jueves, 19 de julio de 2012

PROVIDENCIALISMO SINCRETISTA DEL INCA GARCILASO

EL PROVIDENCIALISMO SINCRETISTA DEL INCA GARCILASO DE LA VEGA
Gustavo Flores Quelopana
Miembro de la Sociedad Peruana de Filosofía

 

I
Su visión Filosófica

Abordar la egregia figura del Inca Garcilaso como filósofo es cosa que se hace rara vez, y cuando se lo hizo, con tanta mayor renuencia se le negó luego esa condición.

Y en verdad cabe preguntarse: ¿Fue el Inca Garcilaso esencialmente un historiador y no admite ser clasificado en los conocidos casilleros de la creación filosófica?

Historiadores, literatos, artistas, teólogos, psicoanalistas y filósofos lo han estudiado profusamente cada uno desde sus bastiones. Desde José de la Riva Agüero hasta Julio Ortega, pasado por Mariano Iberico y José Durand, y en realidad son numerosísimos los intentos por explicar en qué consiste lo esencial del Inca Garcilaso.

Es en los años solitarios que pasa en Montilla cuando se aboca a descubrir una metafísica providencialista que de sentido a su filosofía de la historia. Esto es que, contra lo afirmado, “Los Comentarios Reales” no nacen de la mera añoranza de un perulero provecto de noble estirpe por las antiguallas de su patria, sino que detrás hay un riquísimo bagaje filosófico que le da sustento. Su visión providencialista de la obra civilizadora incásica, como preparando el camino a la evangelización cristiana, se inscribe dentro de la metafísica de las formas eternas de la inteligencia divina.

Al mismo tiempo el Inca Garcilaso encontró un modelo de sincretismo armónico en León Hebreo y el neoplatonismo florentino, es decir, en la Teoría del Amor (copulativo, universal, productivo e intelectivo) y en la metafísica de la luz (rayos divinos de la fe). Siendo Dios la Suprema Luz y el Sol su signo visible, entonces la metafísica de sus ancestros ya reconocía en el Sol la manifestación de la divinidad. De ahí que insistirá en que “los amautas fueron filósofos”.

Pero al hacerlo sabía perfectamente que no estaba equiparando a los filósofos amautas con los filósofos europeos. Al contrario, se dio cuenta que los elementos que son pródigos en la cultura occidental –individualismo, voluntarismo e intelectualismo- no se replicaban en el orbe indiano, porque los “amautas filósofos” eran no individualistas, religados con lo divino e intuitivos. En otras palabras, el Inca Garcilaso al considerar a los amautas como filósofos fue el primero en atisbar que Grecia no era la medida de toda filosofía posible, en intuir otra forma de filosofar íntimamente unido a la tradición religiosa y que yo denomino “el filosofar mitocrático”.

El Inca Garcilaso nació en el Cusco, el 12 de abril de 1539. Fue hijo del conquistador Garcilaso de la Vega y de la princesa Isabel Chimpu Ocllo, nieta del décimo inca Túpac Yupanqui. Por lo tanto pertenece a las dos noblezas, la incaica y la española, era un mestizo. Pasó su infancia en la ciudad imperial, donde fue testigo de las guerras civiles españolas que describiría años después en sus crónicas.

A los veinte años se fue a España, para no regresar más, con el objeto de requerir los bienes de su padre, no se quedó ni regresó a las Indias para reclamar las prerrogativas que por el título de inka le correspondía. El honor de ser inka en la época colonial daba prestigio individual, social y político sobre el poblador andino de un determinado sector. Hasta el siglo XVIII supervivieron las Panacas o descendencias pero fueron exterminadas a raíz de la insurrección de Túpac Amaru II.

De Garcilaso poseemos la traducción de “Los Diálogos de Amor” de León Hebreo de 1538, “La Florida del Inca” de 1605 y “Los Comentarios reales”, donde narra la historia de los incas, la conquista y la colonización, escritos en 1606.

Se admite tradicionalmente la influencia filosófica de León Hebreo en el pensamiento histórico de Garcilaso pero se alega inmediatamente que éste carecía de una mente filosófica.

Por mi parte, procuraré presentar el pensamiento histórico del Inca Garcilaso presidido por una nítida visión filosófica de índole platónico-agustiniana, con el propósito de recobrar lo perdido y mostrar lo oculto. El fue esencialmente un filósofo, el primer filósofo mestizo de América.

Por último, se impone plantearse la cuestión de establecer lo que entendía Garcilaso por el término “filosofía”, lo que permite considerar de forma unida al historiador, filósofo y hombre de fe.

II
ODA A GARCILASO

El Inca Garcilaso, un peruano neto,
reclinado en el pecho de sus sueños,
escribió los Comentarios reales sin secreto.

Fue del imperio incaico, un estanco.
Amó las antiguallas de su Patria,
y murió sabio con el pelo blanco.

Se confiscó su obra con amargura,
más, en el vendaval por la libertad,
en arco triunfal el Inca fulgura.

Descansa en paz, en su Cuzco natal,
y sus sueños revolotean fuerte,
llenos de gloria por encima de la muerte.

Y la historia con su polirrítmico lumbre,
le dedica un pensamiento sincero:
“Salve, alcázar de reyes en la cumbre”.


III
Su Visión sincrética del Perú

El mérito de Garcilaso en su visión del Perú es replantear desde la óptica nueva del diálogo y reconocimiento con la identidad del Otro un proyecto nacional mestizo, fecundo para sentar las bases de la justicia social en el país. Su penetrante sutileza hacia el incario no es obstáculo para que vislumbre que el destino del Perú no es un simiesco remedo hispanista ni una anacrónica nostalgia indigenista, sino, más bien, una nueva síntesis cultural cuyas esencia es lo ético-religioso. En suma, había que conservar del incario la justicia social y la unidad política, y de la Conquista la nueva síntesis cultural presidida por el evangelio.

Esta tesis básica garcilasista será retomada y desarrollada con notable vigor y genio por el joven pensador católico Víctor Andrés Belaunde en sus “Meditaciones Peruanas” de 1932, trascendental aportación del novecentismo que demuestra que 15 años antes de Mariátegui ya se analizó peruanistamente la crisis nacional y las causas de la desviación de la conciencia nacional.

Ello no es óbice para que al filósofo la presente obra le parezca tener mucha historia y poca filosofía, y para que el historiador sienta estar ante mucha filosofía y poca historia. Será mirado con el mismo desdén por el filósofo y por el historiador, dado que uno le niega a Garcilaso la condición de pensador y el otro la de historiador. Nuestro Heródoto incaico goza más bien de una indiscutible reputación como literato, aficionado a la traducción sutil y a los relatos ancestrales.

De modo que no aguardo una recepción amable en esta faena, que aparentemente parece no estar escrita para eruditos y que en el fondo responde al desafío de repensar a Garcilaso sin demasiada historia y poca filosofía o demasiada filosofía y poca historia. Y es que la Visión del Perú del Inca Garcilaso está transida de ambas cosas y por lo tanto una comprensión sólo histórica o filosófica sería una deleznable unilateralidad. Garcilaso piensa la historia filosóficamente y hace filosofía históricamente. Su intuición genial abre las fuentes vivas de la tradición tanto española como incaica, la misma que tenía mucho en común con aquel periodo barroco de profusas formas y ornamentación excesiva. Pero lejos de quedar atrapado en el esteticismo abigarrado supo captar como ningún otro europeo y como ningún otro perulero el verdadero espíritu de su tiempo y de la civilización que nacía en el horizonte histórico.

Se ha dicho de él con justicia que es el Heródoto de los Incas, pero en verdad tal juicio requiere complementarlo con la consideración más amplia y futurista que fue más bien el Heródoto del mestizaje, de la universalización de la raza humana respetando su autonomía e idiosincrasia nacional. Quizá esto sea lo más formativo de releer y repensar en sus libros a la luz de la situación espiritual de nuestro tiempo. Es por eso que Garcilaso es un clásico, porque a pesar de abrazar los ideales renacentistas la evolución de sus ideas rebasan los límites de su época y se proyectan palingenésicamente al nuestro, sin merma de su contenido y con ganancia de su riqueza mental y espiritual.

Una aproximación al Inca Garcilaso debe ser formativa y no sólo informativa. La simple información de poco ayuda cuando no contribuye a repensar los problemas y doctrinas con una sana crítica. En este sentido lo formativo debe estar ligado a su repercusión para nuestra era. El Inca Garcilaso en contrapartida con el ánimo profesoral no tenía el más leve dejo de pedantería doctoral, no sentía atracción por repetir, ni por las nuevas corrientes de moda. El suyo era de un talante circunspecto y reconcentrado en lo esencial de las cosas. Lejos de correr maniáticamente por la última novedad libresca su cabeza estaba poseída por la lucidez de un destino providencial.

La evolución intelectual de Garcilaso no estuvo signada por la precocidad sino por lo provecto. Septuagenario devolvió a España, al Perú y al mundo un libro que era esencialmente suyo y a la vez universal. Coincidencia singular es que “Los Comentarios” no sólo sean la forma arquetípica e ideal del imperio, sino que signifique la honda aceptación y comprensión de un sistema idealista sincrético. Fue el primer espíritu sincrético de América.

“Corona de honra es la vejez, que se hallará camino de justicia” dice el Evangelio. Decíamos, pues, que es precisamente en su vejez cuando al único representante peruano de la ontología neoplatónica-agustiniana, en un postrero alarde de señorío y destreza, erigirá un monumento a la memoria histórica del Perú, a sus claves secretas y a su destino histórico, tan esplendoroso y quizá más sempiterno que el imponente Escorial de Felipe II, al escribir un verdadero hipertexto de resonancias insospechadas para las futuras generaciones mestizas de las Indias.

Es por eso que una de las ideas esenciales de este libro es una comprensión más fecunda de la Visión garcilasiana del Perú contenida tras la letra histórica. Es de excepcional trascendencia ver claramente que se trata de un personal Providencialismo teocéntrico, la misma que incurre en un neo-antropocentrismo en el que se admite la importancia de la voluntad humana. De ahí, que la segunda clave de su visión del Perú sea su entroncamiento con la doctrina de la  luz  de la inteligencia de  Dios, la misma que llegaba a los peruanos para un designio que hacía honor a su ilustre historia precolombina.

El advenimiento del cristianismo es para Garcilaso algo más que la continuación y la perfección final del imperio incaico. El contenido escatológico providencialista de su visión del Perú, es la identificación de una trayectoria espiritual de un país que exige diálogo y reconocimiento con la identidad del Otro.
Su visión del Perú corresponde al de un espiritualismo cristiano democrático, basado en el respeto de la identidad cultural. Por ello, lejos de ser el indiano nostálgico del imperio de los incas y de un utópico gobierno indígena hispanofóbico –como lo fue Guamán Poma-, propondrá a la cultura cristiana española y europea el reconocimiento de los elevados ideales y admirables realizaciones sociales llevadas a cabo por el Perú incaico.
Sin mirar nuestro pasado no podemos con acierto proyectarnos al futuro. Garcilaso confrontó sutilmente el inhumano ultraje de las Indias a través de una utopía política más realista y superior, basada en el reconocimiento del Otro; convencido, como estuvo, que sólo demostrando el humanismo de la civilización inca y su conversión religiosa se puede convencer al rey de España para que reconozca que los naturales cristianizados pueden gobernar por sí mismos las Indias, sin necesidad de tutelaje alguno.

IV
Aquí reconozco mi deuda con la insigne figura del Inca Garcilaso, cuya porfiada insistencia en la presencia de los “amautas filósofos” en el Perú precolombino extendió sus manes sobre mi investigación en torno a la filosofía mitocrática. Aún cuando la formulación de la categoría de lo “mitocrático” data del 2005 y mis estudios sobre el Inca Garcilaso son del 2007, sin embargo sin sus aportes hubiese quizá tardado más años en formularla tal como quedó desarrollada en el 2010 en mi libro “Filosofía mitocrática y mitocratología”. Por ende, reitero mi gratitud a su pensamiento que como un verdadero clásico universal no cesa de revelarnos sus secretos.
Lima, Salamanca 19 de Julio 2012

miércoles, 18 de julio de 2012

EL INCA GARCILASO Y EL FILOSOFAR MITOCRÁTICO



EL INCA GARCILASO Y Los Amautas filósofos

COMO FUENTE DE LA FILOSOFÍA MITOCRÁTICA

Gustavo Flores Quelopana
Miembro de la Sociedad Peruana de Filosofía




El rehabilitado genio histórico del Inca Garcilaso de la Vega, tan tachado de inexacto y novelesco por la excomunión de doctos eruditos, es una fuente privilegiada para estudiar el tema de la filosofía en el Perú Antiguo.

 El Inca Garcilaso es el patriarca indiscutible de nuestra historia precolombina, llevó en sí el mundo incaico y el mundo europeo a la vez, es el primero que relaciona de manera sistemática a los amautas con la filosofía, su educación literaria, humanística y filosófica europea lo pone en inmejorables condiciones para contrastar la realidad andina con la del Viejo Mundo, como clérigo posee los conocimientos necesarios para dilucidar materias escabrosas y complejas como lo concerniente a la religión de sus ancestros y, finalmente, con la traducción de la obra cumbre del neoplatonismo renacentista, Los Diálogos de Amor de León Hebreo, se encuentra en inmejorables condiciones para dar una opinión autorizada sobre la filosofía de los amautas. Como
dice José de la Riva Agüero en su Encomio del Inca Garcilaso: “con estos viajes y comunicaciones de su vivaz adolescencia, fue allegando sus impresiones auténticas y directas sobre el territorio y las leyendas del Perú, que animaron en la edad adulta sus palpitantes Comentarios reales”.

Garcilaso tiene plena razón contra Cieza cuando muestra el orden y rumbo civilizador  de las conquistas incaicas. Lo que sucede es que él no fue un frío y mediocre amontonador de datos y así como Raimondi falló a favor de su exactitud geográfica, del mismo modo la moderna investigación confirma su exactitud histórica. Ha sido acusado de soñador, iluso, caprichoso y novelesco, por no traernos una imagen truculenta, bárbara y primitiva como Cobo, o un fresco lejano, indiferente y frío como Sarmiento de Gamboa.

Ha sido calumniado como Tácito, Salustio, Tito Livio, Renan, Michelet, Taine y Mommsen de efectuar contradictorias reconstrucciones históricas. Nada más injusto con el escritor peruano antiguo más clásico y ponderado. Garcilaso no es inexacto, lo que sucede es que se trata de un historiador con alma de poeta cuyos grandes aciertos son las verdades generales y lo pequeños yerros son los detalles menudos. Su avasallador amos a la tierra no impide al lector hacerse la idea de que el imperio incaico no era un paraíso comunista, pacífico o igualitario, sino un despotismo teocrático gerontocrático y militarista, que inculcó amor al trabajó y la ética social.

Sobre la sabiduría de los Incas se dedica en la primera parte de los Comentarios reales los ocho capítulos últimos del libro segundo; allí habla de las ciencias que los incas alcanzaron primero en la astrología, la medicina, la filosofía natural, luego la geometría, la geografía, la aritmética y la música, por último sobre la filosofía moral e instrumentos técnicos.

No obstante a lo largo de toda la obra el Inca Garcilaso repite la fórmula sobre los “amautas que fueron filósofos”. ¿Por qué llamó a los amautas “filósofos”? ¿Qué vio en ellos para que les aplicase tal término nacido en la cultura occidental? ¿Cuál fue su comprensión de la filosofía para que una mentalidad como la suya conocedora del neoplatonismo renacentista y de la tradición filosófico-teológica occidental llamase a los amautas “filósofos”? No se puede olvidar que el joven mestizo no cesó de visitar a su madre y parientes incaicos y prosiguió solazándose en el trato con los orejones y demás indios principales.

En primer lugar, en las inimitables páginas de sus Comentarios, henchidas de aguda observación y desbordante fuerza plástica, leemos que entre los Incas “hubo hombres de buenos ingenios”, esto es, de mucha inteligencia y raciocinio. Y luego añade, que los amautas “filosofaron cosas sutiles”. Lo que equivale a afirmar que expresaron razonamientos agudos, perspicaces y finos sobre realidades naturales y sobrenaturales. Su argucia y penetración era cosa admirable y tenida en la mayor estima por el Emperador mismo y en todo el imperio. Pensaron cosas sutiles “como muchas que en su república platicaron”. Esto significa que estos profundos razonadores quechuas tuvieron como uno de los modos privilegiados de expresión filosófica al diálogo.

Esta forma de pensar discutiendo, conversando,  como lo hacían los orejones en el Cusco, preguntando y respondiendo entre personas unidas por el mismo interés de investigación, fue común no sólo entre ellos sino también para buena parte del pensamiento antiguo hasta Aristóteles. El diálogo fue un género privilegiado por entonces de la reflexión filosófica. Recordemos que el divino Platón tenía desconfianza hacia los discursos escritos, por cuanto no hay respuestas ni interrogaciones de parte de interlocutor alguno.

Su maestro Sócrates fue el paradigma de este modo dialogado de reflexionar, jamás escribió nada y toda su energía se concentró en conversar con discípulos y amigos. Havelock es un autor que insiste en la tesis de que la filosofía surge cuando se pasa de la oralidad a la escritura y a ojos vista es toda una exageración.

A su pesar, Sócrates diariamente desarrollaba oralmente sus ideas y conceptos sin necesidad de recurrir a la escritura, él es un caso palmario de que los conceptos filosóficos pueden encontrar libre cauce meramente dialogando sin hacer uso del escribir y que los pueblos orales no occidentales de alta cultura fueron grandes dialogadores que concibieron ideas filosóficas sin necesidad de fijarlo en escritura alguna y en conceptos de la ratio, les bastó las metáforas y los símbolos del logos participativo.

Pero la práctica del diálogo implica una importancia normativa eminente, la cual radica en que exige el principio de tolerancia filosófica y religiosa, un reconocimiento de una igual legitimidad y de una buena voluntad de entender otras razones. Hay quienes piensan que esta normatividad requiere la presencia de un sistema político democrático, y que por consiguiente la filosofía demanda de ésta para prosperar. Pero en realidad esta normatividad no pide hacer referencia al empleo actual de democracia, ni a su sentido en la Atenas clásica, porque es perfectamente posible en diversos sistemas de gobierno, y más aun en el teocrático incaico basado en el ideal de la virtud.

Por lo que no caben hacer referencias ambivalentes sobre el supuesto enlace entre filosofía y democracia. Más bien, lo que aquí destaca es que el ejercicio  dialogado del pensamiento profundo no requiere de la escritura y justamente los Incas, como dice el mestizo, “no tuvieron letras” pero tuvieron filósofos. Todo lo cual nos lleva hacia el siguiente resultado preliminar:
·         Los amautas fueron filósofos por reflexionar sutil y profundamente sobre realidades sublimes,
·         Su gran inteligencia y raciocinio se explayó en el diálogo, no requirieron de la escritura como modo privilegiado del discurso filosófico, y
·         Estos hombres sabios, perspicaces  e ingeniosos individualmente desfilaron desapercibidos porque su preocupación no era buscar el recalque de su personalidad.


En segundo lugar, Garcilaso como casi rememorando la ocasión que tuvo al conocer las momias de cinco de los monarcas incas antes de dejar su ciudad natal, habla de estos amautas que filosofaron cuando aborda la astrología, la filosofía moral, la filosofía natural,  el  pronóstico  de eclipses de sol y de luna, medicina, teología, geometría, aritmética y música. Todo lo cual describe, como cuando tocó la mano rígida de la momia de Huayna Cápac, nítidamente un tipo de forma humana en la cual se encarna el saber filosófico, no se trata del filósofo stricto sensu sino del sabio, el cual combina la orientación estrictamente teórica y contemplativa con la orientación predominantemente práctica. Garcilaso en la flor de su mocedad gustó mucho de arreos caballerescos y castellanos, hasta que la muerte de su padre lo vino a sacar de tan alegre existencia y a confrontar su realidad de mestizo perulero. Lo que lo hizo mirar más hondamente en sus raíces maternas incaicas. Esta circunstancia contribuyó a que se esforzara por reconstruir incluso la sabiduría de los amautas.

 En el primer caso tenemos la sabiduría, mientras que en el segundo tenemos una sabiduría entre otras. Esta alusión está comprendida cuando Garcilaso se refiere a ciertos versos hechos por “los Incas poetas (quienes) los compusieron filosofando las causas segundas”. Y cuando refiere: “La filosofía moral  alcanzaron bien, y en práctica la dejaron escrita en sus leyes, vida y costumbres”, y luego remarca “sólo en filosofía moral se extremaron”. Garcilaso en 1561 de Sevilla pasó a Montilla y luego a Extremadura para conocer a su familia.

De todos sus parientes el que le tomó más cariño fue su tío carnal el Capitán D. Alonso de Vargas. Este caballero sirvió a Carlos V por treinta y ocho años en los tercios españoles en Alemania. Pero lo más interesante es que el tío de Garcilaso fue muy amigo del Maestre de Campo Alonso de Vives, hermano del insigne filósofo español Juan Luis Vives. Eran todavía los años juveniles de Garcilaso, cuando aun no se proyectaba como escritor y se encaminaba lleno de ilusiones a la Corte de Madrid, donde trató directamente a los más famosos indianos y peruleros, como Fray Bartolomé de las Casas, Hernando Pizarro, D. Cristóbal Vaca de Castro, el revoltoso clérigo de Baltasar de Loayza, entre otros.

Volviendo al tema es posible decir, que nuestro indiano distingue entre incas amautas que filosofaron sobre las causas primeras, en el sentido de saber contemplativo o teórico, y los incas amautas que filosofaron sobre las causas segundas, en el sentido del saber práctico. Indudablemente que en sus reflexiones de hombre provecto, ya bastante lejos de sus desengaños cortesanos, asociaría la figura de los amautas como la de Juan Luis Vives en el grupo de saber contemplativo.

Ya lejos de su primera mocedad, muy adepta a los libros de caballerías, en 1579 se opera una profunda transformación de su ánimo que lo inclina hacia el estudio y las letras. Todavía bajo el nombre de Gómez Suárez de Figueroa se enfervoriza su devoción por las más graves disciplinas históricas y filosóficas. Su devoción por la meditación lo hizo despedirse de sus ambiciones bélicas y profanas y abrazar el estado eclesiástico, aunque se desconoce la fecha en que da ese paso y si llegó a recibir las órdenes mayores.  Esto nos estimula a pensar que bajo el erudito y polígloto  padre  Fray  Agustín  de Herrera, el jesuita Jerónimo de Prado y el agustino Fray Fernando de Zárate, sus principales consultores literarios, pudo extraer los criterios adecuados para arribar hacia conclusiones sobre las cuales podemos colegir las consideraciones siguientes:
o   Los amautas filósofos eran sabios que abarcaban tanto el saber teórico como el práctico.
o   Los que abordaban el saber teórico barruntaban sobre las causas primeras que dios puso en las cosas, los que abordaban el saber práctico lo hacían ocupándose de las causas segundas.
o   En consecuencia, el saber intelectual era sólo una de las notas esenciales de la sabiduría del sabio amauta.

Hasta aquí obtenemos el resultado que los amautas eran hombres prudentes, reflexivos y juiciosos, no buscaban el sobresalir de su personalidad, cuyo pensamiento sutil se desarrolló a través del diálogo oral, no requiriendo de escritura ni del logos conceptual, cuando no de la experiencia para desarrollar una sabiduría teórica y a la vez práctica, tanto sobre las causas primeras como de las causas segundas de las cosas.

En tercer lugar, cuando Garcilaso expone el conocimiento médico y medicinal añade una apreciación aparentemente desconcertante, pero muy significativa: ”supieron mucho menos, y mucho menos de teología, porque no supieron levantar el entendimiento a cosas invisibles. Toda la teología de los Incas se encerró en el nombre de Pachacamac”. Cuando el Inca Garcilaso hace estas descripciones era el único reputado representante peruano de la ontología neoplatónica. No hay que duda que sus apreciaciones están tamizadas por la honda impresión y aceptación de un sistema de idealismo sincrético como el de León Hebreo.
Esta párrafo aparentemente lapidario para la religión incaica, del que se prendieron sus detractores para acusarlo de no haber comprendido la religión de sus ancestros, no es congruente con la exposición que el Inca ha venido haciendo sobre la religión y la cultura incaica. Nos habló del pensamiento sutil de los amautas, su extraordinaria memoria, gran capacidad de aprendizaje y agilidad de ideación, elogió sus matemáticas, astronomía y poesía, habló de sus buenos ingenios, del rastreo del verdadero Dios Nuestro Señor, de su avizoramiento de la inmortalidad del alma y del cuerpo, de su envidiable régimen social, entre otras cosas más.

 Pero en estos capítulos sobre la ciencia incaica mantiene un tono de constante comparación con lo alcanzado en Europa y sólo en este sentido puede entenderse el párrafo citado, confrontándolo con el deslumbrante desarrollo de la teología cristiana conocida por ser él, un hombre de letras y de hábito religioso. No obstante, se trata innegablemente de un párrafo muy sumario, apresurado pero no contradictorio.

Además, él no pudo llegar a conocer enteramente la teología incaica debido al temprano abandono de su patria, a los veinte años,  y a siete décadas de distancia de los acontecimientos de la Conquista lo más granado de los amautas filósofos ya habían sido muertos por las masacres de Atahualpa y los vejámenes de los hidalgos ibéricos. En consecuencia,  muy  poco  pudo  haber  recogido  al respecto de primera mano. Estos eran conocimientos especializados y no meros hechos históricos. El Inca Garcilaso no alcanzó a conocer todo el conocimiento especulativo de los incas y lo poco que obtuvo le pareció con razón muy pequeño comparado con lo encontrado en Occidente.

Por lo demás, era un alma sinceramente religiosa y al adoptar el cristianismo católico lo hizo con toda la fuerza que un indo-hispano de entonces era capaz de hacerlo. Su fe y convicción  religiosa  nueva  no  obnubiló  al mestizo, pero sí lo condicionó hasta la medida de introducir adjetivos tales como “supersticiones”, “hechicerías”, “idolatrías”, ”boberías”, entre otros para referirse a ciertas creencias y conocimientos nativos.

Entonces, si su conocimiento de la ciencia incaica resulta limitado ¿puede acaso seguir siendo un fiel guía sobre la cuestión de los amautas filósofos? Sí, por un doble motivo. Primero, por conocer el idioma del imperio y, segundo, por llevar gran parte del espíritu indiano hacia una aculturación occidental. Esto nos permite tener a través de él un criterio cultural comparativo muy valioso sobre lo que conoció por Filosofía en el Viejo Mundo y lo que equivalía a ello en el Nuevo Mundo. En consecuencia, la verdad es diferente. A todas luces los amautas filósofos sí supieron levantar “el entendimiento a cosas invisibles”, lo cual es coherente además en una sociedad teocéntrica y en un gobierno teocrático.

Todo esto nos lleva hacia un enriquecimiento de la idea misma de sabiduría, según la cual además del aspecto intelectual y práctico, el concepto de sabiduría inca implica un rico contenido religioso que absorbe y subordina a los otros. Pues, la divinidad solar incaica representa un acercamiento de la noción de sabiduría a la de la Luz o conocimiento perfecto de lo divino. La teología incaica está transida por una metafísica pagana de la Luz, que sirvió de hilo conductor a Garcilaso para compenetrarse con la teología de la Luz del cristianismo católico. En esta teología inca no hay el drama metafísico de los gnósticos,  ni hay revelación como en los hebreos, pero sí hay aproximación a través de la razón natural con  el principio plotiniano que concibe a la sabiduría como el conocimiento supremo que el sabio posee de lo Uno y de sus hipóstasis.

 De modo similar, el amauta filósofo parte de una sabiduría superior que permite reconocer el principio del universo,  rendirle  adoración  y  señalar  el  destino  del  alma individual más allá de la muerte. La sabiduría de lo divino se convierte en razón del cosmos, en cuyo marco es tan inaceptable la separación entre lo teórico y lo práctico, como la separación del individuo respecto al universo. A este aspecto de totalidad el filósofo alemán Estermann lo denomina el principio de complementariedad, como categoría dominante en la racionalidad andina.

Por consiguiente, como características subsiguientes de los amautas filósofos tenemos:
v  Por sabiduría entendieron los amautas preponderantemente el conocimiento de lo divino, el logos participativo y analógico.
v  Esta sabiduría divina absorbe y subordina a los otros saberes práctico-técnicos (por ejemplo, la arquitectura del Cusco imperial en forma de puma revela este precepto).
v   Y permite reconocer el principio trascendente del mundo así como el destino del alma.



A esta altura puede afirmarse que Garcilaso, según lo que había visto y conocido en el continente europeo, sobre todo el neoplatonismo con el que simpatizó, llamó por comparación a los amautas “filósofos” porque en su reflexión se unía lo filosófico con lo religioso. La filosofía del pueblo quechua discurrió bajo el logos participativo y mítico, más no bajo el logos conceptual. Esta forma de filosofar estaba en concordancia con la edad de cobre y bronce en joyería y utensilios, con el estilo pesado, recio y arisco de su arquitectura monumental, con su teatro épico y su poesía elegíaca y lírica. Su filosofía mítica era severa, sólida y escrupulosa, llena de un acento misterioso e infinito.  Halló sus determinaciones en las siguientes notas:

(a)     Reflexión profunda, sutil y sublime.
(b)     Empleo del diálogo oral como principal género filosófico, no requirieron de escritura. Al respecto los quipus eran un antiguo sistema contable, pero también nemotécnico, que permitía hacer narraciones y probablemente almacenar reflexiones filosóficas. No se descarta la existencia de jeroglifos.
(c)     Abarcaban conocimientos teóricos, sobre las causas primeras, y conocimientos prácticos, sobre las causas segundas, sin que ello signifique la pérdida de hegemonía del logos mítico.
(d)     Tuvieron como saber supremo al conocimiento religioso, dios como hacedor de las causas. Su logos filosófico fue mítico.

Pero si bien estas caracterizaciones nos permiten dar cuenta del por qué Garcilaso  llamó a los amautas “filósofos”, todavía se no responde sobre cuál fue el sentido de la filosofía en las Indias. De la respuesta a esta cuestión se podrá decidir sobre un tema sumamente polémico y arduo, a saber, si el alba Grecia es la medida de toda filosofía posible y si no lo es, entonces, cuál es aquel otro sentido de la filosofía.

El rehabilitado genio histórico del Inca Garcilaso de la Vega, tan tachado de inexacto y novelesco por la excomunión de doctos eruditos, es una fuente privilegiada para estudiar el tema de la filosofía en el Perú Antiguo.

 El Inca Garcilaso es el patriarca indiscutible de nuestra historia precolombina, llevó en sí el mundo incaico y el mundo europeo a la vez, es el primero que relaciona de manera sistemática a los amautas con la filosofía, su educación literaria, humanística y filosófica europea lo pone en inmejorables condiciones para contrastar la realidad andina con la del Viejo Mundo, como clérigo posee los conocimientos necesarios para dilucidar materias escabrosas y complejas como lo concerniente a la religión de sus ancestros y, finalmente, con la traducción de la obra cumbre del neoplatonismo renacentista, Los Diálogos de Amor de León Hebreo, se encuentra en inmejorables condiciones para dar una opinión autorizada sobre la filosofía de los amautas. Como
dice José de la Riva Agüero en su Encomio del Inca Garcilaso: “con estos viajes y comunicaciones de su vivaz adolescencia, fue allegando sus impresiones auténticas y directas sobre el territorio y las leyendas del Perú, que animaron en la edad adulta sus palpitantes Comentarios reales”.

Garcilaso tiene plena razón contra Cieza cuando muestra el orden y rumbo civilizador  de las conquistas incaicas. Lo que sucede es que él no fue un frío y mediocre amontonador de datos y así como Raimondi falló a favor de su exactitud geográfica, del mismo modo la moderna investigación confirma su exactitud histórica. Ha sido acusado de soñador, iluso, caprichoso y novelesco, por no traernos una imagen truculenta, bárbara y primitiva como Cobo, o un fresco lejano, indiferente y frío como Sarmiento de Gamboa.

Ha sido calumniado como Tácito, Salustio, Tito Livio, Renan, Michelet, Taine y Mommsen de efectuar contradictorias reconstrucciones históricas. Nada más injusto con el escritor peruano antiguo más clásico y ponderado. Garcilaso no es inexacto, lo que sucede es que se trata de un historiador con alma de poeta cuyos grandes aciertos son las verdades generales y lo pequeños yerros son los detalles menudos. Su avasallador amos a la tierra no impide al lector hacerse la idea de que el imperio incaico no era un paraíso comunista, pacífico o igualitario, sino un despotismo teocrático gerontocrático y militarista, que inculcó amor al trabajó y la ética social.

Sobre la sabiduría de los Incas se dedica en la primera parte de los Comentarios reales los ocho capítulos últimos del libro segundo; allí habla de las ciencias que los incas alcanzaron primero en la astrología, la medicina, la filosofía natural, luego la geometría, la geografía, la aritmética y la música, por último sobre la filosofía moral e instrumentos técnicos.

No obstante a lo largo de toda la obra el Inca Garcilaso repite la fórmula sobre los “amautas que fueron filósofos”. ¿Por qué llamó a los amautas “filósofos”? ¿Qué vio en ellos para que les aplicase tal término nacido en la cultura occidental? ¿Cuál fue su comprensión de la filosofía para que una mentalidad como la suya conocedora del neoplatonismo renacentista y de la tradición filosófico-teológica occidental llamase a los amautas “filósofos”? No se puede olvidar que el joven mestizo no cesó de visitar a su madre y parientes incaicos y prosiguió solazándose en el trato con los orejones y demás indios principales.

En primer lugar, en las inimitables páginas de sus Comentarios, henchidas de aguda observación y desbordante fuerza plástica, leemos que entre los Incas “hubo hombres de buenos ingenios”, esto es, de mucha inteligencia y raciocinio. Y luego añade, que los amautas “filosofaron cosas sutiles”. Lo que equivale a afirmar que expresaron razonamientos agudos, perspicaces y finos sobre realidades naturales y sobrenaturales. Su argucia y penetración era cosa admirable y tenida en la mayor estima por el Emperador mismo y en todo el imperio. Pensaron cosas sutiles “como muchas que en su república platicaron”. Esto significa que estos profundos razonadores quechuas tuvieron como uno de los modos privilegiados de expresión filosófica al diálogo.

Esta forma de pensar discutiendo, conversando,  como lo hacían los orejones en el Cusco, preguntando y respondiendo entre personas unidas por el mismo interés de investigación, fue común no sólo entre ellos sino también para buena parte del pensamiento antiguo hasta Aristóteles. El diálogo fue un género privilegiado por entonces de la reflexión filosófica. Recordemos que el divino Platón tenía desconfianza hacia los discursos escritos, por cuanto no hay respuestas ni interrogaciones de parte de interlocutor alguno.

Su maestro Sócrates fue el paradigma de este modo dialogado de reflexionar, jamás escribió nada y toda su energía se concentró en conversar con discípulos y amigos. Havelock es un autor que insiste en la tesis de que la filosofía surge cuando se pasa de la oralidad a la escritura y a ojos vista es toda una exageración.

A su pesar, Sócrates diariamente desarrollaba oralmente sus ideas y conceptos sin necesidad de recurrir a la escritura, él es un caso palmario de que los conceptos filosóficos pueden encontrar libre cauce meramente dialogando sin hacer uso del escribir y que los pueblos orales no occidentales de alta cultura fueron grandes dialogadores que concibieron ideas filosóficas sin necesidad de fijarlo en escritura alguna y en conceptos de la ratio, les bastó las metáforas y los símbolos del logos participativo.

Pero la práctica del diálogo implica una importancia normativa eminente, la cual radica en que exige el principio de tolerancia filosófica y religiosa, un reconocimiento de una igual legitimidad y de una buena voluntad de entender otras razones. Hay quienes piensan que esta normatividad requiere la presencia de un sistema político democrático, y que por consiguiente la filosofía demanda de ésta para prosperar. Pero en realidad esta normatividad no pide hacer referencia al empleo actual de democracia, ni a su sentido en la Atenas clásica, porque es perfectamente posible en diversos sistemas de gobierno, y más aun en el teocrático incaico basado en el ideal de la virtud.

Por lo que no caben hacer referencias ambivalentes sobre el supuesto enlace entre filosofía y democracia. Más bien, lo que aquí destaca es que el ejercicio  dialogado del pensamiento profundo no requiere de la escritura y justamente los Incas, como dice el mestizo, “no tuvieron letras” pero tuvieron filósofos. Todo lo cual nos lleva hacia el siguiente resultado preliminar:
·         Los amautas fueron filósofos por reflexionar sutil y profundamente sobre realidades sublimes,
·         Su gran inteligencia y raciocinio se explayó en el diálogo, no requirieron de la escritura como modo privilegiado del discurso filosófico, y
·         Estos hombres sabios, perspicaces  e ingeniosos individualmente desfilaron desapercibidos porque su preocupación no era buscar el recalque de su personalidad.


En segundo lugar, Garcilaso como casi rememorando la ocasión que tuvo al conocer las momias de cinco de los monarcas incas antes de dejar su ciudad natal, habla de estos amautas que filosofaron cuando aborda la astrología, la filosofía moral, la filosofía natural,  el  pronóstico  de eclipses de sol y de luna, medicina, teología, geometría, aritmética y música. Todo lo cual describe, como cuando tocó la mano rígida de la momia de Huayna Cápac, nítidamente un tipo de forma humana en la cual se encarna el saber filosófico, no se trata del filósofo stricto sensu sino del sabio, el cual combina la orientación estrictamente teórica y contemplativa con la orientación predominantemente práctica. Garcilaso en la flor de su mocedad gustó mucho de arreos caballerescos y castellanos, hasta que la muerte de su padre lo vino a sacar de tan alegre existencia y a confrontar su realidad de mestizo perulero. Lo que lo hizo mirar más hondamente en sus raíces maternas incaicas. Esta circunstancia contribuyó a que se esforzara por reconstruir incluso la sabiduría de los amautas.

 En el primer caso tenemos la sabiduría, mientras que en el segundo tenemos una sabiduría entre otras. Esta alusión está comprendida cuando Garcilaso se refiere a ciertos versos hechos por “los Incas poetas (quienes) los compusieron filosofando las causas segundas”. Y cuando refiere: “La filosofía moral  alcanzaron bien, y en práctica la dejaron escrita en sus leyes, vida y costumbres”, y luego remarca “sólo en filosofía moral se extremaron”. Garcilaso en 1561 de Sevilla pasó a Montilla y luego a Extremadura para conocer a su familia.

De todos sus parientes el que le tomó más cariño fue su tío carnal el Capitán D. Alonso de Vargas. Este caballero sirvió a Carlos V por treinta y ocho años en los tercios españoles en Alemania. Pero lo más interesante es que el tío de Garcilaso fue muy amigo del Maestre de Campo Alonso de Vives, hermano del insigne filósofo español Juan Luis Vives. Eran todavía los años juveniles de Garcilaso, cuando aun no se proyectaba como escritor y se encaminaba lleno de ilusiones a la Corte de Madrid, donde trató directamente a los más famosos indianos y peruleros, como Fray Bartolomé de las Casas, Hernando Pizarro, D. Cristóbal Vaca de Castro, el revoltoso clérigo de Baltasar de Loayza, entre otros.

Volviendo al tema es posible decir, que nuestro indiano distingue entre incas amautas que filosofaron sobre las causas primeras, en el sentido de saber contemplativo o teórico, y los incas amautas que filosofaron sobre las causas segundas, en el sentido del saber práctico. Indudablemente que en sus reflexiones de hombre provecto, ya bastante lejos de sus desengaños cortesanos, asociaría la figura de los amautas como la de Juan Luis Vives en el grupo de saber contemplativo.

Ya lejos de su primera mocedad, muy adepta a los libros de caballerías, en 1579 se opera una profunda transformación de su ánimo que lo inclina hacia el estudio y las letras. Todavía bajo el nombre de Gómez Suárez de Figueroa se enfervoriza su devoción por las más graves disciplinas históricas y filosóficas. Su devoción por la meditación lo hizo despedirse de sus ambiciones bélicas y profanas y abrazar el estado eclesiástico, aunque se desconoce la fecha en que da ese paso y si llegó a recibir las órdenes mayores.  Esto nos estimula a pensar que bajo el erudito y polígloto  padre  Fray  Agustín  de Herrera, el jesuita Jerónimo de Prado y el agustino Fray Fernando de Zárate, sus principales consultores literarios, pudo extraer los criterios adecuados para arribar hacia conclusiones sobre las cuales podemos colegir las consideraciones siguientes:


o   Los amautas filósofos eran sabios que abarcaban tanto el saber teórico como el práctico.
o   Los que abordaban el saber teórico barruntaban sobre las causas primeras que dios puso en las cosas, los que abordaban el saber práctico lo hacían ocupándose de las causas segundas.
o   En consecuencia, el saber intelectual era sólo una de las notas esenciales de la sabiduría del sabio amauta.


Hasta aquí obtenemos el resultado que los amautas eran hombres prudentes, reflexivos y juiciosos, no buscaban el sobresalir de su personalidad, cuyo pensamiento sutil se desarrolló a través del diálogo oral, no requiriendo de escritura ni del logos conceptual, cuando no de la experiencia para desarrollar una sabiduría teórica y a la vez práctica, tanto sobre las causas primeras como de las causas segundas de las cosas.

En tercer lugar, cuando Garcilaso expone el conocimiento médico y medicinal añade una apreciación aparentemente desconcertante, pero muy significativa: ”supieron mucho menos, y mucho menos de teología, porque no supieron levantar el entendimiento a cosas invisibles. Toda la teología de los Incas se encerró en el nombre de Pachacamac”. Cuando el Inca Garcilaso hace estas descripciones era el único reputado representante peruano de la ontología neoplatónica. No hay que duda que sus apreciaciones están tamizadas por la honda impresión y aceptación de un sistema de idealismo sincrético como el de León Hebreo.
Esta párrafo aparentemente lapidario para la religión incaica, del que se prendieron sus detractores para acusarlo de no haber comprendido la religión de sus ancestros, no es congruente con la exposición que el Inca ha venido haciendo sobre la religión y la cultura incaica. Nos habló del pensamiento sutil de los amautas, su extraordinaria memoria, gran capacidad de aprendizaje y agilidad de ideación, elogió sus matemáticas, astronomía y poesía, habló de sus buenos ingenios, del rastreo del verdadero Dios Nuestro Señor, de su avizoramiento de la inmortalidad del alma y del cuerpo, de su envidiable régimen social, entre otras cosas más.

 Pero en estos capítulos sobre la ciencia incaica mantiene un tono de constante comparación con lo alcanzado en Europa y sólo en este sentido puede entenderse el párrafo citado, confrontándolo con el deslumbrante desarrollo de la teología cristiana conocida por ser él, un hombre de letras y de hábito religioso. No obstante, se trata innegablemente de un párrafo muy sumario, apresurado pero no contradictorio.

Además, él no pudo llegar a conocer enteramente la teología incaica debido al temprano abandono de su patria, a los veinte años,  y a siete décadas de distancia de los acontecimientos de la Conquista lo más granado de los amautas filósofos ya habían sido muertos por las masacres de Atahualpa y los vejámenes de los hidalgos ibéricos. En consecuencia,  muy  poco  pudo  haber  recogido  al respecto de primera mano. Estos eran conocimientos especializados y no meros hechos históricos. El Inca Garcilaso no alcanzó a conocer todo el conocimiento especulativo de los incas y lo poco que obtuvo le pareció con razón muy pequeño comparado con lo encontrado en Occidente.

Por lo demás, era un alma sinceramente religiosa y al adoptar el cristianismo católico lo hizo con toda la fuerza que un indo-hispano de entonces era capaz de hacerlo. Su fe y convicción  religiosa  nueva  no  obnubiló  al mestizo, pero sí lo condicionó hasta la medida de introducir adjetivos tales como “supersticiones”, “hechicerías”, “idolatrías”, ”boberías”, entre otros para referirse a ciertas creencias y conocimientos nativos.

Entonces, si su conocimiento de la ciencia incaica resulta limitado ¿puede acaso seguir siendo un fiel guía sobre la cuestión de los amautas filósofos? Sí, por un doble motivo. Primero, por conocer el idioma del imperio y, segundo, por llevar gran parte del espíritu indiano hacia una aculturación occidental. Esto nos permite tener a través de él un criterio cultural comparativo muy valioso sobre lo que conoció por Filosofía en el Viejo Mundo y lo que equivalía a ello en el Nuevo Mundo. En consecuencia, la verdad es diferente. A todas luces los amautas filósofos sí supieron levantar “el entendimiento a cosas invisibles”, lo cual es coherente además en una sociedad teocéntrica y en un gobierno teocrático.

Todo esto nos lleva hacia un enriquecimiento de la idea misma de sabiduría, según la cual además del aspecto intelectual y práctico, el concepto de sabiduría inca implica un rico contenido religioso que absorbe y subordina a los otros. Pues, la divinidad solar incaica representa un acercamiento de la noción de sabiduría a la de la Luz o conocimiento perfecto de lo divino. La teología incaica está transida por una metafísica pagana de la Luz, que sirvió de hilo conductor a Garcilaso para compenetrarse con la teología de la Luz del cristianismo católico. En esta teología inca no hay el drama metafísico de los gnósticos,  ni hay revelación como en los hebreos, pero sí hay aproximación a través de la razón natural con  el principio plotiniano que concibe a la sabiduría como el conocimiento supremo que el sabio posee de lo Uno y de sus hipóstasis.

 De modo similar, el amauta filósofo parte de una sabiduría superior que permite reconocer el principio del universo,  rendirle  adoración  y  señalar  el  destino  del  alma individual más allá de la muerte. La sabiduría de lo divino se convierte en razón del cosmos, en cuyo marco es tan inaceptable la separación entre lo teórico y lo práctico, como la separación del individuo respecto al universo. A este aspecto de totalidad el filósofo alemán Estermann lo denomina el principio de complementariedad, como categoría dominante en la racionalidad andina.

Por consiguiente, como características subsiguientes de los amautas filósofos tenemos:
v  Por sabiduría entendieron los amautas preponderantemente el conocimiento de lo divino, el logos participativo y analógico.
v  Esta sabiduría divina absorbe y subordina a los otros saberes práctico-técnicos (por ejemplo, la arquitectura del Cusco imperial en forma de puma revela este precepto).
v   Y permite reconocer el principio trascendente del mundo así como el destino del alma.



A esta altura puede afirmarse que Garcilaso, según lo que había visto y conocido en el continente europeo, sobre todo el neoplatonismo con el que simpatizó, llamó por comparación a los amautas “filósofos” porque en su reflexión se unía lo filosófico con lo religioso. La filosofía del pueblo quechua discurrió bajo el logos participativo y mítico, más no bajo el logos conceptual. Esta forma de filosofar estaba en concordancia con la edad de cobre y bronce en joyería y utensilios, con el estilo pesado, recio y arisco de su arquitectura monumental, con su teatro épico y su poesía elegíaca y lírica. Su filosofía mítica era severa, sólida y escrupulosa, llena de un acento misterioso e infinito.  Halló sus determinaciones en las siguientes notas:

(a)     Reflexión profunda, sutil y sublime.
(b)     Empleo del diálogo oral como principal género filosófico, no requirieron de escritura. Al respecto los quipus eran un antiguo sistema contable, pero también nemotécnico, que permitía hacer narraciones y probablemente almacenar reflexiones filosóficas. No se descarta la existencia de jeroglifos.
(c)     Abarcaban conocimientos teóricos, sobre las causas primeras, y conocimientos
prácticos, sobre las causas segundas, sin que ello signifique la pérdida de hegemonía del logos mítico.
(d)     Tuvieron como saber supremo al conocimiento religioso, dios como hacedor de las causas. Su logos filosófico fue mítico.


Pero si bien estas caracterizaciones nos permiten dar cuenta del por qué Garcilaso  llamó a los amautas “filósofos”, todavía se no responde sobre cuál fue el sentido de la filosofía en las Indias. De la respuesta a esta cuestión se podrá decidir sobre un tema sumamente polémico y arduo, a saber, si el alba Grecia es la medida de toda filosofía posible y si no lo es, entonces, cuál es aquel otro sentido de la filosofía.

(Tomado de mi libro "Filosofía Mitocrática Andina antes de la Conquista", capítulo séptimo, pp. 51-61, Lima, IIPCIAL, 2007).

Lima, Salamanca 18 de Julio 2012