jueves, 5 de noviembre de 2026

EL LECHO DE PROCUSTO DE LA POSVERDAD Y SUS TRAFICANTES


EL LECHO DE PROCUSTO DE LA POSVERDAD Y SUS TRAFICANTES

¿Y si las mayores certezas de la arqueología, la historia y la ciencia contemporáneas estuvieran siendo desmanteladas no por nuevos descubrimientos, sino por el peso de una billetera y un clic? ¿Qué frontera divide el asombro legítimo ante lo desconocido de la explotación sistemática de la credulidad pública? En un mundo hiperconectado, ¿es la verdad un hecho constatable en laboratorios o simplemente la narrativa más viral y emocionalmente estimulante? La era de la posverdad no ha venido a responder a los enigmas de la humanidad, sino a mercantilizarlos. El presente ensayo examina la anatomía de un fenómeno tan lucrativo como destructivo: la colusión entre la industria de la conspiración y la de la falsificación, personificada en figuras emblemáticas del fraude pseudocientífico como Juan José Benítez y Jaime Maussan, analizando su modus operandi digital, su impacto en el patrimonio cultural y, fundamentalmente, sus devastadoras consecuencias en la salud mental de las poblaciones más vulnerables.
El engranaje del engaño: Del misterio a la impostura factual
Para desarmar la estructura de la posverdad, resulta indispensable trazar una línea de demarcación ética e intelectual entre dos perfiles que a menudo el público confunde: el difusor del misterio y el traficante de la posverdad. El primero —ejemplificado en el contexto peruano por figuras como el ufólogo Anthony Choy— opera en el terreno del folclore, la recopilación de testimonios orales y el entretenimiento radiofónico o literario; su materia prima es la subjetividad humana. Este perfil respeta el patrimonio y, crucialmente, acata el veredicto de la ciencia cuando los datos duros evidencian un engaño. El traficante de la posverdad, por el contrario, no se limita a teorizar: construye activamente la falsedad material y la reviste de una pátina de rigor científico para subvertir la realidad con fines estrictamente comerciales.
La trayectoria de J. J. Benítez ilustra con precisión esta transición hacia la impostura. En el primer episodio de su serie documental Planeta Encantado (TVE), titulado "La huella de los dioses", el periodista español descendió al desierto de Ocucaje, en Ica, para desenterrar frente a las cámaras las famosas "piedras de Ica". El hallazgo fue presentado como la prueba irrefutable de una humanidad antiquísima que convivió con dinosaurios y poseyó tecnología médica avanzada. Sin embargo, la terca objetividad de la ciencia desmanteló el montaje. Los análisis petrográficos demostraron que los surcos de las piedras conservaban restos de lápices de colores modernos y pintura industrial; sus bordes afilados carecían de la erosión propia de los milenios bajo tierra. El golpe definitivo provino del propio acompañante de Benítez en el video, el artesano Basilio Uchuya, quien confesó ante las autoridades peruanas que él mismo tallaba las rocas con clavos y sierras, envejeciéndolas mediante quemas en estiércol de burro y frotaciones con betún para zapatos. Uchuya admitió enterrar las piezas previamente para que periodistas y turistas las "descubrieran" a cambio de dinero, una mentira que además le servía de escudo legal, pues el código penal peruano castiga el tráfico de patrimonio arqueológico real, pero no la venta de artesanías contemporáneas.
Este patrón de falsificación material y manipulación de soportes visuales se repite a lo largo de la obra de Benítez. En la misma serie, presentó metraje de una supuesta base extraterrestre en la Luna (el caso "Mirlo Rojo"), omitiendo advertir al espectador que el video era una animación digital en 3D comisionada por él mismo a un estudio de efectos visuales en el País Vasco. Asimismo, la supuesta "fotografía de Jesús de Nazaret" que promocionó en torno a su saga de novelas Caballo de Troya resultó ser una imagen comercial de Cristo fuertemente distorsionada con filtros ópticos y desenfoque para simular un registro técnico del siglo I. El éxito de estos productos no radica en su veracidad —formalmente descartada por laboratorios independientes y catalogada por las editoriales como literatura de ficción—, sino en su capacidad para explotar el sesgo de confirmación de un público deseoso de validar lo extraordinario.
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| LA MAQUINARIA SIMBIÓTICA DE LA POSVERDAD |
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| [ LA CONSPIRACIÓN ] =======> Genera paranoia y desconfianza |
| || en las instituciones oficiales. |
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| [ LA FALSIFICACIÓN ] =======> Provee los objetos, imágenes o "pruebas" |
| materiales para monetizar la paranoia. |
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La industrialización del fraude en el siglo XXI: El caso Maussan y las momias de Nazca
Si Benítez refinó el engaño en el formato editorial y la televisión analógica, el ufólogo mexicano Jaime Maussan representa la industrialización y digitalización del fraude a escala global. El historial de Maussan constituye un catálogo de falsificaciones burdas expuestas por la ciencia: desde el "Brazalete Extraterrestre" de 1991 (que resultó ser peltre y restos de una batería común), pasando por el "Hada de Metepec" de 2010 (un mono tití al que se le cosieron alas de murciélago), hasta el fiasco de las diapositivas del "Alien de Roswell" en 2015, donde cobró una entrada masiva en el Auditorio Nacional de México para revelar lo que terminó siendo la fotografía de la momia de un niño indígena de dos años resguardada en un museo de San Francisco.
La cumbre de esta estrategia de posverdad se alcanzó con las supuestas "momias alienígenas tridáctilas de Nazca", un fraude que escaló hasta las instalaciones del Congreso de la Unión de México en 2023. Peritajes forenses oficiales y minuciosos de la Fiscalía de la Nación del Perú y el Instituto de Medicina Legal demostraron que estas figuras son muñecos armados artificialmente. Los anatomistas descubrieron un macabro rompecabezas: cráneos de mamíferos modificados (perros o llamas), huesos de aves y extremidades de infantes humanos prehispánicos extraídos mediante el huaqueo (saqueo ilegal de tumbas), todo ensamblado con pegamentos sintéticos modernos y cubierto con una solución deshidratante para simular una piel grisácea y alienígena. El promotor del hallazgo en el Perú, Leandro Rivera, fue consecuentemente sentenciado a prisión por delitos contra el patrimonio cultural.
La viralización de esta farsa evidencia la sofisticación de las estrategias digitales sencillas empleadas por las granjas de desinformación contemporáneas:
  • El secuestro de la credibilidad institucional: Los traficantes anunciaron en redes sociales que la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) avalaba el descubrimiento. La institution tuvo que emitir un comunicado aclarando que su laboratorio solo había realizado una datación por Carbono-14 a una muestra de tejido aislada enviada en 2017, certificando la antigüedad de los huesos prehispánicos saqueados, pero jamás la procedencia extraterrestre del espécimen. Las granjas digitales omitieron la aclaración y multiplicaron el titular falso.
  • La trampa de la radiografía en directo: Se transmitieron tomografías y exámenes de rayos X en plataformas como TikTok y YouTube de manera masiva. El espectador común, carente de formación médica, asumía que la presencia de un esqueleto interno validaba la autenticidad biológica de la criatura. Los anatomistas forenses, no obstante, demostraron que los huesos estaban amputados, invertidos (el radio en el lugar del fémur) y carecían de articulaciones funcionales.
  • La triangulación de fuentes y el algoritmo de retención: Las redes de desinformación operan mediante un circuito cerrado de blogs, cuentas puente y canales de video que se citan mutuamente, generando una falsa apariencia de consenso. Los algoritmos de recomendación de las grandes plataformas, diseñados para maximizar el tiempo de visualización y no la verdad fáctica, encapsulan al usuario en burbujas de filtro, bombardeándolo exclusivamente con contenido conspirativo que erosiona su capacidad crítica.
El costo humano: La desestabilización psicológica de los vulnerables
El aspecto más alarmante e intolerable de esta industria no es el perjuicio económico o el descrédito arqueológico, sino su impacto directo en la salud pública y la salud mental. Las teorías de la conspiración y las falsificaciones que las nutren no se propagan en el vacío; encuentran un suelo fértil en personas que padecen trastornos psicóticos graves, trastornos delirantes crónicos o esquizofrenia paranoide.
Para un paciente psiquiátrico cuyo síntoma principal es el delirio de persecución o la creencia de que fuerzas gubernamentales, tecnológicas o alienígenas controlan su mente y su entorno, el discurso de la posverdad opera como un catalizador patológico. Al escuchar de boca de comunicadores populares y en formatos de aparente prestigio que "los gobiernos nos vigilan con tecnologías secretas", "la ciencia oficial nos oculta la verdad" o "existen complots globales para silenciar a los despiertos", el delirio del paciente es validado externamente. La posverdad le susurra al enfermo que su psicosis no es una condición médica que requiere tratamiento, sino una "iluminación" o una "percepción extrasensorial" reservada para unos pocos elegidos.
Esta dinámica destruye sistemáticamente el andamiaje terapéutico. La psiquiatría clínica trabaja para devolver al paciente un anclaje seguro a la realidad compartida; los traficantes de la posverdad lo empujan en la dirección opuesta, exacerbando fenómenos como la apofenia (la búsqueda obsesiva de conexiones y patrones en datos aleatorios). Peor aún, dado que la industria de la conspiración necesita presentar a las instituciones oficiales como corporaciones corruptas y mentirosas, el discurso se extiende inevitablemente hacia la medicina. Al grito de "la mafia médica te quiere dopar", miles de personas psicológicamente inestables son inducidas a abandonar sus tratamientos antipsicóticos y farmacológicos esenciales.
El vacío clínico es inmediatamente ocupado por la otra vertiente de la industria de la falsificación: las pseudoterapias y los productos milagro (como el dióxido de cloro u otros compuestos sin registro sanitario) que se comercializan en las mismas plataformas conspirativas. El paciente queda así doblemente indefenso: financieramente explotado, socialmente aislado en sectas digitales de "despiertos" y sumergido en crisis psicóticas profundas o daños orgánicos irreversibles. Los mercaderes de la posverdad se lavan las manos bajo la cínica premisa del todo vale posmoderno, que "cada quien es libre de creer lo que quiera", eludiendo la responsabilidad criminal de lucrar con la desestructuración psíquica de los miembros más indefensos de la sociedad.
Conclusiones
Desde una perspectiva filosófica, el fenómeno de los traficantes de la posverdad representa la capitulación de la epistemología de la Ilustración ante la primacía del mercado del afecto y el deseo. La verdad, concebida históricamente como una correspondencia objetiva entre el enunciado y la realidad fáctica —verificable a través del método científico—, ha sido sustituida por lo que el filósofo Harry Frankfurt denominó bullshit (charlatanería): una indiferencia absoluta hacia cómo son las cosas en realidad, donde el único valor relevante es el impacto retórico y la eficiencia comercial del discurso.
La posverdad no es una simple mentira; la mentira tradicional respeta la autoridad de la verdad, pues necesita ocultarla. El traficante de la posverdad, en cambio, socava la noción misma de que la verdad objetiva sea posible o deseable. Al sembrar una desconfianza nihilista en las instituciones académicas, forenses e históricas, estos charlatanes no están liberando la mente del público; lo están despojando de las únicas herramientas metodológicas que permiten al ciudadano común defenderse del engaño. La pérdida de un criterio de verdad común disuelve la base de la convivencia racional y deja a la sociedad a merced del solipsismo y la manipulación psicológica colectiva.
Epílogo
En los albores de la era de la inteligencia artificial y la síntesis visual perfecta, el caso de las piedras de Ica y las momias de Nazca se alza como una sombría advertencia arqueológica de nuestro futuro inmediato. Si la humanidad del siglo XX fue capaz de arrodillarse ante un muñeco de pegamento y huesos mutilados o ante una roca frotada con betún de zapatos, ¿qué defensas intelectuales le quedan frente a un universo digital inundado de simulacros e hiperrealismos sintéticos? La arqueología del mañana no desenterrará vasijas ni monumentos de piedra; tendrá que desenterrar los hechos sepultados bajo toneladas de algoritmos e imposturas virales. Recuperar el respeto sagrado por el dato empírico, la evidencia forense y la salud mental colectiva ya no es solo una exigencia académica: es el último acto de resistencia para preservar nuestra propia humanidad frente a los mercaderes del delirio.
Bibliografía
Benítez, J. J. (2003). Planeta Encantado: La huella de los dioses [Serie de televisión]. Televisión Española (TVE).
Frankfurt, H. G. (2006). On Bullshit (Sobre la charlatanería). Paidós.
Moyano, A. L. (2009). Ica: La conspiración de las piedras grabadas. Editorial Escepticemia.
París, V. (1998). Las piedras de Ica son un fraude moderno. El Escéptico: Revista para el fomento de la razón y la ciencia, (2), 34-41.
Procuraduría General de la República (Perú). (2021). Sentencia judicial contra Leandro Rivera por delitos contra el patrimonio cultural de la Nación (Caso Momias de Nazca). Distrito Judicial de Ica.
Universidad Nacional Autónoma de México [UNAM]. (2023, 13 de septiembre). Comunicado aclaratorio sobre los análisis de datación por Carbono-14 realizados por el LEMA en muestras de origen orgánico peruano. Instituto de Física, UNAM.