miércoles, 7 de febrero de 2024

EL NEOBRUTALISMO ACTUAL

 EL NEOBRUTALISMO ACTUAL



Existen cuatro tipos generales de orden que son negados en la ideología neobrutalista del occidente neoliberal imperante en la actualidad: natural, mental, activo y técnico. El orden natural es el que se da en la naturaleza, pero se pone en boga la idea de que la realidad es el sueño de una matrix. El orden mental es el resultado de la razón humana sobre lo que se descubre en la Naturaleza, pero hoy la tendencia predominante es suponer que dicho orden no está en las cosas, sino que depende enteramente del hombre que las interpreta. O sea, se configura una erosión nihilista de la sociedad posmetafísica donde la lógica está puesta sobre el ser. 

El orden moral es causado por la razón del hombre en su obrar libre para dirigirse hacia su fin último, más en la actualidad se niega que el hombre tenga algún fin último y que su obrar libre deba estar dirigido por su razón antes que por sus apetitos subordinados. El resultado es el imperio posmoderno del hombre anético que se siente más allá del bien y del mal, niega toda esencia humana y éste se construye culturalmente como quiere. Finalmente, el orden técnico lo implanta el hombre con su razón en las cosas, tanto útiles como bellas, no obstante, en la artificialidad dominante de la civilización técnica se busca afanosamente una inteligencia artificial fuerte que determine peligrosamente por sí misma tanto lo útil como lo bello y lo bueno, al margen de los fines humanos.  

Ahora bien, si es propio de la sabiduría buscar la verdad, saber ordenar, juzgar e impugnar el error, lo que vemos ahora es que en lugar de la sabiduría se impone el neobrutalismo, que concisamente expresado es rebatir la verdad y defender el error. El todo vale de la posmodernidad, la posverdad, la ideología de género, el libre consumo de drogas, la eutanasia, la eugenesia, el transhumanismo, la abolición imperialista del derecho internacional, el secuestro de la democracia por burocracias regidas por la élite mundial, el auge del neofascismo ultraderechista, forman todo un mismo paquete ideológico del neobrutalismo que preside el hundimiento del decadente mundo occidental. 

En este sentido, el neobrutalismo puede ser definido no sólo como la perversión luciferina e ideológica de la razón humana, sino del espíritu de toda una época que se inicia y desarrolla con la modernidad escéptica, historicista, relativista, atea, hedonista y nihilista. Lo cual no significa que en la modernidad no haya nada valioso. Más bien, demostró que lo más valioso que ella trajo -la autonomía de lo inmanente, lo secular y la libertad- tenía que degenerarse al divorciarse radicalmente del fundamento metafísico trascendente. Se muestra la real monstruosidad del neobrutalismo no sólo en las dos guerras mundiales, los campos de exterminio, las dictaduras genocidas, el neocolonialismo, sino que llega a su pináculo con el repudio mismo de la razón, la ciencia, la verdad y la divinidad. Está encaramado en el corazón maloliente del occidente neoliberal y ya conoce su final con el advenimiento de un Nuevo Orden Mundial.   


lunes, 5 de febrero de 2024

CARTAS A UN REY (Reseña)

"Cartas a un Rey" fue publicado en 1978 constituye un excelente resumen de la obra "Nueva crónica y buen gobierno" de Guamán Poma de Ayala escrita a fines del siglo XVI -quizá 1597-.
Guamán Poma (1534-1615/81 años) es testigo de los abusos del conquistador, el desbarajuste del mundo de los cuatro costados (Tahuantinsuyo), las reformas del gobierno del quinto virrey Toledo (1569-1581) y su vida alcanzó hasta el décimo segundo virrey Francisco de Borja y Aragón.
Las Cartas al Rey cuentan la cadena de abusos sin fin de la dominación española a través de la odiosa institución de la Encomienda. Pero para esa fecha ya había quedado atrás la fase compulsiva de la encomienda con la derrota de la rebelión de Gonzalo Pizarro. Incluso era superada la fase de la "tasación tributaria" de 1550-1560. Más bien estaba llegando a su fin la etapa su etapa "monetizada", que hizo colapsar la encomienda por la inflación causada por la plata de Potosí.
La reforma de la Encomienda vino con el Virrey Toledo buscando neutralizar su poder político y crear una amplia base social. Pero no lo logró. El curaca era antes castigado al no lagar el tributo, con la reforma se suprimió el castigo, pero tenía que pagar o iba preso. La obligación fue peor que el castigo físico. Por lo demás, fue Toledo el que invirtió la base productiva del país, convirtiéndolo de agro productor en minero exportador. Se plantó la estructura de una economía dependiente.
La idea de Toledo era crear un Perú y dos repúblicas: de indios y de españoles. Pero tal proyecto estaba destinado al fracaso. La república de indios había perdido la fuerza espiritual de antaño y las nuevas condiciones incrementaban su abuso. El libro de Guamán Poma lo demuestra. El discurso de la doctrina evangélica era negado por el poder político dominante que aumentaba la explotación del trabajo y la injusticia sin remedio de la dominación colonial.
El fracaso de las reformas españolas para mejorar la condición del indio era evidente en su disminución poblacional de 15 millones de aborígenes a 2 millones en tan sólo el siglo XVI. El exterminio indígena fue resultado no sólo de la implantación de nuevas relaciones económicas, que ocasionaron pestes, hambrunas, guerras civiles, tributos, encomiendas, etc., sino de la depresión espiritual tras la pérdida de su mundo cultural andino.
El Perú necesitó cuatro siglos para que la población indígena recuperase su densidad poblacional. El mundo andino demostró su capacidad de resistencia adaptándose a las nuevas condiciones y creando nuevas formas reciprocidad y redistribución.
Es menester recodar lo señalado por el padre Manuel Marzal sobre que dominicos, jesuitas, otros religiosos, clero secular y laicos enviaron al rey de España entre 1601 y 1718 frecuentes memoriales sobre los abusos cometidos contra los indios.
Pero al final el proyecto de modernización capitalista del poder político siempre se impuso sobre el proyecto de modernidad cristiana -que fue vista como sospechosa de buscar la independencia perulera- basada en la caridad y buen trato al indio. Como consecuencia de ello fue expulsada la orden jesuita en 1767 bajo el rey borbón Carlos III. Los Habsburgo todavía trataron sus dominios peruleros como reinos, con la Casa Borbón será visto como simple colonia a explotar máximamente.
En una palabra, Cartas al Rey muestran a un Guamán Poma de Ayala como el primer adelantado de la denuncia sin remedio de la injusticia por la dominación colonial llevada por el demonio de la voracidad por los metales preciosos de la corona española. En contraste el Inca Garcilaso demostraba en sus Comentarios Reales que los incas merecían un mejor trato puesto que los ideales políticos del humanismo ya habían sido realizados por el Imperio incaico.

Quedan en el aire dos preguntas finales. La primera, ¿creyó Guamán Poma en la eficacia de su Carta? y, segundo, ¿hubo arrepentimiento en la corona española? Sobre la primera cabe pensar que no perdió la esperanza en un cambio futuro, pero la ilusión se desvanecía a cada momento. De lo que sí estuvo convencido es en la contundente denuncia de su parte. Y sobre lo segundo, el testamento de Carlos V a su hijo Felipe II no da señas de arrepentimiento y, en vez de ello, de preocupación por sus guerras en Europa. Y Felipe II siendo muy religioso y apoyando la evangelización no fue menos celoso en anteponer las razones de Estado. O sea, para los indios su suerte estaba echada. Si sobrevivieron fue porque el genocidio no fue la prioridad del conquistador, sino la explotación. Y si la explotación no los exterminó fue lo extenso del territorio y su gran capacidad de adaptación ante sucesivos imperios.

domingo, 4 de febrero de 2024

LE DEDICO MI SILENCIO (Reseña)

 

Esta novela del nobel de literatura deja la impresión que MVLL busca recobrar la conexión con su patria a través de la música criolla. Su personaje refleja lo que él mismo es: distante con el indigenismo y el hispanismo, y militante del mesticismo. Pero no se trata del mesticismo arguediano de sabor andino, sino de uno occidental y latinoamericano. La novela es un esfuerzo por reencontrarse con sus raíces nacionales. Es una novela de excelente desarrollo, vertiginosa, aunque de un final anodino y opaco como su mesticismo occidental neoliberal.

EL ESPÍA DEL INCA (Reseña)

 

Contra todo lo que podría pensarse el presente novelón de 900 páginas no es el rescate de la grandeza del incario y del pasado prehispánico, sino todo lo contrario, es el clavo literario sobre la tumba del mundo precolombino.
Efectivamente, y para disgusto de pachamamistas y tahuantinsuyanos, el Mundo de las Cuatro Direcciones se destruyó, se hundió y jamás volverá. El mestizaje entre lo andino y lo occidental es otra historia.
Sin duda, esta es la novela peruana más importante escrita a los 60 años por Rafael Dumett en la segunda década del siglo veintiuno. El protagonista literal es el chanca Salango, dotado de poderes sobrenaturales para contar, quipucamayoc y espía del Inca.
Pero el verdadero protagonista detrás del telón es que el tiempo no sólo de los incas, sino del Mundo precolombino o de los Cuatro Costados, se acabó, llegó a su término. Y su fin sobreviene no sólo por los errores y dilaciones del arrogante y vanidoso Atahualpa, sino como cumplimiento de los oráculos de las huacas, las cuales son desplazadas por la huaca de los barbudos. Otra era ha llegado.
En realidad, lo que el autor nos presenta es que en este encuentro entre dos Mundos no hay espacio para la convivencia armónica, ni la síntesis pacífica, sino para la colisión, conquista y sumisión de uno a otro. No otra cosa simboliza los quipus, sistema informativo a base de nudos y colores, que hasta hoy se resisten a entregar sus secretos porque supone compartir las categorías de códigos culturales diferentes de un mundo perdido.

El libro se cierra con la convicción de que el Mundo de las cuatro direcciones llegó a su final para siempre, no hay eterno retorno. Un Mundo nuevo triunfó sobre él. Por tanto, el llamado mestizaje entre lo occidental y lo andino es algo nuevo, que tiene poco que ver con él.

martes, 30 de enero de 2024

OTRA MIRADA DE LA FILOSOFÍA Por: Jesús Curasma de la Cruz (Comentario)

 

OTRA MIRADA DE LA FILOSOFÍA
Jesús Curasma de la Cruz

"En torno al universalismo filosófico”, es un libro escrito en forma de entrevista por el reconocido filósofo Gustavo Flores Quelopana. En sus páginas, busca romper con la vieja perspectiva que sitúa el origen del pensar filosófico, única y exclusivamente, en Grecia, y usada a menudo para categorizar como filosofía solo a la filosofía Occidental. Pero su pretensión de ser universal, nos dice, no es sino una particularidad europea, que ha logrado instalarse ahí donde sus tentáculos de dominación le han permitido llegar. Descontando a unos pocos, a su juicio, no se salvaron de sus largas ventosas ni siquiera las mentes más brillantes de nuestro país; sin importar su grandeza, una a una fue cayendo seducida por el canto de la sirena eurocentrista.
En vista de ello, el amigo Gustavo, ve la urgente necesidad de trizar las cadenas que nos hacen dependientes de la tradición etnocéntrica de Occidente, para buscar la anhelada autonomía del pensamiento filosófico, pero cuidándonos, a su vez, de no caer en el otro extremo, igual de peligroso, que él identifica como “chauvinismo cultural y andinismo ultraortodoxo”. El cambio que se requiere -nos propone-, pasa por reestructurar nuestro esquema mental a través de un verdadero giro copernicano, comprendiendo que la filosofía no es propiedad de una sola cultura que luego exporta su sabiduría al mundo, sino que, al ser consustancial a la condición humana, no hay sociedad que carezca de ella.
Esté de acuerdo o no el lector con el punto de vista esgrimido por el filósofo mencionado, su labor intelectual no deja de impactarnos y hacernos repensar en la veracidad de nuestras convicciones.

Desde el centro del país, saludo su esfuerzo y genialidad. Hasta pronto.

viernes, 26 de enero de 2024

LOS INCAS EN LA RUTA DEL ANTISUYO Y EL ATLÁNTICO (RESEÑA)

 

Estamos ante un espléndido libro del antropólogo José Carlos Vilcapoma en el que basándose en los aportes de la arqueología se demuestra: 1. que los Incas no sólo conocieron el Pacífico, sino también el Atlántico. 2. Que llegaron al Brasil por la ruta Amazónica. 3. No consideraron la selva como infranqueable, ni como frontera, esa fue la errónea versión de los conquistadores españoles. 4. El Peabirú fue el camino prehispánico desde el Océano Pacífico hasta el Océano Atlántico. 5. El portugués náufrago, Alexio García, testimonia que se conocía el camino de Peabirú. y 7. Todo lo cual reclama un nuevo mapa del Tahuantinsuyo.

jueves, 25 de enero de 2024

DIMENSIÓN ONTOLÓGICA DEL FILOSOFAR

 

DIMENSIÓN ONTOLÓGICA DEL FILOSOFAR 

 


¿Por qué filosofamos? Aristóteles[1] afirmó que el origen del filosofar es el asombro. Pero ¿por qué el asombro es el origen del filosofar? ¿Qué hace que el asombro se vuelva constante en el origen del filosofar? Para que se presente de esta forma universal y permanente tiene que tratarse de algo que está más allá de lo psicológico (óntico) e histórico (temporal) tiene que ser transhistórico y existencial (ontológico). Tiene que ser un acontecimiento raigal de la condición humana. Pero ¿qué tiene de singular la esencia humana en su existir para que provoque el filosofar? La respuesta no puede ser otra que por ser capaces de intuir nuestro ser entre el Ser y la Nada. Todas las criaturas en su condición de contingentes están entre el ser y la nada, pero lo peculiar es que el hombre es la criatura que lo sabe. Y ese hecho óntico-ontológico es decisivo para el estallido del filosofar.

 

¿Pero de dónde nos viene este saber? ¿Qué es lo que tiene la criatura humana para que nos acontezca el filosofar? Lo que nos diferencia de los animales no es la inteligencia, ni la capacidad de elegir, sino aquella capacidad de objetivación de ideas y de intuición de esencias que es base de la desrealización. Aquella capacidad se llama “Espíritu”, como actualidad pura e inobjetivable que produce ideas a partir de la intuición de las esencias. El espíritu humano participa de las esencias (Platón) y por eso las descubre (Aristóteles). La conciencia del mundo, la conciencia de sí mismo y la conciencia teologal conforman la unidad ontológico espiritual de la posibilidad del filosofar. Lo divino al ser sentido antropológicamente por el hombre se compenetra crecientemente con el impulso cósmico de las esencias. Por el Espíritu lo humano es partícipe de lo divino y se convierte en coautor de su obra en su propia escala. Por ello, no es el hombre el que engendra lo divino, sino a la inversa[2]. Esa búsqueda de las primeras causas y principios que caracteriza el filosofar viene de aquella compenetración del Espíritu humano con el mundo suprasensible de las esencias.

Ahora bien, se objeta que, si el hombre filosofa por la condición ontológica de su espíritu, entonces por qué no todos lo hacen e, incluso, la filosofía moderna y posmoderna se caracteriza por ir contra todo supuesto metafísico y esencialista. A lo que se puede responder afirmando que, si bien el impulso a filosofar está presente en todo hombre, no obstante, su desarrollo requiere formación, educación y capacidad de replanteamiento. Eso, por un lado, y, por otro, el decurso antimetafísico y antiesencialista de la filosofía moderna y contemporánea testimonia que lo espiritual es una fuerza no determinante, sino condicionante que hay que actualizar. Y que incluso su actualización puede ir dirigida contra sí misma, negando su propia existencia, empobreciendo la realidad a lo meramente empírico y fáctico y degradando el filosofar a lo simplemente narrativo. Es por ello que el Espíritu no puede ser considerado como un factor infalible de la captación de las esencias, y es así porque la condición humana tiene una ambigüedad de orden ontológico, constituida por que el sujeto es hermenéutico por sí mismo y en consecuencia es afectado por una aporeticidad esencial. Es por ello que la concepción objetivista de las esencias encuentra la dificultad de enfrentar la ceguera hacia las mismas. Lo que lleva a sostener que no toda relación ontológica con las esencias es absoluta, sino contingente.

 

Cada esencia puede ser negada, cada conocimiento puede ser sustituido por otro. El carácter ontológico de las esencias no se convierte en un necesitarismo cósmico que suprime la libertad ni la condición contingente de la condición humana. No todo intento de declarar la validez de un logos supone la preadmisión de esencias declarados válidos para dicho logos. De modo que, aunque ontológicamente hay un sistema absoluto de logos, sin embargo, desde la ratio humana depende de una valoración previa de los entes (cosas o personas). Existe una relación intrínseca entre ser y valorar en el hombre. No es que sólo exista lo que se valora, ontológicamente las esencias existen independientemente del valor, pero la libertad crea nuestro ser no sólo con la captación de las esencias valoradas, sino, también, de las esencias inventadas. Esto es, la libertad crea nuestro ser con la sustancia irreal de la posibilidad, posibilidad que se da en dos mundos, a saber, el real y el posible. Así, el arte es la liberación de la libertad en el mundo de lo posible e irreal, de un mundo de totalidades acabadas pero inexistentes en la realidad. Y lo que impulsa a la libertad del Espíritu de la condición humana al mundo de las esencias es su apertura ontológica a lo posible, tanto en los entes reales e irreales.

 

Es por ello que detrás de su afán de salvación está su intuición de lo que está fuera del tiempo, de un fundamento metasensible, eterno y transhistórico que lo ansía y libera. Es locura reciente del hombre el buscar la salvación en lo terrenal y la cultura, como producto de la hegemonía de imagen del mundo terrenalista e inmanentista de la modernidad. El afán de salvación es un sueño profundo en el Tiempo que va más allá de lo temporal, es una presentación de la Nada en el devenir, pero de una Nada con contenido, que es origen y fundamento de todo. El hombre es en este sentido la criatura que se desontologiza, porque su ser fluctúa entre el Ser y la Nada, su ser está más allá del ser contingente desde la contingencia. Su existencia es la conjunción del logos de la experiencia y el logos de la razón, pero tanto en la experiencia como en la razón el Ser transparenta su presencia como ens extramundanum. No siendo atemporales desocultan lo atemporal y esencial.

 

Desde el cartesianismo hasta la fenomenología, existencialismo, estructuralismo, neopositivismo hasta el posmodernismo se han visto variaciones de la misma melodía subjetivizante del giro inmanentista del hombre epistémico de la modernidad. Lo cual es prerrogativa de una época que cayó presa de lo cuantitativo, calculable y objetivable, es decir, es propio de una determinada imagen del mundo que consuma su propia esencia antimetafísica. Todo queda sujeto a la propia opinión subjetiva al asumirse que la verdad está definitivamente oculta, no existe, es mera invención o creencia humana. No es posible fundamentar el conocimiento ni la realidad, la búsqueda la verdad, la objetividad, la realidad, las esencias y la razón deben ser abandonadas. Hay que sustituir la verdad por las creencias convenientes. Ese el predicamento del último gurú del pensamiento filosófico moderno, a saber, Richard Rorty[3], quien proclama que la filosofía sin espejos es filosofía conversacional que no busca el arjé, y le parece insostenible la objetividad ligada a una trascendencia.

 

Todas las manifestaciones del pensamiento decadente están presentes en Rorty. Ya el abandono de la objetividad representacional está presente en el segundo Wittgenstein, el segundo Heidegger, Sellars, Quine y Davidson. Se desemboca así en el pensar que las cuestiones de hoy no son metafísicas ni teológicas, sino políticas. La erosión nihilista de la sociedad postmetafísica tenía que desembocar en un historicismo nominalista donde la teoría es sustituida por la narrativa. Ese era el desatinado destino de una imagen del mundo que relevó el Ser por el Pensar. Y se cumplió. Como lo humano es contingente y no determinista la condición ontológica del filosofar pudo presentar esta manifestación deforme y malsana. A esto lo llamó Gilles Lipovetsky la era del vacío, Zygmunt Bauman modernidad líquida, Byung-Chul Han sociedad del cansancio, por mi parte lo denomino sociedad anética[4].

 

Pero el hecho es que el hombre está abocado a filosofar por la estructura ontológica de su ser. Es una criatura que le resulta desconcertante percibirse como una finitud separada de las demás cosas del mundo, tiene conciencia del hiato que lo diferencia de los demás seres y a partir de aquella separación ontológica de su ser con los demás entes siente su religación con el Absoluto. Es decir, el hombre es el ser plantado ante lo Absoluto e infinito porque por su Espíritu capta la contingencia de su existencia. Los animales no tienen espíritu y por eso no lo captan. Es una doble condición ontológica que lo asedia y lo impulsa a filosofar, por un lado, la percepción de su finitud, de la nada en su ser, y, por otro, la conciencia de la infinitud y su religación con ella.

 

Es por ello que el problema metafísico y el problema teológico es permanente en el hombre, porque pertenece a su condición humana. Su experiencia social, individual e histórica está atravesada por ambas situaciones existenciales. Y, más bien, el intento de suprimirlas en el esquema inmanentista y secularizado de la modernidad le ha traído más daño que ventajas. No sólo le hizo extraviar el sentido de lo divino, sino también el sentido del ser, trayendo consigo la merma de la moral y de la piedad. El sentido de lo bueno y correcto resultó siendo dañado y lo normativo extraviado se tradujo en la malignización del bien y desmalignización del mal.

 

Sin lugar a dudas esto sucede especialmente en el orbe de la cultura occidental moderna que lo promueve e impulsa a nivel global[5]. Su humanidad sin la dimensión de lo trascendente religioso y metafísico se sumergió en la oscura noche de la moral situacional, donde el relativismo y el nihilismo imperan y lo convierten en el monstruo que desmaligniza el mal y maligniza el bien. Al quebrarse la vida normativa se quiebra la misma esencia del hombre, porque su ser está intrínsecamente unido al bien y a la vida moral. De ahí que el hombre sin moral se deshumaniza porque se vuelve un monstruo.

 

En otras palabras, en el hombre ontología y ética se hallan entrelazados en una dimensión metafísica indesarraigable[6]. En la posmodernidad salió a flote la dimensión anética del hombre con todas sus consecuencias luciferinas de deshumanización posibles. Pero si tales dimensiones metafísica y religiosa son propias de la condición humana ¿cómo es posible que puedan ser negadas? Simplemente porque no se trata de algo innato mecánico, incluso el que dispone de piernas debe aprender a usarlas.

 

En otras palabras, dichas dimensiones son posibilidades que tienen que ser actualizadas por la libertad humana. Obviamente, se trata de una libertad condicionada sobremanera por el tamiz de la cultura. Y el cedazo de la modernidad fue el muro inmanentista para que tales dimensiones se empezaran a agostar. Esto ha mermado la potencia de la propia filosofía con su giro antiesencialista y desfundamentador en la filosofía posmoderna, haciéndola derivar hacia un culturalismo donde el existente se construye su ser a la carta. La plaga del constructivismo cultural despotenció al filosofar mismo. Al final lo que se tiene es la edificación de la barbarie civilizada. Al final de cuentas, el tema de ¿Por qué filosofamos? nos pone ante el problema decisivo de la Razón.

 

Después de haber visto ante nuestros ojos cómo se han sucedido el filosofar numinocrático, el filosofar mitomórfico, el filosofar mitocrático y el filosofar logocrático, lo que tenemos es lo que Hegel también vio, a saber, el despliegue de la Razón universal. En el Universo existe un orden, donde incluso la entropía juega un rol, y ese orden tiene todas las apariencias de ser la expresión de la existencia de una Razón universal. Ante ello la filosofía se condensa en el esfuerzo por comprender y explicar la manifestación de dicha razón cósmica. Naturalmente que la explicación de la Razón universal excede las páginas de este ensayo, ante lo cual sólo se pueden hacer breves trazos provisionales.

 

Lo insólito para nuestro tiempo tan ensimismado en lo subjetivo es que el tema de la Razón universal nos impulsa a sobrepasar los límites antropológicos para lanzarnos hacia la meditación cosmológica, metafísica y escatológica. El realismo metafísico vuelve a reclamar su espacio en una hora histórica muy singular de tránsito geopolítico.  Clarea en el horizonte la aurora de un nuevo brillo para el pensamiento. Una nueva imagen del mundo reclama su hora y las exequias de la envejecida modernidad exige su cadáver. Es todo lo que puedo decir por el momento. No sé si podré escribir un viejo sueño de juventud, una Crítica de la Razón Cósmica, como realización de la razón universal divina en el cosmos.

 

Pero bien vale la pena intentarlo. En suma, el enfoque sincrónico del filosofar nos muestra que está relacionado con la ontología de la finitud -percibe su incompletud metafísica- y la ontología teologal -percibe lo metasensible-. En buena cuenta, el filosofar nunca ha sido el paso del mito al logos, porque hay filosofía en el mito y la posición antimitológica de la filosofía no se sostiene en sentido amplio, sino, tan sólo en sentido restringido. Pero, además, el mito es revelación del horizonte de lo sagrado y expresa una verdad mediante una imagen. El mito es revelación natural, en ella está lo divino, pero no sobrepasa el límite de la razón natural. En lo mitomórfico y lo numinocrático adviene la revelación del ser como presencia presente, su verdad es la teofanía. En el filosofar reverbera un espíritu sensible a lo divino.

 

El error de dejar a la filosofía originada en el mero asombro es que lo lleva a carecer de un fundamento ontológico, y de limitarla como un acontecimiento en el ámbito de la conciencia. La filosofía no se puede quedar limitada a la persona, porque el fundamento de su quehacer es el Ser. Y por mayores esfuerzos que se ha hecho en la filosofía moderna y posmoderna por desontologizar a la filosofía, para relativizarla en el ser de la existencia humana, caen en el vacío. Lo que han logrado es bloquear momentáneamente el camino para llegar al ser trascendente, cayendo en el relativismo agnóstico y en el ateísmo. Así queda la existencia humana abandonada a su propia libertad. Sin fundamento ontológico la filosofía queda ciega. Pues, concebir la libertad humana como una pura libertad vacía de ser equivale a asumir una posición metafísica agnóstica, donde la libertad en vez de orientarse hacia la captación de las esencias y la realización de los valores éstos quedan como originados y determinados por la libertad.

 

Es la realización modernista del homo mensura protagórico, que consagra como pequeño diosecillo al deus in terris de la voluntad de poder y de la voluntad de verdad. De este modo el hombre se coloca más allá del bien y del mal, surge el hombre anético que desmaligniza el mal y maligniza el bien. Esa es la raíz irracionalista que estaba encerrada en el giro inmanentista y terrenalista del pensamiento moderno. El fundamento nihilista de la doctrina posmoderna no da lugar a una verdadera libertad y el hecho de que coloque la actividad humana en el plano de lo cultural conduce al relativismo integral.

 

El reconocimiento de la dimensión ontológica del filosofar supone superar la metafísica agnóstica de la imagen del mundo de la modernidad, que lleva al antiesencialismo, la postmetafísica, el nihilismo e impone un pragmatismo hasta sus últimas consecuencias amorales y maquiavélicas. Pero enfrentar la dimensión ontológica nos lleva hacia la constatación de que el filosofar no es razonamiento puro, sino un razonar desde la existencia. Por eso no es una disciplina meramente racional, sino multiforme y multívoca, nunca plena en medio de lo pleno, es tener plantado la propia finitud ante lo Absoluto.

 

Fue Nietzsche en El nacimiento de la tragedia el que advirtió que es en el arte, y no en la moral, donde se presenta la actividad genuinamente metafísica del hombre. Lo importante aquí no es que lo que Nietzsche llame arte no haya sido tal cosa para el hombre de la prehistoria, y al parecer fue algo más que arte, sino que lo trascendente es advertir que en dicha actividad del espíritu humano se manifiesta la primera experiencia verdaderamente metafísica del hombre.

 

Lo que para nosotros es arte rupestre, canto, danza, para el hombre de la prehistoria eran formas arcaicas del filosofar. La danza giratoria del sufismo para ponerse en contacto con lo divino, es un vestigio de lo que afirmamos. Lo que significa que lo humano tiene una vocación metafísica irrenunciable que nace de su propio ser y que lo predispone para el filosofar. En el arte el hombre expresa su concepción del mundo y de la vida, siendo el lenguaje silencioso del contacto con el Ser. El sentido del mundo no sólo se puede expresar mediante conceptos y argumentos, sino también mediante formas, colores y sonidos, o lo que Kant llamó “ideas sin concepto”.

 

En este sentido, el arte sería la forma más arcaica del filosofar y dar sentido al mundo. Lo cual significa que la filosofía y el arte jamás estuvieron tan unidas como en la prehistoria, y no es posible descartar que en un mañana próximo se vuelvan a reencontrar.

 

En su grave desorientación espiritual el mundo moderno cae en la trampa del llamado culto a la naturaleza y divinización de los objetos naturales. Y dentro de las anormalidades que se desarrollan en la modernidad está a atracción sexual hacia los árboles y las plantas (dendrofilia), la ideología animalista que atribuye los mismos derechos que un ser humano a todos los animales. Savater[7] considera excesivo homologar éticamente a los animales con los humanos y dotarlos de los mismos derechos. Los animales no son meras cosas, pero hay que tratarlos según su propia naturaleza.



[1] Aristóteles. Metafísica, 983, 11.

[2] En este punto hay que recordar que mientras Max Scheler plantea panteístamente que el hombre engendra a Dios (El puesto del hombre en cosmos, Losada, Buenos Aires, 1974,) para nosotros es el hombre el que colabora con el impulso divino, más no lo engendra.

[3] Richard Rorty. La filosofía y el espejo de la naturaleza. Cátedra, Madrid, 1989.

[4] Gilles Lipovetsky, La era del vacío, Anagrama, 2003; Zygmunt Bauman, La modernidad líquida, FCE, 2004; Byung-Chul Han, La sociedad del cansancio, Herder, 2012; G. Flores Quelopana, Imperio posmoderno de la sociedad anética, Iipcial, Lima, 2005.

[5] Véase mis libros El sentido metafísico del mundo multipolar (2022), La modernidad envejecida (2022), Apocalipsis de la razón burguesa (2022).

[6] Véase mi ensayo Filosofía como onto-ética (2021)

[7] Fernando Savater. “Animalismo no es humanismo”. En: Revista Notario del Siglo XXI, n°34, noviembre-diciembre 2010

lunes, 22 de enero de 2024

ANIVERSARIO DE ARGUEDAS

 

ANIVERSARIO DE ARGUEDAS
Si la filosofía no sólo es una forma de saber, sino también una forma de ser, entonces Arguedas fue filósofo al andar por el mundo interesado por esclarecer el valor de lo andino desde una visión sincrética donde se mezcla lo mágico con el racionalismo tamizado por el materialismo dialéctico.

Arguedas como filósofo contempló lo universal contenido en el sincretismo de lo andino con lo occidental. La tradición llama a Arguedas "uno de los grandes representantes de la literatura en el Perú, padre del neoindigenismo, estudioso de la música andina y difusor del quechua". Pero esencialmente fue un filósofo porque en él todo estaba unido.

CONSULTA Y RESPUESTA A UN COLEGA:

Ciro Alegria
Buenas, quería hacerle una consulta, conozco un libro de Hugo Chacon que se llama "Filósofos Andinos" del 2020 donde se nos plantea a Arguedas como Filósofo. ¿No se si conozca ese libro? Y si así fuera ¿qué coincidencias encuentra con su libro? Me parece muy interesante, agradezco la respuesta

Gustavo Flores Quelopana
Tengo el libro y con Hugo nos hemos reunido varias veces para conversar de filosofía andina. Mientras su libro busca documentar, el mío tiene el propósito de interpretar. Son dos enfoques diferentes. Por otro lado, mi libro es publicado antes (marzo 2021) y el suyo después (octubre 2021). En su libro menciona mis otros libros sobre el inca Garcilaso, Guaman Poma y Juan Santacruz Pachacuti (ver páginas: 42, 170, 231, 232), pero omite mi libro sobre Arguedas. Cuando le pregunté al respecto me respondió que ya estaba suficientemente citado en los otros capítulos. Respuesta naturalmente totalmente insatisfactoria. 

A Hugo lo apoyé discutiendo y editando su Nación andina, Arguedas biografía y suicidio, El eurocentrismo de Mariátegui, y Vargas Llosa con su filiación tribal a occidente. Luego se desconectó, nuestras reuniones fueron más esporádicas, hasta desaparecer completamente para seguir su propio camino. 

En su propio camino comenzó una campaña de difusión de lo que él consideraba una correcta interpretación de lo andino. Estaba en su derecho, salvo que viró hacia el proselitismo político al ignorar a todos aquellos que no pensaban como él. Y creo que a ese sectarismo responde que mientras entrevistaba vía zoom a dirigentes campesinos y otros autores afines a su pensar, nunca tuvo la cortesía de retribuir mi otrora apoyo intelectual con una modesta entrevista, cosa que nunca se dio. 

Confieso que al principio ello me dolió, pues lo creía un verdadero amigo del pensamiento. Pero no fue así. Aristóteles dice que hay tres tipos de amistades: de entretenimiento, de conveniencia y con desinterés. Descubrí tardíamente que fui su amigo de conveniencia o de ruta. Pero superado el incidente le deseo la mejor de las suertes, tanto así que le obsequié uno de mis recientes libros, "Filosofía, Ser, Historia", sobre el cual ha prometido una entrevista. La verdad es que no guardo ninguna esperanza.

Su alejamiento personal a mi parecer responde a que percibió claramente en mí que no estaba interesado en instrumentalizar la investigación andina para fines políticos, mientras que él fue por ese camino y su revista Willakuy lo manifiesta. Que le vaya bien, gente afín hay por doquier.

domingo, 21 de enero de 2024

ASHÁNINKAS. ENTRE EL MITO Y LA HISTORIA (RESEÑA)

 

La obra "Asháninkas. Entre el mito y la historia" (2022) del reconocido antropólogo José Carlos Vilcapoma, es un estudio indispensable para el conocimiento del pueblo más extendido sobre la extensa Amazonía. El libro dividido en cinco capítulos presta especial atención a su historia y el significado de su mundo mítico.
Destacando en el primer capítulo que milenariamente fueron los asháninkas grandes colonizadores del corazón del continente sudamericano les tocó enfrentar la misma actitud colonizadora de los Incas, cuya penetración ocurre desde los tiempos del Inca Pachacútec, se prolonga con Túpac Inca Yupanqui y llega a su término con Huayna Cápac. Los incas sometieron muchos pueblos y etnias, pero muchos otros por su rebeldía o inaccesibilidad permanecieron invulnerables. Se trató del choque entre una civilización neolítica con otra cultura de cazadores recolectores. En el 2010 el Proyecto Paititi encontró una red vial incásica que va desde la sierra hasta la selva del Manu.
En el segundo capítulo resalta que los conquistadores llegaron con sus propios mitos (cíclopes, gigantes, centauros, amazonas, hombres blancos salvajes, la fuente de la eterna juventud) y generaron otros (El Dorado). La primera embestida de penetración en la selva terminó con un estrepitoso fracaso en 1561, luego vendrían las entradas de las misiones religiosas.
En el tercer capítulo subraya que los Asháninkas son la familia amazónica más numerosa y extendida. Evangelizados desde el siglo XVII, pero mantienen sus creencias en los espíritus de la naturaleza. Hablan castellano en lo oficial y su propia lengua en lo familiar. Lo que los Apus, el maíz y la papa es para el andino; el río, la yuca y las plantas sagradas lo es para los asháninkas.
El cuarto capítulo destaca que lo mágico religioso es un hecho social y a la vez parte de la condición humana. Considera el mito como un relato fabuloso relacionado con el origen, y en el relato el chamán se comunica con los dioses del cielo y los demonios del inframundo. Siguiendo especialmente a Levi-Strauss considera el mito desde tres ejes: mágico, religioso y de control social. Describe su cosmovisión donde el Sol es antes del mundo y forma este mundo con todo lo que existe. Hay dos ejes del mundo: 1° los cerros Intatoni y Antamaraka, de donde proviene el agua, y 2° los cerros Omoro y Otsiriko. A su vez, estos ejes son sostenido por seres invisibles (Nabireri y Pachakama) que sostienen un eje, mientras el otro es sostenido por Inkami e Inkami. En la cumbre del cerro Antamaraka está el cóndor real, que junto al gallinazo negro se comen a los muertos.
El quinto y último capítulo se interpreta como mitos de contro9l social a las historias de vida, los mitos cosmogónicos, mitos de seres fabulosos, mitos de seres malignos y otros mitos mágicos de poder.
En suma, para Vilcapoma los mitos son formas de organización social en lo religioso, símbolos, organización comunal, ética, y narraciones de un pasado fabuloso y sagrado. Todo lo cual confluyen en mitos de control social.
Quizá esto último sea lo más controvertible de su exposición. ¿Si los mitos son formas de control social qué sentido tendría que los seres fabulosos y malignos aparezcan al forastero, como muchas veces ocurre? Esto hace cuestionable y reduccionista la propia tesis de Levi-Strauss que empobrece la realidad del mito. El mito ha de tener algún sustento ontológico para que estos fenómenos ocurran.
Igualmente, al lector le queda irresuelta la interrogante sobre el lugar de procedencia y la antigüedad de los Asháninkas, de características muy diferentes al andino.
Otro aspecto que queda sin iluminar es su organización social y política. Desde que Pierre Clastres demostró sobre la base de estudios de etnias de la selva que ellos son la demostración de una vida política sin Estado y poder sin violencia, el tema resulta indispensable abordar.

De todas formas, el libro es un aporte para el mejor conocimiento de los Asháninkas.

EL HOSPITAL DE SAN ANDRÉS (RESEÑA)

 

Esta obra (2022) recupera una obra inédita del desaparecido historiador Teodoro Hampe (1960-2016). El editor, José Carlos Vilcapoma, en un interesante Prólogo, resalta la distinta concepción de la salud, enfermedad y muerte entre la lógica andina y la occidental, a saber, la una mágica y la otra organológica.
En el texto Hampe reflexiona sobre la salud en la Colonia y la recuperación del Hospital de San Andrés como último lugar de las momias de los incas. Se trata de dos trabajos que se complementan. El primer acercamiento de Hampe al tema de las momias de los incas data de 1982 y vuelve a él en el año 2000.
Es posible que las momias sigan en el Hospital de San Andrés, pues no hay evidencia de lo contrario. Hampe siempre creyó que las momias estaban en San Andrés. Estas preocupaciones le llevaron a estudiar la relación de la Iglesia católica con la salud pública con las fundaciones de los hospitales de San Andrés, de Santa Ana (para indios) y de San Bartolomé (para negros).

La obra de Hampe nos permite advertir no sólo una concepción de la salud basada en una lógica del mundo diferente a la andina, sino de una organizada bajo criterios estamentales y racistas durante el Virreinato y Colonia. Quizá lo estamental ya esté desaparecido, pero lo racista se prolonga hasta nuestra vida republicana.