La vuelta inmanentista a los presocráticos de Heidegger
El presente ensayo se propone demostrar que el célebre "grito de batalla" de Heidegger, que exige desandar el camino de la metafísica para recuperar la pureza de Parménides y Heráclito, no constituye ninguna solución al problema del Ser. Lejos de ofrecer una alternativa ontológica viable, la estrategia heideggeriana incurre en una contradicción interna insalvable: al intentar rescatar al Ser de su reducción a mero "ente" o fetiche técnico, lo encierra en la inmanencia radical de la física de la naturaleza griega. Al carecer el horizonte presocrático del concepto de trascendencia, el Ser de Heidegger queda atrapado en las mismas redes materiales e históricas que pretendía combatir, clausurando la vía del Ser como Acto Puro (Actus Purus) y ratificando, en última instancia, el nihilismo filosófico de la modernidad tardía a través de una genealogía del vacío.
1. El mito del origen puro y la violencia
filológica
La arquitectura del
pensamiento de Heidegger descansa sobre una premisa de tintes casi religiosos:
la existencia de una edad de oro del pensamiento donde el Ser se manifestaba de
forma directa y pura como aletheia (desocultamiento). Esta idealización
del origen adolece de un grave defecto metodológico y conceptual que la
filosofía contemporánea ha denominado el "mito del origen". Heidegger
opera bajo una lógica de caída y redención, donde Platón representa el pecado
original de la metafísica al transmutar la verdad de la physis en idea
(y por ende, en presencia controlada por el sujeto), abriendo la compuerta que
culminará en el nihilismo tecnológico del siglo XX.
Esta narrativa solo puede sostenerse mediante una violencia interpretativa y filológica feroz. Para hacer que los fragmentos presocráticos hablen el lenguaje de la ontología fundamental del siglo XX, Heidegger recurre a etimologías sumamente polémicas y traducciones forzadas que han sido denunciadas de manera sistemática por filólogos y filósofos clásicos. Al descontextualizar los dichos de Parménides o Heráclito de su horizonte epocal real, Heidegger no desentierra una verdad largamente sepultada; inventa un espejo pre-metafísico para proyectar sus propias angustias contemporáneas. Su "retorno" no es un hecho arqueológico ni una solución lógica, sino un desplazamiento poético que evade el rigor del debate ontológico directo, decretando de antemano que el lenguaje actual es incapaz de articular el Ser y que solo nos queda una actitud de pasividad mística o escucha poética (Gelassenheit). A esta violencia filológica se suma un anacronismo epistemológico intolerable: Heidegger interroga a los fragmentos presocráticos provisto de un armazón conceptual hipertrofiado por la angustia existencial de la posguerra y el romanticismo alemán. Al forzar nociones como el Logos heracliteano para que signifiquen el "reunir que resguarda el desocultamiento", despoja a los pensadores jonios y eleatas de sus genuinas preocupaciones cosmológicas y físicas, sepultándolos bajo una hermenéutica monologante. El supuesto diálogo con el origen no es más que un monólogo ventrílocuo donde los presocráticos son obligados a balbucir el léxico de la fenomenología del siglo XX. Así, la apelación heideggeriana a la aurora del pensar occidental revela su verdadera naturaleza: no es un riguroso método de recuperación histórica, sino una maniobra ideológica y puramente especulativa que utiliza la opacidad de los textos fragmentarios para blindar su propia doctrina de cualquier escrutinio crítico o lógico.
2. El encierro en la inmanencia de la physis
cósmica
El núcleo de la quiebra del
proyecto heideggeriano reside en su errónea asimilación del Ser a la physis
griega anterior a la gran metafísica sistemática. Para los pensadores
presocráticos, la physis no representaba un sustrato trascendente en
términos metafísicos o teológicos; era la totalidad de lo que brota, se
manifiesta y perece por sí mismo dentro del horizonte del mundo visible. Era la
materia viva, el cosmos en su perpetuo devenir autorregulado. Los griegos
primitivos carecían por completo de la idea de trascendencia; no concebían un
"más allá" creador o un fundamento que existiera con independencia de
la totalidad cósmica.
Al pretender que el Ser se
identifique con este brotar inmanente de la naturaleza, Heidegger comete un
salto mortal destructivo para su propia ontología. Si el Ser es concebido
meramente como "presencia presente" o como el acontecer del darse en
el horizonte temporal del Dasein, el Ser queda indisolublemente
encadenado a las leyes de la física de la naturaleza y a la contingencia
histórica. Heidegger intenta desesperadamente distanciar su noción de physis
de la concepción científica y mecanicista de la naturaleza propia de la
modernidad; sin embargo, ontológicamente el resultado es idéntico. Al clausurar
toda vía hacia lo trascendente, el Ser de Heidegger no sale del mundo; corre el
riesgo latente de disolverse en un panteísmo místico o en un naturalismo
poético donde el Ser es simplemente la suma de las fuerzas oscuras de la Tierra
(Erde) y el Cielo. La inmanencia que atrapa al pensamiento moderno
—aquel que reduce la realidad a materia disponible para la técnica— no es
superada por Heidegger, sino sutilmente estetizada bajo el ropaje del mito
presocrático.
Esta errónea e ilusoria estetización mítica de la physis es incapaz de romper las cadenas de la física de la naturaleza porque el "brotar" heideggeriano sigue subordinado a la lógica de la inmanencia espacial y temporal de la que se nutre la modernidad secularizada. Al reducir el Ser a una suerte de dinamismo cósmico o claroscuro que acontece en la historia, Heidegger comete el error de creer que basta con cambiar el lenguaje matemático de la ciencia moderna por el lenguaje poético del mito griego para salvar la dignidad de la existencia. Ontológicamente, sin embargo, el Ser continúa atrapado en el engranaje del acontecer mundano; carece de una alteridad radical que lo sitúe por encima de la contingencia. El fallido intento heideggeriano de escapar del mecanicismo cartesiano mediante la reanimación de la naturaleza animista presocrática se desploma por su propio peso, demostrando que sustituir la física cuántica por la lírica pre-metafísica no altera el estatus ontológico de un Ser que permanece encadenado a la inmanencia más estricta. Heidegger concibe la physis griega original como ser en su acontecer como brotar autárquico y desocultamiento, y así procede a unificar physis, aletheia y logos. De manera el que el Ser queda reducido a un evento físico-cósmico, confundiéndolo con el ser en movimiento, o sea, el ente. En una palabra, en su concepción el ser queda atrapado en la física de la naturaleza. Pues al negarle la trascendencia y el estatuto de Actus Essendi (Acto de Ser) condena a su propia filosofía a no ser más que una mística de la inmanencia cósmica.
3. El verdadero olvido del Ser: La extirpación del
Acto Puro
La paradoja suprema de la
filosofía heideggeriana es que, en su intento por denunciar el olvido del Ser,
consuma su erradicación definitiva de la filosofía occidental. Esto ocurre al
romper de manera deliberada con el concepto metafísico del Ser como Acto Puro (Actus
Purus), una categoría ausente en los presocráticos pero que constituye el
logro cumbre de la metafísica tradicional en su síntesis tomista. En la gran
tradición metafísica —que asume y eleva las intuiciones de la madurez
aristotélica—, el Ser no es una presencia pasiva que acontece o se oculta
trágicamente en el tiempo, ni es un mero "ente supremo" objetivable,
como falsamente acusa Heidegger. El Ser es Ipsum Esse Subsistens: el Ser
mismo subsistente, el Acto Puro de ser. Es el dinamismo infinito, la Causa
Primera y el sustento continuo que otorga activamente la existencia a todo lo
contingente desde una alteridad radical y trascendente.
Al extirpar el principio del Acto Puro para regresar a la inmanencia de la physis, Heidegger vacía al Ser de su potencia creadora y fundante. El Ser heideggeriano ya no es el fundamento necesario de la realidad, sino un mero "suceso" o "acontecimiento del darse" (Ereignis) que depende ontológicamente del horizonte humano para acontecer. Sin la distinción real entre el ser contingente y el Ser como Acto Necesario, la distinción ontológica heideggeriana entre Ser y ente se desploma en la insignificancia. Heidegger priva a la filosofía de la única categoría capaz de explicar el milagro de la existencia más allá de la pura facticidad física, deviniendo él mismo el ejecutor del verdadero y más profundo olvido del Ser. La amputación del Acto Puro condena a la ontología fundamental a una irremediable ceguera ante el misterio de la subsistencia y el fundamento del existir. Mientras que la auténtica metafísica del ser reconoce que las cosas son porque participan dinámicamente del Actus Purus que las extrae de la nada y las sostiene de forma continua, el Ser inmanente de Heidegger carece de la fuerza ontológica indispensable para justificar su propio darse. Al reducir el Ser a una mera "presencia que se presenta" o a un horizonte epocal transitorio, Heidegger lo degrada a una propiedad pasiva del acontecer histórico, vaciándolo de toda soberanía causal. Esta desconexión radical del origen ontológico sume a la realidad en la más absoluta gratuidad absurda; una vez que se elimina el Acto Puro de la ecuación metafísica, el Ser pierde su carácter de fundamento necesario y se convierte en un simple fantasma semántico que deambula por el lenguaje, certificando así que el verdadero olvido de la filosofía heideggeriana fue la incapacidad para concebir la plenitud del acto de ser.
4. La confusión entre el Esse (Acto de Ser) y el Ens
(Ente)
Gilson explica que la
metafísica existencial —especialmente la de Santo Tomás de Aquino— jamás olvidó
el ser. El error de Heidegger radica en que su comprensión de la historia de la
filosofía occidental se detiene en las interpretaciones de la escolástica
tardía (como la de Francisco Suárez) y del racionalismo moderno (Wolff, Kant),
donde el ser ya se había degradado a una noción abstracta, a la mera
"esencia posible" que pasa a la existencia.
Para Gilson, el ser no es
un horizonte abstracto donde las cosas "aparecen" (como pretende
Heidegger), sino el acto fundamental y originario que hace que las cosas
existan: el actus essendi.
·
El
ente (ens) es aquello que es (una sustancia, una esencia concreta).
·
El
ser (esse) es el acto por el cual ese ente es.
Al extirpar la noción de acto,
Heidegger reduce el Ser a un sustantivo vacío o a un verbo sin energía causal.
Su distinción ontológica separa al Ser del ente como si fueran dos realidades
distintas que se miran la una a la otra. Para Gilson, no hay tal separación: el
ser no existe "fuera" o "detrás" del ente como un misterio
poético; el ser es el acto íntimo, dinámico y trascendente que constituye al
ente desde dentro.
Gilson critica ferozmente que Heidegger convierta al Ser en el objeto de una "comprensión" o en una estructura de la conciencia histórica (Dasein). Al hacer esto, Heidegger reduce el Ser a una esencia abstracta: la "esencialización de la existencia". Para la réplica gilsoniana, el ser no se "comprende" como se comprende un concepto lingüístico o una categoría fenomenológica. El ser se afirma en el juicio de existencia. Cuando la inteligencia afirma "esto es", no está captando una "presencia presente" en un horizonte temporal (la physis de Heidegger), sino que está chocando contra el impacto metafísico de una realidad que participa del acto de ser. El Ser de Heidegger, al ser puramente inmanente a la temporalidad e identificarse con la nada, carece de la fuerza óntica originaria. Es un ser "descafeinado", un mero concepto de la mente que Heidegger proyecta trágicamente sobre la historia. El error de confundir el acto de ser con el ente arrastra a Heidegger a negar la causalidad metafísica. Heidegger sostiene que buscar la "Causa Primera" del ser es caer en la "onto-teología" (reducir el Ser a un Ente Supremo Creador). Gilson responde que la causalidad no es una degradación del Ser, sino su máxima expresión. Si las cosas no poseen el ser por sí mismas (ya que cambian, mueren y son contingentes), su acto de ser es recibido. Por lo tanto, la mente exige un Absoluto que no sea un ente que tiene ser, sino el Ser mismo Subsistente (Ipsum Esse Subsistens), cuyo ser es su propia esencia: el Acto Puro. Al rechazar al Acto Puro por miedo a la onto-teología, Heidegger confina su filosofía a una inmanencia radical. El "dar" de su Ser (Es gibt) es un don sin donante, un flujo temporal ciego. Para Gilson, esto no es superar la metafísica, sino destruirla: es la renuncia a la inteligibilidad de la realidad.
5. La genealogía del vacío y la ratificación del
nihilismo
Al carecer de un ancla
trascendente en el Acto Puro, la ontología heideggeriana experimenta una
inevitable transmutación interna: se convierte en una nihilología. Si el
Ser no es el fundamento absoluto y creador, sino un juego trágico de
ocultamiento y desocultamiento que brota del abismo (Abgrund), el Ser
termina confundiéndose y trocándose con la Nada (Das Nichts). El
"dar" del Ser (Es gibt) es un don que carece de dador y de
propósito; es un puro acontecer sin sustancia.
Esta clausura inmanentista
ratifica y legitima de manera absoluta la genealogía del vacío de la modernidad
tardía. Para Heidegger, la historia de Occidente y el imperio de la técnica no
son desviaciones éticas o errores de la razón humana que puedan corregirse; son
el "destino del Ser" (Seinsgeschick), una fatalidad histórica
ante la cual la razón humana carece de agencia. El ser humano queda reducido a
un espectador pasivo, un "pastor del Ser" atrapado en un desierto
existencial cuyo desbocamiento técnico es la última palabra de un Ser inmanente
que se ha vaciado de sí mismo. Al constatar que la inmanencia de la physis
no ofrece una salida racional al nihilismo moderno, el Heidegger tardío deserta
del rigor conceptual y capitula ante la estética. Su célebre y agónica
declaración en su entrevista póstuma para Der Spiegel, "ya solo
un Dios puede salvarnos", no debe leerse como una apertura
esperanzadora a la trascendencia clásica, sino como el lamento fúnebre de una
filosofía atrapada en su propio encierro. Al negar el Acto Puro, no queda
ningún Dios real que pueda intervenir, sino únicamente la sacralización mítica
del lenguaje y de la Tierra. El proyecto heideggeriano no es la cura contra el
nihilismo contemporáneo; es su consumación teórica y su máscara más seductora,
pues consagra el vacío convirtiéndolo en la estructura misma del ser histórico.
Este desmoronamiento en la nada revela que la genealogía heideggeriana no es un camino de redención frente al desierto de la modernidad tardía, sino su mapa cartográfico definitivo e inapelable. Al sacralizar el vacío ontológico bajo los nombres poéticos del "abismo" o el "misterio oculto", Heidegger priva a la cultura occidental de cualquier asidero intelectual o normativo para resistir el avance de la descomposición nihilista. Su filosofía decreta la bancarrota absoluta de la metafísica, pero, en lugar de ofrecer una alternativa sólida, envuelve esa misma bancarrota en un aura de reverencia trágica, invitando al pensamiento a una resignación contemplativa. El "retorno a los presocráticos" culmina de este modo en una claudicación intelectual donde el vacío ya no es visto como un problema que deba ser resuelto mediante la razón, sino como el destino irrevocable e incuestionable del Ser en nuestra época. Heidegger no hace más que blindar filosóficamente el nihilismo que denunciaba, consolidándolo como la única atmósfera respirable en la clausura inmanente del mundo contemporáneo.
Conclusiones
El examen riguroso de la
trayectoria de Heidegger desvela que su propuesta metafísica se clausura sobre
sí misma en un bucle estéril. La apelación al pensamiento presocrático no es
una solución al problema del Ser porque el Ser, despojado de la dimensión de la
trascendencia y reducido a la inmanencia cósmica de la physis, pierde su
consistencia ontológica y abdica de su función como principio fundamental de la
realidad.
Al extirpar la noción del Ser como Acto Puro —el dinamismo trascendente que fundamenta la existencia de lo contingente—, Heidegger incurre en la paradoja definitiva de consumar el mismo olvido que pretendía erradicar. Su filosofía encadena al Ser a las leyes del tiempo, la historia y la naturaleza física, dejándolo tan atrapado en la inmanencia material como el propio pensamiento tecnocéntrico de la modernidad tardía. Por consiguiente, la vuelta a los presocráticos debe ser denunciada como una capitulación ante el nihilismo. Lejos de quebrar el monopolio del vacío contemporáneo, la ontología de Heidegger lo ratifica al transmutar al Ser en un abismo contingente e intercambiable con la nada. Al sustituir la verdad metafísica por la nostalgia mitopoética y decretar la impotencia de la razón humana frente a un destino fatal, Heidegger no inaugura un nuevo comienzo para Occidente; se erige, más bien, en el cartógrafo definitivo de su clausura inmanente y en el sistematizador supremo de su propio vacío.
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