KANT ASPERGER
Gustavo Flores Quelopana
Revista peruana de Filosofía dedicada a los temas de metafísica, ontología, antropología filosófica, ética y política con especial énfasis en las categorías de lo anético, mitocrático, hermenéutica remitizante e hiperimperialismo. Contacto: gus_floque@yahoo.com
KANT ASPERGER
Gustavo Flores Quelopana
KANT CATEDRÁTICO
Gustavo Flores Quelopana
KANT: SE LE OLVIDÓ CASARSE
Gustavo Flores Quelopana
LA TRISTE PARANOIA DE ROUSSEAU
Gustavo Flores Quelopana
KANT FLEMÁTICO: "SALGA Y RETORNE CON EL BOTÓN COSIDO"
Gustavo Flores Quelopana
LA GRAN PARADOJA DE LA ETICA KANTIANA
Gustavo Flores Quelopana
DIOS COMO POSTULADO MORAL
Gustavo Flores Quelopana
LEGADO DE KANT
Gustavo Flores Quelopana
LA FILOSOFÍA DE LOS NIÑOS SON SUS PADRES
Gustavo Flores Quelopana
ASPERGER Y GENIALIDAD
Gustavo Flores Quelopana
LEGADO PARADÓJICO CARTESIANO
Gustavo Flores Quelopana
LEGADO DE ROUSSEAU
Gustavo Flores Quelopana
Rousseau era desconcertante. En vez de defender y elogiar a las ciencias y las artes sostuvo que éstas habían pervertido las costumbres originarias del hombre. Voltaire es el responsable de caricaturizar a Rousseau afirmando que al leer el segundo Discurso le daban ganas de gatear y ponerse en cuatro patas. En realidad, el estado de naturaleza era un recurso metodológico del ginebrino. Tampoco abominaba la civilización y la cultura, porque consideró que sólo en sociedad nos volvemos ciudadanos y seres morales. Los dos primeros Discursos y la Nueva Eloísa defendiendo el estado de naturaleza es sólo hilo conductor a El Contrato Social, al Emilio y al Vicario Saboyano. No busca retrocedernos a la prehistoria, sino busca una nueva conciliación entre moral y política. El corazón humano es bueno por naturaleza y la razón debe saber escucharla. La política hace al hombre y hay que saber hacerlo con el corazón, que contiene una sabiduría más profunda que las mismas leyes. Por eso opone al giro epistémico cartesiano -pienso, luego existo- el giro sentimental -siento, luego existo- . No es moral, bueno, civilizado ni humano, que exista la opulencia ni la miseria. Las grandes fortunas deben ser gravadas y la clase media fortalecida. Por eso Rousseau es actual, porque hay que sacar a la política de las garras de la corrupción. No hay que ser apolítico, hay que hacer política. Las luces de la razón han sido insuficientes. El neoliberalismo que exacerba el capitalismo salvaje y el feroz individualismo ha destruido la elemental empatía. Pero sin empatía se destruye el tejido social. Por eso la política no es cálculo, sino velar por el bien común haciendo que la razón oiga al corazón. Fue un pensador paradójico y contradictorio. Elogiaba la amistad y pensó la política pero renunció a sinecuras, se describió como un paseante solitario y se volvió un misántropo.
PAPELES PANAMA Y PAPELES PANDORA
Gustavo Flores Quelopana
LA FILOSOFÍA NO ES ESOTÉRICA
Gustavo Flores Quelopana
Alejandro Magno y Aristóteles mantuvieron correspondencia durante años.
En una de las cartas Alejandro le recrimina a su antiguo maestro por haber
hecho público sus escritos esotéricos y le dice “¿en qué nos vamos a
diferenciar de los demás?”. El maestro le responde en el sentido de que la
información no es nada si no se la sabe interpretar correctamente.
Esto me hizo recordar un comentario que llegó a mis oídos al promover la
creación de diversas plataformas virtuales de filosofía. “¿Qué está haciendo? ¿Nosotros
los académicos en qué nos vamos a diferenciar de los demás si todos van a
conocer de filosofía?”. Sería bueno no sólo reiterar la respuesta de Aristóteles,
sino remarcar el carácter democrático que tiene el saber y el conocimiento en
general.
Por lo demás, la difusión del conocimiento filosófico como búsqueda de
la verdad, sólo puede constituir una amenaza para la ideología totalitaria que
no quiere diálogo ni crítica, sino silencio y dogma.
A PROPÓSITO DEL 12 DE OCTUBRE
A PROPÓSITO DEL 12 DE OCTUBRE (I)
EL INTELECTUAL Y EL ACADÉMICO
Gustavo Flores Quelopana
En los tiempos nihilistas que vivimos casi no se escucha la palabra “Intelectual” y en su lugar se oye hasta la saciedad y de una manera espumosa y gris el término “Académico”. Yo sospecho que esta sustitución tiene ver con un profundo cambio cultural, asociado precisamente a la decadencia del espíritu y al colapso de la razón burguesa en el capitalismo tardío.
Este hecho no cuesta trabajo constatarlo no sólo en eventos humanísticos de filosofía, supuestamente el más intelectual de todos los saberes, sino que se ha llegado al colmo de oírlo hasta en celebraciones poético-literarias. Vemos el extremo ridículo de enlazar todo lo que no es académico con lo popular, entendido éste como sinónimo de improvisación, mala formación, empirismo y cuando no ignorancia. En pocas palabras, se volvió común entender que todo lo que no es académico es sospechoso de incultura, subcultura o seudocultural.
Hasta mediados del siglo veinte la palabra intelectual gozaba de un prestigio incomparable frente a la condición de académico. Eran considerados intelectuales los pensadores, los creadores de cultura y no los eruditos que impartían cátedra en las universidades. El intelectual participaba en el debate público, dejaba oír su voz y era un faro espiritual en el discernimiento de las situaciones abstractas y concretas. El académico era un erudito sin par en su materia, digno de crédito en el área de su especialidad, pero no participaba con protagonismo en el debate público.
Los intelectuales y artistas eran hombres de partido, apasionados, perseguidos por sus ideas, no temían exponer sus convicciones, defendían ideales y grandes causas. En cambio, hoy los académicos son expertos de opinión, neutrales, apartidistas, predicadores de la tolerancia, febles citomaníacos, obsesionados con obtener poder en la estructura universitaria, escriben de mala gana y publican obligados por los requisitos de la academia. Pero sobre todo, no son creadores. Sin duda que en su descargo hay que decir que han sido proletarizados por el sistema universitario, han sido fagocitados en cuerpo y alma a cambio de un buen salario, se han vuelto presupuestíveros y ya no responden a su vocación e intereses profundos, sino al dictado y necesidades exteriores de su institución. Sus venas ya no son jardines que perfuman el prado de las ideas, sino invernaderos malolientes que reproducen el rechinar maquinal de la cultura instrumental.
Tampoco en la era de los intelectuales todo fue color de rosas. Ahí tenemos el célebre libro de Julien Benda, La traición de los intelectuales, donde desfilan grandes figuras de las letras y las ciencias que no supieron oponerse al militarismo, la xenofobia y el fascismo europeo, y al contrario apoyaron su vesania y maldad. Lo contrario vemos en María Zambrano que, en su libro Los intelectuales y el drama de España, cuenta que el estallido de la Guerra Civil la había sorprendido lejos de su patria, y al volver a mitad de la contienda, le preguntaron por qué regresaba, si sabía muy bien que su causa estaba perdida. «Pues por esto, por esto mismo», respondió ella. Ahí vemos el compromiso ético fundamental que es el sustrato de todo intelectual orgánico, que se niega a mantenerse al margen en la lucha contra el fascismo y la barbarie. Lo que permite acotar que hay académicos con altura intelectual que saben abrazar y defender causas universales. Dos ejemplos bastan, a saber, Bertrand Russel y Albert Einstein.
En cambio, ahora los que se sienten intelectuales proclaman en medio de la cultura light de la posmodernidad el “adiós a la verdad” (Vattimo) y el “adiós a la razón” (Rorty). Esos son los ejemplos sombríos que como pálidas lamparitas de bufete grisácea la atmósfera del soberbio académico. Sin duda que algo profundo ha sucedido, algo huele muy mal, un espíritu hediondo y de catafalco subyace en toda esta carcomida mueca de cultura.
El académico es el producto auténtico de la universidad. Entonces, qué pasa con ella. La Universidad vive sus horas más tristes. En todas partes crece la convicción de que la universidad en el mundo está en declive. Se piensa que ello es atribuible a la desaparición del humanista, del pensador, del erudito, de la libre cátedra, y su reemplazo por el unidimensional especialista académico. Lo que sucede es el empobrecimiento especializado. Es cierto que el académico especialista encabeza el empobrecimiento de la universidad, pero también no hay que olvidar que la universidad con todo su ritualismo apostólico académico es una fuerza conservadora que no favorece la innovación. Recibe siempre las nuevas ideas de mala gana y el innovador no es bien recibido por el académico engreído. También se ha pensado que su agostamiento es culpa de la intromisión del Estado o del Mercado, ante los cuales la Universidad ha sucumbido. Además, ante la extinción del trabajo a nivel global, los costos de la formación universitaria ni la investigación justifican los beneficios que se obtienen de ella.
Es la tragedia de la Universidad funcional. Pero todo esto son las consecuencias y no es la causa fundamental. La causa real es la esencia misma de la racionalidad moderna: funcional, calculadora e instrumental. La cual no favorece al humanista sino al especialista. La salida no es la interdisciplinariedad, sino una nueva jerarquización del saber, donde lo espiritual esté sobre lo material e instrumental. Pero esto ya no es posible en los marcos de la presente civilización, sino en una nueva y quizá venidera. La Universidad ha muerto y los académicos del presente son sus sepultureros. En la modernidad decadente la universidad ha muerto porque ha dejado de ser un saber educarse para el saber, para convertirse en marioneta de las descoyuntadas especialidades. En la decadente modernidad tardía la universidad monopoliza la intelectualidad a tal grado que lo confunde con lo académico, hasta el punto de hacerlo desaparecer. Pero lo peor de todo es que impone un tipo de intelectual conformista y conservador. La universidad ya no forma simplemente informa. Su colaboración con la ciencia es su nueva servidumbre. Lejos de proporcionar orientación ética al saber científico se subsume a la lógica instrumental científico-técnico.
Ahora se entiende que un autor como Enzo Traverso en su libro ¿Qué fue de los intelectuales? Se plantee su ausencia en la escena contemporánea. Y ciertamente que se refiere a los académicos de nuestro escrito. Porque en su neoconservadurismo tibio e insípido, mantienen una neutralidad engañosa, y una ferocidad de salón que defienden las “mentiras ambientes”. Yo prefiero llamarlas las mentiras de la agenda global de la élite mundial. En su engañoso humanismo defienden la eutanasia, el aborto, la ideología de género, el control de la población, el lenguaje inclusivo, la punición de la masculinidad, y otras lindezas del sistema imperante, y con ello se sienten como los grandes voceros de la humanidad libre. La hinchazón de tanta mentira ya comenzó a explotar ensuciándolo todo.
Con semejantes luciferinos corifeos del anetismo y del “todo vale”, no es extraño que la cultura colapse. En compensación los benditos académicos se han vuelto “hermeneutas", o sea en descifradores alquimistas de lo que otros dijeron, pero esta vez expresado en un lenguaje esotérico y rebuscado. Los académicos tienen trabada la lengua por tecnicismos más indescifrables que los quipus. Se convierten en los sumos sacerdotes de lo indefinido, a lo Derrida. Su gusto por la oscuridad refleja el tiempo del cansancio, agotamiento y decrepitud. Todos estos hombres inteligentes, y, por supuesto, cultos, tendrán que convenir en que no conocen el mundo.
Realmente produce estupor constatar cómo la cultura instrumental de mercado al destruir las humanidades aniquila el espíritu crítico, destruye la educación, introduce el gusano de las competencias en el ámbito donde no debe existir, a saber, la cultura. Y es la hegemonía de la nueva cultura de la máquina, con la potenciada inteligencia artificial, vuelve superfluo el saber, instaura la barbarie civilizada del mal gusto, la obscenidad de la citomanía, el supremo valor de grados y títulos, opinar con originalidad e ideas propias pasa a muy segundo plano, eso ya no interesa, al contrario, es visto como un peligro. Vivimos en un ambiente cultural donde se entroniza el saber técnico-científico y se denosta el saber espiritual. A ello también contribuye el sistema de los Premios Nobel.
Pero lo que no se advierte es que cuando una cultura entra en su fase civilizatoria y se torna decadente -como la actual- se tiende a disolver el saber humanístico y la figura del intelectual es reemplazada por la del burócrata del saber, el catedrático erudito, repetidor y mero transmisor de conocimientos ajenos. La confianza es ahora depositada en el técnico, el ingeniero, el burócrata y el saber mecánico. El especialista tomó el lugar del generalista. La cultura dejó de ser causa espiritual para convertirse en un espectáculo más del entretenimiento de las masas.
Contaré una pequeña anécdota personal vivida hace muy poco, precisamente durante el proceso electoral. Generalmente siguiendo el consejo de los ingleses no suelo hablar de política ni de religión con mis amistades, incluso intelectuales. Mis convicciones íntimas las reservo para mis libros. Pero un apreciado amigo filósofo me asediaba con la propaganda anticomunista electoral de la ultraderecha de mi país. Yo no respondía. Preferí dirigir, como filósofo, mi atención al tema de la justicia. Y de ahí salió mi libro "Igualdad sin lágrimas. Justicia como copertenencia". Hasta llegó el ingrato momento del intercambio de pareceres con este amigo, que incluso es cristiano como yo. Pero fue una lástima comprobar cómo una persona tan inteligente y creyente repetía los tabloides derechistas, racistas y despreciativos hacia un gobierno de autoridades de extracción andina. El susodicho académico amigo no mostraba ningún razonamiento original, ninguna piedad cristiana, fue una desilusión. Incluso le recordé que Cristo no buscó a sabios ni doctores, sino a gente ignara, a simples pescadores. Pero el académico en sus trece seguía repitiendo los mostrencos titulares de la prensa derechista. La amistad ya no es la misma, y dejo al tiempo que la restaure.
Lo que se comprueba aquí es cómo la hegemonía de las ideas conservadores pueden paralizar el razonamiento hasta de las personas más inteligentes. Me alegro que eso no haya sucedido con el modesto pueblo del Perú. Y esto lo subrayo contra quienes se refieren al pueblo humilde en términos peyorativos. Pero hay algo más. Quedó demostrado en las recientes elecciones peruanas, que el auge de la izquierda en América Latina y en el mundo -los países escandinavos tienen todos recientemente gobiernos socialistas y en Alemania también ganó la izquierda- no fue resultado de la hegemonía intelectual de los académicos, siempre a la zaga del cambio social, sino del instinto político del pueblo humilde de Dios.
Efectivamente, el relevo del intelectual por el académico responde a las necesidades de la sociedad de masas, la cual está más urgida de soluciones que de reflexiones. Su hegemonía responde al imperio del hombre anónimo. El hombre anónimo es un ser desvalido, que sólo tiene confianza en las recetas del mercado. Carece de opinión propia. En el caso del académico repite a Heidegger, Wittgenstein, Gadamer, Vattimo, Rorty, etc. La consecuencia es que su orden valorativo se vuelve tan delgado que termina eximirse de su propia libertad y responsabilidad. Son los gurús de los nuevos campos de concentración del pensamiento: las universidades entregadas en alma al mercado. Viene a mi memoria que esto último ya lo habían señalado cuatro connotados autores: Ortega y Gasset, La rebelión de las masas, José Ingenieros, El hombre mediocre, Oswald Spengler, Decadencia de Occidente y Herbert Marcuse, El hombre unidimensional.
La novedad de nuestro tiempo es el protagonismo cobrado por el nihilismo, el cual dejó de ser moda de intelectuales para convertirse en fenómeno cultural narcisista y hedonista de las masas. Sin duda que este auge nihilista se dio de la mano con el fenómeno político-económico del neoliberalismo y últimamente del capitalismo digital. Los cuales son dos mutaciones que se han sucedido sin pausa en la estructura misma del capitalismo imperialista. Si el neoliberalismo global es el neo-totalitarismo de las megacorporaciones privadas, el capitalismo digital es lo mismo, pero de las megacorporaciones cibernéticas globales, las llamadas GAFAM -Google, Amazon, Facebook, Apple y Microsoft-.
Los tiempos nihilistas que vivimos son dantescos y como muestra tenemos la desaparición de los intelectuales por los académicos. Se podría pensar que era natural esperar después de la separación del hombre respecto a Dios, viniera la siguiente fase de separación del hombre respecto del pensar. Ciertamente, nunca como hoy ha sido tan difícil cultivar el pensamiento. Se dice que estamos en la era del conocimiento. Yo digo que esto es mentira. Vivimos la era del desconocimiento y la imbecilidad. La estupidización del hombre avanza a pasos agigantados, cabalgando sobre los medios masivos de estupidización social, que con sus mentiras diarias intoxican y embotan la verdad. Si a esto le sumamos el nuevo imperio del internet, las redes sociales y la web, lo que se tiene al final es una completa ofensiva contra el pensar.
Tristeza y congoja da ver las kilométricas horas que dedican los jóvenes a estos medios tecnológicos que atrofian su memoria, debilitan el pensamiento, anestesian la concentración, adormecen la sensibilidad y superficializan la mente. El daño cerebral que se está produciendo es inmenso. Pero los rozagantes académicos siguen en su sosiego sin alarmarse en lo más mínimo.
No quiero abrazar falsas ilusiones cerrando la presente reflexión con manidas esperanzas consoladoras. Tampoco soy pesimista para pensar que esto no tiene remedio. Tendrá que venir un aluvión para que tape el gran foso excavado por la presente hora tenebrosa. Entonces gotitas del inmenso regalo solar volverán a cubrir con nuevos brotes los verdes prados del pensamiento. Será el momento en que los intelectuales volverán a levantar vuelo para hacer fulgurar el relámpago de la verdad.
SENTIDO HISTÓRICO DE LA REVOLUCIÓN PERUANA
Gustavo Flores Quelopana
Joven peruano, tú no sabes cómo era el Perú antes de la Revolución
velasquista. Pero yo te lo diré. Por un lado, estaban los humanos y por el otro
los subhumanos. Por casualidad, los primeros eran blancos y mestizos, y los
segundos eran indios y campesinos. No se trataba de una distinción establecida
por la naturaleza, sino de una perversa discriminación racista de herencia
colonial impuesta por siglos por una egoísta clase social llamada oligarquía.
La emergencia de las masas y de las clases medias en la vida política, con
figuras como Mariátegui, Haya de la Torre, y con intelectuales como Luis Valcárcel
y José Uriel García, habían hecho bastante para sensibilizar a la sociedad sobre
la condición del indio. Pero mientras no triunfara un cambio estructural en el
país, todo seguía igual, y el latifundista seguía siendo señor de horca y
cuchillo, con derecho de pernada sobre las indias en sus haciendas. Y en las urbes
imperaba el derecho de paso, por el cual el indígena tenía que salir de la acera
para no cruzarse con el blanco. A todas luces imperaba un orden social
perverso, cruel y discriminador, nada cristiano y por contrario un espíritu lleno
de odio y desprecio por el ser humano cuanto más humilde era.
Pero quiso Dios que un 3 de octubre de 1968 el General Juan Velasco
Alvarado diera comienzo a la Revolución militar de izquierda y antimperialista
que cambió para siempre el rostro del Perú. Heredero del mensaje humanista y
libertario de Fray Bartolomé de las Casas, Túpac Amaru II y Ramón Castilla, el
general Velasco sepultó para siempre a la oligarquía terrateniente y su
colonialista racismo que mantenía en el ignominioso servilismo al campesino
peruano. Reivindicó la dignidad humana del indio peruano. Muchos fueron sus
aciertos y también sus errores. Pero ninguna gran obra se lleva a cabo sin
correr riesgos. Como ejemplo de su honradez murió pobre en bienes materiales,
pero muy rico en el legado espiritual que dejó a la Patria.
Yo recuerdo que era un niño de nueve años cuando salieron los tanques de la Revolución. Y me dirigía caminando unas pocas cuadras a mi Colegio San Andrés -ex Anglo Peruano- cuando tuve que pasar por delante de la maquinaria bélica. Pero se respiraba una atmósfera nueva de dignidad y una alegría difícil de describir en el ambiente social. Pensé que algo grande y hermoso estaba sucediendo, como si los muertos martirizados por la libertad de nuestra Patria se hubiesen levantado de sus tumbas para saludar una nueva etapa de nuestra historia. Aun lo recuerdo y me emociona. Nunca como en ese momento me sentí tan orgulloso de pertenecer a esta tierra milenaria, hermosa y generosa. ¡Era mi Perú!
El General Velasco cumplió el gran ideal de nuestros cronistas indios y
mestizos. El Inca Garcilaso, Guamán Poma de Ayala, Juan Santacruz Pachacuti
eran reivindicados en espíritu y en verdad. El Perú de todas las sangres del
gran Arguedas, comenzó a fluir por las venas sarmentosas del Perú profundo. Y
por eso estimado joven, no permitamos que la incuria y la inquina de ayer se
instale en la gran Patria de hoy. Que ninguna distinción económica, política,
racial o cultural nos separe. Cristo vino por todos, y sobre todo por el más
humilde y desvalido. Y es aquí donde reside el sentido histórico de la Revolución
Peruana de 1968 que siempre se proclamó Humanista, Antimperialita y Cristiana.
ACTUALIDAD DE RODÓ
EN SU SESQUICENTENARIO
Gustavo Flores Quelopana
El
uruguayo José Enrique Rodó es el primer gran filósofo de la cultura
latinoamericana. Cosa que aún está por reconocerse en el elefantiásico magisterio
universitario. Antimperialismo y Espiritualismo son los principales cañonazos certeros
que mantienen la vigencia de su pensamiento a 150 años del natalicio de José
Enrique Rodó.
Hay
quienes pretendiendo limar el filo revolucionario de sus ideas ponen énfasis en
el individualismo y en el esteticismo de su arielismo. Pero éstos jamás
entenderán que a fines del siglo diecinueve el idealismo latinoamericano era la
forma de oponerse a los potros salvajes de la derruida hegemonía del positivismo
sobre el que cabalgaba el dominio imperialista europeo y estadounidense.
En este
sentido, el arielismo de Rodó es heredero del pensamiento integracionista del
libertador Simón Bolívar. “Ariel”, escrita al nacer el el nuevo siglo veinte (1900)
con apenas veintinueve años, es el testimonio de una generación juvenil que se
hizo madura con celeridad espiritual, seriedad cultural y responsabilidad
social.
Ariel es
un ensayo moral en el que se contrapone el idealismo latinoamericano al
materialismo utilitarista europeo y anglosajón. Rodó, influido por el gran vate
nicaragüense Rubén Darío, es el autor de la primera gran teoría de la filosofía
de la cultura latinoamericana.
Ariel es
el símbolo de la razón, mientras Calibán es el símbolo de la sensualidad. Son
representantes antitéticos. Son la oposición entre el Espíritu y la Materia. ¡Con
cuánta clarividencia pudo entrever Rodó la decadencia cultural y espiritual de
Occidente! Hoy cuando vemos cómo la cultura occidental luce anegada de nihilismo,
hedonismo y narcisismo es cuando el mensaje rodoniano impacta por su lucidez y
veracidad descarnada.
Entre la
civilización idealista y la civilización materialista hay un hiato profundo, el
cual no es tanto de índole económico, político y científico, sino de estirpe
espiritual. Efectivamente, Rodó despliega una filosofía de la cultura latinoamericana
para que esté en guardia contra la decadencia moral que pende en la punta de la
adarga de la racionalidad científico-técnica. Es un adelantado de las reflexiones
sobre las consecuencias deshumanizadoras de la esencia de la técnica y del
pensamiento científico. Pero también es un recio hoplita que se bate
denunciando la dominación imperialista estadounidense.
Rodó siempre
opuso la razón y el sentimiento a la desintegración moral que está ínsita en el
evangelio del frio positivismo. Rodó representó el evangelio de los valores
espirituales que tenía que oponer la intelectualidad latinoamericana entre 1900
y 1915 al avasallador avance de la cultura materialista y sin alma de la
racionalidad imperialista científico-técnica. ¿Es acaso esto una exageración? No lo es, y como demostración en la actualidad hasta en el propio Uruguay no se estudia a Rodó ni en las aulas universitarias y su mención ha desparecido en la educación básica y regular. ¿De quién fue ese logro? Sin duda, de las imperiales reformas neoliberales que se introdujeron en los sistemas educativos latinoamericanos, para extirpar a todo aquel prócer del pensamiento que hiciera recordar el espíritu libertario latinoamericano.
Ariel
fue la obra que marcó a la generación del 900, que lanzó a los latinoamericanos
a la búsqueda de su propio destino cultural, político y económico, fue el
precursor de la filosofía y la teología de la liberación, de la filosofía
inculturada, de la Revolución cubana y nicaragüense. Despertó el nacionalismo
latinoamericano del Che Guevara, Omar Torrijos, Juan Velasco Alvarado y que se prolonga hasta Hugo Chávez, López
Obrador y Castillo.
Rodó fue
hijo de su tiempo y así defendió los fueros del espíritu contra las
degeneraciones utilitaristas del positivismo. No fue perfecto, y, en ese
sentido, estamos maduros para asociar a su humanismo idealista la profundidad
de la trascendencia divina. Cosa parecido hizo en los años treinta José Carlos Mariátegui al precisar el antimperialismo mediante el anticapitalismo. Pero el arielismo de Rodó, que perteneció a la
tercera generación modernista, no fue reaccionario, oligárquico, retórico y
académico, sino todo lo contrario. Su verbalismo eurítmico defendía los fueros espirituales
de la libertad ante el avance incontenible de la civilización secularizada y utilitaria
que hasta el presente va desintegrado la vida espiritual.
La
esencia del espíritu rodoniano mantiene su actualidad sobre todo porque la
cultura latinoamericana no cesa de luchar por librarse de la hegemonía del Calibán
político y tecnológico de nuestro tiempo. Ese es el mensaje sempiterno de su
filosofía de la cultura latinoamericana.
APUNTE SOBRE EL NIHILISMO
Gustavo Flores Quelopana
El nihilismo no es consecuencia de la muerte de Dios, como pensaba Nietzsche, ni es consecuencia de que el mundo suprasensible haya perdido fuerza activa siendo ese el destino de la metafísica del platonismo, como sostiene Heidegger, sino que es efecto de la hegemonía de la racionalidad científico-técnica, que con la secularización convirtió lo trascendente en inmanente.
La revuelta o giro antropológico acontecido desde la muerte de Hegel culminó sumiendo a la filosofía y al espíritu de nuestra época de la modernidad tardía en el ateísmo, el anticristianismo y el nihilismo. Este naturalismo arrasador eliminó la temática religiosa y el fundamento metafísico del mundo, para poner al hombre como piedra basal de su propio ser y del cosmos en lugar de Dios. Dios quedó reducido a mera idea subjetiva, que ya no tiene origen en la autoconciencia (Fichte), la totalidad de lo finito (Schleiermacher) ni es la Idea Absoluta (Hegel), sino que nace de la neurosis religiosa (Nietzsche, Freud). Desde entonces la liberación es concebida a partir del ateísmo.
Pero este giro antropológico no sólo conocería su fracaso, sino su mayor desastre en el Holocausto. Acontecimiento del cual aún no se repone nuestro tiempo y, por el contrario, va pautando nuestra época. Efectivamente, Auschwitz no sólo representa el mayor fracaso del giro antropológico de la filosofía contemporánea, sino la demostración palmaria del desastre al que conduce convertir al hombre en el soberano absoluto.
Ni Descartes, Spinoza, Leibniz, Locke, Kant, Fichte, Schelling ni Hegel fueron ateos, ni pretendieron nunca destronar a Dios para poner al ser humano en su lugar. El ateísmo como clima espiritual histórico es propio de la modernidad tardía o después de la muerte de Hegel. Y encuentra a sus héroes en cuatro pensadores: Feuerbach, Stirner, Nietzsche y Marx. Estos son los pensadores de la finitud humana. Por ello resulta excesivo el juicio de Heidegger e impreciso el de Nietzsche. Particularmente éste último nunca puso su desconfianza en los argumentos y condicionamientos sociales de los maestros del ateísmo moderno (Feuerbach, David F. Strauss, Schopenhauer).
Y en lo que concierne a Heidegger si bien en su "Carta sobre el humanismo" (1947) se defendió de su inclusión por Sartre en el grupo de los existencialistas ateos y afirmar en su conferencia pronunciada en 1927-1928, aunque publicada en 1969, "Fenomenología y teología", que la filosofía no es teísta ni atea y caracterizar a la teología como "enemigo mortal" de la filosofía por oponerse a la "autoasunción libre del ser-ahí total", no obstante su deslinde de las cuestiones ontológicas de la idea de Dios es un planteamiento esencialmente ateo, producto del giro antropológico de la filosofía posthegeliana en la gnoseología neokantiana y la fenomenología de Husserl. No por casualidad el método fenomenológico husserliano y el de Heidegger descartaban desde un principio la pregunta por el ser de Dios.
Dios no ha muerto sino la fe en él, y la metafísica perdió vigencia ante el avance arrollador y hegemonía cultural de la racionalidad científico-técnica, instrumental y calculadora, ante la cual está sucumbiendo la propia realidad humana. La racionalidad científico-técnica ha llevado a su epítome a la racionalidad instrumental con la aterradora consecuencia de la hegemonía imperial del nihilismo. Y es aterradora porque en definitiva el nihilismo es sólo una cosa: la desmalignización del mal y la malignización del bien. Pero cómo ha ocurrido semejante desvarío. En parte, el mismo Heidegger había señalado que la técnica es un saber del ente y un olvido del ser. Y si a esto le añadimos la lógica dineraria -tan bien descrita por Simmel en su "Filosofía del dinero"-, que convierte los valores en mercancías y disuelve lo cualitativo en lo cuantitativo, entonces lo que obtenemos es el cóctel letal del desarrollo práctico del nihilismo en todos los planos de la vida. Es cierto que el abandono de lo cualitativo está en la base y en origen de la ciencia moderna, determinando el avance arrollador del pensar funcional sobre el pensar substancial. En una palabra, el ser y el valor ha sido reducido a objeto, sin alma, sin espíritu, sin profundidad. Así quedaron asfaltadas las anchas avenidas luciferinas para el nihilista práctico.
Bajo el clima nihilista imperante el hombre se desprecia a sí mismo, toma partido por la cultura de la muerte, exalta la nada, y desespera escépticamente del conocimiento. La siniestra y tanática agenda global de la élite mundial o Cuarto Reich Bilderberg -cultura posmoderna, posverdad, ataque a la razón, eutanasia, aborto, ideología de género, lenguaje inclusivo, matrimonio igualitario, empoderamiento de la mujer, volver punitiva la masculinidad, promover la procreación genética y artificial de la humanidad, libre consumo de drogas, destrucción la familia tradicional, guerra contra la población-, es de profundo espíritu nihilista. Es el diseño de un mundo perverso en beneficio del gran capital imperial. No es difícil advertir quién promueve y a quién beneficia la ideología del nihilismo, si no es a otro sector como el de la luciferina, egoísta y avara gran burguesía planetaria. Y a este sector le hacen el juego la legión de filósofos e intelectuales, que como "tontos útiles" se suman a la danza dionisíaca y disolvente del nihilismo. ¡Nunca como en ninguna otra etapa de la historia, ha sido tan evidente y vergonzosa la traición de los intelectuales!
Contra el poder de la nada, la secularización, el inmanentismo y el estancamiento espiritual propios del nihilismo no hay más que un sólo camino, a saber, esforzarse en recuperar el supuesto de la fe en Dios. El nihilismo es la nueva neurosis espiritual mortal de nuestro tiempo y la liberación sólo es posible a través de la superación del ateísmo. En la hora presente de apoteosis del nihilismo y del último hombre, la Modernidad desnuda su verdadero rostro vernal, decadente, y depravada de una auténtica barbarie civilizada. No es el ideal de la libertad humana la que se debe abolir, sino su asunción dentro de un chato y estrecho marco inmanentista. Lo que demuestra que el hombre moderno sólo podrá realizar su mayoría de edad aunando su inmanencia con su trascendencia. No se trata solamente de repetir el lema: ¡sapere aude! o ¡atrévete a saber!, sino de enlazarlo con el otro lema indispensable: ¡atrévete a creer! Pues, el derrotero moderno es la demostración más elocuente del fracaso de una razón que se niega a reconocer las verdades suprarracionales que rodean al hombre y al mundo.
¡Despierta, hombre de nuestro tiempo! El giro antropológico de la modernidad se ha convertido en un profundo fracaso. El hombre como enemigo de Dios, a lo único que arribó es a la construcción de un orden satanocrático más nefando que Sodoma y Gomorra. Estamos a tiempo de desmontar las estructuras siniestras de la presente barbarie civilizada que se enseñorea. Recobremos la fe en Dios, la profundidad metafísica, la esencia de las cosas, reconciliémonos con la naturaleza y asumamos un nuevo ascetismo contemplativo. Hagámoslo porque la humanidad es capaz de reencontrarse con su elevada misión como criatura espiritual en la Creación.