su profunda obra filosófica exige adentrarse en un laberinto donde las matemáticas, la especulación, la geopolítica, el orgullo personal y el encono intelectual con figuras de la talla de Jean-Jacques Rousseau se entrelazan de forma indisoluble, demostrando que para el pensador parisino el dinero jamás fue un fin en sí mismo, sino el escudo definitivo para resguardar la soberanía del pensamiento.
El cimiento sobre el cual se edificó la colosal riqueza de Voltaire no provino de las regalías de sus aclamadas tragedias teatrales ni de la generosidad de los mecenas, sino de un audaz golpe de genialidad matemática y financiera ocurrido en el año 1729. En aquel entonces, el ministro de finanzas del gobierno francés, agobiado por las deudas del Estado, diseñó una lotería pública con el objetivo de incentivar a la ciudadanía a adquirir bonos gubernamentales que se habían devaluado severamente. Sin embargo, el funcionario cometió un error analítico garrafal en la redacción de las bases del sorteo: permitió que cualquier poseedor de un bono comprara un billete de lotería a un precio que era directamente proporcional al valor nominal de dicho bono, lo que significaba que los títulos pequeños pagaban billetes irrisorios. El error crítico radicaba en que, independientemente del costo del billete adquirido, el premio mayor se mantenía fijo en la estratosférica suma de quinientas mil libras.
El brillante matemático y geodesta Charles Marie de la Condamine se percató de que si alguien lograba acaparar una enorme cantidad de estos bonos pequeños y baratos, podría legalmente comprar casi la totalidad de los billetes de la lotería por una fracción de lo que valía el premio gordo, transformando el azar en una certeza estadística absoluta. Al carecer del capital y los contactos necesarios, De la Condamine se asoció con Voltaire, quien aportó los fondos iniciales y su agudo instinto comercial. Juntos constituyeron un sindicato de inversores que sistemáticamente compró los bonos de menor denominación del mercado, permitiéndoles ganar el premio mayor mes tras mes de forma ininterrumpida. Voltaire acumuló de esta manera unas quinientas mil libras de la época, una suma equivalente a millones de dólares contemporáneos, que transformó radicalmente su destino. Aunque el gobierno francés intentó llevarlos ante los tribunales al descubrir el vacío legal del que se habían aprovechado, los jueces dictaminaron a favor del sindicato, resolviendo que no existía fraude alguno debido a que los inversores simplemente se habían limitado a seguir las reglas explícitamente dictadas por el propio Estado.
Con este monumental capital de base, Voltaire no se acomodó en la inacción, sino que demostró una capacidad implacable para multiplicar su fortuna mediante la diversificación de sus inversiones en múltiples sectores estratégicos. En primer lugar, se adentró en la especulación financiera internacional al adquirir con gran éxito acciones en el Ducado de Lorena, una maniobra que triplicó su capital en un periodo sumamente breve. De forma paralela, asumió el rol de banquero privado a gran escala, otorgando préstamos considerables a nobles, aristócratas y príncipes soberanos de diversos rincones de Europa, bajo la condición de establecer contratos de rentas vitalicias sumamente lucrativos que le aseguraban un flujo de efectivo constante y blindado ante los vaivenes políticos.
No dudó tampoco en involucrarse en los negocios de suministros bélicos, invirtiendo de forma agresiva en compañías encargadas de proveer víveres, uniformes, calzado y armamento al ejército francés, una actividad económica que reportaba márgenes de ganancia colosales en los tiempos de guerra que sacudían al continente. Finalmente, en su madurez, desplegó una faceta de visionario industrial al establecerse en la localidad de Ferney, un territorio estratégico situado en los límites fronterizos entre Francia y Suiza; allí transformó una aldea miserable y pantanosa en un próspero núcleo manufacturero dedicado a la relojería de lujo y a la producción de seda, cuyos productos eran exportados con gran éxito a la aristocracia de toda Europa occidental.
Esta ferviente actividad crematística se acoplaba a la perfección con su andamiaje filosófico e ideológico, configurando una respuesta coherente a las brutales realidades del Antiguo Régimen. Durante el siglo XVIII, los escritores y pensadores carecían de derechos de autor sólidos y dependían de forma casi exclusiva de las pensiones otorgadas por la nobleza o del voluble favor del monarca de turno. Cualquier atrevimiento crítico contra las instituciones de poder, el absolutismo o los dogmas eclesiásticos se pagaba con la miseria, el destierro o el encarcelamiento arbitrario en fortalezas como la Bastilla, una amarga experiencia que el propio Voltaire padeció en su juventud tras enfrentarse a un noble de alta alcurnia. A partir de ese trauma fundacional, el filósofo comprendió que la única manera de ejercer una crítica literaria y filosófica verdaderamente libre, ácida e independiente consistía en alcanzar una soberanía financiera total que lo hiciera inmune a las presiones del entorno.
El dinero se transformó en su escudo de inviolabilidad y en su garantía de autonomía intelectual. Su monumental propiedad en Ferney sirvió como una magistral jugada geopolítica privada: al estar ubicada exactamente en la frontera, si la policía del Rey de Francia dictaba una orden de arresto en su contra, Voltaire solo debía cruzar unos metros para ponerse a salvo en territorio suizo; de igual modo, si eran las intolerantes autoridades calvinistas de Ginebra las que se escandalizaban por sus escritos deístas, regresaba de inmediato a suelo francés.
Esta mentalidad pragmática e impulsora del bienestar material chocaba de frente con el ascetismo y la culpa tradicionales promovidos por la Iglesia Católica de su tiempo, institución que catalogaba la acumulación de bienes y el amor al confort como los graves pecados de avaricia y soberbia. Como deísta convencido que repudiaba los dogmas eclesiásticos, Voltaire esgrimió una defensa filosófica del lujo y la opulencia en textos emblemáticos como su poema El Mundano (Le Mondain), donde argumentó que el comercio, las comodidades de la vida moderna y la sofisticación no degradaban el alma humana, sino que constituían los verdaderos motores del desarrollo científico, artístico y social, oponiéndose tajantemente a la noción teológica de que la virtud moral reside en la privación o la pobreza.
Asimismo, la ética del dinero en Voltaire se validaba a través de su aplicación práctica en favor de la justicia y la filantropía ilustrada. En sus posesiones de Ferney, actuó bajo las directrices de un patronazgo racional: drenó tierras insalubres, financió de su propio bolsillo la edificación de viviendas dignas, escuelas y un hospital para sus operarios, y asumió la defensa legal de sonados casos de intolerancia judicial y fanatismo religioso. Invirtió enormes sumas de dinero para limpiar el nombre y restituir la dignidad de figuras como Jean Calas, un comerciante protestante torturado y ejecutado injustamente en la rueda debido a prejuicios religiosos, y de la familia Sirven, perseguida bajo cargos similares, demostrando que su fortuna privada funcionaba como una maquinaria de guerra jurídica contra el abuso estatal. No obstante, esta concepción burguesa de la existencia albergaba su propia delimitación de clase, pues Voltaire no defendía un igualitarismo social ni era un demócrata en el sentido moderno; poseía una visión jerárquica de la comunidad donde la "canalla" o el pueblo llano debía mantenerse laborioso para garantizar el engranaje económico, siempre y cuando se respetaran escrupulosamente sus derechos civiles fundamentales y su inmunidad ante la crueldad eclesiástica.
Es precisamente en este punto donde encalla y estalla la colosal confrontación intelectual, filosófica y personal entre Voltaire y Jean-Jacques Rousseau, una de las rivalidades más encarnizadas y determinantes de la historia del pensamiento occidental. Este conflicto superó los límites de la mera discrepancia teórica para convertirse en un choque frontal entre dos temperamentos, dos procedencias sociales y dos visiones del destino humano radicalmente irreconciliables. Mientras Voltaire representaba la cúspide de la alta burguesía parisina, un hombre rico, cosmopolita, ingenioso y amante de los refinamientos de la alta sociedad, Rousseau emergía desde las clases desfavorecidas de Ginebra, un alma solitaria, de temperamento melancólico y romántico, que subsistía precariamente copiando partituras musicales y que profesaba un profundo desprecio hacia la opulencia de la aristocracia.
El primer gran choque ideológico ocurrió en el año 1750, a raíz de la publicación del Discurso sobre las ciencias y las artes de Rousseau. En este tratado, el ginebrino lanzó una tesis revolucionaria y provocadora: el progreso técnico, los refinamientos de las artes y los avances de las ciencias no habían provocado la emancipación o mejora moral del ser humano, sino que lo habían alienado, corrompido y encadenado, distanciándolo de la bondad intrínseca del estado de naturaleza (el concepto del "buen salvaje") para sumergirlo en la hipocresía y la codicia desatadas por la propiedad privada. Al recibir un ejemplar de dicha obra, Voltaire reaccionó con su característico sarcasmo demoledor, enviándole una epístola donde manifestaba que la lectura de su libro despertaba "ganas de caminar a cuatro patas", pero que habiendo perdido dicho hábito hacía más de sesenta años, le resultaba físicamente imposible reanudarlo, defendiendo que la civilización y sus industrias eran las únicas fuerzas capaces de rescatar a la humanidad de la barbarie y el oscurantismo medieval.
La brecha entre ambos pensadores se ensanchó de forma definitiva e irreversible en el año 1755, tras el devastador terremoto que asoló la ciudad de Lisboa el día de Todos los Santos, provocando la muerte de decenas de miles de personas e incendiando el debate teológico europeo. Conmovido e indignado ante la magnitud de la catástrofe, Voltaire compuso el Poema sobre el desastre de Lisboa, una severa impugnación al optimismo filosófico que imperaba en la época. En este contexto, Voltaire arremetió de forma implacable y se burló descarnadamente del optimismo providencialista teorizado por Gottfried Wilhelm Leibniz. Para Leibniz y sus seguidores, los males aparentes no eran más que notas discordantes necesarias dentro de una perfecta armonía universal, puesto que, por definición teológica, Dios no habría podido crear sino «el mejor de los mundos posibles». Voltaire consideraba que esta justificación matemática del dolor ajeno constituía un insulto cruel a los desdichados sepultados bajo los escombros y una burla sangrienta hacia el sufrimiento humano real. A través de la sátira y la confrontación directa —que años más tarde cristalizaría con ironía feroz en su célebre novela filosófica Cándido o el optimismo, donde ridiculizaría la doctrina leibniziana mediante las desventuras del doctor Pangloss—, Voltaire sentenció que el mal era caótico, incomprensible y carente de cualquier propósito oculto o justificación metafísica.
Esta demolición voltairiana de la teodicea leibniziana detonó inmediatas tensiones geopolíticas y filosóficas en el corazón de la monarquía prusiana. El rey Federico II el Grande de Prusia, autoproclamado «rey filósofo», había refundado la Real Academia de Ciencias de Berlín precisamente bajo la herencia intelectual de su inspirador original, el propio Leibniz. Federico, sumamente celoso de la reputación científica de su corte, veía el optimismo racionalista y la monadología como pilares de la identidad cultural germánica frente a la hegemonía francesa. La agria burla de Voltaire no solo desafiaba la ortodoxia académica berlinesa, sino que fracturó la relación personal entre ambos hombres. Las tensiones se exacerbaron cuando Voltaire, instalado en Potsdam en la década de 1750, arremetió contra Pierre Louis Moreau de Maupertuis, el científico francés a quien Federico había nombrado presidente de su Academia. Maupertuis defendía el principio de la menor acción combinando el mecanicismo con la teleología armónica de Leibniz.
Cuando el matemático Samuel König acusó a Maupertuis de plagiar un manuscrito inédito de Leibniz, Voltaire tomó partido por König y redactó la devastadora sátira Diatriba del Doctor Akakia (1752), humillando públicamente al protegido del rey prusiano y ridiculizando las pretensiones metafísicas berlinesas. Federico II reaccionó enfurecido, interpretando el libelo como un insulto personal a su soberanía y a las instituciones de su Estado. El monarca ordenó quemar públicamente el panfleto de Voltaire a manos del verdugo y mandó arrestar temporalmente al filósofo en Fráncfort cuando este intentaba huir de Prusia. Para la monarquía prusiana, el ataque de Voltaire contra Leibniz no era un simple disenso académico, sino una insubordinación intolerable que amenazaba el prestigio del despotismo ilustrado alemán.
Ante esta vasta controversia sobre el mal, el optimismo y el orden cósmico, otros titanes de la Ilustración se vieron forzados a tomar posturas drásticas, enriqueciendo y complejizando el debate. Denis Diderot y Jean le Rond d'Alembert, las mentes rectoras de la monumental Enciclopedia, adoptaron un escepticismo pragmático que, aunque compartía el desdén de Voltaire por el providencialismo ciego, intentaba distanciarse de la amargura satírica de Cándido. Diderot consideraba que el optimismo absoluto de Leibniz era una teoría estéril que anestesiaba la acción humana ante la miseria social; sin embargo, en lugar de entregarse al fatalismo irónico, abogaba por un materialismo vitalista donde el ser humano debía dedicarse a transformar la naturaleza mediante la ciencia aplicada y las artes mecánicas.
Por su parte, d'Alembert veía en las matemáticas y la física newtoniana una vía de escape al laberinto metafísico: la ciencia debía limitarse a describir los fenómenos observables del universo en lugar de pretender descifrar si el diseño divino era intrínsecamente perfecto o malévolo. Un enfoque marcadamente singular fue el de la marquesa Émilie du Châtelet, matemática excepcional, traductora de Newton al francés y amante del propio Voltaire. Du Châtelet actuó como un puente intelectual decisivo: en sus Instituciones de Física (1740), realizó la proeza teórica de sintetizar el dinamismo físico de Leibniz con el empirismo de Newton, defendiendo la utilidad metodológica de la hipótesis leibniziana de las fuerzas vivas a pesar de los constantes intentos de Voltaire por disuadirla de su simpatía hacia el filósofo alemán.
Finalmente, al otro lado del Rin, la controversia impactó de forma irreversible al joven Immanuel Kant, quien en sus primeros escritos abordó los certámenes de la Academia de Berlín sobre las mónadas leibnizianas. El choque entre la destructiva demolición satírica de Voltaire y la defensa cerradamente dogmática de la escuela leibniziano-wolffiana en Alemania fue uno de los acicates fundamentales que despertaron a Kant de su «sueño dogmático», impulsándolo a formular su idealismo trascendental para delimitar, de una vez por todas, las fronteras legítimas de la razón humana.
Rousseau, por el contrario, replicó defendiendo la providencia divina y la tesis leibniziana frente al ataque voltairiano, desplazando la culpa enteramente hacia las construcciones de la civilización humana. Sostuvo que si los hombres no se hubieran aglomerado de forma antinatural en edificios de seis pisos en una urbe densamente poblada, sino que vivieran dispersos en los bosques en comunión con la naturaleza, el terremoto apenas habría causado daños personales. Voltaire consideró que este argumento constituía una muestra de insensibilidad monstruosa y un insulto a la memoria de los caídos.
A este diferendo sobre el mal y la naturaleza se sumó la ácida polémica en torno al teatro y la moralidad pública; mientras Voltaire concebía la representación teatral y la ópera como templos de la razón, focos de instrucción cívica y refinamiento cultural indispensables para la sociedad, Rousseau publicó su Carta a D'Alembert sobre los espectáculos, donde denunciaba al teatro como una distracción vana, artificial e inmoral que debilitaba las costumbres republicanas sencillas y alimentaba la soberbia. Adicionalmente, Rousseau, quien conservaba una fe sentimental y profunda en un Creador, acusó a Voltaire de ser un deísta cínico e hipócrita cuya incredulidad racionalista socavaba los cimientos espirituales necesarios para la moralidad del pueblo.
A medida que transcurrieron los años, esta enconada disputa intelectual degeneró en una guerra personal sin cuartel, plagada de ataques directos que destrozaron cualquier atisbo de decoro ilustrado. En el año 1760, Rousseau le envió a Voltaire una misiva que equivalía a una declaración formal de hostilidades, expresando textualmente: "No le amo a usted en absoluto, señor; me ha causado los dolores más agudos a mí, su discípulo y entusiasta... En resumen, le odio a usted". Voltaire, por su parte, lejos de ignorar los embates de su rival, utilizó su inmenso poder de convocatoria e influencia para asestarle un golpe devastador a la reputación moral del ginebrino.
Tras averiguar un secreto celosamente guardado de la vida privada de Rousseau, Voltaire redactó de forma anónima en 1764 el panfleto titulado El sentimiento de los ciudadanos, revelando al público que el mismo filósofo que dictaba las pautas de la crianza ideal en su célebre tratado pedagógico Emilio había entregado de manera sucesiva a sus cinco hijos biológicos a las puertas de un hospicio público de expósitos, un lugar con tasas de mortalidad infantil alarmantes, acusándolo de ser un "monstruo" que traicionaba sus deberes paternales básicos mientras pretendía erigirse en el juez moral de la humanidad. El impacto de esta revelación sumió a Rousseau en un estado latente de paranoia y delirio de persecución del que jamás logró recuperarse por completo. En sus círculos privados y epistolares, Voltaire ni siquiera le concedía el estatus de pensador serio, catalogándolo en sus cartas al marqués de Condorcet como un "charlatán miserable" y una mezcolanza inaceptable de "soberbia y vulgaridad" dedicado a morder la mano de quienes intentaban socorrerlo.
La proyección histórica de este encono sobrevivió a ambos creadores y desempeñó un papel central en la reconfiguración política de Francia durante el proceso revolucionario de 1789. Los líderes de la Revolución Francesa adoptaron las obras de ambos autores no como doctrinas complementarias, sino como programas políticos diametralmente opuestos para la destrucción del Antiguo Régimen y el diseño del nuevo Estado. Durante la fase inicial y moderada de la Revolución, liderada principalmente por una burguesía acomodada e ilustrada entre los años 1789 y 1791, Voltaire fue ensalzado como el héroe supremo gracias a su infatigable defensa de los derechos civiles, la tolerancia confesional, el laicismo y las reformas al sistema judicial de enjuiciamiento.
No obstante, cuando el proceso revolucionario sufrió una profunda radicalización izquierdista y desembocó en el periodo de El Terror bajo el dominio de los jacobinos (1793-1794), la figura del Voltaire multimillonario, amigo personal de monarcas absolutos como Federico el Grande de Prusia y defensor del libre mercado de bienes de lujo, se tornó sospechosa ante las masas de los sans-culottes. En este escenario radical, Maximilien Robespierre se proclamó seguidor ciego del ideario de Rousseau y de su concepto de la "Voluntad General" plasmado en el Contrato Social, utilizando la premisa rousseauniana de que el Estado ostenta la potestad de obligar a los individuos a ser libres para legitimar el uso sistemático de la guillotina contra los percibidos como enemigos de la virtud pública. Ante la Convención Nacional, Robespierre atacó duramente el legado de Voltaire y los enciclopedistas, tildándolos de aristócratas del intelecto que carecían de la pureza moral y la virtud intrínseca del pueblo llano que Rousseau encarnaba.
En conclusión, la figura de Voltaire demuestra de forma contundente que la opulencia y el pragmatismo financiero no tienen por qué ser antitéticos con la búsqueda de la justicia social y el libre pensamiento, sino que, bajo las condiciones asfixiantes del absolutismo del siglo XVIII, constituyeron las herramientas materiales indispensables para hacer viable dicha insurgencia intelectual. La riqueza de Voltaire no fue el resultado de la codicia ciega, sino un acto deliberado de legítima defensa; el dinero compró la inviolabilidad de su pluma y el territorio fronterizo de Ferney se erigió en el monumento físico a una libertad que no se doblegaba ante reyes ni obispos porque no dependía de sus arcas.
Por el contrario, la tragedia de Rousseau ilustra el peligro de un idealismo romántico que, en su afán de purismo y rechazo a las mediaciones materiales de la civilización, degeneró con facilidad en justificaciones para el autoritarismo de Estado durante las horas más oscuras de la Revolución Francesa. La paradoja de Voltaire se resuelve al entender que la emancipación de la mente humana requiere de un anclaje realista y que, a menudo, la razón necesita estar armada con recursos económicos sólidos para no ser devorada por el dogmatismo. La posteridad selló este vínculo con una ironía insuperable: sepultados uno frente al otro en la cripta del Panteón de París, el burgués adinerado y el plebeyo romántico permanecen confinados a una eternidad de muda confrontación, recordándonos de forma perpetua que el mundo moderno occidental se sostiene sobre el eje tenso e irresoluble de sus dos legados: la fría y próspera libertad de la razón pragmática y la apasionada, pero potencialmente peligrosa, búsqueda de la virtud utópica.
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